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ArribaActo II

 

La misma decoración. A la izquierda, el banquillo arrumbado. A la derecha, un mostrador con botellas y un lebrillo con agua donde la ZAPATERA friega las copas. La ZAPATERA está detrás del mostrador. Viste un traje rojo encendido, con amplias faldas y los brazos al aire. En la escena, dos mesas. En una de ellas está sentado DON MIRLO, que toma un refresco, y en la otra el MOZO DEL SOMBRERO en la cara.

 
 

La ZAPATERA friega con gran ardor vasos y copas que va colocando en el mostrador. Aparece en la puerta el MOZO DE LA FAJA y el sombrero plano del primer acto. Está triste. Lleva los brazos caídos y mira de manera tierna a la ZAPATERA. Al actor que exagere lo más mínimo en este tipo, debe el director de escena darle un bastonazo en la cabeza. Nadie debe exagerar. La farsa exige siempre naturalidad. El autor ya se ha encargado de dibujar el tipo y el sastre de vestirlo. Sencillez. El MOZO se detiene en la puerta. DON MIRLO y el otro MOZO vuelven la cabeza y lo miran. Ésta es casi una escena de cine. Las miradas y expresión del conjunto dan su expresión. La ZAPATERA deja de fregar y mira al MOZO fijamente. Silencio.

 

ZAPATERA.-  Pase usted.

MOZO DE LA FAJA.-  Si usted lo quiere...

ZAPATERA.-   (Asombrada.) ¿Yo? Me trae absolutamente sin cuidado, pero como lo veo en la puerta...

MOZO DE LA FAJA.-  Lo que usted quiera. (Se apoya en el mostrador. Entre dientes.)  Éste es otro al que voy a tener que...

ZAPATERA.-  ¿Qué va a tomar?

MOZO DE LA FAJA.-  Seguiré sus indicaciones.

ZAPATERA.-  Pues la puerta.

MOZO DE LA FAJA.-  ¡Ay, Dios mío, cómo cambian los tiempos!

ZAPATERA.-  No crea que me voy a echar a llorar. Vamos. Va usted a tomar copa, café, refresco, ¿diga?

MOZO DE LA FAJA.-  Refresco.

ZAPATERA.-  No me mire tanto, que se me va a derramar el jarabe.

MOZO DE LA FAJA.-  Es que yo me estoy muriendo, ¡ay!

 

(Por la ventana pasan dos majas con inmensos abanicos. Miran, se santiguan escandalizadas, se tapan los ojos con los pericones y a pasos menuditos cruzan.)

 

ZAPATERA.-  El refresco.

MOZO DE LA FAJA.-   (Mirándola.) ¡Ay!

MOZO DEL SOMBRERO.-   (Mirando al suelo.) ¡Ay!

MIRLO.-    (Mirando al techo.) ¡Ay!

 

(La ZAPATERA dirige la cabeza hacia los tres ayes.)

 

ZAPATERA.-  ¡Requeteay! Pero esto ¿es una taberna o un hospital? ¡Abusivos! Si no fuera porque tengo que ganarme la vida con estos vinillos y este trapicheo, porque estoy sola desde que se fue por culpa de todos vosotros mi pobrecito marido de mi alma, ¿cómo es posible que yo aguantara esto? ¿Qué me dicen ustedes? Los voy a tener que plantar en lo ancho de la calle.

MIRLO.-  Muy bien, muy bien dicho.

MOZO DEL SOMBRERO.-  Has puesto taberna y podemos estar aquí dentro todo el tiempo que queramos.

ZAPATERA.-    (Fiera.) ¿Cómo? ¿Cómo?

 

(El MOZO DE LA FAJA inicia el mutis y DON MIRLO se levanta sonriente y haciendo como que está en el secreto y que volverá.)

 

MOZO DEL SOMBRERO.-  Lo que he dicho.

ZAPATERA.-  Pues si dices tú, más digo yo y puedes enterarte, y todos los del pueblo, que hace cuatro meses que se fue mi marido y no cederé a nadie jamás, porque una mujer casada debe estarse en su sitio como Dios manda. Y que no me asusto de nadie, ¿lo oyes?, que yo tengo la sangre de mi abuelo, que esté en gloria, que fue desbravador de caballos y lo que se dice un hombre. Decente fui y decente lo seré. Me comprometí con mi marido. Pues hasta la muerte.

 

(DON MIRLO sale por la puerta rápidamente y haciendo señas que indican una relación entre él y la ZAPATERA.)

 

MOZO DEL SOMBRERO.-   (Levantándose.) Tengo tanto coraje que agarraría un toro de los cuernos, le haría hincar la cerviz en las arenas y después me comería sus sesos crudos con estos dientes míos, en la seguridad de no hartarme de morder.

 

(Sale rápidamente y DON MIRLO huye hacia la izquierda.)

 

ZAPATERA.-   (Con las manos en la cabeza.) Jesús, Jesús, Jesús y Jesús.  (Se sienta.) 

 

(Por la puerta entra el NIÑO, se dirige a la ZAPATERA y le tapa los ojos.)

 

NIÑO.-  ¿Quién soy yo?

ZAPATERA.-  Mi niño, pastorcillo de Belén.

NIÑO.-  Ya estoy aquí.

 

(Se besan.)

 

ZAPATERA.-  ¿Vienes por la meriendita?

NIÑO.-  Sí tú me la quieres dar...

ZAPATERA.-  Hoy tengo una onza de chocolate.

NIÑO.-  ¿Sí? A mí me gusta mucho estar en tu casa.

ZAPATERA.-   (Dándole la onza.) ¿Por qué eres interesadillo?

NIÑO.-  ¿Interesadillo? ¿Ves este cardenal que tengo en la rodilla?

ZAPATERA.-  ¿A ver?   (Se sienta en una silla baja y toma el NIÑO en brazos.) 

NIÑO.-  Pues me lo ha hecho el Cunillo porque estaba cantando... las coplas que te han sacado y yo le pegué en la cara, y entonces él me tiró una piedra que, ¡plaff!, mira.

ZAPATERA.-  ¿Te duele mucho?

NIÑO.-  Ahora no, pero he llorado.

ZAPATERA.-  No hagas caso ninguno de lo que dicen.

NIÑO.-  Es que eran cosas muy indecentes. Cosas indecentes que yo sé decir, ¿sabes?, pero que no quiero decir.

ZAPATERA.-   (Riéndose.) Porque si lo dices cojo un pimiento picante y te pongo la lengua como un ascua.

 

(Ríen.)

 

NIÑO.-  Pero ¿por qué te echarán a ti la culpa de que tu marido se haya marchado?

ZAPATERA.-  Ellos, ellos son los que la tienen y los que me hacen desgraciada.

NIÑO.-   (Triste.) No digas, zapaterita.

ZAPATERA.-  Yo me miraba en sus ojos. Cuando le veía venir montado en su jaca blanca...

NIÑO.-   (Interrumpiéndole.) ¡Ja, ja, ja! Me estás engañando. El señor Zapatero no tenía jaca.

ZAPATERA.-  Niño, sé más respetuoso. Tenía jaca, claro que la tuvo, pero es... es que tú no habías nacido.

NIÑO.-   (Pasándole la mano por la cara.) ¡Ah! ¡Eso sería!

ZAPATERA.-  Ya ves tú... cuando lo conocí estaba yo lavando en el arroyo del pueblo. Medio metro de agua y las chinas del fondo se veían reír, reír con el temblorcillo. Él venía con un traje negro entallado, corbata roja de seda buenísima y cuatro anillos de oro que relumbraban como cuatro soles.

NIÑO.-  ¡Qué bonito!

ZAPATERA.-  Me miró y lo miré. Yo me recosté en la hierba. Todavía me parece sentir en la cara aquel aire tan fresquito que venía por los árboles. Él paró su caballo y la cola del caballo era blanca y tan larga que llegaba al agua del arroyo.  

(La ZAPATERA está casi llorando. Empieza a oírse un canto lejano.)

  Me puse tan azorada, que se me fueron dos pañuelos preciosos, así de pequeñitos, en la corriente.

NIÑO.-  ¡Qué risa!

ZAPATERA.-  Él, entonces me dijo...  

(El canto se oye más cerca. Pausa.)

  ¡Chisss!...

NIÑO.-   (Se levanta.) ¡Las coplas!

ZAPATERA.-  ¡Las coplas!  

(Pausa. Los dos escuchan.)

  ¿Tú sabes lo que dicen?

NIÑO.-   (Con la mano.) Medio, medio.

ZAPATERA.-  Pues cántalas, que quiero enterarme.

NIÑO.-  ¿Para qué?

ZAPATERA.-  Para que yo sepa de una vez lo que dicen.

NIÑO.-

 (Cantando y siguiendo el compás.) Verás:

La señora Zapatera,
al marcharse su marido,
ha montado una taberna
donde acude el señorío.

ZAPATERA.-  ¡Me la pagarán!

NIÑO

 (El NIÑO lleva el compás con la mano en la mesa.) 

¿Quién te compra, Zapatera,
el paño de tus vestidos
y esas chambras de batista
con encaje de bolillos?
Ya la corteja el Alcalde,
ya la corteja Don Mirlo.
¡Zapatera, Zapatera,
Zapatera, te has lucido!

 

(Las voces se van distinguiendo cerca y claras con su acompañamiento de panderos. La ZAPATERA, coge un mantoncillo de manila y se lo echa sobre los hombros.)

 

  ¿Dónde vas?  (Asustado.) 

ZAPATERA.-  ¡Van a dar lugar a que compre un revólver!

 

(El canto se aleja. La ZAPATERA corre a la puerta. Pero tropieza con el ALCALDE, que viene majestuoso, dando golpes con la vara en el suelo.)

 

ALCALDE.-  ¿Quién despacha?

ZAPATERA.-  ¡El demonio!

ALCALDE.-  Pero ¿qué ocurre?

ZAPATERA.-  Lo que usted debía saber hace muchos días, lo que usted como alcalde no debía permitir. La gente me canta coplas, los vecinos se ríen en sus puertas y como no tengo marido que vele por mí, salgo yo a defenderme, ya que en este pueblo las autoridades son calabacines, ceros a la izquierda, estafermos.

NIÑO.-  Muy bien dicho.

ALCALDE.-   (Enérgico.) Niño, niño, basta de voces... ¿Sabes tú lo que he hecho ahora? Pues meter en la cárcel a dos o tres de los que venían cantando.

ZAPATERA.-  ¡Quisiera yo ver eso!

VOZ.-   (Fuera.) ¡Niñoooo!

NIÑO.-  ¡Mi madre me llama! (Corre a la ventana.)  ¿Quéee? Adiós. Si quieres te puedo traer el espadón grande de mi abuelo, el que se fue a la guerra. Yo no puedo con él, ¿sabes?; pero tú, sí.

ZAPATERA.-   (Sonriendo.) ¡Lo que quieras!

VOZ.-   (Fuera.) ¡Niñoooo!

NIÑO.-   (Ya en la calle.) ¿Quéeee?

ALCALDE.-  Por lo que veo, este niño sabio y retorcido es la única persona a quien tratas bien en el pueblo.

ZAPATERA.-  No pueden ustedes hablar una sola palabra sin ofender... ¿De qué se ríe su ilustrísima?

ALCALDE.-  ¡De verte tan hermosa y desperdiciada!

ZAPATERA.-  ¡Antes un perro!  (Le sirve un vaso de vino.) 

ALCALDE.-  ¡Qué desengaño de mundo! Muchas mujeres he conocido como amapolas, como rosas de olor..., mujeres morenas con los ojos como tinta de fuego, mujeres que les huele el pelo a nardos y siempre tienen las manos con calentura, mujeres cuyo talle se puede abarcar con estos dos dedos, pero como tú, como tú no hay nadie. Anteayer estuve enfermo toda la mañana porque vi tendidas en el prado dos camisas tuyas con lazos celestes, que era como verte a ti, zapatera de mi alma.

ZAPATERA.-   (Estallando furiosa.) Calle usted, viejísimo, calle usted; con hijas mozuelas y lleno de familia no se debe cortejar de esta manera tan indecente y tan descarada.

ALCALDE.-  Soy viudo.

ZAPATERA.-  Y yo casada.

ALCALDE.-  Pero tu marido te ha dejado y no volverá, estoy seguro.

ZAPATERA.-  Yo viviré como si lo tuviera.

ALCALDE.-  Pues a mí me consta, porque me lo dijo, que no te quería ni tanto así.

ZAPATERA.-  Pues a mí me consta que sus cuatro señoras, mal rayo las parta, le aborrecían a muerte.

ALCALDE.-   (Dando en el suelo con la vara.) ¡Ya estamos!

ZAPATERA.-   (Tirando un vaso.) ¡Ya estamos!

 

(Pausa.)

 

ALCALDE.-   (Entre dientes.)  Si yo te cogiera por mi cuenta, ¡vaya si te dominaba!

ZAPATERA.-   (Guasona.) ¿Qué está usted diciendo?

ALCALDE.-  Nada, pensaba... de que si tú fueras como debías ser, te hubieras enterado que tengo voluntad y valentía para hacer escritura, delante del notario, de una casa muy hermosa.

ZAPATERA.-  ¿Y qué?

ALCALDE.-  Con un estrado que costó cinco mil reales, con centros de mesa, con cortinas de brocatel, con espejos de cuerpo entero...

ZAPATERA.-  ¿Y qué más?

ALCALDE.-   (Tenoriesco.) Que la casa tiene una cama con coronación de pájaros y azucenas de cobre, un jardín con seis palmeras y una fuente saltadora, pero aguarda, para estar alegre, que una persona que sé yo se quiera aposentar en sus salas, donde estaría...   (Dirigiéndose a la ZAPATERA.)  mira, ¡estarías como una reina!

ZAPATERA.-   (Guasona.) Yo no estoy acostumbrada a esos lujos. Siéntese usted en el estrado, métase usted en la cama, mírese usted en los espejos y póngase con la boca abierta debajo de las palmeras esperando que le caigan los dátiles, que yo de zapatera no me muevo.

ALCALDE.-  Ni yo de alcalde. Pero que te vayas enterando que no por mucho despreciar amanece más temprano. (Con retintín.) 

ZAPATERA.-  Y que no me gusta usted ni me gusta nadie del pueblo. ¡Que está usted muy viejo!

ALCALDE.-   (Indignado.) Acabaré metiéndote en la cárcel.

ZAPATERA.-  ¡Atrévase usted!

 

(Fuera se oye un toque de trompeta floreado y comiquísimo.)

 

ALCALDE.-  ¿Qué será eso?

ZAPATERA.-   (Alegre y ojiabierta.) ¡Títeres!  (Se golpea las rodillas.) 

 

(Por la ventana cruzan dos mujeres.)

 

VECINA ROJA.-  ¡Títeres!

VECINA MORADA.-  ¡Títeres!

NIÑO.-   (En la ventana.) ¿Traerán monos? ¡Vamos!

ZAPATERA.-    (Al ALCALDE.)  ¡Yo voy a cerrar la puerta!

NIÑO.-  ¡Vienen a tu casa!

ZAPATERA.-  ¿Sí?  (Se acerca a la puerta.) 

NIÑO.-  ¡Míralos!

 

(Por la puerta aparece el ZAPATERO disfrazado. Trae una trompeta y un cartelón enrollado a la espalda, lo rodea la gente. La ZAPATERA queda en actitud expectante y el NIÑO salta por la ventana y se coge a sus faldones.)

 

ZAPATERO.-  Buenas tardes.

ZAPATERA.-  Buenas tardes tenga usted, señor titiritero.

ZAPATERO.-  ¿Aquí se puede descansar?

ZAPATERA.-  Y beber, si usted gusta.

ALCALDE.-  Pase usted, buen hombre, y tome lo que quiera, que yo pago.   (A los vecinos.)  Y vosotros, ¿qué hacéis ahí?

VECINA ROJA.-  Como estamos en lo ancho de la calle, no creo que le estorbemos.

 

(El ZAPATERO, mirándolo todo con disimulo, deja el rollo sobre la mesa.)

 

ZAPATERO.-  Déjelos, señor Alcalde..., supongo que es usted, que con ellos me gano la vida.

NIÑO.-  ¿Dónde he oído yo hablar a este hombre?   (En toda la escena el NIÑO mirará con gran extrañeza al ZAPATERO.)   ¡Haz ya los títeres!

 

(Los vecinos ríen.)

 

ZAPATERO.-  En cuanto tome un vaso de vino.

ZAPATERA.-   (Alegre.) ¿Pero los va usted a hacer en mi casa?

ZAPATERO.-  Si tú me lo permites.

VECINA ROJA.-  Entonces, ¿podemos pasar?

ZAPATERA.-   (Seria.) Podéis pasar.   (Da un vaso al ZAPATERO.) 

VECINA ROJA.-   (Sentándose.) Disfrutaremos un poquito.

 

(El ALCALDE se sienta.)

 

ALCALDE.-  ¿Viene usted de muy lejos?

ZAPATERO.-  De muy lejísimos.

ALCALDE.-  ¿De Sevilla?

ZAPATERO.-  Échele usted leguas.

ALCALDE.-  ¿De Francia?

ZAPATERO.-  Échele usted leguas.

ALCALDE.-  ¿De Inglaterra?

ZAPATERO.-  De las islas Filipinas.

 

(Las vecinas hacen rumores de admiración. La ZAPATERA está extasiada.)

 

ALCALDE.-  ¿Habrá usted visto a los insurrectos?

ZAPATERO.-  Lo mismo que les estoy viendo a ustedes ahora.

NIÑO.-  ¿Y cómo son?

ZAPATERO.-  Intratables. Figúrense ustedes que casi todos ellos son zapateros.

 

(Los vecinos miran a la ZAPATERA.)

 

ZAPATERA.-   (Quemada.) ¿Y no los hay de otros oficios?

ZAPATERO.-  Absolutamente. En las islas Filipinas, zapateros.

ZAPATERA.-  Pues puede que en las Filipinas esos zapateros sean tontos, que aquí en estas tierras los hay listos y muy listos.

VECINA ROJA.-   (Adulona.) Muy bien hablado.

ZAPATERA.-   (Brusca.) Nadie le ha preguntado su parecer.

VECINA ROJA.-  ¡Hija mía!

ZAPATERO.-   (Enérgico, interrumpiendo.) ¡Qué rico vino! (Más fuerte.)  ¡Qué requeterrico vino! (Silencio.)  Vino de uvas negras como el alma de algunas mujeres que yo conozco.

ZAPATERA.-  ¡De las que la tengan!

ALCALDE.-  ¡Chis! ¿Y en qué consiste el trabajo de usted?

ZAPATERO.-   (Apura el vaso, chasca la lengua y mira a la ZAPATERA.) ¡Ah! Es un trabajo de poca apariencia y de mucha ciencia. Enseño la vida por dentro. Aleluyas son los hechos del zapatero mansurrón y la Fierabrás de Alejandría, vida de don Diego Corrientes, aventuras del guapo Francisco Esteban y, sobre todo, arte de colocar el bocado a las mujeres parlanchinas y respondonas.

ZAPATERA.-  ¡Todas esas cosas las sabía mi pobrecito marido!

ZAPATERO.-  ¡Dios lo haya perdonado!

ZAPATERA.-  Oiga usted...

 

(Las vecinas ríen.)

 

NIÑO.-  ¡Cállate!

ALCALDE.-   (Autoritario.) ¡A callar! Enseñanzas son ésas que convienen a todas las criaturas. Cuando usted guste.

 

(El ZAPATERO desenrolla el cartelón en el que hay pintada una historia de ciego, dividida en pequeños cuadros, pintados con almazarrón y colores violentos. Los vecinos inician un movimiento de aproximación y la ZAPATERA se sienta al NIÑO sobre sus rodillas.)

 

ZAPATERO.-  Atención.

NIÑO.-  ¡Ay, qué precioso!  (Abraza a la ZAPATERA.) 

 

(Murmullos.)

 

ZAPATERA.-  Que te fijes bien por si acaso no me entero del todo.

NIÑO.-  Más difícil que la historia sagrada no será.

ZAPATERO.-  Respetable público: Oigan ustedes el romance verdadero y sustancioso de la mujer rubicunda y el hombrecito de la paciencia, para que sirva de escarmiento y ejemplaridad a todas las gentes de este mundo. (En tono lúgubre.)  Agudizad vuestros oídos y entendimiento.

 

(Los vecinos alargan la cabeza y algunas mujeres se agarran de las manos.)

 

NIÑO.-  ¿No se parece el titiritero, hablando, a tu marido?

ZAPATERA.-  Él tenía la voz más dulce.

ZAPATERO.-  ¿Estamos?

ZAPATERA.-  Me sube así un repeluzno.

NIÑO.-  ¡Y a mí también!

ZAPATERO

 (Señalando con la varilla.) 

En un cortijo de Córdoba,
entre jarales y adelfas,
vivía un talabartero
con una talabartera.
 

(Expectación.)

 
Ella era mujer arisca,
él hombre de gran paciencia,
ella giraba en los veinte
y él pasaba de cincuenta.
¡Santo Dios, cómo reñían!
Miren ustedes la fiera,
burlando al débil marido
con los ojos y la lengua.

 

(Está pintada en el cartel una mujer que mira de manera infantil y cansina.)

 

ZAPATERA.-  ¡Qué mala mujer!

 

(Murmullos.)

 
ZAPATERO
Cabellos de emperadora
tiene la talabartera,
y una carne como el agua
cristalina de Lucena.
Cuando movía las faldas
en tiempos de Primavera
olía toda su ropa
a limón y a yerbabuena.
¡Ay, qué limón, limón
de la limonera!
¡Qué apetitosa
talabartera!
 

(Los vecinos ríen.)

 
Ved cómo la cortejaban
mocitos de gran presencia
en caballos relucientes
llenos de borlas de seda.
Gente cabal y garbosa
que pasaba por la puerta
haciendo brillar, adrede,
las onzas de sus cadenas.
La conversación a todos
daba la talabartera,
y ellos caracoleaban
sus jacas sobre las piedras.
Miradla hablando con uno
bien peinada y bien compuesta,
mientras el pobre marido
clava en el cuero la lezna.

 (Muy dramático y cruzando las manos.) 

Esposo viejo y decente,
casado con joven tierna,
¡qué tunante caballista
roba tu amor en la puerta!

 

(La ZAPATERA, que ha estado dando suspiros, rompe a llorar.)

 

ZAPATERO.-   (Volviéndose.) ¿Qué pasa?

ALCALDE.-  ¡Pero niña!  (Da con la vara.) 

VECINA ROJA.-  ¡Siempre llora quien tiene por qué callar!

VECINA MORADA.-  ¡Siga usted!

 

(Los vecinos murmuran y sisean.)

 

ZAPATERA.-  Es que me da mucha lástima y no puedo contenerme, ¿lo ve usted?, no puedo contenerme.  (Llora queriéndose contener, hipando de manera comiquísima.) 

ALCALDE.-  ¡Chitón!

NIÑO.-  ¿Lo ves?

ZAPATERO.-  ¡Hagan el favor de no interrumpirme! ¡Cómo se conoce que no tienen que decirlo de memoria!

NIÑO.-   (Suspirando.) ¡Es verdad!

ZAPATERO

 (Malhumorado.) 

Un lunes por la mañana
a eso de las once y media,
cuando el sol deja sin sombra
los juncos y madreselvas,
cuando alegremente bailan
brisa y tomillo en la sierra
y van cayendo las verdes
hojas de las madroñeras,
regaba sus alhelíes
la arisca talabartera.
Llegó su amigo trotando
una jaca cordobesa
y le dijo entre suspiros:
Niña, si tú lo quisieras,
cenaríamos mañana
los dos solos, en tu mesa.
¿Y qué harás de mi marido?
Tu marido no se entera.
¿Qué piensas hacer? Matarlo.
Es ágil. Quizá no puedas.
¿Tienes revólver? ¡Mejor!,
¡tengo navaja barbera!
¿Corta mucho? Más que el frío.
 

(La ZAPATERA se tapa los ojos y aprieta al NIÑO. Todos los vecinos tienen una expectación máxima que se notará en sus expresiones.)

 
Y no tiene ni una mella.
¿No has mentido? Le daré
diez puñaladas certeras
en esta disposición,
que me parece estupenda:
cuatro en la región lumbar,
una en la tetilla izquierda,
otra en semejante sitio
y dos en cada cadera.
¿Lo matarás en seguida?
Esta noche cuando vuelva
con el cuero y con las crines
por la curva de la acequia.

 

(En este último verso y con toda rapidez se oye fuera del escenario un grito angustiado y fortísimo; los vecinos se levantan. Otro grito más cerca. Al ZAPATERO se le cae de las manos el telón y la varilla. Tiemblan todos cómicamente.)

 

VECINA NEGRA.-   (En la ventana.) ¡Ya han sacado las navajas!

ZAPATERA.-  ¡Ay, Dios mío!

VECINA ROJA.-  ¡Virgen Santísima!

ZAPATERO.-  ¡Qué escándalo!

VECINA NEGRA.-  ¡Se están matando! ¡Se están cosiendo a puñaladas por culpa de esa mujer!   (Señala a la ZAPATERA.) 

ALCALDE.-   (Nervioso.) ¡Vamos a ver!

NIÑO.-  ¡Que me da mucho miedo!

VECINA VERDE.-  ¡Acudir, acudir!

 

(Van saliendo.)

 

VOZ.-   (Fuera.) ¡Por esa mala mujer!

ZAPATERO.-  Yo no puedo tolerar esto; ¡no lo puedo tolerar!  (Con las manos en la cabeza corre la escena.) 

 

(Van saliendo rapidísimamente todos entre ayes y miradas de odio a la ZAPATERA. Ésta cierra rápidamente la ventana y la puerta.)

 

ZAPATERA.-  ¿Ha visto usted qué infamia? Yo le juro, por la preciosísima sangre de nuestro padre Jesús, que soy inocente. ¡Ay! ¿Qué habrá pasado?... Mire, mire usted cómo tiemblo.  (Le enseña las manos.)  Parece que las manos se quieren escapar ellas solas.

ZAPATERO.-  Calma, muchacha. ¿Es que su marido está en la calle?

ZAPATERA.-   (Rompiendo a llorar.) ¿Mi marido? ¡Ay, señor mío!

ZAPATERO.-  ¿Qué le pasa?

ZAPATERA.-  Mi marido me dejó por culpa de las gentes y ahora me encuentro sola, sin calor de nadie.

ZAPATERO.-  ¡Pobrecilla!

ZAPATERA.-  ¡Con lo que yo lo quería! ¡Lo adoraba!

ZAPATERO.-   (Con un arranque.) ¡Eso no es verdad!

ZAPATERA.-   (Dejando rápidamente de llorar.) ¿Qué está usted diciendo?

ZAPATERO.-  Digo que es una cosa tan... incomprensible que... parece que no es verdad.  (Turbado.) 

ZAPATERA.-  Tiene usted razón, pero yo desde entonces no como, ni duermo, ni vivo; porque él era mi alegría, mi defensa.

ZAPATERO.-  Y queriéndolo tanto como lo quería, ¿la abandonó? Por lo que veo, su marido de usted era un hombre de pocas luces.

ZAPATERA.-  Haga el favor de guardar la lengua en el bolsillo. Nadie le ha dado permiso para que dé su opinión.

ZAPATERO.-  Usted perdone, no he querido...

ZAPATERA.-  Digo..., ¡cuando era más listo!...

ZAPATERO.-   (Con guasa.) ¿Síííí?

ZAPATERA.-   (Enérgica.) Sí. ¿Ve usted todos esos romances y chupaletrinas que canta y cuenta por los pueblos? Pues todo eso es un ochavo comparado con lo que él sabía..., él sabía... ¡el triple!

ZAPATERO.-   (Serio.) No puede ser.

ZAPATERA.-   (Enérgica.) Y el cuádruple... Me los decía todos a mí cuando nos acostábamos. Historietas antiguas que usted no habrá oído mentar siquiera...  (Gachona.)  y a mí me daba un susto..., pero él me decía: «¡Preciosa de mi alma, si esto ocurre de mentirijillas!».

ZAPATERO.-   (Indignado.) ¡Mentira!

ZAPATERA.-   (Extrañadísima.) ¿Eh? ¿Se le ha vuelto el juicio?

ZAPATERO.-  ¡Mentira!

ZAPATERA.-   (Indignada.) Pero ¿qué es lo que está usted diciendo, titiritero del demonio?

ZAPATERO.-   (Fuerte y de pie.) Que tenía mucha razón su marido de usted. Esas historietas son pura mentira, fantasía nada más.  (Agrio.) 

ZAPATERA.-   (Agria.) Naturalmente, señor mío. Parece que me toma por tonta de capirote..., pero no me negará usted que dichas historietas impresionan.

ZAPATERO.-  ¡Ah, eso ya es harina de otro costal! Impresionan a las almas impresionables.

ZAPATERA.-  Todo el mundo tiene sentimientos.

ZAPATERO.-  Según se mire. He conocido mucha gente sin sentimiento. Y en mi pueblo vivía una mujer... en cierta época, que tenía el suficiente mal corazón para hablar con sus amigos por la ventana mientras el marido hacía botas y zapatos de la mañana a la noche.

ZAPATERA.-   (Levantándose y cogiendo una silla.) ¿Eso lo dice por mí?

ZAPATERO.-  ¿Cómo?

ZAPATERA.-  ¡Que si va con segunda, dígalo! ¡Sea valiente!

ZAPATERO.-   (Humilde.) Señorita, ¿qué está usted diciendo? ¿Qué sé yo quién es usted? Yo no la he ofendido en nada; ¿por qué me falta de esa manera? ¡Pero es mi sino! (Casi lloroso.) 

ZAPATERA.-   (Enérgica, pero conmovida.) Mire usted, buen hombre. Yo he hablado así porque estoy sobre ascuas; todo el mundo me asedia, todo el mundo me critica; ¿cómo quiere que no esté acechando la ocasión más pequeña para defenderme? Si estoy sola, si soy joven y vivo ya sólo de mis recuerdos...  (Llora.) 

ZAPATERO.-   (Lloroso.) Ya comprendo, preciosa joven. Yo comprendo mucho más de lo que pueda imaginarse, porque... ha de saber usted, con toda clase de reservas, que su situación es... sí, no cabe duda, idéntica a la mía.

ZAPATERA.-   (Intrigada.) ¿Es posible?

ZAPATERO.-   (Se deja caer sobre la mesa.) A mí... ¡me abandonó mi esposa!

ZAPATERA.-  ¡No pagaba con la muerte!

ZAPATERO.-  Ella soñaba con un mundo que no era el mío, era fantasiosa y dominanta, gustaba demasiado de la conversación y las golosinas que yo no podía costearle, y un día tormentoso de viento huracanado me abandonó para siempre.

ZAPATERA.-  ¿Y qué hace usted ahora, corriendo mundo?

ZAPATERO.-  Voy en su busca para perdonarla y vivir con ella lo poco que me queda de vida. A mi edad ya se está malamente por esas posadas de Dios.

ZAPATERA.-   (Rápida.) Tome un poquito de café caliente, que después de toda esta tracamundana le servirá de salud.  (Va al mostrador a echar café y vuelve la espalda al ZAPATERO.) 

ZAPATERO.-   (Persignándose exageradamente y abriendo los ojos.) Dios te lo premie, clavellinita encarnada.

ZAPATERA.-   (Le ofrece la taza. Se queda con el plato en la mano y él bebe a sorbos.) ¿Está bueno?

ZAPATERO.-   (Meloso.) ¡Como hecho por sus manos!

ZAPATERA.-   (Sonriendo.) ¡Muchas gracias!

ZAPATERO.-   (En el último trago.) ¡Ay, qué envidia me da su marido!

ZAPATERA.-  ¿Por qué?

ZAPATERO.-   (Galante.) ¡Porque se pudo casar con la mujer más preciosa de la tierra!

ZAPATERA.-   (Derretida.) ¡Qué cosas tiene!

ZAPATERO.-  Y ahora casi me alegro de tenerme que marchar, porque usted sola, yo solo, usted tan guapa y yo con mi lengua en su sitio, me parece que se me escaparía cierta insinuación...

ZAPATERA.-   (Reaccionando.) Por Dios, ¡quite de ahí! ¿Qué se figura? ¡Yo guardo mi corazón entero para el que está por esos mundos, para quien debo, para mi marido!

ZAPATERO.-   (Contentísimo y tirando el sombrero al suelo.) ¡Esto está pero que muy bien! Así son las mujeres verdaderas, ¡así!

ZAPATERA.-   (Un poco guasona y sorprendida.) Me parece a mí que usted está un poco...  (Se lleva el dedo a la sien.) 

ZAPATERO.-  Lo que usted quiera. ¡Pero sepa y entienda que yo no estoy enamorado de nadie más que de mi mujer, mi esposa de legítimo matrimonio!

ZAPATERA.-  Y yo de mi marido y de nadie más que de mi marido. Cuántas veces lo he dicho para que lo oyeran hasta los sordos.  (Con las manos cruzadas.)  ¡Ay, qué zapaterillo de mi alma!

ZAPATERO.-   (Aparte.) ¡Ay, qué zapaterilla de mi corazón!

 

(Golpes en la puerta.)

 

ZAPATERA.-  ¡Jesús! Está una en un continuo sobresalto. ¿Quién es?

NIÑO.-  ¡Abre!

ZAPATERA.-  ¿Pero es posible? ¿Cómo has venido?

NIÑO.-  ¡Ay, vengo corriendo para decírtelo!

ZAPATERA.-  ¿Qué ha pasado?

NIÑO.-  Se han hecho heridas con las navajas dos o tres mozos y te echan a ti la culpa. Heridas que echan mucha sangre. Todas las mujeres han ido a ver al juez para que te vayas del pueblo, ¡ay! Y los hombres querían que el sacristán tocara las campanas para cantar tus coplas...   (El NIÑO está jadeante y sudoroso.) 

ZAPATERA.-    (Al ZAPATERO.) ¿Lo está usted viendo?

NIÑO.-  Toda la plaza está llena de corrillos..., parece la feria..., ¡y todos contra ti!

ZAPATERO.-  ¡Canallas! Intenciones me dan de salir a defenderla.

ZAPATERA.-  ¿Para qué? Lo meterán en la cárcel. Yo soy la que va a tener que hacer algo gordo.

NIÑO.-  Desde la ventana de tu cuarto puedes ver el jaleo de la plaza.

ZAPATERA.-   (Rápida.) Vamos, quiero cerciorarme de la maldad de las gentes.  (Mutis rápido.) 

ZAPATERO.-  Sí, sí, canallas...; pero pronto ajustaré cuentas con todos y me las pagarán... ¡Ah, casilla mía, qué calor más agradable sale por tus puertas y ventanas!; ¡ay, qué terribles paradores, qué malas comidas, qué sábanas de lienzo moreno por esos caminos del mundo! ¡Y qué disparate no sospechar que mi mujer era de oro puro, del mejor de la tierra! ¡Casi me dan ganas de llorar!

VECINA ROJA.-   (Entrando rápida.) Buen hombre.

VECINA AMARILLA.-   (Rápida.) Buen hombre.

VECINA ROJA.-  Salga en seguida de esta casa. Usted es persona decente y no debe estar aquí.

VECINA AMARILLA.-  Ésta es la casa de una leona, de una hiena.

VECINA ROJA.-  De una mal nacida, desengaño de los hombres.

VECINA AMARILLA.-  Pero o se va del pueblo o la echamos. Nos trae locas.

VECINA ROJA.-  Muerta la quisiera ver.

VECINA AMARILLA.-  Amortajada con su ramo en el pecho.

ZAPATERO.-   (Angustiado.) ¡Basta!

VECINA ROJA.-  Ha corrido la sangre...

VECINA AMARILLA.-  No quedan pañuelos blancos.

VECINA ROJA.-  Dos hombres como dos soles.

VECINA AMARILLA.-  Con las navajas clavadas.

ZAPATERO.-    (Fuerte.) ¡Basta ya!

VECINA ROJA.-  Por culpa de ella.

VECINA AMARILLA.-  Ella, ella y ella.

VECINA ROJA.-  Miramos por usted.

VECINA AMARILLA.-  ¡Le avisamos con tiempo!

ZAPATERO.-  Grandísimas embusteras, mentirosas, mal nacidas. Os voy a arrastrar del pelo.

VECINA ROJA.-   (A la otra.) ¡También lo ha conquistado!

VECINA AMARILLA.-  ¡A fuerza de besos habrá sido!

ZAPATERO.-  ¡Así os lleve el demonio! ¡Basiliscos, perjuras!

VECINA NEGRA.-   (En la ventana.) ¡Comadre, corra usted!

 

(Sale corriendo. Las dos vecinas hacen lo mismo.)

 

VECINA ROJA.-  Otro en el garlito.

VECINA AMARILLA.-  ¡Otro!

ZAPATERO.-  ¡Sayonas judías! ¡Os pondré navajillas barberas en los zapatos! ¡Me vais a soñar!

NIÑO.-   (Entra rápido.) Ahora entraba un grupo de hombres en casa del Alcalde. Voy a ver lo que dicen.  (Sale corriendo.) 

ZAPATERA.-   (Valiente.) Pues aquí estoy, si se atreven a venir. Y con serenidad de familia de caballistas que han cruzado muchas veces la sierra, sin hamugas, a pelo sobre los caballos.

ZAPATERO.-  ¿Y no flaqueará algún día su fortaleza?

ZAPATERA.-  Nunca se rinde la que, como yo, está sostenida por el amor y la honradez. Soy capaz de seguir así hasta que se vuelva cana toda mi mata de pelo.

ZAPATERO.-   (Conmovido, avanzando hacia ella.) Ay...

ZAPATERA.-  ¿Qué le pasa?

ZAPATERO.-  Me emociono.

ZAPATERA.-  Mire usted, tengo a todo el pueblo encima, quieren venir a matarme, y sin embargo no tengo ningún miedo. La navaja se contesta con la navaja y el palo con el palo, pero cuando de noche cierro esa puerta y me voy sola a mi cama... me da una pena... ¡qué pena! ¡Y paso unas sofocaciones!... Que cruje la cómoda: ¡un susto! Que suenan con el aguacero los cristales del ventanillo, ¡otro susto! Que yo sola meneo sin querer las perinolas de la cama, ¡susto doble! Y todo esto no es más que el miedo a la soledad donde están los fantasmas, que yo no he visto porque no los he querido ver, pero que vieron mi madre y mi abuela y todas las mujeres de mi familia que han tenido ojos en la cara.

ZAPATERO.-  ¿Y por qué no cambia de vida?

ZAPATERA.-  ¿Pero usted está en su juicio? ¿Qué voy a hacer? ¿Dónde voy así? Aquí estoy y Dios dirá.

 

(Fuera y muy lejanos se oyen murmullos y aplausos.)

 

ZAPATERO.-  Yo lo siento mucho, pero tengo que emprender mi camino antes que la noche se me eche encima. ¿Cuánto debo?  (Coge el cartelón.) 

ZAPATERA.-  Nada.

ZAPATERO.-  No transijo.

ZAPATERA.-  Lo comido por lo servido.

ZAPATERO.-  Muchas gracias. (Triste, se carga el cartelón.)  Entonces, adiós... para toda la vida, porque a mi edad... (Está conmovido.) 

ZAPATERA.-    (Reaccionando.) Yo no quisiera despedirme así. Yo soy mucho más alegre.  (En voz clara.)  Buen hombre, Dios quiera que encuentre usted a su mujer, para que vuelva a vivir con el cuido y la decencia a que estaba acostumbrado.  (Está conmovida.) 

ZAPATERO.-  Igualmente le digo de su esposo. Pero usted ya sabe que el mundo es reducido; ¿qué quiere que le diga si por casualidad me lo encuentro en mis caminatas?

ZAPATERA.-  Dígale usted que lo adoro.

ZAPATERO.-   (Acercándose.) ¿Y qué más?

ZAPATERA.-  Que a pesar de sus cincuenta y tantos años, benditísimos cincuenta años, me resulta más juncal y torerillo que todos los hombres del mundo.

ZAPATERO.-  ¡Niña, qué primor! ¡Le quiere usted tanto como yo a mi mujer!

ZAPATERA.-  ¡Muchísimo más!

ZAPATERO.-  No es posible. Yo soy como un perrillo y mi mujer manda en el castillo, ¡pero que mande! Tiene más sentimiento que yo.  (Está cerca de ella y como adorándola.) 

ZAPATERA.-  Y no se olvide de decirle que lo espero, que el invierno tiene las noches largas.

ZAPATERO.-  Entonces, ¿lo recibiría usted bien?

ZAPATERA.-  Como si fuera el rey y la reina juntos.

ZAPATERO.-   (Temblando.) ¿Y si por casualidad llegara ahora mismo?

ZAPATERA.-  ¡Me volvería loca de alegría!

ZAPATERO.-  ¿Le perdonaría su locura?

ZAPATERA.-  ¡Cuánto tiempo hace que se la perdoné!

ZAPATERO.-  ¿Quiere usted que llegue ahora mismo?

ZAPATERA.-  ¡Ay, si viniera!

ZAPATERO.-   (Gritando.) ¡Pues aquí está!

ZAPATERA.-  ¿Qué está usted diciendo?

ZAPATERO.-   (Quitándose las gafas y el disfraz.)  ¡Que ya no puedo más, zapatera de mi corazón!

 

(La ZAPATERA está como loca, con los brazos separados del cuerpo. El ZAPATERO abraza a la ZAPATERA y ésta lo mira fijamente en medio de su crisis. Fuera se oye claramente un runrún de coplas.)

 
VOZ

 (Dentro.) 

La señora Zapatera
al marcharse su marido
ha montado una taberna
donde acude el señorío.

ZAPATERA.-   (Reaccionando.) ¡Pillo, granuja, tunante, canalla! ¿Lo oyes? ¡Por tu culpa! (Tira las sillas.) 

ZAPATERO.-   (Emocionado, dirigiéndose al banquillo.) ¡Mujer de mi corazón!

ZAPATERA.-  ¡Corremundos! ¡Ay, cómo me alegro de que hayas venido! ¡Qué vida te voy a dar! ¡Ni la Inquisición! ¡Ni los templarios de Roma!

ZAPATERO.-   (En el banquillo.) ¡Casa de mi felicidad!

 

(Las coplas se oyen cerquísima. Los vecinos aparecen en la ventana.)

 
VOCES

 (Dentro.) 

¿Quién te compra, Zapatera,
el paño de tus vestidos
y esas chambras de batista
con encaje de bolillos?
Ya la corteja el Alcalde,
ya la corteja don Mirlo.
Zapatera, Zapatera,
¡Zapatera, te has lucido!

ZAPATERA.-  ¡Qué desgraciada soy! ¡Con este hombre que Dios me ha dado!  (Yendo a la puerta.) ¡Callarse, largos de lengua, judíos colorados! Y venid, venid ahora, si queréis. Ya somos dos a defender mi casa, ¡dos!, ¡dos!, yo y mi marido.  (Dirigiéndose al marido.)  ¡Con este pillo, con este granuja!

 

(El ruido de las coplas llena la escena. Una campana rompe a tocar lejana y furiosamente.)

 
 

(Telón.)

 


 
 
FIN DE LA ZAPATERA PRODIGIOSA