«Milagro en Milán» o «Los pobres están de sobra»
Alfonso Sastre
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Por lo que he visto, esta película -Milagro en Milán- es aquella que, en rodaje, se titulaba Los pobres están de sobra. (Se trataba, según la noticia que leí entonces -ya se había estrenado en Madrid Ladrón de bicicletas-, de una película sobre los pobres de un suburbio de Milán; la dirección era de Vittorio De Sica y el argumento había sido escrito por Cesare Zavattini. El título Los pobres están de sobra disipa la última duda.) Pues parece, por lo que vemos en Milagro en Milán, que, en efecto, los pobres están de sobra, y que la única solución social válida es el milagro y, a fin de cuentas, la huida, sobre escobas, a otros reinos. Milagro en Milán viene después de la desilusión. Es la última aceptación del régimen, trágicamente desnivelado, de «clases». Queda atrás el espejismo de las revoluciones sociales. Sobre los escombros de la esperanza, a la que millares de revolucionarios marxistas y antimarxistas se entregaron con ánimo y decidida voluntad de triunfo, se alzan nuevos «barrios» de míseras cabañas. Son, otra vez, los pobres. Paragüeros, vendedores de globos y mendigos, desarticulando el sistema revolucionario. Sobre los mismos escombros se levantan los nuevos palacios. Magníficos abrigos con cuellos de piel. La mirada, dura y cobarde. Son, otra vez, los ricos. Banqueros, altos negociantes, especuladores, desarticulando también el sistema revolucionario. Pero el tema ya no da cauce a una obra socialpolítica, solucionadora, porque parece que «ya no hay esperanza». Estamos -según estos testimonios- de vuelta de la esperanza. El tema, ahora, da cauce a un cuento de ricos y pobres. «Érase una vez...». Más vale tomárselo a risa, a cuento o a leyenda. Más vale tomárselo a milagros y hacer que los pobres, mientras realmente se quedan en sus cabañas del suburbio, se vayan hasta detrás de las nubes, hacia un reino que no es de este mundo.
Milagro en Milán es una película fustigadora y evasiva. Esta vez, De Sica ha encarado la realidad evasivamente. Él y Zavattini han tirado la piedra y han escondido la mano tras una cortina de humor y fantasía. Una expectación profunda de Milagro en Milán advierte que hay allí más realidad de la que parece a primera vista. La trama, a partir del «cambio de fortuna» que introduce en la acción la paloma, es fantástica. La fábula -podríamos decir- se hace fabulosa. Pero queda en el espíritu un amargo poso de realidad, que permanece cuando la fábula se hace fabulosa y continúa cuando la fábula termina. Y la verdad definitiva es que, por encima de la risa -y por debajo del milagro-, la realidad queda duramente planteada, como en Ladrón de bicicletas, en esta película de pobres tiernos y llenos de bondad, y de ricos que, por ridículos, no pueden llegar a ser odiosos...