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11

En Facundo, Sarmiento demostrará una insistente preocupación por la navegación de los ríos, asociándola -con resonancias de Heráclito- con la dinámica de la historia, y por lo tanto con el progreso. El Matadero vendría a decir, en este sentido, que si bien no podemos bañarnos dos veces en el mismo río, sí podemos ensuciarnos dos veces en el mismo barro.

 

12

En otros casos se trata de una falsa movilidad: hay algún movimiento, pero siempre en el mismo lugar. Así, por ejemplo, los muchachos que «se rebullían caracoleando» o las gaviotas que, aun en el aire, se quedan «columpiándose». Se trata, como se ve, de movimientos sin desplazamiento, una falsa movilidad.

 

13

Esta atribución tiene, por cierto, sus matices. En la medida en que los federales les echan la culpa de la inundación a los unitarios, están de alguna manera politizando la lluvia.

 

14

El demonio que desclava al toro de barro resulta ser el propio toro, de quien luego se dice que va «furioso como un demonio».

 

15

Hay todo un orden del salpicar en El Matadero: al inglés lo salpican con barro, los federales tienen sus ropas salpicadas con sangre, y por fin el unitario, revoleando un vaso, los salpicará con agua.

 

16

En palabras del narrador, los federales «cruzando el pantano amasaron con barro bajo las patas de sus caballos, su miserable cuerpo. Salió el gringo, como pudo, después a la orilla, más con la apariencia de un demonio tostado por las llamas del infierno que de un hombre blanco pelirrubio».

 

17

Tanto que se ve, al igual que el inglés, separado de su caballo. Pero aquí hasta el caballo permanece inmóvil.

 

18

Ver Martín Kohan, «Las miradas del Facundo: lupas, catalejos y poder» (Babel, Revista de Libros, Año I, n.º 5, Buenos Aires, noviembre de 1988).

 

19

Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano, op. cit., XXVI.

 

20

Josefina Ludmer, El género gauchesco. Un tratado sobre la patria, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1988, 175.