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61

[«ella» falta en el original. (N. del E.)]

 

62

[«en» en el original. (N. del E.)]

 

63

El valiente Juan Felton no huyó después de consumada su hazaña, sino que se retiró tranquilamente a su casa, donde le prendieron a los dos días. Preguntado, -dice Fray Diego de Yepes en su Historia de la persecución en Inglaterra-, si sabía quién había sido el autor de aquellas letras, respondió estas palabras: «Por libraros de la solicitud y cuidado que tendréis de saber quién hizo esto, digo y confieso que yo fui el que procuré que las dichas letras se pusiesen y fijasen en aquel puesto y lugar».

Con esto dieron a Felton por traidor los jueces, y lo sentenciaron a muerte; y a los ocho días del mes de agosto, cuando lo querían sacar a ajusticiar, desnudándose en el zaguán de la cárcel el vestido de terciopelo que tenía puesto, dijo al pueblo que estaba presente que él moría por la Fe católica, porque confesaba el Primado del Sumo Pontífice y negaba que la pretendida reina fuese cabeza de la Iglesia. Luego le echaron en el serón donde les llevan arrastrando, y clavando los ojos en el cielo, dijo con gran devoción y fervor los salmos penitenciales. Y llegando al lugar de la horca, le hicieron alzar del serón, y reconociendo en sí algún espanto y pavor de la muerte, habló consigo mismo, y dijo: «Felton, ¿qué es esto? ¿Por ventura temes la muerte?» Después le mandaron subir la escalera, y teniendo frontera la puerta en que había fijado la sentencia de Pío V, extendió hacia ella la mano, y dijo: «Verdaderamente que yo puse allí las letras del Sumo Pontífice contra la pretendida reina, y ahora estoy aparejado para morir por la Fe de Cristo». Interrumpiéronle los presentes y le aconsejaron que pidiese perdón a la Reina; mas él les dijo: «Yo no la he ofendido, y si alguno está de mí agraviado, le pido perdón a él y a todo el mundo». Y con esto, levantando los ojos al cielo, y encomendando a Dios su fiel alma le echaron el cordel al cuello y lo derribaron de la escalera. Después de haber estado un rato colgado, le mandaron cortar la cuerda para que, vivo, padeciese los demás tormentos; pero el que hacía este oficio dicen que se detuvo un rato, compadeciéndose de él, porque no sintiese tanto la muerte. Empero apretando en ello la justicia, lo derribaron en tierra vivo, y habiéndole abierto el pecho, le sacaron el corazón y las entrañas, y cortáronle la cabeza, y del cuerpo hicieron cuatro cuartos. (N. del A.)

 

64

[«más» falta en el original. (N. del E.)]

 

65

El conde de Northumberland, Tomás Perey, fue entregado al fin, algún tiempo después, a la reina de Inglaterra por el conde de Morton, y mandado decapitar por aquélla el 22 de agosto de 1572. Su muerte fue la de un verdadero mártir de Jesucristo, proclamando en el cadalso la santa Fe católica por que moría, con grande valor y firmeza, perdonando a todos los enemigos que le habían vendido y entregado, y previniendo al pueblo contra las asechanzas de los ministros de la herejía. «Guardaos, hermanos muy amados, -les dijo-, de estos lobos de rapiña, que vienen a vosotros con trajes de ovejas, y son los que os despedazan las almas». (N. del A.)

 

66

[«y Norfolk» falta en el original. (N. del E.)]

 

67

[«la» falta en el original. (N. del E.)]

 

68

[«gente» en el original. (N. del E.)]

 

69

Don Bernardino de Mendoza era hijo del conde de Coruña, D. Alonso Suárez de Mendoza, y tercer nieto del primer marqués de Santillana, el famoso D. Íñigo López de Mendoza. Distinguiose D. Bernardino en primera línea, como militar, en sus campañas de Flandes; como diplomático, en sus embajadas de Inglaterra y Francia, y como escritor, conquistando con sus obras, y muy en especial con sus Comentarios de las guerras de los Países Bajos, un lugar preferente entre los clásicos españoles. D. Bernardino fue siempre entusiasta defensor de María Estuardo, y prestó grandes servicios a su causa, así en Inglaterra como en Francia. Días antes de morir la infortunada reina de Escocia, escribió a Mendoza una cariñosa carta despidiéndose de él y enviándole como postrer recuerdo un rico anillo con un brillante, regalo del duque de Norfolk. D. Bernardino de Mendoza murió en edad muy avanzada en el monasterio de San Bernardo de Madrid, donde se había retirado después de perder por completo la vista. (N. del A.)

 

70

Consta todo en los despachos de D. Bernardino de Mendoza a Felipe II, conservados en el archivo de Simancas. El Rey Católico aprobó en absoluto la conducta de su embajador, y en carta escrita de su mano le decía: «... Y la respuesta que los distes, la qual fué la que convenía y me ha parescido muy bien, y que os havéis gobernado en la salida con la misma cordura y fecho que en todo lo demás que se offresció durante vuestro estado en aquel reyno, de que quedo yo con vos con entera satisfacción y de vuestros buenos servicios, de los quales mandaré tener la quenta y memoria que es razón». (N. del A.)