Nocturna
Es la noche luminosa
y la huerta en calma yace.
Solo algunas veces nace
en la sombra vagarosa
una canción melodiosa
que los espacios desgarra,
y el gemir de una guitarra
pulsada por diestra mano
junto a un florido ventano
y bajo una oscura parra.
Luego el más leve murmullo
aquel misterio no turba...
El río su orilla curva
relame sin un arrullo.
La luna, blanco capullo,
de la callada corriente
en el agua transparente
su forma gentil retrata
y arroja chorros de plata
sobre la vega durmiente.
La azul bóveda rebrilla
de estrellas en un derroche...
En la majestuosa noche
todo es una maravilla.
Una sonora avecilla
entre la espesa arboleda
teje unas canciones queda...
La quietud que reinó muere
porque ahora una sombra hiere
el cauce de la vereda.
«¡No lo creo: es desacato...!
¡Decirme que mi güertana
con uno está en la ventana...!
Si es eso verdá... ¡la mato!
Mas no, no. Soy un ingrato
yo. Mi esposa es una santa...»
-murmura- mientras su planta
en el suelo apenas roza.
Llega cerca de una choza;
oculto, mira y se espanta.
Ronco grito de amargura,
de rabia, lanza su boca;
y preso de furia loca
exclama: «¡Es cierto! ¡Es perjura!
¡Oh!...» Y en su mano insegura
arma vengativa toma.
«¡Infame!» dice y asoma
lanzando sordos rugidos...
con un ¡ay! dos estampidos
suenan... alguien se desploma.
El que cree que es engañado
hasta la ventana avanza
a rematar su venganza
en ella, que un grito ha dado:
-¿Tú has sío quien lo has matado?
¡Tú, tú...! pregunta anhelante.
-¡Sí! ¡Yo he matado a tu amante!
-A mi... ¡Dios! ¡A nuestro hijo!
-¿Qué dices? -¡Míralo fijo!
-¡Verdá! -Cae agonizante...
Y vuelve a reinar ahora
aquella quietud serena.
Esparce la luna llena
su luz clara y soñadora,
hasta que nace la aurora
y pinta el cielo de grana,
y hermosea y engalana,
y el pájaro trina a coro,
y el sol bordado de oro
viene a anunciar la mañana.