341
Madrid, Museo Arqueológico Nacional 10910, copa de Pamphaios (ABV 236); Cabrera 1991, 123, il. 6. Más ejemplos en Krauskopf 1988, n.º 42 (con reenvíos y bibliografía); Frontisi 1984 o Frontisi 1991.
342
El Dioniso ctonio, desvelado por ejemplo por Heráclito en un controvertido pero a mi entender diáfano pasaje (22 B 15 Diels/Kranz = 50 Marcovich = Clem. Prot. 34; sigo la traducción de García Quintela 1992, 244-4S, salvo en el teónimo «[...] Pero es que el mismo son Hades y Dioniso, por quien desvarían y celebran las leneas»); véase, por ejemplo, la interpretación restrictiva de Jeanmaire 1951, 270 ss. y la discusión bibliográfica en 494 ss., pero también la iconografía bastante notable recogida por Metzger 1944 o los relieves locreses en los que le representa a Dioniso junto a Hades y Perséfone (Gasparri 1986, o. 537-540; Lindner 1988, n.º 58-59).
343
1) París, Louvre E667, del pintor de Náucratis (570-560 a. e.); Weicker 1902, 15, il. 9; Harrison 1922, 206 ss.; Nilsson 1967, 196,3; Stibbe 1972, n.º 13, il. 6.1; Fehr 1971, n.º 32; Dentzer 1982, n.º VLa1 (más bibliografía); Hermary 1986, n.º 636; Pipili 1987, n.º 194, il. 103; Vollkommer 1992, n.º 55. Otras escenas muy semejantes se figuran en las siguientes copas laconias: 2) Pratica di Mate E1986, del pintor de Náucratis; Stibbe 1972, n.º 19; Paribeni 1975, il. 5; Dentzer 1982, n.º VLa2; Pipili 1987, n.º 195; 3) fragmento Samos K2073, del pintor de la caza; Stibbe 1972, n.º 215, il. 71.3; Dentzer 1982, n.º VLa9; Pipili 1987, n.º 197; 4) Tarento, Museo Nacional 20909, del pintor de los jinetes; Stibbe 1972, n.º 312; Fehr 1971, n.º 35; Dentzer 1982, n.º VLa13, il. 108; Pipili 1987, n.º 198. Incluso hay un ejemplo, 5) París, Louvre E672, del pintor de Náucratis, Stibbe 1972, n.º 33, il. 18; Fehr 1971, n.º 33; Dentzer 1982, n.º V La3 (más bibliografía); Pipili 1987, n.º 199, il. 105, en el que a pesar de no haber genios alados revoloteando en la escena de sympósion, aparece una sirena en el medallón justo debajo del simposiasta.
344
Samos K1207, K1541, K2402, Berlín 460x, 478x, del pintor de Arcesilao; Stibbe 1972, n.º 191, il. 58; Fehr 1971, n.º 37; Blech 1982, 409, il. 40; Hermary 1986, n.º 637; n.º 47; Dentzer 1982, n.º VLa5, il. 109; Pipili 1987, n. º 196, il. 104-104a, para las granadas, Muthmann 1982, il. 35.
345
Oxford, Ashmolean Museum 1974.344, estilo del pintor de Andócides; Boardman 1974, il. 177; Vickers 1988, n.º 33 (más bibliografía); Bron/Lissarrague 1984, il. 3.
346
Mitropolou 1976, 83 ss.; 1977, 5 ss.; Küster 1913; Nilsson 1967, 197 ss.
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Pero siguiendo un método de análisis completamente diferente al de Krappe 1928, 27 ss.
348
Hes. fr. 261 M/W (schol. A.R. 11, 118-121) dice: «En las Grandes Eeas se dice que Melampo, que era muy querido de Apolo, se ausentó del país y se alojó en la casa de Polifonte. Habiendo sido sacrificado un buey por Polifonte, una serpiente subió reptando al sacrificio y dio muerte a los sirvientes del rey. El rey indignado cogió y enterró a Melampo. Sus retoños (de la serpiente) criados por él le lamían los oídos y le inspiraron el arte adivinatoria. Por ello precisamente [...] cuando estaba a punto de caer la casa en que estaba Ificlo avisó a una sirvienta anciana y en pago de ello fue soltado por Ificlo» (traducción de A. Martínez Díez). Apollod. I[96], 9, 11, dice: «(Melampo) [...] vivía en el campo; en la encina que se alzaba frente a su casa hicieron nido unas serpientes; los criados las mataron y él, recogiendo leña, quemó a los reptiles pero alimentó a las crías. Cuando crecieron, situadas sobre sus hombros mientras dormía, le lamieron los oídos. Melampo despertó sobresaltado y se dio cuenta de que comprendía las voces de las aves que revoloteaban, e informado por ellas, predijo a los hombres el porvenir. Adquirió además el arte de interpretar los auspicios y, tras encontrarse con Apolo cerca del Alfeo, en lo sucesivo fue un excelente adivino» (traducción de M. Rodríguez de Sepúlveda).
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El caso de Melampo no es el único. Heleno y Casandra, hijos de Príamo, a los que dejaron olvidados en el altar de Apolo Timbreo y a los que unas serpientes lamieron los oídos (schol. il. VII,44; Eust. Comm. Hom. il. 663, 40), alcanzan también el poder mántico (véase Halliday 1913, 83 ss.). La relación serpiente-comprensión del lenguaje de los animales se convirtió en un motivo duradero, así en el siglo ni d. e.: «[...] los árabes, por ejemplo, entienden el de los cuervos, y los etruscos el de las águilas; quizá también cualquiera de nosotros llegaría a comprender el lenguaje de los animales si una serpiente purificase nuestros oídos [...]» (Porph. Abst. 111, 4, 1).
350
Dowden 1989, 71-115, sigue la argumentación de Burkert 1972, 129-136, y Burkert 1979, 86-87.