La mujer y el álbum
Concepción Gimeno de Flaquer
Todos saben lo que es un álbum: pocos, muy pocos hombres saben lo que es una mujer.
Y sin embargo, hablan mucho de esta que tiene infinitos puntos de contacto con aquel.
El que así suceda no debe extrañar, si se atiende a que en este mundo se quieren definir muchas cosas que apenas se conocen.
Si solo fuera permitido hablar de lo que se entiende, se hablaría muy poco; la mitad de la humanidad estaría condenada a un silencio eterno.
Nuestras divagaciones nos alejan de la senda que nos hemos trazado, y no es nuestro deseo alejarnos de ella.
Volvamos al asunto que ligeramente acabamos de bosquejar.
Un álbum es un libro que consta de muchas páginas. ¿Acaso no consta de muchas la vida de la mujer?
El álbum en su primitivo estado es un lirio blanco y puro; la mujer en su infancia es una azucena inmaculada.
El hombre viste las hojas del álbum al estampar sus pensamientos.
El hombre desnuda el corazón de la mujer al grabar en él sus ideas.
Lo desnuda, porque le suele arrebatar el candor, la fe y la inocencia.
¡Atavíos preciosos con que se adorna el alma de la adolescente!
El álbum es para el hombre superficial un pequeño museo donde deja depositada su hoja de laurel, su rama de mirto, a cambio de una aureola de gloria.
Hombres hay que no se tomarían la molestia de quemar incienso en este altar llamado álbum, si no quedaran envueltos en el humo del incienso que han quemado.
Hay otros -y para estos debe existir el misterioso libro- que dejan un pedazo de corazón en cada estrofa, un poema de sonrisas en un idilio o un raudal de ternura desgarradora en una elegía.
Estos son los verdaderos poetas: escriben no lo que les impone su vanidad, sí lo que el sentimiento les dicta.
¡Cuántas veces dirigiendo al imposible melancólicas endechas, exhalan el alma en un ¡ay! amargo cual el dolor y dejan en el álbum la historia de sus lágrimas y pesares!
El álbum puede contener un mérito incalculable, puede ser una magnífica joya: el corazón de la mujer es frecuentemente un tesoro de inapreciable valor.
El suave perfume de la caridad, la delicada esencia del sentimiento, un pensamiento santo y un heroico esfuerzo de abnegación, convierten el corazón de la mujer en ramillete precioso que embalsama la existencia del hombre.
Una pincelada de Goya, un rasgo de Tiziano, una octava de Tasso, un terceto de Dante y una sublime inspiración de Mozart o Gounod, encerrada en las siete notas de la escala, pueden enriquecer notablemente un álbum.
Este, como el mar, atesora en su fondo preciosas piedras y feos guijarros.
El álbum, según Larra, es un cementerio donde están enterrados, tabique por medio, los tontos al lado de los discretos, con la única diferencia de que los segundos honran al álbum, y este honra a los primeros.
¿No os parece difícil acertar lo que oculta ese panorama de recuerdos gratos o indiferentes, ese mosaico cuando se presenta cerrado?
Pues más difícil es todavía leer las páginas del corazón de una mujer.
El álbum tiene múltiples broches; tampoco le faltan al corazón de ella.
¿Creéis tal vez que estos se abren al contacto de vuestras lisonjeras y aduladoras frases?
Estáis en un error si esto suponéis; vuestro necio orgullo os ciega la razón.
El corazón de la mujer es para el hombre un jeroglífico indescifrable, un insondable arcano, un enigma de problemática solución.
Si nos fuera fácil reír, lo haríamos espontáneamente al oíros afirmar que conocéis a la mujer.
Los escritores de todas las épocas, los filósofos antiguos y modernos han pretendido describirla; mas al retratar su fisonomía moral, han pintado una ridícula caricatura que no ha tenido semejanza alguna con el original.
Decidnos imparcialmente: ¿se aproxima a la verdad el célebre Tito Livio, cuando la apellida bestia indomable?
¿Hablan con exactitud los que la denominan monstruo feroz?
Milton cree ser muy benévolo al apellidarla hermoso defecto o feliz error de la natura, y esta benevolencia le ha hecho adquirir el titulo de galante entre los que opinan merece ser llamada espantosa aberración de la naturaleza.
¡Qué dislate!
Si esto fuera cierto, no hubiera dicho el eminente Chateaubriand: «La mujer suspende alrededor del hombre las flores de la vida, como las enredaderas de los bosques que adornan el tronco de un árbol con cadenas de fragantes flores».
Tampoco hubiera dicho un poeta portugués, que la mujer es una divina perla lanzada de los labios del Eterno; una hermosa flor que perfuma el mundo.
Creednos: debéis respetar a la mujer sin analizarla.
Porque la mujer se escapa a la investigadora mirada del observador, al minucioso examen del sabio y al escrutador escalpelo del filósofo.
No digáis nunca que la conocéis, si no queréis exponeros a llevar un mentís terrible.
Una pluma más autorizada que la nuestra, el ilustre Beauchené, dice: «Los hombres estudian las mujeres, las juzgan, y a menudo se engañan; las mujeres miran a los hombres, los adivinan, y rara vez se equivocan».
Vosotros las suponéis débiles, mas podemos aseguraros que no hay nada más fuerte que la debilidad de la mujer. Esa debilidad es frecuentemente su escudo y la trinchera en que se parapeta para devolveros los tiros que le asestáis.
¿Qué no consigue la mujer, mostrándoos una debilidad encantadora que muchas veces es artificial?
En los talleres donde se fabrican las armas que para nuestra defensa necesitamos, aparece en lugar preferente la debilidad.
No es posible hablaros de otras armas, porque sería una indiscreta revelación que no nos perdonarían las mujeres.
Haceros conocer esas armas, fuera entregarlas, y no podemos dejar a nuestro sexo inerme con el formidable enemigo dentro de su campo. Tranquilíceos la seguridad de que no tienen las puntas envenenadas.
De todos modos, si en algo estimáis nuestro consejo, os advertimos que no es prudente dormirse al arrullo de una ilimitada confianza, pues el día que una mujer se lo proponga, causará en vuestro ser una revolución, como la ha causado en las naciones; el día que así le plazca, os trastornará, os desorientará y os desconcertará, hasta haceros perder la gravedad de vuestra fría razón.
Seréis misántropos, pesimistas y ateos mientras pase la mujer al lado vuestro sin que la advirtáis; mas cuando los azules o negros ojos de esta os dirijan una mirada insistente, quedará derrocado el edificio de vuestro escepticismo; su abrasadora mirada lo hará pedazos con gran facilidad.
Tampoco debemos ocultaros que una mujer de mediano entendimiento marea a un sabio, si tiene interés en marearle.
No os asombre esta aseveración; mientras el sabio dedica largas veladas al estudio de las ciencias exactas, y estas le hacen conocer la verdad, el mundo se ocupa en amaestrar a la mujer en la mentira.
Luego, de este aserto se infiere, nos diréis unánimemente, que finge la mujer.
¿Acaso lo dudáis?
Finge en el gran mundo y finge en el hogar. La mujer a los quince años dice lo que sueña, a los veinte, lo que piensa; a los veinticinco, o no dice lo que siente, o piensa demasiado lo que dice, y a los treinta es una notabilidad en el arte de Roscio y Taima.
Estos progresos los debe al trato que ha tenido con los actores de salón.
Hay dos clases de mujeres que fingen en el gran mundo: las coquetas, inaccesibles a todo sentimiento tierno (estas son las menos), y las mujeres dotadas de excesiva sensibilidad.
No os hablaremos aquí de la coqueta porque le reservamos capítulo aparte para increparla imparcialmente: solo nos ocuparemos de la mujer dotada de corazón vehemente y tierno que está obligada a fingir...
Existen en su alma sentimientos que el hombre muchas veces no concibe y que azotaría con el látigo del ridículo si los viera asomar. Cuando esta mujer se halla al lado de un pedante, cubre su rostro con fría expresión, porque sabe muy bien que la sonrisa más indiferente la traduce él de la manera que más halaga a su amor propio.
¡Cuántas veces tiene que luchar una mujer para ocultar el amor que le inspira el que se lo está mintiendo! ¡Cuántas veces rechaza un amor que la haría venturosa porque el deber se lo manda rechazar, porque su digna severidad le ordena tener en más que la vida, el deber!
¡El deber, fuerte dique, muro de bronce en el cual se estrellan sus pasiones!
Creemos haberos hablado bastante de la mujer que finge en el gran mundo, por necesidad; réstanos hablaros, en conclusión, de la sacerdotisa del hogar que finge por exquisita delicadeza de su organismo moral.
Finge en el hogar aquella mujer que le muestra al compañero de su vida sereno semblante cuando tiene horrible tempestad en el corazón, y dulce sonrisa cuando hay amargo llanto en su alma.
Aquella mujer le hace soñar con la dicha cuando ella no la divisa en sus oscuros horizontes; le hace creer en la felicidad cuando la supone más distante; absorbe una copa de hiel por evitarle una sola gota, y le aparta de sus áridas sendas los abrojos, presentándole las bellas flores.
Le alienta, le consuela, y cuando le ve próximo a ser víctima del tedio más desconsolador, emplea sus fuerzas inagotables en poetizarle el mundo que para ella es un erial o tal vez un infierno.
Esparce en torno suyo un júbilo que a ella le falta, y convierte en gratas y placenteras unas horas que solo le ofrecen monotonía y languidez.
Así disfraza sus negros pensamientos con máscara de brillantes colores.
¿Puede encontrarse hipocresía más noble y generosa?
¿Qué es la mujer?
Un corazón que no se cansa de sufrir, un alma que no cesa de amar.
Estudiar a la mujer en su infancia, es estudiar la obra de Dios; estudiarla después que ha penetrado en la sociedad, es estudiar la obra de los hombres.