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La querella de las mujeres

Margo Glantz

- I -

«Hay que encarar los hechos, dijimos».

(p. 18)



El libro de Virginia Woolf se inscribe en una secular tradición conocida como La querella de las Mujeres.

Desde su aparición en 1929, este ensayo-ficción ha sido uno de los referentes más constantes del feminismo, como lo sería el libro de Simone de Beauvoir, El segundo sexo, publicado justo 20 años después, en 1949. Sin embargo, en incontables ocasiones Woolf avisa que su texto hubiera debido llamarse Las mujeres y la novela donde se analizarían las causas de la muy escasa producción escrituraria femenina a lo largo de los siglos, sobre todo en Inglaterra. La frase una habitación propia o un cuarto propio se ha utilizado casi como un slogan, como si bastara repetirla y alcanzar una mínima libertad económica para que una mujer pudiera no solo volverse una buena novelista, si tuviera, obviamente, el talento necesario, sino una mujer con todas las prerrogativas que siempre tuvieron históricamente los hombres, es decir, conseguir la igualdad plena.

En realidad, y aunque su libro hubiese tenido inicialmente ese propósito, hace una reflexión tanto histórica, como literaria y política sobre los problemas que les impidieron a ellas escribir como siempre escribieron ellos. En su intento por delinear una genealogía escrituraria femenina de la tradición inglesa, advierte, antes de empezarla, la ausencia total de escritoras en el siglo XVI, el siglo de Shakespeare. Acude a la ficción: le inventa una hermana al dramaturgo, llamada Judith, dotada de las mismas cualidades que él, quien, sin embargo, jamás habría podido producir obras geniales por las condiciones de vida de las mujeres: hecho comprobado obviamente también en los siglos subsecuentes. «Era tan aventurera, tan ávida de ver el mundo como él. Pero no la enviaron a la escuela. De vez en cuando tomaba un libro, tal vez uno de su hermano, y leía unas cuantas páginas. Pero entonces sus padres vinieron y le dijeron que zurciera las medias o que cuidara el guiso y no anduviera con libros y papeles» (p. 44).

Y aunque la escasez de producción literaria femenina entonces y los obstáculos que se los impedían han desaparecido en parte y la cantidad de escritoras extraordinarias prolifera en los últimos tiempo en el mundo entero con gran éxito, muchos de los problemas que Woolf plantea en su ensayo siguen sin resolver, no solo en la escritura, sino en todas los ámbitos de la realidad.

«Gracias a Dios -dice Virginia Woolf en su Diario-, mi fatigosa tarea de impartir una conferencia para mujeres acaba de terminar, hoy sábado, octubre 27 de 1928; regresé de mi charla en Girton College, en medio de una tormenta. Mi impresión es que se trata de mujeres jóvenes hambrientas pero muy vitales. -Inteligentes, entusiastas, pobres, su destino es volverse masivamente maestras de escuela. Les dije amablemente que deberían tomar vino y conseguir un (cuarto propio) habitación propia... A veces imagino que el mundo cambia. Pienso que la razón prevalecerá. Pero me hubiera gustado lidiar con un conocimiento más cercano y fuerte de la vida. Me gustaría enfrentarme a veces a cosas más reales. He sentido un cosquilleo y gran vitalidad después de impartir esas conferencias: las propias aristas y obscuridades se suavizan y encienden. Qué poco cuenta una... Pienso: qué poco cuenta una; qué rapidez y furia y genialidad es vivir, y cómo miles de personas luchan por la preciosa vida. Me sentí adulta y madura. Y nadie me alababa: eran muy entusiastas, egoístas, o más bien les impresionaba poco mi edad y reputación. Nada de reverencias o algo por el estilo. Los corredores de Girton son como bóvedas de alguna catedral muy alta y horrenda, y así siguen, frías y brillantes, con un ligero resplandor. Elevadas habitaciones góticas, acres y acres de madera oscura apenas iluminadas, y de pronto, aquí y allá, una fotografía».

(Un lugar)



Si vemos una foto de ese colegio de mujeres, advertimos que no es tan sombrío ni aterrador como sugiere la escritora en su Diario y difiere a como lo describe en el libro, donde los ladrillos de la fachada son de un rojo brillante. Con todo, si se compara Girton (Fernham en el texto) con el resto del histórico y suntuoso conjunto -el río, los hermosos y bien cuidados verdes prados, los estanques, los colegios, la iglesia y las capillas centenarias, la biblioteca, las habitaciones de los profesores y los estudiantes, los lujosos comedores de la Universidad de Cambridge- se comprueba la veracidad de sus palabras: Un edificio austero, de opaco colorido, fachada de ladrillo, muros espesos, victorianos, corredores de reminiscencias góticas: la biblioteca parecería construida para un convento de monjas y aunque los jardines son -y eran- de lo más bello que se encuentra en esa región inglesa, Woolf quiso marcar hasta en la apariencia de los edificios la discriminación ejercida contra las mujeres. Quizás ensombrece deliberadamente el panorama, pero frente al resto de los edificios, Girton parecería el patito feo de la Universidad.

El 20 y el 26 de octubre de 1927 Woolf fue Invitada a impartir dos conferencias por Pernel Strachey, el rector de Newnham, hermano de su íntimo amigo Lytton Strachey, miembro como ella del grupo de Bloomsbury, al que también pertenecían su marido, Leonard Woolf, el novelista Morgan Forster, el poeta T. S. Eliot, Clive Bell, el crítico de arte y esposo de su hermana, los pintores Vanessa Bell, Duncan Grant, Roger Fry, así como el filósofo Bertrand Russell y el economista John Maynard Keynes, entre otras personalidades prominentes de la vida inglesa de ese período.

Woolf se alojó en Newnham College, y viajó acompañada de su amiga Vita Sackville-West con quien sostenía una relación sentimental: Vita, la verdadera protagonista de su novela Orlando, publicada en 1927 y de extrema importancia en la gestación de la obra que nos ocupa.

Para entender la repercusión que ese libro tuvo cuando se publicó, es necesario recordar que en 1928 las sufragistas inglesas habían logrado, por fin, y después de una larga lucha ferozmente reprimida, que el voto les fuera concedido a todas las mujeres y no solo a las mayores de 30 años, según el acta que en 1918 el Parlamento había aprobado, año de la terminación de la Primera Guerra Mundial, dato crucial: «Le echamos la culpa a la guerra. Cuando los cañones se dispararon en 1914, ¿los hombres y las mujeres se vieron tan claramente los rostros que el romance murió? Ciertamente fue un alto impacto (para las mujeres en particular con sus ilusiones sobre la educación) ver las caras de nuestros gobernantes a la luz de los disparos tan feos que parecían- alemanes, ingleses, franceses-, tan estúpidos» (p. 12). Recordemos también, para entender mejor el momento en que se gestó el libro, que Girton (1869) donde dio sus charlas y Newnham (1871), donde se alojó, habían sido fundados gracias a la iniciativa, entre otros personajes, de un filósofo liberal, Henry Sedwick y de una famosa sufragista, Millicent Garrett Fawcett, entre otras personalidades. La fundación de estos dos colegios femeninos fue de gran importancia y constituye una verdadera revolución en la historia de Cambridge y en la lucha por la educación de las inglesas. Con todo, tanto los edificios mismos como el principio que hizo posibles que existieran, perpetuaba la condición de las mujeres como ciudadanas de segunda clase, dato que en sus charlas recalcaría la escritora.

Para Woolf no era suficiente haber obtenido el voto, era necesario igualmente, un cuarto propio y sobre todo la libertad económica: «Mi tía Mary Beton murió al caer de su caballo, cuando salía a tomar el aire en Bombay. La noticia de la herencia me llegó una noche, al mismo tiempo que se aprobó el acta que otorgaba el voto a las mujeres... De los dos -el voto y el dinero- el dinero parecía infinitamente más importante» (p. 34).

- II -

«... las damas sólo son admitidas... si van acompañadas por un profesor del Colegio».

(p. 5)



Al empezar su ensayo, dice la novelista, asumiendo explícitamente su oficio: «¿'Yo'? Es sólo un término conveniente para alguien que no es real...» (p. 2); es decir, literalmente, no soy Virginia Woolf, soy quien protagoniza una obra de ficción: «Aquí estaba yo (llámenme Mary Beton, Mary Seton, Mary Carmichael o por el nombre que quieran..., no es un asunto relevante), sentada a la orilla de un río hace una semana o dos con buen tiempo de octubre, perdida en mis pensamientos. Mentiras fluirán de mis labios, pero puede que haya un poco de verdad mezclada en ellas» (p. 2 y 3). Las tres Marys, personajes de la tradición, damas de honor de María Estuardo, reina de los escoceses, muy populares aunque innombradas en la balada de Mary Hamilton, la otra dama de honor, quien según la leyenda fue ejecutada por haber tenido un hijo con el Rey y haberlo asesinado, una balada trasmitida a lo largo de los siglos, e interpretada todavía actualmente. Mary Carmichael, dice asimismo la Wikipedia, sugiere bajo ese seudónimo a una novelista contemporánea suya que había escrito un libro donde abiertamente postulaba su preferencia sexual hacia otras mujeres, inclinación que en ese momento también tenía Woolf.

Un yo evanescente, triplicado, una primera persona ambigua, lúdica, a partir de la cual se exponen y ficcionalizan ideas y argumentos, para ubicar luego su narración en una ciudad inventada, Oxbridge, mediante la yuxtaposición de los nombres de las dos más prestigiosas y aristocráticas universidades inglesas, Oxford y Cambridge: OxFord que podría traducirse como vado de bueyes, y CamBridge como el puente sobre el río Cam: el origen animal de la cultura o por lo menos de la ciudad de donde irradia: paradoja: se puede atravesar el río, pero hay que mojarse los pies: «Alguna vez, presumiblemente, este patio, con sus suaves céspedes, sus enormes edificios y la misma capilla, fue un pantano donde las hierbas se agitaban y los cerdos pastaban. Yuntas de caballos y bueyes, pensé».

Mary Seton (¿Mary Beton, Mary Carmichael?) ha estado recorriendo tímidamente el campus universitario; un hombre horrorizado por su osadía le prohíbe pisar el césped, «él era un bedel, yo, una mujer»; al llegar a la biblioteca, un caballero togado y de canosa cabeza la detiene, «las damas sólo son admitidas... si van acompañadas por un profesor del Colegio»; en cambio, es invitada con beneplácito a un almuerzo suntuoso en el comedor principal: exquisitos manjares, deliciosos postres, excelente vino, amena y sofisticada compañía: «el almuerzo empezó con lenguados, después vinieron las perdices, muchas y variadas, venían con todo su séquito de salsas y ensaladas (y para finalizar) un postre que levantaba todo el azúcar de las olas... Mientras tanto las copas de vino se habían puesto amarillas y carmesíes: se habían vaciado, se habían llenado» (p. 8). En la tarde, ese mismo día de octubre, la perspectiva cambia, Mary Seton se encamina hacia Fernham, imparte su charla, se le ofrece luego una cena en el comedor de mujeres: «Aquí estaba la sopa. Era un simple caldo. Luego vino la carne con verduras y patatas, una trinidad casera, evocadora de los rumores del ganado, en un mercado fangoso, las mujeres con bolsas de red el lunes por la mañana. Siguieron las ciruelas pasas y las natillas. Luego vinieron los bizcochos y el queso, y después una jarra de agua circuló libremente» (p. 14).

Sofisticación culinaria, suntuosas bebidas para los estudiantes y profesores varones, un simple caldo, carnes desabridas, postre casero, bizcochos y agua para las estudiantes y las profesoras de Ferham: «La lámpara de la columna vertebral no se enciende con la carne y las ciruelas pasas» (p. 14), concluye Woolf. La narradora advierte con claridad que estas consideraciones son pertinentes en el ámbito de una universidad privilegiada como Cambridge, así se tratara de los devaluados y casi humildes colegios femeninos, Girton y Newnham: «No había razón para quejarse del almuerzo diario común y corriente entre la gente como alimento cotidiano de los seres humanos de la naturaleza humana, ya que la ración era suficiente y los mineros de carbón seguramente no exigían tanto» (p. 14). Cierto, pero si se toma en cuenta en este contexto la enorme diferencia de trato otorgado a los colegios masculinos y la casi limosna de consolación a los de las mujeres, la diferencia es notable:

«Se nos dice que debíamos pedir treinta mil libras por los menos... no es una gran suma, considerando que sólo había un colegio de ese tipo para Gran Bretaña, Irlanda y las colonias, y considerando lo fácil que es recaudar inmensas sumas para los colegios de varones. Pero considerando cuán poca gente desea realmente que las mujeres sean educadas, es un buen trato, recuerda la autora en una nota al pie de página, citando del libro de Emily Davies, Lady Stephen».

(p. 17)



- III -

«La verdad se me había escapado de las manos...».

(p. 28)



Hablar desde una primera persona polivalente y construir un imaginario que evoca la tradición, le permite proclamar de una manera muy novedosa (aún hoy) la urgente necesidad de que las mujeres recibieran una formación universitaria y a la vez formular una queja, como la verbalizaron en el siglo XVI, la española María de Zayas, o en el XVII la novohispana sor Juana Inés de la Cruz al denunciar la perversa prohibición que les impedía a las mujeres estudiar.

En la dedicatoria que sor Juana Inés de la Cruz escribe encomendando sus escritos a don Juan de Orbe y Arbieto, editor del Segundo Volumen de sus obras, publicadas en España, se leen estas significativas palabras «... Y más cuando llevan la disculpa de ser obra, no sólo de una mujer, en quien es dispensable cualquier defecto, sino de quién nunca ha sabido cómo suena la viva voz de los maestros, ni ha debido a los oídos sino a los ojos las especies de la Doctrina en el mudo magisterio de los libros...» (p. 1). Así, Sor Juana verbaliza su agravio y se remite a la tradicional querella entre los sexos a la vez que formula una paradoja, al asumir con ironía el prejuicio hondamente asentado de la inferioridad femenina, esa flaqueza que tradicionalmente rebaja a las mujeres y, subraya además la imposibilidad que tenían en el siglo XVII para acceder a los estudios universitarios regulares, aunque en su caso particular, la monja exalte oblicuamente su ingenio y su capacidad para emprender un altísimo trabajo intelectual, del cual es prueba irrecusable su propia obra.

Woolf, nacida en 1882, hubiese podido asistir a Girton o a Newnham College, pero su padre, Sir Leslie Stephen, eminente figura política e intelectual en su tiempo, consideró normal, de acuerdo a una costumbre secular firmemente arraigada en las clases altas de Inglaterra, enviar a Thoby y Adrian, sus hijos varones, a Cambridge, pero a sus hijas Vanessa y Virginia las condenó a educarse parcialmente, como le sucedió a Sor Juana, «en el mudo magisterio de los libros»: Darles educación superior a sus hijas no era rentable, su destino natural era casarse, dedicarse al hogar y tener hijos. Hablar desde una primera persona polivalente y construir un imaginario que evoca la tradición, le permitía a Woolf proclamar de una manera muy novedosa, entonces y hoy, la urgente necesidad de que las mujeres recibieran una formación universitaria.

María de Zayas, la narradora contemporánea de Cervantes, autora de unas novelas ejemplares, mejor conocidas como Maravillas, el primer tomo, y Desengaños amorosos, el segundo, ya lo había manifestado:

«Quién duda lector mío, que te causará admiración que una mujer tenga despejo no sólo para escribir un libro, sino para darle a la estampa... Quién duda, digo otra vez, que habrá muchos que atribuyan a locura esta virtuosa osadía de sacar a luz mis borrones siendo mujer, que en opinión de algunos necios es lo mismo que una cosa incapaz».

(2004a: 159)



Virginia Woolf alude constantemente a su educación no formal, una educación a domicilio, carencia de la que adolecían la mayoría de las mujeres de su tiempo, dato que hasta hace poco tiempo parecía definitivo, pero no totalmente cierto: en el archivo de King's College de Londres se ha descubierto recientemente que Virginia y su hermana Vanessa asistieron al Departamento de Mujeres, cursando clases en griego y alemán durante unos años.

No puede decirse entonces que adolecieron totalmente de educación; su entorno familiar, muy rico intelectualmente, fue una especie de universidad a domicilio: su madre, famosa por su belleza, sirvió de modelo a Burns Jones, uno de los principales pintores prerrafaelitas, a quienes Woolf alude indirectamente en el primer capítulo de su libro, citando los versos de la poeta Christina Rosetti, la amada del pintor Dante Gabriel Rosetti; asimismo, durante su infancia y adolescencia y mientras vivió su padre, muy importantes intelectuales, escritores y toda clase de notables de su tiempo -entre los que se contaban los novelistas Henry James y Thomas Hardy-, se reunían en su residencia de Londres, o, durante los veranos, en la de St. Ives, época idílica narrada con nostalgia y maestría en To the Lighthouse (Al Faro).

Para abundar más en este tema, me gustaría mencionar su tercera novela, publicada en 1920, El cuarto de Jacobo. Se trata de una biografía muy ficcionalizada e indirecta de su hermano mayor, Thoby, muerto en 1906, después de un viaje a Grecia donde contrajo la fiebre tifoidea. Estudiante en Cambridge, fue quien introdujo a las Stephens al grupo de Bloomsbury; Thoby, compañero de estudios en Trinity College de Keynes, Bell, Grant, Forster, Lytton Strachey, Russell, Leonard Woolf, figuras determinantes en la vida afectiva, intelectual y escrituraria de Virginia, causante indirecto de su segunda educación informal, no rigurosa, ni documentada, vigilada o autoritaria, como la que hubiera tenido en la universidad, sino una más libre, personal y creativa. Definitivamente tampoco la que hubiera podido obtener en Girton o en Newnham, colegios donde se educaba a las estudiantes para ser maestras de precarias escuelas de educación media.

El miércoles 28 de noviembre de 1928, año en que terminaba de redactar este ensayo, Virginia escribe unas extraordinarias y sorprendentes palabras.

«Cumpleaños de mi padre. Mi padre hubiera debido cumplir hoy 96 años; 96, hoy, si, hubiera podido llegar a esa edad como otras personas a las que conocemos. Afortunadamente no fue así. Su vida hubiera terminado enteramente con la mía. ¿Qué habría sucedido? Ni escritura, ni libros: inconcebible» (sub. mío).

(A Writer's Diary, being extracts from the Diary of Virginia Woolf, edited by
Leonard Woolf, Nueva York, Harcourt Brace Jovanovich, inc.
1958, p. 135)



Flush es la biografía de un perro, un cocker spaniel, propiedad de Elizabeth Barret, personaje omnipresente en las cartas que la poetisa dirigía al que sería su marido, el poeta Robert Browning, y con quién, después de un matrimonio secreto, huiría a Italia para escapar de un padre tiránico y sobreprotector. Libro lúdico, en apariencia un pasatiempo escrito por la novelista para descansar de otros textos más importantes, más profundos, más serios, opinaba la crítica. El error consiste en afirmar que se trata de una improvisación: además de ser una obra de arte por la ingeniosa perspectiva que anima el relato y el siempre innovador lenguaje, escrito desde la perspectiva de Flush, pone en escena la extraña y divertida relación entre una pareja humana y un animal -el clásico triángulo amoroso trastrocado. Asimismo, una forma indirecta, una escritura en abismo de lo que habría podido ser su vida si ese padre que aún viviese en 1928, habría impedido a Virginia Woolf ser Virginia Woolf, un progenitor que decidió que sus amadas hijas no merecían recibir una educación formal.

Acudo a una frase de Flush para subrayarlo: «En Florencia se desconocía el miedo; no existían ladrones de perros, y -pensaría de seguro mistress Browning suspirando- no había padres».

¿Freud? Virginia Woolf lo conoció personalmente en 1938; Adrian, su hermano menor era psicoanalista, y James, el de su íntimo amigo Lytton Strachey, fue discípulo de Freud en Viena y su traductor y editor en Inglaterra.

- IV -

«... el animal más discutido del universo».

(p. 24)



De regreso a Londres, y en pos de la verdad, ese «aceite esencial», se dirige al Museo Británico, templo del saber masculino, dónde aún a las mujeres se le permite el acceso; consulta el catálogo, advierte con asombro la existencia de muy numerosos libros que denotan la obsesiva curiosidad masculina sobre el sexo femenino y como contraste la gran escasez de libros escritor por mujeres sobre mujeres: «¿Tienen idea de cuántos libros se escriben sobre mujeres en el curso de un año? ¿Tienen alguna idea de cuántos son escritos por varones? ¿Están conscientes de que ustedes son tal vez -subraya Mary Beton, como si continuase su charla en Fernham-, el animal más discutido en el universo» (p. 24).

Ese milenario y concurrido símil, la mujer vista como animal: «Señor, una mujer que compone es como un perro caminando sobre sus patas traseras, cita -explica Woolf- atribuida al Dr. Johnson» (p. 53). Aludiendo al tradicional estereotipo sobre la esencia de lo femenino que la iguala a los mamíferos que paren y amamantan, Woolf se vale de metáforas zoológicas para exhibir la milenaria empresa que el sexo fuerte ha emprendido en su esfuerzo por demostrar la superioridad natural del hombre sobre la mujer:

«Por eso Napoleón y Mussolini -sostiene Mary Seton-, insisten tanto en la inferioridad de las mujeres, porque si no fueran inferiores, dejarían de engrandecerse»

(p. 33)



Sí, son notables las constantes alusiones a los animales y su metaforización: el pez resbaladizo escurriéndose entre sus manos, símbolo del pensamiento que le suscita verlo, al llegar a Oxbridge, mientras espera la hora del almuerzo, sentada a la orilla del río, y qué, reflexiona, le ayudaría a encontrar ese «aceite esencial de la verdad» para comunicarla a las estudiantes de Girton College; asimismo, el gato sin cola, entrevisto desde la ventana del comedor de los varones, flagrante imagen de la violenta transformación de la sociedad inglesa después de la Primera Guerra mundial; la alusión a los cerdos, los caballos y los bueyes que pastaban entre las hierbas salvajes sobre lo que antes era Cambridge y esos mismos animales como accesorios indispensables para la construcción de los imponentes edificios de esa institución, elucubraciones que darán como resultado una insegura certidumbre en el intento de encontrar una respuesta consistente y definitiva, autoritaria, sobre el tema, «esas pepitas de oro...» que pudieran iluminarla. Para ello, para encontrarlas entre los incontables y sesudos trabajos que se acumulan en los estantes de la augusta biblioteca, usa de nuevo ese recurso: «... tendría que ser una manada de elefantes, pensé, y una selva de arañas, refiriéndome desesperadamente a los animales de mayor longevidad y con más ojos para hacer frente a todo esto. Necesitaría garras de acero y pico de bronce incluso para penetrar la cáscara» (p. 24).

Nada es tan simple, sin embargo, Woolf nunca recurre a soluciones binarias, su pensamiento jamás es maniqueo. La operación mental que durante siglos ha troquelado la imagen de la inferioridad femenina y la fuerza sobrehumana que necesitaría una mujer para combatirla y recuperar su identidad ha exigido asimismo una labor prometeica para los varones:

«Ellos también los patriarcas, los profesores, tuvieron dificultades interminables, terribles inconvenientes a los que enfrentarse. Su educación ha sido de alguna manera tan defectuosa como la mía. Les habían inculcado defectos tan grandes. Es cierto que tenían dinero y poder, pero sólo a costa de albergar en sus pechos un águila, un buitre, que les arrancaba el hígado y los pulmones, el infinito deseo de posesión, la rabia por la adquisición que los lleva a desear perpetuamente los campos y los bienes ajenos; a hacer fronteras y banderas, acorazados y gas venenoso, a ofrecer su propia vida y la de sus hijos».

(p. 35)



E insiste: «Necesidad secular de rebajar a la mujer para sentirse superior opera en los hombres como operaban las águilas con Prometeo, esa superioridad tiene un precio. Y esa superioridad hace posible las guerras y las estupideces que han definido al género humano...».

Idea que se reformularía en su ensayo Tres guineas (1938). Ensayo que pretendía responder a varias cartas de quienes, preocupados por la inminente guerra, le preguntaban qué podría hacerse para impedirla. Reflexión que continúa la iniciada en Un cuarto propio 10 años después: texto polémico y crucial sobre lo femenino, abiertamente pacifista, que insisto se producía en vísperas de la segunda Guerra Mundial y contra la amenaza del fascismo que desde tiempo atrás ella había vislumbrado, cuando en 1928 y en el libro que comento, se refería a Mussolini. En efecto, asumiendo su yo como la autora del ensayo, sin ficcionalizar su contenido como lo había hecho en su anterior libro, es una declaratoria de principios, denuncia la forma en que la sociedad patriarcal fomenta y propicia las guerras, y declara rotundamente que no es feminista, palabra que ya le parece trillada y poco clara, como muchos otros vocablos del idioma.

«Toda la iniquidad de la dictadura, sea en Oxford o en Cambridge, en Whitehall o en Downing Street, contra los judíos o contra las mujeres, en Inglaterra o en Alemania, en Italia o en España, es ahora aparente... Diferentes somos (las mujeres), según lo han demostrado los hechos, tanto en el sexo como en la educación. Y, tal como ya hemos dicho, de esa diferencia puede provenir nuestra ayuda, si es que ayudar podemos a proteger la libertad y prevenir la guerra...».

(p. 47)



Es difícil erradicar la ira...

- V -

«... era una ira disfrazada y compleja, no abierta y franca...».

(p. 30)



La ira, descubre Mary Seton, es el factor principal que subyace en la argumentación de los varones cuando pretenden probar su superioridad sobre el otro sexo. Lo confirma al leer los distintos volúmenes que al azar ha escogido en los anaqueles de la biblioteca del Museo Británico. Quiere entender esa verdad definitiva, sostenida y aceptada a lo largo de los siglos, por lo menos desde Aristóteles.

«La comparación con el cuerpo masculino pone en evidencia dos aspectos del cuerpo de las mujeres según el filósofo griego -escribe la historiadora Giula Sissa-; la equivalencia en la diversidad, pero sobre todo en la debilidad, el fracaso sistemático en relación con un modelo. Aristóteles diría que el cuerpo femenino es diverso del masculino según una regla del más y el menos (sub. mío). Esta manera cuantitativa (sic) de medir la desigualdad sexual no debe perderse de vista. Puesto que la diferencia según el más y el menos es para Aristóteles una categoría precisa, la que separa a un pájaro de otro pájaro -un gorrión de un águila, por ejemplo-, o a un pez de otro: es, en suma, la diferencia entre los animales que pertenecen al mismo genus [género]».

(p. 45)



Una falsa verdad, piensa Beton-Woolf, que se ha intentado probar de manera sofisticada, sofista, con pretensiones de verosimilitud científica y filosófica, debajo de la cual se esconde una diatriba furibunda. Mary lee y a medida que lo hace va trazando un retrato en el mismo papel donde pensaba transcribir las razones que le permitirían aceptar sin discutir su innata inferioridad y la de del resto de su sexo. El resultado: un retrato poco halagüeño, cruel y satírico, el reflejo, la traducción gráfica de la violencia que reproduce en espejo la que el mismo tratadista ha dejado traslucir al escribir su libro:

«Era la cara y la figura del profesor von X, dedicado a escribir su monumental obra La inferioridad mental, moral y física del sexo femenino. No era mi dibujo un hombre atractivo para las mujeres. Era de complexión fuerte, tenía una gran papada; para equilibrar tenía ojos muy pequeños; tenía la cara muy roja. Su expresión sugería que estaba trabajando bajo el efecto de una emoción que lo hacía pinchar su pluma sobe el papel como si estuviese matando algún insecto nocivo mientras escribía, pero como si no le satisficiera matarlo y estuviera obligado a seguir matándolo, y aún así, quedaba algún motivo de ira e irritación».

(p. 28)



La ira del profesor ha provocado la misma reacción en la lectora, ha respondido a esa ira dibujando asimismo un retrato iracundo, un retrato que ha dejado en su lugar un incendio: «ahora el profesor no era más que un leño ardiendo en Hampstead Heath» (p. 29).

Pero la ira ofusca, confunde, para apagarla se exige una reflexión imparcial y serena, inteligente:

«Pronto estuvo eliminada mi propia ira, pero la curiosidad permaneció. ¿Por qué estaban enojados? Porqué cuando me puse a analizar la impresión que dejaban estos libros siempre había un elemento de ardor. Ese ardor tomaba muchas formas: se manifestaba en la sátira, en el sentimiento, en la curiosidad, en la reprobación. Sin embargo, había otro elemento que estaba a menudo presente que no podía ser identificado de inmediato. La ira, la llamé. Pero era la ira que se había ocultado y se mezclaba con todo tipo de emociones, a juzgar por sus extraños efectos, era una ira disfrazada y compleja, no abierta y franca».

(p. 29)



Mary Seton sale de la biblioteca y almuerza en un pequeño restorán muy cerca del Museo (A Virginia Woolf le gustaba reproducir sus caminatas, esas caminatas que por las calles de Londres también hacía Mrs. Dalloway en la novela del mismo nombre). En el restorán comprueba, al revisar un periódico abandonado sobre la mesa, que los argumentos de los libros recién leídos se renuevan de manera igualmente solapada en las noticias que el diario ofrece. De nuevo le cedo la palabra a Woolf:

«El visitante más fugaz de este planeta, pensé que recogiera dicho periódico no podría dejar de ser consciente, incluso a partir de este testimonio disperso, de que Inglaterra está bajo el dominio de un patriarcado. Nadie en su sano juicio podía dejar de detectar el dominio del profesor. El suyo era el poder, el dinero y la influencia».

(p. 31)



Subrayo lo aparentemente obvio: El dinero es para Woolf un elemento indispensable, casi el único, para lograr la plena libertad de las mujeres. Al terminar de escribir el párrafo que he citado a medias, Mary Seton paga su almuerzo y con gran satisfacción observa que en su monedero hay una cantidad suficiente de dinero, el dinero que gracias a la herencia de su tía le otorga el derecho de almorzar sin necesidad de pedirlo a quien siempre lo ha tenido. No es inútil recordar aquí que Jane Eyre, la heroína de la novela de ese nombre, de Charlotte Brontë, también recibe una herencia inesperada en un momento de inflexión en la novela: 200 libras esterlinas que le permitirían vivir su vida sin necesidad de emplearse de nuevo como institutriz, el único trabajo posible para las muchachas instruidas pero pobres de la época victoriana, como le sucedió a la protagonista de la novela y en la realidad a la hermana menor de las Brontë: Ann. ¿Recordaría esta anécdota Woolf cuando redactó su ensayo?

En Tres guineas, publicada como antes dije en 1938, uno de sus argumentos más contundentes será ese:

«¿Habrá algo más pertinente que destruir una vieja palabra, una palabra brutal y corrompida que, en su tiempo, hizo mucho daño y que ahora ha caducado ya? Se trata de la palabra "feminista". Según el diccionario, esta palabra significa "quien defiende los derechos de la mujer". Como sea que el único derecho, el derecho a ganarse la vida, ha sido ya conquistado (sub. mío), la palabra ha dejado de tener significado».

Woolf se refiere probablemente al maniqueo uso que a menudo las feministas contemporánea suyas hicieron de su lucha, de la misma manera en que hoy la excesiva corrección política colinda con la intolerancia y a veces con la injusticia, como algunas acciones provocadas por el movimiento conocido como el Me Too. Es indudable que desgraciadamente las mujeres deben seguir siendo 'feministas', aunque muchas hayan logrado tener su cuarto propio y el equivalente actual a 500 libras esterlinas anuales.

Tener dinero propio apacigua la ira, insiste ella y así lo expresa en su ensayo:

«De hecho, pensé, deslizando la plata en mi bolso, es notable, recordando la amargura de aquellos días, el cambio de temperamento que provoca un ingreso fijo. Ninguna fuerza en el mundo puede quitarme mis quinientas libras... Por lo tanto no sólo cesan el esfuerzo y el trabajo, sino también el odio y la amargura. No necesito odiar a ningún hombre, no puede hacerme daño... Así que imperceptiblemente me encontré adoptando una nueva actitud hacia la otra mirad de la raza humana. Era absurdo culpar a cualquier clase o sexo, en su conjunto».

(p. 35)



Woolf habla desde su propia clase, es evidente. Y aunque su reflexión sigue siendo en muchos puntos cierta y admirable, apenas si toma en cuenta a las otras clases sociales, ni acepta el hecho de que además de gozar de la libertad de ganarse la vida, muchos otros de los derechos de los que la mujer carece no se habían logrado más que parcialmente en su tiempo y siguen sin lograrse ahora, en particular el que quizá sea unos de los derechos más esenciales, el derecho a tener libertad de decidir sobre el propio cuerpo y el derecho a no soportar la violencia que a menudo la otra mitad de la humanidad suele ejercer sobre el otro sexo, violencia conocida ahora como la violencia de género: «En la realidad, como el profesor Trevelyan señala, las mujeres fueron encerradas, golpeadas y arrojadas a su habitación» (p. 41).

Me detengo aquí antes de continuar analizando este importante ensayo: la ira que no cesa debiera eliminarse para lograr un raciocinio más equilibrado y claro en esta especie de discurso feminista. Además, como Woolf misma asegura, tomando como ejemplo a una posible escritora del siglo XVIII, la ira contamina el discurso y la escritura, «pues si sujeta a la adversa situación a la que se conminaba a las mujeres..., estaría perturbada por emociones extrañas, como el miedo y el odio, y sus poemas mostrarían indicios de esa perturbación».

Pero es difícil aplacar la rabia, mientras lo que la produce siga produciéndose No podría continuar analizando este texto si no reproduzco unas palabras de Walker, la escritora negra estadounidense (aunque debiera decir, según la corrección política, la escritora de color):

«Virginia Woolf, en su obra Un cuarto propio, escribió que para que una mujer escribiese ficción necesitaba poseer dos cosas, ciertamente: un cuarto propio (con su llave y su cerradura) y suficiente dinero para mantenerse a sí misma. ¿Qué hacer pues con Phillis Wheatley, una esclava, que ni siquiera se poseía a sí misma? Esta enfermiza y frágil mujer negra que a veces requería un asistente propio dada la precariedad de su salud, fue alguien quien, de haber sido blanca, habría sido fácilmente considerada la intelectual superior de todas las mujeres y la mayoría de los hombres de la sociedad de su tiempo».

Y yo me pregunto, tautológicamente, ¿pueden hoy todas las mujeres del mundo disponer de su propio cuerpo?

- VI -

«Habría sido muy extraño que una mujer hubiera escrito de pronto las obras de Shakespeare...».

(p. 43)



María de Zayas y sor Juana Inés de la Cruz, así como otras mujeres que se atrevieron a escribir en otros siglos, consideraron necesario legitimar su escritura, estableciendo una genealogía de mujeres ilustres para justificarse e insertarse en ella.

«Y cuando no valga esta razón para nuestro crédito, explica doña María, en el siglo XVI, valga la experiencia de las historias, y veremos lo que hicieron las que por algún accidente trataron de buenas letras, para que no baste para disculpa de mi ignorancia, sirva para ejemplo de mi atrevimiento. De Argentaria, esposa del poeta Lucano, refiere él mismo, que le ayudó en la corrección de los tres libros de la Farsalia (sic) y le hizo muchos versos que pasaron por suyos. Temistoclea, hermana de Pitágoras escribió un libro doctísimo de varias sentencias. Diotima fue venerada por Sócrates por eminente. Aspano hizo muchas lecciones de opinión en las Academias. Eudosa dejó escrito un libro de consejos políticos, Cenobia, un epítome de la Historia Oriental, y Cornelia, mujer de Africano, unas epístolas familiares de suma elegancia».

(2004a: 160, sub. mío.)



Zayas se reclamaba heredera de una pléyade augusta de mujeres letradas de la antigüedad griega y romana, tradición reiterada en el siglo XVII por sor Juana Inés de la Cruz en la Nueva España, quien, recriminada por el obispo Fernández de Santa Cruz por descuidar sus deberes como religiosa y escribir literatura profana: sonetos, décimas, romances, comedias, villancicos, loas, autos sacramentales, y sobre todo un tratado teológico La Carta Atenagórica, compone una extensa lista de escritoras notables de la misma tradición a la que aludía doña María:

«Veo a una Pola Argentaria que ayudó a Lucano, su marido, a escribir la gran Farsalia. Veo a Cenobia, reina de los palmirenses, tan sabia como valerosa. A una Areté, hija de Aristipo, doctísima. A una Nicostrata, inventora de las letras latinas. A una Leoncia, griega, que escribió contra el filósofo Teofrasto y le convenció... A una Jucia, a una Corina, a una Cornelia..., para agregar después a esta lista, los nombres y obras de numerosas santas que osaron asimismo escribir sobre cosas sagradas»

.

(p. 401, t. IV, O. C.)



Woolf empieza su propia lista con una escritora del siglo XVII, Lady Winchelsea, no sin antes manifestar su asombro de que en el siglo XVI, el siglo de Shakespeare, no se registrase ninguna destacada escritora; inventa entonces a Judith, ficticia hermana del gran dramaturgo, a la que por las condiciones sociales de la época le habría sido imposible escribir obras de teatro, empezando por el hecho de que en el teatro isabelino no había ni siquiera actrices y los papeles femeninos eran representados por varones, en tanto que en la España del mismo período Ana Caro, Angela de Acevedo, Leonor de la Cueva y la propia María de Zayas produjeron varias comedias de enredo para el teatro de los Siglos de Oro y, además, en el teatro los papeles femeninos eran representados por actrices, algunas muy notables.

Woolf advierte asombrada en una nota al pie de página que...: «Sigue constituyendo un hecho extraño y casi inexplicable que en la ciudad de Atenas, donde las mujeres llevaban una vida casi tan recluida como en Oriente, de odaliscas o esclavas, el teatro haya producido personajes como Clitemnestra y Casandra, Atosa y Antígona, Fedra y Medea y todas las demás heroínas que dominan todas las obras del "misógino" Eurípides. Pero la paradoja de ese mundo, donde en la vida real una mujer respetable casi no podía mostrarse por la calle y en cambio en las tablas la mujer igualaba o incluso sobrepasaba al hombre, nunca ha sido explicada de modo satisfactorio. (p. 41).

En la fábula creada por la escritora, Judith Shakespeare huye de su casa, va a pie hasta la capital a buscar fortuna, llega a las puertas de El Globo, es recibida por Nick Green, el dramaturgo-empresario que se conmueve y la acepta, pero no le permite, como era de esperarse, ser actriz, en cambio, la embaraza. El desenlace, obvio y previsible: la joven tan talentosa como su hermano, pero incomprendida, se suicida: estaría enterrada en una famosa esquina de la ciudad de Londres.

En el siglo XVI, se extraña Woolf, no hay testimonio alguno de que las mujeres escribieran cartas, si es que sabían hacerlo o las dejaban escribir. Sabemos sin embargo que en las altas clases, las mujeres eran letradas y poliglotas como la misma reina Elizabeth, con todo Woolf no las menciona. Habrá que esperar al siglo XVII, piensa, en el que Dorothy Osborne, «sensible y melancólica» que «no escribió nada, las cartas no contaban» (p. 55), demuestra una curiosa habilidad para describir escenas cotidianas como las que más tarde la propia Virginia relataría en Mrs. Dalloway. Me sorprende aquí que no mencionara a la extraordinaria Mme. de Sevigné, asimismo del siglo XVII, cuya correspondencia con su hija fue tan admirada por Proust, autor a la vez tan admirado por Woolf, si no fuera porque la genealogía de Woolf es predominantemente inglesa...

Retomemos el hilo: Lady Winchelsea, nacida en 1661, noble, sin hijos y poeta, buena poeta, a juzgar por los versos del poema que Virginia incluye, será su primera antecesora. Sin embargo, aunque reconoce que algunos de esos versos son de alta poesía, la ira, la amargura de haber sido incomprendida y hasta vilipendiada por leer, pensar y escribir en lugar de administrar su casa, le impide a Winchelsea alcanzar esa «incandescencia» que para la novelista es la cualidad esencial del gran poeta: «Si alguna vez existió una mente incandescente, sin impedimentos, pensé, fue Shakespeare» (p. 53).

Argumento constante en el texto: la ira enturbia cualquier escritura y es un obstáculo para lograr la «incandescencia».

Sigue Margaret, duquesa de Cavendish, «fantástica e impetuosa», la primera mujer que ingresó a la Royal Society de Londres, a pesar de su escasa formación y, como Lady Winchelsea, sin hijos y casada «con el mejor de los maridos», pero muy distinta a ella, y que decidió ser poeta, cuando en realidad, cree Woolf, habría debido ser solamente científica.

De repente el entusiasmo, aparece Aphra Behn, «... con ella doblamos en una esquina muy importante del camino. Dejamos atrás, encerradas en sus parques a esas solitarias grandes damas que escribieron sin público ni críticas, únicamente para su propio deleite. Llegamos a la ciudad y nos codeamos con la gente común y corriente en las calles. Aphra Behn era una mujer de clase media con todas las virtudes plebeyas de humor, vitalidad y coraje: una mujer obligada por la muerte de su marido y algunas desafortunadas aventuras propias a ganarse la vida con su ingenio. Tenía que trabajar con igualdad de condiciones que los hombres. Logró, trabajando muy duro, lo suficiente para vivir...». Gran contraste: libertad y desenfado de las mujeres comunes y corrientes, esclavitud de las mujeres nobles, enclaustradas en los extensos espacios de suntuosas propiedades y la melancolía de una escritura solitaria. Asimismo, una cólera soterrada, sin repercusiones ni crítica, excepto la de quienes, asombrados e indignados, se burlaban o las reprimían porque deseaban incursionar en el terreno vedado de lo masculino.

Admiración sin límites y recurrente, expresada por la autora en el párrafo que citaré a continuación: «Porque ahora que Aphra Behn lo había hecho, las muchachas podían ir con sus padres y decirles: "No necesitas darme dinero, puedo ganármelo con mi pluma"» (p. 60).

Sí, ganar su propio dinero y tener un cuarto propio era un acto heroico en el siglo XVII, sí, Aphra Behn fue la primera mujer que vivió profesionalmente de su escritura en Inglaterra, hazaña que habían logrado en el XVI y el XVII Zayas y Sor Juana: «La importancia de este hecho supera cualquier cosa que ella haya escrito -subraya Woolf-, incluso el espléndido Mil mártires he hecho o El amor es el más espléndido triunfo» (Love in fantastic triumph sat). Hija de un humilde barbero, casó con un rico comerciante cuya muerte fue misteriosa; para sobrevivir, Behn trabajó como espía a sueldo del rey Carlos II, de quien se dice fue amante, entre muchos otros más, pues también fue célebre por su vida licenciosa. Una verdadera biografía novelesca1. Entre otros datos notables estaría su viaje a la Guayana Holandesa, acontecimiento dramatizado en su novela Orinoco o El esclavo real, presumiblemente una de las primeras obras antiesclavistas. Aphra Behn escribió cerca de 15 obras de teatro, quince novelas y cuentos De manera tajante Woolf declaró en algunos de sus múltiples ensayos: «Todas las mujeres juntas deberían ir a lanzar flores sobre la tumba de Aphra Behn, fue ella quien les enseñó que tenían derecho a permitir que sus mentes hablasen».

He acumulado noticias sobre esta interesante figura, pero antes de visitar a las grandes escritoras de la época victoriana, a quienes Virginia dedica numerosas e interesantes páginas, quisiera agregar algunos datos más. Woolf fue muy afecta a escribir cartas, su correspondencia publicada póstumamente de manera episódica y gradual abarca muchos y enormes volúmenes. No es extraño por ello la decepción que le causa la ausencia de correspondencias femeninas en el Londres de la época isabelina, aclara asimismo su interés por Dorothy Osborne y sus vívidas cartas. Behn fue una de las primeras, sino la primera en Inglaterra por escribir novela epistolar, ese género en el que la trama corre a cargo de dos o varios personajes que dialogan por escrito, género muy popular en el siglo XVIII; un ejemplo privilegiado: las novelas epistolares de Richardson, Pamela y Clarissa, que tan grande influencia tuvieron en cuanto a su forma en Francia, en la escritura de Las relaciones peligrosas de Choderlos de Laclos o en La nouvelle Heloise de Rousseau, género ya antes explorado también en la Francia del XVII por Guilleragues en su famosa novela Las cartas de la religiosa portuguesa, donde solo hay un interlocutor, el ingrato amante de la monja.

La maledicencia que acompañó la vida de Behn, debido a la libertad y osadía de su conducta, apunta hacia otro tema que Woolf hubiera querido plantear ante las estudiantes de Cambridge, tema visitado en los siglos anteriores al XIX, antes de que se instaurara la moral que permeará las costumbres de la Inglaterra victoriana: «Ese tema tan interesante, el valor que los hombres dan a la castidad de las mujeres y su efecto en la educación, se sugiere aquí para someterlo a discusión, y podría ser la base de un libro interesante si alguna estudiante de Girton y Nenham se interesara en el asunto» (p. 60, 61).

Ni Jane Austen ni las Brontë ni George Eliot habrían podido escribir sin sus predecesoras, sostiene Woolf, como tampoco Shakespeare habría podido hacerlo si no lo hubieran precedido Marlowe y Chaucer. Dato privilegiado por Woolf: después de Aphra Behn escriben las mujeres de la clase media ¿no fue decisivo para ello la revolución industrial que les permitió gozar de más tiempo libre, aprender a leer y a escribir, como jamás antes no habían podido hacerlo?

Jane Austen nunca tuvo para escribir un cuarto propio: «... escondía sus manuscritos o los cubría con papel secante» (p. 63), «si una mujer escribía tenía que hacerlo en la sala de estar común...» (p. 63), sujeta a toda clase de interferencias e interrupciones y yo me pregunto, exclama asombrada la novelista, desde la encumbrada posición de su propia clase: «la formación literaria que una mujer tenía a principios del siglo XIX era la formación en la observación del carácter, en el análisis de la emoción. Su sensibilidad había sido educada durante siglos por las influencias de la sala de estar común» (p. 63).

De nuevo Woolf manifiesta su asombro: «Ese fue, quizá, el principal milagro. Aquí estaba una mujer de principios del siglo XIX escribiendo sin odio, sin amargura, sin miedo, sin protestas, sin predicar» (p. 64): ¿Woolf se desdice? ¿Era posible entonces que las mujeres escribieran careciendo de una habitación propia y con muy poco dinero a su disposición? ¿Austen, el ejemplo más perfecto y contundente?

Charlotte Brontë en cambio, con más genio probablemente que Austen, no alcanza totalmente su objetivo, piensa Woolf, refuerza su argumento: «... la amargura, la frustración entorpecen el relato» (p. 69), «... está claro que la ira estaba interfiriendo en (su) integridad como novelista»; y remata: «No pude evitar pensar por un momento en lo que habría sucedido si Charlotte Brontë hubiese poseído, digamos, trescientas libras al año...» (p. 66).

George Eliot se salva, pero a costa de estar aislada por su vida irregular, amante de un hombre casado. Y obviamente también Emily Brontë ¿cómo podría no reconocerlo?: «Qué genio, qué integridad, debe haber requerido para hacer frente a todas esas críticas, en medio de esa sociedad puramente patriarcal, para aferrarse a la cosa tal como la veían sin retroceder. Sólo Jane Austen y Emily Brontë lo hicieron. Escribieron como escribieron las mujeres, no como escribieron los hombres. De todas los miles de mujeres que escribieron novelas entonces, sólo ellas ignoraron por completo las perpetuas amonestaciones del eterno pedagogo, escribe esto, piensa aquello» (p. 70).