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Mr. Rugendas ha explorado durante quince años la América del Sur, trayendo álbumes de gran interés.

 

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El marqués de Santa María, posee una colección de cuadros que podría sin perjuicio, tener lugar en nuestros grandes museos; todos los matices del arte español, están ahí dignamente representados sentados: la escuela de Sevilla que se asemeja a la de Flandes; la de Valencia que seguía a la escuela romana; la de Toledo, en fin, que procedía más bien de la escuela napolitana. Aún la escuela flamenca originaria, se introdujo ahí bajo los auspicios de sus nombres más estimados; así, gustosos creemos con sus propietarios, que ellos poseen telas de Van Dick, de Gaspard Creeyers y de Rubens, haciendo sin embargo la restricción de que ellas están lejos de pertenecer a la parte capital de la obra de esos artistas. Es de imaginarse fácilmente, además, la negligencia que debió presidir a la ejecución de esos pedidos tan lejanos.

 

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Dos artistas peruanos, señores Merino y Lazo, se han distinguido particularmente en la Exposición Universal de 1855. El último, sobre todo, ha pintado, un alfarero de la Cordillera, con un aspecto quizá algo escultural; pero ese rostro oscuro, misterioso, que parece llevar en él todos los sufrimientos de su raza, revela cualidades que hacen honor al señor Laso.

 

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La caída de Rosas y los desórdenes que le siguieron en ese desgraciado país del Plata, vieron realizadas plenamente nuestras previsiones (1856).

 

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Cortés fue quizá un héroe, pero Pizarro no pasó de ser un aventurero.

 

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Hay un punto sobre el cual creo necesario insistir: los autores de los desórdenes en el Perú, son favorecidos por los poderes auxiliares que son la falta de vías de comunicación y las rivalidades entre las principales ciudades de la República. En esas comarcas, más o menos iguales hoy día como han salido de la mano de Dios, es extremadamente difícil de dirigir un ejército sobre los diferentes puntos del territorio, para reprimir al comienzo las tentativas sediciosas; así que los agentes de los desórdenes, pueden preparar a su gusto sus astucias anárquicas, y así, lo que en todos los países   —132→   donde la acción gubernamental puede hacerse sentir inmediatamente sería apenas una sublevación, se convierte aquí en una revolución. En cuanto a las principales ciudades de la República, ya sea por los diferentes intereses que las animan, o porque su población se compone principalmente de Pieles Rojas o Pieles Blancas, es muy raro que Arequipa y Cuzco no sean favorables al movimiento que se elabora; cada una de estas ciudades persiguiendo el sueño de convertirse en la sede del gobierno, o de erigirse en una capital independiente.

 

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Se puede calificar aún más severamente ese acto, y decir que fue un acto de piratería, pues se ejecutó en tiempo de paz y sin el menor cambio de explicaciones entre los dos gobiernos, con respecto al agravio del que se creía autorizado para cometerlo.

 

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Desgraciadamente, es necesario, para cargar en las islas de Chincha, que están a cuarenta leguas del Callao, según el viento, un permiso   —148→   que se viene a sacar a la capital, luego ganar el terreno perdido contra el viento, regresar por segunda vez y hacer la expedición; todas esas cosas aumentan considerablemente los gastos y los atrasos.

 

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Leo en el Internacional de Buenos Aires, del 1º de abril de 1855: «Desde el 7 de enero de 1854 el Perú ha estado en guerra civil. El general Castilla que fue el primer presidente peruano que se mantuvo en su puesto durante su período constitucional, se ha levantado en esta última fecha, contra el general Echenique, su sucesor».

«Después del año «de la decisión» que ha conmovido al Perú entero, el pueblo de Lima, después de una batalla librada en sus mismas puertas entre dos numerosos ejércitos, vio entrar triunfante al general Castilla. Un instante antes había tenido lugar una sublevación, el pueblo había saqueado el Palacio de Gobierno, varias casas particulares y quemado los Archivos Públicos».

El Libertador proclamaba el 7 de enero último, a los peruanos:

«Después de haber derribado con gloria a los obstáculos que la tiranía no cesaba de oponer a la moral y al triunfo de las grandes ideas, me siento animado de júbilo, anunciándoos que por vuestras armas ha caído para siempre, en la planicie de La Palma, el poder de vuestros enemigos».

«¿Aseguran esas palabras la paz y el orden para el porvenir? ¿De dónde tomará el nuevo poder la legalidad, para que la voluntad de otro caudillo se detenga ante él y los respete»?

 

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Debo a la gentileza del señor Vanerhut, oficial de marina, algunos apuntes de un viaje reciente que me han permitido completar mis recuerdos sobre Cobija y las Chinchas.