Lujo, modestia y caridad
Blanca de Gassó y Ortiz
Queridas compañeras: Vosotras las que, a despecho de una gran parte del apellidado sexo fuerte, deponéis s en algunos ratos de vuestra vida el dedal por la pluma cuando queréis dar expansión al espíritu, y que volvéis a dejar la una por el otro cuando tenéis que arreglaros algún sencillo adorno, si sois solteras; coser la levita al marido, si sois casadas; o hacer algún vestido para vuestros chiquitines, si tenéis hijos, ayudadme en la difícil empresa a que me lanzo.
Nadie se asuste; de ningún modo entro a tratar de la cuestión del día… de la cuestión de mando. De ningún modo intento poner en manos de nuestro sexo las riendas del Estado. ¡Bueno andaría ello! Dejemos tan graves asuntos a quienes, más fuertes que nosotras, pueden regir la nave de las tormentas. Dios puso en la tierra al hombre para gobierno de la sociedad, para gobierno de la familia. Mas también puso en ella a la mujer para dulzura de esa misma sociedad, para dulzura de esa misma familia: tal es nuestra misión en el mundo. Pues bien, coopere cada una de nosotras a llenar esta gran misión, en el cumplimiento de sus deberes, en sus diferentes estados, en sus respectivas ocupaciones y hasta en sus ratos de ocio y recreo.
El lujo, ese insondable abismo abierto a nuestros pies; ese fantasma amenazador que crece de día en día, y contra el que hasta ahora se ha luchado y lucha al parecer en vano; ese, ese es, compañeras, el enemigo a quien debemos combatir sin tregua ni descanso.
Trabajemos con fe, constancia y decisión. ¿Qué importa que sean débiles nuestras fuerzas? Alejandro invadió el Asia con un puñado de hombres. Invadamos el campo en que reina el despotismo de la moda: sembremos en él la modestia y el buen gusto; hagamos ver a nuestras bellas lectoras que este no se halla en el despilfarro; hagámoslas conocer los grandes males que acarrea a la sociedad ese despilfarro mismo.
¡Cuánto bochorno no oculta a veces entre sus pliegues un traje de moiré! ¡Cuánta infamia no se suele cometer por un vestido! Y no simplemente por un vestido, sino por un vestido de mucho precio… elegante, según comúnmente se dice, sin mirar que la elegancia no consiste en el lujo.
Concedo, queridas lectoras, que al haceros un vestido de chaconada, de lanilla o de fulard, digáis: «Le pongo mangas anchas... estrechas... un poco más corto... un poco más largo... talle redondo, etc., etc.». Porque es más elegante, y aun os permitiré añadir, más de moda; pero no que digáis: «He mandado hacer un precioso traje de moiré, raso o terciopelo, porque esa es la elegancia, esa es la moda».
Muchos lamentan que las personas que carecen de recursos para alimentar ese lujo despilfarrador, le gasten desgastando su honra. Pues bien, yo lamento aun más; lamento, y mucho, que quienes tengan para usar ese lujo por medios lícitos, lo usen.
Ahí principalmente, aunque a primera vista parezca extraño, está el quid, está el verdadero origen del mal. Que las clases ricas depongan ese lujo superfluo por la modestia, y verán cómo la modestia es la reina de la moda y de la elegancia.
¡Cuánto bien no es dable hacer a nuestros semejantes con el oro que escatime la modestia al lujo! ¿No vale cien mil veces más sentir dilatado el pecho y bañada el alma en el celeste bálsamo de la caridad, que llevar un ostentoso traje?
Además, yo por mí sé deciros, queridas mías, que a ser hombre, y creo convendrán todas con mis ideas, a ser hombre, repito, me ilusionaría mucho más fácilmente a la vista de una mujer que con humilde, si bien aseado traje, tiende benévola la mano a un pobre, que a la vista de una gran señora que con ademán orgulloso se separa dos varas, temerosa de rozar con los harapos del mendigo su rico traje. A aquella la amaría como se puede amar a un ángel; a esta tan solo dedicaría una sonrisa de desdén y una mirada de desprecio.
¿Qué importa la hermosura exterior sin la belleza del alma?
¡Tiene tantos encantos la modestia y la caridad reunidas! ¡Tantos atractivos que subyugan! ¿Quién no se siente fascinado ante esas dos celestes deidades? ¡Bendita sea la modestia! ¡Bendita sea la caridad!
La verdadera modestia, la verdadera caridad, queridas lectoras, son hermanas inseparables. La modestia sin caridad se convierte en flor inodora. La caridad sin modestia es lujo mundano, que en modo alguno merece el santo nombre de caridad.
Convenceos, pues, queridas mías, de que la modestia y los buenos sentimientos sobrepujan en atractivos al lujo. Vosotras a quienes se apellida de alta clase, sabed que en vuestras manos se halla el remedio contra esa crónica enfermedad que, creciendo por grados, devasta gran parte de la sociedad. Vosotras debéis dar el ejemplo, vestir modestamente, y entonces las de escasa fortuna, que cometen mil bajezas por imitar vuestro lujo, imitarán vuestra modestia y buenas acciones, cortando así de raíz un mal tan grave.
Ved, compañeras, cuán laudables son los fines a que en las presentes circunstancias sociales debéis dedicar con cierta predilección vuestra pluma, vuestra palabra y vuestro ejemplo. Luchad, pues, luchad hasta vencer: luchad hasta sembrar profusamente el germen de la modestia y de la caridad, y tal vez con ellas un bello porvenir de ventura para la patria.