1
Vid. M. Hernández Suárez, Bibliografía de Galdós, Las Palmas, Ediciones del Excmo. Cabildo Insular de Gran Canaria, 1972.
2
Vid. Leopoldo Alas, «Realidad», Ensayos y Revistas (1888-1892), Madrid, 1892; Emilia Pardo Bazán, «Realidad, drama de don Benito Pérez Galdós», Nuevo teatro crítico, n. XVI, abril, 1892; Robert H. Russell, «La óptica del novelista en La incógnita y Realidad», Filología, X, 1964, pp. 179-185; Gonzalo Sobejano, «Forma literaria y sensibilidad social en La incógnita y Realidad», en Forma literaria y sensibilidad social, Madrid, Gredos, 1971; Ricardo Gullón, «Introducción» a sus ediciones de La incógnita (por la que citaré) y Realidad, Madrid, Taurus, 1976 y 1977, respectivamente; Laureano Bonet, De Galdós a Robbe Grillet, Madrid, Taurus, 1972; Roberto Sánchez, El teatro en la novela, Galdós y Clarín, Madrid, Ínsula, 1974; William H. Shoemaker, The Novelistic Art of Galdós, vol. III, Valencia, Albatros Hispanófila Ediciones, 1982, pp. 11-45; Ermitas Penas, «El sistema dialogal galdosiano», Anales galdosianos, año XX, n. 2, 1985, pp. 111-120; J. I. Ferreras, «Galdós y el fracaso del realismo», en Centenario de Fortunata y Jacinta (1887-1987), Actas (Congreso Internacional, 23-28 de noviembre), Madrid, Universidad Complutense, 1989, pp. 317-324.
3
Su corresponsal le dice en una carta que Cisneros «te conoce por tus obras, mejor dicho por la fama de tus obras, pues declara con ingenuidad un tanto vergonzosa que no las ha leído»
(p. 47).
4
«Y, sin embargo, Equis de mil demonios, heme aquí empecatado, heme aquí sin poder vencer la diabólica intención que en mí ha nacido, y que tras largas vacilaciones se manifiesta positivamente»
(p. 111).
5
R. Gullón los ha estudiado, así como sus distintas significaciones y finalidades en la novelística galdosiana (Galdós, novelista moderno, Madrid, Gredos, 1973).
6
La verosimilitud con que Galdós se esfuerza en presentamos las dos «revelaciones» -ciertas- de Manuel Infante es compatible con la idea de que el autor implícito se ha alejado, como considera R. Russell, «de los recursos legítimos del procedimiento narrativo»
(art. cit., p. 182). Tal compatibilidad debe ser entendida en clave irónica: la óptica del narrador testigo, que presume de objetivo y escrupuloso, solo encuentra soluciones a través de lo más recóndito y subjetivo.
7
Russell, art. cit., p. 181.
8
El que el yo-testigo no sea frío, ni imparcial, ni indiferente no debe confundirse con el punto de vista del yo protagonista. Existe, sin embargo, un desplazamiento óptico cuando Manolo Infante narra su descabellado proceso amoroso. En toda novela el punto de vista dominante se mantiene estrictamente, incluso los diálogos, reproducidos en estilo directo, son justificados «gracias a (la) excelente memoria»
(pp. 57-58) del narrador.
9
«Reconozco, señor maestro, que varío de tocata con demasiada frecuencia. Es que yo no me aferro a las opiniones, ni tengo la estúpida vanidad de la consecuencia de juicio. Observo lealmente, rectifico cuando hay que rectificar, quito y pongo lo que me manda quitar y poner la realidad, descubriéndose por grados, y persigo la verdad objetiva, sacrificándole la subjetiva, que suele ser un falso ídolo fabricado por nuestro pensamiento para adorarse en efigie»
(p. 111).
10
C. Reeve, vid. sus famosas palabras en The progress of romance, vol. I, New York, The National Process Company, 1930 (reproducción de la edición de Colchester de 1785), p. 111.