Escena II
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MARÍA y ERUNDINA. Aparece ERUNDINA por el lateral izquierdo.
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MARÍA.-
Me pondré a la altura de las circunstancias. |
ERUNDINA.-
(Susurrante.) María, María. |
MARÍA.-
¿Qué quieres?
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ERUNDINA.-
Te anduve buscando por todo el solar. |
MARÍA.-
(Abanicándose.) Adentro me ahogo. Esos cuartos dan grima.
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ERUNDINA.-
Es necesario que vuelvas.
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MARÍA.-
¿Por qué tanta prisa?
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ERUNDINA.-
Te lo pido.
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MARÍA.-
¿Qué pides?
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ERUNDINA.-
Que vengas.
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MARÍA.-
No quiero.
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ERUNDINA.-
Te traje el espejo.
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MARÍA.-
¿El espejo?
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ERUNDINA.-
Anjá.
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MARÍA.-
¿Qué pretendes que haga aquí con eso?
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ERUNDINA.-
Debes mirarte en él. (Pausa.) Anoche no dormiste.
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MARÍA.-
¿Me espías?
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ERUNDINA.-
Hace tantas noches que no cierras los ojos...
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MARÍA.-
¿Perteneces al ejército de salvación?
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ERUNDINA.-
Recuerda quién eres, María. Además dentro de un ratico han de pasar las comparsas. |
MARÍA.-
Me estoy poniendo vieja, Erundina. |
ERUNDINA.-
Te estás haciendo el muerto para ver el entierro que te hacen. |
MARÍA.-
(Irónica.) Tengo que saber lo que hay en todo esto. |
ERUNDINA.-
(Con sorna.) ¿Vas a ir al centro espiritista? |
MARÍA.-
¿Ha regresado Julián? |
ERUNDINA.-
¿A qué viene esa pregunta? (Pausa.) ¿Le viste acaso?
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MARÍA.-
No.
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ERUNDINA.-
Pues, entonces...
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MARÍA.-
(Interrumpiendo.) Entonces, tendré que llamar a Madame Pitonisa. Necesito un buen despojo.
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ERUNDINA.-
¿Crees que sea cosa de brujería que Julián haya desaparecido de tu casa? ¿Vas a encontrar el motivo en las cartas de la baraja?
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MARÍA.-
No me controles.
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ERUNDINA.-
Deseo ayudarte.
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MARÍA.-
¿Te lo he pedido?
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ERUNDINA.-
Velo por tus hijos.
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MARÍA.-
(Extrañada.) ¿Por mis hijos? (Desesperada.) ¿Dónde están?
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ERUNDINA.-
En el traspatio con los hijos de Carmelina.
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MARÍA.-
No quiero verlos.
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ERUNDINA.-
Pobres criaturas. ¡Qué culpa tienen ellos! Cuando los dejé habían terminado con la merienda y deletreaban los muñequitos. En ese mismo momento llegó Salustiano. Está que es un puro hueso. Parece que no se lleva bien con su mujer. Al menos, eso me dio a entender. También me confesó que se siente muy preocupado con la desaparición de Julián. La gente no habla de otra cosa. María, escúchame, María. ¿Qué va a ser de ti? ¿Se habrá ido a traficar...? Acuérdate de lo que le pasó en Nochebuena. ¿Lo habrá cogido otra vez la policía?
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MARÍA.-
Cállate.
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ERUNDINA.-
Toda la vida se la ha pasado en este tira y encoge. ¿Qué tiene de particular?
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MARÍA.-
Que te calles.
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ERUNDINA.-
Si tanto te molesta, allá tú. (Como si hablara con otra persona.) Mira que se lo he advertido... María, deja ese barrenillo. María, pon a funcionar tus cinco sentidos. Pero como si hablara con la pared. Ni caso. (A MARÍA.) Ya verás lo que te va a dejar el Juliancito ese. Ya tú verás. (Como si volviera a hablar con una persona invisible.) Qué cabeza más dura. Es como una obsesión. Algo que se le ha metido entre ceja y ceja, que no dejará mientras viva. (A MARÍA.) Por ahí se corre que hay cierta y determinada intriga de Perico Piedra Fina, ese tenebroso ministro de las fuerzas del mal.
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MARÍA.-
Cómo te gusta el brete. ¿Qué te propones?
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ERUNDINA.-
La verdad. Sólo la verdad.
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MARÍA.-
(Riendo.) La verdad. Erundina busca la verdad. Erundina intenta engañarme buscando la verdad. La verdad se vende en la esquina, en la bodega del chino Miguel. La verdad es un mango o una naranja. (En otro tono.) Estás loca, Erundina. Loca de remate.
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ERUNDINA.-
Rectifica, María. Todavía tienes tiempo.
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MARÍA.-
El disparate te divierte.
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ERUNDINA.-
Piensa, piensa, piensa hasta llegar al final del final más allá del final.
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MARÍA.-
Ojalá pudiera.
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ERUNDINA.-
Si te ocultas, si te ocultas como una insensata, jamás llegarás.
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MARÍA.-
Miro siempre lo que tengo delante.
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ERUNDINA.-
Te quedas en la bobería.
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MARÍA.-
¿Tú crees?
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ERUNDINA.-
Lo creo.
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MARÍA.-
(Jugando.) Entonces, soy lo que seré.
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ERUNDINA.-
Qué ingenua. Para llegar a ello no olvides que nadie escapa.
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MARÍA.-
Hay aire de chubasco.
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ERUNDINA.-
No te aguanto más. Me sacas de quicio. Me indigestas.
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MARÍA.-
¿Son ésos los modales propios de tratar a una señora? Me has mentido, Erundina. Indudablemente no fuiste a un colegio de monjas. Tendré que vigilar la educación de mis hijos.
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ERUNDINA.-
¿Vigilar la educación de tus hijos?
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MARÍA.-
Así es.
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ERUNDINA.-
Pero, María...
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MARÍA.-
No quiero que se acostumbren a tanto desparpajo. Yo misma hago esfuerzos. (La mira con desprecio.) Hablamos de cosas distintas. Llamaré a la Señorita Amparo. Es importante que reciba nuevas instrucciones. (Se saca del pecho un silbato y un ramito de albahaca. Se santigua.) Ay, los asuntos domésticos son una salación. (Hace una llamada con el silbato.)
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ERUNDINA.-
(Como si hablara con otra persona no visible.) Ay, ésta qué se trae entre manos. (Confidencial.) Sí, he sido yo, la muerta de hambre que ven aquí, quien le lavó los pañales cuando estaba aún recién nacida. He sido yo..., yo..., porque su madre quedó en el parto y mi pobre Evaristo, que tenía el corazón más grande que una casa y que era amigo de su padre, me aconsejó: «Métela en la cuna y tráela y haz de ella una mujer de provecho». Y yo la veía tan chiquitica y me daba tanta lástima... (En otro tono.) ¿Se habrá vuelto loca?
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Escena III
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MARÍA, ERUNDINA y la SEÑORITA AMPARO.
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Aparece la SEÑORITA AMPARO. Su edad oscila entre los treinta y los treinta y cinco. Viste traje de warandol floreado. Lleva el pelo recogido en un enorme moño.
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SEÑORITA.-
(A MARÍA.) Buenas.
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(Se abrazan.)
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ERUNDINA.-
No atino a creerlo. (Mirando con desprecio a la SEÑORITA AMPARO.) Ahora el apretón es con la cotorra desplumada.
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MARÍA.-
(A la SEÑORITA.) Lo mismo digo.
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ERUNDINA.-
Con qué finura se tratan.
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SEÑORITA.-
(A MARÍA. Muy circunspecta.) ¿Me llamaba?
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ERUNDINA.-
(Hablando con un personaje invisible.) Disimularé. No vaya a pensar María que me muero de envidia.
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MARÍA.-
En efecto tenemos que resolver asuntos de suma trascendencia. Antes de empezar, dime: ¿a qué hora llegaste?
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ERUNDINA.-
A las nueve y cuarto en punto.
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MARÍA.-
Qué barbaridad. A eso se llama relajo. ¿No estás contenta con los honorarios?
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SEÑORITA.-
Sí, señora, sí. Lo que pasa es que tuve que ir al Hospital a llevar unas naranjas a la cuñada de la sobrina de una ahijada de mamá... Y la ruta uno...
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MARÍA.-
¿Me quieres meter gato por liebre?
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SEÑORITA.-
(Atemorizada.) No, señora. La ruta uno...
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MARÍA.-
Rechazo las excusas.
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SEÑORITA.-
La ruta uno...
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ERUNDINA.-
(Gritando, precipitándose.) La ruta uno. Esa ruta es espantosa. Los otros días, cuando fui a la botica a buscar la medicina que me recetó el Caballero de París para esos mareos que me traían al garete, me encontré, esperándola, en la Plaza de la Fraternidad, con una cola tan enorme, que me dieron unos sudores fríos y la gente me echó fresco hasta que vinieron los de la Cruz Roja...
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SEÑORITA.-
(A ERUNDINA, con desprecio.) Interrumpir para esa bobería. Qué vulgaridad.
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ERUNDINA.-
Qué falta de respeto a mis canas. (En otro tono.) Más imbécil es tu madre y todo el mundo la trata.
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MARÍA.-
(Con violencia.) Basta ya. (Dulcificando la expresión.) Ay, Señorita Amparo, deseo, sobre todas las cosas, que se sienta a gusto entre nosotros. Le mandaré aumentar la ración de boniatillo.
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SEÑORITA.-
Ay, qué buena es. Qué delicia.
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MARÍA.-
Ahora, eso sí, exijo, óigalo bien, exijo de su parte una mayor puntualidad. (Pausa breve. Solemne.) Desde este instante, excluyo a Erundina de la educación de mis hijos.
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ERUNDINA.-
Oye, María, no me hagas esa trastada.
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MARÍA.-
Órdenes estrictas.
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ERUNDINA.-
(En un arranque de histeria.) Sabotaje. Sabotaje.
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SEÑORITA.-
Las órdenes funcionan como razones.
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ERUNDINA.-
No la creía capaz. Con lo que me he sacrificado. (Sarcástica.) Cría cuervos y te sacarán los ojos.
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SEÑORITA.-
(Con gran parsimonia.) ¿Puedo retirarme?
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MARÍA.-
Espera un segundo. ¿Cuándo empiezan las clases de Educación Física? Ah, sí, el miércoles. Seré generosa. Te aumentaré dos pesos por las clases.
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SEÑORITA.-
Gracias, señora. Gracias. ¡Ay! Virgen de Regla, ilumínala. (Cae de rodillas.) No sospecha, señora María, los problemas que solucionaré con ese aumento. Mande lo que quiera y cuando quiera.
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MARÍA.-
Levántate. Por favor, no es para tanto. Un simple acto de hermandad. (Mirando a ERUNDINA con intención.) La agradecida soy yo. Ay, qué felicidad, saber que mis hijos han caído en buenas manos. (Pausa.) Muy bien. Entremos en confianza.
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ERUNDINA.-
¿Vas a comprobar si tengo o no razón?
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MARÍA.-
(A ERUNDINA.) ¿Quién te dio velas en este entierro?
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ERUNDINA.-
(Burlándose.) ¡Ay, qué fúnebre estás!
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MARÍA.-
Hablaré claro, señorita Amparo. (Pausa. Muy rápida.) Es cosa sabida, y si no, compruébelo en la experiencia. (Tono melodramático.) Los demás deciden la conducta de una mujer... (Otro tono.) Desde que yo era así de chiquitica... (Señala como medida la punta de un dedo.) La vieja Erundina solía hacerme estas observaciones. (Transición.) Últimamente con la vieja Erundina resulta imposible el trato. Los defectos se le han ido acentuando con la vejez.
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SEÑORITA.-
Señora, perdóneme, le suplico...
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MARÍA.-
¿Qué me suplicas?
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SEÑORITA.-
Que no vaya tan ligera.
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ERUNDINA.-
(A la SEÑORITA.) Déjala terminar.
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MARÍA.-
¿Por dónde iba? Ah, sí, perfecto. La vieja Erundina decía: «La mujer es como la rosa. Nadie se atreve a tocar uno de sus pétalos. No se hable de ella. Contémplesela. Aspírese su perfume. Una palabra puede herirla de muerte».
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SEÑORITA.-
(Como si hablara con otra persona.) ¿A qué viene todo este discursito?
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MARÍA.-
Pues bien, alguien ha organizado tremendo show con el objeto de destruirme.
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SEÑORITA.-
¿Destruirla?
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MARÍA.-
Como lo oye.
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ERUNDINA.-
¿Destruirte?
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MARÍA.-
Sí. Empleando la táctica del sun-sun, del comentario, se consiguen resultados espléndidos. María es esto aquí. María hace lo otro allá.
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ERUNDINA.-
¿Sugieres que he sido yo?...
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MARÍA.-
¿Te he señalado en algún momento?
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ERUNDINA.-
Me pones fuera de mí.
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MARÍA.-
No hagas un drama.
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ERUNDINA.-
Es que...
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MARÍA.-
Permanece indiferente. ¿Por qué te preocupas...? Hace unos quince minutos dijiste que Salustiano, mi amigo de la infancia, que vive en el otro extremo opuesto de la ciudad, había llegado a mi cuarto con extraños temores.
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ERUNDINA.-
Es cierto.
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MARÍA.-
¿Se puede averiguar cuál es la clave de estos temores?
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ERUNDINA.-
(Confundida.) Qué sé yo... (Rotunda.) Pregúntaselo a él.
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MARÍA.-
¿No serán infundios perversos?
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ERUNDINA.-
¿Infundios? ¿Infundios perversos? (Agarrando por un brazo a la SEÑORITA AMPARO que no sabe qué decir, que tose y se rasca la nariz.) Dígale si Salustiano vino. Dígale si está jugando con los niños. Dígale si no estuvo largo rato hablando con Julián. Dígale. No se ponga como una pazguata.
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SEÑORITA.-
(Que se siente acorralada.) Bueno, a decir verdad y a resulta ser...
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ERUNDINA.-
Dígale lo que dijo, anda... ¿Te has quedado muda? ¿Te han comido la lengua los ratones?
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MARÍA.-
Triste destino el mío.
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ERUNDINA.-
La señorita Amparo se ha quedado en babia o en la luna de Valencia.
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MARÍA.-
Ah, infortunio. ¿Qué mal es el mío que los demás conociéndolo no se atreven a nombrar? ¿Qué mal, oh, sombra de las sombras? ¿Cáncer o tuberculosis? (Rechazando una horrible visión.) Lepra. ¿Será eso lepra? ¿Mi cuerpo ha sido tocado por las llagas del diablo? Oh, lepra, lepra, lepra.
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ERUNDINA.-
(A MARÍA.) Confía. Confía en ella. Ella te va a dar la salvación. Ella va a hacer de ti lo que he hecho yo. Ahí la tienes, ahora soy la perjura. Ahora soy la apestada. Éste es el papel que consideras que represento. Erundina ha sido la mujer de goma. Erundina nunca ha visto claro. Erundina vive y ha vivido entre espejismos.
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MARÍA.-
(Se mueve dando largos resoplidos.) Ay, ay. Todo me demuestra que soy una mujer que anda como un trapo en la lengua del vecindario. (Burlándose.) Que soy una rosa herida de muerte. Ay, yo..., yo..., María Candela..., ¿dónde me pongo?... ¿Dónde me pongo? (Pausa. En otro tono.) Frente a tal síntoma, no me dejaré arrastrar. Mi conducta es una. Seguiré firme.
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ERUNDINA.-
Confíate, confíate. La señorita Amparo desde hoy en adelante será tu perro fiel. Adelante, adelante, María. No detengas tu paso. La señorita Amparo cuidará de tus hijos, mañana y tarde. La señorita Amparo servirá de mulo de carga. La señorita Amparo es la perfección.
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SEÑORITA.-
(Sin comprender.) Bueno, en tal caso...
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MARÍA.-
(Interrumpiendo.) Analizaré mi situación. Julián ha desaparecido de casa hace por lo menos un mes.
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SEÑORITA.-
(Fingiendo.) ¿Desaparecido?
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ERUNDINA.-
Sí, desaparecido. Como si no lo supieras... Hipócrita.
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MARÍA.-
Algo de poca importancia, naturalmente: según los ojos que lo vean. Julián, de vez en cuando, da algunos viajecitos.
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SEÑORITA.-
Los otros días pasé por la puerta de la casa de la prima Berta, la ahijada de Candelaria, me detuve y oí que decían una cosa por el estilo.
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MARÍA.-
(Exagerando.) Los hombres, en general, mantienen costumbres de índole muy privada. Pero..., comprendo esas necesidades. Los negocios, los amigos, los amigos, una borrachera, un desliz... Vaya, excusas. Resulta tan aburrida la vida en común...
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SEÑORITA.-
Qué enredo, Virgen Santa.
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ERUNDINA.-
(Abanicándose con un pañuelito y quitándose el sudor de la frente.) Tendré que llamar al doctor Mandinga o a Madame Pitonisa.
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SEÑORITA.-
Al menos...
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ERUNDINA.-
María no debe continuar en ese trajín. O se pone como un fideo de flaca o hay que meterla en Mazorra. |
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SEÑORITA.-
Yo le aseguro...
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ERUNDINA.-
Menos mal que su madre, que en paz descanse, no puede ver este cuadro; porque si no, nadie le quitaba una embolia.
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MARÍA.-
Cada vez que me detengo a pensar en lo que he sido y cómo me he sacrificado..., porque lo más triste del caso es que todos me empujan hacia el vacío, hacia mi padre muerto, hacia mi hermano ahorcado.
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ERUNDINA.-
(Grita.) Ah, ya sé.
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SEÑORITA.-
Qué susto. Vieja, aguante esos impulsos.
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ERUNDINA.-
Un bilongo.
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SEÑORITA.-
¿Un bilongo?
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ERUNDINA.-
Un bilongo.
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SEÑORITA.-
No me haga reír.
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ERUNDINA.-
A María le han echado un bilongo.
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SEÑORITA.-
(Desternillándose de la risa.) Un bilongo.
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ERUNDINA.-
Si no es un bilongo hay que llevarla a un siquiatra.
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MARÍA.-
¿Qué te pasa, Erundina?
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ERUNDINA.-
María delira. María no es María.
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MARÍA.-
¿Qué dices? (Sarcástica.) María no necesita de nadie. (Solemne y ridícula al mismo tiempo.) María pretende algo más importante: conocer a fondo lo que opina el solar. (Pausa. Acercándose a la SEÑORITA AMPARO. Con arrebato.) Cuéntamelo. Dímelo todo. Soy un enorme oído.
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SEÑORITA.-
¿Qué cosa, señora?
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MARÍA.-
Lo sabes.
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SEÑORITA.-
¿Lo que sé?
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MARÍA.-
Te conviene. |
SEÑORITA.-
¿Estoy obligada? |
MARÍA.-
Acuérdate del dinero. |
SEÑORITA.-
¿Insinúa que me venda? |
MARÍA.-
No te preocupes. |
SEÑORITA.-
¿Tengo que ser sincera?
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MARÍA.-
¿Qué diablos podrías hacer?
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SEÑORITA.-
Ay, yo se lo dije a mamita esta mañana: «No quiero comprometerme. No, vieja, no».
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MARÍA.-
Mira por dónde salta la gallina zorra. ¿Comprometerte? ¿Ese es el peligro? ¿Quién te da de comer?
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SEÑORITA.-
¿Hay que tomar partido?
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ERUNDINA.-
(A la SEÑORITA.) No disimules. (En otro tono.) La señorita Amparo, la que ni pincha ni corta. Aquí todos sabemos del pie que cojeas.
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SEÑORITA.-
Señora, usted me obliga.
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ERUNDINA.-
Desembucha.
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MARÍA.-
No te obligo, sólo pido que me ayudes.
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SEÑORITA.-
Prefiero meterme en la cocina.
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MARÍA.-
¿A quién le tienes miedo?
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SEÑORITA.-
¿Miedo?
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ERUNDINA.-
Sí, miedo.
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SEÑORITA.-
La mujer de Perico Piedra Fina no quería que se diera a la publicidad.
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MARÍA.-
¿De qué estás hablando?
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ERUNDINA.-
(A MARÍA.) Ya verás.
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MARÍA.-
(A ERUNDINA.) No me agites que me fermento. (A la SEÑORITA.) Contésteme.
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SEÑORITA.-
Es un poco complicado.
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MARÍA.-
¿Qué tiene que ver la mujer de Perico Piedra Fina en todo esto?
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SEÑORITA.-
Ella es la madre.
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MARÍA.-
¿La madre de quién?
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SEÑORITA.-
De su hija.
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MARÍA.-
La hija de qué madre.
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SEÑORITA.-
La hija de su madre.
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MARÍA.-
(Delirando.) La madre, la hija, la madre de su hija; la hija, la madre, la hija de su madre. Qué cachumbambé. Ni el médico chino le pone fin a este lío.
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SEÑORITA.-
Pues bien... (Mira a todos lados. Se oye como un suave rumor de maracas y claves.) Es que no puedo arrepentirme luego. Usted cuando lo sepa tratará de vengarse.
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MARÍA.-
(Riéndose. Histérica.) ¿Vengarme? ¿Venganza? ¿Qué odiosa palabra has dicho? ¿Me has confundido con la mujer vampiro?
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SEÑORITA.-
Yo sé la carta que me estoy jugando.
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MARÍA.-
Pues juéguela.
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SEÑORITA.-
Miro más allá de todo.
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MARÍA.-
¿Por las noches se te aparecen los espíritus de los muertos? |
SEÑORITA.-
¿Es imprescindible que hable? |
MARÍA.-
Soy una tumba. |
ERUNDINA.-
Qué tipa más bruta. |
SEÑORITA.-
Bueno, después no me vengan con que yo dije o dejé de decir o dije más de lo que debía.
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MARÍA.-
Dilo todo.
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ERUNDINA.-
Sin pestañear.
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SEÑORITA.-
Lo contaré como me lo contaron. Esta mañana, serían las siete o las siete y media, llegué a casa de Dominga, la hija del primer marido de Carmelina; sí, de aquel sargentico que se creía en su tiempo un tenorio, y que luego se metió en un barco de polizón... Pues bien... Dominga llegó y lo sopló todo tan de golpe, porque ella, Dios me perdone, es igual que el noticiero de última hora..., por poco recojo a mamita del suelo patitiesa...
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MARÍA.-
¿Qué fue lo que sopló?
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SEÑORITA.-
Que la mujer de Perico Piedra Fina se oponía.
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MARÍA.-
¿A qué se oponía?
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SEÑORITA.-
Al matrimonio.
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MARÍA.-
¿Al matrimonio de quién?
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SEÑORITA.-
¿De quién va a ser? De su hija Esperancita.
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MARÍA.-
(Riéndose.) Al fin se casa ese trasto.
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SEÑORITA.-
Su padre, el viejo Perico, que era hijo de un Coronel en tiempos de don Tomás, está chiflado con la boda..., y hoy por la tarde, Julián...
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MARÍA.-
(Casi en un susurro.) Julián.
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SEÑORITA.-
(Con crueldad en la sonrisa.) Sí, Julián, Julián Gutiérrez, hoy, por la tarde, va a contraer nupcias con Esperancita, la hija de Perico Piedra Fina.
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MARÍA.-
¿Que se casa Julián con la hija de ese garrotero?
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ERUNDINA.-
(En un grito.) Ya.
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SEÑORITA.-
(Caminando hacia el primer plano.) Yo no sabía si debía venir a darle las clases a los niños. Sospechaba que usted lo consentía... Hay tantos ejemplos... Pero...
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MARÍA.-
(En el fondo.) ¿Que Julián se casa? (Risa histérica.) ¿Que Julián se casa? Es para morirse de risa. Casarse con Esperancita.
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ERUNDINA.-
Si es un saco de huesos, madre mía. Un esperpento. Hay que tener gandinga.
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MARÍA.-
Es el fenómeno más grande del año. (Pausa.) Ay, señorita Amparo, ¿estoy encima o debajo de la tierra? (Pausa.) Sigue.
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SEÑORITA.-
Papá con sus ochenta años me sacó a la fuerza de la casa.
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MARÍA.-
No cojas el rábano por las hojas.
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ERUNDINA.-
Esperancita salió de un apuro. La pobre. Porque lo único que le quedaba era vestir santos.
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MARÍA.-
(A ERUNDINA.) No interrumpas.
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ERUNDINA.-
Déjame. Qué degenerado es el Julián.
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MARÍA.-
(A ERUNDINA.) Te voy a poner una mordaza en la boca. (A la SEÑORITA AMPARO.) Termina de una vez.
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SEÑORITA.-
(En el primer plano del escenario.) Mamá gritaba: «Eres una imbécil. A tu edad hay que enfrentarse con la realidad. No me vengas con lagrimitas. El miedo mételo en el latón de la basura».
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MARÍA.-
Ay, no des tantas vueltas.
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ERUNDINA.-
(A la SEÑORITA.) Qué pasmadora eres.
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MARÍA.-
Rápido.
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SEÑORITA.-
Ahora me pregunto si he obrado bien. |
MARÍA.-
Tantos remilgos, ¿para qué? |
SEÑORITA.-
Quisiera no tener que arrepentirme. |
MARÍA.-
Corre que el viento se evapora. |
ERUNDINA.-
Corre que el tiempo no es el aire. |
MARÍA.-
Corre que el tiempo no es la eternidad. |
SEÑORITA.-
En la calle iban gritando. (Aparte.) Esto se llama imprudencia. |
MARÍA.-
¿Qué gritaban? ¿Quiénes gritaban? |
ERUNDINA.-
¿Hasta cuándo, mujer de Dios? |
SEÑORITA.-
No puedo más, no puedo más. |
MARÍA.-
Te quedas a medias. |
ERUNDINA.-
El final, el final.
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(Las tres mujeres quedan enlazadas y comienzan a moverse rítmicamente. Esta escena debe mantener un ritmo de son.)
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SEÑORITA.-
(Mecánica.) En la calle, en la plaza, en el parque, en la bodega, en el cine, en el café, en la guagua, Chencha la gamba, Rosa la China, Cachita Burundanga, la mujer de Antonio, la mujer de Pedro, la de Chucho, la de Jacinto, la de José, me han dicho, me dijeron, están diciendo, que eres, que eras, que serás, que siempre, que ahora, que nunca, que jamás, que estás, que estabas, que estarás, en la esquina de este solar sin nombre esperando al llamado de la sangre.
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(Las mujeres se separan. Pausa. MARÍA camina igual que una sonámbula.)
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ERUNDINA.-
(Susurrante.) María, María.
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SEÑORITA.-
(Muy suave.) María.
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ERUNDINA.-
(En el tono anterior.) María.
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SEÑORITA.-
(En el tono anterior.) María.
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MARÍA.-
(Agotada.) Déjenme. Déjenme coger un poco de aire, que me ahogo en este horno.
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(La luz del escenario va disminuyendo, quedando en su totalidad a oscuras. La SEÑORITA AMPARO cae de rodillas, muy despacio. Sólo una luz toca a MARÍA.)
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MARÍA.-
(Como si hablara con otras personas.) María, ¿qué has hecho? Tenía que saber.
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ERUNDINA.-
¿Qué ibas a saber que no supieras?
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MARÍA.-
(Agotada.) Lo que tengo que hacer con el futuro.
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ERUNDINA.-
María dispone del futuro como si fuera un plato de tamales.
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MARÍA.-
María lo ignora todo. María siempre luchará. María quiere saber, saber, saber. (Pausa.) Ay, qué oscuro alrededor mío. Julián, mi hermoso Julián. (Pausa.) ¿Será posible hallar un valor, una medida, o algo, llámese como se llame en este mundo? (Pausa.) Ando a tientas. Hijos míos. Enséñenme el camino. ¿Dónde está mi camino? ¿Dónde carajo está?
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(ERUNDINA cae de rodillas en el suelo en el lado opuesto a la SEÑORITA AMPARO.)
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