71
Este conde de Northumberland llamábase Enrique Percy, y fue hermano y heredero del otro conde de Northumberland, Tomás, decapitado por Isabel en 1572. En vano trataron de envolverle en la imaginaria conspiración de Trockmorton, y prolongose su prisión por largo tiempo, hasta que una mañana de julio de 1585 apareció muerto en su prisión de un escopetazo que le atravesaba los riñones y un muslo. Los herejes hicieron correr la voz de que se había suicidado; pero para todos, amigos y contrarios, resultó patente el asesinato. (N. del A.)
72
Felipe Howard, conde de Arundel, era el hijo mayor y heredero del duque de Norfolk, decapitado en 1572 por su conspiración en favor de María Estuardo. Prolongose la prisión de Arundel hasta el año de 1589, en que le acusaron de haber hecho decir una misa por el feliz éxito de la armada que envió Felipe II contra Inglaterra. Los veinticuatro lores que componían el jurado preguntaron a los jueces si era caso de traición el haber encomendado a Dios la Armada de España, y como los jueces contestasen que lo era, y tomasen sobre sus conciencias la sentencia, le declararon traidor y le condenaron a muerte.
«Hecho esto, -dice Fr. Diego de Yepes-, como le llevaban del tribunal a la cárcel, el pueblo, que estaba aguardando que le diesen por libre, según la voz que corría por toda la ciudad de su inocencia, viendo que salía con un verdugo delante que llevaba un hacha vueltos los filos hacia él (que es allá señal de condenación), dieron voces y gritos que se oyeron muy lejos, diciendo con lágrimas que era gran lástima que un hombre tan notable como él y tan benemérito de la República se condenase a muerte en la flor de su edad, solamente por haber mandado hacer oración a su intención. Luego, en virtud de esta sentencia, se enviaron comisarios a todas las partes del reino a confiscar sus bienes, que eran muy grandes; de suerte que hizo a todos grandísima lástima ver a un señor tan rico y poderoso despojado de tan grande hacienda, sin culpa suya y sin que quedase a su mujer e hijos con qué sustentarse; los cuales pasaron mucha necesidad y pobreza durante la vida del conde, a quien dilataron el martirio (que así se puede llamar), no por favorecerle, sino por gozar de su hacienda más tiempo, sabiendo que por ser vinculada había de volver a su hijo, después de sus días. Estando, pues, el conde preso y condenado, y entendiendo que los herejes habían publicado que lo estaba por grandes traiciones contra la Corona, para dar más entera noticia, así la carta que sigue. «Habiéndome Dios, por su infinita bondad y misericordia, llamado (aunque indigno) a dar testimonio de su santa Fe Católica, Apostólica y Romana, me ha parecido dar noticia con esta carta mía, a todos los católicos y a otros quela vieren, que estoy aparejado a dar mi vida y sangre por ella, cuando Dios fuere servido; no preciándome tanto de ninguna cosa en este mundo, como de ser hijo fiel y obediente de la Iglesia Romana, y que todos me tengan por tal; y aunque mis contrarios (según su costumbre) no dejen de manchar mi inocencia con muchas calumnias, protesto delante de Dios y de todos sus santos, que nunca cometí, ni intenté ninguna traición, ni crimen de lesa majestad, y la sola causa de mi condenación es la Fe Católica que, mediante Dios, profesaré mientras viviere, y por ella daría de buena gana mil vidas si tantas tuviese; aprobando todo lo que aprueba el santo Concilio de Trento y condenando todo lo que condena; y esto deseo que todos entiendan de mí y no crean los falsos rumores que suelen publicar los contrarios, sino que, como Cristo es único consuelo de mi vida, así me se dará grandísima ganancia morir por su nombre. Dios el Padre de misericordia y Dios de toda consolación dé a su Iglesia paz, a mis enemigos caridad y arrepentimiento, a mí constancia y firmeza en su santa Fe Católica. Amén. -Humilde hijo de la Iglesia católica, FELIPE HOWARD».
»Después de esto vivió en la cárcel con mucho ejemplo de piedad y devoción, castigando ordinariamente su cuerpo con cilicios y ayunos, y repartiendo las horas del día con gran concierto, señalando las unas para la oración y las otras para la lición de buenos libros, y lo demás del tiempo empleaba en ejercicio corporal para la conservación de su salud: iba también enderezado al servicio de Dios y bien del prójimo, porque gastaba tres o cuatro horas cada día en moler con un molino de mano cierta cantidad de trigo que hacía comprar para este efecto, y de la harina mandaba hacer pan para los pobres; y fue continuando esta manera de vida siete u ocho años, hasta que, consumido casi el cuerpo con vida tan áspera y penitente y la incomodidad de la cárcel, finalmente dio su santa alma al Señor con grandísimas muestras de alegría y contento en toda su postrera enfermedad, y mayormente en la muerte, notable edificación de los que se hallaron presentes a ella y de todos los católicos del reino, y no menos confusión a sus contrarios». (N. del A.)
73
Amyas Paulet era de una antigua e ilustre familia del Condado de Sommerset. Su padre, Guillermo Paulet, murió a los noventa y siete años, dejando ciento tres descendientes. Había ocupado grandes puestos durante los reinados de Enrique VIII, Eduardo VI, María e Isabel; y como le preguntasen un día de qué manera había podido mantenerse siempre en favor durante cuatro reinados tan fecundos en persecuciones y revoluciones políticas y religiosos, contestó con el mayor cinismo: Siendo sauce y no encina. (N. del A.)
74
[«-tadas, en la ma-» falta en el original. (N. del E.)]
75
El Dr. Guillermo Allen nació en Roszal, condado de Lancaster, y en 1558 era canónigo de York. Viose obligado a huir a los Países Bajos cuando las persecuciones de Isabel, y explicó Teología sucesivamente en Lovaina y Malinas. Obtuvo luego un canonicato en Reims, y allí se puso al frente del famoso Seminario inglés y de la reacción política y religiosa que desde Francia combatía a la Reforma en Inglaterra. El papa Sixto V premió sus grandes servicios a la Iglesia católica, haciéndole cardenal en 1587, y murió en Roma, en 1594, a los setenta y tres años. (N. del A.)
76
D. Bernardino de Mendoza, que conoció a Babington en Londres, escribía de él a Felipe II: «Babington es mozo muy católico, de grande espíritu y de buena casa». (N. del A.)
77
[«madera» en el original. (N. del E.)]
78
Guillermo Weston era inglés de nación y entró en la Compañía de Jesús en Roma, en 1575. Hizo sus estudios en España, primero en Montilla y luego en Córdoba, y se ordenó de sacerdote en Cádiz. A la muerte del santo mártir Edmundo Campiano, fue llamado a Inglaterra por el P. Roberto Parsons, sucesor de éste, y entonces fue cuando trocó su nombre de Guillermo por el de Edmundo, en reverencia del santo mártir. Preso en la Torre de Londres, asistió allí a Babington y a sus compañeros, y más tarde al conde de Arundel, su grande amigo, el cual le dejó al morir el breviario que usaba. A la muerte de Isabel fue puesto en libertad el P. Weston y expulsado de Inglaterra, después de diecisiete años de cautiverio. Murió en Valladolid el 9 de abril de 1615, a los setenta y cinco años. (N. del A.)
79
[«a» falta en el original. (N. del E.)]
80
El P. Weston, que, como dijimos en una nota anterior, estuvo preso en la Torre de Londres al mismo tiempo de Babington y sus compañeros, asegura que éstos confesaron espontáneamente su intento de libertar de la cárcel a María Estuardo; pero que ni el tormento ni la muerte pudieron arrancarles una sola palabra que le comprometiera a él en la conspiración descubierta, a pesar de los esfuerzos que para ello hizo Walsingham... Y si tan heroico comportamiento supieron guardar con respecto a un pobre jesuita, a quien sólo debían algunos auxilios espirituales, ¿cómo es posible que aquellos ilustres caballeros y generosos corazones vendiesen y calumniasen tan villanamente a la desdichada reina, por quien morían con entusiasmo?
He aquí las textuales palabras del fiel y sabio cronista del P. Weston: Nec quidquam artium, omisit Walsingamus, ut conspirationis istius reum perageret Westonum; hinc cum per eos dies, 13 nobiles viros cum Antonio Babingtono cepisset, quos scelestissima prius ante per duos emissarios itidem nobiles catholicam fidem mentientes, in conspirationem ad eripiendam carcere Mariam Stuartam induxerat, nullis tamen equulei tormentis, conjurationem ultra fatentibus, extorquere ab iis potuit, vestonum in aliquam ejus partem conscium venisse, etiam dum extremo perduellium supplicio damnatis, vivis evellerentur vitalia, et quadrifariam scinderentur. (N. del A.)