—295→
Al sentirse físicamente lejos de la esfera de atracción de aquella voluntad potente, volvió la niña a girar en su órbita y sintió recobrada en parte su personal fuerza. «Es un bruto -se decía-; pero no hallo la manera de sustraerme a su poder. ¡Qué hombre, qué energía!... ¡Ay!, tendré que hacer un esfuerzo para no dejarme dominar, pues de lo contrario, no sé lo que pasará... Como mérito, lo tiene... ¿De qué será capaz Zoilo, si no le mata una bala? Pues de las cosas más grandes. Me asusta, verdaderamente me causa tanto miedo como admiración... ¡Qué mal he hecho en dejarme besar! Se creerá que le pertenezco, y eso sí que no. Pero me cogió tan desprevenida, ¡qué pillo!, que no pude... Cualquiera le dice que no a nada. Este es de los que no se dejan gobernar, y gobiernan a todo el mundo... Yo no sé lo que me pasa... Cuando estoy lejos de él, soy muy valiente... pero se me acerca, y ya estoy temblando... ¡Vaya un hombre!... Pero no: es preciso que yo me mantenga en mi deber y en mi consecuencia, porque no puedo faltar a lo jurado... El mío es otro... y aunque estoy muy enojada con Fernando porque no viene, ni se anuncia, ni nada, debo —296→ mantenerme firme... La verdad es que ya pesa, Señor, ya pesa este abandono en que estoy, y si yo me declarara independiente, no tendría razón ninguna en quejarse. Sabe Dios que le he querido y le quiero como cuando nos conocimos... No dirá que he faltado. Él es quien falta... ¿Y quién me asegura que no se ha entretenido lejos de mí con otra mujer? Esto sería ya inicuo, esto sería ultrajante para mí... Pero yo soy quien soy, y espero, espero, espero... ¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo?... Digan lo que quieran, tengo yo mucho mérito, y la palma de la constancia nadie me la puede quitar...».
Pensando en esto, que era su continuo pensar, hizo propósito de esperar a Fernando hasta unos días después de la terminación del sitio... ¿Y si llegaba después del plazo que ella fijara y daba explicaciones satisfactorias de su tardanza?... No, no: había que aguardarle hasta que se tuviese la certidumbre de que no había de venir.
Acontecía que en sus cavilaciones nocturnas sobre este tema, a veces la persona de Fernando presentábase en la mente de Aura un tanto desvirtuada en sus atributos. Como todo se gasta y perece, aquel ser tan traído y llevado en los sueños de la sensible joven, desmerecía, se deslustraba, como las bellezas materiales que el tiempo y el uso van carcomiendo, como las flores que se marchitan, como las nobles vestiduras que se ajan, como las finas armas que se enmohecen... Sobre cuanto existe actúa el tiempo, —297→ artista minucioso que deshace unas obras, pieza por pieza, para hacer otras, o las reduce a polvo para vaciarlas en mejor molde. El maldito no está nunca quieto, y no hay cosa peor que dejar en su poder, para que lo guarde, algún objeto moral o físico de gran mérito y estimación. Si no se queda con él, lo devuelve transformado.
No estaba ociosa la niña de Negretti en aquellos días, pues sus amiguitas no la dejaban de la mano, llevándola de casa en casa, a patrióticas reuniones femeniles para coser sacos, preparar hilas y vendajes, cuando no iban a Santa Mónica, según los turnos que designaban las señoras mayores. Una tarde, reunida una cuadrilla en que no había menos de dos docenas de muchachas, algunas de las más bonitas del pueblo, discurrieron ir a visitar al oficial herido Fernando Cotoner, que por su gentileza y donosura tenía gran partido entre el bello sexo. Custodiadas por una comisión de mamás invadieron su casa, y halláronle en vías de convalecencia, alegre y decidor como de ordinario; y tanto se excitó con la irrupción de niñas guapas, y tales apetitos de hablar mucho y vivo le entraron, que el médico tuvo que ordenar la inmediata salida del enjambre. «De esta no muero, amigas de mi alma -les decía clavado en un sillón, gesticulando con exceso, pues condenado a quietud absoluta, sin más juego que el de los brazos, usaba de estos desmedidamente-. Sólo ha sido un agujero más, y ya he perdido la —298→ cuenta de los que debo a la guerra. La que se case conmigo, ya sabe que se casa con una criba... Fernando Cotoner no entra en acción sin que le toque alguna china... Es el niño mimado de las balas... ¿Saben la carrera que sigo? La carrera de inválido... Adiós, flores bellas, alegría de mi corazón... Un momento, aguarden un ratito... ¡Vivan las niñas de Bilbao! ¡Viva la Libertad y muera Carlos V!». Respondió el alegre coro desde la puerta y en el pasillo, a donde las empujaba el médico D. Miguel Medina, sacudiéndolas con su pañuelo como si ahuyentara moscas.
A menudo iba Aurora a pasar un ratito con su tío Ildefonso, que con ella se animaba, saliendo por breves momentos de su taciturnidad sombría. Gustaba de que ella, y no los demás, le refiriese las sucesivas ocurrencias del sitio, las victorias que con su heroico tesón iba ganando el pueblo, la situación probable o supuesta de las tropas que venían en socorro de la plaza. Y él, siempre bondadoso, no desmemoriado a pesar de la turbación de su mente, gustaba de decirle lo que consideraba más grato para ella: «Si Espartero viene pronto y salva a Bilbao, en cuanto se abran las comunicaciones tendremos aquí, creo yo, al buen D. Fernando». Y otro día, con gran reconcomio de Prudencia, que se mordía los labios para comprimir sus ganas de controversia, dijo: «Me da el corazón que el Sr. de Calpena está con Espartero, y que entrará con él».
—299→Pasaron días sin que Aura y Zoilo se viesen, por causa de la permanencia casi continua del valiente chico en las líneas de defensa. En cambio, siempre que iba la niña a casa de Vildósola, era infalible su encuentro con Martín, que tardaba en restablecerse de su herida más de lo que parecía natural. Prudencia daba largas al proceso traumático, aplicando vendajes con unturillas de su invención, completamente inofensivas. En el largo espacio que daba el tratamiento dilatorio, logró el benemérito joven, con no poco estudio, aguijoneado por su tía, declarar a la hermosa doncella el amor puro, de honradísimos y santos fines, que le inflamaba, gastando en ello fórmulas algo semejantes a las farmacopeas de Prudencia. Contestábale Aura agradeciendo sus nobles sentimientos, y declarándose imposibilitada de corresponderle por el compromiso antiguo que a otra persona la ligaba. Por su parte, la sagaz gobernante, siempre que a solas la cogía, incitábala a no ser tan huraña con Martín, asegurando que partido mejor no encontraría aunque lo buscara con pregón. La pobre joven rompía en llanto; deseaba que el tío Ildefonso se pusiera bueno para contarle sus cuitas y pedirle consejo; pero esto era muy difícil, porque Prudencia nunca la dejaba sola con su marido, temerosa de que Ildefonso, con su puritanismo y el rigor de sus principios, tan contrarios al sentido práctico, la torciese más de lo que estaba.
Y por desgracia, el pobre Negretti iba de —300→ mal en peor. Una tarde, hablando de ello Vildósola, Valentín y Prudencia, delante de Aura, expresó aquella con lágrimas su dolor por el desvarío manifiesto de las ideas de su esposo.
«Ayer -manifestó Valentín, suspirando- seguía con el tema de que ya no se harán los barcos de madera, sino de hierro, todo el casco de hierro...».
-Esto no es absurdo, no, amigo mío -dijo Vildósola, hombre indulgentísimo, muy crédulo y que no era pesimista en el caso de Negretti.
-Absurdo no... Científicamente, puede ser. Lo gordo es que, según Ildefonso, todo ese hierro que se necesita para construir los barcos de mañana se llevará de Bilbao a Inglaterra. Vean por dónde nos vamos a quedar sin montañas.
-Poco a poco, Valentín. Hablando con franqueza, no veo el delirio, no veo el disparate...
-Pero, hombre, ¿estás tú loco?... ¡Embarcar toda Vizcaya en naves de hierro para llevarla a Inglaterra! ¡Ah, tunante!, como buen corredor de cambios, ya se te hace la boca agua pensando en el papel Londres que vas a colocar el día que...
-No es eso... yo digo...
-Cállate, Cirilo... Se trata de barcos, y yo...
-Se trata de comercio, y yo...
-Esperen... -dijo Prudencia, cortando la cuestión-. A mí me aseguró que toda nuestra —301→ ría no será bastante para contener las embarcaciones grandes, grandes...
-A mí me dijo que dentro de cuarenta años se verían en estas aguas cuatrocientos barcos de dos mil a tres mil toneladas, descargando carbón y llevándose la mena... Para ese tiempo se empedrarían las calles de Bilbao con libras esterlinas, y tendríamos aquí fábricas y talleres tan grandes como de aquí al paseo de los Caños...
-Pues ese delirio -afirmó el corredor- merece mi aplauso, y no he necesitado más que oírlo mencionar para sentirme contagiado. Yo deliro también, Valentín. Yo creo en el hierro... yo lo veo...
-Lo que tú ves es el cambio, los chelines y peniques. Tú no estás bueno, Cirilo... El sitio a todos nos volverá locos.
-Yo veo el hierro...
-Sí: tendremos que echarnos cabezas de hierro para poder pensar. Adelante.
-Con ser un delirio eso de exportar las montañas -añadió Prudencia-, no me resulta tan desatinado como la que me soltó esta mañana. Hablábamos del sitio, de si viene o no viene Espartero, y él muy serio, convencidísimo y enteramente aferrado a su opinión, se dejó decir que para que Bilbao llevase su defensa hasta la última extremidad, volviendo locos a los carlistas y obligándoles a largarse corridos, era menester que pusieran de gobernador de la plaza, ¿a quién creéis?, a nuestro sobrino Zoilo. Dice que Luchu es la más fuerte energía militar —302→ que tenemos aquí. Y que si él estuviera al frente del ejército del Norte, ya no quedaría un carlista para un remedio.
-Es que anoche -indicó Vildósola- estuvo Zoilo contándole cosas de cañoneo y batallas, con las exageraciones y el ardor que el chico pone en todo lo que dice.
-Ya me cuidaré yo -afirmó Prudencia- de que no vuelva a pasar... Cuente Zoilo sus hazañas a los que están buenos, no a los enfermos del magín, que fácilmente se ponen perdidos oyendo hablar de encuentros, degollinas, zambombazos y demás gracias de la guerra, que a mí no me hacen ninguna gracia.
Oía estas cosas Aura sin aventurar de su parte observación alguna, y lo único que se le ocurrió fue el propósito de advertir a su primo, en cuanto le viese, que se abstuviera de contar al tío lances guerreros, ni nada en que figurasen bombas, granadas y metralla. El día 5 de Diciembre, poco antes de la salida que hicieron los sitiadores por la parte de Artagán, creyendo obrar en combinación con Espartero, vio la niña al miliciano; pero no pudo hablarle. Iba ella con las de Gaminde y las de Ibarra por la calle del Correo, a oír misa en Santiago, cuando pasaron las compañías de Milicianos y de Trujillo en dirección de Achuri: Zoilo la vio, y ella a él. Aura no hizo más que sonreír y ponerse muy encarnada; él la saludó graciosamente con una sonrisa y fugaz movimiento de los labios. Por la noche, oyendo contar —303→ que la salida, aunque brillante, no resultó eficaz por el mal acuerdo de haberla hecho sólo con cuatrocientos hombres, pensaba la hermosa joven que si Zoilo hubiera dispuesto la operación habrían salido lo menos mil... Vamos, ¿a quién se le ocurría mandar cuatrocientos hombres, ni aun contando con el apoyo de Espartero por el lado de allá? También ella se iba volviendo estratégica. La verdad, no comprendía cómo sus tíos encontraban tan disparatadas las ideas de Negretti con respecto a Luchu... ¿Pues qué? ¿Dónde había voluntad como la suya? ¿Quién le igualaba en grandeza de corazón, en bravura y serenidad? Pues así como tenía estas dotes, bien podía tener las otras, las del cálculo para saber por dónde se atacaba y con qué fuerzas, y en qué ocasión y momento.
Acostose con la cabeza dolorida, congestionada de tanto pensar, y pasó malísima noche, sin poder conciliar el sueño, atormentada por una idea tenaz, monomaníaca, consistente en establecer paralelo entre Don Fernando y su primo, midiendo y aquilatando las excelsas cualidades de uno y otro. Sin duda había pocos como Fernando, cuya inteligencia, caballerosidad, exquisita educación y finura cautivaban... Esto no quitaba que el otro fuera más hombre, más... no sabía cómo expresarlo. Era todo lo hombre que se puede ser. Con la voluntad que a él le sobraba, se podían hacer cien personas enérgicas, o mil... No había más que mirar aquellos ojos para comprender que era su —304→ alma toda acción, de las que gobiernan y no se dejan gobernar, de las que subyugan y avasallan... Pero por ser menos hombre, no perdía sus hermosos méritos Fernando. ¡Qué talento, qué gracia, qué elegancia de formas! ¡Luego sabía tantas cosas, había leído tanto!... En cambio, Zoilo era un bruto, un bruto, eso sí, capaz de aprender en poco tiempo todo lo que no sabía, y llenar de conocimientos el profundo pozo de su ignorancia... Insistía la gentil niña, dando extensión absurda a estos paralelos febriles, en pertenecer a Calpena, en mantenerse fiel a su compromiso; pero mucho tenía que fortificar su voluntad para oponerse al torrente del querer de Zoilo, de aquel querer que no admitía réplica ni oposición, que todo lo arrollaba hasta imponer y afianzar su imperio. Para defenderse del audaz tirano, lo más conveniente sería no verle más, no hablar con él... ¿Y cómo podía ser esto? Si Fernando viniese pronto, todo se arreglaría; pero ¡ay!, le daba el corazón que Fernando, o tardaría mucho o no vendría más. La insistencia de Ildefonso, al afirmar que vendría con Espartero, era un desatino de la perturbada mente del buen mecánico... Imposible, pues, sustraerse a la sugestión avasalladora, soberana, fatal, de su primo. Dios le había dado el don de querer con tan grande intensidad, que cuanto quería se le realizaba. No soñaba, hacía; pensamiento y ejecución significaban en él lo mismo.
Como era la niña tan inteligente, y además —305→ poseía su poquito de instrucción, extraordinaria para las muchachas de aquel tiempo, podía discurrir sobre estas cosas de humanos caracteres, y hasta encontrar forma relativamente apropiada para expresar sus juicios. Prosiguiendo el ingenioso paralelo, se dijo: «¿Y este Luchu es romántico?... Puede que sí; pero no, como Fernando, un romántico de soñación, sino de acción... Así lo veo yo. Todo el romanticismo y toda la poesía de Fernando es la de los dramas, la de los libros que andan ahora: en los libros y en los dramas, que son pura mentira, ha bebido él su romanticismo, como las abejas en las flores... Este Luchu no es así: todo lo tiene en su alma desde que Dios la hizo. D. Fernando sueña, se emborracha con lo que ha leído... quiere llevar todo aquello a la acción y no puede... no le sale... Claro, como que no es suyo... (Pausa larga de aturdimiento y confusión.) Pero ahora caigo en ello. Zoilo no es romántico, sino clásico, tan clásico, que no puede serlo más... Se me ocurre el disparate de compararle con los dioses antiguos, que tomaban figura de hombres, y a veces de animales, para andar por el mundo y hacer lo que les daba la gana... Y se metían entre los ejércitos, y daban la victoria a quien querían, y destruían pueblos, y soltaban rayos, y seducían mujeres... sin que nadie pudiera oponerse a su voluntad... Naturalmente, como que eran dioses».
—306→
Tenía Valentín por ineficaz aquella dispersión de la familia en diferentes moradas, pues ningún lugar era seguro en el casco de la villa. El inmenso peligro que los vecinos de la Ribera vieron en esta parte del pueblo cuando los carlistas preparaban su ataque a la Concepción, fue conjurado por la bravura bilbaína en la sangrienta jornada del 29 de Noviembre. Si el enemigo hubiera conquistado aquella línea, poniéndose a tiro de fusil de todo el frente de la Ribera, esta habría resultado inhabitable desde el Teatro hasta Barrencalle. Pero como continuaban en sus antiguas posiciones de Santa Clara y barrio de Mena, y lógicamente no habían de meterse en arriesgadas aventuras por aquella parte, pues toda su fuerza y vigilancia la necesitaban de la Salve para abajo, atentos a las pisadas de Espartero, los vecinos de la Ribera recobraban su tranquilidad, y los menos tímidos se iban metiendo en sus hogares. Determináronse, pues, Sabino y Valentín a congregar la dispersa familia: ya José María y Churi, que se instalaron en la casa para estar al cuidado de todo, habían comenzado las reparaciones convenientes en el tejado.
—307→Prudencia opinaba como sus hermanos respecto a la concentración, pues no se hallaban muy a gusto en casa de Vildósola. Este y Rufina, su mujer, eran excelentes personas; no así la suegra, que de continuo cerdeaba y se ponía fastidiosa, dando a entender que la molestaban los huéspedes. Además, todo aquel barrio de Zamudio había venido a ser el más inseguro; las baterías facciosas del barranco de Santo Domingo y de Iturribide atizaban candela y bombas; en la calle de la Cruz y en la vuelta de la de la Ronda habían caído proyectiles, destrozando dos edificios. Para colmo de desdichas en la noche del 13 una carcasa pegó fuego a la finca medianera con la de Vildósola; los vecinos de esta hubieron de desalojar de prisa y corriendo, y Negretti fue llevado a casa de D. José Antonio de Ibarra, amigo de la familia, procurador y comerciante con tienda y almacén en la calle de la Sombrerería. Aunque los Ibarras eran gente bonísima, hospitalaria y servicial, Prudencia no estaba conforme con vivir en prestados hogares, y decía, refunfuñando: «Cada lobo a su cueva, y sea lo que Dios disponga».
Todo el tiempo que le dejaban libre sus ocupaciones en la Sanidad empleábalo José María en el arreglo de la casa, ayudado por Churi, el cual cada día hacía menos uso del don de la palabra. Con un gesto expresaba todo lo que tenía que decir; con un mohín daba respuesta categórica y breve a —308→ cuanto se le preguntaba. Obedecía ciegamente a su primo, y juntos iban a comer a casa de Miguel Ostolaza, el individuo de la Junta y comerciante de las Siete Calles que se distinguía por su bullicioso patriotismo y su desmedida afición al aurrescu. Otro de los Ostolazas tenía botica en Artecalle: con este o con Miguel vivían indistintamente, según las peripecias del sitio, la madre y una hermana, Juanita Ostolaza, de quien era novio José María, con relaciones de exquisita honradez y compostura, y planes de matrimonio. Desde que ambos eran niños andaban en aquellos honestos tratos, y de acuerdo ambas familias habían concertado la boda para cuando Bilbao estuviese triunfante y libre. Comían los dos primos de Arratia en la botica de Francisco o en la tienda de Miguel Ostolaza, y tornaban sin pérdida de tiempo a sus ocupaciones.
Frecuentaba también Zoilo la casa paterna por mudarse de ropa, lo que hacía con desusada frecuencia. Habíase vuelto muy presumido; se acicalaba; tenía su uniforme en perfecto estado de limpieza; iba a los combates como a la parada, gallardo, guapísimo, la cabellera corta bien peinada, el bigotito juvenil atusado con marcial donaire, bien afeitada la barbilla, los botones del uniforme relumbrantes. Si por acaso se encontraban en la tienda los dos primos rivales, no se dirigían la palabra: Churi ni siquiera miraba a Zoilo, y este tampoco era muy expresivo con su hermano mayor. Atribuía el buenazo —309→ de José estas reservas a genialidades de uno y otro: Churi, con su sordera aisladora, se envolvía cada vez más en sus tristezas, labrándose un capullo para sepultarse dentro; Luchu, por el contrario, con sus ruidosos triunfos militares, propendía fatalmente a la expansión locuaz, al dominio. No desconocía José los méritos de su hermano, ni los servicios que con su bravura y serenidad heroica había prestado a la causa bilbaína; casi encontraba justificado su creciente orgullo. Sencillote y benévolo, era el primero en extender a toda la familia las glorias del gallito de Arratia, y en gozar de su prestigio y fama, de lo que resultaba un reconocimiento tácito de su superioridad.
Continuaba Aura en casa de Gaminde, tan querida de las niñas Florencia y Jesusita que no sabían separarse. Pero aconteció que la pequeñuela contrajo una calentura eruptiva, y temerosa Prudencia del contagio, llevó a su sobrina a casa de Orbegozo, donde también la querían y agasajaban. La señorita de Orbegozo poseía algunos tomos de novelas, que leyó Aura, entre ellas, Valeria y Beaumanoir, de Madame Genlis. Manjar tan empalagoso no era del gusto de la joven, que lo apetecía más tónico y amargo. Dulzona era también Socorrito, y muy aficionada a novedades de moda y perifollos. No congeniaban. Más a gusto se encontraba Aura con las de Busturia, chicas criadas en una trastienda, sencillas, trabajadoras, heroínas domésticas sin afectación; pero aunque —310→ festejada por unas y por otras, y deseando conservar tan buenas amistades, anhelaba volver a su casa, vivir entre los suyos, que suyos eran ya, con vínculos del alma, los Arratias chicos y grandes. Al propio tiempo que estas dispersiones enfadosas ocurrían, aumentaba el malestar de todos la escasez de víveres, ya en proporciones aterradoras. Una docena de huevos, de remota antigüedad, no podía adquirirse por menos de sesenta reales. Por una gallina tísica había quien daba media onza. Los gorriones que los chicos cazaban y vendían por chimbos, valían como si fueran pollos. Las alubias llegaban a cotizaciones fabulosas; las patatas no existían, y el bacalao comenzaba a escasear. Algunos días se iba Churi sin decir nada por el Nervión arriba hasta cerca de la Isla, y traía media taza de angulas, con las cuales obsequiaba Prudencia a los de Ibarra, festejando el bocado como un hallazgo preciosísimo en tales tiempos. Iban por allí el corredor Vildósola y José Blas de Arana, ambos famosos entre la gente bilbaína por sus anchas comederas, así como por su inteligencia en artes gastronómicas. Se consolaban de las abstinencias del asedio hablando de suculentas comidas, de platos castizos, y recordando sus merendonas y gaudeamus en días mejores. Arana ofreció a Churi un morrión de miliciano y un sable si le traía una taza de angulas, y Vildósola refería con buena sombra sus sueños, que eran siempre de comer mucho y —311→ bien. «Anoche, para hacer boca, despaché cuatro ruedas de merluza, y encima una docena de chimbos de higuera, que fueron seguidos por una tanda de barbarines...».
-Ya podías haber guardado algo para nosotros -indicó Prudencia-. A Ildefonso le gustan locamente los barbarines fritos en papel.
-Pues yo -dijo Arana-, si soñase esas cosas me pondría malo, y al despertar tendría que purgarme. Me reservo para cuando salgamos de este bromazo. Lo probable es que perezcamos todos, y moriremos acordándonos de la Libertad y del bacalao en salsa roja. Pero si tengo la suerte de salir con vida y de ver reventar a D. Carlos, ojalá que esto sea en la época de los guibilurdines para celebrarlo con un buen atracón de tan rico vegetal.
-Mira -dijo Vildósola-, yo espero que terminemos antes de que vengan los guibilurdines. Te apuesto todo lo que quieras a que la entrada de Espartero la celebramos en el propio San Agustín con chacolí de Quintana, y angulas y lo demás de la estación... y todo esto antes que cante el gallo de Navidad.
-Yo te apuesto lo que quieras a que el gallo y pavo de esta Navidad serán de aquellos que andan por los tejados. Esto va largo, y es casi seguro que saldremos vestidos de máscara a tiroteamos con los serviles. Espartero está comiendo merluza, y no se acuerda de nosotros... ¿Pero qué remedio? —312→ Comeremos clavos en vinagre. ¿Oye, no sabes? Bringas me mandó chocolate muy bueno, y dos docenas de bizcochos que sobraron del primer sitio... En mi casa, con ocho de familia, nos defendemos con el maíz que quedaba en el almacén de Busturia. Lo machacamos; Hilaria sabe hacer unas combinaciones muy buenas, bollitos, fruta de sartén, con un poco de salvado que nos resta, aceite de linaza, nuez moscada... Te convido si quieres, y para obsequiarte añado una rata magnífica que cogimos esta mañana en mi almacén... cebada con raba y sardina, ya ves.
-Gracias: yo tengo hoy huevos de paloma, y una cecina de macho cabrío que está diciendo «comedme».
-No: lo que dice es «tiradme». Es de la que tenía Cosme el de Belosticalle, que la untaba de pimiento choricero para que tomase color y pareciera jamón.
Con estas bromas se entretenían, y conllevaban alegremente las tristezas de situación tan angustiosa. Desprovista del precioso humorismo, y sintiendo en sí muy debilitada ya la vibración patriótica, Prudencia no veía las santas horas de que la pesadilla del sitio terminase. ¡Ay, sería como un despertar risueño! Ya no se podía sufrir el constante llover de bombas y granadas, los espectáculos de muertes y horrores, el hambre, que podían soportar hasta cierto punto los sanos, pero no los enfermos.
El deber patriótico a todos les traía revueltos, —313→ sufriendo mil molestias, viviendo a las veces en medio de la calle. Sabino, hombre de gran resistencia, solía llegar a la noche sin haber tomado más que un ligero desayuno; Valentín llevaba en sus bolsillos mendrugos de borona, y se iba alimentando en el transcurso de las caminatas y ocupaciones que a todas horas le imponía su cargo en la Junta. Más de una noche durmió en un banco del cuartel de la Plaza Nueva o en el duro suelo del café llamado Gari guchi (Poco trigo). Eran los cuarteles sitios de reunión, semejantes a los modernos casinos. Unos cuantos amigos alquilaban un local en buen sitio, y aligeraban allí con sabrosa tertulia las largas noches de invierno, o se divertían con pasatiempos inocentes. El lujo era desconocido en tales instalaciones; el mueblaje lo indispensable para evitar la incomodidad de sentarse en el suelo, o de comer con el plato en las rodillas. Había un cuartel en la Plaza Nueva, perteneciente a un grupo de mayorazgos y segundones; otro en la calle de la Pelota, donde dominaba el elemento mercantil; y tanto en estos como en otros de inferior pelaje, marcábase el embrión de los casinos que hoy son centros de recreo, de holganza y de peores cosas, en grandes y chicas poblaciones. Durante el sitio, los cuarteles hallábanse abiertos para todo el que en ellos quisiese entrar, y servían de cómodo apeadero para militares y paisanos, que teniendo que acudir de un lado a otro, necesitaban tomar un refresco sin necesidad —314→ de acudir a sus casas. Los patriotas se daban cita en ellos; los individuos de la Junta y los jefes de la guarnición tomaban en este o el otro cuartel las medidas más apremiantes. A los más ocupados, que no podían descansar en toda la noche, les mandaban la cena al cuartel. La fraternidad era cordialísima, los alimentos comunes. El que por cualquier causa, descuido de la familia o falta de aviso, no tenía qué cenar, metía confiadamente la mano en el plato del amigo.
El Gari guchi era una combinación de cafetín y cuartel, pues en el entresuelo, alquilado por varios mercaderes de las Siete Calles, habían estos establecido su recreo de billar y mesas de tresillo. Ni allí, ni en el café del Correo, ni en ninguno de los cuarteles se hacía de comer. Pero ya se iniciaba de un modo rudimentario este progreso, pues si no se guisaba, calentaban la comida que de tal o cual casa traían; y el conserje o encargado también hacía café para los señores, los cuales no pagaban la taza, sino que ponían los ingredientes, resultando gratis la obra culinaria: no se le pasaba por las mientes al guardián del local el tomar dinero por aquel servicio. De tal modo las costumbres patriarcales apuntaban su evolución primera, anunciando esta moderna organización del egoísmo. Las guerras deshicieron el antiguo régimen patriarcal de las sociedades, y fueron creando el vivir que ahora conocemos, donde todo se tiene y se paga, donde se desarrollan la comodidad y libertad —315→ individuales en el calor del hogar público, mientras se quedan solas las mujeres en el doméstico, cuidando de que no se apaguen las últimas brasas.
Rendido de fatiga y con más hambre que cómico en Cuaresma, arribó Valentín al cuartel de la Plaza, donde tuvo la suerte de hallar al mayorazgo D. Nemesio Mac-Mahon, exaltado patriota, que le brindó a participar de las sopas que comía. En la misma mesa de despintado pino, hacían por la vida los individuos de la Diputación D. Vicente Ansótegui y D. Antonio Irigoyen, con un capitán de Trujillo y otro de Toro. Versó la conversación sobre los movimientos de Espartero, que después de inútiles tentativas por la parte de Aspe y Azúa, se había vuelto a la orilla izquierda, y a la sazón celebraba consejo de generales para resolver qué se haría en situación tan apretada, pues Bilbao, desangrada ya y sin víveres, parecía llegar al límite de la constancia. El telégrafo había dicho por tercera vez: «siga Bilbao defendiéndose, que pronto será socorrida». Pero el socorro ¡vive Dios!, tardaba en llegar. Como en la mente y en la voluntad de todos —316→ la rendición era el mayor absurdo, no les quedaba más recurso que un morir glorioso, numantino.
En esto entraron Zoilo Arratia y su amigo Víctor Gaminde; Valentín dejó a los señores para correr junto a los muchachos, en quienes encontraba siempre viva la llama patriótica y el nativo coraje de la tierra. Habló Zoilo con el encargado del cuartel, un vejete con antiparras y cachucha, que jamás se quitaba la pipa de la boca. Entregole un envoltorio de papel que traía, recomendándole la mayor actividad en la confección del menjurje, pues uno y otro se hallaban desfallecidos.
«¿Qué es eso, Zoiluchu? ¿Café por casualidad?...».
-Por casualidad es cáscara de cacao. Tengo más, y si usted quiere...
-Y azúcar -dijo Víctor Gaminde dando al guardián otro cucurucho-. Lo hemos encontrado entre las ruinas de una casa que se quemó en la Esperanza. No tiene más sino que está hecha caramelo, por el fuego.
Y la ofreció a los señores, con obsequiosa finura. «Si quieren ustedes caramelo, aquí hay. Tenemos mucho más, y ahora vamos a tomarnos un cocimiento de cáscara de cacao bien dulce. Desde ayer no ha entrado en nuestros cuerpos nada caliente».
En esto llegó Sabino con la capa chorreando agua, porque llovía copiosamente; la colgó de una percha, diciendo con avinagrado mohín: «A fe que se pone buen tiempo —317→ para que D. Baldomero nos socorra. Me parece a mí que ese...
-¡Pero este Sabino!... Ya viene murmurando del General en jefe -dijo Mac-Mahon-. ¿También tiene Espartero la culpa de que llueva?
-La tiene de no haber emprendido las operaciones antes de que el temporal se nos echara encima. Para eso es Generalísimo. Dios manda el tiempo bueno y malo. El hombre debe mirar al Cielo, y aprovechar las claras.
-¿Pero tú no sabes que no hay clara... que sea de fiar?
-Lo que sé, Sr. D. Nemesio, es que no hay general cristino que no sea un pelmazo.
-Vamos, hombre, cálmate, que vas a enflaquecer. Siéntate aquí: te daremos unas cucharadas de sopa.
-Un poco tarde llegas, Sabino -le dijo Ansótegui-. Ni rebañaduras hay ya. Como no te entretengas en lamer todos los platos...
-Gracias: vengo del café de Posi, donde Blas Arana y yo hemos partido media docena de sardinas y un plato de alubias... Allí me han dicho que D. Baldomero, por variar, vuelve al otro lado del Nervión, y que están desarbolando quechemarines para armar un puente de barcas... ¡A este paso...! En preparativos se ha llevado el buen señor un mes, y todavía no ha concluido de resolver por qué orilla se arrancará... ¡Y Bilbao aguantando sitio y más sitio!... No me digan —318→ a mí de Numancia y Sagunto... ¡Deliciosa Navidad nos espera!
-Hombre, sí: Navidad sin pesebre.
-¡Y que tenga uno que celebrar el Nacimiento del Hijo de Dios en esta situación!... Ya lo creo: el D. Baldomero, con merluza y besugo a todo pasto, no tiene prisa... ¿Qué le importa que aquí nos comamos unos a otros?
-Pero, hijo, si la voluntad de Dios así lo dispone, ¿qué quieres que hagamos?
-No me quejo por mí. Pero he dado a Bilbao mis tres hijos, lo único que poseo, y no quiero verles morir de hambre... Ni a Dios puede gustarle eso. Dios dice: cumplid vuestro deber... pero comed, alimentaos.
-¿Estás bien seguro de que Dios dice eso?
-Ahí están las Sagradas Escrituras... ¿Pues para qué multiplicó los panes y los peces?
-Ahí tienes tú un milagro que ahora nos vendría muy bien.
-Con que multiplicara los gatos, nos dábamos por bien servidos.
Arrimado a la mesa donde los jóvenes esperaban el remedio de su necesidad, pidió Valentín a Zoilo su opinión sobre lo que podría suceder si la tardanza de Espartero se prolongaba. Largo rato disertaron sobre ello. Había el miliciano adquirido tanta autoridad en la familia por razón de su denuedo y militar aptitud, que ya su tío gustaba de escucharle, y estimaba en mucho su discernimiento y parecer en cosas de guerra. La arrogancia del chico no excluía su deferencia —319→ con las personas mayores. Zoilo se había crecido moralmente en el espacio de un mes, adquiriendo aplomo, serena energía, y una descomunal fuerza de convicción en cuanto sostenía y pensaba. Sin darse cuenta, su padre y tío aceptaban gradualmente la superioridad del inferior, la grandeza del pequeño, y no se sentían humillados por ello.
-Oye, hijo mío -díjole Valentín, mientras los tres saboreaban en sendos tazones la infusión caliente y dulce-: cuando Bilbao sea libre, te decidirás por la carrera militar, para la cual muestras disposiciones de padre y muy señor mío... Si así lo haces, me alegraré por ti; lo sentiré por la casa.
-No, tío -replicó lacónicamente Zoilo-; no seré militar.
-Antes de diez años, si la guerra siguiera, te veríamos de General: tal creo -aseguró Valentín, sacando de su bolsillo mendrugos de borona que partió con los muchachos, apresurándose a reblandecer el suyo en su taza.
-Seguiré como estaba... Y si usted quiere, para que mi padre descanse, me pondré al frente de la ferrería.
-Francamente, a un hombre como tú, tan cortado para la milicia, valiente como ninguno, paréceme que no le cuadra el oficio modesto de ferrón.
-Pues si no soy ferrón, seré otra cosa: trabajaré por mi cuenta, y haré pronto un capital. Proponiéndomelo, he de conseguirlo... —320→ Todo lo que el hombre quiere con firme voluntad, lo tiene, y más.
-¡Qué alientos gastas, chico! Dios te los conserve... Celebraré verte al lado de la familia, para que a todos nos ayudes... Luego que se acabe esta guerra maldita, nos pondremos a trabajar como fieras, y sacaremos a flote la casa. Vosotros, los sobrinos, debéis estableceros en nuevas familias debajo de nuestro amparo. Casaremos inmediatamente a José María, que tanto él como su novia están corrientes de papeles, con el cura a bordo; luego empalmaremos a Martín con Aura, que también están concertados; y tú bien puedes ir buscando novia, pues un pájaro de tu condición debe tener nido, y engendrar hijos robustotes y valientes.
-¿Novia dice usted?... Ya la tengo...
-¿Ya?... Bien, hijo, bien; así me gustan a mí los hombres: decididos, querenciosos. ¿Que se proponen un objeto, un fin? Pues a él, ¡contro! Cuando los otros van, ya tú vienes de vuelta encontrada... ¿Y quién es la parienta, se pude saber?
Callaron los dos mozos; Víctor Gaminde sonreía.
«Víctor sabe quién es... ¿No puedo saberlo yo? Bueno: estas cosas son un poco vergonzosas... Tú no has de hacer una mala elección. Me gustará mucho verte abarloado con una de las chicas más bonitas y honestas de la población. Y si la encuentras de esas... que pesan, ¿sabes?... que pesan... porque hay lastre de onzas en el arca, mejor, —321→ Zoiluchu, mejor. Has demostrado que vales mucho; tienes un gran porvenir. Para decirlo todo, hijo, eres guapísimo: nada te falta. Ya puedes traernos a casa lo mejorcito de Bilbao, que bien te lo mereces, bien te lo has ganado».
-Lo mejor del pueblo llevaré... pierda usted cuidado... No sería quien soy si así no lo hiciera.
-Eres un hombre...
-Soy... Zoilo Arratia, hijo de sus obras... que cuando quiere... quiere.
-Tú pitarás... el mundo es tuyo.
Una vez tomada su frugal cena, levantáronse los muchachos. Iban al Gari guchi a entretener, jugando al billar, la horita y media que les quedaba antes de volver de facción a la Cendeja.
«Llueve a cántaros, hijos míos».
-¿Qué nos importa el agua?
-Como no nos importa el fuego.
-Iremos arrimaditos a las casas.
-Aguardad, aguardad un momento. Si Sabino me presta su capa, voy con vosotros... No me gusta la compañía de los viejos: prefiero arrimarme a la gente joven, para calentarme en el fuego de vuestros corazones, que no temen, que desean con fuerza...
Obtenida la capa, se fue con ellos, y andaban por las calles enfilados unos tras otros, buscando el amparo de los aleros y cornisones. Cuando llegaban a la calle Nueva, donde estaba el Gari guchi, dijo Valentín a sus —322→ amiguitos: «No sólo vengo a acompañaros, sino por ver si alguien, en este café, me da noticias de Churi, a quien he perdido de vista hace tres días».
-Anoche andaba por la ría en una chalana -refirió Víctor Gaminde-. Nos lo dijo Iturbide, que le vio.
-Para mí -agregó Zoilo-, lo que quiere Churi es escapar de Bilbao, no sé por qué... ni qué interés puede tener en ello.
-Cosas de ese chico -afirmó el padre-, que está más loco que una cabra. Me dijeron que hace días quiso pasar las líneas de ellos por encima de la Salve...
-Y no pudiendo escapar por tierra, puede que intente escabullirse de noche por la ría.
-¿Y a dónde va?... ¿Qué se le ha perdido?
-Querrá comer, tío.
-Es la única explicación que me satisface. Pues si Dios me le libra de un balazo, y logra escapar, y come hasta hartarse; si después de tal hazaña emprende la contraria, el retorno, aprovechando estas noches de lluvia y cerrazón, y se descuelga por aquí con un par de merluzas, vaya y venga bendito de Dios... ¿Qué os parece? Mientras llega el momento de gritar: «¡viva Espartero, que nos trae la Libertad!», gritaremos: «¡viva Churi, el que nos trae las merluzas!».
—323→
Toda la mañana del 19 la pasó Prudencia en su casa, de limpieza y arreglo, ayudada por la criada de Vildósola, pues la suya había caído enferma de anginas. En la tienda, José María y un almacenero de Ripa trabajaban mañana y tarde, poniendo cada cosa en su sitio; que en los días del pánico, habiendo entregado los Arratias para las obras de la defensa gran cantidad de clavazón, alambre, barriles vacíos y otros objetos, sacáronlo precipitadamente, y todo quedó revuelto y confundido. Llegó Martín, aprovechando un rato que tenía libre, y les dijo: «Recójanme toda la clavazón que está esparcida por el suelo, separándome con cuidado los tres tamaños. Veremos si se pueden rehacer los paquetes deshechos. Y ya que se han bajado las pilas de cabos, yo las armaría en otra forma, de modo que estorbaran menos».
-Ha dicho Zoilo -indicó José María- que pusiéramos las pilas de cabos de mayor a menor, no formando cilindros, sino conos.
-No hagáis caso, y ponérmelo como estaba. Mi hermano entiende más que yo de cosas militares; pero en este tinglado sé yo más que él... Otra cosa os encargo: no me toquéis nada en el escritorio: aunque lo veáis —324→ todo revuelto, dejádmelo como está, que yo lo arreglaré.
-Zoilo es de parecer que se despeje un poco el escritorio, sacando a la tienda las chumaceras, los pasadores, las mallas y rasquetas, y dejando sólo el género de pesca.
-Realmente es más metódico... Ya lo arreglaremos así en otra ocasión. También deben quitarse de ahí los cáncamos y zunchos... Tiene razón mi hermano... En el escritorio no se cabe... Pero no toquéis nada por ahora... Temo que me desarregléis los libros, y que se deshagan los paquetes de cartas.
Ya se marchaba cuando bajó Prudencia, y llamándole aparte, le dijo: «Estoy afligidísima. Ildefonso cada día peor. Ahora su manía es que en cuanto entre Espartero nos vayamos a Francia en el primer barco que salga, llevándonos a la niña, naturalmente... Me temo que cuando se entere de nuestro plan pondrá el grito en el cielo, y yo... figúrate... No hay para mí mayor pena que contrariarle...».
-Pues desistamos, tía -dijo Martín con un sentimiento en que se confundían la timidez y la delicadeza-. No quiero que por mí haya desacuerdos y disgustos en la familia... Aplacemos, por lo menos, el asunto, con la esperanza de que el tiempo nos lo resuelva.
-Todo iría como la misma seda si esa loquilla entrara en razón y se hiciera cargo de lo que conviene a su felicidad.
—325→-¡Ay tía de mi corazón! -replicó Martín con tristeza, suspirando-, Aura no me quiere ni tanto así... vamos, yo no le gusto... Ante este hecho no hay más remedio que bajar la cabeza...
-Pues hay que saber gustar, caballerito; hay que matar el pavo y adquirir salero y gracia. Fuera yo hombre, y verías tú si sabía yo domar a una bestezuela bonita y respingona...
-¿Pero qué puedo hacer yo, tía? -dijo el pobre miliciano apuradísimo, cruzándose de brazos-. Ordéneme usted lo que quiera, siempre que no me mande cosa contraria a la honradez.
-No, hijo, no te mando nada... Déjame; estoy loca... Vete a matar carlistas... que es lo único para que servís... Por vuestro bien trabajo: buena tonta soy... debiera ser egoísta y no importárseme nada... Anda, anda, que harás falta en otra parte.
Se fue el simpático joven, mohíno y cabizbajo, al punto de servicio, y antes de llegar a él oyó el cañón de la Perla de Albia, que furioso tronaba contra las Cujas. El nombre de esta batería, ilustrada por memorables hazañas, provenía de unos bancos situados al extremo del Arenal y calle de la Estufa. Tenían los respaldos en forma semejante a las cabeceras de las camas que entonces se usaban, y se llamaban cujas. Allí, terminado el tiroteo de la tarde, nutrido y penoso, con algunas bajas, fue Sabino en busca de Martín, para tratar con él de —326→ asuntos de familia; pero no le encontró, porque trocadas las compañías, le destinaron a la batería del Circo: en cambio, estaba Zoilo, que desde lejos dijo a su padre que le esperase para ir juntos a casa.
Había pasado el buen Sabino la mañana en Santiago, donde encontró a sus amigos de iglesia, y a la salida se consolaron de sus amarguras hablando mal de Espartero, porque no iba pronto, aunque fuese por los aires. Tanto preparativo era miedo... Ya estaba visto que D. Nazario, aunque manco, sabía dónde tienen los hombres la mano derecha. ¿Pues qué creían?... De la iglesia se fue al cuartel de la Plaza, donde Ibarra le dio malas noticias de Negretti, y acudió allá inmediatamente, encontrando a su cuñado bastante caído, taciturno y con cierta propensión a la ira. No hablaba más que para echar pestes contra Espartero, llamándole lacónicamente inepto y cobarde. «Aquí no hay más que un hombre que sepa mandar tropas -dijo descargando en la mesa un fuerte puñetazo-, y ese militar único es tu hijo Zoilo». Por no irritarle con la contradicción, se manifestó Sabino conforme con criterio tan extravagante, añadiendo que Zoiluchu sería pronto General, y para entonces no se verían los bilbaínos condenados a comer ratones. Vildósola llegó a la sazón, y entre uno y otro trataron de desviar a Ildefonso de su vértigo maníaco.
En tanto Prudencia trabajaba incansable en arreglar la casa. A media tarde mandó —327→ llamar a su sobrina para que la ayudase, y las dos trajinaron hasta el anochecer con la muchacha de Vildósola, que se retiró a las obligaciones de su casa. Encendida la luz, continuaron las dos lavando la vajilla, hasta que de súbito llegó un recado urgente de casa de Ibarra, traído por el portero. El señor D. Ildefonso se había puesto muy malo: le había dado un accidente; se le trababa la lengua, y no podía mover el brazo izquierdo... «Vamos, vamos a escape» dijo Aura, lavándose las manos. Y Prudencia, para quien la noticia fue como un rayo, después de permanecer un ratito muda de terror, sin respirar, se secó también las manos precipitadamente, diciendo: «Vamos, sí... No, no, yo iré sola... Tú te quedas... Ya no me acordaba. Ha dicho mi hermano Valentín que vendría a recogernos. No faltará. Con él vendrá Martín, que sale de servicio a las siete... ¿Tienes miedo de quedarte sola?».
-Sí, tía: tengo miedo...
-Pues vámonos... Ellos, al ver cerrada la puerta, irán a buscarnos allá.
Bajaban la escalera cuando entraron dos hombres. Eran Zoilo y su padre. Enterados de la ocurrencia, Sabino dijo: «Me lo temía: esta tarde, cuando le vi, no me gustó nada».
-Sea lo que Dios quiera.
-¡Cúmplase su santa voluntad!... ¿Y Martín no está aquí?
-Estábamos esperándole. Quedó en venir con su tío.
-Quédate, Luchu -ordenó Sabino-, —328→ acompañando a la niña, que Valentín y tu hermano no tardarán...
-Subíos arriba... que esto está muy obscuro... o bajad aquí la luz -dijo Prudencia-. Pero tened cuidado con el fuego.
-Descuide usted, tía... No nos quemaremos.
Salieron presurosos los dos Arratias, y Zoilo, al tomar la mano de Aura, creyó coger un pedazo de hielo tembloroso.
«¿Por qué tienes las manos tan frías?».
-Me las lavé hace un rato... Luego, al saber que el tío Ildefonso... ¿Qué será?... Me he quedado yerta... ¿Subimos?
-No... lo que haré es cerrar la puerta -dijo el miliciano haciéndolo al instante.
-¿Por qué cierras?
-Para que no pueda entrar nadie... Y ahora bajaré la luz y la pondré en el escritorio...
-Por Dios, no pegues fuego.
Zoilo, que de cuatro brincos subió por la luz, bajó sin ella. No traía la luz; pero sí una claridad tenue.
«La he dejado en el pasillo, junto a la escalera».
-Por Dios, primo, no se queme algo.
-Allí no hay cuidado... ¿Por qué te llevas el pañuelo a la nariz? -le preguntó, observándola fijamente.
-Porque ahora siento el olor de alquitrán como no lo he sentido nunca... Parece que me envuelve toda, que penetra dentro de mí... Se me va la cabeza.
—329→Cerrando los ojos, dejose caer, como extenuada de cansancio, sobre un montón de rollos de jarcia.
«Hemos trabajado bárbaramente... Me canso... el alquitrán me marea... No es que me disguste el olor; pero... te lo juro... nunca me ha penetrado tanto».
-¿Tienes frío?
-Estoy helada... muerta de miedo.
-¿Miedo estando yo aquí?
-Ya ves... por estar tú quizás...
-No pensé venir... pero me dijo mi padre que hoy quedaría concertado tu casamiento con Martín, y aquí estoy para impedirlo.
-¡Mujer yo de Martín! Eso no será, Luchu...
-Lo dices... lo piensas así... Pero... ¿y si por medrosa te dejas llevar, te dejas casar...?
-Soy más valiente de lo que crees... Pero si necesitara más valor del que tengo... tú me lo darías.
-A eso vengo, te digo... Aquí estoy yo, un hombre, que por nada del mundo consentirá que le quiten a su mujer... y en tratándose de esto, para mí no hay hermanos, para mí no hay tío, para mí no hay padre... Soy mi dueño, y tú mía en esta vida y en la otra.
Antes de acabar de decirlo, la estrujó en sus brazos y le dio cuantos besos quiso sin hartarse nunca.
«Zoilo... Luchu... por Dios... que me dejes... que no seas malo... Así no te quiero».
-¿Pues cómo, cómo?
-Te lo diré... déjame... déjame hablarte.
—330→-Dímelo pronto.
Casi sin respiración Aura le dijo: «Tienes grandes cualidades, Luchu... Mucho te estimo... Te admiro por la voluntad, por el valor; pero...
-¿Pero qué... pero qué...?
-Te falta una cualidad, primo... No, no la tienes.
-¿Qué me falta? Dímelo, dímelo pronto para tenerlo al instante...
-Pues... te falta... sí que te lo digo... Que no eres caballero.
Quedose el muchacho suspenso y absorto. El tremendo hachazo recibido en su amor propio conmovió todo su ser... «¡Que no soy caballero! Mira, mira lo que dices... ¡que no soy caballero! Si otra persona me lo dijera, ¡vive Cristo!... Pero como me lo dices tú... miro para dentro de mí, por verme, por ver si es verdad lo que dices... y si yo me encontrara con que no soy caballero, aquí mismo me quitaba la vida».
-Si quieres -prosiguió Aura- que yo te tenga por caballero, pórtate como tal.
-¿Y qué debo hacer?
-Lo contrario de lo que haces... Zoilo, abre la puerta.
—331→-Abierta está -dijo él, corriendo de un salto a la puerta y dando vuelta a la llave.
-Así, así me gusta. Siempre no has de mandar tú. El que quiere que le obedezcan, aprenda a obedecer... Ahora siéntate ahí frente a mí.
-Dime todo lo que me falta para ser digno de la mujer que he cogido para mí, sin que nadie pueda quitármela. Te he cogido; me perteneces. Si estoy decidido a no soltarte nunca, también deseo que estés contenta de ser mía.
-¿Que no me sueltas?
-No, no; di que no... primero se hunde el firmamento. Si la familia no quiere, me importa poco la familia... Te cojo, te tomo a cuestas... me voy contigo al cabo del mundo: yo sé hacer las cosas... Pero no me contento con hacer... necesito también que tu corazón sea mío, y que digas: «satisfecha estoy de que este hombre me haya cogido... no hay otro como él».
-No hay otro como él -repitió Aura en el torbellino de la atracción, gravitando hacia él con infalible ley física-. No hay hombre como tú... Luchu, si me convenciera de esto, sería yo muy feliz.
-¿Qué me falta para que puedas decirlo? -le preguntó el miliciano echando fuego por los ojos, mas guardándose a distancia de ella-. ¿Me falta instrucción? No soy torpe. Todo lo que otro sepa, lo sé yo. Para eso están los libros, para eso los maestros. Aprenderé pronto todo lo que no sé... cosas de —332→ ciencia y arte... ¿Qué más me falta? ¿La caballería? También la tengo, y tanto como el que más. Soy generoso, soy delicado. A honradez nadie me gana... Lo que me falta, tú me lo enseñarás con sólo quererme.
-¡Ay! Luchu, primo mío... no sé cómo decírtelo... yo te quiero y no te quiero... yo tengo el alma dividida... Ahora se me va de una parte, luego se me va de otra. No hago más que cavilar y volverme loca... Cuando quiero no pensar en ti, pienso. Cuando quiero sujetar el pensamiento a ti, se me va... Soy muy desgraciada. Que Dios me acabe de traer mi bien, y me lo ponga delante; pero un bien, uno solo: que no me traiga dos, que no me tenga como el péndulo de un reloj... Esto no es vivir... Luchu, yo pienso en ti, y cuando te elogian me lleno de orgullo... ¡Ser tuya, tuya para siempre, eso ya es más difícil!... Me cogerás, me llevarás a la fuerza... te llevarás la mitad de mí, quizás un poquito más de la mitad... cada día será la mitad más un poquito, Luchu... Yo estoy loca, no sé lo que me pasa; no hagas caso...
-Pues ahora sí te digo que me harán pedacitos así antes que soltar yo mi conquista... ¿Qué hablas ahí de mitades?... Toda, toda entera para mí, pues aunque creas eso de los poquitos sobre la mitad, es una figuración tuya, cosa de tu cabeza más que de tu corazón... Con un día que vivamos juntos estoy seguro que me dirás: «Luchu, ya no más poquitos, sino toditos para ti mismo». Me lo dirás, ¿a que sí? ¿Para qué es hablar más, —333→ Aura?... Di que todo está dicho... Esta noche sin falta me abocaré con D. Apolinar.
-Hombre, todavía no... Espera...
-¡Esperar! Esa palabra la he borrado yo de mis papeles. Yo no espero cuando veo el fin de las cosas, cuando las toco, cuando las cosas me dicen: «ven». El que deja para mañana lo que puede hacer hoy, no merece tener la vida que Dios le ha dado. ¿Has visto tú que Dios espere a mañana? ¿Has visto tú que diga el Sol: «hoy no salgo, mañana sí». En la Naturaleza todas las cosas son y vienen a punto, y no se queda nada para después. ¿Está determinado que tal día salga un pollito del huevo? Pues sale; no dice: «voy a quedarme dentro de mi cascarón una semana más». Los árboles nos enseñan la puntualidad: el que da fruta en Agosto, no la guarda para Diciembre. Lo que ha de ser, lo que está maduro, no ha de dejarse que se pudra... Hace un rato me dijiste que no soy caballero... Pues para que no dudes de mi caballerosidad, en cuanto venga alguien de la familia, aunque sea Martín, te dejo para irme en busca de D. Apolinar, que es mi gran amigo, para que lo sepas, y me quiere... Ya le he dicho algo, y el hombre me pregunta siempre que me ve: «Luchu, número uno de los chimbos, ¿cuándo os echo el ballestrinque?». Es muy marinero D. Apolinar, aficionado a dos cosas: a la pesca, y a casar a todo el mundo... Pues esta noche le pesco yo a él y le digo: «D. Apolinar, el chimbo y la chimba se quieren casar... Son —334→ honrados, se aman... pero muchísimo, sin mitades con poquitos, y desean verse unidos por la santa Iglesia para que no diga la gente...».
Fue acometida la gentil Aura de una risa nerviosa. Las expresiones y argumentos de Zoilo hacíanle muchísima gracia; y aquel determinar perentorio, aquella colosal aptitud para la ejecución, la subyugaban: eran como un poder milagroso, enormemente sugestivo, de irresistible influencia sobre la mujer... Revolvíase la pobre niña con instinto de defensa; pero caía nuevamente, sujeta con invisibles lazos, que ignoraba si eran humanos o divinos. Gozoso de verla reír, continuó Zoilo exponiendo sus planes para lo futuro, y en esto empujaron la puerta. Eran Sabino y Valentín.
«¡Qué alegres están por aquí! -dijo Sabino, avanzando en la penumbra, con las manos por delante, como los ciegos, mientras Valentín reconocía el suelo con el bastón-. ¿Por qué estáis a obscuras?».
-Aura teme tanto al fuego, que no quise bajar la luz.
-¿Estáis solos? -dijo Valentín.
-Sí, señor -replicó el miliciano-: solitos y tan contentos. ¿Qué saben del tío Ildefonso?
-Que no es tanto como se temió... Un hervor de sangre... Ya pasó el peligro.
-No me conformo con esta obscuridad -dijo Sabino subiendo en busca de la luz.
-¿Y qué hacíais aquí tan solitos? -preguntó Valentín acercándose a la niña-. Aura... —335→ ¿qué dices?... Al entrar te sentimos reír... ¿Te contaba este alguna gracia?
-Sí, tío: me contaba... no sé qué de Don Apolinar... No, no era eso... Cosas de Luchu.
-Cosas de Luchu -repitió este, las manos en la cintura-. Las cosas de Luchu van ahora por caminos que usted no conoce, tío... pero debe conocerlos. Ni usted ni mi padre se han enterado de que Aura, aquí presente... es mi mujer...
Valentín creyó haber oído mal, o que el chico bromeaba. Miroles a entrambos. Aura bajaba la cabeza; Zoilo repitió el concepto, a punto que Sabino descendía con la luz.
«Hijo mío -dijo parándose a mitad de la escalera-. En un hombre como tú, en un caballero militar, no caen bien las burlas sobre cosas tan delicadas».
-Yo no me burlo, padre. Soy muy formal, y ahora más que nunca. Aura es mi esposa. Ella lo quiere, y yo más. Nadie se opondrá, y el que se opusiere no será mi padre, ni mi tío, ni nada para mí. Mando en mí mismo y en ella... y sépalo todo el género humano.
Sabino miró a Valentín, y Valentín a Sabino, ambos con la boca entreabierta, embobecida. Aura se llevó el pañuelo a los ojos.
«Siento -agregó Zoilo- que no haya venido también Martín, para que supiera lo que ustedes saben ya. Aura Negretti es mi esposa, o lo será mañana si D. Apolinar me cumple lo prometido, y si no, curas no me faltan. Tómenlo como quieran. Siempre fui un buen hijo, y ahora lo seré también, declarando —336→ que en este negocio, por encima de mi voluntad no hay voluntad ninguna: mi razón, como hombre libre, está por encima de todas las razones. No pido nada: me basto y me sobro».
-O estamos soñando -dijo Valentín- o este chico tiene los diablos en el cuerpo, y quien dice los diablos dice los ángeles o el rayo de la Divinidad...
-Hijo mío, mucho te quiero -declaró Sabino, dejando a un lado la luz, y desembarazándose de la capa, que aquella noche venía también mojada-. Pero ya sabes que la familia tenía otros proyectos.
-Los proyectos de la familia -replicó Zoilo- quedan reducidos, por el querer mío, por el de ella, a una cháchara sin substancia. La familia no sabe hacer las cosas; yo, sí. Y si quieren probarlo, al frente de la casa que me pongan, cuando termine el sitio.
-¡Por Dios vivo y sacramentado -exclamó Sabino, que de la fuerza de la emoción y del asombro hallábase a punto de caer al suelo-, que no sé lo que me pasa!... Dejen que me tranquilice, que medite el caso, y si veo en él la voluntad de Dios...
-Aura, hija mía -le dijo Valentín cariñoso-, sácanos de esta duda. ¿Crees que tu primo se ha vuelto loco?
-Sí, tío: loco está... y yo también -repuso la hermosa joven abrazando al viejo navegante.
-¿Pero tú...?
—337→-Yo no sé... No me pregunte usted nada. No sé afirmar ni negar nada... Si me muero, mejor. Así no padeceré más.
-Y como no me gusta dejar las cosas para mañana, ni aun para después -dijo Zoilo-, en busca de D. Apolinar me voy, pues.
-Hace poco entraba en casa de Achútegui -indicó el padre.
-Allá me voy. D. Canuto es mi amigo.
-Ven acá, fuego del Cielo, temporal del Sudoeste -dijo Valentín, cogiéndolo por un brazo-; párate y oye: no puedes entretenerte en correr tras de un clérigo. ¿No sabes lo que pasa? Se ha descubierto que el enemigo está minando en San Agustín. Por acá hemos empezado una contramina para salirle al encuentro debajo de tierra. En bonita ocasión vas a faltar de tu puesto.
-No falto, que allá mismo me voy ahora... A D. Apolinar que me le hablen... Ello ha de ser como yo quiero, y de otra manera no... ¿Ya se van enterando de quién es Zoilo Arratia? Lo mío, yo lo dispongo. Respeto a los mayores; no les temo. Digan que yo sé hacer las cosas... ya lo han visto... Pues aún les queda mucho que ver.
Despidiose cariñosamente, con medias palabras, de la que llamaba su mujer, y de los que efectivamente eran padre y tío, y como exhalación corrió a la disputada y cada día más gloriosa Cendeja.
Apremiada por sus tíos, que la cogían cada uno de un brazo, sentaditos a izquierda y derecha en el montón de jarcia, Aura —338→ con acongojada voz dio estas explicaciones: «Sí, sí... hace tiempo que Zoiluchu me quiere... y yo a él... yo un poquito... digo mal, un muchito... No, no hagan caso; no sé lo que digo... Es un hombre, y no hay otro como él... Vale él solo más que toda la familia de Arratia, habida y por haber. Con su genio bravo domina cuanto quiere. Mandará en mí, en ustedes todos, en Bilbao entero, si se lo propone... ¿Que si le quiero me preguntan? No sé qué contestar... Estoy ahora como los que salen de un mundo para entrar en otro... Un pie lo tengo en aquel mundo; otro pie en éste... ¿Dónde debo poner los dos pies? Yo no sé... Digo que estoy loca, y que no quiero estarlo. Que Dios me ilumine de una vez, y sepa yo dónde estoy... realmente no lo sé... ¿Voy o vengo? ¿A dónde vuelvo la cara?...».
-Hija mía -le dijo Valentín con afecto, mientras Sabino no hacía más que suspirar-, serénate, reflexiona... Consulta tu corazón. Por lo que acabo de oírte, calculo yo... vamos, tú quieres a Zoilo...
-Pero casarme no... yo quiero esperar... Mi conciencia me dice que todavía no... Esperemos a que pase el sitio; esperemos más, más.
En este punto, creyó Sabino llegada la ocasión de emitir su voto, y lo hizo con gravedad y el tonillo sermonario que emplear solía: «Niña de mi alma, manifiestos los designios celestiales, el dilatar su cumplimiento será como si los pusiéramos en tela de juicio».
—339→Dicho esto, sin obtener respuesta, pues tanto Aura como Valentín callaban mirando al suelo, el buen Sabino arrastró también sus miradas por lo bajo; y como viera multitud de clavos y tirafondos esparcidos, se puso a recogerlos uno a uno, cuidando de que ni aun los más chicos se le escaparan. En esta operación asaltaron al pobre señor pensamientos lúgubres. Sus dos hijos Martín y Zoilo, esperanza y gloria de la familia, hallábanse a la sazón en el puesto de mayor peligro, excavando la contramina para buscar al absoluto en las entrañas de la tierra. ¡Vaya que si a Dios le daba por decretar que pereciese uno de los dos en la espantosa refriega subterránea!... Aparte de esto, tristísimo sobre toda ponderación, reconocía y comprobaba que era enorme la cantidad de clavos de distintos tamaños esparcidos por el suelo. Mientras les recogía y agrupaba sobre un banco, pudiera creer que invisible ángel le susurraba al oído, de parte de la Divinidad, que uno de sus hijos moriría... La sangre se le congelaba en las venas... «No, Señor; eso no: aparta de mí ese cáliz...».
Advirtió que Valentín y la sobrinita hablaban susurrando; pero no se enteró de lo que decían, porque el rincón donde recolectaba clavos era el más distante del rimero de jarcia. Seguramente, Valentín le aconsejaría que fuese razonable y se dejara de esperar la venida del Anticristo. Pero no era esto lo que le decía, sino estotro: «Tranquilízate... y aguardemos al día de mañana, —340→ pues los dos chicos tienen sus vidas jugadas a cara o cruz... Estamos aquí haciendo cálculos sobre las vidas, y para nada nos acordamos de la muerte, que a veces es la que nos saca de nuestras dudas...».
-¡En peligro, en peligro Luchu! -exclamó Aura consternada-. Pues no quiero, no quiero... Que salga de la batería, que venga a casa. Basta de hazañas y de heroísmos... La familia es lo primero...
-Hija, el deber, el honor... -murmuró Sabino, que aproximándose pudo enterarse de este concepto.
-¡Luchu en peligro! -repitió Aura en el tono de los niños mimosos-. No quiero más glorias... no, no.
-Ea, no llores -dijo Sabino-; y si lloramos, que sea por los dos.
Al expresar esta idea, y a punto que dejaba sobre el banco el puñado de hierro que acababa de recoger, le asaltó el pensamiento lúgubre en forma más terrorífica, y el ángel volvió a secretear en su oído... La terrible sentencia no era ya que moriría uno de los dos hermanos. El Supremo Juez y Sumo Ejecutor hería de un golpe las dos cabezas. Temblaba el buen padre, y no se le ocurrió más que acudir al instante a la iglesia que estuviese abierta para prosternarse y regar con sus lágrimas el suelo, diciendo a la Divinidad: «Los dos no, Señor: eso sería demasiado... En todo caso, uno, uno no más... y aún es mucho».
—341→
Prudencia les mandó llamar, añadiendo al mensaje que Ildefonso se había tranquilizado, recobrando el uso de la palabra. Acudieron los tres allá, y nada dijeron aquella noche del caso de la niña; mas al siguiente día, apenas efectuada la mudanza, y reunido todo el cotarro en casa propia, estimó Sabino de gran oportunidad someter al eximio criterio de su hermana el nuevo problema que los chicos planteado habían sin encomendarse a Dios ni al diablo. No tuvo tiempo la señora de Negretti de expresar su estupor y disgusto, porque fue preciso acudir a la niña bonita, que cayó primero con un síncope, después con un acceso nervioso y convulsivo, seguido de aplanamiento, delirio y congojas.
No decía más que: «No quiero... Luchu muerto no... Esperar, esperar...». Atendiéndola cariñosa, Prudencia sentía la chafadura de su amor propio, y no se conformaba con que su idea se desviase tan visiblemente de la línea por donde ella con toda previsión y talento quiso encaminarla. ¡El pobre Martín chasqueado, y ella desconceptuada como directora y gobernante! Era una jugarreta de la realidad, que tenía la maldita maña de —342→ resolver las cosas por sí y ante sí, haciendo mangas y capirotes de la lógica y el sentido común... Pero, en fin, del mal el menos. Siempre resultaba lo substancial de su proyecto: que todo quedara en casa y que el gandul de Madrid se fuese, si acaso venía, con las orejas gachas. A medida que la nueva inesperada solución iba haciéndose hueco en el pensamiento de la mujer práctica, reconocía esta las cualidades de Zoilo, y con mayor benevolencia le juzgaba. No podía menos de alabar el garbo y audacia con que había tomado la delantera al sosaina de su hermano, demostrando una resolución enteramente varonil. Era un hombre, era un bilbaíno neto. Con su arrojo en la guerra y aquella franqueza gallarda para apoderarse de la niña y hacerla suya, sin pedir permiso a nadie ni andar en melindres, se había puesto de un golpe a la cabeza de todos los Arratias, y parecía dispuesto a no abandonar la bien ganada supremacía.
Aprovechando los ratos de sosiego de Aura y la relativa tranquilidad de Ildefonso, llamó Prudencia a D. Apolinar y celebró con él una conferencia en el comedor, a puerta cerrada. Era forzoso casar a los chicos inmediatamente, porque habían demostrado tal impaciencia que se hacía indispensable arrojar sobre aquel amor la capa del matrimonio. Si así no se hiciera, podrían sobrevenir escándalo y deshonra. Mostrose conforme D. Apolinar, para quien no había plato de más gusto que casar a alguien, y —343→ propuso explorar el ánimo de la niña y echar un parrafito con ella. Poseía el tal clérigo una singular delicadeza para meter sus dedos en la boca de las señoritas más vergonzosas y pudibundas; pero en aquel caso no sacó las revelaciones que obtener creía. Afligidísima y con más ganas de llorar que de confesarse, Aura sólo dijo que a Luchu, sí..., le quería... que Luchu era un hombre, y que con su voluntad era capaz de mover las montañas... Pero que ella no quería casarse hasta que no pasara mucho tiempo, mucho, pues había un compromiso antiguo, que en conciencia debía respetar... Su amor primero no se le había salido aún del pensamiento. Desalojaba poquito a poco... pero aún tenía dentro la cabeza... o los pies... No podía ella discernir si eran los pies o la cabeza del otro amor lo que todavía no se le arrancaba... De aquí provenían sus dudas, su desazón del alma y del cuerpo, su falta de resolución... su miedo de precipitarse... sus ganas de reposo y de un largo veremos...
Prudencia, enemiga declarada de los veremos, protestaba contra estas vacilaciones; pero ni ella ni D. Apolinar pudieron reducir a la hermosa niña. ¡Vaya que era terca! A solas otra vez la señora y el clérigo, resolvieron prepararlo todo para las bendiciones, pues bien podía ser que los aplazamientos de Aura fuesen un coquetismo intenso, de arte sutil; que los nervios engañan y se engañan, dando por abominable lo que más ardientemente desean. La noticia de la espantosa —344→ lucha entablada en las tenebrosas galerías, abiertas por sitiadores y sitiados entre Uribarri y la casa de Quintana, por bajo de San Agustín, desvió de aquel asunto las ideas de tía y sobrina, y no quedó en sus almas más que el terror. Aura, delirante, tan pronto se sumergía en un duelo lúgubre, como quería lanzarse a la calle, ansiosa de llegar hasta el lugar trágico, y oír los tiros, y ver sacar los muertos, y apurar la impresión directa de la catástrofe, como se apura un tósigo que pone fin al humano sufrimiento. Su romanticismo causaba extrañeza a la tía y al cura, que lo conceptuaron fenómeno patológico. «No quiero dudas -decía-. Vivir o morir... Ni a media vida ni a media muerte quiero verme... Si ha de hundirse todo Bilbao en un segundo, sea... Así acabaremos de dudar».
Con estos temores y sobresaltos, Aura desbordando su imaginación, Prudencia y el cura encomendándose a la Virgen, Negretti a ratos solo, a ratos con su mujer, sumido en una meditación cavernosa, pasaron toda la tarde, hasta que llegó Valentín con mejores noticias, dando a entender que se había conjurado el peligro. Venía el pobre navegante fatigadísimo, tiznado y lívido el rostro, tan fieramente dominado por su crónico reuma, que con gran trabajo tiraba de la pierna derecha para servirse de ella. Dejose caer en una silla, los brazos colgando, el sombrero echado atrás... aguardó un ratito hasta que sus pulmones y su laringe pudieron —345→ funcionar regularmente. «No he visto caso igual -les dijo entre toses-; yo me asomé a la contramina, y salí horrorizado. A las ocho y media de la noche la empezaron con dos ramales. Había que ver a los chicos de tropa y milicia trabajando como los topos. Los viejos, entre los cuales estuve más de dos horas maniobrando de espuerta, sacábamos la tierra. A la madrugada, uno de los dos ramales de acá se encontró con el de ellos. El obscurantismo venía hocicando en la tierra y escarbando con las uñas desde la fuente de Uribarri, para buscar el tamborete de la casa de Quintana, que querían volar... Pero no contaban con que también aquí tenemos topos, no de los serviles que no ven, sino de la Libertad, muy despabilados... Cuando el boquete de acá y el de allá se juntaron, el sargento de zapadores, Elizagárate, agarró la pala facciosa, y dio un achuchón tan fuerte, que del palazo destrozó la barriga del minero de allá... Sólo dos hombres podían trabajar en el frente de la galería, ancho de tres pies por una parte y otra. Abriendo hueco a todo escape, los de acá se precipitaron al otro lado: Zoiluchu reventó a uno con la pala y mató a otro de un pistoletazo. El agujero, que ya era corto, acortose más con los dos cadáveres. ¿Pasarían ellos acá o nosotros allá? Y entre tanto, si la tierra se hundía, pues bien podía ser, allí quedaban todos sepultados... Yo llegué hasta cerca del boquete de comunicación y me entró tal miedo, que salí despavorido. Denme —346→ a mí agua y ventarrón: ni a la una ni al otro temo; pero con la tierra jonda no juego... Me espanta verme en el sepulcro antes de morirme... Cuando salí al aire, me pareció que resucitaba. No hay quien respire allá dentro... Y a la luz de las linternas ve uno brazos que le cogen y le enganchan la ropa... Son raíces de árboles...».
Tomado aliento, refirió después cómo ahumaron las galerías con pimiento quemado para ahuyentar a los sitiadores. Los topos de allá se escabulleron, y cuando se iba disipando aquella pestilencia asfixiante, los de acá lanzáronse por la mina, respirando a medias. Contaban que llegaron hasta la boca, y que halláronla cerrada con sacos de tierra, como si quisieran defenderla. Luego se han escalonado los nuestros a lo largo del tubo, esperando a ver si se atreven a hocicar otra vez. Si se atrevieran, ¡Dios sabe lo que pasaría!... Pero avisados como estamos, no podrán ellos cargar la mina; nos hemos salvado, aunque queden las galerías cegadas con carne y huesos de valientes... Por fin, con las precauciones tomadas, piensan todos que si hemos sabido cortar los vuelos del águila y cogerle las vueltas al gato, también sabremos taparle los agujeros al ratoncito faccioso.
A punto que tomaban una frugal cena, dando un huevo a Negretti, y otro a la niña, con sopita de vino, entró Sabino sofocado y gozoso. Después de pasarse todo el día de iglesia en iglesia, implorando la Divina Misericordia, —347→ se había personado en la Cendeja, donde acababa de tener la satisfacción de ver vivo y sano a su hijo Zoilo. A Martín no le había visto; pero por Pepe Iturbide sabía que continuaba en las Cujas sin novedad. «Gracias sean dadas al Señor», dijo Valentín; y Aura, con las felices nuevas, parecía recobrar la animación y el contento. Pasaron la noche tal cual, y al día siguiente muy temprano, continuando Prudencia en los arreglos de casa, dispuso una variación que le parecía pertinente. En la alcoba grande, donde antaño dormían sus padres, que después ocupó ella con Negretti, por temporadas, y que últimamente servía de dormitorio a Valentín, creyó que debía instalar a su sobrino. Preparó, pues, la pomposa cama matrimonial, y aunque despertó Aura con ganitas de levantarse, no consintió su tía que se diese de alta tan pronto. Desplegando exquisita amabilidad y dulzura, la trasladó de habitación y de lecho, diciéndole: «No, hija, no: estás desmadejada... bien conozco tu naturaleza... y sé que necesitas largo reposo para recobrar tu equilibrio. Te paso a la alcoba grande, para que vayas entendiendo que lo mejor de la casa debe ser para ti, y que todos nos desvivimos porque esté contenta y a gusto la perlita de la familia. Aquí tienes buena luz, por si te aburres y quieres leer un ratito. O te traeré tu costura, tu labor de gancho... Pero levantarte, ¡ay!, no lo pienses, que estás muy débil, y tendrías que volver a acostarte...».
—348→Asombrada de tanta finura y obsequios tantos, Aura se dejaba querer. Donde quiera que la pusieran, allí se estaba con sus cavilaciones, con sus dudas, con su cruel ansiedad. Llegó sobre las nueve el bendito Don Apolinar, y sin sentarse, preguntó a los tres hermanos, por dicha reunidos en el comedor, que se resolvía sobre el grave caso de conciencia. No habían aún manifestado su opinión por la autorizada voz de la hermana, cuando sintieron ruido en la tienda. Eran Zoilo y José María que acababan de entrar. Propuso Sabino que sus hermanos con el señor sacerdote pasasen a platicar con la niña en la alcoba grande, mientras él hablaba dos palabritas con su hijo menor, pues su conciencia no estaría tranquila mientras no dilucidase con él, en el sagrado recinto del hogar de Arratia, un grave punto de moral... La moral, la sana conducta, la observancia rigurosa de las leyes divinas y humanas, habían sido siempre norma de la honesta familia, desde el primer Arratia venido al mundo, hasta la ocasión presente. Llevose a Zoilo al rincón último de la trastienda, y con gravedad y dulzura, hablando como padre y como amigo, le dijo: «Motill, empiezo dándote un abrazo por tu comportamiento militar. Bilbao te glorifica, y tú, honrando a Bilbao, honras a los tuyos... Pero hay otro terreno, muy distinto del de la guerra, donde no te has conducido con la pureza y dignidad de un Arratia».
-¡Qué dice usted, padre! -exclamó Zoilo, —349→ que en su fogosidad no podía contener sus sentimientos dentro de formas comedidas.
-Digo que tu conducta con la niña desmerece de lo que ordena el decoro de nuestra familia... Si la querías, ¿por qué no te clareaste, para que nosotros inclinásemos su ánimo...?
-Porque yo me basto y me sobro para... inclinar ánimos.
-Pero luego has cometido una falta mayor, por la cual quiero reñirte... con blandura, no creas... -dijo Sabino, que ante la arrogancia del miliciano se achicó más de la cuenta-: quiero hacerte ver que has ofendido a Dios... supongo que en un momento de extravío, de... No te riño... Se te perdonará si confiesas...
-¿Qué?
-Que por precipitar tu casamiento con la niña y hacer inútiles nuestros planes con respecto a tu hermano, has...
La mirada fulgurante de Zoilo le confundió. No pudo expresar su pensamiento ni aun con los eufemismos que el delicado caso requería. Comprendió el chico lo que su padre, turbado y balbuciente, quería expresar; y con entera y clara voz, poniendo a su indignación el freno de las razones corteses y del tono respetuoso, le soltó esta andanada: «Si lo que usted me dice, o quiere decirme, me lo dijera otro que mi padre... si no fuera mi padre quien tal infamia supone en mí, ni tiempo le daría tan siquiera para arrepentirse —350→ de su mal pensamiento. Soy tan honrado como mi mujer, como la que será mi mujer, y no permito que en la honra de ella se ponga la menor tacha, ni en la mía tampoco. Ni una palabra más, señor padre... ¿Para qué es decirlo?».
-¡Pero si no te reñía...! Ven acá, no seas tan bravo... Era un sospechar, hijo; era interrogarte... y no me opongo, no me opongo a que te cases mañana mismo si quieres.
-¿Cómo mañana? -dijo Luchu volviendo atrás y deslumbrando de nuevo a su padre con las centellas de sus ojos-. ¿Qué es eso de mañana?... Esta noche a primera hora me caso. Así lo he dispuesto. Y por si Don Apolinar no quisiera hacerme ese favor, ya tengo hablado al capellán de Toro, que nos casará por lo militar, con cuatro palotadas... Vamos arriba.
No le sorprendió que Aura, a quien en su mente y en su voluntad tenía ya por esposa, ocupase la alcoba de respeto y el grandioso tálamo de cuja monumental, representación del nido histórico de Arratia. Cuando entró, las miradas de los que estaban en la habitación rodeando el lecho, se fijaron en él, y las suyas se clavaron en la hermosa joven, que agazapadita, temblando de frío (que en aquel instante la acometió), velaba entre el embozo su lindísima cara, no dejando ver más que los soles de sus ojos y su negra cabellera desordenada. Le miró Aura, calladita, y él, por la presencia de la familia y del cura, no se abalanzó a remediar la destemplanza —351→ de su esposa con besos ardientes. El primero que rompió el silencio fue D. Apolinar con esta juiciosa observación: «Opina la señorita que debemos esperar».
-Sí, esperaremos -opinó Zoilo con resolución, dando algunos pasos hasta llegar al lecho y poner su mano en el bulto que hacían los pies de Aura-. Esperaremos unas horas. Esta tarde, Sr. D. Apolinar, nos casará usted si quiere, y si no quiere lo hará el capellán de Toro.
-Por mí no queda -balbució el clérigo.
-Pues, como decía, digo que hoy al anochecer nos casamos. Mi prima no tiene más enfermedad que un poco de susto... Aura, te levantarás al mediodía.
Nadie se atrevió a replicar a esto, pues el modo de decirlo excluía toda réplica. Atónita miraba la niña al que con tan tiránicos modos imponía su autoridad en cosa tan grave; y aunque le andaban por el magín fórmulas de protesta, estas se tropezaron con sentimientos muy vivos y estímulos que quitaban toda eficacia a las ideas. Hallábase bajo el poder magnético, psicológico o lo que fuese; la tremenda atracción la sacaba de su órbita para llevarla a otra más amplia, de más rápido movimiento. No tenía voluntad, se entregaba, se sometía... Luchu la arrebató como se coge un fuego chico para unirlo a un fuego grande, formando una sola llama.
Valentín se creyó en el caso, como el mayor de la familia, de obtener de Aura una —352→ contestación terminante. «¿Qué dices a eso, niña? ¿Te parece bien?».
La niña se fue eclipsando entre las sábanas... Como el sol que se pone, se ocultaron sus ojos; después su frente: no quedó fuera más que un crepúsculo... los cabellos negros esparcidos en las almohadas, como entre nubes. Prudencia se acercó y la oyó suspirar fuerte, allá entre los pliegues tibios de la ropa de cama.
«Esto es hecho -dijo en alta voz; y por lo bajo-: En estos casos, quien suspira otorga».
-Bueno -dijo Sabino en el pasillo, hociqueando con su hermano-, se preparará todo para las siete... Es buena hora... Yo voy a Santiago a entenderme con el párroco... A las siete en punto, ¿sabes?... ¿Y al pobre Martín qué le decimos? Ea, se le dirá que este pillo... No: se le dirá que la voluntad de Dios ha llevado las cosas, no por el camino, sino por el atajo... ¿Qué podemos nosotros, pobrecitos mortales, contra los designios...? Yo le hablaré... A las siete en punto: no te descuides. Sin aparato, sin bulla... Algo chismorreará mañana la gente; ¿pero qué importa?... Yo daré noticia a las familias conocidas... Diré que eran novios; que... puede quedar —353→ el matrimonio en secreto hasta que convenga darle publicidad. Yo hablaré con el párroco D. Higinio, que nada me negará... Somos amigos desde la niñez: él, Guergué y yo nos pasábamos las tardes jugando al cotán en los Cantones... Valentín, ya sabes, a las siete en punto. Hay que estar allí a las siete menos cuarto... Yo me encargo del papelorio... ¿Y a Ildefonso no se le dice nada?... Mejor será que lo sepa después. Ea, no descuidarse... Yo me voy.
Sin dejar de prestar a tan importante asunto la atención conveniente, dedicose el veterano de la mar a buscar a su hijo, cuyas ausencias y largos eclipses le ponían en cuidado, así como su creciente taciturnidad y tristeza. Tres días con sus noches hacía que no se dejaba ver de la familia, y habrían dudado de su existencia si no dieran noticia de él los amigos que le vieron a diferentes horas chapoteando en la ría, a bajamar, o rondando tétrico por los extremos de la población. Arrastrando su pata coja, corrió Valentín por calles y plazas, sin olvidar las inmediaciones de las baterías, con tan mala suerte, que en ningún punto le encontró: en muchos de ellos dijéronle que le habían visto. Creyérase que el endiablado chico le tomaba las vueltas, burlando su persecución, ligero como un pájaro y escurridizo como un pez. Por la tarde hubo de renunciar a su fatigosa cacería, y fue a tomar descanso en las Cujas, donde encontró a su sobrino Martín ya con la píldora en el cuerpo, administrada —354→ por Sabino. Como si esto no fuera bastante, tenía una herida en la mano derecha, que de primera intención le curaba el físico cuando llegó su tío de arribada forzosa, navegando con una sola paleta. Por ambos estropicios hubo de propinarle Valentín los consuelos propios del caso. ¿Qué remedio había más que tener paciencia? Con travesura y arranque de hombre, Zoiluchu le había tomado la delantera. Menos mal, que todo quedaba en la familia... Olvidara Martín el desaire, en el cual no habían tenido poca parte su cortedad y amorosa desmaña, y lleváralo con resignación, que novias guapas y de peso, gracias a Dios, no habían de faltarle. En cuanto a la herida, bastaríale guardar en completa quietud la mano, de la cual ya no tenía que hacer uso ni aun para casarse. «¿Sabe usted el consuelo que me ha dado mi padre? -dijo Martín queriendo sonreír, cuando aún rodaban por sus mejillas las lágrimas que le hizo derramar el acerbo dolor de la cura-. Pues, según él, este balazo es la forma expresiva con que la Divina Voluntad me manifiesta que no debo casarme. ¡Caramba, ya podía Dios habérmelo dicho de otro modo!».
-Pienso lo mismo. ¡Vaya un modo de señalar que usa el Señor! Con quitarle a uno la novia bastaba... Ya estaba vista la intención...
De su herida tomó Martín pretexto para no ir a su casa aquella noche. El médico le había recomendado que fuese al hospital, y —355→ su padre le ofreció pasar la noche con él. Le venía muy bien lo de la mano para librarse del mal rato del bodorrio... Luego que se curase, a su casa volvería, y lo pasado, pasado: todos hermanos, todos unidos, y a trabajar por el bien común.
Apenado por la doble desgracia del sobrino, que este soportaba con su habitual mansedumbre; afligido también por no encontrar a Churi, y acariciando el propósito firme de poner correctivo a su vagancia con una buena mano de pescozones, se dirigió Valentín, al paso tardo de pierna y media, a la casa de la Ribera. ¡Cuán ajeno estaba de que al entrar en ella, sobre las cinco de la tarde, hora ya de cerrada obscuridad en tal estación, no se hallaba lejos de allí el extraviado Churi! Agazapadito junto al pretil de la ría, en actitud semejante a la de los pobres que piden limosna, el sordo vio entrar a su padre en la casa; dando un gran suspiro se fue escurriendo a gatas, sin abandonar la sombra del pretil, en dirección del Arenal, y en todo este recorrido gatuno iba dando verbal forma a las ideas que agitaban su alma... «Señor padre, adiós... -remusgaba6 en obscuro lenguaje, que es forzoso aclarar y traducir-. Ahora que le he visto, ya nada más tengo que hacer... Adiós mi padre, adiós mis tíos, y adiós mis primos, para siempre, y adiós tú, casa mía... que ya no veréis más a Churi, ni Churi ha de veros... porque él mismo se echa fuera de Bilbao, con intenciones de no volver... No quiero más familia, ni —356→ más casa... porque para morirme de rabia, o para volverme malo y matón, quiero más irme lejos, a otras tierras de adentro, o de afuera, o del demonio».
Atravesando a buen paso el Arenal, seguía su cantinela... «Ya no veo mi casa... Adiós tú, casa, y adiós tú también, Bilbao, mi pueblo; que todos, familia, casa y pueblo se me habéis vuelto como los venenos mismos, y si de aquí no me voy, me condeno... Ahora dirán: «¿pero dónde está Churi, que no parece?». Creerán que me he tirado al mar, o que me ha cogido por la mitad una bala de cañón... No, señores, no. Churi se va... ¿no saben por qué? Pues que se lo pregunten a ese ladrón de Zoilo, a ese fantasioso, que se coge para sí la mujer de otro, y la ha conquistado por el miedo... Bien lo he visto... Adiós tú, Arenal, San Nicolás mío; adiós Cujas y Campo Volantín de mi alma: ya no me veréis más, porque Churi es bueno; Churi no quiere hacer una muerte, ni dos muertes, ni ninguna muerte, y para no hacerlas, se va al cabo del mundo... Puente colgante, adiós, y adiós Siete Calles y Cantones... Mientras vea tierra por delante, caminaré, que buenas piernas tengo; y si veo mar y me dejan embarcar, también me voy, lejos, lejos, a la otra parte de la tierra, que dicen que es redonda como una naranja, a ver si encuentro un país... que puede que lo haya... un país donde toda la gente sea sorda... donde vivan las humanidades sin oírse ni una palabra, porque tengan otra manera de entenderse —357→ unos con otros... ya por señales o guiños de los ojos... que bien podía ser... Y el amor no necesita hablarse, sino hacerse, con garatusas... en fin, no sé... Puede que lo haya, puede que haya ese país, donde no tengamos orejas, y en cambio tengamos otros instrumentos más grandes que aquí, el ver, el gustar... no sé... El instrumento del oído no hace falta, ni para comer, ni para dormir, ni para ser uno padre de familia... no, no hace falta... Adiós, padre y pueblo, que lejos me voy...».
Las ocho serían cuando navegaba río abajo en una chalana diminuta de tablas podridas, a la que había echado algunos remiendos la noche anterior, la menor cantidad de embarcación posible. Previamente había metido a bordo sus víveres, unos pedazos de borona envueltos en un trapo. Este era una de las banderitas españolas que solían poner los combatientes en las baterías: habíala afanado días antes, y la llevaba para el caso de que los barcos de guerra, al verle recalar en Portugalete, le mandaran izar pabellón de nacionalidad. Con su bandera, sus mendrugos de borona y un balde para achicar tenía bastante, y ya no le quedaba más que encomendarse a Dios para poder rebasar, al amparo de la cerrazón, los puentes de barcas que los carlistas habían tendido en San Mamés y en Olaveaga. Afortunadamente para el atrevido mareante, a poco de soltar sus amarras empezó a llover con gana, y venía por babor, de la parte de Baracaldo, un Noroeste duro con rachas de galerna que —358→ levantaban olas en la ría. La tenebrosa obscuridad, la lluvia, el horrendo frío, eran causa bastante para que los facciosos no vigilaran; y para colmo de felicidad, el agua bajaba desde las nueve. Con dejarse ir al son de marea, arrimándose todo lo posible a barlovento, a la orilla izquierda, que era la de más abrigo, se escabulliría como un pez... Experto navegante, conocedor de la ría más que de su propia casa, sabiendo como nadie buscar los puntos donde más ayudaba la corriente, se dejó ir, sin hacer uso de los remos, para evitar ruido y el rebrillar del agua. La agitación de esta, los rumores hondos de la naturaleza, encubrían su escapatoria. Con que el tripulante se agachara al deslizarse entre las barcazas que sostenían los tableros de los puentes, bastaba para que la humilde chalana pasara por un madero flotante, arrastrado por la marea.
En todo lo que anhelaba fue el pobre Churi favorecido, así por la naturaleza como por el acaso, y nadie le vio, ni oyó voces humanas, ni tiros de fusil disparados contra su nave. A las once salvó las barcas de San Mamés sin novedad, y antes de las doce burló las de Olaveaga; a la una divisaba las luces de los carlistas vivaqueando en las baterías de Luchana; pasó sin tropiezo, amparado de una espantosa descarga de agua, que por lo fría parecía nieve, y de un terrible golpe de viento; a las dos, dejándose ir a sotavento para alejarse del fortín del Desierto, cruzaba también inadvertido por este sitio. —359→ Vio más tarde, a estribor, las canteras de Aspe, y en aquellas latitudes, juzgándose ya salvado, se aguantó con los remos, pues el agua empezaba ya a tirar para arriba. No tenía que hacer más que mantenerse allí, capeando la marejada que venía del Oeste, y enmendando a cada paso su situación que la corriente le alteraba. Con esto, y con achicar sin tregua, pues de lo contrario la chalana se le iba a pique, tenía bastante faena hasta el alba, que debía de apuntar sobre las siete. Aguantose, pues, sorteando viento y marea, y al ver por Oriente las primeras claridades de la aurora, arboló a proa su banderita, disponiéndose a ganar puerto. Sus observaciones, sin más instrumento que los ojos de la cara, indicáronle demora de un cuarto de milla al Este de Portugalete.
Ya no temía el fuego carlista: hallábase en aguas de Isabel. A las ocho, divisó entre la neblina los bergantines ingleses Ringdorve y Sarracen (que ya conocía), otro barco de guerra, español, y varias lanchas cañoneras... La temperatura era glacial; el viento había rolado al primer cuadrante y traía lluvia fina, puntitas de nieve que pinchaban como agujas. A las ocho pasaba junto a una cañonera española que le dio el alto... Comprendiendo que debía expresar sus sentimientos isabelinos, señaló con orgulloso gesto su pabellón, que sobre los colores tenía el lema Isabel II. Libertad. Desde la borda de la cañonera le preguntaron: «¿Traes parte?». —360→ Pero no se enteró, y siguió bogando. Poco después vio surgir del seno de la calima el puente armado sobre quechemarines y jabeques para pasar la ría entre Bilbao y las Arenas; sonaban cornetas, tambores, campanas en tierra y en los buques: para Churi como si no. Por fin, la valiente zapatilla atracó a la escala de Portugalete, y al encuentro del audaz marino bajaron muchos preguntándole: «¿Traes parte? ¿Qué ocurre en Bilbao?». Puso el pie en tierra con la gravedad de un almirante; quitando la bandera de la proa de la chalana, dio a esta una patada, equivalente al propósito de no volver a entrar en ella, y subió la escala con bandera al hombro, sin contestar a los preguntones. Entre estos había no pocos que al subir le conocieron. «Es Churi, el sordo bilbaíno», decían, y nadie le molestó más con interrogaciones fastidiosas. Él no venía con papeles, ni tenía que dar cuenta a nadie de lo que a buscar iba en Portugalete. Garantizado por su bandera, que agrupó a su lado mujeres y chiquillos, encaminose a una hermosa casa, contigua a la del Ayuntamiento, en la cual entró como persona conocida, sin saludar a nadie. Dos mujeres freían pescado en grandes sartenes. «Hola, Churi, en buena hora llegas -le dijeron-. Por Bilbao. ¿qué hay? Mucha hambre, ¿verdad? Siéntate y descansa. ¿Tu padre bueno? Dicen que muerta gente mucha... Los dientes muy largos traerás, hijo. Dos ruedas de merluza aquí tienes, pues».
—361→Sin sentarse, Churi devoró lo que se le ponía delante, y miraba a un lado y otro, como buscando a persona conocida...
«Ya sé a quién buscas, Churi -le dijo otra de las mujeres, que hablaba castellano correcto-. Aquí no está...».
Y como el sordo entendiese que la persona ausente no estaba en aquel pueblo, afligiéndose mucho al creerlo así, la buena mujer le explicó como pudo, con terribles gritos acompañados de gesticulaciones enérgicas, que la señá Saloma se encontraba en la Casa de Jado... «¿Sabes? Por ahí, camino del Desierto. Tenemos la contrata de la Plana Mayor». Allá corrió Churi, con una rueda de merluza en la boca y otra en la mano, y de rondón se coló en el edificio que se le designaba, sin hacer caso de la guardia que quiso detenerle. Metiéndose por una puerta a la derecha, fue a dar a la cocina, y en ella vio a una mujer gallarda, morena, guapetona, de ojos negros, que recibía de otra un plato con un huevo frito y un chorizo.
Contento se fue el sordo hacia la guapa moza, y ella, al verle, lanzó una festiva risotada, diciendo: «Hola, Churi... caro te vendes... ¿Por dónde has venido, por la mar o por los aires? Eres el demonio... Ay, hijo: no puedo entretenerme... Aguárdate aquí, que voy a llevarle su desayuno al General en Jefe...».
—362→
Vio el sordo soldados y ordenanzas en la cocina, oficiales que sin cesar subían y bajaban por la escalera principal, a la cual se asomó, por matar el tiempo, esperando a su amiga. Esta reapareció, diciendo: «No vuelvo más arriba. Los ayudantes no la dejan a una vivir... Vean qué cardenales tengo en este brazo. Un asistente me ha dicho que el General está malo y no come nada... que tengamos caldo para las doce... Tú, Casiana, dame a mí un poco de guisado, que estoy desfallecida... Echa, echa más, que comerá conmigo el pobre Churi... ¿Verdad, hijo, que tienes gana? ¡Pobre sordito!... Siéntate aquí, cuéntame...».
Tan viva de genio era la tal Saloma, que a veces parecía no estar en sus cabales. Dejándose llevar de su vena comunicativa, sin parar mientes en la sordera de Churi, le refirió, mientras comían, sucesos militares de notoria actualidad. «Mira, hijo, aquí estamos desde primeros del mes queriendo socorrer a Bilbao, y quedándonos con las ganas de hacerlo. Tan pronto vamos por la orillita de acá como por la de allá, y en ninguna tenemos suerte. En Castrejana no hicimos más que perder mucha gente, y nos volvimos para acá con las orejas gachas. Allí —363→ enfrente, en Azúa y Lejona, no hemos hecho más que apuntar. Gracias que los ingleses, hombres de mucho tino, han armado en el Desierto un altarito que le dará que hacer al servil. Ahora parece que operamos por allí, y todo será que tomemos el puente y casas fuertes que esos perros han hecho en Luchana... Baldomero tiene ganas tremendas de darles una buena entrada de palos... pero yo le digo: 'Baldomero, ándate con tiento y no te comprometas... Tira primero tus líneas, mide terrenos y distancias... Es malo echar carne a la pelea sin haber antes medido bien...'. Pero él no me hace caso... Es tan caliente de su natural, que si no tuviera armas, a bocados les embestiría... Aquí tenemos a D. Marcelino Oraa, que tan pronto va como viene. Al otro lado están las tropas acampadas de mala manera, mal comidas, muertas de frío. Dime tú si así se pueden ganar batallas. Yo digo que no; Baldomero sostiene que la sangre española no necesita más que de su mismo fuego para pelear y vencer».
Por amabilidad, a todo asentía Churi con cabezadas, sin entender una jota. Dígase pronto, para evitar malas interpretaciones, que aquel Baldomero, a cada instante nombrado por la arrogante Saloma, era un sargento de Guías, que tenía el honor de llamarse como el ilustre caudillo del Ejército del Norte; y añádase que descollaba por su arrojo, obteniendo cruces, y hallándose muy cerca de ganar el grado de alférez. D. Marcelino —364→ Oraa, de quien había sido asistente, teníale en gran estimación, y el mismo Espartero le conocía por su nombre (Baldomero Galán) y le distinguía.
«Pues para que te enteres mejor -dijo-, los ingleses nos ayudan como unos caballeros. Tienen talento para el ramo de cañones, y un ojo para la puntería que da gloria verlo. Baldomero dice que con ellos serviría más gustoso que con los de acá, porque pagan bien, comen mejor, y son muy puntuales en todo... Yo le digo: 'Aprende de esos a echar líneas y tomar medidas antes de batirte... Fíjate en que no mueven una pata sin pensarlo mucho, y examinan bien el pedazo de suelo donde van a ponerla'. Y él me replica: 'Sí, mujer, tienes razón: son de mucho estudio; pero acá uno es riojano, y antes de ponerse a estudiar, se le enciende la sangre y allá va el coraje sin sentirlo'».
Satisfecha su hambre, Churi sentía también vivas ganas de comunicar a una persona grata sus acerbas penas. Diose por enterado, sin entenderlo, de lo que Saloma le había dicho, y continuando la conversación sin lógico enlace de ideas, le dijo en un vascuence mal castellanizado que es forzoso traducir: «Efectivamente, Saloma Ulibarri, yo no te olvido; y en cuanto determiné dejar a mi pueblo y a mi familia para siempre, he pensado en ti; y vengo a decirte que si estás en volver pronto a tu tierra de Navarra, como me dijiste la última vez que nos vimos, yo me voy contigo...».
—365→-Aquí me tienes pendiente de las operaciones -replicó Saloma-. Por mi gusto ahora mismo me ponía en camino para mi Aragón de mi alma, pues casi soy más aragonesa que navarra. Pero todo depende del punto a donde destinen a Baldomero, que ya va para alférez. Si en estas acciones lo gana, pedirá que le manden al Centro... Yo también hipo por el Centro. Estoy harta de estas tierras frías y babosas... con tanto llover y tanto comer pescado y alubias... Quiero ver mi Ebro, mi tierra que abrasa, mi cielo de allá que es la alegría del mundo... ¿De veras te vendrás con nosotros?... ¡Ah!, Churi, tú has hecho en tu casa alguna travesura muy gorda...
Por esta vez coincidió casualmente el primer concepto de Churi con el último de Saloma. «No soy culpable -le dijo-, sino desgraciado; tan desgraciado, que de lástima que me tengo no me determino a quitarme la vida. Me voy, sí».
Súbitamente saltó el sordo con una pregunta que no parecía congruente. «Dime, Saloma, ¿sabes si está por aquí un caballero joven que le llaman D. Fernando Calpena... paisano, a no ser que se haya hecho militar de poco acá... guapo, noble, fino?...». Al pronto no dio lumbres la moza. ¡Había tanta gente en el Cuartel general, militares de distintas armas y procedencias, asesores, físicos, paisanos armados...! Rebuscaba en sus recuerdos, y al fin dio con la persona que entre la turbamulta buscaba. «¿Don —366→ Fernando dices? Sí, sí: un joven de buena presencia, ojos bonitos... muy amigo del General en jefe... Sí... D. Fernando no sé qué... Arriba está. En uno de los desvanes de esta casa se aloja con el Sr. Uhagón, un paisano de ayer, hoy capitán... ¿Es amigo tuyo ese señor?».
-Como amigo no es... Pero tengo que escribirle una carta que tú le entregarás... Papel y pluma que me traigan.
Algo tardaron en darle lo que pedía, y él, en tanto, deleitábase contemplando la hermosura lozana y picante de Saloma la navarra, como allí le decían. Bueno es advertir que en anteriores meses, y antes de que se iniciara en Bermeo la pasión ardiente que a tan lastimoso estado le había traído, padeció el pobre Churi el mal de amores, prendándose de Saloma con ansias y desvelos de calidad poco espiritual. Fue un desvarío juvenil, que se extinguió entre cenizas, después de mucho requebrar y pretender con resultado nulo. ¡Era desgraciado el hombre! Todo por la maldita sordera, por aquel tabique de silencio que, levantado entre él y la humanidad, le impedía gustar las dulzuras del querer... Mal curado de afición tan secundaria y superficial, cayó en la enfermedad honda que le cogía el cuerpo y el espíritu, lo divino y humano. Desapareció de su mente Saloma con su gallardía incitante y su graciosa labia; la pasión integral y soberana eclipsó la parcial y plebeya. Quedaba, siempre la cariñosa y leal amiga, que departía —367→ con él afablemente, le daba de comer y le agasajaba y atendía, condolida de la inferioridad a que su sordera le condenaba.
Casi toda la tarde hubo de emplear el sordo en su trabajo de escritura, porque excesivamente severo consigo mismo, nada de lo que escribía le contentaba, y unas veces por no acertar con el pensamiento que expresar quería, otras porque su torpeza caligráfica le hacía incurrir en garrafales errores, ello es que, rompiendo papel y trazando caracteres muy gordos, se le iban las horas. Por último, cuando ya obscurecía, quedó terminado aquel monumento, que leía y releía, buscándole faltas, añadiendo o raspando comas, sin llegar nunca a la deseada perfección.
«Tómate todo el tiempo que quieras, hijo -le decía Saloma-, y pluméalo bien, despacito, que el señor para quien es la carta se fue esta mañana al otro lado y no sabemos cuándo volverá».
Cansado de la penosa escritura, tanto como del viaje, el pobre Churi no se podía tener de sueño y quebranto de huesos. Saloma le dio un camastro en la casa de Portugalete (donde tenía su establecimiento de comidas, asociada con Casiana y los hermanos Anabitarte, vinateros), y en él cayó como una piedra el sordo, que si no lo fuera, no habría dejado de sentir aquella noche el horroroso temporal. El oleaje y remolinos de la barra daban espanto a la vista; el bramido de la mar unido al del viento ahogaban todos —368→ los ruidos de tierra, sin excluir los cañonazos de las baterías del Desierto contra Luchana. En toda la noche pudo la navarra pegar los ojos pensando en su pobre Baldomero acampado al raso o al abrigo de cualquier paredón, allá en las posiciones del ejército en la orilla derecha. ¡Y que esto pasara un cristiano por los derechos de Isabelita, de Carlitos, o del demonio coronado!...
Amaneció nevando. Las nueve serían ya cuando Saloma despertó a Churi, que no se hartaba de dormir, insensible al fragor de la Naturaleza. «Arriba, hijo, que es tarde. ¡Pues no lo has tomado con poca gana! Ya tienes ahí a tu caballero de Madrid. Con el alférez Ordax ha pasado de las Arenas acá en un chinchorro, porque el puente de barcas se ha roto con la furia de la mar. ¡Esa es otra!... Levántate pronto, gandul, y si quieres verle, vente conmigo allá, y te arrimas a la escalera, que el D. Fernando ha entrado en la casa de Azcoiti, donde se alojan los de artillería, y pronto ha de ir a mudarse de ropa. Está caladito... Dame el documento y se lo llevaré cuando se mude, que no está bien que entre yo en su cuarto mientras el hombre se aligera de vestido».
Al poco rato de esta conversación, veía Churi entrar al Sr. de Calpena y subir presuroso. Era él, el mismo: ya se le podía soltar el cohete sin ningún cuidado. Y a la media hora volvía Saloma a la cocina y daba al sordo cuenta de su comisión en estos o —369→ parecidos términos: «¡Ay, hijo, qué jicarazo se ha llevado el pobrecito señor con tu carta! Se quedó al leerla más blanco que el papel en que la escribiste. Me preguntó que quién eras tú, y de dónde venías, y yo, naturalmente, le dije que eres de los ricos de Bilbao, buen chico, muy marinero, sólo que un poco impedido de la audiencia... Ahora toma tu desayuno y arrímate al fogón, que el día no está para rondar por el pueblo».
Solo en su desván, y ya vestido de ropa seca, no apartaba D. Fernando su pensamiento ni sus ojos de la carta que había recibido; y entre dar crédito a la tremenda afirmación que contenía, o conceptuarla maligna impostura, transcurría veloz el tiempo sobre la cabeza del joven sin que este lo sintiera. «Anoche casó Aura con Zoilo Arratia», decían en substancia los garabatos del papel, trazados en letras gordas, como para suplir con el tamaño la torpeza de la escritura. En vano su amigo Uhagón (amistad reciente y cordialísima formada en aquellos meses) entró a decirle que si el temporal arreciaba, no habría más remedio que suspender las operaciones. A todo callaba Calpena; él, tan decidor, tan entusiasta de aquella campaña, tan unido al ejército, que la acción de este y la suya propia habían venido a ser una sola acción, no decía nada, no comentaba, ni opinaba siquiera. «¿Qué piensas?» le preguntó su amigo. Y él, encerrando dentro de su alma una tempestad más horrorosa que la que andaba por los —270→ aires, se levantó y dijo: «Pienso... que hacen bien los carlistas en no dejar en Bilbao piedra sobre piedra... pienso que la Humanidad es una vieja celestina, y la Naturaleza una mujer frágil...».
Arreció en el curso del día el temporal, sin que su violencia estorbara a las valientes tropas isabelinas para lanzarse a la pelea. Desde el camastro donde yacía en la casa de Jado, daba Espartero las órdenes de ataque, previa la distribución de fuerzas en una y otra orilla, para operar concertadamente contra Luchana. La brigada Mayol, que se hallaba en Sestao, pasó el Galindo por el puente que habían construido los ingleses, y ocupó las alturas de Rentegui y la Torre de la Cuarentena frente a la desembocadura del Azúa. Y en tanto, inutilizado por el temporal el puente de barcas sobre el Nervión, pasaron este, en lanchones custodiados por las trincaduras de guerra, ocho compañías de cazadores, dos del primer regimiento de la Guardia, dos de Soria, dos de Borbón, una de Zaragoza y otra del 4.º de Ligeros, y fuerza de Ingenieros y Artillería. En la travesía penosa, los pobres soldados coreaban la furibunda cantata del temporal con sus exclamaciones de ciego entusiasmo. Los zurriagazos —371→ de granizo con que les castigaba la Naturaleza, les embravecía más. ¡Bonita ocasión para proclamar la Libertad y declararse dispuestos a horrendo sacrificio por tan voluble Diosa, que los infelices no habían visto nunca, ni sabían cómo era!... Desembarcados en la orilla derecha, se apresuraron a entrar en calor marchando contra el maldecido puente. La división del Barón de Meer, que había pasado el día batiéndose en las riberas del Azúa, reanudó sus ataques con más brío al verse reforzada; los cazadores se abalanzaron sobre el puente sin encomendarse a Dios ni al diablo, y no era floja temeridad la de aquellos locos, porque los carlistas habían cortado un tramo, y armado poderosas baterías por la otra parte, con cuyos fuegos y la fusilería incansable podrían abrasar a los mismos ángeles que se acercaran. Pocos ejemplos de arrojo personal que al de aquella noche puedan compararse ofrecerá seguramente la Historia militar del mundo; y por mucho que el narrador apure los resortes del lenguaje para describirlo, siempre ha de resultar como un combate fabuloso entre fingidos héroes de la Mitología o la Leyenda.
Luchaban unos y otros en la obscuridad de una noche glacial, pisando nieve, azotados por el granizo, calados hasta los huesos. Si a esto se añade que habían comido poco y mal, acrece la inverosimilitud de aquel esfuerzo, que empezó con una fanfarronería quijotesca y acabó con una realidad sublime. —372→ Rodaban los muertos sobre la nieve; se arrastraban los heridos entre peñas y charcos sin que nadie les socorriese; los vivos asaltaban el puente casi a ciegas y a gatas, y sin duda por no ver el peligro, lo acometieron y lo dominaron. En pleno día, y con buen tiempo, tal empeño no habría sido quizás más que una honrosa tentativa. El éxito se convirtió en brillante hazaña, la más gloriosa quizás de aquella enconada guerra. Pudo suceder que los carlistas, fiados en la inverosimilitud del movimiento isabelino, y estimándolo demencia y bravata, se descuidaran en acudir con todo su poder a la defensa. También ellos luchaban en las tinieblas, envueltos en la glacial vestimenta del granizo y la lluvia; también a ellos les entumecía y paralizaba el frío, y la nieve les negaba un suelo seguro para combatir... A todos les trataba por igual la Naturaleza. En una y otra parte caían en tropel, los más para no volver a levantarse. La virginal blancura de la nieve se teñía de sangre. A las imprecaciones y gritos de salvaje marcialidad, respondía el viento con bramidos más espantosos. Por fin, los liberales se calzaron el puente, lo hicieron suyo, y pisaron el fango nevado de la orilla izquierda del Azúa. Emprendieron al punto los ingenieros la compostura del tramo destruido, para que pudieran pasar cañones, caballos, y todo el ejército cristino.
No se daban cuenta los hasta entonces vencedores de la importancia de su victoria, —373→ ni acertaban a medir los obstáculos que, tomado el puente, habrían de encontrar todavía, pues los facciosos habían surcado de formidables trincheras los montes de Cabras y San Pablo. Como no las tomaran pronto los de acá, todo lo que habían hecho era una sangría inútil. Tan grande fue en los cristinos el impulso adquirido, y en tal grado de coraje y excitación se hallaban, que no dieron paz al cuerpo ni al ánimo respiro, para seguir en demanda de las trincheras, con la ambición loca de pisar también en ellas y de hacer trizas a los que las defendían. De las nueve a las diez de la noche se empeñaron furiosos duelos a la bayoneta en la aspereza de aquellos montes: los isabelinos trepando; los otros a pie firme en los inexpugnables zanjones. Rodaban por acá cuerpos destrozados. Allá espiraban otros. Tan pronto avanzaban subiendo los liberales, como retrocedían precipitados, con la nieve hasta las rodillas; se hundían en ella, salían furiosos, y las bayonetas llegaron a parecer instrumentos de la Naturaleza: el hielo y el granizo convertidos en afiladas puntas y movidos por el huracán.
Una batería enemiga, colocada sobre el flanco derecho de las tropas de Isabel, les sacudía sin cesar. Pero no hacían caso, y para concluir pronto y decidirlo de una vez, no había más recurso que el arma blanca. Repetidos los ataques en una gran extensión, pues las tropas del Barón de Meer pasaron a la orilla izquierda por un improvisado —374→ puente, las trincheras de los carlistas, hondas, labradas en terreno pedregoso y fuerte, continuaban inexpugnables. Eran hueso muy duro para que pudieran roerlo los de acá, enorme su extensión para que pudieran ganarlas por sorpresa. Y la noche no se aclaraba, ni disminuía la crudeza iracunda del temporal. Diríase que el suelo quería tragarse a los hombres y convertirse en inmenso pudridero y osario de todo lo viviente. Serían las diez cuando el animoso y experto General Oraa, a quien Espartero, por su enfermedad, había conferido el mando, vio la imposibilidad de avanzar, ya que no la de sostenerse, y pidió refuerzos. Espartero le envió al instante la primera brigada de la división de Ceballos Escalera; después la segunda, al mando de este. Siguieron la espantosa lucha, intentando escalar las trincheras, y cayendo de espaldas para volver a la embestida, sin desmayo, por entrar en calor. Fueron heridos el Barón de Meer, el Brigadier Méndez Vigo, y multitud de oficiales. El jefe de cazadores, Ulibarrena, lo había sido ya mortalmente en el ataque al puente de Luchana. Los soldados caían a centenares.
A las diez y media vio el General Oraa que habían llegado al límite del humano esfuerzo; pronto traspasarían la línea que separa los últimos alardes de la desesperación eficaz de los primeros espasmos de la impotencia, y ordenando conservar las posiciones y seguir combatiendo, bajó a la ría, pasó con —375→ dos ayudantes y el Coronel Toledo a la orilla izquierda, y encaminose, ganando minutos, a la residencia del General en jefe. Oía Don Baldomero desde su cama el estruendo de aquella tenaz contienda, y entre sus dolores que le retenían y sus cuidados de caudillo que de fuera le solicitaban, se revolvía inquieto, sin descanso, más castigado de la ansiedad que de la penosa cistitis. En el momento de su mayor quebranto llegó el valiente Oraa, y con militar rudeza le pintó en pocas palabras expresivas la situación apretada del ejército a la otra parte del río. Soltó al instante Espartero media docena de ternos gordos, y rechazando las ropas del camastro empezó a vestirse a toda prisa... «Voy ahora mismo, aunque me cueste la vida... ¡pues no faltaba más! Tomado el puente, ¿qué hemos de hacer más que uparnos arriba como fieras? ¿Qué hora es? Las once. ¡Bonita Noche Buena! Señores, hemos jurado perecer o salvar a Bilbao. Esta noche se cumplirá nuestro juramento».
Acudió un asistente a vestirle, y él, calzándose las botas, mandó que entraran los que permanecían en la estancia próxima aguardando su determinación. «Gurrea, adelante... Toledo, pase usted... Pase usted también, Fernando... Pues ya lo ven: voy a echar el resto. O ellos o yo... Ahora nos veremos las caras... Ya me van cargando a mí esos ojalateros... Mi caballo... pronto, mi caballo... Me ha dicho Oraa que ha muerto Ulibarrena... Les tengo que cobrar con réditos —376→ la vida de ese valiente... Venga el capote, el bastón... Ya estamos... ¡Pobres soldados, muertos de frío!... Allá voy, allá voy, y a Bilbao de cabeza... No quiero tomar nada... un poco de vino, y basta... Señores, el que quiera divertirse y oír cantar el gallo de Navidad, que venga conmigo...».
Sobreponiéndose a su dolencia y ahogando la horrorosa molestia y dolores que sufría, se le vio pronto en militar apostura, gallardo, bien plantado, risueño. Su rostro amarillo, en que se manifestaba un reciente derrame bilioso, se animó con el fuego que la pasión guerrera en su alma encendía. Brillaban sus ojos negros; bajo la piel de la mandíbula inferior, decorada con patillas cortas, se observaba la vibración del músculo; fruncía los labios con muequecillas reveladoras de impaciencia. Mal recortado el bigote, por el descuido propio de la enfermedad, ofrecía cerdosas puntas negras, y bajo el labio inferior la mosca se había extendido más de lo que consintiera la presunción. Aún no gastaba perilla. El bigote de moco daba a su fisonomía carácter militar, dentro del tono especial de la época: casi todos los sargentos de su ejército le imitaban en aquel estilo de decoración personal. Resultaban caras enjutas, secas, con algo de simbolismo masónico en la disposición triangular de los adornos capilares, y expresión de tenacidad y constancia.
Pisaba fuertemente el suelo para entrar en calor, y mientras afuera disponían el paso —377→ a la otra orilla. Su mal de la vejiga le obligó a tomar precauciones, previendo que en noche de largo batallar habían de faltarle hasta los minutos para las funciones más precisas. Y al propio tiempo no cesaba de dar prisa. Dijéronle que en cuanto volviesen las lanchas que habían llevado la segunda brigada de la división de Ceballos Escalera, pasaría el Cuartel general. Tal era el desasosiego de Espartero, que habría pasado solo en una tabla, y no pudiendo aguantarse más en aquella inacción, salió masticando la saliva, y escupiendo alguno que otro venablo y mitades de interjecciones crudas... Le dolían partes de su cuerpo de las más sensibles; le dolía la situación comprometidísima de su ejército; le dolía el amor propio.
Cuando llegó al sitio de embarque, advirtiéronle que su caballo ya iba navegando hacia Luchana. Empezaron a embarcar las compañías de Extremadura y casi toda la división de Minuisir. En la gabarra que más a mano encontró, embarcose el General con su plana mayor y agregados militares y paisanos. El corto bagaje que llevaba, con muy poca ropa, escasos alimentos, y algunos chismes y drogas, impedimenta impuesta por la enfermedad, embarcado fue en la misma lancha donde iba el caballo. Religioso y triste silencio imperó en la travesía. Nadie hablaba. Por un momento, en un desgarrón de las nubes, dejose ver la luna menguante con medio rostro apagado. El temporal remusgaba7 lejano. Eran las doce, la —378→ hora del Nacimiento de Jesús, que allí no anunciaron cantos de gallo ni festejó el rabel de inocentes pastores. Más bien las cornetas y cajas y el pavoroso silbar del viento, proclamaban la destrucción del mundo.
Pisó tierra Espartero en la orilla derecha, y con él las tropas que de refuerzo llevaba. Delante de todos marchó el General a caballo, y pasado con precaución el puente famoso que había de inmortalizar su nombre, subió el primero hacia el monte de San Pablo, encontrando a su paso cadáveres dispersos, sobre los cuales blanqueaba ya el sudario de la nieve últimamente caída. Empezó por disponer que las tropas de refuerzo relevasen a los infelices que se habían batido toda la noche a la desesperada, con los pies insensibles, clavados en el suelo. Obligado por los accidentes del terreno a echar pie a tierra, departió D. Baldomero con la tropa, contestando con expresiones fraternales a los vítores y gritos de entusiasmo con que fue saludado. Conferenció con su jefe de Estado Mayor, el General Oraa, y acordaron suspender el ataque para organizarlo con toda la fuerza útil disponible y relevar al instante los puestos avanzados. O la casualidad o un imprevisto accidente produjeron hechos contrarios —379→ a lo que la rutinaria lógica de los caudillos disponía.
Sucedió que Oraa dispuso que se diera el toque de alto, y el corneta de órdenes, sin saber lo que hacía, distraído o alucinado, ebrio quizás del frenesí batallador, tocó ataque, y lo mismo fue oír el estridor guerrero, lanzáronse unos y otros monte arriba con ordenado y rápido movimiento, rivalizando en ardor los que el General traía con los que allí encontró. Quiso Oraa contenerles y que se cumpliera su mandato, mal interpretado por el corneta; Espartero, con mejor instinto y rápido golpe de vista, se aprovechó de aquel felicísimo arranque de la tropa, y con llama de inspiración, vio que era llegado el momento de seguir el impulso de los inferiores, de la gran masa bélica. Esta tomaba la iniciativa; esta, en un fugaz espasmo colectivo, dirigía y mandaba. Procedía, pues, favorecer este arranque, dirigirlo, extremarlo, y no permitir que desmayara. Blandiendo su espada, se puso frente a una columna, y con aquella voz sonora, con aquel tono arrogante y fiero que electrizaba a las multitudes, adoptando formas de lenguaje muy enérgicas y al propio tiempo fraternales, les dijo: «Adelante todo el mundo, y arrollemos a esos descamisados... ¡Coraje, hijos, coraje!... Ahora verán lo que somos. Delante del que de vosotros avance más, va vuestro General, que quiere ser el primer soldado... ¡A la bayoneta... carguen! ¡Coraje, hijos!... Por delante va esta espada que quiere ser la primer —380→ bayoneta... Que mueran ahora mismo esos canallas, ¡coraje!, o abandonen el campo, que es nuestro. ¡Viva la Reina, viva el Ejército, viva la Libertad!».
Y comunicado este furor a toda la división, avanzaron monte arriba con estruendo que hizo enmudecer los bramidos de la tempestad. Oraa se puso al frente de otra columna por la izquierda. Al llegar a la trinchera enemiga, oyeron rumor de pánico. Muchos carlistas huían, otros se defendieron con rabia heroica; pero la embestida era tan fuerte, que no pudo ser larga ni eficaz la resistencia. Ensartados caían de una parte y otra. La voz del General, no enronquecida, siempre clara y vibrante, les gritaba: «No hacer fuego... Bayoneta limpia... ¿No quieren libertad? Pues metérsela en el cuerpo... Adelante: arriba todo el mundo. ¡Hijos, coraje!... Bilbao es nuestra, y de ellos la ignominia. Nuestra toda la gloria. Que vean lo que somos. Arriba, arriba... Ya huyen. ¡Firme en ellos!».
No esperó el enemigo un segundo ataque, y huyó a la desbandada monte arriba, hacia la segunda línea de trincheras. De improviso, cuando ordenaban proseguir, descargó una tan fuerte lluvia con granizo, que los combatientes tuvieron que detenerse. No veían; el pedrisco les cegaba; el viento furibundo obligábales a guarecerse tras un matojo, al amparo de cualquier peña, tronco o paredón en ruinas. «Mi General, aquí» gritó un alférez, viendo a Espartero azotado —381→ vivamente por el temporal, la mano en el sombrero, el capote desabrochado por las garras del viento. Guareciéronse en el socaire de una peña. El caudillo le reconoció al instante: «Ordax... ¿no es usted Ordax? Avise usted al General Oraa dónde estoy. Que venga al momento. Esta racha pasará pronto...». El oficial, que era uno de los que más se distinguieron en el ataque del puente, corrió a cumplimentar las órdenes de su jefe. No tardaron en encontrar a este sus ayudantes, y se agruparon para darle con sus cuerpos más abrigo. En la confusión de aquel momento, surcado el aire y azotada la tierra por los furiosos latigazos del granizo, oíanse gritos, voces, llamadas, nombres que sonaban desgarrados en medio de la furiosa tempestad. Espartero dejó oír su voz imperiosa: «Aquí estoy... ¡Eh! ¡Gurrea... Toledo... aquí! ¡Demonio de tiempo! Ya les llevábamos en vilo... Que venga Oraa... ¡Oraa!... ¿Dónde está Ceballos Escalera?».
-Aquí, mi General -replicó la voz potente del jefe de la segunda división.
-¿A qué distancia estamos de Banderas? Yo no veo nada. ¿Dónde está Banderas?
-Allí, mi General.
-Ya sé que está allí... ¿Pero a qué distancia poco más o menos? ¿Sabe usted que me encuentro mejor de mis dolores? Me ha sentado bien el sofoco, y encima del sofoco la mojadura. ¡Vaya una noche! Y dicen que en esta noche nace Dios... No lo creo.
-Mi General, estamos a un tiro de fusil —382→ de Banderas... Pero aún queda que tomar otra línea de trincheras más arriba.
-¡Qué trincheras ni qué cuerno! De esas les echaremos también... pero a culatazos... a patadas... Otra racha de granizo. Bueno: venga todo de una vez... Ya, ya para. Que den un toque de atención. No perdamos tiempo. ¿Qué hora es?
-Las tres y media, mi General.
En esto llegó Oraa, y Espartero le dijo: «Escoja usted quince hombres decididos, de los que no creen en la muerte, y un oficial, para que vayan a hacer un reconocimiento en la altura de Banderas. No podemos presumir la fuerza que tienen allí, ni si están resueltos a defender el puente a todo trance. Tiempo han tenido de fortificarse bien. Pero estén como estuvieren, y hayan hecho más baluartes y baterías que tiene Gibraltar, allá nos vamos ahora mismo, con la fresca, a darles la última pateadura».
Habiendo cesado el chaparrón, salió Don Baldomero de su escondrijo, y encareció a los soldados lo fácil que era subir hasta Banderas. Probablemente, el enemigo no tendría ya malditas ganas de ver caras isabelinas por allí, y saldría escapado en cuanto se enterara de la visita. Restablecidas las líneas que desbarató el temporal, trajéronle al General su caballo, y se le unió Carondelet, mientras Ceballos Escalera se alejaba a escape para cumplimentar las últimas órdenes. Los quince soldados y el oficial que se brindaron a ir de descubierta, marcharon silenciosos —383→ monte arriba. ¡Infelices, cuán grande era su abnegación! Iban tan sólo para probar el grado de fuerza que en Banderas tenía el enemigo. Si este les recibía con intenso fuego, señal era de que la elevada posición quería y podía defenderse. En tanto, las columnas avanzaban con orden de no hacer ruido, callados los tambores y cornetas, calladas también las bocas. Como a la mitad del camino, entre el punto de partida y Banderas, los quince tropezaron con una cabaña en ruinas, infestada de facciosos, los cuales, por los huecos de los tapiales destruidos, rompieron el fuego. El General y sus adláteres observaban esto desde una distancia inapreciable por la obscuridad; mas no veían gran cosa. Roto el silencio por la estruendosa voz de Espartero mandando ataque, retumbó el trueno en la masa de tropas, y allá se fueron las columnas como un ventarrón furibundo, barriendo cuanto encontraban por delante. En las ruinas, más de la mitad de los quince rodaban por los declives cubiertos de nieve. En la primera embestida a las trincheras altas no pudieron los de acá desalojar al enemigo. El retroceso fue corto. No necesitaron ser jaleados para volver con ímpetu nuevo. Espartero y sus ayudantes picaron espuela en busca del sitio de mayor peligro. Esto fue de grande eficacia para alentar a los soldados, que, despreciando la muerte, volvieron a desafiarla cara a cara; y al tercer achuchón, los carlistas que no quedaron tendidos salieron por pies. A la izquierda, —384→ en la falda de San Pablo, la columna mandada por Oraa pudo avanzar con menos obstáculos. Espartero no la veía. Sólo por el ruido de tambores y las imprecaciones humanas que aventaba el temporal, podían apreciar los de la primera columna que sus compañeros les llevaban alguna ventaja. Situándose más arriba de las ruinas de la cabaña, pudo Espartero distinguir las masas carlistas en el alto de Banderas, moviéndose de flanco. ¿Iban en retirada? ¿Iniciaban un movimiento envolvente? Sobre esto hicieron cálculos más o menos aventurados Carondelet y el General en jefe. «Para saberlo con certeza -dijo este-, vámonos arriba... yo el primero. No hay que darles tiempo a nada... ¡Hijos, coraje! Más valemos muertos arriba que vivos abajo».
A medida que avanzando iban, veían más claro. Del cielo descendía escasa luz, aumentada por el reflector blanquísimo y lúgubre que cubría todo el monte, la nieve, cuya limpia y cándida superficie cortaban los montones de cuerpos humanos. La cabeza del carlista muerto asomaba por entre los brazos del liberal inerte. La obscuridad les agrandaba: creyéraseles cuerpos de gigantes alados, caídos de un espantoso combate en las nubes pardas, siniestras; estas corrían también, embistiéndose, y esparcían por el cielo turbio sus desgarrados vellones. En la porfía de tierra un horroroso estruendo de tambores, cornetas, gritos, vivas y mueras marcaba el paso de la nube humana, que se —385→ deslizaba sobre nieve, bramando como el trueno, hiriendo como el rayo. En la eminencia, el choque rudo produjo instantáneo retroceso. No se veía más que un trágico tumulto, confusión de cabezas y brazos, y entre ellos el centelleo de las bayonetas. No lejos de la columna de vanguardia, Espartero les decía: «¡Duro, hijos, duro, que ya estamos en casa!... No hay quien pueda con nosotros... Allá vamos todos, yo el primero...».
No tardaron los absolutistas en desbandarse por la vertiente Norte. Iniciado el abandono del fuerte, los de acá pusieron en la cúspide sus manos, luego sus rodillas. El ejército de Isabel dio por fin en ella la furibunda patada que estremeció y quebrantó para siempre el inseguro reino de Carlos V. Serían las cinco cuando el caballo de Espartero tocaba el himno con su vigorosa pezuña sobre el suelo de la plaza de armas del fuerte. El noble animal no podía sofocar con sus relinchos la gritería de los soldados, ebrios de gozo.
El ejército que tal hazaña consumó era un gran ejército; mas para que luciera en toda su grandeza el santo ardor patriótico y el militar orgullo que le inflamaban, era necesario que tuviese caudillos que supieran cogerle de un brazo y llevarle a las cumbres estratégicas, que simbolizan las altas cimas de la gloria. Sin tales pastores, no puede haber rebaños tales. Pastoreaba las tropas cristinas, en aquella noche terrible, —386→ un soldado de corazón grande, que supo infundirles el sentimiento del deber, la convicción de que sacrificando sus vidas mortales salvarían lo inmortal de la patria, el honor histórico de las banderas. El tiempo, en vez de amenguar la talla de aquellas figuras, las agiganta cada día, y hoy las vemos subir, no tanto quizás por lo que ellas crecen como por lo que nos achicamos nosotros; y aún lloramos un poquito, ya con todo el siglo dentro del cuerpo, viendo que gérmenes tan hermosos no hayan fructificado más que en el campo de la guerra civil. Creíamos que aquello era el aprendizaje para empresas de superior magnitud... Pero no era sino precocidad infantil, de las que luego salen fallidas, dándonos tras el muchachón de extremado vigor cerebral, hombres raquíticos y sin seso.
No debe mostrarse aislado el ejemplo de Espartero en la gloriosa Navidad del 36; que unido a otros ejemplos y memorias de aquel caudillo, resplandece con mayor claridad y nos permite conocer toda la grandeza de los hombres que fueron. Antes de la liberación de Bilbao, los suministros del ejército andaban como Dios quería. El Gobierno pedía victorias para darse tono, ¡victorias a soldados descalzos y hambrientos! Todo el mando de Córdoba fue una continua lamentación por esta incuria. No fue más dichoso Espartero, y en su afán de emprender vivamente las operaciones, ardiendo en coraje, atento a su decoro y a la moral de sus tropas, resolvió —387→ el conflicto de un modo elemental, casi inocente. Sin duda por ser del orden familiar, no se ha perpetuado en letras de oro, sobre mármoles, la carta que con tal motivo escribió a su mujer, la bonísima, hermosa y sin par Jacinta Sicilia. Decía entre otras cosas: «Empeña tu palabra, la mía, la de los amigos; empeña tus alhajas y hasta el piano; reúne todo el dinero que puedas, y mándamelo en oro». Tan diligente anduvo la dama, que con el mismo mensajero portador de la carta remitió a su esposo mil onzas. El General dio de comer a sus soldados, y a los pocos días, postrado en cama con mal de la vejiga, y viendo a sus queridas tropas en el grande aprieto del Monte Cabras y Monte San Pablo, salta del lecho, con una temperatura glacial, y hace lo que se ha visto... Desgraciada era entonces España; pero tenía hombres.
Al apuntar el día, que como de los más chicos del año no empezó a despabilarse hasta las siete, ayudando a su pereza lo turbio del celaje, vieron los vencedores a los vencidos desfilando a toda prisa por los senderos que conducen a Erandio y Derio. Otros tomaban presurosos los caminos de Deusto, para pasar a la orilla izquierda por los puentes —388→ de barcas que tenían en San Mamés y en Olaveaga. «¡Lástima grande -dijo Espartero, viendo la desbandada del enemigo- no tener caballería disponible para que se fueran con todos los sacramentos!». Tomado también, sin disparar un tiro, el Molino de Viento, y dejando este bien guarnecido, así como el fuerte, siguió Espartero hacia el caserío de Archanda, donde ocupó la misma casa en que habían celebrado la Navidad, con espléndida cena, los jefes carlistas Eguía y Villarreal. Aún encontraron la mesa puesta, y en ella restos de manjares, todo en desorden, como si los comensales hubieran tenido que salir escapados, mascando aún, y con las servilletas prendidas. Invadida la casa por la Plana mayor y ayudantes, Espartero tomó asiento en el comedor y les dijo: «Ya ve España que he cumplido mi palabra. Salí para Bilbao, y en Bilbao estamos; al menos tenemos la llave de la puerta».
-Mi General -dijo Gurrea, que no cesaba de dar órdenes referentes a provisiones de boca-, he mandado que nos hagan café.
-Para ustedes. Yo sabes que ahora no lo tomo. Algo caliente tomaría yo... No he traído nada... No me dio tiempo a llenar la fiambrera... Oye, que me hagan unas sopas de ajo... Vino caliente quiero.
-¿Qué tal se encuentra usted, mi General? -le preguntó Carondelet-. ¿Apostamos a que el julepe de esta noche le sienta bien?... La gloria, entiendo yo, es buena medicina.
-Hombre, sí... Yo creí que estaría peor. —389→ La misma excitación nerviosa me ha sostenido... Hubo un momento, lo confieso, en que los ánimos querían marchárseme. Fue cuando pregunté: «¿Dónde está la Guardia?». Y de un montón de cadáveres blanqueados por la nieve salió una voz moribunda que me dijo: «Aquí está lo que queda de la Guardia Real». Al oír esto, sentí ese frío mortal que me sale de los riñones, y por el espinazo me sube a la nuca... ¡Pero qué demonio! Di algunas patadas, para soltar el frío y el miedo por las suelas de las botas... vamos, que eché un nudo a todos los recelos, y también a los dolores que me atenazaban las entrañas, y me dije: «No fastidiar ahora... A la obligación; a reventar aquí, o a vencer. Dios nos ha favorecido: mandó a los truenos que tocaran el himno...». No crean: cuando me eché de la cama, me daba el corazón que íbamos a cargarnos a toda la ojalatería habida y por haber... ¡Y eso que la noche, compañeros, ha sido de las que llaman a Dios de tú!
-Mi General -dijo D. Marcelino Oraa, entrando presuroso y risueño-, tengo una gallina asada, y me parece que después de lo que hemos hecho, bien podemos comérnosla tranquilamente.
-Sí, hombre, sí; venga: nos la comeremos entre los dos... Pero mande usted que la calienten.
-Ya están en ello. Los señores desocupantes nos han dejado la cocina encendida.
-¿Y hay fuego?
—390→-Magnífico. Y ahora lo estamos atizando más.
-Pues vámonos allá... Estoy helado... A la cocina, señores.
Y camino del fogón, D. Baldomero, apoyado en el brazo de Carondelet, pues su dolor de riñones le molestaba más de la cuenta, decía: «¡Esos pobres soldados muertos de frío, al raso!... Que todos los cuerpos se provean de leña, que aquí la tendrían abundante los ojalateros... Que hagan hogueras... Y de rancho, que se les dé lo que haya, a discreción... Otro día se tasará; hoy no se tasa nada, pues ellos han dado a tutiplén su sangre y el fuego de sus corazones... Lo que yo digo: 'En días como este, debiera Dios hacer también algo extraordinario por los pobres soldados; y como es fiesta de Navidad, ¿por qué no manda caer una buena lluvia de pavos, pero asaditos, y de añadidura capones?'. Hombre, todo no ha de ser granizo y balas. Yo, señores, estoy que no puedo ya con mi alma. Y si a ustedes les parece, después que me haya comido mi parte de gallina y las sopas de ajo, si me las dan, descansaré un rato. Oraa, ¿a qué hora entramos en Bilbao?».
-Sobre las once me parece la mejor hora -dijo D. Marcelino con la boca llena-. Allí no se han enterado todavía. No tardarán en subir bandadas de patriotas. El cuento es que de nutrición están peor que nosotros, y tendremos que darles de lo nuestro.
Con estas bromas comían unos y otros, ofreciéndose recíprocamente y aceptando lo —391→ que cada cual tenía. Sin cesar entraban oficiales y paisanos más o menos armados, de los que se agregaron al Cuartel general.
«¡Hola, Uhagón! -dijo Espartero-. Ya hemos salvado a su pueblo. Ya estará usted tranquilo. ¿Ve usted cómo no hay plazo que no se cumpla?».
-Locos de contentos están mis pobres chimbos. Ya se oye el repicar de todas las campanas de Bilbao.
-¡Pobrecitos, qué ganas tendrán de vernos! Y yo a ellos también... Hola, Fernando: pase, pase. No creí que se hubiera usted atrevido a subir a este piso principal... bajando de las nubes. ¿Qué tal? ¿Presenció usted la locura de anoche? ¿Vino usted a retaguardia?
-No tan a retaguardia, mi General -dijo Calpena- que dejara de ver los milagros del soldado español.
-Milagro ha sido... bien dicho está. Vea usted, vea usted, señor madrileño, cómo aquí sabemos cumplir.
-Ya lo he visto, y si no lo viera, nunca lo hubiera creído. Nunca, digo yo, ha sido la verdad tan inverosímil.
-Ya tiene usted que contar... Siéntese donde pueda, y busque un plato, que quiero obsequiarle con un alón de gallina.
-Muchas gracias, mi General. Uhagón, Ordax y yo, merodeando en el Molino de Viento con otros amigos, hemos tenido la suerte de descubrir nada menos que un cordero asado, y una bandeja de arroz con leche.
—392→-¡Hombre, qué suerte! ¿Y no ha quedado nada?
-Mi General: todo nos lo hemos comido.
-Bien: hay que tomar fuerzas para entrar en la plaza. Ya tiene usted a Bilbao libre, a Bilbao abierta. Y allí las muchachas bonitas esperando a la juventud. Entrarán ustedes conmigo.
-Si vuecencia nos lo permite, Uhagón y yo nos iremos por delante, a la descubierta, mi General. Los dos tenemos aquí familia.
-Enhorabuena: váyanse ahora mismo si gustan... y digan que a las once entraré con mi Estado Mayor a saludar a las autoridades de ese heroico pueblo, al pueblo todo, a la valiente guarnición, a la intrépida Milicia.
Anunció a la sazón un ayudante que por el camino de Deusto subía mucha gente, comisiones de la Diputación y Ayuntamiento, y medio pueblo detrás. No esperaron más Uhagón y Calpena, y se fueron monte abajo salvando trincheras; pero como por los mismos vericuetos subía bastante gente, y entre ella muchos conocidos de Uhagón, a cada instante habían de detenerse. Entre saludos aquí, abrazos allá, y el contestar a los vivas, y el dar noticia sintética de los combates de la noche anterior, emplearon cerca de dos horas en llegar a Deusto. Ardiendo en impaciencia, Calpena tiraba de su amigo como de una impedimenta fastidiosa y necesaria. Cuando llegaban a la Salve, Uhagón hubo de contener el paso vivo de Fernando, diciéndole: —393→ «No corras, que aunque volaras, no habríamos de llegar tan pronto como deseas. Afortunadamente, al entrar en mi pueblo, no necesitarás hacer averiguaciones para encontrar lo que buscas. Conozco a los Arratias, Sabino y Valentín; conozco la casa de la Ribera. Lo que siento es no poder acompañarte: ya comprendes que he de ir inmediatamente a mi casa, y antes de llegar a ella encontraré parientes, familia, que me cogerán y me secuestrarán. Si no quieres venirte conmigo a casa, yo buscaré persona que te llevará a la Ribera... No puedes perderte... Sigues por esta orilla del Nervión. Ves el paseo del Arenal, y adelante siempre, junto a la ría; ves el teatro, y adelante... Y ya estás allí... Miras las puertas de las tiendas, y donde veas una fragata a toda vela... una muestra con un barco pintado... allí es».
A poco de decir esto el bilbaíno, cayeron en un grupo entusiasta, frenético, en el cual más de veinte individuos abrazaron a Uhagón porque le conocían, a Calpena sin conocerle, y que quieras que no hubieron de detenerse a cantar odas y elegías ante los ahumados muros de San Agustín. Calpena no pudo ser insensible ni a las demostraciones de aquel patriotismo delirante, ni a la simpatía y afecto con que los desconocidos le llevaban de un lado a otro, enseñándole las gloriosas ruinas, los escenarios de muerte, trocados ya en históricos monumentos.
Viéndose separado de Uhagón, que en el —394→ barullo fue arrastrado lejos de su amigo, los que rodeaban a Calpena dijéronle con cariñosa urbanidad: «Ya encontraremos a Celestino. Usted se vendrá a mi casa». Y todos se brindaban a llevársele en cuanto vieran entrar al General victorioso. Agradecido, se excusó el madrileño cortésmente, y sin darse cuenta del tiempo que engañoso transcurría, se dejó querer, se dejó llevar. Llegados a la Cendeja, el gentío les estorbó el paso. Quisieron retroceder, y se encontraron frente a otro tumulto y vocerío más grandes. Espartero se aproximaba con todo su Estado Mayor para entrar solemnemente en la plaza como libertador glorioso. En los remolinos del gentío para abrir calle, viose Calpena separado de los desconocidos que le acompañaban; buscoles con la vista; pero ni ellos ni Uhagón aparecían entre las mil caras de la muchedumbre, las cuales por la unidad del sentimiento que expresaban parecían pertenecientes a un solo ser. Imposibilitado de avanzar, arrimose a un paredón, y vio al General a pie, avanzando con marcial gallardía por delante de San Agustín, y atravesando después por el paso que al efecto abrieron en la Batería de la Muerte. La exclamación popular en aquel hermoso momento; el estallido de la muchedumbre, confusa mezcla de entusiasmo, de gratitud, de duelo, de amor, fue como un llanto inmenso. Engranado en el conjunto, y partícipe de la total emoción, Calpena lloraba también con gritos de alegría.
Mientras Espartero abrazaba en el Arenal —395→ a los jefes de la Milicia, los remolinos de gente llevaron a D. Fernando de una parte a otra. No podía sustraerse al delirio del pueblo; sentía con él el júbilo de la victoria y el dejo amargo de los pasados sufrimientos. La ola humana, que reventaba en cánticos, en vivas y clamores diversos, le arrastraba. Se sintió ciudadano de la valerosa villa; se sintió sitiado, hambriento, moribundo, redimido al fin por el propio esfuerzo y el del héroe que en aquel instante confundía su legítimo orgullo con el del vecindario, y su fe con la fe bilbaína.
Hasta que fue pasando lo más fuerte de la emoción popular, no se vio Calpena fuera de la ola... Pensó en orientarse. Reconociendo el punto por donde había entrado, y observando el curso de la ría, restableció su rumbo. «Por esta orilla, siempre adelante», le había dicho Uhagón. No tardó en reconocer el Teatro, y hacia él se encaminaba, cuando se inició un movimiento de la multitud en la propia dirección. Vacilaron un instante los grupos delanteros. Aquí decían que el General iba al Ayuntamiento; acullá, que a la Diputación. Pero debieron de estar en lo cierto los que indicaban el primer punto, porque la masa de bilbaínos, ardiente, bulliciosa, entonando patrióticos cantos y enarbolando trofeos militares, corrió hacia la Ribera.
«Hacia allá vamos todos», se dijo Calpena, dejándose arrastrar nuevamente por la ola y arrimándose todo lo que pudo al pretil de la ría para no perder su derrotero. Miraba —396→ una por una las casas fronteras, y antes de que terminara la curva que en aquella parte describe la línea de edificios, obediente al curso del Nervión, vio encima de una puerta una hermosa fragata navegando a toda vela... ¡Allí era!... La multitud llenaba por completo la vía desde las casas hasta el río. Sobre el mar de cabezas en movimiento navegaba la fragata en dirección contraria, embistiendo con su gallarda proa la corriente humana. Así lo vio Calpena, observando al propio tiempo que en los balcones inmediatos al barco no había gente y que la puerta de la tienda estaba cerrada.
Agarrose al pretil para zafarse de la ola, como el náufrago que se agarra a la peña. Realmente, trazas de náufrago tenía. El fango le llegaba a las rodillas; temblaba de ansiedad, de frío...
FIN DE LUCHANA
Santander (San Quintín), Enero-Febrero de 1899.