La vida sin amor. Carta a una amiga
Concepción Gimeno de Flaquer
Tus desconsoladoras líneas, Celia mía me impresionan tan fuertemente, que vencen mi habitual pereza, rompiendo un prolongado silencio que solo tu bondad puede disculpar.
No quiero referirte nada de mi vida, porque el deber me exige imperiosamente ocuparme de ti, consagrándole unos momentos que contaría entre los más felices de mi existencia, si pudieran devolverte la tranquilidad, aliviando tu angustioso estado.
Hoy necesitas una palabra cariñosa y consoladora que rasgue la negra bruma de los encapotados horizontes de tu dicha, una mano amiga que te arranque violentamente del aislamiento y soledad en que vives; porque soledad no es solo la carencia de personas y la negación de sucesos, no; hay soledades más espantosas, y estas son las del alma.
Tú sabes, Celia amada, que las fibras de mi corazón difícilmente responden a los acentos de la alegría, que siempre permanecen mudas para ellos, y que un ¡ay! las conmueve, cual el leve suspiro de la brisa, haciendo vibrar las cuerdas de un arpa eólica.
Creo inútil repetirte una vez más que quiero parte de tus penas; tengo el alma templada para el pesar; los infortunios que en mis cortos años he sufrido, han desarrollado en mí una gran melancolía, formando un núcleo de vida que alimenta mi alma, aunque saturándola de infinita tristeza.
El dolor es mi lúgubre placer.
Para amortiguar las desventuras se necesita invocar un corazón que sepa sentir, corazón nunca sordo a los gemidos del que padece, corazón gigante que olvide las pequeñeces y miserias en que se envuelve lo que nos tortura.
Yo anhelo que encuentres ese corazón en mí; yo deseo hacerte comprender los sentimientos míos; pero las ideas son frías e insuficientes para perfilar, siquiera pálidamente, el boceto de mi alma.
Aunque no me inspirases tan inmenso cariño, en mi gratitud encontrarías una adhesión eterna.
¡Cuánto te debo, amiga mía!
Te he visto alzarte grande en muchos momentos, olvidando tus aflicciones para consolar las ajenas.
Ajenas... dije mal: mis pesares son los tuyos, tus alegrías nuestras satisfacciones.
¡Cuan bella es la vida con esta unificación de sentimientos!
Si esta llegara a faltar, equivaldría a definir la muerte.
Al reiterar mis amistosas reconvenciones en esta carta, no querré indicarte que te muestres indiferente a cuantos luctuosos acontecimientos se ciernan sobre ti; no, eso sería mutilarte moralmente; al ahogar tu sensibilidad tu alma se convertiría en páramo a falta de ese rocío bendito que la fertiliza; por otra parte, no es oportuno usar contigo un rigor severo, cuando te hallas en el paroxismo de la desesperación y tantos consuelos necesitas.
Comprendo perfectamente que hay dolores profundos en el alma que se enuncian por un vacío desconsolador, como hay en el mundo físico silencios que perciben los oídos. Terribles dolores que no se pueden estimar sino en su intensidad, que es infinita, por un regulador que marca desencantando, enloqueciendo.
Mas debo decirte que en circunstancias tales hay un lenitivo muy poderoso, los consuelos de la religión: un bálsamo muy eficaz, la resignación bendita y santa.
Es humillante doblar la cerviz ante el capricho de la adversa suerte; es una pequeñez de espíritu dejarse morir de pena; es cometer un suicidio menos vulgar que el del veneno, pero suicidio al fin y como tal cobarde.
Has sido víctima de un desengaño: ¡ay! ese es el doloroso precio de la experiencia.
¿Qué corazón no ha sido atravesado alguna vez por el puñal del desamor?
Mas no te aflijas: si un amor mata otro salva; si el amor aniquila, el amor, crea.
¡Esperar! He aquí el evangelio.
Hay en tu carta un párrafo que me hace mucho daño.
Refiriéndote a un álbum, que parece ser el de tu existencia, dices que has rasgado la única hoja que había escrita en él, y que las restantes permanecerán en blanco toda tu vida.
Ese desaliento helado y al parecer tranquilo, ¿qué quiere decir?
¿Significa que has muerto para la vida del alma, para la vida de la juventud, para el amor? No, esto no puede ser.
Esas son palabras frías que revelan gran acaloramiento.
Esas resoluciones supremas, llevadas a cabo por un rostro sereno, y dictadas con voz firme, no son más que mentidas apariencias con que se encubre la debilidad humana en los momentos de triste perturbación. Retira esas palabras de hoy para que tus sentimientos de mañana no den un mentís a resoluciones del pasado.
¿Crees que no te hallas en condiciones para volver a amar? Error, lamentable error.
Si meditas un momento sobre este punto, te convencerás de lo que no presientes, de lo que no adivinas; de que tu opinión no radica en el fondo del alma.
¡Imposible!
Porque un hombre haya emponzoñado tus ilusiones de quince años, llenando de intranquilidad tu ánimo, de desgarradora lucha tus horas más tranquilas y de lágrimas tus ojos, ¿quieres renunciar al amor?
Si un hombre, faltando a lo que se debe a sí mismo, miente amores que jamás sintió, ¿serán culpables los sentimientos que puso en juego sacrílegamente para satisfacer su vanidad o sus raquíticas aspiraciones?
Cuando uno comete un crimen, ¿quién es el castigado, el reo, o el arma que hizo saltar la sangre de la herida?
El hombre es responsable de sus actos; por eso hay para él gloria y vilipendio, honores y castigos.
¡¡¡Que no amarás otra vez!!!
Crees perdidas todas tus ilusiones y aún tienes una: la de afirmar que esto has de cumplir.
Renegar del amor sin conocerlo es injustificado; renegar del amor conociéndolo es injusto. La finísima aguja en que remata un edificio no forja las tempestades, pero atrae al rayo cuando salta entre las nubes: el alma de la mujer no crea las pasiones, mas acoge el amor que brota entre dos miradas; que hay leyes morales, como hay leyes físicas, y si negando las segundas se falta a la ciencia, negando las primeras se falta a dios.
Dices que te atormenta lo pasado, que te asusta lo presente y que tiemblas ante lo por venir. No hablemos de tiempos que fueron y a los cuales debemos abrir honda sepultura; tampoco hablemos del presente, que apenas existe, pues que dura menos que la emisión de la palabra y es más breve que la acción del pensamiento. Fijémonos en lo futuro abandonando esas ideas que anublan las bellas lontananzas en que se mecerán venideros días.
¿Supones que lo pasado regula lo presente o sirve de norma a lo por venir?
No lo creas.
Tú no puedes ni debes renunciar al amor. El amor es la gota de esencia que los ángeles vierten en el amargo cáliz de la vida.
Escucha a un inspirado poeta en los siguientes versos:
| ¿Qué es el no amar? rodar en la agonía, | |||
| sin ensueños, sin gloria, sin temor, | |||
| igualar con la noche el claro día | |||
| y dormir en fatídico estupor… |
Tú amabas a ese hombre con la ferviente idolatría de Carolina Lamb hacia lord Byron y has querido ser amada con la frenética ceguedad con que amaba a Beatriz de Silva el conde de Miranda.
Nunca tiene los mismos grados de calor la atmósfera moral de dos corazones.
Quizá le hubieses retenido con más desdén y con menos amor.
Somos tan imperfectos que hasta la felicidad nos hastía cuando no nos la dan en pequeñas dosis.
Tú estabas ciega y te has dejado arrastrar por la corriente del sentimiento sin el valioso dique de la razón.
Mas no te desalientes, la inconstancia de ese hombre revela dureza de corazón, falta de ternura y tú necesitas un alma ternísima.
No has perdido nada, él lo ha perdido todo. Cuando lo conozca no tendrá remedio.
Procura no incurrir en la vulgaridad de lamentarte constantemente, afirmando que ningún hombre merece ser amado. Eso sería ser injusta y dar gran importancia a quien debes despreciar.
Modera tu dolor, calma tu pena: todo está marcado en este mísero valle con el sello de la inconstancia. Ten presente en lo sucesivo, aunque te sea muy doloroso, que algunos hombres no suelen dar importancia a los juramentos de amor; no les des tú valor alguno para que el terrible espectro de la realidad, al estrecharte con sus brazos descarnados, no te deje el corazón convertido en témpano de hielo.
Ama para que no se atrofie tu corazón: pero procura amar sin que te arrastre el sentimiento. Amar es sufrir; mas es preferible amar a vivir en el vacío.
Tú no estás en condiciones de ver en el mañana el epílogo de historias tristes o el desenlace de sucesos funestos. Hay algo más para ti: un trasunto del cielo no puede ser en la tierra flor no acariciada por el rocío de las esperanzas.
No te preocupe un momento la ingratitud de ese hombre.
Se ha unido a otra mujer; compadece a la infeliz que le ha fiado su porvenir, su amor y su ventura.
¿Qué puede esperarse de un corazón que no ha vibrado más que al sonido de vil metal?
Voy a terminar porque esta carta se va haciendo demasiado larga, mas no lo haré sin recordarte que ese lazo, al estrechar con vínculo tan fuerte e indisoluble a dos seres, es una barrera poderosa que impide ver lo pasado y que rechaza los recuerdos del ayer.
Amar sin esperanza puede ser una virtud; pero amar lo que dios apartó del corazón por medio de un sacramento es un crimen.
El pasado no puede relegarse al olvido momentáneamente, pero hay una solución práctica para que no mortifique. En los circos romanos, para que el lugar de la lucha no horrorizase a los espectadores, como la continuidad de la fiesta no permitía borrar huellas sangrientas, arrojaban de los anfiteatros sobre la arena enrojecida flores que encantaban la vista y embalsamaban el ambiente.
Esto es lo lógico y lo indispensable. Si en un amor has encontrado el veneno en otro encontrarás el antídoto.
Un amor te hirió, otro cicatrizará las heridas que el primero abrió.
La vida sin amor es un día sin sol, una noche sin estrellas, un desierto sin oasis.
Goethe lo ha dicho admirablemente: «Sin el amor es el mundo para nosotros lo que una linterna mágica sin luz».
Espero escuches los consejos que a tu bien convienen de un modo tan directo y tan claro.
Tuya siempre, Concepción Gimeno de Flaquer.