1
Una actualización de estas referencias en la propia publicación o, al menos, una tabla de las interconexiones (especialmente cuando se dan sin discriminación las alusiones a escritos exteriores y a otros ahora reunidos, como ocurre, p. ej., en pp. 337, 340, 344, 350 y 495 -a propósito de algunas referencias que sí se hacen a la disposición actual de la obra, entiéndase en la n. 18 de p. 137 que infra sólo afecta al estudio n.º 5, y en la n. 37 de p. 141 que el n.º 3 no se halla infra, sino sup.) habría sido probablemente agradecida por más de uno, como se agradece la paginación continua de la serie entera. Tanto mejor, si la actualización hubiera llegado más a fondo, rebasando el plano de la revisión -donde pudo evitar que se imprimiera todavía, en p. 325, una remisión a p. 000, típica de pruebas no compaginadas; o permitir que se unificaran cómodamente todas las notas en pie de página, en vez de mantener en final de «capítulo» las que estuvieron en final de trabajo y, llegando al de la organización, hubiese impedido, mediante las llamadas oportunas, repeticiones (p. ej., entre pp. 131 y 146), a veces múltiples: así, el apóstrofe de S. Jerónimo, Epist. XXII 29, 7 Quid facit Horatius cum psalterio... cum apostolo Cicero? llega a leerse -con alguna variación en el orden de palabras- en p. 165 por cuarta vez; cf. en p. 215 también repetida la cita de Peter Brown, y en pp. 85 y 138, nn. 4 y 22, respectivamente, la de M.-Th. Coqueray sobre S. Ambrosio.
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Quizás un tanto forzada con respecto a alguno de los poetas: p. ej., en Prudencio -nada menos- hay géneros que todavía se distinguen entre sí bastante.
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Una de las que resultan mejor estructuradas como tal parte; en alguna de las restantes, la ligazón podría parecer, tal vez, algo impuesta o, en ocasiones, redundante, dada la tendencia ya de no pocos títulos de los trabajos a la agrupación de 3 ó 4 escritores estudiados con referencia a un aspecto concreto.
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Sobre todo, si se juzga a través de la autocrítica que supone su actual 2.º capítulo, reconocido explícitamente como una reflexión metodológica acerca de la posible índole de su proceder, temáticamente disperso, pero paradójicamente unitario. Importantes a este mismo respecto metodológico resultan las observaciones de los coloquiantes en la Fondation Hardt, donde se había expuesto dicho estudio: Herzog, Fuhrmann, Schmidt, Duval.
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Cierto que esto mismo hubiera podido impedir al autor ir en pos de quienes, por la orilla opuesta, imbrican en exceso también los contenidos. Así, si resulta sostenible la relación (p. 322) entre el culto de los mártires y el de los antiguos genii locorum protectores, ya no parece tan objetiva la sugerencia de que su intercesión haya tenido que ver con el patronazgo de funcionarios ante el emperador (p. 291).
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Valiosa, por cierto, su corroboración de frondem -preferido ya por Arévalo- frente a fontem en Prud., Perist. 12, 35, con base ahora en el propio Dittochaeon prudenciano (pp. 469-470).
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Léase en la 1. 2 de p. 367 «pentamètre» en vez de «hexamètre».
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Atención muy de agradecer y que, seguramente, hará pasar por alto algunas propuestas poco compartibles. Tal, designar (p. 327) como «insurrection» la guerra de la independencia (menos mal que contra la «invasion» napoleónica). O los tanteos de acercamiento (pp. 305, 320 y 326) a Hispanos Deus aspicit benignus (Prud., Perist. 5, 4) sin alcanzar a la interpretación, sólo difficilior para quien no sintonice con Prudencio (¡claro que paradójica también, pero esto no puede extrañar precisamente a F.!), de que esta benignidad especial estribe precisamente en haber permitido que Hispania haya sido suelo de numerosos mártires. O el compromiso en la datación de la cristianización de los vascones (p. 326), retrasada, de arranque, hasta el s. XI, si bien matizando inmediatamente con un sensato «du moins dans les montagnes» -acierto que se alinea, en esta cuestión, junto a los del señalamiento de la concomitancia entre Sulp. Sev., Dial. I 14, 6 cui sapit omne quod brutum est y Prud., Cathem. 11, 88 sapiatque [impreso aquí piatque] quod brutum fuit, y la rectificación a Blázquez en la interpretación de Prud., Perist. 1, 95: no sangre de sacrificios vascones, sino de los mártires calagurritanos inmolados en nombre de Roma por el perseguidor (p. 325)-. O, en fin, alguna omisión, como la del testimonio del presbítero Eutropio (De similitudine carnis peccati -Patr. Lat. suppl. I, col. 529-) de la catequesis ejercida por la devota Cerasia sobre sus «bárbaros» asalariados, entre los casos de proselitismo de propietarios sobre su servidumbre, de p. 243, máxime cuando en p. 295, n. 69 se ocupa ampliamente del ya célebre pasaje. (En aras de esa celebridad, permítaseme apuntar que qui [sc. barbari] mortem putant idola non uidere más bien que «qui croient mourir quand ils ne voient pas leurs idoles» sea «que creen que sus ídolos no ven la muerte», e. e., «son inmortales».)
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Así, p. ej., la insistencia en la mayor probabilidad de una datación «haute» para Comodiano (p. 36, n. 1), reforzada con autorizadas opiniones ajenas y precisada (s. III, p. 16 n. 27; incluso, mitad de dicho siglo, p. 131); el razonamiento de por qué en la literatura latina la prosa fue anterior al verso (pp. 131-132); la neta desautorización de los intentos recientes de galaicizar el priscilianismo -incluso advirtiendo lúcidamente la doble vitalidad cronológica de la secta (pp. 298-299)-, mediante la amical admonición del escarmiento habido en las tentativas paralelas de enraizar el donatismo en creencias locales anteriores a la romanización (F., caritativo con los vivientes, no llega a la menor insinuación del carácter independentista que late en el origen de aquellos intentos, según asoma ya en el título en varios de los trabajos así desviados que cita en la n. 79 de p. 299; él guarda, al parecer, sus reproches para S. Jerónimo -«avec sa violence et sa mauvaise foi coutumières [destaco yo, naturalmente], Jérôme a attaqué [...]», en p. 304- o Prudencio, tarado de «"schizophrénie" de la conscience morale» por su admisión de la guerra justa, en la n. 63 de la p. 361); la matización, con sordina, del «systématisme excessif» con que Kl. Thraede había enmarcado la visión cristiana de la mujer (p. 440; si bien todo el capítulo de F. puede dar la impresión también de necesitar una cierta rebaja en su tono retórico).
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Valgan, pues, unas escuetas referencias a los fundamentos filológicos en que aquéllos se basan. Cierto que (p. VI) los evangelistas llaman shmei=a a los milagros de Jesús; pero el sentido de «prodigio» lo adscribe ya al término un diccionario usual, como es el de Bailly, s. u. shmei=on desde cinco siglos antes de los evangelios y sin relación alguna con un Absoluto del que sean señales. Existen en la Biblia recomendaciones contra la violencia; pero ni siquiera el severo Bautista aparece sugiriendo a los soldados que abandonen su oficio, sino solamente que no se aprovechen de él para vejar ni denunciar en falso a nadie, contentándose con su soldada; tres centuriones, por lo menos, son elogiados por su fe: el de Cafarnaúm, de labios del propio Jesús; el de la crucifixión, que le confiesa hijo de dios (Hijo de Dios para las comunidades cristianas primitivas que, con el nombre de Longinos, le creyeron prácticamente un santo, a juzgar por las leyendas que sobre él llegaron a propagarse) y Cornelio, protobautizado entre los gentiles. La aversión a la milicia bajo emperadores pudo deberse a que entre ellos se contaron perseguidores de la nueva religión. Los «quatre textes fondamentaux» virgilianos aducidos en la n. 41 de p. 350 son innegablemente antibélicos, pero en ellos la impiedad de la guerra no viene señalada por mero antimilitarismo, sino -¡como advierte el propio autor!- por tratarse de (o aludir a) contiendas civiles los tres primeros y de una de Latino contra Eneas en el cuarto. ¿Cuántos pasajes podrían citarse en sentido contrario? Más: ¿no es un acto fundamental del pius Eneas su beligerancia frente a Turno (¡y a sus ayudas divinas!) para cumplir su misión, divina también? Por ello, la supuesta existencia de esa «tradition antique» pacifista, «ravivée à chaque génération par la lecture et l'explication des poèmes virgiliens» debería demostrarse, en vista de que justamente a Virgilio le salieron notorios imitadores dispuestos a seguir cantando otras campañas: Valerio, Silio, Estacio... Concluir (p. 355) a partir de la hipótesis antimilitarista de la no violencia unos resultados de cambio o división en la moral cristiana -recuérdese la mencionada «schizophrénie» de Prudencio- puede parecer petición de principio, sobre todo existiendo la posibilidad de explicación por aversión a los perseguidores, recién citada también.