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Narrativas desplazadas del yo en el perfil de Francisca Zubiaga de Gamarra de Clorinda Matto de Turner1

Ana Peluffo





A juzgar por las numerosas colecciones de relatos de vida o archivos histórico-biográficos que se publicaron en el siglo XIX, el género de la biografía, a caballo entre la literatura y la historia, parece haber gozado en el período nacional de gran prestigio e importancia cultural. En el Perú, debido en parte al carácter incipiente de la historia como disciplina, los compendios de semblanzas, que compusieron tanto escritores canónicos como no canónicos, fueron una de las formas privilegiadas que asumió el discurso historiográfico2. El hábito de admirar y reverenciar a las figuras eminentes del pasado, concebido autocráticamente como un catálogo de vidas ilustres, fue uno de los pilares ideológicos que motivaron la escritura biográfica en la ciudad letrada. Se trataba, como dice Ricardo Palma en una poco conocida colección de apuntes biográficos, de profanar a las cenizas de los héroes del pasado para que pudieran servir de ejemplo a las generaciones del porvenir (Corona Patriótica 6).

Es sabido que una de las preocupaciones de la cultura peruana de fin de siglo, atravesada por conflictos entre tradición y modernidad, fue formar ciudadanos de costumbres y hábitos modernos que reemplazaran modos de ser más tradicionales, percibidos como retardatarios3. Con muy pocas excepciones, la crítica latinoamericana ha estudiado estos procesos alegóricos de formación de identidades en el campo de la novela4. Menos atención, sin embargo, se ha prestado al género biográfico en relación a la cuestión nacional, en parte porque la biografía carecía en el siglo XIX de un estatus autónomo con respecto a otras formas discursivas. El culto a próceres en los que pudieran encarnarse las virtudes de un sujeto nacional soñado cumplió una función política específica en un período en el que las vidas ilustres se concebían como parte de un proceso de regeneración nacional. Al mismo tiempo, y como lo demuestra Anthony Smith, elegir un héroe dentro de los muchos posibles era una forma de cohesionar, a nivel del imaginario, la heterogeneidad y multiplicidad de la nación como colectividad. Si la elección de ciertos héroes conllevaba necesariamente la exclusión de otros, puede decirse que la elaboración de una memoria histórica y la construcción de un pasado, no fue un proceso armónico o libre de conflictos, sino que se llevó a cabo en medio de lo que Mónica Quijada llama una verdadera «guerra o batalla de próceres» en la que se debatió intensamente quiénes iban a tener acceso o no a la posteridad.

A lo largo de su carrera literaria, Clorinda Matto de Turner no se muestra ajena a la obsesión genealógica que recorre el siglo XIX tal y como se materializa en la preocupación biográfica. El interés que le despierta la biografía como género se hace evidente en dos colecciones de perfiles tituladas Bocetos al lápiz de americanos célebres (1889) y Boreales, miniaturas y porcelanas (1902), así como también en Tradiciones cuzqueñas, leyendas, biografías y hojas sueltas (1884). Si bien casi todos los sujetos biográficos que Matto de Turner propone para ejemplificar las virtudes del patriotismo republicano son masculinos, incluye en varias de estas colecciones semblanzas de mujeres ilustres que ella considera dignas de encomio por sus contribuciones a la peruanidad5.

La producción biográfica de Matto de Turner no ha recibido ninguna atención por parte de la crítica pese a que constituye una zona importante de su corpus narrativo6. Un factor que puede haber contribuido a este desinterés es la conflictividad ideológica que rige estas colecciones en las que se escribe con igual entusiasmo de militares, damas de caridad, amas de casa, editores, poetas y enfermos mentales. Cualquier vida, por insignificante que parezca, le parece a Matto de Turner digna de ser narrada. Al mismo tiempo, no deja de ser desconcertante, que junto a retratos de personajes defensores de la causa indígena (María Ana Teresa de Romainville, Don Juan de Espinosa Medrano y Don Antonio de la Raya) se incluyan panegíricos de figuras marcadamente anti-indigenistas del Cono Sur como Julio Argentino Roca7, Estanislao Zeballos8 y Juan B. Alsina9. Aunque se podría argumentar que Matto de Turner abandona sus convicciones indigenistas durante su exilio en Buenos Aires (1895-1909), se podría pensar también que su actitud hacia la cultura andina fue siempre conflictiva y que se superpuso, tanto en ésta como en todas sus obras, a un ideario liberal a favor de la modernización y el progreso.

En la dedicatoria a una de las ediciones que encabeza la semblanza de la Mariscala, Clorinda Matto de Turner se declara hija literaria de Juana Manuela Gorriti, y afirma dedicarle esta biografía porque «[l]as mujeres ilustres se acercan entre sí»10. A través de este epígrafe, el sujeto literario se auto-representa como subordinado a su mentora y unida a ella por lazos de devoción filial. Dentro del perfil biográfico, sin embargo, el sujeto de la enunciación asume ante la Mariscala un rol maternal que la impulsa a rescatar a este personaje de un inmerecido olvido. Tal y como lo indica el sujeto narrativo, el perfil se escribe «para que no se pierda en la oscuridad de los tiempos el nombre e historia de tan ilustre cuzqueña» (Tradiciones 181)11. El hecho de que Matto de Turner haya publicado y re-editado este perfil en varias ocasiones, hace pensar que la vida de la Mariscala tenía para ella un valor emblemático-didáctico12.

De acuerdo a la división genérica que se establece en el campo de la escritura de vidas, la biografía sería más objetiva por estar basada en documentos, mientras que la autobiografía sería más libre y subjetiva por trabajar a partir de la memoria. Más sugerente, sin embargo, resulta la proposición de Sylvia Molloy en Acto de presencia (1996) sobre la permeabilidad de ambos géneros y la imposibilidad de deslindarlos (189-196)13. Tanto la escritura biográfica como la autobiográfica parten de la necesidad de elaborar vidas textuales a partir de las ruinas del pasado y en ambos casos el personaje es un sujeto imaginado que se construye recurriendo a las convenciones del género. Una forma de establecer un cruce entre estas dos formas de escritura es pensar que así como se puede leer una autobiografía como una forma especializada de la escritura biográfica (sobre un yo que es también un otro); es posible leer una biografía como ficción o solapado autorretrato. En esta última lectura, la supuesta distancia entre personaje y sujeto literario se cancela porque, al imaginar una vida, el biógrafo, que tiene una ubicación precisa dentro de la pirámide social, proyecta sobre la vida del otro las preocupaciones y ansiedades de su propio yo. Si bien la escritura biográfica está más circunscrita que la auto-biográfica, porque el biógrafo debe remitirse a un archivo histórico al que tendrán acceso otros biógrafos (Kendall); a la hora de organizar, metaforizar y ordenar el material documental, el biógrafo tiene tanta libertad como el auto-biógrafo14. Por otro lado, vale la pena señalar que en el siglo XIX la auto-biografía era un género difícil para las mujeres porque se basaba en un culto al yo que contradecía las normas de la humildad y modestia a las que aquéllas tenían que atenerse. Esto llevó a las autoras a desplazar el sentimiento narcisista de escribir sobre sí mismas a la ficcionalización de las vidas de los otros.

En The Art of Biography Paul Kendall, observa que, pese a que en las narraciones de vida el sujeto literario trata de invisibilizarse dentro del texto para darle la ilusión al lector de que está compartiendo la vida del personaje imaginado, la mera elección de ese sujeto es ya de por sí autobiográfica (XIV). Cabe preguntarse entonces por qué Matto de Turner elige escribir sobre esta figura combativa, que tiene una actuación política descollante en las guerras de la independencia, en una época en la que el modelo dominante y normativo de la feminidad era marcadamente doméstico. Creo que si uno de los requisitos del retrato decimonónico era que las «vidas imaginadas» (Agnes Lugo-Ortiz) transmitieran un mensaje didáctico, el perfil de «la Mariscala» le sirve a Matto de Turner para recuperar desde el presente un modelo arcaico de feminidad combativa. Se trataba de mantener vivo, a nivel residual, el modelo de la mujer-soldado en un momento en el que las bajas masculinas en la guerra del Pacífico reactivaban el discurso de la maternidad republicana (Villavicencio). Por otro lado, dado que la Mariscala es un personaje que subvierte las normas de la domesticidad criolla a partir de su activismo militar, Matto de Turner usa la figura de la mujer guerrera para reflexionar oblicuamente sobre las dificultades del sujeto femenino intelectual en la época de la república. Dentro de este orden de cosas, la Mariscala representa por substitución sinecdóquica un pasado menos limitante en términos de género en el que el sujeto femenino tenía acceso a una pluralidad de identidades o poses15. A lo que Matto de Turner parecería estar apuntando es a que en el «carnaval de máscaras» que fue según Ángel Rama la época de la modernización en América Latina las «poses» masculinas se han proliferado (dandies, flâneurs, bohemios, políticos, militares) en términos inversamente proporcionales a la disponibilidad de poses para las mujeres.

A primera vista, la Mariscala, prototipo de la amazona guerrera que interviene en la confección de tratados, tiene tropas a su cargo, y encabeza motines militares, poco tiene en común con Clorinda Matto de Turner. La singularidad del sujeto femenino letrado en la época de la república no residía en la valentía física o en el arrojo militar sino en el cultivo de las virtudes intelectuales. A diferencia de Francisca Zubiaga de Gamarra, que en varios pasajes de este relato recurre al uso de ropas masculinas para ejercer autoridad en el ejército, la voz literaria que narra la vida de este personaje se esfuerza por mostrarse sumisa y carente de autoridad. La incomodidad que Matto siente ante su rol de biógrafa o autora se hace evidente en varios pasajes del perfil en los que se auto-disminuye deliberadamente para no entrar en conflicto con las definiciones normativas de la feminidad. Cabe destacar el siguiente pasaje en el que las convenciones de autoría de la época se ven agudizadas por el condicionamiento genérico:

«El narrar la biografía de la señora que me ocupa, es pues, una tarea harto superior a mis fuerzas, por lo que, dejando este cometido a otra pluma más feliz, me honraré iniciando tan importante obra y daré solo ligeros apuntes históricos que puedan servir para la biografía de la señora Zubiaga, tantos años esperada y deseada por los hijos del Cuzco y desgraciadamente por ninguno emprendida».


(Tradiciones cuzqueñas 181)                


Clorinda Matto de Turner no se piensa a sí misma como un gran biógrafo que colecciona vidas de personajes ilustres (al estilo de Mendiburu), sino como una «hormiga» que opera con partículas y fragmentos. Para mostrarse humilde ante el lector, y subordinada frente a un biógrafo ante el que busca rebajarse («la pluma más feliz») el sujeto narrativo recurre a la estrategia de la modestia afectada. Sus escritos carecen de trascendencia cultural porque son meramente «notas», «apuntes» o «bosquejos». Para aplacar los miedos del lector, se enfatiza que no es que ella esté invadiendo la esfera intelectual masculina, sino que escribe sin violar los códigos imperantes de género que ven por esta época al sujeto femenino como más sentimental que racional. Más que un rol de autora, o de gran biógrafa, Matto se asigna en el perfil un papel de escriba, secretaria o asistenta de un futuro biógrafo, que podrá utilizar estos apuntes para componer «la gran biografía de la Mariscala». Esto es lo que realmente ocurrió en el siglo XX, cuando Abraham Valdelomar, en un libro titulado La Mariscala (1914) y Juan B. Lastres en Una neurosis célebre (1945) usaron los «bocetos» o apuntes de Matto de Turner para componer versiones más ambiciosas de la vida de este personaje. En ambos casos el inter-texto biográfico del perfil de Matto de Turner no fue tratado como ficción sino como riguroso documento historiográfico16.

El tipo de personaje que Matto de Turner imagina en esta semblanza o microbiografía es una figura jánica que tiene dos caras: por un lado, una faceta «viril» y combativa que alude al mundo de las armas; y por otro, un costado sentimental asociado con la domesticidad. Lo que se presenta ante los ojos del lector es un sujeto femenino internamente escindido que combina virtudes clásicas (la ambición, el afán de mando) con valores cristianos (la humildad, el auto-sacrificio)17. Para que no queden dudas de la «masculinidad» de esta amazona guerrera se dice que «montaba a caballo con elegancia y maestría», que «manejaba las pistolas», y que «poseía una voz gruesa y modales varoniles» (182). En una escena del perfil se la llega a describir al mando de un regimiento, «empuñando una pistola y abriéndose paso por entre el pueblo amotinado» (185).

El principal desvío de la Mariscala con respecto a los modelos dominantes de feminidad que estaban en circulación en el contexto de producción del perfil es el travestismo: dos de las anécdotas de esta semblanza hacen alusión al uso de ropas masculinas por parte de esta mujer guerrera que se disfraza de militar o de clérigo para imponer su autoridad ante los soldados y para encubrir su identidad en un momento de fuga. La práctica del travestismo va a contracorriente de un esfuerzo paralelo por parte de la cultura hegemónica de codificar, polarizar y establecer jerarquías de género dentro de la comunidad nacional18. La amenaza que postula como modelo esta figura amazónica es que, al adoptar una pose considerada «masculina» altera el orden social y «des-masculiniza» al sexo opuesto. De ahí que para aplacar la desconfianza de los lectores sobre este proceso de vampirización de atributos masculinos se busque «domesticar» aunque sea parcialmente, a este personaje transgresor. La estrategia ideológica de Matto de Turner es en este sentido mencionar las cualidades «viriles» de la Mariscala en términos de la ropa que usa, sus costumbres y sus hábitos, señalando al mismo tiempo la existencia de un alma «femenina», doméstica y sentimental debajo de este disfraz.

El perfil de Zubiaga de Gamarra se construye alrededor de la tensión entre dos impulsos contradictorios: por un lado, la celebración de la singularidad de esta mujer «varonil», anclada en su diferencia con respecto a la norma femenina; y por otro, la necesidad de cancelar esa diferencia que antes se consideraba valiosa para igualar a la Mariscala con el ángel del hogar. La escenografía elegida para contar la vida de este personaje se estructura alrededor de dos espacios antinómicos: la casa donde la Mariscala desempeña los papeles de madre, esposa e hija ejemplar, y el campo de batalla donde actúa como una mujer soldado o «rabona». La oposición entre estos dos campos semánticos remite metonímicamente a un sujeto fragmentado. La simpatía que Matto siente por el lado transgresor de la Mariscala, con el que por momentos se identifica, se explica por el hecho de que ella también está luchando en la esfera pública por construirse una identidad como escritora en un siglo en el que se piensa en el sujeto femenino en términos no intelectuales. Así como la Mariscala participa en guerras, revoluciones y atentados empuñando una pistola o un látigo, Matto se inserta en las contiendas intelectuales de la época armada de una «desautorizada pluma» o de «un descolorido lápiz»19.

Traducir, entonces, las rarezas de un personaje histórico femenino al horizonte doméstico de los lectores de fines de siglo se vuelve una consigna de la semblanza que ayuda a explicar la densidad ideológica que la recorre. El modelo heroico que plantea la figura de Francisca Zubiaga de Gamarra para el imaginario republicano puede leerse como una visión utópica remitida al pasado que tiene no obstante una proyección hacia el futuro. La Mariscala evoca para Matto de Turner una época gloriosa, posibilitada en parte por el caos de las guerras de la independencia, en la que el sexo no era un impedimento para actuar en los asuntos de estado. La operación cultural de rescate se entreteje, por un lado, con un deseo de que se amplíen los roles para la mujer en la cultura republicana, y por otro, con miedos derivados de esos mismos deseos.

Una de las imágenes de Francisca Zubiaga de Gamarra que emerge en el perfil es la de un personaje guerrero que recurre a las armas y a la fuerza física para imponer orden en el campo de batalla. La frase que Sarmiento acuña para remitir a la barbarie de Facundo Quiroga: «Incapaz de hacerse amar o estimar, gustaba de ser temido» (51); puede ser trasladada casi sin ajustes al personaje de la Mariscala. Sin embargo, así como en el Facundo se detecta una cierta fascinación con el exceso de violencia desplegado por el personaje, en el perfil de la Mariscala se buscan borrar esos excesos desde una ideología que no ve como compatibles la feminidad y la agresividad. En una época en que el ideal femenino era una mujer débil y desfalleciente de filiación prerrafaelita, no había nada más anti-modélico para los lectores finiseculares que el despotismo de la Mariscala20. En este sentido, lo que está en juego en el perfil no es solamente la definición de la virtud nacional, sino también, importantísimo en un contexto postbélico, la cuestión del heroísmo. ¿Tenía que ver la virtud del héroe, ya fuera éste femenino o masculino, con el patriotismo y la fuerza viril del sujeto? ¿O debía definirse la virtud nacional a través de cualidades sentimentales como el amor al prójimo, la caridad y el auto-sacrificio? Creo que aunque Matto de Turner celebra a la Mariscala porque su vida está regida por una acepción clásica del término «virtud», intenta desviar o redefinir el término para hacerlo coincidir con cualidades normativas de la feminidad republicana. Aunque los valores cristianos podían en el siglo XIX ser abrazados por ambos géneros, la virtud bélica o épica empieza a ser colocada, hacia mediados de siglo, del lado de la esfera masculina. La definición dominante del héroe como un sujeto que transgrede las normas sociales y estéticas en nombre de un ideal comienza a partir de este momento a estar reñida con la idea decimonónica de la feminidad, basada a su vez en la sumisión y el sedentarismo21. Dentro de este orden de cosas, el hecho de que Matto de Turner haya escrito más biografías de hombres que de mujeres remite a la dificultad cultural de «feminizar» el ya de por sí inestable concepto del heroísmo para los proyectos modernizadores.

La conversión de la mujer guerrera en heroína responde también a una necesidad genealógica por parte de la autora. Su temor a que los lectores la asocien demasiado con las ambiciones heroicas de la Mariscala la llevan a distanciarse de ésta y a representarla como un sujeto contaminado que necesita ser purificado a través de la escritura. Se la admira por un lado «porque sus destinos eran superiores a los de una simple madre de familia» y porque «sus aspiraciones eran elevadas, grandes, insaciables; y estaba llamada a que ellas se concretasen»22. Sin embargo, se le atribuyen también cualidades sentimentales que borran el individualismo anteriormente mencionado y que convierten al personaje en una especie de Florence Nightingale latinoamericana que atiende a los soldados heridos y que vela sentimentalmente por ellos en el campo de batalla. El discurso de la caridad, que afirmaba la superioridad espiritual de las mujeres en todo lo que tuviera que ver con «el corazón» y el cuidado de los más débiles, le sirve a Matto de Turner para redefinir una actuación político-guerrera en términos de benevolencia cristiana. Cabe citar el siguiente pasaje:

«Lo que más enaltece a esta mujer extraordinaria es el interés vivo que tomaba por el ejército, cuidando de proporcionarle la mejor alimentación posible y los desvelos que se imponía en favor de los enfermos, asistiéndolos con verdadera caridad evangélica, aún sobre los mismos campos de batalla donde siempre se le vio dar la primera el ejemplo de valor y desempeñar los oficios de las Hijas de San Vicente de Paul».


(Tradiciones 182)                


Hiperbolizar el lado caritativo del personaje es en este pasaje una forma de borrar las cualidades guerreras de la Mariscala en un gesto que le sirve a Matto de Turner para subrayar la moralidad de su propio discurso. Implícita en esta estrategia está la posibilidad de que si su escritura no fuera doméstica sería inapropiada para una mujer23.

En el perfil que Matto de Turner escribe sobre la Mariscala se afirma que la información historiográfica procede fundamentalmente de fuentes orales: «Si los datos que he tomado no están cronológicamente minuciosos, es porque la influencia del tiempo que todo lo destruye los ha ido borrando, y en la actualidad quedan muy contadas personas que puedan referir algo de la esposa del Generalísimo de Mar y Tierra don Augusto Gamarra» (Tradiciones 181). Pese a estas afirmaciones que colocan a Matto en el rol de descubridora de vidas, este personaje histórico había ocupado un lugar privilegiado, aunque controvertido, en el imaginario de la temprana república. Ya Ricardo Palma, en una tradición titulada «Seis por seis son treinta y seis» recurre a la sátira y a la ironía para ficcionalizar episodios de la vida de este personaje mítico de la cultura peruana. Dice que «la presidenta fue lo que se llama todo un hombre» y que así como «no sabía zurcir un calcetín, ni aderezar un guisado, ni dar paladeo al nene (que no tuvo), en cambio era hábil directora de política; y su marido, el presidente, seguía a cierra ojos las inspiraciones de ella» (Tradiciones peruanas 1057). Aunque el tono de la tradición es humorístico, la meta del sujeto narrativo es generar miedo en el lector que no puede menos que identificarse con un buhonero, doble de Palma, al que la Mariscala le asesta treinta y seis latigazos por haberla difamado en una copla. En este sentido, lejos está la Mariscala de Palma de ser como la de Matto: sentimental, doméstica y caritativa.

Por otro lado, en las crónicas de viajes francesas que tienen como referente el Perú de los albores de la independencia, la Mariscala se convierte en la gran atracción turística del siglo XIX. Me refiero aquí a las Peregrinaciones de una paria (1838) de Flora Tristán y al Viaje a las Repúblicas de América del Sur (1851) de E. de Sartiges firmadas con el seudónimo de Lavandais. Este último era un vizconde francés que visitó el Perú en 1834 y que publicó sus crónicas andinas en la Revue de deux Mondes en 1850-185124. En el texto de Sartiges escrito para un lector europeo, las excentricidades y rarezas de la Mariscala representan por sinécdoque el caos y el desorden de las repúblicas latinoamericanas en el período post-independentista. La visita de Sartiges al Perú coincidió en términos histórico-referenciales con la de Flora Tristán en 1833 quien convierte al vizconde viajero en un personaje de sus Peregrinaciones de una paria25. El Sartiges imaginado por Tristán es un sujeto afeminado que carece de virilidad y que le roba la atención de sus admiradoras mujeres en los salones de Arequipa. En la crónica de viajes de Tristán se presenta al vizconde acompañado de un sirviente, un hombre culto que mantenía con éste una sospechosa relación homo-sentimental. Se dice que «[e]l vizconde tenía a su lado para servirle, no a un criado, sino a una especie de Miguel Morin a quien llamaba su hombre» (Peregrinaciones 212, énfasis de la autora). Para dar la idea de que Sartiges no se ajusta a los códigos de la masculinidad republicana, Tristán lo compara con una joven inglesa cuyos rubios cabellos rivalizaban con los de los ángeles de Rafael. Lo presenta también como «un pequeño silfo» y como una marquesita disfrazada. Dice más adelante que «si al verlo costaba trabajo distinguir a qué sexo pertenecía, al escucharlo se quedaba uno aún más perplejo. Su voz tenía un encanto inexplicable. Bajaba los ojos con un candor muy difícil de encontrar en un hombre» (Peregrinaciones 212).

Por su parte, De Sartiges, incluye en sus memorias, no solamente una versión ficcionalizada de Flora Tristán, de la que opina que es demasiado «cerebral» y materialista, sino también de «la Mariscala» a quien pinta como una mujer violenta e irascible, que había perdido su feminidad en el campo de batalla26. Cuando habla de la Mariscala, Sartiges la compara con una «feroz tigresa» por su carácter indomable y declara que su ambición de mando estaba en conflicto con su identidad doméstica27. Al referirse a su vigor y energía dice: «Había en esta mujer disposiciones para dos generales. Debía ser, empero, una terrible compañera para un esposo honorable» (Viaje a las repúblicas 72). En otra viñeta del perfil, Sartiges construye una ficción paranoica en la que se demoniza a este personaje desde una perspectiva masculina:

«Un día encontró en la antecámara de su marido a un ayudante de campo del General que había hablado ligeramente de su virtud. El joven oficial tenía una fusta en la mano. Doña Panchita se la arrancó y le aplicó fuertes golpes gritando: "¡Ah! Dices tú que me has..."; fue toda la explicación que se dignó darle. Un peruano muy sencillo que me refería este rasgo conocido por todos, agregaba llevando la mano a su tabaquera: "yo hubiera dado muerte a doña Panchita en el mismo sitio". El azotado hizo algo mejor, besó la mano de la dama y se alejó».


(Viaje a las repúblicas 72)                


Matto de Turner se esfuerza por demostrar que lo que para Sartiges era aberrante en una mujer (la virilidad) podía ser una virtud para los verdaderos héroes de la patria. Al ficcionalizar el encuentro entre ella y el general Gamarra Matto de Turner dice que éste «quedó prendado de su hermosa figura y más que todo de su carácter varonil y esclarecida inteligencia y contrajo matrimonio con ella en la ciudad de Lima, poco antes de la batalla de Ayacucho» (Tradiciones cuzqueñas 180, énfasis mío).

La Mariscala de Palma y Sartiges es la que predomina a lo largo del siglo XIX en el imaginario nacional. Es una Mariscala agresiva e irascible cuya peligrosidad aparece representada emblemáticamente por un látigo. Es la Mariscala autoritaria que según Juan B. Lastres en Una neurosis célebre prohibió durante su mandato que se representara una obra de teatro sobre la vida de Catalina de Erauso, titulada La monja alférez porque ése era el apodo que le había dado el pueblo y porque vio en esta obra una parodia de sí misma28. Seducida por el carácter político y guerrero de este personaje histórico, Matto de Turner recoge la imagen de Sartiges y de Palma pero la sentimentaliza y la desarma. La Mariscala imaginada por Matto de Turner posee en vez de látigo un «corazón gigante», que más que a su agresividad alude alegóricamente a cualidades sentimentales. Para transformar a su personaje en heroína, el sujeto literario debe superponer a la metáfora andrógina y guerrera, la de dama caritativa y ángel del hogar.

La versión más conocida de la vida de «la Mariscala» con la que dialoga este perfil es, sin duda, la de Flora Tristán, que le dedica a la ex-presidenta del Perú el último capítulo de sus Peregrinaciones de una paria29. La Mariscala que imagina Tristán es un personaje vencido pero todavía titánico, que después de un período de gran protagonismo político se halla en marcha hacia el exilio y el destierro (prisionera e incomunicada a bordo de la embarcación William Rusthon). Esta imagen le sirve a Tristán para reflexionar, autobiográficamente, sobre el fracaso de su viaje al Perú, en el que habían resultado infructuosos sus esfuerzos por cobrar la herencia paterna debido a su situación de hija ilegítima30. A través del perfil, se hace evidente la fascinación que Tristán siente por las cualidades imperiales de su personaje a quien compara con Napoleón, por el orgullo de la mirada (429) y de quien dice que si no hubiera sido por su sexo podría haber sido la sucesora de Bolívar. Esta visión heroica basada en la «masculinidad» del personaje, está empañada en el texto, por referencias a una Mariscala enferma que padece los síntomas de una enfermedad incurable. Más que nada, en el perfil compuesto por Tristán, hay una reflexión sobre las consecuencias nefastas que podían tener para el sujeto femenino, la posesión de atributos considerados varoniles. Los ataques nerviosos de «la Mariscala» a los que también van a hacer referencia futuros historiadores, como Jorge Basadre para quien «la Mariscala» es «un personaje sin par para un film de aventuras y un estudio psiquiátrico» y Lastres, que escribe un libro un libro sobre La Mariscala titulado Una neurosis célebre, no van a ser mencionados por Matto en este perfil31.

En The Art of Biography, Paul Kendall se refiere al «gran fracaso de la biografía en el período Victoriano», una derrota que el autor explica por el hecho de que en el siglo XIX está muy codificado lo que se puede y no se puede decir (107). A lo que apunta Kendall es a que en la biografía victoriana, la persona textual que se elabora nunca está disociada de las estrictas normas de recato y respetabilidad de la emergente clase media. Lo primero que salta a la vista al comparar las versiones de la Mariscala que componen Clorinda Matto y Flora Tristán es que la primera somete a su personaje a un proceso de domesticación que incluye no solamente la exaltación de valores considerados femeninos sino también el escamoteo de ciertos datos. La primera omisión importante es la referente a la enfermedad de la Mariscala, ese «mal interior» sobre el que van a volver obsesivamente sucesivos historiadores y críticos. La no mención de este hecho se articula en el perfil con la necesidad de hacer una construcción hagiográfica de la Mariscala y de imaginarla como una santa que trasciende moralmente las restricciones sociales de su entorno. Si la concepción del heroísmo que rige la composición de la identidad textual en este perfil es la de un sujeto modélico que busca ser imitado por sus virtudes humanitarias y patrióticas, la referencia a esta enfermedad maligna podía evocar en las lectoras el temor al contagio. El sujeto literario se siente forzado entonces a «curar» metafóricamente a su personaje, y a someterlo también a un proceso de purificación moral que tiene algo de autobiográfico.

Una omisión biográfica importante en el perfil de Matto de Turner es la referente a las supuestas infidelidades de la Mariscala que en la versión de Tristán convive al final de su vida con un general español llamado Escudero32. Con respecto a este silencio biográfico, es obvio que en el recatado fin de siglo, hubiera sido escandaloso que una mujer como Matto, sospechosa ya por el hecho ser escritora, hiciera referencias a las infidelidades de su heroína. Sin embargo aunque Matto de Turner se da cuenta de que estos datos (la enfermedad, la infidelidad) son peligrosos porque la comprometen moralmente, en un momento se le escapa, así como de paso, un dato que empaña las virtudes de su heroína. Dice:

«El matrimonio de don Agustín Gamarra y doña Francisca Zubiaga que tan festejado había sido y algunos años feliz llegó en 1834 a un completo rompimiento por causas que no es de nuestro deber publicar, pues no nos creemos con suficiente derecho para penetrar en el sagrado recinto de la vida privada y porque al hablar de personas juzgadas ya por Dios, no debemos tocar la funeraria losa que las cubre. Tales investigaciones quizá correspondan a su biógrafo».


(Tradiciones 186)                


En este pasaje, la posición de inferioridad que el sujeto literario se asigna con respecto al gran biógrafo es utilizada estratégicamente para escamotear una opinión sobre un tema escabroso para la sensibilidad de la época. La sola mención de la palabra «separación» le costó a Clorinda Matto de Turner una refutación escrita por parte de Andrés Gamarra, el hijo adoptivo de la Mariscala, que apareció publicada en El Perú ilustrado, y que estuvo motivada aparentemente por el deseo de proteger la venerada memoria de su madre33. En esta carta el hijo de la Mariscala se refiere a Matto de Turner como «gala y adorno de nuestro Parnaso» pero le puntualiza algunas inexactitudes que atentan contra la reputación doméstica de su madre. Las afirmaciones del hijo en defensa de la Mariscala permiten reconstruir el contexto represivo en el que se publica este perfil. Dice: «La señora de Turner no sólo sufre una equivocación en esta parte, sino comete un error tan trascendental que afecta de lleno la reputación de la señora a quien acaba de enaltecer en sus apuntes» (citado en Juan B. Lastres 243)34.

En la época post-independentista, la Mariscala de Flora Tristán es un personaje anti-sentimental «sólo sensible a los ruidos del cañón». Sin embargo, en el período de la modernización de la república este modelo de subjetividad entra en tensión con los modelos hegemónicos de la domesticidad35. La paradoja del perfil de Matto de Turner es que para neutralizar los miedos del lector al desorden de lo andrógino debe borrar esa misma diferencia que le atraía en primer lugar. Más que entretener e incluso educar, el sujeto biográfico busca rescatar a la Mariscala, y a sí misma, de varios estigmas, no solamente del de loca, histérica, o ambiciosa, como se podía extrapolar del perfil de Tristán, sino también del de atea o irreverente, en una época en la que se establece una relación tautológica entre cristianismo y feminidad. Las afirmaciones sobre el carácter devoto de la Mariscala que por momentos parecen formar parte de la semblanza de una madona o una santa, pueden ser leídas como parte de un doble discurso en el que se trenzan lo biográfico y lo autobiográfico.

Matto cristianiza y purifica espiritualmente a su personaje para distanciarse de corrientes positivistas y anticlericales con las que ella misma podía ser asociada. Así, cuando el sujeto literario hace alusiones a la «ejemplar devoción» con que la Mariscala se confesó antes de morir (Tradiciones 186), o cuando cita las palabras de su lacónico testamento, en el que declaraba «que jamás en la elevación en que como pocas mujeres se viera, ni en los trabajos que como ninguna había pasado, renegó de la santa religión en que sus cristianos padres la habían criado» (188), Matto parece estar aludiendo, no solamente a la fe religiosa de su sujeto biográfico, sino también a la propia. Después de todo, ella también fue atacada por su anticlericalismo y por su postura crítica con respecto a los abusos de la religión organizada.

Más interesante aún es constatar que lo que el sujeto literario hace en este perfil con el personaje biográfico de la Mariscala lo hacen los críticos de la época con la figura de Clorinda Matto de Turner. Tanto Joaquín Lemoine como Manuel Cuadros amplifican el lado cristiano del corpus textual de Matto de Turner para silenciar sus conflictos con el establishment eclesiástico. Se podría pensar incluso que en el caso del texto biográfico de Manuel Cuadros enfatizar el sesgo religioso del indigenismo de Matto de Turner es un requisito indispensable para iniciar un proceso de canonización que depende de la neutralización del lado positivista de su obra36. Lo que se demuestra en estas lecturas es que ciertos paradigmas Victorianos alrededor de los cuales se construyen las categorías de género en el siglo XIX no son una reliquia fosilizada que hemos superado sino que se mantienen vigentes como pautas de comportamiento en el siglo XX. El esfuerzo de Matto por disociar lo más posible a la Mariscala del espectro de la mujer combativa y política es consonante con su propio rol conflictivo como mujer en el ámbito público de la escritura. El término «mujer pública», que como lo demuestra Deborah Epstein North en Walking the Victorian Streets tenía en el siglo XIX connotaciones sexualizantes colocaba al sujeto femenino en el ámbito opuesto al de la respetabilidad.

El conflicto entre formas de identidad femeninas en el período de la construcción de las naciones (la mujer guerrera y el ángel del hogar) queda tematizado en la escena del lecho de muerte que cierra este perfil. Este pasaje es estratégico, no solamente porque busca hacerle derramar lágrimas al lector por la cortedad de la vida de este épico personaje que muere a los 33 años, sino también porque le sirve al sujeto literario para enfatizar el lado sumiso de una Mariscala que se entrega voluntariamente a los designios de Dios. En la ética sentimental mattiana, la muerte no es tabú o tragedia, sino que marca el acceso de los débiles y los incomprendidos a una utopía celestial cristiana. Si el texto está organizado alrededor de un abanico de antinomias que incluyen lo sentimental-lo racional, la paz-la guerra, el valor-las lágrimas, el ateísmo-la fe, a éstas habría que sumarle una última, entre lo sucio y lo limpio, que remite a la necesidad de «purificar» a la Mariscala para el imaginario nacional. Esto sucede cuando «la Mariscala» se entrega a los brazos de la muerte como una Traviata arrepentida toda vestida de blanco37. En el tableau que escenifica su despedida final de la vida terrena se asocia metafóricamente a este personaje «caído» con lo santo, lo puro y lo angelical. Dice el sujeto de la enunciación:

«[...] la noche antes de su último día ordenó que nadie entrase en su dormitorio, porque necesitaba descansar sola hasta el siguiente día por la tarde, sin que nadie la perturbase. [...] los que la asistían cumplieron con inquietud esta caprichosa disposición, y mientras tanto se ocupó la señora Zubiaga en cambiarse completamente la ropa, púsose un vestido del todo blanco, peinó su hermosa cabellera, perfumó su habitación y dejó sobre su mesa un lacónico testamento».


(Tradiciones 184)                


A lo largo de la semblanza, Matto había subrayado el carácter andrógino de un personaje que oscilaba entre virtudes sentimentales y guerreras; al final de esta narración de vida la balanza se inclina definitivamente hacia el primer polo de la antinomia. En el último pasaje, la figura que define a la Mariscala por sinécdoque y metonimia al mismo tiempo es «un corazón de gran tamaño», que tal y como dejó la Mariscala estipulado en su testamento, fue extraído de su cuerpo, y llevado a la Catedral del Cuzco, como fetiche sentimental de esta heroína biográfica. Clorinda Matto hace un recuento necrológico del recorrido de este órgano, que fue conservado en alcohol y exhibido en el Cuzco en 1841. La metáfora del corazón gigante le sirve a Matto de Turner para culminar este perfil con una reflexión sentimental sobre la marginalidad de su heroína en la época de la temprana república. Cito textualmente las últimas palabras del perfil.

«Después de la muerte del señor Deán doctor Bernales [el corazón de la Mariscala] quedó depositado en el monasterio de Santa Teresa de esta ciudad, donde por desgracia no existe hoy tan valiosa prenda, pues no la supieron apreciar ni conservarla».


(Tradiciones 188)                


A través de esta cita la escritura de Matto de Turner se configura como un proyecto de corrección y ratificación de la escritura de los otros. A las Maríscalas rebeldes que circulan armadas de látigos y pistolas por el imaginario nacional se suma la Mariscala doméstica de Matto de Turner que sólo a través de la domesticación y la muerte consigue acceder al panteón nacional. La estrategia de minimizar el lado guerrero recurriendo a metáforas sentimentales reproduce desde una perspectiva de género, las dificultades de incorporar las diferencias raciales a una comunidad nacional que valora la homogeneidad por sobre todas las cosas. En el caso de las mujeres, es sólo invocando la ideología de la división de esferas, más que cuestionándola, que se consiguen redefinir en el plano biográfico los parámetros masculinizantes de la historiografía nacional.




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