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Marzo -- hortado

Miguel Hernández Giner

Cavaré el pie de los dos limoneros; subiré de mi pozo de abajo el agua, el regón puro -¡qué adjetivo! más bello y más diario-, que bajará hasta sus raíces de más ahínco y menos luz; la que les suba a la copa, se quedará en los limones y las hojas abultando temblorosamente mucho la luz membruda de esta mañana y amarilla, al fin picuda. La humedad de la tierra en savia me llenará el sentido del olor terrestremente... Estoy acotando las ramas infecundas por desnudas, y, de cuando en cuando, se me pone agrio el filo del hacha con algún limón herido.

He replantado dos frutales nacidos al azar, hijos de mi gula de frutas de este verano que ya no es y último.

He cundido de geranios y romeros las orillas de las tapias, que contienen, como Dios, ¡tantos deseos!

Las pitas abren lozanamente más sus zarpas de astro.

Una desazón copiosa de ortigas asalta todas las plantas, hasta las mías descalzas, dolorosamente... Hasta el perejil, casado de hierbabuena, que riza su floración para sueños pajizos bajo el limonero padre. -Pronto el mío me mandará arrancarlas para medicina, como desde que acabé de nacer, diciéndome: No duelen las ortigas, con la impiedad cómoda de quien no ha de cogerlas.

El arbolico de las flores como torres relunadas, que recogí en la senda con polvo y señas de carros, se ha puesto pálido como un otoño: ¿y su primavera?

Dejé manca la morera en octubre y a mayo no se azucarará de moras cristianas de Valencia: pero mi tacto sobre su tronco siente subir líquidos los verdores negros, brazos próximos a penetrar el aire, hasta los muñones de los que me regalaron de sombra, cuatro estíos pecadores.

Las cinco higueras, puras a la fuerza hasta ahora, con la virtud del frío y el enero alrededor del contorno de sus vidas peladas, ya están en trance de hacerse impuras; ya en los ápices de sus ramas de ancla está a punto de desencadenarse una invasión hojosa de lujurias verdales y napolitanas.

Pero aún hay paz, solecico y romeros celestemente azules con abejas de colmenas serranas.

Aunque ya mi alma, corporal de invierno, se me va poniendo espiritual de flaca, y mi carne empieza a reinar en mí y en mi huerto.

MIGUEL HERNÁNDEZ GINER

(Antes de marzo)