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Libro de mal amor [Fragmento]

Fernando Iwasaki Cauti



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Por amor d'esta dueña fiz trobas e cantares,
senbré avena loca ribera de Henares;
verdat es lo que dizen los antiguos retráheres:
«Quien en el arenal sienbra non trilla pegujares».


Libro de buen amor, 170                


Después de doce años en un colegio masculino de curas, la inminencia de las clases universitarias me turbaba cada día más porque allí me encontraría con chicas que llegarían a ser mis compañeras, mis amigas, mis dulces quimeras. El hermano Carmelo nos advirtió en una de las charlas de orientación vocacional que las mujeres sólo iban a la universidad en busca de novio, y a mí me embargó una dichosa ilusión. «Qué coincidencia -pensé-. Yo también quiero encontrar novia en la universidad».

Paso por alto los meses y meses que invertí en preparar el examen de admisión, pues la alegría del ingreso desvaneció en mi memoria las privaciones y penalidades de aquellos días. Al entrar a la universidad me había convertido en un «cachimbo» y me rasuré el cráneo según la costumbre, pues en Perú los universitarios comenzamos nuestras carreras con la cabeza limpia y despejada, y en el peor de los casos las concluimos con el colodrillo bien cultivado y la pelambrera renovada. Era 1978 y ello colmaba las modestas expectativas de mis dieciséis años.

Recuerdo emocionado mi primer día de clases, pues los jardines, las aulas, la biblioteca y las amplias avenidas de la Universidad Católica, me parecieron una suerte de pasarela por donde lucían su palmito las chicas más lindas del país. Y lo mejor era que todas estaban buscando novio. ¿Cómo expresarles mi espléndida disposición?

Entre mis condiscípulas estaban algunas de las más bonitas de la promoción, y yo me dije que en tales condiciones sería muy complicado aprobar todas las asignaturas. Ana Rosa era guapísima, Alicia tenía unos ojos preciosos y Galia era una permanente provocación; pero en los primeros bancos del aula se derrengaba modosa una niña cuya hermosura reverberaba épocas remotas, destellos medievales y renacentistas.

Su piel de porcelana me recordaba las nobles manos de los reyes ascetas, sus ojos como alhajas habrían confundido a los buscadores del Grial y el oro de sus rizos era un vellocino digno de otra delirante expedición mitológica. La belleza de la mayoría de las mujeres depende de la estética de su tiempo, mas solamente algunas como ella podrían haber sido raptadas por un príncipe troyano, inspirado tiernos madrigales a los trovadores o compartido sus rostros con las madonnas del cinquecento.

Durante el interminable camino de regreso imaginé que ella era la princesa de todas las justas medievales, el ángel de todas las anunciaciones y la razón de todos mis insomnios. Me sentía tan enamorado que no me enamoré de nadie más mientras duró el trayecto del microbús. La imagen de sus melenas montaraces -como hiedras doradas- me había subyugado de tal manera que hasta recordé la leyenda infantil de Rapunzel, la bella prisionera de la torre que desparramaba sus bucles para izar amantes y hechiceras.

En casa deseaban saber cómo me había ido en mi nueva vida universitaria e improvisé consideraciones muy convincentes sobre los sintagmas, Parménides, la realidad peruana y su relación con el inconsciente, pero en el fondo yo sólo deseaba hablar de ella, del azul que azogaba sus ojos o de la trencilla que recogía sus cabellos y que al sol espejeaba como una filigrana. En cualquier caso, les quedó muy claro que me moría por estar en la universidad.

Por aquellos años tenía responsabilidades muy concretas dentro de casa, y tal vez la más importante era comprar el pan apenas rayaba el alba. Como mis clases empezaban a las ocho en punto y para llegar a tiempo debía coger el microbús de las seis y media, todas las mañanas me levantaba a las cinco y cuarenticinco, me duchaba y partía hacia la panadería entre los primeros trinos de las aves y los últimos chirridos de los grillos. Recuerdo que mientras desandaba el camino de «Santiago» -que así se llamaba la bodega del barrio- me dejaba extraviar por el olor del pan recién horneado y el aroma del pasto humedecido por la garúa.

Por suerte mi casa estaba muy cerca del paradero inicial y así podía instalarme al final del microbús o incluso hallar un asiento libre. El camino hacia la universidad era larguísimo y debía transbordar a mitad del trayecto, pero me distraía observando las caras de los pasajeros habituales, fantaseando sobre sus vidas y urdiendo historias que nos comprometían a todos. Tales ensoñaciones reemplazaron la elección de Miss «Micro», un antiguo pasatiempo de mis días escolares. Fue una de esas primeras mañanas cuando se produjo el milagro: en la parada de la esquina de Benavides con Montagne mi amada subió al microbús.

De pronto sentí la caricia de una fragancia indescifrable, las molestias de la compacta multitud amainaron, los tubos dejaron de resultarme pegajosos y todo el micro me pareció más limpio y reluciente. Un ángel nos había visitado y bendecido con su presencia, tal como Campanilla encantó el siniestro galeón del capitán Garfio en la versión de Peter Pan de Walt Disney. Si esa magia fuera envasable -pensaba- el transporte público sería más tolerable gracias al polvo de hadas que ella diseminaba generosa. Cuando bajamos para conectar con la línea 23 le saludé arrasado por el pánico, y entonces pronunció el nombre de mis sueños: Carolina.

Los días siguientes fueron de una felicidad inolvidable, pues llegábamos juntos a la universidad, nos sentábamos en la misma carpeta y charlábamos entre una clase y otra. Además, cuando había prácticas de Lengua I almorzábamos en los jardines del campus y yo le acompañaba hasta su casa porque salíamos muy tarde en la noche. Tanto la quería que no deseaba estropearlo diciéndoselo. Como mucho me conformaba dejando caer algún piropo que siempre encendía rosas de fuego en sus nevadas mejillas.

Nuestra amistad habría superado cualquier contingencia de no haber mediado un impredecible acontecimiento: la elección de delegados al Centro Federado. Carolina tenía ideas sociales y -como había sido alumna del Colegio Franco Peruano- admiraba las utopías parisinas del 68 e irradiaba esa intimidatoria madurez que sin excepción compartían todos los egresados del liceo francés. Así, cuando aparecieron las convocatorias electorales me enseñó que había dos maneras de estar en la universidad y en el mundo: a favor o en contra del cambio. Carolina estaba a favor, y yo -por supuesto- estuve a favor de Carolina.

El candidato sotto voce de nuestra sección era Manolo, un tipo simpático y gran amigo mío porque habíamos sido compañeros en el colegio, pero que suscitaba enormes fobias entre la izquierda porque su padre era un destacado dirigente nacional de Acción Popular, el partido que había sido derrocado por la dictadura militar que nos gobernaba desde 1968. A medida que se acercaban las elecciones aumentaban la popularidad de Manolo y las habladurías acerca de su afinidad con el Opus Dei, circunstancia que le ponía los pelos de punta a la progresía universitaria. Precisamente, con las greñas más ensortijadas que nunca Carolina me interpeló: «¿Acaso nadie va a impedir que la derecha gane en nuestra clase?». Ahí decidí que yo también me presentaría como delegado.

El día señalado me levanté barruntando un flamígero discurso, durante mi itinerario a la panadería ignoré a los pájaros y el cri-cri de los grillos, y por aquello de los nervios y su influencia sobre el sistema digestivo resolví -como los verdugos- no desayunar antes del trabajo. Ya en el microbús perfilé las líneas maestras de mi alocución, y apenas crucé una mirada traviesa con Carolina. Deseaba darle una sorpresa y para ello era preciso fingir destemplanza y algo de ensimismamiento. Jamás me habría imaginado que mi primera declaración de amor consistiría en una soflama política.

Las elecciones de los «cachimbos» eran un espectáculo divertido que la populosa concurrencia revestía de una cómica solemnidad, pues de otras facultades y hasta de la Universidad de San Marcos llegaban curiosos y cazatalentos de distintos partidos políticos. Con el aula repleta y en presencia del Fiscal del Centro Federado, Clara propuso a Arturo, Lalo a Manolo y César a mí. Cada candidato disponía de una primera intervención de diez minutos, una réplica de cinco y una rueda de respuestas a las preguntas de los asistentes. Todavía me conmueve recordar la radiante sonrisa de Carolina, incendiada de rosas, más Boticelli que nunca.

Arturo habló de unión, amistad y camaradería, tres metas que se comprometió a alcanzar a través de grupos de estudio, una que otra fiestecilla y toda suerte de olimpiadas, campeonatos y partidos de fulbito. A continuación Manolo abrió fuego explicándonos para qué había decidido postular a la Universidad Católica, por qué era tan importante que estudiásemos mucho y cómo sólo así seríamos más útiles para el Perú y nuestras familias. Todo ello lo decía con una voz suplicante y persuasiva, juntando las manos como si rezara. Cuando llegó mi turno cuestioné el presunto carácter insular de la universidad, advertí cómo ella era un reflejo de la sociedad y anuncié que desde el Centro Federado lucharía por las principales reivindicaciones sociales del país, entre otras promesas que suelen hacerse cuando uno está enamorado.

No bien comenzó la tanda de réplicas, Arturo se retiró argumentando que sus propuestas ya estaban contenidas en nuestros programas, y le cedió la palabra a Manolo en medio de una atronadora ovación. Manolo deploró la ausencia de independencia de ciertos «cachimbos» que renunciaban a sus genuinas exigencias estudiantiles para convertirse en muñecos de ventrílocuo de los partidos radicales, y redondeó su faena invitándome a reflexionar al respecto. Yo recogí el guante y le manifesté mi extrañeza sobre sus disquisiciones, haciendo hincapié en que la independencia químicamente pura no existía y exhortando a mis compañeros a desoír prédicas retrecheras y pequeñoburguesas. Esta última palabreja me deparó besos volados de las camaradas más combativas, y yo me ruboricé porque ignoraba el efecto afrodita de la retórica política.

Por último, cuando llegamos a la rueda de preguntas cada uno capeó el temporal como pudo, pues a Manolo le sacaron en cara la crisis económica, no sé qué página de unos contratos petroleros y la ayuda norteamericana a un dictador nicaragüense, aunque su peor momento llegó cuando Carolina -mi Carolina- le conminó a reconocer si «eres o no eres del Opus». Manolo puso cara de ecce homo y abriendo los brazos como un crucificado respondió en tono evangélico: «En verdad, en verdad os digo que postulé a la Universidad Católica porque soy católico, apostólico y romano». A mí también trataron de empapelarme, pero en lugar de escurrir el bulto preferí ser colaborador y receptivo, y así di mi palabra de que ninguna huelga amenazaría con recesar la universidad, aseguré que haría lo que estuviese a mi alcance para que la dictadura militar devolviera los medios de prensa a sus legítimos propietarios y me comprometí a ir personalmente a la embajada polaca para solicitar la libertad de un electricista protestón. Hasta ese instante no había sido consciente del enorme poder de los delegados universitarios, y seguro que en Polonia tampoco lo sabrían.

Después de un largo y proceloso escrutinio Manolo ganó las elecciones por un solo voto, y mientras sus partidarios cantaban el himno nacional con la mano en el corazón, los míos entonaron una marcha muy internacional con los puños en alto. Carolina me abrazó emocionada y desde su mirada azul me dijo que estaba orgullosa de mí, que para ella yo había ganado y que no me preocupara por ese voto de diferencia porque «nunca falta un huevón, ¿sabes?». La vi tan contenta que no me pareció oportuno confesarle que me dio vergüenza votar por mí mismo y que le había votado a Manolo.

Jamás hasta entonces había disfrutado del éxito y la notoriedad, pero gracias a esas elecciones perdidas la gente comenzó a saludarme, algunas chicas me felicitaron por haber hablado tan «regio» y de pronto sentí que todo el mundo me masajeaba el ego con admiración. Mi primera aventura política había sido un fracaso, mas ya percibía el calor incondicional de mi electorado.

Por desgracia ninguna dicha es duradera, pues no habían transcurrido ni dos horas de la elección cuando a través de Carolina recibí un recado urgente del Fiscal del Centro Federado, quien tenía un par de críticas fulminantes que formularme. ¿Qué me querría recriminar el Fiscal después de mi espléndido combate dialéctico?, ¿cómo así el Fiscal era amigo de Carolina?

El Centro Federado resultó un lugar más bien cochambroso, donde aparte de un desvencijado mimeógrafo no parecía existir nada de auténtico valor. Allí me aguardaba impaciente el Fiscal de Letras, un tipo huesudo, vestido de negro y con anteojitos redondos, como esos personajes macarrónicos de las litografías antiguas. Su bienvenida no pudo ser más cordial: «La has cagado, compañero. ¿Cuál es tu célula?, ¿quién apoyaba tu candidatura?».

Así, de golpe, sus preguntas demudaron mi boba expresión risueña. ¿Cómo que la había cagado?, ¿qué pasaba con mis células?, ¿acaso no había visto que casi la mitad de mi clase me apoyaba? De cualquier manera, qué cara de pollo me vería que comenzó a largar.

La dictadura militar estaba en las últimas boqueadas y las organizaciones populares debían actuar coordinadamente para agudizar las contradicciones del Estado burgués, compañero. Los gremios de la Universidad Católica reclamaban una trinchera de lucha en la vanguardia, y para ello hacían falta delegados que no quebrantaran la disciplina de las estructuras internas. ¿Por qué me había lanzado a unas elecciones sin respaldo partidario, compañero? Mi precipitación había frustrado la propuesta de otro candidato de consenso, quien decidió inhibirse para no dividir el voto progresista y continuar su trabajo de zapa -de humilde polilla, compañero- en las bases. Además, ¿por qué me había comprometido a impedir que una huelga recesara la universidad?, ¿acaso no sabía que la huelga era una medida de lucha única, única en ese sentido, compañero? Para colmo de males, los medios de prensa expropiados nunca deberían ser devueltos a la burguesía, y el electricista polaco ése era un hijo de la gran puta que merecía cadena perpetua por contrarrevolucionario. Finalmente, yo la había cagado por haber ofrecido demasiadas cojudeces delante de los camaradas de San Marcos, que en ese mismo instante estarían riéndose de los estudiantes democráticos y consecuentes con la causa popular de la Universidad Católica, o sea con la del pueblo en su conjunto, compañero.

Tengo que confesar que no comprendí casi nada, mas por la actitud de Carolina era evidente que había metido la pata hasta el corvejón. Me miraba como si hubiera matado a alguien, meneando la cabeza desolada y hasta sintiendo compasión por mí. De todas las funestas consecuencias de mi precipitada candidatura -la desunión de los partidos de izquierda, el rearme moral de la dictadura militar y el avance de la reacción en Polonia-, en realidad a mí sólo me importaba qué ocurriría con Carolina. ¿Me saludaría de nuevo en el microbús?, ¿almorzaríamos juntos los días que hubiera prácticas de Lengua I?, ¿seguiría consintiendo mi contemplación apasionada?

Desde aquel día me sentí como una lombriz, pues ni siquiera me atreví a compartir mis desahogos. Yo, que por amor había sido capaz de propugnar lo que no pensaba, por amor era incapaz de proclamar lo que sentía. Sin embargo, el amor es tolerante con la extravagancia porque sin extravagancia no es posible el amor.

Una mañana advertí que el rechinante canto de los grillos no era tan alegre como pensaba, y una plomiza melancolía se apoderó de mí sin que el aroma del pan caliente o el olor del pasto mojado pudiesen remediarlo. Cuando Carolina subió al microbús en la parada de Montagne y Benavides, la sonrisa se le había difuminado y un resplandor metálico fulguraba su mirada recordándome el color del océano en las orillas, donde el azul más intenso se disuelve en la turbia multitud de granos de arena. Los ojos de Carolina eran como las olas del mar, azules a la distancia y arenosos después de estrellarse conmigo.

Algunas semanas más tarde por fin les vi juntos en «El Paraíso» -que así le decíamos a los jardines de la Facultad de Sociales-, y después de todo pensé que Carolina y el Fiscal de Letras hacían una pareja estupenda. Entonces me convencí de que jamás sería un revolucionario, porque se podía ser revolucionario por loco, por lúcido, por indignación e incluso por resentimiento, pero jamás por amor. Y yo por amor -menos trapecista- habría sido cualquier cosa.

Así me desengañé de la política y si me apuran de los curas, porque hasta el piadoso hermano Carmelo me había mentido: las mujeres no sólo iban a la universidad en busca de novio. También acudían persiguiendo ideales tan valiosos y extraordinarios, que incluían al enamorado de regalo.





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