También está muy marcado el tono romántico en un fragmento del principio de «La ermita»:
| (pp. 60-61). | ||
En la portada de la edición más antigua que hemos localizado de este drama se indica lo siguiente: «Galería Dramática Malagueña. José María. Drama de costumbres andaluzas, en siete actos y en verso, original de D. Enrique Zumel. Representado con un éxito brillante en el teatro del Circo de Cádiz. Núm. 15. Precio 8 reales. Málaga, 1858. La Ilustración Española, Calle Nueva, núm. 61». Existe otra edición, que es la que tenemos a la vista, con idénticos datos, excepto los referidos al lugar y fecha de impresión, que son: Madrid, R. Velasco Imp., 1902. Las citas se hacen por esta última edición y las referencias a la página correspondiente se señalan en el texto.
David T. Gies, «In re magica veritas: Enrique Zumel y la comedia de magia en la segunda mitad del siglo XIX», en F. J. Blasco, E. Caldera, J. Álvarez Barrientos, R. De la Fuente (eds.), La Comedia de Magia y de Santos, Madrid, Júcar, 1992, pp. 433-461. No figura en la Gran Enciclopedia de Andalucía.
Una de las referencias bibliográficas que nos parece más fiable y actual es la de José Carlos Aranda Aguilar, Narrativa andaluza en el siglo XIX. Catálogo bibliográfico de autores con cuatro estudios críticos sobre novelas marginales (Tesis doctoral), Córdoba, Universidad, 1988, tomo I, p. 130 y ss. En esta aportación se citan los libros siguientes: Juan Palomo o la expiación de un bandido, Madrid, Miguel Prats, 1855?, añade que Palau [es decir, Antonio Palau y Dulcet, Manual del librero hispanoamericano, Barcelona, 1948, 27 volúmenes] cita una reedición en 1861, ibid., p. 134; Los siete niños de Écija, Madrid, Miguel Prats, 1863; Palau menciona reediciones en 1866, 1875 y 1883, ibid., p. 139; Diego Corrientes. Historia de un bandido célebre, Madrid, 1866; Palau menciona reedición en 1874, ibid., p. 141; El guapo Francisco Estevan [sic], Madrid, 1871, ibid., p. 144 (hemos visto esta edición y no ofrece las características del folletín; es un libro pequeño sobre el bandolero lucentino, pero sin tener en cuenta la historia conocida, cfr. nuestro estudio «Un bandolero lucentino en los albores del siglo XVIII: Francisco Esteban de Castro», en Actas de las Segundas Jornadas sobre el bandolerismo en Andalucía (Jauja, octubre de 1998), Lucena, Excmo. Ayuntamiento, 1999, pp. 67-102); El rey de Sierra Morena. Aventuras del famoso ladrón José María, Madrid, 1871-74; Palau cita reediciones de 1892, 1893 y 1895, ibid., p. 145; Don Miguelito Capa-Rota, el célebre marqués ladrón, Madrid, 1872; Palau cita una reedición en 1893, ibid., p. 145; El Chato de Benamejí. Vida y milagros de un gran ladrón, Madrid, 1878, ibid., p. 148; José María El Tempranillo. Historia de un buen mozo, Madrid, 1886; Palau cita una reedición de 1894, ibid., p. 150, y El señor Juan Caballero o los hijos del camino, Madrid, 1888, póstumo, ibid., p. 155. Publicaciones anteriores a esta tesis incluyen también referencias bibliográficas de Manuel Fernández y González, como el libro de Cejador, citado más abajo, o Juan Ignacio Ferreras, Catálogo de novelas y novelistas del siglo XIX, Madrid, Cátedra, 1979, pp. 150-154, y Juan Ignacio Ferreras, La novela por entregas, 1840-1900, Madrid, Taurus, 1972, pp. 137-144. En este último libro, un tanto primerizo con relación a otros estudios del citado especialista, dice Ferreras que «a partir de 1863, fecha de aparición de Los siete niños de Écija, la novela de aventuras criminalista comienza a abrirse paso entre la espesa selva histórica del autor», ibid., p. 138, fecha que habría que retrotraer hasta 1855, aproximadamente, con la novela Juan Palomo; otras referencias a esta tendencia en pp. 142-143, aunque no menciona la titulada José María El Tempranillo.
Son muy interesantes las numerosas páginas que le dedica este escritor, llenas de anécdotas y muy representativas del ambiente en que se crea y distribuye el folletín, el novelista coetáneo Julio Nombela, Impresiones y recuerdos, Madrid, Tebas, 1976, pp. 703-729. Algunas de estas páginas están resumidas en Julio Cejador y Frauca, Historia de la lengua y literatura castellana, Madrid, Tip. de la Revista de Archivos, 1917, tomo VII, pp. 397-405 (hay edición facsímil, sin ilustraciones, en Madrid, Gredos, 1972). Otras anécdotas, también recordadas por Cejador, pueden verse en el libro de Manuel Machado citado más abajo.
El importante narrador valenciano recuerda su experiencia en estos términos: «Otro novelista, quien por desgracia fue una inmensa fuerza malograda, es don Manuel Fernández y González, cuya imaginación únicamente puede ser comparada por su riqueza a la de Dumas, y por sus desórdenes, a la de Balzac. Es necesario haberlo conocido para apreciarlo. Cuando yo comencé mi vida literaria, tenía la tontería de ensayar novelas, que resultaban disparatadas. Y con la ilusión de quienes creen que basta un manuscrito bajo el brazo me escapé de Valencia, pasando en Madrid una negra bohemia, con los atormentados del hambre; ¿por qué no decirlo? Mi alivio fue ser secretario de Fernández y González, que en esa época estaba casi ciego, y era conocido en toda la capital de España por su figura y su rara indumentaria, descuidada y no muy limpia. En la existencia extraña de Fernández y González, nos reuníamos de noche, para escribir hasta la salida del sol, y durante la velada solía quedarse dormido a lo mejor de su capítulo, y me decía cabeceando: "Bueno, hijo. Ahí quedan conversando la baronesa y el marqués. Continúales el diálogo". Y yo amontonaba tonterías, creyendo que eran donaires», Vicente Blasco Ibáñez, «La Revolución de Septiembre», Conferencias de Buenos Aires, Obras completas, Madrid, Aguilar, 1978, tomo IV, pp. 1285-1286. La crítica sitúa este episodio de la vida de Blasco Ibáñez antes de 1884: «Blasco encuentra pronto un trabajo, se convierte en secretario de don Manuel Fernández y González, famoso folletinista ya en decadencia debido a su avanzada edad, autor de novelas como El cocinero de su majestad. El trabajo es fácil, casi no le supone esfuerzo ni le quita tiempo. Al anochecer sale con su maestro y se encaminan al café de Zaragoza, en la plaza de Antón Martín. Allí don Manuel invita a cenar a Blasco -único pago que recibe por su labor-. El ambiente del café es pintoresco: mujeres de las llamadas "chulas de mantón", toreros, obreros que hablan de política. De regreso a la casa del anciano escritor -y tras alguna parada en las típicas tabernas madrileñas- éste dictaba a su secretario hasta que le rendía la fatiga; entonces Blasco continuaba la redacción de las obras, que generalmente gustaba mucho a don Manuel. De esta colaboración nacerían folletines como El mocito de la fuentecilla, que, según Pitollet, podría ser un esbozo de su futura novela Sangre y arena», Concepción Iglesias, Blasco Ibáñez. Un novelista para el mundo, Madrid, Silex, 1985, pp. 24-25. Juan Luis Alborg, Historia de la literatura española. Realismo y Naturalismo. La novela. A. Palacio Valdés. V. Blasco Ibáñez, Madrid, Gredos, 1999, p. 456, señala que fueron dos meses los que vivió Blasco Ibáñez la bohemia madrileña y que durante esa época colaboró con Fernández y González.
Con cierta frecuencia, Fernández y González tiende a situar la acción con exactitud en un espacio y un tiempo cronológico concreto, como ocurre en estas novelas de José María y en otras pretendidamente históricas. He aquí algunos ejemplos: «En la mañana del día 23 de octubre de 1825, el tío Macandito se ocupaba en picar un cigarro de tabaco negro, gratamente sentado al sol, que hacía media hora acababa de salir, mientras no lejos de él, su nieta, la Rubia del Valle, acechaba [sic, por ahechaba] gallardamente el trigo», El Rey de Sierra Morena. I. El famoso José María, Barcelona, Felipe González Rojas, editor, 1942, p. 5; «Era el amanecer del día 6 de febrero de 1818. En una estrecha calleja de un arrabal de la ciudad de Montilla, se abrió la puerta de una casita humilde que se apoyaba en el muro de una pequeña iglesia o ermita, en cuya torre, una campana tocaba a misa del alba», José María «El Tempranillo». I. El jefe de la cuadrilla, Barcelona, Felipe González Rojas, editor, 1942, p. 5; «El día 2 de Noviembre de 1858 el autor recibió el encargo imprevisto de escribir una novela. Todo el mundo sabe que el 2 de Noviembre es el día de la Conmemoración de los fieles difuntos, según lo reza el Almanaque», Luisa o el ángel de la redención, Madrid, Miguel Prats editor, 1866, tomo I, p. 1 (esta novela no tiene pretensiones de historicidad, salvo en lo que se refiere al hecho de que se le encargó una novela con la fecha indicada); «Acaban de sonar las diez de la noche. Es el 15 de enero de 1766. Dos jinetes al galope han salido por la puerta de Segovia de la villa y corte de Madrid, atraviesan la Tela y el puente y toman la ribera de Manzanares, por un sendero entre espesa alameda», El Motín de Esquilache, Madrid, Tesoro, 1950, p. 5; «Eran las primeras horas de la noche del día 4 de agosto de 1578. Los muecines del ejército de Sidi Ahtmed, rey de Marruecos, y los de la mezquita de la pequeña población y castillo de Alcazarquivir, hacía ya mucho tiempo que habían anunciado a los moros la hora de la oración de la noche», El pastelero de Madrigal, Barcelona, Los amigos de la historia, 1972, p. 5; «El día de la Asunción, 15 de agosto del año de gracia de 1947 [sic, por 1497], quinto del pontificado de Alejandro VI, el pueblo de Roma se divertía cumplidamente. El Corso [¿sic, por Coso?], durante el día, y hasta las primeras horas de la noche, había estado literalmente lleno de máscaras, que habían apurado todos los disfraces y todas las extravagancias», Lucrecia Borgia, Madrid, Tebas, 1975, p. 7; «El día 7 de mayo de 1358, a la caída de la tarde, de entre el revuelto laberinto de callejas del barrio de San Bernardo de Sevilla, salió un peregrino con muceta de buriel, sombrero anchísimo de fieltro, sandalias de cuero y un largo bordón en la mano, que más le servía de distintivo que de apoyo, puesto que parecía robusto y marchaba de una manera desembarazada y rápida», Madrid, Tebas, 1975, p. 7; «Corría el año de gracia de 1035. Era una hermosísima alborada de primavera. Las márgenes de Arlanzón empezaban a vestirse sus verdes galas y los matices de las flores aparecían acá y allá sobre la fresca alfombra del césped, que se extendía debajo de los árboles», Madrid, Tebas, 1975, p. 7; «Era la puesta del sol de un hermoso día de agosto del año 1705. El pequeño pueblo de Taracena, situado a tres cuartos de legua de Guadalajara, sobre el camino de Francia, estaba animadísimo», La princesa de los Ursinos, Madrid, Tebas, 1979, p. 7, etc.
Juan Ignacio Ferreras, La novela por entregas, 1840-1900, op. cit., p. 143.
«La novela folletinesca de Fernández y González y de toda su hueste sólo es obra literaria de puro pasatiempo, no es obra de puro arte. Su intento es despertar y satisfacer la curiosidad. Es la novela de caballerías del siglo XIX», apud Julio Cejador y Frauca, Historia de la lengua y literatura castellana, op. cit., tomo VII, p. 397.
Manuel Machado, La guerra literaria, ed. María Pilar Celma Valero y Francisco J. Blasco Pascual, Madrid, Narcea, 1981, p. 142.