Anteriormente hemos dicho que los halcones, así los que traen de Noruega, que vienen de Flandes, como los que toman zahareños, lo primero que les debes hacer es bañarlos del piojo. Pues no hay duda que los que traen de Flandes tiene piojo por la compañía de muchos halcones que vienen juntos, y los que se toman bravos tienen piojo de las aves que cazan para cebarse cada día, y hasta que los bañes y limpies no pueden estar en su sabor, ni harías de ellos lo que quisieres, ya que luego que le da el sol al halcón y el piojo bulle, tanto tiene que preocuparse que no cuida de otra cosa, porque la pluma se le calienta, y el piojo muévese, y le hace picotearse y a las veces perderse. Y como dije, cuando son pollos, el oropimente es buen baño para ellos. Pero en cuanto han mudado, y están bien vestidos de hermosas plumas, no los quieren los cazadores teñir del oropimente, según se ha dicho en el octavo capítulo, luego en el comienzo.
Para limpiarlo, cuando tu halcón mudado sintieres que tiene piojo (se lo verás en que toda la noche suena los cascabeles y no sosiega, rascándose con los pies, y sacudiéndose a menudo, y algunas veces son tantos, que los verás salir al sol por encima de las plumas), tomarás para un halcón una onza de pimienta bien molida y cernida, y un cuarto de onza de favarraz molido, átalo en un trapo y ponlo en un bacín, o en una gamella pequeña con agua tibia y algún vino blanco, cuantía de la cuarta parte, y haz salir toda la fuerza de los polvos de la pimienta y el favarraz que tienes en el trapo, en el agua, y después pon un paño de lino en el bacín, y coge tu halcón dulcemente, que no lo aprietes, para que no se hiera en los hombrillos y en las espaldas, porque tiene allí los huesos y poca carne; ten alguno que te ayude; derriba tu halcón, mójale bien todas las plumas con el agua, as! revuelta con el polvo de la pimienta y favarraz, como se dijo, y, cuando lo hubieres así bañado, envuélvelo con un paño de lino limpio, y esté así encamisado un tiempo encima de un faceruelo, y después, desenvuélvelo y tómalo en la mano, tenlo al sol hasta que se vaya enjugando y veas salir el piojo, y quítaselos luego con una caña así como fuesen saliendo, y a los cuatro o cinco días pruébale el agua dulce para que se bafle si quisiere.
Causas:
Acaece muchas veces, según hemos dicho, que los mercaderes compran y juntan halcones para vender y no cuidan de otra cosa, sino de alimentarlos a la menor costa que pueden. Por tanto, no les dan sino malas viandas, y por esto, y por estar encerrados, que no ven el sol ni les prueban el agua, no están sanos y cárganse de agua. También, cuando los cazadores los traen y no les dan a tirar, o les dan casa con humo o humedad, cárganse de agua, y es ligera de curar antes de que se vidrie, y lo conocerás en esto:
Síntomas:
Que le verás cuando le das de comer y tira, que le cae agua por las narices y estornuda, en guisa que al cazador que le da de comer rocía el rostro con el agua que sacude. Y si el agua que tu vieres es tan cargada que tiene las señales que dice el capítulo onceno, que es el siguiente de éste, que habla del agua vidriada, habrás de curarlo como allí dice.
Recetas:
Pero si no es tanta como he dicho en este capítulo, dale favarraz bien mondado y limpio, apretado en un paño en el agua caliente, en guisa que salga tan claro que apenas tenga leche; y ponle en cada ventana cuatro gotas, o, en cada, tres, según vieres la complexión del halcón, y muéstrale un poco el sol y ponlo luego a la sombra, y esté quedo en una alcándara hasta que haga sus babadas, y ponlo más tarde en una cámara fría, y bien tarde dale de comer de una pierna de polla, y para bien mientes, cuando así hubieres de purgar tu halcón, que esté bien recio, porque de otra manera seria gran peligro.
Otros dejan de darle el favarraz, y untan al halcón el paladar con miel, y después se lo refriegan con oruga molida, y hácenle purgar del agua, y es más sin peligro. Para excusar esto en adelante, da siempre a tu halcón a tirar y desplumar dos veces al día, y guárdalo que no le dé sereno de noche, o humo, o mala vianda, y así nunca se cargarán de agua para que lo hayas de medicinar.
Porque la cabeza es principal miembro de todo el cuerpo, y cuando este miembro está enfermo todo el cuerpo padece, en consecuencia, el agua vidriada de que este capítulo habla, es principal dolencia de las dolencias que se engendran en los cuerpos de los halcones, y cuando esta dolencia es en la cabeza del halcón, luego se apoderan de él otras dolencias y dolores.
Síntomas:
Conocerás esta dolencia de esta manera: para mientes en el rostro del halcón, verás su semblante triste, los lagrimales de los ojos hinchados y el cuello grueso; cuando se debate, o deja de volar, tienta con el pico y da en él. Además, cuando come, no lo hallarás tan valiente como solía, ni en el desplumar ni en el mesar, como antes que tuviese esta dolencia, que se cura así:
Remedio:
Tómale en la noche, en cuanto no tuviere papo y échale agua tibia con un poco de vinagre en las ventanas, y procura que el vinagre no sea más que para hacer el agua un poco aceda, y ponlo en la alcándara, y déjale sacudir y en cuanto vieres que deja de sacudir, tómalo en la mano y dale a tirar en un roedero, y desplumar. Al otro día toma miel en terrón, un poco dura, y métesela en la boca, y después que se la dieres, tápale la boca, teniéndole el pico con la mano hasta que lance la miel por las ventanas, y después ponlo en la alcándara y se sacudirá de toda aquella agua. Cuando le metieres esta miel, no se la harás ir al vientre, que le sería gran trabajo, y dale un poco de comer esa mañana y tarde y ese mismo día a la tarde. Cuando le dieres de comer, pruébale el agua, y beba de ella si quisiere, y toma espic y clavos de giroflé; y la canela y flor de canela; átalo todo en un paño limpio y ponlo en una jarrilla pequeña: hínchela de agua y hazla hervir hasta que tome sabor de las especias, y cuando estuviese cocida, déjala entibiar de manera que sea tibia, y da al halcón la pierna de la gallina, mojándola allí en aquella agua, y una ala de gallina cada día, y el agua sea siempre tibia cada vez que así le hubieres de dar de comer.
Complicaciones:
Debes saber que de esta agua vidriada se hace otra agua peor que es más vidriada que la susodicha, porque a esta primera que hasta aquí he hablado, no le debes hacer ninguna otra cura salvo la que he dicho.
Síntomas:
Pero esta otra agua vidriada la conocerás por las señales que te he dicho y, además, verás otra por la cual la puedes mejor conocer. Sábete que allí donde dije antes que le verás los lagrimales de los ojos hinchados, en ese lugar le verás hacer como los fuelles que se hinchan y deshinchan, y cuanto el halcón más se debate, tanto aquellos lagrimales más hacen aquello; además, para mientes y verás en las ventanas del halcón como muermo cuajado que no sale fuera sobre el pico; a esta dolencia de esta agua vidriada harás así:
Receta:
Toma un hierro hecho por esta figura que está aquí figurada, y que sea tan largo, que cuando lo calentaren de una parte, lo puedas tener de la otra con la mano, sin quemarte, y será tan largo

como un jeme. Y este hierro tiene de una parte un botón, y sea tan grande el botón como la cabeza del alfiler; es tal como el hierro con que labran las bestias; caliéntalo bien al fuego, derriba el halcón muy mansamente, ponle aquel botón bien caliente en un hoyo que le hallarás entre el ojo y la ventana, y pónselo tantas veces, que el botón vaya dentro a las entrañas de las narices, y así, de la otra parte. También le debes poner otro botón sobre la cabeza entre los ojos, y esto hecho, debes tener un poco de miel y pónsela en la boca, según he dicho antes, y que la lance por las ventanas, que no vaya al vientre. Al otro día debes hacer un saquete de lienzo tan grande como tu palma; hínchelo de rosas secas, y cuécelo en una olla pequeña, nueva, llena de agua, haciéndolo hervir. Y cuando estuviere cocido, déjalo entibiar; haz otros dos saquetes tan grandes como aquel de las rosas, hínchelos de mijo, y que sean bien cosidos alrededor; pon una teja en el fuego, caliéntala bien, y cuando estuviere bien caliente, sepárala del fuego y derriba tu halcón sobre un cabezal, calienta aquellos saquetes de mijo en aquella teja, de manera que no se quemen, y cuando fueren bien calientes, ponle un saquete de mijo por encima de la cabeza, de los ojos, de las orejas, sobre el pico, sobre lo llano de la cabeza, y cuando el uno fuere frío ponle el otro caliente, tantas veces que la cabeza del halcón quede bien calentada. Una vez que la cabeza del halcón fuere bien caliente, toma el saquete de las rosas, que no sea más caliente de cuanto lo puedas sufrir, y caldéale la cabeza y los lugares sobre dichos poniéndoselo allí.
Dale, ese día, de comer una pierna de gallina mojada en el agua del espic, que sea tibia, de la manera que antes he dicho, y este sudadero harás de tres en tres días, tres veces al día. Al día siguiente, después del lavatorio, le darás tres píldoras de acíbar cecotrí, hechas de esta guisa:
Píldoras:
Tomarás el acíbar cecotrí y muélelo bien; toma el zumo del hinojo y echa gota a gota en el acíbar, de manera que no sea muy blando, antes un poco duro, y haz entre tus manos las píldoras tan grandes como garbanzos; da luego al halcón tres de ellas, y si no fuere tiempo de haber hinojo, tomarás el agua del hinojo que tienen los boticarios, y estas píldoras comenzarás a dar en el sobredicho día, y en adelante de tres en tres días. Así que se han de dar en nueve días nueve píldoras, tres píldoras cada vez, y se las darás de esta guisa:
Medicación:
Toma la tripa de la gallina, lávala, mete en un pedazo de la tripa una píldora, y así las otras, y méteselas por fuerza en sus términos, según he dicho.
Otra complicación:
Por causa de esta dolencia misma, que antes dije, acaece que esta agua vidriada tapa los caños, así de las ventanas como de los ojos y las narices, y esta agua no tiene por dónde salir y tórnase a la cabeza donde se engendró, y por fuerza del taponamiento de los caños pónese sobre el meollo, y hace perder la vista al halcón, viénenle vahídos, cae en tierra y no se puede levantar, tuerce la cabeza, se estremece y parece que está endemoniado.
Curación:
Esta dolencia curarás con las medicinas que arriba hemos dicho para la primera y segunda dolencia, y además lo labrarás en las ventanas para hacerlas mayores. Toma un hierro luengo y delgado, sutil como lezna, bien caliente, hecho de esta manera:

Y con este hierro le pasarás las narices y sea bien caliente; y pase hasta el mango, y el mango sea también de hierro, bien pulido, y bien limado y tan largo todo el hierro como un palmo, porque lo podrás mejor calentar y manear para labrar con él; y pase las ventanas de un cabo al otro; y después toma los otros hierros sobre dichos y figurados en este capítulo para la primera y segunda dolencias, caliéntalos bien, y quema en las fuentes sobredichas también en la cabeza, entre ambos ojos, y después ponle un botón caliente en el testuz, donde se junta el pescuezo con la cabeza, y hazle las otras curas según he dicho.
Debes saber que estas dolencias se engendraron por muchas maneras y razones: la primera razón por las malas viandas de carne desolladiza y no fresca que dan a sus halcones algunos cazadores, también, por no darles a tirar y desplumar; también cuando las aves vienen enojadas en el tiempo de invierno, y son puestas en alcándaras malas, delgadas y no firmes, y los halcones no osan pensar de sí ni sacudirse; por estar en casas de humo; o no ser puestos al sol ni purgados cuando les cumple, ni puestos en el agua; y cuando hace tiempo para ello no los hacen volar ni les dan señuelo a la tira. Y de estas cosas, de los malos gobernamientos, crecen estas dolencias, y a las veces los malos gobernamientos son engendrados de estas dolencias. Por cuya razón cumple a los cazadores que siempre se remiren en sus halcones como mujer en el espejo, por ver si parece bien o no, y tal debe ser el cazador con su halcón para ver si muda el semblante, porque si tiene algún enojo, luego el halcón muda el semblante. Y de esta dolencia del agua vidriada, de que tanto padece, que es menester hacer estas obras, pocos halcones curan. Pero yo vi a Juan Fernández Burriello hacer esta cura a un neblí del Rey Don Pedro, que llamaban Calahorra, y traíalo un su halconero llamado Ferrand García el Romo, y lo vi curar, y después matar muchas garzas, y digo esto, porque no desesperen de medicinar su halcón los que este libro tuvieren, porque no puede suceder peor que tenerlo ya por perdido.
Causas:
Acaece, por muchas maneras, que los halcones han menester ser purgados en los cuerpos, especialmente recién comprados de los mercaderes por las malas viandas que han comido; también, por el gran tiempo que los han tenido encerrados y están cargados de malos humores; también, cuando se purga a los halcones de la cabeza, tragan babada y agua de aquella que les echan cuando les dan a sacudir, y es menester limpiarlos de ello porque cuando los halcones no están purgados no tiene verdadera hambre, ni se los puede ordenar como cumple, ni andan obedientes al señuelo, ni cuidan de hacer bien ninguno. También les recrecen otras dolencias mayores, por donde pueden peligrar, y por esto conviene purgarlos, si los halcones están fuertes.
Síntomas:
Verás las señales del que lo ha menester en esto:
Lo primero, que estando en su buena carne, cual debe, no tiene verdadera hambre, ni vuela como debe, y desecha las presas que solía tomar, y si no lo hace por orgullo de estar muy grueso, ten por cierto que lo hace por no tener el cuerpo purgado. Lo segundo, sus excrementos son feos y de mal color, y con mucho negro, como estiércol y mal ordenados.
Receta:
Cuando vieres esto, harás así:
Toma un tártago y dáselo, según todos los cazadores se lo suelen dar, mirando el cuerpo y la complexión del halcón, porque uno ha menester más granos que otro, y cuando se lo hubieres dado, pruébale el agua en ayunas; beberá si quisiere, y después que tenga un buen rato el tártago, dale una pierna de polla, y por cuanto el halcón queda fatigado del cuerpo, a los dos días dale azúcar cande, poniéndoselo en la boca en tres o cuatro pedazos; y pruébale el agua en ayunas, y si vieres que no expele el azúcar, dale un corazón de carnero bien lavado, quitándole la piel que tiene, los nervios, durezas y grasas, y con él dale zaragatona, y en adelante torna a darle buenas viandas como primero solía comer.
Recomendaciones:
Si los halcones fueren villanos como sacres, bornís, o alfaneques, dales lardones. Pero al neblí no se los debes dar, y haz mucho por dar a tu halcón siempre buena vianda, y de pelar, plumar, y tirar a menudo, que cada vez que le quitares el capirote, luego vea el roedero y tire en él. Haciéndole esto, siempre estará guardado de no venir a la necesidad de estas purgas, pues estoy seguro que las purgas desgastan y destruyen el cuerpo del halcón. Pero a la entrada de la muda, y a la salida, bueno es purgar el cazador su halcón., y cuando viere que le viene dolencia, porque no se puede excusar, ya que muchas veces los halcones alcanzan raleas, y se ceban en ellas, y comen plumadas, y el hombre que no es muy diligente en mirar por su halcón, no cuida de esto, y se le almacenan plumas viejas en el buche, que después se pudren, y hacen que sea menester purgarlo, porque estará en peligro de morir.
Causas y síntomas:
Muchas veces acaece que por malas viandas y mal pensamiento, y no comer los halcones cuando deben, o comer poco o viandas frías y no frescas, o no ser purgados al tiempo que deben, adolecen y crécenles las dolencias y gástanse cada día, de manera que muchas veces vienen a desecar; y otros halcones desecan cuando las filandras o filomeras se engendran en el cuerpo. Desecan asimismo por hidropesía que tienen, y también deseca el halcón cuando es herido en el cuerpo, y no se le cura como debe, y cada día se le gasta el cuerpo; después que el halcón comienza a desecarse, aunque coma no le aprovecha, ni tiene fuerza en sí, y lo verás triste y apretado y sacúdese flojo, no tira ni despluma y gástasele la carne; debes socorrerlo al comienzo de esta dolencia, porque después, aunque quieras, no le valdrá; y el remedio es éste:
Recetas varias:
Si vieres que tu halcón tiene aquellas señales que dice en el capítulo XXVII, harás y le curarás así como manda allí, y si tiene las señales de hidropesía, según dice el capítulo XXXI, que habla de esta dolencia hidrópica, lo curarás como allí manda, y si lo tiene de herida que recibió en el cuerpo, y no fue bien curado, y la herida no estuvo bien cicatrizada, cúralo de la llaga, si no está cerrada, según se manda curar en el capítulo XXXIV.
Recetas de reposo:
Si el mal no viene de estas dolencias sobredichas, entonces tenlo en buen régimen, dándole poco a poco buena vianda, cercetas, negretas, aviones, si es tiempo de ellos, y palominos, y paloma a degollar; beba la sangre, mas no coma la carne de la paloma. Dale la vianda que le hubieres de dar mojándola en leche de cabras; pero no le des gran papo, y dale la suelda que está ordenada en el capítulo XXVIII, que habla de la pierna quebrada, y no le des pluma ni hueso con que haya de trabajar, y tenlo en buena casa, dale sol en que piense de sí, ponlo en el agua si quisiere beber, no te ocupes en mostrarle el señuelo, antes haz todo cuanto pudieres por enorgullecerlo y ponerlo en carnes hasta que sea recio, ya que si en tales dolencias no mejora pronto, tarde se recobra.
Muchos hombres quieren tener halcones y cazar con ellos, pero no lo saben hacer y yerran en muchas cosas, señaladamente al comienzo, cuando el halcón es bravo y lo comienzan a sosegar y hacer capirotero. Hay algunos que toman gran queja de ello y, creyendo hacer bien, quítanle el capirote muchas veces delante de las gentes, y el halcón, como aún está bravo, espántase de la gente, debátese y no le saben socorrer con el capirote antes que así se derrame, poniéndoselo dulcemente, o se lo ponen dándole con la mano en el rostro, y espántanlo más, de lo cual el halcón toma más saña y miedo.
A las veces, quéjanse dando voces, y así, tan pronto el halcón ve el rostro del hombre, siempre se espanta más y cuélgase de la mano, de lo cual todos los halcones son muy fáciles de dañarse, señaladamente los gerifaltes, sobre todo los torzuelos, y también los neblís, así primas como torzuelos.
Cuando el cazador que a tal estado lo llevó, ve así su halcón dañado, enójase con él, dalo a los mozos para que lo lleven, y todavía se daña más, hasta que desesperan de él y déjanlo perder. Esto viene por el mal sufrimiento y poco tiento del cazador; conviene que se enmiende con buen tiento, de todos los yerros cometidos, y que el cazador vuelva a tener cuidado, mejor de lo que tuvo, y más paciencia. Para ello hará así: procure al halcón un capirote bien hecho, bien cerrado, que no vea con él ni le llegue a los ojos; no se lo quite, salvo cuando hubiere de darle de comer y entonces apártese a una cámara oscura, sin compañía, pero tenga candela, y allí le dé de comer, cuando tenga mucha hambre, porque con ella olvide la esquivez y bravura que ha tomado, y no cuide sino de comer; déjelo limpiar el pico y sacudirse. Luego póngale su capirote muy mansamente; no se caiga de la mano, ni lo dé a mozo ni a nadie que cometa más yerros con él; a la noche, ante candela, dele a tirar, dele también sainetes y vianda con que tome sabor y placer; póngalo durante la noche en su alcándara cerca de su cama, con la candela delante y tómelo en la mano antes que el día venga.
Cuando viere que se va tranquilizando, procúrele otro capirote que vea con él un poco y divise las gentes, para que vaya perdiendo el miedo, y así lo irás gobernando con buen tiento tantos días hasta que el halcón se sienta seguro. Y en adelante, cuando lo vieres bien amigo del hombre, harás como debes; y si fuere neblí es menester que seas muy paciente, aunque lo mismo quieren todas las aves; el gerifalte y el neblí no quieren que les quiten los capirotes, salvo para volar, o comer, o poner en la alcándara, o poner en alguna agua, para llevarlo al prado, según dijimos, lo que no hacen los otros halcones, que lo soportan y van mucho tiempo en la mano, sin capirote.
Primera clase:
Causas:
Los güérmeces se engendran en la cabeza del halcón por muchas maneras: los primeros güérmeces se engendran en la cabeza cuando el halcón está lleno de agua que corre por las narices a la boca, caliéntala y con aquella putrefacción hace los güérmeces, y no son de peligro, pero debes curarlo de esta guisa:
Recetas:
Toma un paño de lino limpio y mojado en vino blanco, lávale la boca con él, rocíale con el vino la cabeza y el rostro, y usa esto hasta que sea sano.
Segunda clase:
Otros güérmeces hay que se engendran en la cabeza del halcón; éstos son de heridas de huesos cuando comen, y esto ocurre a los halcones que son garganteros, traban de huesos y lláganse en las bocas, y estos güérmeces no son de peligro.
Curación:
Debes curarlos con una paleta muy sutil, cuando estuvieren bien maduros, que no hagan sangre, y después ponle miel en aquellas llagas y curará pronto.
Tercera clase:
Güérmeces hay que se engendran en la boca del halcón; de éstos hablaremos y declararemos porque son más peligrosos que todos los otros. Todos los cazadores conocen estos güérmeces que digo peligrosos; son blancos, en figura de granos tan grandes como mijo, y mayores, y están por toda la boca y las hendiduras de la lengua, y entran hasta en la garganta, y es dudoso si podrán sanar o no. Pero debes curarlos de esta guisa:
Curación:
Toma una paleta sutil de plata o de hierro, que no sea de caña, que le cortaría y haría sangre, y quítalos grano a grano, de manera que no sangren; toma piedra alumbre y muélela; échasela en aquellos lugares de donde quitares los güérmeces, y tenlo derribado un rato hasta que aquel polvo de la piedra alumbre que echaste haga su obra, que no lo sacuda el halcón, y haz esto de tres en tres días, o antes si vieres que tiene necesidad.
Cuarta clase:
Otros güérmeces hay en las orejas, y éstos no se deben curar, más que quitándolos con una paleta y llenando las orejas de algodón dos veces al día.
Síntomas:
Los más de los halcones que los tienen traen abierta la boca y no la pueden cerrar, y cuando vieres así la boca abierta ' luego ten guarda de estos güérmeces sobredichos; párale mientes en la boca, y en aquel lugar debajo de la lengua donde las bestias tienen el galillo, y mira si tienen aquel lugar hinchado.
Curación:
Si vieres que lo tiene hinchado, toma una lanceta muy aguda, y rómpele a lo largo sin duelo, y si el halcón tiene dentro güérmeces, quítaselos y métele dentro algodón envuelto con miel.
Sábete que el halcón que tiene esta dolencia no quiere comer y debes meterle buena vianda en la boca por fuerza, para que coma, porque no poniéndosela así moriría el halcón por desamparo, y con esto puede curar; porque esta dolencia es mortal, y es menester curarla sutilmente.
Algunos cazadores hay que, creyendo hacer bien y piedad a sus halcones, les dan muy grandes papos, especialmente cuando toman o matan alguna presa, pensando que se lo agradecen mucho. No miran qué vianda les dan, o qué hora del día es, si es tarde, de manera que el halcón no tiene espacio ni tiempo para gastar y torcer la vianda y llevarla al buche; o qué cuerpo tiene el halcón, o cómo gasta; porque un halcón tuerce o gasta lo que come más deprisa que otro, y dándole así de comer sin medida, al día siguiente, cuando amanece, quédale gran parte del alimento en el papo, como una dureza amasada, y es gran peligro porque los halcones llegan a apostemarse y adolecer. Por ello, primeramente, antes que tu halcón caiga en este yerro, procura regirlo bien, y darle de comer con buen tiento, de manera que entiendas bien que antes de media noche lo habrá gastado y llevado al buche, porque en adelante deberá expulsarlo del buche vaciando su vientre, así que cuando lo tomares, en la mañana, el halcón haya quedado purgado, si tuvieres que ir a cazar.
Pero si acaeciere tal yerro, que así no sucede, y le remanece el papo por esta demasía de comer, según es dicho, ponlo ese día en una casa muy oscura que parezca que es de noche, y déjalo ahí todo el día en su alcándara, y ese día aunque lo digiera no coma cosa ninguna, salvo en la noche juntas de plumas; al día siguiente dale azúcar cande poniéndoselo en la boca, y ponlo al sol hasta que expulse el azúcar que le diste; pruébale el agua en ayunas, y después dale un corazón de carnero, quitándole la tela, grosura, nervios y durezas, y lavándolo con agua, y dale zaragatona dentro del corazón. Si vieres que el halcón quedó muy enojado, dale píldoras de acíbar pático, según dijimos en el capítulo XI, hechas como las de acíbar cecotrí, y en adelante guárdate de tal yerro.
Acaece algunas veces que el halcón, por no estar sano, no gusta los alimentos y remanece con el papo; entonces coge tu halcón y muy sutilmente, con los dedos sácaselo del papo, o hazlo vomitar y dale una gargantada de vino blanco, si lo tuvieres, sino, sea bermejo, y déjalo así ese día hasta la noche que le darás media pierna de polla, con los polvos que hallarás ordenados en el capítulo XXXIII, que habla del halcón que vomita, cuantía de dos garbanzos.
A las veces acaece que dan los cazadores a sus aves más favarraz de lo que cumple, y es gran peligro, porque unos halcones son más recios que otros.
De las purgas que dan a los halcones, ésta es muy peligrosa, si no se tiene tiento, y los halcones que son muy recios, cuando les dan el favarraz no quieren sacudir, y danlo al papo e hínchesele de viento y por esta razón hay halcones que traen las tripas llenas de viento, y éste recude para arriba en forma de regüeldo, y cuando llega al papo detiénese allí, y aunque el halcón coma y digiera, aquel papo no deja de henchir allí viento. Y sucede, a las veces, que cuanto más come el halcón tanto más se hinche de viento, y los que no saben por qué se hace esto, maravíllanse, y en consecuencia este será el remedio: cuando vieres que tu halcón tiene esta dolencia y tiene aquel viento, harás así:
Toma palomo o paloma vivo, dáselo que coma, tire y trague todas las plumas que pudiere llevar, hínchele bien el papo de esto, y hazlo tres o cuatro días; inmediatamente saldrá el viento y el halcón quedará sano.
Todos los halcones que los cazadores tiene deben ser guardados de que nunca les den de comer hasta que miren si hicieron la plumada que les dieron, y para esto débenlo poner en una alcándara y mandar barrer debajo en tal manera, que esté limpio el suelo para que, cuando el halcón hiciese la plumada, al otro día la hallen y no pueda esconder en ningún lugar.
Guarda, pues, esto: si el halcón no hiciese la plumada, no le den de comer, ni sea lanzado a presa o señuelo, mas denle por la boca, metiéndoselas, una piedra guija o dos, tan grandes como garbanzos, y si con ella hiciere la plumada, dale de comer, y si no la quisiere hacer, déjale así para el otro día, sin comer ninguna cosa; mira si la hace la segunda noche, y si no la hiciere, dale el tártago sin otro detenimiento.
Muchos cazadores son por esta razón en gran culpa, puesto que no se preocupan de mirar las plumadas, si las hacen o no, y aún peor, que no dejan de darles de comer sobre las plumadas, y cuando hay dos o tres plumadas sobrepuestas en el buche del halcón, luego éste se aqueja de dolencia mortal. Tiene el halcón, en el buche, mal condesijo, aunque se sostiene y no muda el semblante, y esto sucede porque las plumadas no están aún podridas, o no han llegado aún a la tripa por donde va la materia del buche a las tripas.
Cuando las plumadas se pudren y llegan a la tripa sobredicha, enseguida el halcón no puede comer toda su vianda como solía, tiene mal semblante, hiédele la boca, y entonces, cuando vieres esto, mírale en el cuerpo el lugar donde anda el buche y hallarás aquel lugar duro y así puedes conocer aquella dolencia.
El remedio es éste:
Toma la manteca de vacas, cruda, y métesela en la boca, y si la manteca no fuese fresca, y fuese rancia, que huela como aceda, lávala tantas veces, que se le quite el mal olor, y dale tanta como una nuez, poniéndosela en la boca en dos o tres bocados, y aquel día no coma otra vianda. Al otro día le darás el tártago con más granos de los que los cazadores le suelen dar; dale de comer una pierna de pollo bien tierna; y al día siguiente toma miel bien dura, en terrón, y métele alguna por la boca, en manera que vaya al buche, y sea tanta la cuantía de la miel como la nuez, y cuando la expulsare y vieres que no hay materia de miel, sino que expulsa su materia propia como debe, toma un corazón de carnero, quítale la piel delgada que tiene, las venas, la grosura y durezas; hiéndelo, quítale los nervios y durezas que tiene dentro; lávalo bien con muchas aguas, y cuando estuviere bien lavado, sécalo de aquella agua; toma zaragatona y moja aquella carne en ella y da de comer de ello al halcón, y después, al atardecer, dale de comer una pierna de pollo y verás defecar al halcón unos excrementos negros, como pez.
Mantén estas viandas, miel, zaragatona y piernas de pollo hasta que veas que va mejor, y esto sea tres días o cuatro, y pruébale el agua a menudo y así curará; en todo aquel año, hasta que mude, evita darle plumadas, porque los halcones que están así entecos, hacen muy mal sus plumadas en todo aquel año hasta que mudan. Pero si vieres que le son muy necesarias, dale plumada hecha de algodón o de estopa, así no podrá disolverla. Mas cuando el halcón está sano y le dan sus plumadas, no existe tan buena plumada como la de plumas y juntas, o de pie de ánade, o de liebre, quitadas las uñas, bien quebrantado, con los pelos y bañada en agua tibia.
Causas:
Muchos cazadores piensan y creen que las aves no están bien alimentadas si no se hartan de vianda hasta que no quieren más, y algunos hasta les dan de comer dos veces al día; así que de este comer mucho a diario, hínchaseles el buche y las tripas de materia, y empáchanse dentro de tal manera que el halcón no tiene sabor de comer.
Síntomas:
A este respecto digo que le verás expulsar tulliduras gruesas, y allí donde ha de venir la materia negra entre la blanca, vienen unos cagadillos que parecen de ratones, y el halcón libra su vientre de tarde en tarde, y de este hinchamiento debes purgarlo de esta manera.
Recetas:
Toma el azúcar cande, méteselo en la boca quebrantado y menudo, para que mejor vaya al buche, y cuando vieres que expele el azúcar, tenlo siempre al sol hasta que vuelva a hacer deposiciones de su materia propia como solía; pruébale el agua ese día en ayunas, y beba cuanta quisiere; después dale de comer, ese mismo día, un corazón de carnero con zaragatona, según dijimos en el capítulo XVIII (de las plumadas viejas) y en adelante harás nueve píldoras de acíbar cecotrí; el pático es bueno para el cuerpo, y el otro para la cabeza, por tanto de este acíbar pático, que he dicho, le harás las sobredichas nueve píldoras, hechas y dadas por el orden que se dijo y declaró en el capítulo XI, que habla del agua vidriada, y en cuanto le dieres estas píldoras y purgas al halcón, no le des de comer, salvo un miembro de polla al día, excepto si fuese halcón gerifalte o azor, que debe comer un tercio más, y otro tanto menos a las otras aves que son menores que estas sobredichas, y en adelante procura darle de comer a tu ave por regla, y antes es preferible que coma poco que mucho, porque del comer mucho les viene este y otros muchos males, y de comer con templanza nunca les puede venir daño y andan sanos.
Causas:
Por falta de las purgas que no son hechas a los halcones cuando les cumplen, se engendran lombrices en el buche, y que esto es verdad lo demuestra el que a muchos cazadores acaeció, que cuando dan el tártago a sus halcones lanzan con ello las lombrices, aunque aún no estaban vivas, pero sí engendradas, ya que si fueran vivas, en aquel momento, no las mataría el tártago, sino que las mortificaría sólo por algunos días. Y aún digo más: cuando los cazadores dan el tártago, echan los halcones por debajo la simiente de las lombrices, y digo simiente, porque son como granos bermejos pequeños, de los cuales se engendran aquéllas.
Síntomas:
Cuando nacen y están vivas, el halcón que las tiene mésase en el cuero, en las pospiernas y en el papo.
Pero muchas veces no hacen, ni muestran los halcones estas señales, aunque tienen lombrices; por ello tú mira a menudo los excrementos de tu halcón, y si las tiene vivas, luego verás algunas bermejas, como gusanillos, y si no están vivas no las echan, excepto con el apremiante del tártago, como dicho es.
Estas lombrices se pagan de viandas gruesa y dulce, por lo que se deben curar de esta manera:
Recetas:
Toma azafrán, mételo en un corazón de gallina y dáselo a comer; cuando entiendas que ya lo habrá triturado, toma simiente de hierba lombriguera y dásela en otro corazón, o en otra carne de gallina, tan grande que la hierba se pueda esconder en ella. Si no tuvieres esto, toma leche de cabras y mezcla con ella zumo de la raíz del condeso (al fin de este libro hallarás qué es el condeso), mételo en una tripa de gallina y dáselo por fuerza; le darás, también, píldoras de acíbar pático de la manera que dije en el capítulo XIX (del hinchamiento del buche), y que deben ser hechas como las de acíbar cecotrí, que mando en el capítulo XI (del agua vidriada).
Razonamiento de la mezcla de dulce y amargo.
Te preguntarás: ¿por qué, si dice el que hizo este libro que las lombrices se pagan de cosa dulce, se la manda dar, pues la leche es dulce, y el azafrán es dulce y huele bien? A ello respondo que es verdad, mas la razón del porqué, es ésta:
Cuando las aves comen estas cosas dulces, quieren comer más, y así, cuando viene otra cosa que amarga, cómenla deseando aquella dulcedumbre anterior; y las cosas que amargan, cualesquiera que sean, cuanto más amargan más rápidamente matan las lombrices, porque con el sabor que éstas toman, comiendo aquellas cosas dulces, remuévense, y la hierba lombriguera y las píldoras hállanlas movidas y así salen más ligeras. Por tanto, en adelante, nunca te retrases en purgar tu ave en los tiempos que le cumple.
Otra receta:
También es bueno tomar leche de cabra en una cosa limpia y ponerla sobre fuego sin humo. Cuando estuviere caliente, toma yemas de huevo, bátelas y échalas en la leche; muévelo continuamente con una cuchara hasta que se haya cuajado y se haya hecho como ungüento, un poco duro; retíralo, dáselo a comer (que no esté muy caliente), y al otro día dale la hierba lombriguera, y después dale las píldoras de acíbar pático, como dijimos.
Estas filandras o filomeras de que ahora habla este capítulo, es una dolencia de la cual pocos halcones curan, porque es muy grave de entender, y muchos halcones se pierden por ello, porque en el punto que ellas crecen, y son tan grandes como tienen que ser, luego comienzan a comer el cuerpo del halcón, conviene a saber los livianos, después el corazón, y el halcón pronto está muerto, pues casi nunca cura.
Pero si el cazador quisiere hacer lo que he dicho en los renglones postrimeros del capítulo del agua vidriada, allí donde dice que debía el cazador remirarse en su halcón, como la mujer en el espejo, podría ser que viera estas señales que se siguen.
Señales:
Digo que cuando estas filandras se engendran en el cuerpo del halcón, debes saber que va muy a menudo con el pico a los costados, alrededor de las ancas y sacúdese muy frecuentemente. Cuando se sacude, aprieta con las manos y estremécese, y debes saber que entonces las está engendrando y puedes socorrerle así:
Receta:
Toma píldoras de acíbar pático, hechas como las de acíbar cecotrí, según dice el capítulo XI, del agua vidriada; que sean nueve píldoras dadas en tres días de la manera que hemos dicho en los otros capítulos, y cuando se las metieres por la boca y vieres que las quiere arrojar, trábale el pico lo más que pudieres para que no las arroje, de manera que quede el olor de ellas en el buche del halcón, y para estas lombrices o filandras, o filomeras, no hay otro remedio.
Los halcones pollos están en mayor peligro de estas filomeras hasta que han mudado, y especialmente en la muda, al caérseles las tijeras, y desde aquí, hasta que desaínan, y por tanto aprecian más los cazadores de Francia y Alemania, los halcones mudados, porque están más libres de esta dolencia.
Preventivo:
Sin embargo, oí decir al Vizconde de Illa, que es un gran señor en el reino de Aragón, y es muy cazador y sabedor de los cuidados y dolencias de las aves, que nada en el mundo guarda más al halcón de criar filandras, que hacerle beber, frecuentemente, sangre de gallina. Cuando tu halcón estuviere sano, acostumbra a darle a degollar algunas veces, aunque sólo sea tres días a la semana, una gallina en el señuelo, como dijimos en las reglas del neblí en el capítulo VIII. También le darás las píldoras de acíbar pático, como hemos dicho, cada cierto tiempo, señaladamente al pollo.
Causas:
Los halcones que a menudo suelen comer viandas gruesas y malas, engendran piedra, y se engendra en la tripa por donde el halcón defeca y se junta con el sieso. Esta es piedra hecha como la que traen los alfayates para señalar, que parece de yeso blanco, y cuando se ha engendrado lo sabrás de esta manera:
Síntomas:
Cuando vieres que el halcón defeca una vez y luego otra enseguida, y después de esto va con el pico al overo y se le ensucia, y además bate a menudo con la boca en la lúa, y unta las plumas del overo con suciedades, sábete que entonces tiene piedra.
Debes curarlo de esta guisa:
Recetas:
Toma la simiente del perejil, dásela a comer en carne o corazón de gallina, y está aparejada la materia; al otro día métele miel dura, en turrón, por la boca, hasta que vaya al vientre, cuantía de una nuez, en tres o cuatro pedazos, y tan pronto veas que la miel hace su obra, como ya dije en el capítulo XVIII (de las plumadas viejas), y que la ha expulsado toda, y el halcón vuelve a soltar la materia que suele, entonces dale un corazón de carnero con zaragatona, limpio como dije en dicho capítulo de las plumadas viejas, y después, en otros días siguientes, toma la mil sanda (al fin del libro hallarás qué hierba es), muélela y dale el polvo en la carne; también, la hierba llamada mirasolis, que son cañamones montesinos y tiénenlos los boticarios.
Si no pudieres hallar la mili sanda, toma la yerba que dicen capil veneris, llamada también culantro de pozo, seco y hecho polvo, y dáselo de esta guisa:
Si vieres que la piedra es tan grande que no la puede lanzar, para mientes en el halcón y verás que quiere defecar y no puede; entonces sabe que la tiene en lo bajo y no la puede lanzar. Derriba, pues, el halcón, lávale bien el sieso con agua tibia, apálpale en aquel lugar y, si la hallares, oprímesela mansamente como cuando se oprime la huronera al hurón, y así se la harás salir; luego, después, ese mismo día, le darás miel y corazón de carnero con zaragatona, según se ha dicho, y aunque otros cazadores dicen que hay otra piedra, no lo creas, porque el halcón no tiene otro lugar en qué engendrarla, ya que todas las criaturas que engendran piedra lo hacen en la vejiga, pero el halcón no tiene otra vejiga en que la engendre, sino la tripa susodicha.
Muchos daños acaecen a las aves, por muchas y variadas maneras, ya por heridas de garzas, como de grullas, como de árboles por donde los halcones entran cuando vuelan y llegan a golpar, ya por otras maneras, y cuando se hieren y no son curados con diligencia como deben, las llagas vienen a ulcerarse y digo que esta dolencia siempre se llaga en las coyunturas de los huesos y nervios, y si vieres que la llaga tiene la úlcera sobrepuesta y no se quiere curar por medicinas que le hagan, entonces a esta dolencia debes socorrer de esta forma:
Medicación:
Toma los hierros que se han dibujado en el agua vidriada, en su capítulo, caliéntalos bien, señaladamente en la parte de los botones, y pon los dichos hierros bien calientes en aquellos lugares donde está la úlcera engendrada, sutilmente; y si vieres que aquél tiene necesidad de verga de hierro porque la carne es excesiva y no se puede traspasar con los botones, toma otros hierros hechos por esta guisa que están aquí figurados para cortar la carne excesiva que dijimos; úsalos por la parte de lo agudo.

Después que fuere labrado aquel lugar, úntalo con aceite tres días, toma, además, una hierba que dicen incienso y hazla polvo finísimo, o un poco de cardenillo, y sabe que en aquel lugar se hará una postilla muy gruesa, y en cuanto veas que la postilla está bien madura, quítasela y échale aquel polvo dos veces cada día, según vieres que la postilla se quiere mover y así sanará.
A las veces acaece que el halcón tiene comezón en los lugares en que nacen las plumas; esta comezón no es engendrada por otra cosa que por el pujamiento de la sangre, y esto parece ser buena razón, porque cuando los halcones están en el tiempo en que derriban las plumas y vienen las nuevas, todo su cuerpo está dolorido y metido en sangre nueva; y por fuerza conviene que todas las cosas engendradas, que de nuevo surgen, no tan solamente en las aves, más en las otras criaturas, todas producen esta comezón, por lo que a cada una de estas criaturas sucede que se refriega y rasca en alguna cosa.
En consecuencia, digo que esta comezón que viene así a los halcones es por dicha razón, y digo más, sucede que estas aves sobredichas van con el pico a aquel lugar y cuando aquella comezón es avivada, aprieta con el pico hasta que hacen salir sangre, y en adelante enciéndese más cada día esta comezón, de manera que las plumas del halcón perecen y van a mal. Y cada vez que la sangre se seca en aquel lugar y sobre las otras plumas, por la comezón que allí hay y el enojo que la sangre le hace, secándose este cuajo en las otras plumas, sucede que padecen las plumas en que no hay comezón; y como el ave no es criatura que tenga razón para poder guardarse por sí, ni poder hacerse sangrías, y como su cuerpo no está dispuesto de la manera que las otras criaturas que tienen aquella comezón, conviene buscar remedio para ello, y digo más: que si vieren que los halcones se quitasen las plumas viejas en el tiempo de invierno, cuando las aves no mudan, diría que las razones sobredichas no eran convenientes, ni razonables, ni verdaderas; mas no hacen esto, sino al tiempo de la muda, cuando la sangre puja y se desnuda el halcón de las plumas viejas y trae las nuevas.
A esta comezón debemos acudir de esta forma:
Toma el acíbar cecotrí, muélelo, amásalo con miel y ponlo en aquellas plumas donde se come el halcón; úntale bien, sin duelo, y tráelo a menudo en la mano; así lo podrás curar de esta dolencia; porque el acíbar, por su amargura, le hará aborrecer el ir con el pico a la pluma, y la miel se pone para que el acíbar se pegue con ella en las plumas, y el traerlo en la mano es por no darle vagar para que lo haga a menudo, y también, para hacer que esté siempre untado de aquella medicina en las plumas; y haz esto cada vez que vieres que aquella medicina se derrite en cualquier lugar, de forma que siempre tenga allí medicina.
Gran bondad y provecho vienen al cazador por ser sufrido con su ave por varias razones: la primera, porque el halcón no le tome miedo del rostro; la segunda, porque no le quebrante las plumas y por otros muchos daños que, a las veces, acaecen por ser el cazador sañudo.
Sucede que hay halcones caninos al comer, y cuando el cazador quiere desempulgar su ave, con el enojo que ésta toma, arráncasele la uña y eso mismo acaece cuando toma alguna presa y el cazador lo separa de ella sin cuidado, y por muchas otras razones acontece a veces este suceso. Si vieres que la uña quiere salir del dedo del halcón y están aún trabada en aquel lugar del cual no está del todo arrancada, derríbalo luego y córtale dicha uña con unas turquesas hasta que llegues a lo vivo. Toma suelda y sangre de drago y bolarménico y acíbar cecotrí, muélelo todo bien, échale de este polvo y átale la uña encima del dedo, y sea envuelta con un paño de lino muy delgado; huelgue por espacio de tres o cuatro días, y no sea lanzado hasta pasados nueve días.
Si la uña estuviere arrancada del todo, toma los dichos polvos y cúbrele bien el maslo; toma el más delgado cuero de baldés que hallares y cúbrele el maslo con él, y cóseselo allí hasta por encima de la cabeza del dedo, de guisa que no se le desate y en los seis días siguientes no dejes de ir a cazar con él.
Ten cuidado al desempulgar, no le hagas daño de forma que se desuelde lo soldado. También hay quien lo cubre, en lugar de baldés, con la pielecilla de una piel de ave, y se pega mejor.
A pesar de que todos los halcones tienen, a las veces, clavos en los pies, los gerifaltes son, de todos los halcones, los que más padecen esta dolencia y son más propicios a ella, porque son de su complexión muy calientes, muy pesados y cargados, y, por tanto, tienen esta dolencia de los clavos y se les hinchan los pies más que a todos los halcones de cualquier otro plumaje; los alfaneques son también muy propicios a esta dolencia, ya que son de su naturaleza calientes.
Cuando el halcón padece esta enfermedad tiene dolor en los pies y no suele hacer lo que debe por el gran dolor que tiene. Conviene, pues, poner el mejor remedio que pudiere haber, porque la cura de esta dolencia ha de ser muy sutil, por el lugar donde radica, que es en los pies, lugar nervioso, pobre de gobierno y peligroso porque todo el cuerpo se sostiene sobre los pies.
Estos clavos se forman por descendimiento de calor y hácense en las suelas de los pies postillas tan grandes como cabezas de clavos pequeños; por esto se llaman clavos.
Tan pronto aparecen estas postillas, se hinchan los pies y cuando así los vieres, toma las turquesas, del menester de los halconeros, y córtale todas las uñas, de guisa que arrojen sangre. Toma trementina, jabón francés y ceniza de sarmientos; la trementina será lo de más, y el jabón tanto como la mitad de la trementina, y la ceniza, bien cernida, tanto como la mitad del jabón. Échalo todo en una olla pequeña y nueva, hazlo hervir bien sobre brasas, muévelo constantemente con un palo de guisa que todo sea bien mezclado, y cuando vieres que está bien cocido, retíralo, de manera que no se queme, y déjalo enfriar totalmente hasta que se haga un ungüento recio como betún. Toma una paleta recia de hierro o de latón, coge de aquella medicina y ponía sobre un cuero de baldés delgado hecho de esta guisa:

Y entre estos cuatro ramales que tiene, sea puesto en un espacio un dedo del halcón, y así los otros dedos, entre dos ramales cada uno, y la medicina susodicha sea puesta delgada en el espacio en medio del cuero entre los cuatro ramales. Los ramales sean largos y sean ligados entre sí desta guisa: toma los ramales delanteros y lígalos tras el zanco, y los ramales zagueros delante contra la planta del pie, en cruz, y déjalo estar así tres días: al fin de ellos quítale el cuero sobredicho.
Para mientes si vieres que crece en derredor una postilla como sostra de bestia, tienta los clavos por si quisieren salir de raíz, y si vieres que se detienen y no se pueden arrancar, ponle la dicha medicina otros tres días, al cabo de los cuales saldrán los clavos, y cuando fueren salidos si vieres que queda dentro de aquella cueva de donde salió el clavo alguna carne podrida, ponle cardenillo molido y la sobredicha medicina otros tres días sobre el dicho cardenillo, ligada como se dijo anteriormente.
Quítese y límpiese a diario aquel ungüento, y sea puesto en el pie del halcón después que estuvieren los clavos fuera para limpiar la materia que hiciere la llaga que allí se hizo.
En cuanto vieres que aquella cueva es llena de carne nueva, ponle diaquilón que tienen los cirujanos, de la misma manera en otro cuero tal como el que arriba dijimos.
Una vez esté bien curado, toma aciche, casca de encina y escoria de zumaque, tanto de lo uno como de lo otro, y muélelo bien cada uno sobre sí, y cuando estuviere bien molido, ciérnelo bien, y échalo todo en una olla pequeña nueva, e hínchela de vinagre, el más fuerte que pudieres hallar; hazlo hervir todo bien, meciéndolo siempre, y después que fuere cocido, retíralo. Cuando ya estuviere tibio, toma un paño de lino tan grande que quepan los pies del halcón y mójalo en aquel caldo; pon el paño doblado en cuatro dobleces encima de una piedra redonda como alcándara, en que se pueda bien tener, o en la vara donde suele estar, porque si la piedra estuviere baja, no sosiega tan bien el halcón; y luego pon el halcón encima, de guisa que tenga los pies sobre aquel paño, y esto sea por espacio de medio día. Esto lo harás cada día hasta que veas que el cuero está bien firme en los pies del halcón.
En adelante tráelo en buena lúa, muelle y blanda, de cuero y no de paño, que es caliente; y sea de cuero blando, un poco gruesa, para que el calor de la mano no pase a los pies del halcón. Procura, cuando hiciere sol, si sintieres que se le calientan los pies, ponerlo sobre una piedra fría, y la lúa bajo los pies, aunque esté en la alcándara, y en esta cura manténlo hasta que esté sano.
Acaece a los halcones que se les hinchan los pies y les arden por diversas razones: la una, por las malas pihuelas, apretadas y de mal cuero; y el halcón está quejoso, lo que sucede por culpa del señor del halcón o de su halconero, si el señor se lo deja en su guarda, así como los del rey o de los grandes señores que tienen encargo cuidar y requerir sus aves. Si el halcón, por esta razón de las pihuelas, tiene los pies hinchados, quítaselas y ponle unas de lienzo; tájale las tiñas hasta que sangre, toma grasa de garza y albayalde blanco del que usan las mujeres, amasado todo en uno, y úntale los pies dos o tres veces al día; así curará.
Otra hinchazón viene a los pies del halcón en manera de gota. Cuando vieres que a tu halcón se le hinchan los pies, y no por causa de las malas pihuelas, hazle cortar las tiñas todas, a raíz del maslo, de guisa que salga sangre de todas ellas y luego toma un ungüento que llaman dialtea, y tienen los cirujanos, úntale con él los pies dos o tres veces al día y hazle buenas pihuelas de lienzo, según se ha dicho.
Si vieres que por encima de la hinchazón se levantan unos torondos tan grandes como garbanzos, no cures de ellos, porque se tornarán piedras y saldrán fuera a su término, ya que los podrás sacar con una lanceta, y éstos no molestan al halcón hasta que están maduros, haciéndole estas unturas de dialtea.
Si vieres que esta hinchazón no baja con estas cosas susodichas, y cada vez se hinchan más los pies del halcón, y se ponen brillantes, toma los hierros dibujados en el capítulo XI, que habla del agua vidriada, y mételos en el fuego por la parte de los botones, y cuando estuvieren bien calientes, dale entre los dedos sendos botones, y sea el botón tan grueso como un grano de pimienta; úntaselos durante nueve días con aceite tibio, y en adelante con un ungüento que llaman cetrino o amarillo, que tienen los cirujanos, y luego será sano.
Si vieres que no se le hinchan los pies, mas le arden, córtale las uñas de los pies, como se ha dicho, hasta que salga bastante sangre; úntale los pies con el meollo de la carrillada del tocino añejo cada día, o con enjundia de garza y albayalde, amasado todo junto, y luego curará.
Por muchas guisas vienen a los halcones grandes ocasiones, y ningún hombre las podría creer no siendo cazador que lo hubiese hecho y visto, si oyese decir que un halcón mató de un golpe una garza, una liebre, o lavanco; pero esto acaece cada día, de manera que luego queda muerta, sin otro can, y eso mismo a la garza: muchos cazadores se la ven matar de un golpe, quebrantándole el pescuezo.
Muchas veces, por eso mismo, el halcón volando en la ribera, cuando vuela bajo, se topa y lisiase, quebrantándose ala o pierna; lo mismo puede ocurrirle por venir a golpar en seco a pequeñas aves, así como cercetas, y por tales valentías y ocasiones como éstas y golpes que los halcones dan en aquellas presas, sucédeles que ellos mismos se quiebran las piernas por las cujas o por los zancos.
Cuando esto acaece, los debes socorrer de esta guisa:
Toma incienso, almástiga, sangre de drago, y piedra sanguina, tanto de uno como de otro; muele bien cada uno por sí, ciérnelo y mézclalo con un poco de harina de trigo bien cernida, que no sea más que la cuarta parte de los polvos. Toma clara de huevo, bátela mucho hasta que la hagas toda espuma; luego toma los polvos sobredichos mezclados con la harina y amásalos con la clara del huevo. Derriba el halcón, y si la pierna estuviere quebrada por la cuja, trasquílale las plumas con unas tijeras muy agudas y toma cañas de carrizo y haz de ellas sus cañuelas bien hechas, que puedan sujetar bien la pierna; procura que en la llaga no quede pluma alguna escondida y úntale bien la pierna con aquel ungüento. Pónselo en manera de emplasto, cúbreselo encima de estopas de seda bien blandas y sin nudos; pon después otra tela de emplasto sobre las estopas, y luego las cañuelas sobre el emplasto, y pónselas en compás una de otra en derredor de la pierna.
Toma un paño largo de lino, tan ancho como fueren las cañas, envuélvelo muchas veces por encima de ellas, apriétalo de guisa que vieres que basta, y cuando fuere así ligado, cose el paño con buen hilo, de manera que no se desate; hecho esto, dale de comer la suelda en un corazón de gallina, tanto de suelda como un grano de garbanzo. Si no lo quisiere comer, méteselo en la boca.
La suelda, que es muy noble y preciosa para todas las quebrantaduras, se hace así: toma momia, que tienen los boticarios, pez, zaragatona, simiente de la hierba menudilla, que llaman suelda menor, simiente de mastuerzo y suelda raca.
Toma de momia la mayor parte, de suelda menudilla la cuarta parte, y de simiente de mastuerzo la octava parte; de zaragatona toma la cuarta parte, y de suelda raca, la octava parte, todo a respecto de la momia. Todas estas cosas sean molidas y cernidas cada una por sí, y después sean mezcladas y hechas uno. Haz un saquete pequeño de baldés y mete dentro aquellos polvos. Si hiciere sol seco, pon el saquete al sol y caliéntalo bien con las manos; si no hiciere sol, mételo en tu seno cerca de la carne.
Se entiende que se hace todo esto con el fin de mezclar y ayuntar los polvos unos con otros.
Debéis todos aquellos que amáis los halcones traer la suelda con vosotros, porque es muy noble.
Cuando el halcón hubiere comido de esta suelda, ponlo en una tabla ancha y llana como mesa, con paja encima en que se pueda echar si quisiere; debe estar allí veintiún días, en los cuales le darás la suelda -cuantía de un garbanzo-, de tres en tres días, en un corazón de gallina.
En todos estos días no coma sino buena vianda, así como pollas y gallinas, o palominos, o tórtolas y esta carne picada en una tabla, de manera que no haga fuerza para apoyar con la pierna.
Al cabo de veintiún días, descósele la atadura y dale de comer en la mano, hasta que veas que tiene bastante fuerza. De día ponlo en la alcándara y de noche tórnalo a la tabla donde primero estaba, y mantén este gobierno hasta que lo veas restablecido, y así curará.
Si la pierna está quebrada por el zanco, lo curarás de la misma forma, salvo que le debes quitar la pihuela y el cascabel.
Según he dicho en el capítulo anterior en razón de por qué causa suceden los daños a las aves, digo que lo mismo acontece, a las veces, cuando algunos halcones toman diversas raleas, como garzotas, martinetes o garzas que son raleas que van a la tira y aun otras que los halcones hallan cuando están alejados de los halconeros, como cornejas, dorales y otras, y las toman entre puercos, bueyes y otras bestias.
Sucede que las bestias, cuando ven el halcón próximo y sin hombre, vienen a él y lo hieren; lo lisian estando envuelto con la presa que ha tomado y a las veces le quebrantan la pierna o el ala.
Cuando tal ocasión acaece al halcón, debes cuidar de él de esta forma:
Si se le quiebra el ala, trasquílale aquel lugar por dentro y por fuera con unas tijeras muy agudas, y no se las arranques. Después iguálale bien las plumas del ala quebrada y ponle el emplasto que arriba dije, en el capítulo que habla de la pierna quebrada, de la misma manera y con las cañuelas. Pero la atadura la harás así: toma un paño de lino delgado que haya sido lavado, para que sea más blanco; tan ancho como las cañas puestas al ala y que sea largo; átalo bien, cose después la atadura muy bien con hilo, y en cuanto esté cosido, toma otra vez la aguja y un hilo y cose el ala: cierrásela como cuando el halcón está sano, llégasela bien al cuerpo. Cásele todos los cuchillos, pasándoselos con una aguja cuadrada por los cañones con un hilo que no se le pueda romper. Toma un paño de lino, envuélvele en él toda el ala así cerrada, cosida y cogida, como he dicho, y cose aquel paño de lino como viene cosido el halcón cuando lo traen de Flandes, que trae la mitad inferior del ala contra las puntas de las péñolas, envuelta en un paño de lino. Haz en el dicho paño de lino dos ramales: un ramal vaya por detrás del ala sana contra la cola, y el otro hacia la cabeza; júntense ambos bajo el ala sana, y cósanse bien allí y vayan por el pecho y cósanse, de nuevo, en el paño en que fuere envuelto el codillo del ave. Estos ramales deberán coserse ambos sobre las costillas hasta el hombro del ala sana y por el pecho hasta el ala llagada, de manera que no se pueda desatar el vendaje porque, os digo que esta otra atadura debe ser hecha muy firme; llama halconeros cuidadosos que te ayuden a hacer esta obra, y a un cirujano porque sabe disponer las vendas y poner el emplasto.
Darás al halcón de tres en tres días, la suelda que dije en el capítulo de la pierna quebrada.
El halcón que fuere así atado y cosido debe yacer un día todo encamisado para que se seque el emplasto. Cuando vieres que el emplasto está apretado y seco, desencamisa el halcón; ponlo en una tabla o mesa llana, en que se eche y esté como él quisiere; átalo por la lonja, para que no se vaya de allí, y no lo descosas hasta pasados veintiún días.
En el comer y demás cuidados, gobiérnalo según dijimos en el capítulo de la pierna quebrada; conviene y es forzado que huelgue hasta que venga la muda y recobre plumas, porque no tiene con qué volar, y aunque las tuviese, debe holgar hasta pasada la muda. Y no dudes que si hubiere buena diligencia en curarlo, sanará.
Yo vi un halcón baharí sardo, del rey Don Pedro, que traía Ruy González de Illescas, comendador de Santiago, su halconero, que se le quebró el ala cayendo sobre una grulla, y después fue sano de ella, y vile después matar muchas grullas con tan gran maestría como antes las mataba.