1. Me refiero al partido moderado tal como existía en 1840, y tal como a mi juicio ha dejado de existir hace mucho tiempo.
2. Cuando el autor escribió y publicó este folleto era Jefe político en la provincia de Cáceres.
3. En un folleto que acaba de publicar el Sr. D. Fermín Caballero con el título de Voz de alerta, entre los infinitos dislates de que está empedrado, se lee que en general los jóvenes corrompidos por las ideas y principios de la escuela doctrinaria hacen demasiado caso de los intereses materiales. Permítanos el Sr. Caballero manifestarlo que basta su dicho para conocer dos cosas: primera, que no sabe lo que son doctrinarios; segunda, que no conoce a la juventud. De lo contrario no podría afirmar que los escritos de los doctrinarios pueden corromper, y que propenden a dar superioridad a los intereses materiales. ¡Ola! Discípulos de la escuela materialista, alumnos de Helvelitis, adoradores de Holbach, de Raynal y de Mably, ¿con esa salimos ahora? ¿Con llamar materialistas a los que nutren su razón en los profundos y sublimes escritos de los De Broglie, de los Royer-Collard, de los Cousin, de los Guizot y de tantos otros que han pulverizado la escuela materialista, y cuyos talentos, así filosóficos como políticos, son el más bello adorno de la moderna Francia? Si V., Sr. Caballero, se hubiera tomado el trabajo de leer estos autores, probablemente su razón de V. no estaría tan extraviada, ni su pluma de V. calumniaría a esas doctrinas que usted no conoce, y a esa juventud que V. aborrece. Esa juventud, por otra parte, no es doctrinaria y profesa otras ideas que van mucho más allá de V. en punto a derechos e instituciones populares: muy pequeño va a parecer V. y sus montagnards cuando se presenten tribunas del pueblo, esos que a V. se le antojan serviles doctrinarios. Los despreciadores de la sensata e ilustrada juventud española debían acordarse al hacer mención de ella, de que esa juventud no escribe folletos ni ocupa la tribuna, porque se ocupa en pelear y morir por la libertad, por cuya santa causa han derramado a torrentes su sangre tantos millares de jóvenes. Los Campo Alange, los Malibran, los Oraa, los Alonso, los O'Donnell, y tantos otros cuya memoria no les ha debido a Vds. todavía, señores escritores políticos, dos líneas de elogio, eran jóvenes, y delante de esa juventud, que hizo la revolución antes de que los emigrados vinieran, y que la sostiene después con el nervio de su fuerza y la sangre de sus venas, delante de esa juventud, Sr. Caballero, V. y los suyos debían descubrirse de respeto la cabeza. Esa juventud se cura poco de polémicas y diatribas: su generosa ambición no se impacienta ni apresura: espera su día... La juventud, Sr. Caballero, alerta está.
4. Los hombres que desde Madrid quisieron dirigir las elecciones, cometieron un grave error empeñándose en la reelección absoluta de personas. Las provincias querían reelección de principios: la de personas sólo respecto de las muy importantes. Muchas de las otras se habían creado en los pueblos profundas antipatías, que sólo podrían neutralizar las que eran verdaderamente notabilidades. No querían reelegir la mayoría, porque querían reforzarla, rejuvenecerla; hay muchos hombres en las provincias, de los mismos principios, más vigorosos acaso, que aspiraban a representarlos en una Asamblea, donde bien poco se había hecho en favor de ellos. Y si bien los pueblos creen que ciertas especialidades parlamentarias deben permanecer siempre en la Cámara electiva, no pueden vincularse los asientos de los demás miembros, que sólo por su voto figuran, y sí debe darse lugar a que otros nuevos hombres se vayan presentando. No quisieron comprender esto los directores del partido, y se quejaron después, del resultado de una campaña mal dirigida. Si algo vale el parecer de quien, como Jefe político de varias provincias, ha estado al frente de algunas elecciones, suplica a los corifeos del partido moderado que no desdeñen este aviso.
5. Al decir Gobierno, comprendo bajo este nombre, en todo lo tocante a la guerra, al Capitán general y Jefe de los ejércitos Duque de la Victoria. Será una teoría peregrina, todo lo que se quiera, pero el autor está convencido de que en estas circunstancias, un hombre que tiene tal cargo, es, cuando menos, parte tan integrante del Ministerio como el más importante Ministro. El autor cree que en este modo de pensar no hay nada de inconstitucional: es un hecho que sucede siempre. Y hechos que nunca dejan de suceder, están fundados en principios que no pueden menos de existir, aunque no estén formulados ni desenvueltos. Sea, sin embargo, como quiera, el autor repite -y podría explicarlo hasta la demostración- que cuando habla de Gobierno, Ministerio o Gabinete, comprende, y debe comprender natural, lógica, legal, constitucional y hasta parlamentariamente, como parte principal e integrante de ese ser colectivo, al Jefe superior de los Ejércitos nacionales.
Por lo demás, el autor no se hace cargo de la distinción que se ha hecho entre individuos del Gobierno que tuvieron parte, y los que no la tuvieron en los sucesos del norte. Esa distinción ha sido el más miserable subterfugio del espíritu de partido. El autor se ha propuesto examinar cuestiones, no pretextos ni miserias.
6. La Constitución de 1812 era un Gobierno absoluto, cuyo Monarca era un Cuerpo despótico de ciento y tantos diputados, y cuyo primer Ministro era el Rey. Los legisladores de 1812 no tenían idea del Gobierno representativo; y no hicieron más que continuar la única forma de gobierno a que estaban acostumbrados, si bien trasladando a otro sujeto la autoridad. Esta definición y corolario no tiene otro fin que justificar el verbo retroceder de que me valgo en el texto, y del cual me disimularán sus monopolizadores, los señores progresistas, haber usado un momento.
7. Sabido es que a consecuencia de los sucesos de la Granja en 1836, cayó el Ministerio Thiers.
8. Le bon sens, c'est le genie de l'humanité.-Esto dice el doctrinario Guizot... Señor del alerta.
9. ¿Quién podría presumir que semejante ley volviese a ser restablecida después de 1854?-Creemos que el Ministro que lo hizo, por ventura no la conocía, ni la había leído; es la única disculpa que se nos ocurre de un hecho que debe recoger la Historia.
10. El autor tiene datos para creer que toda la riqueza industrial y fabril de España no iguala a la riqueza y productos agrícolas de una provincia. Contra este dato se estrella casi todo cuanto se ha dicho, relativo a la iniquidad del diezmo. Mas no por eso el autor opina por su restablecimiento, contra el cual, después ya de suprimido, militan otras razones.
11. De El Conservador, Revista política y literaria, que se publicó en 1841.
12. Publicado en El Correo Nacional.
13. Publicado en El Conservador, número 4.
14. De El Conservador, número 5.
15. De El Conservador, número 17.
16. De El Conservador, número 24.
17. Publicado en El Conservador, número 25.
18. De El Conservador, número 21.
19. Publicado en El Conservador, número 22.
20. Publicado en El Conservador, número 15.
21. Publicado en El Sol, 30 de marzo de 1845.
22. Esta biografía estaba escrita cuando cayó la Regencia del General Espartero.
23. Fue el P. D. Eduardo Carasa, de santa e inolvidable memoria; de la compañía de Jesús.
24. Sabidas son las cuestiones que sostuvo el General Pezuela por salvar la vida a sus prisioneros de Cheste; de cuya batalla ha tomado posteriormente su título.
