«Los juegos peligrosos». Una conversación con Luisa Valenzuela sobre microficción, lenguaje y creación
Sandra Bianchi
«Nací bajo el signo de la pregunta» dice la protagonista de la novela Realidad nacional desde la cama, destacando en ese texto y extensivamente a toda la obra de Luisa Valenzuela el valor performativo de la interrogación.
La entrevista, entendida como un tipo textual que pone en diálogo dos subjetividades es una valiosa herramienta para el trabajo crítico. La lectura, modalizada e instrumentada a través de la pregunta, busca realizar un intercambio con su par especular, la escritura. Esa correspondencia se reproduce en la entrevista, paradigma de apertura a la otredad, fundamento de la teoría bajtiniana y concepto clave de la poética de Valenzuela.
En una producción audiovisual de 27 minutos de duración con formato de entrevista documental1 conversamos con la escritora Luisa Valenzuela sobre su obra de microficción y su proceso creador. A continuación se reproduce gran parte de ese diálogo en torno a su poética de la brevedad.
Comencemos hablando sobre la creación. Escritura y secreto es un libro en el cual reflexionás sobre la tarea de escribir y una sección de este libro, el «Taller de escritura breve», está dedicado a la escritura de microficción.
Efectivamente, en ese libro traté por primera vez el microrrelato aisladamente. Yo había escrito esto que pensaba que eran cuentos brevísimos en los años 60 -mi primer libro de cuentos Los Heréticos tenía un par de microrrelatos- sin que supiera que se trataba de este género. Y me sorprendió mucho a principios de los 90 cuando fui invitada a Salamanca el saber que Paqui Noguerol y otros especialistas estaban tratando el microrrelato como un género muy importante dentro de la literatura, del que yo no tenía noticia.
Pero lo que me interesó desarrollar en Escritura y secreto es esta fascinación que tengo con el lenguaje y con aquello que está oculto, que se va develando casi sin querer a medida que vas escribiendo. Siempre creo que escribir ficción es un acto de magia, es un acto de prestidigitación, donde sacás palomas y pañuelos y cosas extrañísimas de una galera que está supuestamente vacía, que es la propia cabeza. Ahí es también donde empieza el miedo, me cuesta mucho entrar pero cuando me estoy instalando en la escritura y empieza a fluir este material, la situación se vuelve mágica. Y el microrrelato es muy lindo en ese sentido, porque se van generando pequeñas percepciones que te van movilizando. Uno va trayendo al otro, y se generan sistemas, mecanismos para llegar a un conocimiento muy profundo con muy pocas palabras.
Qué es más permeable en tu poética de la brevedad o en el proceso de escritura, ¿lo visual?, ¿lo conceptual?, ¿ambos?
Lo visual lo perdí muy muy en un principio cuando escribí mi primera novela Hay que sonreír. La vi completamente como en cine, y era muy estimulante pero después me fui metiendo más en el lenguaje. Lo que me mueve es la palabra, la palabra como átomo individual, con todas las posibilidades que tiene, las combinatorias, las distintas connotaciones, es decir, lo auditivo y más allá de lo de auditivo: el escarbar dentro del lenguaje mismo es lo que me motiva.
Supongo que en Aquí pasan cosas raras, escrito en los bares de Buenos Aires, lo auditivo fue funcional durante la escritura de los textos.
Claro, y ahí funcionaba lo auditivo tramposo porque yo tengo un sólo oído desde muy chica, oigo mal, y entonces me permitía ese lujo. Eran momentos de mucha paranoia durante el terrorismo de Estado del año 75, y escuchaba, lo que yo creía oír en los cafés donde iba a escribir (lo escribí en un mes), y trataba hacer muy mala letra para que no leyeran sobre mi hombro. Pero ese auditivo del otro es apenas una anécdota de lo auditivo interno. Lo que me interesa en la escritura, más allá del microrrelato o la novela es el ritmo, con qué respiración se va a contar cada escena. Yo necesito que tenga un ritmo muy particular que se refiera a ese hecho que estoy narrando, y ese mismo ritmo, ese mismo latido como del propio corazón de la escena, hace que fluya la idea, la anécdota, la historia. La historia me transciende, la historia suele no estar antemano. Yo no soy de los escritores que hacen un plan, no tengo idea adónde voy, el lenguaje mismo me va a ir llevando, me va a ir guiando, no diría de la mano porque no sé de dónde te agarra, de la oreja, de la nariz, de la neurona.
¿Qué elementos del microrrelato, de los que ahora tenés conciencia, utilizaste para escribir esos textos?
No tenía ninguna herramienta al respecto y sigo desconfiando de ellas. Yo no creo que uno tenga una herramienta, existen pequeñas cosas que están vibrando, como mecanismos que vibran en la hornalla interna del cerebro. Pero los mecanismos eran justamente esa primera frase, esa cosa oída o no escuchada, o recreada, y de ahí en más iba surgiendo toda la historia.
Aquí pasan cosas raras es muy anterior a mi percepción del microrrelato. No me acuerdo quién dijo «Oh, escribo en prosa», yo dije «Oh, escribo en microrrelato» cuando me enteré en el 90.
En su momento el contenido superó a la forma por la inmediatez del terrorismo de Estado, el horror de la persecución y de la paranoia, ahora es casi un libro histórico.
¿Sucedió lo mismo con Libro que no muerde?
Libro que no muerde es otra experiencia totalmente distinta porque es una recopilación de piezas sueltas. Es como un collar armado con algunos cuentos ya editados y estas piezas sueltas que yo encontré escritas en mis cuadernos a lo largo de bastante tiempo, tres años diría. Cuando decidí que me iba de la Argentina en el 79, por mucho tiempo -me nombraron escritora en residencia en la Universidad de Columbia en Nueva York- no me podía llevar todos los cuadernos y empecé a extraer cosas, algunas eran como pequeños hilos para seguir tirando para armar un cuento, ideas, frases, y las copié y me fui. Y cuando los tuve en mis manos, y me pidieron un libro en México, me di cuenta que eran pequeños cuentos en sí, que podían funcionar como pequeños cuentos, ¡siempre antes de la noción del microrrelato!
Evidentemente la cosa está en uno, el microrrelato no se inventa de la nada, viene funcionando en uno desde mucho tiempo atrás y de golpe se estructura con una conciencia de género, que no es necesario tenerla por anticipado. Lo que me llama la atención es cómo esta conciencia del microrrelato ha reunido a muchos escritores que tampoco tenían esa conciencia, que creían estar escribiendo poemas en prosa u aforismos pero que no eran tales. Como los géneros, que se van tocando ¿no? Entonces también aislarlos de la obra general de un autor y posicionarlos como microficción, en este caso, es interesante, genera otra forma de lectura.
¿Cómo es escribir microrrelatos sin conciencia de género, y ahora, con conciencia de género (textual)?
Con conciencia de género te diré que es mucho más divertido, porque ahí ya se convierte en un verdadero juego. Antes era una incidencia más del juego general, que es la escritura de ficción, que son juegos peligrosos.
¡Son juegos de villanos!
Son juegos de villanos, efectivamente. La conciencia del juego y del género te hace poder seguir una línea. Ana María Shua me decía cómo ella toma un tema y lo va investigando, y escribe microrrelatos tras esa investigación.
Yo no llego tan lejos, pero por ejemplo con las Microfábulas encontré esa estructura que era muy divertida, que era escribir una fábula que empiece con cada letra del abecedario, y pude seguirla con mucha alegría. Todo el mundo me dice «¡Qué trabajo armar esto! ¡Qué esfuerzo sideral!» No, porque una vez que permitís que el mecanismo se genere en tu inconsciente, las cosas se van armando de alguna manera, no diría solas, pero sí, ¡solas! Me despertaba a la mañana, que es la mejor hora para crear, cuando uno está un poco en la duermevela, pegada al sueño, ya con todas unas frases que me iban dando una pauta para seguir escribiendo esa pequeña fábula.
Es el mismo mecanismo que uso para escribir una novela. Lo que pasa con una novela es que estás todo el tiempo caminando en esa cuerda floja de no saber si vas a encontrar la razón de ser de todo aquello que has escrito hasta ese momento, porque se tiene que resolver, porque tiene que haber dentro de esa historia misma algo que te lleve al desenlace. Y yo no conozco el desenlace de antemano.
Con las fábulas tendría que haber algo dentro la historia misma que armara con esas pocas palabras (a imitación del lenguaje que hace que sólo pueda empezar con esa letra) una historia real, fabulosa, de animales fabulosos, y de la cual podés desprender una moraleja. Con mucho sentido común la moraleja, eso me hizo reír mucho.
Si bien en toda tu obra el lenguaje es protagonista, en el ABC de las microfábulas, cobra una presencia muy visible.
Yo creo que en todo lo que escribo el protagonista es el lenguaje pero tiene que actuar, tiene que contar historias. Es decir, yo creo en la historia, no creo en la cosa vacía. Difícil es aunar las dos cosas, y en estas microfábulas se fueron aunando, solas. Entonces vi cómo eso funcionaba y me dio una gratificación inmediata. Cada fabulita era una felicidad. Después fui puliendo, agregando, se me empezaban a ocurrir frases, como en la P, «polimorfos perversos», ¡qué maravilla!
En Juego de villanos, en la sección «Microrrelatos nuevos» percibo un cambio de tono con respecto a la realidad política amenazante que tiene tanta presencia en BREVS (que compila micros de Aquí pasan cosas raras y de Libro que no muerde). Lo siniestro y lo amenazante ahora está en la vida cotidiana, en lo que nos habita a diario, en lo que percibimos y no percibimos, ¿cómo lo ves?
Me interesa mucho tu lectura, no lo pensé pero tenés razón. Ocurre que lo siniestro político por suerte ya lo traspusimos, ya estamos en otro lado. Así que, finalmente, toda literatura es un poco un reflejo de la realidad, por lo menos la mía, no vivo en la torre de marfil, yo vivo el mundo y eso quiero transmitir, o se transmite aún a pesar de mí. Entonces, posiblemente, aún en ese juego constante que es un microrrelato también se refleja eso. Lo siniestro siempre está presente y es fascinante
Muchos escritores se refieren al microrrelato mediante figuras, parece que éstas fueran más permeables para transmitir el concepto. Estuve rastreando las tuyas: decís que el microrrelato es como una nuez, es un organismo unicelular, un bonsái literario, un rábano picante, parece que vas mutando en tus personales definiciones.
Si, creo que la definición más clara es que la novela es como un mamífero, el cuento es como un ave o un pez, y el microrrelato es como un pequeño insecto ¡pero pica que es un gusto!
Con respecto a la ambigüedad, que define lo literario, ¿en el microrrelato, la ambigüedad está tensada en su máxima expresión? ¿Cada lector debe completar «más» blancos?
Es una de las posibilidades, no hay duda. Pensá en el libro que armó Lauro Zavala sobre el dinosaurio de Tito Monterroso. Tiene ciento cuarenta páginas, creo, de reflexiones y demás, sobre un cuentito de nueve palabras, contando el título. El microrrelato genera otra forma de lectura: desde dónde uno mira esos textos y cómo repercuten en uno, porque finalmente lo lindo del microrrelato, lo lindo en este tipo de escritura tan breve es que son como maquinitas de pensar. Ya lo he dicho varias veces, el mismo lector o lectora lo enriquece y lo ve desde distintos ángulos, le echa luces diversas. Y eso es maravilloso, es la gloria que genera el microrrelato. Es una enseñanza de lectura extraordinaria.
Apelás también a algunos conceptos orientales para hablar del microrrelato, el ma, por ejemplo.
El concepto del ma me encanta, es maravilloso. Es el concepto del traslado, es la instancia del traslado de un punto a otro, es decir, la piedra de cruce sobre el río, el momento en que los palitos llevan el arroz del bols a la boca. Es ese momento de pasaje, que puede ser muy sutil y muy breve. El microrrelato te traspasa, te lleva a otra visión de la realidad, te lleva a otro punto. Decís: «esto nunca lo he pensado así». Y sí, es así, también.
Algunas veces te escuché decir que cuando estás escribiendo una novela, estás «en novela», como en un «estado existencial de novela», ¿hay algún estado similar para la microficción?
Yo creo que sí, de alguna manera, debe ser una cuestión de programas mentales que uno se coloca. Como en la época del diskette, te ponés un diskette y seguís adelante con eso. Porque por momentos hay una predisposición casi ontológica para producir el microrrelato, después salís. La cuestión es poder mantener esos estados.
El de novela hay que poder mantenerlo. Con mi última novela El mañana - justamente por su título quizá- yo entraba y salía, y retomar ese estado tercero en el cual la obra de ficción sigue trabajando en vos a pesar de que sigas haciendo tu vida cotidiana, habitual, es muy difícil de sostener.
Y a veces el microrrelato «te engancha» y podés sostenerlo, como pude con las Microfábulas, como pude en algún momento y luego lo soltás. Yo pienso, después, que yo no sé cómo se hacen esas cosas. Yo no sé cómo se escribe una novela como la última que he publicado. Ahora están reeditando Como en la guerra que es una novela mía, bastante antigua, del 77, y me sorprende. Me pregunto ¿cómo supe escribir esto? Y cada vez, cada nueva historia, eso se repite. Con cada microrrelato no, pero con una serie de microrrelatos quizás. ¿Cómo hacés? ¿Cómo? ¿Qué fibra interna, qué instancia del saber o del no saber o del pensamiento se ha tocado para que se generen estas asociaciones? Eso es lo que hay que romper para volver a entrar en esos terrenos fértiles, si no estás todo el tiempo nadando en unas aguas poco sabrosas, unas aguas sin vida interior, sin fauna propia. Encontrar la fauna propia de cada laguna del pensamiento no es fácil. Y eso cuando lo encontrás es maravilloso y es fructífero, porque sigue fluyendo por un tiempo, hasta que se agota, o te abandona, o lo abandonaste.
¿Qué microrrelato te representa hoy?
Yo esperaría que ninguno y todos, porque uno es tan múltiple, todo es tan múltiple. Hoy elegiría una Microfábula porque es lo más reciente. Pero quizá prefiero alguno donde esté instalada la duda, y la posibilidad de cuestionamiento. El que sea más dúctil de todos mis microrrelatos pero tendría que pensar en ellos como si fueran ajenos, y mirarlos desde fuera -lo que muchas veces ocurre con la propia obra- y después contestarte.
Ese que dice: ¿Qué es el tiempo? -me preguntó mi nieto. Y yo le dije: «Mañana te contesto, le prometí. Mañana. Y siempre fui fiel a mi promesa.»
Un poco es esa idea. Te lo contesto mañana, te lo prometo.
- Valenzuela Luisa. ABC de las microfábulas. Buenos Aires, Edición de autor, 2009.
- —— Juego de Villanos. Barcelona. Thule Ediciones, 2008.
- —— BREVS. microrrelatos completos hasta hoy. Córdoba: Alción Editora, 2004.
- —— Escritura y secreto. México. Ariel, 2002.
- —— Libro que no muerde. México, Difusión Cultural, 1980.
- —— Aquí pasan cosas raras. Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1975.