La significación de Jimena de la Frontera o mi Macondo particular
Jorge Urrutia Gómez
Leopoldo Urrutia o Leopoldo de Luis -como se le conocía literariamente desde su vigésimo tercer aniversario- salió de la oficina de seguros donde trabajaba en la calle del Barquillo, en Madrid, pero no exactamente para dar un largo paseo a solas. Era una tarde de primavera de aquel año de 195... Dos meses más tarde fuimos con mi madre, en taxi, a la estación de Atocha y empezamos a andar por el andén donde estaba formado el exprés de Málaga-Algeciras. Al menos todos los primeros de agosto, sin faltar uno, salíamos en ese tren, que se dividía en dos en Bobadilla, para pasar vacaciones en Jimena de la Frontera, en casa de mis abuelos maternos, Juana Sierra y Antonio Gómez. Yo pensaba que la frontera era ese andén que olía a carbón y se llenaba de humo; más allá estaba la libertad.
Viajábamos en segunda clase, compartimento de ocho viajeros, el equipaje en una redecilla superior y una cestita con alimentos en otra algo más baja. Pero aquella vez, mi padre nos hizo pasar por delante de los vagones de tercera clase, con sus asientos de madera, de segunda, con divanes corridos azules unidos de dos en dos, y de primera, cuyos sillones de gutapercha contaban con reposabrazos individuales. Nos condujo a un coche cama, un vagón azul oscuro que, en letras doradas, llevaba escrito Compagnie Internationale des Wagons-lits et des Grands Express Européens. Mi madre le dio un abrazo especial, que respondía al esfuerzo económico que hiciera él la mañana de primavera en la que bajó la calle Barquillo, torció a la izquierda hacia la Plaza de la Cibeles, tomó a la derecha el Paseo del Prado y, al llegar a la Glorieta de Carlos V, entrar en la estación e ir a la ventanilla de los coches cama. Encerraditos en la cabina, mi madre y yo cenamos lo que llevábamos preparado, casi avergonzados al pensar que los compañeros de vagón irían seguro al coche restaurant y, tras enseñar el documento a uno de los dos policías de paisano que siempre viajaban en los trenes, nos dormimos como nunca lo habíamos hecho antes en viaje alguno. Creo que ni siquiera me despertaron los gritos de las mujeres que, hacia las dos de la mañana, ofrecían tortas de Alcázar en la sonora estación de Alcázar de San Juan.
Mi padre solo iría al sur diez días más tarde. Lo recogíamos en la estación de Algeciras, después de yo disfrutar con mis primos de un período de playa (Los Ladrillos, El Rinconcillo, Palmones, Getares). En la foto, estamos mi madre, mis primos Diego y Juani y yo, el más pequeño, supongo que en la playa que llamábamos de los ladrillos, hacia 1951. Tomábamos por la tarde, tal vez a las seis, el tren correo que nos dejaría en Jimena de la Frontera, donde mis tíos, mis abuelos, tal vez alguien más, nos esperarían en la estación de la vieja línea ferroviaria The Algeciras-Gibraltar Railway C.º, que se inauguró el 6 de octubre de 1890.

Año 1947. Leopoldo de Luis en la Barriada de la Estación de Jimena de la Frontera subido a un burro. Foto: Archivo familiar Urrutia.
Algún lector perspicaz habrá descubierto que las primeras líneas de este ensayito copian o adaptan el principio de Muerte en Venecia, aquella excepcional novela corta de Thomas Mann. ¿Pero por qué no hacerlo? En una biografía, incluso en una autobiografía, lo más importante y verdadero no es tanto la acumulación de datos, como lo que se inventa. Sin invención no hay tampoco historia, historiografía. La mentira es lo que pesa y arrastra, lo que significa, lo que produce sentido. Los hechos que sucedieron suelen ser vulgares, obvios, elementales. Es lo que recoge el cronista, pero lo que importa al lector es aquello que sucede entre hecho y hecho, porque del uno al otro hay mucho trecho. Tampoco, al cabo del tiempo, quien habla o escribe se acuerda bien de las cosas o las ha olvidado.
En 1635 Velázquez pinta al príncipe Baltasar Carlos a caballo. Viste jubón, coleto, calzón verde oscuro, botas de ante, valona de encaje y chambergo negro con pluma. Lleva en la mano derecha un bastón de general. El cuadro fue terminado en 1635, cuando el príncipe tenía siete u ocho años, pero el rostro parece de niño algo menor. Ya sabemos que para esos retratos ecuestres el modelo no posa sobre el caballo, sino montado en una estructura de madera pero, aun así, cabe imaginar lo difícil que sería obligar al jovencísimo príncipe de Asturias a guardar calma y adecuado comportamiento. Nadie, ni historiador del arte ni historiador de la corte de los Austria, describe la escena de protestas, gritos, lloros, disgusto y, desde luego, escasa compostura. ¡Pero cuánto aprenderíamos de lo que era la vida cortesana, el trato de los príncipes, el trabajo de servidores y artistas, del mismo funcionamiento de la vida en palacio, si poseyéramos esa descripción! En veinte líneas obtendríamos mayores conocimientos que en un grueso volumen historiográfico. Pero al hablar de cuadro nada de todo eso se nos dice, como si el pintor no hubiera conseguido su obra a base de enormes dosis de paciencia.
¿Y las batallas? Leemos sobre el número de combatientes, las estrategias y las tácticas, las voluntades y los efectos políticos, la repercusión en la posteridad, pero ¿qué sabemos del comportamiento de los soldados, de la velocidad con la que llegaban a cargar los arcabuces, del miedo que sentían, de las horas de sueño perdidas...? Sin embargo, la toma o no de una posición puede depender, más que de las decisiones del mando, de la velocidad con la que los soldados cambien el peine del mosquetón o sustituyan el cañón recalentado de la ametralladora. Algunas novelas francesas de la primera Guerra Mundial se refieren al miedo que producía descubrir las puntas brillantes de los cascos de los soldados alemanes atacantes; pero en aquella guerra los alemanes ya no utilizaron esos cascos. O describen cargas a la bayoneta, cuando la invención y el uso de las ametralladoras las hacían imposibles. El convencimiento del lector, la emoción, la pena o la satisfacción no los produce el dato histórico, sino la invención imprescindible para describir aquello de lo que nada sabemos más allá de la suposición, aunque en puridad el dato no sea exacto o cierto. El convencimiento se sostiene muchas veces en la mentira, el silencio o la invención.
¿Qué hacía mi padre durante esos diez días en los que yo me bañaba en Algeciras, hacía castillos de arena y me manchaba los pies de alquitrán? ¿Estaba ya de vacaciones y aprovechaba para sacar sus libros adelante con tranquilidad, viajaba, qué reuniones tenía? He sabido que un par de veces viajó a París, una de ellas con Gabriel Celaya, visitó a José Martínez Guerricabeitia, el fundador de la editorial Ruedo Ibérico, pero esto fue ya en los años sesenta. Me trajo una vez a Jimena un precioso campamento indio, de plástico con colores brillantes, con tipis, caballos y carretas, que fue la envidia de primos y amigos. Por la correspondencia conservada, sé que se veía con el escultor Salvador Lobo y su familia. En mi segundo viaje a París, siendo yo estudiante universitario (había ido una primera vez a los catorce años, en un intercambio, mi padre me pidió que fuera a saludar a Martínez, quien me citó en los bajos de la librería La Joie de Lire, del famoso editor izquierdista François Maspéro, en la rué Saint-Séverin, cerca de la Sorbona. Pero si quiero hablar de sus primeros días de agosto todos los años, tendré que recurrir a la invención, al menos a la suposición. Y el resultado será inexacto, pero no falso.
Don José Regueira, cronista oficial de Jimena de la Frontera, me contó que mi padre gustaba de pasear por el entorno de las ruinas de la antigua fábrica de armamento a orillas del río Hozgarganta. Nunca lo había sabido. Ni siquiera hablé jamás con mi padre de esa antigua fábrica del XVIII. Yo le veía, en Jimena, cada mañana, entrar con Isidoro, mi tío y antiguo compañero del campo de concentración, en un comedor privado que había tras el mostrador del bar de mi abuelo Antonio, en la Estación. Allí pasaban horas charlando y haciéndole la administración de los asuntos de la casa. A veces salía o salían a pasear, pero ignoro dónde iban. Sus esposas, mi madre y mi tía, deseaban quedarse con su madre y hermanos conversando y abrazándose. Pero ellos, ¿qué pensarían al verse de nuevo, cada año, en aquel pueblo a donde llegaron un día como prisioneros de guerra obligados a construir carreteras y puentes, rutas protegidas para un ejército que temía el posible desembarco aliado entre Tarifa y Chipiona? ¿Retornaban a los lugares por los que caminaron? ¿Reían de sus recuerdos, o lloraban? ¿Podrían acaso haber sentido melancolía? No lo creo. ¿Tanto querían a sus mujeres que no les importaba regresar una y otra vez al llano, frente a la casa, delante de la estación de ferrocarril, donde permanecieron horas tirados en el suelo y amarrados de dos en dos con alambres? ¿Cómo es posible que en Jimena, el pueblo donde Leopoldo e Isidoro padecieron el campo de concentración, que así se denominaba y lo dicen los documentos, yo pudiera situar la libertad? ¿Y por qué, cuando permanecíamos algo más en el pueblo, pudieron bailar en las fiestas de la Novena o ir a la feria de la Línea, con mi tío Antonio Meléndez y en su coche (matriculado, por cierto, en Gibraltar), cuándo habían combatido en frentes opuestos de aquella guerra tan cruel?
Mi padre apenas si hablaba de la Guerra Civil, tan solo daba algunos detalles curiosos o aclaratorios o bien interpretaciones políticas, afirmaba que no fue ningún mérito haber participado en ella, que todos los jóvenes combatientes hubieran preferido que no se produjera. Tengo, pues, que imaginarme, intentar ponerme en su lugar, inventar, de algún modo mentir. Claro que mentir desde conocimientos previos, dibujar lo que tuvo que darse en los trechos entre los hechos, en los blancos de pared que, en el museo, hay entre los cuadros, entre la pincelada del pintor y la queja del infante, durante los trayectos desde un lugar a otro, rellenar las ausencias que separan permanencias.

Año 1947. Leopoldo de Luis en la Barriada de la Estación de Jimena de la Frontera subido a un burro. Foto: Archivo familiar Urrutia.
Poseo una hermosa foto de mi padre, el poeta, en la estación de Jimena, subido en un asno. Hoy, algún estudiante listillo citaría a Platero y a Juan Ramón Jiménez, pero Leopoldo no se subió al paciente animal por imitar al gran poeta onubense. ¿Qué ocurrió, fue a algún sitio, se montó por broma, lo hizo más veces? Todo lo que yo diga de esa foto tendrá que ser invención. ¡Pero qué riqueza puede tener, cuánto podría decir de mi padre y del pueblo viéndolo bajar la calle al trotecillo! Camisa de corbata remangada (solo al final de su vida se puso alguna de manga corta), pantalón de vestir, zapatos con calcetines, nada de alpargatas, abarcas o cualquier otro calzado campesino. ¿Y qué llevaba en ese horrible capacho de plástico?
La extrañeza y la invención son las fuentes de todo conocimiento humano. Alguien puede hablarme del ser que sea lo que es la técnica. Repito el verbo por el placer de oírlo, de sentir lo que significa. Ser es más que estar, muchísimo más que figurar, se sitúa a años luz de imaginar, pero está pegadito, pegadito, de inventar. La primera pistola que yo tuve en la mano, con mucho cuidado, con miedo, fue una Astra de 9 mm que mi tío Antonio Meléndez dejaba en la mesilla de noche cuando estaba en Jimena. No volví a tener otra hasta mucho más tarde, cuando hice mis prácticas de alférez de milicias en el Regimiento de Infantería Motorizable Pavía 19, en el cuartel de Ballesteros de La Línea. A mí me hacía mucha gracia lo de Motorizable, porque todos lo somos, resulta por ello una obviedad. A los militares profesionales, por su parte, no les gustaba nada que el regimiento careciese de bandera, castigado parece ser porque en la guerra civil no se comprometió con el golpe militar. Tendré que mirar a ver si Ángel María de Lera, que vivió su infancia frente al Peñón, mientras su madre vendía lotería, se refiere a ello en Las últimas banderas. Aquellos militares, pues, articulaban mal el destino profesional con un estricto, y sesgado, sentido de la historia. El caso es que yo tendría seis o siete años cuando cogí de la mesilla de noche la pistola Astra E de 9 mm, con un peso de kilo y medio y una longitud de 31 centímetros. Mi madre me explicó que el tío la llevaba porque por el campo había bandidos. Solo años después, cuando hacía prácticas de tiro con otra muy parecida, aunque del modelo que usaba munición 7,63, comprendí que aquellos bandidos no eran sino restos de los guerrilleros del maquis que habían resistido en los montes de Jimena y Gaucín. Estos, a veces descendían a las zonas de trabajo y raptaban a alguno de los prisioneros del campo, bien para proponerle que se sumara a la guerrilla, bien para devolverlo con un mensaje para el comandante. Qué pedían en el mensaje, no lo sé, pero sí que el prisionero acababa castigado en el campo y amenazado.
La historia de un país se hace a base de recuerdos, pero también de olvidos. La llamada memoria histórica no puede prescindir ni de los unos ni de los otros, pero los olvidos son eso, olvidos, y los psicoanalistas conocen bien su importancia. Una alumna me pidió un día que la orientara para hacer un trabajo sobre la actuación de las mujeres en la gestación y el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, porque su labor tuvo que ser por el pacifismo. Le dije que estaba de acuerdo con dirigirle su tesina, pero que antes de fijar posiciones leyese el libro de Wendy Lower Hitler's Furies (La furias de Hitler), porque las mujeres alemanas tuvieron una actuación importante en el nazismo. Hojeó el libro y, solo con eso, decidió no hacer el trabajo. Cuando suena el clarín, siempre se despiertan los demonios.
Por eso, el olvido puede ser generosidad. Cuando el dramaturgo y novelista Tristan Bernard fue internado con su mujer, en el campo de concentración de Drancy, le dijo: «Querida mía, nuestra posición mejora; ayer vivíamos en la angustia, a partir de ahora viviremos en la esperanza»
. Leopoldo, Isidoro o cualquiera de los compañeros internados, de esos hombres y mujeres que, tristemente, no son para mí sino nombres en una lista, habían vivido desde su ingreso en el campo de concentración en la esperanza de ser liberados pero, al salir, empezaron a vivir en la angustia de saber qué sería de ellos. Justo lo contrario que el matrimonio Bernard.
Uno de los Tres sonetos al castillo de Jimena de la Frontera, que diera Leopoldo para el folleto publicado con motivo de la feria de 1971, llama a contemplar desde la muralla que en su día marcó una frontera el pueblo blanco que une el amor, la vida histórica que desciende por la colina para hacerse realidad enamorada. Hay un ayer tras el muro y un hoy delante de él. Así, todos estamos hechos como una tierra fronteriza que separa el pasado del futuro.
Ven a mirar desde esta balaustradade lo que fue castillo y es fronteradel tiempo, el caserío que aglomerasu amor, su geometría blanqueada.Bajo la mano azul del cielo,alada la vida descendiendo la ladera,de la verdad del tiempo se apoderay se hace realidad enamorada.Aquí duermen las ruinas su presencia,y hombres de ayer descansan tras el muromientras ahí la vida se desliza.Como Jimena en esta prominenciatodos entre el pasado y el futurosomos hechos de tierra fronteriza.
Creo que este soneto, el tercero de los tres, nos da la clave de aquellos periodos jimenatos. Leopoldo e Isidoro habían marcado en sí mismos la frontera. No eran los mismos que allí llegaron un día atados juntos como prisioneros y condenados, miembros de un ejército derrotado por otro ejército rebelde, sino hombres hechos y derechos, curtidos ya por la vida, que saben cómo es necesario trazar una frontera y empezar de nuevo, como los emigrantes que cambian de país. No se trata de pensar de distinta manera el sentido de la justicia, de la lealtad, del gobierno, sino encontrar en sí mismos y con los otros el placer de la convivencia que surge, no tanto del olvido, como de la superación. Porque la vida es una larga lista de aciertos y errores, de pronunciamientos y silencios, de verdades y mentiras, de recuerdos y omisiones. Aunque el olvido no sea desmemoria, como ser vencido no es ser derrotado.
Por eso, en el andén de la estación de ferrocarril madrileña, junto al tren expreso que me llevaría a Andalucía, yo podía sentir el olor a libertad que emanaba de la frontera que iba a cruzar. Y esa sensación de frontera, aunque por distintos motivos, me encontraba de nuevo con mi padre. Jimena marcaba la frontera de un territorio mágico, de libertad y de naturaleza, de bondad, de brisa a la caída de la tarde que borraba los alores del día. Era mi Macondo particular, como el pueblo enneblinado en el recuerdo de Gabriel García Márquez, un lugar mágico en el que todo lo bueno podía suceder. Y fuera de Jimena no había nada. O poco más.