100. Quevedo se empeña en atribuir una intuición «precristiana» a Salustio, tal como hace también con los estoicos ya mencionados. Así, en varios momentos (e. g., Sentencias, ed. cit., págs. 63 y 88) utiliza el aforismo «Cada uno es artífice de su fortuna» para resumir la idea del libre albedrío tan importante para la sociedad contrarreformista.
101. Providencia de Dios, ed. cit., t. I, pág. 1404.
102. En Obras completas, ed. cit., t. I, pág. 533. Si bien la Política de Dios y gobierno de Cristo versa principalmente sobre la tiranía (esto es, el comportamiento de los que mandan), es evidente que el concepto de «paciencia» que se presenta en esta obra, y sobre todo en el capítulo que el autor mismo consideraba «el más importante de esta Política para todos y particularmente para los reyes y monarcas» (íbid., t. I, pág. 659), el capítulo veinte de la segunda parte, debe aplicarse a todos, por ser su contenido tan próximo a otros textos -Providencia de Dios, La constancia y paciencia del santo Job, etc.- que se ocupan más bien de la gente común. Así, Quevedo no sólo ilustra la virtud de la «paciencia» con «la vida de Cristo Nuestro Señor, que fue paciencia desde el nacer al morir» (íbid., t. I, pág. 659), sino que enmarca todo su discurso en términos religiosos (de acuerdo con la imaginería de la Contrarreforma), como se lee en el título: «La paciencia es virtud vencedora, y hace a los reyes poderosos y justos. La impaciencia es vicio del demonio, seminario de los más horribles, y artífice de los tiranos» (íbid., t. I, pág. 658).
103. Sentencias, ed. cit., pág. 43.
104. Nombre, origen, intento, recomendación y descendencia de la dotrina estoica, en Obras completas, ed. cit., t. I, pág. 973.
105. Para no ser prolijo, citaré sólo dos facetas de este determinismo: por un lado, tanto la vida como la obra del personaje titular de La vida de Lazarillo de Tormes se atribuyen a la supuesta adversidad de la Fortuna, y así, explica Lázaro en cuanto narrador: «parescióme no tomalle por el medio, sino del principio, porque se tenga entera noticia de mi persona; y también porque consideren los que heredaron nobles estados cuán poco se les debe, pues Fortuna fue con ellos parcial, y cuánto más hicieron los que, siéndoles contraria, con fuerza y maña remando salieron a buen puerto» (págs. 10-11). Esta idea de la adversidad del mal nacer se completa con el concepto de aprendizaje picaresco. Lázaro cuenta que su primer amo le enseñó que «el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo» (pág. 23), una lección tan importante que aparentemente se convierte en profecía y destino; cuando su segundo amo le despide, es con una explicación más bien comprobatoria: «'Lázaro, de hoy más eres tuyo y no mío. Busca amo y vete con Dios, que yo no quiero en mi compañía tan diligente servidor. No es posible sino que hayas sido mozo de ciego'. Y santiguándose de mí, como si yo estuviera endemoniado, tómase a meter en casa y cierra su puerta» (pág. 71).
106. Este topos del libre albedrío recurre a lo largo de la obra de Quevedo; por ejemplo, en Sentencias, (ed. cit., págs. 53-56), España defendida y los tiempos de ahora (Obras completas, ed. cit., t. I, págs. 521-22) y Providencia de Dios (íbid., t. I, pág. 1404).
107. Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares, ed. de Harry Sieber, 9ª ed., Madrid, Cátedra, 1986, t. II, pág. 139.
108. Según Covarrubias, un borrador es «el papel donde primero se escrive o dibuxa por ensayo; y díxose assí porque emendándose le van quitando y poniendo, y assí se borra» (Tesoro de la Lengua Castellana o Española, facsímil de la edición príncipe de 1611, Madrid, Turner, 1984, pág. 230).
109. Como era de esperar, Monipodio tiene un aspecto no sólo pintoresco sino salvaje: «las manos eran cortas, pelosas, y los dedos, gordos, y las uñas, hembras y remachadas; las piernas no se le parecían; pero los pies eran descomunales, de anchos y juanetudos. En efeto, él representaba el más rústico y disforme bárbaro del mundo» (t. I, pág. 211).
