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ArribaAbajoCapítulo IV

Cómo después de haber Lázaro con todos los atunes entrado en la cueva, y no hallando a Lázaro sino a los vestidos, entraron tantos que se pensaron ahogar, y el remedio que Lázaro dio


Mirada bien la cueva hallamos los vestidos del esforzado atún Lázaro de Tormes porque fueron del apartados cuando en pez fue vuelto, y cuando los vi, todavía temí, si por ventura estaba dentro dellos mi triste cuerpo y el alma sola convertida en atún. Mas quiso Dios no me hallé y conocí estar en cuerpo y alma vuelto en pescado. Huélgome porque todavía sintiera pena y me dolieran mis carnes viéndolas despedazadas y tragar de aquéllos que con tan buena voluntad lo hicieran, y yo mismo lo hiciera por no diferenciar de los de mi ser, y dar con esto causa a ser sentido. Pues estando así, el Capitán general y los otros, atónitos a cada parte mirando y recatándose, temiendo, aunque deseando encontrarse con el cine buscaban. Después de bien rodeada y buscada la pequeña cueva, el Capitán general me dijo, qué me parecía de aquello y de no hallar allí nuestro adversario. Señor, le respondí sin duda yo pienso este no ser hombre, sino algún demonio, que tomó su forma para nuestro daño: porque quien nunca vio ni oyó de un cuerpo humano sustentarse en el agua tanto tiempo, ni que hiciese lo que éste ha hecho, y al cabo teniéndole en un lugar encerrado como éste, y con estar aquí y tan cercado, habérsenos ido ante nuestros ojos; cuadrole esto que dije: y estando hablando en esto, sucedionos otro mayor peligro, y fue que como comenzasen a entrar en la cueva los atunes que fuera estaban, diéronse tanta priesa viéndose ya libres del contrario, y por haber parte del saco dél, y vengarse de las muertes que había hecho de sus deudos y amigos, que cuando miramos estaba la cueva tan llena que desde el suelo hasta arriba no metieran un alfiler que no fuese todo atunes, y así atocinados unos sobre otros nos ahogábamos todos, porque como tengo dicho el que entraba no se tenía por contento hasta llegar a do el General estaba pensando, se repartía la presa. Por manera que vista la necesidad y el gran peligro que estábamos, el General me dijo: esforzado compañero, ¿qué medio tenemos para salir de aquí con vida, pues ves como va creciendo el peligro y todos casi estamos ahogados? Señor, dije yo, el mejor remedio sería, si estos que cabe nos están pudiesen darnos lugar, y que yo pudiese tomar la entrada de esta cueva y defenderla con mi espada para que más no entrasen, y nosotros con ellos sin peligrar. Mas esto es imposible por haber tanta multitud de atunes que sobre nosotros están, y habrás de ver como no por eso se ha de escusar que no entren más, y porque el que está fuera piensa que los que estamos acá dentro estamos repartiendo el despojo y quieren su parte: un solo remedio veo y es: si por escapar vuestra excelencia tiene por bien que algunos destos mueran, porque para ya hacer lugar no puede ser sin daño. Pues así es, dijo, guarda la cara al basto y triunfa de todos esos otros. Pues señor, le respondí, quedáis como poderoso, señor, sacadme a paz y a salvo de este hecho, y que en ningún tiempo me venga por ello mal. No sólo no te vendrá mal, dijo él, mas te prometo te vendrán por lo que hicieres grandes bienes, que en tales tiempos es gran bien del ejército que el caudillo se salve, y querría más una escama que los súbditos. ¡Oh capitanes, dije yo entre mí, que poco caso hacen de las vidas agenas por salvar las suyas! ¡cuantos deben de hacer lo que este hace! Cuan diferente es lo que éstos hacen a los que oí decir que había hecho un Paulo Decio, noble capitán romano, que conspirando los latinos contra los romanos estando los ejércitos juntos para pelear, la noche antes que la batalla se diese, soñó el Decio que estaba constituido por los Dioses, que si él moría en la batalla que los suyos vencerían y serían salvos, y si él se salvaba que los suyos habían de morir. Y lo primero que procuró comenzando la batalla fue ponerse en parte tan peligrosa que no pudiese escapar con la vida, porque los suyos la hubiesen y así la hubieron. Mas no le seguía en esto el nuestro general atún. Después viendo yo la seguridad que me daba, digo la seguridad, y aun la necesidad que de hacello había, y el aparejo para me vengar del mal tratamiento y estrecho en que aquellos malos y perversos atunes me habían puesto, comienzo a esgremir mi espada lo mejor que pude y a herir a diestro y a siniestro, diciendo: fuera, fuera, atunes mal comedidos que ahogáis a nuestro Capitán, y con esto a unos de revés a otros de tajo, a veces de estocada, en muy breve hice diabluras, no mirando ni teniendo respeto a nadie escepto al capitán Licio, que por velle de buen ánimo en la entrada de la cueva me aficionó a él, y te amé y guardé, y no me fue dello mal, como adelante se dirá; los que estaban dentro de la cueva como vieron la matanza comienzan a desembarazar la posada, y con cuanta furia entraron, a mayor salieron. Y como los de fuera, supiesen la nueva y viesen salir a algunos descalabrados, no procuraron entrar, y así nos dejaron solos con los muertos, y me puse a la boca de la cueva, y desde allí empiezo a echar muy fieras estocadas; y a mi parecer tan señor de la espada me vi teniéndolas con los dientes, como cuando la tenía con las manos. Después de descansado del trabajo y ahogamiento, el bueno de nuestro General, y los que con él estaban, comienzan a sorber de aquella agua que a la sazón en sangre estaba vuelta; y asimismo a despedazar y comer los pecadores atunes, que yo había muerto, lo cual viendo, comencé a tenelles compañía haciéndome nuevo de aquel manjar que ya le había comido algunas veces en Toledo, mas no tan fresco, como allí se comía, y así me harté de muy sabroso pescado no impidiéndome las grandes amenazas que los de fuera me hacían por el daño que había hecho en ellos; y ya que al General pareció, nos salimos fuera con avisalle de la mala intención que los de fuera contra mí tenían, por tanto que su excelencia proveyese en mi seguridad. Él como salió contento y bien harto, que dicen, que es la mejor hora para negociar con los señores, mandó pregonar que los que en dicho ni en hecho fuesen contra el atún estranjero que muriesen por ello, y ellos y sus sucesores fuesen habidos y tenidos por traidores y sus bienes confiscados a la Real Cámara, por cuanto si el sobredicho atún hizo daño en ellos fue por ser ellos rebeldes y haber pasado el mandamiento de su Capitán, y puéstole por su mal mirar a punto de muerte, y con esto todos hubieron por bien que los muertos fuesen muertos y los vives tuviésemos paz: hecho esto, el Capitán hizo llamar todos los otros capitanes, maestros de campo, y todos los demás oficiales señalados que tenían cargo del ejército, mandó que los que no habían entrado en la cueva entrasen y repartiesen entre sí el despojo que hallasen, lo cual brevemente fue hecho, y tantos eran que a un bocado de atún no les cupo. Después de salidos porque pareciese a todos, hacían participantes, pregonaron saco a todo el ejército, del cual fue hecho cumplimiento a todos los atunes comunes, porque maldita la cosa en la cueva había sino fuese alguna gota do sangría, y los vestidos de Lázaro. Aquí pasé yo por la memoria la crueldad de estos animales, y cuán diferente es la benigna condición de los hombres a la dellos; porque puesto caso que en la tierra alguno se allegase a comer algo de lo de su prójimo, el cual pongo en duda haber, mayormente el día de hoy, por estar la conciencia más alta que nunca, a lo menos no lo hay tan desalmado que a su mismo prójimo coma. Por tanto los que se quejan en la tierra de algunos desafueros y fuerzas que les son hechos, vengan, vengan a la mar y verán como es pan y miel lo de allá.




ArribaAbajoCapítulo V

De los que cuenta Lázaro el ruin pago que le dio el General de los atunes por su servicio, y de su amistad con el capitán Licio


«Pues tornando a lo que hace al caso, otro día el General mismo me apartó en su aposento y dijo: esforzado y valeroso atún estraño, ya he acordado te sean galardonados tus buenos servicios y consejos, porque si los que como tú sirven no son galardonados, no se hallaría en los ejércitos quien a los peligros se aventurase, porque me parece en pago dello ganes nuestra gracia, y te sean perdonadas las valerosas muertes que en la cueva en nuestras compañas hecistes: y en memoria del servicio que en librarme de la muerte me has hecho, poseas y tengas por tuya propia esa espada del que tanto daño nos hizo, pues tan bien della te sabes aprovechar; con apercibimiento que, si con ella hicieres contra nuestros súbditos y naturales de nuestro señor el Rey alguna violencia mueras por ello, y con esto me parece no vas mal pagado, y de hoy más puedes te volver do eres natural y mostrándome no muy buen seblante se metió entre los suyos y me dejó: quedé tan atónito cuando oí lo que dijo, que casi perdí el sentido porque pensaba por lo menos me había de hacer un gran hombre, digo atún, por lo que había hecho, dándome cargo perpetuo en un gran señorío en el mar, según me había ofrecido. O Alejandre, dije entre mí, repartíades y gastábades vos las ganancias ganadas, con vuestro ejército y caballeros; o lo que había oído de Cayo Fabricio, capitán Romano, de que manera galardonaba y guardaba la corona para coronar a los primeros que se aventuraban a entrar los palenques, ¡y tu Gonzalo Hernández, gran Capitán español, otras mercedes heciste a los que semejantes cosas en servicio de tu Rey, y en aumento de tu honra es señalaron! ¡Todos los que sirvieron y siguieron! ¡a cuántos del polvo de la tierra levantastes y valerosos y ricos hiciste! Como este mal mirado atún conmigo lo hizo haciéndome merced de la que en Zocodover me había costado mis tres reales y medio. Pues oyendo esto consuélense los que en la tierra se quejan de señores, pues hasta en el hondo mar se usan las cortas mercedes de los señores. Estando yo así pensativo y triste, conociéndomelo el capitán Licio, llegose a mí y díjome: los que confían en algunos señores y capitanes, así como a ti acaece, que estando en necesidad hacen promesas y salidos dellas no se acuerdan de lo prometido. Yo soy buen testigo de todo tu buen esfuerzo y de todo lo que valerosamente has hecho, como quien a tu lado se halló, y veo el mal pago que de tus proezas llevas, y el gran peligro en que estás, porque quiero que sepas que muchos destos que ante ti tienes, están entre sí concertando tu muerte; por tanto no te partas de mi compañía que de aquí te doy fe, como hijo-dalgo, de te favorecer con todas mis fuerzas, y con las de mis amigos en cuanto pueda, pues sería muy grande pérdida perderse un tan valeroso y señalado pece como tú: yo le respondí grandes gracias por la voluntad que me mostraba y acepté la merced y buena obra que me hacía, y ofreciéndome a serville en tanto que viviese, y con esto él fue muy contento y llamó hasta quinientos atunes de su compañía, y mandoles que dende en adelante tuviesen cargo de me acompañar y mirar por mí como por él mismo; y así fue que estos jamás de día ni de noche de mí se apartaban, y con gran voluntad, que éstos no era mucho que me desamasen; y no pienso que de los otros había en el ejército quien no me tuviese gran voluntad, porque les pareció aquel día del combate que me señalé o di a conocer gran valentía y esfuerzo en mí. Desta manera trabamos el capitán Licio y yo amistad, la cual nos mostramos como adelante diré. Deste supe yo muchas cosas y costumbres de los habitadores del mar, los nombres de los cuales y muchas provincias, reinos y señoríos dél, y de los señores que los poseían. Por manera que en pocos días me hice tan práctico que a los nacidos en él hacía ventaja, y daba más cuenta y relación de las cosas, que ellos mismos. Pues en este tiempo nuestro campo se deshizo, y el General mandó que cada capitanía y compañía se fuese a su alojamiento y dende a dos lunas fuesen todos los capitanes juntos en la corte, porque el Rey lo había enviado así a mandar. Apartámonos mi amigo y yo con los de su compañía, que serían a mi ver hasta diez mil atunes, entre los cuales había poco más que diez hembras, y estas eran atunas del mundo, que entre la gente de guerra suelen andar a ganar la vida. Aquí vi el arte y ardid que para buscar de comer tienen estos pescados, y es que se derraman a una parte y a otra, y se hacen en cerco grande de más de una legua en torno, y desque los unos de una parte se han juntado con los de la otra vuelven los rostros unos para otros, y se tornan a juntar, y todo el pescado que en medio toman muere a sus dientes. Y así cazan una o dos veces al día, según como acaecen a salir; desta suerte nos hartábamos de muchos y sabrosos pescados, como era pajeles, bonitos, agujas y otros infinitos géneros de peces. Y haciendo verdadero el proverbio que dice: que el pece grande se come al más pequeño, porque si acontecía en la redada cojer algunos mayores que nosotros, luego les dábamos carta de guía, y dejábamos salir sin ponernos con ellos en barajas, escepto que si querían ser con nosotros y ayudarnos a matar y comer conforme al dicho, quien no trabaja que no coma. Tomamos una vez entre otros pescados ciertos pulpos, al mayor de los cuales yo reservé la vida y tomé por esclavo, e hice mi paje de espada, y así no traía la boca embarazada ni pena con ella, porque mi paje revuelto por los anillos una de sus muchas colas la traía a su placer, y aun parecíame a mí que se ufanaba y pompeaba con ella. Desta suerte caminamos ocho soles, que llaman en el mar a los días, al cabo de los cuales llegamos a do mi amigo y los de su compañía tenían sus hijos y hembras, de las cuales fuimos recibidos con mucho placer, y cada cual con su familia se fue a su albergue, dejándome a mí y al capitán en el suyo. Entrados que fuimos en la posada del señor Licio, dijo a su hembra: Señora, lo que deste viaje traigo es haber ganado por amigo este gentil atún que aquí veis, la cual ganancia tengo en mucho; por tanto os ruego sea de vos festejado, y hecho aquel tratamiento que a mi hermano hacer solíades, porque en ello me haréis singular placer. Ésta era muy hermosa atuna, y de mucha autoridad, respondió: por cierto, señor, eso se hará como mandáis, y si falta hubiere no será de voluntad; yo me humillé ante ella suplicándola que las manos para se las besar, sino que plugo a Dios se lo dije algo paso, y no se echó de ver y no oyeron mi necedad. Dije entre mí, maldito sea mi descuido, que pido para besar las manos a quien no tiene sino cola, la atuna me dio una hocicada amorosa rogándome me levantase, y así fui della recibido muy bien, y ofreciéndome a su servicio, fui della muy bien respondido como de una muy honrada dueña; y desta manera estuvimos allí algunos días, y muy a nuestro placer, y yo muy bien tratado destos señores, y servido de los de su casa. En este medio yo mostré al capitán esgremir no lo habiendo en mi vida aprendido, y hízose de la espada muy diestro, lo cual él preciaba mucho, y asimismo a un hermano suyo que había nombre Melo, también muy ahidalgado atún. Pues estando yo una noche en mi reposo pensando la muy buena amistad que en este pece mi amigo tenía, deseando se le ofreciese algo en que le pudiese pagar parte de lo mucho que le debía, vínome al pensamiento un gran servicio que le podía hacer, y luego a la mañana lo comuniqué con él, lo cual él tuvo en lo que fue justo, pues le valió tanto como adelante diré, y fue el caso, que viéndole yo tan aficionado a las armas, le dije que él debía enviar a aquella parte donde fue nuestro desastre, y que allí se hallarían muchas espadas, lanzas, puñales, y otras maneras de armas, y que trujesen todas las que pudiesen traer, que yo quería tomar cargo de mostrar aquella nuestra compaña, y hacellos diestros, y si aquello había efecto su compañía sería la más pujante y valerosa de todas, y de quien el Rey y todo el mar más caso haría, porque ella sola valdría más que todas las otras juntas, y que desto le redundaría mucha honra y ganancia. Pareciole consejo de buen amigo y mucho que lo agradeció, y luego ejecutando el aviso envió a su hermano Melo con hasta seis mil atunes, los cuales con toda brevedad y buena diligencia vinieron trayendo infinitas espadas y otras armas muchas, de las cuales gran parte venían tomadas del orín y debían ser de cuando el poco venturoso D. Hugo de Moncada pasó otra tormenta en este paso; las armas venidas fueron repartidas entre los atunes que más hábiles nos parecieron, y el capitán por un cabo, y su hermano por otro, y yo era como sobremaestro a quien venían con las dudas; no entendíamos en otra cosa sino en mostrárselas a tener y esgremir con ellas, y a que supiesen echar su revés y tajo, y fina estacada; a los demás que nos pareció diose cargo para cazar y buscar de comer. A las hembras hecimos entender en limpiar las armas con una gentil invención que yo di, y fue que las sacasen, metiesen en los lugares que tuviesen arena hasta que se parasen lucias. De manera que puestos todos a punto, quien viera aquel pedazo de mar le pareciera una gran batalla en el agua: acabo de algunos días muy pocos de los atunes armados había que no se tuviese por otro Aguirre el diestro. Entramos en consejo y fue acordado hiciésemos con los pulpos perpetua liga y amistad de que se viniesen a vivir con nosotros, porque nos sirviesen con sus largas faldas de Talavartes, y así se hizo, y holgaron dello, porque los tuviésemos por amigos, y los mantuviésemos. Los cuales, como dije, sin pena nos podían servir, y en este tiempo se cumplió el plazo de los dos meses, en cabo de los cuales el capitán General mandó que fuesen todos juntos los capitanes en la corte. Y Licio se empezó a poner a punto para la ida, y entre él y mí se platicó si sería bien irme yo con él a la corte, y besar las manos al Rey y que tuviese noticia de mí, hallamos no ser buena la voluntad que mostró el General, y que sería inconveniente por haber espresamente mandado me fuese a mi tierra, por lo cual después de platicado bien el negocio, estando presentes a la plática Melo, hermano del capitán Licio, de muy buen ingenio, y la hermosa y no menos sabia atuna su hembra, fue el parecer de todos por el presente que yo me quedase allí en su compañía, porque él acordó de ir a la lijera, y llevar pocos de los suyos, y que después que él llegase allá informaría al Rey de mí, y del gran valor mío, y que como el Rey le respondiese, así haría lo que fuese bien. Con este acuerdo el buen Licio se partió con hasta mil atunes, y quedamos su hermano Melo y yo con los demás en el aposento. Y al tiempo que de mí se despidió, apartándome me dijo: verdadero amigo, hágoos saber que voy muy triste por un sueño que esta noche soñé, quiera Dios no sea verdad, mas si por mi desventura saliera verdad, ruégoos os hayáis como bueno, y os acordéis de lo que en voluntad me sois en cargo, y no queráis de mí mas saber, porque ni a vos ni a mí conviene, yo le rogué mucho se aclarase cómo, y no quiso, antes como estaba ya despedido de su dueña y de su hermano, y de los demás, dándome con el hocico se fue no alegre, dejándome a mí muy triste y confuso. Pensé mucho, y varios pensamientos sobre aquel caso, y en uno dellos hice algún asiento, diciendo: por ventura este a quien tanto debo debe pensar que la hermosura de su atuna, que las más veces con la mucha honestidad no se abraza, me cegará para que no vea lo que el mar vería tan gran maldad. Mas esta buena ley el día de hoy está corrupta y en el mar debe de ser lo mismo y no es mucho. Pasé yo por la memoria muchas cosas en este caso, y pareciome prevenir el remedio, para que él se asegurase y mi lealtad no padeciese, y fue, llegados ante la capitana atuna yo y su cuñado, después de haberla algún tanto consolado del pesar que la partida de su marido le causaba, mayormente en ver la tristeza que Licio llevaba, aunque también a mí y a ella se lo encubrió al tiempo que della se despidió. Yo le dije a Melo que yo deseaba ser su huésped si él por bien lo tenía, porque para estar en compañía de hembras era mal regocijado, y antes causaría a su merced tristeza, que sería en quitársela. Ella me fue mucho a la mano, diciendo: que si algún consuelo pensaba tener era por estar yo en su poder y posada, sabiendo el grande amor que su marido me tenía, y que si al tiempo que della se partió no le dio mayor cargo que el cuidado que de mí había de tener, aunque yo no pensé lo que era, antes distaban nuestros pensamientos: al fin como a mí se me habían asentado los negros celos aun como atún, que por ventura había pasado por ellos con la mi Elvira, y mi amo ela arcipreste, nunca se pudo conmigo acabar que quedase, antes me fui con el cuñado, y cuando a visitalla venía, siempre le traía conmigo.




ArribaAbajoCapítulo VI

En que cuenta Lázaro lo que al capitán Licio su amigo le aconteció en la corte con el gran Capitán


Pues estando así, como he contado, a ratos cazando, a ratos ejercitando las armas con aquellos que diestros se habían hecho, dende a ocho días que mi amigo se había partido nos llegó una nueva, la cual manifestó la tristeza que llevaba al partir con hacernos a todos los más tristes peces de todo el mar. Y fue el caso que cuando el capitán General se hubo comigo tan ásperamente, como he contado, él quisiera que me fuera luego del ejército, y que los apasionados a quien yo había echo ofensa me ofendieran, y dieran muerte, y aun como después se supo él había mandado a ciertos atunes, que viéndome desmandado me matasen, y averiguado no por más de por parecerle como era verdad ser yo tal testigo de su cobardía, porque otra causa yo no hallaba sino por do merecía ser gratificado, mas Dios dio lugar a esta maldad poniendo como puso a Licio en corazón el favor que me hizo, lo cual sabido por el General tomó, asimismo con el gran odio y mala voluntad, afirmando y jurando que lo que Licio hizo por mí fue por dalle a él pesar, y sabiendo también que él tenía mi testigo por estar junto a mí, cuando el General entró en la cueva diciendo: paz, paz. Juntose todo, y lo que en mí había hecho el buen Capitán, y mejor que él procuró con todas sus malas mañas hacer, y como fue en la corte luego fue con grandes quejas al Rey, infamándole de traidor y aleve, diciendo que una noche teniendo el dicho capitán Licio encargo la guarda y la más cercana centinela por muchos dineros que le había dado por libralle de ser preso. Y esto decían él y otros muchos más. Y así le ayude Dios como dijo la verdad, que Lázaro de Tormes no te podía dar sino muchas cabezas dellos que tenía a sus pies; y despuso dél diciendo, que había traído de partes estrañas un atún malo y cruel, el cual atún había muerto gran número de los de su ejército con una espada que en la boca traía, de la cual jugaba tan diestramente que no era posible sino ser algún diablo que para destrucción de los atunes tomó su forma, y que él viendo el daño que el mal atún había hecho, lo desterró, y so pena de muerte le mandó se apartase del campo, y que el dicho Licio en menosprecio del Real mandado y de la Real Corona, y a su despecho lo habían acojido en su compañía, y dado favor y ayuda por do había incurrido en crimen lese majestatis, y por derecho y ley debía ser hecha del justicia porque fuese castigo de su yerro, y en él otros tomasen ejemplo, porque dende en adelante nadie fuese contra los mandamientos reales. El señor Rey, así mal informado y peor aconsejado, dando crédito a las palabras de su mal capitán, con dos o tres malos y falsos testigos que juraron lo que él les mandó, y con una probanza hecha en ausencia y sin parte, el mismo día que llegó a la corte, el buen Licio muy inocente desto, mandó fuese luego preso y metido en una cruel mazmorra y echada a su garganta una muy fuerte cadena. Y mandó al General hiciese con toda solicitud poner en él guarda, y llevar a pura y debida ejecución su castigo, el cual luego proveyó más de treinta mil atunes, que le hiciesen la guarda.




ArribaAbajoCapítulo VII

Cómo sabido por Lázaro la prisión de su amigo Licio le lloró mucho él y los demás, y lo que sobre ello se hizo


Estas tristes y dolorosas nuevas nos trujeron algunos de los que con él ido habían dándonos esta relación a todos, y como le habían hecho cargo de lo que he dicho y la manera que en el oílle, y estar con él a derecho se tenía, porque todos los jueces que en ello entendían tenía sobornados el General, y que según pensaban, la cosa tan de rota iba, no podría escapar de breve y muy rabiosa muerte. A esta hora me acordé y dije entre mí aquel dicho, del conde Carlos, antiguo, que dice: Cuando acabarás ventura, -cuando tienes de acabar: -en la tierra mil desastres,- y en las mares mucho más. -Comenzose entre nosotros un llanto y alaridos y en mi doblado, porque lloraba el amigo y lloraba a mí, que faltando él no esperaba vivir quedando en medio del mar y de mis enemigos, del todo solo y desamparado, pareciome que aquella compañía se quejaba de mí, y con justa causa y razón, pues yo era causante que lo perdiesen al que bien querían; no sin causa decía su atuna: vos, mi señor, tan triste de mí os partistes sin quererme dar parte de vuestra tristeza, bien pronosticábades vos mi grande pérdida; sin duda decía yo, éste es el sueño que vos mi buen amigo soñastes, ésta es la tristeza con que vos de mí os partistes dejándome con ella. Y así cada uno decía y lamentaba, dije delante de todos: señora y señores y amigos, lo que con las triste nueva hemos hecho ha sido muy justo, pues cada uno de nosotros muestra lo que siente, mas ya que este primer movimiento que en mano de nadie es pasado, justo será, mis señores, que pues con lloro nuestra pérdida no se cobra, que demos orden brevemente en pensar el mejor remedio que nos convenga. Y esto pensado, y visto ponello luego en ejecución, pues según dicen estos señores la demasiada priesa que nos dan los que nos desaman lo requiere: la hermosa y casta atuna, que derramando muchas lágrimas de sus graciosos ojos estaba, me respondió: todos vemos, esforzado señor, ser gran verdad lo que decís, y asimismo la demasiada necesidad que de nuevo tenemos, por lo cual si estos señores y amigos de mi parecer son, debemos todos de remitirnos a vos como a quien Dios ha puesto claro y señalado seso, y pues Licio mi señor siendo tan cuerdo y sabio sus arduos y pesados negocios de vos confiaba, y vuestro parecer seguía, no pienso errar aunque soy una flaca hembra en suplicaros lo toméis a cargo de proveer y ordenar lo que convenga a la salvación del que de un tan verdadero amor os ama, y al consuelo desta triste que siempre os quedará en gran deuda. Y esto dicho tornó a su gran llanto, y todos hecimos lo mesmo Melo y otros atunes con la señora capitana estaban, y con ella se hallaron a su parecer conformes, los cuales me dieron cargo desta empresa, ofreciéndose a seguirme y hacer todo lo que yo les mandase. Pues viendo que yo era obligado a hacerlo de ponerme en todo cuidado y trabajo, por el que por mí en tanto estrecho estaba, comedidamente lo acepté, diciéndoles conocer yo que cada cual de sus mercedes lo hiciera mejor, mas pues eran servidos que yo lo hiciese, a mí me placía. Diéronme las gracias, y luego allí acordamos se hiciese saber a todo el ejército, lo cual luego fue hecho, y dentro de tres días fueron todos juntos. Yo escojí para mi consejo doce dellos los más ricos, y no tuve respeto a más sabios si eran pobres, porque así lo había visto hacer cuando era hombre en los ayuntamientos do se trataban negocios de calidad, y así vi hartas veces, dar con la carga en el suelo, porque como digo, no miran sino que anden vestidos de seda, no de saber. Y estos apartados fue el uno dellos Melo, y la señora capitana que era muy sesuda hembra, cosa por cierto muy rara en tierra y en mar. Y hecho esto mandamos a toda la compañía se fuese a comer y viniesen luego a punto de guerra, los armados con sus armas, los otros con sus cuerpos, venidos que fueron hice contallos, y hallamos por número diez mil y ciento y nueve atunes, todos estos de pelea, sin hembras, pequeños y viejos, los cinco mil dellos armados cual de espada o puñal, lanza y cuchillo, todos estos hicieron juramento en mi cola que sobre su cabeza pusieron a usanza de allá (y aun reime en cuanto hombre entre mí de la donosa ceremonia) que harían lo que yo les mandase y pornían sus armas y los que no las tuviesen sus dientes en quien yo les dijese, procurando con todas sus fuerzas librar a su Capitán, guardando la debida lealtad a su Rey. Acordamos en el consejo de guerra que la señora capitana fuese con nosotros muy bien acompañada de otras cien atunas, entre las cuales llevó una hermana suya, doncella muy hermosa y apuesta. Y hecimos tres escuadrones, el uno de todos los atunes desarmados, y los dos de los que llevaban armas. En la vanguardia iba yo con dos mil y quinientos armados, y en la retaguardia iba Melo con otros tantos, los desarmados y carruaje iban en medio, y llevando asimismo con nosotros nuestros pajes ya dichos, que las espadas nos llevaban.




ArribaAbajoCapítulo VIII

De cómo Lázaro y sus atunes puestos en orden van a la Corte con voluntad de libertar a Licio


Desta suerte que arriba he dicho, nos metimos en camino y con mucha priesa dando cargo a los que nos pareció de la pesca para bastecer la compañía porque no se desmandasen, y tomé aviso de los que nos habían traído la nueva, del asiento de la corte, y el lugar donde nuestro capitán estaba preso: y acabo de tres días llegamos a diez millas de la corte, y porque por ir de nueva y estraña manera, si se supiese de nuestra ida, pondríamos escándalo, acordose que no pasásemos adelante hasta que la noche viniese. Y mandamos a ciertos atunes de aquéllos que la triste nueva nos habían traído, se fuesen a la ciudad, y lo más disimulado que pudiesen, supiesen en qué estaba la cosa y volviesen a nosotros con el aviso, y dellos algunos vinieron dándonos la peor que quisiéramos. La noche venida fue acordado que la señora capitana con sus hembras y Melo con ellas con hasta quinientos atunes, sin armas, de los más honrados y viejos, fuesen derecho camino al Rey. Y como bien sabían, suplicasen al Rey hubiese por bien de examinar la justicia de su marido y hermano, y que yo con todos los demás me metiese en una montaña muy espesa de arboledas y grandes rocas, que a dos millas de la ciudad estaba, do el Rey algunas veces iba a monte, y allí estuviésemos hasta ver lo que negociaban, los cuales nos avisasen. Luego llegamos al bosque y hallámosle bien proveído de pescados monteses, en el cual nos cebamos, o por mejor decir hartamos a mucho placer; yo apercebí toda la compañía que estuviese lanza en cuja. La hermosa y buena atuna llegó allá al alba, y luego se fue para palacio con toda su compañía, y esperó gran rato a la puerta hasta que el Rey fue levantado, al cual dijeron la venida de aquella dueña, y lo mucho que a los porteros importunaba la dejasen entrar y hablar a su Alteza. El Rey, que bien sintió a lo que venía, le envió a decir se fuese en hora buena, que no podía oírla. Visto que de palabra no quería oír, fue por escrito, y allí se hizo una petición bien ordenada de dos letrados que por Licio abogaban, en la cual se le suplicó quisiese admitir así aquel juicio, pues Licio había apelado para ante su Alteza, porque el nuestro buen capitán estaba condenado a muerte por esos señores alcaldes del crimen, y habíase dado la sentencia el día de antes, la cual nosotros supimos de los que dije, diciendo: que su Alteza supiese que su marido había sido acusado con falsedad, y muy injustamente sentenciado, y que su Alteza hiciese tornar a examinar su justicia, y que hasta entanto sobreseyese la justicia y ejecución de la sentencia; éstas y otras cosas muy bien dichas fueron en la buena petición, la cual fue dada a uno de los porteros. Y al tiempo que se la dio la buena capitana, se quitó una cadena de oro que traía con su joyel, y se la dio al portero, y le dijo que se doliese della y de su fatiga y no mirase al galardón tampoco, con muchas lágrimas y tristeza; el portero tomó del la petición de buena gana y de mejor la cadena, prometiendo hacer su posibilidad, y no fue en vano la promesa, porque leída ante el Rey la petición, muchas y buenas cosas se atrevió a decir con su boca llena de oro a su Alteza: juntamente con narralle los llantos y angustias que la señora capitana hacía por su marido a la puerta de palacio, que al mal aconsejado Rey hizo mover a alguna piedad, y dijo: ve con esa dueña a los Alcaldes del crimen, y diles que sobresean la ejecución de la sentencia, porque quiero ser informado de ciertas cosas convenientes al negocio del capitán Licio; y con esta embajada vino muy alegre el portero a la triste pidiéndole albricias de su buen negociar, las cuales de buena gana ella se las ofreció; y luego sin detenerse fueron al aposento de los alcaldes, y quiso su desdicha que yendo por la calle, toparon con D. Paver, que así se llamaba el inventor destos nuestros afanes, el cual muy acompañado iba a palacio; mas como vio la dueña y su capitanía, y supo quien era, y conoció el portero, como astuto y sagaz, sospechó lo que podía ser, y con gran disimulación llamó al portero, e interrogándole a do iba con aquella compañía, el cual simplemente se lo dijo: y él demostró que le placía dello, siendo al revés, diciendo que se holgaba de lo que el Rey hacía; porque al fin Licio era valeroso y no era justo así hacer justicia de él sin bien examinar el negocio; en mi posada quedan los alcaldes que a pedir mi parecer en este negocio venían, y yo iba a hablar al Rey sobre ello, y ellos me quedan allí esperando; mas pues traéis despacho, volvamos y decirles heis lo que el Rey nuestro señor manda; y yendo llamó a un paje suyo, y muy riendo le dijo que fuese a los alcaldes, y les dijese que luego a la hora hiciesen de Licio la justicia que se había de hacer, porque así convenía al servicio del Rey. Y que en la cárcel o a la puerta della lo justiciasen sin traello por las calles, entretanto que yo detengo este portero: el criado lo hizo así, y llegando a la posada, el traidor metió consigo al portero, y dijo a Melo y a su cuñada que esperasen mientras entraba a hablar a los alcaldes, y que de allí todos irían a la prisión de Licio a dalle el parabién de su buena esperanza, y que él quería con ellos ir, mas a esta hora la desventurada fue avisada de la gran traición, y mayor crueldad del gran Capitán. Pues aunque peor voluntad tuviera al buen Licio mirara a la angustia y lágrimas de la buena capitana su mujer, y fuera mejor aplacallo por este respeto. Y cuando el malaventurado y traidor llamó al paje para que fuese a negociar la muerte del buen Licio, quiso Dios que uno de sus criados lo oyó, y díjolo a la buena capitana, del cual el mal capitán no se guardó, la cual cuando se lo dijo cayó sin sentido casi muerta sobre el cuello de su cuñado que junto a ella estaba. Melo, como lo oyó, tomó treinta atunes de los que consigo estaban para que con la mayor presteza que pudiesen me diesen aviso del peligro en que el negocio estaba, los cuales como fieles y diligentes amigos se dieron tanta priesa que en breve fuimos sabedores de las tristes nuevas que nos llegaron, dando muy grandes voces: armas, armas, valientes atunes, que nuestro capitán padece muerte por traición y astucia del traidor D. Paver, contra voluntad y mandado del Rey nuestro Señor, y en breves palabras nos cuentan todo lo que yo he contado. Hice luego tocar las bocinas, y mis atunes fueron juntos con sus bocas armadas, a los cuales yo hice una brevísima habla, dándoles cuenta de lo contado, por tanto que como buenos y esforzados mostrasen sus ánimos a los enemigos socorriendo a su señor en tan estrema necesidad, y ellos respondieron todos que estaban prestos a seguirme y hacer en el caso su deber; acabada su respuesta, luego comenzamos a caminar para allá: quien viera a esta hora a Lázaro atún delante de los suyos haciendo el oficio de esforzado capitán, animándolos y esforzándolos sin haberlo jamás usado; escepto pregonando los vinos que hacía casi lo mismo, incitando los bebedores, diciendo: aquí, aquí señores, que aquí se vende lo bueno, y no hay tal maestro como la necesidad. Pues desta suerte, a mi parecer, en menos de un cuarto de hora entramos en la ciudad y andando por las calles con tal ímpetu y furor que me parece a aquella sazón lo quisiera haber con un Rey de Francia, y puse a mi lado los que mejor sabían la ciudad para que nos guiasen, do el sin culpa estaba por el más breve camino.