11
Meléndez, 1970, p. 175.
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La muerte que aterroriza a María de las Rosas corresponde a la de la «sensibilidad bárbara» (Barrán, 1990, T. 1), expuesta, visible, comunicada con la vida. Un estilo que la naciente «sensibilidad civilizada» (Barrán, 1991, T. 2) cambiará por la distancia y el ocultamiento. El choque de esas dos sensibilidades, y las consecuencias de negar la naturaleza, que siempre vuelve por sus fueros, destruyendo a quien la niega, parecen anticiparse aquí.
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El ensalzamiento del espacio, y el menosprecio del nativo que lo habita, es una reacción típica del conquistador ante la naturaleza americana donde se proyecta la utopía europea (Aínsa, 1999, 102) La denominación de América como «Nuevo Mundo» borra su milenaria historia humana, y la convierte en tabula rasa donde podría acontecer el encuentro del Edén/ Tierra Prometida (Aínsa, 118)
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Chevalier y Gheerbrant, 1973, registran varias acepciones en la tradición religiosa y literaria, desde el lugar sagrado, o santuario, hasta el bosque devorador de Victor Hugo y de buena parte de la literatura hispanoamericana.
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La noche se vuelve siniestra solo cuando Anacleto y Pablo se van acercando a La Blanqueada, devastada por el malón, donde están velando a Dolores. Con un procedimiento común en la literatura pastoril (Gerhardt, 1950, 294), el entorno natural se hace eco de las desdichas del héroe: los mismos adjetivos que se aplicaban a las extenuantes jornadas diurnas se adjudican ahora a la noche: cálida, silenciosa, colmada de un vapor pesado y agobiante (p. 284). Si antes, bajo el sol, el cielo pesaba sobre las criaturas como una cúpula de bronce (p. 24), ahora, también se mira al cielo como una inmensa cúpula que va a desprenderse y a aplastar con su peso gigantesco una tierra árida y desnuda (p.284)
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La publicó por primera vez en 1835 el erudito napolitano Pedro de Angelis en su memorable Colección de Obras y Documentos relativos a la Historia Antigua y Moderna de las Provincias del Río de la Plata. La Argentina fue terminada en 1612, y circuló largamente en copias manuscritas (de ahí su nombre).
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Ver Sylvester, 1980, y Soler, 1992. Uno de estos desprendimientos fue la novela homónima de Rosa Guerra, aparecida el mismo año que la de Eduarda.
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Así es llamado el cacique en el texto de Ruy Díaz, mientras que E. Mansilla lo designa como «Marangoré». Sigue en esto la denominación utilizada por José Guevara.
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Seguramente la obra de Shakespeare es uno de los intertextos de esta. La relación Siripo/Calibán es plausible, y asimismo, más allá de la coincidencia onomástica, el vínculo Miranda/Lucía: se trata de dos mujeres que poseen una educación fuera de lo corriente, gracias a la preocupación de un maestro; Fray Pablo, en el caso de la novela, Próspero, en The Tempest. Estas similitudes no se advierten, en cambio, en la obra contemporánea de Rosa Guerra.
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Pero la exacerbación de lo sentimental en el cacique no responde al exceso de cultura y refinamiento como en los personajes románticos de cuño europeo, sino, antes bien, a una «sensibilidad bárbara» aún no domesticada, al «primado de lo pulsional sobre lo cultural» (Barrán, 1990, p. 208). En el Río de la Plata el «pathos bárbaro» recubriría el discurso romántico (ibídem, 213).