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Los intereses argentinos en la guerra del Paraguay con el Brasil: cartas dirigidas a sus amigos y compatriotas

Juan B. Alberdi

Pedimos para ese pueblo (el Paraguay), el apoyo de la civilización que él llama a voces.

Florencio Varela (1846)



Motivo de estas cartas

Más de uno de mis amigos conocía ya mis opiniones favorables al Paraguay en la guerra que le suscitan el Brasil y los instrumentos del Brasil. No eran sino la aplicación lógica de mis ideas ya conocidas a lo que puede llamarse una faz nueva de la vieja cuestión que ha dividido a las Provincias Argentinas con Buenos Aires. Aun esta aplicación era antigua, pues la suerte del Paraguay anduvo siempre paralela, en esa cuestión, con la suerte de las Provincias Argentinas.

El antagonismo entre el interés local de Buenos Aires y el del Paraguay no es un accidente de ayer; tan antiguo como la revolución de esos países contra España, es hermano gemelo del que tuvo siempre en choque a Buenos Aires con las provincias litorales por idéntico motivo, a saber: el libre tráfico directo con el mundo comercial, que todos se disputan allí, porque es la mina de recursos, la renta pública y el tesoro nacional.

Es preciso olvidar o alterar oficialmente la historia del Río de la Plata para negar que toda la existencia moderna del Paraguay es un litigio de cincuenta años con Buenos Aires. Empieza con la Junta provisoria de 1810, continúa con el Gobierno de Rosas y acaba con el de Mitre (véase la 8.ª y 9.ª de estas cartas).

Mis ideas andaban en el público, y yo me abstenía de darles mi nombre por no contrariar a mis amigos, que no miraban como yo la cuestión del Paraguay.

Pero ya que otros han querido disponer de mi firma para presentar las ideas de que se han empeñado en hacerla responsable, como ideas de conspiración, de traición, de venalidad, yo aprovecho por deber, y no con disgusto, de la oportunidad, que no he buscado, para exponer y explicar a mis amigos las ideas que tengo sobre las cuestiones que agitan hoy a los países del Plata: no precisamente en el interés de mi nombre, sino en el mismo interés de la República Argentina, que serví en todos mis escritos.

Toda la prensa del general Mitre ha recibido la consigna de imputarme un folleto titulado: Les Dissensions des Républiques de la Plata et les Machinations du Brésil, como un acto de traición cometido según unos por una suma de oro, según otros por futuros empleos del Paraguay, y, según Mitre mismo, por el interés de destruir su presidencia con fines ambiciosos.

Yo no contestaré más que a Su Excelencia el articulista de la Nación Argentina del 11 de junio, ya que él se ha encargado de refutar los otros ataques de sus amanuenses, demostrándoles que el que es acusado de conspirar por tomar los primeros puestos de su país, no puede escribir por el interés de empleos subalternos del extranjero; ni puede el que aspira a elevarse fuera o dentro de su país, romper la base de esa aspiración echándose en el fango.

Que el folleto precitado sea o no mío, es cuestión de poca monta, desde que casi todas sus ideas me pertenecen. Si no es mi hijo, es mi nieto, pues nace de mis escritos anteriores a él. La prueba de esto es que todos me lo han atribuido en el instante de leerlo, y no por el estilo, pues está escrito en francés.

La cuestión no es el folleto: son sus ideas, que me son conocidas desde antes que el folleto existiera.

Pertenezco a esas ideas desde muchos años, no solo en su oposición con el localismo absorbente de Buenos Aires, sino en su afinidad con la tendencia del Paraguay a la resistencia liberal.

Nunca he sido extraño a la oposición argentina, que tuvo por aliado natural al Paraguay más de una vez.

He atacado la constitución del Paraguay en un libro en que ataqué todas las malas constituciones de Sudamérica, inclusas las de mi país. Pero ¿la defiendo hoy mismo? No he atacado jamás al Paraguay. ¿Quién ataca a un pueblo? ¿Con qué motivo? ¿Para qué? Confundir la constitución de un país con el país mismo, es un absurdo. El odio a sus malas leyes, es amor a su engrandecimiento. Si yo detestase a mi país propio, le desearía la constitución reformada que debe al general Mitre, pues ella lo despoja de cuanto tiene para darlo todo a la provincia de que ese general pretende hacer el pedestal de su poder. Detesto esa ley porque amo a mi país. La detesto por las mismas razones que tienen para admirarla el Times y el Brasil. El Times representa la libertad del mundo, es verdad, pero este gran rol no le impide representar, en la cuestión del Plata, el interés de los acreedores ingleses de la Provincia de Buenos Aires. A este título, no puede dejar de admirar la Constitución y el Gobierno de Mitre que convierten toda la renta de la Nación Argentina en patrimonio provincial de Buenos Aires, cuyos bonos locales, gracias a eso, están al 90 % en Londres, mientras los nacionales se cotizan (más o menos) al 35 % en Buenos Aires.

El Brasil tampoco puede dejar de admirar la actual constitución argentina, que le ahorra el trabajo de desmembrar y anonadar la República, que lo venció en Ituzaingó, y cuyos fragmentos pretende absorber.

Las razones que tuve para atacar la constitución del Paraguay, hace doce años, son cabalmente las que tengo para aplaudir la política exterior en que se lanza hoy esa República, buscando la constitución digna de ella, que hallará sin duda en el roce directo con el mundo civilizado, de que le hacen un crimen los que desearan desempeñarle su comercio y su gobierno.

Nunca fue indigna del liberalismo argentino la alianza del Paraguay. Todo no es malo en ese país. Si todo debiese reprochárselo, ¿diríamos también que hizo mal en emanciparse de España? Llámesele China, él no es sino el Paraguay, pueblo cristiano, europeo de raza, que habla el idioma castellano, y que un día fue capital de Buenos Aires. Su vida actual viene de la gran revolución de América, faz transatlántica de la revolución liberal de Europa. -¿Qué colores lleva? -Los tres colores de la revolución francesa, como Chile. -¿Qué símbolo? -La estrella de la fe, como Chile. -¿Qué nombre? -El de República. -¿Qué Gobierno? -Hijo del pueblo.

¿Soy menos consecuente cuando desapruebo la alianza actual con el Brasil, después de haber aplaudido la de 1851? La inconsecuencia estaría en aceptar las dos; la de 1851, que tuvo por objeto libertar a la República Argentina de la tiranía localista de Buenos Aires, y la de 1865 que tiene por objeto restaurar esa dominación sobre las provincias y países interiores; la que sirvió a un interés esencialmente argentino, y la que no sirve sino estos dos intereses extranjeros: 1.º reivindicar la provincia brasileña de Mato Grosso para su dueño; 2.º derrocar al presidente del Paraguay, para que el Brasil logre su objeto y salve su integridad del mismo golpe con que destruye la de sus aliados o instrumentos.

¿Cómo entonces las Provincias apoyan la política del general Mitre en esa alianza? Como apoyaban la política americana del general Rosas con doble uniformidad y entusiasmo, sin que esa adhesión hubiera evitado a ese Gobierno su naufragio en interés de las Provincias mismas.

No es un hombre, es un partido; no es un libro, es un orden de ideas; no es un hecho dado, son los principios, los intereses, las doctrinas, los sometidos a causa en este debate, que lleva medio siglo, y que interesa a muchos países.

Lo que se entiende por traición y patriotismo en la República Argentina

Definir la traición y el patriotismo en la República Argentina, es dar la llave de todo el estado político de ese país.

Las ideas que su Gobierno actual llama traidoras, han sido calificadas de patrióticas por todas las Provincias, cuando no estaban gobernadas por Buenos Aires. ¿Qué quiere decir esto? Que hay dos puntos de vista para definir lo que es patriotismo y lo que es traición en ese país.

La misma calificación en que son consideradas como traidoras las ideas que favorecen a la República Argentina, es una prueba afirmativa del hecho que pretende negarse, a saber: que después de su pretendida unión, la República Argentina prosigue dividida en los dos grandes intereses, que combatieron uno contra otro, en Caseros, Cepeda y Pavón; y que, en esta división, la patria del que peleó por Buenos Aires, no es la misma patria de los que defendieron las Provincias.

La pretendida unión ha dejado a la Nación dividida en esta forma: para producir los diez millones anuales, que son el tesoro de la Nación, todos los argentinos están unidos; para disfrutarlos y gastarlos se dividen en dos países.

El uno es soberano por el derecho de las armas vencedoras en Pavón, el otro es vasallo colonial por esa misma causa.

El bien público por excelencia significa el bien del país metropolitano. La patria está representada por este, y el patriotismo es el amor al país supremo o dominante, como la traición es la predilección dada al país sirviente.

Tal es la base de criterio con que se aprecian hoy los actos y aun los pensamientos de los argentinos. Esto es lo que sucedía en América cuando la Patria estaba representada por España. Las leyes de ese tiempo hacían del acto más benemérito para América, un crimen de traición, si él interesaba exclusivamente a la libertad americana. Con servir a la metrópoli estaban satisfechos todos los deberes del patriotismo de ese tiempo. Poned Buenos Aires en lugar de España y lo tendréis todo arreglado como estaba antes de 1810.

Las ideas constituidas en reos de lesa patria

¿Pero, la idea, el pensamiento, la opinión de un argentino pueden ser calificados como actos de traición a la Patria, si favorecen de frente a la Nación?

Un inquisidor de España no habría dicho que un acto psicológico, un hecho del alma, una idea, puede constituir traición. Así entienden, sin embargo, la libertad los que se creen llamados a llevarla al Paraguay, en las puntas de sus bayonetas, es verdad, como ellos dicen.

Se necesita haber mamado el despotismo para calificar de traición el acto de discutir o pensar a la inversa del Gobierno. En Francia puede un orador decir a su Gobierno que no tiene razón en su política de México; en Inglaterra puede el de la Reina ser atacado en el Parlamento o por la prensa, en favor del extranjero, sin que a los republicanos de la escuela del general Mitre les pase por la mente que esto puede constituir la libertad, el honor, la dignidad de estos grandes países civilizados.

¡Si al menos hubiera yo tomado una escarapela, una espada, una bandera, de otro país, para hacer oposición al Gobierno del mío, como en Monte Caseros lo hizo otro argentino contra Buenos Aires, con la escarapela Oriental, como oficial Oriental, bajo la bandera Oriental y alineado con los soldados del Brasil! Dirá él naturalmente que eso fue contra Rosas, no contra Buenos Aires. De este punto puede ser juez su propio colega en el poder, que formó en el campo contrario, en la batalla de Caseros. Él podrá decirle si defendió a Rosas o a Buenos Aires en esa jornada. No intento afear lo que el general Mitre hizo en ese día. Le recuerdo solamente que el que ha peleado con escarapela extranjera contra el Gobierno de su país, no es el llamado a condenar al que no usó jamás otros colores que los de su patria, para atacar a su Gobierno por un medio y en un terreno que autorizan las leyes fundamentales y los usos de todos los países libres.

Las ideas de oposición liberal puestas bajo las horcas caudinas

¿Se dirá que las ideas que han sido patriotismo, pueden volverse traición, si por el estado de guerra en que hacen su reaparición son capaces de servir al enemigo?

Bien sé que esto dirá el general Mitre a los argentinos que han pensado antes como yo. Pero debo recordarles que esa es cabalmente la mira con que se ha creado la guerra: para poner en estado de sitio, como ya se ha hecho; para declarar enemigos de la patria y tomar por asalto a los pueblos y a los espíritus, que entienden por patria y patriotismo argentino, otra cosa que lo que él sirvió, como tal, en los campos de Cepeda y de Pavón.

Las opiniones nacionalistas que no pudo atacar de frente en nombre de su bandera localista, quiere ahora condenar y perseguir al favor de la guerra exterior, en nombre del honor nacional comprometido. «La cuestión es de honor, dice él, y ante la dignidad ofendida, todo disentimiento es un crimen». He ahí la utilidad interior de las guerras exteriores. Por este método lo que es conspiración de las ideas y de los votos nacionales contra un localismo más antinacional que el extranjero, se hace aparecer como conspiración contra la patria, y se consigue así castigar como traidoras las ideas opuestas al localismo antinacional de Buenos Aires, que eran ayer patriotismo argentino.

Se hizo un crimen de esa táctica al Gobierno del general Rosas, mediante la cual quiso él castigar como traidores a sus opositores los unitarios, por el delito de no querer a su Gobierno; pero él está en Southampton hoy día, y su política sigue no obstante en Buenos Aires (sin perjuicio de la persecución que por su causa sigue contra él).

La oposición liberal de Mitre hace hoy lo que hizo la oposición liberal a Rosas

¿Qué hacen las ideas nacionalistas y sus órganos en presencia de esa táctica? Lo que hicieron antes de ahora: aceptan la lucha en el terreno de la política exterior, y, de las guerras mismas que se suscitan con la segunda intención de perseguirlas y anonadarlas, se valen ellas para defenderse y defender su vieja bandera nacional.

Esta es la conocida senda en que se ilustraron los opositores argentinos de 1846, capitaneados en la guerra y en la prensa por el general José María Paz, Dr. Florencio Varela, Rivera-Indarte, y tantos otros ilustres argentinos. Todo el partido que hoy domina en Buenos Aires perteneció a esas filas como aliado del Paraguay, contra el gobierno de Rosas.

En todo tiempo los opositores liberales contra el poder de Buenos Aires, buscaron su apoyo natural en la resistencia de los pueblos litorales interiores (argentinos o no), contra el absolutismo comercial de Buenos Aires, que pretendió avasallarlos. Se puede decir que la alianza con el Paraguay es una de las tradiciones de la libertad argentina, de veinticinco años a esta parte.

En ningún tiempo la presencia del Paraguay en suelo argentino fue considerada como afrenta hecha a su honor. Cuando el general Rosas le dio esta calificación en 1846, el ilustre general Paz la desmintió estrechando la mano del Paraguay en Corrientes, como aliado de libertad. Todos los argentinos liberales de ese tiempo obraron como Paz; los que no con la espada, lo hicieron con la pluma, con sus votos y simpatías.

A ninguno le ocurrió pasarse a las banderas del general Rosas, ni a este general le ocurrió esperar que sus opositores acudiesen a su defensa, solo porque usaba del resorte que hoy le imita el general Mitre, de parapetarse detrás de la dignidad nacional, del honor de la República.

Rosas fue más feliz en el sofisma, pues no se apoyó en extranjeros para defenderse del extranjero. Él no creyó que era un medio de defender la dignidad del pueblo argentino el constituirlo en puente, en asno o en suizo del Brasil.

En cuanto a Corrientes en cuyo suelo argentino hacían su aparición los paraguayos, lejos de sentirse insultada en su honor por esa visita, se consideró feliz y honrada en recibirla.

¿Haría creer el general Mitre que es más sensible al honor de Corrientes, que lo son los correntinos mismos? No faltaría sino que el Brasil pretendiese otro tanto.

Así a la vieja causa del general Rosas, o del localismo de Buenos Aires, transformada y apoyada en la alianza del Brasil, los actuales patriotas argentinos responden con la vieja causa nacional apoyada en la alianza del Paraguay, como en 1846.

¿Tras qué propósito, con qué miras? Siempre los mismos que de cincuenta años a esta parte: garantías de orden estable, de seguridad para todos, de libertad sin excepciones. Los buscan hoy en los mismos hechos en que antes los buscaron: en la libertad fluvial o de comercio directo para los países litorales interiores, sin sujeción ni dependencia a los de fuera, que los explotan y empobrecen: en la institución de un Gobierno, de una Nación, de un tesoro, de una patria para todos los argentinos, en lugar de dos Gobiernos, dos países, dos tesoros, dos créditos, dos patrias, dos patriotismos, dos destinos, y la guerra sirviéndoles de ley fundamental, que es lo que el general Mitre nos ha dado como organización política de la República Argentina.

Si nuestras ideas conspiran contra semejante orden de cosas, no conspiran en favor del Paraguay contra la República Argentina, sino, todo lo contrario, en favor de la República Argentina, contra el poder que la tiene desmembrada y confiscada, y que hoy emplea las armas del Brasil para proteger la duración y estabilidad de ese atentado.

Buscamos la reforma legítima y pacífica de un estado de cosas, que es la constitución de la anarquía y de la guerra permanentes. Eso buscamos, no trastornos. Lo buscamos hoy por la alianza con el Paraguay, como lo hemos buscado en otro tiempo por la alianza con la Francia y más tarde por la alianza con el Brasil, sin obtenerlo hasta hoy.

En nuestro libro sobre las Causas de la anarquía demostramos la razón porque no podría la Nación Argentina reivindicar su tesoro y su poder, sino por un auxilio exterior. Ya es un progreso que Mitre no pueda dominarla sino por la mano del Brasil. Eso quiere decir que Buenos Aires no le basta, o que en esa provincia tiene la nación un gran partido.

Buscamos nuestro fin patriótico por el camino en que nos preceden los brillantes opositores a Rosas de 1845, excepto Mitre que no acompañó a Lavalle a ser aliado de los correntinos ni al general Paz a serlo de los paraguayos, porque se quedó de oriental con Rivera, que persiguió a Lavalle y a Paz.

Fines domésticos de la política exterior de Mitre

La política actual del general Mitre no tiene sentido común si se le busca por lado exterior. Otro es el aspecto en que debe ser considerada. Su fin es completamente interior. No es el Paraguay, es la República Argentina. Y este es el punto por donde esta lucha preocupa absolutamente nuestra atención.

No es una nueva guerra exterior: es la vieja guerra civil ya conocida entre Buenos Aires y las Provincias Argentinas, sino en las apariencias al menos en los intereses y miras positivos que la sustentan.

¡Pero cómo!, se dice a esto -¿No está ya restablecida la Unión de la República Argentina? ¿No ha contribuido la misma guerra actual a estrechar y consolidar esa unión?-. Eso dice Mitre, bien lo sé; veamos lo que hace en realidad.

¿Qué unión quiere para los argentinos? La unión en el odio contra el amigo, que, ahora cinco años, puso en paz honorable a Buenos Aires vencida, con las Provincias vencedoras. Por el general López, como mediador, está firmado el convenio de noviembre, que es la base de la organización actual de la República Argentina.

¡Los que hallaron preferible la mediación del Paraguay a la de Francia e Inglaterra, son los que llevan hoy la guerra a ese pueblo a título de bárbaro!

¿Qué pruebas ha dado ulteriormente de su barbarie que modifiquen la aplicación de los deberes argentinos? Ha sacado la espada en defensa de la independencia de la Banda Oriental contra el Brasil, y ha entrado en Corrientes, en lugar de dejar que el Brasil ocupase esta provincia, como quería el neutral general Mitre, para que hiciera de ella su cuartel general contra el amigo.

Quien entregó la provincia de Corrientes a los brasileños para que la emplearan como una batería contra el Paraguay, es en efecto el que ha traído a los paraguayos en el suelo argentino.

¿Cuál es la unión que el patriotismo del general Mitre evita con el mayor cuidado en medio de la crisis actual? La unión de los argentinos en el goce de la renta de diez millones que todos ellos vierten en su aduana de Buenos Aires. El frenesí de amor por la República Argentina no va hasta devolverle sus diez millones de pesos fuertes.

La unión decantada deja en pie toda la causa de la guerra civil de cincuenta años, a saber, la renta de las catorce provincias, invertida en la sola provincia de Buenos Aires.

En lugar de unir dos países, se contentan con unir dos hombres. Esto se ha llamado recoger el fruto de una gran política; es decir conseguir que Urquiza deshaga su propia obra, su propio poder, su propia importancia.

La unión del general Urquiza con el general Mitre, en efecto, no impide que el presupuesto provincial de Buenos Aires, de valor diez millones de duros, prosiga, en plena unión, garantiéndose y pagándose con los diez millones en que consiste la renta total de las provincias, aun después de los cinco años que asignó a esa garantía el convenio de noviembre de 1859.

¿Qué hace a este respecto el patriotismo del general Mitre? En lugar de devolver a las Provincias sus diez millones de duros, se los deja a Buenos Aires, y envía al señor Riestra a Londres a buscar otros diez millones prestados, por cuenta de las Provincias, bien entendido, para hacer la guerra al Paraguay; es decir, para desarmar a la nación Argentina del único aliado que puede ayudarle un día a reivindicar los diez millones que Buenos Aires prometió devolverle en el convenio de unión, de que se hizo garante el Paraguay; y que en vez de devolver aspira a retener por toda su vida, como los retendrá indudablemente mientras la ciudad y puerto de Buenos Aires sean propiedad de esa provincia y no de la Nación, conforme a la constitución reformada por el patriotismo argentino del general Mitre.

Es verdaderamente curioso que Buenos Aires a quien la nación le tiene prestada toda su renta, por razón de que no le basta su renta local propia, se abstenga de acudir a un empréstito en Londres, y que sea la Nación (que no necesita pedir diez millones porque los tiene), la que busca en Londres esos diez millones, ¡en lugar de tomar los suyos, que le tiene Buenos Aires! ¿Qué hace entretanto el patriotismo argentino de esta provincia? ¡Hace préstamos mensuales a la Nación con su propio dinero de ella, a cargo de devolución (sic) y con un moderado interés!

La cuestión de hoy es la de 1846

Puesta la cuestión en ese terreno, que es el de la verdad por todos conocida, se comprende bien porque Corrientes y Entre Ríos están con el Paraguay y no con el Brasil; y porque hay argentinos que están con esas provincias y no con Buenos Aires, en la lucha. Si el Paraguay triunfa del Brasil, la República Argentina recupera naturalmente sus diez millones cuyo despojo se apoya hoy en la alianza y en las fuerzas del Brasil.

Si el Paraguay, Corrientes y Entre Ríos son vencidos, la República Argentina no vuelve a ver sus diez millones en cuarenta años.

¿Necesitamos demostrar según esto que nuestra simpatía por el Paraguay en esta lucha es pura y simplemente amor a la República Argentina? ¿Qué pretende, en efecto, el Paraguay en la guerra que le tiene en armas? Que la Banda Oriental no esté ocupada por el Brasil. El patriotismo argentino del general Mitre ha creído deber ofenderse de esta pretensión, ¡aun desde antes de la invasión de Corrientes!

El Paraguay es atacado como bárbaro, porque coincide con Inglaterra y Francia en estos dos deseos: la libertad de los afluentes del Plata y la independencia Oriental, como garantía de esa libertad.

Que el general Mitre busca hoy en el Paraguay lo mismo que buscaba el general Rosas en su tiempo, es Mr. Thornton, ministro inglés, quien lo ha dicho al conde Russell en las siguientes palabras de su despacho de 24 abril del presente año: «Tanto el presidente Mitre como el ministro Elizalde me han declarado varias veces [...] que aunque por ahora no pensaban en anexar el Paraguay a la República Argentina, no querían contraer sobre esto compromiso alguno con el Brasil, pues cualesquiera que sean al presente sus vistas, las circunstancias podrían cambiarlas en otro sentido; y el señor Elizalde, que tiene como 40 años de edad, me ha dicho que esperaba vivir lo bastante para ver a Bolivia, el Paraguay y la República Argentina unidos en una Confederación y formando una poderosa República en Sudamérica»1.

Que el general Rosas se oponía a la existencia del Paraguay como Estado independiente, con la mira de estorbar la entrada de la Europa en el interior de América, está literalmente confesado y demostrado en sus protestas contra el Brasil, por el reconocimiento que este país hizo del Paraguay, en 1844. Según él, ese reconocimiento «no reportaría otro resultado sino cortar en beneficio de la Inglaterra y de la Francia la vital arteria comercial y política, que es el río Paraná, y con ella la vida nacional [...] El gobierno argentino (escribía el general Rosas a su ministro en Río de Janeiro) no puede alterar respecto a la navegación del Paraná un orden tradicional [...] derivado del régimen español, vigorizado por tratados públicos... y reclamado indispensable para la seguridad y conservación nacional»2.

Lo que sacará Buenos Aires de la guerra con el Paraguay

Buenos Aires no sacará esta vez del Paraguay sino lo mismo que sacó en 1810, hasta que al fin acabe por hacer de ese pueblo el primer guerrero de la América del Sur. Buenos Aires elabora el instrumento que le ha de hacer expiar sus faltas. Recogerá un día el fruto de su injusticia de 50 años para con el Paraguay y las Provincias Argentinas.

Se acusa al Dr. Francia del aislamiento en que ha vivido ese país. Si ese aislamiento sirvió al Dictador, más aprovechó a Buenos Aires, y su responsabilidad se divide como sus utilidades. Un día tal vez demuestre la historia que nadie aisló al Paraguay, sino el que aisló a las Provincias Argentinas de todo trato directo con el mundo.

Es un hecho innegable que en 1814 el Dr. Francia intentó abrir relaciones directas de comercio con Inglaterra, encargando al mayor de los Robertson para invitar al Gobierno británico con el objeto de celebrar un tratado de navegación y de comercio, como medio de escapar a la acción aislamentista de Buenos Aires. Es el mismo Robertson quien lo refiere en su libro.

En 1825, repitió el Dr. Francia la misma tentativa, dirigiéndose al efecto a sir Woodbine Parish, ministro inglés en Buenos Aires, y como la anterior quedó sin resultado a pesar del Dr. Francia. También es sir W. Parish quien lo dice en su excelente libro sobre el Plata. Dios me libre de querer absolver al Dr. Francia; digo solamente que su dictadura fue un resultado, no una causa, y que la causa que creó esa dictadura es la misma que engendró la del general Rosas, a saber: la congestión morbosa o enfermiza de la vitalidad de vastos países en una provincia, en una ciudad, en una mano. Hoy no es una mano, pero las cosas se preparan para reinstalarla como en marzo de 1835, y la dictadura vuelve esta vez al mando del Imperio.

¿A quién puede, en efecto, atribuirse la oposición que encontró el deseo del Paraguay, sino al mismo gobierno que protestó en 1845 contra el Brasil porque entró en relaciones políticas y diplomáticas con el Paraguay?

Cuando murió el Dr. Francia, y el presidente López intentó abrir relaciones con todos los poderes, el gobierno de Buenos Aires se opuso a ello, obligando al Paraguay a proseguir en su aislamiento. Entonces el presente venía a servir de prueba del pasado. Pero, hoy mismo en 1865, ¿por quiénes está bloqueado el Paraguay sino por sus eternos bloqueadores de toda la vida, los intereses monopolistas de los que tienen las puertas del Plata?

Hay un hecho que basta para enmudecer a todos los detractores de ese país y es que el primer tratado que se celebró para la libre navegación de los afluentes del Plata por las banderas de la Europa, no fue celebrado por el Brasil ni por Buenos Aires, sino por el Paraguay, que en marzo de 1853 firmó el que sirvió de norma y precedente a los célebres tratados argentinos de 10 de julio de ese mismo año, ¡protestados por los dos poderes que hoy bloquean al Paraguay en defensa de la libertad fluvial!

En un periódico de Buenos Aires dijo el general Mitre en ese tiempo que un día esos tratados serían despedazados y sus fragmentos arrojados al viento. Esas palabras eran gotas de rocío que caían en el corazón del Brasil, y preparaban la alianza reaccionaria y antiliberal que ha venido a ser un hecho más tarde.

Los que protestaron contra los tratados de libertad y a causa de esa libertad que los destituye de su preponderancia monopolista, acusan hoy al tratado paraguayo, de que solo abrió al libre tráfico el puerto de la Asunción. Pero ¿quién le dio ese ejemplo sino el tratado de 1825, en que Buenos Aires concedió a Inglaterra la libertad de comerciar con todas las Provincias Argentinas, con tal que no lo hiciere (art. 2) sino por el puerto de Buenos Aires?

Esa política ha dado al fin sus frutos, como era de esperar.

El Paraguay convertido en soldado, su suelo en ciudadela, las costas de sus ríos en baterías inexpugnables, no pensando sino en la guerra, ni sabiendo hacer otra cosa que pelear heroicamente, es el resultado lógico de la política que, desde 1810 hasta 1865, ha sido una protesta y una amenaza constante contra la independencia de esa República y su derecho natural de comunicar con el mundo, por sí misma y sin sujeción a los que han querido imponerse como su órgano forzoso y violento.

A pesar de que Florencio Varela demostró estas verdades hace veinte años, nosotros acabamos de ser calumniados por los excolegas del ilustre escritor, a causa de haberlas repetido a propósito de las actuales cuestiones, que no son sino la misma cuestión de 1845, por más que se pretenda desfigurarlas con nuevos nombres y nuevos colores.

Opiniones de Florencio Varela, del general Pacheco y Obes, del Dr. Alsina y del general Paz, sobre el Paraguay en oposición a Buenos Aires

Florencio Varela es el Camilo Cavour del Río de la Plata. La tumba del mártir da a su palabra la autoridad de la ley y de la profecía.

«Que continúe el Paraguay (decía el brillante publicista en 1845) en esa carrera de bien comprendida liberalidad; que asegure por medio de sus armas y de tratados la libre navegación del magnífico canal que le pone en comunicación con el mundo transatlántico (el río Paraguay), y su desarrollo seguirá una proporción asombrosa... y esa nación que se levanta después de todas sus vecinas, será tal vez la primera en llegar al destino que la riqueza de su suelo le depara...

Esa es la perspectiva del Paraguay (proseguía Varela): confiemos en que luchará con vigor porque no se frustre, y pedimos para ese pueblo el apoyo de la civilización que él llama a voces.

Se obstina Rosas (léase Mitre hoy día) en reducir al Paraguay a la misma sumisión estúpida en que tiene a las Provincias Argentinas; resiste aquel la pretensión, pero no a fuer de rebelde sino buscando el fundamento de su derecho en la historia de la común emancipación; y desbaratando la idea favorita del dictador preconizada por él aquí y por sus fautores en Europa -la idea ambiciosa y desorganizadora- de reconstruir el Virreinato de Buenos Aires.

Urquiza no puede ignorar (decía Florencio Varela en 1845) que ha dicho y estipulado el Paraguay de un modo solemne, que hará la guerra hasta obtener garantías completas y valiosas de su independencia y soberanía, como del derecho y comunidad de la navegación libre de los ríos Paraná y Plata...

El Paraguay está de pie y alerta...» decía en 1845 el brillante opositor de Buenos Aires.

«El más noble, el más importante de los caracteres que distinguen a los actos del Paraguay (en su lucha con Buenos Aires en 1845) es el de la espontaneidad de su causa impulsiva, que es el conocimiento de los verdaderos intereses de la misma República, fundados en principios de justicia y de una racional libertad de navegación y de comercio comunes a nacionales y extranjeros».

Buenos Aires y el Brasil la querían solo para los ribereños, y hoy mismo no tienen otras miras.

El general Pacheco y Obes, conocido en todo el mundo liberal, escribía en París en 1851, y publicaba bajo su nombre estas palabras: «Los apologistas del general Rosas (léase hoy general Mitre) han pintado al Paraguay con los colores más tristes; han querido decir que nada significa en aquel continente, han vilipendiado el carácter del pueblo, han desconocido y calumniado también al ilustre magistrado que le preside (López padre) y que por sus talentos y noble patriotismo se ha granjeado el respeto de toda la América, del mismo modo que merece la confianza y el amor de sus conciudadanos.

Hoy el ejército del Paraguay (decía el malogrado y brillante general Oriental) es por su instrucción y disciplina, todo lo que puede desearse en la guerra de América».- París 1851.

El Dr. Alsina (don Valentín) en el Comercio del Plata opinaba como Pacheco y Obes, calificando de este modo al ejército del Paraguay: «Es compuesto todo de una juventud brillante, lozana, robusta, parca y habituada a todos los trabajos rudos. La obediencia y el respeto a sus jefes es en ella un culto... Maniobran como cualquier ejército europeo.

... Si a esto se añade que en todo el continente Americano no existe una nación a quien su posición geográfica haga más invulnerable... se comprenderá la enorme ridiculez que envuelve la idea de que Rosas pueda invadir y subyugar al Paraguay».

El general Paz, hoy finado, el primer táctico argentino, hallándose a la cabeza del ejército aliado de paraguayos y correntinos en 1846, apreciaba del siguiente modo la capacidad del joven general López, hoy presidente del Paraguay: «No tengo duda de que el general del 2.º cuerpo del Ejército pacificador corresponderá a las esperanzas de la patria y a los desvelos de V. E., felicitándonos todos por tener en su persona un esforzado compañero de armas, pues manifiesta genio y capacidad».

No hemos conocido jamás al general López. Pero el general Mitre se reputaría feliz de poder mostrar a su respecto una palabra semejante del honrado y sabio general argentino don José María Paz.

Así eran juzgados el Paraguay, su causa, sus hombres, por los primeros patriotas argentinos, hace 20 años, cuando sus banderas se mezclaban aliadas a las banderas argentinas de Corrientes en 1845 y 1846, en contienda con el poder de Buenos Aires, por intereses, según Florencio Varela, de libre navegación fluvial y de comercio directo, de independencia y soberanía política, de civilización, en fin, por parte del Paraguay.

Esta República puede ser hoy calumniada por sus panegiristas de otro tiempo. Ella no tiene sino que desplegar en alto las páginas brillantes del Comercio del Plata, escrito y dirigido por el Dr. Florencio Varela, mártir de la libertad argentina.

¿Qué ha cambiado de entonces a hoy para que la oposición liberal que no estuvo con el poder de Buenos Aires en 1845, deba estarlo en 1865? Nada. ¿Posee la nación su capital? No.

¿Dispone hoy de su tesoro? Tampoco.

¿Puede decir que tiene un Gobierno si le faltan estas dos cosas? De ningún modo.

Pero hoy tiene una constitución que entonces no tenía, dicen a esto. Tanto peor para ella, pues esta constitución es la que convierte de un modo permanente el tesoro y la capital de la nación, en tesoro y capital de la provincia de Buenos Aires. Bajo Rosas eso era provisorio; bajo Mitre es definitivo. El Pacto de noviembre lo establece por cinco años. La constitución reformada, para mientras la ciudad de Buenos Aires sea parte integrante y capital de la provincia de su nombre.

Hoy tiene la Nación un congreso que no tenía bajo Rosas, añaden a esto. ¿Qué puede hacer un congreso con tal constitución? Legislar según ella, es decir quitar orgánicamente a la Nación lo que es de la Nación, como la constitución dispone.

¿Será sedicioso, rebelde el que dice estas verdades? Yo pienso que es más responsable el que hace los hechos en que consisten, que el que los delata.

¿Perseguirán al sedicioso de palabra, los que son obreros de la sedición? Peor para ellos, pues esto sería nueva semblanza con lo de 1846. Es lo que hacía el gobierno por el cual se forma causa criminal al general Rosas. ¿Qué defensa tendrían los que lo imitan sin estar revestidos de la suma del poder público, que el otro poseía por el voto universal y absoluto de la provincia de Buenos Aires?

Personalidades de algún interés general

Como las ideas y los principios no viven en el aire, tenemos a veces que defenderlos en nuestras personas, cuando en nuestras personas son atacados por táctica, lo cual sucede siempre que los principios son inatacables en sí mismos.

Hay dos cosas que solo un loco puede atacar de frente en este siglo: Dios y la libertad. Se atacan de flanco, o por retaguardia, con la rodilla en tierra, en actitud de prestarles adoración. Perseguido por Molière, Tartufo ha desertado la iglesia y se ha refugiado en los altares de la libertad; revestido de gorro frigio se ha hecho sacerdote de esta deidad de los pueblos, y vive del ejercicio de su culto.

A esa táctica y a esos tácticos pertenece el ataque de que hemos sido objeto por cuenta de las ideas que sostenemos, en la especie que pretende que hemos recibido sumas y ofertas de empleos por tener hoy día las mismas ideas que teníamos ayer con respecto a Buenos Aires y al Paraguay.

Esta carta no es escrita para nuestros amigos. Nuestra vida entera responde por nosotros para quien la conoce. Se dirige a los extraños, para cuyos oídos raro es el aserto maligno que no tenga un creyente. Sin esta fragilidad de nuestros oídos don Basilio tendría menos discípulos en las filas de la prensa.

Cuando el general Urquiza se hizo el campeón de la causa que hoy defiende el general López (la emancipación de los países interiores del yugo de los que tienen las puertas de América), nosotros aplaudimos al mismo hombre que habíamos atacado en el tiempo en que sirvió de instrumento a Buenos Aires. Dijeron entonces los amigos de esta provincia que habíamos recibido grandes sumas de Urquiza en precio del aplauso que le dábamos porque había abrazado nuestros principios. La calumnia cayó por su propio absurdo. Hoy que el general Urquiza, según ellos, se encuentra otra vez del lado de Buenos Aires, aprovechamos de la oportunidad para invitar a nuestros detractores a que se confirmen y cercioren en la fuente.

No dirá el general Mitre que ha comprado nuestro silencio, pues con solo dejar de publicar nuestros dos últimos folletos3 habríamos percibido la porción no consolidada de nuestros sueldos atrasados, que nos ha sido confiscada en castigo de haber defendido nuestro tratado de España, copiado más tarde al pie de la letra, por sus mismos calumniadores.

El que no se ha vendido a los partidos de su país, ¿se vendería a los gobiernos extranjeros?

Si el interés fuese el móvil de nuestros escritos, haríamos la corte a los que tienen confiscado todo el tesoro de las Provincias, en lugar de hacerla a las pobres víctimas de la expoliación; haríamos la corte a los errores dominantes, en vez de irritarlos, con riesgo de la impopularidad, que nunca hemos buscado, pero tampoco temido.

Un periódico de Buenos Aires ha explicado espiritualmente por el interés de empleos diplomáticos del Paraguay lo que llama nuestra conversión a nuestras propias ideas. En ese ataque el periódico nos llama Doctor, lo que vale decir capitalista, o, si se quiere, empleado vitalicio del público, independiente de todos los gobiernos.

Andan por ahí entre nuestros papeles privados más de tres credenciales diplomáticas que no tuvimos afán de presentar a su alto destino mientras dependió de nosotros hacerlo: una para Chile, de Encargado de Negocios; otra para los Estados Unidos, del mismo carácter; otra de ministro Plenipotenciario para España, que dejamos de presentar; y dos años quedaron en nuestro poder antes de llegar a sus augustos destinatarios las que nos conferían los más altos puestos diplomáticos, que hayamos ocupado en Europa.

Dos veces nos fue ofrecido el ministerio de Hacienda del gobierno a quien servíamos en empleos menos importantes, y no nos tentó el deseo de ser ministro de Estado.

Quien no corrió jamás tras de los empleos de su país, ¿habría vendido sus convicciones por empleos en el extranjero?

Es ridículo recordar estas cosas para defender una persona, pero no lo es para defender nobles doctrinas atacadas en las personas de sus sostenedores.

Los que nos acusan de defección, olvidan que no puede ser traidor el que no es correligionario. ¿Hemos sido uno del círculo que así nos llama? ¿Hemos sido localista de Buenos Aires alguna vez?

Es que hoy somos la Nación, dicen ellos. Pero ¿tengo otro crimen para esos nacionalistas que el de haber amado y servido a la Nación con la altura y desinterés de que son testimonios todos mis escritos que el público conoce, y que ellos detestan y denigran hace diez años? ¿Puedo yo creer en el patriotismo de quienes me han castigado por patriota?

Por lo demás yo he seguido principios, no personas. Nadie podrá decirme que no estoy con mis principios de ayer, aunque no tenga la fortuna de estar con mis amigos políticos de otro tiempo; me guardaré bien de acusar a nadie, pero no admitiré que soy desertor por la razón que mis opiniones de hoy son las de ayer.

Admito que es mejor equivocarse con su país que acertar con el extranjero. Pero ¿qué no es extranjero en la guerra que en mi país se hace hoy día por encargo y de cuenta del Brasil? Si no hubiese en la arena más combatientes que el Paraguay y la República Argentina, el puesto de todo argentino estaría designado por el más simple deber. Pero sin la injerencia del Brasil, ¿es admisible siquiera la hipótesis de una guerra Argentina con el Paraguay?

No se podía salvar la integridad brasileña sino por el brazo de la República Argentina y por el instrumento de su territorio fluvial. Luego ha sido preciso que caiga la sangre argentina a fin de que el Emperador del Brasil reivindique su provincia de Mato Grosso, que de otro modo habría quedado independiente.

Carta XI

Las causas de la guerra y las raíces de la paz. Conclusión

No estaría en guerra el general Mitre contra el Paraguay, no la habría llevado antes a la Banda Oriental, no estaría el Brasil en el Plata si la unión argentina fuese un hecho. Con solo existir la unión de los pueblos argentinos, la actual guerra exterior carecería de razón de ser. La guerra es hecha cabalmente para evitar la unión, porque la unión practicada con verdad, es el hecho que debe quitar a la provincia de Buenos Aires lo que esta provincia arrebata a la Nación por la división o desunión de su territorio en dos países, uno tributario, otro privilegiado.

Si Buenos Aires deseara la unión de los argentinos no habría necesitado buscarla por el camino de la guerra con el Paraguay. Hay un camino más corto, que está siempre en su mano, y sería el de devolver a la nación lo que es de la nación, su renta, su tesoro. Pero devolverla de palabra, o en principio, no es devolverla de hecho. No hay más que un medio de practicar este hecho: devolver a la nación su capital y el puerto en que está su renta. No hay sino un medio de devolver (de hecho, no de nombre) la capital y el puerto a la nación, dividir la provincia de Buenos Aires. Dividir la provincia es curar de raíz la división de la nación. Solo esa división local podrá constituir la paz y la unión entre los argentinos, y evitar la división nacional. Resistir esa división local, es votar por la desmembración de la nación, hacerle guerra, estar contra ella, ser su enemigo, como no lo es el extranjero mismo.

Firmad la paz con quien queráis, con el Paraguay, con el Brasil, con Corrientes, con los blancos de la Banda Oriental. Mientras dejéis en pie la división que hace de la República Argentina una liga feudal de dos países enemigos, de dos intereses puestos en guerra, firmáis una tregua, dejáis la guerra en pie, no solo dentro, sino fuera de la República, pues las guerras exteriores de ese país no son más que expedientes suscitados a propósito, ya por la una, ya por la otra de sus dos fracciones, para encontrar la solución interior que cada una desea. Son guerras civiles en el fondo, bajo la forma de guerras internacionales, como la presente.

La triple alianza actual es la liga de tres enemigos natos, cada uno de los cuales desconfía más de su aliado que del enemigo común. No es extraño que ella encierre tres políticas, siendo cada política doméstica en sus miras para cada aliado. Las tres son injustas, y por eso cada uno de los aliados busca su objeto interior por las manos del extranjero. Flores no tiene otro enemigo que los blancos; Mitre no tiene más adversario en vista que las provincias; don Pedro no tiene más enemigo que la ex República de Río Grande.

La solución del problema interior argentino es la más necesaria a la paz, pues toda la guerra actual tiene por punto de partida ese problema. Buenos Aires es la caja de Pandora de esos países hace medio siglo. Antes lo decían así el instinto de los pueblos y el supremo Director Posadas; hoy lo demuestra la ciencia. Cada vez que digo Buenos Aires, hablo de su política localista. Protesto una y mil veces que amo tanto a su pueblo, como detesto su modo habitual de entender la patria de los argentinos.

Todas las cuestiones que han dividido a los argentinos de cincuenta años a esta parte están en pie y sin solución real, bajo la máscara de unión, que disfraza un estado de guerra.

La Nación está sin capital. Sus autoridades están hoy hospedadas en Buenos Aires como en casa ajena. Pagan su hospedaje con diez millones de pesos fuertes por año. Serán botadas de su hotel el día que dejen de pagarlo.

La cuestión de capital es toda la cuestión del Gobierno argentino, porque es la cuestión de la renta y del tesoro. La capital es el puerto en que toda la Nación paga su impuesto; con la capital está privada de su renta. Y como el motivo que le arrebata su capital es que ella encierra los dichos diez millones de que consta su renta, la nación no puede conseguir la ciudad de Buenos Aires para constituir su gobierno, sino a condición de dejarle todo su tesoro, es decir todo su poder; y tiene entonces, para darse un gobierno, que elegir entre estas dos alternativas: o gobierno nacional con su capital en Buenos Aires y sin tesoro, es decir sin poder (gobierno nominal); o gobierno con tesoro y con poder (gobierno efectivo) y su capital y su aduana en otra parte.

El problema argentino, según esto, no es, dónde ha de estar la capital, sino dónde ha de estar la aduana, el centro del tráfico, el receptáculo de la renta pública, que constituye el nervio del Gobierno, no la ciudad de su residencia.

Este problema está sin solución, y mientras no la reciba, la Nación estará sin Gobierno. Mientras esté sin Gobierno vivirá en guerra, interior o exterior, por dos razones: 1.ª porque no hay paz donde no hay Gobierno que la guarde; 2.ª porque es una causa de guerra la 2.ª razón que tiene a la nación sin Gobierno, a saber: la confiscación de todo su tesoro por una sola provincia.

Así el autor del folleto de que se habló al principio ha tenido profunda razón en buscar el remedio de las disensiones que devastan los países del Plata, en la reforma de ese estado monstruoso de cosas (magnum latrocinium, como llama san Agustín a la absorción de un pueblo por otro); no por revoluciones ni guerras, sino por las influencias legítimas de la política y de la diplomacia combinadas en servicio de los intereses tranquilos de la civilización. Lo que en ese punto quería el folleto Disensiones, quieren estas Cartas, prescindiendo de la guerra.

Los argentinos no entenderán sus intereses comprometidos en la presente lucha, si no los estudian en ese libro que no ha sido calumniado sino porque es incontestable, y porque se ha inspirado en el más puro, honesto y desinteresado anhelo de ver felices y prósperos a los países del Río de la Plata, sin exclusión de ninguno de ellos, ni del Paraguay, ni de Buenos Aires.

París, julio de 1865