11
D. Pedro el Cruel fue herido en la mano derecha de una punta de espada en un torneo que celebró en Torrijos en 1353. (Véase su crónica).
12
Las leyes que debían observar los combatientes, así en el torneo como en la justa, se hallarán a la larga en los apéndices I y II.
13
«Todo animal
(dice Ferguson) se deleita en el ejercicio de
sus fuerzas. Retozan con sus garras el lobo y el tigre; el
caballo, olvidando el pasto, da alguna vez su crin al viento
para correr los anchos campos; y el novillo y aun el inocente
recental topan con las frentes antes de sentirlas armadas,
como si se ensayasen para las luchas que les esperan. El
hombre, no menos propenso a ellas, se complace también
en el uso de sus facultades naturales, ora ejercitando su
agudeza y elocuencia, ora su fuerza y destreza corporal contra
un antagonista. Sus juegos son frecuentemente imagen de la
guerra; en ellos derrama su sudor y su sangre, y más
de una vez sus fiestas y pasatiempos terminan con heridas
y muertes. Nacido para vivir poco, parece que hasta sus diversiones
lo acercan al sepulcro»
(An Essay on the history of civil
society, part. I, sec. IV). Esta justa observación
hará mirar con menos extrañeza los pasatiempos
de nuestros mayores. Sin duda que el abandono de los más
feroces se debe a los progresos de la civilización;
pero miremos adelante y veremos cuánto nos falta que
andar en esta ilustre carrera.
14
Crón. de don Pedro Niño, part. I, cap. 7.
15
En el libro de los Oficios de la casa de Castila, que existe manuscrito en la biblioteca de San Lorenzo y de que he formado un extracto.
16
| (Ley 21, tít. V, part. II). | ||
17
En las ordenanzas municipales de la villa de Carrión
de los Condes, hechas en 1568 siendo su corregidor Mateo
de Arévalo Sedeño, al título I de la
procesión del Corpus, artículo 7.º, se dice:
«Otro sí es ordenanza que en dicho día en cada
año hay lo menos dos autos, que sean de la Sagrada
Escritura, que se presenten en dicha procesión el
uno en la media villa arriba y el otro en la media villa
abajo, en el lugar donde le pareciere a la justicia y regimiento,
y más las danzas que cada un oficio quisiesen sacar
y hacer, como lo han usado otros de fuera aparte, y que por
lo menos haya asimismo dos danzas, lo cual todo se haga con
mucha honestidad, como en tal lugar conviene.»
El artículo
8.º dispone el nombramiento de diputados para dirigir estos
festejos, el 9.º impone pena contra sus perturbadores y el
10.º fija el gasto en veinte mil maravedises.
18
Debemos muchas noticias de las que contiene este artículo a la generosidad de nuestro buen amigo el señor don José Antonio de Armona, corregidor de Madrid, que nos confió para extractarlo el precioso manuscrito de sus Memorias sobre los teatros, obra escrita con mucha diligencia y llena de muy curiosas noticias. Y no porque la muerte lo haya arrebatado nos juzgamos libres de pagarle este tributo de gratitud, tan debido a su nombre y buena memoria como a la tierna amistad que nos unía.
19
Los santos Padres declamaron contra los teatros gentílicos y de seguro no conocieron otros. Cuáles fuesen los de la Edad Media, además de lo dicho en el texto, se puede colegir de uno de los capitulares de Francia, que según nuestra conjetura pertenece al siglo X. Histrionum quoque (dice) turpium et obscaenorum insolentias jocorum et ipsi episcopi animo effugere caetterisque sacerdotibus effugienda praedicare debent. Additiones ad Capitula regum francorum, cap. 71. (Véase la Colección de Canciani, tomo III, pág. 382).
20
Cuando escribimos esta memoria no conocíamos el país vascongado ni sus bailes dominicales; pero un viaje hecho por él en 1791 y repetido en 1797, nos proporcionó el gusto de observarlos y nos confirmó más y más en lo que habíamos escrito acerca de las diversiones populares. Es ciertamente de admirar cuán bien se concilian en estos sencillos pasatiempos el orden y la decencia con la libertad, el contento, la alegría y la gresca que los anima. Allí es de ver un pueblo entero, sin distinción de sexos ni edades, correr y saltar alegremente en pos del tamboril, asidos todos de las manos, y tan enteramente abandonados al esparcimiento y al placer, que fuera muy insensible quien los observase sin participar de su inocente alegría. Tanto basta para recomendar estas fiestas públicas a los ojos de todo hombre sensible; pero el filósofo verá además en ellas el origen de aquel candor, franqueza y genial alegría que caracterizan al pueblo que las disfruta, y aun también de la unión, de la fraternidad y del ardiente patriotismo que reinan entre sus individuos. ¡Cuán fácil no fuera, con sólo extender tan sencillas instituciones, lograr los mismos inestimables bienes en otras provincias!