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451

Cavafis, Constantino «Itaca», Poesías completas, Madrid, Alianza, 1994. p. 64.

 

452

Paul de Man, «La autobiografía como desfiguración», en Anthropos, suplementos, núm. 29, dic. 1991, págs. 113-118. De Man considera la escritura del yo como la ficción de un apóstrofe prestada a una entidad ausente, que se construye en tanto se escribe. Implícitamente, el autor sugiere que la voz que se escucha en el relato de una vida es la misma que exhuma todo epitafio.

 

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Bien porque considera que ese yo se compone como un sujeto por medio del acto de escribir (una ficcionalización del ser en el discurso) o bien porque niega incluso la posibilidad de esta producción en el texto, dada la naturaleza privativa del lenguaje. A pesar de que la bibliografía sobre el tema ha crecido en los últimos años, podemos considerar que estas dos tendencias resumen la controversia en torno al tema: la que insiste en la figuración del yo como producto del discurso (Paul Jay, El ser y el texto, Madrid, Endymion, 1993 (1984); Paul John Eakin, En contacto con el mundo. Autobiografía y realidad, Madrid, Endymion, 1994 (1992); Elizabeth Bruss, Autobiographical Acts. The Changing Situation of a Literary Genre, Baltimore y Londres, The Hopkins University Press, 1976; y otros autores) y la que encabeza Paul de Man, al invertir la cuestión y plantear que la figura determina el referente y que la ilusión referencial de esta escritura proviene de la estructura de esa figura. De Man cancela la posibilidad misma de su sentido, al considerar la autobiografía como la culminación de una imposibilidad, al exasperar la falta de referente, que priva de significado a la obra. Véase «La autobiografía como desfiguración», art. cit. Para las consideraciones de de Man sobre la esencia retórica del lenguaje, véase Alegorías de la lectura, Lumen, Barcelona, 1990 (1979).

 

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La discusión, que ocupó los primeros estudios sobre la autobiografía, parece haber llegado en nuestros días a un punto muerto, si la única conclusión posible que los límites entre autobiografía, autobiografía ficticia y biografía se desdibujan, incluso los límites entre ficción y no ficción, que es como afirmar que nada singulariza a la escritura autobiográfica.

 

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Véase la distinción de Walter Mignolo entre «rol textual» y «rol social», que permite rescatar en la escritura las huellas de la pertenencia a una formación social (Walter Mignolo, «La figura del poeta en la lírica de vanguardia», Revista Iberoamericana, 118-119, enero-junio, 1982, págs. 131-148).

 

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Recupero la noción de modalidad para delimitar la especificidad de esta escritura, en tanto discurso marcado por la voluntad de un querer, deber o poder ser uno mismo para saber decirse, como marca de una relación profunda del deseo de inscripción con el lenguaje. Una figuración de autor que se declara a su vez objeto de su propia comprensión y mediador de su elaboración textual. Al respecto, véase el concepto de «espacio autobiográfico» propuesto por Nora Catelli y la necesidad de considerar al autobiografiado como uno de los términos necesarios de la relación de identificación que posee esta escritura. (Nora Catelli, El espacio autobiográfico, Barcelona, Lumen, 1991). Véase también la propuesta de estudio de Shirley Neuman, que si bien se plantea desde una perspectiva del género, puede hacerse extensible como propuesta crítica. (Shirley Neuman, «Autobiografía: de una poética diferente a una poética de las diferencias», en Ángel G. Loureiro, El gran desafío. Feminismo, autobiografía y posmodernidad, Madrid, Endymion, 1994). La posibilidad de establecer un género en relación a esta escritura va más allá de la discusión sobre sus rasgos formales: remite directamente a la posibilidad de categorizar los géneros, en tanto reguladores de las relaciones literarias, en tanto definen lo que es literatura y lo que no es.

 

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Pablo Neruda, «Pido silencio», Extravagario, Buenos Aires, Losada, 1958.

 

458

Hernán Loyola, Prólogo a Pablo Neruda, Antología poética, II vols., Madrid, Alianza Editorial, 4.ª reimpresión, 1994 (1.ª ed. 1981), pág. 317.

 

459

Pablo Neruda, «Oda al libro», Odas elementales, Madrid, Cátedra, 1994, pág. 162. Y en la autobiografía, escribe el prolífico autor: «Cuánto libro... Cuánto librito... Quién es capaz de leerlos?... Si fueran comestibles... Si en una ola de gran apetito los hiciéramos ensalada, los picáramos, los aliñáramos... ya no se puede más... Nos tienen hasta las coronillas» (Pablo Neruda, Confieso que he vivido, Barcelona RBA Editores, 1993, pág. 359. En adelante, las citas de la autobiografía en prosa corresponden a esta edición y la página se consigna entre paréntesis).

 

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Pablo Neruda, Extravagario, op. cit.