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La polémica sobre el «Don Álvaro»

Ermanno Caldera


Universidad de Génova



Los primeros dramas propiamente románticos -La conjuración de Venecia y Macías1- fueron generalmente aceptados por público y crítica sin que nadie se rasgase las vestiduras por las novedades que contenían. Es que realmente no eran obras de verdadera ruptura con el pasado, ya que la pieza de Martínez de la Rosa, además de reanudarse al teatro sentimental, al Delincuente honrado particularmente2, no violaba escandalosamente las unidades, y la de Larra, que por algunos aspectos parecía insertarse en la tradición de las refundiciones, hasta se mantenía íntegramente fiel a la de tiempo.

Fue, en cambio, el Don Álvaro la obra que actuó una ruptura total y definitiva y este carácter suyo (por otro lado ya sagazmente aludido en el curso del battage publicitario que precedió a su estreno) fue advertido en seguida tanto por los espectadores -muchos de los cuales no dudaron en expresar su disconformidad3- como por los críticos que en el drama de Rivas vieron la bandera del romanticismo español.

En la prensa madrileña hubo algunos (pocos) ataques y muchas alabanzas, aunque estas últimas dejen entrever a menudo una difusa insatisfacción a nivel popular, que se manifestaba en una serie bastante larga de objeciones y reparos.

Los artículos periodísticos que salieron a luz a raíz de las primeras representaciones no fueron pues nada más que un aspecto de una polémica que debió ser viva y encarnizada, ocupando posiblemente mucha parte de las conversaciones en las concurridas tertulias madrileñas, hasta el punto que, como afirmaba La Abeja del 10 de abril de 1835, «por un momento ha hecho olvidar los intereses del día, y callar las cuestiones políticas»4. Sin embargo, son harto suficientes para brindarnos una idea de las pasiones literarias que el Don Álvaro desencadenó, abriendo así el camino al pleno triunfo de la dramaturgia romántica.

Al menos ocho reseñas -polémicas las unas con las otras- se escribieron al margen de las primeras nueve representaciones, que se dieron en el teatro del Príncipe y de la Cruz, entre el 22 de marzo, día del estreno, y el 4 de abril de 1835, cuando se cerró la temporada5:

El Eco del Comercio, 24 de marzo

La Revista Española, 25 de marzo

El Artista, 27 o 28 de marzo6

Correo de las Damas, 28 de marzo

La Abeja, 31 de marzo

Correo de las Damas, 7 de abril

La Abeja, 10 de abril

La Revista Española, 12 de abril.

Sin embargo, hay que añadir el importante artículo que publicó Cueto en El Artista, fechándolo a 15 de mayo, todavía ligado a las disputas de los meses anteriores, y alusiones esparcidas acá y allá, como un artículo de Ochoa aparecido en El Artista, de abril7, el cual, aunque concebido como «retrato» del Duque de Rivas, desemboca en un veloz análisis del Don Álvaro, o cierta broma insertada en un artículo del Correo de las Damas del 28 de marzo8; quizás, finalmente, dos hipotéticas reseñas, respectivamente en El Observador y en La Abeja del 24 de marzo. Estas últimas, de existir, serían, según Azorín9, hostiles, como hostiles fueron la del Eco del Comercio, que encaminó la polémica, y las dos del Correo de las Damas. Las favorables fueron pues la mayoría y también se distinguieron casi todas por la amplitud de sus argumentaciones que aspiraban a ser una defensa apasionada no sólo del drama de Rivas sino del teatro romántico en general.

Conocemos los nombres de dos de estos campeones del romanticismo: Antonio Alcalá Galiano, autor de las dos reseñas aparecidas en la Revista Española y José Negrete, conde de Campo Alange, al cual pertenece la primera reseña publicada en El Artista. A ellos podemos añadir Leopoldo Augusto de Cueto, autor de la reseña más tardía del Artista. Se ignoran en cambio los autores de los artículos favorables de La Abeja así como los del campo adversario (Eco del Comercio y Correo de las Damas).

¿Se trató verdaderamente de una «algazara que se levantó entre clásicos y románticos», como afirmó El Observador del 15 de abril? En realidad, fueron los románticos los que tacharon de clasicistas a sus adversarios, tal vez para tener un objeto más concreto contra el cual descargar sus golpes. Sin embargo, los que atacaron el Don Álvaro quizás se podrían clasificar mejor entre esos sostenedores del justo medio que muy pronto triunfarán, a nivel práctico y teórico, en la dramaturgia romántica española.

El crítico del Eco del Comercio, por ejemplo, exordia con una profesión de fe en un romanticismo moderado, que sus contrincantes fingieron no haber leído o rechazaron como un disfraz hipócrita. «Saciados ya de las bellezas clásicas, pedimos otros goces», afirma tajantemente, pero agrega en seguida:

El crítico prudente, a par que condena a un vergonzoso olvido todas las obras que, con pretexto de él [léase: clasicismo] adormezcan con su beleño, deberá también tronar contra aquellas que estravagantes y monstruosas a fuer de románticas, quebrantan las leyes eternas de la razón.



Critica, por lo tanto, esos ingenios que, como Rivas en su Don Álvaro, «por espíritu de secta se estravían», produciendo «monstruos espantables». La monstruosidad del Don Álvaro consiste en el exceso de personajes y peripecias, que le convierten en una «linterna mágica»:

Lo que reprobamos -añade el crítico- no es que el Sr. Saavedra haya querido hacer un drama romántico, sino que haya aglomerado tantos y tan extraños incidentes y hecho un estudio de llevar el héroe en su último acto hasta un punto que además de repugnar toca ya en lo ridículo.



A pesar de estos y otros reparos, no duda sin embargo en subrayar de manera muy positiva varios rasgos de la obra y, casi previendo el alud de críticas que se le vendrían encima, intenta rechazarlas de antemano, concluyendo que el artículo «no debe considerarse como un ataque al autor cuyas demás obras por lo general apreciamos y con quien nos ligan además simpatías políticas».

La reseña muy favorable, casi amistosa, que se publicó al día siguiente en la Revista Española no hace ninguna referencia al artículo del Eco: señal muy posible de que su autor, Alcalá Galiano10, la escribiera anteriormente, el día después del estreno, al cual parece referirse, y que se publicara sólo el 25. Alude en cambio a varias consideraciones que parecen recogidas directamente de la boca de los espectadores al salir del teatro:

Hubo quien queriendo condenar la pieza sólo condenó el género a que pertenece. Hubo quien la tachó de carecer de interés, no considerando que en ella no está el interés en la trama, sino en la realización del concepto poético de que es hija la composición. Hubo quien con justicia tachó algunas prolijidades que el autor ha empezado a corregir. Hubo también quien admiró lo bueno y se preparó a defenderlo con más despacio.

Al caer el telón -concluye- no podemos ni queremos ocultar que fueron más los desaprobadores que los aprobadores11.



Sin embargo, a Galiano no le interesa tanto rechazar las críticas que está refiriendo más bien por un deber de cronista, como aprovechar la oportunidad para tejer una apología del romanticismo progresista, innovador, revolucionario, del cual le parece que el drama de Rivas es algo como el portaestandarte. «Quien niegue o dude que estamos en revolución, que vaya al teatro del Príncipe» es la célebre, programática apertura de su reseña. Lo que sobreentendía un rechazo total y definitivo del clasicismo, y un desafío abierto a sus fautores, sin, además, ninguna concesión a compromisos eclécticos o de justo medio.

Por otro lado, el crítico no hacía más que dar el toque final y conclusivo a la larga publicidad que había precedido el estreno, en el curso de la cual se había insistido reiteradamente sobre el carácter «románticamente romántico» -como dijo el Correo de las Damas12- de la pieza, agregando regularmente ataques al bando clasicista. «Drama nuevo, romántico y original», lo definía el primer anuncio, aparecido en la Revista Española del 15 de febrero, en tanto que, en otro del 15 de marzo, se manifestaba la seguridad de que Don Álvaro brindaría «el nuevo triunfo del romanticismo», el cual -se agregaba- de manera punzante:

será la sentencia de muerte para cuatro antiguos criticones que como los tories exagerados de la literatura no transigen jamás con los reformistas de la última época.



Los anuncios siguientes, nuevamente en la Revista Española del 22 de marzo y en el Correo de las Damas, se detienen sobre los aspectos innovativos ínsitos en la estructura de la pieza: la polimetría, el gran número de personajes, las abundantes mutaciones («16 decoraciones», «cerca de cuarenta interlocutores» precisa la Revista Española); es decir, justamente los aspectos que más desaprobaban los clasicistas y que por lo tanto eran como la concreta garantía de la adhesión cierta al más abierto romanticismo.

También La Abeja del 22 de marzo volvía a los ataques directos contra los clasicistas. Después de ensalzar el romanticismo como expresión de libertad («el romanticismo es en literatura lo que la libertad en política», según la fórmula acuñada por Víctor Hugo), el articulista declaraba su simpatía para el escritor que

sacudiendo las mezquinas trabas que el rigor de los clásicos impuso al vuelo de la inspiración, consulta solo a su alma para transmitir los afectos que experimenta.



En la estela de estas presentaciones, sobre todo insiste Alcalá Galiano en lo novedoso y lo moderno del Don Álvaro, que le separa netamente de las experiencias anteriores: «No se parecen más el gobierno a lo Calomarde y el Estatuto Real que el Pelayo o El Sí de las niñas y Don Álvaro o la fuerza del sino». Es la voz del liberal, ufano con la época renovadora en que vive: «Es una cosa de nuestro tiempo, pues estamos en 1835 y no en 1820, ni en 1808 ni en 1790 [...]». Don Álvaro realiza esa «unión de lo pasado con lo presente» que auspiciara Durán y esto basta para clasificarlo:

Don Álvaro no es una comedia ni una tragedia, ni una tragi-comedia, ni una pieza por el estilo de las sentimentales de Diderot, o Beaumarchais o Kotzebue, ni está ideado como lo preceptuó Aristóteles, o Boileau, o Juan de la Cueva [...] o Luzán, o Montiano, o Moratín, ni se parece a nada, más o menos antiguo. Es una cosa en parte imitación de nuestras vegezes, en parte remedo de estrañezas del día y de tierra estraña.



Lo que importa, de todas maneras, es su originalidad:

Sea como fuera o antigualla remozada o novedad con máscara de vejez, lo cierto es que Don Álvaro es obra de especie muy distinta de cuanto hemos visto de algún tiempo acá y estamos viendo en nuestro teatro.



No falta, desde luego, una alusión a los clasicistas, que el crítico compara irónicamente con los inquisidores de antaño:

Los críticos y poetas de la nueva escuela -afirma- se llaman reformadores, y sus contrarios los llaman hereges. Y aún para mí tengo que si estos contrarios pudieran quemarlos no se detendrían mucho en entregarles al brazo seglar; tanta es la ira y horror que manifiestan a estas novedades.



Al panegírico de la Revista Española sucede la apología del Artista, que es la que pone en marcha propiamente la polémica acerca del Don Álvaro. Su blanco son tanto los aficionados, «polilla de las artes en general», que tacha de presumidos e ignorantes, como los clasicistas serios, «hombres concienzudos, llenos de erudición y de talento, que no aprueban en un todo, o acaso en nada, nuestras doctrinas literarias», con los cuales, dice, «deben emplearse las armas de la razón». En efecto, entabla una discusión muy urbana con ellos; o, por decirlo mejor, con el Eco del Comercio, cuyas declaraciones de moderantismo romántico no acepta, considerando la reseña, aunque no lo afirme abiertamente, como la expresión de una mentalidad clasicista.

Llevando de esta forma la discusión al álveo del debate clásico-romántico, los románticos liberales no sólo se las habían con un adversario mucho más vulnerable, sino que también excluían del campo propiamente romántico a los moderados y conservadores. Lo que podía ser, en fin, una trasposición al ambiente literario de la lucha que se combatía en el terreno político, donde se estaban viviendo los momentos más peligrosos de la guerra carlista y moderantismo y conservadurismo podían oler a carlismo, al menos para la parte más «exaltada» de las Cortes.

Por eso, el articulista no duda en escandalizar a todos los moderados de la época, incluso a los duranianos del justo medio; discutiendo la afirmación del Eco en que se acusaba a Rivas de haberse «rebajado hasta el nivel de los que abastecen los teatros de los arrabales de París», comenta:

Si habla de Víctor Hugo y de Alejandro Dumas, permítanos que le digamos que esta es la primera vez que oímos llamar de tal modo a estos dos grandes poetas.



A nadie se le escapa pues que la exaltación de los patriarcas del romanticismo francés que Durán apellidara de «romanticismo malo» es la evidente elección de un campo bien definido. En fin, la reseña rechaza punto por punto las objeciones del Eco: que si hay casualidad, esa pertenece a la realidad de la existencia; que si se intenta menoscabar el valor del drama por medio de una estadística sobre el número de silbatos del tramoyista, o de las cuchilladas, o de los estampidos del trueno y similares, otras tantas se podrían hacer con las tragedias clasicistas, tan aburridamente repetitivas; que si las escenas finales incluyen horror, las hay muy parecidas en las piezas más celebradas del teatro griego o del Siglo de Oro.

Tal vez el mismo día del largo análisis de Campo Alange, otro al parecer violento ataque había sido lanzado por el Correo de las Damas (28 de marzo) en un artículo que se ha perdido, pero que podemos reconstruir aproximadamente a través de la contestación que apareció en La Abeja del día 31. En ella, el anónimo articulista acusa al del Correo de hacer «una rechifla de la composición dramática» y de glosar «el argumento del drama dándole cierto aire de ridiculez». Es muy posible, pues, que la reseña del Correo no fuese inspirada por algún serio credo estético, aunque es claro que salía de los ambientes más conservadores. Por otro lado, tampoco La Abeja usa argumentos críticos, sino que baja al nivel del ataque personal, acusando de incompetencia al periodista del Correo de las Damas, que tal vez fuese un escritor costumbrista o -si aceptamos el sentido literal de la expresión- un grabador13: «Métase en sus figuras, que ni aun figurines son, y deje en paz a los clásicos y a los románticos, que son para él jente del otro mundo»14. Por otro lado, ese tono del artículo se podía intuir ya desde el título -Ne sutor ultra crepidam- y desde las palabras con que empieza: ¡Habló el buey y dijo mu!

La respuesta del Correo de las Damas tardó una semana (7 de marzo), pero fue mucho más virulenta y personal, a pesar de titularse Lección de cortesía. El autor no deja la oportunidad de renovar -y quizás ampliar- sus críticas al Don Álvaro, cuya fuerza del sino, afirma socarronamente, dio ocasión a que generalmente disgustase a todo el mundo. Y agrega, revelando esta vez su propensión hacia el «justo medio»:

Hablaron de esta composición los periódicos, todos los críticos vinieron a confesar que su autor había llevado hasta tal punto, a tal grado la exageración romántica que tocaba, mal dije, que pasaba la raya de todo lo permitido y tolerado.



Es tanta su acrimonia para con la pieza que no duda en calificar de hipócritas a los que trataron positivamente de ella: «Embozaron todos su desaprobación con elogios». En cuanto al artículo de La Abeja (que tacha de «furibundo ataque» de parte de un «insultante impugnador»), es obra de uno «que escribe en un rincón del boletín de La Abeja. Su contenido lleno de expresiones bajas, de peladas desvergüenzas, y de clarísimos disparates [...]» no contiene, dice, más que insultos gratuitos; pero «una cosa es insultar y otra probar que el Don Álvaro es bueno y la crítica del Correo mala». El tono del ataque -o contraataque, si se quiere- personal encuentra en fin su conclusión en una velada amenaza, cuyo sentido ya no nos es asequible: «abra los ojos -amonesta- por si le importa y lea solamente esta inicial. = S.». La diatriba Correo de las Damas-Abeja representa pues un aspecto marginal, interesante quizás para la historia de las costumbres periodísticas, pero exento de verdadero interés literario.

En cambio, con más seriedad y auténticas preocupaciones literarias, la polémica prosiguió en un segundo artículo de La Abeja y en las páginas del Artista y la Revista Española; pero ahora se trata de argumentaciones en sentido único, romántico, por supuesto. Ya hablan sólo los vencedores, pero, como veremos en seguida, dentro de su partido se alzan voces discordantes.

Los tres artículos que vamos a examinar son posteriores todos al 4 de abril, último día de representación del Don Álvaro en la temporada 1834-35. Son posteriores también a la publicación, por la editorial de Tomás Jordán, de la pieza con las correcciones que el autor había aportado después de las primeras representaciones15. Tienen pues el carácter, y el tono por supuesto, de un consuntivo que en algún caso hasta aventuran previsiones para el futuro del teatro romántico español.

Empieza esta labor La Abeja, con una reseña del 10 de abril firmada G. A., la cual ciertamente contribuyó de manera determinante a favorecer ese viraje hacia el romanticismo moderado que dentro de poco tiempo se convertirá en el común denominador de la crítica teatral. La Abeja, periódico notoriamente moderado, que después de la polémica con el Correo de las Damas no podría no haberse congraciado la simpatía de todos los partidarios del romanticismo, iba ahora a imponer un pleno reconocimiento del romanticismo moderado. En lugar de atacar, como habían hecho el Eco y el Correo, La Abeja muestra su disponibilidad a aceptar los frutos de la nueva escuela con tal que se encaucen en el álveo de la tradición.

Se abre la reseña con una serie de declaraciones previas en pro del romanticismo que no pueden no llamar a la memoria algunas célebres argumentaciones del Discurso duraniano. Después de una profesión de «justo medio» («no entraré en la contienda tan acaloradamente entablada en Europa entre clásicos y modernos»), afirma rotundamente:

cada época tiene su poesía particular, y su modo diferente de escitar los ánimos, y no se deberá de modo alguno juzgar el drama del duque de Rivas por las llamadas reglas de Aristóteles, ni por los preceptos de Horacio, ni por la poética de Boileau...



Poco más adelante, remata el concepto: «No juzgando por las reglas llamadas clásicas el D. Álvaro, por estar fundada su composición en otros principios y doctrinas no nuevos en España [subrayado mío] ni desvalidos en el día en Europa [...]». Rivas pues se ha lanzado con brío por el ancho campo del drama romántico, un drama del cual el articulista se apresura a reivindicar el carácter nacional:

el D. Álvaro es una reminiscencia en parte de lo que hicieron nuestros antiguos autores, en parte una imitación de lo que hacen los modernos franceses y alemanes16 y el estandarte, digámoslo así, de una escuela nueva, pero nacional...



A lo largo del artículo, varias referencias al teatro antiguo español refuerzan la adhesión al pensamiento duraniano: la silva de la escena 7.ª con los versos «fantásticos»: «El sacerdote en el altar espera [...]» le parece al crítico «hermosísima, que no desdeñaría el mismo Lope»; de los versos con que Don Álvaro decide socorrer a don Carlos acosado por los tahúres, afirma: «Esto es de Calderón puro, del Calderón caballeroso y sublime»; las redondillas puestas al final del episodio le suenan «tan caballerosas, tan fáciles, que parecen de Lope o de Alarcón». Finalmente, en cuanto a las famosas décimas del monólogo de Don Álvaro, no duda en anteponerlas a su modelo de La vida es sueño.

De esta manera, el artículo intentaba, quizás realizaba, la incorporación dentro del romanticismo moderado de ese Don Álvaro que los críticos más intransigentes habían considerado como el prototipo del drama romántico español y el símbolo del romanticismo progresista. Sin embargo, G. A. desea también indicar claramente los límites entre los cuales tiene que moverse la nueva dramaturgia -so pena de perder su carácter nacional- impidiendo los excesos que podrían llevarla hacia un camino no deseado.

Por eso, al lado de tantos elogios, apuntan algunos reparos, muy en sintonía con el programa del justo medio, sobre todo cuando se declara:

También sería de desear que el señor duque hubiese acortado un tanto el paso de su brillante imaginación, y que hubiera sido más económico en incidentes, y, por último, que su fecunda vena no le hubiera arrastrado a veces a la rejión más alta de la poesía lírica.



Para concluir, el crítico, además de definir la obra como «un acontecimiento literario de mucha magnitud», la considera como el momento inicial de un nuevo florecimiento del teatro nacional:

un presajio de que va a nacer entre nosotros una poesía dramática nacional, o por mejor decir, a renacer con las ventajas del siglo presente el teatro antiguo español que fundaron Naharro y Rueda, y que llevó consigo a la tumba Cañizares.



O sea, nuevamente la duraniana «unión de lo pasado con lo presente», tema sí universalmente aceptado, que empero esta vez aparece mantenido con mucho más ahínco y persuasión que en el anterior artículo de Galiano.

A la moderación de La Abeja se contrapuso dos días después (quizá estimulado por ella) el resonante boletín de la victoria final contenido en el artículo de la Revista Española, en el cual se sanciona la derrota de los conservadores y el triunfo de Don Álvaro y de sus románticos fautores: nueve representaciones ha conocido la pieza de Rivas, «nueve, digan cuanto quieran los detractores del drama, nueve muy concurridas todas, y acabadas» -anuncia orgullosamente Alcalá Galiano, quien recuerda su asistencia al nacimiento de ella y su amor fraternal con el autor. Igual amor le vincula, además, con el romanticismo:

en cuanto al género del drama me confieso acalorado, tenazmente empeñado en introducirle en nuestra tierra, porque le considero buen género y hasta nacional para que no le falte requisito de recomendación.



Se trata de una declaración de fe que, a pesar de esa concesión del «hasta nacional», los adictos a los sectores más moderados del romanticismo nunca habrían pronunciado (¿Quién podría imaginar a Agustín Durán proclamándose «acalorado» del género romántico?). Frente a la victoria del romanticismo, hay que señalar, añade Galiano, otro triunfo más,

triunfo grande, triunfo innegable; todos los escritores que se han ensayado sobre el asunto tanto en contra como en pro han dejado descansar en paz al pobre Horacio tan traqueteado, tan manoseado, tan citado por los críticos de la añeja escuela cuando sin contrario florecía en el lleno de su vigor y robustez.



Sin embargo, agrega con cierta sorna:

en España los literatos son todos hoy día como los hombres públicos en Inglaterra reformistas de nombre; pero aquí como allí hay reformistas sensatos que quiere decir reformistas enemigos de toda reforma.



Es decir, que muchos se han convertido al romanticismo victorioso sólo de palabra, quedándose de hecho clasicistas legítimos. Quizás el flechazo se dirija sobre todo a los románticos moderados a quienes en efecto bien se ajustaría la definición de «reformistas sensatos». Nos refuerzan en esta opinión las afirmaciones siguientes donde se mantiene que los ataques que se dirigieron contra el Don Álvaro en realidad se apuntaban contra el romanticismo y que la pieza de Rivas

nos parece de la familia de aquellos dramas que se representan y escriben en Francia por actores y autores de ínfima clase como Mademoiselle Georges y Víctor Hugo y salen a luz en el teatro del arrabal de San Martín.



Pasaje interesante, no sólo por el flechazo dirigido contra la infeliz proposición del Eco del Comercio que ya vituperara Campo Alange, sino también por reivindicar al Don Álvaro, más abierta y decisivamente que El Artista de 29 de marzo y La Abeja del 10 de abril, esa ascendencia huguiana y dumasiana que no les resultaría muy agradable a los exponentes del moderantismo.

Para completar esa profesión de fe romántico-liberal, Galiano presenta el Don Álvaro como genuina expresión de poesía popular; lo que por un lado le garantizaba como producto perfectamente ajustado a las más acreditadas poéticas del romanticismo y por otro nuevamente le separaba tanto del clasicismo como del romanticismo moderado, fautores, los dos, de la Kunstdichtung17. Por eso agrega:

Y a este teatro [el de la Porte Saint Martin] concurren gentes de toda especie aunque rara vez los elegantes de la cité, sino por lo común los que habitan en los arrabales de Montmartre, de San Honorato y aun de San Germán, fiel traslado, como todo el mundo sabe del Avapiés, el Barquillo y las Maravillas.



Nuevamente la fe literaria se conjuga con la fe política (otro aspecto propio del romanticismo más liberal): con corrosiva ironía comenta el crítico:

Mucho sentimos este defecto aunque mirándolo de cierto modo no es tan grave. La época es democrática, yo lo soy un poco y el escritor a que aludimos no se ofenderá de que por tal se le tenga y no es gran mal (mucho más juzgando según las clásicas doctrinas18) que don Álvaro que vivió un siglo hace se parezca en algo a nosotros ya que está bastante atrasado para no pensar y hablar como ahora lo hacemos sus biznietos.



Cabalmente veía Galiano estallar en el Don Álvaro la protesta contra el conservadurismo político-social (que se acompañaba a la diatriba sobreentendida contra el conservadurismo literario) de la que brotaba la exaltación del joven mestizo -el «advenedizo»- contra el decadente y vacuo aristocraticismo de los Calatravas. Y bien sabía que no se trataba de un mero recurso ficcional, sino que era la expresión de una batalla conducida desde las tablas contra el antiguo régimen19. Aquí estriba el fulcro de la pieza, o -como dice el escritor- la «idea metafísica» que la domina:

A mis ojos Don Álvaro es una esplicación de la lucha entre un hombre, que entre bárbaros creció como él propio dice, cuyos afectos, hijos de una educación salvaje, son todos violentos, todos estremos, cuyas pasiones se han afilado y aun gastado por un ligero roce con la sociedad; y esta misma sociedad con sus preocupaciones y sus pasiones frías y raciocinadas e inmudables.



Interpretación, dicho sea de paso, que, prescindiendo de una tal vez excesiva concesión a una visión russoyana, será variamente repetida por los críticos modernos. Hay, pues, en esta segunda reseña de Alcalá Galiano, una parte muy notable y densa de conceptos que casi la convierte en un pequeño manifiesto del romanticismo progresista.

Lo demás son consideraciones más contingentes que persiguen el fin de liberar el campo de las múltiples objeciones que se movieron al Don Álvaro: que las escenas bajas y episódicas reproducen lo que pasa en la realidad; que es más moral que El sí de las niñas; que, además, no se ve ningún inconveniente ni en el sobrado número de decoraciones («con eso se recrea la vista») ni en el de los muertos («¿Y qué le importa a Vd.? ¿Son sus parientes? dijo un agudo ingenio de esta corte»); que, en fin, dice remedando en cierto modo a Luzán, prefiere los desatinos del Don Álvaro a la frialdad de «muchas tragedias arregladas en cinco actos, con unidades, confidentes, desenlaces y todos sus requisitos». Para no dejar ninguna posibilidad de equívocos, le daba así el golpe de gracia al ya moribundo clasicismo.

Lo que Alcalá Galiano no quiso tratar en su artículo fue el tema de la fatalidad, ya que, decía, «un literato de grandes talentos» se había comprometido en afrontarlo muy pronto. Posiblemente aludiría a Leopoldo Augusto de Cueto, el cuñado de Rivas, quien efectivamente compuso un ensayo -que publicó en El Artista, fechándolo a 15 de mayo de 1835- con el cual selló de cierta manera todo el vaivén de juicios críticos que se escribieron a la sazón en torno al drama. Se trata de un trabajo amplio y meditado, que sin embargo no añade ninguna novedad de relieve a las argumentaciones del último artículo de la Revista Española. Lo que, por otro lado, no le resta importancia, por ser un intento de enfoque definitivo de tantos y varios problemas. Nuevamente Cueto repite el concepto de que el Don Álvaro es «eco a un tiempo de nuestro teatro antiguo y del romanticismo moderno». Y la adhesión al romanticismo ve sobre todo en la variedad y multiplicidad de los sucesos que impone el quebrantamiento de las reglas clasicistas («El romanticismo es el libre albedrío de los literatos: establecer reglas es vulnerarlo»: otra proposición que seguramente no les gustaría a los mantenedores del «justo medio»20) y en la mezcla de lo vulgar y lo noble, de lo trágico y lo cómico (en la estela pues de la Préface al Cromwell, que tampoco encontraba sus favores21). «Altamente romántico» encuentra además el final que le parece «de un gusto nuevo y de un efecto extraordinario». Se adentra luego en aspectos peculiares del drama, como justamente la fuerza del sino que todo lo rige, la naturalidad de los diálogos y la perfecta delineación de los caracteres.

El tono pausado y libre de toda polémica que caracteriza el ensayo de Cueto nos proporciona la medida del triunfo conseguido por los románticos en general y de la persuasión de la parte más progresista de poder tranquilamente descansar sobre sus laureles.

Fue efectivamente el apogeo del movimiento que paulatinamente irá derivando hacia posiciones tan moderadas que se acabará por suprimir el propio término de romanticismo, a no ser en las sátiras de costumbristas, periodistas, comediógrafos, que lo usaron para sus bromas. Sin embargo, a pesar de tal involución, a pesar también de cierta reviviscencia del clasicismo, aunque a menudo disfrazado de nacionalismo y de castellanismo viejo, el Don Álvaro fue un momento de ruptura definitiva con el pasado y la polémica que desató, fijó en la cultura española un indiscutible «punto de no regreso».





 
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