La niña y la madre
Concepción Gimeno de Flaquer
Nadie cual una madre puede guiar los inexpertos pasos de esos ángeles terrestres llamados niños.
Los niños dejan de serlo demasiado pronto si no son cuidados con esmero: matar su inocencia es matar su infancia, y esto es tan criminal como deshojar una lozana flor.
La infancia es la primera hora de la mañana de la vida. ¡Hora bendita, impregnada de pureza, armonías, perfumes y frescura!
La infancia es la alborada de un día de mayo, el crepúsculo matinal de un cielo sin nubes.
¡Cuán bella es la mañana de la vida! Es más seductora que un día sereno de abril, de esos apacibles días que las almas sensibles admiran con éxtasis arrobador.
¡Cuántos encantos tienen! La alborada vierte sus rosadas tintas en el horizonte, iluminando de una manera suave el grandioso cuadro de la naturaleza. La aurora, su tierna hermana, al rasgar el inmenso cendal que la cubre, derrama una lluvia de aljófar sobre el mullido césped, la cual al esparcir el astro rey su aurífera cabellera en el espacio, queda convertida en sábana diamantina o inmensa red de plata.
Embriagadoras son las mañanas de abril; mas a pesar de tanta galanura y prestigio tanto, se muestra más plácida, risueña y pura la embelesante mañana de la vida.
Todo sonríe, todo canta bajo el diáfano azul del cielo. La primavera orgullosa de sí misma, despliega sus radiantes y espléndidas galas, porque la primavera es el espejo de la infancia, de esa edad preciosa en que se gozan, bajo la influencia del materno regazo, venturas inefables; de esa en la cual no hay pesar que dure un momento, ni infortunio que pase de un segundo, ni amargura que no se dulcifique en el instante.
¡Oh edad bendita! Quisiera poseer aquella lira en que Apolo dio gracias al soberano del Olimpo por la derrota de los Titanes, para cantar tus maravillas. Mas ya que mi voz es débil y escasa, yo os conduciré, si queréis seguirme, a prados amenos, donde lejos del mundanal ruido y libres de los ardores del sol por la benéfica sombra de un viejo tilo, podréis admirar lo que solo alcanza a perfilar pálidamente mi pobre pincel. Dirigid vuestra mirada en lontananza. ¿Observáis cuán pintoresco es el paisaje? En medio de una inmensa y argentada llanura alfombrada de musgo extiende su ancha cinta un arroyo entre dos guirnaldas de aromosas flores.
Encantador es el paisaje, pero lo es más todavía la pequeña figura que en él se destaca. Vedla con la abundosa cabellera desprendida, la cual Favonio riza en ligeras ondulaciones; mirad cual corre veloz, presurosa, agitada por la alegría y el entusiasmo, tras las fugitivas y versátiles mariposas de hermosos cambiantes, menos bellas que los colores de sus castas y rientes ilusiones. ¡Qué atmósfera la circunda de pureza, candor e inocencia! ¡Hombres escépticos, vosotros que tenéis el corazón yerto, detened el brioso corcel sobre el que camináis gastando vuestra existencia, y postraos para admirar a la infancia!
Ante la púdica mirada de la niña, sentiréis reverdecer vuestros marchitos corazones, los cuales quedarán preparados para dar cabida a sentimientos levantados y generosos: si os halláis azotados por el huracán de las pasiones, la tranquila mirada de la niña devolverá la calma a vuestro agitado espíritu; la sonrisa que se dibuja en sus labios purpurinos os hará comprender que existe la felicidad en este mundo, pero que es preciso ostentar una conciencia blanca como el armiño, para disfrutarla.
En su alba y tersa cuanto inmaculada frente, leeréis pensamientos sublimes, más puros que la hoja de un cándido lirio, y aspiraréis el perfume divino que exhala, el perfume de la ventura y la virtud, y entonces, elevando vuestro pensamiento a otro hemisferio, bendeciréis al Dios del cielo por haber creado ángeles en la tierra.
¡Cuán rodeada de atractivos se halla la criatura al empezar a hollar con su pequeña planta las sendas de la vida!
Todo se detiene ante su paso: la melancólica tórtola la arrulla dulcemente, el jilguero y el ruiseñor canoro le ofrecen desde la verde enramada trinos enamorados, los cuales al confundirse con el murmurio de la cristalina fuente y la armonía del bosque, forman un concierto, de arpas pulsadas por serafines.
La naturaleza entera saluda a la infancia con su elocuente y poético lenguaje. Mas ¡ay! esta edad desaparece pronto para no volver jamás. A los tranquilos sueños de la niña suceden los delirios de la adolescente.
Una mañana despierta llena de conmoción; ignora cuanto pasa en ella; el corazón le palpita con fuerza inusitada; el jardín la enoja, los prados le hastían, las mariposas no la divierten, y es que su alma se ha dilatado y ya no está satisfecha con el amor del céfiro y las brisas; siente de una manera imperiosa la necesidad de otro amor. Busca la soledad de su cuarto y en ella advierte que la sed de amor devora su alma; sufren gran lucha sus ideas, sostiene un fuerte combate entre el rubor y la pasión, quiere huir de un algo que la espanta; pero es en vano; el destino le ha gritado: Tú amarás. Dirige una mirada a su corazón y se encuentra con la imagen de un hombre grabada en él. Entonces comprende que ha sido vencida en la lid; pero no experimenta amargura al observarlo, sí un placer desconocido que le presagia dichas no soñadas jamás. Desde entonces dedica todos los momentos al ser que ha hecho vibrar con la intensa mirada de sus abrasadores ojos las fibras de su virgen corazón.
Ayer miraba con indiferencia los encantos de su rostro; hoy se apresura a tomar una rama de jazmín que se halla en un precioso jarrón, y entrelazándola en sus cabellos queda extática ante el espejo pidiéndole a la flor le preste más encantos, la embellezca más todavía. Observa más cuidado en su atavío; es que desea agradar, porque ama, y quiere aparecer bella ante el hombre que la enloquece y la fascina. Pero ¡ay! en este mundo, al lado de cada flor crecen innumerables espinas. La doncella enamorada se halla frente a un ser de corazón árido, porque se agotaron en él los ramales del sentimiento; se encuentra con un alma de hielo, con un hombre como son los más, de afectos tibios y efímeros, con un hombre inconstante, frívolo y voluble. Pero no desmaya por esto; su amor le da valor para acometer arduas empresas, y con la fe en Dios y la esperanza en él, intenta trasmitirle una parte del sentimiento que se desborda en todo su ser. Por fin, después de muchos afanes sale triunfante, vencedora; el elegido de su corazón la conduce al altar. Allí, radiante ella de felicidad, y él trasportado de ventura, se juran amor, eterno amor, que Dios bendice, porque es santo, porque es puro.
¡Qué tristeza para la madre, que se ve arrebatar de sus amantes brazos a la hija a quien ha consagrado toda su ternura! ¡Qué abnegación necesita para verla feliz, con una felicidad que no viene de ella! La buena madre es el ser más perfecto que puede encontrarse en este mundo.
¡Madre! nombre bendito, tierno cual el suspiro del aura, dulce como la felicidad; nombre que llevamos escrito en el alma con caracteres indelebles; nombre que no disipa la distancia, que no se pierde en la ventura, que no desaparece en medio de las fuertes conmociones del dolor o del placer. ¡Madre! Palabra mágica, cuyo eco penetra en todos los corazones; palabra que encierra un poema de sacrificios y amor.
Por eso se ha dicho con tanta verdad como elocuencia: Nada hay en el mundo superior a una mujer, como no sea una madre. La madre es el faro que nos ilumina en las densas nebulosidades de la vida.
La madre es el eslabón primero de esa interminable cadena llamada sociedad; la madre es el ángel que vela nuestros sueños infantiles, la que recoge nuestro primer aliento, la que recibe nuestro primer suspiro y la que imprime en nuestros labios el primer beso de amor.
La madre es una brillante perla que se alza sobre el inmundo lodazal de la vida; es un néctar delicioso, una esencia que nos endulza y perfuma.
La madre cifra toda su dicha en la ventura de sus hijos: la madre corre un tupido velo sobre su pasado, se olvida de su presente, y no tiene otro porvenir que el de sus hijos, con los cuales ríe si gozan y padece dolores acerbos si los sufren ellos.
La madre no tiene otro febril deseo que el placer y la gloria de sus hijos. Ella ejerce dignamente su augusto sacerdocio; ella, desde el momento en que enseña a su hijo a balbucir el nombre de Dios y el de su padre, procura introducir en su corazón la semilla del bien y la virtud. El corazón de la madre es el manantial de los sentimientos elevados, el raudal de la ternura y el foco de las grandes ideas.
¡Sacrificio y abnegación!
He aquí sintetizada la historia de la buena madre.
La madre expresa el ideal del amor divino descendido al corazón de la mujer. Toda la poesía del hogar está reconcentrada en la madre.
El alma de la madre es una égloga, su corazón un idilio, su mirada un poema, su palabra una balada de amor.
¡Cuán dulces son los acentos de una madre cuando estos salen de su alma, lira hermosa que parece pulsada por ángeles y serafines! Al lado de una madre virtuosa se aspira un ambiente de pureza y santidad, célico y suave cual el perfume de la más arrobadora ilusión. La madre es nuestro genio tutelar, nuestro mentor y el ángel que cierne sus invisibles alas sobre nuestras frentes. La madre es un oasis en los desiertos de la vida.
El aturdido y el despreocupado, el indiferente y el libertino, sienten redoblar el latido de sus corazones al recordar el nombre de la mujer que les dio el ser.
La madre es en la tierra una enviada, una mensajera del paraíso para llevarnos a él. La madre es la gran influencia del universo. Las épocas en que más genios han florecido, han sido las épocas en que han brillado mejores madres. No ha muchos días, nos decía un hombre muy distinguido y de clara inteligencia: «Mis sentimientos nobles, la pureza de mis ideas, la inmaculada inocencia de mi corazón y mi caballerosidad, las debo a mi madre; a mi madre, que me inculcó las ideas de lo bello, que es lo bueno; a mi madre, que me perfeccionó con su delicado cincel. El recuerdo de mi madre embalsama constantemente mi alma, y no soy capaz de cometer una acción mala, porque me arrullan siempre sus palabras».
Hemos referido esto, porque las frases de un hombre honrado debieran grabarse en oro en el templo de la inmortalidad.
Las lágrimas que asomaban a los ojos de nuestro buen amigo, al hablar de su madre con tierno éxtasis, eran perlas desprendidas de la diadema de su alma. ¡Madres! El cetro del mundo os pertenece: vuestro porvenir aparece radiante y esplendoroso; ilimitado el panorama de vuestras prerrogativas, riente y nacarado. Ya que las modernas sociedades han sacado a la mujer de su abyección, del polvo en que yacía, para erigirle un suntuoso y elevado pedestal, corresponden a la dignidad de los principios proclamados en esta era culta y civilizadora.
La mujer está destinada a ser la gran figura de la humanidad: ¡madre! Y para educar la mujer el alma de su hijo, para desenvolver en su corazón los sentimientos elevados, debe conocer la ley de justicia a que todas las cosas han de estar encadenadas.
La importancia de la mujer en la vida moral y en la física, es grande, inmensa, inconmensurable.
Dice Schiller: «Honrad a las mujeres: ellas cubren de rosas celestes el camino de vuestra vida; ellas forman los nudos afortunados de amor, y bajo el púdico velo de las gracias alimentan la flor inmortal de los buenos sentimientos».
La gran idea que hoy debe agitar a la humanidad es educar a la mujer para madre, porque la mujer necesita cultivar el alma de su hijo, desenvolviendo en su corazón los sentimientos puros y generosos, y la madre no podrá inspirar la virtud y el heroísmo, si no ha recibido una educación levantada.
Daniel Stern ha dicho: «Los deberes de la maternidad son compatibles con las grandes ideas, mientras que no podrían amalgamarse con los gustos frívolos. Una mujer en el momento que lacta a su hijo, puede soñar con Platón y meditar con Descartes; y por eso bueno será su humor, y no se alterarán las cualidades de su leche; pero la que se adorna, se acicala, vela, baila e intriga, se irritará, se marchitará su seno, y el hijo sufrirá. ¿Por qué, pues, los hombres rechazan tan duramente a la mujer filósofa, y sufren con tanta complacencia a la coqueta?»
«El porvenir de una criatura es casi siempre obra de su madre», decía Napoleón I; y este aserto es muy verídico, porque las ideas que la madre inculca al niño son las que vierte el hombre en la plaza pública.
Después de afirmar el ternísimo Lamartine que debe su genio a su madre, añade: «La mirada de nuestra madre es una parte de su alma que penetra en nosotros por nuestros propios ojos. Mi alegría ha dependido siempre de los ojos de mi madre, de su dulce y angelical sonrisa. Nada le ha sido más fácil que mi educación: llevaba las riendas de mi corazón en el suyo. Ella no pedía más que bondad, y yo era bueno sin ninguna violencia, porque me inspiraba la idea de lo bueno hasta el heroísmo. Como mi alma no respiraba más que bondad, no podía producir otra cosa. Mi pensamiento, siempre en comunicación con mi madre, puede decirse que se desenvolvía en el suyo. El sistema de mi madre para conmigo no era arte, era amor».
¡Cuánta ternura revelan las anteriores frases!
No extraño que Lamartine fuera tan grande, modelado por una mujer sublime…
La dicha de las futuras generaciones debe esperarse de la mujer; la mujer está llamada a enarbolar la bandera del progreso. La mujer ha de trasformar la faz del universo, porque la educación que ella de a sus hijos, no ha de tener por objeto (como hasta hoy) reproducir indefinidamente en las generaciones futuras los errores de las generaciones pasadas, alimentando necias preocupaciones, vulgares trivialidades, debilidades pueriles y ridículos absurdos.
La mujer debe desenvolver a su hijo la razón, dejándole libre la conciencia.
Es preciso conceder libertad, para matar la hipocresía.
El espíritu no debe llevar nunca antifaz. ¡No obliguéis a un niño a que mienta si no queréis hacerlo ruin!
Inspirad a una criatura en todo lo noble y justo, enseñadle por oración el deber y por religión la moral; mostradle por premio y castigo el fallo de su conciencia, y en todas sus acciones observaréis la más severa rectitud.
Haced que se practique el bien, no por temor, sino por placer, y obtendréis mejores resultados; pues si despertáis la idea de hacer el bien por otro mayor, hacéis nacer la semilla del egoísmo, y esta da siempre nocivos frutos.
No hay misión más elevada para una mujer, que la de madre, si la llena cumplidamente. La aureola de la maternidad es la mejor diadema.
No existe vejez para la madre: deja de ser bella sin pesar, al ver que su hija comienza a serlo; la abnegación de su amor le ofrece más goces por los triunfos de su hija que por los suyos.
Una mujer coqueta deja de serlo al estrechar en sus brazos al ser que vive de su vida: se desprende de cuanto tiene relación consigo misma, y no piensa más que en adornar al ángel que llena completamente su alma.
¡Cuán conmovedor es ver en la India a una madre con su hijo exánime en los brazos, queriendo embellecer la muerte, y prodigándole tantos cuidados como a la vida!
Las mujeres de esos países, cuando ven a sus hijos helados por el soplo de la muerte, erigen un arco cubierto de flores encarnadas, y festoneado de guirnaldas de apio que exhalan suave fragancia, entrelazan las ramas y forman una cama flotante, en la cual colocan con delicadeza los despojos queridos de la inocencia.
En estas aéreas y fantásticas tumbas, penetrados los cuerpos de las sustancias etéreas, sepultados entre espesas hojas y olorosas flores, refrescados por el rocío y embalsamados por brisas perfumadas, se ven columpiados por los vientecillos los restos infantiles, tal vez en las mismas ramas en que el ruiseñor ha hecho oír su doliente melodía, o donde ha colgado su nido la paloma.
¡Qué tiernas y poéticas son estas costumbres indianas! ¡Felices las buenas madres!
Un hombre célebre paseaba una tarde con una dama en la elegante carretela de esta, y le manifestó a la distinguida señora su deseo de visitar el cementerio, en su compañía: la señora, fina y complaciente, accedió a esta petición. Llegaron a la tranquila morada de los muertos, se apearon del carruaje, recorrieron las más soberbias galerías donde se hacía alarde de opulencia, y concluyeron su fúnebre gira en una sombría plazoleta de cipreses: en el más oscuro rincón de esta se alzaba una modesta lápida blanca, casi cubierta de hiedra. La curiosidad le hizo separar a la dama las hojas que cubrían una negra inscripción, y al leerla, quedó grave y pensativa, perdiendo la sonrisa que jugueteaba en sus carmíneos labios constantemente. Había leído en la inscripción: ¡Duerme en paz, madre mía! ¡Tu hijo copiará tus virtudes!
Aquella señora que no había pensado más que en derrotar a sus rivales; aquella señora que aspiraba de continuo la atmósfera del aplauso, tuvo envidia de la pobre muerta que había inspirado la inscripción.
Desde entonces abandonó la vida de salón, y se consagró a la educación de sus hijos, anhelando merecer la sencilla frase que tanto la impresionó.
Ha pocas noches, hojeando un libro de poesías, encontré en una preciosa oda a su madre, los siguientes versos de un poeta muy inspirado, que pudiéramos apellidarle moderno Coriolano del amor filial:
¡Oh madres, de vosotras es el reino de la tierra!
Tenéis conquistada vuestra libertad, y en ella vuestros derechos.
Podéis practicar lo que os dicte vuestro corazón, sin barrera alguna; podéis obrar obedeciendo vuestros impulsos sublimes; podéis purificar las costumbres y levantar las ideas, pues sois fuertes por medio de vuestro amor.