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La mujer estudiosa

Concepción Gimeno de Flaquer





La mujer estudiosa no es ligera y superficial; la noble afición al estudio extingue en ella pequeñas pasiones, y mientras fortalece su inteligencia, no se ocupa en atisbar a la vecina, ni en murmurar a la parienta, ni en fiscalizar a la amiga; no hace crónica personal, clavando el aguijón de la envidia o disparando las saetas de la calumnia.

La instrucción es la coraza que hace invulnerable a la mujer, contra las puerilidades, fanatismos y absurdas preocupaciones.

Cuanto más estudie la mujer más defectos de educación podrá corregirse. El estudio es tan necesario al alma de la mujer, como el aseo a su cuerpo. El estudio es el agua lustral que purifica su espíritu.

La mujer, que debe odiar el coquetismo, debe poseer la coquetería de la inteligencia, que es la cultura de esta, como debe poseer la coquetería del traje, que consiste en el arte y buen gusto para combinar su atavío.

La mujer tiene obligación de instruirse como la tiene de pensar.

Algunos han supuesto que la inteligencia de la mujer era inferior a la del hombre; pero este argumento, empleado para convencerla de que no debe estudiar, es completamente falso.

Si fuese, la inteligencia de la mujer más escasa que la del hombre, necesitaría ser cultivada con mayor esmero; del mismo modo que trataríamos de fortalecer el miembro más débil de nuestro cuerpo o de sanar la fibra más enferma.

Un niño canijo y enclenque necesita mayores cuidados que un niño robusto.

Dejar a la mujer sin instrucción es convertirla en autómata, en ser inconsciente y ciego: es reducirla a la más baja esfera en la jerarquía del pensamiento.

La ilustración eleva, ennoblece y moraliza: si no quieren elevar, ennoblecer y moralizar a la mujer, tanto peor para los hombres.

La mujer puede tener un libro en la mano sin separarse de la cuna de su hijo.

¿Teméis que la mujer se envanezca al verse ilustrada y se convierta en pedante y ridícula ergotista? Hay un remedio para evitar este mal: generalizar la instrucción. El día en que todas las mujeres sean ilustradas, ninguna hará estúpido alarde de su ilustración, como ninguna se vanagloria hoy de conocer el alfabeto.

De todos modos, siempre será más soportable la vanidad que se funde en poseer vastos conocimientos, que la que se funde, en ostentar un carruaje o riquísimas galas.

Si la mujer no cifra su orgullo en estudiar y aprender, lo cifrará en hacerse con habilidad la toilette.

Para emancipar a la mujer del ocio intelectual, que tan formidables males origina, tenéis que instruirla.

Observad lo que dice el ilustre Dupanloup: «Pido que sea lícito a la mujer cultivar las artes y las ciencias y esforzarse por alcanzar un grado más eminente, sin que se le amargue tan honrado placer con el dictado de marisabidilla».

El estudio regenera: creedlo, la prosperidad y la fuerza creciente de las naciones más avanzadas, se debe a la superioridad intelectual de las mujeres.

Si no queréis iluminar con la luz del saber el entendimiento de la mujer, esta permanecerá indiferente y fría ante las creaciones de vuestra inteligencia, y careceréis de su aplauso, que tanto podría alentar vuestros deseos y premiar vuestros afanes.

Si la mujer es ignorante, no podréis estimar en nada su opinión, porque realmente no tendrá valor.

Casarse con una mujer ignorante y estúpida es denotar que no tenéis más que sentidos, es descender. Si se ha dicho que la palabra de la mujer es el dictamen universal, reflexionad qué gran cultura, cuán sereno juicio, cuánta rectitud de entendimiento son necesarios a la mujer para no extraviar al hombre con su influencia.

La mujer necesita la instrucción si vosotros sois instruidos, porque destinada al matrimonio es indispensable en él la asociación de las ideas, el equilibrio de las almas y la comunidad del pensamiento. Para que exista esta comunidad de pensamiento, tiene que aprender la mujer a pensar.

Cuando no existe entre dos seres unidos con lazos indisolubles la fusión de las almas, hay divorcio moral, y en este estado, reducidos a la vida corporal, el matrimonio es un concubinato, la existencia un infierno.

Por regla general son los estúpidos los partidarios dé la ignorancia de la mujer, pues por poco que discurran han calculado perfectamente que el día en que la mujer se ilustre, habrá dejado de ser frívola y no podrá sufrir las sandeces de los que se colocan constantemente ante ella con el incensario en la mano.

¿Quién soportará la conversación de los necios cuando todas las mujeres sean ilustradas?

Aflige pensar en el porvenir de ellos.

Mujeres, ilustraos; tened presente que dice Stendhal: «Una mujer instruida que adquiere conocimientos sin perder las gracias de su sexo, está segura de encontrar entre los hombres la más distinguida consideración».

Oíd a Rousseau cuando exclama: «Solo un ingenio cultivado hace agradable el trato, y es muy triste para un padre de familia amante de su casa, el estar obligado a concentrarse en sí mismo y no poder ser entendido por nadie».

Creednos: una mujer bella sin instrucción, es un libro lujosamente encuadernado, pero con las páginas en blanco.

Una mujer ilustrada hace más suave y fácil la vida del hogar. Guillermo Bilderdigk, célebre poeta holandés, se casó con una mujer vulgar y fue muy desgraciado, teniendo que separarse de su esposa después de once años de calladas desventuras. Muerta esta, contrajo nuevas nupcias con una poetisa llamada Schsveickardt, y los dos vivieron felizmente.

El gran pensador y profundo filósofo, Eugenio Pelletan, encuentra muy natural que las mujeres cultiven las letras y las artes, y acerca de esta idea ha dejado escrito el siguiente pensamiento en uno de sus bellos libros: «La poesía no es más que el desquite del alma contra la realidad, un modo agradable de remontarse al cielo en alas del lirismo. Efectuada esa ascensión, poco caso hace la mujer de un cintajo o de un arrumaco de tocador, con los que obtendría algún cumplido de un fatuo o haría caer en sus redes a algún imbécil».

Bajo cualquier prisma que se mire, se observa la necesidad que tiene la mujer de ilustrarse. No puede convenirle al hombre que la mujer sea un ser pasivo, un fiel instrumento que se subordine a la mano que quiera manejarle. No, mil veces no: la mujer no ha recibido un alma para tenerla dormida, una inteligencia para no hacer uso de ella, y una voluntad para doblegarla inconscientemente.

En una novela de Roberto Hall, titulada Madame Frainex, queda perfectamente probado que la esclavitud envilece o exaspera. La heroína denominada Julieta, demasiado digna para envilecerse, no pudo aceptar las despóticas leyes de su tirano, y se vio obligada a provocar una rebelión en su hogar.

El hombre no puede rebajar a la mujer sin degradarse, y esto no debe olvidarlo jamás.

La mujer ha de ser su eterna compañera, la madre de sus hijos, y para ser buena madre y cumplir su augusta misión, necesita ser ilustrada. Una mujer ignorante no podrá dar a su hijo más que la vida material, y lo tendrá que abandonar en seguida a manos mercenarias. En Inglaterra, en las clases ilustradas, las madres dan a sus hijos la primera educación moral o intelectual. Mucho antes que un padre piense en la educación de su hijo, este ya ha recibido la de su madre, que es indeleble, y también origen do nuestra felicidad o desventura.

Es indudable que la mujer necesita ilustrarse, y esta verdad la reconocen todos los hombres sensatos en su fuero interno, por más que no se atrevan a proclamarla, por retrógradas y rutinarias preocupaciones.

¡Inspiremos a la mujer el amor al estudio! El estudio es la higiene de nuestro espíritu.

El estudio es manantial de goces imperecederos.

El estudio bruñe y cincela nuestro entendimiento; el estudio fortifica nuestro criterio; el estudio ilumina nuestra razón.

La pasión por el estudio, que es una de las más nobles, extingue en nuestras almas mezquinas pasiones, rasga densas brumas, y cual rayo de luz penetra en los más encapotados horizontes, inundándolos de suaves resplandores.

Maridos, si tenéis fortuna, regalad a vuestras mujeres una biblioteca, porque ha dicho un hombre de esclarecido talento: «toda mujer que abre un libro exorciza al diablo». Los antiguos al presentarse el demonio le hacían la cruz; los hijos del siglo XIX creemos que el mejor conjuro es un buen libro.





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