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La poesía de Pérez Clotet

Leopoldo de Luis

En el mapa de la lírica española, de hace quince años, es imborrable la «Isla» que, junto al mar del Estrecho y a la espuma de la auténtica poesía, gobernaba Pedro Pérez-Clotet.

No sé si se juzga hoy en todo su merecimiento a este poeta andaluz, de labor segura, reposada; de obra vocacional y constante. Su primer libro de versos; Signo del alba, apareció en 1929. Otros varios le han seguido: Trasluz, A la sombra de mi vida, Soledades en vuelo. Y sus pequeñas y delicadas entregas de prosa, auténticos poemas también, de Tiempo literario. Más se trata do un escritor alejado de tertulias y reuniones literarias, aislado en su tierra del Sur. Poeta en agreste y perfecta soledad. Con su clara, pura, luminosamente blanca poesía, frente a la diafanidad, la pureza de la luz sobre este paisaje que rodea su mundo físico y embarga de amorosa claridad su íntimo mundo. Campos de Villaluenga, sierra de Ronda, salinas de Cádiz.

Dos nuevos libros suyos1 lo traen a la actualidad del momento literario. Su poema Noche del hombre y la poético prosa de Bajo la voz amiga. En ambos sigue el poeta su recta línea sin concesiones, sin claudicantes zig-zagueos. Fiel a sí mismo. Se nos muestra una nueva vez como «uno de los más esbeltos alfiles de la poesía en el tablero andaluz».

La poesía do Pérez-Clotet persigue una clara pureza, obtenida por un desasimiento de motivos anecdóticos y temporales, buscando la honda vibración de las cosas. Poeta de fina y profunda veta andaluza, se mantiene sin la menor mácula de fáciles influencias geográficas. Personal y auténtico. Clásico, en cauces de una expresión exigente, con felices aciertos de imágenes.

Su prosa, alquitarada y bellísima, labra verdaderos poemas y está enhebrada en un ritmo íntimo, en una armonía interior. En ella tropezamos a veces con versos perfectos, medidos que no estorban ni estropean, sin embargo, la fluidez en la prosa requerida. Sirvan de ejemplo estos endecasílabos: «Caballo negro de la noche, noche / de piedra y de romero, áspera y alta». O estos otros: «Y viento y luz se acercan susurrantes, / ondas de llama y aire confundidas».

En cuanto al verso, elegante y cuidado siempre, si en ocasiones muestra el manejo de rima y estrofa, es más frecuentemente ajeno a halagos y brillantes adornos, decantándose la expresión hacia lo único desnudo. El asonante y el verso sin rima, especialmente este último, se hallan en la totalidad del reciente libro del poeta. Consérvase, en cambio, siempre la medida, no para recrear o recrearse con una musicalidad vacía, sino para dejarse fluir, desangrar, en un íntimo y vago ritmo.

Por la obra del poeta cruzan en algunos momentos motivos paisajísticos y metafóricos, como la trágica luna que enajena a Federico: «luna triste y redonda de serranía, herida de sombras y cuchillos». Pero nunca son cesiones a tópico alguno. Ya he dicho que nada tan lejos de fáciles influencias como esta poesía. Es el ancestral latido del alma andaluza, que aflora como a la superficie de un inmenso e inmóvil lago oscuro, de hondísimo fondo. Por lo demás, Pérez Clotet vive el paisaje que le circunda, y no digamos que lo canta, sino que lo interpreta y recrea en su poesía. Todo en ella es paisaje. Pero paisaje hondo y nacido del corazón. Muerta flor, dormida pradera, sordo río de rojas aguas y trágicas espumas. Celeste campo amigo. Hay que haber cruzado en un atardecer de abril a octubre la serranía de Ronda, para comprender entre abismos y cumbres, entre cimas estelares y rosas de luz inesperada, toda la belleza, todo el hechizo de un poema como La luz y el viento, insertado en Bajo la voz amiga.

Hasta el amor cruza por esta poesía referido también al paisaje. A un paisaje que está ahí, vivo y real, como brisa y canción, como flor y frondoso vuelo de mieses, con el amado cuerpo integrado en él palpitando de carne adolescente y empurpurado de sangre sencilla.

La voz y el viento son, tal vez, los principales asideros en la recreación de su paisaje. Fugaces y celestes asideros. Van y vienen viento y luz recordando en su juego incesante amaneceres y crepúsculos, horas de paz y de dolor, iluminados y gozosos jardines y bravas lomas de hirsuta y arisca belleza. Ni una fecha, ni un lugar, ni un nombre. La luz y el viento son casi únicos puntos de recordación y referencia.

Como un hondo paisaje con luna y temblor sideral, nacido de su propio sueño, del meditar solitario del poeta pasa la noche ungiendo de silencio y nostalgia la frente del hombre, en este último poema que ahora se publica.

En la serenidad y belleza de esta poesía cabe y se advierte una reprimida pasión, una viva verdad humana que al grito y la imprecación prefiere la voz baja y la mesura. Una verdad humana no por más serenamente expresada menos en carne viva. Es que el poeta va enamorado de una pureza inasible y la busca con las mínimas apoyaturas de elementos extrapoéticos. Espíritu que se ha hallado a sí mismo en la grave y exacta soledad de un paisaje de cielos y simas. Reales o irreales, entre aurora y ocaso, la cumbre y elevación, con lejanía y belleza. Por eso, real o irreal, suprarreal o sobrerreal, a veces, su poesía describe e intuye, dice y adivina, se pega amorosa a la tierra y a la vida, y crea nuevo vivir y nuevo paisaje, en un equilibrio entre la fantasía y la emoción, mirando con ojos celestes esas falsas perspectivas verdaderas.