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1

Cartas Españolas, o sea revista histórica, científica, teatral, artística, crítica y literaria. Publicadas con Real Permiso, y dedicadas a la Reina Nuestra Señora, por D. José María Carnerero, Madrid, Imprenta de J. Sancha. Seis tomos de Om, 148 x Om, 0,83.

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2

Ramón de Mesonero Romanos, Memorias de un setentón, Madrid, Oficinas de la Ilustración Española y Americana, 1881, II, p. 57.

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Semanario Pintoresco Español, «Prospecto», Imprenta, de D. T. Jordán, 1836, p. 4.

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Mesonero Romanos intenta desde un primer momento la originalidad y la creación de un equipo de grabadores a fin de que el Semanario sea autosuficiente y original. A pesar de ello, no desdeña la inclusión de grabados provenientes de publicaciones extranjeras: «No queriendo limitar nuestro periódico a reproducir los dibujos y artículos de los que de esta clase se publican en el extranjero, hemos contado con el auxilio de varios distinguidos artistas nacionales y otros venidos especialmente de París, los cuales nos ofrecen en dibujo y en grabado la corrección que puede observarse en los que acompañan a este prospecto, todo ejecutado en Madrid», Ibid., p. 7.

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5

Memorias de un setentón, II, p. 181.

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Panorama matritense. Cuadros de costumbres de la capital, observados y descritos por Un Curioso Parlante, Madrid, Imprenta de Repullé, 3 vols., 1835-1838.

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Los grabados de F. Ortego insertos en el Panorama matritense guardan estrecha vinculación desde el punto de vista de su contenido con su producción pictórica. La mayoría de ellos recrean escenas costumbristas de tipos, como los cuadros Costumbres de la época de Felipe V, Unos muchachos y Manolos jugando a la brisca. El lector de novelas estaba acostumbrado a ver sus dibujos en las lecturas de la época, pues figuraban en obras literarias de gran éxito, como en La princesa de los Ursinos, La esclava de su deber. El mundo al revés, Doña Blanca de Lanuza, Memorias de un hechicero, etc. Sin embargo, su mayor éxito como dibujante lo tuvo gracias a sus colaboraciones en la prensa del momento, especialmente en la de corte satírico. Sus caricaturas de personajes publicadas fueron celebradísimas. Personajes de sarcástica expresión en el gesto, abultando los defectos, ridiculizando la vestimenta, los ademanes y tics caracterizadores del tipo caricaturizado en cuestión. Sus caricaturas abarcan un amplio muestrario de tipos con sus respectivos oficios y profesiones. Rica gama de dibujos en la que no faltan cesantes, hampones, aguadores, cocheros, horteras, lechuguinos, toreros, estudiantes, cofrades, señoritas cursis, manolos, gitanas, golfillos, aristócratas o contextos que se adecúan a la perfección con el tipo caricaturizado.

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Ya en época temprana, Villaamil tiende en sus cuadros a la plasmación de ambientes poblados de numerosos personajes, no de tipos aislados. Tiende más al espacio abierto que al cerrado, aunque no descuida los interiores de edificios que se prestan a la variada presencia de personajes, como sus cuadros La toma de Jerusalén por Godofredo de Bouillon, Una procesión al Santuario de Covadonga, Dos escenas de la batalla de Arlaban, Vista de la Giralda de Sevilla, desde la calle de la Borceguinería, La marcha de una división, Un baile en el campo, Una escena de ladrones, Un acuartelamiento en Toledo, Una procesión de la catedral de Toledo, Una plaza de toros, Vista del Palacio Real de Madrid, Vista de la Puerta del Sol, entre otros.

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Ildefonso Cibera fue un grabador que no se prodigó en exceso. Los grabados que hemos visto en las publicaciones periódicas de la época tienden más al estudio del tipo que de la escena. Colaboró en célebres revistas de mediados del siglo XIX, como La Semana, El Siglo Pintoresco, La Ilustración. Además de colaborar en el Semanario Pintoresco Español, formó parte del selecto grupo de grabadores que publicaron sus obras en la célebre revista El Artista. Cibera participó en dicha publicación, en la segunda época. Sus grabados se encuentran dispersos en obras de muy dispar contenido, como Historia del Escorial, Año Cristiano, El Pabellón Español, Historia de las armas de infantería y caballería, La Justicia Divina, Luisa o el ángel de la Redención, entre otras más.

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Nació en Roma en el año 1815. Su padre, el no menos famoso pintor Juan Antonio Ribera Fernández, residía en Roma pensionado por el gobierno español. Fue director honorario de la Real Academia de San Fernando, profesor de los estudios superiores de la Escuela especia! de pintura, pintor de cámara en 1846 con motivo del casamiento de la reina Isabel II y académico de número de San Fernando. Sus cuadros más celebrados fueron, entre otros, Apocalipsis de San Juan, María Magdalena en el Sepulcro, La toma de Granada por los Reyes Católicos, La conversión de San Pablo, Escenas de la Inquisición y La última cena de Nuestro Señor Jesucristo con los Apóstoles. Entre sus trabajos al fresco merecen ser destacados los que figuran en el gabinete de los ministros en el Congreso de los Diputados. Obra que representa de forma alegórica los diferentes ministerios que constituyen el Gobierno de la Monarquía. También cabe destacar la magnífica bóveda del Salón de Sesiones de dicho palacio del Congreso. Fresco que comprende cinco grandes cuadros históricos pintados en los compartimentos del plafón y veintiuna figuras alegóricas. De los primeros, cuatro plasman la historia de la legislación: legisladores de la época grecolatina, goda, aragonesa y legisladores de la época de la restauración. El último lo constituye la apoteosis de los españoles célebres. En 1860 pintó también los dos cuadros triangulares de la mesa de la Presidencia, cuyos asuntos vienen a ser el complemento general del techo del Salón: la representación de la Ley Divina transmitida por las tablas del Decálogo y el Evangelio.

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