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340.       El amigo perdido es don Gastón de Fox, hijo de Leonor, condesa de Fox y después reina usurpadora de Navarra; Raquel es una anciana judía, que pasa por ser tía del presunto judío converso Simón-Jimeno.

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341.       Nótese que Jimeno, como todos los poetas y personajes románticos ante momentos máximos de sus existencias, derrama una sola lágrima. Véase Russell P. Sebold, «'Una lágrima, pero una lágrima sola': Sobre el llanto romántico», Ínsula, nº 380-381 (julio-agosto 1978), págs. 8-9; recogido en Sebold, Trayectoria del romanticismo español. Desde la Ilustración hasta Bécquer, Filología, 10, Barcelona, Crítica, 1983, págs. 185-194.

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342.       Prólogo de la ya citada edición cuarta de 1849, pág. [7]. Son palabras del Prólogo de la segunda edición, que se hallan citadas al inicio del de la cuarta edición.

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343.       Sobre la metamorfosis de personajes genéricos en personajes individualizados gracias a la encarnación en ellos de una nueva inspiración, como si fuera un logos o nuevo espíritu santo personal, véase Américo Castro, «Incarnation in Don Quixote», Cervantes Across the Centuries, New York, Dryden Press, 1947, págs. 136-178.

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344.       José de Espronceda, Sancho Saldaña o el castellano de Cuéllar, ed. de Ángel Antón Andrés, Ediciones de Bolsillo, Barcelona, Barral, 1974, t. I., pág. 304.

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345.       El arte poética de Aristóteles en castellano. Por D. José Goya y Muniain, De orden superior, Madrid, En la Imprenta de Don Benito Cano, Año de 1798, pág. 37.

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346.       Vicente García de la Huerta, Raquel, ed. de René Andioc (Clásicos Castalia, 28), Madrid, Castalia, 1982, pág. 148. Sobre Raquel como heroína trágica, véase Russell P. Sebold, «Neoclasicismo y creación en la Raquel de García de la Huerta», El rapto de la mente. Poética y poesía dieciochescas, 2ª ed., Barcelona, Anthropos, 1989, págs. 303-318.

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347.       Véase mi ya citado artículo «'Una lágrima, pero una lágrima sola': Sobre el llanto romántico».

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348.       Don Álvaro Yáñez, el señor de Bembibre, en la novela de Gil y Carrasco, también asocia los lugares, su tristeza y la poesía, imitando alguna vez el estilo de Garcilaso, por ejemplo: «Tal era el estado de las cosas, cuando don Álvaro, con el corazón traspasado y partido, salió para no volver de Arganza y de aquellos sitios, dulces y halagüeños cuando Dios quería y poblados de amargos recuerdos» (Enrique Gil y Carrasco, El señor de Bembibre, ed. de Enrique Rubio, Letras Hispánicas, 242, Madrid, Cátedra, 1986, pág. 233). Sobre esto, véase mi artículo «Tuberculosis y misticismo en El señor de Bembibre», Hispanic Review, 64 (1996), págs. 237-257.

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349.       José de Espronceda, Sancho Saldaña o el castellano de Cuéllar, ed. cit., pág. 123.

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