La sangre y la poesía: Los poemas de Ildefonso-Manuel Gil
Ricardo Gullón
Si para valorar un determinado instante en la evolución de nuestra poesía nos atuviéramos a la cantidad de poetas presuntos, y aún debidamente patentados, a la sazón circulantes, nadie se atrevería a insinuar reparos al desbordamiento lírico presente. Mas se me antoja que esta prodigalidad es más dañina que beneficiosa, por cuanto a su virtud aumenta el confusionismo, bórranse las jerarquías, y con ayuda de benévolos amigos, que suplen la ausencia de una crítica orientadora, procuran algunos mistificadores embarrullarlo todo, en perjuicio, siquiera momentáneo, de las voces auténticamente dotadas a las que pretenden anegar en la igualitaria y antiestética marejada.
Al artista esto le importa poco. Sigue su camino indiferente al común bullicio a los ajenos extravíos, y, a la postre, son los demás quienes rectifican el rumbo para acomodarlo al suyo. Vicente Aleixandre es un ejemplo. Y me atrevo a decir que Ildefonso Manuel Gil será en seguida buen paradigma. De él quiero hablar en la coyuntura, procurando algunas precisiones sobre este poeta que mantiénese al margen de la batahola, la confusión y el truco. En los primeros versos publicados por Ildefonso M. Gil, apenas traspuesto el umbral de la adolescencia, por encima de su carácter de tentativas, o como decía el título de aquel libro, «Borradores», advertíase la existencia de un alma llena de lírico temblor, de un espíritu estremecido por pasiones aún indecisas, por presentimientos que, como ráfagas, llegaban hasta él.
Por cuanto revelaba de entusiasta afán, de entrega a la poesía, de capacidad de ensueño y vuelo, fue desde entonces Ildefonso Manuel Gil una genuina promesa. Y poco después, en vísperas de guerra, un buen libro, «La voz cálida», transmitía el romántico mensaje de su ilusionado ardor. Libro de amor y confidencia, palabras de hombre esperanzado que apenas concede resquicio por donde pueda asaltarle el desánimo y que ofrece, sin recato, el contenido de su corazón.
Ahora, tras diez años de intervalo, cuando su poesía maduró en el silencio y por su vida cruzaron la angustia y el sufrimiento y el quebranto, publica un nuevo libro, que viene a confirmar la tensión de esta alta y apasionada lírica que para el verso prefiere la sangre al mármol. Titúlase esta obra, recién aparecida en la Colección Adonais, «Poemas de dolor antiguo», y es el canto de la «soledad herida», del hombre que llora su dolor por vivir un oscuro momento en el cual no es posible cantar sin que la canción se trasforme en lamento o llanto o dura queja. No se trata de una colección de poemas reunidos por azar en volumen, sino en un libro coherente, lleno de sentido, representativo de una determinada proyección espiritual.
El dolor fue para el ilusionado poeta una realidad tremenda que sobrevino y corrió por su sangre allanando los fundamentos y la voz de su ser dando origen a una serie de poemas en parte recogidos en este volumen, donde la melancolía, la pesadumbre, el desengaño y la angustia alternan en un coro de voces desoladas. Por el dolor Ildefonso M. Gil se sintió unido a los demás hombres y penetró con lúcida mirada ese «hondo misterio» que, según confiesa en unas brevísimas líneas preliminares, constituye el punto adonde convergen sus tentativas líricas, pretendiendo desvelarlo por medio de la palabra.
La emoción transparéntase bajo el rico juego de las metáforas o fluye espontánea en la difícil tersura de un verso sin artificio. Así, cuando evoca las muertes del otoño:
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o cuando, con más viveza, con más pasión, porque se trata de una herida que le punza, de una brasa que le quema, de una pregunta incontenible:
Yo advierto en este breve trozo, muy significativo para el entendimiento de la poesía de Gil, estos elementos: sensación de fugacidad de lo humano con referencia a los elementos permanentes del universo; imagen para transmitir esa sensación con sencillez, acudiendo a materiales muy simples que pueden actuar directamente sobre el lector: rosa, rosal, primavera eterna de la poesía; tono confidencial al enunciar la poética: escribió «desnudándose» el alma, y si son tristes sus versos es porque lo está el alma donde nacieron y quiere proclamarlo, comunicar su dolorido sentir y su desesperanza.
Mas, en el fondo, en aquel hondón del alma de que hablaba don Miguel de Unamuno, posee Ildefonso Gil una reserva de ilusiones que no fue, a pesar de todo, afectada. Su angustia es real y no retórica, por eso mismo tiene un límite: los sentimientos exclusivos, excluyentes, tienen un punto de simulación, cierto ademán exagerado que delata su insinceridad. Así a continuación de los versos arriba copiados, sigue uno que les da mejor sentido, mayor riqueza:
| «Un nuevo estío en la memoria rueda.» |
Es decir, renace la esperanza y otra vez suena el corazón: días tras días, retorna la primavera, fenecido ya el triste otoño.
La falta de espacio me impide señalar cómo la nostalgia acude a la cita en otros poemas, cómo insiste Gil en el anhelo de quedar en sus obras, y, sobre todo, comentar sus «Elegías» tan personales e intemporales. Pues por ahí, por la intemporalidad y la sencillez y la sinceridad, rehúye Ildefonso M. Gil los riesgos de la moda, de cualquier moda. Atento a su afán, poeta humano y emocionado, vive gracias a la sangre, a la sangre rica, hecha de lumbre y pasión, que corre por su poesía, esta poesía cuya intención se expresa tan bellamente en el último poema del tomo:
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Poesía que puede servir de algún consuelo a los hombres, porque al leerla, en tanto repiten las palabras del creador, sentirán que va acompañándolas el latido de su personal tristeza, como si esa sangre que digo brotara también de su propio, atormentado, corazón.