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Romero Tobar en una conferencia sobre poesía madrileñista sostiene que las «tendencias -costumbrismo romántico y realismo-naturalismo de la Restauración- generaron los modelos de escritura que, con mejor o peor acierto, se impusieron en la creación literaria de la época» (Romero Tobar 1997: 6). Un buen ejemplo de este tipo de composición: «La primera verbena» de Juan Pascual, ilustrada por A. Carretero, en LVL, n.º 23, 15 de junio.

 

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«Aires murcianos» aparecidos en varios números de LVL (10, 14, 16), siempre ilustrados por su primo Medina Vera. «La pantalonera» de Manuel Paso, ilustrado por Benedito (LRM, 62, 7 de mayo de 1898).

 

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«Oriental... fin de siglo», de Antonio Palomero, en LRM (n.º 2, 13 de marzo de 1897), «La paz universal Fábula», de Manuel Paso (LRM, 80, 10 de septiembre de 1898).

 

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Véanse como ejemplo las palabras que Clarín dedica a algunos de sus colegas de Madrid Cómico, la mayor parte de los cuales se encuentran también en las nóminas de las revistas utilizadas para este trabajo: «No me cansaré de repetirlo: nuestra generación, y, por lo que hasta ahora veo, la que nos sigue, no tiene en España poetas de alto vuelo: y los que pretenden serlo, valen menos, mucho menos, que los que, como Vital Aza, Sinesio Delgado, Zúñiga, Bustillo, Silva, Eduardo Palacio... y otros, por ejemplo, algunos de los salados saineteros con su maestro Vega a la cabeza, cultivan el trato con la musa cómica, sin pretensiones, pero... correctamente y con propiedad» (Clarín 1891: 3).

 

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Todavía en 1899 aparecen fábulas en las publicaciones: «La armadura y el cadáver», de Luis de la Guardia Ilustrada por G. Faure, LVL, n.º 26, 6 de julio. Del mismo autor pero una traducción del poeta catalán Evelio Doria: «La locomotora y la tartana», con ilustraciones de G. Faure, LVL, n.º 27, 13 julio. De cantares, los aparecidos en el número 29 (27 de julio) de Alfonso Tobar, iluminados con dibujos alusivos de Leal da Cámara.

 

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Tanto Ezama como Esteban Gutiérrez, en su estudio sobre el cuento decimonónico acuden a una cita de Clarín en la que señala esta escasez de calidad: «El mal está en que escriben y publican cuentos muchos sujetos que no son artistas, ni escritores siquiera, y otros que aun siendo escritores y aun artistas, no han nacido para escribir cuentos [...] ahora, porque el cuento prospere, muchos se lanzan a él, sin reparar que sus facultades para el caso son deficientes» (Clarín 1893).

 

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Para no caer en la enumeración farragosa de los casi trescientos cuentos que se aparecen en estas cuatro publicaciones, citaré sólo el primero en aparecer en la revista más temprana, «Los bultos de las de Pérez» de Juan Pérez Zúñiga (LGV, 2, 9 de julio de 1893). Un excelente ejemplo del relato satírico-costumbrista tan abundante y socorrido en la mayor parte de las publicaciones. Ilustrado por Cilla, uno de los ilustradores más conocidos por su vena humorística, que le llevan a crear unos verdaderos tipos.

El último sería: «El alma de las cosas», de Adolfo Luna, ilustrado por Medina Vera (LVL, 29, 27 de julio de 1899). Un cuento que representaría bien esta etapa de transición a que me he referido, ya que comienza como un tono muy cercano al del artículo de costumbres que se va a centrar en un tipo y, poco a poco, va introduciendo al lector en un ambiente melancólico, que busca evadirse de la realidad, hasta que: «callado y pensativo se dejó acariciar la frente contraída por las alas angélicas de su locura azul, de su tierna y triste locura».

Algo muy semejante se observa en las ilustraciones, la primera es un dibujo de una joven en que se hacen muy visibles los aditamentos de modistilla a que alude el texto. En el segundo, además de introducir Medina Vera en la viñeta una visión ¿de ultratumba?, se enfatiza el dibujo mediante una orla decorativa de motivos florales, sin firma pero con el inigualable estilo de Leal da Cámara.

Esta intervención del dibujante-decorador, tan frecuente en esta publicación, está señalando una nueva manera de concebir el arte de la ilustración, en el que a la fidelidad al texto se suma la búsqueda del efecto estético del conjunto.

 

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«[...] la gran cantidad de dibujantes existentes en la España del XIX, sólo posible en función de la existencia de cientos de publicaciones de todo tipo» (Martín 2000: 9-10).

 

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Esta certera clasificación no impide el que algunos de los citados en cada una de las tres facetas pase a dibujar o a decorar de manera distinta de la habitual, pero es poco frecuente. Un buen ejemplo sería el caso de Ramón Cilla dibujando sin usar de la caricatura pero ron un trazo muy característico, algunos cuentos de Clarín, para la revista Madrid Cómico.

 

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Un ejemplo de ello es la revista La Caricatura, que resuelve la parte gráfica en los márgenes a base de dibujos sueltos, mientras presenta los textos literarios sin ilustración (salvo alguna excepción sin importancia).