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En su dedicatoria a Lope de las Experiencias de amor y fortuna (Madrid, viuda de Alonso Martín, 1626), publicada con el seudónimo de Francisco de las Cuevas, Quintana recuerda la censura de Jáuregui contra la Jerusalén de Lope en la Carta del Licenciado Claros de la Plaza al Maestro Lisarte de la Llana: «La Jerusalén, poema que tiene la ostenación de su eminencia en su invidia, y que ha descubierto en su escrutinio la apasionada ceguedad de algunos que tienen puesto el fundamento de su ciencia en la detracción, como si fuesse lo mismo demostrar que notar, y saber que procurar ofender, de cuyo torpe engaño hallan castigo en la risa de todos, escarmiento en su misma afrenta y respuesta en la boca de quantos juntan al conocimiento entrañas desnudas de toda pasión, como se ve claramente en el discurso que escribió don Luis de la Carrera [...]»
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Es curioso que Lope le dejara a Montalbán en su testamento «un quadro, en que estaba retratado cuando era mozo, sentado en una silla, y escribiendo sobre una mesa que cercaban perros, monstros, trasgos, monos y otros animales, que los unos le hacían gestos y los otros le ladraban, y él escribía sin hacer caso dellos.»
(de la Fama póstuma, cito por VEGA, Lope de, Colección de obras sueltas, vol. XX, p. 36). Este retrato se lo había dejado Lope al Duque de Sessa en su primer testamento de 1627, donde desvela la alegoría del cuadro: «un retrato de mi mocedad, donde hay una envidia pintada y otras figuras morales, para que su excelencia se acuerde que desde aquella edad le comencé a servir»
(RENNERT y CASTRO, Vida, op. cit., p. 397.).
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Véase DIXON, V., «Juan Pérez de Montalbán's Para todos», Hispanic Review, XXXII (1964), pp. 36-59.