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Escena que ya había reflejado en temprana prosa, en el libro Granada y Sevilla, 1890, al glosar «El mantón de Manila» (que es también el título de un largo poema del libro En tropel, 1892): «La bailadora, como si nada fuese en ella, yergue sobre el soberbio busto la cabeza a modo de quien siente bajo sí rodar las miserias humanas, y ora hace estremecer de una airosa cabezada los claveles hinchados en su pelo, ora deja asomar los pies en dulce movimiento bajo la falda; tan pronto cuelga la cabeza de un lado y mira al soslayo a medida que el cuerpo la va dejando atrás en su vuelta, y ya para, ya corre, ya va en casi imperceptible rotación que hace estremecer todo el tren de flecos y bordados». También se correspondería con este momento final del drama, el poema de En tropel «El tablado flamenco», del que recordaré, por ejemplo, esta estrofa de dodecasílabos monorrimos y diseño circular, como las vueltas sobre sí misma de la bailaora: «Las palmas alegres de ritmo vibrante / indican las vueltas del cuerpo ondulante / y arrancan suspiros del pecho anhelante / las palmas alegres de ritmo vibrante».

 

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Salvador Rueda, El poema de los ojos. Drama en dos actos Madrid, El Cuento Semanal núm. 82, 1908 (por donde cito); Madrid, El Teatro Moderno num. 250, 1930.

 

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Poema que Rueda recuperará en la recopilación Cantando por ambos mundos (1914).

 

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Salvador Rueda, La vocación. Novela escénica en tres jornadas en prosa, Madrid, La Novela Corta, núm. 280, 1921.

 

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La prostitución, como una tara social, fue asunto requerido por el teatro de ese momento. Recordemos, a título de ejemplos más o menos coetáneos, las piezas teatrales de Trigo -Trata de blanca, próxima en situación a ésta de Rueda- o de Fernández Ardavín.

 

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«La epopeya del templo», en Cantando por ambos mundos, Madrid/Sevilla, Librería de Fernando Fe/Librería de Juan Antonio Fe, 1914, págs. 483-539.

 

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No muy alejado de esta imagen básica -la fuerza contra la belleza y la fe- está el poema de Rueda «El puente colgante» del libro Trompetas de órgano (1907).

 

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En el libro Mármoles (1900) hay un soneto que refiere en su primera estrofa la imagen desarrollada por extenso en este momento de la «epopeya»: «De Pandroso el regio santuario / lucía, por columnas primorosas, / seis elegantes vírgenes hermosas, / labradas por insigne estatuario». El mencionado santuario estaba dedicado a la ninfa Pandroso o Pandrosos, una de las hijas de Cécrops, el rey serpiente.

 

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Copio la didascalia que figura al inicio de la escena sexta de este segundo canto: «Por la puerta del foro avanzan infinidad de parejas de bailarinas, vestidas de blancas y alargadas cariátides: cada una mostrará en el traje, como antes se dijo, e impresas en grandes letras de oro, las palabras BAILE, GRABADO, MODELADO, ORFEBRERÍA, CERÁMICA, BORDADO, INDUMENTARIA, ORNAMENTACIÓN, IMPRENTA, TALLADO, INCRUSTACIÓN, ESMALTE, LITOGRAFÍA, VACIADO, CRISTALERÍA, POLICROMÍA y muchos más nombres de Artes Industriales y Oficios, que sirven de belleza y utilidad al templo. Son mil las figuras, aunque pueden suprimirse muchas, si no quitan grandiosidad al conjunto. Inspiración (o el profesor oculto) ejecutará un severo ritmo al órgano, y las bailarinas, hieráticamente, tejen la danza sagrada, enlanzando y desenlazando las manos en series de figuras. Este baile ha de resultar revestido de una infinita majestad» (pág. 515) Y se podría añadir que otra de las columnas que interviene, con texto propio, es la columna del PAN ÁCIMO, confirmando esa aproximación al auto sacramental que se insinuaba al comienzo de este apartado, y que suscita otro poema (págs. 516-517) que es versión acortada del que ya había insertado Rueda en su poemario Lenguas de fuego (1908).

 

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Rueda copia en este punto, con alguna diferencia, el poema que ya había dado a conocer en el antecitado libro Lenguas de fuego.