La novela de guerra en España (1937-1939): una literatura de propaganda al servicio del nacional-catolicismo
Solange Hibbs-Lissorgues
La guerra civil española (1936-1939) que fue un momento de feroz enfrentamiento bélico y dialéctico necesitaba su propia retórica. La producción literaria de aquel período, y más particularmente la producción novelística nacionalista y católica, generó una retórica beligerante que no destaca por su valor testimonial o histórico sino por su contundencia emotiva e ideológica. Indudablemente la índole militante y proselitista de esta literatura predomina sobre las preocupaciones literarias. Muchos de los autores de novelas de la guerra apuntan explícitamente la finalidad de un género que se sitúa a medias entre «el testimonio, la epopeya, la glosa de la tragedia española»1 y afirman que «no es novela, ni historia, ni reportaje»2 ya que la historia de este período «[es] una formidable hazaña que reserva el Señor para los ingenios indiscutibles, mayorazgos de la literatura universal»3. En esos años de choque entre dos visiones del mundo contrapuestas, la literatura se politiza y adquiere un tono épico, triunfalista. La dramatización de los horrores de la guerra cometidos por los que se sitúan en el «bando republicano» busca una adhesión emocional y no racional por parte de los lectores. El lenguaje emocional y exaltado resucita viejas formas del discurso tradicionalista como el artículo polémico, el sermón enfervorizado, la arenga. Dicha retórica da pie a una visión providencialista y mitificadora sustentada por valores supremos como unidad nacional, grandeza imperial, catolicismo.
Se trata de una literatura que pretende ser «un verdadero acto de fe», que convierte la Guerra Civil en un acontecimiento de la historia de la salvación y que reivindica explícitamente su adscripción al llamado Movimiento Nacional Español.
Movimiento Nacional y epopeya
El Movimiento Nacional Español surge a raíz del alzamiento militar del 17 de julio de 1936. Múltiples declaraciones de los protagonistas del alzamiento, así como de amplios sectores de la derecha y de la Iglesia, insisten sobre el hecho de que si bien se ha desencadenado una guerra civil, la contrarrevolución o Movimiento Nacional se justifica como intento de restablecer el orden y como una cruzada para recristianizar la sociedad y restaurar el estado confesional: «La actual lucha reviste, sí, la forma externa de una guerra civil, pero, en realidad, es una cruzada. Fue una sublevación, pero no para perturbar, sino para restablecer el orden»4.
La «cruzada» que se inicia en aquellos años genera una propaganda constante e incisiva que beneficia de una plataforma ideológica eficaz. A este respecto conviene recordar la constitución del Departamento de Prensa y Propaganda de FET y de las JONS en 1937, departamento cuya labor combativa se refuerza con la instauración en Burgos, en febrero del 38, del primer gobierno en parte integrado por civiles bajo la autoridad de Franco. La abundante y valiosa historiografía sobre el período de la Guerra Civil ha destacado el papel de ideólogos como Ramiro de Maeztu, Ramiro Ledesma Ramos, Onésimo Redondo o José María Pemán y eclesiásticos como el cardenal de Toledo, Isidro Gomá, quienes, desde la revista Acción Española, llevan a cabo «una compleja operación cultural» en la que se reafirman los vínculos indisolubles entre tradición católica y cultura española, historia nacional e historia eclesiástica, unidad política y unidad religiosa5. Dicha revista, que aglutina a diversos sectores de la derecha, destila un ensayismo doctrinal muy politizado y en el que predominan a menudo los elementos emocionales y dramatizadores6. Mencionamos esta revista por la importancia que tuvo en la producción de una literatura ofensiva difundida a través de editoriales y centros de propaganda en gran parte del territorio español. Este género ensayístico, de índole esencialmente pragmática, está orientado a la acción y se caracteriza por su carga agresiva y su pasión proselitista.
Lo que nos interesa a estas alturas es la abundante literatura que se difunde en el período que abarca los años 1936-1939 y cuya finalidad es convertir la Guerra Civil en un acontecimiento de la historia de la «salvación», recurriendo a valores supremos como grandeza imperial, catolicismo, unidad, orden. Se trata no solamente de acentuar la polarización entre dos mundos antagónicos sino de elaborar una historia nacional que rescate los valores del tradicionalismo español y establezca una continuidad entre eventos gloriosos del pasado de España y la gesta salvadora de la «cruzada».
En aquellos años, se multiplican las publicaciones de una prosa en la que destaca el ensayo político y lo que podría llamarse literatura testimonial, las de poesía y de novelística7. La mayor parte del tiempo se trata de un género híbrido cuyas características vienen impuestas por la urgencia de la guerra. El tono dramatizador y las profusas y esperpénticas descripciones de una España entregada a «las hordas rojas» instauran una dialéctica entre las fuerzas del mal y del bien. Se trata de reflejar el momento histórico en el que se prepara una insurrección inminente y de aglutinar a todos los españoles que quieren sumarse a la insurrección, a la «cruzada» que llevará a la nueva España. Muchas de las obras a las que aludimos ostentan su afán de realismo con la mención «Memorias» como es el caso de Paloma en Madrid. Memorias de una española de julio 1936 a julio 1937, publicadas por la conocida y combativa librería católica Sigirano Díaz de Ávila o De la muerte a la vida. Veinte meses de una vida insignificante en el infierno rojo, distribuido por otro católico y militante establecimiento de Burgos, la Imprenta Aldecoa, sin olvidar los testimonios ilustrados como el del conocido Antonio Castro Albarrán titulado Este es el cortejo... Héroes y mártires de la cruzada española8.
El mismo Castro Albarrán, magistral de Salamanca, es autor del muy difundido ensayo Guerra santa. El sentido católico de la Guerra española en 1938, ensayo encomiado por el cardenal primado Isidro Gomá y cuyo prólogo confirma que «ese libro [...] entra con buen pie en el campo de la literatura de guerra y [...] que es un buen clisé del Movimiento Nacional»9. Otro ejemplo no desprovisto de interés para el período que nos ocupa es la aparición en 1936 durante la República y en puertas de la insurrección militar, de semanales infantiles con ilustraciones o lo que se llamaba entonces «comics» promovidos por la Falange y por la Junta Nacional Carlista de Guerra. Aunque no es nuestro propósito dedicarles mucho espacio en este estudio, nos parece que este tipo de literatura se inscribe plenamente en la ofensiva ideológica de los sectores más tradicionalistas del momento. El mensaje es ranciamente nacionalista y patriótico y la finalidad de estos semanales es una nueva elaboración providencialista y mitificadora de la historia española. Tanto la revista Pelayos cuyo director era el canónigo Vilaseca como la revista Flechas exaltan las glorias de la causa franquista y proponen a los jóvenes lectores una Historia del Movimiento Nacional. En 1938, cuando el general Franco ya es el indiscutible caudillo del primer gobierno nacional y civil en Burgos, las revistas Pelayos y Flechas fusionan, según orden del Ministerio de Interior para «recuperar, se decía, el sentimiento español de lo español, de sus valores históricos, de la causa confesional y sus teorías sociales»10. La dirección de la nueva revista se confió al monje benedictino fray Justo Pérez de Urbel, afín a Ramiro Ledesma y se publicó en San Sebastián donde se habían reunido varios autores adictos a Franco11.
La concentración de editoriales y librerías católicas, nacionales y adictas a la causa del caudillo se produce en ciudades como Sevilla, San Sebastián y Bilbao que tienen una fuerte actividad editorial ya que constituyen hitos estratégicos y capitales para los nacionales durante los primeros momentos de la contienda civil. En casos como el de Bilbao, la producción y la difusión de literatura beligerante y ofensiva se ve propiciada por la existencia de una editorial nacional. No es ninguna casualidad si esta misma Editora Nacional es la que contribuye a la ofensiva contra la República y la «Anti-España» con la difusión regular desde 1937 de Estampas de la guerra. En Sevilla, la conocida Imprenta Gavidia está encargada oficialmente desde octubre de 1936, de la publicación de informes oficiales sobre los atentados y daños perpetrados por los republicanos12.
También es el mismo establecimiento el que da a conocer el estudio elaborado por profesores universitarios a petición de la Junta de Cultura histórica y tesoro artístico, titulado Edificios religiosos y objetos de culto saqueados y destruidos por los marxistas en los pueblos de la provincia de Sevilla13.
Estas editoriales y librerías son las que alimentan la red de difusión de una literatura de ficción definida por sus autores como «novela de la guerra», un género que florece durante los años de la Guerra Civil. Entre las que tuvieron una actividad propagandística más destacada consta el Establecimiento Cerón de Cádiz que propone novelas del prolífico Juan Muñoz San Román, novelista y poeta, miembro de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, que dedica varios libros de poemas a Sevilla, su tierra natal y cuya obra patriótica reivindica el ideal católico y nacional. Su colección de sonetos titulada Ideario patriótico es una buena muestra del lenguaje emotivo y exaltado al que se recurre para transmitir los ideales del tradicionalismo español.
La misma carga emotiva y la misma retórica impregnan sus novelas. La primera de 1937, Las fieras rojas, publicada en la colección significativamente titulada Nueva España y difundida por el Instituto Social de Bellas Letras de Córdoba, se autodefine como «novela episódica de la guerra» con una dedicatoria que refleja la adhesión del novelista a esta Nueva España que se está fraguando con la cruzada: «A la sagrada memoria de los bravos anónimos que murieron en defensa de la Patria»14. La Imprenta Católica de Ávila da a conocer las obras de un tal Joaquín Pérez Madrigal cuya novela Tipos y sombras de la tragedia. Mártires y héroes. Bestias y farsantes del año 1937 está dedicada al general Mola y al caudillo Franco cuyo nombre se invoca en la primera página de la novela como un toque de llamada a todos los «buenos españoles». Otro establecimiento activo en esta empresa de movilización nacionalista es la Librería Santarén de Valladolid que se dedica a la difusión de documentos gráficos y de ensayos sobre la «barbarie roja» y de novelas como la de Concha Espina, Luna Roja, colección de narraciones «dedicadas a los soldados españoles» y que celebra la epopeya de la «cruzada». El heroísmo e incluso el estoicismo de los nacionales se exaltan en novelas cuyo título es una verdadera incitación al militantismo bélico: Flores de heroísmo (1939) de Francisco García Alonso publicada por la Imprenta Gavidia de Sevilla, Las vestales (1938) de Juan Antonio de Collantes que dedica este relato «A todas las mujeres que sufren por España». En todos los casos esta novelística está impregnada por un militantismo combatiente y trasmite un mensaje ideológico evidente: Dios, Patria y Fe son los elementos constitutivos de la Causa que conviene defender con ayuda de la Providencia y del Caudillo.
Las novelas de guerra
Entre las muchas novelas que se publican en aquellos años solo escogeremos algunas que son paradigmáticas del género. Se trata de novelas que tuvieron aparentemente una tirada sustancial ya que algunas de ellas fueron editadas más de cuatro veces: Las vestales (1938) de Juan Antonio de Collantes, Luna roja (1939) de Concha Espina, Las fieras rojas (1937) de Juan Muñoz San Román, Tipos y sombras de la tragedia; Mártires y héroes. Bestias y farsantes (1937) de Joaquín Pérez Madrigal, De anarquista a mártir (1938) de Miguel de Salazar. Ya se ha recalcado que dichas novelas se inspiran en el ensayismo doctrinal, altamente politizado de aquel período como puede apreciarse en los prólogos y las dedicatorias. Algunos de estos novelistas son veteranos en el arte del género híbrido llamado «libro, episodio o novela de la guerra». Es el caso de Joaquín Pérez Madrigal, autor de episodios de guerra titulados Tipos y sombras de la tragedia, de los que se publican cuatro ediciones de 1936 a 1937. En el prólogo defiende una ideología presentada como nueva, la que defienden el Movimiento Nacional y el Caudillo:
En septiembre del año pasado, cuando todavía muchos medidores de conciencias patrióticas permanecían atónitos o dubitativos, yo saqué a la calle el primer libro de la guerra. [...] Han transcurrido diez meses y me aventuro con este otro, que demostrará -no aspiro a otra cosa- que quiero ser digno de la España nueva. Franco ha dicho que quiere instituir en el pueblo español una nueva nobleza: la del trabajo. Yo reclamo sólo esa ejecutoria, la de trabajador15.
El lenguaje agresivo y exaltado pretende trasmitir la fe en el significado y los valores de esta lucha ideológica. En su dedicatoria al general Mola, el novelista se dirige a uno de los «padres» de la patria:
Me presenté a usted mi General. Y desde entonces, usted fue mi camino, mi fervor, mi patria; usted, fue quien pobló de animaciones heroicas el panorama de mi cansancio y convirtió las cenizas de una hoguera estúpida en roble nuevo del que podrían salir, según quisiera usted, llamas o mazos...16
Estos peritextos definen sin ambigüedad la finalidad de sus autores: contribuir a salvar España del abismo incitando a los «buenos españoles» a que adhieran al ideal nacional y católico y apoyen la obra de restauración patriótica emprendida por Franco. No resulta sorprendente por lo tanto que dicha literatura reivindique una dimensión testimonial. Escribir corresponde a un «acto de fe» que supone todas las garantías de la veracidad: «No es novela, ni historia, ni reportaje» afirma Joaquín Pérez Madrigal, «es recreación de realidades comprobadas y reflexiones sinceras acerca de hombres y hechos que conocí y viví...»17. En Luna roja, la escritora Concha Espina, confirma el compromiso ideológico y el propósito épico desde las primeras líneas:
Y los poetas, desarmados por la suerte, en pie, solo con el acero de la pluma, nos pusimos a escribir algo de esta guerra, única en el orbe [...]. No pretendimos hacer su historia [...] sino que a la orilla de es gran porvenir nos arrodillamos -yo por lo menos- a glosar humildemente la tragedia española, acordándola en unas páginas antes vividas y siempre veraces, hechas de sufrimiento propio y de terrible angustia por lo que sufren los demás18.
Además la novelista dedica su novela a «a los soldados españoles», los nacionales evidentemente ya que el término español define de manera genérica y exclusiva a los verdaderos ciudadanos de España.
Volvemos a encontrar en el prólogo de esta obra, el lenguaje irracional e incluso mítico en torno a los ideales de la patria y del imperio de la nueva España:
Todas las insignes virtudes de la raza, dormidas acaso, trasnochadas por el esfuerzo de otras enormes aventuras, se pusieron en vilo despiertas y ágiles en tan brava ocasión. [...] Y en este «Fin de la Tierra» se iniciaba el principio de una vida joven a los destellos de un memorable Octubre, y al oreo maravillosos de la fe. [...] escribo esta dedicatoria en un Agosto tan lleno de promesas y de frutos. Un verano que me devuelve, entre mil cosas libres y claras, el hechizo de las noches azules en mi ribera19.
Se trata de una auténtica «cruzada literaria» en la que los novelistas se comprometen a contar «la verdad de los hechos», a defender la causa nacional y convencer al pueblo. Literatura de combate pero que pretende ser popular tanto por el público al que se dirige como por el discurso eminentemente demagógico que enaltece el «buen pueblo» en oposición a las «hordas», a la «chusma» al «pueblo estúpido y extraviado», «el populacho madrileño» contaminado por las «disolventes» teorías comunistas y marxistas. Una novela como la de Miguel de Salazar, De anarquista a mártir (1938) es una muestra que podríamos calificar de «ejemplar» de este discurso populista. La novela subtitulada «Novela social y de guerra» narra, a modo de una novela picaresca, la existencia de dos hermanos obreros extraviados por el anarquismo y por los líderes políticos republicanos y anarquistas. El primer capítulo titulado «En que el autor presenta, en sus personajes Antonio Satorre y León Sellés, dos modalidades distintas del pensamiento anarquista español: anarquía fiera y anarquía mansa», es una puntualización del autor sobre la veracidad de los hechos narrados. A lo largo de la novela, Miguel de Salazar destila datos bastante concretos sobre la clase obrera en Rusia, datos que no hacen más que legitimar, según afirma el autor, la teoría del complot. Una teoría que reanuda con uno de los temas recurrentes en los sectores más tradicionalistas del siglo XIX: la exaltación de la tradición católica de España, país de eterna cruzada como lo afirmaba el conocido eclesiástico integrista Félix Sardá y Salvany y la defensa a ultranza de la unidad política y religiosa ante la penetración de las ideas «extranjerizantes» introducidas por la Ilustración, la Revolución francesa, el liberalismo pero también el socialismo y la masonería.
La estructura de todas estas novelas descansa sobre campos semánticos bien definidos que reflejan la visión maniquea de una España en la que se enfrentan las fuerzas del mal y del bien. Los esquemas antagónicos en torno a los que se organizan los relatos se evidencian en los títulos. En Tipos y sombras de Pérez Madrigal, se oponen los «mártires y héroes» a las «bestias» y a los «farsantes». Los diferentes capítulos marcan con títulos simbólicos la progresión de la contienda hasta un desenlace, «El sacrificio y las cenizas», que expresa todo el heroísmo de la España nacional. Las fieras rojas a las que alude Muñoz San Román son una primera indicación acerca de la encarnizada lucha que desgarra el pacífico y católico pueblo andaluz de Villa Cruces, cuyo nombre evoca el martirio que sufren sus habitantes durante el gobierno del Frente Popular. Otras novelas como la de Concha Espina acuden a metáforas evocadoras de la lucha entre «las tinieblas y la luz, Satanás contra Dios», de la «hoguera» que enciende España, «trágico aviso de una tremenda batalla»20.
La antítesis de elementos formales y de contenido se refleja en las propias estructuras sintácticas antagónicas y excluyentes:
Ya en junio no había en España nada más que el marxismo revolucionario con su tropa ululante y homicida y su retaguardia [...]. Esto había en España de un lado; del otro, la indestructible tradición religiosa, el honor del Ejército, la clase media inteligente que habían de salvar el honor de la Patria y restituirla victoriosa y soberana al grupo de los países civilizados21.
En todos los casos estos relatos funcionan como novelas de tesis que producen una misma visión simplificada de los acontecimientos políticos e históricos, basada en elementos contrapuestos y un lenguaje a menudo exaltado y violento que recalca la vena heroica y militar de España:
Es justo, conveniente, que ponderemos a los caudillos, a los jefes, a los héroes que dichosamente viven y nos conducen a la victoria; pero también sería necesario y fecundo, [...] traer al comentario agradecido de cada día y de cada hora los nombres inmortales de los que echaron a andar, y sin escatimarle heroísmos a la Patria [...]. ¡Jefes y oficiales que los secundaron y con ellos perecieron! ¡Hombres civiles, del Tradicionalismo y de Falange, que con aquellos jerarcas del Ejército dieron su vida por nuestra salvación! Hay que organizar el culto nacional a ellos, a los muertos, porque lo dieron todo [...]. ¡Héroes y mártires de Barcelona y de Madrid! ¡Ínclitos sublevados de Gijón, nueva Numancia del viejo y moderno, inquebrantable patriotismo de nuestros soldados!22
La polarización entre dos mundos antagónicos se sustenta en la presencia recurrente e incluso obsesiva de temas y conceptos propios del tradicionalismo y del nacionalcatolicismo más intransigentes: consustancialidad entre nacionalidad y catolicismo, la utopía del Imperio y reivindicación del glorioso pasado de reconquista cristiana de España, defensa de la tradición frente a la supuesta corrupción extranjera.
Los tópicos de la retórica de guerra
Somos muy conscientes de las limitaciones del concepto de «retórica de guerra» que no refleja la complejidad del entramado histórico e ideológico del momento. De hecho esta retórica caracteriza tanto el discurso de la Falange que prestó su mensaje ideológico al franquismo como el lenguaje y los argumentos de los sectores más nacionalistas y católicos cuyas afirmaciones dogmáticas y viscerales recogen la violencia y la intransigencia del fundamentalismo religioso y del fascismo político23.
Entre estos tópicos, destacan la salvación de la unidad nacional y católica amenazada por conspiraciones y fuerzas extranjeras, la expansión de la raza con la instauración del imperio, la mitificación de la gesta católico-nacional y de sus caudillos, la recristianización de la clase obrera. El advenimiento de la República y la constitución del Frente Popular, reactivan las posturas reaccionarias y nacionalcatólicas. En aquel momento el nacionalcatolicismo se organiza por un lado a través de Acción Española, por otro en la corriente católicofascista de Giménez Caballero en la Falange y posteriormente en el proyecto del Estado totalitario y cristiano del franquismo24. Las palabras de un Ramiro de Maeztu que explica que «La raíz de la revolución en España, allá en los comienzos del siglo XVIII, ha de buscarse únicamente en nuestra admiración por lo extranjero» ilustran el rechazo visceral y absoluto de todo lo que pueda amenazar la tradición católica de España, «país de eterna cruzada»25. Esta identificación entre tradición católica e historia nacional entronca con el modelo interpretativo de Historia de los Heterodoxos españoles de Menéndez Pelayo y de otros teóricos tradicionalistas y fundamentalistas como Donoso Cortés, Félix Sardá y Salvany y Vázquez de Mella.
Autores como Concha Espina asumen el calificativo de «fascista» para designar la reacción nacional y católica, el sublevamiento de 1936. Por boca de uno de los protagonistas, el médico conservador y nacional del pueblo de Luzmela, reivindica el fascismo del que se le acusa durante un debate político en el Casino:
-Bah... ¡eso es fascismo!
-Eso será, si Dios quiere, Vida. Por desgracia, al presente no es más que una ilusión, un propósito; acaso será una semilla echada a volar. Pues si las estercoláis con vuestros insultos, si la dais auge y crédito con la amenaza y la persecución, no tardará en producir una abundante mies26.
La beligerancia de las fuerzas nacionales se justifica en la medida en que hay que llevar a cabo «una purificación nacional»27, una «guerra implacable» contra las fuerzas antiespañolas28.
Basta con leer las páginas de obras como Guerra santa. El sentido católico de la guerra española en la que Antonio de Castro Albarrán, inspirándose en las declaraciones de miembros del ejército y del episcopado y más precisamente en la Carta colectiva de los obispos españoles a los de todo el mundo con motivo de la guerra de España de 1937, para cerciorarse de la violencia de la defensa de un «nacionalismo íntegro y excluyente» que opone al «universalismo marxista y comunista», que es el «universalismo de la igualdad y de la nivelación destructoras» un nacionalismo que no es otro que «un sentimiento constructivo de Nación y Patria»29. Las sectas y fuerzas extranjerizantes que urden conspiraciones contra la unidad de España con la República y el Frente Popular son las mismas que las que denunciaban los sectores tradicionalistas y más íntegramente católicos de la España del XIX30.
El tema del complot preparado por el judeo-marxismo, el comunismo y en este caso, los bolcheviques rusos, impregna de manera recurrente las páginas de la mayoría de las novelas de guerra.
En el contexto de la segunda República española, los llamados «conspiradores de dentro» benefician de la complicidad del bolchevismo ruso, del comunismo y del masonismo extranjeros. La amalgama, así como la simplificación caricaturesca de las fuerzas revolucionarias, facilitan la polarización entre dos bandos. En Tipos y sombras de la tragedia, la narración está centrada en las desgracias de un joven niño, Juanito, cuyo padre falangista y cuya madre fueron asesinados por los republicanos. Pero el tema de la novela es el de la traición de los malos españoles, cómplices de la República y de los que, desde fuera, se esfuerzan por destruir la unidad política y religiosa del país. Recurriendo al esquema antagónico característico de este tipo de novela, el autor pone en escena dos narradores cuyas visiones y actuaciones ilustran el enfrentamiento que desgarra a España. Sin lugar a dudas, la voz de Juanito es la del propio autor cuyas repetidas adhesiones exaltadas a los generales del sublevamiento militar, y más especialmente a Franco, al ejército y a las glorias pasadas del «Imperio» constituyen un auténtico manifiesto. Como en toda buena novela de tesis, la trama novelesca favorece un desenlace ejemplar: Juanito muere como un héroe después de haber rescatado a unos niños en peligro de muerte durante el incendio de su colegio provocado por un atentado anarquista. Esta muerte del joven mártir adquiere su valor simbólico en el último capítulo de la obra, «El sacrificio y las cenizas», que recuerda oportunamente a los lectores que historia y providencia no pueden disociarse y que de las «cenizas» de la República y del Frente Popular volverá a nacer la nueva y verdadera España. Estas cenizas son las de un país destrozado por las conspiraciones «de los sabios de Sion y los revolucionarios del Kremlin [...], los laboratorios infernales de las logias», «los bandidos internacionales y unos ladrones e imbéciles autóctonos»31. Las fuerzas ocultas del complot contra España son los traidores de todas las clases sociales y más especialmente del pueblo. El tipo del traidor del pueblo es la Eugenia, huérfana de una trapera del barrio de las Injurias, revolucionaria desde 1929, que quiere medrar para salir de la miseria. Los gobiernos de la República y del Frente Popular han propiciado la subversión de la sociedad con la difusión de ideas igualitarias y la promesa de conseguir nuevas libertades. El socialismo, el que varios novelistas como Pérez Madrigal llaman «socialismo de abajo», es una doctrina tanto más seductora que se predica a mujeres y a hombres que viven en la miseria. La «Ugenia, o radical-socialista revolucionaria» tal como aparece en uno de los primeros capítulos de la novela, es un ejemplo más de la «chusma hambrienta, embriagada de mesianismo multitudinario y de sangre jugosa de patricios y de héroes»32. Esta mujer que «no desmentía su origen: escoria, harapos, detritus», es como todos los que se dejan corromper por el socialismo, una conspiradora contra su propio pueblo. Como «animadora política» «entraba y salía en la Dirección general de Seguridad y en Gobernación como por los corredores de su viejo domicilio de la calle del Tribulete»33. En un contexto de contienda civil que favorece el despiadado enfrentamiento entre ideologías y visiones del mundo opuestas, la desvalorización del pueblo revolucionario, de las clases obreras se asemeja a una incitación a la denuncia y al odio. Lo cual explica la saña en destruir «las malas hierbas» incluso durante los años posteriores a 1939. La novela recarga con tintes dramáticos las barbaridades cometidas por el pueblo revolucionario y anticlerical: «[...] el inmenso horror antihumano a que se había entregado el populacho madrileño, base ignominiosa de un Gobierno de insensatos, de cobardes, de verdugos»34. El autor de Tipos y sombras manifiesta explícitamente su abominación con respecto a los planteamientos liberales, socialistas y revolucionarios que ponían en entredicho el orden tradicional establecido y la base inconmovible católica de la sociedad civil. El antro en que vive la Eugenia, conspiradora y criminal, que secuestra a niños y mujeres indefensas era:
el asiento de la Humanidad rebelde, era el cobijo y el recreo de la Humanidad iracunda y desmandada que, amenazando al mismo Dios con el puño en alto, le enseñaba sacrílego de lo que son capaces los pueblos cuando la Iglesia, profanada por los políticos, desvió del Evangelio lo que incorporó al programa electoral; de lo que son capaces los pueblos cuando el Estado -Ley, Autoridad, Justicia- pasa al gobierno de unos hombres que sustituyen el derecho por la violencia, la garantía y la norma por el atropello, por el asesinato, por la arbitrariedad35.
Durante la conspiración política que facilita la entrega de España a las fuerzas ocultas y extranjeras, no solo intervienen los gobernantes y políticos de la República sino también la clase media como la que representa el expolicía delator y traidor de Tipos y sombras y cuyas confesiones dan pie a descripciones apocalípticas de la dominación de los «rojos». En este caso concretamente la novela reanuda con la literatura más reaccionaria y contrarrevolucionaria del siglo XIX, un siglo en el que, especialmente en las últimas décadas, la amenaza del masonismo es omnipresente36.
La masonería o «irradiación difusa de ese negro foco de perversidad anticristiana» según los términos de uno de sus más feroces impugnadores, el integrista Félix Sardá y Salvany en su folleto Masonismo y catolicismo (1885), que mediante maquinaciones ocultas busca la destrucción del orden religioso y civil cristiano, aparece como una verdadera amenaza. La malignidad de la masonería y del masonismo frente al catolicismo es uno de los tópicos más pugnaces tanto en la literatura y los textos oficiales de la Iglesia católica como en la novelística. Llegó a obsesionar a varios papas y entre ellos más particularmente a Pío IX y a León XIII que le dedicó una encíclica, la Humanum Genus (1884). En las distintas novelas de guerra anteriormente citadas, el masonismo se condena terminantemente como doctrina que niega toda referencia sobrenatural, que proclama la racionalidad y reivindica la autonomía de la política y de la sociedad civil. Es una doctrina disolvente que conduce a la revolución como en Rusia, a la instauración de estados laicos. Es una gangrena que se extiende por el mundo desde la época de la Ilustración y de la Revolución francesa. En Tipos y sombras, el éxito del Frente Popular que ganó las elecciones en el 36, solo podía explicarse por sus complicidades con los masones del mundo entero:
¿Qué más podía pedir la Revolución? De las logias partían consignas y emisarios... En el extranjero, los huidos, asistidos de poderosos aliados, proyectaban, influían en el pensamiento de las masas y en la cobardía de los gobernantes37.
El tema de la conspiración internacional inspira la novela de Juan Muñoz San Román, Las fieras rojas, novela en la que las brigadas internacionales son la encarnación de esas fuerzas ocultas, extranjeras y destructoras de España:
[...] llegó desde Madrid una columna que llamaban internacional, compuesta de milicianos rojos, rusos, franceses, ingleses y yugoeslavos, gentes de las más feroces, sucias, criminales, sórdidas que parecían salidas del Averno38.
Esas fieras rojas, esos «malditos forasteros» que alimentan las «partidas de rojos» de los «endemoniados asesinos rojos con caras feroces y patibularias»39, son los que perturban y saquean el pueblo de Villa Cruces. Un pueblo que es el microcosmo representativo de las luchas entre los partidarios del Frente Popular y sus oponentes: «La política izquierdista de los pueblos no dejó de ser un fiel reflejo de la imperante en Madrid, sucia, intolerante, propulsora de todos los vicios y concuspicencias»40.
En esta novela se maneja una retórica marcada por descripciones hiperbólicas y dramáticas; una retórica que incorpora todos los medios sugestivos en su estrategia de lucha ideológica. A la visión idílica del «blanco y reverberante caserío empinado en las faldas de la colina» se opone la de un pueblo en el que se infiltró «el maligno virus de la indisciplina, el odio de clases, el moral encono y la vituperable venganza»41. Las primeras páginas del relato se abren de manera significativa con la descripción enfervorizada de la procesión organizada durante la romería rociera. En una novela destinada a lectores populares, convenía recordar la esencia católica de España y enaltecer las tradiciones, zócalo de la nacionalidad. Los peregrinos que acuden al santuario del Rocío están todos «frenéticos de amor hacia la Virgen, que los recibía con una sonrisa maternal como no habían visto jamás los ojos. Y eso que todos se abrían anublados, rebosantes de lágrimas vertidas a raudales por la emoción»42. Se recurre a la estética de la devoción tan extendida en la novelística católica y edificante del pasado siglo para suscitar la adhesión emotiva e incluso sentimental de los lectores. La religión es la que inspira «las fuerzas de la verdadera España», las que brindan a Villa Cruces, la «villa mártir [...] una nueva vida de orden, de justicia y de buen gobierno» bendecida por el Cardenal Arzobispo de la Diócesis, representante del episcopado que se había adherido al Caudillo en los primeros momentos del sublevamiento43.
La simplificación de las fuerzas en presencia, la pincelada casi caricaturesca de los enemigos y traidores de la Patria así como la incorporación de un discurso político y pedagógico cuya función es a la vez un arma de combate y un medio de persuasión, son procedimientos que predominan en la novela de Miguel de Salazar, De anarquista a mártir. El relato describe la perdición y la salvación de un obrero catalán, León Sellés, cuyo itinerario lo lleva desde Alcoy a Barcelona, a París, Bruselas y Moscú. La «ejemplaridad» de este relato se inspira en la tradición de la literatura didáctica y popular destinada a la clase obrera, que se difundió con tiradas notables en las últimas décadas del siglo XIX. Una literatura que se aprovechó del contexto favorable propiciado por la publicación de la encíclica Rerum Novarum de León XIII y del desarrollo de una prensa obrera, de bibliotecas para las clases trabajadoras44.
Didactismo, advertencias, discurso doctrinal e incluso panfletario contra la emancipación de la clase obrera son recursos que utiliza Miguel de Salazar para denunciar la desintegración social y moral de España. Las fábricas, y más especialmente las de los núcleos urbanos, son el foco de la corrupción. La propaganda «roja» y marxista es un veneno que se infiltra gracias a la complicidad de los gobiernos de la República y del Frente Popular que se sustentan en sindicatos obreros, y partidas de pistoleros anarquistas que no buscan más que «el exterminio de burgueses y religiosos»45. Toda la novela es un cuadro aterrador de los crímenes cometidos por obreros y sindicatos de anarquistas. Antonio Satorre, agitador profesional, mal obrero y conspirador resume esos «crímenes» con términos contundentes: «Necesitamos hombres valientes y hasta feroces y sanguinarios. Una revolución que no produce ríos de sangre no puede lograr un triunfo completo»46.
La agitación política, las huelgas y los atentados sangrientos descritos con especial complacencia por el autor, evocan los atentados de 1933 en Cataluña y aluden a algunas de las grandes huelgas de octubre de 1934 en Barcelona. Se trata evidentemente, una vez más, de denunciar la conspiración internacional que amenaza la integridad nacional de España y de justificar el sublevamiento del 18 de julio. En esta conspiración participan «malos obreros» como el hermano de León, Antonio Satorre cuyo sindicato recibe las órdenes de Moscú. La ayuda de Rusia a la República española desde el inicio de la Guerra Civil y en un período de su historia en el que, con Stalin, habían empezado los juicios y las purgas, es un elemento más en la elaboración de una mitología del crimen y del complot, una mitología profundamente reaccionaria que alimenta, en el mismo momento de la contienda, discursos políticos, literatura propagandística e incluso pastorales y declaraciones de la Iglesia católica. El Frente Popular no es más que el producto de una conjuración sabiamente preparada:
El Kommintern había seguido una política sabia y prudente, de seguros resultados. Empezó por fomentar durante años enteros la agrupación de los obreros en grandes cuadros sindicales, dirigidos y controlados por Moscou, a pesar de sus apariencias apolíticas. El dinero una vez, la amenaza otras y el empleo de la pistola cuando era menester, habían conseguido después de intensa labor, anular por completo la libertad de trabajo en España, hasta el punto de que para dedicarse a cualquier oficio era condición indispensable estar afiliado a las organizaciones que controlaban desde la sombra los dirigentes revolucionarios [...]. En estas condiciones, en Moscou, se fraguó la mayor conjura contra la paz del mundo que registra la historia. Políticos hábiles y carentes en absoluto de conciencia, o lo que es lo mismo, políticos rusos y a la rusa, organizaron lo que se llamó en varias naciones europeas Frente Popular47.
Por otra parte la novela se ajusta perfectamente a la finalidad propagandística y condenatoria de este tipo de literatura. A través del protagonista principal, León Sellés, que trabaja en Moscú como torneador en una empresa metalúrgica, antes de ser ascendido a piloto de guerra en el ejército ruso, se presenta un cuadro aterrador de la vida de los obreros rusos en las fábricas y en el kolkhoz. Este cuadro suena como una advertencia para la clase trabajadora.
El desenlace de la novela en el que León Sellés muere en una operación de combate en España pero después de haberse pasado al bando nacional, participa de esta gesta literaria que enaltece la dimensión épica del enfrentamiento. La España redentora, la España nueva «de los primeros días germinales en los que era la Patria que se incorporaba, que sacaba el pecho, que rompía las cadenas»48 es la del nuevo imperio que surge bajo el lema de unidad. Con un lenguaje mítico, un lenguaje cuya función propagandística también es creadora de ilusiones, Concha Espina recuerda a sus lectores que la redención moral del pueblo depende de la victoria de las fuerzas del bien contra las del mal: una lucha al cabo de la cual se perfila un radiante amanecer. La utopía del «amanecer» tan propia de la retórica falangista y fascista apunta hacia la salvación de España. Elena Rosal, personaje explícitamente autobiográfico del último relato de Luna roja, se ha salvado de las represalias de las milicias populares comunistas gracias a la ayuda de uno de los milicianos, hombre del pueblo agradecido a la novelista por un favor del pasado. La estética del renacer al servicio de una utopía redentora trasluce en las páginas de estas novelas cortas:
Junto a ella, la niña bonancible en su traje índigo como la nube azul que anuncia en el cielo los temporales blancos [...]. Ella siente, providenciales, en torno de su alma y de su cuerpo, las raíces y las copas del arbolado [...] todo el aliento vigoroso de la Naturaleza emperatriz, ejerciendo una obra de gratitud sobre aquel minuto inolvidable, bajo la mirada de Dios49.
Los ingredientes irracionales y misteriosos utilizados en esta obra para superar las fuerzas del mal no pueden hacemos olvidar la retórica de «guerra» de una producción novelística que en su conjunto se caracteriza por una constante antítesis de elementos contrapuestos.
La violencia del lenguaje, la instrumentalización ideológica de los acontecimientos históricos, las afirmaciones contundentes y excluyentes son propias del discurso fundamentalista, podríamos decir fascista ya que los propios autores de dichas obras reivindican esta apelación. Esta literatura que recoge los miedos y las tensiones del período es un medio potente de movilización política que se apoya en valores religiosos y nacionalistas: defensa de la unidad e integridad nacional de España, defensa de las tradiciones seculares y base de la nacionalidad, exaltación de la tradición católica y la defensa del orden social. La retórica de la guerra no puede disociarse de la teología de la cruzada que desempeñó un papel notable en la nueva conformación del nacionalcatolicismo durante el franquismo. La producción de novelas de aquel período, más abundante de lo que parece, merecería, pese a sus escasos méritos literarios y a las incitaciones a veces bochornosas a la violencia, un estudio pormenorizado.