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Este La Ruhe era un religioso dominico, francés, que fue confesor de María Estuardo todo el tiempo de su permanencia en Escocia, hasta el cautiverio de Lochleven. (N. del A.)
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[«1585» en el original. (N. del E.)]
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Pomponne de Belliére era entonces uno de los hombres de Estado más importantes que había en Francia: acompañó a Enrique III a Polonia durante el tiempo que ciñó éste la Corona de aquel reino, y desempeñó después importantes embajadas. Fue más tarde canciller de Francia, en tiempo de Enrique IV, y murió en 1607, a la edad de setenta y ocho años. (N. del A.)
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Staffort era hermano del embajador de Inglaterra en París, por aquel tiempo, e hijo de lady Staffort, dama de honor de la reina Isabel hacia más de veintitrés años. De acuerdo Staffort con un tal Moody, preso por deudas, acusaron al embajador Châteauneuf y a Destrappes, agregado a la misma Embajada de Francia, de haber hecho proposiciones al tal Moody, para asesinar a la reina Isabel. Destrappes fue encerrado en la Torre y Châteauneuf expulsado de Londres. Cuatro meses después, por mayo de 1587, muerta ya María Estuardo, la reina Isabel vio por primera vez a Châteauneuf después de estos sucesos, y tomándole del brazo, le dijo riéndose: Voici notre homme qui m'a voulu faire tuer. Díjole luego que harto sabía ella que el complot en que le habían mezclado no era sino pura invención de dos desvergonzados bribones, Staffort y Moody, que querían sacar dinero; díjole, también que reconocía la inocencia de Destrappes, y que ya estaba en libertad y podía volver a Francia, y añadió riéndose y en son de broma: J'ay sceu qu'il veult suivre le barreau de Paris. Je suis marye de lui avoir causé ce mal, car il m'en vouldra toute sa vye. Mais vous luy direz que je ne crois pas jamais plaider un procés á Paris ou il se puisse venger du tort que je luy ay faiet. Así lo refiere textualmente el mismo Châteauneuf, en su carta a Enrique III del 13 de mayo de 1587. (N. del A.)
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Nicolás Davisson fue la víctima sobre que descargó la pérfida hipocresía de Isabel toda la odiosa responsabilidad de aquel crimen. He aquí cómo refiere el historiador protestante Robertson la repugnante comedia con que quiso terminar Isabel la tragedia de Fotheringay: «Isabel, -dice-, afectó la mayor sorpresa y el más vivo dolor al tener noticia de la muerte de María. Lágrimas, sollozos, lamentaciones, aparatosos lutos; nada omitió para disfrazar sus verdaderos sentimientos y aparentar lo contrario. Considerando todo lo que hizo para deshacerse de la reina de Escocia, espantan su hipocresía y sus artimañas. Fingió que las instancias de sus consejeros privados le arrancaban la orden de someter a María a un tribunal; fingió detener la publicación de la sentencia, hasta que las dos cámaras del Parlamento se lo suplicaron por dos veces; y sólo con grandes muestras de fingida repugnancia consintió en firmar la orden para la ejecución. Esta odiosa comedia debía terminar con una bellaquería aún más sorprendente y atrevida. Empeñose en hacer creer a la Europa que María había sido decapitada sin saberlo ella y contra su voluntad; y Davisson, que no sospechaba este intento de Isabel, ni el peligro que él mismo corría, fue a la vez el instrumento y la víctima de esta desvergonzada impostura. Como secretario de Estado, fue obligación suya presentar a la firma de la Reina la orden para la ejecución, y por mandato de ella misma la llevó en seguida al sello del gran canciller. Mas Isabel afirmó con el mayor descaro que había prohibido a Davisson comunicar el documento a persona alguna viviente, y mandádole no dejarlo salir de sus manos sin nuevo y expreso mandato. Declaró que, desobedeciendo Davisson este mandato, había dicho a varios ministros que ya estaba firmada la orden, y de acuerdo con ellos, había reunido el Consejo privado, el cual, a escondidas de ella y sin su consentimiento, había expedido la orden y dado poder a los condes de Shrewsbury y de Kent para hacerla ejecutar. Negó Davisson todos estos hechos y difícil era no reconocer la verdad de su defensa. ¿Cómo era posible, en efecto, que el Consejo privado de Isabel, compuesto de sus más íntimos paniaguados, sus ministros y sus favoritos pudiese reunirse para tratar de un asunto de semejante importancia en el mismo recinto de palacio sin conocimiento de ella y contra su voluntad? A pesar de todo, Isabel llevó la perfidia hasta el punto de desterrar de su presencia, en un acceso de rabia y fingido dolor, a la mayor parte de sus consejeros privados; y con tal rigor trató en particular a Cecil, que éste se creyó obligado a presentar la dimisión de todos sus cargos. Davisson fue privado de su destino y preso en la Torre de Londres, y juzgado muy poco después de la Cámara Estrellada. condenáronle a pagar una multa de 10.000 libras esterlinas y a permanecer preso mientras placiese a la Reina. En esta prisión sufrió muchos años, sin que volviese a recobrar nunca ni favor ni privanza. Así fue como, para disimular el crimen que había cometido, inmolando a la reina de Escocia a sus celos y temores, no tuvo Isabel escrúpulo en cometer otro crimen, sacrificando el honor, la fortuna y la libertad de uno de los hombres más hábiles y más virtuosos de su reino». (N. del A.)
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El Dr. Ricardo Fletcher, deán de Petersboroug, era desde 1581 capellán de la reina Isabel, y uno de los ministros herejes que atizaban de continuo en el ánimo de ésta su odio contra los católicos. La Reina premió sus pérfidos esfuerzos por turbar la última hora de la desdichada María Estuardo, haciéndole obispo de Bristol y más tarde de Worcester. Perdió luego la gracia de Isabel por haberse casado en segundas nupcias con la viuda de sir John Baker, y murió repentinamente en Londres en 1596, atribuyéndose su muerte al uso inmoderado del tabaco. De este Fletcher fue hijo el autor dramático, Juan Fletcher, que, en colaboración con Beaumon fundó la comedia de intriga en Inglaterra. (N. del A.)
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Esta cruz de oro, cuya exacta fotografía va al frente del presente libro II, pertenece en la actualidad a S. M. la reina regente de España D.ª María Cristina, a quien la regaló, como preciada reliquia, el Consejo de Órdenes, cuando la boda de esta augusta señora con S. M. el rey D. Alfonso XII. Las vicisitudes por que ha pasado esta histórica joya, desde las manos de Juana Kennedy hasta las de su actual y augusta poseedora, halas referido el erudito académico de la Historia D. Francisco R. de Uhagón, en un curioso folleto titulado El Santo Cristo de María Estuardo, que tuvo la bondad de dedicarnos. (N. del A.)