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ArribaAbajoCapítulo XXIII

Preparativos de un asalto


Mientras Ramiro de Linares era tan esmeradamente cuidado en uno de los más retirados aposentos del edificio de Alanza, reuniéronse una mañana en el salón del mismo alcázar el noble Mauricio de Monfort y don Pelayo de Luna.

-Ya presumo, dijo el primero, que venís deseoso de saber lo que nos anuncia el eco del clarín que se acaba de oír en el puente levadizo. No sería malo que esos bárbaros de Aragón hubiesen vuelto a traspasar los lindes de Castilla.

-Indolencias siempre, respondió don Pelayo, de la maldita corte de Segovia. ¿Por qué diablos no publican de una vez la paz que ya está secretamente concluida? Reniego del hombre sin carácter por cuyas venas circula, en lugar de sangre ardiente, insustancial agua de fresa. Ayer mismo salí de aquella corte infernal por no serme ya posible el presenciar tamaña irresolución y falta de toda energía. No andan las cosas tan en popa como solían, y harto hay que temer que así que rompa esa embravecida borrasca se hunda para siempre nuestro barco.

-¡Qué decís!, interrumpió Monfort, ¿tan seria es la conjuración que amenaza al condestable?

-¡Seria!..., y aún mucho más de lo que os la pinto. Muy poco hay que esperar del rey don Juan: si nosotros mismos no nos reunimos para atacar con mano armada el bando de los contrarios; por Santiago, caballero Monfort, que nos arrojaran en parte donde nunca más embracemos la rodela. Pero, ¿en qué sótano se ha metido ese demonio de Alanza?... Sepamos de una vez lo que significa el son de aquella corneta.

-¿Qué significa?, dijo entrando don Rodrigo, ahí lo tenéis: acábame de entregar ese maldito pliego que a no engañarme es un cartel de desafío. -Al decir esto volvíalo por todos lados como si de esta manera hubiese querido penetrar su contenido; pero después de examinarlo tan minuciosamente por la superficie, lo puso en manos del caballero Monfort.

-Para mí son garabatos, dijo francamente Mauricio, quien participaba de la ignorancia general en los hidalgos de aquel siglo. Un sabio monje que había en el castillo de mi padre quiso enseñarme a escribir; pero viendo que por más que lo hacía no alcanzaba de mi diestra que formase letra alguna, sino el borronear corvos alfanjes y algunas puntas de lanza, cansóse de su trabajo y dejóme dar pábulo a mis inclinaciones favoritas.

-Venga acá ese papelucho, replicó el de Luna, pues me precio de unir algunos conocimientos a la profesión de las armas.

-Bravo, gritó Monfort, y díganos su reverencia lo que canta esa misiva.

-Un desafío formal, por vida de San Lorenzo: y os aseguro que es el más raro cartel que jamás haya pasado por un puente levadizo: por decir estoy que me parece una chanza.

-Pues desearía saber, interrumpió don Rodrigo, quién es el guapo que se atreve a chancearse conmigo en semejante materia..., leed, leed por vida vuestra, noble Pelayo de Luna.

-Que me place, dijo éste, y en alta e inteligible voz empezó de esta manera:

-«Yo, Roberto de Maristany, Roldán por sobrenombre, y yo, Pedro Gutierre, molinero de Navarra...»

-¿Estáis loco?, atajóle don Rodrigo.

Dígoos, voto a mí, que no leo más ni menos de lo que el mensaje canta. -Y atando el hilo de su lectura prosiguió diciendo:

-«Y yo Pedro Gutierre, molinero de Navarra, con auxilio de los que hacen con nosotros causa común en tan singular querella, sobre todo de un valiente caballero llamado por ahora el holgazán de San Servando, participamos a vosotros Pelayo de Luna, Rodrigo de Alanza, y cuantos sean vuestros aliados y cómplices, que en atención a que robasteis sin más ni más a una noble doncella llamada Matilde de Urgel y a otra que la servía, encerrándolas ilegal y violentamente en ese castillo, donde detenéis también a un célebre paladín que campea bajo el nombre del caballero del Cisne, os pedimos y requerimos que dichas nobles y libres personas, a saber: la ilustre Matilde con su doncella, y el famoso campeón del Cisne con los demás objetos a ellos pertenecientes, nos sean remitidos después de una hora de recibida la presente a nosotros mismos, o a aquellos a quienes facultaremos para recibirlos, sin que les sea hecho daño, injuria ni desaguisado alguno. De otra manera, desde ahora os declaramos malandrines y traidores, y haremos todo género de esfuerzo para aniquilarlos y para destruiros.

»Firmado por Nos, hoy día víspera de San Macario, en las gradas de la cruz que llaman de la encrucijada, entre las torres de Alanza y las murallas de Segovia».

Más abajo de este escrito veíase una lanza groseramente dibujada con una nota que decía ser aquella la firma del intrépido Roldán; después de tan respetable emblema, hallábase cierta cruz que servía de otro tanto al molinero, y un poco más adelante tropezaban los ojos con letras trazadas por mano menos delicada que atrevida, en las cuales se leía: «el holgazán de San Servando».

Atentos por demás estuvieron los dos caballeros a la lectura de esta singular epístola, y mirándose uno a otro cuando concluyó don Pelayo, como en muestras de la extrañeza que les causaba. Monfort fue el primero que rompió aquel silencio soltando una carcajada violenta, en lo que imitóle, aunque con más moderación, el hijo del condestable. Únicamente el de Alanza conservó la gravedad, y aun manifestóse algo colérico por aquella súbita y destemplada alegría.

-Sabéis lo que francamente os digo, caballeros, que obraríais mejor en pensar lo que debemos hacer, que en dejaros arrastrar de importunas risotadas.

-Nadie diría, respondió Monfort, sino que aún os silban por las orejas las saetas que nos dispararon en la batalla de Aivar. De otra suerte no os hiciese perder el buen humor un cartel de desafío enviado por un holgazán y un molinero.

-Por San Andrés, Mauricio respondió Rodrigo, quisiera que semejante aventura sólo concerniese a tu persona: sabed que no obrarán tales pícaros con ese atrevimiento, si no se viesen favorecidos por alguno capaz de sostenerlos. Por desgracia no faltan cuadrillas de salteadores en nuestras selvas, y yo sé que nada desean tanto como vengarse de mí, por lo muy riguroso que anduve en defender de sus dardos a las liebres y a los venados que las pueblan. Porque hice atar a uno de esos ladrones en las astas de un ciervo montés, que le dio la muerte en menos de cinco minutos, hanme arrojado más flechas que todo el ejército de Aragón en la última campaña.

-Y bien, ¿qué noticias traes?, dijo a un escudero que entraba en el salón, ¿has hecho el reconocimiento que te dije?, ¿pudiste calcular el número de esos vagabundos?

Según se puede colegir por los que se descubren desde la torre más alta, habrá como unos doscientos hombres.

-¡Valiente trago!, exclamó don Rodrigo: ¿ven aquí, señores míos, a lo que me ha expuesto la condescendencia de que sea siempre mi castillo el teatro de vuestros malditos planes? De tal manera y con tal sigilo los concebisteis y llevasteis a efecto, que reunido habéis en torno todas las abejas de la comarca.

-Los zánganos queréis decir, interrumpió Monfort, pues no merecen otro nombre las hordas de gente holgazana, que en vez de ganar honradamente su vida, pásanla por bosques y encrucijadas a expensas de los ciervos que matan, y de los pasajeros que limpian. Zánganos, repito, porque si bien parecen abajas, no tienen travesura ni aguijones.

-¡No tienen aguijones!, respondió el de Alanza, ¿pues qué nombre daréis a esas flechas de tras pies con las que atraviesan la armadura de más fino temple, excepto las mallas de Vizcaya, y que dan siempre en el blanco, aunque no les presente más campo que la línea de un cabello?

-Ea, basta, señor caballero, interrumpió don Pelayo; reunid la gente de vuestro alcázar, y salgamos a dispersarles. Un solo paladín, un hombre de armas siquiera, basta para poner en huida a veinte de esos cobardes.

-Basta y sobre, interrumpió Monfort, y si algún escrúpulo me queda, es el de enristrar la lanza contra canalla tan pérfida.

- No dejarais de tener razón si se hablase de los moros de Granada, caballero de Luna, o si tuviésemos que haberlas con franceses de la frontera, Mauricio de Monfort; pero se trata de paisanos de Castilla, bravos, valientes y tercos, de robusto puño y de brazo muy certero, contra quienes no tenemos más ventajas que las de nuestras armaduras y caballos, harto débiles por cierto si continúan abroquelándose en los bosques. Habláis de hacer una salida, y apenas tenemos el número necesario de guerreros para la defensa del castillo, estando mis mejores hombres de armas haciendo cada día generosa muestra de su denuedo y pujanza en la vanguardia del ejército.

-Sin embargo, dijo el de Luna, no creo que debamos temer que asalten este castillo.

-No lo temo porque les falta un capitán que les mande, porque carecen de máquinas guerreras, y porque están destituidos de conocimientos militares; pero como pudiesen contar con alguno de estos recursos, no dejaríamos de hallarnos en presto y notable aprieto. Añadid a eso que ocupaba la corte de sí misma, y aburrida con el continuo espectáculo de tantas luchas y guerras intestinas, no hace caso de semejantes contiendas, y hállase sobrado débil para impedir que se tomen a viva fuerza los alcázares.

Y es tal, sobre todo, dijo don Pelayo, la persecución que en el día arman a nuestro partido, que en vez de darnos socorro, verían nuestra destrucción los grandes con extraordinario júbilo.

-Pues enviad un mensaje a los amigos, diciéndoles que preparen sus gentes para correr al auxilio de tres caballeros sitiados en el castillo feudal de don Rodrigo, por un molinero y un vagabundo.

-La chanza no es de sazón, noble Mauricio: ¿a quién diablos queréis que me dirija?... Astorga y Castromerin se hallan en el ejército, y Villena y Santillana al lado de don Enrique para concluir esa perezosa paz que nunca acabará de publicarse.

-Pues lo mejor que hay que obrar en tan singular apuro, dijo el de Luna, es enviarles un mensaje, intimándoles que se retiren, a ver si se gana algún tiempo y cambian de aspecto los asuntos.

-Cuando dais ese consejo, respondió el de Alanza, supongo que sabréis de escribir. No nos falta quien se encargue del pliego, pero sí lo necesario a fin de extender la carta. Vive Dios, que si fuera posible hallar el escritorio del antiguo capellán del alcázar, que se murió por no poder tolerar mis malas mañas, estaríamos medianamente socorridos.

-A lo que presumo, dijo el escudero, está en el último aposento de la torre que mira a la ermita de Alanza, pues lo conservaba la pobre Bárbara como un recuerdo de aquel santo hombre.

-¿Allí donde murió hace pocos días esa carcomida vieja?, preguntóle don Rodrigo.

-Precisamente, prosiguió el soldado, y donde se halla aún su desagradable esqueleto, arrojando inmunda peste.

-¡Pícaro!, gritó el de Alanza, ¿y tienes el insolente descaro de decirlo en mi presencia?

-Es que la otra noche subí una luz a la torre para alumbrar el cadáver que yo mismo había envuelto en una sábana blanca; pues bien..., pero, señor, os suplico no os alteréis en manera alguna...

-Prosigue, holgazán, prosigue: y como no acabes pronto ese desventurado cuento, yo haré que vengan a refrescarte la memoria.

-Dejé la luz junto al cadáver de la vieja, y quise rezarla un rato a fin de que perdonase las indecentes injurias que le dije el otro día para hacerla salir de la estancia donde hilaba. Apenas había empezado mi plegaria silenciosa, parecióme que se movía el cadáver debajo de la sábana, y oí una voz peregrina que en medio de la quietud de la noche entonaba cierta canción misteriosa y melancólica. A tan desusado incidente temblé, me estremecí; y aunque al través de una aspillera quise averiguar si el canto venía de persona humana, no descubrí alma viviente en todo el campo, y salí con precipitación del aposento, sin que después de esta ocurrencia se haya atrevido a entrar en él ninguno de mis camaradas.

-Miserable cobarde, dijo don Rodrigo, ¿y eres tú aquel valiente Bullanga que acometía el primero los más erguidos alcázares? Vete de mi presencia, poltrón, y como no me traigas la escribanía que te digo, hete de arrancar los ojos y meter en lugar de ellos un par de ascuas ardiendo.

-Iré, dijo Bullanga entre dientes y encaminándose a la torre; pero Merlín me ha asegurado mil veces que he de morir a las manos de un desalmado hechicero; y cuando le conté mi negra aventura confirmóme que sin duda era el diablo el que cantaba. Voy a probar si le encuentro y me hace la merced de subir por el tintero, pues nada tiene que recelar de parte del demonio, si es cierto lo que por ahí dicen que es ahijado suyo.

Prepárese el señor de Luna a escribir una respuesta a ese atrevido cartel, conforme voy a dictársela, dijo Rodrigo en cuanto salió el escudero.

-Más gustaría responderles con la punta de la lanza; pero no habiendo otro recurso, aquí me tenéis dispuesto a todo lo que gustaréis.

Trajeron dentro de un rato la escribanía que pidieran; y sentóse ante una mesa el hijo del condestable mientras dictábale su amigo una carta concebida en los términos siguientes:

«D. Rodrigo de Alcalá, señor del alcázar de Alanza, y los caballeros de hidalga cuna que en su compañía se hallan, no reciben carteles provocativos de siervos ni de vasallos. Si hay entre ellos alguno que aspire al derecho de caballero, debe saber que se degrada con mezclarse entre gentes de baja y perversa ralea. Por lo que respecta a los prisioneros que hemos hecho, usaremos de ellos según nuestra voluntad y talante, sin aguardar el beneplácito de salteadores de caminos, a quienes participamos por un movimiento por un movimiento de caridad cristiana, que hemos elevado una horca de cuarenta codos en el patio grande de nuestro castillo, a fin de que luzcan su habilidad y se gallardeen en ella a medida que los vayamos cazando».

Una vez cerrado el pliego, mandáronlo llevar al paisano que trajera el de Roldán y sus camaradas, y esperaba la respuesta a poca distancia del castillo.

Habiendo desempeñado este audaz mensajero su comisión de la manera que se ha dicho, volviese al cuartel general de las tropas aliadas, establecido, según se manifestaba en la demanda, al pie de la cruz poco distante de aquel ominoso alcázar. Hallábase en ella Roberto de Maristany con algunos de los vasallos de Ramiro, el molinero que había dado acogida al caballero del Cisne, y varios amigos y dependientes suyos que acudieron recelosos de que no hubiese acaecido algún desmán a tan célebre guerrero. Veíase también entre ellos un paladín cubierto de armas negras con la visera caída, llevando el séquito de unos ochenta hombres de armas, robustos, obedientes y resueltos. Era el caso que habiendo hallado a Roldán con la tropa que le obedecía, hablóle privadamente, y enterado sin duda del objeto de su expedición, quiso acompañarle en ella y coadyuvar con todas sus fuerzas al logro de tan osada y recomendable empresa. Además de tales gentes, notábase asimismo gran número de los flecheros que andaban divagando por aquellos campos, los cuales, como temiera el de Alanza, aprovechaban gustosos la ocasión de acometerle. Si bien los soldados de Roldán ofrecían en su aspecto un aire imponente y guerrero, no dejaba de observarse igual marcialidad en los que determinadamente seguían al paladín que hemos dicho, y se firmaba en la carta el holgazán de San Servando. Y sea por el mayor número de hombres de armas que iban a sus órdenes, ya por ciertos indicios de pericia militar y elevado nacimiento que se traslucían en él, profesábanle cierto respeto, y obedecíanle todos con absoluta confianza. Hasta los mismos paisanos de las selvas se manifestaban a su presencia disciplinados y comedidos, dando bien a comprender que solo de su valor esperaban el buen éxito de su temerario arrojo. A él, pues, y al buen Roberto dirigióse el mensajero, y presentóles la respuesta que le habían entregado en el castillo de Alanza.

-Por el báculo de San Macario, gritó Roldán, aquel báculo digo que llevó más ovejas al redil que ningún otro cayado sea de mitrado abad o de reverendo obispo, desearía comprender lo que canta ese pergamino viejo. Pero siempre encomendaba al diablo al que cuando era más joven quiso enseñarme a leer, y más me alegraba el corazón la vista de un zafio lencero, que la de un tieso doctor con sus hábitos de ceremonia.

-Dijo, y entregó la carta al molinero, el cual, abriendo extraordinariamente los ojos y la boca, pasóla al campeón de las armas negras, como si fuese para él un animal del otro mundo.

-¡Con que al fin he de ser yo el escribiente y el intérprete!, dijo el caballero, vaya, pues, estadme atentos mientras leo lo que contiene el tal escrito.

-¡disponer a su talante de la doncella de Urgel, y del caballero del Cisne!, exclamó Roldán así que acabó el incógnito la lectura: ¿estáis bien seguro, noble señor, de que dice ese mensaje lo mismo que nos leísteis?

-Segurísimo, honrado Roberto, y aún más lo estoy de que son muy capaces de obrar con la misma ferocidad y arrogancia que se explican.

-Pues no hay, dijo el molinero, sino apoderados del castillo, aunque hubiésemos de arrancar con nuestras propias manos cada una de sus piedras.

-No obstante, repuso el incógnito, tal vez sea un ardid para ganar tiempo; pero si no me engaño ahí tenéis al gitano Merlín, que viene a darnos cuenta de lo que pasa en Alanza.

-Acércate, hijo del diablo, gritóle Roldán, y mira a que desesperado término nos traen tus ponzoñosos avisos. Bien haces en volver los ojos tiernamente hacia ese roble, porque entre sus altas ramas echarás ahora mismo la última cabriola.

-No será antes de librar a la hija de Armengol y al noble campeón del Cisne, respondió Merlín. Sabed que cuando cumplió la cita que yo le dí al pie del torreón donde guardaban entonces a la inocente Matilde, tuvo la maldita ocurrencia de cantarnos un romance a eso de la media noche. Venía de Segovia el caballero Monfort, y acudiendo a los ecos de aquella música intempestiva y nocturna, estúvolo escuchando desde muy corta distancia. En cuanto lo reparó don Ramiro fuese arrogante hacia él preguntándole quién era, y después de no sé qué dimes y diretes, cometieron la sandez de echar mano a las espadas y acuchillarse muy a su sabor, cual si fuesen dos mortales enemigos. El del Cisne estaba herido, el de Monfort es robusto, y aquel cayó por lo tanto sobre la ensangrentada yerba exánime y sin aliento. Su contrario trató de rociarle el rostro, y al levantarle la visera reconoció fácilmente las varoniles facciones de Ramiro de Linares. Allí fueron los lamentos y el renegar de sí mismo; mas no pudiendo remediar el mal que estaba ya hecho, mandólo subir al castillo, donde sis revelar su nombre atiende a su curación, en agradecimiento a la mucha cortesía de que ha usado con él en varias justas y torneos. De consiguiente corre el peligroso riesgo de que descubran quién es, y se venguen en su sangre el de Alanza y el de Luna.

-No se vengarán, por vida de San Jenaro, mientras mi brazo pueda empuñar una espada, dijo Roldán poniéndose en pie y mirando con inflados ojos a los soldados y flecheros que acudieron impacientes a saber la decisión de aquel consejo de guerra.

-¿Y cómo es, preguntó a Merlín el de las armas sombrías, que nada nos dices con referencia a Matilde?

-Matilde, respondió el gitano, ha logrado por medio de Monfort el poder curar las llagas del caballero del Cisne, y parece como resuelta a morir desde que la desgracia de este único amigo se agrega a la prisión del conde Arnaldo. Ella me envía a deciros, que no perdonéis diligencia para asaltar el alcázar y libertar al héroe del aragón, que actualmente se halla en él por haber querido socorrerla.

¿Lo oís?, ¿lo oís, bravos y ardientes amigos?, gritó el caballero a la multitud que le rodeaba: preparaos a la vez y arrojémonos contra aquella perniciosa guarida, mientras nos prometen ocasión algo oportuna el retardo de la paz y las jaranas de Segovia.

-Harto preparados y resueltos nos hallamos, respondió el de Maristany: llevadnos, noble señor, al duro asalto; llevadnos donde muramos por Linares y Matilde, o les demos la suspirada libertad gloriosos y triunfantes.

Percibióse en esto un murmullo de voces y un ruido de armaduras que anunciaba el entusiasmo de aquellos guerreros. ¡Pimentel!, clamaban unos; ¡Matilde!, respondían otros; ¡muerte al de Alanza y al de Luna!, gritaban todos ardiendo en bélica saña.

-ánimo, hijos míos, exclamó el paladín de los lúgubres arneses: ese marcial movimiento es el presagio feliz de nuestro triunfo: hoy daremos al mundo un ejemplo de generosa amistad, y purgaremos esta comarca de los monstruos que la infestan.

Alzaron aquellos valientes mil bulliciosos clamores, y retiróse el caballero don Roberto y el gitanillo Merlín para enterarse algo a fondo de la situación del castillo, y ver de combinar el plan más favorable y la hora más conveniente de atacarlo.

Tan prontas y ejecutivas fueron las hostiles disposiciones que tomaron, que no sin justísima causa, desde el romper de la aurora hubieron de alarmar súbitamente a los jefes y guarnición del fuerte alcázar de Alanza.

-Venid, venid con mil diablos, decía don Rodrigo al de Luna y a Monfort; corred y veréis desde esta ventana el alarde que hacen esos pícaros de avanzar y acometernos. Por Santiago juraría que levantan parapetos enfrente de las murallas, mientras aquellas muchedumbre de flecheros que aparece entre las primeras líneas de los árboles del bosque, ya indica la negra nube precursora del granizo.

Acudieron los dos caballeros a las voces de Rodrigo, y en tanto que observaban los movimientos de los sitiadores, tocó la corneta el de Alanza, y reuniendo sus gentes mandóles correr a las murallas y ocupar el puesto que ya tenían señalado.

-Mauricio, añadió volviéndose al de Monfort, encargarte debes del lado que corresponde al oriente: tú, noble don Pelayo, defenderás el opuesto; y yo con veinte y cinco de mis mejores soldados recorreré incesantemente todo el muro. Obre todo, amigos míos, no os ciñáis a la defensa de un solo sitio; preciso es que nos hallemos en ciento; que nos multipliquemos, por decirlo así, de tal manera, que nuestro brazo siembre por mil partes la confianza en nuestras gentes y el terror en los contrarios. Escasos somos en número; pero la actividad, la pericia y el valor, pueden darnos admirables ventajas sobre una turba de villanos y bandidos. ¡Hola! ¡Anselmo!, manda hervir calderas de aceite y de pez para rociar los cráneos de esos rebeldes: amontónense las piedras, ármense las ballestas, y enarbólese en la torre más alta del castillo la antigua bandera de los señores de Alanza: poco saben esos bribones a qué casta de pájaros andan buscando quimera. Encerrad todas las mujeres en la capilla del alcázar para que no nos aturdan con sus gritos, y recen tranquilamente en ella en disposición de escarmentarlos para siempre.

-En cuanto hubo dicho esto fuéronse los tres barones a los muros del castillo, donde aguardaron con grave calma e imponente esfuerzo el recio y denodado ataque que les estaba amenazando.




ArribaAbajoCapítulo XXIV

Continuación


Comúnmente en los momentos del peligro es cuando se abandona el corazón a dulcísimas confianzas. Una agitación general nos hace manifestar a pesar nuestro ciertas emociones, que en tiempos naturalmente tranquilos hubiéramos disimulado sin duda, puesto que no nos fuera posible el sacudirlas. Sorprendióse Matilde de la secreta satisfacción que sentía hallándose junto a Ramiro en un instante en que todo anunciaba el peligro y la desesperación en torno de ellos. Así es que al tomarle el pulso, al preguntarle por su salud, era tan blando, tan afectuoso su acento, que en él se echaba de ver tomaba por el herido un interés más vehemente del que acaso se figuraba ella misma. Temblábale la mano, espiraba la palabra entre sus labios, y sólo la fría pregunta de Ramiro; ¿sois vos, buena Matilde?, pudo hacerla volver en su acuerdo y disipar su ilusión, recordándola que el afecto que sentía no hallaba por su mal la menor correspondencia. Escapóle una leve sonrisa; pero apenas entendióse lo que respondió al caballero, mientras las preguntas que le dirigió desde entonces volvieron a tomar el carácter grave y poco sensible de una amistad respetuosa.

-Encuéntrome, le dijo el del Cisne, mucho más aliviado de lo que pudiera prometerme, gracias a vuestra ciencia y esmero, amada Matilde.

Llámame amada Matilde, pensó interiormente la hija de Armengol; pero en tono tan poco tierno, que no guarda la menor armonía con la dulzura de estas palabras. Su casco de acero, su perro favorito le serán quizás más apreciables que la huérfana infeliz de San Servando.

-Los dolores de mi cuerpo, continuó el hijo de Pimentel, son leve cosa comparados con las inquietudes de mi espíritu. Según el diálogo de dos hombres de armas que se han detenido frente de la puerta de mi cuarto, veo que el de Alanza y el de Luna se hallan en el castillo y no en la corte o el ejército donde yo les suponía. Y si es esto así, ¿cómo me será posible tomar la vuelta de Asturias adonde me llaman imperiosos deberes?

Ya no habla de Arnaldo ni de Matilde, pensó nuevamente la huérfana; ya no ocupamos en su pecho sino un lugar secundario: el cielo me castiga con justicia por haber fijado tanto tiempo mis ideas en ese buen caballero.

Después de haberme acusado tan generosamente a sí misma, enteróle de que don Rodrigo y don Pelayo se disponían a hacer frente a una tropa de guerreros y paisanos que tenían sitiado aquel castillo.

-¿Y por dicha no sabéis de dónde vienen?, siguió preguntándola el del Cisne: decid, Matilde, ¿no os es conocido su objeto, ni bajo qué ilustre campeón se reúnen y acometen, ni reparasteis tampoco en los timbres de las banderas que tremolan?

-Nada he visto, nada sé, respondió suavemente la hermana del conde Arnaldo: sólo me ocupa el interés de serviros, y de que cuanto antes veáis satisfechos vuestros más dulces deseos.

No tuvo tiempo de responderla el caballero, porque el ruidoso y marcial movimiento que rato había empezara a percibirse en el alcázar, efecto de los preparativos de defensa que se hacían, subió considerablemente, cambiándose en volcánico tumulto y en continuos clamores. Los veloces pasos de los hombres de armas que corrían a las murallas resonaban por los ángulos, por los corredores, por las escaleras de altas torres, y por las prolongadas galerías. Veíanse los barones del alcázar animando a los guerreros, indicándoles lo que debían hacer; y sus voces eran frecuentemente sofocadas por el estrépito mismo de las armas, y por los gritos de guerra en que prorrumpían los soldados. Por muy terrible que fuese semejante escena, y sin embargo de que aumentase su horror la idea de la que iba por momentos a seguirla, mezclábase en ella cierto impulso heroico y sublime, al cual se prestaba el espíritu exaltado de Matilde aun en aquellos instantes de confusión y peligro. Brillaban sus negros ojos, a pesar de que perdieran sus mejillas los suavísimos colores, y resplandecía en su semblante y ademanes no sé qué mezcla de temor y entusiasmo, mientras iba repitiendo en voz baja aquel sagrado texto: «ya se ven brillar los escudos de acero, ya se percibe el silbido de las flechas, el sacudimiento de los venablos y lanzas, y distínguese la imperiosa voz del capitán en medio de los gritos de mil y mil combatientes.»

Pero el caballero del Cisne, semejante al belicoso caballo de este sublime pasaje, ardía de impaciencia al verse sujeto y detenido en el lecho a causa de sus heridas, y hubiera dado cuanto poseía para poder tomar parte en el combate atroz que ya le estaba anunciando aquel espantoso tumulto.

-¡Ah!, ¿si pudiese arrastrarme, exclamó, arrastrarme siquiera hasta aquella ventana, para ver los nobles hechos con que van a distinguirse tantos valientes!... ¡Si pudiera a lo menos disparar una ballesta, o levantar una maza, aunque únicamente fuese para descargar un solo golpe!... ¡Vive Dios!, ¡vive Dios!, ¡me arrancaría las entrañas al verme en situación tan crítica encadenado y sin fuerzas!

-En nombre del cielo moderad esa inquietud, díjole Matilde; templad esa amargura: el estrépito ha de repente cesado, y acaso ya no tendrá lugar el combate que temíamos.

-Nada entendéis en eso, Matilde, respondió el caballero con tono de impaciencia, este silencio solamente prueba que los hombres de armas ya coronan los altos muros, aguardando con imponente calma el embravecido asalto. Lo que oíamos entonces no era más que el bramido precursor del huracán; ahora, empero, está próximo a estallar sobre nuestras propias cabezas..., no hay remedio, quiero probar el asomarme a la ventana.

-No lo lograréis, dijo Matilde con interés y dulzura, y tales esfuerzos retardarán vuestro restablecimiento. Pero al ver su inquietud y su desasosiego:

-Yo misma me colocaré en ella, añadió resuelta, y os iré enterando de cuanto ocurra.

-Os lo prohíbo, Matilde, os lo prohíbo, exclamó con viveza el caballero; cada ventana, cada claraboya va a servir de blanco a los flecheros, y una saeta disparada al azar...

-¡Oh Dios!, yo la bendeciría..., dijo la noble virgen en voz baja, y subiendo un par de escalones construidos debajo de la ventana gótica.

-¡Matilde!, ¡amada Matilde!, prosiguió Ramiro, ved que no se trata ahora de pasatiempos de doncellas: no os expongáis a recibir alguna herida, tal vez, ¡ay de mí!, alguna herida mortal...; ¿quisierais, imprudente niña, que hubiese de echarme en cara el haber sido la causa de vuestra temprana muerte, y que semejante recuerdo envenenase el resto de mis días?... ¡Oh Dios!, no me escucha..., ¡en nombre de la Virgen, cubríos siquiera con aquel escudo, y mostrad el cuerpo lo menos que pudiereis!

Siguió Matilde este último consejo, y descolgando el escudo de que le hablaba el caballero, colocóse en la ventana de manera que sin correr un gran peligro podía observar cuanto pasaba en el campo, e instruir a Ramiro acerca de la audacia, intrepidez y pericia de los sitiadores. La situación, por otra parte, del aposento no podía ser más ventajosa para ello; pues colocado en un ángulo del cuerpo principal del edificio, no sólo dominaba todo el país donde se había elevado su gran mole, sino también las fortificaciones exteriores, contra las cuales parecían dirigirse los primeros esfuerzos de los contrarios. Consistían éstas en una especie de barbacana o reducto, ni muy ancho, ni muy elevado, que servía de defensa y parapetó a la principal puerta del alcázar. Sin embargo, un foso bastante profundo lo separaba de él, por manera que aun en el caso de que cayese en manos del enemigo, era fácil cortar toda la comunicación, retirando algunas tablas que formaban un puente provisional y endeble. Había también en el parapeto una puerta de socorro practicada con bastante disimulo en el muro de su espalda, la que venía a caer frente de la del castillo, y rodeándolo en toda su circunferencia espesas, robustas y puntiagudas estacas. Del número de guerreros destinados a la defensa de este punto, dedujo la generosa Matilde que temían los de Alanza ser atacados por él, cuyo recelo confirmaron desde poco los sitiadores moviendo todas sus fuerzas hacia la misma barbacana de que hablamos. Comunicó la doncella todas esas observaciones a Ramiro de Linares, añadiéndole que una nube de flecheros aparecía junto al bosque, cuyo número no era fácil de calcular, en razón de que la mayor parte de ellos se ocultaba entre los árboles.

-¿Bajó qué bandera marchan, bajo qué insignias campean?, preguntó el caballero.

-La verdad es, respondió Matilde, que no descubro insignia ni bandera alguna.

-¡Cosa bien extraña por cierto!, replicó el del Cisne: ¿quién vio atacar a ordenados escuadrones fuerte castillo feudal sin marchar a banderas desplegadas? ¿Y podréis decirme a lo menos cuáles son sus capitanes?

-Un caballero cubierto de negros arneses es el más notable entre ellos, pues que cuantos le rodean respetan y obedecen sus órdenes.

-¿Y qué armas ostenta su escudo?

-Paréceme distinguir una joven puesta de rodillas, brillando en campo de plata con las manos levantadas y la cabellera tendida.

-¡Doncella en campo de plata!, repitió admirado el caballero del Cisne: a la verdad que no acierto quién haga ostentación de una insignia, que en el lance en que me veo pudiera adoptar por mía ¿Y os sería fácil leer lo que dice la divisa, Matilde?

-Imposible: aun para reconocer la empresa he tenido que espiar el momento en que los rayos del sol hiriesen el limpio escudo.

-Decidme, ¿no distinguís otros jefes?

-Desde esta ventana sólo se descubre el que os he dicho: acaso se hallen por la opuesta parte del alcázar, donde también es probable estén preparando otro asalto; pero helos allí que ya avanzan... ¡Dios de Israel, protegednos!, ¡qué espectáculo tan terrible!, los que marchan en la primera línea van cubiertos de anchos broqueles, e impelen delante de ellos una especie de muro de tablas: síguenles sus compañeros armando sendas ballestas con flechas largas y agudas... ¡Perdona, oh Dios de los ejércitos, perdona a las débiles criaturas que te ofrecen la ira de sus corazones, en vez del pío holocausto de su recíproco amor y de su reconocimiento!

Aquí fue interrumpida por la señal del ataque que repentinamente dieron las trompetas del incógnito y las bocinas de los flecheros, a las que contestaron los de don Rodrigo con timbales y clarines tocando cierta marcha oriental, adoptada por los moros en el acto de trabarse la pelea. Los gritos de ambos partidos aumentaban el tumulto: ¡San Jorge!, decían los sitiadores, y ¡Alanza!, los que desesperadamente defendían el alcázar de este nombre.

Golpes, ardides y esfuerzos siguieron súbitamente a esas demostraciones hostiles. Los flecheros de aquellos bosques acostumbrados a hacer uso del arco contra los venados, lobos y jabalíes que andaban por la sierra, y en las guerras intestinas que se suscitaban todos los días entre poderosos barones, tenían un ojo tan certero, que todas las aberturas de las murallas donde aparecía alguno de los soldados de Alanza, eran el blanco de infinitas saetas, muchas de las cuales no dejaban de penetrar silbando por las angostísimas aspilleras. No es decir por esto que las disparasen al azar: cada flecha llevaba su particular destino bien hacia lo alto de las almenas, bien al través de las claraboyas o boquerones donde se movía un penacho, o donde suponían que pudiese ocultarse algún guerrero. Descargas tan cuerdamente asestadas y sostenidas mataron a dos o tres hombres de la guarnición, e hirieron a otros muchos; mas no por eso lograron los de fuera infundirles desaliento; pues llenos de confianza en su propia intrepidez y en el abrigo que les procuraba el alcázar, mostraban una obstinación en defenderse igual al encarnizamiento de los que les acometían. Hacían llover sobre ellos robustas piedras, dardos y calderas de pez e hirviente aceite, con lo que causaban al enemigo más estragos de los que recibir podían en el murado recinto. Manifestábase tal el coraje y el odio de ambos partidos, que el silbar de las flechas y venablos era sólo interrumpido por los grandes gritos que alzaban los combatientes, cuando experimentaban alguna notable pérdida de sus contrarios.

-¿Y es posible, exclamó Ramiro, que haya de permanecer en este lecho como un perro sujeto a al cadena, mientras otros están disputando una victoria de tal peso para nosotros, que nos puede procurar la libertad y librarnos de la muerte? Subid, subid otra vez a la ventana, buena y generosa Matilde, teniendo el cuidado de cubriros bien con el escudo: subid y decidme por vida vuestra si continúan avanzando llenos de entusiasmo y fervor los sitiadores.

Con un valor fortificado por cierta súplica que dirigiera mentalmente al cielo durante aquel intervalo, volvióse a colocar Matilde en la peligrosa ventana, tomando las posibles precauciones para no ser vista desde fuera.

-Y bien: ¿qué es lo que descubrís, Matilde?

-Nubes de flechas que deslumbran mis ojos, y no me dejan distinguir siquiera los hombres que las disparan.

-¡Flechas!, ¡flechas!, interrumpió el caballero, ¿qué diablos de mal pueden hacer con ellas a esas murallas de piedra? ¡Ah!, no tremolarán sus insignias en las torres de Alanza, si no tratan de asaltarlas a viva fuerza. Pero, Matilde, buscadme al paladín de la virgen, y decidme de su denuedo y conducta, pues por el carácter del capitán vendremos en conocimiento del valor de los soldados.

-No le veo, no le veo, respondió la doncella.

-¡Cobarde!, ¡mal caballero!, interrumpió el del Cisne; ¿sería capaz de soltar el gobernalle cuando brama más recio el huracán?

-No tal, respondió Matilde, no lo suelta, don Ramiro; claramente le descubro marchando a la cabeza de un denodado escuadrón hacia la estacada del parapeto. Ese ruido son los hachazos con que derriban y rompen los aguzados troncos que la forman El negro penacho del caballero ondea sobre los soldados, que se inclinaron para esta operación, como el cuervo que ya vuela por encima de un campo de batalla aguardando el momento de verlo cubierto de cadáveres. Abrieron una brecha..., arrójanse a ella..., recházanlos..., el barón de Alanza pelea al frente de los que defienden el reducto: reconózcolo en la clava que maneja, en la furia con que avanza y en la agigantada estatura. Pero revuelven los sitiadores contra los sitiados; a palmos, a palmos es la brecha atacada y defendida; combaten furiosamente los guerreros cuerpo a cuerpo... ¡Dios mío!, ¡qué cuadro tan sangriento y espantoso!..., ¡se asemejan en su cólera a dos ensañados océanos que impeliese el uno contra el otro el ímpetu de cien huracanes!

Volvió un momento la cabeza la tímida hermana de Arnaldo, por no estar sus ojos acostumbrados a tan horrorosas y desesperadas escenas.

-No los perdáis de vista, Matilde, díjola impaciente el del Cisne, y sin ocurrírsele cuál podía ser la causa que la obligaba a retirarse: ya no se disparan tantas flechas desde que han venido a las manos; el peligro no es tan grave, el interés es mayor; continuad por Dios diciéndome lo que ocurre.

Resignada y obediente volvió a subir Matilde el escalón, que por un impulso maquinal bajara retrocediendo, y otra vez fijó la vista en el campo de batalla.

-¡Virgen santa!, exclamó, Rodrigo de Alanza y el paladín de las armas negras luchan como dos atletas sobre lo más alto de la brecha en medio de la gritería de los feroces soldados, que los atizan y hostigan como se hace con los perros y los toros. Bien se echa de ver en tan bárbaros clamores la importancia que cada partido espera del éxito de ese singular combate. ¡Proteja el cielo la causa del aherrojado y del cautivo!

-Y elevando entonces un doloroso grito: -¡Cayó!..., dijo Matilde.

-¿Quién?, preguntó vivamente el caballero; ¡en nombre de San Cervantes!, decidme, ¿quién ha caído?

-El de los negros arneses, respondió la doncella consternada y angustiosa; pero alzando al mismo tiempo un clamor de júbilo: -No, no, dijo, ¡gloria al Dios de los ejércitos!, ya se levanta el héroe; ya está en pie; ya combate como si tuviese su brazo la pujanza de veinte guerreros. ¡Cielos!, vuela su espada en mil pedazos; pero echa mano al hacha de un soldado y cierra contra el de Alanza sin darle tiempo de respirar si quiera. Tiembla el gigante..., vacila, como una robusta encina bajo la segur del leñador..., ¡cayó!, ¡cayó!...

-¿Quién, vuelvo a decir?, ¿el brutal barón de Alanza?, exclamó Ramiro.

-El de Alanza, sí, el de Alanza. Arrojándose sus soldados a socorrerle llevando a su frente a don Pelayo de Luna: arrebatan al herido de las garras de sus contrarios, y entran lo exánime en el alcázar mientras el campeón de la virgen se ve detenido en su gloriosa victoria.

-Pero los sitiadores, preguntó el del Cisne, ¿han logrado colocarse en la parte interior de la estacada?

-Lo lograron, lo lograron..., y estrechan a los sitiados en las últimas barreras: fijan las escalas para asaltarlas, y suben unos sobre la espalda de otros, llenando la tela del muro como un enjambre de abejas. Arrójanles desde arriba piedras, aceite hirviendo, troncos de árboles, y cuando hieren alguno, otro ocupa inmediatamente el sitio que defendía. ¡Poderoso Dios!, ¿has criado al hombre a imagen tuya para verlo destruir por mano de sus semejantes?

-No penséis en eso, amiga mía; el momento no es a propósito para dar cabida a tales ideas. Decidme qué partido es el que queda vencedor.

-Dóblanse las escalas debajo de los que subían por ellas, prosiguió Matilde; caen en el suelo heridos, moribundos o maltrechos, y los del castillo han vuelto con esto a recuperar la ventaja.

-¡Por la lanza de San Jorge!, ¿serían tan cobardes los sitiadores que ya les hiciese desmayar este primer contratiempo?

-No, no, que ya vuelven al asalto con más encono y bravura. ¡Válgame Dios!, siempre el caballero negro combate en primera fila: acércase ahora con el hacha en la mano a la puerta del reducto... ¿oís los tremendos golpes que descarga en ella?, ellos por sí solos sofocan el tumulto de las armas y los desesperados clamores de tan fieros combatientes: Llueva sobre el casco del audaz campeón furiosa granizada de piedras, flechas y troncos; pero él hace tanto caso de eso como si fuesen leves plumas o balsámicos aromas.

-¡Por vida de San Crisóstomo!, dijo enérgicamente el del Cisne incorporándose en el lecho; no conozco más que un hombre en toda España capaz de descargar unos golpes tan recios y furibundos. Continuad, Matilde.

-Cede la acerada puerta; rómpela el paladín de la virgen; húndese con ruido infernal; todos se precipitan por ella, y el reducto cae en manos de los sitiadores. ¡Dios mío!, ¡Dios mío!, ahora arrojan al foso a los infelices que lo defendieron. Yo les veo dando vueltas y estrellándose de cabeza contra las mismas piedras del muro: ¡oh hombres!, ¡si sois verdaderamente tales, economizad la sangre de los que ya no pueden resistiros!

-Pero el puente, interrumpióla don Ramiro, el puente que comunica con el castillo ¿ha caído también en poder de los que atacan?

-Nada de eso: don Pelayo, después de haber entrado en el alcázar con unos cuantos de los de su comitiva, ha logrado quebrantar las tablas que lo formaban. ¿oís, noble don Ramiro, oís los gritos que anuncian el triste destino de aquellos que no han podido seguirle? ¡Ay de mí!, ¡ya veo que ofrece la victoria un espectáculo más doloroso aún que el combate mismo!

Y ahora, ¿qué es lo que hacen?, observadlo bien, Matilde, pues en momentos como estos el derramamiento de sangre no debe causarnos impresión ni oscurecer nuestros ojos.

-Parece que cesó la matanza, satisfizo la doncella: nuestros amigos se hacen fuertes en la barbacana que han ganado, y les ofrece un abrigo contra las flechas que disparan desde lo alto del alcázar.

-No, no creo que abandonen una empresa tan gloriosamente comenzada: grande confianza me inspira el bravo campeón cuya hacha ha derribado al de Alcalá y ha hecho astillas la puerta. ¡Jamás hubiera creído que hubiese dos hombres dotados de tal ímpetu y pujanza! ¡Una virgen en campo de plata, con el cabello tendido y las manos en alto implorando la misericordia del cielo! Si no estuviera preso diría, al ver su coraje y su divisa, que no puede ser otro que él mismo.

-Escuchad, Matilde, ¿no podéis distinguir en el caballero negro ninguna otra señal por la que vengamos a rastrear su verdadero nombre?

-Nada más distingo en él. Oscuros y sombríos son los arneses que lleva como las alas del murciélago sin que otra insignia resplandezca en su persona; pero después de haberle visto desplegar tan gallardamente en la pelea su vigor y su bravura, reconocerle quisiera entre cien mil combatientes. Lánzase con tanta serenidad a lo más revuelto de la refriega, como si se tratara de las delicias de un festín. Brilla en su aire y movimientos algo de más noble e imponente que la fuerza corporal: toda la elevación de un grande espíritu, toda la energía de un héroe resplandece en cada uno de los golpes con que amedrenta, desbarata y aniquila a sus contrarios. ¡Cuánto recuerdan a mi corazón sensible estas nobles cualidades el carácter impetuoso y brillante de mi hermano!... ¡perdónele Dios, no obstante, la sangre que ahora ha vertido! De todas maneras hay algo de sobrenatural y sublime en el espectáculo de un solo hombre, aterrando con la fuerza de su brazo a inmensa y desalmada muchedumbre!

-¡Matilde!, con tales palabras acabáis de pintar a un héroe. Por lo demás no penséis que tomen los sitiadores algunos momentos de reposo sino para recobrar las fuerzas, y revolver otra vez contra esos lóbregos muros. Conducidos por un jefe tan valiente, ni el temor ni los peligros podrán hacerles desistir de una empresa, que las dificultades mismas hacen más grande y gloriosa. Juro por la señora de mis pensamientos, que consintiera sufrir diez años de cautiverio, por el goce de pelear un solo día al lado de ese paladín triunfante, en una lucha tan noble cual la que ahora se presenta.

-¡Ay de mí!, exclamó Matilde bajando de la ventana y acercándose al lecho del herido, esa indiscreta impaciencia, esa sed de gloria que os agita en medio de la debilidad y la flaqueza retardan en gran manera vuestra cura. ¡Cómo pensáis en hacer heridas a los demás, antes que se hallen las vuestras perfectamente cerradas!

-¡Oh Matilde!, vos no podéis comprender lo que sufre el hombre, a quien alienta el verdadero espíritu de la caballería, al verse encadenado y en inacción vergonzosa como un monje o una dueña, mientras oye el belicoso rumor de victoriosas hazañas. La afición a los combates es la esencia de nuestra vida, y el polvo que se eleva en medio de las batallas la atmósfera donde más libremente respiramos. Sólo apreciamos la existencia en cuanto nos proporciona ocasiones de ceñir brillantes lauros y adquirir grande renombre. Tales son, noble doncella, las leyes de la caballería, leyes que juramos obedecer, y a las que sacrificar debemos lo que tiene el hombre de más precioso y de más caro.

-Y todo eso que decís, oh valiente caballero, ¿no pudiera interpretarse como un sacrificio al genio de la vanagloria, una ofrenda pasada por llama impura para colocarla en las impías aras de Moloc? Cuando rompe la muerte la lanza del hombre guerrero, cuando lo derriba con golpe mortal de su caballo de batalla, ¿qué le resta, decidme, en premio de la sangre que ha vertido, de las fatigas que ha pasado, de las amargas lágrimas que sus temerarias proezas han hecho derramar en el mundo?

-¡Qué le resta!, exclamó Ramiro, ¡qué le resta!..., la gloria, o joven, la gloria que inmortaliza su nombre y hace respetable y sagrada la losa de su sepulcro.

-¡La gloria!, repuso Matilde: ¡ay de mí!..., ¿el trofeo queréis decir de armas cubiertas de orín, pendientes del árbol silvestre que sombrea la tumba de un héroe? Y si no consiste en eso, ¿consistirá en la inscripción medio borrada por el tiempo, que el más hábil de los monjes puede descifrar apenas al curioso peregrino? ¿Y es esa recompensa suficiente para consagrar a sus aras los más suaves afectos de la vida, y desgraciadamente pasarla en sumergir cien familias en el luto y la miseria? ¡Oh Dios!, ¿es posible que los desaliñados versos de un bardo errante, que las proclamas de un heraldo vagabundo, hayan de tener tanto prestigio que les sean sacrificadas la paz, la felicidad, las más dulces emociones? ¡Quién diría que tal pudiese el deseo de figurar en una de esas incultas poesías que los trovadores cantan en magníficos festines, mientras entusiasman a los convidados las protestas y los brindis!

-Por San Andrés, Matilde, exclamó impaciente el caballero, que habláis en orden a materias, para vos según vislumbro absolutamente desconocidas. En vano quisierais extinguir la pura llama del valor caballeresco, aquella llama que distingue al noble del plebeyo, y al caballero del villano, que nos hace anteponer el limpio honor a la vida, sobrellevar mil fatigas, sufrimientos y asperezas, y que nos enseña a no tener miedo sino a la vileza y a la infamia. Pues que, Matilde, ¿no podéis apreciar en su justo valor el sublime fuego que hace palpitar a una doncella ilustre, cuando ejecuta su amante célebres proezas que justifican el cariño que ella le tiene? ¡La caballería!, ¡la caballería!..., he aquí lo que alimenta en pecho hidalgo la generosidad y el heroísmo; he aquí la que socorre al desvalido, protege al huérfano, y hace impotente y odiosa la tiranía y la barbarie. Sin ella fuera la nobleza un nombre vano, y nadie hallaría protección en su broquel y en su lanza.

-En efecto, dijo Matilde, mis ideas no estarán nunca conformes con las de los que hacen gala de esos marciales sentimientos, porque los varones más esclarecidos de mi linaje perecieron en el campo de batalla, o en calabozos oscuros por dejarse arrebatar de esa pasión impetuosa. Hace ya tiempo que no suena la campana de San Servando para convocar a mil guerreros en torno del señor feudal, porque sus fieles vasallos gimen bajo la coyunda de ominosa servidumbre. Tenéis razón, señor caballero; hasta tanto que la bandera de mis padres vuelva a ondear triunfante en los muros de Balaguer o en los torreones de Lérida, la pobre huérfana de Armengol no debe hablar de heroicos hechos ni de sangrientos combates.

Pronunció Matilde esas palabras con cierta sensibilidad y fiereza realzadas por un acento algo patético, muy conveniente a la aflicción que le causaba la memoria del eclipsado esplendor de su familia, y el haberla supuesto el caballero del Cisne incapaz de penetrarse de aquel sublime entusiasmo, que en la carrera del ingenio y de las armas produce los grandes hombres.

-¡Cuán poco, cuán poco conoce la hidalguía de mi pecho, pensaba interiormente la doncella, si lo cree capaz de bajeza y cobardía porque no apruebo esa sed de venganza y de gloria, que sofoca en el ánimo de un guerrero toda venturosa idea de felicidad doméstica! ¡Pluguiese al cielo que mi sangre derramada gota a gota pudiera restablecer la paz entre Aragón y Castilla! ¡Pluguiese al cielo que tuviese la virtud de romper las cadenas de mi hermano, y las de ese mismo joven que tanto me menosprecia!... Entonces viera si la hija de Armengol, aunque sin brillantez ni opulencia, sabría morir con tanto valor por él como esa dama de Austrias que llamaba el otro día en medio de sus delirios!

-¡Fijó entonces los ojos en el caballero del Cisne, y contemplándolo tiernamente, prosiguió con voz muy suave diciendo de esta manera:

-Ya duerme: el cansancio y la fatiga le han procurado un reposo que trataba él de evitar, y que le es tan necesario. ¡Ay de mí!, ¿seré culpable en mirarle, quizás por la vez postrera? ¡Quién sabe!, ¡acaso dentro muy breves instantes no serán ya animadas esas varoniles facciones por el alma fogosa e intrépida, que les presta aún en el sueño mismo una dignidad tan noble! ¡Acaso se verá súbitamente extinguido el resplandor de sus ojos, borrado el carmín de sus entreabiertos labios, pálidas esas mejillas, y al más vil de los impíos satélites que defienden el alcázar arrastrando con los pies sus ensangrentados miembros!... ¡Oh Arnaldo! ¡Oh hermano mío!, ¿es posible que me hagan olvidar de tu ternura las gracias de un paladín que no corresponde a mis afectos?, ¡qué dirías, oh valiente guerrero, si te refiriese alguno en el negro calabozo donde te habrán sumergido, las lágrimas que derrama, y no por ti, la desconsolada Matilde! ¡y qué sé yo si todas las desgracias que nos suceden no son más que el castigo de ese desnaturalizado cariño! Pero he de hacer un esfuerzo para destruir tal flaqueza, aunque tan áspera lucha hubiese de costarme la vida.

Envolvióse en su velo y se sentó a poca distancia del lecho del herido, volviéndole la espalda y armándose de valor, no solamente para sobrellevar los peligros que la amenazaban, sino al efecto de resistir los amorosos movimientos de su pecho, aún más terribles para ella que el cautiverio y la muerte.




ArribaAbajoCapítulo XXV

La muerte del impío


Cuando descansaban del primer ataque sitiadores y sitiados, y mientras ocupábanse aquellos en sacar partido de las ventajas conseguidas y en procurarse aquestos nuevos medios de resistencia, reuniéronse a conferenciar en el salón del castillo Mauricio de Monfort y don Pelayo de Luna.

-¿Por qué no se halla con vos Rodrigo de Alcalá?, preguntó el primero: ¿sería verdad que lo hubiesen muerto, como me han dicho, en el ángulo que yo defendía?

-Todavía vive, respondió fríamente don Pelayo; pero aunque hubiera tenido la cabeza de un toro, y la llevase resguardada con siete planchas de acero, no pudiera resistir el último hachazo que le ha descargado el negro de la virgen. Dentro de muy pocas horas ya estará el señor de Alanza en la tumba de sus padres: ¡sensible pérdida por cierto para el bando del condestable de Castilla!

-Y ganancia limpia para el reino de Satanás: he aquí lo que sucede a los que hacen burla de los santos, y mandan tirarlos a la cabeza de esos pícaros flecheros.

-¡Necio!, interrumpió el de Luna: tu sandía superstición corre parejas con la brutal impiedad de don Rodrigo.

-Mil gracias, señor catedrático; pero hacedme la merced de no meterme en comparaciones odiosas. Me precio de mejor cristiano que vos; y aún si hemos de dar crédito a ciertas voces, más puntas tenéis de gentil que de miembro de la iglesia.

-Oyes: no te des la menor pesadumbre por esos vagos rumores, y tratemos de los medios más a propósito para defender este alcázar, que es lo que nos tiene en cuenta. ¿Qué tal se han portado los perros que nos sitian por la parte que mandabais?

-Como demonios del infierno. Avanzaron hasta el pie de las murallas conducidos por un veterano guerrero, valiente como un Cid, y no destituido de pericia militar. Las flechas han sido tantas que a no cubrirme esa malla vizcaína del más fino temple, mil veces atravesáranme con ellas: me las dirigían con más encono y astucia que si fuera yo un hambriento lobo de esas montañas.

-No obstante, vos habéis sabido tener firme de aquel lado, mientras por la parte que defendía don Rodrigo hemos perdido la barbacana, a pesar del refuerzo con que yo traté de socorrerle.

-No deja de ser la tal pérdida gravísimo contratiempo, en razón del abrigo que proporciona aquel fuerte a los enemigos que nos cercan. Y lo peor de todo es que si no observamos la más estrecha vigilancia, podrán introducirse por cualquiera ventana o descuidada claraboya, puesto que con tan poca gente no nos es dado cubrir todos los puntos. Por San Andrés os juro que si llegasen a meterse en el castillo, una legión de demonios no podría resistirles. Añadid a eso el desaliento que observa en nuestros soldados al ver que no pueden mostrarse en parte alguna sin ser el blanco de un enjambre de saetas, que el de alcalá se muere, que no podemos contar con su brutal y robustísima pujanza, y convendréis conmigo, noble Pelayo de Luna, en hacer ahora mismo de la necesidad virtud, entrando en capitulación con esos pícaros para restituirles la dama por quien pelean.

-¡Quita allá, Mauricio de Monfort!, ¿es posible que haya pronunciado tu labio tal afrenta? ¡Ser donde quiera el objeto de las hablillas y murmuraciones, y dar margen a que todos nos señalen con el dedo por no haber sabido mantenernos en alto y fuerte castillo, contra molineros y jayanes, la escoria más vil del género humano! Vergüenza me da el pensarlo, y me sepultaré entre los escombros del alcázar antes que consentir en capitulación tan innoble y vergonzosa.

-Pues a las murallas, repuso Monfort con algún despecho, y a ver si hay alguno que sea más pródigo de su sangre que yo mismo. Sin embargo, no creo que juzguéis indecoroso el echar a menos en tal conflicto treinta de mis buenas lanzas. ¡Oh, amigos míos!, ¡si supierais el apuro en que se encuentra vuestro hidalgo capitán, muy poco tardaríais en desplegar mi gloriosa bandera y en arremeter con los miserables que le acosan!

Lamentaos cuanto quisiereis; pero defendámonos como desesperados con los hombres de armas que nos quedan. Son la mayor parte de los que servían al de Alanza en sus tropelías y violencias; por lo cual los aborrecen de muerte las gentes de esta comarca.

-Tanto mejor, así estarán convencidos de que más les trae a cuenta el morir peleando como buenos soldados, que exponerse a la venganza de esos villanos y aventureros. Ea, pues, cada uno a su puesto, don Pelayo: ahora observareis si Mauricio de Monfort sabe acreditar su reputación y su linaje.

-¡A las murallas!, exclamó el de Luna.

-Y así diciendo, ambos subieron a ellas a fin de tomar todas las medidas que su experiencia les sugería para la defensa de aquel solitario castillo. Convinieron al momento en que el sitio más expuesto era el que caía enfrente del reducto tomado por los sitiadores. Verdad es que un profundo foso los separaba del alcázar, y que les era imposible llegara la puerta del muro sin vencer primero este obstáculo; pero a pesar de eso pensaron el de Monfort y el de Luna, que se esforzarían en atraer por medio de un ataque impetuoso todas las fuerzas de Alanza hacia aquella parte, al mismo tiempo que tratarían de entrar en él por diverso punto. En vista de la escasa guarnición con que contaban, todo lo que pudieron hacer para frustar este ardid de guerra, fue el colocar de trecho en trecho soldados de centinela, encargándoles que gritasen al arma a la menor apariencia de peligro. Acordaron también que Mauricio defendiese la puerta principal del edificio, mientras don Pelayo, al frente de un cuerpo de reserva compuesto de veinte guerreros, estuviese pronto para correr a cualquiera punto donde necesitasen de su ayuda.

Otro inconveniente traía la pérdida de la barbacana: tal era el que sin embargo de la elevación superior de las murallas, no podían los sitiados enterarse tan exactamente como antes de las operaciones del enemigo, por cuanto una de las dos puertas que tenía confinaba con los primeros árboles del bosque. Por esta razón no sólo era fácil a los contrarios introducir nuevas fuerzas por allí sin que nadie lo notase, pero aún sin estar expuestas a los dardos del castillo. No sabiendo, pues, hacia qué ángulo descargaría el nublado, ni el número de enemigos con que tenían que haberlas, viéronse precisados los dos campeones a tomar medidas generales para precaver toda clase de asechanzas y de insultos. En medio de tamaña incertidumbre, y luchando con la irresolución de no saber cuál fuese el plan más ventajoso de defenderse, reanimaron con enérgicas arengas el ánimo de los soldados, que a pesar de muy valientes, empezaban a sentir aquel desaliento que trae consigo el verse uno cercado de enemigos, ignorando por qué punto se adelantan a atacarle.

Entretanto yacía tendido en el lecho el dueño criminal de aquel castillo, sufriendo agudísimos dolores en el cuerpo, y luchando con los remordimientos del espíritu. Oprimiendo por la aciaga memoria de sus crímenes, carecía de confianza para dirigir al cielo sus plegarias, y hacía por apartar de la imaginación los castigos que amenazaban a su alma, buscando aquel adormecimiento espantoso que precede muchas veces a la muerte.

Como era la avaricia el vicio más dominante de don Rodrigo, no le ocurrió siquiera que podía distribuir grandes caudales en limosnas y obras pías para alcanzar del Altísimo un sincero arrepentimiento. Había llegado el instante en que los placeres y los tesoros iban a desvanecerse ante aquel orgulloso magnate, y aunque era su corazón mucho más duro que un canto, probó por la vez primera un estremecimiento de horror cuando quisieron penetrar sus ojos en el sombrío abismo de la eternidad. Como la fiebre que lo consumía aumentaba la agitación y el despecho de sus últimas agonías, veíase en aquel hombre colosal la horrorosa mezcla de remordimientos nuevos y de envejecidas pasiones pugnando por sofocarlos. ¡Situación terrible únicamente comparable a la que se experimenta en aquellas lóbregas mansiones, donde los llantos son sin esperanza, las iras sin arrepentimiento, y a la agudeza de los males presentes se añade la desesperada certidumbre de que no pueden cesar y no pueden disminuir!

-¿Dónde se hallan ahora, exclamó rechinando los dientes, esos clérigos que regalan hasta al vasallo más vil las indulgencias y las absoluciones? ¿Dónde están aquellos hambrientos canes para quienes fundó el viejo Leopoldo de Alanza el convento de San Cervantes, robándome a mí, su legítimo heredero, cien aranzadas de tierra de mis posesiones más pingües? ¿Dónde están que no vienen a dar consuelo al hidalgo por quien tienen obligación de rogar y decir misas?... ¡Ingratos!, ¡dejarme morir sin confesión e indulgencia lo mismo que el perro rabioso que arrojan a la basura! ¡Ah!, ¡voto a todos los demonios del infierno!, si los convidase a mis propios funerales andarían más listos y despabilados que un suelto escuadrón de cabras... Pero acuérdome de haber oído decir a algunos hombres ancianos, que se puede pedir perdón de las culpas sin necesidad de presbíteros ni de persona viviente... ¡pedir perdón!, ¿y a quién he de pedir perdón si no hay quien tenga poder bastante para lavar mis delitos? No, mi soberbia no se atrevería a tanto...

-¿Y vive el señor de Alanza para confesar que hay cosa a la que no se atreve su soberbia?, exclamó junto a su lecho una voz cascada y trémula.

Debilitado por la sangre que manaban sus heridas y por sus propios remordimientos, creyó que el mismo demonio le interrumpía en su soliloquio para que no tuviese lugar de implorar la misericordia del cielo. Estremecióse al pronto y cubrió sus miembros un frío sudor; pero recobrando muy luego su feroz altanería volvióse hacia el ángulo del lecho desde donde le habían dirigido la pregunta, y dijo con la arrogancia que le permitían sus fuerzas:

-¿Quién anda por ahí?, ¿quién eres, o tú, que a repetir te atreves mis palabras con más funesto graznido que el de las aves nocturnas? Acércate de manera que yo pueda distinguirte.

-Soy tu ángel malo, Rodrigo respondió la voz.

-Pues toma tal forma que te haga visible a mis ojos, respondió el moribundo caballero, y no tengas la jactancia de presumir que tu vista pueda en manera alguna intimidarme. Voto a los cuernos de Satanás, que si me fuese dado luchar con los horrores que me cercan, como bravamente luché con los peligros del mundo, ni el cielo ni el infierno vanagloriarse podrían de hacerme retroceder un solo palmo.

-¡Acuérdate de tus crímenes, Rodrigo! Rebeliones, asesinatos, saqueos, violencias... ¿Quién animaba al príncipe don Enrique a rebelarse contra su propio padre, y quién atizó la llama de la discordia entre don Juan de Castilla y los infantes de Aragón?

-Aunque seas el mismo Satanás, te digo a tus mismas barbas que mientes como un pícaro bellaco. No soy yo el que aguijonea al rey don Juan y al príncipe don Enrique, o por lo menos no soy solo. Más de cincuenta barones, la flor de la caballería, las mejores lanzas del cristianismo han hostigado al uno contra el otro como se hace con los perros. ¿Y debo yo ser responsable de las faltas de todos ellos? Ea, ya puedes echar a correr, pues sabes muy poco para disputar conmigo. Si eres un mortal, déjame morir en paz; si eres un demonio, aún no llegó la hora de que me eches el guante.

-No, no morirás en paz: presentes has de tener en la hora de la muerte cuantos crímenes y atrocidades cometiste. Acuérdate de las doncellas que violaste, y de los usureros encerrados en las cavernas de Alanza: acuérdate de aquella dama que por despreciar tus amores envenenaras con yerbas; acuérdate...

-No te figures atemorizarme con espantajos, respondió Rodrigo soltando una carcajada convulsiva: los muchos moros que ha degollado mi acero favorecerán mi causa con el cielo, y si entre ellos se mezcla tal cual acreedor cristiano, también cayó no pocas veces algún usurero judío. ¡Ah!, ah, ah!, ya ves que la balanza está casi en equilibrio, y que no puedes acertar con el hueco de mi armadura.

-Por él he de meterte el puñal hasta ensangrentar mis dedos. Sí, detestable parricida: ¡acuérdate también del fiero autor de tus días, de su lastimosa muerte, de la sala tenebrosa donde comió la ver postrera teñida en su propia sangre alevosamente derramada por la mano pérfida de su hijo!

-¡Ah, puesto que sabes ese horrible secreto, ya no me cabe duda de que tú eres el príncipe de las tinieblas! Yo creía que semejante asesinato yaciese oculto en lo profundo de mi pecho, y en el de otra persona mi tentadora y mi cómplice. Déjame, demonio, y vete a encontrar la bruja Inés que es quien te puede decir lo que solamente nosotros dos hemos visto. Corre, corre en busca de aquella que borró las sangrientas huellas de mi crimen, que lavó con una esponja las heridas del cadáver, vistióle negra mortaja, y dio a una muerte violenta las apariencias de una muerte natural: corre en busca de aquella que no cesó de hostigar mi encarnizamiento y mi barbarie, y haz que pruebe como yo mismo un anticipado martirio de los tormentos que nos reserva el infierno.

-Hace tiempo que lo prueba, dijo sor Brígida corriendo las cortinas del lecho, y mostrándose súbitamente a los desencajados ojos de Rodrigo: hace ya tiempo que bebe en semejante copa; pero hállala menos amarga desde que también mojas tus labios en ella. No rechines los dientes, Rodrigo de Alcalá, no revuelvas esos ojos, ni tomes un aire arrogante; tu brazo, antes tan formidable y terrible, yace actualmente sin fuerzas, y aquella misma Inés que te atreviste a menospreciar, te desprecia e insulta en tus últimos momentos.

-¡Malvada! ¡Furia del abismo!, exclamó el de Alanza; ¿vienes a recrearte con el espectáculo de mis postreros dolores?

-Sí, bárbaro don Rodrigo; Inés, la desventurada Inés viene a reclamar de ti su honor y su inocencia. Tú fuiste el que me inspiró con falsas promesas y con pérfidas caricias amorosos pensamientos. Bien hallada con mi humor algo tétrico y solitario, nunca aspiré sino a dar pábulo a semejante inclinación, hasta que tus ponzoñosos consejos hiciéronme cometer el mayor de los delitos. ¡Acuérdate de aquella infeliz que sacrificaste por mi mano a tu rabiosa venganza!...

-Calla, calla, espíritu malhechor..., ¿por qué vienes a ejercer tu diabólico prestigio contra un desgraciado barón a quien dejan revolcar por el lecho con tanto abandono y desprecio como si fuera el animal más soez y más inmundo?

-¡Pobre duquesa de Castromerin!, prosiguió sor Brígida: no era acreedora por cierto a un fin tan desgraciado y prematuro. Su alma angelical y tímida se horrorizó al oír las desenvueltas palabras con que quisiste seducirla: resistiólas llena de pureza y mansedumbre, y aún probó si podría hacerte entrar en la senda del honor y la virtud..., ¡bárbaro!, ¿y era eso una razón para sacrificarla a tu orgullo? Ni su inalterable dulzura, ni su divina belleza hallaron cabida en tu corazón brutal..., pude verla tendida sobre el féretro cuando aún no aparecían por su rostro las señales de la ponzoña; pero mancháronlo muy pronto convirtiéndola en espantosa figura. ¡Rodrigo, Rodrigo!, ¡cuántas veces te hablé de ella al darme el mal tratamiento que al fin me hizo prestar atención a las amonestaciones del suave abad de San Mauro, y encerrarme en retirado monasterio!...

-¿Acabaste, bruja de Barrabás?, gritóle interrumpiéndola el impío señor de Alanza.

-Súfreme, vil seductor, continuó la monja, desespérate al eco de tus infernales recuerdos. Hace ya tiempo que vivo frenética y demente a causa de mis remordimientos, mientras tú nadabas en la opulencia y en el cebo de vergonzosos placeres. Varias veces se me ha aparecido la imagen de mi desgraciada amiga, y una de ellas en la capilla de los cazadores del parque de Castromerin, allí mismo donde pusiste en mis manos la copa que debía envenenarla ¡Ay de mí!, la capilla está abierta, y era la noche muy borrascosa y oscura, andaba yo errante por las revueltas del parque, habiendo huido del convento en uno de mis delirios para rogar a Dios en aquellos parajes donde cometí mis crímenes..., la misma tempestad empujóme con fuerza sobrenatural hacia el lóbrego recinto, y..., ¡oh Rodrigo!, levantóse del sepulcro nuestra desventurada víctima...

-Huye de mí, insaciable verdugo: vete a recrear con el cadáver de la hedionda Bárbara a quien aborrecías de muerte porque era tu rival.

-La aborrecí cuando recelé que te hiciera olvidar la solemne palabra que te hiciera olvidar la solemne palabra que me dieras; pero compadecíla como a una compañera de infortunio por ser víctima de suerte aún más infausta que la mía. Su edad era mayor que la nuestra, ¡oh Rodrigo!, y no por eso la tuviste respeto ni consideración: la pobre vio morir a todos sus parientes bajo su propio puñal y el del autor de tus días, y esta es la disculpa que tiene en haberme sugerido el diabólico pensamiento de enseñar tus pasiones indómitas contra el forcejudo barón que te había dado la existencia. Una vez cometido tan horroroso delito, su fatal memoria esparció lúgubre velo sobre mis angustias y placeres: mi vida nada tuvo desde entonces de repugnante ni atractivo: la alegría había perdido sus encantos y la aflicción sus amarguras. En semejante estado de insensibilidad o indiferencia, sólo causáronme alguna impresión las amonestaciones del prelado de San Mauro. Sospechó la causa de mi huida, y enterado del inquieto refugio que buscara entre tus brazos, vino, me amonestó, diome consuelos, y aprovecháronse de lo muy desgraciada que me hacías, púdome persuadir que pusiese entre los dos impenetrables barreras. Antojadiza y estúpida fui feliz en San Bernardo, hasta la llegada de un trovador que en versos llenos de número y vehemencia pintó la fuerza de la desesperación y el poder de los remordimientos. Temblé al oírle... representáronse en mi mente las horribles escenas de Castromerin y de Alanza, y hube de ceder a frenéticos delirios, y empecéme a desesperar viéndome del todo indigna de la clemencia del cielo. Tú fuiste mi mal ángel, ¡oh Rodrigo!, ahora quiero ser yo el tuyo, y sólo al son de mis maldiciones despedirás el último suspiro.

-No has de lograrlo, infernal oprobio de tu sexo! ¡Hola! Clemente, Gil, Sancho, Bullanga, corred a mis voces y tirad a esa bruja en el pozo grande del castillo donde luché con las culebras y las sabandijas que tanto se le parecen. Ea, arrastradla por los cabellos, y recreaos en la música de sus trémulos clamores... Pero, ¿qué es esto?, pícaros desleales, ¿cómo no acudís a mis voces?

-Bien puedes llamarlos, oh valiente don Rodrigo, dijo sor Brígida soltando sardónica risotada: amenázales con la prisión o la muerte que no por eso has de recibir asistencia ni socorro. Escucha, señor de Alanza, añadió interrumpiéndose; ¿no percibes el ruido de las armaduras y el grito de mil combatientes? ¿Y no te indica ese tumulto el desesperado asalto que están dando en el alcázar? ¡La pujanza de los ricos homes de Alcalá, aquella pujanza cimentada a fuerza de tropelías y de crímenes, está próxima a desplomarse bajo el peso de los enemigos que más despreciaron en vida! ¡Los aragoneses, don Rodrigo, los aragoneses pugnan para derribar los muros! ¿Y tú, orgulloso barón, yaces en ociosas tablas mientras do quiera retumba el estruendo del combate?

-¡Espíritus del abismo!, exclamó el hostigado caballero enarcando las cejas y con crujimiento de dientes; volvedme un instante las fuerzas y dejadme arrojar a lo más recio de la refriega, donde reciba una muerte digna de mi glorioso nombre.

-No pienses en ello, bravo campeón, pues no eres digno de acabar tus días con la muerte de los héroes: aquí morirás abandonado como el lobo carnívoro y cobarde preso en el rústico lazo que les arman los villanos de la aldea.

-Mientes, indecente bruja: mis hombres de armas sabrán tener firme contra esos viles enemigos: robustas son las murallas de mi alcázar, y capaces de burlarse el de Monfort y el de Luna de cuantos guerreros cuenta la corte de Zaragoza. ¿Oyes su grito valiente anunciando la victoria? Nuestro es el triunfo: ¡Alanza! ¡Alanza!... Voto el bridón de Santiago..., la hoguera que encenderemos para celebrar nuestros lauros te ha de consumir hasta los huesos. Sí, yo me recrearé oyendo crujir entre las llamas el armazón de tu esqueleto, y viéndote pasar de los fuegos de este mundo a los fuegos del abismo. En su más ardiente saña nunca ha vomitado el infierno un demonio tan execrable y rabioso como tú, maldita hechicera.

-Pues goza de esa esperanza, dijo Brígida con venenosa sonrisa..., pero no, añadió de repente interrumpiéndose; conoce desde ahora mismo el destino que te aguarda, destino que tu pujanza y tu soberbia no podrán desviar de ti aunque te haya sido preparado por esta mano tan descarnada y tan débil. ¿No echas de ver una especia de vapor denso que va llenando la estancia?, acaso lo atribuyes a que ya se oscurezcan tus ojos y empiece tu respiración a sentirse entorpecida..., pues no, Rodrigo de Alanza, no es nada de eso: ¿te acuerdas del depósito de leña que tienes almacenado debajo de ese mismo aposento?...

-¡Mujer!, exclamó el barón: ¿habríasle pegado el fuego?... Sí, ¡por los santos del paraíso!, humo de leña es lo que huelo..., ¡arde mi antiguo castillo!, ¡no tardarán mucho las llamas a penetrar hasta mi lecho!

-En efecto, respondió Brígida con la mayor indiferencia, y si tus guerreros quieren apagar el incendio, yo misma avisaré a los sitiadores para que no desperdicien tan favorables instantes. Hace ya días que huí del monasterio, y andaba errante por tus dominios con el objeto de vengarme de ti, y de que acabasen en el mundo tus desafortunados crímenes. ¡Muere, miserable parricida; muere como los animales feroces, mientras te recuerdan esas bóvedas las puñaladas que diste al fiero autor de tus días! ¡Que su sombra y la de tantas víctimas, dignas de mejor suerte, inmoladas a tu ambición y a tus placeres, se agiten ahora en derredor de ti, y te presenten frenéticas las hondas heridas que les abriste! ¡Que la sangre que vertieron a raudales, enrojezca tus labios y tus ojos, y te eche en cara en los últimos momentos tus atrocidades y violencias! ¡Ay, aún así será muy suave la venganza de la humanidad, y nunca llegará tamaño castigo al menos atroz, o monstruo, de todos tus delitos!

Dicho esto salió del aposento, y oyó Rodrigo de Alcalá las dos vueltas de la llave y el ruido que hacía para sacarla de la cerradura y quitarle de este modo hasta la más remota esperanza. Desesperado el barón levantó el grito llamando a sus amigos y criados que no podían oírle.

-Anselmo, Clemente, Merlín, Bullanga, ¿dejaréisme perecer desesperado y rabioso en medio de tanto incendio?... ¡Socorro, socorro, noble Pelayo de Luna! ¡Socorro, bravo Mauricio de Monfort!, ¡vuestro amigo y camarada se halla en el más horrible trance! ¿Abandonaríais a un hermano de armas, caballeros desleales y perjuros?... Y vosotros, vasallos pérfidos, esclavos viles, ¿os haréis sordos a las órdenes de vuestro dueño? ¡Caigan sobre vuestras cabezas las torres de este castillo!, ¡malrayo disloque y rompa vuestros pestíferos miembros!... Pero ¡no me oyen!, ¡no pueden oírme!, ¡el tumulto del combate sofoca el eco de mi voz ya menos robusta!, ¡oh rabia de lo que ostentase solía! ¡Vuélvese el humo más denso!..., ¡ah!, si pudiese respirar por un instante el aire puro, reanimárase tal vez mi desalentado espíritu... ¡Voto a brios!, ya la llama penetra por entre las piedras; ya se levanta estallando como un bárbaro gigante; ya viene el demonio hacia mí bajo las banderas de su estrepitoso elemento..., huye, huye, ángel rebelde; sin mis pérfidos amigos no hayas miedo que te siga..., todos los vivientes que encierran estas murallas son cosecha de tu imperio. ¡Imbécil!, ¿querías arrastrar solo al impávido señor de Alanza?, no: el impío don Pelayo, el libertino Monfort, la infame Inés, mis soldados, mis satélites, cuantos me han ayudado en las violencias que he cometido, deben seguirte también a tus tenebrosas bóvedas ¿No será una caravana brillante, muy digna de alborotar los infiernos?

Al decir esto, soltó una estrepitosa risotada, que repitieron los ecos de la espaciosa estancia.

-¡Hola!, prosiguió, ¿quién es el que se atreve a reírse? ¿eres tú, mala hechicera? Sólo tú o el mismo Satanás sois capaces de reíros luchando con tan rabiosos tormentos... Ven, ven a mis brazos; dame el consuelo de que te vea arder antes que yo; de que pueda oprimirte, estrujarte en ellos, y azotar tu inmundo cuerpo con el látigo sangriento que descargué tantas veces en las carnes de mis esclavos...

Pero sería una impiedad sacrílega el no correr un velo sobre la muerte de aquel impío barón, blasfemador y parricida.




ArribaAbajoCapítulo XXVI

El incendio


Merlín se había vuelto a meter en el castillo de don Rodrigo, después de haber prometido a los jefes de los que lo tenían sitiado hacer lo posible desde dentro para facilitarles la entrada, espiando una ocasión favorable. En vista de esto, y animados por un espíritu de encono y de entusiasmo, determinaron los sitiadores arrostrar pronto el general asalto, temerosos de la suerte que podía caber a los prisioneros del feroz barón de Alanza.

-La sangre de Armengol está en peligro, decía el caballero negro.

-La vida de mi discípulo corre riesgo, respondíale Roberto de Maristany.

-Y aunque sólo se tratase de salvar al pobre Merlín que tan fiel y diligente se nos muestra, interrumpió el molinero, consentiría en que me cortasen un brazo, antes que permitir le arrancaran un cabello.

-Eso es hablar como un héroe, por vida del rey don Alonso, exclamó Roldán; pues si bien Merlín es perro gitano, cuando se encuentra uno de ellos que como por caprichoso ostente tamaña lealtad e ingenio, digno le juzgo de que beba a su salud un hombre honrado un jarro de vino añejo, y aun de que haga la salva con él a huesos de blando jamón, sabrosos y entretenidos. Mala pascua me diere Dios si no tuve mis tentaciones de ahorcarle; pero ahora digo, hermanos míos, que nunca ha de faltar en el mundo quien brinde por su salud, mientras pueda mi garganta entonar alguna trova y mi brazo empinar una botella.

-Bravo, maese Roberto, dijo el incógnito: el mismo buen Lancerote, a quien reverendas dueñas escanciaban el vino, no pudiera expresarse con más eficacia y energía. Paréceme, no obstante, que si el gitano Merlín puede darse por más que medianamente complacido de los numerosos brindis que acabáis de prometerle, Matilde y el de Linares exigen de parte nuestra otro género de obsequios.

-No cabe duda, respondió el molinero: corramos al asalto, que por mi parte os prometo dirigir con Roldán a ésos perillanes de las flechas, y arrancar la barbacana de su asiento, si en efecto queréis empezar por ella el ataque del alcázar. Mucho ha cautivado su voluntad el caballero del Cisne; pero como buen navarro teníale ya grande ley por el valor que desplegara, humillando en cien encuentros a los orgullosos campeones de Castilla.

-Aplaudo tanto denuedo, repuso el Negro de la virgen, y si los hombres de armas que nos ayudan quieren seguir a un caballero, ¡por los derechos que tengo a semejante título!, heles de conducir al asalto con toda la experiencia que me han dado diez campañas.

Después de esta conferencia, y habiéndose encargado Roldán de acometer con los flecheros mientras seguido de los soldados verificaba el incógnito el ataque del reducto, lograron apoderarse de él como han visto los lectores.

En el tiempo que medió desde el primero al segundo asalto, hizo construir el paladín de las armas negras un puente de troncos de árboles para colocarlo sobre el foso, y atravesar el espacio que había desde la poterna de la barbacana a la puerta grande del castillo. Semejante trabajo no dejó de ocupar algunas horas, y aunque los jefes de los sitiadores se desesperaban de ver el precioso tiempo que perdían, no tuvieron en realidad motivo de llorarlo, por cuanto en aquel intervalo pegó fuego la demente Brígida a los almacenes de leña del alcázar, y anduvo la llama sordamente minando por lo más recóndito de sus sótanos y bóvedas, para elevarse después estrepitosa, voraz e inextinguible sobre las más altas torres, burlándose de los esfuerzos que se hicieron para apagarla.

-No hay que perder tiempo, dijo el caballero negro así que acabaron el puente, marcha el sol hacia su ocaso, y es indispensable apresurar el instante de entrar dentro del castillo. Paréceme imposible que no venga cuanto antes algún escuadrón de Segovia a socorrer los sitiados, por lo cual apresúrense los flecheros a figurar un asalto en la parte opuesta del alcázar, mientras vosotros, oh valientes veteranos, vendréis conmigo al verdadero ataque. Ea, todo consiste en arrojar el puente sobre el foso, osadamente seguirme en cuanto se abra la puerta de la barbacana para atravesarlo, y después forcejar conmigo a fin de romper la que debe facilitarnos la entrada en el vasto edificio. Y si hay alguno entre vosotros que no se crea competentemente armado para una acometida de este género, colóquese en lo más alto del reducto y dispare desde allí tantas flechas como pueda a los que asomen por las almenas de Alanza. Bravo Roberto, ¿queréis encargaros de mandar a los flecheros?

-Lo que yo quiero, respondió Roldán, es la gloria de seguiros a dos dedos de distancia, y que me sepulten las ruinas de ese castillo si me separo de vos en tan porfiada pendencia. Y obedecen los flecheros a sus propios capitanes, entre quienes se baraja y gallardea nuestro molinero insigne.

-A la mano de Dios, exclamó el caballero, abrid pronto la poterna, y en nombre de San Jorge arrojad el tosco puente.

La puerta que desde el reducto conducía al foso colocada enfrente de la principal del castillo, como dijimos arriba, abrióse entonces de golpe, y en el mismo instante cayó el puente con descomunal estruendo, llenando el espacio que mediaba entre ambas, bien que sólo podían marchar sobre sus tablazones dos guerreros pareados. Convencidos de cuanto importaba aprovecharse de la sorpresa del enemigo, precipitóse en él sin la más leve tardanza el paladín de la sombría armadura, a quien siguió Roldán desesperado y resuelto, y llegaron brevemente a la parte opuesta. Empezaron a descargar grandes hachazos en la puerta del castillo, hallándose al abrigo de las flechas y los cantos a beneficio de unas piedras que empezaban a formar el viejo puente, mandado destruir por don Rodrigo, las cuales quedaban aún suspendidas en el muro, indicando el arranque del arco antiguo. Como los que se arrojaron detrás de ellos carecían de semejante resguardo, cayeron los dos primeros dentro del foso acribillados de flechas, y los demás volvieron a entrar precipitadamente en el reducto.

Muy crítica era entretanto la situación de Roldán y del caballero negro, y hubiéralo sido más aún si los flecheros de la barbacana no hubiesen asaeteado continuamente a los que se divisaban por las almenas del muro, impidiéndoles de esta suerte el aplicar todos sus esfuerzos contra los dos aislados campeones. Sin embargo, no dejaba de ser muy grande su peligro, e ir cada instante en aumento.

-¡Qué vergüenza!, exclamó Monfort dirigiéndose a los soldados que le rodeaban; os preciáis de saber disparar una flecha, y sufrís que dos hombres solos se mantengan impunes al pie de las mismas murallas del castillo. Arrancad las piedras del arco roto si no sois buenos para otra cosa, y dejadlas caer sobre la cabeza de ese par de aventureros. Ea, vengan picos y azadones, y empecemos por la base de esa almena, añadió señalándoles una piedra enorme en la que estribaba el puente de que hemos hablado, la cual precisamente caía sobre la puerta del edificio.

Viose flotar en aquel momento un estandarte negro en la torre más lata del alcázar. El molinero fue quien lo descubrió primero, y extrañando la ocurrencia, dejó una parte de las gentes que mandaba para continuar el fingido ataque, y con los más valientes corrió a tomar parte en el ataque verdadero.

¡Al asalto, flecheros!, gritó al verse entre los hombres de armas de Roldán y del incógnito: ¿cómo podéis sufrir que aquel bravo paladín y aquel jovial veterano ataquen solos la puerta? Ea, muchachos, San Jorge y a ellos: nuestro es el castillo; acordaos del botín, de las víctimas que gimen en aquel recinto, y haced el último esfuerzo para que caiga en nuestras manos.

Al decir esto armó su arco y atravesó de un flechazo a uno de los guerreros, que obedeciendo a Monfort, forcejeaba para arrancar la enorme piedra, y hacerla caer sobre la cabeza de Roldán y del incógnito. Otro soldado tomó el férreo pico de las manos de su moribundo compañero, y púsose a continuar la obra comenzada; pero una segunda flecha hendió silbando los aires, clavóse trémula en su cráneo, e hízole dar mil vueltas desde lo alto de los muros hasta lo más profundo del foso. Retrocedieron aterrados los demás, y ninguno se atrevió a reemplazarles, porque cada dardo de los enemigos hería mortalmente una víctima.

-¡Cobardes!, gritóles Mauricio de Monfort, ¿no hay ya quien se atreva a hacer frente a los contrarios?, malditos sean los muros que así afeminan y amilanan a los que se jactan de valientes. Dadme acá una palanca; venga y dejadme operar a mí solo en nombre de España y Santiago.

Dijo; y con mucho afán puso manos a la obra. Era la piedra de tan descomunal tamaño, que no sólo hubiera aplastado a Roldán y al caballero, sino roto en mil pedazos el puente construido por los sitiadores. Aunque éstos conocieron el peligro, tampoco hubo quien se atreviese a poner los pies en aquel liviano tronco: tres flechas lanzó uno de ellos y todas se despuntaron en la impenetrable armadura de Mauricio de Monfort.

-Llévese el diablo tu malla vizcaína, dijo el villano con el mayor despecho: a buen seguro que si la hubiese forjado un armero de otra tierra atravesáranla mis saetas como si fuese de hojas de plátano.

-¿Qué murmuras entre dientes?, interrumpió el molinero: más valiera que tratases de acorrer a los dos osados campeones.

Y volviéndose entonces hacia éstos púsose a gritar con todas sus fuerzas:

-¡Camaradas!, ¡amigos!, ¡caballero negro!, ¡valiente Roldán!, a la espalda, a la espalda, notad, pecador de mí, que os va a caer encima una piedra tal que puede servir de cimiento a gruesas torres.

Pero sus gritos no pudieron ser oídos, por cuanto los redoblados golpes que descargaban en la puerta de Roldán y su compañero bastaban a sofocarlos. En vista de tal peligro, el honrado molinero se precipitó en el puente para avisar a los dos jefes; pero su diligencia hubiera sido tardía: arrancada la piedra de sus quicios por los reiterados esfuerzos de Monfort, empezaba a vacilar, y hallábase ya en el punto de perder el equilibrio, cuando la voz de don Pelayo detuvo su brazo próximo a precipitarla.

-Todo se ha perdido, Monfort; el alcázar se convierte en una hoguera.

-¡Qué decís!, respondió medio confuso el caballero.

-En menos de dos minutos veréis las llamas envolviendo la torre del oriente: mis esfuerzos para apagarlos han sido vanos.

Don Pelayo de Luna comunicó en breves palabras a su compañero todas las circunstancias de tan aciago suceso con aquella sangre fría que formaba la base de su carácter; pero Mauricio de Monfort no lo oyó con la misma indiferencia.

-¡En nombre de todos los santos del cielo!, dijo entre colérico y pasmado; ¿qué hemos de hacer en tal conflicto? Un candelero de oro purísimo ofrezco a San Marcos Evangelista si nos saca de este apuro y...

-Buena ocasión, vive Dios, para ofrecer candeleros, interrumpióle flemáticamente don Pelayo; dejad ese maldito atolondramiento y oídme con calma y atención un breve instante. En medio de tantos peligros nos resta un rayo de esperanza: reunid los hombres de armas, y haced una salida por la puerta grande; sólo ese infernal caballero y uno de sus secuaces encontraréis junto a ella; precipitadlos al foso, y atravesando el puente atacad con desesperación la barbacana. En tanto llamaré bajo mis banderas el resto de la guarnición del alcázar, y saliendo por la puerta del otro lado correré a daros auxilio atacando a los bandidos por la espalda. Si nos es posible reconquistar el reducto, aún podremos mantenernos en él hasta ver si nos llega algún socorro, o alcázar de lo contrario capitulación noble y honrosa.

-Apruebo, dijo Monfort, y os prometo desempeñar el encargo que acabáis de confiarme; ¿pero vos, señor de Luna, seréis exacto y leal en desquitaros del vuestro?

-Os lo juro a fe de caballero: lo que importa, vive Dios, es no perder un minuto.

Reunió Monfort su gente y corrió a la puerta grande; mas no tuvo necesidad de hacerla abrir, por cuanto cediendo entonces a los reiterados porrazos de Roldán y el caballero, caía una parte de ella con estrepitoso ruido. Los dos campeones atacaron vigorosamente a los primeros que se les opusieron, y el terrible brazo del incógnito derribó a tres hombres de armas, y mantuvo a raya los restantes que se apartaron a razonable distancia, sin que se atreviesen a acercársele.

-Villanos, les dijo Monfort, ¿sufrir podéis sin moriros de vergüenza que nos cierren dos hombres solos la última esperanza que nos queda?

-Ése no es hombre, respondió un veterano mientras paraba con el escudo las recias cuchilladas del incógnito, ése es un diablo contra el cual de nada sirven la robustez y la osadía.

-Y aun cuando sea más diablo que Belcebú, respondió Mauricio, ¿es cordura el huir de él para echarnos al infierno? Arde el alcázar, miserables; combatid por desesperación si quiera, ya que no por valentía, o retiraos a un lado mientras peleo yo mismo con ese atrevido guerrero.

Mauricio de Monfort sostuvo en tan reñido encuentro la reputación que adquiriera en las guerras civiles de aquel siglo. Combatían los dos campeones bajo la misma bóveda de la puerta, que repetía con robustos ecos los mandobles y cuchilladas que se descargaban furibundos: la espada de Monfort no pudo hacer frente por largo tiempo al hacha que manejaba diestramente su contrario. Al fin dirigióle éste tal porrazo, que si bien un recio escudo de siete cercos de bronce quiso detener su ímpetu, no dejó de penetrar hasta el yelmo del paladín del alcázar, que aturdido y vacilante cayó a las plantas del Negro, cual si le hubiese herido un rayo.

-Ríndete, Mauricio de Monfort, dijo el incógnito inclinándose sobre él y apuntándole la daga por el hueco que dejaba la coraza; ríndete, vuelvo a decir, socorrido o no socorrido.

-Pues dime tu nombre, o mátame: no se publicará en parte alguna que Mauricio de Monfort se haya rendido a un incógnito.

El caballero habló entonces algunas palabras al oído de su contrario.

-Ahora digo que me rindo, y que socorrido o no socorrido ya soy vuestro prisionero, respondióle Monfort convirtiendo su tono de arrogancia en el de cierta sumisión respetuosa.

-Corred, pues, a la barbacana, repúsole con cierta autoridad el extranjero, y aguardad allí mismo mis órdenes.

-Antes quisiera deciros que Matilde y el caballero del Cisne perecerán en el incendio si no os dais priesa a socorrerles.

-¡Matilde y el caballero del Cisne perecer en el incendio!, gritó dando una gran voz el paladín misterioso: las vidas de cuantos hay en el castillo me responderán de las suyas. ¿Dónde están, Mauricio?

-Aquella escalera de rojo que se descubre hacia el ángulo de la derecha, os llevará al corredor en que se hallan sus estancias.

-Está bien: aguardame en el reducto, y nada temáis por vuestra seguridad: En vuestro propio vencedor hallado habéis un amigo.

Desapareció al decir esto, y siguióle con los ojos Mauricio de Monfort avergonzado y confuso.

-¡Un amigo!, repitió con mal reprimida cólera, ¡arrebátasme el honor, empañas mi ilustre nombre, y quieres llamarte amigo! Pero ¿no tengo bien merecido ese castigo del cielo?... Recogió su espada, quitóse el casco en muestra de su vencimiento, y dirigióse lentamente a la puerta del reducto.

Durante el combate que se acaba de referir, y el rápido diálogo que le siguió, había pasado Roldán el puente a la cabeza de gran número de flecheros, que derramándose por todo el castillo, empezaron a perseguir de muerte a sus desesperados defensores. Unos pedían cuartel, ensayaban otros una resistencia inútil, y muchos tomaban la huida hacia el patio grande de aquella fortaleza feudal.

Entre tanto, a medida que iban undulando las llamas de aquel incendio, fuese haciendo algo visible en el aposento donde cuidaba Matilde al doliente don Ramiro. Había despertado al héroe el tumulto del segundo asalto, y a su ruego la hija de Armengol volvióse a colocar en la ventana para darle relación de lo que acontecía. Pero las nubes de humo muy denso que flotaban en derredor del alcázar impidiéndole muy pronto el ver las ocurrencias de aquel campo de batalla; y los gritos de ¡fuego!, ¡fuego!, sobrepujaron de repente los clamores y denuestos de los que seguían luchando.

-Arde el alcázar, dijo Matilde: todo Alanza es ya pavesas, amado Ramiro..., ¿quién podrá salvarnos de esta última desgracia?

-Huid, Matilde, huid, exclamó el del Cisne, salvad una vida tan inocente y preciosa: en cuanto a mí ya no hay poder humano que me pueda sacar de este peligro.

-¡Huid!, no, no huiré, respondió Matilde; o juntos nos salvaremos o pereceremos juntos. ¡Ah!, si mi brazo tuviese la pujanza de un guerrero yo os sacaría por en medio de las llamas y de las humeantes ruinas.

Abrióse entonces la puerta del aposento, y viose entrar en él a don Pelayo de Luna con aire arrogante y resuelto. Su aspecto tenía algo de sañudo y de terrible: rota llevaba en mil partes la perfilada armadura: en las manos y en el rostro veníanse algunas manchas sangrientas, y habían chamuscado las llamas el luciente penacho de su yelmo.

-Al fin te hallé, dijo a la agitada huérfana mirándola con centelleantes ojos: mira, oh Matilde, cómo sé cumplir la palabra que te di de correr contigo una misma suerte. Sólo resta una esperanza; y cuando sepas que he despreciado millares de riesgos para venir y hacerte participar de ella, por fuerza has de ver en mí el hombre que más te adora. Levántate y sígueme.

-¡Ah!, no he de seguiros sola, respondió Matilde; si sois hijo de mujer; si alimenta vuestro pecho algún resto de la caridad cristiana; si no es vuestro corazón tan duro como la coraza que lo cubre, salvad a ese pobre herido cuyas heroicas virtudes son dignas de mejor suerte.

-Matilde, respondió el de Luna con su imperturbable calma; un paladín debe saber despreciar la muerte, ora la vea en un incendio o en la punta de una espada; pero ¿a qué diablos pretendes que me encargue de un herido?, déjale que arda en Alanza, mientras logremos nosotros alejarnos de sus muros.

-¡Hombre feroz!, exclamó Matilde; yo moriré en el incendio antes que deber a tu brazo tan aborrecido auxilio.

-Eso será si te dejo la libertad de que elijas, respondió el de Luna: escapásteme una vez; pero ningún mortal se me escapó la segunda.

Dijo; y tomándola en sus brazos, llevóla fuera de la estancia como si fuese un objeto de muy liviano peso, sin parar la atención en sus clamores ni tampoco en las amenazas e imprecaciones de Ramiro, que con voz de trueno le gritaba:

-¡Bárbaro, vil seductor, oprobio de los caballeros, deja a esa ilustre doncella o he de beber tu sangre!...

-¡Cuerpo de mí!, dijo Roldán entrando en el aposento; a no haber sido por tus voces nunca me fuera posible topar con tu madriguera.

-Si os precias de caballero, siguió gritando el del Cisne, no os acordéis de darme auxilio: corred al alcance de aquel pérfido barón que acaba de llevarse a la más generosa doncella.

-Linda flema, por vida de San Jenaro, exclamó Roldán: ¿es posible que nunca hayas de sentar esa cabeza? ¡Con qué vengo a librarte de las llamas, y en vez de abrazar al caro maestro sales con la niñería de que cargue con alguna de las muchas que alucinas! A cada puerco llegará su San Martín, señor discípulo, y ahora déjate llevar por mí, mal que te pese, si no quieres morir chamuscado como el murciélago que cae por su desgracia en manos de algún chiquillo.

Y sin aguardar más tomólo en sus brazos, y cargado de este peso corrió a una de las poternas del alcázar, confiólo a sus propios vasallos para que lo llevasen a descansar en la barbacana, y volvióse a meter en el castillo a fin de favorecer las pesquisas del incógnito.

Aunque el fuego se había comunicado a todos los ángulos del edificio no hacía muy rápidos progresos, en razón de la solidez de las bóvedas y de la profundidad de los muros. Pero aquellos sitios donde no ejercía el incendio sus estragos, eran el teatro de un espectáculo no menos horroroso, puesto que las pasiones del hombre desplegaban en ellos sus furores. Perseguían aún los aragoneses y los flecheros de aposento en aposento a los defensores del castillo, y apagaban en su sangre la venganza y el encono en que ardían contra ellos desde muchísimo tiempo. Vanamente algunos habían pedido cuartel; no fue posible alcanzarlo, lo cual obligó a muchos de ellos a defenderse y vender caras las vidas hasta el postrimero instante. Resonaban donde quiera las cuchilladas, los denuestos y los gritos, e inundaba el pavimento la sangre que derramaban heridos y moribundos.

En medio de estos lances de confusión y de lástimas, andaba como frenético el paladín de las armas negras en busca de la cándida Matilde. Alguno le dijo que la acababa de ver en el patio grande del alcázar, y corriendo el héroe hacia aquel punto, ofrecióse a su vista otro cuadro de luchas, resistencias y combates. Gran parte de los soldados de la guarnición, unos a pie, otros a caballo, habíase reunido en torno de don Pelayo de Luna a fin de abrirse con las armas en la mano una brecha por donde huir al través de los enemigos que les acosaban. Colocóse por lo mismo multitud de éstos frente de la puerta grande a fin de cortarles el paso, mientras por el lado opuesto atacábanles otros varios de los que habían entrado en el castillo por diversos puntos. Animado por la desesperación, y enardecido con el ejemplo del invencible capitán que lo mandaba, hizo prodigios de valor aquel puñado de guerreros, y como eran sólidas y completas las armaduras que vestían logró más de una vez rechazar los enemigos, a pesar de ser un número notablemente mayor. Montado en soberbio bridón de batalla, veíase a don Pelayo descollando en medio de sus satélites, y protegiendo a Matilde, a quien sostenía al lado del noble campeón un escudero igualmente cabalgando en alazán enérgico y orgulloso. A cada instante volvía el insigne paladín junto a la ilustre doncella, y cubríala con el escudo olvidando su propia defensa para defender bizarro al ídolo de su cariño. Alzando después súbita e inesperadamente su clamor de guerra, arrojábase como el rayo en medio de la refriega, derribaba a los más audaces enemigos, hacíales retroceder hasta el umbral de la puerta, y colocábase de nuevo al lado de la exánime Matilde.

-¡Renegado!, exclamó entonces uno de sus más valientes enemigos; deja en libertad aquella doncella ilustre, o defiéndete de mí, perjuro y mal caballero.

-¡Perro!, respondióle don Pelayo rechinando los dientes; yo te enseñaré a blasfemar de los hidalgos de Castilla.

Y levantóse sobre los estribos contra el soldado de Aragón para dar más fuerza a su diestra, descargóle cuchillada tan tremenda, que hendió su casco y su cráneo.

-¡Alanza!, ¡Alanza!, exclamó don Pelayo: así perezcan cuantos empañan la gloria de los nobles castellanos.

Y aprovechándose de la consternación que causó tamaño tajo a los sitiadores, dijo dando un grande grito:

-¡Síganme los que salvarse desean!

E iba a abrirse camino por en medio de las filas enemigas, cuando presentóse corriendo el caballero negro, y echando mano a las riendas de su bridón cortóle el rápido impulso con extraordinaria fuerza.

-¡Bárbaro!, le dijo: ¿arrebatar contigo pretendías a mi hermana Matilde?... Acuérdate de aquel guante que me echase antes de la batalla de Aivar, y que me trajo un faraute con descomedida arrogancia... He aquí la ocasión de satisfacer tu deseo: defiéndete, vil impostor, defiéndete del conde de Urgel, mientras tu pérfido padre va a perecer en un patíbulo en la ciudad de Segovia.

-¡Mi padre!... ¿a qué valerte, oh Arnaldo, de indignos medios para amedrentar mi espíritu?...

-Lo juro por la sangre de Armengol... Ahora mismo acaba de llegar, con objeto de pretenderte y de llevarse también a don Rodrigo de Alanza, un escuadrón de la corte.

-¡Oh Dios!..., exclamó el de Luna: ¡oh Matilde!..., ya no me resta sino morir..., todos quedaréis vengados: con risotadas y brindis celebraréis tal desgracia, y dejando mi cadáver sin honores ni sepulcro. Pero no creas, oh Arnaldo, que don Pelayo se rinda..., no sé que aciago destino me hace pelear contra ti, cuando respetarme quisiera como al hermano de esa infeliz que ves pálida y moribunda en brazos de mi escudero. ¡Matilde!, ¡dulcísima Matilde!, yo siento debilitar mi pujanza al tenerla que emplear contra tu querido Arnaldo!

Pero había llegado el momento en que don Pelayo de Luna, a pesar de su valor, de su alta jerarquía y de su brillante renombre sufriese una muerte que no dejaba de tener bien merecida. Ello es que el cansancio de toda aquella jornada, los innumerables riesgos que hubo de vencer, la lucha que sentía por haber de pelear con el hermano de Matilde, y la inesperada noticia del aciago fin que aguardaba a su padre el condestable de Castilla, despertó cien encontradas pasiones en su rencoroso pecho, que le cortaron el brío y aquel indómito aliento de que diera tales muestras en el discurso de su juventud guerrera. Con flaca diestra anduvo parando los golpes del conde de Urgel, y todos echaron de ver que el audaz señor de Luna se había repentinamente convertido en otro hombre. Sus ojos no se separaban del rostro pálido de Matilde, y parecía como que desease morir embebido en contemplarla. Al fin pronunciando su nombre cayó del cabello en que montaba, habiéndolo más bien derribado la volcánica fuerza de sus propias pasiones, que los ataques y los golpes de su mortal enemigo. Mandó el infatigable Arnaldo que le quitasen el yelmo por ver si daba señal de vida, y oyéronsele murmurar sordas palabras parecidas a un lejano graznido de aves nocturnas. Abrió un instante los ojos ya desmayados y sin brillo; eclipsóse el fuego de sus mejillas; lívido color de muerte cubrió su altivo semblante, y pereció finalmente en aquel campo de batalla, víctima de su ardiente amor y de sus muchos errores.

El conde de Urgel mandó respetar su cadáver, y asimismo que no fuesen perseguidos los pocos guerreros de Alanza que habían quedado con vida. Corriendo luego impaciente a dar socorro a Matilde, estrechábala contra su pecho, y decíale mil fraternales caricias, mientras el buen Roldán andaba dando órdenes por el castillo, y repartía el botín con imparcialidad y justicia entre cuantos tuvieron parte en la gloriosa contienda. Ya el fuego en aquellos momentos dominaba el espacioso edificio que se veía en medio de un bosque de llamas, al tiempo que ocultaba el sol sus rayos de oro en los montes de occidente. Desmoronábanse las paredes; temblaban sobre sus cimientos los más robustos torreones, y venían ruidosamente abajo las elevadas almenas y antiquísimas techumbres. A veces abrían las mismas llamas una especie de boquerón, al través del cual se divisaban a lo lejos los aposentos más interiores del alcázar, aguardando el instante de ser también consumidos por el general incendio. De entre un montón de escombros, atropellando las piedras y atravesando por en medio de ondeantes llamas, viose salir a deshora a un mozo alto y corpulento huyendo de una muerte horrorosa, guiado por el gitano Merlín, e implorando ya desde lejos la conmiseración de los vencedores. El humo había ennegrecido su turbante, y las llamas apagaron el resplandor de las estrellas y medias lunas que brillaban antes de su oriental vestidura. Los soldados al verle alzaron un grito contra él y recibiéronlo a silbidos, asegurando ser el demonio que tanto aterraba a las gentes en el castillo de Alanza; y es de creer, que sin la intervención del gitano y lo mucho que hizo para que Roldán y el conde lo protegieran, el judío Ben-Samuel habría sido víctima de aquel popular tumulto. Por lo demás él había dado margen a la opinión supersticiosa de los habitantes de aquella comarca; pues el ruido de sus máquinas, la llama que elevaban a veces sus experimentos nocturnos y el manifestar de tiempo en tiempo por alguna galería retirada su grave y misteriosa figura, hiciéronles pensar que la parte del alcázar donde vivía estuviese dominada por infernales espíritus.

Y cuando el fuego no tuvo ningún ángulo que conquistar, sino que ejercía igualmente en todos ellos su devoradora influencia; semejante a una de las furias pintadas por los antiguos poetas, apareció la delirante Brígida cantando en la cumbre de la torre más alta cierta letra áspera y furibunda que entonaban los antiguos castellanos en el momento de arrojarse a los infieles. Notábase en sus ojos el furor de la demencia y la embriaguez de la venganza: sus cortos y entrecanos cabellos formaban una especie de diadema en derredor de su frente, y con la mano derecha agitaba un velo negro suspendido en una vara, con el que había querido anunciar anteriormente a los sitiadores la muerte del señor de Alanza, y que su alcázar iba prontamente a convertirse en estéril monte de ruinas. Por tradición se han conservado algunas estrofas del himno bárbaro que cantaba aquella infeliz, próxima a recibir la muerte, con cierto ademán de triunfo:


    Corre, corre a las playas del norte
do Tarif ha incendiado mil pueblos;
sangre claman sus áridas ruinas,
y con sangre vengarlas debemos.
   Caiga humilde a tus plantas el moro,
y en lugar de atender a su ruego,
una vez y otra vez con tu lanza
atraviese su bárbaro pecho.
   No en la cuja, oh guerrero, descanse
tremolando listones al viento,
contra el ristre valiente la afirma
y amedranta al feroz agareno.
   Corre, corre a las playas del norte
do Tarif ha incendiado mil pueblos;
sangre claman sus áridas ruinas,
y con sangre vengarlas debemos.

Elevábanse las llamas hasta la bóveda del cielo a manera de brillantes columnas, y podíase divisar fácilmente desde muchas leguas de distancia. Cada torre, cada parte del edificio iba sucesivamente desplomándose, y obligados los vencedores a cesar en el codicioso saqueo, consideraban admirados y taciturnos aquellas voraces pavesas, cuyo amarillento reflejo daba un siniestro color a sus rostros y armaduras. Los soldados de Alanza que buscaron en el mismo alcázar un asilo contra el furor de los del bosque, cayeron sepultados bajo de los humeantes escombros. La torre del centro fue la última que tuvo firme contra la violencia de la llama, y por largo tiempo se vio a sor Brígida en su cumbre extendiendo los brazos y haciendo con cierta arrogancia salvajes y repugnantes gestos, como si se jactase de indicar por arte mágica la dirección y el ímpetu al indómito elemento. Por último vino también aquella torre al suelo con horroroso estampido, y la infeliz demente pereció en el suplicio mismo que había devorado a su pérfido tirano. Un silencio de terror reinó en los espectadores después de ese tristísimo lance, apresuróse a romperlo el conde de Urgel temeroso de que no flaquease el ánimo de los soldados, en vista de tamañas calamidades y horrores.

-¡Flecheros y hombres de armas!, alzad un grito de júbilo por la conseguida victoria: destruida para siempre ha sido esa morada de crímenes; y sepultáronse entre sus ruinas los tiranos que la habitaban. La llama que aún se eleva de en medio de sus escombros es la hoguera de nuestro triunfo, y el astro que nos ilumina en tan célebre como tenebrosa noche. Cesen desde hoy las guerras de esta comarca, e inmortales sean nuestros nombres por ese resplandeciente esfuerzo de venganza y de justicia.