La metáfora de la bruja-escritora en «La densidad de las palabras» de Luisa Valenzuela
Marianella Collette
Ryerson University, Toronto, Canadá
Luisa Valenzuela, en «La densidad de las palabras», realiza una relectura del cuento tradicional «Las hadas», narrado por Charles Perrault en el siglo XVII, reinterpretando su contenido como un proceso que aglutina dos facetas no integradas de la psique femenina, metafóricamente representadas en su cuento por dos hermanas. La menor de ellas personifica al acatamiento de la legalidad familiar y representa simbólicamente el aspecto del hada buena. La hermana mayor encarna el semblante del hada mala o bruja, identificada en el cuento con una escritora que porta un discurso repulsivo, destinado a existir sólo en una zona de exclusión. En este ensayo realizaré una interpretación arquetípica de los personajes más relevantes del cuento, para poner en evidencia cómo ambas facetas de la psique femenina, captadas en el cuento de Valenzuela, vivencian en común la experiencia de exclusión y sufrimiento, camino indispensable para una posterior integración. Paralelamente, analizaré cómo en el cuento de Valenzuela la hermana descarriada aprende a disfrutar de su discurso marginal, y así no sólo se apropia del poder que estipula el devenir del relato, vedado generalmente a la mujer en los cuentos tradicionales de hadas, sino que se convierte también en gestora del proceso de integración de los dos aspectos no aunados en el referente psíquico femenino.
Recordemos el cuento tradicional de Perrault, una viuda envía a la menor de sus dos hijas, muchacha dulce y bondadosa, a la fuente en busca de agua. A su retorno ella relata el encuentro con un hada con apariencia de anciana, que le pide que comparta el agua con ella y gratifica su actitud concediéndole un don especial, con cada palabra brotará de su boca una flor, una perla o una piedra preciosa. La madre, instruye a su hija preferida, muchacha antipática y orgullosa, para que emule a su hermana menor. Sin embargo, cuando el hada se aproxima a solicitarle agua, esta vez con apariencia de dama de alcurnia, la muy orgullosa se rehúsa a compartirla con ella. El hada la condena a que cada vez que hable de su boca surjan sapos y culebras. La versión de tinte moralista de Perrault acarrea un claro mensaje, recompensa a la hermana menor desposándola con el típico príncipe azul, que la lleva a vivir a palacio y condena a la mayor de las hermanas a morir en un rincón del bosque.
En una aproximación arquetípica, el hada de la fuente, porta una doble polaridad significante característica del paradigma de la Gran Madre, modelo emergente de una imagen primordial portador de vida y muerte. El psicólogo junguiano Erich Neumann, en su libro The Great Mother, describe la ambivalencia que identifica a este arquetipo:
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El hada de la fuente con su doble intencionalidad porta atributos positivos y negativos difíciles de aunar en el referente psíquico sin la asistencia de este arquetipo, la madre nutricia fusionada a la figura del hada buena por un lado y la madre narcisista que impregna el semblante de la bruja o hechicera por el otro. En el cuento de Valenzuela la voz narrativa se permite cuestionar la verdadera índole que dimana de la doble intencionalidad del hada del cuento de Perrault, haciendo evidente la injerencia encubierta de un esquema de manipulación inconsciente, proveniente del poder masculino, cito: «Porque hada hubo, según parece. Un hada que se desdobló en dos y acabó mandándonos a cada una de las hermanas a cumplir con ferocidad nuestros destinos dispares. Destinos demasiado esquemáticos. Intolerables ambos»
(Cuentos 80). Esta característica esquizoide que distingue al arquetipo de la Gran Madre es un paradigma que debería portar luminosidad cuando es asociado con la figura del hada, y oscuridad, faceta sombría del alma, cuando es proyectada sobre aquello terrible de la figura del hada mala o bruja. La voz narrativa denota la rigidez intolerable que ambos destinos portan en el cuento y vislumbrando una maliciosa intencionalidad hacia la figura masculina que distorsiona el supuesto premio y castigo otorgado por el hada de la fuente. La disparidad de los destinos se convierte, de esta manera, en un elemento ilusorio que encubre el verdadero sufrimiento que deben padecer ambas hermanas al poner en acción el don o castigo que supuestamente han recibido del hada de la fuente. En el relato de Valenzuela, ambas hermanas, en su acción de abrevar en la fuente y en el encuentro especular con el hada, vivencian un verdadero ritual de iniciación. La identificación con esa visión primigenia devuelve una percepción integral del destino al que arribaran ambas luego de su viaje o experiencia transformativa, demarcando el derrotero que cada una de las iniciadas deberá seguir. Rumbos paralelos que ejemplifican el desdoblamiento que ha tenido que soportar la mujer en su historia, profundamente demarcado en su psiquis. Caminos solitarios ambos que reconocerán en profundidad un sufrimiento común que abrirá un espacio propicio para una futura integración. En «La densidad de las palabras», en oposición al relato tradicional, existe para ambas partes de la psique femenina una posibilidad de comunicar la experiencia que ambas hermanas son compelidas a vivenciar. En Perrault, el juicio social que cabalga sobre el sentido de la fábula veda a esa faceta oscura de la identidad femenina de toda posibilidad de comunicar o integrar su experiencia de sufrimiento. Dice la versión tradicional: «... después de mucho andar sin encontrar a nadie que quisiera darle cobijo, acabó por morir en un rincón del bosque»
(73). Esta hermana representa simbólicamente a «la sombra», aspecto que Carl Jung describe como lo más lúgubre que porta el alma humana, semblante difuso que pierde su rumbo en el laberinto inconsciente y termina en el cuento original sin poder ser integrado o reconocido, consumiéndose en una sobrecogedora soledad. Por el contrario, en el texto de Valenzuela, la hermana exiliada del bosque articula la voz narrativa y se identifica con una escritora que se manifiesta desde las zonas más sombrías de su corporeidad. Esto no sólo permite un proceso de reivindicación de esta parte expulsada del referente social y familiar, sino que le otorga también voz a la experiencia marginal de una mujer que le da habla a su cuerpo. Las dos facetas desencontradas de la psique femenina no hallan en la leyenda tradicional un punto de reconciliación. En el cuento de Valenzuela, por el contrario, las dos hermanas, con sus maneras tan disímiles de materializar su decir, vivencian similares consecuencias en el grado de padecimiento y exclusión que deben sobrellevar. Esta experiencia común provee un espacio emocional de comprensión que facilitará la futura reconciliación. Ambas hermanas metabolizan de diversa manera su práctica de enajenación. La hermana caritativa padecerá su destino de reclusión en castillo ajeno, materializando un discurso que es totalmente propiedad de su marido. Dice la voz narrativa:
| (Cuentos 84) | ||
La figura del príncipe, identificada con el poder masculino, privilegia en forma excluyente sólo algunos aspectos del discurso de su cónyuge, boicoteando su ingreso a espacios exclusivos reservados para hombres. En el texto esta injerencia viene de la mano de «supuestos» atributos positivos. Cuando la mujer reboza de sus propias palabras, la cautela debe ser ejercida en extremo para no rodar por culpa de la perla o cortarse la lengua con el filo del diamante. El valor de cambio que esta mujer debe pagar para ser aceptada por el otro masculino resulta sumamente oneroso para su integridad. La experiencia de no ser escuchada y la falta de protagonismo en la resonancia que este discurso ajeno tiene en su cuerpo, propicia un estado de angustia, soledad e insatisfacción.
Mientras tanto la hermana recluida en el bosque, vivencia el contacto pleno con los intersticios más arcaicos de su corporeidad, aprendiendo a disfrutar de la manifestación oral de este referente marginal. Expresa la voz narrativa: «Y fue así como ahora estoy sola en el bosque y de mi boca salen sapos y culebras»
(82). Desde ese espacio, la primogénita, articula un discurso denso, viscoso, que se actualiza en repugnantes alimañas, pero al contrario de su álter ego del palacio, su decir resulta totalmente propio, aunque siempre inconveniente para el referente sociofamiliar. Sendas experiencias del cuento de Valenzuela representan enajenación del otro aspecto de la identidad femenina. Mientras una de las hermanas se encuentra compelida a decir sólo aquello adecuado, la otra se especializa en «mal-decir» o manifestar aquello prohibido o no dicho y en la falta de separación entre palabra y objeto, abreva en el goce de un referente pre-simbólico. Un registro permisivo que se aparta totalmente del juicio social, invalidando la noción exclusiva de premio o castigo. El don que el hada ha concedido a ambas hermanas es el de materializar las palabras, teniendo ambas que lidiar de diversa manera con las consecuencias de su discurso. La hermana menor lo hace materializando un discurso totalmente colonizado en forma de «fragantes flores y fulgurantes joyas»
(81), y la hermana mayor aprende a gozar conviviendo con su séquito de alimañas. En comunión con un referente oscuro tan propio como prohibido, supura sin tapujos aquello más arcaico que hay en su cuerpo, dice la voz narrativa: «Yo las escupo con cierta gracia y ni me rozan la boca. Son las palabras que antes me estaba prohibido mascullar. Ahora me desacralizan, me hacen bien. Recupero una dignidad desconocida. Las hay peores. Las estoy buscando»
(84). La recuperación de esta dignidad desconocida remite en forma metonímica a la experiencia de goce que vivencia la protagonista en la novela La pasión según G. H., de Clarice Lispector. El encuentro especular con la mirada primordial de una cucaracha le otorga la posibilidad de reconocer una parte repulsiva de su propia identidad. El reconocimiento de este aspecto lóbrego genera una experiencia de goce proveniente de la reapropiación de una parte negada de sí misma que la protagonista vivencia como la recuperación de, otra vez, una dignidad desconocida. En el cuento de Valenzuela la convivencia cotidiana con alimañas también se asocia a la figura de la bruja, personaje que vive en contacto con un modo de expresión marginal.
El discurso de esta escritora-bruja, al contrario de lo que sucede en la versión tradicional, no se perderá en el eco silenciado del bosque, tampoco será marginado a existir en el territorio poco definido de las grietas oscuras, sino que aflorará en el mal-decir en forma de palabra-alimaña. «No me arrepiento del todo: ahora soy escritora. Las palabras son mías, soy la dueña, las digo sin tapujos, emito todas las que me estaban vedadas; las grito, las esparzo por el bosque porque se alejan de mí saltando o reptando como deben, todas con vida propia»
(Cuentos 82). Estas sabandijas que se corporizan en el mal-decir no son sólo patrimonio de esta bruja-escritora, algunas toman vida propia, otras la siguen como un séquito incondicional de alimañas. El acto compulsivo de «decir mal» o, como sugiere Valenzuela, de «mal-decir», es un nudo significante en el cual se entrecruzan la bruja y el discurso de esta escritora cuyo cuerpo habla sin tapujos. La primera utilizando el recurso de conjuros y pócimas, la segunda articulando el reconocimiento de un espacio marginal pleno también de sustancias no definidas. La bruja y la escritora, cuando se manifiestan desde la marginalidad corporal, se confrontan cara a cara con «la sombra» y sufren persecución y su consecuente marginación. La dimensión de «la sombra» como aspecto recóndito de la psique despierta fascinación. La psicóloga jungeana Liz Greene pone énfasis en la naturaleza contradictoria que posee esta parte oscura develada por Carl Jung, pues en su dualidad se manifiesta como custodia de la penumbra, pero al mismo tiempo como señal que demarca el rumbo que conduce hacia la claridad.
La actitud con la que cada hermana reacciona en el encuentro con el hada de la fuente, marca el lugar de evolución de conciencia en el que se encuentra, tipificando el camino que deberá recorrer para integrar a su álter ego. La bondad con la que reacciona la menor representa la aceptación sin cuestionamiento de la figura de autoridad proyectada en la percepción del hada como una anciana, en tanto que la soberbia, apetito narcisista del ego, que se apodera de la mayor, porta una actitud subversiva hacia la autoridad proyectada en la dama de alcurnia. Dice la voz narrativa: «Ya no recuerdo en cuál de mis avatares ni en qué época cometí el pecado de soberbia»
(81). Este desmedido amor narcisista al mismo tiempo no permite a la mayor de las hermanas percibir su destino como una maldición, por el contrario, ella comienza a disfrutar esa marginalidad al saborear la viscosidad subversiva de sus palabras:
| (82) | ||
En su exilio, esta hermana vive en compañía exclusiva de las alimañas generadas por su discurso, palabras-criaturas acostumbradas a deambular y habitar zonas marginales del bosque, representación simbólica del cuerpo. Su discurso irá poblando, gradualmente, estas franjas de exclusión con seres repugnantes que le otorgarán voz: «Me gustan, me gusta poder decirlas aunque a veces algunas me causen una cierta repugnancia. Me sobrepongo a la repugnancia y ya puedo evitar totalmente las arcadas cuando la viscosidad me excede»
(82). La voz narrativa describe la situación marginal de abrevar en un registro pleno de sustancias no definidas, espacio intermedio que Julia Kristeva denomina como «lo abyecto»
, «aquello que perturba una identidad, un sistema, un orden. Aquello que no respeta los límites, los lugares, las reglas»
(Kristeva 11). Valenzuela agrega que:
| (Peligrosas 29) | ||
El discurso de la bruja-escritora en el cuento materializa contenidos marginales, ignotos del bosque femenino y abre una dimensión plena de espacios de exclusión, zonas de segregación de sustancias mixtas, aún no definidas. Morris Berman en su libro Cuerpo y espíritu comenta que: «Las brujas son seres desviados precisamente porque se entienden con las sustancias intermedias y las zonas transicionales, amenazando usurparlas»
(65). Podría agregarse que la bruja-escritora que se apropia de su viscoso discurso y reivindica su cuerpo en el cuento de Valenzuela aprende a disfrutar de estas «sustancias intermedias». Continúa diciendo la voz narrativa:
| (Valenzuela, Cuentos 84-85) | ||
Las palabras-alimañas, que emergen por la boca de la bruja-escritora, recorren libremente zonas de compromiso de su cuerpo proporcionándole un goce particular, que linda, como todo lo abyecto, con la repulsión y la fascinación.
Esas palabras corporeizadas van explorando aquello no dicho de su corporeidad, y en su interacción se impregnan y nombran su viscosidad, otorgando sentido al título del cuento, «La densidad de las palabras».
Las palabras se hacen más densas o viscosas cuando ingresan o salen de los recovecos más comprometidos del cuerpo femenino. Dice la autora:
| (Valenzuela, Cuentos 83) | ||
La escritora-bruja del cuento de Valenzuela comprende que debe resarcir esa escisión profunda que la aísla de esa otra faceta de su psiquis, e integrar aquello que el juicio social y familiar ha disgregado. Quedarse en el exilio, alimentando el eco solitario del bosque, ya no es una opción válida para ella. Entonces comienza el recorrido del camino que la acercará hasta su álter ego que espera en palacio, lugar tan iluminado y definido como ajeno; un referente en el que otra faceta de su identidad vedada ha tenido que aprender a sobrevivir. Del encuentro de estos dos aspectos, no surgirá ni la magia ni el mito, sino la integración de un híbrido de doble naturaleza, que Valenzuela describe con su manera tan particular:
| (Cuentos 85-86) | ||
Este es un momento sublime de reconciliación de dos espacios separados por centurias, ellas se abrazan y forman finalmente, en su complejidad, un discurso heterogéneo. De esta integración surge una síntesis polifónica, cuyas múltiples voces integran dos aspectos de la identidad femenina. Unidas finalmente, comprenden la similitud de su sufrimiento y la verdadera naturaleza de su exilio. Y como dice Valenzuela, van... «más allá del horror y la vergüenza y articulan una forma de aceptación del rechazo»
(Peligrosas 47).
- Berman, Morris, Cuerpo y espíritu: la historia oculta de Occidente, Renato Valenzuela, trad., Santiago, Cuatro Vientos, 1992.
- Greene, Liz, Astrology of Fate, Maine, Red Wheel/Weiser, 1984.
- Kristeva, Julia, Poderes de la perversión, Nicolás Rosa y Viviana Ackerman, trads., Buenos Aires, Siglo XXI, 1988.
- Lispector, Clarice, La pasión según G. H., Alberto Villalba, trad., Barcelona, Península, 1988.
- Neumann, Erich, The Great Mother, Ralph Manheim, trad., New York, Princeton UP, 1963.
- Perrault, Charles, Cuentos de hadas, Humpty Dumpty, trad., Barcelona, Editorial Lumen, 1983.
- Valenzuela, Luisa, Cuentos completos y uno más, México, Alfaguara, 1998.
- —— Peligrosas palabras, Buenos Aires, Temas Grupo Editorial, 2001.