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Acerca de la influencia del lenguaje sobre el pensamiento disponemos de una nutrida bibliografía lingüística y filosófica. Para una información inicial de esta cuestión puede servir la obra de C. K. Ogden - I. A. Richards, 1954, El significado del significado, Buenos Aires, Paidós. Véase también Edwar Sapir, 1954, El lenguaje, México, Fondo de Cultura Económica; Adam Schaff, 1967, Lenguaje y conocimiento, México, Editorial Grijalbo; VV.AA. 1977, El lenguaje, La comunicación, Buenos Aires, Nueva Visión.
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Sobre esta cuestión, vid. Aristóteles, Retórica, III, 1: 173-179, edición de Antonio Tovar, 1985, Madrid, Centro de Estudios Constitucionales: «La acción, cuando se aplica, hace lo mismo que en el arte teatral...». Sobre las relaciones entre el lenguaje y la realidad, véase Wilbur Marshall Urban, 1952, Lenguaje y realidad, México, Fondo de Cultura Económica.
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Op. Cit.: 79. Cf. J. L. Austin, 1971, Palabras y acciones, Buenos Aires, Editorial Paidós; J. R. Searle, 1969, Speech Acts: An Essay of the Philosophy of Language, Cambridge; V. Camps, 1976, Pragmática del lenguaje y Filosofía analítica, Barcelona.
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«Artem sine adsiduitate
dicendi non multum iuvare, ut intellegas hanc rationem
praeceptionis ad exercitationem adcommodari
oportere».
El arte no ayuda mucho sin la
ejercitación constante, para que comprendas que esta suma de
preceptos conviene acomodarla a la práctica] Rhetorica ad Herennium,
Barcelona, 1991, Bosch: 64-65.
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«La filosofía se comprende toda en la
Psicología, pues la Lógica y la Ética no
pueden ser, ni son realmente sino aplicaciones prácticas de
los principios que aquélla investiga y establece. Para que
las máximas reguladoras del entendimiento y de la voluntad
del hombre sean acertadas y legítimas, es indispensable que
se deriven del conocimiento profundo de su naturaleza intelectual y
moral cuyo estudio corresponde a la Psicología»
.
(Arbolí: I, 5)
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Aunque los investigadores todavía están en desacuerdo sobre las emociones primarias, nosotros, con una intención meramente descriptiva y didáctica aceptamos la siguiente división propuesta por la mayoría de los manuales:
- Ira: rabia, enojo, resentimiento, furia, exasperación, indignación, acritud, animosidad, irritabilidad, hostilidad y, en caso extremo, odio y violencia.
- Tristeza: aflicción, pena, desconsuelo, pesimismo, melancolía, autocompasión, soledad, desaliento, desesperación y, en caso patológico, depresión grave.
- Miedo: ansiedad, aprensión, temor, preocupación, consternación, inquietud, desasosiego, incertidumbre, nerviosismo, angustia, susto, terror y, en caso de que sea piscopatológico, fobia y pánico.
- Alegría: felicidad, gozo, tranquilidad, contento, beatitud, deleite, diversión, dignidad, placer sensual, estremecimiento, rapto, gratificación, satisfacción, euforia, capricho, éxtasis y, en caso extremos, manía.
- Amor: aceptación, cordialidad, confianza, amabilidad, afinidad, devoción, adoración, enamoramiento y ágape.
- Sorpresa: sobresalto, asombro, desconcierto, admiración.
- Aversión: desprecio, desdén, displicencia, asco, antipatía, disgusto y repugnancia.
- Vergüenza: culpa, perplejidad, desazón, remordimiento, humillación, pesar y aflicción.
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La misma raíz etimológica del término «emoción» proviene del verbo latino movere (mover más el prefijo «e-») significando algo así como «movimiento hacia» y sugiriendo, por lo tanto, que en toda emoción hay implícita una tendencia a la acción.
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Cuando los sociobiólogos buscan una explicación al relevante papel que la evolución ha asignado a las emociones en el psiquismo humano, no dudan en destacar la preponderancia del corazón sobre la cabeza en los momentos realmente cruciales. Son las emociones -afirman- las que nos permiten afrontar situaciones difíciles -el riesgo, las pérdidas irreparables, la persistencia en el logro de un objetivo a pesar de las frustraciones, la relación de pareja, la creación de una familia, etc.- como para ser resueltas exclusivamente en el intelecto. Cada emoción nos predispone de un modo diferente a la acción; cada una de ellas nos señala una dirección que, en el pasado, permitió resolver adecuadamente los innumerables desafíos a que se ha visto sometida la existencia humana.
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Debemos citar, por ejemplo a Tácito quien censura a Casio Severo, pues, pese a sus grandes dotes de orador, gran parte de su obra [contiene] más dosis de bilis que de sangre, pues, desdeñando el orden en la exposición, sin atender a la modestia y al decoro en las palabras, utilizando sin arte las armas de las que cabalmente se servía y derribado con frecuencia por su obsesión de herir, es primero en mostrarse como un alborotador, y no como un luchador. (Diálogo de los Oradores: 198).
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Opinamos que es precisamente en el ámbito de la elocuencia donde mejor se pueden aplicar las ideas de Schopenhauer, de Kant e, incluso de Fichte sobre el valor del sentimiento vital. Sobre la historia del término «vivencia» véase H. G. Gadamer, 1984, Verdad y Método, Salamanca, Sígueme: 96.