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La hermosa del mundo

Mihai Eminescu

Traducción de Ricardo Alcantarilla

Después, cuento, cuento, Dios a nosotros llega arriba, que adelante queda mucho. Había una vez un cazador que tenía tres niños y era muy pobre, con lo único que vivía era con la caza de algún pajarito, lo vendía y este era el sustento, pobre. Había un bosque cercano, y le llamaban: El bosque negro. Las gentes de aquella aldea empezaron a decir que nadie podía acercarse a aquel bosque. Estaba tan desierto que nadie iba, porque decían que a media noche venían los diablos.

El pobre hombre dijo un día a su mujer:

-¡Ah mujer!, morir moriré igualmente, así que me voy al bosque, a ver qué encontraré allá.

De ese modo la esposa le puso una torta en la talega y marchó -cogió el fusil a la espalda-. Llegando él allá tuvo mucho miedo... pero al hombre pobre, la pobreza le empuja a ir a cualquier sitio para ganar.

Andando por el bosque llega a un árbol alto y enormemente tupido, no sabría decir su nombre y ve un pájaro tan hermoso -era de oro.

Qué hacer, mejor que dispararlo, sería mejor poder cogerlo, porque vendiéndolo vivo más dinero conseguiría. Persiguiéndole por el árbol, se metió en un escondite... y lo coge. Él no se quedó por la noche porque temía a los diablos, así que cogió al pájaro y regresó a casa e hizo una buena jaula y puso al pájaro en la jaula.

Lo cogió un sábado y el domingo por la mañana puso un huevo. El huevo era de oro. Pero él dijo:

-Mira, mujer, yo no venderé el pájaro este porque pondrá huevos y tendremos un huevo que nos alimentará todos los días.

Él coge el huevo y va al mercado y pregunta a un mercader:

-¿Qué tienes para vender y cuánto pides?

-Tengo un huevo y pido mil leus.

Pero un judío dice, porque ellos son más astutos:

-Deja que vea el huevo.

Cuando ve el huevo de oro -aunque valía más de mil leus- le paga mil leus. Coge el dinero, compra lo que necesita para los niños y la mujer, y se va a casa. En el buche del pájaro había algo escrito, pero el hombre no sabía leer.

Cuando al siguiente domingo de nuevo puso un huevo de oro. Él se fue de nuevo a pedir mil leus. Pero para que te des cuenta, ¡se encontró con el mismo judío!

Al tercer domingo, cuando llevó el huevo, hizo sospechar al judío, y pensó: le pregunto dónde vive, para ir a ver de dónde conseguía los huevos de oro. Llega el judío y ve que tenía la jaula en la esquina de la casa.

Nada más entra el judío en casa -como sabía leer- echó un vistazo al fondo de la casa. Sobre el buche del pájaro escribía esto: «quien come el corazón será emperador; quien come las mollejas, cada vez que se levante por la noche, encontrará una bolsa de dinero bajo la cabeza; quien coma hígado será un hombre con suerte en el mundo, donde vaya, cualquier paso que dé, siempre suerte tendrá». Ahora el judío, con mala idea le dice al hombre:

-¡Véndeme el pájaro!

-No puedo, señor. Esta es la ganancia de toda la vida para mis hijos y mía.

A pesar de todo lo que insistió el judío, no quiso el pobre hombre venderlo. El judío dijo que se sentía mal y que si podía pasar la noche en su casa.

El cazador al día siguiente se levantó de madrugada y se fue con la escopeta a cazar. El judío -astuto mientras que la mujer, como muchas de por aquí, tonta- le dijo así a la mujer:

-Mujer, por qué vives con un hombre tan pobre, vente conmigo, que vivirás bien y voy a mantener también a tus hijos.

Y la mujer dijo:

-¡Si te bautizas! A nosotros -dijo-, no nos está permitido separarnos.

El judío dijo:

-Déjalo en mis manos, que yo le mato antes de mañana. Le da no sé qué y mata al hombre. Después dice así:

-Mujer, te tomaré como esposa, pero primero prepárame el pájaro y fríelo. Que no falte nada del pájaro, entero me lo como yo.

Y la mujer, tonta, lo preparó. Cortó y frio el pájaro y lo puso sobre el horno, lo reservó y ella salió de la casa a sus asuntos, y los tres muchachos entran en la casa. Dijo uno de ellos:

-Vaya, tengo mucha hambre... Madre ha frito el pájaro, comamos algún pedazo.

-Pero si lo ha frito para el judío, ¡nos pegará!

-Comamos trozos de dentro para que no se note.

El mayor el corazón, el mediano las mollejas, el pequeño los hígados.

El pájaro ahora ya no valía nada porque se lo habían comido aquellos.

Dijeron los niños, después de que lo comieron:

-Vamos, huyamos, para que no nos pegue.

Había un hueco en la parte trasera de la casa y se metieron allí.

Llega el judío. Pero faltaban los trozos de dentro. Y empieza a gritar y a pegar a la pobre mujer.

-Evidentemente, lo comieron los niños, porque nadie más ha estado en casa.

El judío enseguida llama a los niños, para rajarles, y comer de los niños.

Los buscó, los buscó, al final no los encontró... Vio el judío que no estaban y no estaban, y lo llevaron los demonios -¡cruz de oro en casa!- dejó a la mujer. Porque lo iba a hacer igualmente, pero Dios que no duerme quiso que lo comieran antes los niños que aquel.

... Entonces, el mayor vivió muchas aventuras y se hizo emperador de aquel país. Solo el pequeño, se había quedado en casa de su madre, este que había comido los hígados e iba a ser el que más suerte tendría, era muy perezoso.

El que comió las mollejas encontró bolsas de dinero y se convirtió en un hombre tremendamente malvado. Solo le gustaba divertirse -con perdón-; le gustaban las mujeres hermosas. Allá, vivía una muchacha muy hermosa que la llamaban: la hermosa del mundo. Al sol podías mirar, pero a ella no. Se esforzaba para que su padre, un rico boyardo, se la diera. Este no se la daba. Iba a casa de su madre:

-Madre, de qué me sirven a mí los buenos dineros, si no puedo yo casarme con la que amo.

Y su madre dijo:

-Querido de madre, ve e intenta encontrarte con ella. (Habla con ella, puede que también tú le gustes). Pero ella era astuta.

Ahora, este que había comido los hígados juega con unas bolas con otros chicos afuera. Viene un anciano:

-¿Querido mío, qué haces tú aquí?

-¡Mira, juego, anciano!

-Ven conmigo, que te daré peras y manzanas (sabes como se les dice a los niños) -engaña al niño y le lleva con él.

Pero aquel era un brujo temible -helaba el agua-. Y ahora, hechizando por el bosque negro, dio con algo asombroso, que él no podía hacer, solo un niño. Se fue allá con el muchacho, en medio del bosque y se acercó a una piedra grande. Golpeó tres veces la piedra y se abrió la tierra. Y él dijo al chico así:

-Muchacho, ve por estas escaleras, bajo la tierra (había unas escaleras), y entrarás en un jardín muy hermoso, encontrarás una casita allá en el jardín. Entra en la casa y verás una chimenea hecha allá y sobre la chimenea verás una llave. Coge la llave aquella, guárdala en la cintura y vuelve aquí. Pero, coge este anillo de hierro, que sin él no podrás entrar (era aquel lugar el más allá, dicen).

El muchacho se fue, marchó despacio y entró hasta el jardín aquel.

Aquello era un paraíso, un jardín con árboles, con árboles de oro... que el muchacho se asombró cuando entró allá, y sabes, como niño, antes corrió a las peras y a las manzanas que a la llave del anciano. Sabes cómo es nuestra tradición -llevaba camisola con cinturoncito bien cerrado-, y se llenó el pecho de manzanas y de peras. Y cuando iba se acordó de la llave, fue a cogerlo -la llave era tremendamente herrumbrosa-... Quién sabe lo que había hecho él con la llave aquella, hasta hoy hubiéramos estado bajo su mano tal vez. Vuelve el muchacho despacito, sube de nuevo por la escalera para salir -ya sabes que el anciano, aunque tenía poder, no podía entrar en el edén, pero este como niño...

Cuando llegó arriba para salir, el anciano gritó:

-¡Espera no salgas! ¡Dame la llave! El muchacho dice (era pequeño, pero tenía cabeza):

-No ¡déjame que salga primero afuera!

-No te dejo.

-¡No te doy la llave! (sabes tú ni la mano podía meter, porque era pecador).

-Te mataré.

-Mátame, si puedes.

Él hizo ¡tranc! con el pie en el suelo y se cerró la tierra.

¿Qué podía hacer el pobre muchacho? Se volvió, para ir de nuevo por los jardines aquellos. Pero se había cerrado la tierra, ya no existía la hermosura aquella. Comenzó el pobre a llorar. Llorando sin querer se frotó las manos y del anillo que le dio el anciano apareció un hombre.

El hombre aquel era de hierro. Era espíritu impío, pues hombre de los nuestros de hierro, nadie ha visto jamás.

-Muchacho, ¿quién te ha traído a ti aquí?

-He aquí como -se lo contó el muchacho todo.

-Yo te sacaré, muchacho, si primero vete de aquí y me cortas unas veinte vacas, me las fríes, para que tenga comida para el camino cuando te lleve (que sabes tú, a nosotros nos pareció que estaba en la boca, pero él estaba justo en el centro de la tierra, cuando cerró la piedra).

Después sube al muchacho sobre los hombros, pone en una mano veinte vacas fritas y en la otra mano unos toneles con agua, con vino, no sé que contenían -y al muchacho le da un cuchillo y un jarro.

-Cuando tenga hambre, cortas con el cuchillo la carne, y dame de comer, y cuando tenga sed dame agua con el jarro.

Y fue él, marchó día y noche sin pasar, era tan oscuro que había ni una mota de polvo, porque estaba bajo tierra.

Ya casi no les quedaba comida a las vacas ni agua para beber. Pero el espíritu impío le dijo así:

-Si tienes suerte y no se acaba la comida y el agua, no te comeré, pero si se terminan, te como. Mira hacia arriba, ¿ves el sol?

-Lo veo como una luz de cerilla.

-¡Vaya! ¡Conque queda todavía!

Y sigue -pero ahora había quedado solo una mitad de vaca-:

-Mira arriba, ¿cómo es el sol de grande?

-Le veo por la mitad.

-Es -¡luego queda un buen trozo de camino!

Cuando estaban más casi saliendo, la comida se había acabado, solo quedaba agua.

-Dame comida que tengo hambre.

El pobre muchacho ¿qué podía hacer? Toma el cuchillo y se corta un trozo de muslo, le da también agua y parten de nuevo. Por fin, salen a este mundo. Cuando le baja al suelo:

-Dime de verdad, ¿de dónde me diste el último trozo?

-De verdad te lo diré, me he cortado el muslo.

-De verdad te digo, si hubiera sabido que eres tan dulce, no te hubiera traído.

-¿Ahora no me puedes comer?

-Vamos, allá era mi terreno y tú un extraño -ahora eres demasiado bueno para Dios y no deja que te coma (sabes tú, que bajo la tierra está el lugar de los diablos).

Y el hombre se hizo invisible.

Pero el muchacho estaba el pobre hambriento, se había olvidado que tenía las manzanas aquellas en el pecho y la llave aquella. Echa a correr hacia la casa de su madre. Y, sabes tú, él era perezoso, pero era ingenioso, ¿acaso pensaba que solo hay gente ingeniosa entre ustedes? Pues no. Entró en casa, pero su madre era tremendamente pobre, que ya sabes, el boyardo cuando llegó al poder, no cogió a la pobre madre para mantenerla, aunque era emperador.

-Madre, ¿no tienes un trocito de vela que encender?

-Tengo, querido de madre, de la Pascua (la guardaba para encenderla, Dios nos libre, en caso de tormenta). Enciende la vela.

Y él dice:

-Ay, madre, tengo mucha hambre. Tengo unas peras y unas manzanas, pero me duele el corazón comerlas -él no se había dado cuenta de que eran de oro. Las arrojó bajo un poyo-. Madre, he aquí una llave, que está muy herrumbrosa; límpiala y véndela y cómprame un pan.

Nada más empezó a frotarla un poco, cuando entraron unos cinco hombres de hierro en casa.

-¿Qué desean, dueños? (Él iba a poder dar la vuelta al mundo con la llave aquella; porque tenía la llave del infierno, podía hacer con los diablos cualquier cosa).

La mujer se asustó terriblemente de ellos. Pero el muchacho, pícaro, enseguida lo entendió todo.

-Queremos comer y vino bueno.

De repente llegaron unos sirvientes y pusieron la mesa, y ¡qué no pusieron! y después de que acabaran de comer, recogieron aquello y se fueron.

-¡Vamos, madre! La llave esta la guardo yo.

El muchacho ya se había convertido en un mozo, bueno para casar.

-Madre, he oído que la hija del emperador es hermosa. Me voy a casarme con ella.

-Mi alma, ¿tú un muchacho tan pobre casarte con la hija del emperador? ¿Qué locuras estás diciendo?

-Y si yo quiero así. Ve, madre, a pedir su mano.

-¿Pero cómo entro yo allá, mi alma?

-Ve, madre.

Él la incitaba.

-¿Cómo voy a ir con las manos vacías?

-Madre, ¿ve a ver si no se han podrido las manzanas y las peras? Llévaselas.

-Bien dices, querido mío.

Y la anciana se viste con un sayo de campesino, se pone un paño hermoso en la cabeza, coge en el pañuelo las montañas y se marcha. Llega a la puerta del emperador. El emperador estaba en el zaguán alto. Vio el emperador que luchaban los guardias con ella, no la dejaban entrar. Pero aquel emperador era compasivo, no como este de ahora. Pensó que venía a pedir algo.

-¡Dejadla! ¡Pasa! ¿Me oís?

Cuando oyeron la orden del emperador, la dejaron.

-¿Qué quieres, tía?

-Pues, excelentísimo emperador, vine por una cosa grande.

-¿De qué se trata, tía?

-Toma primero un regalo.

Vio el emperador las peras y las manzanas de oro y se quedó asombrado. ¡Qué una campesina tuviera algo así! -solo en sus patios había aquella clase de cosas.

-Mi hijo quiere casarse con su hija, emperador.

El emperador estuvo un momento y al final pensó: la anciana esta está loca.

-Si tu hijo -dijo- hasta mañana por la mañana en lugar de tu casa hace un palacio como el mío, y un jardín como el mío con una sendita de árboles hasta mi patio, y en cada árbol cantan los pájaros, yo le daré a la chica.

-Adiós, emperador.

Regresa la mujer.

-He aquí, querido mío, lo que dijo.

-Bueno, madre, lo haré hasta mañana.

Frotó la llave y vinieron de nuevo cinco hombres de hierro.

-¿Qué quiere, señor?

-Hasta mañana por la mañana que haya un palacio totalmente hecho de cristal, y embellecido con oro y que haya una sendita acompañada de árboles y un árbol que florezca, a uno que le estén brotando hojas, otro al que se le caigan la hoja, que no haya dos iguales. Y la sendita que sea de terciopelo con la hierba de terciopelo. Junto a cada árbol que esté un soldado con el sable sacado. Y que los pájaros canten tan hermoso que no pueda dormir el emperador ni la hija del emperador.

¡Eh! Y cuando aún quedaba mucho hasta el día, todo estaba preparado.

El emperador por la mañana cuando se despertó dijo a la chica:

-En todo el tiempo que llevo en este palacio nunca han cantado los pájaros como ahora (porque él no se esperaba esto, pensaba que eran todos los pájaros de su jardín).

Cuando salió afuera y lo vio, dijo:

-¡Oye! gran poder tiene este hombre.

El chico dice:

-Ve, madre, y pídele la mano de la chica.

Se fue la anciana al emperador, le daba largas, ya que no quería entregar a su hija a gente de esta clase.

-Escucha, tía, si de hoy en una semana viene en un carruaje de oro con caballos que coman ascuas y beban llamas, le daré a la chica.

Pero la chica iba a casarse el mismo día con otro emperador.

-He aquí, mi alma, lo que dijo.

-Haré también esto, madre.

De repente oye un estruendo grande, afuera.

-¿Será esto, madre?

Su madre va a enterarse y dice:

-Se casa la hija del emperador.

-¿Con quién se casa?

-Con tal hijo de emperador. Mira, querido mío, solo hiciste que se burlaran de mí.

-Deja, madre, que de igual modo tendrá que dármela.

Tomó él la llave y la frotó. Era el invierno. Y vino el hombre de hierro.

-¿Qué quiere, amo?

-¡La hija del emperador se ha casado hoy! Cuando se duerman, coge al novio y sácalo afuera y a la novia llévala a una cueva, pero de madrugada llévalos de nuevo a ambos a la casa.

Por la mañana entra el emperador a casa.

-Y bien, queridos, ¿cómo dormisteis?

Dijo él:

-Yo, padre, tuve mucho frío.

-Pues -dijo ella-, yo no sé dónde estaba, sé que buscaba una vela para encender y no la encontraba, y no había cama, ni nada.

-Has tenido un sueño.

-Pero cómo demonios, padre, mira cómo las yemas de mis dedos se han helado.

-Yo no siento la espalda.

-¿Por qué no le dijisteis al sirviente que encendiera el fuego? No pasa nada.

La tarde siguiente, de nuevo frota la llave. Viene de nuevo.

-¿Qué quiere, amo?

-Quiero que vayas y le pongas al yerno del emperador sobre un montón de nieve cuando se duerma, y a la novia ponla en la cima de la casa.

Sobre la casa hacía frío, pero al menos no había nieve. Él, en cambio, se ha helado. Pero, aún así sentía lástima de ella.

-Déjala en el tejado solo la mitad de la noche.

Cuando trajo al novio por la mañana, estaba tieso. Reunió a todos los doctores, pero ya no había nada que hacer -murió el pobre.

Y pasó una semana.

Él, de nuevo frota la llave y vino aquel.

-Mañana por la mañana, trae una carroza de oro y caballos que coman brasas y que beban llamas y también los trajes más hermosos del mundo para mí.

Se sube él, como un boyardo, en la carroza al día siguiente y marcha hacia el emperador.

-¿Cómo estás valiente mozo? -dijo el emperador.

-Vine para que me des a la chica.

Él hace como que no sabía que había muerto el yerno.

Se la da el emperador. Hace una boda esplendorosa, coge a la chica y la lleva a su palacio -y él le muestra el inmenso amor que sentía por ella.

Pero ocurre que el brujo se entera que él había salido de la tierra. Qué iba a hacer él para poder echarle mano, porque él, aunque era un brujo feroz, tenía solo un par de diablos, mientras que el otro tenía en su poder la llave del infierno.

Él guardaba la llave aquella siempre sobre una estufa y solo el sirviente sabía de ella. Pero el sirviente no era muy listo.

Un día acompañó a la hija del emperador de paseo. El brujo cogió una multitud de llaves nuevas y hermosas, algunas de oro, otras de bronce, o de plata y empezó a gritar en la puerta del yerno del emperador.

-¿Quién me cambia llaves herrumbrosas por otras de oro?

Y el sirviente, que no tenía demasiada mente, pensó en darle la llave aquella a cambio de una de oro, que mejor le serviría a su dueño.

¡Eh! y cuándo cogió la llave, le cogió al pobre, todo su poder. Se la da.

Cuando llegó él del paseo el palacio ya no estaba. Quedó él, el pobre, en el campo ya no tenía siquiera la choza que tenía antes.

El emperador le envió este mensaje con un maestro de ceremonias: que si antes de tres días no volvía a hacer el palacio como antes le quitaría a la chica para siempre. Y, ya sabes, mejor le hubiera quitado los días que quitársela a ella. Gran cosa es el amor.

¿Qué podía hacer él? Ahora la chica estaba también tremendamente enamorada de él. Antes, más querido le era el otro, el que se había muerto helado, ¡pero ahora! Esperó él hasta el tercer día; no hay remedio alguno, el palacio no lo puede hacer. Se despide de su esposa: ¡quién sabe qué lamento fue allá!

-Me voy ahora a buscar mi destino.

Marcha él y llega a un charco (como un estanque de grande).

-Ya no tengo nada que hacer, ¡me ahogo!

Pero, frotándose las manos, frota también el anillo que le había dado el brujo cuando lo metió la primera vez en el hoyo, y aparece un hombre de hierro.

-¿Qué quiere, amo?

-Quiero la llave aquella del infierno.

-Yo la llave del infierno no te la puedo dar.

-Entonces ¿qué hago yo, dime al menos dónde está?

-El brujo, para que no le coja nadie se ha hecho un palacio sobre el Prut1, y si pudieras ir hasta allí, él la tiene escondida bajo su almohada de su cabeza.

-¿Qué puedo hacer para llegar a él?

-Coge -dice-, este trocito de hierro, date tres volteretas sobre ella y te convertirás en una mosca -al final verás cómo recuperarlo.

Y se hizo invisible el hombre aquel.

Lo cogió él, se dio tres volteretas encima de ella y voló convertido en una mosca hasta el Prut. Llegó allí y se encontró al brujo durmiendo una siesta. Pero entrar... ¿por dónde entrar? Las ventanas estaban con los postigos puestos cerrados completamente.

-Me meto por el ojo de la cerradura.

Se mete y se posa sobre la estufa. En cuanto se despierta el brujo, empieza a golpear en medio de la casa con unos martillos y comienzan a salir tantos diablos que daban escalofríos. Y empezó a mandar a unos para que hicieran males, a otros para que empujaran a los hombres para hacer males -o lo que no quiere Dios-, ¡porque el hombre es terrenal y pierde la cabeza! Y, después de poner él sus obras en marcha, salió afuera. La mosca se movió, cogió la llave de debajo de la almohada y levantó el vuelo despacito -despacito y salió-. Su alegría era indescriptible ya que iba a recuperar a la chica. Ahora, lo importante no era él, sino ella. Frotó la llave, vinieron los hombres de hierro.

-Que me hagáis el palacio de nuevo tal como era.

Ahora aprendió la lección: llevaba la llave siempre con él.

¿Qué podía hacer el brujo? Había en la aldea aquella una anciana santa... Por aquel entonces había gente buena, había santos... no como ahora. Cuando a alguien le dolía la cabeza y cuando tenía alguna enfermedad, solo con poner la mano le curaba.

Y fue el brujo, y mató a la anciana y se vistió él en sus trajes.

Enfermó su mujer, la hija del emperador, pero qué enfermedad, Dios me ayude a no tenerla mientras viva, en cuanto decía ¡ay!, él se derrumbaba.

-Quiero que llames a la anciana santa.

Llega -pero era el brujo-. Comienza a poner la mano sobre su cabeza, como si, querido señor, la deshechizara. Y cuando sale él de la casa, le dice el brujo a la mujer:

-Señora, Majestad, cuánta belleza y esplendor hay en tu casa y no tienes un huevo hermoso de mármol.

-¿Qué clase de huevo tía?

-De los que solo se encuentran en el fondo de la tierra.

-¡Vaya!, se lo diré a mi marido, para que envíe a alguien a buscarlo.

Y se va el brujo.

Regresa él a casa.

-Mira -dijo-, he aquí lo que me dijo la anciana esta santa.

-Voy a frotar la llave.

Frota la llave y vienen dos hombres de hierro.

-¿Qué quiere, amo?

-Quiero el huevo de mármol de debajo la tierra.

-Que Dios te castigue (o esté él allá); con todo lo que hago por ti ¿hasta la llave del infierno tienes, ahora quieres quitarnos también todo nuestro poder?

Mira tú el brujo lo había hecho adrede, queriendo que el diablo lo estrangulara.

-Te mataría, pero como sé que esto no sale de ti, te perdono, y te digo así: que la anciana santa es el brujo y que hoy va a venir con un cuchillo grande y haciendo que pone la mano sobre la cabeza de tu mujer la matará.

En cuanto oyó él esto, ¡of! ¡Se puso a temblar!

Y se va el hombre de hierro. Él prepara su yatagán2 y cuando llega a casa el brujo, pide al sirviente que lo desvista primero y, de verdad, encuentra un cuchillo grande, sabes como el filo de navaja, y con el yatagán le hace trocitos. Ahora eran plenamente felices. El pobre ya no sabía qué era el dolor, como sabía antes y dice un día:

-Vamos, hermana, vayamos a encontrar a mis dos hermanos (¡pero su madre había muerto!) -empiezan a prepararse, se marchan hasta que se encuentran en guerra con otro. Nunca está el pobre hombre en paz. Y estaba él tan disgustado, que no podía con su alma. Viendo al recién llegado se alegró y dijo así-:

-Ya que eres yerno de emperador, ayúdame y podré ganar a mi enemigo.

Y preparó un ejército tan grande que pudo, por fin, derrotarlo.

Así pues, estos dos dicen que eran muy felices -solo el tercero, era más desgraciado (el de la molleja)-. Aquel cogió y se fue a la hermosa del mundo. Al entrar al palacio del boyardo aquel, no le dejaron entrar. Entonces él organizó un baile esplendoroso e invitó a acudir a todos, entre los que estaba también la hermosa del mundo. Era tan hermosa, que, cuando llegó al baile lo alumbró tanto que... perdóneme usted. Él comenzó el baile que duró hasta la madrugada -puso mesas y comenzó a jugar a las cartas-. Él hizo todo lo posible para jugar con ella. Él tenía suerte pero se dejaba ganar, y siempre ganaban otros de lo enamorado que estaba. Entonces ella, viendo tanto dinero, se maravilló y dijo a su padre:

-Vamos, padre, a invitarle a nuestra casa (sabes, sea como sea, cobre gana cobre pero no huesos del hombre -después de un tiempo, fue a verla y llevaba unas diez bolsas de oro, jugaban a las cartas de nuevo y ella le ganó todo, no le quedó ni una monedita3.

Viendo ella que no le quedaba ni un céntimo, empezó a reírse de él. Y llovía afuera. Y queriendo o no queriendo tuvo que quedarse allí. Por la noche, cada vez que se despertaba, encontraba una bolsa de dinero bajo la cabeza.

Al día siguiente, por la mañana, cuando vino el sirviente para que se lavara, después de que terminó de lavarse, le puso en la mano unas veinte monedas de oro de propina. Corrió a ella el sirviente, y ella dijo:

-¡Oye! ¿De dónde tiene este hombre tanto dinero?

Va a buscarle y le dice así:

-Serás mi marido si me dices de dónde tienes tanto dinero.

Él había enloquecido y se lo dijo el tonto. Y entonces ella le hizo un café y se puso muy enfermo. Empezó a vomitar, y vomitó la molleja. Y la cogió ella, la lavó, quién sabe con qué, la perfumó y se la tragó, para encontrar ella las bolsas con el dinero. Cada uno con su suerte.

A él todavía le quedaban unas diez bolsas de dinero de la noche aquella.

Ella lo echó afuera. Él montó en un caballo y partió. Cabalgando, llegó a un campo de flores, el caballo se puso a comer y se convirtió en un burro.

Él recogió un manojo de flores y se las puso en el bolsillo. Siguió su camino montado sobre el burro hasta llegar a un lago. El burro se paró a beber agua y convirtió de nuevo en caballo.

-Vamos -dijo-, bueno es esto.

Coge un poco de agua en un frasco de agua y se da la vuelta. Llega de nuevo allá, a la casa de la hermosa del mundo, y con el dinero que le había quedado organiza otro baile espléndido. Ella corre para ver de dónde tenía dinero.

-Del manojo este de flores.

Él se lo da y cuando lo huele, en seguida se convierte en burra. Y él la deja así y se va.

Espera el sirviente que salga la dueña afuera. -¡No está! -gran pecado.

Cuando entra, encuentra la burra.

Al rato vuelve el joven, la saca de casa y se van, él montado a lomos de la burra. Le da heno para que coma, aunque ahora tenía corazón humano. Ella dijo así con dolor:

-No te engañaré más a partir de ahora y te voy a devolver la molleja, solo hazme como fui.

Con todo lo que le había hecho sufrir, él se había vuelto cruel y siguió cabalgando hasta llegar al palacio de su hermano, el emperador, donde se encontraba también el otro hermano, el que estaba casado con la hija del emperador. Y cuando les contó que la burra era la hermosa del mundo, ellos insistieron para que la perdonara. La perdonó y le dio agua y volvió a ser como antes.

Y había ahora tres emperadores sobre un país. Y fueron todos felices... Y colorín colorado... este cuento se ha acabado.

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