21
El motivo de la flauta, aunque ya rota pero capaz todavía de recomponerse para emocionar, lo vemos en un soneto de El poema del beso (1932).
22
Los opositores políticos de su protector Pericles acusaron a Fidias de haberse apropiado de parte del oro y marfil de la estatua; también fue acusado de soberbia y orgullo desmedido al esculpir en el escudo de la estatua de Palas su propio retrato y el de Pericles. Fidias, presionado, huyó a Olimpia, en donde le sería encargada otra de sus obras maestras, la estatua de Zeus entronizado. La muerte del legendario escultor griego, desterrado según unos autores, en prisión según otros, se produjo en el 432 a.C.
23
Naturalmente que cualquier afirmación que se hace por parte de los personajes está acompañada de la metafórica expansión correspondiente, muchas veces tomando como elemento de comparación los diversos planos de la Naturaleza, y dentro de ella el reino de los pequeños animales. Así, a propósito de los artistas inferiores a Fidias, y envidiosos de él, que han podido acusarle falsamente de robo, se dice: «Pienso que los envidiosos/son caracoles rastreros/cuya gloria es ver el mundo/todo de babas cubierto» (pág. 39).
24
Algo no muy distinto imagina el poeta Rueda en su texto «El friso del partenón», dentro de su libro Trompetas de órgano (1907).
25
El libro En tropel, uno de los más conocidos y citados de Rueda, tiene un epílogo en prosa que responde a esta desiderata de las «correspondencias», Color y música.
26
Los grandes maestros. Salvador Rueda y Rubén Darío. Madrid, Pueyo. 1908 pág. 223.
27
La guitarra. Drama en tres actos, Madrid, El Cuento Semanal, núm. 5, 1907.
28
En La epopeya del templo vuelve a hacerse parecido elogio del mismo instrumento, asociándolo también al cuerpo femenino: «Dentro de ese cuerpo de mujer melódica / palpita la raza» (pág. 496).
29
Op. cit. pág. 222.
30
Un declive que el personaje «el Calandria» describe curiosamente a través de la evolución de las cinco vocales, que son «er calvario de un cantaor»: «Pos yo tenía la a más clara que ha tenío cantaor; se me gastó la a y empecé con la e; después pasé a la i, que la daba limpia como un cristal; pero se me entubió y caí en la o, que es ya ponérsele a uno los tendones der pescuezo como cordeles cuando se va a da la voz; de la o pasé a la u, y tiene usté que recorré to er calvario [...] cuando ni la o ni la u suenan, ya uno es un ajorcao, un trasto en la vía que pa ná sirve» (pág. 3).