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Clases altas o privilegiadasExtranjerosNorteamericanos
Europeos
CriollosCriollos nuevos
Criollos moderados
Criollos conservadores
Criollos clero
MestizosMestizos directores
Mestizos profesionistas
Mestizos empleados
Mestizos ejército
Mestizos obreros superiores
IndígenasIndígenas clero inferior
Clases mediasMestizosMestizos pequeños propietarios y rancheros
Clases bajasIndígenasIndígenas soldados
Indígenas obreros inferiores
Indígenas propietarios comunales
Indígenas jornaleros

Ahora, si las clases trabajadoras que soportan el peso de las privilegiadas, fueran robustas y poderosas; si entre ellas y las privilegiadas hubiera clases medias propiamente dichas que contribuyeran a soportar el peso de las privilegiadas, el equilibrio sería posible; pero no existen en nuestro país las clases medias propiamente dichas, es decir, clases medias propietarias, pues los mestizos directores, profesionistas, empleados y ejército no son, en suma, sino clases que viven de las trabajadoras y, por lo mismo, privilegiadas también. Los mestizos rancheros son los únicos que pudieran llamarse clase media, aunque son, en realidad, una clase baja trabajadora. Clases medias propiamente dichas no existirán hasta que la división de las haciendas, ponga un grupo numeroso de mestizos pequeños propietarios entre los extranjeros y criollos capitalistas, y los rancheros e indígenas de las clases bajas. Por ahora, nuestro cuerpo social es un cuerpo desproporcionado y contrahecho del tórax hacia arriba es un gigante, del tórax hacia abajo es un niño. El peso de la parte de arriba es tal, que el cuerpo en conjunto se sostiene difícilmente. Más aún, está en peligro de caer. Sus pies se debilitan día por día. En efecto, las clases bajas día por día empeoran de condición y, en la última, en la de los indígenas jornaleros, la dispersión ha comenzado ya.

La construcción social expresada antes se traduce, como es consiguiente, en efectos económicos que procuraremos brevemente señalar.




Primera consecuencia de nuestra construcción social: el acaparamiento de la riqueza nacional en muy pocas manos

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De un modo general, podemos decir que el grupo norteamericano es esencialmente capitalista, aunque tiene grandes intereses en el campo industrial, muy especialmente en el minero, y tiene muchas unidades en el grupo de los obreros superiores; el grupo extranjero de procedencia europea es también esencialmente capitalista, aunque tiene también grandes intereses en el campo industrial, muy especialmente en el fabril; el grupo nacional de los criollos nuevos o liberales es esencialmente industrial, aunque tiene grandes intereses en capital y en propiedades, siendo muchas de éstas propiedades raíces en la forma de gran propiedad, o sea en la forma de haciendas; el grupo de los criollos moderados es un grupo intelectual ramificado en el grupo norteamericano, en el extranjero europeo y en el de los criollos nuevos que le preceden, y en el grupo de los criollos conservadores y en el de los mestizos directores que le siguen, compartiendo las condiciones de todos esos grupos; el grupo de los criollos conservadores es gran propietario, dividiendo con los criollos nuevos y con los criollos clero la gran propiedad de la República; y el grupo de los criollos clero es también, a la vez, capitalista y gran propietario, como acabamos de decir. Fuera de los grupos mencionados no hay ya grupos capitalistas, ni grandes propietarios individuales, de modo que todo el capital y toda la propiedad importantes están en dichos grupos que son los preferentemente privilegiados, que están unidos por una estrecha solidaridad de origen y que son tan poco numerosos que, en conjunto, apenas vienen a ser el quince por ciento de la población total. De ello resulta, que los grandes intereses nacionales están concentrados en las manos de una minoría privilegiada que merced a su situación, chupa con progresiva avidez toda la riqueza del país, empobreciendo con rapidez correlativa la vida nacional. No creemos necesario comprobar la afirmación anterior, que es del campo de los hechos públicos y notorios. Con los dedos se pueden contar en cada ciudad, en cada plaza comercial, los nombres de los dueños de los grandes negocios, y en todos los grandes negocios aparecen esos mismos nombres, nombres que, por cierto, las clases oprimidas conocen bien. A diario se hacen y se deshacen compañías, trusts, etc., y siempre los mismos nombres. Si siquiera, fijándose un poco en sus intereses futuros, se hicieran perdonar las ventajas de su situación, menos mal sería; pero no, ningún negocio emprenden, ninguna explotación comienzan, ninguna empresa fundan, ninguna especulación arriesgan que no tenga por base y por objeto exprimir a los grupos inferiores, para insultarlos después con su fausto, con su soberbia, con su desprecio. Nosotros somos los primeros en desear que la riqueza nacional se reparta mejor, en plena paz, porque comprendemos lo que podrían ser, en determinadas circunstancias, las iras de los grupos inferiores el día de las reivindicaciones y de los castigos.




Segunda consecuencia de nuestra construcción social: la conservación del régimen de la gran propiedad y el perjuicio consiguiente al grupo jornalero

Estando los criollos grandes propietarios   —223→   en la ventajosa situación en que se encuentran, es claro que la primera forma en que se aprovechan de esa situación es en la de proteger su gran propiedad. Así es, en efecto, y merced a esa circunstancia, entre otras muchas, por supuesto, existen aún las haciendas. Las haciendas han dejado de ser, como antes eran, el mejor negocio del país, después de las minas, a las que si no igualaban en largueza de rendimiento, superaban en seguridad de productos. Los tiempos actuales, como demostramos al ocuparnos en el estudio del problema de la propiedad, no son propicios para las haciendas. A virtud de ser ya las haciendas negocios inferiores, y tan inferiores cuanto que ya no son negocio, se sostienen, como dijimos entonces, por las dos series de trabajos que indicamos, y son: el ensanchamiento del fundo y la reducción artificial de los gastos en la forma de reducción de impuestos y de reducción de jornales. El ensanchamiento del fundo, como también dijimos al ocuparnos en el problema de la propiedad, produce una reducción del trabajo; ese ensanchamiento obedece, como demostramos entonces, al deseo de aumentar la producción en fuerza de acrecer las fuentes naturales de ella, no en fuerza de multiplicar la intensidad del cultivo; por lo mismo, la referida reducción del trabajo se traduce en una diminución considerable del número de jornaleros. Aunque, en apariencia, la mayor extensión de los trabajos resultantes de la ampliación del fundo parezca aumentar el número de trabajadores, o jornaleros, en realidad, ese número sería mucho mayor si se procurara aumentar la producción por la intensidad del cultivo, en vez de procurarla por dicha ampliación. Si en lugar de que el fundo creciera en extensión, se dividiera en varias fracciones, es seguro que éstas darían lugar a mayor cantidad de trabajo que aquél. La tendencia pues, al engrandecimiento extensional de las haciendas, tiene que producir una diminución correlativa del número de jornaleros que ellas tienen que ocupar. Por otro lado, la reducción de gastos en la forma de reducción de jornales tiene también que producir una diminución del número de jornaleros; esa reducción, como expusimos con toda extensión en el estudio del problema de la propiedad, produce lo que llamó con toda atinencia el señor licenciado Raygosa, la selección depresiva, a virtud de la cual los jornaleros útiles van siendo expulsados y substituidos por los inútiles, en una progresión que ha llegado a no dejar en las haciendas, sino la hez de los jornaleros. Siendo así, como es en realidad, claro es que el jornal, o sea el salario agrícola, tiene que estar en las haciendas reducido a su mínimo posible en cuanto a la cantidad de los jornales, por la naturaleza de la hacienda misma, y en cuanto al valor del jornal, por la selección depresiva, y como en la pequeña propiedad individual y en la propiedad ranchería, según veremos más adelante, pasa lo mismo, porque si el jornal no está reducido a igual número en valor por la selección depresiva, sí está limitado por el número de jornales dado lo pequeño de las posibilidades de los mestizos agricultores, el mismo jornal no puede, pues, estar en más difíciles condiciones. Hay que agregar, además, que por la naturaleza misma de las cosas, el jornal agrícola   —224→   tiene que ser inferior al salario obrero. Ya hemos dicho en el problema de la propiedad, que el jornal agrícola se calcula dividiendo el importe total del jornal de los días de trabajos, que no son muchos, entre todos los días del año, en tanto que el salario obrero se calcula sobre todos los días del año, supuesto que en todos se trabaja. El salario obrero es siempre superior, por permanente, al jornal intermitente de los campos. Nada tiene, pues, de extraño, que el jornal, dentro de la misma zona de los cereales, haya llegado a ser insuficiente para sostener la vida del indígena jornalero, y que, por consecuencia, casi todos los jornaleros indígenas hayan huido de los campos, antes con rumbo a los centros obreros, y después con rumbo a los Estados Unidos. Las haciendas, pues, lejos de contribuir a mejorar la condición del grupo jornalero, tienden a perjudicarlo, disminuyendo el número de sus unidades por la expulsión de las mejores.

El perjuicio más grave que han sufrido en el país, no sólo los grupos agricultores de la pequeña propiedad y de la propiedad comunal, sino hasta los grupos dueños de la gran propiedad; el perjuicio más grave que ha sufrido la agricultura nacional, decimos, ha consistido en el funesto error de la importación del maíz americano.




El funesto error de la importación de maíz americano

En otro tiempo, los trastornos naturales de la producción agrícola nacional se corregían por sí mismos. Dada la infinita diversidad de condiciones que ofrece el territorio nacional, aun en la zona fundamental de los cereales, rara vez las cosechas se dan bien en todo el país, y raras veces también se pierden de un modo completo. Sin embargo, los años de malas cosechas no son raros, y antes esos años, aunque de pronto producían graves perjuicios, determinaban un estado de equilibrio que se ha roto ya. Guardando, como guardaba antes la industria esencialmente minera, la debida relación con las condiciones de alimentación de todo el cuerpo social que podía ofrecer la agricultura en los años malos, las reservas de la zona fundamental apenas bastaban para las necesidades de ella misma, y por consiguiente, no daban un sólo grano para el resto del territorio; en el resto del territorio, consumida rápidamente la producción local, si por fortuna la había, subía extraordinariamente el precio de los cereales, subía proporcionalmente el valor del jornal, y las empresas de trabajo, ante la expectativa de una multiplicación insensata de sus egresos, que no correspondía al cálculo de sus beneficios, suspendían sus explotaciones en espera del restablecimiento de las condiciones normales, lo cual dejaba a la población trabajadora en la miseria; ésta refluía a la zona fundamental congestionándola. La aglomeración patológica de la población en la zona fundamental restablecía, dentro de ella, las condiciones normales del jornal, porque aumentaba la concurrencia, y los propietarios volvían a tener disponible, gente útil y a poco costo; pero, como es natural, muchas de las unidades que volvían no llegaban, sino que morían de hambre en el camino, muchas morían de miseria dentro de la zona fundamental que no podía alimentar tal exceso de   —225→   población, y el crecimiento normal de la población dentro y fuera de dicha zona se detenía. Algunos años después, las cosas volvían a su estado anterior. Pero desde que los criollos nuevos dirigen la marcha económica del país, las cosas son de otro modo. Rompiendo el equilibrio secular establecido entre la agricultura y la minería se ha hecho nacer, se ha sostenido y se ha desarrollado de un modo artificial, merced a la concesión, a la exención de impuestos, a la subvención y al monopolio en todas sus formas, una industria fabril, que ha hecho inclinar la balanza de ese equilibrio del lado de la industria, con perjuicio evidente de la agricultura. La insuficiencia de la agricultura habría ya determinado la bancarrota de la industria nueva, restableciendo el equilibrio anterior, si para sostenerla no se hubiera descubierto una medida en apariencia salvadora, en realidad funesta: la importación de cereales americanos. Creemos aquí oportuno recordar que en el problema de la irrigación, determinamos con toda exactitud el alcance posible de nuestra producción de granos, y dijimos que jamás México podrá producir todo el trigo necesario para su consumo, por lo que siempre será necesario importar trigo extranjero, pareciéndonos sobre este particular muy acertadas las ideas del señor Peust acerca de la conveniencia de preferir la importación del trigo argentino a la del trigo americano; más adelante trataremos de este asunto con toda extensión; pero maíz sí podrá producir México en la cantidad necesaria para su consumo actual y venidero. La importación de trigo americano, en realidad, no redunda en perjuicio de la nación; la importación de maíz, sí redunda en perjuicio nacional.

La importación de maíz americano en los años de malas cosechas ha impedido la miseria en ellos; pero, como es natural, ha impedido también el reflujo de la población radicada fuera de la zona de los cereales a esa zona, y por lo tanto, el restablecimiento en ella de las condiciones normales del jornal, la reducción general de la población de trabajo hasta el límite de las necesidades del país, y la normalidad consiguiente de las condiciones del trabajo en las empresas industriales situadas fuera de la zona fundamental. Merced al maíz americano, el precio del maíz no ha subido lo que debiera para determinar el susodicho reflujo, ni ha bajado después a virtud del menor precio de producción dentro de la zona fundamental, determinado por la concurrencia de los jornaleros que tenía que ser la consecuencia forzosa de ese reflujo, sino que se ha mantenido en un término medio, que, por una parte, ha venido a perjudicar a los agricultores, reduciéndoles sus provechos necesariamente determinados por la compensación de los bajos precios de los años buenos con los precios altos de los años malos; por otra, ha venido a acentuar las malas condiciones del jornal agrícola por la reducción de los provechos de los agricultores; por otra, ha venido a estimular el movimiento de dispersión de los jornaleros; por otra, ha permitido a la población trabajadora en general, seguir su multiplicación y su desarrollo; y por último, a virtud de todas estas razones, ha producido el efecto de aglomerar primero en los centros industriales casi toda la población trabajadora, y de hacerla   —226→   huir después, poco a poco, hacia los Estados Unidos en emigraciones periódicas.




Tercera consecuencia de nuestra construcción social: la opresión de los grupos verdaderamente agricultores, o sean el mestizo, de los «pequeños propietarios» y «rancheros», y el indígena «propietario comunal»; perjuicio que redunda en menoscabo de la producción agrícola nacional

El favorecimiento que supone la condición privilegiada de los grupos extranjeros y criollos, y la circunstancia de que a excepción del grupo de los obreros superiores, todos los grupos mestizos son grupos que consumen sin producir, se traducen en perjuicio del grupo agricultor de los mestizos pequeños propietarios y rancheros. Este grupo, que es el principalmente productor de granos de alimentación, no conoce, ni la exención de impuestos, ni la ayuda oficial, y tiene que luchar con las grandes dificultades que le presenta el estado de la propiedad de que es dueño, según hemos dicho ya oportunamente. Ahora bien, de un modo general, todo lo que es favor y privilegio bajo la forma de exención de impuestos, de subvenciones y de protección para los grupos extranjeros y criollos, tiene que traducirse para él en gravámenes, cuyo peso tiene necesariamente que hacerse sentir para dificultar su acción; el número y censo de los grupos mestizos, que consumen sin producir, tiene también que traducirse para él en gravámenes cuyo peso igualmente se hace sentir para dificultar su acción; pues, todavía más, las condiciones anómalas de la gran propiedad, o sea de las haciendas, se traducen asimismo para él en una limitación de sus actividades y de sus fuerzas. Ya vimos, al ocuparnos en el problema de la propiedad, que las haciendas perjudican de muy diversos modos a los pequeños propietarios individuales y rancheros. Las condiciones aludidas de la propiedad producen para el grupo a que nos referimos, dos series de efectos, que son la de los que determinan que por no ocupar jornaleros de un modo permanente acasillándolos, no pueda hacer el rebajamiento de jornales de la selección depresiva, estando obligado, por lo mismo, a pagarlos en su verdadero valor, es decir, más caros que los de las haciendas; y la de los efectos que produce la naturaleza especial de la propiedad grande, y que toman forma sensible en dos series de perjuicios para él. Estas dos últimas series son la de los perjuicios que se derivan de la tendencia al ensanchamiento del fundo, y la de los que se derivan de la reducción de los impuestos. La tendencia al ensanchamiento del fundo causa a los pequeños propietarios individuales y rancheros, infinitas dificultades para la posesión y el cultivo de sus predios, lo cual necesariamente reduce su capacidad de trabajo, y por lo mismo, su posibilidad de pagar jornalero, siendo aquellos propietarios, como son, en su mayor parte pobres. La reducción de los impuestos produce a los mismos propietarios una sobrecarga inevitable sobre los que ellos debían pagar, lo cual, necesariamente también reduce su capacidad de trabajo y, por lo mismo, su capacidad de pagar jornales. En suma, los mestizos, pequeños propietarios individuales   —227→   y rancheros no deprimen el jornal, pero el número de jornales que ellos pueden pagar es muy limitado.

Peor todavía que la condición de los mestizos pequeños propietarios y rancheros es la de los indígenas propietarios comunales, pues a éstos no les es dado el uso del trabajo a jornal; si tuvieran que pagar jornaleros, no podrían sostener su miserable agricultura; ellos mismos hacen, como dijimos en su oportunidad, todos los trabajos de cultivo en sus pequeñas posesiones.




Cuarta consecuencia de nuestra construcción social: el carácter abortivo de la industria en nuestro país

La industria, aunque en apariencia lleva pasos de progresiva prosperidad, en realidad no prospera sino en pequeña parte; en conjunto, sufre los efectos de una paralización inesperada. Las industrias que se han desarrollado y se desarrollan sin dificultad, son las que han producido y que producen artículos de consumo exterior, como las de cigarros, las del henequén, etc., porque las comunicaciones que dan salida a esos productos son cada día mejores, y aumenta sin cesar el número de los mercados de consumo, algunos de los cuales son de capacidad consumidora casi indefinida; pero las de consumo interior, al llegar a cierto punto de su desarrollo, punto muy cercano al de su partida, se han detenido y han tratado de buscar la continuación de su desarrollo en el exterior. Las que no han podido hacerlo, han quedado definitivamente detenidas, y entre ellas ha tenido que hacerse una selección que ha acabado con muchas empresas. El límite de detención de todas las industrias de consumo interior ha sido, y es siempre, el de la capacidad compradora de nuestra masa social. Ésta se compone de los elementos étnicos que tantas veces hemos señalado, y cada uno de esos elementos de los grupos y subgrupos que tantas veces hemos señalado también. Ahora bien, siendo como son tan diferentes las condiciones de origen, de costumbres y de tendencias que separan esos elementos entre sí, y en ellos los grupos y subgrupos en que se dividen las condiciones de la capacidad consumidora de dichos elementos son distintas, reflejando todas ellas el estado y circunstancias especiales de los grupos y subgrupos de cada elemento a que corresponden. No creemos aventurado decir que el consumo de la sal es el único absolutamente común a todos los habitantes de la República; fuera de la sal, sólo el maíz y el chile son de consumo relativamente general. El consumo del maíz tiene que estar unido al del chile por las razones que ya expusimos, y el uno y el otro son comunes a toda la población nacional; los extranjeros toman poco maíz y menos chile. No siendo sal, maíz, chile y algún otro artículo que hayamos podido olvidar en este momento, todos los demás de nuestra producción nacional tienen por consumidores grupos parciales de la población. Ésta, como ya dijimos en otra parte, se compone, en números redondos, de catorce millones de habitantes, de los cuales, en nuestra opinión, repetimos, un quince por ciento son extranjeros y criollos, un cincuenta por ciento son mestizos, y un treinta y cinco por   —228→   ciento son indígenas. Entre las tres grandes divisiones expresadas de la población, se reparten nuestras industrias, en condiciones tales que ninguna produce fuera de los artículos antes mencionados para las tres. La industria azucarera no produce más que para los extranjeros y criollos, y para los mestizos; las industrias de hilados y tejidos sólo producen para los mestizos y para los indígenas. La industria cervecera sólo para los mestizos, y para los criollos y los extranjeros. Las industrias de alcoholes sólo para los mestizos y para los indígenas. Las industrias de objetos de lujo sólo para los criollos y los extranjeros. Ahora bien, por razón de la inmensa mayoría numérica que representan en conjunto, los mestizos y los indígenas sobre los criollos y extranjeros, es evidente que las industrias principales son y tienen que ser las que tienen por consumidores a los habitantes que forman ese conjunto. Una razón más de mucho poder robustece la afirmación anterior, y es la de que los indígenas y los mestizos, por la escasez de sus recursos y por su propia inclinación natural, entre los productos nacionales, que en nuestros mercados compiten con los similares de producción extranjera traídos por el comercio, y estos últimos prefieren los nacionales apenas consumen los otros, en tanto que los criollos y los extranjeros prefieren los de procedencia extranjera, aun de calidad inferior, de modo que, en realidad, los criollos y los extranjeros apenas contribuyen al sostenimiento de nuestras industrias por más que ellos sean los fundadores y los propietarios de dichas industrias. Esto no necesita especial demostración por ser del campo de los hechos públicos y notorios.




Los extranjeros y los criollos como consumidores de la industria

Los extranjeros y los criollos son los dueños de nuestras fábricas de hilados y tejidos, y no usan las mantas ni los casimires que sus fábricas producen; visten generalmente de telas europeas, usan sombreros europeos o americanos, calzan zapatos americanos, gastan carruajes americanos o europeos, decoran sus habitaciones con objetos de arte europeo, y prefieren, en suma, todo lo extranjero a lo nacional; hasta la pintura, la literatura y la música, con que satisfacen sus gustos y divierten sus ocios, tienen que traer el sello extranjero. Siendo así, como realmente lo es, claro está que el desarrollo de nuestras industrias tiene que estar subordinado a la capacidad consumidora de los mestizos y de los indígenas, y como esta capacidad es, en las condiciones actuales, reducidísima, llegando como llega pronto a ser saturada, el expresado desarrollo tiene que detenerse. Así ha sucedido en efecto, pues las industrias que han alcanzado mayor prosperidad, como la del azúcar y como las de hilados y tejidos, han llegado a verse ya en condiciones de crisis. No creemos necesario insistir acerca de lo reducida que es normalmente la capacidad consumidora de los mestizos y de los indígenas. Con muy pocas plumadas podemos dar idea precisa de esa capacidad.




Los mestizos como consumidores de la industria. Capacidad consumidora de los «directores», de los «profesionistas», de los «empleados» y del «ejército»

En el elemento mestizo, el grupo de   —229→   los directores, el de los profesionistas, el de los empleados, el del ejército y el de los obreros superiores no dan la mayor parte de las unidades de ese grupo el mayor número de las unidades mestizas, lo da el grupo de los mestizos pequeños propietarios y rancheros. El grupo de los directores, el de los profesionistas, el de los empleados y el del ejército no guardan en nuestro país, como muy repetidas veces hemos dicho, condiciones de abundancia y, sin embargo, son los grupos que, proporcionalmente a sus recursos, tienen más necesidades que satisfacer; las unidades de esos grupos tienen que guardar ciertas condiciones de dignidad y de decoro para no ser despreciados por los extranjeros y los criollos, y se ven obligados a pagar altas rentas y a consumir muchos artículos que están, en rigor, fuera de sus recursos; tienen que comprar libros, muy caros en el país, por ser casi todos importados; tienen que sostener la mayor parte de las publicaciones periódicas que sirven al elemento mestizo en conjunto para conservar su preponderancia política; mantienen los espectáculos públicos que los extranjeros y criollos desdeñan; en suma, son los que dan vida principal al comercio de los artículos que sin ser de lujo, no son tampoco de primera necesidad; pero tan son escasísimas las capacidades de consumo de esos grupos en proporción al número de sus necesidades, que todo el comercio que con ellos se hace, desde el de la venta de casas de habitación, hasta el de vestidos, tienen que hacerse en abonos pequeños. Tal es la razón de que entre nosotros se haya desarrollado tanto esa forma de comercio. En abonos se compra una casa, se compran muebles, se compran libros, vestidos, uniformes, etc.; no puede ser de otro modo, desde el momento en que un empleado gana cincuenta pesos de sueldo y tiene que presentarse a su oficina con un atavío que en conjunto le cuesta ochenta o cien; un oficial del ejército gana ciento cincuenta pesos, y tiene que gastar uniformes que le cuestan el doble, teniéndolos que renovar de tiempo en tiempo. Ahora bien, ese exceso de las necesidades sobre los medios de satisfacerlas, en los grupos enumerados antes, responde a muchas causas, pero principalmente, a la inmensa desproporción que existe entre las condiciones de vida de los extranjeros y criollos, y entre las de los mestizos en general. Mucho diremos acerca del particular más adelante. De todos modos, la capacidad consumidora de los grupos mestizos a que venimos refiriéndonos, no tratándose de artículos de primera necesidad, es reducidísima y, por lo mismo, las industrias que de ellos viven, como por ejemplo, la de casimires finos, las de muebles, las de papel, las de publicaciones, etc., en tanto no se modifiquen las circunstancias presentes, no podrán alcanzar gran desarrollo.




Capacidad consumidora industrial de los «obreros superiores»

El grupo de los obreros superiores parece, a primera vista, encontrarse en mejores condiciones, porque sus necesidades son muy pequeñas; pero éste lucha con la diminución de salario que le produce la concurrencia de los obreros extranjeros de igual clase. Dos series de causas determinan tal diminución de salario: es la primera de esas series, la de las causas que establecen   —230→   una superioridad efectiva de los maestros y trabajadores extranjeros sobre los nacionales; y es la segunda, la de las causas que establecen una superioridad meramente nominal sobre los nacionales o mexicanos. En estos últimos tiempos, tanto las industrias ya establecidas cuanto las nuevamente implantadas, han requerido el empleo de maestros y trabajadores venidos de otros países. Las industrias minerales, aunque ya muy antiguas y muy adelantadas entre nosotros, han tenido que adoptar procedimientos nuevos, y éstos, enteramente desconocidos en el país, sólo podían ser puestos en ejecución por obreros que ya habían recibido la educación especial necesaria; fue, pues, preciso traer esos obreros. Las industrias nuevas completamente desconocidas en el país, con mayor razón tenían que traer obreros especiales. El hecho en conjunto es que todas las grandes empresas han tenido que traer obreros extranjeros, pagando a éstos, por una parte, los gastos de viaje desde los países de su procedencia hasta los lugares de su nueva radicación, y por otra, sus salarios proporcionados a la naturaleza de los trabajos que venían a desempeñar, siendo siempre esos salarios más altos que los que aquéllos ganaban en sus respectivos países. Muchas veces, para traer obreros de países muy lejanos, los industriales han tenido que pagar por su cuenta gastos de seguros y que ofrecer a los mismos obreros importantes indemnizaciones, para el caso de que fueran despedidos antes de cierto tiempo. Pero aunque esos obreros hayan tenido condiciones superiores de aptitud, han sido obreros al fin, es decir, trabajadores que han venido a hacer trabajos materiales para los cuales no se necesitan, la mayor parte de las veces, conocimientos de muy grande extensión, y por lo tanto, una vez que esos obreros han enseñado su oficio a los obreros mexicanos, casi siempre mestizos, éstos han llegado a estar en condiciones de hacer el mismo trabajo, con igual aptitud que los otros. Esto ha producido el resultado de que los industriales, por su propio interés, hayan tratado de ir substituyendo a los obreros extranjeros por los nacionales, prefiriendo a estos últimos, porque no tienen que venir de lugares lejanos, ni que volver a esos lugares en caso de ser despedidos, ni que cobrar gastos de viaje, ni que pedir seguros, ni que exigir indemnizaciones; además, no tienen que percibir sobre sus salarios verdaderos excesos de halago o de sebo de atracción; pero por lo mismo que los industriales encuentran que los obreros nacionales no tienen esas circunstancias, que hacen muy alto el salario de los extranjeros, no prefieren a aquéllos, sino mediante una diminución de salario que su interés procura llevar hasta el límite más bajo posible. Y creen, al obrar así, que proceden no solamente en provecho de su interés, sino en bien de los obreros mismos, puesto que por bajo que sea el salario que les paguen, siempre será superior a las retribuciones ordinarias del trabajo en nuestro país, y el hecho de que los obreros nacionales ganan ese salario, supone un mejoramiento notable de su condición precedente, un aumento incontestable de su bienestar anterior, caso de que existiera ese bienestar.

Por otra parte, la superioridad nominal de los obreros extranjeros sobre   —231→   los nacionales, concurre a producir el mismo resultado. En efecto, los industriales consideran a los obreros mexicanos como inferiores a los extranjeros, aunque los unos puedan desempeñar el mismo trabajo que los otros; y consideran inferiores a los primeros, no porque efectivamente lo sean, cuando no lo son, sino porque estiman, de un modo absoluto, que lo tienen que ser. Es lógico que así sea, desde el momento en que los extranjeros y los criollos forman las clases superiores, las dominadoras en nuestro país de la opinión en toda clase de asuntos, excepto en los políticos en que los mestizos imponen la suya, y es perfectamente explicable, por un lado, que los extranjeros encuentren siempre inferior nuestro país al suyo, cualquiera que éste sea; y por otro lado, que los criollos piensen del mismo modo acerca de la superioridad del país de procedencia de su sangre. El hecho es que la opinión, plenamente admitida en nuestro propio país acerca de este punto, es la de que somos un pueblo de unidades sociales que saben menos, que pueden menos, que hacen menos y que merecen menos que las unidades de los demás pueblos de la tierra. Siendo tal opinión dominante, es claro que los industriales, casi siempre extranjeros y criollos, se sentirán naturalmente inclinados a rebajar el mérito del obrero nacional, y a estimar que con tal de que el salario que paguen a éste, exceda del salario común, siempre será no sólo justo, sino generoso.

Nada tiene de extraño, pues, que los industriales rebajen lo más que les sea posible el salario del obrero mexicano, y que hagan esto precisamente enfrente de los trabajadores extranjeros que quedan aún, y tal vez hasta en el mismo establecimiento. Por su parte, los obreros nacionales creen que si los extranjeros ganan salarios altos, es por el trabajo que hacen, y como ellos hacen un trabajo igual, estiman justo que se les paguen salarios iguales. Los trabajadores mexicanos se dan cuenta, por reflexión o por instinto, de que en las condiciones actuales, el salario del trabajo superior obrero tiene que tener por límite inferior, el valor de la que indispensablemente necesita para vivir el obrero que reúne las capacidades necesarias para el trabajo, y como límite superior, el valor que haga venir al obrero extranjero que tiene trabajo en su propio país, porque sólo éste tiene acreditada su aptitud y es el que puede convenir al industrial. Entre esos dos extremos tiene que hacerse sentir la acción de la demanda del industrial; y como es lógico, no abundando, como no abundan en el país los buenos obreros, el salario tiene que estar por ahora, cerca de su límite superior. No durará mucho a esa altura, pues a nuestro juicio, es indudable que tendrá que ir progresivamente bajando para los obreros nacionales, hasta que llegue a su nivel natural determinado por la oferta y por la demanda interiores, con exclusión de toda concurrencia exterior. Decimos que tendrá que ir bajando por dos razones. Es la primera, la de que los nuevos procedimientos adoptados últimamente por las industrias ya establecidas, y por las últimamente implantadas, han venido al país, merced a favorecimientos especiales que necesariamente tendrán que ser transitorios; esos favorecimientos, que son las altas cuotas del   —232→   arancel de importación, los monopolios, las subvenciones, las exenciones de impuestos, las concesiones de protección exclusiva, etc., etc., han podido permitir los altos salarios de los trabajadores extranjeros; pero cuando esos mismos favorecimientos lleguen a desaparecer, tendrán que ser compensados con una diminución del costo de producción de los artículos que produzcan, y esa diminución se traducirá forzosamente en una diminución de los salarios. Es la segunda, la de que, a medida que pase el tiempo, irá aumentando el número de los obreros capaces, y su propia concurrencia hará bajar el precio del trabajo. El rebajamiento progresivo del salario producirá, sin embargo, dos beneficios inapreciables para los trabajadores: es el primero, el de que como tendrá que ser producido en gran parte, según lo que acabamos de decir, por la supresión de los privilegios que dan ahora un carácter artificial a nuestras industrias, esa supresión sólo podrá hacerse cuando se haya hecho una mejor repartición de la riqueza y del trabajo en todo el país, y en esas condiciones, la capacidad de adquisición del salario será mucho mayor que la del salario actual, es decir, que aunque el salario represente menor cantidad de dinero, podrá ese dinero servir para comprar más cosas; y es el segundo, el de que el bajo nivel del salario, bastante para las necesidades del mestizo mexicano consumidor del maíz, pero no para las del extranjero consumidor de trigo, expulsará definitivamente a los trabajadores de origen europeo y norteamericano, y hará imposible su vuelta; ya esto puede notarse en los ferrocarriles. Pero entre tanto se llega de un modo completo a ese fin, el rebajamiento brusco y sin cálculo preciso del salario para los trabajadores mexicanos, frente a los extranjeros, ha producido y producirá de hecho, por una parte, el resultado de hacer insuficiente el salario de los trabajadores mexicanos, y por otra, el de crear entre los trabajadores mexicanos y los extranjeros un antagonismo, de que son los mejores ejemplos las últimas huelgas llevadas a cabo por los trabajadores de los ferrocarriles, por los caldereros de Monterrey, etc. El señor don Félix Vera, presidente de la Gran Liga de Empleados Mexicanos de Ferrocarril, decía una vez al representante de El Diario, con motivo de la gran huelga que decretó y que ocupó por muchos días la atención pública: «Hágame usted el favor de decir al público en general, por conducto de El Diario, periódico acreditadísimo y muy leído en toda la República, que nosotros, al vernos humillados por extranjeros en nuestro propio país, nos hemos visto precisados á obrar en la forma en que lo estamos haciendo». El autor de estas líneas tuvo oportunidad de saber con toda certidumbre que, en las minas de El Oro, Estado de México, se declararon en huelga los malacateros americanos, porque ganaban un salario de ocho pesos al día y querían nueve, y los directores de esas minas conjuraron la crisis empleando malacateros mexicanos; pero cuál no sería el dolor de éstos al ver que al finalizar la semana, no se les rayó a razón de ocho pesos diarios, que era lo que no habían querido ganar los extranjeros, sino a razón de cuatro pesos al día, porque eran mexicanos. Estuvieron a punto de declararse en huelga también, y fue necesaria la intervención   —233→   del Gobierno del Estado para que les elevaran ese salario a todas luces injusto. En tales condiciones, que son las efectivas de los obreros superiores mestizos, la capacidad de consumo del grupo que ellos forman tiene que ser muy reducida. Esa capacidad se satisface con artículos de alimentación, de vestido y de habitación, todos ellos, en su mayor parte, de producción nacional.




Capacidad consumidora industrial de los mestizos «propietarios individuales» y «rancheros»

El grupo de los mestizos pequeños propietarios individuales y de los rancheros, o sea en general, el de los mestizos agricultores es de muy escasa capacidad de consumo. Unos cuantos rasgos nos bastarán para determinar esa capacidad. En el momento histórico actual, el fierro es una de las materias de mayor utilidad y, por tanto, de mayor consumo. Pues bien, fuera de la zona de los cereales y en grandes extensiones del país, el fierro apenas se usa. Nosotros personalmente hemos visto en algunos lugares del Distrito de Sultepec, del Estado de México, que lindan con el Estado de Guerrero y apenas distan cuarenta o cincuenta leguas de la capital de la República, que año por año se componen los caminos vecinales con barretas y picos de madera; en esos lugares hemos visto también machetes de madera. El machete curvo, clásico en todas las tierras calientes de la República, nos ofrece la mejor prueba de que en ellas el uso del fierro, si existe, está reducido a un mínimo increíble. El machete, en efecto, es un instrumento que se emplea para toda clase de trabajos, lo mismo para segar caña que para desmontar, que para labrar la tierra, que para cortar y que para reñir; es, a la vez, hoz, sierra, arado, cuchillo y espada; es un objeto de posesión preciosa que se trasmite de padres a hijos. Aun estando inservible, tiene precio, pues se compra para hacer herraduras o para hacer nuevos machetes. El consumo de fierro, en las expresadas tierras, viene a ser, pues, insignificante. El consumo de los demás artículos lo es también. El suelo produce espontáneamente muchos elementos de alimentación, lo que hace que con ellos, maíz y chile, viva la población entera. El clima no exige una gran atención para el vestido, y los mestizos agricultores de esas tierras visten de manta, y sombrero de palma corriente, de los que se llaman de petate, o por su precio, de a tres cuartillas. Así vestidos, los mestizos se confunden con los indígenas. Hemos conocido hacendados en las tierras calientes que visten solamente camisa y calzones de manta.

Dentro de la zona de los cereales, los mestizos agricultores se encuentran en mejores condiciones, y sin embargo, su capacidad de consumo es pequeñísima. Apenas usan utensilios de fierro, se alimentan de maíz, frijoles y chile, beben pulque, visten de casimir o de cuero, y usan sombreros de palma fina o de lana. Los pocos utensilios de metal que llegan a poseer, se transmiten de padres a hijos; los vestidos que ellos usan, les sirven largos años; un sombrero de palma le sirve a su dueño, seis o siete años por lo menos. El único lujo de los agricultores mestizos lo constituyen su caballo, su silla plateada y su sombrero galoneado, y esos objetos los compra sólo dos   —234→   o tres veces en la vida. Las mujeres apenas gastan dos pares de zapatos, y uno o dos vestidos de percal o de lana cada año. Un anillo de oro, que vale dos o tres pesos, es para muchas una joya deseada que la mayor parte de las veces no llegan nunca a poseer.




Capacidad consumidora industrial de los indígenas

Los grupos indígenas guardan una situación todavía más infeliz y, por consiguiente, su capacidad de consumo es casi nula. En el grupo de los indígenas clero inferior, las unidades de ese grupo, apenas consumen lo necesario para alimentarse medianamente y para vestir según lo exige el decoro de su ministerio. Los indígenas obreros inferiores, según veremos en seguida, apenas pueden vivir, porque para ellos ha comenzado a hacerse en los establecimientos industriales, una selección depresiva semejante a la de las haciendas para con los jornaleros, y por lo mismo apenas pueden consumir a diario los indispensables artículos de alimentación, y muy de tarde en tarde, algunos artículos de vestido. Los indígenas propietarios comunales consumen su propia producción en artículos de alimentación, y muy pocos de vestido. Los indígenas jornaleros no encuentran ya en el trabajo, ni los medios de obtener los artículos indispensables para su alimentación. Con excepción de los indígenas clero inferior, los demás apenas visten de manta, apenas usan sombrero de petate, o de a tres cuartillas, y apenas comen maíz; rara vez comen chile y rara vez beben pulque.




El gran principio fundamental de nuestra industria

Siendo tan escasas cuanto lo son, las capacidades de consumo de los mestizos y de los indígenas, supuesto que, como ya hemos dicho, la producción nacional de consumo interior sólo tiene por consumidores a los indígenas y a los mestizos, es claro que esa producción no podrá alcanzar un gran desarrollo. Por más que meditamos, no acertamos con el medio eficaz de gravar en la opinión pública algunas verdades que no nos explicamos cómo han podido escapar hasta ahora al conocimiento, a la experiencia o a la penetración de nuestros estadistas, y son la de que, SÓLO EXCEPCIONALMENTE, UNA INDUSTRIA CUALQUIERA PODRÁ COMENZAR DE UN MODO FIRME Y NORMAL, POR SER INDUSTRIA DE EXPORTACIÓN, PUES POR REGLA GENERAL, TODAS NECESITAN CONTAR PARA SER VIABLES, ANTES QUE CON EL CONSUMO EXTERIOR, CON EL DE LOS MERCADOS INTERIORES; LA DE QUE LO QUE HACE FALTA EN NUESTRO PAÍS A LA INDUSTRIA EN GENERAL, ES CONSUMO INTERIOR; Y LA DE QUE LO QUE HACE PRECARIA Y FRÁGIL LA EXISTENCIA DE NUESTRA ACTUAL INDUSTRIA ES QUE PIENSA ANTES EN EL CONSUMO DE LOS MERCADOS EXTRANJEROS, QUE EN EL CONSUMO DE LOS PROPIOS. Bueno que los metales preciosos, que el henequén, que el tabaco, que el guayule, que las frutas, etc., etc., busquen desde luego el consumo exterior; pero siempre nos ha parecido absurdo que antes de pensar en si podemos o no producir el trigo necesario para nuestro consumo interior, pensemos, como piensa la Sociedad Agrícola Mexicana, en que seamos un país exportador de trigo. Con decir que ante la difícil situación de nuestras fábricas de hilados y tejidos de algodón, somos un país exportador de esa fibra, y con decir   —235→   que antes de que coma frijol el elemento indígena, que representa un treinta y cinco por ciento de nuestra población total, somos un país exportador de ese grano, según lo comprueban las estadísticas de la Secretaría de Hacienda, está dicho todo. Las consecuencias de haber desconocido, olvidado o despreciado las verdades que poco antes formulamos, han sido de gran trascendencia para la nación; de esas consecuencias las principales han sido: la vejez prematura de muchas de las industrias nuevas, y la anticipada aparición en nuestro país del problema del trabajo.




Vuelta al punto del carácter abortivo de nuestra industria

Es indudable que muchas industrias apenas nacidas, han llegado ya a condiciones de crisis mortal. La industria del azúcar que citamos en otra parte, declaró de un modo preciso y terminante no hace mucho tiempo, que no era negocio la inversión de capitales en ella, si ella no contaba con el consumo exterior. La de hilados y tejidos de algodón, que también en otra parte citamos, se encuentra en condiciones fatales. Tres hechos recientes dan testimonio del estado que guarda: es el primero, el de que para la existencia de las fábricas que están actualmente en trabajo, fue necesario sindicar unas y cerrar otras, haciendo un trabajo de repartición artificial de ganancias entre las que quedaron; es el segundo, el de que para mantener éstas, los fabricantes han tenido que recurrir al sistema de diminución progresiva de los salarios tan en uso en las haciendas, lo cual ha dado lugar, como veremos más adelante, a las huelgas generales de reciente memoria; y es el tercero, el de que la suspensión del trabajo en las fábricas, cualquiera que haya sido la duración de las suspensiones, no ha influido en los precios corrientes de los tejidos, lo cual indica una gran acumulación de existencias, acumulación que indica, por su parte, una indudable limitación de la demanda. Pero si todavía hubiera quien dudase de que la producción de las fábricas de hilados y tejidos de algodón es limitada, no necesitará para perder toda duda, más que recordar que los cosecheros de algodón tienen muchas veces que exportar a pérdida una parte de sus cosechas, para sostener los precios interiores en condiciones de remunerar los gastos de cultivo, y es seguro que no habrían tenido que pensar siquiera en esa exportación, si la demanda de las fábricas, sostenida por la demanda del consumo, hubiera podido mantener los precios normales. Y nótese que tomamos como ejemplo las industrias de mayor consumo.




La crisis industrial crónica y progresiva

Ahora bien, la limitación de los mercados interiores, necesariamente desfavorable para la expansión general de las industrias de consumo interior, presenta condiciones de crisis aguda, crónica y progresiva, y ello se debe a la circunstancia de que, lejos de retirarse la línea de esa limitación ensanchando la capacidad de los mercados interiores, se acerca cada vez más, estrechando esa capacidad progresivamente. En efecto, la capacidad de consumo de los principales grupos consumidores mestizos e indígenas se reduce día por día. La sistemática importación del maíz americano, como dijimos en otro lugar, ha   —236→   venido reduciendo considerablemente los productos normales de la producción agrícola nacional de maíz, y todos los grupos agricultores han venido resintiendo considerables perjuicios; esa misma importación ha impedido, es cierto, las alzas agudas de los precios normales del maíz, pero a virtud de los perjuicios causados a la agricultura nacional, ha elevado el nivel medio normal del valor de ese grano, supuesto que ha evitado las reducciones naturales de la producción, ha sostenido, por lo mismo, la demanda, y ha impedido los descensos de valor consiguientes a los años buenos, toda vez que hay que sacar de éstos ahora, los provechos que antes se sacaban de los precios altos; la propia importación, produciendo el alza del valor medio normal del precio del maíz, ha encarecido la subsistencia de todos los grupos sociales, supuesto que el valor de la subsistencia, como todos los valores en la República, dependen principalmente del valor del maíz; y por último, la repetida importación ha producido el efecto de desarrollar la población inferior, sin relación con las condiciones generales que permiten la vida en nuestro país, lo cual ha producido un exceso de población indigente que no aumenta con su trabajo, y sí disminuye con sus necesidades la capacidad de consumo de los grupos principalmente consumidores. Y como estos males van siendo progresivamente mayores, va disminuyendo progresivamente la capacidad consumidora de los mercados interiores para las industrias de consumo interior, y por lo mismo, van aumentando progresivamente las dificultades de esas industrias, hasta el punto de amenazarlas de muerte, porque en cuanto al capital invertido en esas industrias no alcance utilidades convenientes, huirá de ellas, a menos de que todas las empresas del mismo género se unan en trusts monopolizadores, como algunas lo han intentado ya, y como todas lo procurarán, con tanta mayor razón cuanto que merced a los extranjeros y a los criollos nuevos, el monopolio es entre nosotros una de las formas principales de creación de industrias. Es inútil decir que la consolidación de nuestras raquíticas industrias en trusts monopolizadores, elevando artificialmente los precios, empeorará considerablemente las condiciones de nuestras clases bajas, si es que éstas pueden ser peores de lo que ya lo son.

La anticipada aparición del problema del trabajo en nuestro país ha sido, hasta para nuestros sociólogos más acreditados, una verdadera sorpresa. Nada hay, sin embargo, que con los antecedentes que hemos sentado en los presentes estudios, sea más fácilmente explicable. Hemos dicho ya que los jornales o salarios agrícolas no son permanentes, sino periódicos; hemos dicho también que cuando esos jornales parecen permanentes, representan la suma del valor de los días de trabajo, dividida entre todos los días del año natural; hemos dicho, asimismo, que los salarios obreros son permanentes por serlo el trabajo que los produce, siendo el carácter de permanentes lo que constituye fundamentalmente la superioridad de los salarios obreros sobre los jornales agrícolas, ya que son permanentes y no periódicas las funciones de la vida humana; hemos dicho, igualmente, que las condiciones de   —237→   la gran propiedad dentro de la zona fundamental de los cereales, las de ésta como productora de la población, las de los grupos de población en que se reclutan los jornaleros, y las producidas en esos grupos por la importación de maíz americano determinan la expulsión de los jornaleros; y hemos dicho, por último, que las condiciones de situación de las zonas que podríamos llamar fabriles, en relación con la fundamental de los cereales, las de dependencia consumidora de aquéllas con respecto a ésta, y las del favorecimiento especial que se ha concedido a las empresas industriales, determinan una elevación del jornal o salario en dichas zonas fabriles sobre el de la zona fundamental, la cual determina a su vez una atracción constante de la población de esa misma zona, sobre todo en el grupo de los jornaleros. Natural es, pues, que la población trabajadora de los campos haya huido de ellos con rumbo a los establecimientos industriales; pero como a virtud de ese movimiento, el número de los obreros en dichos establecimientos ha aumentado considerablemente, y de los expresados establecimientos, unos han podido desarrollar sus trabajos en igual proporción, y otros han tenido que detenerse en su desarrollo, ha resultado que la oferta de brazos en los propios establecimientos, ha venido excediendo progresivamente a la demanda de los industriales, y éstos han podido ir haciendo un rebajamiento correlativo de los salarios, rebajamiento que, por otra parte, viene correspondiendo a las crecientes dificultades de desarrollo de sus empresas, proviniendo esas dificultades de la menguante capacidad de consumo de los mercados interiores. En tales circunstancias ha tenido que suceder, como ha sucedido en realidad, primero, que el movimiento de atracción que los establecimientos industriales determinaban, se haya suspendido ya, tomando las unidades que antes lo seguían el camino del norte; segundo, que en dichos establecimientos se haya hecho y se esté haciendo con más vigor cada día, en la forma de exigentes reglamentos, la misma selección depresiva que el señor licenciado Raygosa encontró en los campos; y tercero, que esa selección, dejando sin trabajo a la población obrera excedente y muy numerosa, haya obligado a ésta a emigrar de establecimiento a establecimiento, de mina a mina, de fábrica a fábrica, contribuyendo poderosamente a que las unidades de esa población se organizaran y determinaran las recientes huelgas, cuya extensión y organización sorprendieron a todo el mundo. Aquí nos parece oportuno indicar lo erróneo y gravemente injusto de atribuir las huelgas a estériles trabajos de agitación, de perseguir a los directores de ellas como agitadores políticos, y de menudear, para directores y dirigidos, los castigos extraordinarios sólo justificados para los revolucionarios de oficio. Las huelgas de obreros inferiores obedecen a un estado de hambre en nuestras clases bajas, proveniente de las múltiples causas que hemos estudiado ya.




Estudio de la población nacional desde el punto de vista de su individualidad sociotnológica

Pasamos ahora a considerar la población nacional desde el punto de vista de su unidad colectiva o sociotnológica. La   —238→   palabra sociotnología que el autor de estas líneas ha formado en los estudios etnológicos que ha hecho para el Museo Nacional, se compone de la raíz latina, socios (asociación), y de las griegas, etnos (pueblo) y logos (tratado o ciencia). Significa, el estudio de un pueblo en sus relaciones con los demás.

La población nacional, en conjunto, tiene una individualidad colectiva que la hace propia por sí misma para sostenerse en la lucha selectiva con las demás. No necesita para ser, para sostener su existencia, y para progresar, más que facilitar su propio desarrollo. La inmigración que se considera como indispensable para la existencia nacional definitiva es un verdadero absurdo.




El absurdo criollo de la inmigración

La circunstancia de que la opinión general señala como la panacea radical de todos los males que se refieren a la población en nuestro país, la inmigración extranjera nos obliga a estudiar ésta con todo detenimiento. Tratándose de la inmigración, como de todo lo demás, la opinión general se ha formado por las inspiraciones de los criollos y, en éstos últimos tiempos, se ha definido con precisión por las de los criollos nuevos. Como es natural, la atención de éstos se ha fijado de preferencia en la inmigración europea, según veremos más adelante.

La más exacta expresión de las ideas de los criollos nuevos acerca de la inmigración europea, se encuentra en el celebradísimo estudio del señor ingeniero don Roberto Gayol (Dos problemas de vital importancia para México). En ese estudio, el señor ingeniero Gayol da por axiomático que la inmigración europea, que él llama colonización, es absolutamente necesaria para el país; tan firmemente cree en esa verdad que no se detiene a demostrarla y parte de ella para decir qué colonos hay que buscar y cómo se les debe traer. Son muy singulares las opiniones del señor ingeniero Gayol sobre el particular, y reproducimos en seguida las principales. Dice el citado autor: «Para conseguir que se borre el recuerdo de los tiempos pasados y atraer á la gente trabajadora, es preciso comenzar empleando el sistema de colonización artificial, aprovechando las enseñanzas de la práctica y planteando el sistema en condiciones tales, que aseguren la prosperidad de los colonos, á fin de que éstos se arraiguen adquiriendo intereses en nuestro país, y después, los primeros que lleguen atraigan á sus conterráneos y todos en conjunto vean en México, una segunda patria [...]. En efecto, hace algo más de veinte años se formaron seis colonias de italianos, á las que llegaron 2.542 individuos de ambos sexos, y este número está reducido actualmente á 98 personas adultas y 68 niños nacidos en México, lo cual demuestra que en lugar de que haya habido algún progreso, se han disipado esos núcleos de población extranjera que se trató de mezclar con el elemento mexicano.- Varias causas contribuyeron, á mi juicio, para producir semejante resultado: primero, que no se hizo una buena elección de inmigrantes campesinos susceptibles de soportar las rudas faenas de la labor agrícola; segunda, se distribuyó á los colonos en lugares donde por no haber riego, no tenían   —239→   aseguradas las cosechas: tercera, en nuestro caso dió, porque da, siempre muy malos resultados prácticos, el sistema de traer á un medio extraño para ella, gente á quien de la noche á la mañana se le improvisa como propietario de un terreno, se le da todo lo que necesita por tiempo limitado y se le abandona después inexperta y confiada á que luche con la Naturaleza en un lugar donde no conoce el clima, ni las condiciones meteorológicas, ni los sistemas de cultivo más adecuados, y en una palabra, nada de lo que debe conocer por experiencia, un agricultor que quiere trabajar con éxito.- Cualquiera de las tres causas que acabo de señalar, será bastante para que fracase una empresa de colonización; pero las tres reunidas, y algunos otros detalles, de los que en su oportunidad me ocuparé, producen los resultados que en México palpamos y que hicieron inútiles los esfuerzos de trabajo y los sacrificios pecuniarios que se consumieron en los ensayos á que me vengo refiriendo.- Voy á exponer en seguida los medios á que, en mi concepto, se debe acudir para evitar los hechos que acabo de consignar [...]. Lo que antecede contiene dos principios fundamentales del proyecto que deseo formular: es el primero, que la única emigración que México debe fomentar por ahora, es la que sea capaz de cultivar sus campos con la inteligencia y la energía que se necesitan para obtener de ellos todo el producto que son susceptibles de dar: el segundo principio, consecuencia del anterior, es el de que para conseguir este objeto, se debe traer única y exclusivamente gente campesina, evitando solicitar á cualquier persona que hubiere habitado en alguna población, aún cuando haya sido por muy poco tiempo.- De aquí se refiere que la propaganda que forzosamente se tiene que hacer, para inducir á los europeos á que vengan á México, se debe limitar á los campos, eligiendo los de aquellas naciones en donde la lucha sea más ruda y que por esto sea también la vida más difícil.- Así, por ejemplo, no creo que sea fácil traer á los campesinos franceses, que casi siempre gozan de un pasar bastante aceptable, mientras que á los jornaleros de campo del Norte de España, del Norte de Italia, de Polonia, ó á los obreros del África del Sur, que por distintas razones desean emigrar, sí estimo que se les puede inducir á que vengan á México sin gran dificultad, y para conseguir este resultado, será indispensable comisionar como agentes á personas idóneas que escojan los centros de donde más conviene traer inmigrantes á México, porque sus habitantes sean trabajadores y vigorosos.- Á estos agentes se les debe pagar un buen sueldo fijo y no proporcional á la cantidad de emigrantes que envíen, porque se ha de preferir la calidad á la cantidad, pero se pueden premiar los servicios de dichos agentes, pagándoles un tanto por cada colono que después de dos años de permanencia en el país, llegue á establecerse como propietario, de acuerdo con las bases que en este proyecto voy á proponer; de esta manera de estimular el interés particular de los agentes para enviar emigrantes de buena calidad [...]. En cambio, el colono que México necesita es aquel que no teniendo las grandes energías del aventurero, tiene en   —240→   cambio menos aspiraciones y se arraiga con más facilidad á la tierra que le da un cómodo pasar, pero es, por decir así, una planta más delicada que necesita mucho cuidado para conservarle ante todo la moral; esto es preciso repertirlo porque es capital y tendré necesidad de repertirlo varias veces al ocuparme de otros detalles, porque estoy convencido de que llegando á ese requisito, se conservan las energías para el trabajo activo, cuyos mejores estimulantes son la fe, la confianza en el porvenir.- Esta fe, esta confianza no la puede tener un hombre que ve, que uno tras otro, varios años, después de una labor ruda y fatigosa pierde sus cosechas, porque las nubes no le dan el agua con la oportunidad que él la necesita, y en un cielo tan poco pródigo para la agricultura como es el nuestro, no es razonable confiar á la veleidad de las nubes el éxito de una empresa que requiere la inversión de sumas considerables, y lo es menos aún, cuando aquella empresa pretende poner de manifiesto que á México se puede atraer una inmigración que levante las fuerzas vitales del país y contribuya á engrandecerlo.- Las consideraciones que anteceden, son las que me han convencido de que por ahora y durante algunos años, no se deben establecer colonias pobladas con la inmigración artificial, sino en campos de riego que hayan sido labrados una vez siquiera, antes de ponerlos á disposición de los colonos [...]. Al hacer la propaganda para inducir á los emigrantes á que vengan á México, se les debe explicar en un lenguaje claro y conciso, por cuáles razones no se les dará desde luego posesión de un terreno para que lo cultiven por su cuenta, haciéndoles comprender que antes de trabajar á su riesgo, necesitan conocer el clima, la naturaleza de las labores que es preciso dar á cada, planta, y no se les quiere exponer á trabajar sin buen éxito por falta de los conocimientos que son indispensables al agricultor y que varían de un lugar á otro.- Estos conocimientos los adquirirán trabajando á sueldo á las órdenes de algún arrendatario ó propietario de terrenos adyacentes á aquellos que se han de dividir y vender á los colonos que muestren aptitudes y empeño por adelantar, bajo el concepto de que desde luego se les garantiza un jornal suficiente para sus necesidades, así como que pasado un año de enseñanza práctica, tendrán toda clase de facilidades, no sólo para adquirir un terreno en propiedad, sino también los elementos indispensables para comenzar sus labores.- Con este sistema, el colono queda en las mejores condiciones en que es posible colocarlo para que progrese, si tiene aptitudes y desea trabajar; desde luego, la enseñanza, la obtiene ganando un jornal, la tierra y los elementos para cultivarla, los adquiere tan pronto como demuestra que merece confianza, y si como ha de ser, él cultiva terrenos de riego, tiene á su favor la mayoría de las probabilidades de que ha de progresar.- El sistema, por otra parte, ofrece la ventaja de que, el colono deja de ser una carga y se convierte en factor de trabajo útil, desde el momento en que llega al campo donde se ha de establecer; allí, en ese campo, se le observa, se le instruye y aclimata á la vez, y cuando está preparado, se le convierte en propietario, que tiene la espectativa de labrar   —241→   una fortuna [...]. Una vez que haya consentido en venir un grupo de colonos, conviene transportarlos de modo que hagan el viaje con relativa comodidad y rapidez, evitando que en los vapores se les conduzca hacinados, mal alimentados ó en cualquiera otra mala condición por la que resulte más penoso un viaje que siempre molesta á las personas que no están acostumbradas al mar [...]. Siendo la nostalgia una afección que tanto deprime la moral, es preciso aminorar todas las causas inevitables que pueden producirla y poner todos los medios que tienden á evitarla; por esta razón me parece oportuno indicar algunos medios para conservar por este lado la moral de los colonos [...]. En el momento en que los colonos lleguen al lugar donde se han de establecer, deben estar ya preparadas las habitaciones que los han de alojar, y conviene mucho que estas habitaciones y sus muebles se asemejen todo lo posible á las que los emigrantes ocupan y usan en su país [...]. Para ello habrá un médico que no sólo cuide á los pacientes, sino que vigile que se cumplan extrictamente las reglas que se han de establecer, á fin de evitar las epidemias y la transmisión de las enfermedades contagiosas [...]. En toda colonia se establecerá un servicio de transporte de basuras [...]. Una vez que estén éstos -los colonos- instalados, se deben poner á su alcance y á precio de costo, cuantos efectos ellos necesiten para satisfacer las necesidades más apremiantes de la vida, y aún para proporcionarles alguna comodidad [...]. Los títulos de propiedad de los terrenos que se vendan á los colonos, deben ser perfectos, fundados en un deslinde tan escrupuloso y concienzudo, como los de las operaciones de catastro, á fin de que no den lugar á duda ó dificultad alguna que menoscabe el valor de dicha propiedad, pues así [...]. La buena administración de justicia y el uso recto y equitativo de la autoridad, son otros dos requisitos sin los cuales el progreso de la colonización es imposible .... La venta de los terrenos y de los elementos de trabajo se hará á plazos, que la experiencia enseñará cuántos pueden ser [...]. La empresa dedicará algunos terrenos para venderlos á los colonos que no puedan adquirir desde luego una propiedad, ó que prefieran comenzar por ser arrendatarios [...]. El Gobierno pagará todos los gastos para traer á los colonos, y subvencionará á la empresa para que ésta proporcione los elementos de trabajo, cuya adquisición se tiene que facilitar á los colonos, y esa subvención se reembolsará á medida que estos colonos paguen el valor de los implementos de agricultura y demás efectos que hay que venderles en el momento en que se les vende un rancho».

El hecho de que los criollos en general y los criollos nuevos en particular, crean firmemente en la posibilidad y en la eficacia de la inmigración europea es perfectamente explicable, pero completamente erróneo. Obedece en aquéllos a un impulso instintivo de sangre que los induce a amar y, por consiguiente, a admirar y a considerar a los europeos, de que ellos se sienten ser una derivación, como superiores a los demás hombres y como capaces de hacer con facilidad lo que ellos mismos no se creen capaces de   —242→   hacer, y lo que menos creen capaces de hacer en nuestro país a las razas que consideran como inferiores a las suyas. Es ésta una ilusión semejante a la que tenían los criollos señores y los criollos clero antes de la Intervención, acerca de la manera de dominar la anarquía; no siendo ellos capaces de someter a los mestizos y a los indígenas, y creyendo a los mestizos más incapaces todavía de someter a los mismos indígenas y a ellos mismos (los criollos), juzgaban muy fácil para los europeos el someterlos a todos; fue necesario el fracaso de la Intervención para que tal ilusión se desvaneciera, y todavía ellos atribuyen ese fracaso a tales o cuales circunstancias secundarias. Contribuyen mucho a formar la ilusión de la inmigración europea, por una parte, la lejanía de las naciones europeas con respecto a nuestro país y, por otra, el ejemplo de otros países, que naturalmente o de un modo artificial han atraído numerosos inmigrantes. Ninguno pretende llamar para poblar nuestro país unidades de los Estados Unidos, no tanto por los peligros que pudieran traer temprano o tarde para nuestra nacionalidad, ni por las mutuas repugnancias de raza que entre ellas y las de nuestro país se manifiestan a cada paso, sino porque los Estados Unidos están cerca, lo que pasa en ellos se ve con claridad, y se comprende bien que por mucho que los medios propuestos por el señor ingeniero Gayol puedan ser, que sí lo serán, suficientemente eficaces para traer los colonos, la existencia de las colonias formadas con ellos sería prácticamente imposible. Las colonias de europeos siempre se juzgan posibles, porque desconocemos en mucho las naciones europeas, y para juzgar de la posibilidad de atraer sus unidades, no vemos sino el hecho comprobado de que muchas de esas unidades emigran hacia algunos de los países de aquende el Atlántico. Ahora bien, nadie se fija en que toda corriente de emigración para unos pueblos y de inmigración para otros, obedece a un trabajo de desintegración de aquéllos y de integración de éstos, y que la integración en los últimos supone una fuerza de atracción en ellos que se genera y obra en ellos mismos, y esa fuerza no es otra que la de su propia energía vital que se manifiesta en el bienestar general de sus unidades propias. Tan luego que en un país, las unidades de que se compone comienzan a gozar de un bienestar superior al de que gozan las de otro, las de este último comienzan a desprenderse de él para unirse al primero. Esto es lo que creemos que ha pasado en los Estados Unidos, primero, y en la Argentina, después. El bienestar a que nos referimos no implica necesariamente en el pueblo que se integra superioridad general sobre el que se desintegra; éste puede ser mucho más civilizado que aquél. En todos los pueblos, según las varias condiciones de su constitución orgánica, se desarrollan las muchas fuerzas sociales que el proceso de su evolución requiere. De esas fuerzas, unas son centrípetas o de concentración y otras son centrífugas o de dispersión. En los pueblos bien integrados y que, por razón de su integración misma, han llegado a un alto grado de civilización dominan, como es natural, las fuerzas centrípetas. Es claro que cuando total   —243→   o parcialmente dominan las fuerzas centrífugas, las expulsiones de población a que ellas dan lugar, por fuerza tienen que producir una desintegración en los pueblos que esas expulsiones sufren, y una integración en los pueblos a que las unidades expulsadas se dirigen. La evolución religiosa que expulsó de Inglaterra a las familias que vinieron a establecerse en los Estados Unidos, produjo en Inglaterra un efecto de desintegración y un efecto integral en América. En los tiempos modernos, la guerra anglo-boera produjo la expulsión de muchas familias del Transvaal, y esa guerra, por lo mismo, produjo un efecto de integración para los pueblos que recibieron las familias expulsadas. Pero el caso de que dominen las fuerzas centrífugas es excepcional, y tiene que ser transitorio, por cuanto a que supone un estado anormal que, de continuarse por algún tiempo, disolvería el conjunto social, toda vez que éste existe y se sostiene por las fuerzas de la cohesión social que son centrípetas. Pues bien, aun en el estado normal de los pueblos se producen los mismos efectos. Por muy intensas que sean las fuerzas de la cohesión social en ellas, esas fuerzas son como todas las mecánicas, y disminuyen y se pierden por la distancia y por las resistencias; de consiguiente atraen con tanta menor fuerza a las unidades sociales, cuanto mayor es la lejanía en que esas unidades se encuentran con respecto al centro de atracción. Es claro, pues, que en los conjuntos sociales demasiado extensos por la dispersa colocación de sus unidades, o muy compactos por el gran número de unidades integradas, las unidades muy lejanas o muy indirectamente atraídas, estarán, o muy débilmente unidas al centro de atracción, o estarán completamente libres, y en uno y otro caso, estarán siempre expuestas a sufrir la influencia de cualquiera otra fuerza de atracción. Es el mismo efecto que se produce cuando en una superficie plana se riega polvo de fierro y se coloca, en medio de él, una barra imantada; desde luego se produce un movimiento de agrupación de las partículas del polvo de fierro hacia los polos de la barra, pero esa agrupación se hace hasta donde alcanza la fuerza de atracción y entre las partículas atraídas, con tanta más intensidad cuanto más cerca están de los polos. Muchas partículas no sufren la atracción, por lo que quedan donde antes estaban, y otras quedan muy débilmente agregadas. Si después se coloca cerca de la barra imantada otra semejante, ésta, a su vez, produce un nuevo movimiento de atracción a virtud del cual muchas partículas de las libres se le agregan, y se le agregan también muchas de las ya agregadas a la barra anterior, de la que se disgregan para agregarse a la otra, por más que la fuerza atractiva de esta última sea menor que la fuerza de la que se colocó primero. Ahora bien, las fuerzas de agregación de los compuestos sociales, o sean las fuerzas de cohesión, aunque de origen afectivo, se traducen en las ventajas que el individuo alcanza siempre de la vida en conjunto con los demás, y el trabajo de alcanzar esas ventajas produce, por un lado, la selección a virtud de la cual alcanzan mayores ventajas y se unen más al conjunto, los más capaces; y por otro lado, el efecto de que el conjunto se perfeccione cada vez   —244→   más y ofrezca al individuo mayores ventajas. Por consiguiente, en todo conjunto social, los individuos que no participan, parcial o totalmente, de las ventajas de ese conjunto por su lejanía material del centro de ese mismo conjunto, y los individuos que no participan, parcial o totalmente, de dichas ventajas por haber sido apartados por la selección de la acción directa del propio conjunto, están expuestos a sufrir siempre de hecho, la influencia de otros centros de atracción. El movimiento de desintegración y de integración a que nos referimos, no se produce siempre entre los compuestos sociales más próximos, ni entre los más fuertes y más débiles, sino que, por todo lo que llevamos dicho, se produce a virtud de la función combinada de la fuerza de atracción de cada compuesto, de la fuerza de resistencia de cada compuesto también, y de la distancia a que esas fuerzas se hagan sentir. De todos modos, es evidente que lo que determinará siempre la inmigración en un país será la favorable condición de sus unidades propias, puesto que, en general, no atraerá unidades de ninguna especie, en tanto que no les ofrezca ventajas, y cuando éstas existan, producirán, como es natural, antes la agregación de las unidades inmediatas que la de las remotas.

En nuestro país, la diferencia de condición que existe entre las clases superiores y las inferiores ha determinado la formación de dos fuerzas contrarias: una que por el momento podemos considerar como centrípeta, y otra que también por el momento es claramente centrífuga. En efecto, las clases superiores, gozando como gozan de innegables ventajas, producen de un modo general, una verdadera fuerza de atracción que se hace sentir hasta en naciones lejanas; pero las clases inferiores, entre las que se encuentran la de los propietarios pequeños y la de los trabajadores a salario o jornal, por virtud del peso de las otras, según vimos en su oportunidad, tienden a dispersarse, y sus impulsos de dispersión indican una fuerza expulsiva. Si la primera de esas dos fuerzas provoca un movimiento espontáneo de inmigración de unidades superiores, la segunda, por una parte, impide el movimiento natural de la inmigración de unidades trabajadoras, y por otra, expulsa a las unidades trabajadoras traídas de un modo artificial.

Tratándose de la materia en que nos ocupamos, bueno es fijar, ante todo, al sentido de las palabras que en ella se usan. Sobre este particular, el señor ingeniero Covarrubias dice (Observaciones acerca de la inmigración y la colonización) lo siguiente: «En nuestra legislación y en casi todas las Repúblicas de la América española, se ha empleado la palabra colonización como sinónimo de inmigración. En la nuestra se ha establecido, sin embargo, en los últimos años, la diferencia de llamar colonos solamente á los inmigrantes que vienen á radicarse por contrato celebrado ya sea con el Gobierno directamente ó con algún particular que tenga autorización especial del mismo Gobierno, para establecer colonos. En realidad no es ese el significado que corresponde á la palabra sino que como puede verse en cualquier diccionario, la palabra colonia significa un grupo de gentes que abandona su país para ir á establecerse   —245→   en otro, conservando, sin embargo, la soberanía del de su origen, mientras que lo que aquí se considera con el nombre de colonización, no es, por el contrario, sino el acto de establecer personas en terrenos nuevos para que los cultiven y aumenten la producción nacional, ya sean estas personas de origen extranjero ó mexicano, pero siempre sometidas á la Soberanía Nacional.- Por extensión también, se ha dado el nombre de colonización, al establecimiento de extranjeros en terrenos puestos ya en explotación con anterioridad.- En lo que va á seguir, llamaremos colono al que, siendo nacional ó extranjero, se establece al amparo de las leyes del país, en un terreno antes inculto, con el fin de ponerlo en producción: é inmigrante, al que llega al país, á ofrecer su trabajo personal á cambio de un salario». Aceptando plenamente las ideas anteriores, a nuestro país, pues, sólo pueden venir extranjeros en calidad de colonos o de inmigrantes propiamente dichos.

En calidad de colonos, no vendrán espontáneamente inmigrantes europeos -por supuesto de un modo general- sino en el caso de tener los recursos necesarios para venir y para hacerse aquí propietarios. De ser así, tendrán que venir a colocarse, por lo menos, entre los mestizos pequeños propietarios y rancheros, y los grandes propietarios criollos, pues para estar en las condiciones de los primeros, seguramente no vendrán. Esa colocación no podrán lograrla, sino a virtud de privilegios especiales, y de tener éstos, se convertirán en clase privilegiada que aumentará el peso que gravita sobre las clases inferiores, y entonces contribuirán en mucho a aumentar la fuerza de dispersión de esas clases, produciendo el resultado, indicado ya por El Tiempo, de que las unidades extranjeras expulsen a las nacionales. Esto último no parecería mal a los criollos; pero ni es patriótico, ni significa ganancia para el país, como veremos más adelante. De todos modos, es seguro que aun pudiendo venir como propietarios a ocupar una situación privilegiada, espontáneamente no vendrán todavía, porque comprenderán desde luego, que de venir, tendrán que venir a ocupar terrenos situados fuera de la zona de los cereales, y salta a la vista que si esos terrenos no son ocupados por las unidades de nuestras clases inferiores, menos lo serán por unidades de indudable importancia superior como todos los agricultores capitalistas tienen que ser. Colonos traídos artificialmente por el sistema del señor ingeniero Gayol, o por otros semejantes, sí es fácil que vengan; pero es absolutamente seguro que no podrán fijarse en el país. Sobre este particular, el trabajo del señor ingeniero Gayol es un hermoso dechado de lirismos irrealizables. En las circunstancias presentes, dentro de la zona fundamental, la gran propiedad, si apenas deja lugar a la pequeña propiedad individual y comunal mestiza e indígena, hecha a luchar con ella por una educación de siglos, evidentemente no abrirá lugar a una propiedad pequeña, que de venir en la forma propuesta por el señor ingeniero Gayol, vendría en condiciones superiores a las que ella misma guarda; y suponiendo hecha ya la división de la gran propiedad, como de seguro   —246→   se detendrá con esa división, según más adelante veremos, la dispersión de los indígenas jornaleros, y se paralizará en mucho el incesante derrame de población que la zona expresada hace sobre el resto del territorio, pronto ascenderá, y de un modo no fácil de preveer ahora, el censo de la población nacional en la misma zona, y eso hará innecesaria en ella la colonización. Ésta, pues, ineludiblemente tendrá que hacerse fuera de la zona fundamental, y fuera de la zona fundamental, toda colonización de elementos extraños es imposible. No hay que olvidar que toda colonización debe ser agricultora, o no es tal colonización.

Dadas las condiciones naturales de nuestro territorio, fuera de la zona fundamental, sólo la producción agrícola tropical de productos de consumo exterior es remuneradora; pero las regiones en que esa producción puede hacerse son muy limitadas y, en ellas, dicha producción tendrá siempre que hacerse más ventajosamente por las unidades desprendidas de la zona fundamental que por las unidades extrañas, como lo demuestra de un modo incontrovertible el ejemplo de Yucatán. Si las regiones de producción tropical, aun de consumo exterior, pudieran atraer colonización extranjera, ya Yucatán se habría llenado de colonos. Yucatán, en efecto, ofrece todo: tierras suficientes y libres; producción de productos no sólo de fácil y seguro consumo, sino de consumo privilegiado como el henequén, cuyo monopolio mundial tiene y tendrá tal vez para siempre; costas cercanas; ferrocarriles; proximidad de mercados de gran capacidad compradora; buen gobierno; todo, en suma; y sin embargo, Yucatán es uno de los Estados que deben su prosperidad a los esfuerzos beneméritos de su propia población. Ahora, en las regiones que no son propias para la producción tropical, la producción de cereales será siempre precaria e insuficiente; no bastará permanentemente ni para la existencia de las colonias mismas. La índole de éstas requerirá forzosamente que su producción sea agrícola y que su producción agrícola pueda ser superior a su propio consumo, puesto que necesitarán adquirir de un modo constante muchos artículos no agrícolas que tendrán que pagar con el exceso de dichos productos. Esa producción, como hemos afirmado ya en otras veces, fuera de la zona de los cereales, es imposible. La naturaleza sólo es corregible hasta límites determinados. El suelo nacional, únicamente en la referida zona, puede producir cereales en cantidad bastante para el consumo local permanente y para tener un exceso que vender; fuera de ella, la producción viene a reducirse al maíz. Ya al tratar del problema de la irrigación, hemos demostrado lo poco que hay que contar con la producción del trigo, y para que las colonias que se formaran pudieran, no progresar, sino solamente existir, sería necesario, ante todo, que los colonos hicieran del maíz, como nuestros nacionales de las clases bajas, su alimento fundamental y casi único, lo cual no creemos que se llegue a lograr, y de lograrse en alguna colonia, ese hecho detendría la inmigración posterior; no sería, de seguro, motivo de atracción por parte de nuestro país para una población superior, como se juzga a la europea, la   —247→   alimentación indígena, ni sería posible llevar el favorecimiento artificial de las colonias hasta el punto de asegurar a los colonos la alimentación de su país natal. Pero ni aun suponiendo que los colonos hicieran del maíz su alimento fundamental, sería posible la existencia de las colonias, porque la misma producción de maíz, como ya hemos repetido varias veces, en los años buenos sería insuficiente y, a causa de no sucederse sin interrupción los años buenos, sería siempre precaria. Las colonias, pues, para nosotros, necesitarían llevar maíz de la zona fundamental para completar su gasto, y esto haría, por una parte, altamente gravoso el artificial sostenimiento de dichas colonias y, por otra parte, elevaría el jornal del trabajo en ellas hasta el punto de que el maíz por ellas producido, resultaría producido a tan alto precio que no se llegaría a producir, porque no lo dejaría producir la competencia del maíz barato de la zona fundamental. A todo lo anterior hay que agregar que, en las colonias artificialmente creadas, no hay que pensar en la producción de maíz de temporal, porque entonces esas colonias se convertirían en el peor de los negocios aventureros; habría que formarlas, como dice el señor ingeniero Gayol, en terrenos previamente dotados del beneficio de la irrigación; pero como dadas las condiciones de nuestro territorio, los lugares en que la irrigación es posible son muy pocos y están muy apartados, las colonias en ellos formadas tendrían que vencer, además de las dificultades de su propia producción, las consiguientes a la falta de comunicaciones. De hacerse éstas, en la cantidad y de la longitud necesarias para la plena comunicación de las colonias entre sí y con los lugares de consumo, producirían el efecto de servir para llevar a ellas maíz y no para traerlo de ellas. Pretender producir maíz fuera de la zona fundamental para venderlo en ella, equivaldría a crear pescados en la laguna de Texcoco para ir a venderlos a Veracruz; además, de las colonias a la zona fundamental habría que pagar fletes de subida, y de la zona fundamental a las colonias, fletes de bajada. Pensar, pues, en que la producción de las colonias podría realizarse en los grandes centros de consumo, que están en la zona fundamental, es un absurdo; la producción de las colonias, caso de haberla, para ser realizada fuera de ellas, por su puesto, estaría destinada a venderse en puntos más lejanos de la zona fundamental, y en esos puntos el consumo no alentaría, de seguro, una gran producción para las colonias. Todo esto en cuanto a la substancia de las ideas del señor ingeniero Gayol. Por lo que respecta a los detalles, los colonos campesinos serán muy difíciles de encontrar, porque los campesinos sufren más que las otras unidades de un país la influencia atractiva de éste, y el trabajo de buscarlos costará mucho; los cuidados y mimos que serán necesarios para traerlos, costarán más; el trabajo de hacer de riego las tierras de las colonias, el de preparar esas tierras con un cultivo preliminar, el de construir casas semejantes a las habitadas por los colonos en sus países respectivos, el de establecerles casas de comercio para venderles al costo, el de establecerles servicios sanitarios y de limpia y aseo, etc., etc., costarán mucho más; el mantener   —248→   a los colonos con jornales altos durante el tiempo de su enseñanza de propietarios, costará mucho también; el dar a los colonos títulos perfectos de propiedad es una ilusión que hará sonreír a nuestros lectores, después de lo que hemos dicho al tratar del problema del crédito territorial; el asegurar a los colonos las cosechas año tras año en nuestro país, fuera de la zona de los cereales, y a pesar del riego, es una utopía; y por último, el creer en la eficacia de la educación de los colonos para convertirlos en propietarios es un sueño. Y todo para crear colonos que, por una parte, vendrían a ser, como dice el mismo señor ingeniero Gayol, plantas delicadas que necesitan de muchos cuidados y que, a nuestro juicio, serían absolutamente incapaces de llenar todas las desventajas, de allanar todos los obstáculos, de vencer todas las resistencias y de sostener todas las luchas en un medio tan ingrato, tan complexo y tan difícil cuanto el nuestro lo es; y que, por otra parte, vendrían a ser unidades sociales inferiores a las nuestras, como veremos en su oportunidad.

En calidad de inmigrantes propiamente dichos, tampoco vendrán europeos -de un modo general, por supuesto-, porque les será imposible sostener la lucha por la vida con los unidades inferiores nacionales, considerablemente más fuertes que ellos. Esto, que parece a primera vista un audaz contrasentido, es, a nuestro juicio, una verdad absoluta; pero como a virtud del extravío producido en la opinión general por los prejuicios de los criollos, esa verdad no puede considerarse como aceptada, nos vemos en el caso de comprobarla, cuando menos, de un modo sumario y general.




Fuerza étnica de los elementos indígena y mestizo de nuestra población. Naturaleza antropológica y étnica de los mestizos

La fuerza de las unidades inferiores de nuestra población, repartidas en los elementos indígena y mestizo, estriba en su naturaleza antropológica y en su fuerza selectiva.

No somos, por cierto, los primeros en el trabajo de formular y en el intento de demostrar la fuerza antropológica de nuestras unidades inferiores. El señor general don Vicente Riva Palacio, en el capítulo II, libro II, tomo II de la Historia Clásica (México a través de los siglos) dijo lo siguiente: «La raza indígena, juzgada conforme á los principios de la escuela evolucionista, es indudable que está en un período de perfección y progreso corporal, superior al de todas las otras razas conocidas, aún cuando la cultura y civilización que alcanzaba al verificarse la Conquista fuera inferior al de las naciones civilizadas de Europa.- Los historiadores sólo han considerado á los indios por su aspecto exterior y por las manifestaciones de su inteligencia, pero está aún por emprenderse el estudio antropológico de esa raza, que por los detalles orgánicos más claros y que se descubren en el primer cuidadoso examen, difiere de las razas hasta hoy estudiadas, y denuncia, siguiendo el aceptado principio de las correlaciones en los organismos animales, que hay caracteres que hacen de ella una raza verdaderamente excepcional.- El indio de raza pura carece de pelo ó bello en todo el cuerpo,   —249→   inclusa la unión de los cuatro miembros, y es muy raro encontrar alguno de ellos que tenga siquiera algo de barba; la falta de estos apéndices cutáneos, que todos los naturalistas modernos consideran inútiles y aún perjudiciales para el hombre, sobre todo para los que viven en las zonas tropicales, en donde los parásitos encuentran en el bello que cubre el cuerpo, fácil abrigo, indican un progreso en la constitución de la raza indígena. La preocupación y la costumbre han convertido en objeto de ornamento viril la barba y el bigote, considerándole como el más hermoso de los caracteres secundarios sexuales; pero la ciencia y la filosofía, estudiando la utilidad de esos apéndices dérmicos y la molestia que causan por la constante necesidad de su cuidado, los miran como verdaderamente inútiles y perjudiciales para el hombre3.- Esta desnudez de la piel no puede atribuirse á alguna costumbre de arrancar ó quemar el bello que la cubre, que haya podido convertirse en un carácter transmitido por la herencia: los romanos acostumbraron durante muchos siglos, no sólo las pastas depilatorias, sino aún las pinzas, para arrancarse de raíz el bello del cuerpo, y jamás se transmitió esa desnudez á los descendientes; los australianos acostumbran quemarse el vello del cuerpo, y los europeos afeitarse la barba, y tampoco se ha transmitido la desnudez del rostro.- En correlación á la falta de barba viene en la raza indígena la perfección de la dentadura, porque la observación y la experiencia han confirmado que los indios sufren muy raras veces enfermedades en los dientes y encías y los conservan hasta una edad muy avanzada, sin más alteración que la que produce la usura y sin estar sujetos á la caries.- El indio presenta como detalles de construcción y de evolución dentaria dos diferencias principales: la substitución del colmillo ó canino por un molar, y la falta del último molar inferior conocido comunmente con el nombre de muela del juicio. Howen4 dice, señalando el carácter del canino, que está indicado por la forma cónica de la corona, terminando en punta obtusa, convexo por la parte exterior, plano ó cónico por el interior, la cual presenta, en su base una pequeña prominencia. La forma cónica está perfectamente acusada en las razas melanesianas, sobre todo en la raza australiana. El canino está profundamente implantado y con una raíz más fuerte que la de los incisivos. En los indios de raza pura el diente que substituye al canino presenta caracteres diferentes, acusando la forma de un molar; la parte superior es más ancha que la base y termina casi en una mesa como un molar5.-   —250→   Esto es común á la raza mexicana y á la otomí, aun cuando entre ambas haya algunas diferencias notables en los detalles de la estructura6.- Se ha calificado de incisivo el diente que en la raza indígena substituye al molar; pero ni su aspecto, ni sus proporciones, ni su forma, ni el lugar en que está colocado, dan fundamento á esta clasificación, apoyada sin duda en que ese diente presenta sólo una raíz como los incisivas. Los hombres de la raza europea ó mestiza, hacen más uso del canino y aún de los molares, como incisivos, que los indios; éstos siempre dividen lo que les sirve de alimento con los incisivos, al paso que en los hombres de otras razas, se observa frecuentemente que usan para morder, más bien que la parte anterior, uno de los lados de los maxilares, buscando instintivamente para los objetos resistentes el punto más poderoso de la palanca, y procurando evitar en las cosas blandas, como las frutas, que la facilidad con que penetren los incisivos produzca una presión molesta de la parte no desgarrada del objeto sobre las encías.- La substitución del canino por un molar es un carácter que se observa en cráneos encontrados en yacimientos que denuncian una gran antigüedad, y que pertenecieron á hombres que habitaban las vertientes de las montañas que encierran el Valle de México, cuando seguramente toda la extensión que hoy constituye este Valle era un gran lago. Algunos de esos restos humanos fueron descubiertos al practicarse los trabajos del ferrocarril de Tlalmanalco, al abrirse un tajo en la falda de la montaña que limita las llanuras de Chalco que forman parte del Valle de México al Oriente de él.- El canino se ha considerado por los naturalistas como una arma ofensiva en los animales que le tienen, no como parte de la dentadura, y apropiada para la masticación, supuesto que, en esas especies de animales, el colmillo sobrepasa los dientes del maxilar superior, asomando algunas veces fuera del belfo como en el jabalí, ó presentando en otras especies, entre los dientes del maxilar superior, un espacio para el canino, que sobrepuja á los demás dientes de la mandíbula inferior. Darwin considera el canino del hombre civilizado actual en un estado rudimentario y apropiándose ya para la masticación; y afirma,   —251→   apoyado en las observaciones de Häckel, de Vogth y de Blake, que en los cráneos humanos se advierte el canino superando considerablemente el nivel de los otros dientes, aunque en menor grado que en los otros ximius antropomorfos; que en todos esos casos hay un vacío entre los dientes de cada mandíbula para recibir la extremidad del canino de la mandíbula opuesta, y en los cráneos antiguos y en los de los cafres, estos caracteres presentan mayor exageración7.- Nada de esto se observa en los cráneos de los indios de la Nueva España; substituido el canino por un molar, se hace verdaderamente apropiado para auxiliar la masticación: y esta variación que no es una anomalía particular, sino un carácter general de las razas mexicana y otomí, y que se encuentra en cráneos muy antiguos, prueba también que se había verificado ya, en ellas una evolución progresiva superior á la de las razas europeas y africanas.- No puede atribuirse esa variación á que los indios fueran phitófagos ó granivoros, porque en el caballo y en el asno existe el canino más desarrollado, principalmente entre los que nacen y se crían en el estado salvaje, siendo para ellos el arma principal, y sólo las yeguas de razas muy cultivadas y en el estado de perfecta domesticidad suelen carecer de este diente8.- El javalí, el puerco espín y el puerco doméstico tampoco son carnívoros, y sin embargo, el colmillo ofrece en ellos notables proporciones, aunque indicando por su estructura su destino al combate y no á la masticación; lo mismo puede decirse de la mayor parte de las especies conocidas de monos.- Además, las investigaciones históricas han demostrado que las tribus más antiguas que habitaban la Nueva España, eran de cazadores que mataban á los animales, no sólo por aprovechar las pieles, sino para usar la carne como alimento.- Parece, dice Darwin, que los molares posteriores ó del juicio propenden á convertirse en rudimentarios en las razas humanas más civilizadas, y son un poco más pequeños que los otros molares, detalles que se han observado también en el chimpanceo y en el orangután. Estas muelas no tienen más que dos raíces y no atraviesan la encía antes de los diez y siete años; me han asegurado que están más propensas á la caries y se pierden antes que otros dientes, aunque ésto lo niegan dentistas eminentes: están más que otros dientes sujetos á variación por su estructura y la época de su desarrollo. Entre las razas melanesianas estos dientes ó muelas del juicio presentan por lo común tres raíces y son generalmente sanas, difiriendo menos de los otros molares que en las razas caucásicas. El profesor Schaaffhausen explica esta diferencia por el hecho de que en las razas civilizadas LA PARTE SUPERIOR DENTARIA DE LA MANDÍBULA ES SIEMPRE REDUCIDA, particularidad que, según presumo, puede atribuirse verosímilmente á que los hombres civilizados se nutren de ordinario con alimentos ablandados por   —252→   el cocimiento, y por consecuencia, se sirven menos de sus maxilares. M. Brace me ha dicho que en los Estados Unidos la costumbre de extraer algunos molares á los niños se extiende más y más, y reduciéndose la mandíbula no permite el desarrollo completo del número normal de dientes9.- Supuesto esto, como otro nuevo carácter de perfeccionamiento, se presenta en la raza pura mexicana la falta de la muela del juicio; este detalle no es común á la raza otomí, pues en ésta se encuentra esa última muela en las mismas condiciones que entre los europeos10.- La masticación se efectúa por los indios de raza pura, más que por percusión, por fricción, como las ruedas de un molino, probándose ésto por el gasto y pérdida del esmalte y dentina que se observa en el extremo de los dientes, de modo que es muy raro que un indio pierda alguna de las piezas que constituyen su dentadura; pero todos ellos la van gastando al grado de que en los viejos llega á reducirse á una delgada capa y á una sola mesa, porque la superposición de los dientes de ambos maxilares es tan perfecta, que uniformemente se usan y gastan los incisivos y los caninos. Á esto debe atribuirse sin duda la falta de esmalte en la punta de los dientes que se ha notado en los nootcas11.- Esta manera de funcionar del maxilar inferior   —253→   es común á la mayor parte de las razas indígenas de México y corresponde como es natural, á variaciones importantes en la estructura, sobre todo, del maxilar inferior, porque la torsión del cuello del cóndilo desaparece y la superficie de él pierde la figura ovalada, arredondándose á fin de prestarse más fácilmente al movimiento de la masticación, adquiriendo las fosas respectivas semejanza con las de los animales rumiantes.- En la raza de los tarascos, que ocupaban el reino de Michoacán, se advierte también la misma estructura dental que en los otomíes y mexicanos12.- Todos estos caracteres se conservan en el cruzamiento de estas razas indígenas entre sí, aún cuando las observaciones sobre este punto no pueden ser abundantes, porque no es común entre esas razas la exogamía; generalmente los indios toman sus mujeres de su propio pueblo ó cuando menos de su propia raza. Los mestizos que casi siempre provenían de raza española por la línea paterna, eran los que activaban los cruzamientos, y en este caso se habían ya perdido los caracteres especiales de la raza indígena pura, pues éstos desaparecen ó se modifican profundamente al primer cruzamiento con un individuo de cualquier otra raza ó casta, presentándose desde luego en la primera generación mestiza, barba y pelo en el cuerpo, sobre todo, en la unión de los cuatro miembros, el diente canino y la fabricación de la dentadura; de manera que ni el tinte obscuro de la piel ni el negro de la cabellera indican que un individuo es indio de raza pura, pues ese color es más persistente en la mezcla de la raza del indio con otras razas, como africana ó asiática, que con la raza española. Preciso es, para declarar la fuerza de la sangre indígena, que concurran los caracteres de ausencia de apéndices dérmicos en el cuerpo, de substitución de molar por canino, de firmeza por la dentadura, y que los dientes de ambas mandíbulas se correspondan naturalmente en el mismo plano sin imbricación.- El pelo que cubre la cabeza de los indios es perfectamente negro, lacio y se siente áspero al tacto; y depende esto último de que el pelo no presenta la figura cilíndrica; sino prismática13.- El sistema de alimentación de   —254→   los indios ha ejercido otra influencia notable sobre la estructura del maxilar inferior. El uso de los feculentos, sobre todo en preparaciones secas, exigía mayor secresión salivar, forzando las funciones submaxilares y las parótidas, que debieron á este aumento de actividad en sus funciones un gran desarrollo, é influyeron en el maxilar inferior, abriéndole más en la parte posterior y produciendo en él, más grandes y profundas las excavaciones en que se alojan esas glándulas, con todo lo cual adquiere el rostro un corte especial, que le hace distinguirse perfectamente de un europeo.- La observación de estos caracteres especiales de la estructura y funciones en algunas partes del organismo de los indios y seguridad de su profunda modificación ó desaparición al primer cruzamiento con cualquiera raza ó casta que tenga por origen la europea, la africana ó asíatica, ha tomado notables proporciones y es de una trascendental importancia después del descubrimiento de los restos del hombre fósil en el Valle de México.- Encontráronse estos restos al pie y por la parte Norte de la pequeña montaña aislada en el valle de México, conocida con el nombre de Peñón de los Baños ó del Marqués; rodea á esa montaña una esplanada de toba caliza silicífera muy dura, en cuya roca se hallan incrustados los restos de aquel hombre, y el descubrimiento se debió á los trabajos que allí se practicaban, extrayendo piedras para construcción, desgranando grandes rocas con dinamita.- La remotísima antigüedad que acusan esos restos incrustados en la roca y la presencia de caracteres en la dentadura, iguales á los que se registran hoy en la raza indígena, y comprobada la observación de que esos caracteres se pierden al primer cruzamiento, hacen indudable la consecuencia de que la raza indígena se ha mantenido sin mezcla desde los obscuros tiempos prehistóricos hasta nuestros días. Adviértese en la dentadura de ese hombre fósil (que se haya perfectamente conservada sin haber perdido siquiera el esmalte), que el canino está substituido por un molar, de la misma forma que tiene el de los indios que hoy existen; faltan los molares posteriores llamados del juicio; la forma del maxilar es muy semejante y no hay imbricación, apareciendo colocados los dientes de ambos maxilares en perfecta superposición y sobre un mismo plano, y aún puede notarse el gasto de ese esmalte, en las mesas de los molares.- En todos los cráneos que se han encontrado en otras partes del mundo, el canino se presenta más fuerte y desarrollado en proporción que el cráneo pertenece á una época más retirada de los tiempos actuales de la humanidad.- La existencia del hombre en América en el período geológico que denuncia el hombre fósil de México, y los caracteres observados en sus restos, dan ocasión á suponer autóctonas las razas que poblaron el Continente americano, porque esos caracteres, ó fueron propios de esas razas,   —255→   desde sus primeros abuelos, ó los adquirieron en fuerza de la selección natural por evoluciones progresivas; y sus profundas modificaciones y su pérdida son, ó la vuelta al carácter de antiguos progenitores por una metamórfosis regresiva, ó la falta de preponderancia de transmisión, propia de una raza primitiva. En el segundo de estos casos sería necesario suponer que si el hombre de América procedía del mismo orígen que los primitivos habitantes de las demás partes del mundo, su antigüedad era tal, que había alcanzado en la época del hombre fósil de México un progreso de que está muy lejos todavía el organismo humano en las otras partes del mundo, y que esta variación, por el aislamiento absoluto de las razas que la habían adquirido, se ha conservado hasta nuestros días. Ni se puede tampoco decir que la alimentación del clima influyera para producir esos caracteres de las razas indígenas de México, porque los animales herbívoros como el caballo y el asno, ó frugívoros, como el jabalí y los monos, no han llegado á perder el canino; porque la alimentación de los indígenas fué siempre la misma que la de todas las razas primitivas en el mundo; porque en el territorio ocupado por esas razas, en la parte mexicana del Continente, se encuentran todos los climas y todas las altitudes geográficas que puedan suponerse, y sin embargo, no se encuentra gran diferencia entre ellos; y finalmente, porque si efecto fuera de las condiciones del lugar habitado, estas condiciones, ayudadas eficazmente por la preexistencia y fijeza de aquellos caracteres, habrían sido causas para impedir la fácil desaparición de esos caracteres, facilidad de desaparición y de profunda modificación que indica con seguridad la pureza de la raza indígena y su completa diversidad de las que con ella se han cruzado.- Queda, pues, el extremo de decir, aunque sin poderlo afirmar definitivamente, que las razas americanas son autóctonas y en un grado de progreso superior al de las otras razas, pues si por progreso debe entenderse la acumulación de los caracteres que en un organismo son útiles y necesarios para sostener la lucha por la existencia, y la desaparición más ó menos completa de los inútiles y perjudiciales poseídos por anteriores generaciones, es indudable que los indios estaban en una evolución más avanzada, pues conservando en estado ya rudimentario, los mismos órganos que en estado rudimentario tienen los individuos de las otras razas, como las mamilas en el sexo masculino, habían perdido la barba y el pelo en el cuerpo, la muela del juicio, y adquirido un molar nuevo, substituyendo el canino que en las razas más avanzadas en Europa subsiste todavía en estado rudimentario.- Darwin acepta, para definición del progreso con Baer, la extensión de la diferencia de las partes de un mismo sér y la especialización de estas partes para diferentes funciones, sólo agregándole, en el estado adulto; Milner Edwars, siguiendo el fecundo principio de Claudio Bernard sobre la división del trabajo fisiológico, habla del progreso de un organismo como perfeccionamiento de la división de ese trabajo; pero la adquisición y persistencia de un órgano nuevo útil, lleva invívita por las mismas condiciones de este órgano, la división fisiológica   —[256]→   del trabajo, por las funciones de que él se encarga, librando de ellas á la parte del organismo que antes la ejecutaba, y la pérdida de órganos inútiles descarga al organismo del trabajo de la nutrición de ellos, permitiéndole aplicar esa fuerza economizada al desarrollo de otros nuevos necesarios, ó al menos, útiles á la lucha por la existencia. Todas estas condiciones se cumplen en las diversas modificaciones que en la estructura y funcionalismo de las razas indígenas se notan para establecer la distinción entre ellas y las demás razas del mundo y prueban que esas variaciones y modificaciones constituyen una verdadera superioridad en su evolución progresiva.- Además, como prueba, aunque indirecta, de que esos caracteres observados en las razas indígenas son un progreso en el organismo, puede alegarse la facilidad con que todos esos caracteres se pierden ó degeneran por el cruzamiento, porque está comprobado por la experiencia que las razas muy perfeccionadas degeneran rápidamente sin una selección cuidadosa»14.

Los señores profesor don Alfonso Herrera y doctor don Manuel Vergara Lope, en el Catálogo de la Sección de Antropología del Museo Nacional, pusieron el párrafo siguiente:

«Respecto á caracteres étnicos diremos solamente que no es cierto les falten los caninos á los indios, como se había supuesto; y que si algunas veces carecen de las muelas del juicio, faltan éstas también con mucha frecuencia en los habitantes de Europa. Otro carácter que se quizo considerar también como extraordinario, es el de cierta falta ó escasez de barba y de vellosidades en el cuerpo; pero debe recordarse que los hombres del gran continente americano son lampiños15 y no tienen sino poco ó ningún vello en el cuerpo»16.

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Faltan datos suficientes para hacer generalizaciones precisas sobre la antropología de los pueblos indígenas mexicanos; pero, de un modo general, puede afirmarse que dichos pueblos son de una antigüedad remotísima y están compuestos de unidades de una poderosísima fuerza racial. Sólo una selección de muy largo proceso pudo hasta tal punto poner de acuerdo los caracteres de dichos pueblos con las condiciones del medio en que ellos vivían, que llegó a producir en el organismo humano de las unidades de esos mismos pueblos diferencias tan notables respecto a las demás unidades de la especie, cuanto lo son las que aquéllas presentan al examen más superficial. Ahora, si el objeto y fin de toda selección orgánica es lograr, hasta donde sea posible, la adaptación al medio, y es tanto más perfecto un organismo cuanto mejor alcanza esa adaptación, no cabe duda en que el organismo del indio es un organismo superior, como verdaderamente lo es. No en todas partes es posible la vida humana en el territorio nacional, como en otra parte dijimos; pero en los lugares donde lo es, el indio puede vivir a pesar de las diferencias de altitud, de clima, de humedad y de salubridad que existen entre esos lugares, si bien no en todos esos mismos lugares se multiplica de igual modo. El territorio nacional, de un modo general por supuesto, sólo produce maíz, chile y frijol, y el indio está hecho para vivir únicamente de esos productos. El territorio nacional carece de medios naturales de fácil comunicación, y el indio está conformado para hacer grandes marchas a pie. El territorio nacional carece naturalmente de medios de transporte, y el indio tiene un músculo especial que le permite ser animal de carga. El territorio nacional, por la variedad de sus condiciones meteorológicas, hace difícil la defensa artificial de la vida contra ellas, y el indio está acostumbrado a resistirlas desnudo. El territorio nacional, por la acción de múltiples circunstancias, tiene en su seno muchas, muy extensas y muy variadas zonas de enfermedad y de muerte, y el indio está hecho a vivir en muchas de ellas sin otra defensa que la fuerza de su propia selección. No pueden encontrarse en ninguna raza de las que habitan en América, mejores condiciones de adaptación al medio. A esas condiciones precisamente se debe que, ni por la guerra de exterminio que les declararon las razas blancas anglosajonas en los países del norte, ni por la esclavitud necesaria a que las sometió su cohabitación con las razas blancas latinas en los países del centro y del sur, hayan podido las razas indígenas ser extinguidas por completo. Las razas blancas en los países del norte no pudieron llevar la guerra contra las razas indígenas, sino hasta donde ellas mismas podían vivir; las razas latinas no llevaban su esclavitud sino hasta despojar a las indígenas de los terrenos que aquéllas necesitaban; pues bien, en los lugares a donde las razas blancas del norte no pudieron llevar la guerra sin perecer ellas mismas, y a donde las razas blancas del centro y del sur no llevaron su rapacidad por creer ésta sin objeto, las razas indígenas pudieron vivir y conservarse a través de los siglos. Esto indica de un modo evidente que, si las razas blancas podían considerarse superiores a las indígenas por la mayor eficacia de su   —258→   acción, consecuencia lógica de su más adelantada evolución, las razas indígenas podían considerarse como superiores a las razas blancas por la mayor eficacia de su resistencia, consecuencia lógica de su más adelantada selección. Ahora bien, entre las energías de acción y las de resistencia, ¿cuáles deben considerarse como superiores? Indudablemente las de resistencia. La acción se cansa más pronto que la resistencia. La raza española en América agotó sus energías como lo demuestra la debilidad de España misma y como lo demuestra en los países hispanoamericanos la debilidad de los criollos; en cambio, las energías indígenas se muestran en creciente desarrollo en los mestizos y se sienten palpitar en los indios.




Naturaleza antropológica y étnica de los mestizos

El elemento mestizo formado por el cruzamiento del elemento español y del elemento indígena no es una raza nueva, es la raza indígena, considerada como la totalidad de las razas indígenas de nuestro suelo, modificada por la sangre española. El señor general Riva Palacio, en la Historia Clásica (México a través de los siglos), tomo, parte y capítulo citados antes, dice lo siguiente: «El atavismo de la raza indígena no se manifiesta nunca entre los mestizos descendientes de indio, reproduciendo los caracteres puros de esa raza; y si el principio de la herencia hace alguna manifestación, es siguiendo siempre la línea española cuyos detalles de construcción se fijan de una manera más persistente en la descendencia, influyendo sólo el cruzamiento en las manifestaciones de esos detalles, modificaciones que han venido a constituir la raza de los mexicanos modernos, en la parte en que tienen ya caracteres propios, y que acentuándose más y más, llegarán a formar, con el transcurso de uno ó dos siglos, el verdadero mexicano, el mexicano del porvenir, tan diverso del español y del indio, como el italiano del alemán». Aunque esa razón no fuera exacta, el hecho antes afirmado tendría que ser, porque indudablemente hay en las unidades mestizas más sangre indígena que española, lo cual ha sido el efecto de muchas causas entre las cuales, las principales son: primero, la de que el cruzamiento de la raza española con la indígena se hizo por un número muy reducido de unidades de la primera en un número considerablemente mayor de unidades de la segunda; segundo, la de que ese cruzamiento se hizo en general por los varones de la raza española en las hembras de la raza indígena, y le faltó, por consiguiente, todo el contingente del elemento femenino español; y tercero, la de que si el elemento español consideraba inferior al elemento criollo de sangre pura, consideraba como confundido con el indígena al elemento mestizo, y como al indígena lo repugnaba en tanto que al elemento mestizo, aunque por su naturaleza híbrida lo repugnaba como al indígena, lo repugnaba en un grado considerablemente menor y no hasta el punto de evitar su cruzamiento con él. Todo esto se entiende durante la época colonial. A partir de la Independencia, los principios de igualdad republicana han ido borrando poco a poco las diferencias étnicas entre los distintos elementos de la población; pero más entre los mestizos y los indígenas que entre los extranjeros y criollos,   —259→   por una parte, y los mestizos e indígenas por otra. A consecuencia de esa circunstancia, y de la de que los mestizos desde el Plan de Ayutla han necesitado el concurso de los indígenas para luchar con los extranjeros y con los criollos, los mestizos han ido absorbiendo poco a poco a los indígenas, y de hacerse las reformas que en estos estudios proponemos, es seguro que llegarán a incorporárselos en su totalidad en un futuro no muy lejano. Buena prueba da de lo anterior la comparación entre la distribución de la población a principios del siglo pasado, y la que resulta del último censo oficial. La población de Nueva España en 1804, según los datos de Humboldt, ascendía a 6.122.354 habitantes, de los cuales, 1.300.000, es decir, una quinta parte, poco más o menos, eran mestizos. En la actualidad, los mestizos suman la mitad, poco más o menos, de la cifra total de la población. En el siglo que media entre los datos de Humboldt y del último censo oficial, es a todas luces evidente que el número de indígenas ha disminuido considerablemente, y su diminución, si bien ha obedecido a causas muy numerosas y muy complexas, reconoce como causa principal la evolución de la raza intermedia o mestiza.

Ahora bien, para dar idea de la fuerza étnica individual de los mestizos, no necesitamos más que copiar algunos párrafos escritos por un criollo señor, insigne en las letras patrias. El señor don Francisco Pimentel, (Memoria presentada al Emperador Maximiliano, sobre las causas que han originado la situación actual de la raza indígena de México y medios de remediarla), dice lo siguiente: «Pero la mezcla de los indios y de los blancos, dirán algunos, no produce una raza bastarda, una raza mixta que hereda los vicios de los otros? La raza mixta, respondemos, sería una raza de transición; después de poco tiempo, todos llegarán á ser blancos [...]. Por otra parte, no es cierto que los mestizos hereden los vicios de las dos razas, si no es cuando son mal educados; pero cuando tienen buena educación, sucede lo contrario, es decir, heredan las virtudes de las dos razas. El Sr. Alarcón ha observado y con mucha verdad, que los mestizos son susceptibles de todo lo bueno y de todo lo malo [...]. Vamos á exponer ahora, las cualidades buenas y malas que todo el mundo observa entre los mestizos, para que se conozca el partido que de ellos puede sacarse. Mientras que el indio es sufrido, el mestizo es verdaderamente fuerte, así es que le vemos entregado á los trabajos más rudos: en el campo, doma toros y caballos, en las artes, es herrero, carpintero ó cantero: en las minas él es quien resiste las labores del tiro ó de la hacienda de beneficio, trabajos en que toman parte aún las mujeres de su raza, como las que llaman pepenadoras, las cuales se ejercitan en partir los minerales más duros con pesados martillos. El mestizo es valiente, y la prueba es que de su raza salen los únicos buenos soldados en que confían los jefes mexicanos. Los rancheros del campo, los léperos de nuestras ciudades, son gente de un mirar firme y seguro, en su porte confiado, dan á conocer la audacia que los distingue. Ven con desprecio á los indios; pero entre sí, ó son amigos generosos y   —260→   leales, ó enemigos encarnizados: con la navaja ó el cuchillo, se baten valerosamente en los lugares más públicos, sin que la justicia logre nunca arrancarles una declaración que pueda tomarse por bajeza, ó deseo de vengarse por mano de otro: el mestizo desprecia á su enemigo, ó toma por sí mismo la venganza. Los mestizos fueron los que sostuvieron la guerra de Independencia, y son los que forman las cuadrillas de salteadores audaces que infestan nuestros caminos». No tenemos que agregar una palabra más.




Fuerza selectiva de los elementos indígenas y mestizos de nuestra población

Al entrar al estudio de la fuerza selectiva de los elementos fundamentales de nuestra población, comenzamos por referirnos a un punto que dejamos en otro lugar sin las debidas explicaciones. Dijimos que las razas blancas podrían considerarse como superiores a las indígenas por la mayor eficacia de su acción, consecuencia lógica de su más adelantada evolución, y que las razas indígenas podrían considerarse como superiores a las blancas por la mayor eficacia de su resistencia, consecuencia lógica de su más adelantada selección. Aquí creemos necesario poner un nuevo apunte científico.




Apunte científico sobre las formas de la evolución correlativas a las formas de la selección, resultantes de la influencia de la forma y extensión del medio geográfico sobre la población

La evolución siempre será el resultado de la selección; pero según sean las formas de la selección, serán las formas de la evolución resultante. Podemos distinguir entre las muchas formas que reviste, dos que son las pertinentes para nuestro objeto: la selección que llamaremos individual, y la que llamaremos colectiva. La selección que se hace en un grupo social para asegurar la supervivencia de los individuos más aptos es la individual; y la colectiva es la que se hace entre varios grupos sociales para asegurar la supervivencia de los más aptos también. La selección que hemos llamado individual, conduce de preferencia a la adaptación de los individuos al medio, y la selección que hemos llamado colectiva, conduce, de preferencia también, a la perfección de los individuos.

En un grupo social aislado, la incesante selección individual, resultado de la lucha general entre todos los individuos, de por fuerza produce la progresiva supervivencia de los más aptos; ¿de los más aptos para qué?; sin duda para la vida individual, o sea para acomodarse a las condiciones, por un lado, naturales, y por otro, sociales, en que su vida individual se desarrolla; pero entre unas y otras de esas condiciones, tienen que ser dominantes las primeras, o sean las del medio, supuesto que en suma las sociedades se ajustan a ellas. Tiene que ser así, porque los aptos no lo son sino por razón de contar, en mayor grado que los otros, con las fuerzas que les dan sus instintos y sus facultades intelectuales; pero los primeros no podrán salir del círculo de las necesidades de conservación y de multiplicación, determinadas por las condiciones del medio físico, y las segundas, no podrán pasar del horizonte que les marque el conocimiento de esas mismas condiciones para satisfacer mejor aquellas necesidades. De consiguiente, la progresiva supervivencia de los aptos, aunque no deja de influir sobre el desarrollo social en el sentido del progreso del conjunto, se traduce de preferencia en el sentido de un perfeccionamiento progresivo animal.

Cuando un grupo social está en contacto con otros, desde que llega a tener existencia integral sensible, comienza para él la selección colectiva, es decir, la lucha de grupo   —261→   a grupo, que asegura la superposición del más apto; ¿del más apto para qué?; para sostener su vida colectiva contra el empuje de los demás. Esa selección determina en varios grupos, si las condiciones del medio son propicias, la superposición de unos grupos, los más aptos, sobre los otros, y la formación consiguiente de grupos de superior estado de integración. Al formarse estos grupos, si las condiciones de su situación no los obligan a nuevas luchas, entonces, terminada dentro de ellos la contienda de los grupos interiores, se afloja la fuerza integral que determina su acción exterior, y esa fuerza se distribuye entre las unidades, aumentando, como es consiguiente, la acción de éstas, lo que activa la selección en el sentido de la depuración animal, según ya dijimos. Si, por el contrario, las condiciones de su situación los obligan a nuevas luchas, entonces la fuerza integral asciende a expensas de la individual y asegura la formación de estados cada vez más extensos y cada vez mejor integrados. En éstos, a medida que crecen en extensión y en fuerza integral, disminuyen la amplitud y la intensidad de la acción del individuo; pero en sentido opuesto, merced a la ley económica de la división del trabajo, crecen el bienestar y la felicidad del mismo individuo, lo cual produce el progresivo perfeccionamiento de este último. Sobre este particular no creemos necesario insistir, y sólo llamamos la atención de nuestros lectores hacia el hecho de que, contra lo que sostienen a diario casi todos nuestros publicistas, a mayor libertad individual no corresponde mayor sino menor progreso; los individuos de mayor libertad son los salvajes; a medida que el progreso avanza y que la civilización florece, la libertad individual se restringe. La selección colectiva, pues, por lo mismo que restringe la libertad individual, favorece la vida social, y la vida social en que, también contra lo que proclaman a diario todos nuestros publicistas, hacen más por la vida de cada individuo los demás miembros sociales que el individuo mismo, facilita de tal modo la vida individual que la perfecciona y, por lo tanto, si en los compuestos sociales muy integrados la selección animal degenera mucho, produciendo tipos de raza de muy débiles condiciones de adaptación al medio, en cambio la evolución avanza rápidamente produciendo tipos de raza de muy altas condiciones de evolución superorgánica. Las dos formas de la selección producen resultados que se excluyen mutuamente, y que, debidamente equilibrados, se compensan. Dos ejemplos darán mejor la idea general de todo lo que llevamos expuesto. China, a virtud de su aislamiento, ha dejado por muchos siglos de tomar parte en las luchas de la selección colectiva, y en ella el predominio de la selección individual ha producido una raza muy fuerte y muy numerosa, una raza cuyas unidades están tan adaptadas al medio físico que con facilidad se acomodan a cualquier otro, y en él viven en condiciones en que no pueden vivir las demás unidades humanas; pero esa raza, detenida en su evolución colectiva, es una raza débil y atrasada, muy atrasada. Francia, por el contrario, a virtud de su entusiasmo por todas las empresas de redención y de su apasionamiento por la gloria militar, ha tomado parte en casi todas las luchas de la selección colectiva europea y ha llegado a producir los más perfectos tipos de perfección humana; pero ha acabado por detener, o cuando menos, por restringir, el trabajo interior de su selección individual, motivo por el cual su población tiende a disminuir. Las condiciones geográficas y topográficas del territorio que los pueblos ocupan, determinan generalmente la forma de su selección y, por lo tanto, la dirección de su destino. Los pueblos asiáticos, habitantes de amplia mesas y extensas llanuras, han sido pueblos de selección individual; los europeos, habitantes de estrechas penínsulas, han sido pueblos de selección colectiva. Por eso en los primeros, las razas son de unidades más numerosas y más fuertes, y en los segundos, las razas son de unidades más perfectas.

La forma geográfica en que quedó la América desde el hundimiento de las extensas tierras, a que la ciencia supone que estaba antes unida por Oriente y por Occidente, la extensión de las dos grandes fracciones en que naturalmente quedó dividida, la   —262→   distribución en ellas de las amplias zonas de plantas de alimentación, y la extrema división de esas zonas por la colocación de las montañas, determinaron, en primer lugar, el aislamiento casi absoluto del continente que la misma América quedó formando respecto de los demás; en segundo lugar, el aislamiento relativo de la población de las dos grandes fracciones del mismo continente; y en tercer lugar, el aislamiento de cada grupo primitivo con respecto a los otros, porque tan luego que alguno hacía sentir su acción de un modo vigoroso sobre los demás, éstos huían y siempre encontraban en su fuga otros lugares en donde establecerse, poco más o menos iguales, a los que abandonaban. Ese estado de cosas se prolongó en el norte hasta que dichos grupos se aglomeraron en la región ístmica, y allí tuvo lugar el choque de los unos contra los otros, la superposición de los de unidades más fuertes y mejor integradas sobre los demás, y el principio de formación de un estado de cierto adelanto evolutivo; pero hasta tanto que los grupos expresados llegaron a reunirse y a encontrarse en la necesidad de luchar los unos contra los otros, en cada uno de ellos la selección duró larguísimo período de tiempo y formó, como era natural, unidades de raza de una fuerza colosal de adaptación. Como los mismos grupos no comenzaron su selección colectiva, sino hasta que llegaron a aglomerarse en la región ístmica, lo cual ya fue en una época relativamente moderna, dicha selección apenas comenzaba a esbozar la formación de un estado de cierta extensión y de cierta fuerza integral, cuando aparecieron las razas blancas.

En Europa sucedió precisamente lo contrario. La distribución de los primeros pueblos en torno del Mediterráneo, la aglomeración de ellos en los estrechamientos de las penínsulas, y los frecuentes choques que sufrieron de los pueblos asiáticos y africanos, fueron determinando que dentro de cada cual, se hiciera a expensas de la libertad individual, una integración que hizo adelantar mucho la selección colectiva, merced a la cual se hizo la superposición de pueblos que dio lugar a la formación de uno de los estados más extensos y mejor integrados que ha habido jamás en la tierra, y que fue el romano. Disgregado éste en grandes fracciones, estas últimas, por su distinta situación y por sus distintas condiciones, mantuvieron de un modo constante las luchas y, por lo mismo, produjeron una renovación incesante de los objetivos de la selección, haciendo avanzar el estado evolutivo de los pueblos nuevos. Como el excesivo desarrollo de la selección colectiva reduce los efectos de la selección individual, el constante estado de guerra en que los nuevos pueblos vivían, habría comprometido gravemente, sin duda, su supervivencia, si no hubieren venido a restablecer en ellos el juego equilibrado de la selección individual, las periódicas invasiones asiáticas. Esas invasiones renovaron las fuerzas de las razas europeas, que llegaron a ser a la vez fuertes en sus unidades y adelantadas en su evolución, en su progreso. En uno de sus períodos de mayor fuerza y de mayor adelanto, vinieron a América.

Creemos, pues, tener razón al afirmar que las razas de más adelantada evolución tienen más acción, y que las razas de más adelantada selección tienen más resistencia. Esta afirmación, apoyada en todas las razones antes expuestas, autoriza esta otra que ya también hicimos: las razas de resistencia son más fuertes que las razas de acción. En el choque de dos razas rara vez deja de producirse la mezcla de ellas, y en el producto intermedio, a nuestro juicio, domina, como lo indica el señor Riva Palacio, la sangre de la raza más resistente.




Vuelta al punto de la fuerza selectiva de los elementos indígena y mestizo de nuestra población

Dada la poderosa fuerza étnica y selectiva de los elementos indígena y mestizo, o mejor dicho, mestizo e indígena, estos elementos no serán vencidos por los demás interiores del país. Supuesto que existe todavía la raza indígena pura en sus diversas familias, y supuesto que la raza mestiza no es, en suma, más que la raza   —263→   indígena modificada ventajosamente por la sangre española, es claro que deben dominar en ambas razas, como dominan en efecto, las características de su muy avanzada selección. Ni la indígena ni la mestiza, a pesar de la mejoría que ésta ha logrado, se distinguen, como ya hemos tenido ocasión de decir, ni por su hermosura, ni por su cultura, ni en general por los refinamientos de las razas de muy adelantada evolución, sino por las condiciones de su incomparable adaptación al medio, por las cualidades de su portentosa fuerza animal. Pasando aquellas condiciones y estas cualidades por el tamiz de un análisis estrecho y riguroso, se ve que las más grandes de ellas son, primero, la sujeción absoluta a la alimentación de maíz; y segundo, la costumbre de vivir casi a la intemperie.

La alimentación de maíz es de incomparable fuerza de nutrición. De un modo general, puede dividirse esa alimentación en tres grados: el que pudiéramos llamar simple, que se compone sólo de maíz, sal y agua, y que es propio de los indígenas pobres; el que pudiéramos llamar completo, que se compone de maíz, sal, chile y pulque, que es el de los indígenas que gozan de bienestar; y el que pudiéramos llamar compuesto, en el que además de maíz, sal, chile y pulque, entran el trigo, la carne y los demás alimentos y condimentos, sin que deje de ser el maíz el alimento fundamental, que es el grado de la alimentación de la mayor parte de los mestizos. El grado compuesto permite al individuo hacer todos los trabajos, dedicarse a todos los ejercicios y desempeñar todas las funciones, hasta las del pensador y del genio; el grado completo permite al individuo todas las funciones de la vida en trabajo material constante y activo, permitiendo a los grupos sociales en conjunto desarrollarse, multiplicar sus unidades y prosperar; el grado simple permite al individuo mantenerse en pleno trabajo físico; pero puede notarse que los grupos sociales que se sostienen con la alimentación de ese grado no se desarrollan bien, no multiplican sus unidades, como las del grado completo, y no prosperan. De todos modos, en nuestro país, lo mismo los indígenas que los mestizos pueden vivir por tiempo indefinido sin más alimentación que la del grado simple. Esa alimentación, sin embargo de ser en apariencia tan miserable, da al indígena fuerza muscular de una intensidad y de una continuidad superiores a la fuerza media humana, e igual, si no superior, a la del caballo, y grandes fuerzas intelectuales. En efecto, la alimentación del grado simple, consistente en unas cuantas tortillas y unos cuantos granos de sal, bastan a un indio para hacer a pie las jornadas de un caballo (de quince a veinte leguas, y nosotros mismos lo hemos podido ver), y para hacer esas jornadas llevando a cuestas un peso medio de ochenta kilos. La misma alimentación del grado simple ha dado al mestizo energías suficientes para sostener largas campañas y empeñadas luchas. El elemento mestizo de la población hizo las guerras de la Independencia, de la Reforma y de la Segunda Independencia, comiendo tortilla y sal. Con esa misma alimentación ha hecho la paz presente. En cuanto a la falta de abrigo, lo mismo pasa. Todos los extranjeros que vienen a nuestro país se   —264→   asombran de lo abierto y desabrigado de nuestras habitaciones. Aun en nuestras ciudades, es raro el uso de las chimeneas. Los europeos y americanos que nos visitan se mueren de frío en nuestras mejores casas, durante la noche, por falta de calefacción. Ahora bien, si eso es en nuestras ciudades, donde reside la parte más fina y delicada de nuestra población, huelga considerar lo que sucede en los ranchos, donde habitan los mestizos, y en las montañas donde viven los indígenas. En nuestras haciendas, apenas se usan los vidrios en las ventanas; en muchas casas de adobe no se conocen las puertas; en pueblos enteros las casas son de cerca, o sea de paredes de piedras simplemente amontonadas; muchas casitas hay en las montañas que cierran el Valle de México, hechas de varas entrelazadas, torteadas de lodo y techadas con zacatón. Las casitas donde se instalan los milperos para cuidar las cosechas antes de ser recogidas están hechas de ramas, y en ellas viven aquéllos durante los primeros días del invierno. Pues todavía hay más: los mestizos y los indígenas pueden pasarse sin hogar durante mucho tiempo; largas peregrinaciones religiosas se hacen en nuestro país, en que los peregrinos caminan largos días a pie y duermen donde les alcanza la noche. Y eso que apenas visten muchos mestizos un mal pantalón de casimir o de cuero y camisa, y la mayor parte de los indígenas camisa y calzones de manta. Muchos indígenas andan casi desnudos. Pero todavía hay algo más notable. Como la configuración de nuestro suelo es tan desigual, y ofrece una infinita variedad de condiciones, que produce grandes diferencias de un lugar a otro, los mestizos y los indígenas sufren relativamente poco los efectos de esas diferencias. Lo mismo viven en las regiones bajas y calientes que en las montañas altas y frías; con la misma facilidad con que recorren largas distancias en las llanuras de la altiplanicie, las recorren en las quebraduras de las vertientes exteriores de las cordilleras; tan familiares les son los vientos fríos del norte como las tibias brisas de los dos océanos; lo mismo resisten las pulmonías que las fiebres palúdicas; lo mismo se acostumbran a los apaches en el norte que a los alacranes y a las víboras en las costas. Para cambiar de un lugar a otro no necesitan preparación. Para trabajar en un lugar distinto de su nacimiento no necesitan acondicionamiento previo. Son, en suma, plantas fuertes y vigorosamente aclimatadas en nuestro suelo, y no plantas delicadas que necesitan muchos cuidados como los colonos del señor ingeniero Gayol. De los extranjeros y de los criollos no puede decirse otro tanto. Toda lucha interior de castas entre esos dos elementos, por una parte, y los mestizos y los indígenas, por otra, ya sea esa lucha lenta e insensible, ya violenta y fulminante, acabará por la inevitable victoria de los segundos. No podrán confundirse en un solo elemento, sin la intervención de circunstancias especiales, porque la selección colectiva en unos y la selección individual en otros, les ha dado a éstos distinta modelación sociológica que a aquéllos. Es indispensable, pues, para que todos juntos formen la verdadera población nacional, que los dos menos numerosos se disuelvan en los dos que lo son mucho más, sufriendo las unidades de los unos la presión   —265→   de las unidades de los otros, hasta que todas tengan una modelación igual, como en los Estados Unidos pasa.

Los extranjeros y los criollos, por lo demás, corroboran su acreditada sagacidad al pretender que, de un modo artificial, se imponga a la población ya existente una numerosa población compuesta de inmigrantes, porque todos los inmigrantes acrecerán los grupos y clases que ellas forman, y sólo de un modo artificial podrán venir. Espontáneamente no vendrán, porque en el país todo grupo inmigrante será vencido y rápidamente eliminado.

Los inmigrantes europeos necesitan pan, necesitan habitaciones abrigadas, necesitan vestido, todo lo que indica el señor ingeniero Gayol, y todo ello para venir a hacer un trabajo que las solas rudezas del suelo tienen que reducir a un mínimo despreciable; el trabajo del europeo en nuestro país tendrá que ser siempre inferior en intensidad y en continuidad y, por consiguiente, en rendimiento, al del mestizo y al del indígena, y costará mucho más. El salario obrero en nuestro país apenas basta en tiempos normales para mejorar la alimentación del grado completo, para vestir pobremente y para habitar en una pieza donde penetre el sol y no se filtre la lluvia; y en caso de competencia, puede descender hasta la alimentación del grado simple, hasta la manta por todo vestido, y hasta la casa de cerca o de ramaje por toda habitación. El jornal de los campos apenas basta en tiempos normales también para mejorar la alimentación del grado simple, para vestir de manta y para habitar en casa de cerca o de ramaje; y en caso de competencia, podría descender hasta ceñirse estrictamente a esas condiciones. Para que la competencia con el inmigrante europeo pudiera decidirse en favor de éste, sería indispensable que ese inmigrante se conformara con un salario o un jornal inferior al que sirve para comer tortillas con sal, para vestir de manta y para vivir en casas de ramaje o de cerca; y para ganar ese salario, de seguro no vendrá, como en efecto no viene. Todo esto, por supuesto, en tiempos normales. En los actuales tiempos en que los jornaleros nacionales no alcanzan a proporcionarse con su jornal ni tortillas con sal, ni vestido de manta, ni casa de cerca o de ramaje; en los tiempos actuales, en que hasta nuestros jornaleros emigran empujados por la miseria, menos podrán venir inmigrantes europeos, y los que lleguen a venir por el engaño de algún cebo especial, pronto serán arrebatados por las corrientes que se están llevando nuestra población trabajadora a los Estados Unidos.

La inmigración asiática, que se compone de unidades que son también de muy avanzada selección, sí podría ser posible en nuestro país en condiciones normales; pero siempre será difícil, porque no podrá contar con el arroz, y sólo venciendo muy grandes dificultades, se acomodará a la alimentación de maíz del grado simple. En la actualidad, por supuesto tampoco esa inmigración es posible, y buena prueba de ello da el hecho real y concreto que la prensa nacional hace cada vez más notorio de que los japoneses y chinos que han venido al país, atraídos poco más o menos por los procedimientos del señor ingeniero Gayol, han sido arrebatados por las corrientes de población   —266→   que se llevan la nuestra a los Estados Unidos, y los que han quedado se encuentran en una condición de sobra infeliz. Suponiendo, sin embargo, que esa inmigración sea posible y práctica, no nos traerá unidades de población superiores a las nacionales, porque lo que constituye la fuerza de aquéllas, esa fuerza ante la que retroceden las similares de los Estados Unidos en las luchas del trabajo, es la que resulta de su muy adelantada selección, y esa fuerza existe en igual o mayor grado en nuestros nacionales.

Por ahora, la raza indígena se resiente de su atraso evolutivo, y la mestiza lucha entre el atraso evolutivo de los indígenas y la acción contraria de los criollos y de los extranjeros. Por algún tiempo todavía, existirá la línea de separación que aparta a los indígenas de los mestizos, y éstos, oprimidos por los criollos y los extranjeros, tardarán en desarrollarse plenamente; pero como ya dijimos y lo demostramos en el capítulo de «El problema político», los mestizos consumarán la absorción de los indígenas y harán la completa fusión de los criollos y de los extranjeros aquí residentes a su propia raza, y a consecuencia de ello, la raza mestiza se desenvolverá con libertad. Una vez que así sea, no sólo resistirá el inevitable choque con la raza americana del norte, sino que en ese choque la vencerá. La raza americana se ha formado con muchos elementos de razas distintas, pero de razas afines que fácilmente podían fundirse unas en otras y que podían distribuirse entre sí las ventajas de sus mutuas competencias. Ha llegado a un alto grado de desarrollo, ha logrado un abundante florecimiento y ha alcanzado frutos de asombrosa prosperidad; pero todo ello se ha debido a haber ocupado un territorio propicio para una inconmensurable producción agrícola. Su grandeza es el resultado del desarrollo interior y sin tropiezos exteriores de los diversos elementos que la han compuesto; pero todos esos elementos han sido de razas de muy avanzada evolución, y no podrían resistir el choque de pueblos de más adelantada selección que se unan a ellos. Buenas pruebas dan de la afirmación precedente las leyes de expulsión de las razas asiáticas. Si los chinos y los japoneses han sido excluidos de la agregación de elementos étnicos que forman los Estados Unidos, se debe a que las unidades de trabajo de los Estados Unidos no pueden competir con ellos en las luchas de ese mismo trabajo. Ahora bien, los jornaleros mexicanos, a pesar de su desgraciada condición actual, son más fuertes que los norteamericanos, supuesto que son llamados a los Estados Unidos. Al producir México una gran población, es seguro que enviará a la población inferior de los Estados Unidos una enorme cantidad de unidades que minarán la solidez de ese país, porque sin afinidades con la raza norteamericana no se confundirán con ella. Podrá decirse que el llamado de los jornaleros mexicanos no significa en éstos exceso de fuerza, sino falta de necesidades; pues bien, esa falta de necesidades, esa posibilidad de vida con poco gasto y poco dinero es, en materia de jornal, una fuerza, porque decide la competencia en su favor. Ahora bien, cuando en nuestra raza la absorción de los indígenas, y la incorporación de los criollos y de los extranjeros determine la definitiva   —267→   formación de los mestizos y eleve a éstos de nivel, como indudablemente sucederá, entonces, nuestra población compuesta de unidades superiores a las indígenas que ahora van a los Estados Unidos, hará sentir con mayor intensidad en ellos su acción y su poder. Lo porvenir nos guarda muchas sorpresas.

Como creemos haber demostrado hasta la evidencia, la distribución de la población en el país, no obedece ni a incapacidad ni a insuficiencia de las unidades que esa población componen; obedece en nuestro país, como en todos los continentes en conjunto, como en todas las naciones en particular, a las diversidades de condición del medio físico, que hacen desiguales las condiciones de la adaptación de la especie humana a los diversos lugares de ese medio. Siempre será en los Estados Unidos más densa la población en el este, donde se encuentra la cuenca del Mississipi, que en el oeste. Cualquiera que sea el número de habitantes que la República llegue a alcanzar, y cualesquiera que sean las capacidades de las razas que formen ese número, dichos habitantes, como ya demostramos, estarán siempre más o menos distribuidos del modo en que lo están los que ahora existen; siempre la población más densa ocupará la zona fundamental de los cereales. Por consiguiente, el esfuerzo de colocar población extraña en puntos, hasta ahora no ocupados de un modo normal por la población nuestra, para igualar el censo de los puntos ocupados por esta última, será inevitablemente inútil. El trabajo de llenar los huecos que en nuestro territorio haya dejado la población nacional, es un trabajo que forzosamente corresponderá a esa misma población. Ya hemos dicho que la zona fundamental de los cereales, por ser la zona propia de la producción de éstos, es la zona esencialmente productora de la población. Ahora bien, en los presentes momentos, dicha zona no produce toda la población que es capaz de producir. La producción de la población tiene que estar sujeta, ante todo, a la producción agrícola fundamental, o sea a la producción de cereales y de los artículos complementarios de la alimentación, y entre nosotros, de preferencia, a la producción de maíz, de frijol, de chile y de pulque. Siendo ésta ahora, como es, bien reducida por las múltiples causas detalladamente expuestas en los presentes estudios, la producción de población tiene que ser bien reducida también. Cuando esas causas desaparezcan, el solo crecimiento de la población nacional bastará y sobrará para llenar todo nuestro territorio, localizándose, con más o menos modificaciones en particular, del modo general en que se encuentra localizada la que hoy existe, y guardando, con más o menos modificaciones locales, las diferencias generales de densidad que ahora guarda. Siendo así, como inevitablemente será, el progresivo ensanchamiento de la zona fundamental de los cereales y de las zonas secundarias, a virtud de los trabajos que indicamos al estudiar el problema de la irrigación, el desbordamiento natural de la población fija de dicha zona y el correlativo ensanchamiento de los centros mineros e industriales, irán cubriendo poco a poco los grandes desiertos que tenemos al norte, haciendo en ellos, por el lento trabajo de una agricultura perseverante y   —268→   tenaz, la modificación gradual y progresiva de las condiciones naturales que ahora son para ellos algo como una maldición; fijada en ellos la agricultura, entorpecerá el paso de las corrientes de aire que del norte bajan, disminuirá la rápida evaporación que esas corrientes producen, determinará la formación de nuevas corrientes de aire con vapores capaces de producir lluvias de normal precipitación, y la población tal vez podrá multiplicarse en ellos como ahora en la zona fundamental. Las tierras calientes no dejarán de diezmar la población; pero a virtud del crecimiento de la que ocupe la zona fundamental, y de las corrientes de derrama de ella, podrá renovarse constantemente la que esas tierras ocupe, y se mantendrá en esas mismas tierras un efectivo que, guardando la debida relación con el de las demás regiones del territorio, elevará considerablemente el censo actual sin necesidad de los odiosos enganches.

Lo importante, lo necesario, lo indeclinable para que todo lo que acabamos de exponer tenga lugar, es modificar la actual construcción social de la población, dislocando su estratificación presente y dándole un acomodamiento distinto que permita un equilibrio de mayor estabilidad y de mayor firmeza a la colocación de las capas sociales, y una mayor libertad de vida, de movimiento y de acción a cada una de las unidades integrantes de esas capas. Sobre este particular no insistimos ahora porque será la materia del capítulo siguiente.

En las condiciones de distribución expresadas antes, y con las condiciones de facilidad que determinará el cambio de la construcción social presente, el crecimiento de la población se activará de un modo que ahora parece imposible. Ese crecimiento comenzará por el de la zona fundamental, y se irá extendiendo a todo el país en relación con el orden de sucesión en que las regiones de la República permiten la vida humana. El mismo crecimiento determinará, desde luego, un vivo movimiento en el sentido indicado; pero hasta tanto no comience a extenderse en el mismo sentido la población fija o sedentaria nacional, la verdadera colonización de las regiones, hoy despobladas, comenzará, y esa colonización será obra de la propia población. Hasta en los Estados Unidos, país de gran inmigración, sucede así. Sobre este particular, el señor ingeniero Covarrubias (Observaciones acerca de la inmigración y la colonización) dice lo siguiente: «Los colonos formales proceden siempre de las ciudades industriales del Este, y son, ó bien obreros escandinavos, alemanes del Norte, ó anglo-canadenses, que han reunido algunas economías y han resuelto establecerse por su cuenta, ó bien hijos de las antiguas familias plantadoras del Este que van a las llanuras del Oeste, á implantar importantes negociaciones agrícolas, ó también, aunque pocas veces, grupos de individuos como los mormones y los ameronitas rusos que, ligados por las mismas creencias religiosas, emigran al Oeste, no para enriquecerse, sino simplemente en busca de tranquilidad. De esos colonos, sólo los que van á establecer pequeños negocios, proceden del contingente que da la emigración. Ellos no serían por sí solos, capaces de poblar   —269→   una comarca, y sus tímidas empresas, no serían capaces de imprimir esa enérgica marcha que se observa en las tierras nuevas del Oeste americano. Los verdaderos pobladores que introducen el capital y que dan al país una fisonomía especial, son los americanos nacidos en el país y educados en ese medio activo y ambicioso».

Si todo el terreno útil que abarca la zona fundamental se pusiera en cultivo, en un cultivo igual al de la propiedad ranchería, al de la pequeña propiedad individual, siquiera al de la propiedad comunal indígena, la producción, y con ella la población, ascenderían hasta alcanzar proporciones colosales. La zona fundamental no es por ahora muy grande, pero por sí misma y por sus posibles ampliaciones, podría producir una gran población. Dicha zona comprende ahora el Distrito Federal, los Estados de Puebla, Tlaxcala, Hidalgo, México, Querétaro, Guanajuato y Aguascalientes, y parte de los Estados de San Luis Potosí, Michoacán, Zacatecas y Jalisco. Su extensión es de algo más de 150.000 kilómetros cuadrados aproximadamente, y su población, aproximadamente también, es de más de cinco millones de habitantes. El resto del territorio tiene una extensión de 1.800.000 kilómetros cuadrados, en números redondos, y una población de ocho millones seiscientos mil habitantes, en números redondos también. No creemos que sea mucho decir que el aprovechamiento de todo el terreno útil de la zona fundamental, aun sin sus posibles ampliaciones, podrá elevar los cinco millones de su población actual a veinte millones; es decir podrá cuadruplicar su población. Podrá hacer más de seguro, pero hay que tener en cuenta que no hará subir su población, sino para derramarla en el resto del territorio, con tanta más razón cuanto que al ascendimiento de su población propia, responderá inmediatamente el desarrollo de las industrias hoy detenidas, y ese desarrollo requerirá mayor suma de población en las regiones fabriles de la que éstas pueden ahora sostener, y el exceso tendrá que salir de ella. Suponiendo pues, que en la misma zona la población se cuadruplique, tendremos solamente en ella veinte millones de habitantes. La relación actual de la población de la propia zona con la del resto del territorio ha sido siempre, y es en la actualidad, para la primera, de un poco más del cincuenta por ciento aproximadamente de la segunda, y esa relación continuará siendo la misma, poco más o menos, de modo que siendo la población de la zona fundamental la de veinte millones, la del resto del territorio será de cuarenta millones, lo cual dará como población total la de sesenta millones; pero deduciendo todavía diez millones, quedará como posible población total de la República la de CINCUENTA MILLONES DE HABITANTES. En menos de cincuenta años podemos llegar a ese resultado y, cuando lleguemos, de seguro que el destino nacional no será ya el que aparece ahora como nuestro destino manifiesto.