Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.

Siguiente

Obras escogidas. Tomo II

Ventura de la Vega

imagen

imagen

Llueven bofetones

Comedia en dos actos, arreglada al español

Personas



HÉRCULES III, duque de Ferrara.
EL CONDE DE CANDOLLE.
RENATO DE MONTELEÓN.
ELENA.
CARLOTA.
UN UJIER.
UN PAJE.
CABALLEROS.

(La acción pasa en Ferrara)

Acto primero

El teatro representa un jardín espacioso del palacio ducal. A la izquierda, en primer término, un bosquecillo, cuya entrada avanza sobre la escena. A la derecha, también en primer término, una estatua de Diana cazadora, sobre un pedestal. En el foro un cenador cubierto de verdura con una fuente en medio. Asientos de piedra, sillas de jardín, una de ellas junto a la entrada del bosquecillo de la izquierda.

Escena primera

ELENA, CARLOTA.

(ELENA, sentada junto al bosquecillo: CARLOTA, de rodillas, colocando ramos de flores en un canastillo.)

ELENA. -En verdad, Carlota, me sorprende lo que me dices. ¿Cómo te gobiernas para conocer a tantos como asisten a la corte de Ferrara, para saber sus aventuras, sus intrigas?...

CARLOTA. -¡Toma!... Muy fácilmente... Como que esa es mi obligación... Yo soy hija del jardinero de palacio...

ELENA. -¿Y eso qué tiene que ver?...

CARLOTA. -Siempre ha sido así en la familia. En tiempo de mi abuela los caballeros enviaban a las damas ramos de flores... y mi abuela era, por supuesto, la encargada. Luego, en tiempo de mi madre, los caballeros inventaron esconder billetitos en los ramos... Y, ya se ve, como eso no hacía que fuesen más pesados, mi madre siguió llevándolos... Por último, ahora ya no envían ramos, pero envían siempre billetes...; y como eso ha venido a ser obligación de la jardinera..., por eso conozco a todas las damas de la corte, y a todos los caballeros... y entro en todas partes, y sé todo cuanto se dice, y todo cuanto se hace, y todo lo que pasa... Conque ya sabéis que estoy a vuestra disposición, señora.

ELENA. - (Levantándose y pasando a la derecha.) Pues señor, ya veo que tus funciones son delicadas... ¡y vastas! Eres una especie de estafeta del palacio ducal.

CARLOTA. -Justamente. Al principio no dejaba de repugnarme; pero lo consulté con mi primo, que es soldado de la guardia de S. A., y me dijo que no tuviera escrúpulo, que esto es un juego... que se juega en la corte de Ferrara.

ELENA. -¡Y en todas las cortes, hija mía!

CARLOTA. -¡Ya!... Y vos debéis saberlo, puesto que habéis venido, un año hace, de la corte de Francia con el señor conde de Candolle, vuestro tutor.

ELENA. -Sí, un año hace ya. Aún me acuerdo del horror que me causó al principio este país... ¡Me había formado de él una idea tan equivocada!... Y cuánta fue mi sorpresa al ver que Ferrara era una imagen de la corte de Francia, de la corte de Versalles... ¡en miniatura, se entiende! ¡Pero qué remedo tan exacto!... Los trajes, las costumbres... ¡vamos, todo!

CARLOTA. -Como que aquí se reciben todas las modas de Francia. Y S. A. el señor duque quiere que se sigan sin faltar una coma. Siempre está hablando de París... y de Versalles... y del gran rey Luis... Luis...

ELENA. -Luis XIV.

CARLOTA. -¡Eso! Dice que ese es su modelo. ¡Toma!... Y el quereros tanto a vos y vuestro tutor, el señor conde, no es más que porque habéis venido de allá.

ELENA. -Sí, es cierto que nos distingue y nos colma de bondades. Mi tutor es su favorito... Le ha nombrado montero mayor. A mí también la duquesa madre me ha cobrado afecto, y me ha hecho dama de honor.

CARLOTA. -¡Ah! sí, la duquesa vieja... ¡Qué regañona es, y qué mala!...

ELENA. -No digas eso: a sus damas las trata con mucha afabilidad... sobre todo a mí.

CARLOTA. -De manera, señora, que ya lo único que os falta para ser completamente dichosa es... un marido.

ELENA. -(Turbada.) ¡Un marido!

CARLOTA. -Y si no os despacháis... ¡Adiós!... ¡os quedáis en blanco!

ELENA. -¿Cómo?

CARLOTA. -Pues qué, ¿no sabéis?... Casi todos los oficiales jóvenes se van a marchar a la guerra.

ELENA. -¡Ah!... ¿Hablas de la expedición que se va a enviar a la costa de África?

CARLOTA. -Eso será; yo no sé precisamente...; lo que sí sé es que se van a embarcar todos... Quien dice todos... dice... hijos de familia que están arruinados, jugadores que no tienen un escudo, amantes que no son correspondidos... ¡hasta maridos!...; en fin, todos los desesperados.

ELENA. -(Con pena.) ¡Sí, ya lo sé!...

CARLOTA. -Y uno en particular..., ¡qué guapo!, ¡qué lástima de mozo!, un oficial de la guardia de S. A.

ELENA. -(Con prontitud.) ¿Renato de Monteleón?

CARLOTA. -¡Ah!... ¿Le conocéis?

ELENA. -Poco..., de vista...

CARLOTA. -Parece que está enamorado de una dama de la corte, y que desesperado de que le han negado su mano... ¡Ay! ¡Dios mío! ¡qué triste os habéis puesto de repente! Calla..., será cosa de que sea... ese... que vos queréis...

ELENA. -¿Yo? ¡Qué desatino! Yo no quiero a nadie ni... ¡Cielos! ¡Aquí viene!...

CARLOTA. -¿Quién?

Escena II

ELENA, RENATO, CARLOTA.

RENATO. -(Deteniéndose.) ¡Elena!

CARLOTA. -¡Hola, hola! (Sigue colocando los ramos, y pone luego el canastillo y la silla dentro del bosquecillo.)

RENATO. -(Llegando.) ¡Al cielo debo sin duda este encuentro!

ELENA. -¡Oh Renato..., perdonad..., no os había visto!

RENATO. -¡No podía resolverme a partir sin volveros a ver, sin daros el último adiós!

CARLOTA. -(Aparte.) ¡Hola! ¡Conque era ella!

ELENA. -Conque... a pesar de mis ruegos...

RENATO. -¡No hay remedio, Elena!... Quiero espiar mi error. ¡Y qué necio error!... ¡Un simple oficial, de noble cuna, pero sin bienes, sin más patrimonio que la espada, atreverse a poner los ojos en vos, parienta y pupila del señor conde de Candolle!... ¡del favorito de S. A!...

ELENA. -¡Por Dios, Renato!...

RENATO. -¡Verdad es que el error no duró mucho! Cuando me aventuré, por seguir vuestros consejos, a presentarme a vuestro tutor y a descubrirle mis deseos... el señor conde de Candolle supo hacerme entrar en razón... con ese tono burlón e insultante...

CARLOTA. -(Aparte.) ¡Qué injuria!

RENATO. -¿Qué camino me quedaba? Unirme sin titubear a esa escuadra que los diversos estados de Italia han aprestado en Génova para combatir a los corsarios de Argel... guerra terrible, de la cual no volveremos muchos... y que por lo menos me ofrece una muerte gloriosa.

ELENA. -¡Callad, Renato!... ¡callad!...

CARLOTA. - (Aparte.) ¡Pobre mozo!

RENATO. -Elena... ¡voy a partir!

ELENA. -(Aparte.) ¡Sí, partir! ¿Y cuándo es?... ¿Mañana quizás?

RENATO. -Hoy mismo.

ELENA. - (Aparte.) ¡Eso lo veremos!

RENATO. -Esta mañana he recibido mi equipo de guerra, y para pagar los mil ducados que me cuesta, el tesorero de palacio me ha ofrecido..., ya lo sabéis, abonarme mis sueldos atrasados, que componen esa cantidad. Ahora iba a verlo para tomar la suma..., y el cielo ha hecho que os encuentre al paso, sin duda para que lleve este consuelo.

ELENA. -¿Conque os vais?

RENATO. -Es indispensable. ¡Adiós, Elena!... ¡Acordaos de vuestro infeliz amigo..., y cuando sepáis mi muerte... derramad alguna lágrima a la memoria del que dio su vida por amaros!... ¡Adiós..., adiós para siempre! (Vase por la derecha.)

Escena III

ELENA, CARLOTA.

CARLOTA. - (Sorprendida.) ¡Cómo!... ¡Le dejáis marchar!... ¡No le detenéis! Y estáis así... tan fresca, viendo que se va.

ELENA. -(Trayéndola del brazo aparte.) No se irá.

CARLOTA. -¿Qué?

ELENA. -Si se fuera, ¿crees que estaría yo tranquila, serena..., casi contenta? No, no se irá.

CARLOTA. - ¿No?... ¡Me alegro! Me alegro..., yo no sé por qué, pero me alegro.

ELENA. -Escucha..., tengo tal vanidad del plan que he discurrido, que no resisto a la tentación de contártelo..., y además quiero que me ayudes... Ese dinero que va a buscar para pagar su equipo..., esos mil ducados...

CARLOTA. -¿Qué?

ELENA. -No los tendrá.

CARLOTA. -¡Bah!

ELENA. -Te digo que no. La hija del tesorero de palacio es íntima amiga mía..., yo la he contado lo que hay..., ella se ha interesado con su padre... y el padre no le dará ni un ducado.

CARLOTA. -¡Calla!... Pero si él ya tiene en su poder ese... equipo o como se llame...

ELENA. -Sí; pero ha ofrecido pagarlo hoy... y yo conozco la honradez de Renato... ¡Él había de marchar de Ferrara, a una muerte probable, sin pagar una deuda tan sagrada!... ¡Oh, jamás! Esperará el dinero hasta esta tarde..., hasta mañana..., y el dinero no vendrá ni esta tarde, ni mañana, ni nunca... En esto, la escuadra se hará a la vela... y él se quedará. ¿Entiendes ahora por qué no lloro, por qué estoy loca de contento?... ¡Te digo que se quedará!

CARLOTA. -¡Válgame Dios..., qué invención de los diablos!... ¡Qué travesura tienen estas francesas! ¡En mi vida se me hubiera a mí ocurrido!...

ELENA. -(Aparte.) ¿Y qué dirá..., qué hará cuando se encuentre con el chasco?... Carlota... ¿queréis hacerme un gran favor?

CARLOTA. -¿Recadito?... Para eso estoy yo: hablad.

ELENA. -Corre a casa del tesorero..., ve a su hija...

CARLOTA. - La conozco... Yo conozco a todo el mundo.

ELENA. -Y averigua lo que ha pasado, y vuelve pronto.

CARLOTA. -Voy volando. (Deteniéndose.) Sólo que si encuentro en el camino al señor conde de Candolle...

ELENA. -¿Al conde?... ¡Cuidado..., cuidado con que le digas!...

CARLOTA. - No es eso; sino que me detendrá; porque cada vez que me encuentra... me da dos abrazos... Dice que es de rigor.

ELENA. -Corre, corre.

CARLOTA. -(Echando a correr.) ¡Oh! Como ahora le encuentre no... (Tropieza con EL CONDE, que sale y que la da un abrazo.) ¡Ay! (Echa a correr.)

CONDE. -¡Oye!... ¿Y el otro? ¿Y el segundo? ¡Carlota! (Viendo a ELENA.) ¡Huy! ¡Mi pupila! (Se acerca con aire grave.)

Escena IV

EL CONDE, ELENA.

CONDE. -(Con descaro.) Apuesto cien ducados, Elena, a que habéis creído... que le he dado un abrazo a esa muchacha...

ELENA. -(Sonriendo.) Y los ganaréis, señor conde.

CONDE. -¿Conque lo habéis creído?

ELENA. -Y aunque así fuera, ¿qué delito es ese en un caballero galante que, según dicen, no ha hecho en su vida otra cosa que enamorar mujeres?...

CONDE. -Y engañarlas..., es verdad.

ELENA. -Desafiar maridos...

CONDE. -Y herirlos..., es exacto.

ELENA. -Contraer deudas...

CONDE. -Y no pagarlas..., es histórico. Así me gusta: cuando uno se pone a hacer un retrato, debe dejarlo lo más acabado que sea posible. Habéis hecho el mío... de cuerpo entero; y lo que me sorprende es que conociendo tan perfectamente todos mis defectos, todos mis vicios, todas mis picardías..., dudéis un solo instante en aceptarme por esposo.

ELENA. -(Riendo.) ¡Me gusta la consecuencia!

CONDE. -Es legítima, ¡voto al chápiro!... (Mudando de tono.) Chápiro es una interjección que yo he introducido aquí en la corte... y que ha hecho fortuna. Pues, como iba diciendo, no hay mejor marido que un calavera... jubilado. Cuanto más se ha corrido antes, menos se corre después... ¡Cosa clara!... Y así opinaba también mi antiguo amo y señor el regente de Francia.

ELENA. -Sin embargo..., no estaríais muy acordes en opiniones cuando os desterró.

CONDE. -Es verdad: lo que es ese día no fuimos de la misma opinión. El regente celebraba mucho mis travesuras mientras me limité a... cazar en terreno ajeno...; pero cuando el diablo me tentó a cazar en el suyo..., ¡alto ahí!... Su alteza real, siempre clemente, me dio a escoger entre la Bastilla... y los países extranjeros... La Bastilla solo... o el destierro con vos..., no era cosa de titubear.

ELENA. -(Haciéndole una cortesía.) ¡Sois muy galante!

CONDE. -¡Oh! Y confieso que estaba indeciso acerca de la nueva patria que escogería..., cuando descubrí en el mapa de Europa una manchita azul con un letrero que decía: ducado de Ferrara..., de cuya existencia no sospechaba yo... Mis conocimientos geográficos no se extendían más que de París a Versalles.

ELENA. -Entonces supisteis que en Ferrara manda la dinastía de los duques de Ostiglia..., que se dan aires de soberanos y se hacen llamar alteza... cosa que cuesta poco y a ellos les contenta mucho.

CONDE. -Me encontré, a mi llegada, con que el duque actual, Hércules III... -¡y el nombre le cuadra!- había dado en el capricho de remedar la corte de Luis XIV... y andaba buscando hombres de ingenio y travesura... Me vio, y sin más información me ofreció el cargo de montero mayor y a vos el título de dama de honor de la duquesa madre... Acepté por los dos..., y cátanos aquí queridos y mimados, y... en fin, que cada día me aplaudo más de la ocurrencia de haber venido a este buen ducado de Ferrara..., ¡donde se respira un aire tan puro!, ¡donde se pasan unas noches tan hermosas!...; de manera que lo único que nos falta para coronar nuestra dicha en esta tierra hospitalaria... es un casamiento que os haga condesa de Candolle.

ELENA. -(Con respeto.) Señor conde, vuestra elección me honra sobre manera; pero os confesaré francamente... que yo no os amo.

CONDE. -(Con fatuidad.) Permitid que me sorprenda.

ELENA. -Y que amo a otro.

CONDE. -Permitid que lo sienta mucho. Debéis recordar que vuestro padre, al morir, me dejó encargado que os hiciera feliz.

ELENA. -Podéis cumplir el encargo muy fácilmente, concediendo mi mano a Renato de Monteleón.

CONDE. -¡Estáis en un error!... Si doy el encargo a otro, ya no seré yo quien os haga feliz..., que fue lo que encargó vuestro padre.

ELENA. -(Entono de reconvención.) Vos le despreciáis porque es pobre..., ¡nada más que por eso!

CONDE. -¡Es un defecto pícaro! No cambiaba yo por ese... todos los míos.

ELENA. -¡Pero Renato es de buena casa!

CONDE. -Casa arruinada... por las prodigalidades de su difunto padre... Le conocí mucho en París, cuando fue a la corte del regente con una misión diplomática. ¡Un viejo muy verde! jugando, gastando, prestando dinero a todo el mundo..., hasta a mí me prestaba... ¡El pobre se arruinó!

ELENA. -Pero si Renato alcanzara del duque una colocación..., un buen empleo..., entonces ya no tendríais pretexto...

CONDE. -Entonces... (Aparte.) Ya haré yo que no alcance ninguno. Pero entretanto, como yo vea que os dirige siquiera la palabra... ¡arde Troya!

ELENA. -¡Conde!...

CONDE. -(En tono burlón.) ¿Verdad que soy un tutor de un género particular?... No diréis que me parezco a los tutores de comedia. Treinta y ocho años..., vivaracho..., alegre... Y nada de poner a mi pupila bajo la salvaguardia de llaves y cerrojos... ¡Uf, qué horror!... No, señor: ¡bajo la salvaguardia de mi espada! Se acerca un galán a... ¡Eh! caballero, si lo sois... ¿el sitio?... ¿la hora?... y la niña será del vencedor.

ELENA. -Efectivamente, es cosa original... (Óyese ruido.) ¡Cielos! ¡si será él!

CONDE. -(Saliendo hacia el foro.) ¡No es nada!... es S. A. Hércules III.

ELENA. -¡Qué embebido viene en la lectura!

CONDE. -(Riendo.) Pues es la vigésima vez que empieza su libro favorito... Los amores de Luis XIV y Lavalliere... ¡Chist!

Escena V

EL CONDE, ELENA, EL DUQUE.

(EL DUQUE atraviesa la escena, seguido de los chambelanes y precedido de un paje, que lleva delante de él un libro abierto.)

DUQUE. -(Andando y leyendo.) «La primera vez que el gran rey vio a la señorita de Lavalliere...» (Al paje.) ¡No te muevas tanto! «sintió una conmoción en...» (Al paje.) ¡Derecho! «en el alma... una con...» (Enfadado.) ¡Pajecito!... ¡voto al chápiro!... (Viendo al conde y poniéndose alegre.) ¡Oh!... ¡que está aquí mi querido conde! (Saludando a ELENA.) Señorita...

CONDE. -Sentiría haber interrumpido a V. A... (Aparte.) ¡Vaya de altezas!

DUQUE. -¡No tal! Iba a visitar a la duquesa madre..., y mientras andaba leía...

CONDE. -Los amores de...

DUQUE. -¡Sí, sí! (Al paje.) Haz ahí una señal, y otra vez a ver cómo andas sin moverte.

CONDE. -(Aparte a ELENA.) Veréis cómo se queda aquí.

DUQUE. -(A su comitiva.) Señores, podéis marcharos... Tengo que hablar con mi montero mayor.

CONDE. -(Aparte a ELENA.) ¡Qué os decía! ¡Me adora! (Los chambelanes y el paje saludan profundamente y se van.)

ELENA. -(Saludando para irse.) Señor...

DUQUE. -¿Ya nos dejáis?... ¡Si ese sol se eclipsa, vamos a quedar en tinieblas!

ELENA. -Estoy de guardia en el cuarto de la duquesa madre...

DUQUE. -Allá os seguiré yo dentro de un instante... como el imán sigue al...; digo, como el acero sigue...; no, no, bien iba, como el imán... (Aparte al conde.) ¡Ah, conde, la presencia del bello sexo me turba... y me altera!... ¡Hay algo en el mundo más hermoso que una mujer!...

CONDE. -¡Sí, señor!

DUQUE. -¿El qué?

CONDE. -¡Dos mujeres, señor!

DUQUE. -(Saludándola.) ¡Idos, pues, aunque me cueste un suspiro!

ELENA. -(Haciendo una profunda reverencia. Aparte.) En la primera ocasión le pido un empleo para Renato. (Se va por la derecha.)

Escena VI

EL DUQUE, EL CONDE.

DUQUE. -¡Ah! ¡ya estamos solos, conde mío!... ¡Cuánto deseo tenía de veros!

CONDE. -V. A. me envanece demasiado.

DUQUE. -Ya sabéis que nunca estoy lo que se llama a gusto, sino cuando os veo: que no hay aquí nadie, más que vos, que tenga travesura, talento, chispa...

CONDE. -¡Oh príncipe mío!...

DUQUE. -La lectura de Los amores de Luis XIV me ha infundido ideas melancólicas que quisiera disipar.

CONDE. -En efecto, un libro...

DUQUE. -Ya os lo he dicho: Luis XIV es mi héroe... mi modelo... A los cinco años, era él rey de Francia... y a los dos años y meses era yo duque de Ferrara...

CONDE. -(Aparte.) ¡La manía de siempre!

DUQUE. -Esta especie de analogía fue para mí un rayo de luz... «¡Sí!» exclamé yo...

CONDE. -¿A los dos años y meses?...

DUQUE. -No, algo después... «¡Sí!...» exclamé yo; «¡mi destino es seguir las huellas de aquel gran rey!»

CONDE. -Y hasta ahora V. A. ha cumplido su propósito.

DUQUE. -(Con modestia.) Puede... no diré que no... Gracias, conde, gracias...

CONDE. -(Aparte.) ¡Oh poder de la adulación!

DUQUE. -Pero una cosa me falta para que la imitación sea completa; una cosa esencial... ¡Los amores, conde mío, los amores!... ¡Aquellas mujeres!... ¡Una Lavalliere!... ¡Una Montespan!

CONDE. -¡Justo!... Ahí se corta el hilo de la semejanza.

DUQUE. -¡Ah, creedme, soy un duque de Ferrara muy desgraciado! Desde los quince años, mi imaginación desenfrenada hacía bullir la sangre en mis venas...

CONDE. -¡Lo mismo que a Luis XIV!

DUQUE. -No soñaba yo más que amores y galanteos... Quería vestirme de pastorcito y bailar en bailes pantomímicos y bucólicos...

CONDE. -Lo mismo que...

DUQUE. -¡No, no! Eso no pude hacerlo; porque la duquesa madre, severa y despótica, como Ana de Austria...

CONDE. -¿Como Ana de Austria? ¡Tercera analogía!

DUQUE. -Me prohíbe alzar los ojos delante de las damas de palacio, y a ellas les manda que los bajen en mi presencia.

CONDE. -Eso hará que no os puedan ver.

DUQUE. -Y habéis de saber que tratan de casarme... Me guardan para una duquesa de Guastalla, que es...

CONDE. -(Aparte.) ¡Fea como un demonio!

DUQUE. -¡Y habrá quien envidie mi puesto! ¡Tengo ochocientos mil vasallos... y no tengo una vasalla! En lo demás, soy soberano; puedo mandar ahorcar un hombre..., dos hombres...

CONDE. -Tres hombres...

DUQUE. -¡Y así!... lo que se me antoje..., ¡y no tengo derecho de amar a una mujer! ¡Oh, Luis XIV!... (Con resolución.) ¡Se acabó!... ¡Yo me rebelo!

CONDE. -(Conteniéndolo.) ¡Príncipe mío!

DUQUE. -Sí, ¡voto al chápiro!... (Mudando de tono.) Ya veis... cómo digo voto al chápiro... ¡y lo digo bien!

CONDE. -¡Muy bien!

DUQUE. -Escuchad, conde... ¡Escucha, amigo mío!...

CONDE. -¡Oh, cuánta bondad!

DUQUE. -(Con efusión.) Sí..., te hablo de tú..., te digo tú..., te tuteo a ti.

CONDE. -(Aparte.) ¡Qué amor!... ¡Vamos, va a abdicar en mí la corona!

DUQUE. -Voy a confiarte un secreto. Pero si abusas..., ¿estás?..., si abusas..., tú eres mi favorito..., ¡te quiero mucho!..., pero me vería en la dolorosa necesidad de hacerte cortar la cabeza.

CONDE. -Corriente... Ya estoy advertido... Sí, lo mejor es prevenir a las gentes, para... (Aparte.) Pues suele tener ideas poco risueñas. Conque...

DUQUE. -(Con misterio.) Has de saber... que todas las noches..., cuando me creen encerrado, trabajando en los negocios del Estado..., me escapo por una puertecita secreta..., construida en tiempo de Hércules I...

CONDE. -¡Hola!...

DUQUE. -¡Chist!... Me bajo al parque..., que es el sitio donde se citan todos los amantes..., y ando culebreando y fisgando a las damas de palacio que acuden aquí de tapadillo...

CONDE. -¿Conque acuden?...

DUQUE. -¡Chist!... ¡Muchas!...

CONDE. -(Aparte.) ¡Demasiado lo sé!

DUQUE. -Ninguna de ellas sospecha que es su soberano... Me toman por un oficialito de mi guardia..., por un pajecillo de palacio... (EL CONDE se vuelve para reír.) ¡Y amigo! (Con regocijo.) ¡amigo!...

CONDE. -¡Bravo, príncipe mío! ¡Bravo!

DUQUE. -¿Apruebas, eh?

CONDE. -¡Soberbio!...¡cáspita!

DUQUE. -Sí, sí, ¡cáspita! ¡Hombre!... Cáspita... No sabía yo eso... ¡Cáspita!... ¡Me gusta! Conque ¿no me descubrirás, eh?

CONDE. - (Con prontitud.) ¡No tengáis cuidado! Si tenéis un modo de encargar el secreto, que...

DUQUE. -¡Eres lo más guapo!...

CONDE. -¡Algunas me lo han dicho!

DUQUE. -Algunas... muchachas, ¿eh?... ¡Bribón!.. Tú sí que las conoces.

CONDE. -Un poco.

DUQUE. -Cuántas habrás dejado allá, en la corte de Francia...

CONDE. -Unas pocas.

DUQUE. -Pues en la mía no quiero que eches menos nada. ¿Qué deseas?... ¿Qué te falta?... Pídeme lo que quieras.

CONDE. -Nada, señor.

DUQUE. -¿No te gusta ya el cargo de montero mayor? ¿Quieres ser ministro?

CONDE. - ¡No, señor!... ¡No, señor! Es más facil gobernar los galgos y los podencos, que... Nada: estoy bien de montero mayor.

DUQUE. -¿Quieres dinero para pagar tus deudas?

CONDE. -Tampoco; no, señor... porque eso sería salir de mi regla.

DUQUE. -¿Pues qué?...

CONDE. -Ya que V. A. se empeña en que abuse de sus bondades...

DUQUE. -¡Anda!... Pidas lo que pidieres..., concedido desde ahora...

CONDE. -Pues me tomaré la libertad de recomendar a V. A. un joven...

DUQUE. -¿Pariente?

CONDE. -No, señor.

DUQUE. -¿Amigo?

CONDE. -Amigo... de mi pupila... y que quiere ser algo más que amigo...

DUQUE. -¡Ya!

CONDE. -Hay tres empleos vacantes en la corte... y él desea con ansia...

DUQUE. -¡Vamos!..., y cuál de los tres empleos...

CONDE. -Los tres, señor.

DUQUE. -¡Cómo!... ¿Quieres que le conceda los tres empleos?

CONDE. -¡Qué! ¡No, señor! Si lo que pido, lo que suplico a V. A. es que le niegue los tres... a mi recomendado.

DUQUE. -(Riendo a carcajadas.) ¡Ah! ¡ah! ¡ah! ¡ah! ¡Qué gracioso es!... ¡Qué gracioso!... ¿Y cómo se llama tu... recomendado?

CONDE. -Renato de Monteleón.

DUQUE. -¡Un oficial de mi guardia! ¿Qué significa?...

CONDE. -Cosa muy sencilla. Está enamorado de Elena..., y yo quiero casarme con ella... como todos los tutores de comedia.

DUQUE. -¡Ah! ¡ah! ¡ah!... ¡Qué gracioso!...

CONDE. -Pues ¿lo creeríais?... ¡Ella me detesta!... ¡A mí!..., al hombre más amable de la corte..., después de V. A.

DUQUE. -(Con modestia.) ¡Oh!...

CONDE. -Al de más talento... después de V. A.

DUQUE. -¡Ah!...

CONDE. -Al más calavera..., después de V. A...; ¡digo, no!..., ¡antes de V. A.!

DUQUE. -(Suspirando.) ¡Es verdad!

CONDE. -Si no se le da empleo, no pedirá la mano de Elena...

DUQUE. -Y entonces cargas tú... (Repentinamente.) ¡Ay, Dios mío!

CONDE. -¿Qué es eso?

DUQUE. -(Azorado.) Me hice anunciar en el cuarto de la duquesa madre..., ¡y ya se me había olvidado! ¡Adiós, conde, adiós! (Volviendo.) ¡Ah! Mira: si en mis escapatorias nocturnas me sucede alguna aventura..., tú serás mi confidente.

CONDE. -¡Será un honor!...

DUQUE. -Y me sucederá..., ¡de fijo que me ha de suceder algo! ¡cáspita! ¿Ves cómo no se me ha olvidado?... ¡Cáspita!... ¡Cáspita! ¡Ea, adiós! (Vase por la derecha.)

CONDE. -¡Príncipe mío!... (Después de acompañarlo.) ¡Pues señor, he hecho bien en venir a establecerme al ducado de Ferrara!

Escena VII

EL CONDE, RENATO. Luego ELENA.

RENATO. -(Saliendo por la derecha del foro.) ¡Ah!... Allí está.

CONDE. - (Siguiendo con la vista al duque.) ¡Cómo corre!

RENATO. -(Agitado.) ¡Ni un ducado quiere darme! Yo no entiendo...

CONDE. -(Mirando siempre al DUQUE.) No he visto duque más anim...

RENATO. -(Acercándose.) Señor conde...

CONDE. -(Sorprendido.) ¡Eh!... ¿me habéis escuchado?...

RENATO. -¿Yo?... no.

CONDE. -Estaba diciendo: no he visto duque más animoso..., más afable, en toda Europa...; eso es lo que estaba diciendo...

RENATO. -Bien.

CONDE. - (Aparte.) ¿Qué me querrá el amiguito este?

RENATO. -Señor conde, vengo de ver al tesorero de palacio...

CONDE. -(En tono de burla.) ¡Sea enhorabuena! Adelante.

RENATO. -(Aparte.) ¡Fatuo! Debía abonarme hoy mismo una suma de mil ducados que necesito indispensablemente...

CONDE. -Todos los días necesito yo también la misma suma indispensablemente.

RENATO. -Y por una fatalidad inexplicable nunca me llega ese dinero.

CONDE. -Esas cosas no llegan nunca.

RENATO. -(Aparte.) Ya me empiezan sus chafalditas a... (Con sequedad.) He tenido pues, que acudir a otros medios; y para eso os buscaba.

CONDE. -(Aparte.) ¡Qué tono va tomando! A buena parte...

ELENA. -(Saliendo por el foro.) ¡Cielos! Los dos juntos.

CONDE. -Conque me buscabais, ¿eh?

RENATO. -(Con sequedad.) ¡Sí, señor, a vos!

CONDE. - Caballerito...

ELENA. -(Llegando.) Conde, S. A. me manda deciros...

CONDE. -Aguardad un instante, Elena: el señor me decía...

RENATO. -(A quien ELENA hace señas de que se modere.) Iba a deciros que hace algunos años, en la corte de Francia... mi... padre...

CONDE. -¡Ah!... ¡El conde de Monteleón! Jugador famoso... ¡Gran bromista!...

RENATO. -Mi padre os prestó quinientos luises...

ELENA. - (Aparte.) ¡Oh Dios!

CONDE. -¿Quinientos luises?... ¡Ah! Ya me acuerdo... (Aparte.) Algunos más le saqué.

RENATO. -Y os lo venía a recordar.

ELENA. -(Aparte.) Todo se ha perdido.

CONDE. -Pues siento que os hayáis molestado por eso...

RENATO. -¿Cómo?

CONDE. -¡Vos no me conocéis, querido! (Con severidad.) Regla general: yo no me acuerdo nunca de mis deudas antiguas..., y las modernas... las dejo envejecer.

ELENA. -(Aparte.) ¡Qué fortuna! (Riendo.) ¡Ah! ¡ah!... Es positivo... El conde no paga nunca sus deudas.

CONDE. -¿Cómo es que no lo sabéis?

ELENA. -¿De dónde salís?

CONDE y ELENA. -(Riendo.) ¡Ah! ¡ah! ¡ah! ¡ah!...

CONDE. -(Poniéndose serio.) Pero no creáis que es asunto desesperado: después de mi muerte, todos mis acreedores aparecerán en mi testamento... (Riendo.) Sólo que son tantos... que estarán allí muy apretados.

RENATO. -(Sonriendo.) Bien: esperaré...

CONDE. -¿A que yo muera?... ¡Gracias! Pues esperad por muchos años.

ELENA. -(A RENATO.) Ya no tenéis más remedio que quedaros.

RENATO. - (Al CONDE.) Espero que me disimuléis esta impertinencia: nunca os hubiera molestado si no fuera por la imperiosa necesidad de pagar mi equipo de guerra a fin de marchar hoy mismo... Pero... (Yéndose.)

CONDE. -(Con prontitud.) ¿Eh?... ¿Era para pagar vuestro equipo de guerra?

RENATO. -Pues.

CONDE. -¿A fin de marcharos?...

RENATO. -Con la escuadra...

CONDE. -¿A combatir los corsarios argelinos... allá en... en África... en los infiernos? ¡Oh! Eso es otra cosa. ¡Sí, señor..., os debo mil luises!...

ELENA. -(Aparte.) ¡Qué oigo!

RENATO. -No: quinientos.

CONDE. -No, señor: mil, mil... Hay otros quinientos que me prestó... para...

RENATO. -Pero, señor conde...

CONDE. -¡Yo sé que son mil!... y mi conciencia no me... Conque venid, venid, y os daré el dinero. ¡Yo había de cortaros esa carrera de honor!... (Aparte.) ¡Ya me he quitado esa mosca de encima! ¡Yo había de segar en flor vuestros laureles... africanos! (Aparte.) ¡Buen viaje! ¡Oh! No me lo perdonaría en mi vida sería un peso...

RENATO. -Pero...

CONDE. -No os miro como un acreedor..., ¡os miro como un valiente a quien debo alentar en la senda de la gloria! Venid: este rasgo es el primero en mi historia... y creo que será el último. (Se va con él.)

Escena VIII

ELENA.-(Consternada.)¡Se acabó!... ¡Cuando iba saliendo tan bien mi plan!... ¡Había yo buscado tan excelente medio! ¡Y este maldito conde!... Ocurrírsele pagar una deuda por la primera vez de su vida..., contra toda su costumbre... ¡Es desgracia mía! ¿Y ahora, qué hago?... ¿qué hago? ¡Pues yo no me doy por vencida!... Ya que esta tentativa se ha frustrado..., manos a la obra. Otro medio me queda... Atrevido es..., pero infalible. (Resuelta.) A ello. (Saca un libro de memorias.) Nunca ha visto mi letra... (Arranca una hoja y escribe.) «Caballero...» Yo le conozco... Si sólo por tener una deuda en pie no se atrevía a marcharse, ¿se ha de ir él sin responder a una provocación? Seguro que no. Así le detengo hasta la noche... (Con misterio.) Y a la noche..., cuando haya recibido una de esas afrentas de muerte... que los hombres no lavan sino con sangre..., querrá conocer a su enemigo..., le buscará..., y entretanto se pasa el tiempo, y... ¡Sí, sí, escribamos! (Escribe.) «Caballero: si sois hombre de honor, esperad esta noche a las ocho en el parque de palacio...» (Mirando alrededor.) ¡Ah!... «junto a la estatua de Diana.»

CARLOTA. -(Saliendo por la derecha.) ¡Calla!... ¡Está escribiendo!

ELENA. -(Poniendo el sobre.) «Al caballero Renato de Monteleón.»

Escena IX

ELENA, CARLOTA. Luego EL CONDE.

CARLOTA. -(Acercándose.) ¿A quién se la entrego?

ELENA. -(Asustada.) ¡Ay!... ¡Ah! ¡Estabas aquí!

CARLOTA. -¡Mi oficio! Así que veo escribir cartitas como esa..., me acerco... Ya sé que es cosa mía.

ELENA. -¡Y nunca más a tiempo! Escucha: ¿ya sabes cuál es la sala de guardias?

CARLOTA. -¡Vaya!... Sí no hay rincón que yo...

ELENA. -Este billete es para Renato de Monteleón.

CARLOTA. -(Tomándole.) Voy a llevárselo.

ELENA. -¡Espera!

CONDE. -(Saliendo por la izquierda muy contento.) ¡Ea! Ya tiene su dinero; y yo (Viéndolas.) ¡Calla!... (Se detiene en el foro.)

ELENA. -(Sin verle.) ¿Qué vas a hacer?

CARLOTA. - Entregar esto en mano propia al Sr. Renato.

ELENA. -(En voz baja.) ¡No! Es preciso que él no sepa que es de mi parte.

CARLOTA. -¡Ya!...

CONDE. -(En el foro.) ¡No las oigo!

ELENA. -Entrégaselo a un soldado...

CARLOTA. - ¡Bien!... Justamente tengo allí a mi primo...

ELENA. - ¡Pues a ese! Y encárgale mucho... ¡Cielos! ¡El conde!

CARLOTA. -¡El de los abrazos!... ¡De esta no me escapo!

CONDE. -(Aparte.) ¡Hola, hola! ¡Secretitos con la estafeta de palacio!

ELENA. -(Aparte.) ¡Si habrá oído algo! (CARLOTA, sin quitar los ojos de ELENA, se acerca al conde y aguarda resignada el abrazo.)

CARLOTA. -(Aparte.) ¡A salir pronto del paso!

CONDE. -(Sin mirar más que el papel que ella lleva.) ¡Un papel!...

CARLOTA. -(Admirada.) ¡Pues no me abraza! ¿Qué tendrá esta tarde? (Se va por la izquierda.)

Escena X

ELENA, EL CONDE.

ELENA. - (Yéndose.) Con vuestro permiso, conde...

CONDE. - Un momento. (Aparte.) ¿Será alguna carta de Elena?

ELENA. -Tengo que...

CONDE. -Permitid... (Aparte.) Tomemos precauciones para estorbar. Querida Elena, venía a proponeros que fuésemos esta noche al baile del gran chambelán... Nos ha convidado... y no debemos hacerle un desaire...

ELENA. -(Aparte.) ¡Esta noche! ¡Eso sí que no! ¡Imposible, conde!... Estoy precisamente de guardia en el cuarto de la duquesa madre..., que ya sabéis que nunca asiste a bailes...

CONDE. -¿De guardia?... ¡Si hoy es lunes! No es vuestro turno.

ELENA. -Cierto..., pero he cambiado con una de mis compañeras...

CONDE. -(Aparte.) ¡Demonio! Yo me encargo de pedir licencia a la duquesa...

ELENA. -¡No hagáis tal! ¡Basta eso para que pierda yo su amistad y su protección!... ¡Dejarla! ¡Y por un baile..., que los tiene un horror!... ¡No, no! Yo no dejo de acompañar a S. A. ¡Adiós, conde, adiós!... (Aparte, yéndose.) ¡Ya estoy libre!

Escena XI

EL CONDE. Luego RENATO. Luego CARLOTA.

(Empieza a obscurecer.)

CONDE. -(Solo.) ¡Pues no las tengo todas conmigo! ¡Pero qué..., si en cuanto el otro tomó el dinero me dijo que iba a montar a caballo... y ya irá galopando por el camino de Génova! (Riendo.) ¡Ah, ah! ¡Buen viaje, amiguito!... (viendo salir a RENATO pensativo.) ¡Eh! ¿Qué es esto?

RENATO. -¡El conde!

CONDE. -(Aparte.) ¡Pues no se ha marchado! ¡Demonio, demonio!

RENATO. -(Aparte.) ¿Será suya la carta?

CONDE. -¡Cómo es esto, mocito!... ¿Aún estáis aquí?

RENATO. - Sí, señor... (Aparte.) ¡Oh! ¡Cómo ha de ser él!

CONDE. -Ya os hacía yo muy lejos...

RENATO. -Me había despedido de mis compañeros, e iba a montar a caballo, cuando un soldado de guardias me dio... (Se detiene y oculta el papel.)

CONDE. -(Aparte.) ¡Un billete!... No hay duda... ¡Es de ella!

RENATO. -Me dio... un recado..., una noticia... que me obliga a detenerme algunos momentos.

CONDE. -Será cosa grave, ¿eh?

RENATO. -Muy grave, señor conde. (Le saluda y pasa a sentarse dentro del bosquecillo.)

CONDE. -(Aparte.) ¡Lo dicho! Ella lo ha citado aquí... ¡esta noche!

RENATO. - (Aparte, cavilando.) ¡Qué cita tan original! No tengo idea...

CONDE. -(Aparte.) ¡Cita amorosa... y en mis barbas!... Yo les haré entender... ¡Buena ocasión se me presenta de castigar a este atreviduelo!

RENATO. -(Aparte, cavilando.) Pues, señor, ¡me vuelvo loco!...

CONDE. - (Aparte.) ¡Quieres pegármela como a un bobo!... ¡Poco sujeto eres tú, pobre oficialillo!... Tú necesitas recibir una lección de mano maestra..., y yo me encargo... Aguárdate..., ¡que ya verás lo que te cae encima!

CARLOTA. -(Por la izquierda.) ¡Señora!... ¡Señora!...

CONDE. -(Cogiéndola al paso.) ¡Alto ahí!... (Aparte.) Esta ha sido.

CARLOTA. -¡Me atrapó!

CONDE. - ¡Calla!

CARLOTA. -Es que...

CONDE. -¡Chist!... ¡Habla bajo! (Separándola del bosquecillo.) ¿Ya sabes la sala de guardias?

CARLOTA. -¡Calla!... Todos hoy me preguntan si sé la...

CONDE. -¡Chist!... ¿Conocerás también al capitán Borelli?

CARLOTA. -¡Vaya!... Uno alto, feo... con unos bigotes largos, colorados...

CONDE. - Sí: anda a decirle..., pero muy en secreto... y a él solo..., dile que pienso dar esta noche un bofetón a uno...

CARLOTA. -(Asustada.) ¿Eh?...

CONDE. -Y que mañana al amanecer le espero, para que me sirva de padrino.

CARLOTA. - ¿Conque vais a dar?...

CONDE. -¡Anda, anda!

CARLOTA. -¿No tenéis más que decirme?

CONDE. -¡Qué más!...

CARLOTA. -(Aparte.) ¡Vaya!... ¡Ya no me abraza más!... (Se va por la izquierda.)

CONDE. -Y yo voy a ponerme en acecho para cuando acuda mi pupila al reclamo. (Aparte, dirigiéndose a RENATO.) ¡Nos veremos las caras! (Se va por la izquierda. Obscurece enteramente.)

Escena XII

RENATO. -(Mirando el billete.) «Si sois hombre de honor..., esta noche..., a las ocho..., en el parque..., junto a la estatua de Diana.» (Levantándose y saliendo del bosquecillo.) No conozco la letra. Esto debe ser una equivocación... Yo no he ofendido a nadie... Yo no tengo ningún enemigo... No importa: yo no me marcho dejando en pie una amenaza de esta especie. Por aquí está la estatua de Diana... (Buscándola en la obscuridad.) Esta es. Esperemos aquí... Pronto sabré qué significa esto... Y en seguida tomo el camino, sin que nada me detenga. (Apóyase contra el pedestal de la estatua, de manera que no es visto más que del público.)

Escena XIII

RENATO, ELENA, EL DUQUE.

(ELENA, cubierta con un velo, sale apresurada por la derecha, como huyendo de alguien que la persigue; cruza la escena hacia la izquierda y se oculta detrás del cenador.)

DUQUE. -(Sale persiguiéndola, y se detiene, mirando alrededor.) ¡Era una mujer!... Sí..., una mujer... que se me ha escapado por alguno de estos bosquecillos... (Con gozo.) ¡Ya tengo una!... ¡Ya tengo la aventura que deseaba!... ¡Por fin me va a suceder algo!... (Buscándola.) ¿Pero por dónde se habrá marchado?... ¡Ah! Estará escondida en aquel bosquecillo... (Va a tientas hacia el bosquecillo de la izquierda, puesta la mano sobre el corazón.) ¡Ay, Dios!... ¡Ay, Dios!... ¡Cómo me palpita el bribonzuelo! ¡Calla, corazoncito..., calla!..., que ya vas... Aquí es. (Éntrase por el bosquecillo y desaparece.)

Escena XIV

RENATO, apoyado siempre en el pedestal. ELENA, que sale por la derecha del cenador. EL CONDE, que viene por la izquierda del foro. Luego EL DUQUE, por el bosquecillo.

ELENA. -(En voz apagada.) ¡Ya no hay nadie!... Gracias a Dios que me he escapado del que venía persiguiéndome... ¿Quién sería?

CONDE. -¡Allí está!... ¡Ella es!

ELENA. -(Adelantándose.) ¡Si habrá venido Renato a la cita!

CONDE. -Está sola... Será que él la está esperando en el bosquecillo, donde le dejé antes... Vamos hacia allá. (Dirígese hacia el bosquecillo de la izquierda.)

ELENA. -(Junto a la estatua.) ¡Aquí está!... ¡Ea! ¡Valor!...

DUQUE. -(Apareciendo a la entrada del bosquecillo.) ¡Hola!... Me parece que he oído... (Da algunos pasos fuera del bosquecillo.) ¡De fijo..., de fijo... me va a suceder algo!

CONDE. -¡Aquí está!... Pues señor... (Se quita con calma el guante de la mano derecha.)

ELENA. - (A la derecha de la estatua, adelantando la cabeza y tosiendo.) ¡Hum!... ¡Hum!...

RENATO. -(Sin volverse.) ¿Quién va? (ELENA le da un bofetón, pasa rápidamente por detrás de la estatua y echa a correr hacia el bosquecillo, pero tropieza con EL DUQUE y cae en sus brazos.) ¡Miserable!... (Tira de la espada y se dirige por la derecha hacia el foro.)

ELENA. -(Al caer en brazos del DUQUE.) ¡Cielos!...

DUQUE. -¡Ya la tengo!...

CONDE. -¡Insolente!... (Se acerca y aplica un fuerte bofetón al DUQUE.)

DUQUE. -(Dando un grito.) ¡Ay!... ¡Ya me ha sucedido algo!

CONDE. -¡Gran Dios!... ¡Es el duque!... (Huye aterrado por la izquierda del foro: RENATO, que ve el bulto, echa tras él: EL DUQUE ha sacado la espada, y se queda inmóvil: entretanto ELENA se ha escapado por el bosquecillo. El telón cae sobre este cuadro.)

Acto segundo

El teatro representa una magnífica sala del palacio ducal. En el foro una puerta de dos hojas que da a otra sala de igual magnificencia. Puertas laterales que conducen a lo interior. A la izquierda, en primer término, una silla: a la derecha, también en primer término, otro sillón y una mesa cubierta con un paño rico. Alfombra, sillones, campanilla, etc.

Escena primera

RENATO, ELENA, UN UJIER.

RENATO. -(En el foro al UJIER, que no le deja entrar.) Necesito entrar..., tengo que hablar precisamente a S. A.

ELENA. -(Saliendo por la derecha.) ¡Es Renato!... (Al UJIER.) Dejadle entrar. (El UJIER se retira.) ¿Y bien?

RENATO. -(Muy agitado.) ¡Nada! Por más que recorro los salones, el parque..., como un loco, como un desesperado, parándome delante de cuantos encuentro, examinando las caras, con la esperanza de ver una mirada, una sonrisa que me descubra al agresor..., ¡nada, nada!

ELENA. -¿Conque nada?...

RENATO. -No veo más que rostros fríos, impasibles..., en tanto que yo me quemo..., ¡me abraso!

ELENA. -(Aparte.) ¡Pobrecillo! ¡Sosegaos, Renato! ¿Es esto lo que me prometisteis esta mañana?

RENATO. - Esta mañana..., ¡sí!, cuando tuve que descubriros la causa de no haberme marchado...; cuando tuve que revelaros..., encendido de vergüenza...

ELENA. -¡Basta! ¡No más! (Aparte.) ¡Como si no lo supiera yo tan bien como él!

RENATO. -¡Y queréis que me sosiegue..., que devore en silencio una afrenta que no puedo vengar, un insulto atroz que me arranca lágrimas de vergüenza y de rabia!... ¡Ah!...

ELENA. -¡Por Dios, Renato, por Dios!... (Aparte.) ¡Ay, si yo hubiera sabido que lo había de tomar tan a pechos!...

RENATO. -¡Pero yo lo descubriré!... ¡Yo descubriré a ese cobarde!

ELENA. -¡Ya se ve!... ¡es preciso descubrir a ese... cobarde..., aunque gastéis en ello dos días..., tres días, un mes!..., ¡aunque se marche la escuadra! (Aparte.) Eso es lo esencial. ¡Insultar así a las gentes, sin decir por qué, sin dar la cara! Pero no hay cuidado..., al cabo le encontraréis.

RENATO. -¡Y le haré batirse... y le mataré!

ELENA. -(Asustada.) ¿Eh?... (Conteniéndose.) ¡Sí, sí, es preciso matarle! (Aparte.) Por fortuna eso no reza con las mujeres. Pero, Renato, escuchad: ¡cuidado no os equivoquéis y paguen justos por pecadores!

RENATO. -No temáis. Por el pronto voy a echarme a los pies del duque... y a pedirle que dé orden al jefe de policía de que me ayude en mis pesquisas.

ELENA. -Mirad que el duque no quiere recibir hoy a nadie... Acaba de tener una larga conferencia con la duquesa madre..., y poco ha mandó llamar a mi tutor, diciendo que no se permita entrar a nadie más.

RENATO. -Pues esperaré.

ELENA. -¡No, no!... ¡Marchad!... Yo haré que os encontréis con él... Yo os avisaré. Deseo tanto como vos que habléis al duque..., porque... ¿Y quién sabe?... puede que yo misma tenga medio de ayudaros, de poneros en camino... (Aparte.) ¡Como no sea en el de Génova!...

RENATO. -¿Vos, Elena?

ELENA. -¿Y por qué no?

RENATO. -¡Chist! ¡Ahora me acuerdo!... Anteayer tuve una disputa con el gran chambelán... Ahora se estaba paseando por el parque..., y yo no le observé...

ELENA. -¡Cómo podéis figuraros!...

RENATO. -¡Oh! Voy a examinarle, voy a ver... ¡Si es él!..., por más que sea gran chambelán...

ELENA. -¡Que no es él! Yo os aseguro...

RENATO. -¡Adiós!... (Se va apresurado por el foro.)

Escena II

ELENA. -(Riendo.) ¡Bueno, ahora va a examinar al gran chambelán!... ¡Ah, ah, ah! ¡Pobre viejo! Pues señor, me he salido con la mía. Sí, sí, yo te ayudaré en tu empresa, yo te descubriré el nombre de tu enemigo cuando... Pronto: no tardaré mucho. El secretario del ministro de Marina me ha prometido avisarme cuando se reciba noticia de que la escuadra se ha hecho a la vela..., y se espera de un momento a otro... quizá hoy mismo. ¡Pero el pobre Renato!... Casi me pesa ya de haberle... ¡Qué remedio!... Y ahora que me acuerdo..., ¿quién sería aquel hombre que me pilló entre sus brazos anoche..., y el otro que se fue a él y le?... (Viendo al conde.) ¡Ah!

Escena III

ELENA, EL CONDE.

(EL CONDE abre lentamente la puerta del foro, y aparece pálido y azorado.)

CONDE. -(Aparte.) ¡Era el duque!...

ELENA. -Señor conde...

CONDE. -Sí, yo soy..., si no me engaño..., (Aparte.) porque voy en tal estado... que no me conozco a mí mismo.

ELENA. -(Aparte.) ¡Ay, Dios mío, qué semblante!... S. A. os ha mandado llamar ya dos veces.

CONDE. -Dos veces, sí, ya lo sé. ¿Y no habéis podido penetrar qué es lo que me quiere ese augusto señor?

ELENA. -¿Yo?... No tal... Pero me ha parecido que tenía el semblante muy desencajado y muy ceñudo.

CONDE. -Y muy encarnado, ¿no es verdad? (Aparte.) ¡A lo menos un lado!...

ELENA. -No: ¡muy pálido!

CONDE. -(Aparte.) Vamos, se ha borrado la señal.

ELENA. -Muy pálido... ¡Calla!... ¡Como vos!

CONDE. - ¿Cómo yo?...

ELENA. -¿Qué tenéis?

CONDE. -¿Qué tengo?... Tengo... vahídos... Los aires de este país no convienen a mi temperamento.

ELENA. -¡Disparate!...

CONDE. -No: de veras. ¡Fue mala ocurrencia, Elena, la de venirnos al ducado de Ferrara!

ELENA. -(Admirada.) ¡Esta es otra!... Pues no decíais ayer mismo..., ¡qué sé yo!..., ¡que este clima era tan bueno, tan saludable!...

CONDE. -¡Nada de eso!... Es un clima infernal... ¡Aquí se ahoga uno!...

ELENA. - ¿Y las noches?... ¡Decíais que eran tan hermosas!...

CONDE. -¿Las noches?... ¡No hablemos de las noches!... Atroces... como boca de lobo... ¡Qué obscuridad!... ¡No se ven las gentes a dos pasos, no se distingue a un príncipe de un cualquiera!... ¡Uf!... ¡Y a eso llaman noches!

ELENA. - ¿Ahora querréis que nos marchemos pronto?...

CONDE. -Pronto... no. (Aparte.) Hoy mismo quisiera que fuese.

ELENA. - ¡Eso es otra cosa! Voy a hacer que avisen a S. A. ¡Estáis azorado! ¿Qué tenéis?

CONDE. -Nada, nada. Andad, que avisen a S. A. (Aparte.) ¡Dios me dé serenidad, que buena falta me hace! (Vase ELENA por la izquierda.)

Escena IV

EL CONDE.

EL CONDE.He asistido a tres batallas campales, he tenido cosa de ocho desafíos, me han sorprendido lo menos quince maridos en lances... que no eran de su gusto... Pues señor, ¡nunca, nunca he experimentado lo que experimento desde anoche!, ¡desde aquel fatal error... de cara! ¡Es incomprensible! El menor ruido me hace estremecer..., ¡y el silencio me aterra! Me pongo colorado cuando me miran, y pálido cuando me hablan. ¡Quiero estarme quieto, y echo a andar a pesar mío! Tengo una especie de vértigo, tengo crispaturas, tengo calentura, tengo..., en fin, tengo miedo! ¡Yo... sí, señor!, ¡yo!... ¡a quien llaman aquí el temerario!... Pues no hay más: tengo un miedo atroz. Y es que recuerdo que al dar el... (Hace el ademán.) dije alguna palabra..., y si por la voz me conoció el amigo Hércules... ¡es capaz de hacer una barbaridad! Pues si ayer me ofrecía cortarme la cabeza por un simple secreto..., qué será por haberle... ¡ay!... ¡aquí está! (Saluda profundamente.)

Escena V

EL CONDE, EL DUQUE.

(EL CONDE tiene fijos los ojos en EL DUQUE, el cual se acerca lentamente.)

DUQUE. -(Exhalando un gran suspiro.) ¡Ya me ha sucedido algo! (Detiénese delante del CONDE, y le mira cara a cara en silencio.)

CONDE. -(Aparte.) ¡Bueno!..., ¡me mira!, ¡ya me he puesto colorado!

DUQUE. -Ya hace rato que os espero, señor conde.

CONDE. -(Aparte.) ¡Me habla!..., ¡ya me he puesto pálido!

DUQUE. -Deseaba veros para hablaros de una cosa... que me toca de cerca... y que se ha de tratar entre los dos... solos.

CONDE. -¿Solos?

DUQUE. -¡Con la duquesa madre!

CONDE. -¡La rígida duquesa!...

DUQUE. -Escuchadme. (Mirando alrededor.) Nadie nos oye, ¿eh?

CONDE. - (Aparte.) ¡Ay! ¡Quién pudiera dejar el puesto!

DUQUE. - ¿Qué?... ¿Qué decís?

CONDE. -Que nadie... nadie nos oye.

DUQUE. -(Con misterio.) Ayer... por la noche...

CONDE. -(Aparte.) ¡Ya pareció aquello!

DUQUE. -Me había escapado por la puertecita secreta...

CONDE. - ¿Construida en tiempo de Hércules I?

DUQUE. -Sí; y había bajado al parque, seguro, como os indiqué, de que me iba a suceder...

CONDE. -(Concluyendo la frase.) Algo. En efecto, me lo había indicado V. A.

DUQUE. - ¡Y yo me engañaba!... En el momento de pasar junto al bosquecillo, hombre, justamente en el mismo sitio en que os había encontrado poco antes..., un hombre se acercó a nuestra real persona...

CONDE. -¿Cuál es su nombre?

DUQUE. -Aguardad... Tuvo la audacia de agarrarnos nuestro brazo... y de levantar sobre nos su mano insolente.

CONDE. - ¡Levantó la mano!...

DUQUE. -¡Hizo más!... ¡La dejó caer sobre nuestro augusto carrillo!...

CONDE. -(Con ansiedad.) Y ese hombre... ¿quién era?

DUQUE. -¡Huyó, sin que pudiese conocerle!

CONDE. - (Aparte.) ¡Ay!... ¡Empiezo a respirar!

DUQUE. -(Con ira.) ¡Pero yo le descubriré..., yo se lo conoceré en la cara así que le mire... como os estoy mirando ahora!

CONDE. -(Aparte.) ¡Ahora sí que me he puesto pálido!

DUQUE. -¿Qué tenéis, conde?

CONDE. -¡Príncipe! ¡La mirada de vuestra alteza es tan penetrante!... ¡Oh! Ya aseguro que el que sea no dejará de turbarse.

DUQUE. -(Más sereno.) Me prometéis guardar, acerca de esta confianza que os he hecho, el más religioso silencio, ¡eh!

CONDE. -¿Si lo prometo?... ¿Yo? ¡Os juro, príncipe mío, que no podíais dirigiros en este mundo a nadie que guardase el secreto más religiosamente que yo!

DUQUE. -(Afectuosamente.) ¡Bien!.. ¡bien!, ¡amigo mío!

CONDE. -(Aparte.) ¡Amigo!... ¡ya respiro con más desahogo!

DUQUE. -(Tomándole la mano.) ¡Sí!, ¡mi único, mi verdadero amigo!...

CONDE. -(Aparte.) ¡Amigo!... ¡Nada sospecha! ¡Excelente príncipe!

DUQUE. -(En confianza.) Ahora voy a decirte por qué te he mandado llamar. (Apóyase en su brazo, de manera que su cara esté junto a la del CONDE.)

CONDE. -(Aparte, mirando el carrillo del DUQUE.) No ha quedado señal... nada... ¡ni rastro!

DUQUE. -Respóndeme francamente. Si un atrevido..., un insensato le hubiese levantado la mano al gran rey que yo he tomado por modelo..., ¿qué crees tú que hubiera hecho Luis XIV, ante todas cosas?

CONDE. -Yo...

DUQUE. -¡No me andes con rodeos! Si a aquel héroe le hubieran dado..., en plata, un bofetón...

CONDE. -Pues señor..., yo supongo... que, ante todas cosas..., lo hubiera recibido.

DUQUE. -¡Eso es precisamente lo que he hecho yo!... Vaya, hasta ahí he obrado como hubiera obrado el héroe. ¿Pero y después?

CONDE. -¿Después?

DUQUE. -Sí, después. ¿Qué castigo crees tú que le hubiera impuesto al criminal?

CONDE. -¡Hu, hu!...

DUQUE. -¿Eh?

CONDE. -Príncipe, el gran rey Luis XIV... era... muy grande...

DUQUE. -Ya lo sé. ¿Pero qué castigo?...

CONDE. -¡Era... muy magnánimo!...

DUQUE. -Sí. ¿Pero qué castigo?...

CONDE. -Y él... (Aparte.) Probemos. Estoy seguro de que... cediendo a los sentimientos caballerosos... que abrigaba su noble corazón... hubiera dicho entre sí: ¡Dios me ha hecho caballero antes que rey! Se hubiera acordado de que... la mano que empuñaba el cetro... empuñaba también la espada..., y en este supuesto..., sin consultar a nadie...

DUQUE. -(Interrumpiéndole.) ¡Justamente!... Mi primera intención era..., sin consultar a nadie, hacerlo ahorcar.

CONDE. -¿Qué?...

DUQUE. - Pero la duquesa madre se opone...

CONDE. -Pues señor..., con vuestro permiso, soy de la opinión de la duquesa madre.

DUQUE. -Sí; ella quiere simplemente hacerlo descuartizar.

CONDE. -¡Ya!... ¿Simplemente?...

DUQUE. -¿Conque tú eres de la opinión de la duquesa madre?

CONDE. -¡Psh!... hasta cierto punto...

DUQUE. -¿Cómo?

CONDE. -Es que no me ha entendido V. A. acerca de la resolución de Luis XIV. Decía yo... que el gran rey le hubiera pedido una satisfacción de caballero... con la espada en la mano..., ¡y nada más!

DUQUE. -(Con altivez.) ¿Y quién os dice, señor conde, que no sea esa nuestra intención?

CONDE. -¡Cómo!... ¿Es posible?... ¡Un duelo!...

DUQUE. -¡Lo mismo que hubiera hecho el gran rey! ¡Sí, señor!

CONDE. -(Con gozo.) ¡Eso es otra cosa!... Y siendo así, príncipe...

DUQUE. -Solamente... que, ¡ya lo conoces!..., para que el criminal pueda medir su espada con la mía, es necesario que antes purgue el delito que ha cometido... Después de lo cual...

CONDE. -¿Pero de qué modo ha de purgarlo?...

DUQUE. -Eso es cosa de la duquesa madre. Después de lo cual...

CONDE. -Pero es que la duquesa madre quiere hacer que lo descuar...

DUQUE. -¡Justamente! Después de lo cual...

CONDE. -¿Después de lo cual, V. A. está dispuesto a medir su espada con él?

DUQUE. - ¿Crees tú que Luis XIV hubiera obrado de otro modo?

CONDE. -¡De otro modo... no!... Solamente que... hubiera hecho quizá en el asunto una ligera transposición..., primero el duelo... y luego el descuartizamiento... Pero eso va en gustos..., él tenía sus caprichos...

DUQUE. -¡Y yo tengo los míos!

CONDE. -¡Eso es!..., y vos tenéis los vuestros... De gustos no hay nada escrito..., y la duquesa madre también tiene los suyos...

DUQUE. -Y voy a seguirlos decididamente. (Toca una campanilla: sale un UJIER.) Haced que enganchen cuatro caballos. (Vase el UJIER.)

CONDE. -¿Va V. A. a salir a paseo?

DUQUE. -No: si es para llevar a cabo la idea de la duquesa madre...

CONDE. -¡Ah!... ¡Para descuartizar al infeliz!...

DUQUE. - ¡Infeliz!... ¡Cómo es eso!... ¿Tú le disculpas?

CONDE. -¡Yo disculparle!... Sólo una cosa deseo..., y es poder presenciar el descuartizamiento... desde el balcón de palacio... ¡No apetezco más!

DUQUE. -¡Eso es otra cosa!... ¡Buen conde!..., cuánto me alegro de que hayas venido a establecerte en Ferrara... ¡Tuviste una feliz ocurrencia!

CONDE. -¡Sí, señor!... No hace mucho que se lo decía a mi pupila... ¡Fue una feliz ocurrencia!... (Aparte.) Voy a hacer mis preparativos y a pedir mi pasaporte. Con vuestro permiso, señor...

DUQUE. -¡Ah!... Mira... Di que venga el jefe de policía... y vuelve tú.

CONDE. -¿El jefe de policía?

DUQUE. -Sí..., voy a decirle que desde ahora no dé ningún pasaporte...

CONDE. -(Aparte.) ¡Ay! ¡ay! ¡ay!...

DUQUE. -Así nadie saldrá de mis estados... y descubriremos al delincuente.

CONDE. -(Saluda y se va.) (Aparte.) ¡Bueno va!

Escena VI

EL DUQUE. Luego RENATO.

DUQUE. -(Paseándose.) ¡No se me escapará!... ¡Nadie ha de salir de Ferrara hasta que parezca ese infame!...

RENATO. -¡Ah!... ¡Está solo!... Gracias a Elena, le podré hablar. (Se acerca.)

DUQUE. -(Con temor.) ¿Eh?..., ¿qué?..., ¿quién es?..., ¿quién viene?... He dicho que nadie...

RENATO. -Ya lo sé, señor... Pero el motivo que me trae a la presencia de V. A. es tan grave...

DUQUE. -No tengo tiempo de oíros... Estoy ocupado... en negocios... particulares.

RENATO. -Escuchadme, señor..., y cuando sepáis...

DUQUE. -(Yéndose hacia la puerta derecha.) No quiero saber nada.

RENATO. - ¡Que va en ello el honor!... Cuando sepáis que anoche... en medio de la obscuridad... hubo quien cometió una afrenta cruel...

DUQUE. -(Deteniéndose.) ¿Eh?

RENATO. - ¡El insulto más atroz!

DUQUE. -¿Cómo?...

RENATO. -Y que el muy cobarde huyó, después de haber...

DUQUE. -(Llegándose a él.) ¡Chist!... ¡Silencio!... (Apartándolo a un lado y hablando bajo.) Decís que anoche...

RENATO. -Sí, señor, anoche... en el parque...

DUQUE. -¡En el parque!... (Aparte.) ¡Justo!

RENATO. -A eso de las ocho...

DUQUE. -¡A las ocho!... (Aparte.) ¡Justo!

RENATO. -Junto a la estatua de Diana...

DUQUE. -Junto a la estatua de... (Aparte.) ¡Pues es mi aventura lo que me cuenta! ¿Y quién os ha dicho?... ¿cómo habéis sabido?...

RENATO. -¡Qué me preguntáis, señor! Pues no conocéis en mi agitación, en mi despecho... que fui yo...

DUQUE. -(Retrocediendo asustado.) ¡Vos!...

RENATO. -Sí, señor, y he jurado... (Va a acercarse.)

DUQUE. -(Alejándose.) ¡Eh! ¡lejos!... ¡lejos!... (Aparte.) ¡Este es!... Conque decís que habéis jurado...

RENATO. -Vengarme..., ¡matarlo!

DUQUE. -Con que mat... ¡A ver!... ¡lejos!... ¡lejos!...

RENATO. -¡Pero, señor!...

DUQUE. -(Reculando hacia el foro.) ¡Hola!..., ¡pajes!..., ¡ujieres!..., que se cierren todas las puertas..., que se...

CONDE. -(Aparece al foro.) Señor...

DUQUE. -¡Ay! ¡Conde!..., ¡venid!..., ¡venid!...

Escena VII

EL DUQUE, RENATO, EL CONDE.

CONDE. -(Viniendo a la derecha del DUQUE.) Señor...

DUQUE. -(Haciéndole pasar en medio.) ¡No, no!... ¡A este lado!

CONDE. -El jefe de policía acaba de llegar, y...

DUQUE. -(Con energía.) ¡Prended a ese joven!

CONDE. -¿A ese?

RENATO. -¿A mí?

DUQUE. -¡Obedeced!

CONDE. -Príncipe..., yo no alcanzo...

DUQUE. -(En voz baja.) Ese es..., ¡ese es el que buscábamos!

CONDE. -¡Cómo!... ¿El que os?... (Aparte.) ¡Demonio!... ¡Esto sí que no me lo esperaba!

RENATO. -¡Prenderme!..., ¿por qué?

DUQUE. -¡Nada de explicaciones!

CONDE. -¡Es verdad!... nada de explicaciones... (Aparte.) Yo no lo entiendo..., pero no importa. Seguidme, caballero.

RENATO. - Pero yo, ¿qué he hecho?

DUQUE. -¿Qué habéis hecho, eh?

CONDE. -¿Qué habéis hecho, eh?

DUQUE. -¿No acabáis de decirme?...

CONDE. -¡Señor..., dejad que me lo lleve!

RENATO. -Aguardad..., que S. A. me habla.

DUQUE. -Aguardad..., que yo le hablo. ¿No acabáis de decirme que anoche a las ocho, junto la estatua de Diana?...

RENATO. -Sí, señor.

CONDE. -(Aparte.) ¡Qué enigma es este!

RENATO. -¡Sí, señor!... Un hombre se acercó a mí...

DUQUE. -Es decir, vos os acercasteis a él..., lo mismo da. Y acercándoos... le disteis...

RENATO. -¡Me dio él a mí!

DUQUE. - ¿Qué?...

CONDE. -¿Qué? (Aparte.) ¿También a éste?

DUQUE. -¡Pero si yo estoy seguro de que fui yo quien lo recibí!

RENATO. -¡Vos!...

CONDE. -(Aparte.) Pues yo estoy seguro de no haber dado más que uno.

RENATO. -¡Cómo, señor!... ¿Vos también?

DUQUE. -¡Silencio..., silencio! (Con enfado.) ¿Entonces qué diablos me veníais a pedir?

RENATO. -Que me ayudarais, señor, a descubrir al agresor..., al que me...

DUQUE. -(Furioso.) ¡Conque son dos los agresores!

CONDE. -(Aparte.) ¡Parece que hemos sido dos!

RENATO. -¡Señor... yo quiero averiguar!...

DUQUE. -Eso es cuenta vuestra..., asunto vuestro... ¡Bastante tengo yo con los míos! (Aparte, al CONDE, después de reflexionar.) Una vez que no ha sido éste... ha sido otro.

CONDE. -(Aparte.) ¡Por desgracia!

DUQUE. -Y yo necesito descubrirlo..., necesito que el jefe de policía me traiga uno. ¿Dices que está ahí, no es verdad?... Voy a hablarle. Y tú, conde, búscalo también. Si me lo encuentras..., quedarás contento de mí.

CONDE. -(Aparte.) ¡Es claro! ¡Aseguro mi suerte!

DUQUE. -(Vuelve junto al CONDE y le dice:) ¡Quedarás contento de mí! (Se va por la derecha.)

Escena VIII

EL CONDE y RENATO.

CONDE. -¿Conque vos también, además del duque, llevasteis?... Pues señor, anoche llovían... Y vamos, que el que le dio a S. A. huyera, así que lo conoció..., no tiene nada de extraño; pero...

RENATO. -Es claro. Si tengo un enemigo, ¿quién le estorba que se me presente?

CONDE. -¡En fin, allá os compondréis! (RENATO se sienta a la izquierda, pensativo; EL CONDE se recuesta en un sillón a la derecha, y dice aparte:) Que se devanen los sesos buscando cada uno... Lo cierto es que el duque no me ha conocido... y está a cien leguas de sospechar que sea yo... ¿Y por dónde lo había de sospechar?... Nadie me vio..., no hay la menor prueba, el menor indicio por donde se pueda inferir...

Escena IX

Dichos. CARLOTA.

CARLOTA. - (Por el foro.) ¡Ah!... ¡Estáis aquí, señor conde! ¡Desde ayer noche os ando buscando!

CONDE. -(Alegre.) ¿A mí?

CARLOTA. -Sí, señor..., para daros cuenta de aquel encargo...

CONDE. -¿Qué encargo?

CARLOTA. -¿Ya no os acordáis?... Aquel recado que me disteis para el capitán Borelli..., aquello del...

CONDE. -(Levantándose apresurado.) ¡Ay, Dios mío! ¡Ahora me acuerdo!... ¿Y le dijiste?...

CARLOTA. -No le dije nada... porque no le encontré... Se había marchado al campo.

CONDE. -¡Ay!... ¡Respiro! ¡Ven acá... y dame un abrazo!

CARLOTA. -¡Vamos!... ¡Ya os vuelve la manía!

CONDE. -Otro.

CARLOTA. -¡Ya! ¡Los dos de costumbre! Pero no tengáis cuidado por el encargo..., que aunque él no estaba, no dejará de saberlo.

CONDE. -(Inquieto.) ¿Cómo?...

CARLOTA. -¡Toma!... Me fui derechita a su casa... y vi a su mujer, que estaba allí... en compañía de su tío...

CONDE. -¡Su tío!... ¡Santo Dios!... ¡Y es el jefe de policía!

CARLOTA. -Y les conté el negocio.

CONDE. -¿Les dijiste?...

CARLOTA. -Que necesitabais al capitán para padrino...

CONDE. -¡Chist!...

RENATO. - ¿Qué dice?...

CARLOTA. -Porque aquella noche, a las ocho, ibais a dar un bofetón a...

CONDE. -¡Chist!...

RENATO. -(Levantándose.) ¡Un bofetón!...

CONDE. -(Aparte.) ¡Muerto soy!... El jefe de policía lo sabe... ¡y se lo estará ya diciendo al duque!...

CARLOTA. -¿Pero qué tenéis, señor conde? ¡Estáis pálido!...

CONDE. -¿Pálido?... (Aparte.) ¡Ya estoy pálido!

CARLOTA. -¡Y ahora os ponéis colorado!...

CONDE. -¿Colorado?... (Aparte.) ¡Ya estoy colorado! (Se pasea agitado.) ¡Bien, Carlota, bien!

CARLOTA. -¡Qué desasosiego os ha entrado!...

CONDE. - ¡Bien, Carlota..., digo que bien!... (Aparte.) ¡Ya me vuelve el miedo atroz!...

RENATO. -(Acercándose al CONDE, y trémulo de conmoción.) ¡Cómo es eso, señor conde! Anoche... a las ocho...

CONDE. -¡Eh!... ¡caballerito!...

RENATO. -¿Por qué enviabais a buscar al capitán Borelli?

CONDE. -¿Qué os importa?

CARLOTA. -¡Ay! Que también al oficialito le ha dado...

RENATO. -¡Vete!... ¡Déjanos!...

CARLOTA. -Pero contadme...

RENATO. -(Echándola fuera.) ¡Marcha te digo!

CARLOTA. - (Yéndose por el foro.) ¡Qué les ha dado, señor!...

Escena X

EL CONDE, RENATO.

RENATO. -(Yendo resuelto al CONDE.) ¡Vos habéis sido, caballero!

CONDE. -¡Yo!... ¿qué?...

RENATO. -Vos habéis sido el que anoche, en el parque... me habéis...

CONDE. -¿Qué?... ¿qué?...

RENATO. -(Con fuerza.) ¡Vos habéis sido!

CONDE. -¡Cómo! ¿Creéis que?... (Aparte con gozo.) ¡Bueno!... El duque sabe ya a estas horas que yo he dado un bofetón... Conque, tomando éste por mi cuenta... ya no soy responsable del que le dieron a...

RENATO. -¿Me respondéis, o no?

CONDE. -(Aparte.) Y en rigor... a quien yo se lo destinaba era a éste..., se extravió en el camino... y ahora llega a su paradero.

RENATO. -¡Caballero..., os estoy esperando!

CONDE. -(Resuelto.) ¡Pues bien, sí, señor; yo fui!... ¡yo fui!... ¡yo fui!

RENATO. -(Llevando la mano a la espada.) Señor conde...

CONDE. -(Conteniéndole.) ¡Chist!... ¡Tiempo hay de eso! Estoy pronto. (Aparte.) ¡Me he salvado!... ¡Este otro bofetón ha venido del cielo!

RENATO. -Pero decidme, decidme... ¿Por qué me lo habéis callado?

CONDE. -¿Que por qué os he callado?... (Aparte.) ¡Es verdad!... ¿Por qué se lo había de...? ¡Ah! ¡Yo os lo diré... Soy vuestro rival, caballerito!...

RENATO. -Ya lo sé. Pero eso...

CONDE. -Cuando ayer descubrí que erais correspondido... me llené de cólera..., de celos..., y ya sabéis lo demás. Si no me he declarado antes... es porque estoy esperando un padrino..., ya lo habéis oído aquí..., y hasta que venga... yo soy extranjero... y no quiero ser causa de ruidos ni escándalos...

RENATO. -¡Qué importa eso! ¡Yo no aguardo más!... ¡Buscad otro padrino, y vamos!

CONDE. -¡No tengo inconveniente! (Aparte.) ¡Delicioso joven!... No le toco..., me dejo dar un rasguño... ¡y estamos en paz! -¡Vamos, caballero!

RENATO. -¡Vamos! (Dirígense apresurados al foro.)

Escena XI

Dichos. ELENA.

ELENA. -(En el foro.) ¡Cielos!... ¿Adónde vais?

CONDE. -A batirnos..., no hagáis caso... ¡Vamos!

ELENA. -¡A batiros!... ¿con el señor?

RENATO. -¡Era él, señora!..., ¡era él!

CONDE. -¡Sí, señora..., era yo! ¡Vamos, vamos!

ELENA. -¡Deteneos!

RENATO. -¡Cómo!... No me habéis dicho vos misma que debía descubrir y castigar al que...

ELENA. - Sí; pero acordaos que también os dije: ¡cuidado con equivocaros!

RENATO. -Pero si el señor conde confiesa...

ELENA. -¡Ah!... El señor conde confiesa...

CONDE. -¡Es claro!... Puesto que yo confieso... estamos acordes..., enteramente acordes... No falta más que ir a darnos de estocadas.

ELENA. -¡Eh, poco a poco! (Sonriendo.) Una vez que sois vos, señor conde, el autor del insulto..., ¿me haríais el gusto de decirme qué fue lo que le escribisteis ayer al señor?

CONDE. -(Impaciente.) ¡Yo no le he escrito nada!

RENATO. -(Sorprendido.) ¡Sí tal!... Una esquela... citándome...

CONDE. -¡Bien!... ¡Sí!... Una esquela... citándolo... Porque para verse... es preciso que haya cita..., y para que haya cita... es preciso darla..., y para... ¡Vamos! ¡vamos!...

ELENA. -Aguardad. ¿En qué términos estaba concebida la esquela?

CONDE. -¡Dale!... En los términos... de costumbre... Ya se sabe..., una esquela de desafío... no es como una esquela de baile... Se pide hora..., sitio..., se..., se... ¡Vamos!... ¡vamos!...

ELENA. -¡Nada de eso! (A RENATO.) La esquela que recibisteis decía, poco más o menos, lo siguiente: «Si sois hombre de honor, esperadme esta noche, a las ocho, junto a la estatua de Diana.»

RENATO. -(Cada vez más admirado.) ¡Exactamente! ¿Qué significa?...

CONDE. -También mi pupila anda en lances...

ELENA. -¿Por qué no?

RENATO. -¡Pero explicadme, por Dios!...

ELENA. -(Enseñándole un papel.) Leed.

RENATO. -(Leyendo.) «La escuadra se ha hecho a la vela esta mañana.» ¡Cielos!

ELENA. -(Gozosa.) La escuadra ha marchado... y vuestro enemigo puede ya descubrirse. La escuadra ha marchado..., y yo estoy pronta, caballero, a daros satisfacción del ultraje.

RENATO. -¡Es posible!... ¡Era ella!...

CONDE. -(Consternado.) ¡Era ella! ¡y todo para detenerle!...

ELENA. -Yo fui.

RENATO. -(Loco de gozo.) ¡Elena! ¡querida Elena!... ¡Ah! ¡No sé lo que pasa por mí!... ¡Conque esa afrenta..., esa afrenta era imaginaria..., era una prueba de amor!... ¡No ha sido un hombre!, ¡habéis sido vos!... (Al CONDE, que se ha dejado caer en un sillón.) ¡Ha sido ella, señor conde!

CONDE. -(Con enfado.) ¡Eh, ya lo he oído! ¡Cuánto repetir!... (Se levanta.)

RENATO. -Y por lo visto, señor conde, resulta... que el que llevó vuestro bofetón... ¡fue el duque!

ELENA. -(Admirada.) ¿El duque?

CONDE. -¡Chist!... ¡Silencio..., silencio, desgraciado!

RENATO. -¡Ah!... ¡Ya caigo!... Vos queríais batiros conmigo para quitar sospechas; ¡pero es el duque!...

CONDE. - ¡El duque!..., ¡el duque!... ¡No, señor!... ¿Había yo de ir a... al pobre duque?... (Alzando la voz.) ¡A un señor tan bondadoso, tan afable!..., ¡modelo augusto de blandura y de clemencia!, ¡lo mismo que la duquesa madre!...

RENATO. -Pero...

UN UJIER. -(Por la derecha.) S. A. manda a su montero mayor que le aguarde en esta sala.

CONDE. -(Aparte.) ¡Dios de Israel!

RENATO. -(En voz baja.) ¿Y qué hacéis ahora?

CONDE. -¡Qué sé yo!... Ayudadme vos, que estáis ya fuera del lance... y contento..., porque un bofetón de mano de mujer..., aunque sea vieja y fea..., es cosa sin consecuencia..., y si es joven y bonita... ¡digo!... Pero cuando..., cuando... (Como inspirado.) ¡Oh inspiración!

ELENA. -¿Qué tenéis?

RENATO. -¿Qué es eso?

CONDE. -(Gozoso.) ¡Honor a ti, conde de Candolle!..., ¡jefe de los calaveras de la corte de Francia!

RENATO. -Pero vamos, ¿qué le diréis al duque cuando...?

CONDE. -¿Qué le diré? (En voz baja.) Que sois vos, amigo mío, que sois vos el que yo buscaba..., el que yo he provocado..., insultado... (Saca del bolsillo un pañuelo.)

RENATO. -¡Eso no!

CONDE. -(Doblando el pañuelo.) ¡Que nos hemos batido... batido en regla!

RENATO. -¡Pero si no es verdad!

CONDE. - ¡Qué importa! No le ha faltado mucho... ¡Se puede dar por hecho!... (Anudando las dos puntas del pañuelo, colgándoselo al cuello, y metiendo dentro de él el brazo.) ¡Nos hemos batido! ¡Habéis vengado vuestro honor!... ¡Me habéis herido, caballero!..., y a mí, ¿eh?..., ¡al primer tirador de Francia y de Ferrara!... Me parece que el partido que os hago... es brillante. (Concluyendo la operación.) Ya está. Entrad... entrad ahí... (Empujándolo hacia la izquierda.)

RENATO. -¡Poco a poco! Esa es una mentira, y yo no miento nunca..., ¡os lo prevengo!...

CONDE. -¡Entrad..., entrad! (Le mete por la puerta de la izquierda.) Escuchad, Elena: si queréis ayudarme a salir de este atolladero, es preciso que... (Ábrese la puerta de la derecha.) ¡Ya no hay tiempo!... ¡Atended a mis señas!... (ELENA se retira a la derecha del foro, de modo que EL DUQUE no la ve al salir.)

Escena XII

ELENA, EL DUQUE, EL CONDE.

DUQUE. -¡Ah!... ¡Aquí está!

CONDE. -(Aparte.) ¡Qué cara! ¡Todo lo sabe!

ELENA. -(Aparte.) ¿En qué parará esto?

DUQUE. -(Acercándose al CONDE, con furor reprimido.) ¿Debo creer, señor conde, lo que me acaban de descubrir? El jefe de policía me ha dicho que ayer noche enviasteis a buscar un padrino... porque ayer noche ibais a...

CONDE. - Insultar gravemente a un enemigo mío... ¡Es verdad, príncipe! Tiene vuestra alteza una policía admirable... y le doy gracias por el interés...

DUQUE. - ¿Eh?...

CONDE. -(Continuando.) Que se toma V. A. por mí... Yo fui el agresor... Cometí una ligereza... (Mostrando el brazo.) ¡Y ya la he pagado!

DUQUE. -¿Estáis herido?

CONDE. -¡No hay cuidado!... ¡No es mortal!... ¡Me duele... muchísimo!, ¡pero bien empleado me está!

DUQUE. - ¡Cómo es esto!... ¡No entiendo!... Aquí os dejé con el oficial Renato...

CONDE. -A quien yo no podía, en presencia de V. A., declararle que era yo el que le había dado el...

DUQUE. -¡Calla!...

CONDE. -Pero así que nos quedamos solos, se lo descubrí..., me sacó de esta sala..., tiramos de las espadas, y...

DUQUE. -¿Conque... el que vos disteis fue el suyo?

CONDE. - Sí, señor.

DUQUE. -¡Y yo creía que era el mío!

CONDE. -¡Dios eterno! (Con ademanes de dolor.)

DUQUE. -(Con blandura.) ¡No..., no!...

CONDE. -¡Eso habéis creído!... ¡habéis sospechado de mí!...

DUQUE. -¡No!... Quería decir...

CONDE. -(Con desesperación.) ¡Ah! ¡príncipe!... ¡príncipe!... ¡desgraciado de mí!... Después de semejante sospecha... no me queda más remedio que pediros mi pasaporte... y huir de vuestros estados.

DUQUE. - ¡Conde!..., ¡amigo mío!...

CONDE. -¡Príncipe de mi alma!

DUQUE. -¡Pero, hombre, ponte en mi lugar! Cuando el jefe de policía me asegura..., me ofrece probar..., probar..., ¿me entiendes?

CONDE. -(Aparte.) ¡Ah, demonio!

DUQUE. -Voy a llamarle... y verás.

CONDE. -¡Deteneos, señor! (Aparte.) Vamos a dar el golpe. -Yo, príncipe, más astuto que él..., he descubierto al culpado.

DUQUE. -¿Al mío?

CONDE. -Al vuestro.

ELENA. -(Aparte.) ¿Qué está diciendo?

DUQUE. -¡Conque voy a vengarme!... (Llamando.) ¡Hola!... Que enganchen los cuatro...

CONDE. -¡No acabéis!... ¡Es inútil!

DUQUE. - ¡Cómo!... Pues mi venganza...

CONDE. -Tenéis que renunciar a ella.

DUQUE. -¿Te atreves a decir?...

CONDE. - Que le perdonaréis.

DUQUE. -¿Estás loco?... Ahora verás...

CONDE. -Dignaos escucharme. (Haciendo señas a ELENA.)

ELENA. -(Aparte.) ¿Qué irá a decir?

CONDE. -Una noche, Luis XIV...

DUQUE. -¡Luis XIV!...

ELENA. -(Aparte.) ¿Dónde irá a parar?

CONDE. - El gran Luis XIV, arrastrado de un vago deseo de aventuras misteriosas..., deseo común a todos los grandes príncipes...

DUQUE. -Así parece.

CONDE. -¡Así parece! Pues señor, como iba diciendo, Luis XIV cogió en sus brazos a una dama de honor de la reina madre...

ELENA. - (Aparte.) Ya adivino.

DUQUE. -¿Y qué más?... ¿Qué más?

CONDE. -La joven, que no había conocido a su soberano..., sorprendida, aterrada..., quiso desviar de sí al emprendedor..., y tropezando su mano con la cara del glorioso monarca...

DUQUE. -¿Es posible?...

ELENA. -(Aparte.) ¡Ya estoy!

DUQUE. -¿Y qué más?... ¿Qué más?

CONDE. -(Haciendo señas a ELENA.) También anoche, en el parque, una dama de honor se echó ligeramente en brazos de V. A....

DUQUE. - ¡Es verdad!

CONDE. -Y también, defendiéndose, tuvo la desgracia de...

DUQUE. -(Con gozo.) ¡No digas más!... ¡Conque fue..., conque fue la mano de una mujer!... (Aparte.) ¡Y qué pesada la tenía!

ELENA. -(Aparte riendo.) ¡Ahora me cuelga a mí el milagro!

CONDE. -¡De una mujer, sí, señor! De una pobre niña, que esta mañana ha venido a buscarme, y me ha confesado su falta, sollozando...

DUQUE. -¿Y tú, qué la has dicho?

CONDE. -(Haciendo señas a ELENA.) Yo la he dicho: «Id a echaros a los pies de ese magnánimo, de ese gran príncipe...» (Aparte, viendo venir a ELENA.) ¡Ya viene! Y decidle: «¡Señor! perdonad... perdonad...»

ELENA. -(Arrodillándose.) ¡Perdonad a quien es más infeliz que delincuente!

CONDE. -(Aparte.) ¡Bravo!... Me ha entendido.

DUQUE. -(Admirado.) ¡Era Elena!

ELENA. -¡Elena, que implora su perdón! (Aparte.) Vamos, que mi señor tutor no estará descontento de mí.

CONDE. - (Aparte, conmovido.) ¡Qué talento de muchacha! -Pues señor, Luis XIV...

DUQUE. -(Que iba a levantar a ELENA, se vuelve al oír esto.) ¡Es verdad!... Dime... ¿Qué hizo Luis XIV?

CONDE. -(En voz baja al DUQUE.) Levantó del suelo a la joven...

DUQUE. -(En voz baja.) ¡Bien! (A ELENA, levantándola.) ¡Levantaos, señorita!

CONDE. -(Id.) La miró con semblante amoroso... (EL DUQUE hace todo lo que le dice.) La dirigió una dulce sonrisa... (EL DUQUE, después de sonreír del mejor modo que puede, se vuelve a escuchar.) Y luego la dijo con bondad: «¡Señorita, nos debéis una satisfacción!»

DUQUE. -(A ELENA.) ¡Señorita, nos debéis una satisfacción! (Aparte al CONDE.) ¿Y luego?

CONDE. - Y luego... la dio un abrazo...

DUQUE. -(Después de darla un abrazo. Aparte.) ¿Y luego?

CONDE. -Y luego..., luego... (Aparte.) ¡Qué más quiere este hombre! -Todo quedó olvidado.

DUQUE. -(A ELENA.) Todo quedó... Digo..., todo queda olvidado. Este abrazo...

ELENA. -¡Es el primero que recibo, señor!

DUQUE. -(Ap.) ¡Y yo el primero que doy! (Alargando la mano al conde.) ¿Estás contento?

CONDE. -(Besándosela.) ¡Señor!

DUQUE. -(Con satisfacción.) ¡Ah! ¡Ya he lavado mi afrenta!

Escena XIII

Dichos. RENATO.

CONDE. -(Aparte.) ¡Ay, Dios... que es él!

ELENA. -(Aparte.) ¡Ahora éste!

CONDE. -(Yendo a él para estorbarle que salga.) ¡Más tarde, amigo!..., ¡más tarde! S. A. no quiere recibir ahora.

DUQUE. -Dejadle, conde, dejadle entrar, (A RENATO.) Acercaos, caballero.

CONDE. -(Aparte.) ¡Todo se lo va a llevar el diablo! (Yéndose.) Ahora, príncipe, os pido vuestro permiso...

DUQUE. -No: quédate, conde.

CONDE. -(Aparte.) ¡Bueno va!

ELENA. - (Aparte.) ¡Oh, joven apreciable!

DUQUE. -(A RENATO.) ¿Conque os habéis batido con mi montero mayor?

RENATO. -¿Yo?... (Después de una pausa, en que los otros dos le hacen señas, y él mira al CONDE.) Sí, señor.

ELENA. -(Aparte.) ¡Qué oigo!

CONDE. -(Aparte.) ¡Oh, joven apreciable!

DUQUE. -El conde reconoce y confiesa que la razón no estaba de su parte.

RENATO. -¿Y no ha dicho a V. A.... (Fijando los ojos en EL CONDE.) que me ha dado cumplida satisfacción de todo?

DUQUE. -¿Cómo?

CONDE. -(Aparte.) ¿Qué?...

ELENA. -(Aparte.) ¿Qué es esto?

CONDE. -(Aparte.) ¡Veamos!

RENATO. -En primer lugar, me dejó la elección de armas...

CONDE. - (Con descaro.) Es verdad.

DUQUE. -¡Bien, conde!

RENATO. - La elección de sitio...

CONDE. -Es verdad.

DUQUE. - ¡Muy bien!

RENATO. -No quiso defenderse... y se dejó herir.

CONDE. -Es verdad.

DUQUE. -¡Admirable!

RENATO. - Y en seguida... me alargó generosamente la mano...

CONDE. -Es verdad..., le alargué la... (Va a alargar el brazo que lleva colgado del pañuelo, y se detiene.) No, no: ésta.

RENATO. -Y me dijo: «¡Seamos amigos!»

CONDE. -Es verdad.

RENATO. -Y para cimentar nuestra reconciliación..., ¡Elena es vuestra!

CONDE. -Es verd... -¿Eh?... ¿Qué es lo que dice?

ELENA. -¿Será cierto?...

CONDE. - ¡Poco a poco!... Permitid...

RENATO. -Sí, ya me acuerdo que... me encargasteis el secreto acerca de este enlace... (Con intención.) ¡Lo mismo que acerca del desafío! Pero si se descubre lo uno... se ha de descubrir lo otro... ¿Me entendéis, no es verdad?

CONDE. -¡Sí, señor!..., ¡perfectamente!

ELENA. -(Al CONDE.) ¡Qué buen tutor!

CONDE. -(Aparte.) ¡No hay remedio!... ¡Me pilló la pupila!

DUQUE. -¡Conde..., es preciso cumplir la palabra! Esta noche habrá sarao en palacio... y allí pondré mi augusta firma en las capitulaciones matrimoniales.

CONDE. -¡Señor!... ¡Tanta honra!... (Aparte.) ¡Su firma!... -¡Esto ya no tiene soldadura! (Recordando.) ¡Ah!... (Va a la mesa y toca la campanilla.)

DUQUE. -(Entretanto toma de la mano a ELENA y la entrega a RENATO.) ¡Vuestra es!

CONDE. -(A un UJIER que sale.) ¡Que desenganchen los caballos!

RENATO. -¡Esposa mía!...

ELENA. -¡Renato!...

CONDE. -

(Mirándolos.)

Vemos en el mundo uniones

que empiezan muy celebradas

con bravos y con palmadas,

y acaban con bofetones.

Mas por las mismas razones

que aquéllas paran en mal,

parece muy natural

que ésta, que formarse sabe

a bofetones..., acabe

con aplauso general.


A muerte o a vida o la escuela de las coquetas

Comedia en tres actos, arreglada al español

Personas



DON VALENTÍN.
EL GENERAL BERNAL.
DON FERNANDO DE LARA.
DON LUIS ROLDÁN.
LA DUQUESA DEL PUERTO.
LA MARQUESA DE ESTEPONA.
DOÑA ISABEL.
DOÑA ÁNGELA.
JUANA.
DOS LACAYOS.

La escena es en Madrid.

Acto primero

El teatro representa una sala en casa de LA DUQUESA, adornada con lujo y elegancia; puerta en el foro y laterales: balcón a la derecha: a la izquierda, en primer término, una chimenea, y encima un espejo.

Escena primera

DOÑA ISABEL, D. LUIS, LA MARQUESA, LA DUQUESA, D. FERNANDO.

(Al levantarse el telón están sentados, oyendo a D. FERNANDO, que acaba de leer un artículo de periódico.)

ISABEL. -¡Qué relación tan interesante!

LUIS. -¡Gran temple de alma debe tener!

ISABEL. -Y vea usted, nadie lo diría al verlo.

MARQUESA. -¿Y qué es lo que ha hecho ese buen hombre?

LUIS. -¿Pues no lo ha oído usted, marquesa?

MARQUESA. -No: nunca atiendo cuando leen ustedes esos periodiquillos en que se elogia a cualquiera por la más mínima cosa.

LUIS. -¡Poco a poco, marquesa! El general Bernal no es un cualquiera.

MARQUESA. -¿Pues quién fue su padre?

LUIS. -Alguno lo sería; pero aquí no se trata de su padre, sino de él: de un joven que empezó de nada la campaña, y ganó en los combates el grado de general excitando el asombro de todos con esos hechos extraordinarios de valor que acabamos de oír... y que no son mínima cosa, como ha dicho usted. El general Bernal es uno de esos hombres superiores que, en su corta edad, imponen respeto y admiración.

ISABEL. -¡Y qué trato el suyo!, ¡qué comedido!, ¡qué amable! No solamente se distingue como militar, sino como hombre de sociedad. Pregúntenselo ustedes a mi hermana, a la cual no dejaba de visitar un solo día hasta que se marchó.

MARQUESA. -Es verdad: ahora me acuerdo que entre las gentes de nuestra clase se ha hecho muchas veces conversación de esa extraña intimidad. ¿Será cosa, sobrina, de que cuentes entre tus infinitos adoradores a ese advenedizo?

FERNANDO. -(Aparte.) ¡Qué oigo!

MARQUESA. -¿Le has dado pie para que ponga los ojos en ti?

DUQUESA. -Tía, confieso que la nobleza de su carácter, el encanto de su conversación... me han hecho tratarlo con particular aprecio.

MARQUESA. -¡Ya!... ¿Halagaba tu vanidad hacer la conquista de uno de esos hombres que tienen opinión de invulnerables, y despiertan la curiosidad pública por sus hazañas en la guerra?... Bien: eso pase, pero ¡cuidado!...

DUQUESA. -(Sonriendo.) ¿De qué, tía?

MARQUESA. -¿Cómo de qué? Eres duquesa, viuda y rica; eres la reina de nuestra sociedad...

DUQUESA. -¡Tía!...

MARQUESA. -Pregunta lo que decían de ti la otra noche en el baile de la condesa. ¡Oh! Los elogios no tenían fin. «No la hay más hermosa, más discreta ni más inexpugnable que la duquesa del Puerto... (decían todos.) Flechar a cuantos ve, y mantenerse fría: esa habilidad nadie la tiene sino ella.»

FERNANDO. -(Aparte.) ¿Es posible?

DUQUESA. -A la verdad, tía, esos elogios...

MARQUESA. -Los mereces, eso sí. Pero cuidado, repito. Mira que ese trono en que te has sentado es muy resbaladizo; y esos hombres tenaces, como el general Bernal...

DUQUESA. - (Sonriendo.) Se estrellan, como otro cualquiera, en la voluntad de una débil mujer.

MARQUESA. -No digo que no; pero bueno será que estés en guardia. Yo me acuerdo que una vez en tiempo del príncipe de la Paz...

DUQUESA. - ¿Qué le sucedió a usted, tía?

MARQUESA. - (Levantándose, y también los demás.) Nada: no hablemos de lo pasado. Lo que te interesa es lo venidero. Sería muy ridículo que nos introdujeras en la familia un excelencia de mochila.

ISABEL. -¡Oh! Mi hermana no piensa en volver a casarse.

MARQUESA. -Y hace muy bien. Pero ten presente, sobrina, lo que siempre te he dicho. ¡Estos militares de ahora, infatuados con sus cruces y sus glorias, tienen un modo tan brusco de enamorar!... Ya se ve, acostumbrados a tomar baterías...

DUQUESA. - Pero, tía, si el sujeto de que hablamos se ha marchado hace un mes... ¡y Dios sabe si volverá!

MARQUESA. - Tú coquetea con él, enhorabuena, si así te diviertes; ¡pero guarda tu corazón! ¡Ea! Adiós, hija mía: estoy de guardia en el cuarto de la reina, y ya es hora: nos veremos esta noche en el baile de la embajada. No olvides mis consejos.

DUQUESA. -Le doy a usted gracias, tía.

MARQUESA. -¿Luisito se quedará un rato al lado de su futura?

LUIS. -Tengo precisamente que hacer; pero la duquesa me permitirá volver a acompañarlas al baile; Isabel me ha ofrecido el primer rigodón.

ISABEL. -Veremos.

MARQUESA. -(Riendo.) ¡Hola! ¡Veremos! ¡Ah, ah, ah!.. Luisito, deme usted el brazo. (Todos se van por el foro, excepto LA DUQUESA y D. FERNANDO.)

FERNANDO. - (Aparte mientras LA DUQUESA los despide.) La visitaba todos los días el general Bernal... ¡Oh! Es preciso que ella se explique.

Escena II

LA DUQUESA, D. FERNANDO.

DUQUESA. - ¡Ah! ¿Usted se queda, Sr. D. Fernando?... Lo celebro, para darle a usted de nuevo las gracias.

FERNANDO. -¿De qué, señora?

DUQUESA. -De la suma amabilidad que ha tenido usted en leernos ese artículo que elogia el general Bernal por sus proezas.

FERNANDO. -Usted lo deseaba, señora; ya sabe usted que sus menores deseos son mandatos para mí.

DUQUESA. -¡Hola! No lo sabía; pero me alegro de saberlo.

FERNANDO. -Y le confieso a usted que la lectura del artículo y los comentarios a que ha dado lugar han despertado en mí reflexiones muy tristes.

DUQUESA. -¿De veras?

FERNANDO. - ¿Será cierto que el general Bernal la ama a usted, señora?

DUQUESA. -La pregunta no deja de ser extraña.

FERNANDO. -¡Oh! ¡Dígnese usted contestarme a ella; yo se lo ruego!

DUQUESA. -¿Contestar?... Dificilillo es. Además, ¿qué interés puede usted tener en ello?

FERNANDO. -¿Qué interés? ¿Ignora usted lo que pasa en mi corazón?

DUQUESA. -Nunca me he tomado el trabajo de averiguarlo.

FERNANDO. -¡Cómo! Mis miradas, mi conducta desde el día que tuve la dicha de ver a usted por la primera vez, ¿no se lo han dicho?

DUQUESA. -En primer lugar, yo no me pico de entendida en interpretar miradas; y luego, ¿qué tiene de particular su conducta de usted? Usted es rico, de buena familia: vino usted a Madrid; Luisito, el novio de mi hermana, le presentó a usted en casa, yo le recibí con la amabilidad que acostumbro, usted gustó de mi trato, tuvo por conveniente dilatar su permanencia en la corte, y me hace el honor de visitarme a menudo: ¿qué quiere usted que vea en esto de extraordinario?

FERNANDO. -De extraordinario nada, duquesa..., es verdad..., porque el que la ve a usted una vez, no tiene ya fuerzas para ausentarse.

DUQUESA. -Esa es una galantería muy bien dicha: gracias, Fernando.

FERNANDO. -Pero ha de saber usted que cuando vine de Valladolid estaba en vísperas de casarme.

DUQUESA. -¿Y qué?

FERNANDO. -Negocios de interés me obligaron a hacer este viaje: una joven que yo amaba..., que creía amar a lo menos, había recibido mi promesa, y aguardaba con ansia mi vuelta... Pues bien: yo he escrito que mudaba de parecer, que faltaba a mis juramentos.

DUQUESA. -Ha hecho usted mal.

FERNANDO. - ¡Es que la vi a usted, duquesa!

DUQUESA. -¡Cómo! Pues qué, ¿mi presencia es remedio contra casamientos?

FERNANDO. -¡Sí, con otra que no sea usted!

DUQUESA. - Pues amigo, si me he de casar con todos los que se aficionan a mi trato, ¡dígole a usted que es obra!

FERNANDO. - Pero usted no ha podido ignorar este sacrificio que yo la hacía de un porvenir seguro a una remota esperanza: sus miradas de usted, su acogida, sus expresiones..., todo parecía mandármelo.

DUQUESA. -No me acuerdo de haberle dicho a usted una sola palabra de todo eso.

FERNANDO. - Es verdad, señora, usted no me lo ha dicho, pero yo he creído leer en sus ojos...

DUQUESA. -¿Dónde dice usted que ha vivido hasta ahora?

FERNANDO. -En Valladolid, señora.

DUQUESA. -¡Ya!... ¡Pues eso es!

FERNANDO. - ¿Conque sacamos en limpio que aquellas tiernas miradas que hacían palpitar mi corazón, aquellas dulces expresiones que me alentaban a quedarme al lado de usted..., todo ello no era más que un juego? ¿Era verdad lo que decían aquí hace un instante? ¿Se complace usted en destrozar corazones y permanecer insensible? ¿En encender con una mirada y apagar con una palabra las ilusiones de cuantos se acercan a usted?... ¿Esa es su diversión de usted? Y con el general Bernal ¿habrá usted hecho antes sin duda lo que ahora conmigo?

DUQUESA. -Si la falta de mundo y los pocos años no merecieran alguna indulgencia, ¿sabe usted que debería enfadarme?

FERNANDO. -¿Enfadarse?

DUQUESA. -Sí, señor; porque yo no le he dado a usted nunca derecho para hacerme semejante interrogatorio, y menos para dirigirme cargos.

FERNANDO. -¡Ah, duquesa..., por Dios, no se burle usted de mis tormentos! ¿Cómo es posible que no haya usted adivinado el secreto de mi corazón?... ¡Este sacrificio que he hecho, usted ha tenido el arte de imponérmelo sin decir una palabra: usted me daba esperanzas, y ahora averiguo que al mismo tiempo se las daba también al general!...

DUQUESA. -¿Volvemos?...

FERNANDO. -Y para mayor crueldad, me elige usted a mí para que lea la relación de sus hazañas.

DUQUESA. -(Sonriendo.) Pues qué, ¿no le ha interesado a usted esa lectura?

FERNANDO. -Tengo bastante nobleza, señora, para admirar el mérito, aunque sea en un rival.

DUQUESA. -Eso le hace a usted mucho honor.

FERNANDO. -En fin, acabemos: conteste usted. Si no me he engañado, el general la ama a usted. Pues bien: ¿cuál de los dos puede esperar correspondencia?

DUQUESA. -¿Y qué diría usted si le respondiese: ni el uno, ni el otro?

FERNANDO. -Nada, señora: saldría de aquí para no volver más.

DUQUESA. -Eso sería otra locura.

FERNANDO. - Diga usted que sería el primer paso que diera en razón.

DUQUESA. -(Con coquetería.) ¡Es usted un niño!

Escena III

Dichos, DOÑA ISABEL.

ISABEL. -¡Clara! ¡Clara! La modista está en tu cuarto: ¡trae cosas lindísimas!

DUQUESA. -¡Ah! Voy allá. -Usted me dispensará, Fernando: ya ve usted que se trata de un negocio muy importante.

FERNANDO. -Sí, señora: estoy convencido de que no me queda más arbitrio que retirarme.

DUQUESA. -Nos veremos esta noche en el baile de la embajada: tengo presente que le he ofrecido a usted el primer rigodón.

FERNANDO. -Señora, no sé si...

DUQUESA. -¡Oh! Es un compromiso; no me dé usted chasco. Seguiremos la conversación. Hasta la noche, Fernando.

FERNANDO. -Pero...

DUQUESA. -(Con tono afablemente imperioso.) Hasta la noche.

FERNANDO. -(Con tono sumiso.) ¡Hasta la noche! (LA DUQUESA se va por la izquierda. DON FERNANDO por el foro.)

Escena IV

DOÑA ISABEL.-¡Qué cara lleva!... La misma que le he visto poner mil veces al general Bernal al despedirse de mi hermana. ¡Es cosa singular! Cuanto más los hace rabiar, más rendidos los tiene. Vaya, parece que ese es el mejor medio de hacer que nos amen... Será preciso que lo ponga yo en práctica. Ese Luis... me quiere, sí; ¡pero es tan calmoso!..., ¡tan frío!... Parece que está tan satisfecho siempre, tan seguro de mi amor. ¡A todo dice amén!... Nunca tenemos una riña..., por consiguiente nunca tenemos que hacer las paces... ¡Eso es una sosería!

UN LACAYO. -Señorita Isabel, ahí está una joven que quiere ver a V. S.

ISABEL. -¿Una joven?

LACAYO. -Aquí ha escrito su nombre. (La da un papel.)

ISABEL. -¡Qué veo! Dila que entre al instante... (Vase EL LACAYO.) ¡Angelita en Madrid! ¡Es posible!

Escena V

DOÑA ISABEL, DOÑA ÁNGELA.

ÁNGELA. -¡Isabel!... ¡Cuánto gusto tengo en verte!

ISABEL. -¡Pues y yo! ¡Abrazar a mi mejor amiga!... ¿Desde cuándo estás en Madrid?

ÁNGELA. - Ocho días hace que llegué con mi papá.

ISABEL. -¡Y hasta hoy no has venido a verme!

ÁNGELA. - Perdona, Isabel, no ha sido culpa mía: apenas llegamos cayó en cama papá, y he tenido que estarme en casa cuidándole.

ISABEL. -Ya. ¿Y dónde vives?

ÁNGELA. -En la misma casa del general Bernal.

ISABEL. -¿De veras? Pero él no está en Madrid.

ÁNGELA. -Hoy mismo debe llegar: es íntimo amigo de papá; han sido compañeros de armas. En casa vivía en Valladolid, y allí le dejamos a nuestra salida.

ISABEL. -¡Qué hombre tan amable y tan bueno! ¿Verdad, Angelita?

ÁNGELA. -Sí, ya sé que tú le conoces: él nos hablaba continuamente de tu hermana la duquesa. Y si te he de decir la verdad, allá se nos ha figurado que el general...

ISABEL. - (Con misterio.) Y habéis adivinado.

ÁNGELA. - Pero también hemos creído notar que ese amor no le hace feliz.

ISABEL. -¡Y qué quieres! ¡Eso se ve con mucha frecuencia!

ÁNGELA. -(Suspirando.) ¡A quién se lo cuentas, Isabel!

ISABEL. -¡Cómo! ¿Lo sabes por experiencia?

ÁNGELA. -¡Sí, amiga mía!

ISABEL. -¿Es posible?... Cuéntame..., cuéntame...

ÁNGELA. -Ya te contaré... Por ahora baste decirte que estaba para casarme, que mi novio tuvo que hacer un viaje a Madrid, y que al mes de estar aquí escribió que renunciaba mi mano, porque ciertas reflexiones muy serias le decidían a faltar a sus promesas.

ISABEL. - ¡Vea usted! No se debía permitir viajar a los novios.

ÁNGELA. -Ya te harás cargo de lo que sería para mí este golpe. Mi pobre papá para distraerme me trajo a Madrid..., donde, por desgracia, he estado de enfermera desde que llegué; pero por fin he aprovechado este ratillo, en que salí a compras con la doncella, y he venido a verte.

ISABEL. -¡Qué bien has hecho! Ya verás, Angelita, cómo entre todos logramos hacerte olvidar ese pícaro lance. Y aquí en Madrid..., ¡quién sabe!..., puede que halles otra cosa mejor.

ÁNGELA. -¡Qué! Si dicen que en la corte no es donde se ha de buscar la constancia.

ISABEL. - ¡Pues digo en las provincias!... Traslado a ti.

ÁNGELA. - ¡Por seguir la moda!

ISABEL. -¿Y no sospechas el motivo de la infidelidad de tu novio?

ÁNGELA. -Estoy segura de que me ha sacrificado a alguna nueva pasión.

ISABEL. -¿Sí? Pues es preciso que hagamos por vengarte. Aquí verás jóvenes de lo más amable y más elegante..., y podrás escoger entre todos..., excepto uno.

ÁNGELA. -¿Cuál?

ISABEL. -El que se va a casar conmigo.

ÁNGELA. -¡Calla! ¿Te casas?

ISABEL. -Sí: con D. Luis Roldán; un joven muy guapo...

ÁNGELA. -¡Dios te haga más feliz que a mí, Isabel!

ISABEL. -Ya haré lo posible para que así sea. Justamente cuando tú has venido estaba yo cavilando en los medios de desesperarlo para que no se acuerde de más mujer que de mí.

ÁNGELA. -¿Desesperarlo?... Pues qué, ¿por ese medio se hace una amar?

ISABEL. -¡Ya verás!... Ven conmigo, te presentaré a mi hermana: ella no te conoce; pero yo la he hablado mucho de ti.

ÁNGELA. -No, ahora no: papá no está bueno todavía, y le haré falta. Me voy.

ISABEL. -¡Tan pronto!

ÁNGELA. -No quería más que darte un abrazo y que supieses que había llegado. Adiós, querida: pronto volveré a verte.

ISABEL. -¡Cuidado! Yo te iré antes a visitar. ¿Vives en la misma casa del general?

ÁNGELA. -Sí, en el cuarto segundo. Probablemente habrá llegado ya.

ISABEL. -Le daré la noticia a mi hermana, que se alegrará mucho.

ÁNGELA. -¡Adiós, hermosa!

ISABEL. -¡Adiós! (Se besan: ÁNGELA se va por el foro.) ¡Pobrecilla! ¡Engañarla ese pícaro novio! Ella es tan bonachona... Como yo con Luis. No es así mi hermana, y por eso los tiene tan sujetos. ¡Esa lo entiende!

Escena VI

LA DUQUESA, DOÑA ISABEL.

DUQUESA. -Isabel, ¿qué haces aquí tan sola?

ISABEL. -¡Ay, Clara, si vieras qué alegría he tenido!

DUQUESA. -¿Cuál es?

ISABEL. -Mi mejor amiga de colegio, Angelita Herrera, que ha llegado a Madrid y ha venido a verme.

DUQUESA. -¿Y por qué no me la has presentado?

ISABEL. -Tenía prisa por volver a cuidar a su padre, que está algo malo: es un amigo antiguo del general Bernal; viven en su misma casa, y Angelita me ha dicho que el general debía llegar hoy.

DUQUESA. -¡Hola!... (Aparte.) Bien sabía yo que volvería.

ISABEL. -Ya vendrá a verme otro día y te la presentaré.

DUQUESA. -Sí: deseo conocerla.

ISABEL. -Y es preciso que tratemos de distraerla: ¡tiene una pesadumbre!...

DUQUESA. -Bien; ¿pero no piensas en vestirte? Luisito vendrá, y no estarás lista para ir al baile.

ISABEL. -No importa. No pienso que me acompañe.

DUQUESA. -¿Cómo?

ISABEL. -Ni bailaré con él esta noche.

DUQUESA. -¿Y por qué?

ISABEL. -Porque... ¡qué sé yo!

DUQUESA. -¡Caprichos!... ¿Y si se enfada?

ISABEL. -Él se desenfadará.

DUQUESA. -¡Quién sabe!

ISABEL. -¡Bah! ¿No he visto yo un millón de veces al general Bernal marcharse de aquí enfadado?... Y ¿cuánto duraba?

DUQUESA. -Isabel, no seas loca. ¿No dices que quieres mucho a Luis?

ISABEL. -¡Sí que le quiero mucho!

DUQUESA. -Entonces, ¿por qué quieres afligirlo?

ISABEL. -Pues qué, hermana, ¿tú aborreces al general Bernal? No lo creo.

DUQUESA. -¿Y a ti quién te mete?

ISABEL. -¡Toma! Yo hago mis observaciones. Cuando el general venía a verte tan ufano, tan contento, tú le ponías una cara..., le despreciabas, le reñías... Y cuando él se ponía de mal humor, al momento cambiabas, te mostrabas tan alegre, tan risueña..., y eso le desesperaba, y le hacía ponerse...

DUQUESA. -(Sonriendo.) ¡Furioso!..., ¡pero qué furioso!...

ISABEL. -Y más enamorado que nunca. Pues bien: yo voy a hacer esa prueba.

DUQUESA. -¿Qué estas diciendo, Isabel?

ISABEL. -Sí, sí, quiero imitarte: quiero hacer con Luis lo que tú hacías con el general.

DUQUESA. -¿Y si Luis se va y no vuelve?

ISABEL. -¡Vaya! ¿Pues no volvía siempre el general?

DUQUESA. -Isabel, te prohíbo pensar en semejantes locuras. Tu situación no es igual a la mía; y hay cosas que una niña no debe aprender, porque se expone a interpretaciones siniestras o a riesgos fatales.

ISABEL. -¡Pero Clara, mis amores con Luis son tan sosos! ¡Tiene él una calma!... Yo quisiera un poco de tempestad..., aunque no fuera más que por variar.

DUQUESA. -¡Vamos! No vuelvas a pensar en esas extravagancias, Isabel. Anda a vestirte, y déjate de jugar con fuego.

ISABEL. -(Aparte, yéndose por la derecha.) Tú dirás lo que quieras, pero yo he de aventurar la prueba.

Escena VII

LA DUQUESA.Esta niña ha perdido el juicio. ¡Coqueterías a su edad!... Yo estaré a la mira. ¿Conque el general está de vuelta... y más enamorado que nunca?... No me coge de nuevas. ¡Y qué cartas me ha escrito!..., ¡qué cartas tan elocuentes, tan tiernas!..., ¡pero siempre tan exigentes!... ¡Vamos, es preciso decidirme!... ¡Es mucho mundo este! Porque una recibe con amabilidad a un hombre, porque hace justicia a las prendas eminentes que le adornan, ya es forzoso sacrificarle la libertad..., ya es de precisión que la duquesa del Puerto se convierta en la generala Bernal. ¡Estamos frescos! ¡Qué hombres estos! No puede una soltar una palabra sin que la tomen al pie de la letra. Verdad es que yo casi, casi le he dado derecho a esperar... Y si he de decir lo que siento, es el único hombre que no me parece del todo indigno de semejante sacrificio. ¿Pero qué estoy diciendo?... ¡No hay uno, uno solo que lo merezca!... Y las expresiones que he soltado no me comprometen a nada. Pues señor, preparémonos a sostener violentos ataques... Pero no hay miedo; me defenderé con valor.

UN LACAYO. -El Sr. D. Valentín Rompelanzas.

DUQUESA. -¡D. Valentín!... ¿Y qué me quiere?

LACAYO. -Desea tener el honor de hablar a S. E. la señora duquesa.

DUQUESA. -(Aparte.) ¡El íntimo amigo del general!... ¿A qué vendrá? (Al LACAYO.) Que entre. (Vase EL LACAYO.) ¡No sé qué me da el corazón!... ¡Este D. Valentín, hombre tan raro!..., apenas le he1 visto dos veces...

Escena VIII

D. VALENTÍN, LA DUQUESA.

DUQUESA. -Pase usted adelante, caballero.

VALENTÍN. -Señora duquesa, usted me ha de perdonar que haya insistido en presentarme...

DUQUESA. -El amigo del general Bernal puede estar seguro de que me dará mucho gusto siempre que venga a verme.

VALENTÍN. -En calidad de tal me presentó aquí, señora, y de él es de quien vengo a hablarla a usted.

DUQUESA. -¡Cómo! ¿Le ha sucedido alguna desgracia?

VALENTÍN. -Todavía no; pero poco tardará en sucederle.

DUQUESA. -¿Qué quiere usted decir?

VALENTÍN. -Que después de un mes de ausencia va a llegar...

DUQUESA. -¿Y qué?

VALENTÍN. -Y la va a ver a usted.

DUQUESA. -¡Cómo! ¿Sabe usted que ese chiste podría calificarse de insulto, caballero?

VALENTÍN. -No es esa mi intención, duquesa.

DUQUESA. -Vamos, sírvase usted explicarse.

VALENTÍN. -Eso haré, ya que usted me lo permite. Pero ante todas cosas, ruego a usted que me disimule si acaso mi lenguaje no se ajusta estrictamente al que se usa por aquí en la alta sociedad: yo no la trato mucho.

DUQUESA. -Ya lo voy notando.

VALENTÍN. -Gracias, señora. Empiezo, pues. Hace quince años...

DUQUESA. -Perdone usted... Se me figura que lo toma usted de muy lejos...

VALENTÍN. -Es verdad, señora; pero ya iré llegando. Para que usted entienda el paso que doy, es necesario que sepa el origen y la naturaleza de mis relaciones con el general Bernal. Hace quince años que salió él del colegio militar, y yo del de San Carlos: nos habíamos criado juntos, y juntos emprendimos la carrera; él entró de alférez de artillería, y yo de cirujano de ejército en el mismo cuerpo. Andando el tiempo, llegó él, a fuerza de cañonazos, a general; y yo, a fuerza de lancetazos, a cirujano mayor.

DUQUESA. -Todo eso ya lo sé.

VALENTÍN. - ¡Corriente! Pero lo que quizá no sabe usted es que nuestros caracteres son muy opuestos, y nuestra conducta mucho más. Bernal, hombre sencillo y cándido, como todos los que tienen un talento superior, no ha pensado en su vida en otra cosa que, en la estrategia, en las batallas, en la gloria... Yo, los ratos desocupados los he empleado en otras aventuras no tan científicas; de suerte que ambos hemos llegado a esta época crítica de la vida, yo con un alma taimada y dura como un guardacantón, y él con un corazón inexperto y cándido.

DUQUESA. -¿Dónde va usted a parar?

VALENTÍN. -A esto, señora. Fácil era prever que el día menos pensado pararía Bernal en enamorarse; y que este sentimiento, nuevo para él, ejercería grande influencia en la suerte de su vida. Todo dependía de la mujer que encendiese la primera llama en su corazón: ¡miedo me daba pensar en ello!..., y así ha sido. Mi amigo la conoció a usted, y la desgracia que yo temía se verificó.

DUQUESA. -¿Desgracia?... ¡Oiga usted!...

VALENTÍN. -Señora, me ha ofrecido usted disimularme: ya le he dicho a usted que soy poco florido en mis discursos. ¡Pues sí, señora, desgracia! Yo he visto nacer esa pasión en mi amigo; pasión que usted formó empeño en atizar: él no la buscaba a usted: usted fue quien lo atrajo. Miraditas..., suspiritos..., indirectas dulces..., todo lo puso usted en juego, ¿y con qué fin? Con el de que viera el mundo de rodillas a las plantas de usted a un hombre tan superior a los demás. Durante un año he sido yo confidente de sus penas, testigo de ese tira y afloja de temores y esperanzas con que lo ha estado usted zarandeando a su gusto: su fama de usted había llegado a mis oídos, y la situación de mi infeliz amigo me afligía. Nada he perdonado para curarlo: empecé por decirle pestes de usted...

DUQUESA. -¡Hola!

VALENTÍN. -¡Sí, señora, pestes! Le probé que usted no llevaba más intención que la de atormentarlo, convertir en esclavo sumiso al hombre que excitaba la admiración general; y que cuando menos se lo esperase le plantaría usted bonitamente, después de haberse divertido con su amor y su desesperación.

DUQUESA. -¡Caballero!...

VALENTÍN. -¡Oh! Es que yo también sé lo que es la coquetería. En una ocasión tuvo la bondad cierta ninfa de ejercerla en mi persona...

DUQUESA. -(Sentándose.) ¡Tuvo buen gusto!

VALENTÍN. -Al principio de la campaña..., hace ya siete años, una hermosa navarra, tan hermosa como usted..., y como usted incapaz también del más mínimo sentimiento amoroso..., Saturnina se llamaba..., bonito nombre, ¿no es verdad?

DUQUESA. -¿Qué me importa a mí?

VALENTÍN. -Me hizo cara..., me enredó en sus lazos como un pajarito..., ¡y ha de saber usted que se burló de mí!

DUQUESA. -¡Cosa particular!

VALENTÍN. -¡No por cierto! Una noche que estaba yo en su casa, oigo ruido..., ella me dice que era su padre... o su tío..., ¡qué sé yo!... Me obliga a escaparme por un balcón..., salto, y me rompo esta pierna... Y al día siguiente supe que no había tal padre, ni tal tío, sino otro amante que iba a pedir su vez.

DUQUESA. -Vuelvo a decirle a usted que ese lenguaje...

VALENTÍN. -Son pormenores, para probarle a usted que he aprendido la ciencia a expensas mías. Desde aquel punto he sido enemigo declarado de las coquetas, les he hecho una guerra sangrienta; y así no extrañará usted mis esfuerzos para librar a mi amigo de las redes en que usted lo ha atrapado. Desgraciadamente, por más que le he dicho, ha sido predicar en desierto.

DUQUESA. -¡Lástima de elocuencia!

VALENTÍN. -Entonces me propuse tentar otro medio: apelé al sistema hemeopático, a ver si servía de algo. Le busqué una joven rica, millonaria...

DUQUESA. -¡Hola! Y él inmediatamente...

VALENTÍN. -Me echó a la calle,

DUQUESA. -(Riendo.) ¡Ah, ah!... ¡Pobre D. Valentín!

VALENTÍN. -Parece que eso le gusta a usted, ¿eh? ¡Pues a mí maldito! Viendo que eso fallaba, hice que le diesen una comisión.

DUQUESA. -¡Ya! ¿Fue usted quien le obligó a marcharse?

VALENTÍN. -Yo mismo; porque a cada instante estaba temiendo que le hiciese usted matarse.

DUQUESA. -¡Matarse! (Se levanta.)

VALENTÍN. -¡Sí, señora, matarse! Porque se le metió en la cabeza que era insultarla a usted decir que es coqueta, y desafiaba a todos los que lo decían: ¡ya ve usted si le lloverían lances!

DUQUESA. -¡Qué locura!

VALENTÍN. -¡Muy grande! Usted lo ha hechizado, señora..., y mejor fuera que le hubiese dado una pulmonía; porque eso... con unas cuantas docenas de sanguijuelas..., pero contra el amor no hay sanguijuelas que valgan.

DUQUESA. -Me parece que no se quejará usted de la paciencia con que le estoy escuchando hace media hora; conque si usted se dignase concluir...

VALENTÍN. -Voy allá, señora. El general Bernal está de vuelta en Madrid, y es claro que los tres volveremos de nuevo a la faena que tenemos hace un año: usted a burlarse de él; él a forcejear en su cadena, sin tener valor para romperla; y yo a verle padecer día por día, y a maldecir, y a enviarla a usted a...

DUQUESA. -¡Caballero!...

VALENTÍN. -Ya que usted lo adivina, es inútil que acabe la frase. Ahora bien, señora, yo estoy resuelto a hacer que esto concluya, y con ese fin he venido a ver a usted.

DUQUESA. -¿De veras?

VALENTÍN. -Conque, clarito; sí o no, como Cristo nos enseña: duquesa, ¿quiere usted casarse con mi amigo?

DUQUESA. -¿No sospecha usted tener algo de loco, D. Valentín?

VALENTÍN. -No, señora; ni pizca.

DUQUESA. -Pues si no está usted loco, ¿con qué derecho me dirige usted semejante pregunta?

VALENTÍN. -Con el derecho que tengo para no permitir que un hombre a quien quiero y por el cual daría mi sangre, sea juguete de sus zalamerías de usted, de sus antojos, de su vanidad, de sus caprichos... Con ese derecho.

DUQUESA. -Si no fuera porque tengo ya noticias de lo extravagante que es usted, y porque al cabo me estoy divirtiendo en oír sus majaderías..., hubiera hecho ya con usted lo que me ha dicho que hizo su amigo.

VALENTÍN. -¿Echarme a la calle?

DUQUESA. -Aquí no estamos en Navarra, y yo no le obligaré a usted a salir por el balcón: allí tiene usted la puerta.

VALENTÍN. -Es verdad: por el balcón sería mucha obra.

DUQUESA. -Creo que me habrá usted entendido.

VALENTÍN. -No es difícil; pero ha de saber usted que yo no me voy así...

DUQUESA. -¿Cómo se entiende?...

VALENTÍN. -¡Usted no sabe quién es Valentín Rompelanzas, señora! ¡Lástima que no sea él quien se haya enamorado de usted!

DUQUESA. -¡Efectivamente, es lástima!

VALENTÍN. -¡Oh! Entonces la cosa andaría de otro modo. Pero, en fin, si no soy yo, como si lo fuera; porque es otro yo, y haré por él lo que haría por mí. Hablemos en plata, duquesita. ¿Qué es lo que le impide a usted casarse con el general? Si usted es rica, él es tan rico como usted: si usted es duquesa, él es teniente general: si su apellido de usted es noble, el suyo es glorioso. Conque... vamos, ¡qué demonio!..., un buen ánimo, y arremeta usted con él... sin ejemplar.

DUQUESA. -Con usted no hay más que dos partidos: reírse o enfadarse. Prefiero reírme.

VALENTÍN. -Corriente; pero reírse no es responder.

DUQUESA. -¿Conque por fuerza he de responder? ¿He de negociar un casamiento por embajador?

VALENTÍN. -Justamente; pero yo no quiero respuestas diplomáticas. Escuche usted: Bernal viene tan enamorado como se fue, porque usted le ha escrito tales cartas, que él ha creído ver en ellas el logro de sus esperanzas.

DUQUESA. -¿Eso ha visto?

VALENTÍN. -Los hombres de corazón noble son muy tontos, ¿no es verdad? Yo que tengo el mío con callo, he dicho al instante: ésta se ha cansado de tenerlo ausente, le falta un juguete con que divertirse, y él será muy necio si hace el menor caso de sus palabras. Así, sin que él lo sepa, he dado este paso con usted para ir de una vez al vado o a la puente: es preciso que esto se acabe. Con que, vamos, señora, dígame usted de una vez si me engaño, o si he adivinado el juego.

DUQUESA. -Su penetración de usted es tal, Sr. D. Valentín, que sería una ofensa de mi parte negar lo que usted afirma.

VALENTÍN. -¡Enhorabuena! ¿Es decir, que he acertado? ¿Es decir, que no se casará usted con él, a pesar de tantas promesas, de tantas esperanzas? ¿Es decir, que su intención de usted es continuar atizando su amor, para seguir burlándose de él?

DUQUESA. -Sea cual fuere el partido que adopte, es probable que no le tome a usted por confidente.

VALENTÍN. -Bien. ¡Pues yo, señora, le declaro a usted una guerra implacable!

DUQUESA. -(Riendo.) ¡Ah, ah..., qué miedo! ¡La guerra de D. Valentín!

VALENTÍN. -Sí, ríase usted lo que quiera; pero la repito que estoy resuelto a ser el vengador de todos los que usted ha atormentado..., ¡y ya sabe usted que el número es grande! ¿Piensa usted que una mujer tiene el derecho para fingir lo que no siente?, ¿para dar esperanzas que no piensa realizar?, ¿para destrozar el corazón de un hombre tierno y confiado? ¡No, señora! Si esta es su táctica de usted, yo quiero ponerle un término.

DUQUESA. -Me parece, Sr. D. Valentín, que la visita ha sido larga. Tengo que hacer: con permiso de usted...

VALENTÍN. -Vaya usted con Dios, señora. (Sacando el reloj.) Sólo le advierto a usted que dentro de pocas horas tendré el gusto de volver a ver a usted.

DUQUESA. -Espero que no será así.

VALENTÍN. -¡Oh, sí será! Y también creo hallarla a usted entonces más blanda que un guante.

DUQUESA. -¿Qué significan esas palabras?

VALENTÍN. -Yo la he declarado a usted la guerra, pero no es cosa de irla a decir mi plan de campaña. Bástele a usted saber que curaré a mi amigo del amor que la tiene a usted. Hasta la vista, señora.

DUQUESA. -Usted podrá no ser hombre de mal fondo, ¿pero ridículo?... ¡hasta no más! (Vase riendo por la izquierda.)

Escena IX

D. VALENTÍN.

D. VALENTÍN. -Conque soy ridículo, ¿eh? ¡Lo veremos, duquesita, lo veremos! ¡Ea! El combate ha empezado, y se batirá bien el cobre, ¡voto a sanes! ¡No faltaba más sino que yo dejase a mi amigo morirse de consunción, siendo la fábula y el ludibrio de estas señoronas empingorotadas! ¡Arre allá, coquetas!... A divertirse con un mono y no con el más bizarro general del ejército español. ¡No saben ellas quién es Valentín Rompelanzas! Pues yo haré que lo sepan. En cuanto a la duquesita, mi plan está combinado, y verá la que yo le enredo y si es poco enemigo un cirujano mayor de ejército. Empiece el ataque. ¡Señora duquesa, prepárese usted! (Al irse por el foro, salen por la derecha DOÑA ISABEL y D. LUIS, a los cuales saluda.)

Escena X

DOÑA ISABEL, D. LUIS.

LUIS. -¿Quién es ese?

ISABEL. -D. Valentín, un amigo del general Bernal: habrá venido a ver a mi hermana.

LUIS. -Conque, Isabel, basta de caprichos: si te empeñas en que no he de acompañarte al baile, me voy, ¡y mira que no vuelvo más!

ISABEL. -Ya volverías.

LUIS. -¿Que volvería? ¿Quieres hacer la prueba?

ISABEL. -¡Vamos, no te formalices! (Aparte.) Yo no sé hacer esto como mi hermana: así que me dice que no volverá, ¡ea! ya no sé de dónde estoy de pie.

LUIS. -¡No sé de dónde has sacado hoy este nuevo registro! ¡Ea! ¿Me voy?

ISABEL. -¡Capaz serías de hacerlo!

LUIS. -Si tú lo deseas...

ISABEL. -¡Demasiado sabes que no!

LUIS. -Pues entonces, ¿a qué viene atormentarme? No volverás a hacerlo, ¿es verdad, Isabel?

ISABEL. -¡No, que yo también padezco!

LUIS. -¡Isabel mía! Dame tu mano. (Se la besa.)

ISABEL. -(Aparte.) Vamos, no sirvo para esto.

UN LACAYO. -El señor general Bernal.

ISABEL. -¡Ah!

Escena XI

D. LUIS, DOÑA ISABEL, EL GENERAL.

GENERAL. -¡Oh, Isabelita, qué dichoso encuentro! Sr. D. Luis, a la orden de usted.

LUIS. -¡Mi general, muy bien venido!

ISABEL. -No esperaba yo tener el gusto de ver a usted tan pronto, aunque ya me habían dicho que llegaba usted hoy.

GENERAL. -Pocas horas hace que he llegado.

ISABEL. -Voy a dar la noticia a mi hermana; porque supongo que a ella será la visita.

GENERAL. -Si tiene la bondad de recibirme, será un placer para mí.

ISABEL. -(Sonriendo.) ¡Sí, señor, sí: creo que tendrá esa bondad! Hasta luego, Luis: vuelve pronto para ir al baile juntos.

LUIS. -Seré puntual: adiós. (Saluda al GENERAL y se va.) Mi general... (ISABEL se va por la izquierda.)

Escena XII

EL GENERAL.

EL GENERAL. -¡Vuelvo a poner el pie en esta casa, donde tanto he padecido y donde siempre me dejo arrastrar a pesar mío! En este mes de ausencia se me figura que no he existido. ¡Voy a verla!; pero no ya caprichosa y coqueta, como antes de mi partida: sus cartas me dicen que este viaje la ha entristecido... ¡Ah, qué preciosas cartas! ¡Ellas han decidido mi suerte! Y Valentín empeñado... ¡Es un visionario! ¡Cuántas tonterías me ha dicho en las pocas horas que hace que llegué! Él no la conoce. ¡Qué dichoso voy a ser!... ¡Ah, sí, suyo es mi corazón por toda la vida! ¡Oigo pasos! ¡Ah! ¡Ella es!...

Escena XIII

LA DUQUESA, en traje de baile, EL GENERAL.

DUQUESA. -¡Oh, general..., muy bien venido!

GENERAL. -¡Señora!...

DUQUESA. -Excuso decir a usted cuánto me complace volverle a ver; y es un placer que ya esperaba, porque me habían anunciado su vuelta de usted. Veo que no ha perdido usted la costumbre de venir diariamente a esta hora a visitarme, y agradezco mucho la memoria y la exactitud.

GENERAL. -¡Me parece que es harto natural!...

DUQUESA. -La exactitud es ya una galantería. Vamos, siéntese usted aquí, a mi lado, como antes de marcharse; y ante todas cosas, perdóneme usted.

GENERAL. -(Sentándose.) ¿Perdonar a usted?... ¿qué?

DUQUESA. -Que le haya hecho esperar.

GENERAL. -¡Una eternidad esperaría yo con paciencia, si al fin había de ver la divinidad que veo!

DUQUESA. -¡Hola, cumplimientos!

GENERAL. -¿Pueden serlo el llamarla a usted divinidad? ¡Pero está usted tan acostumbrada a oírlo! ¿Y la divinidad no concederá a este ser que llega a sus plantas el favor de besarla respetuosamente la mano?

DUQUESA. -(Dándole la mano.) Eso... ¿cómo puedo negarlo?

GENERAL. -(Besándosela.) ¡Ah, Clara! ¿Conque esta vez no me he engañado? Las cartas que he leído, y que me han hecho volar de nuevo a estos sitios, ¿expresan los sentimientos de ese corazón? ¿Por fin ha conocido usted que un año entero de tormentos, de incertidumbre y de amor, merecía alguna recompensa?

DUQUESA. -¡Ay, Dios mío! ¡Ya me asusta lo que dice usted que le he escrito!

GENERAL. -¿La asusta a usted?... ¿Y por qué? No, Clara: usted se ha convencido de que ya debía poner término a una prueba tan larga y tan cruel..., porque ya veo que era una prueba y nada más. Usted se ha hecho cargo de que un soldado, que sólo ha vivido en campaña, no podía saber esa estrategia de sociedad, y a treinta y dos años de edad la ofrecía a usted un corazón que no había experimentado otra conmoción que la de los combates: ¡un corazón nuevo, que la amaba a usted con todo el entusiasmo del primer amor, con toda la candidez de un niño!

DUQUESA. -¡La canción de todos! Querer hacernos creer que es la primera pasión: eso no pasa de una galantería. Amigo mío, nosotras en ese punto sabemos a qué atenernos. Ustedes se empeñan en engañarnos; y nosotras, pobres, nos dejamos engañar, porque vemos en esa ficción un homenaje que se rinde a nuestra vanidad.

GENERAL. -¡Yo engañar!... ¿Usted lo cree?... ¡Oh, no es posible! ¡Harto tiempo me ha visto usted a sus pies, esforzándome por ablandar su corazón, implorando una dulce mirada, esperando la única palabra que puede hacerme feliz en la tierra!

DUQUESA. -¡Pues bien! Eso es querer: solicitar y esperar.

GENERAL. -Pero es que el que solicita puede al cabo indignarse contra la insensibilidad del poderoso, puede cansarse de esperar inútilmente.

DUQUESA. -La paciencia es la más útil de las virtudes.

GENERAL. -Pero también la paciencia se acaba. Y le agradezco a usted mucho que no haya dilatado por más tiempo la prueba que estaba haciendo con la mía.

DUQUESA. -(Sonriendo.) ¡Mucha prisa trae usted!

GENERAL. -¡No! Las cartas que he escrito a usted pintándola mi amor y mi desesperación han merecido por fin respuesta: usted me ha hecho una promesa, y la cumplirá. ¡Ah, no! Ya no puede usted negarme el premio de tanta constancia y tanta sumisión.

DUQUESA. -¡El premio..., el premio!... ¡Seguramente viene usted con ideas singulares! ¿Qué ha hecho usted que merezca un premio? Tuvo usted a bien venir a visitarme diariamente, y yo le recibí con la franqueza y cariño de una buena amiga: ¿es este el gran mérito? Mi conversación le pareció a usted sin duda agradable, y la prefirió usted a buscar distracciones en otro sitio: yo también, por mi parte, confieso que la de usted me agradaba. Pero en fin, estas son cosas recíprocas: estamos pagados: no nos debemos nada.

GENERAL. -(Levantándose con ímpetu.) ¡Nada!

DUQUESA. -(Retirando su silla.) ¡Ay, Dios! ¡No grite usted de ese modo! ¡Jesús, qué mal tono! ¡Me ha asustado usted!

GENERAL. -Es que hay momentos, señora, en que uno no puede contenerse. Pido a usted perdón: la palabra que ha pronunciado usted..., ese nada tan cruel, ¿es para seguir probándome sin duda?... Yo debí adivinarlo. Pero cuando estoy a su lado de usted un solo pensamiento me ocupa: la razón calla, cuando habla el corazón.

DUQUESA. -(Sonriendo.) Procure usted que el suyo no hable tan alto.

GENERAL. -(Sentándose.) ¡Sí; soy un loco! No debo mostrar desconfianza: la promesa que me ha hecho usted en su carta no se verá desmentida; no, ya no debe usted hacerlo, ni puede; y va usted a confirmar sobre mi corazón una esperanza... (Asiéndola las manos.)

DUQUESA. -(Soltándose y levantándose.) ¡Cuidado, hombre! ¡Que me arruga usted todo el traje!

GENERAL. -(Levantándose.) ¡Clara!

DUQUESA. -¡Qué maneras se adquieren por esas provincias!

GENERAL. -Vamos, deje usted ese tono frío y burlón: ¡yo se lo suplico!

DUQUESA. -¡Silencio!... Alguien viene.

UN LACAYO. -(Trayendo un ramo.) Señora...

DUQUESA. -¿Qué hay? ¿Qué quieres?

LACAYO. -Han traído este ramo para V. E.

DUQUESA. -¿De parte de quién?

LACAYO. -Del Sr. D. Fernando de Lara.

GENERAL. -(Aparte.) ¡Fernando de Lara!

DUQUESA. -(Tomando el ramo.) Bien: vete. (Vase EL LACAYO.)

GENERAL. -¿Conque usted conoce a D. Fernando de Lara?

DUQUESA. -Sí, señor; ¿y qué?

GENERAL. -Que ese joven...

DUQUESA. -Es más amable y más galante que usted. Él me envía un ramo, y usted por poco me hace tener que ponerme otro vestido.

GENERAL. -Clara, cuando es un amante, un esposo, el que...

DUQUESA. -¡Oh, un esposo!

GENERAL. -Clara, las promesas son sagradas: yo he recibido una de usted...

DUQUESA. -¿Está usted seguro de que yo le he prometido serlo suya?

GENERAL. -¿Cómo si estoy seguro? Aquí está la carta: sobre mi corazón... (Va a sacarla.)

DUQUESA. -(Deteniéndole.) No, no: no hay necesidad: déjela usted ahí.

GENERAL. -¡Qué oigo!... ¿Es esto creíble? ¿Pero usted no querrá burlarse de mí? ¿Usted no querrá quitarme esta esperanza, que es mi existencia? ¿Usted no querrá hacerme ver que es como tantas otras que fingen el amor? Y si es así, ¿por qué me ha pedido usted la vida? ¿Por qué la ha aceptado usted?

DUQUESA. -¡Yo no le he pedido a usted semejante cosa, amigo mío!

GENERAL. -¡Amigo! ¿Se atreve usted a darme ese nombre después de haberme engañado y atormentado hasta este punto? ¡Cuidado, señora! Hay hombres que aguantan mucho tiempo, pero que no perdonan cuando llegan a conocer que se han estado burlando de ellos..., y uno de esos hombres soy yo.

DUQUESA. -¡Hola! ¿Amenazas? Sólo falta que me declare usted la guerra como don Valentín.

GENERAL. -¿Qué quiere usted decir?

DUQUESA. -Que su amigo de usted es un pobre embajador, y no le aconsejo que siga la carrera diplomática.

GENERAL. -Señora, yo no sé qué paso, quizá imprudente, le habrá hecho dar a Valentín la amistad que me profesa... Lo que sé es que por última vez me presento a usted a pedirla que ponga término a mi largo padecer: lo que sé es que he recibido de usted una promesa, y que reclamo su cumplimiento.

DUQUESA. -¿Qué quiere usted que le diga, amigo mío? Si yo le he hecho a usted esa promesa... (cosa que no recuerdo) he hecho mal.

GENERAL. -¿Cómo?

DUQUESA. -Yo le recibiré a usted en casa con mucho gusto; pero la verdad, no estoy decidida a volver a casarme, no le quiero a usted lo bastante para llegar tan allá. Más adelante... veremos.

GENERAL. -¡Oh, eso es una burla!

DUQUESA. -(Yendo a mirarse al espejo.) No: lo digo con toda formalidad.

GENERAL. -¿Qué hace uste?

DUQUESA. -Amigo mío, ya es la hora del baile. Usted ha corrido la posta, y debe estar cansado.

GENERAL. -¡Clara!

DUQUESA. -(Tirando del cordón de la campanilla.) ¡Basta por Dios! Dejémoslo por hoy. (A una doncella que sale.) Mira este rizo que se ha descompuesto un poco. Con permiso de usted, general (La doncella le compone el tocado.) Bien está. Di que arrimen el coche. (Vase la doncella.) ¿Está usted enfadado?

GENERAL. -¿Yo? No, señora; todo lo contrario. Acaba usted de hacerme un señalado favor: algo tarde, es verdad; pero no importa: ¡le doy a usted muchas gracias!

DUQUESA. -No creo que haya por qué.

GENERAL. -Sí, señora: el tormento que yo sufría no puede matar, sino mientras está mezclado de esperanzas; pero en desapareciendo éstas, ya no hay peligro; se deja de padecer.

DUQUESA. - ¡Calle usted!...

UN LACAYO. -El coche de S. E. está a la puerta.

DUQUESA. -Bien. Hasta la vista, general.

GENERAL. -¡Nunca más!

DUQUESA. -(Aparte, yéndose.) Mañana vuelve.

Escena XIV2

EL GENERAL.

EL GENERAL. -¡Esto se acabó! ¡Tenía razón Valentín! ¡No hay más que vanidad en ese corazón seco y helado! ¡Ah! ¡Qué horrible modo de despertar! ¡Desde hoy no verá en mí sino los más fríos desdenes! ¡Y aun esa es poca venganza! ¡Yo quisiera hacerla entender, hacerla experimentar toda la amargura que tiene lo que me está haciendo padecer!... ¡Ah! ¡Cuánto daría por verla una hora en mi poder para confundirla a humillaciones y desprecios!

Escena XV

EL GENERAL, D. VALENTÍN.

VALENTÍN. -¿Y qué ha habido?

GENERAL. -¡Ah! ¿Eres tú, Valentín? ¿Qué buscas aquí?

VALENTÍN. -Vengo a felicitarte. ¿Tu adorada duquesa habrá colmado ya tus deseos? Eres el más feliz de los hombres, ¿eh?

GENERAL. -¡Tengo destrozado el corazón! Mis esperanzas, mis ilusiones..., ¡todo ha desaparecido!

VALENTÍN. -(Riendo.) ¡Calla!... ¿Esas tenemos?... ¿Y tú sigues adorándola?

GENERAL. -¡La aborrezco y la desprecio!

VALENTÍN. - ¡Enhorabuena! ¿Conque se ha burlado de ti?

GENERAL. -Acaba de marcharse a un baile.

VALENTÍN. -Sí; pero no sabe ella a qué baile la van a llevar. ¡He dispuesto mi plan, y verás cómo brinca!

GENERAL. -¿Qué estás diciendo?

VALENTÍN. -Vente conmigo y lo sabrás.

GENERAL. -¡Explícate!

VALENTÍN. - Aquí no: vamos a la calle. Si no te haces de miel, hoy quedas vengado, (Se lo lleva.)

Acto segundo

El teatro representa una sala en casa del GENERAL BERNAL: hay una puerta en el foro, y otra a la izquierda. Al mismo lado un sofá. A la derecha una mesa, y en ella un quinqué encendido. En el foro hacia la izquierda un atril, y sobre él una flauta y un cuaderno de música.

Escena primera

D. VALENTÍN, EL GENERAL.

(Salen por el foro al levantarse el telón)

GENERAL. -Pero, hombre, ¿estás en tu juicio? ¡Un rapto!

VALENTÍN. -Sí, señor, un rapto, un rapto, en toda regla. He hecho emborrachar a cochero y lacayo: he puesto en su lugar dos hombres de mi confianza: la harán dar un rodeo por esas calles para que tengamos tiempo de llegar, y dentro de un instante la taimada duquesa se hallará en esta sala, prisionera de guerra del general Bernal y de su amigo Valentín.

GENERAL. -Valentín, esa acción es infame, y yo no consiento en ser tu cómplice.

VALENTÍN. -¿Volvemos al tema? ¿No me decías al salir: «la aborrezco y la desprecio: daría cuanto valgo por tenerla una hora en mi poder, para humillarla a desprecios»? Pues bien: yo voy a realizar lo que tanto deseabas; ¿y cuando te lo pongo en la mano retrocedes? ¡Anda, anda a echarte otra vez a sus plantas, y a pedirla perdón por la burla que te ha hecho!

GENERAL. -¡Eso no! Yo quiero vengarme... ¡Sí, vengarme!... Los tormentos que me ha hecho sufrir han sido demasiado crueles. ¿Pero qué amante, por indignado que esté, imagina semejante medio de vengarse?

VALENTÍN. -¿Y piensas tú que se debe hacer lo que haría cualquier amante, tratándose de una mujer que no se parece a las demás mujeres? ¿De una mujer que es excepción en su especie? Ella se ha divertido en atormentarte: diviértete ahora tú en atormentarla: ella se ha mofado de ti un año: mófate de ella una hora. Aún no quedáis pagados.

GENERAL. -Pero es que tendrá derecho para despreciarme, porque no me habré portado como caballero.

VALENTÍN. -¿Despreciarte?... ¡Qué desatino! No se desprecia sino al que está debajo: al que está encima se le teme; y tú ahora vas a ser su tirano. Desde hoy cambiáis de papeles.

GENERAL. -¿Lo crees así?

VALENTÍN. -Respondo con mi cabeza. Tú no has querido escucharme, te has entregado en poder de una sierpe que te ha emponzoñado usando de astucias infernales; ¿y aún la compadeces? ¿Aún serás tan alma de cántaro que olvides sus delitos y tus tormentos? ¡Pues yo no los olvido! ¡Cuando te he visto mil veces desesperado y a dos dedos de pegarte un tiro, me arrancaba los cabellos de rabia, y si entonces pillo a esa mujer, la mato!

GENERAL. - ¡Valentín!...

VALENTÍN. -No te asustes: no trato de matarla; pero sí de vengarte.

GENERAL. -¿Y qué fin tendrá este paso?

VALENTÍN. - Eso depende de ti. ¡Muéstrate implacable: procura humillarla, herir su vanidad, conmover..., no su corazón, ni su alma, sino sus nervios..., sus nervios: y tú verás!

GENERAL. -¡Es posible!

VALENTÍN. -¡Pero cuidado con ablandarte! ¡Si tienes la debilidad de flaquear, si ella nota siquiera una mirada dulce, eres perdido! Se te escurre de entre las manos como un pez, y no vuelves a atraparla en tu vida. ¡Nada, duro con ella, inflexible' ¡Cada palabra tuya ha de ser una cantárida que la levante vejiga; y sobre aquélla, otra! ¡Y sobre aquélla, otra! ¡Mira que esas mujeres tienen una encarnadura endemoniada, y para llegar a ponerlas sensibles es preciso desollarlas!

GENERAL. -Nunca se ha conmovido el corazón de esa mujer.

VALENTÍN. -Y dudo que ahora tampoco suceda; pero adelante: a lo menos te vengarás. Si yo hubiera hecho lo mismo con Saturnina la navarra, no me hubiera roto la pierna; pero entonces era yo otro mentecato...

GENERAL. - ¡No lo seré yo más! Estoy resuelto: esa mujer ha agotado toda la ternura y la indulgencia que había en mi corazón. Sí, sí, dices bien: la humillaré... humillaré su vanidad, que es el único sentimiento que abriga en su alma. Que se vaya en seguida, y no la volveré a ver.

VALENTÍN. - ¡Soberbio! La escena empezará por un dúo, y luego entraré yo con una pieza concertante que ha de producir gran efecto.

GENERAL. -¿Cómo?

VALENTÍN. - Déjame a mí. Tú no sabes el manejo que ha traído ella durante tu ausencia; yo sí lo sé, ¡y la preparo una! ¡Se echó a reír cuando la dije que la declaraba la guerra!... Veremos quién se ríe ahora.

GENERAL. -No te entiendo.

VALENTÍN. - Ten paciencia; ya me entenderás. Voy a subir al cuarto segundo, a casa de D. Ramón, el padre de Angelita; ella no habrá salido, ¿eh?

GENERAL. -Supongo que no: su padre sigue enfermo, y a pesar de eso, quería volverse a Valladolid.

VALENTÍN. -Corriente.

GENERAL. - ¿Pero qué proyecto es el tuyo?

VALENTÍN. - ¡Ten paciencia, te digo! La prisionera no debe ya tardar... Ha parado un coche..., ella debe ser. ¡Ea, serenidad y resolución... cara ferós a o enemigu!

GENERAL. -No tengas cuidado.

Escena II

EL GENERAL, D. VALENTÍN, UN CRIADO.

CRIADO. -Señor..., ahí está la señora duquesa.

GENERAL. -¡Ya ha llegado!

VALENTÍN. -(Al criado.) Dila que tenga la bondad de subir.

CRIADO. -Si parece que se ha desmayado.

GENERAL. -¡Gran Dios!

VALENTÍN. -Pues si se ha desmayado, que la suban.

CRIADO. -(Yéndose.) Bien está.

GENERAL. -¡Ya ves lo que has hecho!

VALENTÍN. -No creí yo que tan pronto echaría mano de ese recurso: hace mal en darse prisa: está desperdiciando municiones.

GENERAL. -¿Y si se pone mala?

VALENTÍN. -¡Qué mala!... Y además, ¿no soy yo médico? Yo la curaré.

GENERAL. -A lo menos, vamos a...

VALENTÍN. -¡Quieres no moverte de aquí! (Al criado, que vuelve a salir.) ¿Qué es lo que ha pasado?

CRIADO. -Primero se escamó de los rodeos que daba el coche: luego, al apearse, como extrañó el sitio, quiso echar a andar a pie; pero Antonio y Esteban la detuvieron y la dijeron, como usted había mandado, que si daba un paso, moría. Esto le dio tanto miedo que se desmayó. Mírela usted.

VALENTÍN. -¡Perfectamente!

Escena III

EL GENERAL, D. VALENTÍN, LA DUQUESA.

(La traen dos criados que la colocan en el sofá, y se van.)

GENERAL. -¡Qué has hecho, Valentín! ¡Esto no lo habías previsto! Una mujer tímida, delicada...

VALENTÍN. -¡De corazón tan tierno!... ¿No es verdad?

GENERAL. -¡Pobre Clara!

VALENTÍN. - (Empujándolo lejos.) ¡Tonto!... ¿No ves qué colores tiene? Apuesto a que nos está mirando: estas mujeres no se desmayan nunca más que de un ojo.

GENERAL. -¡No será extraño!... ¡Siempre la astucia, siempre la falsedad! Vete, Valentín.

VALENTÍN. -¡Cuidado con ablandarte!

GENERAL. -No tengas miedo: yo he echado el pecho al agua. Yo no hubiera dado este paso; pero ya que lo has dado tú, me aprovecharé de él.

VALENTÍN. -(Tomando la flauta.) Veremos. Yo estaré ahí en el gabinete por lo que ocurra. ¡Firme! ¡Si echa mano de zalamerías, no la creas! Acuérdate de aquella aria: (Canta.) «Eres turco... no te creo...» ¿Estás?

GENERAL. -Pierde cuidado. (Siéntase junto a la mesa; toma un periódico y se pone a leer. D. VALENTÍN se va por la izquierda.)

Escena IV

EL GENERAL, LA DUQUESA.

(LA DUQUESA empieza a volver en sí: mira alrededor con asombro y ve al general, que está leyendo muy tranquilo.)

DUQUESA. -(Con exclamación de asombro.) ¡Ah!...

GENERAL. -(Alzando apenas los ojos del papel.) Perdone usted, duquesa: ahora me tomaré la libertad de decirla lo que usted me dijo hace una hora: no grite usted de ese modo: ¡Jesús, qué mal tono!

DUQUESA. -¿Cómo?...

GENERAL. -Y además, será inútil que grite usted: nadie puede oírla.

DUQUESA. -General, ¿en qué sitio estoy? ¿Adónde se me ha traído?

GENERAL. -A mi casa, señora.

DUQUESA. -(Levantándose.) ¡A su casa de usted!... ¡Caballero!... (Da algunos pasos.)

GENERAL. -(Levantándose también.) No se moleste usted: de aquí no puede usted salir sino por mi voluntad, señora. Tenga usted, pues, la bondad de permanecer en este sofá como en el de su casa: tan desdeñosa si usted quiere..., pero tan tranquila.

DUQUESA. -(Aparte, contemplándole con asombro.) ¡Qué mudanza! ¡Esto es fingido!... Aquí anda la mano de D. Valentín. (Se sienta.) ¿Puedo preguntar, sin que sea indiscreción, caballero, qué quiere usted conmigo?

GENERAL. -Nada absolutamente, señora.

DUQUESA. -Luego el objeto de esa noble acción...

GENERAL. -(Sentándose.) No estará usted aquí mucho tiempo, señora: el necesario no más para que la hable a usted una vez con descanso y con la seguridad de que usted me oye.

DUQUESA. -(Levantándose.) ¿Y si yo no quiero oírlo a usted? ¿Si quiero marcharme inmediatamente?

GENERAL. -No: suplico a usted que tenga la complacencia de volver a sentarse.

DUQUESA. -¡Esto es una villanía! ¿Es así como trata usted de hacerse querer?

GENERAL. -No; si no trato de semejante cosa.

DUQUESA. -(Con sorpresa.) ¡Ah!...

GENERAL. -No, señora. Cuando estamos en su casa de usted, me presta usted tan poca atención que me aburro; luego, a la menor palabra que le disgusta, tira usted del cordón de la campanilla y me pone en la calle, como pudiera usted con el último de sus lacayos. Aquí es diferente: nadie puede echarme, y cuento con que tendrá usted la amabilidad de oírme hasta el fin. Por lo demás, tranquilícese usted: no soy yo hombre que arranca por la violencia lo que no ha logrado merecer.

DUQUESA. -(Aparte.) ¿Es esto un sueño? ¿Estoy efectivamente en su casa?... ¿Es él quien habla?

GENERAL. -Dígnese usted escucharme. Hubo un día en que se le antojó a usted que yo la amase; ¡y yo la amé a usted, con un amor puro, inmenso, tan respetuoso como ardiente, tan tierno como sincero, tan grande, en fin, que rayaba en locura! Así que lo vio usted nacer, lo alentó..., y fue sólo por pasatiempo, por burla: ¡bien se ha divertido usted! Yo no digo que se deba corresponder por fuerza a un amor de que no se participa: el hombre que quiere y no logra hacerse querer, no debe quejarse. Pero tender lazos, fingiendo amor, a un infeliz que no tiene otro cariño en el mundo; hacerle conocer la dicha en toda su plenitud, para arrebatársela luego; robarle su tranquilidad, su porvenir; ¡matarlo!... ¡y matarlo para siempre, emponzoñando todas las horas de su vida, ese es un crimen, señora!

DUQUESA. -General...

GENERAL. -Poco a poco: Todavía no la permito a usted responder.

DUQUESA. -(Aparte.) ¡Qué lenguaje!

GENERAL. -(Levantándose.) Que allá en esas frívolas sociedades que usted frecuenta prodigue tiernas miradas y palabras seductoras a alguno de esos elegantes fatuos que andan revoloteando alrededor de usted y le hacen declaraciones deun amor que no sienten ni son capaces de sentir... ¡enhorabuena! Eso es jugar por ambas partes con moneda falsa, y ninguno, de los dos pierde. ¡Pero conmigo no debía ser así, señora; bien lo sabe usted!

DUQUESA. -(Tapándose el rostro.) ¡Oh, Dios mío!

GENERAL. -¿Por qué oculta usted el rostro? No: sea usted fiel a su natural impávido. ¿No ha contemplado usted mil veces con semblante sereno los tormentos que me causaba? Tranquilícese usted: yo no puedo ya padecer más: ¡usted ha secado mi corazón!

DUQUESA. -¡Basta, general!... ¡Basta, por Dios!

GENERAL. -Yo vivía solo en el mundo, y creí haber hallado un alma que respondiese a los sentimientos de la mía: ¡me engañé groseramente! La vida hasta aquí sólo me había enseñado lo que era padecer: ¡usted me ha enseñado lo que es ser infeliz!

DUQUESA. -¡Oh, no!... ¡Eso no!... ¡Eso no es posible! ¡Si fuera cierto, no me lo perdonaría jamás!

GENERAL. -Hágame usted el favor de no llorar ni hacer visajes; porque no creo en nada de usted. Se acabó la magia que ejercía usted sobre mí: nada de cuanto usted finja me conmueve. He concluido de decir, señora.

DUQUESA. -(Con dignidad, levantándose.) Enrique, si es cierto que he sido tan cruel como usted dice, derecho tiene usted de tratarme así, y aun con más dureza, si cabe. Pero ese amor que tanto tiempo me ha manifestado usted, ¿no podía durar un día más? Si ayer era yo inocente a los ojos de usted, ¿por qué he de ser hoy culpable?

GENERAL. -¡El corazón se gasta a fuerza de padecer, señora!, y llega un momento en que se llena el vaso, y una sola gota le hace rebosar.

DUQUESA. -¿Y sabe usted si esta misma noche quizá estaba yo pensando en nuestra futura felicidad? ¿Sabe usted si estaba yo decidida a fiar la mía de ese corazón que tantas pruebas me ha dado de nobleza y generosidad?

GENERAL. -(Algo turbado.) ¡Señora!... (Óyese dentro sonar la flauta, tocando el aire Eres turco, no te creo...)

DUQUESA. -(Sorprendida.) ¿Qué es eso?

GENERAL. -(Reponiéndose.) Nada, señora. (Aparte.) Este es Valentín que me vuelve el valor.

DUQUESA. -Dígame usted, Enrique: ¿cree usted de veras que no he pensado nunca en hacer feliz al hombre que atormentaba con mis caprichos? ¿Cree usted que en esos mismos momentos de capricho y mal humor de que usted se queja, no soñaba con las ilusiones de una vida entera de felicidad y amor? Y diga usted, ¿no era natural que experimentase algún temor, que tuviese alguna desconfianza al ir a formar un lazo que dura toda la vida? Y si yo le dijera a usted ahora: Enrique, he combatido hasta donde han alcanzado mis fuerzas; ¡pero usted ha vencido!

GENERAL. -(Conmovido.) ¿Yo?... (Suena otra vez la flauta, tocando el mismo aire.)

DUQUESA. -(Sorprendida.) ¡Otra vez!

GENERAL. -(Aparte.) ¡Ah! Tiene razón Valentín: esto será otra nueva astucia...

DUQUESA. -¡Qué extraña música! Parece que no me ha oído usted, Enrique. ¿Calla usted?

GENERAL. -Sí, señora; porque ya es imposible de todo punto que crea yo en la sinceridad de sus palabras de usted.

DUQUESA. -¡Lo ve usted! ¡Y luego quieren que no disimulemos nuestros sentimientos! ¡Cuando los dejamos penetrar, sólo logramos hacer incrédulos e ingratos!

GENERAL. -¡Y el llegar a serlo me ha costado bastante caro!

DUQUESA. -¡Oh, qué injusticia! (Con ternura.) Enrique, ¿qué prueba bastaría a convencerle a usted?

GENERAL. -¡Si yo no quiero ya convencerme, señora!

DUQUESA. -¡Enrique!...

GENERAL. -¿Para qué? De hoy en adelante, como si no nos hubiéramos conocido.

DUQUESA. -¿Lo dice usted eso de veras, Enrique? (EL GENERAL titubea: ella le mira y dice aparte.) ¡Titubea!

GENERAL. -(Algo conmovido.) Yo no debo... ni quiero verla a usted más.

DUQUESA. -(Resentida.) Siendo así, caballero, ¿podré esperar que me deje usted salir?

GENERAL. -Sí, señora. (Da algunos pasos hacia el foro.)

DUQUESA. -(Aparte.) ¡Me deja marchar!... ¡Se acabó! (Se encamina también hacia el foro.) ¡Pero qué oigo!... ¡Alguien viene!

GENERAL. -Es verdad: puede usted salir por esta puerta. (Va a la de la izquierda.) ¡Cielos! ¡Está cerrada!

DUQUESA. -¿Qué es esto, general?

GENERAL. -(Aparte.) ¡Esto es cosa de Valentín!

DUQUESA. -(Con dignidad.) Enrique, no quisiera verme obligada a retirarle a usted mi estimación... Viene gente, y no hay medio de que yo salga sin ser vista... ¿Ha formado usted el proyecto de perderme?

GENERAL. -¡Oh, no me suponga usted semejante infamia!

DUQUESA. -¡Pues ello es que llegan..., que llegan!... ¡y yo estoy sola con usted!...

GENERAL. -Crea usted que yo ignoraba..., que jamás hubiera consentido... ¡Ah, créalo usted!..., ¡créalo usted!... (Aparece D. VALENTÍN, trayendo del brazo a DOÑA ÁNGELA.)

DUQUESA. -(Aparte.) ¡D. Valentín!... ¡Soy perdida!

Escena V

DOÑA ÁNGELA, D. VALENTÍN, EL GENERAL, LA DUQUESA.

VALENTÍN. -Con tu permiso, Enrique. (A LA DUQUESA.) Señora..., beso a usted los pies.

ÁNGELA. -Quizá incomodamos; pero D. Valentín se ha empeñado en que baje...

VALENTÍN. -(Aparte.) La flauta no bastaba: era preciso salir.

DUQUESA. -(Aparte.) ¡Qué compromiso!

GENERAL. -¿Y qué visita es esta?

VALENTÍN. -Nada: sabía que no estabas solo, y traigo a esta niña para que conozca a esa señora. (La hace pasar junto a LA DUQUESA.)

DUQUESA. -¿A mí?

GENERAL. -(Aparte.) ¿Qué haré?

ÁNGELA. -Usted me dispensará, señora: son bromas de este D. Valentín. Sabe que tengo poco trato de mundo, y se divierte en verme cortada en presencia de las señoras de Madrid.

DUQUESA. -(Aparte.) ¡Hombre aborrecible!

VALENTÍN. -(Aparte, frotándose las manos.) ¡Bien la dije que nos veríamos las caras!

GENERAL. -(Aparte a LA DUQUESA.) ¡No tema usted nada! Angelita, no esperaba yo, tan amable visita: como sabe Valentín que mañana marcha usted de Madrid, ha querido sin duda que tenga yo el gusto de presentarla a usted a mi hermana.

ÁNGELA. -¡Su hermana de usted!

VALENTÍN. -(Aparte.) ¡Su hermana!... Este me va a echar a perder mi plan.

GENERAL. -Sí, mi hermana; a quien usted no conocía, y que noticiosa de mi llegada ha venido a verme antes de ir al baile.

DUQUESA. -(Aparte.) ¡Ya respiro!

ÁNGELA. -¿Y por qué no me lo ha dicho usted, D. Valentín? Vaya, general, presénteme usted a su hermana: quiero tener el gusto de decirla cuánto debo al noble corazón de su hermano.

GENERAL. -(A LA DUQUESA, trayendo a su lado a ÁNGELA.) La señorita doña Ángela de Herrera.

DUQUESA. -(Aparte.) ¡La amiga de Isabel!... ¡Qué encuentro!

GENERAL. -Su padre fue mi compañero de armas y mi protector; y su hija es la joven más amable, más candorosa...

ÁNGELA. -Y más infeliz, ¿no es verdad?

VALENTÍN. -¡Sí por cierto, muy infeliz!, porque...

GENERAL. -¡Valentín!

VALENTÍN. -¡Hombre, déjame!... ¿No puedo yo hablar?

GENERAL. -Pero ten cuidado con lo que dices.

VALENTÍN. -¡Oh! No olvidaré lo que se debe a la hermana de mi amigo... ¡Oh, una hermana!... ¡Friolera!... ¡Yo no he tenido ninguna hermana!

ÁNGELA. -Pues yo celebro mucho que el general la tenga; así, aunque yo me marche, no le faltará una persona que le distraiga y le consuele de sus penas. ¡Y qué pena es sufrir la ingratitud de la persona que uno quiere! ¡Bien lo sé yo!

DUQUESA. -¿Usted, señorita, a su edad?...

VALENTÍN. -Pues a su edad se ve burlada, y se ha deshecho su boda por las coqueterías de una mujer trapisondista y vana que le ha levantado de cascos a su futuro. Sí, señora: el novio vino a Madrid, conoció a una coqueta, ¡y adiós felicidad! Enrique conoció a una coqueta... ¡y adiós tranquilidad! Yo conocí a una coqueta... ¡y adiós pierna! ¡Oh, qué mujeres!

DUQUESA. -(Aparte.) ¡Qué suplicio! (Al GENERAL.) Ya se hace tarde, Enrique; me marcho (Da algunos pasos.)

VALENTÍN. -(Tomándola con mucha finura de la mano, y volviéndola a traer.) ¡Cómo! ¡Tan pronto! No podemos permitirlo. Acompañe usted otro ratito a su querido hermano.

GENERAL. -Pero Valentín...

VALENTÍN. -¡Nada, nada! Si es tanto el gusto que me da verla aquí, que soy capaz de echar la llave para que no se vaya.

ÁNGELA. -(A LA DUQUESA.) Usted me perdonará si la fastidio tocando un punto que no puedo recordar sin entristecerme. Ya ve usted: nos íbamos a casar: todo estaba dispuesto: cuando un negocio de intereses obligó a mi novio a hacer un viaje a Madrid.

DUQUESA. -(Aparte.) ¡Qué oigo!

VALENTÍN. -¡Vea usted!... ¡Dejar venir un novio a Madrid!... ¡que es lo mismo que abrirle la jaula a un jilguero! ¡Hay aquí unas culebronas!... (A LA DUQUESA.) ¿No es verdad, señora?

DUQUESA. -¿Yo qué sé?

VALENTÍN. -(Aparte.) ¡Huy! ¡Qué gesto me pone!... ¡Bueno va!

GENERAL. -Angelita, es preciso olvidar eso.

ÁNGELA. -Ya hago lo posible; porque D. Valentín, que conoce a mi rival y no ha querido decirme su nombre, me ha asegurado que no debo ya contar con el amor del señorito D. Fernando de Lara.

DUQUESA. -¡Fernando de Lara!

GENERAL. -(Aparte) ¡D. Fernando de Lara..., el que la mandaba el ramo! ¡Ah! ¡Ya lo entiendo todo!

DUQUESA. -(Aparte.) ¡Esta era la novia de Valladolid!

VALENTÍN. -(Aparte, observándolos.) ¡Bravo!... ¡Esto se enreda!

ÁNGELA. -Qué, ¿le conoce usted, señora? ¿Le ha visto usted?

DUQUESA. -Sí..., alguna que otra vez.

GENERAL. -(Aparte.) ¿También esa? ¡Ah! ¡No sabía yo todas sus infamias! (Va a recostarse junto a la mesa.)

ÁNGELA. -¿Y cómo le ha conocido usted?

DUQUESA. -(Aparte.) ¡Ah! No perdamos la serenidad.

ÁNGELA. -¿No me responde usted?... Pero tiene usted razón: no volveré a hablar de él: en mi corazón ya no hay sitio sino para la amistad; y esa es toda de su hermano de usted. ¡Si viera usted él también qué vida pasa! ¡Qué infeliz le está haciendo una señora que llaman la duquesa del Puerto!

DUQUESA. -¡Niña!

VALENTÍN. -(Aparte.) ¡Soberbio!

ÁNGELA. -Yo no conozco a esa duquesa; pero lo que importa es ver el modo de que su hermano de usted rompa con ella: luego se le irá pasando, como a mí; y al cabo se olvidará de ella, como yo me olvido de Fernando. ¡Ah! Dígame usted que le ha visto: ¿sabe usted cuál es la mujer por quién me ha dejado? ¿Es más bonita que yo?

DUQUESA. -Niña..., yo... ¿cómo he de saber?...

VALENTÍN. -¡Vamos, que sí lo sabrá usted! Y ya podría usted ser amable, y decirle a esta pobrecilla quién es esa que le ha soplado el novio, y qué medios infernales empleó para írselo atrayendo; porque lo que es usted..., yo sé que ha visto a D. Fernando a los pies de la duquesa del Puerto.

ÁNGELA. -¡La duquesa del Puerto!

GENERAL. -(Con cólera.) ¡A sus pies!

VALENTÍN. -¡Sirviéndola de burla..., como otros muchos!

ÁNGELA. -¡Cómo! ¿Era ella?... No sé por qué me lo daba el corazón. Siempre he oído con repugnancia su nombre. ¡Qué mujer! ¡Verse amada del general Bernal, y pensar en otro hombre! ¿Puede usted comprender eso?..., ¿usted que es su hermana, y sabe cuán feliz debía considerarse la mujer que mereciera su amor? ¡Pero parece que esa señora duquesa es así!

VALENTÍN. -(Aparte.) ¡Bien por la niña de Valladolid!

ÁNGELA. -(A LA DUQUESA.) Usted la aborrecerá, señora, ¿no es cierto?

VALENTÍN. -¡Oh! Lo que es esta señora no la juzga con tanto rigor: su opinión acerca de la duquesa no es del todo imparcial.

DUQUESA. -Dice usted bien, Sr. D. Valentín; y espero que ya me permitirá usted marchar. (Dando algunos pasos hacia el foro.)

ÁNGELA. -(Aparte.) ¿Qué le ha dado?

VALENTÍN. -(Poniéndosela delante.) ¿Usted querrá marcharse al baile? Pero no es cosa de que la dejemos ir sola: sería una impolítica...

DUQUESA. -¿Qué quiere usted decir?

VALENTÍN. -Que he mandado llamar a un caballerete muy fino y muy galante para que la dé a usted el brazo.

GENERAL. -(Viniendo entre LA DUQUESA y D. VALENTÍN.) ¡Qué oigo!

DUQUESA. -(Aparte.) ¿Qué nueva perfidia será esta?

VALENTÍN. -Ya es hora: no puede tardar... Justamente oigo pasos.

UN CRIADO. -(Anunciando.) El Sr. D. Fernando de Lara.

ÁNGELA. -¡Fernando!

DUQUESA. -(Aparte.) ¡Ah, qué va a ser de mí!

Escena VI

D. VALENTÍN, DOÑA ÁNGELA, D. FERNANDO, EL GENERAL, LA DUQUESA.

FERNANDO. -(Al GENERAL al salir.) Me ha mandado usted llamar, general, y... ¡qué veo! ¡Ángela!

ÁNGELA. -Ángela, que no tiene parte alguna en esa llamada; y que debiendo marchar mañana mismo a Valladolid, tiene el honor de saludar al Sr. D. Fernando. (Da algunos pasos para irse.)

FERNANDO. -¡Usted aquí, Ángela!... ¡usted!... ¡y la duquesa del Puerto!

ÁNGELA. -(Deteniéndose y volviendo.) ¡Cómo!... ¡La duquesa!...

FERNANDO. -¿No lo sabía usted?

ÁNGELA. -(Mirándola con horror.) ¡Ay, Dios mío!

VALENTÍN. -(Aparte.) Esto la enseñará a hacer conquistas por partida doble.

GENERAL. -(Aparte.) El golpe es terrible, pero al fin la veo castigada.

FERNANDO. -(A ÁNGELA.) ¡Ángela!... ¡Apenas me atrevo a alzar los ojos delante de usted! (A LA DUQUESA.) Y lo que es a usted, señora, no esperaba yo encontrarla aquí.

DUQUESA. -¡Poco a poco, caballero! (Aparte.) Enrique me desprecia, quiere perderme... ¡Ah, lo que estoy pasando!

ÁNGELA. -(Asombrada.) ¡Conque era la duquesa!

DUQUESA. -(Aparte, componiendo el rostro.) ¡Si me ve humillada dejará de amarme! ¡Valor!

VALENTÍN. -Pues sí, señor; érase que se era una dama joven y hermosa; pero tan fría, tan coqueta, tan pérfida...

DUQUESA. -(Totalmente repuesta, y con tono burlón y ligero.) Permita usted que le interrumpa, señor mío: ese exordio promete un largo y curioso romance, y yo quisiera obtener la palabra. No porque trate de impedir al Sr.... D.... D.... ¿Cómo es su gracia de usted? (Colocándose en medio, entre D. FERNANDO y ÁNGELA.)

VALENTÍN. -Valentín, para servir a usted.

DUQUESA. -Ah, sí: D. Valentín. Pues, como decía, no porque trate de impedir al amigo D. Valentín que tenga el placer de difamar a una mujer que ningún daño le ha hecho: ¡nada de eso! Puede calúmniarla e insultarla a su sabor; pero antes que emprenda su tarea, deseo que ustedes me escuchen.

GENERAL. -¿Y qué es lo que puede usted decir?

FERNANDO. -¿Y cómo puede usted justificarse?

DUQUESA. -(Riendo.) ¿Justificarme? ¡Calla! ¿Creen ustedes que yo estoy en el caso de justificarme? Gracioso sería que tuviese yo que dar disculpas porque al caballero D. Fernando se le ha antojado ponerse en ridículo.

GENERAL Y ÁNGELA. -¡Cómo!

VALENTÍN. -(Aparte.) En eso puede que tenga razón.

DUQUESA. -Su orgullo provincial no se contentaba con la inocencia candorosa, con la ternura sincera de una joven graciosa y bella: Valladolid no era palenque digno de sus victorias: necesitaba habérselas con una madrileña del gran tono: aquí se nos vino a dar la batalla, creyendo que podría decir como César: ¡llegué, vi y vencí! ¡Pero al pobre le faltaban elementos para sostener el combate, y al fin ha salido derrotado!

ÁNGELA. -(Aparte.) ¡Ella me está vengando del ingrato!

FERNANDO. -Usted abusa, señora, de mi posición y de la suya.

DUQUESA. -No soy yo quien las ha elegido, caballero.

VALENTÍN. -No: he sido yo. Pero usted no juega limpio, señora; y el mejor fullero tiene un mal cuarto de hora.

DUQUESA. -¡Es verdad!... Como éste, por ejemplo, en que una débil mujer cae sin defensa en una grosera emboscada que no podía sospechar; ¿porque cómo había de figurarse que el hombre a quien tenía por el más noble y generoso de la tierra se portaría de este modo?

GENERAL. -¡Ah, no me acuse usted de esta acción!...

DUQUESA. -Ahora me toca a mí decir: ¡Poco a poco; todavía no le permito a usted responder! Aquí se me ha arrastrado violentamente, se ha intentado humillarme; pero se ha intentado a costa de la delicadeza y del honor. ¿Quién de los dos ha perdido en el juego?

GENERAL. -(Turbado.) Señora...

VALENTÍN. -(Aparte.) Si no le socorro... -Usted, señora, tiene mucho talento y muchas camándulas; esto es cosa reconocida: lo que se ha hecho con usted sale un poco de las reglas, lo confieso: puede usted acusarnos; pero seducirnos..., ¡eso se acabó!

DUQUESA. -(Riendo.) ¡Ah, ah!... ¿Y qué sacaría yo con seducir al Sr. D. Valentín?

VALENTÍN. -Es que...

DUQUESA. -(Al GENERAL.) ¡Estoy en su casa de usted, general; estoy en ella contra mi voluntad; y sin embargo, esta miserable venganza puede arruinar mi reputación, mi honor..., lo más precioso de una mujer!

GENERAL. -¡Ah! No dude usted que sabré alejar todo peligro, toda interpretación siniestra...

VALENTÍN. -(Aparte.) ¡Anda, cobardón!

DUQUESA. -Yo no exijo nada de usted. Su digno amigo ha querido que a este escándalo asistieran testigos; pues bien, me explicaré delante de ellos. No trato de negar, señores, que viéndome viuda, libre y envidiada y solicitada, creí que debía comprar la consideración de las lentes a costa de esa ternura amorosa que tanto se afanan los hombres por inspirarnos, y que tanto nos la motejan cuando llegamos a sentirla. Me propuse que mi cabeza fuera la defensa de mi corazón; y lo que llaman ustedes coquetería ha sido la salvaguardia de una conducta en que la maledicencia no ha podido tachar lo más mínimo. ¿Ustedes se rebelan contra este natural instinto que nos inclina al deseo de agradar, y nos inspira miedo a querer?... ¡Pues de ustedes es la culpa, señores míos, más bien que nuestra: tienen ustedes palabras de almíbar para seducirnos, y de hiel para juzgarnos! ¡Todos los medios son lícitos para conquistarnos; y los que nosotras usamos para asegurar nuestras conquistas, por inocentes que sean, se califican de infames!

VALENTÍN. -¡Sí, sí!... ¡Inocentes..., inocentes!...

DUQUESA. -¡Sin duda! ¿Cuáles son las que usamos? Coqueterías estudiadas..., frialdad aparente..., indiferencia fingida... Así es como defendemos nuestra expirante libertad de la invasión del amor; y gracias si la lucha se dilata y nos da tiempo para conocer a fondo al hombre que se ha hecho dueño de nuestro corazón.

GENERAL. -(Aparte.) ¡Qué es lo que oigo!

VALENTÍN. -(Aparte.) ¡Ay, ay, ay, ay!...

DUQUESA. -Confieso que he tenido momentos de creer que había hallado a ese hombre cuyo amor me subyugaba; y casi me llegó a decir el corazón que la vanidad, el fausto, el brillo del mundo no equivalían a la dulzura que encierra una sola palabra de amor, pronunciada por la persona que se ama... (Mirando al GENERAL.)

GENERAL. -(Aparte, conmovido.) ¡Ah, si fuese cierto!... ¡Ah! ¡Valentín..., Valentín!

VALENTÍN. -(Aparte.) ¡Esta es otra añagaza: no te fíes!

ÁNGELA. -(Aparte.) ¿Si le amara de veras?

DUQUESA. -Pero me han dado tiempo para pensarlo, y me han hecho un grandísimo favor. (Acercándose a D. FERNANDO.) Sr. D. Fernando, quizá el sentimiento anterior que me dominaba es el que ha estorbado que triunfase usted en la demanda: no quiero envanecerme de una resistencia que no es sólo mía, y le ruego a usted que me perdone el chasco. (A ÁNGELA.) Cuando una es joven y hermosa, siempre triunfa, a despecho de las coqueterías y la inconstancia; no lo dude usted, señorita; y no me guarde usted rencor. (A D. VALENTÍN.) Sr. D. Valentín, la amistad disculpa muchos yerros; y yo debo darle a usted gracias por haberme creído digna de enlazarme al hombre que usted quiere más en el mundo. (Con tono voluble y chancero.) ¡Sólo a usted se le hubiera ocurrido la diablura que ha hecho conmigo! ¡Lástima es que haya fallado!...; pero ¡cómo ha de ser!, el negocio no estaba en sazón: su amigo de usted no me quiere ya, y yo quizá no le quiero todavía; de suerte que el casamiento que usted me proponía se hace imposible. Así, pues, he dicho, y con permiso de ustedes me marcho al baile... ¡Tardecillo es!... ¡pero siempre llegaré a tiempo de bailar un par de rigodones!... ¡Adiós, señorita! ¡Caballeros, tengo el honor de saludar a ustedes!... (Aparte, yéndose, sin poder disimular ya la conmoción.) ¡Sofocada estoy!; ¡pero no han logrado humillarme!...

Escena VII

DOÑA ÁNGELA, D. VALENTÍN, D. FERNANDO, EL GENERAL.

VALENTÍN. -Pues señor, que el demonio me lleve si no se acaba de burlar otra vez de nosotros. Pero no me importa: me he salido con la mía: ¿tú ya no la quieres?

GENERAL. -(Yéndose.) ¡Qué sé yo!

VALENTÍN. -¡Ay, Dios mío! ¿Será cosa de volver a empezar?

Acto tercero

(La misma decoración del acto primero.)

Escena primera

LA DUQUESA.

LA DUQUESA. -(Al levantarse el telón sale de su cuarto, se dirige al balcón, y luego viene al proscenio.) Se me figuró que paraba un coche..., ¡pero no era aquí! (Tira del cordón de una campanilla: sale un lacayo.) ¿Se han llevado las cartas que mandé?

LACAYO. -Sí, señora: Andrés fue a casa del Sr. D. Valentín, y le dijeron que estaba de caza hacía ya unos días, y que aún no había vuelto; pero Andrés dejó la carta, porque parece que le aguardaban hoy.

DUQUESA. -Bien; ¿y la otra?

LACAYO. -¿La que iba para el señor general Bernal? Esa la llevé yo mismo y la entregué en propia mano, cuando S. E. iba a subir al coche. Se la guardó, y me dijo que no tenía respuesta.

DUQUESA. -¡Bien!... ¡bien!... Anda con Dios. (Vase EL LACAYO.) ¡Sin respuesta!... ¡Dios mío, todas sin respuesta! ¿No le volveré yo a ver? Un siglo me parece que ha pasado desde aquel día fatal en que al verme en su casa... y a su lado, conocí que le amaba sobre todas las cosas de este mundo! ¡No ha vuelto!... Le he escrito mil veces... ¡No me ha respondido! Le he buscado en todos los sitios donde siempre nos encontrábamos... Nada: ¡no le he visto! ¿Dónde estará?... ¿Qué hará?... ¡Ah, si él supiese lo que está pasando en mi corazón! Bien me lo dijo: ¡hay hombres que no perdonan jamás! ¿Por qué le habré ocultado tanto tiempo mi amor? Si en vez de apurarlo, de fingirle crueldad, indiferencia, le hubiese dicho la verdad..., le hubiese dicho mil veces: ¡Enrique, yo te amo!... ¡Ah, sí..., él lo hubiera creído... y ahora le tendría aquí, a mis pies, enamorado, delirante!... !Ah, si volviese!... ¡Si Dios hiciera que volviese!... ¡Si por una hora no más se me mostrase tal como le he visto durante un año entero!... ¿Y es cosa de perder enteramente la esperanza?... ¡Yo me muero! ¡No puedo vivir así! ¡Dios mío, cuánto le amo!... ¡Ah, bien vengado está!

Escena II

LA DUQUESA, DOÑA ISABEL, LA MARQUESA.

ISABEL. -Entre usted, tía; aquí está mi hermana.

DUQUESA. -(Yendo a abrazarla.) ¡Querida tía!

MARQUESA. -¡Dichosos los ojos!...

ISABEL. -¿Estás hoy mejor?

MARQUESA. -Eso vengo a saber. ¡Estás desconocida!... ¡No se te ve por ninguna parte!... Dos bailes ha dado el embajador, y no has parecido. Ni vas al Prado... ni al teatro... ¿Qué significa esto?

DUQUESA. -(Sonriendo a la fuerza.) Nada..., creo que no será nada, tía.

ISABEL. -Y las gentes, como la ven así, tampoco vienen por temor de incomodarla. Ni el general, que venía todos los días... ¿Cuántos hace que no le vemos?

DUQUESA. -¿Al general?... ¡Qué sé yo! (LA MARQUESA se ha sentado y ha tomado un periódico.)

ISABEL. -¡Cosa más rara!... He estado por preguntárselo.

DUQUESA. -¿Tú le has visto?

ISABEL. -Sí, esta mañana temprano, por frente del Botánico: iba en su coche, con Angelita y con su padre; y él me vio, porque me hizo así con la mano. (Indicando un saludo.)

DUQUESA. -¡Ah!

ISABEL. -Y también a Angelita hubiera querido hablar para reñirla, porque no ha vuelto a verme. ¡Pero el general, señor!... ¡El general no parecer por casa!

DUQUESA. -¡Quién sabe!... Tendrá ocupaciones...

ISABEL. -¡Qué ocupaciones!... ¿No ha de tener un rato al día?... Pues yo siento no verle... ¡Es hombre que me gusta tanto!... ¡Y él te quiere mucho! ¿Le has hecho tú algo, Clara?

DUQUESA. -(Turbada.) ¿Yo?... ¡Qué ocurrencia!...

ISABEL. -¡Es que tú eres tan caprichosa con él!... ¡Algunas veces le has dado unas respuestas!... No creas que se me ha escapado.

MARQUESA. -¡Eh!... ¡Para hablar delante de las niñas!...

ISABEL. -Y yo una vez me propuse imitarte; pero no pasó de cinco minutos..., ¡y aquellos cinco minutos fueron crueles! Te aconsejo, hermana, que mudes de sistema.

UN LACAYO. -El Sr. D. Luis está en la sala.

ISABEL. -¡Hola!... Voy a verle. Adiós, hermana; adiós, tía.

Escena III

LA DUQUESA, LA MARQUESA.

MARQUESA. -Ya que estamos solas, Clarita, hablemos un rato con formalidad. Ya me has contado la jugarreta que te ha hecho ese excelencia de nuevo cuño, a quien os habéis propuesto mirar como un grande hombre, y a quien yo en mis tiempos hubiera hecho encerrar en un presidio.

DUQUESA. -¡Tía!...

MARQUESA. -Sí, señor, en un presidio. ¡Atreverse a robarte y meterte en su casa! Y vamos a ver..., ¿todo ello para qué?... ¡Nada... ¡Para decirte insultos y groserías de cuerpo de guardia! ¡Vamos, eso es inaudito! ¡Qué tiempos alcanzamos, senor! Y sepamos: ¿en qué altura estás con ese hombre?

DUQUESA. -Que le he escrito, tía...

MARQUESA. -¡Qué necedad!

DUQUESA. -Y no me ha contestado ni una sola vez.

MARQUESA. -¡Mire usted!... ¡el insolente!

DUQUESA. -En fin, que ya no me quiere.

MARQUESA. -¿Y tú le quieres ahora?

DUQUESA. -¡Sí, tía!... ¡A qué se lo he de ocultar a usted..., le quiero más que a mi vida!

MARQUESA. -¡Ese es el orden!... En mis tiempos, lo que es eso era lo mismo. ¿Y qué vas a sacar de quererle?

DUQUESA. -¡Qué sé yo! ¡Ni puedo explicar lo que pasa en mí!... No sé lo que hago, ni lo que pienso... ¡No soy ya la misma!

MARQUESA. -¡Y es lástima!

DUQUESA. -¡Si él supiera que esta mujer, tan desdeñosa, tan coqueta, ha llegado a sentir amor!, ¡que su corazón es otro enteramente!...

MARQUESA. -¡Qué tal!... ¿Te decía yo bien, que estuvieses en guardia?

DUQUESA. -Pero ya lo sabrá: he querido que lo sepa: acabo de escribir a D. Valentín.

MARQUESA. -¿Y quién es D. Valentín?... ¿Su confesor?

DUQUESA. -No: ese amigo suyo que no me puede ver.

MARQUESA. -¡Ah! ¡Ya! Ya me acuerdo: ¿el que dirigió el rapto?... ¿el que emborrachó a tu cochero?... Pues mira, es hombre de travesura; si fuera de buena familia, hubiera hecho suerte en mis tiempos.

DUQUESA. -¡Ese es el que me ha perdido!... ¡Me ha hecho una guerra mortal!... ¡Me ha robado el corazón de su amigo!

MARQUESA. -¡Ta, ta..., ta!... ¡Dale con el corazón!... En el día todo se vuelve hablar del corazón. Niña, tú te has olvidado de mis lecciones.

DUQUESA. -¡Sus lecciones de usted!... ¡Ah! ¡Por haberlas seguido demasiado no he hecho ahora más que halagar mi orgullo, sin lograr un instante de felicidad!

MARQUESA. -¡Esas no son más que palabras!... Hablemos en razón. Mientras que la cosa no ha pasado de divertirte a expensas de ese soldado advenedizo a quien le han pegado un excelencia, ¡vaya con Dios!..., no había peligro de ello: casi era una distracción. Pero cuando ya los dos lo habéis tomado con seriedad, cuando un hombre de humilde extracción se atreve a toda una duquesa del Puerto, ¡oh, eso ya no se puede llevar en paciencia! En mi tiempo la familia hubiera hecho que el rey le enviase a Filipinas, bajo partida de registro.

DUQUESA. -¡Tía, por Dios, no diga usted eso! ¿Cómo echa usted de menos aquellos tiempos?

MARQUESA. -¿Cómo?... ¡Friolera!... En primer lugar, porque siempre una echa de menos los tiempos en que era joven; y luego porque esto de la ilustración, como ahora lo llaman, es una confusión de clases, que no nos entendemos. En diciendo: ¡es un poeta famoso!..., ¡es un militar valiente!..., se acabó: ya hay que abrirle las puertas a cualquier Pedro Fernández, como ese señor general Bernal, que puede que se haya criado en pernetas, jugando al trompo en alguna plazuela.

DUQUESA. -¿Y cómo quiere usted, tía, que nadie se acuerde de eso, tratándose de un hombre que se ha elevado por sus prendas eminentes?

MARQUESA. -¡Bah, bah!...

DUQUESA. -¿Y si yo le dijese que estoy tan ciega, que tengo tentaciones de atropellar por todo?

MARQUESA. -¡Cómo!... ¡Alguna locura!...

DUQUESA. -¡Sí, señora!... Desesperada de no recibir contestación a ninguna carta, indignada de su indiferencia, estoy casi resuelta a hacer que vaya mi coche a la puerta de su casa, y se esté allí toda la mañana, para que corra la noticia y me comprometa sin remedio.

MARQUESA. -¡Ay, en qué siglo vivimos!... Pero, sobrina, ¿no has reflexionado?...

DUQUESA. -Sí, tía; he reflexionado..., ¡y por eso no me atrevo a hacerlo!...

MARQUESA. -¡Gracias a Dios! ¡Jesús! Mejor te pasaría que fueses efectivamente a su casa en un coche de alquiler, con las persianas echadas.

DUQUESA. -¡Qué dice usted!...

MARQUESA. -Así no habría escándalo, y en todo caso se podía negar.

DUQUESA. -¡Pero si yo quiero que todo el mundo sepa que le amo!

MARQUESA. -Entonces no hay caso: te has vuelto loca, y es imposible entenderse contigo.

DUQUESA. -¡Me parece que sí!

MARQUESA. -Pero en fin, eres mi sangre, y no puedo dejarte en las astas del toro. A ver, hija, a ver qué corte se puede dar a esto. ¿Tú estás encaprichada por ese general?

DUQUESA. -¡No hay para mí felicidad sin su amor!

MARQUESA. -¡Pues qué remedio!... Cásate con él. Será una alianza desigual..., será un borrón en la familia..., ¿pero qué se ha de hacer?

DUQUESA. -Ya estaba yo en eso; pero el caso es que él ya no me ama.

MARQUESA. -¿Que no te ama?... ¡Pues no faltaba más!... Conque en vez de darse con un canto en los pechos... Dime: ¿le has escrito a ese D. Valentín?... ¿Qué le dices?

DUQUESA. -Que venga a verme: es quien más influjo tiene con el general.

MARQUESA. -¿Y tratarás de convencerle de la sinceridad de tus sentimientos?

DUQUESA. -¡Oh, si yo lograra ponerle de mi parte; si él quisiera persuadir a su amigo a que viniese a verme..., a que yo le viera un solo instante!...

MARQUESA. -¡Pero eso no está en el orden!... ¿Has de ser tú quien dé el primer paso?... ¿Sería eso decoroso?... No, no, yo me encargo de ello.

DUQUESA. -¿Usted, tía?

MARQUESA. -Sí, yo: ¡bastante me cuesta!... Pero tú lo echarías a perder..., te irías por esos trigos..., y quizá no lograrías lo que quieres. Yo recibiré a D. Valentín.

DUQUESA. -¡Ah, cuánto la debo a usted!

MARQUESA. -¡No lo sabes bien!

UN LACAYO. -El Sr. D. Valentín Rompelanzas desea ver a S. E.

DUQUESA. -¡Ahí está, tía!

MARQUESA. -Pues vete a tu cuarto, y déjame a mí.

DUQUESA. -¡Cuidado, por Dios, tía! ¡Trátelo usted con mucha atención!... ¡Reflexione usted que mi suerte, que mi vida está en manos de ese hombre!

MARQUESA. -No tengas miedo; yo soy muy diplomática: vete, vete.

DUQUESA. -¡En usted confío! (Se va por la izquierda.)

MARQUESA. -¡Bien, bien! (Al lacayo.) Que pase adelante. (Se va EL LACAYO.) ¡La marquesa de Estepona tratando de igual a igual con un D. Valentín!... ¡A qué tiempos hemos llegado!

Escena IV

LA MARQUESA, D. VALENTÍN.

UN LACAYO. -(Anunciando.) El Sr. D. Valentín Rompelanzas.

VALENTÍN. -(Saludando.) Obediente a la esquelita que ha tenido usted a bien escribirme, vengo... (Llegando y viendo a LA MARQUESA.) ¡Ah! Perdone usted, señora. (Retirándose.)

MARQUESA. -No, no; acérquese usted, amigo mío.

VALENTÍN. -Es la señora duquesa del Puerto quien me ha llamado...

MARQUESA. -Y es la marquesa de Estepona, duquesa de Pozos-dulces, su tía, quien le recibe a usted.

VALENTÍN. -(Aparte.) ¡Marquesa y duquesa!... Esta es más en cuanto a títulos..., ¡pero en cuanto a facha!...

MARQUESA. -Pues, amigo, tengo que hablarle a usted.

VALENTÍN. -Ya soy todo orejas, señora.

MARQUESA. -Creo que tiene usted un amigo a quien llaman Bernal, si no me equivoco.

VALENTÍN. -Sí, señora, así le llaman desde que nació.

MARQUESA. -Pues sí: de él vamos a tratar.

VALENTÍN. -Bien: tratemos.

MARQUESA. -Ha de saber usted que, por uno de esos caprichos de la suerte, mi sobrina tiene que pedirle a usted un favor.

VALENTÍN. -¿A mí, señora?... ¿A mí, que soy su enemigo más encarnizado?

MARQUESA. -¡Qué es eso de enemigo!... ¿A mí me lo dice usted?...

VALENTÍN. -¡Toma! Pues si se lo he dicho a ella.

MARQUESA. -¿Es posible?

VALENTÍN. -Pero debo confesar que no es a ella precisamente a quien tengo tirria, sino a todas las coquetas en general.

MARQUESA. -¿Cómo se atreve usted?

VALENTÍN. -¡Toma! Si supiera usted la aventura que me pasó con una de ellas, llamada Saturnina, no lo extrañaría usted.

MARQUESA. -Yo no sé quién es Saturnina, ni me importan sus aventuras de usted. Pero me parece que prescindiendo de la clase, del nacimiento, basta ser mujer para imponer respeto.

VALENTÍN. -¡Cierto! Y a mí me lo imponen todas..., excepto las que son taimadas y coquetas, como Saturnina.

MARQUESA. -¡Dale con Saturnina! ¿Acabaremos de hablar de Saturnina? Alguna modista de Madrid...

VALENTÍN. -No, señora: ¡una navarra de tomo y lomo!, y no era modista. ¡Ojalá lo hubiera sido! La echaba de señora: me dio una cita, tuve que escapar, y me rompí esta pierna.

MARQUESA. -¿Qué me importa a mí su pierna de usted?

VALENTÍN. -A mí me importa mucho; y si viera usted cuando cambia el tiempo...

MARQUESA. -Basta, basta de pierna, y óigame usted. Mi sobrina la duquesa del Puerto ha dado en la flaqueza de honrar con su aprecio a un hombre que, a decir lo que siento, no lo merece.

VALENTÍN. -¡Señora!

MARQUESA. -¡No me interrumpa! Usted sin duda ignora que uno de los ascendientes del duque del Puerto murió en la toma de Sevilla, al lado del santo rey D. Fernando.

VALENTÍN. -Si moriría: eso debe usted saberlo mejor que yo. Yo no estuve en esa batalla.

MARQUESA. -¡Es que yo tampoco!

VALENTÍN. -No, no digo yo que usted estuviera.

MARQUESA. -¡Me gusta la especie!

VALENTÍN. -Yo donde he estado es en otros combates, donde el general Bernal se cubrió de gloria.

MARQUESA. -¡Buena gloria te dé Dios! ¡Ahora todo el mundo se cubre de gloria!

VALENTÍN. -Lo que es él, me parece que no habrá quien dude en España...

MARQUESA. -Bien: no disputo su gloria.

VALENTÍN. -Y hace usted bien.

MARQUESA. -Pero me confesará usted que no por eso está a menos distancia de mi sobrina.

VALENTÍN. -¡No, señora; no la confesaré a usted tal!

MARQUESA. -¡Oiga y no me interrumpa tanto!

VALENTÍN. -¡Y usted también hágame el favor de no ofender al general Bernal!

MARQUESA. -¡No faltaba más sino que la marquesa de Estepona tuviese que guardar respeto a un general improvisado.

VALENTÍN. -¿Y por qué no se lo ha de guardar, si vale más el dedo meñique de ese general que todas las duquesas y marquesas vejestorios que andan por Madrid?

MARQUESA. -¡Insolente!

VALENTÍN. -¡Lo dicho!

MARQUESA. -¡Canalla!... ¡Sangrador!

VALENTÍN. -¡Mucho que sí! (Sacando un estuche.) Y si usted se sofoca, aquí traigo las lancetas.

MARQUESA. -¡Asesino!...

Escena V

Dichos, LA DUQUESA.

DUQUESA. -¡Dios mío!, ¿qué es esto?..., ¿qué ha sucedido?

MARQUESA. -Lo que ha sucedido es que tires al instante de la campanilla.

DUQUESA. -¿Para qué, tía?

MARQUESA. -Para que vengan a echar a ese hombre por un balcón.

VALENTÍN. -¿Por un balcón? ¿Como hizo Saturnina? No, señora: con las que pasan de treinta, salgo yo siempre por la puerta.

DUQUESA. -(Con dulzura.) ¡Sr. D. Valentín!...

VALENTÍN. -Y ese camino voy a tomar, ya que se me ha llamado para esto.

DUQUESA. -No: yo le suplico a usted que se aguarde.

MARQUESA. -En ese caso, señora sobrina, me iré yo.

DUQUESA. -Pero tía, si le he mandado llamar, y usted me ofreció...

MARQUESA. -¿Y quién se contiene con un deslenguado de esa calaña? ¡Adiós!... ¡Me voy!... ¡Consultaré con tu tío el conde de la Langosta, y vendré con él a predicarte! ¡Eres una loca!... Te has metido entre gentuza, y no sacarás más que coces! (Vase gruñendo.) ¡Matasanos!

Escena VI

LA DUQUESA, D. VALENTÍN.

DUQUESA. -(Con afabilidad.) Esto no habrá sido nada. La pobre tía me quiere como a las niñas de sus ojos, y no debe usted extrañar que a su edad tenga ciertas rarezas, que deben ser disculpables para un sujeto de talento y de mundo.

VALENTÍN. -(Aparte.) ¡Hola! ¡Esto es otra cosa!

DUQUESA. -(Sentándose.) ¡Pero siéntese usted!... ¡Siéntese usted!...

VALENTÍN. -Estoy bien de pie, señora.

DUQUESA. -¡No, no! Hágame usted ese favor: nuestra conversación pudiera prolongarse... Tengo algunas cosas que decir a usted...

VALENTÍN. -¡Vaya, pues! ¡Ya estoy escuchando! (Se sienta.)

DUQUESA. -No hace muchos días que tuvo la bondad de hacerme una visita.

VALENTÍN. -Es verdad.

DUQUESA. -Yo esperaba que no fuese la última...

VALENTÍN. -¿Usted lo esperaba?... Pues no fue tan gustosa que...

DUQUESA. -(Con afabilidad.) Muchas veces disputa una..., no está de acuerdo con alguna persona sobre tal o cual punto..., pero esto no quita que aprecie su buen fondo y desee volver a verla.

VALENTÍN. -Sí: verdad es, señora... que... (Aparte.) ¿Qué diablo es esto?

DUQUESA. -Ya sé que ha estado usted fuera de Madrid.

VALENTÍN. -¡Cómo! ¿Ha preguntado usted por mí?

DUQUESA. -¡A la cuenta! Ya ve usted que entre los dos no median más relaciones que el ser ambos amigos de... de...

VALENTÍN. -¿Del general Bernal?

DUQUESA. -Justamente; y en estos días no le he visto.

VALENTÍN. -¡Bravo! Me ha cumplido la palabra.

DUQUESA. -¿Cómo?

VALENTÍN. -Teniendo que ir a caza algunos días, le exigí palabra de no venir a ver a usted; pero como hasta aquí ha sido tan mandria en ese punto, no me fiaba mucho, y temía que diese otra vez al traste con el proyecto que he formado para su bienestar, y al cual ha dado él su aprobación.

DUQUESA. -¡Ya!

VALENTÍN. -Ahora veo con gusto que lleva el plan adelante, y que se ha decidido a no molestarla más a usted con ese amor de que usted no ha podido participar.

DUQUESA. -¿Quién le ha dicho a usted eso, Sr. D. Valentín?

VALENTÍN. -¡Toma! ¡Pues la cosa ha sido bien clara!

DUQUESA. -Usted me ha tenido a mí por insensible, y yo a usted por malo: ambos hemos podido equivocarnos.

VALENTÍN. -¡Oh! En cuanto a lo primero...

DUQUESA. -Sí, sí, crea usted que nos hemos equivocado; porque usted, bajo ese exterior áspero y duro, oculta un corazón generoso...

VALENTÍN. -¡Eso es según!

DUQUESA. -Y en cuanto a lo demás, ¿cree usted, Sr. D. Valentín, que puede haber en el mundo una mujer capaz de estar tratando un año entero a su amigo de usted, sin apreciar sus bellas cualidades, sin mirar como la suprema felicidad el poseer su corazón?

VALENTÍN. -(Aparte.) ¡Calla!... ¡Esta mujer no es la misma!

DUQUESA. -¡Usted ha sido muy severo, muy cruel con esa mujer!... Y sin embargo, ella no le aborrece a usted, y sólo le pide un poco de indulgencia, en cambio de su amistad.

VALENTÍN. -(Aparte.) ¡Es mucha metamorfosis! ¡Señora duquesa!... ¿Sabe usted que si uno no estuviera en guardia, era cosa de dejarse embaucar por esas palabras de miel? ¡Vaya! ¡Lo hace usted de modo que cualquiera diría que su corazón de usted es capaz de sentir una verdadera pasión!

DUQUESA. -¿Y por qué dudarlo? ¿Por qué no ha de creer usted que mi alma es capaz de comprender la suya, y de perdonar un paso que en el fondo le honra a usted, por más que haya sido respecto a mí algo irregular y ofensivo?

VALENTÍN. -¿Dice usted que me perdona?... ¿A mí?...

DUQUESA. -(Acercando la silla.) ¡A usted!... Y aún haré más.

VALENTÍN. -(Separando la suya.) ¿El qué?

DUQUESA. -Obligarle a usted a que me haga justicia, a que confiese que esta mujer a quien usted ha ofendido, no carece de sentimientos nobles y generosos.

VALENTÍN. -Señora..., efectivamente... yo... confieso que anduve algo crudo... y que para no guardarme rencor, necesita usted hacer un gran esfuerzo.

DUQUESA. -No tal: desde hoy seremos amigos: usted vendrá a verme... a menudo: me contará las campañas de su amigo; me hablará de la gloria que ha adquirido en los mil combates donde dio a conocer su talento y su valor... También de usted hablaremos: de la fama que ha logrado en su difícil y honrosa profesión; porque ha de saber usted que no ignoro lo que vale usted como facultativo, Sr. D. Valentín.

VALENTÍN. -¡Pues señor, bien!... Tendré mucho gusto...

DUQUESA. -Ya verá usted cómo hay duquesas que son muy amables. ¡Cuántas veces sucede en el mundo formar juicios equivocados acerca de una persona, y rectificarlos la primera vez que se la habla! Yo, por ejemplo, había formado mala opinión de usted, y ahora me arrepiento.

VALENTÍN. -(Aparte.) ¡Es cosa increíble! ¡Hay en todas sus palabras una franqueza, una verdad!... ¿Tendrá efectivamente corazón esta mujer?

DUQUESA. -Conque Sr. D. Valentín... (Alargándole la mano.) ¿hacemos las paces?... ¿No me aborrece usted?

VALENTÍN. -¡Aborrecerla a usted!... ¿Es eso posible?... (Aparte, retirando la suya.) ¡Valentín, acuérdate de Saturnina!

DUQUESA. -(Acercando la suya.) Ya conoce usted que una mujer en mi posición debe tomarse tiempo para sondear bien al hombre que ha de unirse a ella por toda la vida; y que esta precaución es fácil que se tome a primera vista por frialdad o por doblez.

VALENTÍN. -(Aparte.) ¡Pues tiene razón! Puede ser muy bien..., y quizá yo me he precipitado.

DUQUESA. -Su amigo de usted lo ha creído así; y usted ha contribuido a que lo crea.

VALENTÍN. -Es verdad.

DUQUESA. -¿Usted creyó que los triunfos logrados por mi vanidad eran todo para mí?

VALENTÍN. -¿Y me he engañado, señora?

DUQUESA. -No creo que usted lo dude. Los hombres que tienen la penetración de usted, leen en los corazones; y usted ha leído ya en el mío.

VALENTÍN. -Señora... (Aparte.) ¡Como soy Valentín que esta mujer me ha vuelto la chabeta! ¡Qué expresión!... ¡Qué dulzura!...

DUQUESA. -¡Confiese usted que se ha portado mal!...

VALENTÍN. -¡Ay, señora!... ¡Y lo que temo es que no pueda ya enmendarlo!

DUQUESA. -¿Cómo?

VALENTÍN. -Porque puede que a estas horas mi amigo Bernal se haya casado.

DUQUESA. -(Levantándose.) ¡Casado!

VALENTÍN. -(Levantándose.) Sí, señora; con Angelita Herrera..., aquella niña..., ¡ya se acuerda usted!, aquella a quien usted le quitó el novio.

DUQUESA. -¡Casado... con ella!...

VALENTÍN. -Es negocio que yo arreglé, y a mi marcha quedó resuelto: luego, mientras he estado fuera, no he cesado de escribir a Bernal apurándole para que lo llevase a cabo, a fin de sacarlo de una vez de las uñas de usted. Él me respondió que descuidase; porque la felicidad de Angelita era ya su primer cuidado. Ahora me dice usted que no ha parecido por aquí; ¡de suerte que fijos son los toros!

DUQUESA. -¡Dios mío, eso no es posible!... ¡No puede haberse casado!

VALENTÍN. -Yo no sé; como al llegar me he encontrado con su esquela de usted, he venido aquí antes de ir a verlo.

DUQUESA. -Pero él le hubiera avisado a usted el día que se casaba: le hubiera esperado a usted para la boda...

VALENTÍN. -Eso es probable; pero también lo otro es muy posible.

DUQUESA. -¡Ay, D. Valentín!...

VALENTÍN. -¡Señora..., usted se pone pálida..., usted está mala!...

DUQUESA. -¡Ah!...

VALENTÍN. -¡Estamos frescos! ¿Conque la cosa iba de veras? ¿Por fin ha parado usted en amarle?... ¡El remedio que yo apliqué a muerte o a vida ha producido su efecto!... ¡Pero qué demonio..., ha obrado tarde!

DUQUESA. -¡Ah! Él no puede haber renunciado así a una dicha que ha sido su sueño un año entero!... ¡No puede haberse resuelto a emponzoñar la existencia de una mujer que ha querido tanto!

VALENTÍN. -¿Y quién había de creer que emponzoñaba su existencia de usted?

DUQUESA. -¡Pues ya lo ve usted!... ¡Ya ve usted si padezco..., mi corazón se ha descubierto ya con usted!

VALENTÍN. -¡Cáspita, es verdad! Conozco que anduve ligero... Vale usted más de lo que yo creí..., y si fuera tiempo todavía...

DUQUESA. -¡Sí, sí! No debe haberse casado...

VALENTÍN. -Voy a verle... voy a hablarle..., yo le diré...

DUQUESA. -(Con ternura.) ¿Qué le dirá usted?

VALENTÍN. -¡Toma!... Le diré..., le diré que se ha vuelto usted otra..., que no la conozco..., que me ha trastornado usted los sentidos..., ¡que es usted una mujer adorable! Me tratará de veleta..., ¡pero no importa! Y si fuese tarde..., si ya no tiene remedio..., entonces, señora..., para enmendar la falta que he cometido con usted...

DUQUESA. -¿Qué?...

VALENTÍN. -¿Qué?... ¡Me casaré yo con usted!

DUQUESA. -¿Usted, D. Valentín?

VALENTÍN. -¡Andandico!... ¡Yo soy capaz de cualquier cosa..., usted me ha levantado de cascos!

DUQUESA. -Pero reflexione usted...

VALENTÍN. -¡Ah! ¡Tiene usted razón! ¡No soy yo el que usted ama! ¡Vamos..., no sé lo que me digo! Voy a buscarlo..., voy a procurar... Diga usted; ¿y si la cosa se compone, y le traigo, se volverá usted a burlar de él?

DUQUESA. -¡Ah! ¡Qué dice usted!...

VALENTÍN. -No, es que conviene tomar precauciones. Yo estoy aquí fiándome de sus palabras de usted, y casi enternecido..., y puede que haga mal.

DUQUESA. -(Afligida.) ¡Por Dios, D. Valentín!...

VALENTÍN. -¡Vamos..., no! La creo a usted.

DUQUESA. -¡Vaya usted pronto!

VALENTÍN. -Voy volando. (Aparte, yéndose.) El demonio son las mujeres... ¡Qué modo de volverlo a uno tonto!

Escena VII

LA DUQUESA.

LA DUQUESA. -¡Oh! ¡Aún será tiempo! ¡No puedo resignarme a creerlo! ¿Cómo me ha de haber olvidado tan pronto?... Él no amaba a esa niña..., ni ella puede hacerlo feliz. Quizá el despecho..., la venganza, le habrán hecho consentir; pero mi imagen se habrá interpuesto y le habrá detenido. Su amigo le va a hablar..., sin duda le traerá. ¡Ah! ¡Cuánto he padecido!... Pero si viene, si logro que me escuche un momento, yo sabré triunfar de su indiferencia. Si el mismo D. Valentín, que no me podía ver, se ha dejado ablandar por mis palabras, ¡qué será él, que me amaba tanto! (Mirándose a un espejo.) ¡Qué descolorida estoy!..., ¡qué mal peinada!... No quiero recibirle con este vestido, que no me sienta bien. ¡Ah! ¡La coquetería esta vez es disculpable, porque tiene por objeto el verdadero amor! (Llama a la campanilla. Sale la doncella.)

DONCELLA. -¿Qué manda V. E.?

DUQUESA. -Sácame un traje: quiero vestirme.

DONCELLA. -¿Daré orden de que V. E. no recibe? He oído parar un coche. (Yendo al balcón.) Es el del señor general. ¿Le recibe V. E.?

DUQUESA. -¡Sí, sí!... Vete. (Vase la doncella.) ¡Enrique!... Aún no puede haber visto a su amigo... ¡Luego viene por su propia voluntad!... ¡Ah! Bien decía yo que no podía haberse casado! (Componiéndose.) ¡Ea, serenidad, para no decir más que lo que convenga!

UN LACAYO. -(Anunciando.) El señor general Bernal.

Escena VIII

EL GENERAL, LA DUQUESA.

GENERAL. - (Saludando.) Duquesa, estoy a los pies de usted.

DUQUESA. -(Aparte, después de saludarle.) ¡Ah! ¡Qué frialdad! -Su amigo de usted acaba de salir de aquí: ¿le ha encontrado usted?

GENERAL. -No, señora: ni aun sabía que estuviese de vuelta.

DUQUESA. -(Aparte.) ¡Ah!

GENERAL. -Usted habrá extrañado que no haya venido en tantos días, a pesar de la carta en que tenía usted la bondad de llamarme.

DUQUESA. -¡Muchos días han sido!

GENERAL. -Usted me perdonará esta aparente grosería; pero he aguardado para ver a usted que llegase el día en que debo marchar para siempre...

DUQUESA. -¿Marchar para siempre?... ¡Oh! ¡Eso es imposible!...

GENERAL. -Dentro de dos horas partiré; pero hubiera sido una falta no venir a despedirme de usted. Duquesa, ¿tiene usted algo que mandarme?

DUQUESA. -(Aparte.) ¿Será esto cierto?

Escena IX

Dichos, DOÑA ISABEL.

ISABEL. -¡Hermana!..., ¡hermana!..., ¡qué noticia traigo!... ¡Ah! ¡El general aquí!... ¿Vendrá sin duda a darte parte de su casamiento?

DUQUESA. -¿Su casamiento?

ISABEL. -Mira, mira lo que me ha escrito Angelita. Esta carta me la envió hace ocho días; y como yo he estado en casa de mi tía, no la he visto hasta ahora.

DUQUESA. -(Aparte, recorriendo la carta.) «Mi padre se ha empeñado... Este casamiento es cosa arreglada por D. Valentín... Me caso con el general Bernal... La boda será el 17...» ¡Fue ayer!... «Y el 18 nos vamos a Valladolid.» ¡Es hoy!... ¡Ah! ¡Se ha casado!... (Trémula y turbada, busca una silla y se deja caer en ella.)

UN LACAYO. -(Anunciando.) La señora marquesa de Estepona.

Escena X

Dichos, LA MARQUESA. Luego D. VALENTÍN.

MARQUESA. -¡A ver si estorbamos que haga una locura!

ISABEL. -(Aparte.) ¡Cómo se ha quedado mi hermana!... Y el general también, ¡qué turbado!

EL LACAYO. -(Anunciando.) El Sr. D. Valentín Rompelanzas.

MARQUESA. -¡Este nos faltaba! ¿Vendrá a hablarnos de Saturnina y de la pierna rota?

VALENTÍN. -Señoras..., saludo a ustedes. Ya sabía yo que te encontraría aquí, y vengo...

GENERAL. -(Aparte.) ¡Calla!

DUQUESA. -(Aparte con la carta en la mano y sin haber notado que ha entrado gente.) ¡Va a partir!... ¡Se ha casado!...

GENERAL. -(Acercándose a ella.) Permítame usted que le explique...

DUQUESA. -(Levantándose.) ¡Nada, nada! ¡La explicación completa de todo está en mi conducta insensata!

MARQUESA. -Sobrina, ¿qué tienes?... ¡Estás desencajada!

DUQUESA. -¿Qué he de tener?... ¡Que he sido la más loca de las mujeres! ¡Me he dejado alucinar de ideas frívolas, he hecho callar la verdad a mi corazón, he disimulado un sentimiento tierno que era mi existencia, he arrojado lejos de mí una felicidad que era mi vida!

GENERAL. -(Aparte.) ¡Gran Dios, será posible!

MARQUESA. -¡Sobrina! ¡Sobrina! ¡Mira que te oyen!

DUQUESA. -¡Y qué me importa ya! ¡No es tiempo de fingir: he vuelto en mí, cuando ya no hay remedio! ¡Mi alma se ha cansado de mentir y se presenta desnuda a los ojos del mundo! ¡Ay, tía! ¡Qué pequeños, qué miserables son todos esos ardides de sociedad ante un amor grande y verdadero! ¡Ah! ¡Renuncio a esos fútiles triunfos, a esos placeres mentidos de la vanidad, a ese mundo que me ha engañado! ¡No hay en él de cierto más que el amor, y lo he sacrificado! ¡Yo debí consagrarle a un hombre mi vida, yo había nacido para hacerle feliz... y otra ha de ser quien lo logre! ¡La culpa es mía, sí, mía! ¡Y no me resta más que la soledad..., una eterna soledad, donde viviré sin más compañía que mi amor... Sí, quiero confesarlo públicamente..., mi amor, mi amor... ¡Yo amo a ese hombre... y él está ya casado!

MARQUESA. -¡Hola!... ¡Pues ya no hay que temer!

VALENTÍN. -Es que...

GENERAL. -(Aparte.) ¡Calla! -¡Es verdad: he elegido una compañera, cuyo talento, cuyas virtudes han bastado a inspirarme el más violento amor! Y para colmo de felicidad, su alma, tan tierna, tan apasionada como la mía, participa de una pasión que nada podrá ya en el mundo disminuir ni apagar. (Echándose a los pies de LA DUQUESA.) ¿No es cierto?

DUQUESA. -¡Ah! ¡Qué veo!

GENERAL. -¡Clara!... ¡Aún puedo ser de usted!

DUQUESA. -(Echándose en sus brazos.) ¡Ah, Enrique!

GENERAL. -¿Eres mía?

DUQUESA. -¡Para siempre!

VALENTÍN. -(A LA MARQUESA.) ¿Lo ve usted? ¡Soy un gran médico!

ISABEL. -¿Pero y Angelita?

VALENTÍN. -Ahora salimos con que se casa, pero con su antiguo novio, con D. Fernando, que ha cantado la palinodia: este perillán hizo ese negocio durante mi ausencia y me ocultó su plan. (Aparte.) ¡Es lástima! ¡Yo me hubiera casado con esta mujer de buena gana!

MARQUESA. -Aquí no hay nada que hacer. ¡Cómo ha de ser! Haremos que le den un título de marqués.

VALENTÍN. -(Al GENERAL y a LA DUQUESA.) Aunque ya no ejerzo la facultad, con todo, para los amigos siempre estoy pronto: conque, cuando llegue el caso...

GENERAL. -¡Valentín!

VALENTÍN. -Está entendido. ¡Todos quedamos contentos!... ¿Todos? ¡Qué sé yo!... Eso... (Saludando al público.) ahora lo sabremos.

Bruno el tejedor

Comedia en dos actos, arreglada al español

Personas



BRUNO.
ROQUE.
D. LUIS.
D. PRÓSPERO.
D. TOMÁS.
INÉS.
UN ESCRIBANO.
ACOMPAÑAMIENTO.

(La escena es en Alcalá)

Acto primero

El teatro representa una sala; en el fondo una gran puerta vidriera que da al gabinete. Puertas y ventanas a uno y otro lado.

Escena primera

D. PRÓSPERO y D. TOMÁS. D. PRÓSPERO está sentado delante de una ventana y mirando por ella: D. TOMÁS está del mismo modo en la parte opuesta. Ambos tienen puesto el sombrero, y bablan cada uno para sí.

PRÓSPERO. -¡Qué buena huerta!... ¡Cuánta fruta!... ¡Cuánta hortaliza!... ¡Sí, señor: gran bocado es este!

TOMÁS. -¡Vaya una fábrica!... ¡Qué máquinas!... ¡Qué magníficos telares!...

PRÓSPERO. -¡No he visto finca más hermosa!

TOMÁS. -¡Es una herencia que ya, ya!

PRÓSPERO. -Veremos qué dice el testamento. Yo tengo mis esperanzas de que el difunto no se ha de haber olvidado de mí.

TOMÁS. -El bueno de D. Bernardo no tenía mujer ni hijos..., y algo me habrá dejado, como pariente.

PRÓSPERO. -(Levantándose y reparando en D. TOMÁS.) Beso a usted la mano.

TOMÁS. -Beso a usted la suya.

PRÓSPERO. -(Aparte.) ¡Si será otro pariente!

TOMÁS. -(Aparte.) ¡Si vendrá éste también, como yo, a ver si le toca algo!

PRÓSPERO. -Aunque usted perdone, se me figura que hemos venido juntos en la diligencia de Madrid.

TOMÁS. -Efectivamente; yo he venido en la berlina...

PRÓSPERO. -Y yo en la rotonda.

TOMÁS. -¡Ya!

PRÓSPERO. -¿Acaso viene usted también a presenciar la lectura del testamento de D. Bernardo García?

TOMÁS. -Justamente.

PRÓSPERO. -(Aparte.) ¡Lo dije!

TOMÁS. -(Aparte.) ¡Hola!... ¡Este es otro heredero presunto!

PRÓSPERO. -¿Es usted pariente también?

TOMÁS. -Sí, señor, pero algo lejano... Yo he venido sólo por la formalidad..., no porque espere...

PRÓSPERO. -Ya me hago cargo. ¿Pero usted es García?

TOMÁS. -Sí, señor. Tomás García, profesor de cirugía médica, y servidor de usted.

PRÓSPERO. -Gracias. Ya le he oído hablar al primo Bernardo... Usted viene de la rama materna... Esos son otros Garcías... Yo vengo de los varones... Próspero García, para servir a Dios y a usted.

TOMÁS. -Por muchos años.

PRÓSPERO. -Yo me dedico a diversos géneros de especulaciones y de inventos útiles... Mi difunto primo me ha ayudado algunas veces con cantidades... ¿Pero cómo usted, siendo médico, no ha venido a asistir al primo en su enfermedad?

TOMÁS. -Ese es el peor medio que hubiera podido elegir para recomendarme a él. ¿Médicos, eh?... No los podía ver. Ya conocía usted su carácter extravagante: estoy seguro de que no ha permitido que le asista ningún facultativo. Pero usted, que no tenía esa tacha, ¿cómo es que no ha venido a acompañarle en sus últimos momentos?

PRÓSPERO. -Porque es probable que tampoco me hubiera recibido. Lo mismo era nombrarle un pariente, que ponerle una banderilla. ¡Era hombre muy raro! Las pocas veces que vine a verle apenas me habló. «¿Le hace a usted falta algo? Que se lo den, y vaya usted con Dios.» Esto es lo que más que me hablaba; y al marcharme le oía decir entre dientes: «¿Parientes, eh?... ¡Ya, ya!»

TOMÁS. -Pues amigo, usted pariente, y yo pariente y médico..., poco podemos esperar: me parece que hemos hecho el viaje en balde.

PRÓSPERO. -No tal: ¡quién sabe! Porque en medio de esas extravagancias no dejaba de socorrer, y... además, los parientes no somos muy numerosos. Fuera de nosotros dos, hay... primeramente su sobrino D. Luis..., un jovenzuelo elegante, gastador, mala cabeza y que no era muy de su devoción...

TOMÁS. -Ya; pero siempre es sobrino..., parentesco más cercano...

PRÓSPERO. -Sí, algo puede que le haya dejado; pero tengo para mí que no será mucho.

TOMÁS. -¡Hola! ¿Cree usted que no?

PRÓSPERO. -El pariente más temible de todos es la Inesita..., su sobrina carnal..., hija de su hermano el brigadier...

TOMÁS. -¡Qué disparate! ¿Pues no sabe usted que últimamente riñeron los dos hermanos?

PRÓSPERO. -¿Qué me dice usted?

TOMÁS. -Sí, señor. Como era tan raro y extravagante su hermano el brigadier, que está de cuartel en Alcalá, y vive a dos pasos de esta fábrica, apenas venía a verlo..., porque el tal brigadier es también por el estilo; tieso y duro como el demonio. Ya un día, a ruegos de su hija, se resolvió a visitarlo, y el recibimiento que D. Bernardo le hizo fue decirle cuando le vio entrar: «Todavía no me muero.» Amigo..., pícase el brigadier, y hubo allí la de San Quintín... Por poco se matan. De manera que no se han vuelto a ver.

PRÓSPERO. -¡Soberbio! Pues los otros que han venido..., D. Cirilo y D. Jaime el agente, que me emplumen si sacan raja.

TOMÁS. -¡Bueno, bueno!... (Saca el reloj.) Aún falta media hora para que salgamos de dudas.

PRÓSPERO. -¡Quiera Dios que el escribano sea puntual! Pero diga usted, mientras llegan, ¿no podríamos entretener el rato con una copita?... El traqueteo de la diligencia abre un apetito...

TOMÁS. -Yo no tomé más que el chocolate, y no me vendría mal.

PRÓSPERO. -¿Opina usted que pidamos un poco de Jerez? El difunto lo tenía excelente en la bodega... (Mirando por la ventana.) Precisamente veo allí a Bruno. ¡Hola, Bruno!... Buenos días. Muy bien, ¿y usted? Me alegro mucho. Diga usted, amigo Bruno, ¿podría usted hacernos el favor de mandarnos dar un poco de Jerez y unos bizcochillos? Bien, muchas gracias. Ya lo va a traer.

TOMÁS. -¿Quién es ese Bruno?

PRÓSPERO. -¡Oh!... ¡Bruno era los pies y las manos del difunto. ¡Muy hombre de bien! Entró de aprendiz en la fábrica, y con su inteligencia y su trabajo llegó a ponerse a la cabeza de todos. Luego tiene un carácter... así... como el que tenía su amo... Por eso congeniaron tanto, que él tenía las llaves de todo, y... en fin, era el amo. ¡Calle usted! ¡Pues Bruno es el único que puede haber olido algo del testamento!... A ver si le sonsacamos... Aquí viene.

Escena II

Dichos y BRUNO; éste saca una bandeja con copas, botella y bizcochos, y la pone sobre la mesa.

BRUNO. -Dios guarde a ustedes. Ahí está eso.

PRÓSPERO. -Gracias, amigo Bruno.

TOMÁS. -Gracias. (Ambos se ponen a tomar vino y bizcochos.)

BRUNO. -(Aparte.) ¡Gorrones!... ¡Aquí se meten ya como en país conquistado!

PRÓSPERO. -Conque, Sr. Bruno, ¿hoy se muda de amo?

BRUNO. -¡Sigún y conforme!... Yo... a D. Bernardo, que esté en gloria, le servía..., pero no por el interés ni nenguna cosa..., eso ya lo saben toos, y naide podrá decir sino que yo le servía... porque... ¡aquel era un amo!... ¡Por qué se había de haber muerto!... ¡Voto va San Pedro!... En fin, yo le he dado mi trabajo y mi sudor... y daría mi sangre por resucitarlo. Ahora veremos a quién va a parar la fábrica; y sigún quien sea..., me quedaré si me quiere... o daré media vuelta y me pondrá en el arroyo. Pero mientras tanto, y por servirle hasta lo último, aquí me he quedao al cuidao de la fábrica..., para que no se vuelva esto merienda de negros... y para hacer la entrega.

PRÓSPERO. -¡Bravo, amigo Bruno!

TOMÁS. -¡Muy bien hecho!

PRÓSPERO. -¡Razón tenía el primo en depositar en usted toda su confianza! Yo haría lo mismo.

TOMÁS. -¡Y yo!

PRÓSPERO. -¡Y cuidado si el buen Bruno necesitaba cabeza para manejar este tinglado!... ¡Ya es un mundo la tal fábrica! Dígame usted..., dígame usted..., así... poco más o menos..., ¿en cuánto la tasaría usted?...

TOMÁS. -¿A ver?... ¿En cuánto?...

BRUNO. -¿La fábrica?...

PRÓSPERO. -Así... en globo...

BRUNO. -¡Oh!... ¡La fábrica vale mucho dinero!

PRÓSPERO Y TOMÁS. -¿A ver?...

BRUNO. -Será cosa de... (Calculando.) ¡Ca!... ¡Mucho más! Esta fábrica...

PRÓSPERO Y TOMÁS. -¿Cuánto?...

BRUNO. -¡Bien valdrá unos..., sí! Y puede que me quede corto..., pero... (Aparte.) ¡Si esperan que yo se lo diga, ya están frescos!

PRÓSPERO. -No nos da eso mucha luz...

TOMÁS. -¡No ciertamente!...

PRÓSPERO. -Pero si por una chiripa viniese a mis manos, nadie más que el Sr. Bruno se pondría al frente de todo.

BRUNO. -Estimando la buena voluntad. Yo ya conozco este manejo..., y usted, sin agraviar a naide, lo echaría todo a rodar.

TOMÁS. -(Echándose otra copa.) A mí lo que me gusta es la huerta y...

BRUNO. -(Riendo) ¡Eh, eh, eh!... Y la bodega, ¿eh?...

TOMÁS. -¡Oh! ¡Este Jerez es muy estomacal!

PRÓSPERO. -Pues hablaremos, Sr. Bruno... Digo, siempre que...

BRUNO. -¡Ya!... Siempre que sea usted heredero.

TOMÁS. -La cosa no es imposible.

PRÓSPERO. -¡Alguno ha de ser!

BRUNO. -¡Ya se ve!

PRÓSPERO. -¿Y usted no ha olido algo?

TOMÁS. -Siempre le consultaría a usted D. Bernardo...

BRUNO. -¡El amo!... ¡Sí, sí!... ¡Bonito era él para consultar nada con naide! Además que yo nunca me he metido...

PRÓSPERO. -(Aparte.) ¡Este no nos dice nada!

TOMÁS. -(Sacando el reloj.) Un cuarto de hora falta.

PRÓSPERO. -¿Le parece a usted que demos una vuelta por el jardín?

BRUNO. -Eso es... Allí verán ustedes a los demás parientes que están esperando también.

PRÓSPERO. -Hasta luego, Bruno.

TOMÁS. -Hasta luego.

BRUNO. -¡Vayan ustedes con Dios!

Escena III

BRUNO. Luego ROQUE.

BRUNO. -¡Lástima sería que la fábrica fuese a parar a esos dos hambrones! ¡Qué sobones y qué curiosos son! Pues los otros... ¡Vaya unos muebles!...

ROQUE. -

(Sale cantando.)

Santo Cristo de la luz...

Señor de cielos y tierra...

¡Hola, Bruno!


BRUNO. -Qué contento vienes, Roque...

ROQUE. -¿Porque vengo cantando? ¡Y qué se ha de hacer! Yo canto siempre, aunque esté echando los hígados. Al grano. Los compañeros me han encargado el encargo de que venga por ti.

BRUNO. -¡Que vengas por mí! ¿Para qué?

ROQUE. -Ya sabes lo que dice la doctrina; que el Señor descansó el domingo.

BRUNO. -¿Y qué más?

ROQUE. -Nada más; que hoy es domingo, y nosotros, para descansar, nos hemos gobernado un cochifrito y otras menudencias, y nos lo vamos a comer junto al río, allá a la Tabla Pintora; y hemos echado la cuenta, y faltabas tú, y queremos que vengas, y yo dije, digo, pues yo iré por él.

BRUNO. -Lo agradezco, Roque; pero no puedo ir con vosotros.

ROQUE. -¡Vaya!... ¡No andemos en riquilorios, Bruno! Todo el día solo, dando vueltas por la fábrica con los ojos tiesos. ¡Mira que te pego un garrotazo para avisparte! ¿Te quieres tú también morir como el amo, para darnos otra pesadumbre? ¡Anda! ¡Voto va sanes! ¡Y vente con los amigos! ¡Verás qué cochifrito llevamos, y qué pellejo de moscatel! ¡Anda, Bruno!

BRUNO. -Te digo que este domingo no voy; el domingo que viene será otra cosa.

ROQUE. -¡Anda, vente!

BRUNO. -¡Dale! Cuando yo digo que no voy, no voy.

ROQUE. -¿Pero por qué no has de venir?

BRUNO. -Dime: ¿te acuerdas del día en que se murió el amo? ¿No os echasteis todos a llorar como unas criaturas?

ROQUE. -¡Ya lo creo! Porque aquél...

BRUNO. -¡Porque aquél era un amo de lo que no se encuentra! Pues bueno, yo también lloré; pero a mí me dejó encargado de todo, y como soy corresponsable de la fábrica hasta que se la entregue al heredero, mientras dure, no quiero perderla de vista. ¡Hoy se va a leer el testamento, y en haciendo yo mi entrega, corriente y moliente! ¡Ahí ha venido una piara de parientes hambrones a ver lo que pescan! ¡Así que los despache, listo! Ya tenéis a Bruno, como siempre, el primero a comer y a beber con sus compañeros.

ROQUE. -(Alargándole la mano.) Toca: no hay más que hablar. Pero dime una cosa: ¿y si despachas el negocio temprano, contamos contigo?

BRUNO. -Si despacho temprano, ya será otro cantar.

ROQUE. -Bueno. Pues hasta las dos esperamos: ¿te acomoda?

BRUNO. -Bien: si a las dos he despachado y he dado mis cuentas, andando con vosotros.

ROQUE. -¿Y adónde están esos pegotes de parientes que dices?

BRUNO. -En el jardín. (Mirando por la ventana.) Míralos, por ahí andan.

ROQUE. -¡Calla, y es verdad! ¡Mira, mira qué recua! ¡Voto va al diablo!... ¿No es aquélla?... ¡Sí, ella es, o tengo telarañas, doña Inés!...

BRUNO. -(Mirando con interés.) ¡Qué me dices!... ¡Y es verdad! ¡Doña Inés ha venido! ¡Mírala qué guapa! ¡Ay, Roque! ¡Si en vez de ser señorita... fuese así..., una muchacha de pueblo... y..., ya había caído Bruno; pero como es usía!...

ROQUE. -¡Y vaya! Cuánto palique trae con su primo D. Luisito, el sobrino de nuestro difunto amo. ¡Mialos, mialos cómo pelan la pava!

BRUNO. -¡Buen títere es el D. Luisito!... ¡Pero lo que es doña Inés, no tiene el amo perdón de Dios si no le ha dejado un buen bocado, porque a más de que lo merece..., la pobre..., ya se ve..., con el padre tan viejo, y sin más que el sueldo, que no le pagan, ¡y eso que dicen que ha sido un militar de lo poco! ¡Y que tiene unas heridas!...

ROQUE. -¡Ya! ¡Como que estuvo en la guerra!

BRUNO. -¿Y te acuerdas, antes de reñir con el amo, cuando venía a la fábrica todas las noches, cómo nos contaba sus campañas? Y aquella vez que lo perniquebraron de un balazo; así anda el pobre con aquella muleta. ¡Vaya! No puede menos que el amo se haya acordado de él a la hora de la muerte, y le haya dejado un pedazo de pan.

ROQUE. -Puede ser; para todos alcanza y sobra. Pues digo, ahora que caigo en ello; ¡Bruno! ¿Sabes que el amo debía también en conciencia haberte dejado algo a ti?

BRUNO. -¿A mí?... ¡Borrico!

ROQUE. -¡A ti, a ti! ¡Pues si no hubiera sido por ti..., vaya.., cuántas veces se hubiera llevado el diablo la fábrica! El amo no estaba para nada, y tú lo hacías todo. ¡Y aquel día que se prendió fuego, si tú no te mueves seculórum! No queda ni cenizas. Bien te chamuscaste, y por poco no sales vivo.

BRUNO. -¡Toma! ¿Y qué había de hacer?

ROQUE. -¡Bueno! Por eso digo que aunque asomaras por un rincón del testamento, vamos al decir, que sería bien hecho. ¡Pues digo, si te dejara ahí, unos seis u siete reales para mientras vivas, ¿eh?... ¡No sería malejo! ¡Adiós trabajo!... ¡Qué vida te darías, gandul!

BRUNO. -¡Anda, borrico, anda!..., que viene gente..., no digas más barbaridades.

ROQUE. -¿Viene gente?... Pues me las guiño...

BRUNO. -No..., aguárdate..., que nos vamos juntos.

Escena IV

Dichos, DOÑA INÉS y D. LUIS.

LUIS. -(Dándole el brazo) Aquí..., aquí puedes descansar, querida prima.

INÉS. -(Soltando el brazo.) Gracias, primo. ¡Oh! ¡Es usted, Bruno!

BRUNO. -(Saludando.) ¡Señorita!... Siempre criado de usted..., y usted como siempre..., ¡tan buena y tan guapota!...

LUIS. -¡El buen Bruno!... ¡El favorito del tío!...

BRUNO. -Para servir a usted, D. Luis.

ROQUE. -Y aunque sea descortesía, señorita..., ¿cómo está su señor padre de usted?

BRUNO. -¡Es verdad! Siempre fuerte, ¿eh?

INÉS. -¡Así, así!... ¡El pobre, tan achacoso! Yo quería que me acompañase aquí..., pero no ha consentido; a la puerta me dejó... y se fue, saltándosele las lágrimas.

BRUNO. -¡Qué demonio de mundo! Ya se ve..., como ocurrió aquella desazón... Bien sabe Dios que no dejé de trabajar con el amo; ¡pero nada! ¡Con aquel genio! Y es lo único en que me ha dejado feo. Pero, Dios mediante, yo espero..., él era así, desabridote, Dios lo haya perdonado; pero buen corazón, y vamos, se me figura que a la hora de la muerte lo habrá enmendado...

LUIS. -(Con curiosidad.) ¡Hola! Conque usted cree...

BRUNO. -No, señor; pero... yo me entiendo y bailo solo, porque... Conque... (Despidiéndose.) con su permiso de usted, señorita, voy a la obligación. (A DOÑA INÉS, en confianza.) ¡Buen ánimo! Dios querrá...

INÉS. -¡Gracias, querido Bruno!

BRUNO. -(Aparte, gozoso.) ¡Huy! ¡Su querido Bruno! ¡Bendita sea esa boca!

ROQUE. -¿Vienes o no vienes?

BRUNO. -Allá voy. Conque... hasta luego. (Aparte.) ¡Ay, si no fuera usía! (Se retira mirándola y tropieza con ROQUE.) ¡Anda, hombre!

Escena V

DOÑA INÉS y D. LUIS.

LUIS. -(Aparte.) ¡La ha hablado al oído!... Este sabe algo. ¿Qué es eso, prima? ¡Parece que te has quedado parada!

INÉS. -No; pero he venido aquí de mal humor. La conversación que oía en el jardín me estaba repugnando..., por eso me marché. ¡Y esos se llaman parientes! Calculando ahí con la mayor frescura cuánto valdrá esto, cuánto valdrá aquello..., y si la huerta tiene noria..., y si..., ¡válgame Dios!... Repartiéndose ya la herencia como lobos... ¡Jesús, qué gente!

LUIS. -¡Qué quieres, prima!... La educación..., ¿no ves qué maneras tienen y qué fachas? Yo no he venido más que por ceremonia..., al fin soy pariente..., pero como no lo necesito... Si me tocara algo, confieso que me alegraría, por...

INÉS. -¡Yo por mi pobre padre!

LUIS. -(Aparte.) Y yo por mis acreedores. Pero tú, primita..., vamos, francamente..., algo sabes tú de...

INÉS. -Yo, ni una palabra...

LUIS. -(Aparte.) ¡Y se sonríe! Vaya, parte le toca. Bruno se lo ha dicho..., y esta es ocasión de armarme. ¡Esta primita!..., queriéndola yo tanto... ¡y se pasan años sin vernos!

INÉS. -Cosa muy sencilla: tú vives en Madrid metido en el gran tono, y yo en Alcalá con mi padre.

LUIS. -Pues es un horror que estés aquí enterrada.

INÉS. -¡Y qué quieres! No tenemos más que el sueldo de retirado, y con el sueldo no se vive en Madrid.

LUIS. -Pues no hay consuelo para eso; tú debías brillar en la corte, y darías envidia a todas.

INÉS. -¡Vaya!... Se te conoce el trato de Madrid. ¡Cada día estás más galante!

LUIS. -¡Es que tú cada día estás más hermosa! (Aparte.) Digo, ¡y ahora con la herencia!...

INÉS. -(Riendo.) ¡Vamos!..., no quieres, en estas horas que te alejas de la corte, perder la costumbre de decir flores...

LUIS. -(Con sinceridad afectada.) No; ¡no lo creas! No soy yo de los que prodigan requiebros. ¡Oh! Bien sé yo que la felicidad, la verdadera felicidad no consiste en coquetear con todas, sino en agradar a una sola. ¡Ay, prima! ¡Soy ya muy otro! Esa vida de calavera, esa sociedad..., ¡no tiene ya para mí los atractivos que tú te figuras!

INÉS. -¿Hablas de veras?

LUIS. -Como lo estás oyendo, ¡Ay, prima! Yo busco un corazón que comprenda el mío. En fin, estoy cansado de la vida de soltero; de esta vida monótona y disipada, y quiero casarme.

INÉS. -¡Casarte tú! (Aparte.) No hay duda; mi primito ha creído que soy la heredera. -Pues, primo mío, ¡nada! Debes realizar ese feliz pensamiento, es muy moral, y muy...

LUIS. -Sí; pero no es cosa tan fácil, porque yo quisiera encontrar una mujer..., una mujer así..., no de esas que hay, sino...

INÉS. -¡Ya!

LUIS. -Sino una mujer hermosa, amable, de talento.

INÉS. -¡Ya!

LUIS. -Sencilla, virtuosa.

INÉS. -¡Ya, ya!

LUIS. -¡En fin, una mujer como tú!

INÉS. -(Aparte.) ¡No lo dije! -¡Ay, primo! ¡Me haces demasiado elogio!

LUIS. -¡No tal!

INÉS. -¡Sí tal! Las prendas que tú buscas en mí, aún no sabes si las tengo; ni lo sabrás hasta que se lea el testamento.

LUIS. -¡Cómo, prima! ¿Puedes sospechar?...

INÉS. -(Riendo.) Aguarda un ratito, y entonces me dirás requiebros con conocimiento de causa.

LUIS. -¡Estás en ti! (Aparte.) Pues no creo que va descaminada. -¡Hola! Ya vienen aquí todos, llegó el momento crítico.

Escena VI

Dichos, BRUNO, D. PRÓSPERO, D. TOMÁS, otros parientes y EL ESCRIBANO.

ESCRIBANO. -¡Me parece que en cuanto a puntualidad!...

PRÓSPERO. -Sí, sí; es usted un modelo.

TOMÁS. -Vamos, vamos a despachar.

ESCRIBANO. -(Saludando a DOÑA INÉS y a D. LUIS.) Señorita y caballero, soy de ustedes como debo.

BRUNO. -(Aparte a DOÑA INÉS.) Señorita, que salga como yo deseo y como usted se merece.

LUIS. -¡Ea! ¿Qué esperamos?

PRÓSPERO. -Nada; aquí estamos todos.

ESCRIBANO. -Pues señores, por mí no haya demora.

BRUNO. -Si ustedes quieren pasar al gabinete...

ESCRIBANO. -Vamos allá. (D. LUIS da la mano a DOÑA INÉS; todos entran en el gabinete del fondo y se sientan alrededor de una mesa, BRUNO se queda en el proscenio.)

BRUNO. -¡Andar, andar a ver a quién le toca la breva! ¡Qué caras tienen!... Y D. Próspero, con tanta boca abierta, parece que se quiere tragar al Escribano con testamento y todo. Bien le decía yo al amo: ¿por qué diablos no se casa usted? Ahora tendría un hijo a quien dejarle todo esto, y no vendrían esos zánganos...

ESCRIBANO. -Empiezo, señores, con licencia de ustedes. (Lee.) «En nombre del Padre, del Hijo, etc. Yo D. Bernardo García, natural, etc.: hallándome en mi cabal juicio, declaro que por el presente instituyo y nombro heredero universal de todos mis bienes al dependiente mayor de mi fábrica Bruno José Fernández.»

TODOS. -¡A Bruno!...

BRUNO. -¡A Bruno..., a mí..., a Bruno!... (BRUNO está como alelado. Los parientes se levantan y rodean al ESCRIBANO con mucha algarabía; éste les enseña el testamento para que se cercioren.) Yo estoy durmiendo, y esto es una pesadilla. (Se pellizca.) A ver si despierto... Es esto verdad... A mí la fábrica... ¡y todo lo del amo!...

LUIS. -(Viniendo a la sala y dando la mano a BRUNO.) ¡D. Bruno!...

BRUNO. -(Aparte.) ¡Calla, ya soy don!

LUIS. -Doy a usted la más cordial enhorabuena. Mi tío ha hecho un acto de justicia.

BRUNO. -¿Pero es de veras?...

LUIS. -Sí, amigo mío; todo es de usted, y me alegro en el alma del chasco que se han llevado esos majaderos.

PRÓSPERO. -(Viene al otro lado.) ¡Oh, Sr. D. Bruno!

BRUNO. -(Aparte.) ¡Ea, ya soy señor don!...

PRÓSPERO. -¡Ese hombre debe estar en la gloria, aunque no sea más que por este rasgo de justicia!

BRUNO. -¿Conque no hay duda?

PRÓSPERO. -El testamento está en toda regla; usted es dueño de todo.

BRUNO. -¡Vamos, yo estoy lelo!

LUIS. -Usted debe fijar su residencia en Madrid, y allí yo le pondré a usted al corriente en cuatro días; le llevaré a las sociedades...

PRÓSPERO. -Si usted pone casa, cuidado no le engañen; yo entiendo de eso, yo le dirigiré a usted...

BRUNO. -Muchas gracias, señores, ya avisaré.

LUIS. -Pues hasta la vista.

PRÓSPERO. -Hasta la vista.

BRUNO. -Vayan ustedes con Dios.

PRÓSPERO. -(Dirigiéndose a los del gabinete.) Caballeros, ¿nos vamos? (Los parientes van saliendo y dando la enhorabuena a BRUNO.)

BRUNO. -¡Vaya, y yo pensé que me iban a armar aquí un escándalo! Pues parecen muy guapos estos dos... (Saludando a los que salen.) Vivan ustedes mil años; vayan ustedes con Dios...

TOMÁS. -Amigo D. Bruno, ya usted sabe mi profesión; soy médico. Celebraré poderme emplear en servicio de usted.

BRUNO. -Gracias, por la buena voluntad.

ESCRIBANO. -Nada digo, ya sabe usted la escribanía; si ocurre otra cosa así...

BRUNO. -Estimando, D. Geromo... ¡Es mucha cosa esta! Conque vamos al decir, yo estoy en mi casa, ¡todo esto es mío! (Dando con las manos en las paredes y en los muebles.) Esto es mío... (Sentándose en todos los sillones.) Estas sillas son mías..., mías... ¡Aquí no manda nadie más que yo! ¡Yo solo!... (Viendo salir a DOÑA INÉS.) ¡Ay!... (Conteniéndose.) ¡Doña Inés..., ya no me acordaba!...

Escena VII

DOÑA INÉS y BRUNO.

INÉS. -(Saliendo.) Ya ve usted, Bruno, cómo no ha salido su pronóstico. Pero mi tío ha hecho bien: a su celo de usted debía toda su riqueza, y ha querido pagarle. Le doy a usted la enhorabuena. ¡Y bien sabe Dios que se la doy de corazón!

BRUNO. -Señorita...

INÉS. -¡Adiós, Bruno; felicidades! Voy a buscar a mi padre, que me estará esperando. Adiós, Bruno.

BRUNO. -Señorita, no se vaya usted tan presto; yo quisiera..., no sé cómo... pero...

INÉS. -¿Qué quisiera usted, Bruno?

BRUNO. -Qué se yo..., nada..., pero yo, vamos, lo dicho; yo aquí, donde usted me ve, señorita, estoy apesadumbrado; y, la verdad, no quisiera verla a usted marcharse. ¡Qué diablo! Yo no tengo la culpa de esto, señorita, y quisiera pedirla a usted perdón.

INÉS. -¿Pedirme perdón, Bruno, y de qué?

BRUNO. -¿De qué? Mire usted: cuando se lo oí leer al Escribano y vi salir a todos esos gandules, juro a Dios que me alegré, y me puse más contento que todas las cosas juntas. Pero en cuanto la he visto a usted, doña Inés, me ha dado una ira de verme alegre, que mire usted, me hubiera pegado de calamorrazos; sí, señora, porque veo que usted lo siente, señorita.

INÉS. -¡Yo! Se equivoca usted, Bruno.

BRUNO. -No digo yo que sea por mí; pero apostemos algo bueno a que se ha acordado usted de su padre, que anda el pobre así, tan atrasado, y eso la ha hecho a usted llorar; sí, señora, a la vista está: usted ha llorado; pues qué, ¿soy yo ciego?

INÉS. -(Enternecida.) No, Bruno.

BRUNO. -(Con calor.) Pues usted no se ha de ir así: ¡no faltaba más, canario! La parte de la herencia que le corresponde, se la ha de llevar usted. ¿No eran hermanos? Pues la mitad...; la mitad es para usted.

INÉS. -¡Bruno!...

BRUNO. -Yo no la quiero; digo que no la quiero.

INÉS. -No hablemos de eso, Bruno; todo es de usted. Mi tío lo ha querido así, y nadie tiene derecho a oponerse a su voluntad.

BRUNO. -¿Cómo que oponerse? Pues yo me opongo. ¡Vaya! ¿Quién me ha de obligar a mí a tomarlo todo, si yo no quiero ni me da la gana? El testamento dirá lo que quiera, pero yo digo que eran hermanos, y en ley de Dios la mitad es de usted; y si yo me la guardo soy un ladrón. Vaya, ¿se la figura a usted que yo había de consentir en ser rico y verla a usted pobre? ¡Está usted fresca! DonBernardo, que esté en gloria, cuando escribió eso no estaba en su cabal juicio; y yo que le regañaba en vida y enmendaba sus torpezas, también quiero enmendárselas después de muerto, y puede que allá en la otra vida me lo agradezca. ¡Vamos, doña Inés, tome usted su parte, no haga usted desesperar al pobre Bruno; tome usted su parte!

INÉS. - (Conmovida.) Bruno, yo le he tenido a usted siempre por hombre de bien; pero no me figuré que abrigase usted un corazón tan grande y tan hermoso. Agradezco en el alma, amigo mío, ese rasgo de generosidad. La delicadeza me manda rehusar esa oferta; pero crea usted que su noble acción quedará aquí grabada toda mi vida.

BRUNO. -¿No quiere usted? Pero ¿por qué, por qué? Perdóneme usted si la he avergonzado, si la he faltado al respeto; yo no sé hablar, ni decir las cosas con finura. Yo soy un pobre Juan Lanas, señorita, y ya se ve, como soy así, usted tiene a menos el recibirlo de mí, y por eso me desprecia.

INÉS. -¡Yo despreciarlo a usted, Bruno! Por Dios, no me aflija usted más; lo que usted acaba de hacer le ennoblece a mis ojos; pero no se canse usted, lo que me propone es imposible.

BRUNO. -¡Imposible!

INÉS. -Sí; en el mundo hay consideraciones que es indispensable guardar. Además, ya conoce usted a mi padre; su amor propio se ofendería y no habría poder en el mundo que le hiciese aceptar unos bienes que deben recordarle la ingratitud y el despego de su hermano.

BRUNO. -Pero, ¡válgame Dios, señor, válgame Dios! ¿Y no hay camino de que usted se lleve lo que le corresponde, lo que es suyo? Pues yo no me quedo con ello; primero lo destrozo, primero lo pego fuego.

INÉS. -No hay camino, Bruno; no se canse usted, no hay ninguno.

BRUNO. -¿No hay ninguno? (Aparte, mirándola.) ¡Vaya si hay! Yo bien sé que hay pero, ¡cuando he de tener ánimos! ¡Y se van a ver en la miseria, pidiendo limosna!... Allá voy; ¡maldita sea mi cortedad! -Señorita, yo soy un hombre de bien, y siempre voy por el camino derecho; conque no se enfade usted, pecho al agua. Señorita, usted está pobre, ¡cómo ha de ser!... Usted está pobre y mereciera tener más millones que caben aquí; pero usted quiere mucho a su padre, ¿no es verdad?... Pues bueno; ¿quiere usted que le diga un medio para que el pobre viejo reciba sin decir palabra la parte que le toca? Pues ese medio es... (Deteniéndose con empacho.) ¡Vaya, aunque me maten no se lo digo!

INÉS. -Diga usted, Bruno, yo no adivino...

BRUNO. -Señorita..., yo tengo treinta años, soy hombre de bien, sé leer y escribir y punto redondo; pero lo que se pueda aprender yo lo aprenderé, haré lo que usted me mande, seré un esclavo de usted y de su padre; en fin, señorita, ¿quiere usted casarse con Bruno? Ya se lo solté...; no se enfade usted, señorita, yo siempre por el camino derecho.

INÉS. -Bruno, esa proposición hecha así...

BRUNO. -Es un trabucazo, ya lo veo; y si no fuera porque urge poner remedio a lo que ha hecho el difunto, yo no hubiera dicho esta boca es mía; y eso que cada uno tiene su alma acá dentro y pasa lo que pasa. Pero tiene usted un padre viejo, y para que el pobre lo disfrute no hay otro camino. Conque usted dirá..., esto es, a menos que el remedio no sea peor que la enfermedad.

INÉS. -¡Qué dice usted, Bruno!

BRUNO. -¡Qué he de3 decir! Que la herencia no me ha de haber vuelto bonito; soy lo mismo que era, y así es, señorita, que yo no la pido a usted que me quiera..., eso no puede ser..., más adelante, ¡quién sabe!... Si yo me doy maña puede que algún día llegue a merecer un poco de cariño; en fin, señorita, acordémonos del pobre viejo, y nada más.

INÉS. -(Aparte.) ¡Ah, tiene razón! ¡Mi pobre padre!

BRUNO. -¿No me responde usted nada? Ya se ve, le cuesta a usted trabajo resolverse a hacer este sacrificio; pero vamos, cómo ha de ser, anímese usted y consuélese pensando que el pobre Bruno, aquí donde usted lo ve, no ha soñado nunca otra felicidad más grande.

Escena VIII

Dichos y ROQUE.

ROQUE. -(Sin ver a DOÑA INÉS.) Bruno, ¿se acabó ya ese negocio? Vamos a comer el cochifrito.

BRUNO. -Aguarda, aguarda.

ROQUE. -(Viéndola.) ¡Ah! Dios guarde a usted, doña Inés.

BRUNO. -(A DOÑA INÉS.) Conque, señorita, aquí tiene usted a Bruno esperando su sentencia; ¿no me dice usted nada?

INÉS. -¡Ah, sí! Su generosidad de usted merece una respuesta.

BRUNO. -¿Y qué respuesta?... ¿Qué respuesta?

INÉS. -(Alargándole la mano.) Bruno, pídasela usted a mi padre.

BRUNO. -¡Ah! (Cae de rodillas besándole las manos.)

Escena IX

BRUNO y ROQUE.

ROQUE. -¡Calla! Ya adivino lo que anda..., lo que yo dije... ¿Te ha dejado el difunto los siete reales diarios?

BRUNO. -(Loco de gozo.) ¡Qué siete reales! Todo es mío, Roque; todo es nuestro, ya no soy pobre, ya no eres tú pobre, ya no es nadie pobre; soy heredero universal, y me ha dicho que la pida a su padre.

ROQUE. -¡Estás en tu juicio, Bruno! ¿Heredero universal?

BRUNO. -Sí, Roque, sí; vamos a buscar a los compañeros, yo pago el cochifrito y el moscatel; todo, todo, y luego voy a pedírsela a su padre, ¿no es verdad? ¡Así ha dicho! ¿No la has oído tú? Sí, tú lo has oído, dime que lo has oído.

ROQUE. -Sí tal, así lo ha dicho.

BRUNO. -Sí, sí lo ha dicho; abrázame, Roque, abrázame. (Le abraza con extremos de alegría, y se va con él.)

Acto segundo

La escena es en Madrid. El teatro representa una sala adornada con suma elegancia y lujo. Puerta en el foro que da a la antesala: otra a la izquierda, que conduce a lo interior: balcones a la derecha. Un velador con juego de café. Sofá, sillones, etc.

Escena primera

D. PRÓSPERO y CRIADOS. Éstos disponen, bajo la dirección de D. PRÓSPERO, el servicio para tomar café, colocan las sillas, etc.

PRÓSPERO. -Eso es, ahí las sillas. Bien, que esté listo el café para cuando yo avise. Vayan ustedes a continuar sirviendo a la mesa, (Vanse los criados por la izquierda.) ¡Vaya, que no lo hago mal! No debe pesarle a D. Bruno haberme nombrado mayordomo. Y si yo no ando listo..., ya se ve, ¡se hizo esa boda en un abrir y cerrar de ojos! El padre no quería por temor de sacrificar a su hija; pero ella se empeñó, y a todos nos ha venido bien. El bueno de D. Bruno estaba loco por la niña..., yo tengo mis veinte reales diarios, casa, mesa, ropa limpia... ¡En fin, como el pez en el agua! Doña Inés, como tiene ese talento y esa gracia, en todo está. Vamos, parece que toda su vida ha sido rica y ha tenido casa. Pero lo que es D. Bruno... (Se ríe.) ¡Ah, ah, ah! ¡Qué cosas hace! En los seis meses que lleva de señor, todavía no ha podido desasnarse, a pesar de que su mujer no le deja pasar una. ¡Y qué había de suceder! Pasar de criado a amo... así, de repente..., el que no está hecho a bragas..., así es que a cada paso todos tienen que ponerse el pañuelo en la boca para que no los vea reír. ¡Ah, ah, ah! ¡Pobre D. Bruno! Calla, aquí viene... ¡Cómo se ha levantado de la mesa!

Escena II

D. PRÓSPERO, BRUNO, luego DOÑA INÉS. BRUNO sale por la izquierda muy incomodado: está vestido de moda, y trae la servilleta al ojal.

BRUNO. -(Sin ver a D. PRÓSPERO.) ¡Maldita sea la corte y el buen tono! (Tira con rabia la servilleta en una silla.)

PRÓSPERO. -¡Mal humor trae! ¿Qué será?

BRUNO. -Por más que pongo todos mis cinco sentidos, ¡nada!, siempre la he de... ¡Hola, D. Próspero!

PRÓSPERO. -He venido a hacer disponer aquí el café para después de la comida.

BRUNO. -Bien.

PRÓSPERO. -¿Quiere usted algo?

BRUNO. -No, señor.

PRÓSPERO. -Ahí viene la señora. (Vase.)

BRUNO. -¡Mi mujer!

INÉS. -(Saliendo por la izquierda.) ¿Qué es eso, Bruno, qué tienes? ¿Por qué te has levantado de la mesa?

BRUNO. -Por nada, Inesita; es que ya no tengo más hambre.

INÉS. -Pero ya te tengo dicho que eso no se hace; y tú que aprovechas bien las lecciones que te doy...

BRUNO. -¡Que aprovecho! ¡Sí, ya baja! Eso me lo dices por animarme, pero no cuela; y por más que me quiebro la cabeza para aprender las buenas maneras, nada, no me entran.

INÉS. -Ya las irás adquiriendo, querido Bruno; tú pon cuidado, y verás cómo insensiblemente...

BRUNO. -(Con tono de incredulidad.) ¡Necuáquam!

INÉS. -Te digo que sí. La prueba es que ya no eres el mismo que eras cuando nos casamos. Te falta muy poco que hacer, y debes continuar hasta perfeccionarte.

BRUNO. -Tú dirás lo que quieras; pero yo estoy seguro de que siempre seré un patán, y que a lo mejor descubriré la hilaza. ¡Qué quieres! La cabra siempre tira al monte, y ya es viejo Pedro para cabrero. ¡Vaya! En mi vida aprendo yo todos prifiles que aquí se gastan.

INÉS. -(Sonriendo.) Perfiles.

BRUNO. -Es verdad, perfiles. Esta palabra siempre la destripo, por más que me lo avisas. ¡Si no me puedo acordar!

INÉS. -No te impacientes. Eso es obra del tiempo.

BRUNO. -¡Qué tiempo! Cuando las cosas no vienen así... de sopetón... Mira cómo para quererte a ti no necesité tiempo: fue cosa de un minuto: te vi, ¡y ya supe quererte!

INÉS. -¡Hola! ¿Qué tal? Mira si adelantas. ¡Me has dicho una galantería de exquisito gusto!

BRUNO. -¿Qué galantería? Eso es porque me sale de adentro. Pero dime, Inesita, por fuerza habré hecho muchas barbaridades en la mesa; digo porque noté que todos se reían. Lo que no entiendo es por qué se reía tanto el primo D. Luis cuando os eché vino; pues yo bien llené los vasos hasta arriba.

INÉS. -Eso fue justamente lo malo. A las señoras no se les echa sino muy poco vino de cada vez.

BRUNO. -Pues ellas bien se lo bebieron; yo lo hacía porque tuvieran ración para un rato. Pero en fin, si me dices que es mal hecho, no lo volveré a hacer, les echaré un dedito. ¡Ah! También se rieron porque me levanté a dar un plato limpio a doña Baltasara.

INÉS. -También fue mal hecho. Eso debe hacerlo el criado.

BRUNO. -¿Conque hubiera sido más político dejarla esperará que viniera Pedro de la cocina? Eso es otra cosa. Lo mismo que reírse porque a doña Lorenza le serví un pollo con tomate.

INÉS. -¡Pero un pollo entero!

BRUNO. -Es que yo sé que tiene buen diente; ¡mira cómo se lo comió todo! Otras veces la he visto repetir, y por eso...

INÉS. -(Con tono cariñoso.) Mira, querido Bruno, hay mil cosillas que así al pronto no parecen nada, pero que chocan en sociedad, porque admiten tal vez cierta interpretación ofensiva o poco favorable. Por ejemplo: nada significa en realidad el remangarse los puños para comer; pero...

BRUNO. -(Bajándoselos aprisa.) ¡Por vida del demonio! ¡Todavía los tengo! Es porque siempre me los mancho de grasa..., pero no lo haré más; que se manchen. Y puede que fueran por esto las señas que me hacías, y yo me volvía loco.

INÉS. -Sí, Bruno, por eso eran.

BRUNO. -¡Voto va sanes!... ¡Y yo cada vez me las arremangaba más! ¡Pobre Inesica! ¡Cuánto te haré padecer con mis gansadas!... ¡Vamos, me lleva Satanás!

INÉS. -¿Quieres callar y no impacientarte por tan poca cosa? Cuando te digo que adelantas mucho, y que otros en tu lugar serían mucho más torpes...

BRUNO. -¡Esa es grilla!

INÉS. -Te digo que no. Y además, ¿no te basta que yo esté contenta?

BRUNO. -¿Si me basta?... ¡Vaya! Como tú estés contenta, Inesica mía..., se me dan dos cominos de las risas del primo D. Luis y de los cuchicheos de esas madamitas... tan espetadas... y con unos quiebros... y unos gestos, que también me hacen reír a mí. ¡Todas estas burlas son porque se comen de envidia!... Los hombres porque soy tu marido, y las mujeres porque eres más guapa que ellas.

INÉS. -¡No digas tal cosa! Pero mira que van a extrañar en la mesa, vamos al comedor.

BRUNO. -(De mala gana.) Si tú quieres, vamos.

INÉS. -No: si te haces violencia, quédate; yo daré una excusa..., diré que te sentías indispuesto.

BRUNO. -¡Sí, sí!... Mejor es eso.

INÉS. -¿Ves? Eso tiene de bueno la sociedad: cualquier cosa le choca..., pero con cualquier cosa se la satisface. Adiós, Bruno. (Le da la mano y se va.)

Escena III

BRUNO.

BRUNO. -¡Qué alhaja es mi Inés!... ¡Dios la bendiga!... ¡Cómo suda ella para amaestrarme..., y qué trabajo le cuesta meterme en los trotes...; y vaya usted, después de ver esto, a darla a entender que esta vida me revienta... y que daría un dedo por volver a la antigua! ¡Vaya! ¡Dios me libre!... Y luego, que yo al casarme la ofrecí hacer siempre su gusto... y pulimentarme... y volverme otro. ¡Vaya si se lo ofrecí!... ¡Pues dígole a usted que no deja de tener sus contras el ser rico! Nunca me lo hubiera figurado... allá... cuando trabajaba en la fábrica... Entonces no tenía que andar con esos prifiles... cuando nos íbamos a comer el cochifrito al río... y a bebernos un pellejo de moscatel... Allí nos tendíamos en la hierba, y con los cinco mandamientos... ¡Hi, hi! (Riendo con gozo.) ¡Y un vaso para todos!... ¡Cuántas tengo corridas con aquel Roque!... ¡Qué buen Roque!... Cuando le veo... ¡vaya! me remozo. ¡Qué tiempos aquellos! (Óyese ruido en la antesala.)

Escena IV

BRUNO, ROQUE y UN CRIADO.

ROQUE. - (Atropellando al criado.) ¡Vaya usted a los infiernos!

CRIADO. -Le digo a usted que no está visible el amo.

BRUNO. -¡Roque!

ROQUE. -¡Qué no está visible!... Pues digo, yo bien le veo.

BRUNO. -(Al criado con enfado.) Juan, ¿quiere usted hacer el favor de dejarlo entrar? ¡Vaya! Y tengan ustedes entendido que el señor puede entrar aquí a todas las horas del día y de la noche ¡Mi querido Roque! Cuidado que vuelva a acontecer, porque os pongo en mitad del arroyo. Andaisus ahora a roncar en la antesala. (Vase el criado.)

ROQUE. -¡Así me gusta!... ¡Duro! ¡Tunantes! ¡Es que hace más de una hora que me estoy ahí de pie derecho! ¡Para mi genio que no puedo estar parao! Tóo era decirme esos zánganos... «que el amo está comiendo...» ¡Pues maldecíos! ¡Aunque fuera un liongábalo... pa comer tanto!... Conque, ya cansao, me iba a colar... y ellos me agarraron. Conque entonces le sacudí a uno de ellos una puñáa que lo tumbé contra un banco... y al otro le arrepunjé. (Dándole la mano.) Conque, yo tan güeno... ¿tú? Vaya, me alegro. ¿La parienta, tan guapa?

BRUNO. -¡Mi bueno de Roque! Hombre, que lo creas, que no lo creas..., ahora mismo estaba pensando en ti.

ROQUE. -¿De veras? ¡Vaya! Señal que las pesetas no te han dao fantesía. Pues mira, si quieres que te dé un consejo... te digo que pongas en mitad de la calle a todos esos bergantes que tienes ahí a la puerta, porque no hacen más que estarse burlando de ti y contando las gansadas que haces... y otras cosas.

BRUNO. -¿Qué decían? ¿Qué otras cosas?

ROQUE. -¿Qué otras cosas? Na. Mejor es dejarlo. Conque, y la parienta..., buena, ¿eh? Me alegro. ¿Y su padre?... ¿Tan fuerte? Lo celebro. Adónde está..., le daré las buenas tardes.

BRUNO. -(Riendo.) ¡Poco a poco, hombre! ¿Pues no sabes que se fue a vivir a nuestra quinta, junto a Alcalá?

ROQUE. -¡Toma!... ¡Ya decía yo!... A él no le podía gustar esta vida. Él ha sido soldado...

BRUNO. -Y si vieras qué ganas se me pasaron de irme con él. Pero mi mujer quería que nos distalásemonos aquí.

ROQUE. -¡Ay!... ¡Vaya un término revesao!... Nos distalásemonos... ¡Cómo hablas ya, hombre!

BRUNO. -(Riendo.) ¡Anda!... ¡Búrlate ahora tú!

ROQUE. -No..., yo no me burló. Por fuerza, en mudando de vida, hay que mudar de términos... Digo..., mírame a mí. Dende que me enviaste aquellos cuartos, dije yo: para ir a verlo, tengo que llevar levosa..., conque me dijeron que ahí enfrente de Santo Tomás lo había todo... muy primoroso..., conque me fui allá y me equiparon..., mira..., y los calzones con trabas..., así puedo venir a verte, sin que tengan que reírsen...

BRUNO. -Bien hecho. Y lo que quiero yo es que dejes de una vez la fábrica y te vengas aquí a vivir con tu amigo Bruno.

ROQUE. -¿Y a santo de qué?

BRUNO. -A santo de que soy rico y quiero que tú lo disfrutes. Roque, ¿eres mi amigo... o no eres mi amigo?

ROQUE. -(Alargándole una mano y dándole una palmada.) Toca ahí. Porque soy tu amigo no me da la gana de vivir a tus costillas... para poder siempre decirte la verdad. Cuando quieras convidarme a un par de copas..., corriente. ¿Pero dejar yo mi trabajo y mi libertad?... No, señor.

BRUNO. -Roque, no seas vanidoso, porque eres pobre. ¡Vamos, borrico!... ¡Vente a vivir conmigo!

ROQUE. -¡Dale! Te digo que hablemos de otra cosa. Ya sé que hoy tienes convidaos... y que aquí los vas a convidar a café. Yo también me quedo a tomar mi taza..., verás yo con qué pulítica...

BRUNO. -(Con temor.) ¡Cuidao, Roque! ¡No hagas alguna que sea sonada! Mira que el tomar café es de lo más peliagudo...

ROQUE. -¡Bah, bah! Ya verás. ¡Calla! Ahí vienen ya. ¡Mira qué fachas!...

BRUNO. -(Aparte.) ¡Dios le tenga de su mano!

Escena V

Dichos, DOÑA INÉS, D. LUIS, D. PRÓSPERO, CONVIDADOS, CRIADOS.

INÉS. -Aquí tomaremos café.

LUIS. -(Aparte.) ¡Nunca puedo pillarla sola! ¡Si a lo menos hallara ocasión de darle esta carta!

ROQUE. -(Llegándose a DOÑA INÉS.) ¡Dios guarde a usted, doña Inés..., y compañía! (Saludando a todos.) ¿Cómo va ese valor? ¡Tan guapota siempre! Dios guarde a ustedes, señores y madamas.

BRUNO. -(Aparte a ROQUE.) ¡Basta de saludos, hombre!

INÉS. -¿Viene usted a tomar el café con nosotros?... Celebro mucho.

ROQUE. -No haré mucho gasto..., mi taza y mi copa..., ¿habrá copa?

BRUNO. -(Conteniéndolo.) Sí, hombre, de lo que quieras.

INÉS. -Pedro, sirva usted. (Todos se sientan: DOÑA INÉS, D. LUIS y los convidados a un lado: BRUNO y ROQUE a otro. D. PRÓSPERO cuida de que se sirva el café.)

ROQUE. -(Cogiendo una taza.) Pedro, sirva usted aquí. (Hace que le sirvan el primero.) Anda; anda más..., el platillo también. ¡Calla! ¡Este es el que llevó la puñaa!... (Alargándole la mano.) ¡Perdona, hombre! (Se va solo a una mesa donde está BRUNO y pone allí su taza.)

LUIS. -(Aparte a D. PRÓSPERO, que se le ha acercado.) ¿Quién es ese facha?

PRÓSPERO. -(Aparte a D. LUIS.) Un amigo de D. Bruno: Roque, uno de la fábrica.

LUIS. -(Aparte.) ¡Calla! ¡Todavía se trata con aquella gente! ¿Y qué tal, primo, está usted más aliviado de su indisposición?

BRUNO. -¿Qué indisposición? (DOÑA INÉS tose y le hace señas.) ¡Ah!... Sí, sí... Voy mejor... Fue... fue un dolor de tripas.

INÉS. -Mi marido padece algo del estómago.

ROQUE. -(A BRUNO.) Eso te habrá venido con las pesetas; ¡porque allá tenías un estómago como un buitre! (Dando un sorbo.) ¡Huy! ¡Qué amargo! (Dando golpes en la mesa y llamando a voces.) ¡Mozo..., mozo, aunque sea descortesía, tráeme un poco de azúcar!

LUIS. -(A DOÑA INÉS, riendo con disimulo.) ¡Es delicioso el Sr. D. Roque!

INÉS. -Primo, ¡por Dios!

ROQUE. -(A BRUNO.) ¿De qué se ríe aquel tío?

BRUNO. -¡Porque llamas mozo al criado!

ROQUE. -Es verdad; pensé que estaba en la botillería! (Al criado, que le presenta el azucarero.) Gracias, joven. ¡Calla, aquí hay unas pinzas! ¡Qué invención!

BRUNO. -Es para tomar los terrones, tonto.

ROQUE. -¡Vaya, pues! (Al criado.) Dios te lo pague, chico.

LUIS. -(A las señoras.) ¡No tiene precio el amigo D. Roque!

ROQUE. -(Aparte a BRUNO.) Pues el primo no me quita ojo..., ¿Sabes que me va cargando?

BRUNO. -No repara en ti. Si está hablando con mi mujer...

ROQUE. -¡Eso sí!... ¡Él no deja de hablar con tu mujer!

BRUNO. -¿Qué?...

ROQUE. -Nada.

LUIS. -¿Y qué tal fue anoche en la ópera, primo?

BRUNO. -Mal. ¡Si no entendí una jota! Allí me dormí en un rincón del palco. ¡A mí, la Pata de Cabra!

LUIS. -¡Oh, la Pata de Cabra!

BRUNO. -Pedro, dame el aguardiente.

ROQUE. -Sí, sí... Venga, venga aguardiente. (Coge una copa y se hace servir.) ¡Anda, hombre! ¡El platillo también! ¡Así! (Todos se ríen.)

BRUNO. -(Dándole un pisotón.) ¡Majadero! ¡Dale con el platillo!

ROQUE. -Ya veo que se ríe otra vez el primo, y no le puedo atravesar.

BRUNO. -¡Eh! Atraviesa el aguardiente y calla.

INÉS. -(Levantándose.) ¿Quieres que demos una vuelta por el Prado, Bruno?

BRUNO. -Quisiera hacer compañía a Roque; pero tú puedes ir, Inesita.

LUIS. -(Aparte.) Bueno. Qué, ¿irá sola?

INÉS. -No: si tú no vas, yo tampoco.

LUIS. -¡Con una tarde tan hermosa!

BRUNO. -Es verdad: no dejes de ir. Yo tengo que charlar con Roque.

LUIS. -Si quieres, primita, yo te acompañaré.

INÉS. -Gracias, primo.

BRUNO. -No, Inesita, no dejes de ir. ¡Mira que me das un disgusto! Y ya que el primo te acompaña...

INÉS. -Puesto que te empeñas...

ROQUE. -(Aparte a BRUNO.) ¿Te empeñas en que la acompañe?

BRUNO. -Sí; para poder quedarme contigo.

ROQUE. -(Aparte.) ¡Malórum, malórum!

INÉS. -Si quieren ustedes dar una vuelta por el jardín, mientras voy al tocador...

LUIS. -Sí, sí... yo dejaré allí a estas señoras, y vendré a buscarte, primita. (Aparte.) ¡Ya pillé una ocasión! Esta tarde doy el golpe. Primo, Sr. D. Roque... hasta la vista. (DOÑA INÉS se va por la izquierda. Los demás por el foro.)

Escena VI

ROQUE y BRUNO.

ROQUE. -Dime, Bruno, ¿entra también en la política el reírsen de uno en sus barbas?

BRUNO. -¿Por qué lo dices?

ROQUE. -Porque no parece sino que los dos tenemos alguna danza de monos. ¡Cuidao con los parientes y amigos que te has echao!

BRUNO. -Es malicia tuya, Roque.

ROQUE. -¡Malicia!... ¡Ya, ya! Pues mira: si quieres que te dé un buen consejo... ¡Vaya, no quiero meterme en la renta del excusado!

BRUNO. -¡Habla, hombre! Ahora vas a gastar riquilorios conmigo!

ROQUE. -Pues te digo que tu primo D. Luis es un pitimetre muy acabadito, y muy meloso, y muy pegajosillo.

BRUNO. -¿Y qué tiene eso que ver?

ROQUE. -Tiene que ver; que yo en tu lugar..., vamos..., no le dejaría pegarse tanto a mi mujer, ni llevarla a paseo.

BRUNO. -¿Y qué mal hay en eso? Él le tiene mucho afecto a su prima, y le gusta conversar con ella, y nada más.

ROQUE. -¡Bueno! Pero en el mundo hay malas lenguas, y... ahora se van al Prao juntos, ¿no es esto? Pues allí dirán las gentes: ¡Miala, miala! ¡La mujer de don Bruno! ¿Y es aquél D. Bruno? Ca, no: ¡aquél es un primo de ella! Pues... y entre primo y prima... ecetra.

BRUNO. -Calla. ¡Quién ha de decir eso! ¡Y yo que lo oyera! ¡Voto a sanes! Inesita es muy honrada.

ROQUE. -¡Eso no es cuenta! Con todo y con eso, hablarán. El primo viene aquí de vesita toos los días, y se cuela, y te da la mano, y te soba. Pues eso, Bruno, lo hace pa camelarte, y naa más.

BRUNO. -¡Calla, hombre! ¿Y quieres que la prive de ver a sus parientes, y que no reciba visitas, cuando yo sé que por mí no va muchas veces a las tertulias, y yo por ella no hago otras cosas?... ¡Ay, Roque, cómo te envidio la libertad que tienes! ¡Tú haces lo que te da la gana! Y yo, con todas mis talegas..., aquí me tienes, esclavo de la corbata y de las trabas, sin poderme esperezar, sin andar en mangas de camisa, ni comer a gusto. ¡Canario! ¿Te acuerdas... allá en la fábrica? Llegaba el domingo, ¡y ancha Castilla! Un cabrito asado y un pellejo de vino, ¡y al campo a jugar al morro!

ROQUE. -¡Y fuera chaqueta, y trago largo!

BRUNO. -Ven acá, ven acá; ¡vamos a echar un trago como hacíamos entonces! (Se echan licor y beben.)

ROQUE. -¡Andando! ¡Como buenos hermanos!

BRUNO. -(Después de beber.) ¡Ay, Roque! (Dándose una palmada en la frente.) ¡Si yo te dijera!...

ROQUE. -Dilo todo.

BRUNO. -¡Roque! ¡Yo soy muy desgraciado!

ROQUE. -¿Tú?

BRUNO. -Yo. (Con misterio.) ¡Esta vida que llevo ya no la puedo aguantar! Hace seis meses que estoy ahogado, que estoy jerin... no: ese término no se dice.

ROQUE. -Ya lo he cogido.

BRUNO. -¡Esto no puede durar! El mejor día se rompe la cuerda... ¡y salto! ¡Estoy harto de ver que paso aquí por un salvaje; estoy harto de que me avergüencen a cada minuto! ¡Estar siempre aquí embarado y de cuerpo presente horas enteras, oyendo hablar, sin entender palabra, poniendo buena cara a los que más me jerin... ¡Otra vez el término!

ROQUE. -Adelante: ya lo he cogido.

BRUNO. -Te aseguro que si no fuera por lo que quiero a Inesita, ya hace tiempo que hubiera enviado con mil demonios coche, parientes y mulas, ¡y todo! ¡Y me iría a vivir a mis anchas, al campo con mis compañeros! Pero si lo hiciera, la pobre Inesita se moriría de tristeza. ¡Y como la quiero tanto!... Y por remate de cuentas, ¡ya me has dado en qué cavilar con eso del primo D. Luis! Pues es verdad, que él no deja la ida por la venida; y has de saber que yo no le pongo buena cara; ¡pero nada! ¡No hace caso! Dice que me quiere dar lecciones de buen tono, y que por eso viene. Pero vamos..., eso que me has dicho... ¿es así, figuración tuya?

ROQUE. -¡Figuración, figuración!... Pues no, señor..., acabemos: no es figuración.

BRUNO. -(Levantándose) ¡Qué dices!

ROQUE. -Mira. Cuando me estuve antes dos horas ahí en la antesala, me andaba paseando y oyendo murmurar a los criados. Decían que eras el hazmerreír de todos los que venían aquí, y que a cada paso estaban pa soltar la carcajaa..., porque el primo D. Luis, como es tan pillo, te hacía burla y te remedaba en tus barbas. Y por allí pareció la doncella de tu mujer, y metió su cucharáa, y dijo: «¡Oh! ¡Es mucho D. Luisito! ¡Qué rumboso! ¡No, no! ¡Si yo fuera de la señorita, no le haría penar tanto!»

BRUNO. -¿Eso dijo? ¡Ah grandísima indina! ¿El D. Luisito, eh? ¡Voto va Dios! Pues como yo le asiente un...

ROQUE. -¡Anda, anda! ¡Escandaliza ahora! Yo bien sé que eso es hablar..., pero...

BRUNO. -No, no es hablar; que ahora voy ya atando cabos... y cosas que yo reparaba... ¡Hola, pues a mí no me la han de pegar, voto va Crispo! ¡Canastos! ¿Y se querían ir ahora al Prado, eh? Pues verás, verás como yo... ¿Qué es eso?

Escena VII

Dichos y D. PRÓSPERO con un ramillete.

PRÓSPERO. -Soy yo... Vengo a decir que ya está puesta la carretela...

BRUNO. -¿Y quién le ha mandado a usted que pongan la carretela?

PRÓSPERO. -El Sr. D. Luis, que va a venir por la señorita...

BRUNO. -¿Y qué ramo es ese?

PRÓSPERO. -Me ha dicho que se lo traiga a la señorita...

BRUNO. -¿Quién?

PRÓSPERO. -Su primo D. Luis.

BRUNO. -¡El primo D. Luis! ¡Y dale con el primo D. Luis! Démelo usted. Yo se lo daré a mi mujer. (Le toma con enfado el ramo.)

PRÓSPERO. -(Aparte a ROQUE.) ¿Qué tiene, está desazonado?

ROQUE. -(Aparte a D. PRÓSPERO.) Na, retortijones de tripas... ¡Si ha comido pepinos!

BRUNO. -(Aparte, mirando el ramo.) ¡Miste qué monadas!... Apenas hace un cuarto de hora que se fue y ya le manda ramitos..., y va a venir a buscarla para ir al Prado..., y toda la tarde juntitos..., mirándose..., y oliendo el ramito, y... (Reparando en un papel que viene entre las flores.) ¡Dios mío! ¡Esto es una carta! ¡Una carta! ¡Soy!... (Se deja caer en el sofá.)

PRÓSPERO. -¡D. Bruno, qué es eso! ¿Se pone usted peor?

ROQUE. -¡Y es verdad! ¡Bruno! ¿Qué te ha dao?

BRUNO. -(Guardándose el papel y fingiendo serenidad.) ¡Nada, hombre, nada! (Se levanta.) D. Próspero, he mudado de pensamiento. (Dándole el ramo.) Tome usted, haga usted su encargo, lléveselo a la señora.

PRÓSPERO. -(Tomándolo.) ¡Ah! ¿Es el ramo el que le ha incomodado a usted? ¡Qué tontería! Esto no tiene malicia, son galanterías de buen tono...

BRUNO. -(Conteniendo la ira.) Vaya usted, vaya usted, D. Próspero... Aquí no le dan vela para este entierro. Déjeme usted en paz.

PRÓSPERO. -Perdone usted, D. Bruno, yo lo decía...

BRUNO. -¡Vaya usted con Dios le digo!

Escena VIII

BRUNO y ROQUE.

ROQUE. -¡Algo te escarabajea a ti, Bruno! ¿Por qué te tiembla la barba?

BRUNO. -¡Ay, Roque! ¡Soy el más desventurado que hay en el mundo! ¿Has visto ese ramo? ¿Has visto ese condenado ramo? ¡Pues mira lo que tenía dentro!

ROQUE. -¿Un papel?

BRUNO. -¡Sí, es una carta! Una carta para Inés... ¡La pícara me está engañando!

ROQUE. -¿Quieres callar? Eso no se dice ni se piensa de una mujer así...

BRUNO. -Pues ¿y esta carta?

ROQUE. -¡La carta! ¿Y qué dice la carta? ¿La has leído por si acaso?

BRUNO. -¡Es verdad! ¡Tú me consuelas, Roque! ¡No puede ser ella!...

ROQUE. -Léela; anda, ábrela y veamos.

BRUNO. -(Temblando.) Sí..., vamos a leerla, dices bien... ¡Abrirle una carta! Desconfiar de mi mujer... ¡que me quiere tanto! (Tirando la carta al suelo.) ¡Maldita sea mi suerte!

ROQUE. -(Levantándola.) ¡Eh!... ¡Cobarde!... Las cosas claras...; a salir del paso... (La abre.) ¡Se lee... y al vao o a la puente! (Lee.) «Prima mía...» Del primo es. «No puedo resistir más: al amor pasajero se puede imponer silencio; pero a una pasión violenta no es posible. Por librar de la miseria a tu padre, has dado la mano a un hombre que no te merece, a un rústico que no puede inspirarte cariño ni es capaz de apreciar tus encantos. Ese hombre fatal te tiene privada de la sociedad, pues no te atreves a presentarte en ella por no avergonzarte de tu marido...»

BRUNO. -(Con amargura.) ¡Avergonzarse de mí!...

ROQUE. -(Continúa.) «Yo te consolaré de esta desgracia; yo que te adoro, y espero de ti siquiera una palabra, una mirada de amor. Si traes en la mano este ramillete, será señal de que correspondes a mi pasión. ¡Ah! Por semejante felicidad daría mi vida.» ¡Tunante!

BRUNO. -(Frenético.) ¡Sí, sí! ¡Darás la vida..., la vida..., infame!

ROQUE. -¡Calma, Bruno, calma!... No escandalices...

BRUNO. -¡Avergonzarse de mí!... ¡Si eso fuera verdad!...

ROQUE. -¡Eh!... ¡No digas barbaridades!... ¿No ves por el hilo de la carta que ella está inocente de too?... Tu mujer es honraa, Bruno..., y no hay que escandalizar la casa. ¡Naa! ¡Punto en boca!... Echas a la calle a ese pillastre; y naa más.

BRUNO. -(Con ímpetu de ira.) ¿Nada más?... ¡Eso es!... ¡Y quitarle el sombrero y darle los buenos días! ¿De dónde sacas tú que esto se ha de quedar así?... ¡Yo quiero matarlo!... ¡Yo voy a matar a ese hombre!... ¡A hacerle comer la carta!... ¡A tirarle por el balcón o que riña conmigo!

ROQUE. -¡Calla, hombre!... Él no ha de querer reñir a puñetazos, que es como tú sabes.

BRUNO. -A todo; a lo que quiera...

LUIS. -(Dentro.) ¿No se ha vestido todavía?

BRUNO. -Ahí viene.

ROQUE. -¡Bruno, Bruno, ten cachaza, no te precipites!...

BRUNO. -Pierde cuidado.

Escena IX

ROQUE, BRUNO y D. LUIS.

BRUNO. -(Fingiendo a duras penas.) ¡Hola, es usted, señor primito!...

LUIS. -¡Yo soy muy puntual! ¿Pero la primita no está vestida, según veo?

BRUNO. -¡No tardará, sabiendo que la espera el señor primito!

ROQUE. -(Aparte.) Vamos, Bruno.

LUIS. -Ya está la carretela.

BRUNO. -Sí; y D. Próspero ha ido a dar el ramo que la enviaba el señor primito...

LUIS. -Calla; me habla usted, D. Bruno, con un tono tan particular...

BRUNO. -¿De veras?... Señor primito...

ROQUE. -(Aparte.) ¡Bruno, Bruno!

LUIS. -Quizá estaban ustedes ocupados, y yo he venido a estorbar. Me voy, me voy adentro a buscar a mi prima.

BRUNO. -(Poniéndose delante.) Haga usted el favor de aguardar aquí un ratito con nosotros.

LUIS. -Perdone usted, mi prima estará esperando... (Quiere irse. BRUNO le detiene agarrándolo de las solapas con ambas manos.)

BRUNO. -¡Quieto aquí digo!... ¡Quieto aquí! Acabemos de una vez. ¡No tiene usted ahora que tratar nada con mi mujer, señor primo; y aunque la vea usted sacar el ramo en la mano, sepa usted que no es seña de nada..., porque nada sabe..., porque yo he descubierto lo que puso usted en el ramo..., gran bribón!

LUIS. -(Aparte.) ¡Me ha pillado!... ¡Pecho al agua! ¡Entiendo, Sr. D. Bruno..., salgamos cuando usted guste.

BRUNO. -(Fuera de sí.) Salgamos, sí, señor. Pero diga usted, señor primo, ¿y si yo me vengase de usted sin salir de aquí, no sería bien hecho?

ROQUE. -No te ciegues, Bruno.

BRUNO. -¿Conque mi mujer debe avergonzarse de mí?... ¿Y por qué? Porque soy un patán rústico y grosero, ¿no es verdad? Pues bien: si el patán se valiese de las armas que le ha dado la naturaleza..., (Enseñándole los puños.) éstas, éstas..., y lo tirase a usted por ese balcón, o le dijese a usted: «Señor primo, en guardia, que allá voy a sacarle las entrañas...», diga usted, diga usted, ¿no sería bien hecho?

ROQUE. -Vamos, que te ciegas.

LUIS. -(Sonriendo.) Confieso en verdad que esa clase de duelo...

BRUNO. -¿No le acomodaría a usted?... Ya lo veo; podría descomponerle los tufos o arrugarle la corbata. ¡Usted quiere la espada o la pistola, porque sabe jugarlas! ¡Eso entra en la educación que les dan a ustedes, para que luego puedan introducirse en casa de un hombre honrado, y darle la mano, y llamarle amigo mío, y seducir a su mujer y deshonrarla, y luego matarlo en regla con el florete! ¡Pues no me importa; eso no me quitará que apañusque la carta y se la tire a usted a los hocicos! (Lo hace.)

LUIS. -(Con rabia.) Sr. Bruno...

BRUNO. -¡Eh! No me alce usted el gallo, porque le agarro... Vámonos; la carretela está puesta; vámonos. (Llevándoselo.)

ROQUE. -(Levantando la carta.) ¡Yo iré de testigo! ¡Al avío!...

BRUNO. -(Al salir.) ¡Dios mío, Inés!

Escena X

Dichos y DOÑA INÉS, vestida de paseo y con el ramo.

INÉS. -Ya estoy lista; ¿vamos, primo?

LUIS. -Perdona, primita; venía a rogarte que me disimularas; no me acordaba que tenía un negocio urgente. En fin, no me es posible acompañarte.

INÉS. -¿Cómo?

BRUNO. -Sí, querida Inesita, disimúlale: tiene un negocio urgente, y yo también voy con él; se nos había olvidado...

ROQUE. -Eso es.

BRUNO. -(Aparte a ROQUE.) Quédate aquí para que no sospeche.

ROQUE. -(Aparte.) ¡Me gusta!

INÉS. -¿Y se puede saber qué negocio es ese tan urgente?

BRUNO. -No hay tiempo..., es largo de contar... Roque te dirá... (Empujándolo hacia ella.) ¡Anda!

ROQUE. -Es que yo...

INÉS. -Díganme ustedes a lo menos...

BRUNO. -Luego, luego, al momento vuelvo...

INÉS. -Pero siquiera...

BRUNO. -Vámonos, primo, vámonos.

Escena XI

ROQUE y DOÑA INÉS.

ROQUE. -(Aparte.) ¡Yo no me quedo aquí! (Al irse le detiene DOÑA INÉS, que se ha quitado chal y sombrero.)

INÉS. -¡Dígame usted, Roque!...

ROQUE. -(Aparte.) ¡Me cortó!

INÉS. -Explíqueme usted qué significa esta ida repentina.

ROQUE. -(Aparte.) ¡El diablo me lleve si yo sé qué decirla! (Óyese marchar el coche.) ¡Ya se han ido; quién los atrapa ahora!

INÉS. -¡Roque! ¿No quiere usted responderme?

ROQUE. -¡Pues no he de querer! ¡Vaya! ¿Por qué no había de querer? Too ello no es más que una futesa. ¡Naa! Dos hombres que dicen: «¡Canario! ¡Pues se nos ha olvidao aquel negocio!» Y uno dice... «¡Voto va sanes! ¡Pues es verdad!» Y el otro dice: «¡Pues, canastos, a mí no me gusta que las cosas se queden así por hacer!» Ya sabe usted... ¡Bonito es Bruno! ¡Más listo que Cardona! Y lo mismo es ver trastos por medio, ya, ya, lo propio que mi padre, que esté en gloria y que el amo D. Bernardo que esté en gloria. Pero no tiene usted que tener cuidiado, no tarda un credo. ¡Toma, con ese par de mulas!... ¡Vaya un tronco! Y de aquí adonde van a... (Aparte.) ¡A que lo encajo!

INÉS. -Roque, usted se turba, algún misterio hay aquí. ¡Ah! ¡No trate usted de ocultármelo!... ¿Qué tenía mi marido, dígamelo usted?... ¡Ah! ¡Dígamelo usted por Dios!... Aquí han estado ustedes dos hablando largo rato. ¿Qué le ha dicho a usted Bruno?

ROQUE. -¡Naa! Hemos estado hablando como buenos amigos; pero lo que hemos hablao...

INÉS. -¡Ah! ¡Cuéntemelo usted!... ¡Los secretos de mi marido me pertenecen: yo soy su mujer, yo le amo!... ¿Ha ocurrido alguna desgracia? ¡Roque, hable usted..., yo se lo suplico!

ROQUE. -¡Dale! Señora, si es un secreto muy reservao, muy reservao..., y si se lo digo a usted, y luego... (Aparte.) Ya puede que estén riñendo... ¡Voto va sanes!

INÉS. -Yo lo callaré..., le doy a usted mi palabra... Hable usted, hable usted.

ROQUE. -(Aparte.) Bien mirado... no sé yo por qué no se lo he de decir. -Pues, señora, su marido de usted es todo un hombre, y capaz de dejarse quemar vivo, primero que darle a usted una pesadumbre tamaña como una almendra. Usted por su parte es una mujer como Dios manda..., honradota..., sin vanidad...

INÉS. -Pero al caso.

ROQUE. -En fin, de lo que hay poco, sin agraviar a naide. Los dos están ustedes parejos por lo tocante al afecto...; pero, amiga, por lo tocante a lo demás del mundo..., vamos, Bruno está muy debajo. Él ha querido, el pobre, dende que se casó, tratar de ver cómo se domesticaba un poco..., y todo por ponerse a la par de usted... ¡No tenía más pío que ese! Soltar el pelo de la dehesa, y trabajar por convertirse en un pitimetre de Madrid. Pero el pobrecillo se ha desengañao de que eso es punto menos que imposible..., porque lo que no se mama..., y aunque la mona se vista de seda... Por fin, él se martiriza, ¿y qué saca en limpio? ¡Naa!... Hacer el oso, y que todos se burlen de él... Él lo ha conocido..., y está que no puede más. Velay lo que me decía endenantes. Pero muy quedito, muy quedito..., por miedo de que usted lo oiga.

INÉS. -¡Dios mío, qué me cuenta usted! Eso es lo que le tiene triste... ¡Y él nada me ha dicho!

ROQUE. -¡Pues! Y me decía: «¡Cuidado, Roque, no quiero que mi Inesica lo sepa..., yo me lo pasaré solo..., pero a ella naa!...»

INÉS. -¡Es posible!

ROQUE. -¡Toma! Y celoso que está también... ¡Y me lo decía con unos lagrimones!

INÉS. -¿Qué dice usted? ¿Celoso?

ROQUE. -¡No hay miedo que lo confiese! Por no darle a usted pesadumbre es capaz..., ¡vaya!, y pondrá buena cara a todos, y hasta al mismo D. Luis...

INÉS. -¿Luis?...

ROQUE. -¡Ya se me escapó!

INÉS. -¿Es ese?... ¿Y por qué no me lo ha dicho? ¡Precisamente hace tiempo que el tal primo me está cansando tanto con su pesadez!

ROQUE. -(Con alegría.) ¿Verdad que sí? ¡Eh! Bien decía yo, que con todos sus visajes no podía usted tenerle voluntad...

INÉS. -¡Yo! Y qué, ¿mi marido ha sospechado?...

ROQUE. -¡Ca! ¿Bruno sospechar de usted? ¡No faltaba más!

INÉS. -Pues entonces, ¿qué misterio es este? ¿Por qué han salido?

ROQUE. -¡Porque!, ¡porque! ¡Toma! Porque en ese ramo que lleva usted ahí, y que le envió de regalo su primo...

INÉS. -¿Qué?

ROQUE. -¡Toma! Había una carta..., y en la carta una declaración de amor..., y en la declaración de amor motivo para que dos hombres se rompan el alma.

INÉS. -(Tirando el ramo.) ¡Dios mío! ¡Han ido a batirse!

ROQUE. -Vamos, señora, no hay que apurarse.

INÉS. -¡Han ido a batirse! ¡Y usted, que se llama amigo suyo, le ha dejado ir! (Déjase caer en el sofá.)

ROQUE. -¡Sí, señora, lo he dejado!... Porque Bruno debía batirse... Porque su marido de usted no debe quedar por collón... ¡y yo iba de testigo; sí, señora! y me he quedao, porque él me lo dijo..., pero ahora voy en dos zancadas a buscarlos... No habrán ido lejos... Yo los encontraré. (Óyese el ruido del coche.)

INÉS. -(Levantándose.) ¡Un coche!

ROQUE. -(Yendo al balcón.) ¡Ah! ¡Él es!... ¡Ya baja!... ¡No hay miedo! ¡Ha saltado de un brinco!

INÉS. -(Que también se ha asomado.) ¡Sí, él es!... Y viene bueno. ¡Ah, Dios mío, yo te doy gracias!

ROQUE. -Señora, acuérdese usted que esto es un secreto, y que me dio usted palabra...

INÉS. -La cumpliré. ¡Ah, sí... ahora bien sé yo cuál es mi deber! (Vase por la izquierda.)

Escena XII

BRUNO y ROQUE.

ROQUE. -¡Ea! ¡Bendito sea Dios! ¡Mi buen Bruno! (Le toma la mano.)

BRUNO. -¡Ay, que me haces daño!

ROQUE. -¡Cáspita! ¿Estás herido?

BRUNO. -Sí..., en esta mano..., pero no es nada..., un arañazo. ¡Ojalá me hubiera atravesado de parte a parte!

ROQUE. -¡Vaya una idea!

BRUNO. -¡Sí; porque entonces no me hubiera visto humillado por ese señor primo!... Allí mismo se burlaba de mi torpeza..., porque no sé jugar la espada..., y así como quien dice... «¡te perdono!...», ¡se contentó con desarmarme y hacerme un rasguño! ¡Y ahora me obliga a reconocer su generosidad! ¡Ah! Eso es lo que me quema..., ¡lo que me desespera! Mañana se sabrá y todos se reirán de mí..., y a él... ¡oh! le harán muchos elogios por su generosidad, por su destreza. ¡Ya se ve! No hay cosa más noble que dar un pinchazo a un enemigo que en su vida ha cogido una espada. ¡Ah! Otra nueva humillación que me guarda la sociedad... ¡Ay, qué sociedad! ¡Roque, yo no puedo más! Esto tiene que acabarse. Tú eres mi amigo, ¿no es verdad?

ROQUE. -¡Hasta la muerte!

BRUNO. -Pues bien: tú te vienes conmigo.

ROQUE. -¡Contigo! ¿Adónde?

BRUNO. -Me marcho..., sí..., me marcho..., ¡contigo solo! ¡Esta noche nos vamos! A soltar este yugo..., a dejar esta sociedad que no quiere recibirme..., que me escarnece..., ¡que me escupe a la cara! (Aparece DOÑA INÉS a la puerta de la izquierda.) Por lo tocante a Inés..., no faltaré al juramento que la hice..., no la obligaré a una vida que no es de su gusto... ¡Que viva dichosa separada de mí, ya que estando juntos no podemos ser felices! Yo la dejo esta casa..., y las tres cuartas partes de mi hacienda..., ¡y me separo de ella para siempre! ¡Sí, porque no quiero verla avergonzarse de mí! (DOÑA INÉS quiere llegar. ROQUE con una seña la detiene.)

ROQUE. -¡Bruno! ¿Qué estás diciendo?... ¡Separarte de tu mujer!...

BRUNO. -¡No hay remedio! ¡Esta noche! Yo no sufro ni un día más la burla y el escarnio de esta sociedad. ¡Ay, Roque!..., yo adoro a mi mujer..., daría mi vida por mi Inés..., pero ya no puedo elevarme hasta ella...

Escena XIII

Dichos y DOÑA INÉS.

INÉS. -¡Ella bajará hasta ti!

BRUNO. -¡Inés!

INÉS. -Sí, mi querido Bruno: tu corazón merece que yo deje por él la corte y la sociedad... Y sobre todo, merece... (Con ternura.) ¡que no te vuelvas a exponer por mi causa a otro peligro! Esta noche marcharemos...

BRUNO. -¡No, Inés!

INÉS. -¡Sí, marcharemos a Alcalá!... Allí está mi padre..., allí viviremos felices los tres. (Abriéndole los brazos.)

BRUNO. -(Abrazándola.) ¡Ah! (Alargando la mano con extremo gozo a ROQUE.) ¡Los cuatro!

INÉS. -(Dando la mano a ROQUE, que llora de alegría.) ¡Sí..., los cuatro!

El tío Tararira

Comedia en un acto, arreglada al español

Personas



D. RAIMUNDO, viejo de 102 años.
D. AMBROSIO, alcalde.
D. EDUARDO, capitán de caballería.
LUCAS PERLERÍN, alguacil.
DOÑA BALTASARA, hermana de D. AMBROSIO.
MATILDE, pupila de D. AMBROSIO.
VECINOS DEL PUEBLO.

(La acción pasa en este año de 1848, en un pueblo del reino de Valencia)

El teatro representa una galería que ocupa hasta el segundo bastidor, y allí termina sostenida en dos pilares, dejando ver un jardín con cerca y puerta de entrada en el foro. En la galería hay una puerta a la izquierda y otra a la derecha: mesa de despacho a la izquierda: velador a la derecha, sofá y sillas.

Escena primera

LUCAS, solo.

(Está en mangas de camisa: ha dejado la chaqueta colgada de una puerta, y tiene entre manos una escoba, un plumero y una rodilla, de cuyos instrumentos usa alternativamente para barrer la galería, limpiar las sillas y quitar el polvo a todo.)

Pregunto yo: si alguno me viera así..., con el plumero en una mano y la escoba en la otra..., barre que barre y frota que frota..., ¿reconocería en mí a todo un alguacil del ayuntamiento constitucional de esta villa, cabeza de partido de la provincia de Valencia? Yo quisiera saber si un funcionario público, como soy yo, tiene obligación de barrer la casa del alcalde, de limpiar el polvo a los trastos, de regar el jardín... y hasta de servir a la mesa, como quiere doña Baltasara, su hermana, dando por razón que el alcalde debe tener siempre a mano la fuerza pública. ¡Ya se ve, como no tengo a quien reclamar... aguanto! (Sigue limpiando.) ¡Hola!... (Viendo al CAPITÁN que entra en el jardín por el foro.) Ahí está ya don Eduardo, el capitán... Ha tomado por paseo el venirse aquí todos los días desde Valencia, donde está con su regimiento. Aunque no son muchas leguas, ¡andárselas todos los días de Dios!... ¡Su busilis tiene el negocio!

Escena II

LUCAS, D. EDUARDO, que entra en la galería.

EDUARDO. -El alguacil está aquí.

LUCAS. -Buenos días tenga usted.

EDUARDO. -(Mirando alrededor.) Buenos días, amigo. (Aparte.) No veo a Matilde.

LUCAS. -(Con malicia.) ¿Buscaba usted a alguien?

EDUARDO. -Sí; a D. Ambrosio.

LUCAS. -¿Al señor alcalde?... ¡Mire usted que es desgracia! ¡Siempre viene usted cuando él no está!... Ni tampoco doña Baltasara..., y esa sí que lo va a sentir, porque le tiene a usted mucho afecto doña Baltasara.

EDUARDO. -Es una señora muy amable.

LUCAS. -¡Pues ya!... Lo que es amable... Pero vamos, es muy buena cristiana y muy...

EDUARDO. -Esperaré; D. Ambrosio no puede tardar.

LUCAS. -¡Quién sabe! Se fue al ayuntamiento. Andan ahora muy apurados por esos papeles que se quemaron... allá, cuando vinieron los franceses a quitar la Constitución...

EDUARDO. -Sí, el año 23: los registros de la parroquia.

LUCAS. -Eso es. ¡Vaya una barbaridad que fue aquella! Como que nadie puede acreditar que se ha muerto, ni que ha nacido... Por aquel año nací yo; pues si ahora quisieran decirme que no había nacido..., nada, no podría hacerlo constar; no hay partida de bautismo. Y como éste hay un sin fin de embrollos en el pueblo. ¡Pues digo, y un arrozal muy hermoso que me tocaba a mí heredarlo... y tampoco puedo! ¡Pero al fin y al cabo vendrá a parar a mí!

EDUARDO. -¡Hola!

LUCAS. -Sí, señor. Porque como no tiene dueño, el ayuntamiento ha dispuesto que se adjudique al vecino más viejo que haya en el pueblo.

EDUARDO. -Sí, ya he oído...

LUCAS. -Pues bien: el más viejo es mi tío Serapio, que tiene 84 años..., y como yo vivo con él...

EDUARDO. -¡Ya! ¿Y cómo es que hoy no vas a rondar por el pueblo?

LUCAS. -¡Vaya! Sí, señor; ahora voy. Tengo encargo de perseguir a los vagos y prenderlos. (Se pone la chaqueta y se limpia el polvo. Aparte.) ¡Cómo anda mirando! A mí no se me escapa nada. Quiere ver a la señorita doña Matilde..., pues, a la marquesita. ¡Anda muy enamorado de ella! ¡Ya sé yo lo que es eso! ¡Lo mismo me pasa a mí con Gregoria!

EDUARDO. -(Aparte.) ¡No parece! -Dime, Lucas, ¿no me has dicho que doña Baltasara ha salido?

LUCAS. -¿La quería usted ver?

EDUARDO. -Si estuviera ahí Matilde..., lo mismo era.

LUCAS. -También ha salido.

EDUARDO. -¡Ah!...

LUCAS. -Han ido a ver a las hijas del señor barón de la Encina..., un antiguo amigo del señor marqués..., porque el padre de doña Matilde era marqués, y ella, que es hija única...

EDUARDO. -Ya lo sé; mi hermana se ha educado en el mismo colegio que la marquesita.

LUCAS. -¡Y vea usted..., vea usted las revoluciones!... El marqués, que era dueño de casi todo lo que hay por estos alrededores..., ¡y ahora su hija no tiene un palmo de tierra!

EDUARDO. -El marqués, comprometido por sus ideas liberales, tuvo que emigrar el año 23...; vendió todos sus bienes para que no se los confiscaran, y cuando el año 34 volvía a España, con su hija de dos años, que perdió a su madre al darla a luz, naufragó a la vista de Valencia y pereció ahogado.

LUCAS. -¡Pobre señor! A la niña la salvó un marinero, y se hubiera muerto de hambre si D. Ambrosio no la hubiera recogido y criado.

EDUARDO. -Dime: y este D. Ambrosio, ¿no había sido administrador de los bienes del marqués?

LUCAS. -Sí, señor. Pues si éste fue el que le compró los bienes al marqués cuando emigró. Y ha de saber usted que por el pueblo se susurraba que..., ¡vamos, calumnias!..., porque D. Ambrosio, aunque se ha hecho rico de ese modo..., es un señor..., vaya..., muy cristiano. ¡Y qué sabio es!... ¡Dicen que es un santiguario muy hábil!

EDUARDO. -Anticuario.

LUCAS. -Eso. Y lo que es la señorita Matilde, la cría como a una hija.

EDUARDO. -Y dime, ¿no ha pensado nunca en casarla?

LUCAS. -Nada se ha dicho de eso. Y no la estaría mal..., porque doña Baltasara, la hermana de D. Ambrosio, la tiene una envidia..., y la anda siempre mortificando...

EDUARDO. -¿De veras?

LUCAS. -¡Vaya! ¡Algunas veces me da un coraje! ¡Pero como es hermana del señor alcalde!... ¡Qué ha de hacer uno!

EDUARDO. -¿Oyes?

LUCAS. -Parece que regañan. Será ella. (Entran en el jardín DOÑA BALTASARA y MATILDE.)

EDUARDO. -La misma. Y Matilde también.

Escena III

Dichos, DOÑA BALTASARA y MATILDE.

BALTASARA. -Lo dicho, dicho. No vuelves a poner los pies en casa de las niñas del barón. ¡Mal criadas! ¡Apenas me han dirigido la palabra!

MATILDE. -Pero si...

BALTASARA. -¡Digo que no vuelves allá! Bien puedes hacer este sacrificio... en cambio de los muchos que hemos hecho por ti.

MATILDE. -Bien, no volveré.

EDUARDO. -(Aparte.) ¡Infeliz!

BALTASARA. -(Mudando de tono.) ¡Oh, lo que está por aquí!... ¡Eduardito!...

MATILDE. -(Aparte.) ¡Eduardo!

EDUARDO. -No quería interrumpir a ustedes.

BALTASARA. -(Con dengues.) ¡Picarillo!... ¡Sorprender así las conversaciones de dos jóvenes..., de dos hermanas!... Porque a Matilde la miro como hermana... (Acariciándola.) Lo somos por el cariño... (MATILDE se sienta junto al velador y se pone a hacer labor.)

LUCAS. -¡Eso es verdad! ¡Se quieren mucho!... ¡Como que en el pueblo ha habido gentes que han creído que doña Baltasara era madre de doña Matilde!

BALTASARA. -(Colérica.) ¡Calle usted!

LUCAS. -¡Toma! Y bien podría ser...

BALTASARA. -¡Eres un animal!

LUCAS. -¡Vaya!... Pues yo ¿qué he dicho, qué?...

BALTASARA. -¡Calle usted!

LUCAS. -Bien está. (Aparte.) ¡Por todo se enfada!

BALTASARA. -Es mucho flujo de meterse en las conversaciones... ¡Yo le diré a mi hermano que te dé una reprimenda!

LUCAS. -(Aparte.) Lo mejor será huir el cuerpo. (Yéndose.) ¡Vaya un genio!... (Se va.)

Escena IV

Dichos, menos LUCAS.

BALTASARA. -¿Usted vendría a ver a mi hermano?

EDUARDO. -Sí; quería preguntarle si había él tenido carta de mi tío el general.

BALTASARA. -No sé; en la última que recibió, le decía el general que ya había hecho el empeño con el ministro para la gran cruz de Carlos III, que mi hermano desea tanto. ¡Esto se debe a la recomendación de usted!... ¡Pero crea usted que mi hermano la merece!... ¡Oh! ¡Se desvive por el bien del pueblo! Y ya vio usted en las elecciones... Pero qué, ¿no le escribe a usted su tío?

EDUARDO. -Está un poco picado conmigo.

BALTASARA. -¿Por qué?

EDUARDO. -Me ha enviado una licencia para ir a Madrid..., tenía empeño en ello..., y como yo no voy...

BALTASARA. -¡Es posible! Pues Matilde recibió ayer carta de su hermana de usted, y nada le dice.

MATILDE. -¡Perdone usted! Eugenia me dice que el general está sumamente enfadado con su sobrino.

BALTASARA. -¿Y por qué tiene ese empeño en que se vaya usted?

EDUARDO. -¡Qué sé yo!... Proyectos que trae mi tío entre manos...

MATILDE. -(Con intención.) Y en los cuales insiste más que nunca.

EDUARDO. -¡Cómo!... ¿Usted sabe?...

MATILDE. -Eugenia me lo ha escrito todo.

BALTASARA. -¡Hola, hola!... ¿Se trata quizá de lazos conyugales?

MATILDE. -Muy ventajosos para Eduardo... y en los cuales había ya consentido.

EDUARDO. -(Con prontitud.) Estaba entonces libre mi corazón... Pero ahora...

BALTASARA. -(Con intención.) Vamos..., ¿pero ahora... qué? (Vuelve la cara, ve que MATILDE está mirando a EDUARDO y que se le cae el ovillo al suelo, y la dice con aspereza:) ¡Mira ese ovillo, que se te cae al suelo! (A EDUARDO, con ternura.) ¡Vamos..., continúe usted!

EDUARDO. -Ahora... he hecho otra elección.

BALTASARA. -(Con ternura.) ¡Ah!... ¿Y esa elección es la que le sujeta a usted aquí?

EDUARDO. -¡Sí, señora!... Y sin embargo, todavía ignoro si soy correspondido... No he merecido aún ni una palabra..., ni una mirada!

BALTASARA. -(Mirándole con dulzura.) ¡Ni una mirada!... (Volviéndose a MATILDE, y creyendo que mira por observarlos.) Atiende a tu labor..., la vas a echar a perder. (Volviendo a mirar a EDUARDO.) ¡Ay!...

EDUARDO. -En fin, estoy decidido a no marchar hasta saber cuál es mi suerte. Si no hallo ocasión de hablar..., me valdré de otros medios...

MATILDE. -(Aparte.) ¡Dios mío!

BALTASARA. -¡Ay, Eduardo!

AMBROSIO. -(Dentro.) ¡Bien está, bien está!

EDUARDO. -Viene gente..., yo me retiro.

BALTASARA. -Es mi hermano.

EDUARDO. -(Aparte.) Quiero salir de dudas al momento.

BALTASARA. -¿No quería usted hablarle?

EDUARDO. -Ahora tengo que hacer..., le veré luego. (Saluda y se va.)

BALTASARA. -(Aparte.) Pretexto para volver cuando yo esté sola.

Escena V

DOÑA BALTASARA, MATILDE, D. AMBROSIO.

AMBROSIO. -(Hablando a la puerta del foro con varios vecinos, que se retiran.) ¡Pero hombres, no seáis pesados! ¡No digo que faltan papeles, y eso no se puede hacer constar! (Entrando.) ¡Siempre reclamaciones, y dale..., por esos malditos registros que se quemaron! (A BALTASARA.) ¡Hola, te venía buscando!

BALTASARA. -¿Vienes del ayuntamiento?

AMBROSIO. -Sí, he triunfado; me he llevado todos los votos. El camino vecinal pasará por junto a mi hacienda de Alfalá.

BALTASARA. -¡Lo cual la hace valer un doble!

MATILDE. -¿De veras?

AMBROSIO. -¡Yo no he mirado sino los intereses comunales! Antes de votar les ofrecí regalará la villa este retrato... (Saca una caja de rapé.)

BALTASARA. -¿De quién?

AMBROSIO. -¡Oh! ¡Esta es una antigüedad preciosa! ¡El retrato del Cid Campeador, conquistador de Valencia!... ¡Mira!... ¡Hecho por los moros! ¡Se conoce el estilo de aquellos bárbaros en el modo de estar pintado!...

MATILDE. -¡A ver!... ¡Jesús, qué cara!

BALTASARA. -¿Esto es lo que te trajo ayer el moro de los dátiles, a quien sueles comprarle estas cosas?

AMBROSIO. -Sí. Esta caja pertenecía al dey de Argel..., llevada de España, cuando la expulsión de los moriscos... Al tomar los franceses a Argel..., en el saqueo del palacio del dey se halló esta preciosidad..., con otras varias, que me irá trayendo el moro. ¡Vosotras no le dais valor a esto!... ¡Las mujeres no entienden de antigüedades! Otra noticia tengo que darte.

BALTASARA. -¿Cuál es?

AMBROSIO. -Mi hijo viene.

BALTASARA. -¿De veras?

MATILDE. -¿Vicentito?

AMBROSIO. -Sí.

BALTASARA. -¿Y cuándo?

AMBROSIO. -Dentro de pocos días.

BALTASARA. -¡Cuánto me alegro! ¿Y por mucho tiempo?

AMBROSIO. -Probablemente para no volverse a marchar.

BALTASARA. -¿Cómo es eso?

AMBROSIO. -Tengo el proyecto de casarlo.

BALTASARA. -¿A mi sobrino?

AMBROSIO. -Sí. ¿No adivinas con quién?

BALTASARA. -¡No!

AMBROSIO. -(A MATILDE.) ¿Ni tú?

MATILDE. -¡Tampoco!

AMBROSIO. -Pues Vicente tiene más penetración que vosotras. Al momento lo ha adivinado. Mira lo que me responde. (Da una carta a MATILDE.)

BALTASARA. -(Mirando a MATILDE, y llevándose aparte a AMBROSIO.) ¡Calla! ¿Será tal vez?...

AMBROSIO. -Sí. Casándolo con ella, toma el título de marqués, le dan una plaza de oficial de secretaría..., y a mí la cruz que solicito.

BALTASARA. -¿De veras?

MATILDE. -(Después de leer.) ¡Cielos!

AMBROSIO. -(A MATILDE.) ¿Lo vas entendiendo?

MATILDE. -(Cortada.) Sí...; pero... no acierto a explicar...

BALTASARA. -¡Ya lo creo! Otro en nuestro lugar hubiera buscado para Vicente una novia rica.

MATILDE. -(Con prontitud.) ¡Es verdad!... Y por esa razón, no debo yo permitir que hagan ustedes ese nuevo sacrificio por mí.

AMBROSIO. -¡Qué sacrificio!... ¡Aquí no hay sacrificio! ¡Qué importan las riquezas!... En un matrimonio lo que hay que consultar es el corazón.

MATILDE. -Pues siendo así, con más razón debo rehusarlo.

AMBROSIO. -¿Cómo es eso?

BALTASARA. -¡Despreciar a mi sobrino! ¡Será porque no es marqués!

MATILDE. -¡Puede usted creer!...

AMBROSIO. -¡Calla, hermana!

BALTASARA. -(Colérica.) ¡No quiero! ¡Somos muy condescendientes con esta niña! Pues, señora mía, es preciso que usted se case..., y que se vaya a vivir con su marido. Aquí estamos dos solteras juntas, que nos hacemos mala obra la una a la otra.

AMBROSIO. -¡Vamos, vamos!... ¡Déjala! Matilde lo pensará; tiene bastante talento para conocer que en un matrimonio lo que hay que consultar no es el corazón... sino la conveniencia.

MATILDE. -¡Pues antes decía usted lo contrario!...

AMBROSIO. -Anda, anda a pensarlo..., y luego hablaremos.

BALTASARA. -No hay que pensarlo... ¡Se casará!

MATILDE. -(Aparte.) ¡Ah! ¡No quisiera ser ingrata!... ¡Pero Dios mío..., he de sacrificarme así! (Se va por la izquierda.)

BALTASARA. -¡Hacer ascos a un novio!... ¡Ah! ¡Si yo me viera en ello! (Se va por la derecha.)

Escena VI

D. AMBROSIO.

¡Todo lo echa a perder mi hermana con ese genio! Yo hablaré a Matilde cuando estemos solos, y obedecerá. No hay remedio: es preciso que se case: emparentando con ella somos marqueses..., me darán la cruz..., mi hijo brillará en la corte... Sí, sí: voy a escribírselo al general como cosa hecha. (Oye ruido fuera.) ¿Qué ruido es ese? ¡Ya vendrán con memoriales!... No estoy ahora para pensar en los negocios públicos. (Se sienta a escribir.)

Escena VII

D. AMBROSIO, escribiendo. LUCAS y D. RAIMUNDO en el jardín.

(LUCAS trae del brazo a D. RAIMUNDO: éste se le suelta, y viene con pasos vivos hacia la galería.)

RAIMUNDO. -¿Piensas que me he de estar esperando aquí todo el día? Estás fresco.

LUCAS. -¡No se me escape usted!... ¡Vaya..., que no se me escape usted!

RAIMUNDO. -¡Déjame en paz! Yo no necesito que me agarren para andar. No soy ningún niño.

LUCAS. -¿Pero dónde va usted? (Viendo que quiere entrarse por una de las puertas de la galería.) ¡Aguárdese usted aquí!... ¡Chist! Ahí está el señor alcalde. (A D. AMBROSIO.) ¡Señor alcalde!...

AMBROSIO. -(Escribiendo.) Luego me dirás: aguarda.

LUCAS. -Tiene usted que aguardar. (A D. RAIMUNDO.)

RAIMUNDO. -Sí: en cuanto ha dicho aguarda, lo he comprendido.

LUCAS. -¡Adiós!... ¡Ya está todo por medio! ¡Si lo viera doña Baltasara!...

(Se pone a limpiar las sillas y a colocarlas, de manera que así que D. RAIMUNDO va a coger una para sentarse, LUCAS la toma y la limpia.)

RAIMUNDO. -Pues señor, esperaremos..., pero esperaremos sentado. El tal señor alcalde ni me ha mirado... ¡Toma! ¡Los funcionarios públicos son todos así!... ¡El público es lo último que llama su atención! Así hacen creer que tienen muchos negocios entre manos. Lo mismo hacía yo en mis tiempos..., cuando era escribiente de D. Roque Samperet, el fiel de fechos. (A LUCAS.) ¡Hombre!, ¿me haces el favor de dejarme una silla?... ¡Creo que estos muebles son para sentarse!

LUCAS. -No, señor: doña Baltasara dice que son para adornar la casa.

RAIMUNDO. -Chico, tú eres tonto.

LUCAS. -¡Yo soy alguacil!

AMBROSIO. -¡Silencio! Vamos a ver: ¿qué hombre es ese?

LUCAS. -Señor alcalde, es un vago. Le he encontrado a la entrada del pueblo sentado en la hierba..., en el sembrado de Juan Cornejo.

AMBROSIO. -(Escribiendo.) ¿Y qué?

LUCAS. -(A D. RAIMUNDO.) Vamos, responda usted al señor alcalde. ¿Por qué estaba usted fuera del pueblo y sentado en la hierba?

RAIMUNDO. -Estaba fuera del pueblo, porque todavía no había entrado en él; y estaba sentado en la hierba, porque en el campo no hay sillas..., ¡tonto!

LUCAS. -¡No me ponga usted motes!

AMBROSIO. -(Escribiendo.) ¡Vamos!

LUCAS. -Le pregunté cuál era su domicilio, y me respondió que venía a buscarlo.

AMBROSIO. -¿No sabe usted que la ley manda que cada uno tenga su domicilio?

RAIMUNDO. -Sí; pero la ley no se le da al que no le tiene.

LUCAS. -Esa no es respuesta.

RAIMUNDO. -Pues busca otra mejor..., ¡tonto!

LUCAS. -¡Que no me ponga usted motes!

RAIMUNDO. -(Mirándolo.) ¡Es cosa particular! A este chico le venía bien lo que se decía en mi tiempo: «es tonto como un Perlerín.»

LUCAS. -¡Calla!... ¿Cómo sabe usted mi nombre?

RAIMUNDO. -¡Oiga! ¿Eres tú hijo de Santiago Perlerín?

LUCAS. -¿Santiago Perlerín?... Ese era mi abuelo.

RAIMUNDO. -¿Tu abuelo?... Es decir, que se perpetúan los tontos en la familia. ¡Hombre, conque eres nieto de Santiago Perlerín!... ¡Qué feo era!... ¡No, y tú te das mucho aire!... (Riendo y dándole en el carrillo.) ¡Eh, eh, eh!

LUCAS. -(Riendo.) ¡Eh, eh, eh!... ¡Qué gusto..., que ha conocido a mi abuelo!... ¡Eh, eh, eh! ¡Ahora me alegro de haberle a usted preso!... Tome usted asiento. (Le da una silla.)

AMBROSIO. -(Levantándose después de cerrar la carta.) Esto ya está despachado. Conque, vamos a ver, buen hombre, ¿qué es lo que usted quiere? ¿Cuál es su nombre de usted?

RAIMUNDO. -(Levantándose.) ¿Mi nombre?... Tengo varios... Lo más común es llamarme el Tío Tararira.

AMBROSIO. -¿Qué?

LUCAS. -¿Tararira?

RAIMUNDO. -Sí: es un mote que me pusieron por la maña que tengo de decir siempre... ¡tararira!... ¡Eh, eh, eh!... ¡Yo siempre de broma!... No me enfado nunca... Tomo el tiempo como viene, los hombres como son, y... y ¡tararira!

LUCAS. -(Riendo.) ¡Ja, ja, ja!..., ¡es chusco!..., ¡es chusco el viejo!

AMBROSIO. -¿Pero tendrá usted otro nombre?

RAIMUNDO. -Sí: me llamo Raimundo Lamprea.

AMBROSIO. -(Recordando.) ¡Lamprea!... Yo recuerdo haber oído ese apellido... ¡Lamprea!...

RAIMUNDO. -¡Yo lo creo! Pues si somos conocidos antiguos... ¡Le he visto yo a usted así... chiquitito!

AMBROSIO. -¡A mí!

RAIMUNDO. -Sí. Y luego... administrador del marqués de Alfalá. Si yo soy natural de ese pueblo..., y todos mis antepasados de padres en hijos... hasta el año 23..., cuando los franceses..., que tuve que escapar porque fui miliciano... ¡y andaba la paliza que cantaba el credo!

AMBROSIO. -¡Hola! ¡Conque es usted del pueblo!... ¡Súbdito mío! A ver, Lucas, arrímale una silla. (D. RAIMUNDO se sienta.) ¿Tendrá usted aquí familia?... ¡Tendrá usted casa?

RAIMUNDO. -Ni lo uno ni lo otro. Las jaranas políticas me han arruinado.

AMBROSIO. -¿Cómo es eso?

RAIMUNDO. -Sí, señor. Mi padre tenía su dinero puesto en los gremios; pero los gremios, en tiempo del Sr. Carlos III, se metieron a hacer negocios con el gobierno, y ¡tararira!... se hundieron. Luego, se crearon los vales reales...

AMBROSIO. -¡Papel que valía el 110 y 120!...

RAIMUNDO. -¡Sí, lo valía entonces! Todo el mundo se arrojó a dar su dinero en cambio de vales reales... Mi padre empleó en ellos lo poco que le quedaba. Pero vino el Sr. Carlos IV y la guerra del año 94..., ¡y tararira! ¡se llevó el demonio los vales reales! Entonces recogimos las caspicias del caudal, y las pusimos en una casa de comercio de Francia..., viendo que aquí en España no teníamos buena mano para la elección. Pues señor, ha venido ahora la república..., la casa de comercio ha quebrado... ¡y tararira! Esta ha sido peor que la de los gremios y la de los vales reales. Está visto que a mi dinero no hay forma de gobierno que le sea favorable. Con este último lance me he quedado desembarazado de negocios..., libre de cuidados. Y ya iba a buscar una recomendación para entrar en San Bernardino, cuando un conocido me contó que en el Boletín oficial de Valencia se decía que el ayuntamiento de este pueblo adjudicaba un arrozal, que resultaba sin dueño, al vecino que fuese más viejo. ¡Alto aquí!... Me meto en una galera, me apeo ahí cerca, en el camino real, tomo la vereda, llego al pueblo cansado, me siento un rato en la hierba..., este tonto me coge y me trae aquí. Lo celebro mucho: el arrozal es mío, venga para acá... ¡y tararira! Ya estoy contento.

LUCAS. -¡Cómo es eso!... ¡Poco a poco! El arrozal es de mi tío, que es el más viejo del pueblo... Tiene ochenta y cuatro años.

RAIMUNDO. -¡Bah!... ¡Es una criatura!

LUCAS. -¡Ochenta y cuatro años, cinco meses y siete días!

RAIMUNDO. -¡Una criatura!

LUCAS. -Y algunas horas.

RAIMUNDO. -¡Te digo que es una criatura! Yo tengo ciento dos años menos tres meses.

AMBROSIO. -¡Es posible!

LUCAS. -¡Ciento dos años!

RAIMUNDO. -Conque por mucho que tu tío corra, no me alcanza. Mi abuelo murió de ciento diez y siete años: mi padre de ciento trece; y yo soy buen hijo, y pienso imitar en todo a mi padre..., ¡tararira!

LUCAS. -¡Ciento dos años! ¡El diantre de mi tío!... ¡ir a tirar hasta los ochenta y cuatro años para salir con que es una criatura! (Aparte.) ¡Ahora siento haberle preso!

AMBROSIO. -Y usted tendrá los documentos necesarios para acreditar su derecho: la fe de bautismo...

RAIMUNDO. -¡No tengo tal: yo no llevo nunca papeles! Pero aquí estará todo. En buscándolo en los libros de la parroquia... Raimundo Hermenegildo Lamprea... nació el 1º de septiembre de 1746. Al llegar al mundo me encontré con Felipe V; él salía cuando yo entraba.

AMBROSIO. -¿Pero no sabe usted que los libros de la parroquia se quemaron?

RAIMUNDO. -¿Qué me dice usted?

LUCAS. -Sí tal: el año 23.

AMBROSIO. -Se quemaron sin duda, porque todas las diligencias que se han hecho después para hallarlos han sido inútiles.

RAIMUNDO. -¿Qué está usted ahí diciendo, hombre? ¡Qué se habían de quemar!

AMBROSIO. -¿No?

RAIMUNDO. -¡No, señor! ¡Si lo sabré yo! ¡Me parece que fue ayer!..., cuando el año 23, al acercarse los franceses..., los cien mil nietos de San Luis..., ¡estos bárbaros del pueblo salieron con las cintas blancas, hechos unos foragidos por esas calles! «¡El cura es un negro!... ¡A quemarlo en la iglesia! ¡Viva la religión!» Y prendieron fuego a la sacristía. ¡Pobre cura! Luego le vi por esos mundos..., y me contó mil veces el lance. Viendo que las llamas tomaban cuerpo, agarró los libros y los escondió.

AMBROSIO. -¿Dónde?

RAIMUNDO. -¡Calla!... ¡Pues no me acuerdo!

AMBROSIO. -¡Hombre! ¡Qué desgracia!

LUCAS. -¡Que ha de ser desgracia! ¡Mejor para mi tío!

RAIMUNDO. -Luego se descolgó por una ventana y se escapó.

AMBROSIO. -Le haremos buscar, y que declare...

RAIMUNDO. -¡Qué ha de declarar!

AMBROSIO. -¿Por qué no?

RAIMUNDO. -Porque ha muerto.

AMBROSIO. -¡Qué fatalidad!

RAIMUNDO. -Murió al poco tiempo... Era viejo..., ¡y el susto!... (Cavilando.) ¡Señor!, ¿dónde me dijo que había escondido los libros?...

AMBROSIO. -¡A ver, a ver!

RAIMUNDO. -(De repente.) ¡Calle usted! ¡Ya creo que!... Sí. En la iglesia..., encima del altar mayor, ¿no hay un cuadro de San Vicente Ferrer?

LUCAS. -¡Montado en el burro!

RAIMUNDO. -¡Tú lo has dicho! ¡Pues eso es!... Mire usted: detrás del cuadro hay un nicho... y allí metió el cura los libros.

AMBROSIO. -¡Ah! Si sale cierto..., ¡qué servicio hace usted al pueblo!

LUCAS. -¡Y a mí! ¡Toma!... ¡Pues lo mismo me da! El arrozal entonces me toca a mí heredarlo. Y en pareciendo los papeles...

RAIMUNDO. -¿Sí? ¡Pues no creas que tendré la menor pesadumbre! ¡Buen provecho te haga..., tararira!

AMBROSIO. -No se debe perder tiempo. Anda, avisa al señor cura que voy allá... Lleva unos mozos para desclavar el cuadro.

LUCAS. -¡Voy! (Aparte.) ¡Ah, buen viejo!... Ahora me alegro de haberle preso.

Escena VIII

D. AMBROSIO, D. RAIMUNDO.

AMBROSIO. -¡Ah! Si parecen los libros..., ¡qué gloria para mí!

RAIMUNDO. -¿Para usted?

AMBROSIO. -¡Oh! También usted..., por haber ayudado, tendrá su recompensa. Por el pronto quédese usted en mi casa.

RAIMUNDO. -¡Aquí!

AMBROSIO. -Sí; aquí se alojará usted por ahora... (Aparte.) Así no irá contando que ha sido él...

RAIMUNDO. -Bien; corriente. ¡Muchas gracias! ¡Es usted un joven muy generoso!

Escena IX

Dichos, DOÑA BALTASARA.

BALTASARA. -(Aparte.) Eduardo me está paseando la calle.

AMBROSIO. -¡Ah! Baltasara, te presento un huésped recién llegado: D. Raimundo Lamprea. Viene a reclamar sus derechos al arrozal. ¡Tiene 102 años!

BALTASARA. -¡102 años!

RAIMUNDO. -¡Sí, señora! ¿Y qué tiene eso de particular?

BALTASARA. -¡Vaya!... Debe ponerse en los periódicos... ¡Es una gloria para el pueblo!

AMBROSIO. -¡Dice bien!... ¡Pues no me había ocurrido! Eso hará hablar de la salubridad de estos aires..., de la buena administración...

BALTASARA. -¡Cuánto habrá usted visto!... ¿Hallará usted el mundo muy cambiado de como estaba cuando era usted joven?

RAIMUNDO. -¡Qué! ¡Nada de eso! El mundo... en el fondo es siempre el mismo. ¿Ve usted lo que pasa ahora? Pues lo mismo pasaba en tiempo de Fernando VI, cuando yo era joven, y de Carlos III, y de..., lo mismo. Entonces había todo lo que hay ahora..., hasta sus motines corrientes... ¡Yo me acuerdo del de Esquilache!... ¡Oh! ¡Aquél fue famoso! ¡Cómo gritábamos en la plazuela de Palacio!...: «¡Fuera Esquilache!» ¡Eh, eh, eh!... El rey salió al balcón..., y ¡tararira! Cayó Esquilache. ¡Eh, eh, eh!... ¡No, que no!

AMBROSIO. -(Riendo.) ¡Ja, ja, ja!... ¡Es un viejecito muy alegre!, ¿no es verdad, hermana?

RAIMUNDO. -¡Calla! ¿Esta señora es hermana de usted?

AMBROSIO. -Sí.

BALTASARA. -Baltasara Carrizo, servidora de usted.

RAIMUNDO. -¡Cómo! ¿La hija del tío Carrizo el sastre?

BALTASARA. -(Con prontitud.) ¡Comerciante de paños, señor mío!

RAIMUNDO. -¡Qué! ¡Sastre! ¡Vaya! ¡Pues si era mi sastre! Todavía me acuerdo de una vez que regañé con él por una chupa verde botella que me sacó corta. El verde botella era el color de moda entonces. ¡Qué demonio!... ¡Eh, eh, eh! ¿Conque usted es aquella Baltasarilla que venía a registrarme los bolsillos por ver si llevaba caramelos? ¡Vaya, vaya! ¡Pues no la hubiera conocido!... ¡Cómo se ha desarrollado!

BALTASARA. -¡Algo!

RAIMUNDO. -¡Mucho! ¡Toma, ya lo creo!... ¡Como que de eso ya va fecha! ¡Eh, eh, eh!... Hará cosa de... A ver: ¿cuántos años tiene usted?

BALTASARA. -Mi partida de bautismo desapareció, señor mío.

RAIMUNDO. -¡Es verdad! Como las demás... Pero, aguarde usted... Sí..., ya me acuerdo..., usted nació el año de la guerra de las naranjas.

BALTASARA. -¡Yo!

RAIMUNDO. -Justamente. Ya tiene usted sus cuarenta...

BALTASARA. -Mien... ¡Se equivoca usted, caballero!

RAIMUNDO. -¡No me equivoco, no! La guerra de las naranjas fue el año... ¡Ay! Tiene usted razón: me equivoco.

BALTASARA. -¡Vaya!

RAIMUNDO. -Sí: me equivo... Son 47 años.

BALTASARA. -No puede ser.

RAIMUNDO. -(A D. AMBROSIO.) Pero conserva todavía una frescura..., un airecito, así, tan... que no parece... ¡Y qué guapa estaba vestida de ninfa... el año 14, cuando el rey Fernando, de vuelta de su cautiverio, pasó por aquí!

BALTASARA. -¿Acabará usted hoy? (Aparte.) ¡Si da en acordarse de todo!...

RAIMUNDO. -(A D. AMBROSIO.) ¿No se acuerda usted?... Con su coronita de rosas..., el pelito tendido..., y una tuniquita blanca, recogidita aquí (Señalando el muslo.) con un clavo romano... ¡Eh, eh, eh...! ¡Estaba muy guapa!... Luciendo la pier...

BALTASARA. -(Interrumpiéndole.) ¡Quiere usted callar!

AMBROSIO. -¡Amigo, tiene usted una memoria prodigiosa!

RAIMUNDO. -¡Toma! Yo me acuerdo de hace 90 años como de ayer. ¡Podría contarle a usted al pie de la letra la historia de mi juventud! ¡Ahora poco, cuando llegué a divisar mi pueblo, después de veinticinco años de ausencia, se me saltaba el corazón del pecho con tanto recuerdo delicioso! ¡La conmoción no me dejó andar..., y tuve que sentarme a tomar aliento! Me acordé de todo lo pasado..., de mi casita con el jardín..., de la ventana de mi cuarto con su tiesto de albahaca..., de las noches que pasaba leyendo las poesías de Gerardo Lobo y frotando las hebillas de los zapatos y las charreteras del calzón... ¡Oh! ¡Qué tiempo aquel!... Y luego por la mañana..., ¡cuando salía yo con mis polvos, tan compuesto!..., y las muchachas..., ¡ay, qué gusto!, las miraditas..., las cartitas amorosas..., y a veces..., ¡tararira!

AMBROSIO. -¡Hola, hola!... ¿Parece que no se perdió el tiempo? ¡Oh! La juventud..., ¡es la edad de los goces!

RAIMUNDO. -¡Toma! Y la vejez, la de los recuerdos: ¡algo es algo! ¡Eh, eh, eh!... ¡Yo con los recuerdos gozo mucho! Me pongo a recordar..., ¡a recordar!, me parece que me está pasando..., ¡y me rejuvenezco! Todas las edades tienen sus goces. ¡Crea usted que el vivir es una gran cosa!

AMBROSIO. -¡Vaya! ¡Es usted un verdadero filósofo! (Saca la caja.)

RAIMUNDO. -¡Tararira!... ¿Me permite usted?

AMBROSIO. -Con mucho gusto.

RAIMUNDO. -(Tomando un polvo.) ¡Hombre!... Tiene usted una caja...

BALTASARA. -¡Una antigüedad preciosa!

AMBROSIO. -¡Compadre, ésta es mas vieja que usted! Del tiempo de los moros.

RAIMUNDO. -¿Ésta?

AMBROSIO. -Hablo del retrato. Mírelo usted: es el...

RAIMUNDO. -Es el retrato de Jaime el Barbudo.

AMBROSIO. -¡Cómo!

RAIMUNDO. -Sí: aquel famoso ladrón... ¡Y está muy parecido! Yo le vi ahorcar.

AMBROSIO. -¡Vamos, vamos!... ¡Usted está soñando! Este es el retrato del Cid Campeador: ¡único que hay!

RAIMUNDO. -(Sacando su caja.) ¿Único? Pues con éste son dos.

AMBROSIO. -¡Cómo es eso!

RAIMUNDO. -Estas cajas eran muy de moda en mi tiempo.

AMBROSIO. -¡Jaime el Barbudo!

RAIMUNDO. -El mismo. Son igualitos.

AMBROSIO. -¡Y el tunante del moro, que me ha sacado dos onzas de oro por ella!

RAIMUNDO. -¡Ha sido cara! Ésta me costó a mí siete reales... ¡y cuando era moda!

BALTASARA. -(Riendo.) ¡También a los sabios se la pegan!

AMBROSIO. -¡Por Dios, hermana..., no se lo cuentes a nadie!

RAIMUNDO. -¿Se ha puesto usted triste?... ¡Lo siento! Me acontece muy a menudo el quitar ilusiones..., así, sin intención.

AMBROSIO. -¡Haberme engañado de este modo!...

RAIMUNDO. -¡Eso le sucede a cualquiera!

AMBROSIO. -¡Es que yo he estudiado mucho!

RAIMUNDO. -Y yo he visto mucho.

BALTASARA. -(Mirando hacia la derecha.) ¡Calla!... ¡Eduardo dándole un papel a la doncella!... ¡Ese joven acabará por comprometerme! (Se va por la derecha.)

Escena X

D. RAIMUNDO, D. AMBROSIO, MATILDE, que sale por la izquierda.

MATILDE. -Perdonen ustedes si interrumpo.

AMBROSIO. -¿Qué hay?

MATILDE. -La Gaceta de Madrid, que ha llegado.

AMBROSIO. -(Tomándola.) Dame.

RAIMUNDO. -(Aparte.) ¿Quién será esta niña tan guapita?

AMBROSIO. -(Tomando la carta que escribió.) Mira, Matilde: hazme el favor de decir que lleven esta carta al correo.

MATILDE. -Bien está, Sr. D. Ambrosio.

RAIMUNDO. -(A D. AMBROSIO.) ¡Ah! Esta señorita ¿no es hija de usted?

AMBROSIO. -No: es mi pupila: una huérfana... ¡Pero calle!, usted que es del pueblo, debe de haber conocido a su familia.

RAIMUNDO. -¿Yo?

AMBROSIO. -¡El marqués de Alfalá!

RAIMUNDO. -(Conmovido.) ¡Cómo! ¿Aquél de quien era usted administrador?

AMBROSIO. -¡Justamente!

RAIMUNDO. -¡El marqués!... ¡Es posible!... ¿Esta señorita es su hija?

MATILDE. -Sí, señor. ¿Y usted ha conocido a mi papá?

RAIMUNDO. -(Haciendo extremos de gozo.) ¡Que si le he conocido!... ¡Ah, señorita!... ¡Déjeme usted..., déjeme usted que le bese las manos!... ¡que la abrace..., que la...! ¿Hija del marqués?... ¿Y que si le he conocido?... ¡Dios mío!... ¡El bienhechor del pueblo!... ¡Mi salvador!...

MATILDE. -¿Qué dice usted?

AMBROSIO. -¿Pues qué hizo?

RAIMUNDO. -¿Qué hizo? ¡Friolera! Cuando la guerra con Napoleón, todos estos alrededores estaban inundados de guerrillas que tenían a los franceses en continua alarma. Un día se nos pone en la cabeza a unos cuantos irnos de caza al soto de la Culebra..., una legua del pueblo. Andresillo el sacristán..., Jeromo el tuerto..., D. Roque el fiel de fechos...; en fin, éramos unos diez o doce. Agarramos nuestras escopetas... y andando. Llegamos, nos comemos unas tortillas con jamón..., echamos un trago... y empezamos a dar tras de las liebres... ¡pim!... ¡pam!... ¡Al demonio no se le ocurre en aquel tiempo! Pues señor..., en lo mejor de nuestra cacería, nos encontramos con una descarga cerrada que nos hacen de repente... y con un escuadrón de caballería que nos carga. Era una columna de franceses que nos toma por guerrilleros, nos atrapa, nos amarra codo con codo y nos lleva a Valencia. Allí estaba formado un consejo de guerra, que sin hacer caso de nuestros clamores, ni permitir defensa, ni oírnos, nos condenan...

MATILDE. -¿A muerte?

RAIMUNDO. -¡Andando! Pero felizmente la noticia del suceso se había esparcido... Se supo en este pueblo, llegó a oídos de su padre de usted... El buen marqués..., siempre dispuesto a hacer un beneficio, monta a caballo..., corre a Valencia... se presenta al mariscal Suchet... (¡que no era mal hombre!...) le habla al alma..., le informa del suceso, pone en claro la verdad..., ofreciendo sus bienes y su persona en prendas..., y consigue el perdón de todos nosotros... Ya estábamos en capilla... y allí nos le vimos entrar loco de alegría, y abrazarnos, y volvernos al seno de nuestras familias.

MATILDE. -¿Y fue mi padre?...

RAIMUNDO. -¡Sí, su padre de usted, a quien debimos la vida! (Enterneciéndose.) ¡Pobrecillo!... Algunos años después... le vi perseguido..., insultado..., obligado a emigrar de su patria..., ¡sin que yo, pobre de mí, pudiera evitarlo... ni servirle de nada en este mundo!

AMBROSIO. -¡La está usted haciendo llorar con esos recuerdos!

RAIMUNDO. -¡Es verdad!... Soy un majadero!... (Cambiando de tono.) ¡Vaya, vaya!... A vivir... y no hay que volver la vista atrás. Lo pasado es como quien paga una deuda..., que no debe volver a acordarse de ella. ¡Como si no fuera bastante motivo de alegría el encontrar a la hija de aquel...! ¡de aquel buen señor!... ¡tan generoso y tan!... (Vuelve a enternecerse, y dice haciendo un esfuerzo:) ¡Dale!... ¡Se acabó, vamos, se acabó el lloriqueo!... y ¡tararira!

MATILDE. -¡Ah! ¡Qué placer me ha dado usted contándome eso de mi padre!

RAIMUNDO. -¡Oh! ¡Aquel era un hombre de lo que hay poco!... (Óyese regañar dentro.)

Escena XI

Dichos, DOÑA BALTASARA, con una carta abierta.

BALTASARA. -¡Esto es una picardía!..., ¡una infamia!...

AMBROSIO. -¿Qué sucede, hermana?

BALTASARA. -¿Qué sucede?... ¡Tú nunca sabes lo que ocurre en tu casa!

AMBROSIO. -¿Pero qué?

BALTASARA. -¡Mira!... ¡Un billete amoroso!...

AMBROSIO. -¿Dirigido a ti?

RAIMUNDO. -(Aparte.) ¡Jesús! ¡A la ninfa del año 14!

BALTASARA. -¡No! Ya debes conocer por lo rabiosa que estoy que no es para mí..., ¡sino para esta señorita!

MATILDE. -¿Para mí?

RAIMUNDO. -(Aparte.) ¡Ah! ¡Eso es otra cosa!

AMBROSIO. -¡Cómo!...

BALTASARA. -Toma, lee. Acabo de despedir a Sinforosa, que era la encargada de...

AMBROSIO. -¡Qué veo!... ¡De D. Eduardo!

MATILDE. -(Aparte.) ¡Dios mío!

BALTASARA. -¡Ahora se entiende la negativa que antes nos dio la niña!

AMBROSIO. -(Aparte.) ¡Qué compromiso del diablo!

BALTASARA. -Para que Eduardo haya dado este paso, es forzoso que se vea correspondido...

MATILDE. -No lo crea usted. Al contrario, yo he huido siempre de darle la menor esperanza: jamás le he dicho una palabra que...

BALTASARA. -¿Es decir, que no le quieres?

MATILDE. -Yo sé que su tío trata de casarlo ventajosamente; y por nada en el mundo quisiera hacerle perder su suerte.

AMBROSIO. -¿Es decir, que rechazas su amor? (D. RAIMUNDO tose.) ¡Ah!... (Reparando en él.)

RAIMUNDO. -Perdone usted si me he enterado..., no es culpa mía el oír... Doña Baltasara es tan viva de genio, que no ha reparado en mí. Pero no importa. Como todo lo que tiene relación con esa niña me interesa...

AMBROSIO. -Vamos, ¿y qué?

RAIMUNDO. -¿Y qué?... Que se me figura que están ustedes los dos tocando el violón... y que doña Matilde está muy lejos de pensar en rechazar el amor de ese joven. (A MATILDE.) ¡Vamos, no hay que ponerse colorada por eso!

AMBROSIO. -Esa boda es imposible. Matilde lo conoce. El general tiene sus proyectos... y nunca consentirá...

RAIMUNDO. -¿Y por qué? Puede que hablándole... se arregle el negocio.

BALTASARA. -¡No faltaba más!

RAIMUNDO. -¡Si ustedes tienen reparo, yo lo haré, vamos! Es lo menos que puedo hacer por la hija de mi bienhechor!... Y luego que por muy codicioso que sea ese señor general..., la novia que él haya elegido no será mejor que la que ha elegido su sobrino. En haciéndole ver que ésta es una señorita joven..., guapa..., título de Castilla... y rica...

BALTASARA. -¿Cómo rica? Matilde no tiene un cuarto.

RAIMUNDO. -(Sorprendido.) ¿Qué está usted diciendo?

MATILDE. -Es la pura verdad.

AMBROSIO. -Sí, señor.

RAIMUNDO. -¿No tiene un cuarto?

BALTASARA. -Que no. ¡Usted es el que está ahora tocando el violón, buen hombre!

RAIMUNDO. -¿Que yo estoy tocando el?... A ver, a ver... hágame usted el favor de explicarme..., porque lléveme el diablo si acabo de entender.

BALTASARA. -¡Allí viene Eduardo!

MATILDE. -¡Cielos!

AMBROSIO. -¿D. Eduardo?... Dejadme..., marchaos...

RAIMUNDO. -Pero, vamos a ver, yo quisiera enterarme...

AMBROSIO. -Bien, amigo..., luego... Mi hermana le llevará a usted a su habitación.

RAIMUNDO. -Corriente; pero es que yo necesito saber...

AMBROSIO. -Por amor de Dios, déjenme ustedes todos: quiero hablarle a solas.

BALTASARA. -(Yéndose.) ¡Darme a mí un chasco como este!

RAIMUNDO. -(Aparte, yéndose) ¿Que no tiene un cuarto?... Pues senor, ¿y aquel caudal?... ¡No, no! Yo he de poner en claro...

Escena XII

D. AMBROSIO, D. EDUARDO, en el jardín.

AMBROSIO. -¡Aquí de mi habilidad! Yo no puedo malquistarme con este joven. Por su recomendación espero conseguir la cruz, y es preciso valerme de alguna astucia... -¡Oh, Sr. D. Eduardo!... Ahora estaba pensando en ir a visitar a usted.

EDUARDO. -¿Tiene usted algo que decirme?

AMBROSIO. -Sí, señor.

EDUARDO. -¿Qué cosa?

AMBROSIO. -(Mirando alrededor.) ¡Chist.., bajito!...

EDUARDO. -(Aparte.) ¡Si habrán visto mi carta! -Hable usted. (D. AMBROSIO le enseña la carta que trajo DOÑA BALTASARA.) ¡Ah!...

AMBROSIO. -¿Conoce usted la letra?

EDUARDO. -Sr. D. Ambrosio, ya habrá usted visto por esta carta que mi amor es puro, y espero que usted, como protector de Matilde, le dará su aprobación.

AMBROSIO. -¿Yo? (Acercándose a él y poniéndole las manos en los hombros.) ¡Ay! ¡Qué ciegos son los enamorados!

EDUARDO. -¡Cómo!

AMBROSIO. -¡Ciego! ¿Qué no ha visto que yo lo había conocido desde el primer día?

EDUARDO. -¡Usted!

AMBROSIO. -¡Y que hacía cuanto podía por protegerlo!

EDUARDO. -¡Es posible! ¿Conque consiente usted?

AMBROSIO. -Con el alma y la vida.

EDUARDO. -¡Ah, Sr. D. Ambrosio!..., cuente usted con mi eterna gratitud. Voy, con permiso de usted, a ver a Matilde...

AMBROSIO. -¡Poco a poco!... Ella me acaba de hablar...

EDUARDO. -¡Ah!...

AMBROSIO. -Sí; devolviéndome su carta de usted.

EDUARDO. -¡Cómo!... ¿Ella se la ha entregado a usted?... ¿Y qué es lo que ha dicho?

AMBROSIO. -¡Nada!..., lo que dicen las muchachas siempre..., que usted la hacía mucho honor..., que le apreciaba a usted mucho..., en fin, las frases de cartilla...

EDUARDO. -¿Y nada más?

AMBROSIO. -(Afectando turbación.) Sí tal...; añadió... que... por ahora no deseaba casarse.

EDUARDO. -¡Cielos!

AMBROSIO. -¡Caprichos, que no puedo yo tolerar!

EDUARDO. -Con todo..., si Matilde tiene inconvenientes...

AMBROSIO. -¡Qué, no señor! Este casamiento conviene bajo todos aspectos... Asegura la suerte de Matilde..., me liberta de una tutoría penosa..., y sobre todo..., me permite traer a mi hijo a mi lado.

EDUARDO. -¿Qué dice usted?

AMBROSIO. -Sí; tengo para él un buen partido..., pero mientras Matilde sea soltera no habrá medio de convencerlo.

EDUARDO. -Pues qué..., ¿se quieren?

AMBROSIO. -¡Con locura! Ya ve usted..., dos muchachos que se han criado juntos..., pierden la chaveta y...; pero en no volviéndose a ver, ya se les olvidará...

EDUARDO. -No, no; permita usted...

AMBROSIO. -¡Ella hará lo que se le mande!... ¡No faltaba más!

EDUARDO. -(Turbado.) Perdone usted, Sr. D. Ambrosio..., yo no quiero violentar su corazón.

AMBROSIO. -¡Qué disparate! Ya se le pasará...

EDUARDO. -¡De ningún modo! ¡Fue una ilusión!... ¡Me figuré poder conquistar un cariño... que otro ha merecido ya! El amor no se manda; y puesto que he llegado tarde..., me retiro.

AMBROSIO. -Pero hombre, ¡es posible!...

EDUARDO. -Es cosa resuelta. Desisto de toda pretensión a la mano de Matilde, y ahora mismo me vuelvo a Valencia.

Escena XIII

Dichos, D. RAIMUNDO.

RAIMUNDO. -Perdonen ustedes si les interrumpo...

AMBROSIO. -¡Vaya! ¿Qué quiere usted, abuelito?

RAIMUNDO. -Hablar un momento con usted a solas... si este caballero lo permite: es cosa que urge.

EDUARDO. -Sí, señor; yo me retiro. (Saludando.) Sr. D. Ambrosio...

AMBROSIO. -Amigo mío..., ¡vaya usted con Dios!

RAIMUNDO. -No, no se vaya usted muy lejos. Vuelva usted luego..., porque también a usted tengo que hablarle.

EDUARDO. -¿A mí?

RAIMUNDO. -Sí, de la señorita Matilde.

EDUARDO. -¡Cómo! ¿De Matilde?

RAIMUNDO. -¡Pues!, y una buena noticia.

EDUARDO. -¡Cielos!

AMBROSIO. -¿Qué?

RAIMUNDO. -(A D. AMBROSIO.) Soy con usted.

EDUARDO. -(Saludando.) Señores, beso a ustedes las...

RAIMUNDO. -(Despidiéndole.) ¿Conque hasta luego?

EDUARDO. -¡Oh, sin falta! (D. RAIMUNDO acompaña a D. EDUARDO, que se va por el jardín. Entretanto D. AMBROSIO se sienta junto al velador que está a la derecha. D. RAIMUNDO toma una silla que hay junto a la mesa de despacho y va a sentarse junto a D. AMBROSIO.)

Escena XIV

D. AMBROSIO, D. RAIMUNDO.

AMBROSIO. -(Aparte.) ¡Anda ya por aquí como Pedro por su casa! Conque, vamos a ver, abuelo, ¿qué ocurre?, ya estoy escuchando.

RAIMUNDO. -Usted dirá que le trato sin ceremonias, mi amigo y señor D. Ambrosio; pero como somos conocidos antiguos...

AMBROSIO. -Bien, como usted guste; pero al grano, que estoy de prisa. Acabemos.

RAIMUNDO. -Sí, pero para acabar... es preciso empezar. Así van siempre las cosas: primero se empieza, y luego... ¡Eh, eh, eh!... ¿No es verdad?

AMBROSIO. -Vamos, ¿qué quiere usted?

RAIMUNDO. -Que me saque usted de una duda, mi querido y estimado D. Ambrosio. Ya le he preguntado a su hermana de usted..., pero ¡tiene una cabeza!..., todavía es muchacha...

AMBROSIO. -¡Hombre!...

RAIMUNDO. -De condición. Usted ya es otra cosa... Usted es ya un mozo formal..., y con usted se puede hablar.

AMBROSIO. -¿Acaba usted?

RAIMUNDO. -Empiezo. Pues señor, ¡yo estoy en Babia! Se ha dicho aquí antes que doña Matilde no tenía un cuarto: es noticia que me sorprende, y deseo que usted...

AMBROSIO. -¿Eso era? ¡Vaya, vaya! Otro día hablaremos, abuelito.

RAIMUNDO. -Es que yo quisiera que fuera ahora..., si a usted no le molesta. Ya debe usted conocer lo que me interesa esa niña. ¡Si hay alguien en el mundo que le disputa su herencia..., aquí estoy yo! Puedo darle a usted noticias muy exactas. Mire usted, la hacienda de Alfalá...

AMBROSIO. -¡Déjese usted de noticias! La noticia es que esa niña no tiene nada, porque el marqués, al emigrar el año 23, vendió todos sus bienes.

RAIMUNDO. -Vendió..., vendió... Ya sé que los vendió; pero fue a usted.

AMBROSIO. -Es verdad.

RAIMUNDO. -Pues bien; entonces ella es dueña...

AMBROSIO. -De nada.

RAIMUNDO. -¿De nada?... ¡Hombre! Poco a poco..., poco a poco...; hablemos con formalidad...

AMBROSIO. -Sí, con formalidad. Hablemos de cosas más importantes.

RAIMUNDO. -¿Más importantes?...

AMBROSIO. -Hablemos del arrozal que va usted a poseer...

RAIMUNDO. -¡Tararira! ¡Ahora estoy yo pensando en el arrozal!... ¡Cómo si pudieran salir a disputármelo muchos que tengan 102 años! Vaya, vaya, hablemos de nuestro negocio. (D. AMBROSIO se levanta, cruza el teatro, toma un papel de la mesa de despacho y se dirige al jardín. D. RAIMUNDO, que se ha retirado al fondo, le cierra el paso por todos los lados que busca D. AMBROSIO para escaparse.)

AMBROSIO. -¡Hombre, déjeme usted pasar!... ¡Dale!... ¡Mire usted que estoy de prisa!..., los intereses del pueblo me llaman...

RAIMUNDO. -No; si no se va usted sin haberme respondido.

AMBROSIO. -¡Cuidado, que se va usted tomando ya unas libertades!

RAIMUNDO. -Ahora no se trata de enfadarse..., el enfadarse no conduce a nada. Conque hablemos en razón..., si es posible. Usted es tutor de la marquesita; la marquesita era rica; ahora dice usted que la marquesita no tiene nada... ¿Cómo se entiende esto?

AMBROSIO. -¿Creo que usted me reconviene?

RAIMUNDO. -Y yo creo que usted no me responde ¿Sera cosa que?...

AMBROSIO. -¡Es gracioso el capricho!

RAIMUNDO. -Si es gracioso, ¿por qué se enfada usted?

AMBROSIO. -¿Qué significa eso?

RAIMUNDO. -Significa que ya voy conociendo lo que anda.

AMBROSIO. -¿Usted se olvida de que yo mando aquí?

RAIMUNDO. -¡Tararira! Con otros señores más encopetados que usted me las he tenido yo tiesas en mi vida.

AMBROSIO. -¿Sabe usted que tengo autoridad para hacerle salir del pueblo?

RAIMUNDO. -¿A mí?

AMBROSIO. -¿Que usted no tiene ocupación ni domicilio conocido?

RAIMUNDO. -¿Domicilio? Vaya, ¿pues no estoy en su casa de usted? ¡Calla! ¿Usted trata de intimidarme a mí?

AMBROSIO. -¡Eh! ¡Ya no hay paciencia que baste!..., y al fin y al cabo...

RAIMUNDO. -¡Cuidadito!... Si usted da voces, puede venir gente.

AMBROSIO. -¿Qué me importa?

RAIMUNDO. -Es que entonces tendré que decir delante de todos lo que yo no quería decir sino a usted solito.

AMBROSIO. -¿Y qué dirá usted?... Vamos a ver.

RAIMUNDO. -Diré... diré que usted no es legítimo poseedor de los bienes del marqués de Alfalá.

AMBROSIO. -(Turbado.) ¿Cómo?...

RAIMUNDO. -(Alzando la voz.) Diré, ya que usted me obliga a ello, que la escritura de venta que le hizo a usted el año 23 en el momento de emigrar, no tenía otro objeto que el de evitar que le confiscasen los bienes; ¡que fue una escritura simulada!...

AMBROSIO. -(Turbado.) ¿Cómo es eso?

RAIMUNDO. -Que D. Roque Samperet, el fiel de fechos, hizo una contra-escritura firmada por usted.

AMBROSIO. -(Aparte.) ¡Santo Dios!...

RAIMUNDO. -(Cada vez más alto.) Y que en esa contra-escritura reconocía usted y confesaba ser únicamente depositario de los bienes del marqués.

AMBROSIO. -(Asustado.) ¡Más bajo!

RAIMUNDO. -(Bajando de repente la voz.) ¿No quería usted gritar? Ya ve usted que yo sé gritar también. (Alzando la voz.) ¿Quiere usted que gritemos?... Pues vamos gritando.

AMBROSIO. -No, por Dios. Pero ¿quién le ha dicho a usted?...

RAIMUNDO. -¡Si fui yo quien extendió la contra-escritura!

AMBROSIO. -¿Usted?

RAIMUNDO. -¡Pues si yo era escribiente de D. Roque!

AMBROSIO. -(Aparte.) ¡Maldito seas! -¿Y ese documento?...

RAIMUNDO. -En la escribanía se depositó; allí se encontrará.

AMBROSIO. -¿Está usted seguro de ello?

RAIMUNDO. -¡Vaya! ¡Como si hubiera sido ayer!... Verá usted como yo... (Yéndose.)

AMBROSIO. -(Aparte.) ¡Me he salvado! (Riendo.) ¡Ja, ja, ja!...

RAIMUNDO. -¿De qué se ríe usted?

AMBROSIO. -¡No está mal inventado el cuento!...

RAIMUNDO. -¿Cómo cuento?

AMBROSIO. -Tío Tararira, usted no tiene la cabeza sana; todo eso lo ha soñado usted.

RAIMUNDO. -¿Que lo he soñado? ¡Está usted fresco! Me parece estar viendo la contra-escritura... en papel del sello cuarto...

AMBROSIO. -¿Sí? Pues vaya usted a buscarla.

RAIMUNDO. -¡Pues ya se ve que la buscaré... y la encontraré!... Iré a la escribanía... y al juzgado... y a la audiencia... ¡y a la misma reina!, y gritaré: ¡Justicia!..., ¡hasta que haya alguien que me oiga!...

AMBROSIO. -¡Pobre viejo!

RAIMUNDO. -Gracias te doy, Dios mío, que entre todos los de mi tiempo me has dejado a mí solo olvidado en el mundo para que pueda pagar a la hija el beneficio que recibí de su padre. Así que haya cumplido con esa deuda que tengo sobre el corazón, así que yo deje a esa niña rica y feliz..., ¡tararira!..., ¡que me lleven al cementerio!... (Se dirige a pasos vivos a tomar el sombrero y los guantes.)

AMBROSIO. -¿Dónde va usted?

RAIMUNDO. -¡A mi negocio!... (Poniéndose los guantes muy agitado y muy temblón.) Cuando se trata de impedir una picardía..., soy más listo que un muchacho de 20 años.

AMBROSIO. -(Aparte.) ¡Demonio de hombre!

LUCAS. -(Por el foro.) ¡Señor alcalde!... ¡Señor alcalde!

AMBROSIO. -¿Qué es eso?

Escena XV

Dichos, LUCAS.

LUCAS. -(Corriendo.) Señor alcalde..., ya está allí el señor cura y los mozos esperándole a usted.

AMBROSIO. -Bien; allá voy... (Aparte, deteniéndose.) ¡Si dejo salir a este hombre! -¡Ah! (A LUCAS.) Mira: quédate aquí; no pierdas de vista al viejo.

LUCAS. -¿Por qué?

AMBROSIO. -Tiene la cabeza un poco...

LUCAS. -¿De veras?

AMBROSIO. -Sí; no le dejes marchar; tú me respondes de él. (Se va por el foro.)

Escena XVI

D. RAIMUNDO, LUCAS.

LUCAS. -¡Calla! ¡Conque es un loco!... Por eso se me reía en mi cara, y decía...

RAIMUNDO. -¡Ea!... ¡A buscar la contra-escritura! (Yéndose.)

LUCAS. -¡Y se va! ¡Eh! ¡Diga usted!... ¿Adónde se va usted?

RAIMUNDO. -¡Ah! Tú podrás decirme... Dime: ¿dónde vive ahora D. Roque Samperet?

LUCAS. -¿Samperet... el herrador?

RAIMUNDO. -¡No!, el fiel de fechos.

LUCAS. -¡Ah!... ¿El Sr. Samperet?... ¿El padre de Samperet?...

RAIMUNDO. -Sí; ¿dónde vive?

LUCAS. -¿Dónde vive? ¡Si se murió!

RAIMUNDO. -¿Se murió? ¡Siempre me olvido de la edad que tengo! ¡No ha quedado nadie más que yo! Pero dime: ¿quién es su sucesor?

LUCAS. -¿Su sucesor?... ¡Toma!, su hijo.

RAIMUNDO. -¿Pues no dices que es herrador?

LUCAS. -Pues bien; como que es hijo..., es sucesor... y herrador.

RAIMUNDO. -¡No, hombre! Te pregunto quién ha tomado la escribanía de D. Roque después de su muerte.

LUCAS. -¡Ah!... Nadie.

RAIMUNDO. -¿Pues dónde están sus papeles?

LUCAS. -¡Qué!... ¡Si no quedaron papeles!

RAIMUNDO. -¿Cómo es eso? Pues cuando yo emigré del pueblo el año 23...

LUCAS. -Pues por entonces fue, según me contó mi padre... Dijeron que D. Roque era negro..., y el pobre tuvo que escapar de su casa..., salvó el dinero... y algunas otras cosillas...

RAIMUNDO. -¡Es posible!...

LUCAS. -Y fue, y se refugió en la iglesia..., donde parece que también estaba el cura escondido..., y allí se estuvieron los dos agazapados unos días..., hasta poder escapar. Y entretanto, la gente se fue en tropel a la escribanía..., rompieron la puerta..., sacaron todos los papeles... e hicieron con ellos una fogata en medio de la calle.

RAIMUNDO. -¿Qué dices?... ¿Quemaron los papeles?

LUCAS. -¡Toiticos! ¡Pues si no hay nadie en el pueblo que no sepa esa historia! ¿Qué le da a usted?

RAIMUNDO. -¡Quemados!... (Se deja caer en el sillón junto a la mesa.)

LUCAS. -¡Calla!... ¡Le va a entrar la locura!

RAIMUNDO. -¡Por eso hablaba con tanta insolencia ese pícaro de D. Ambrosio!... Por eso me decía: ¡búsquela usted! ¡Conque no hay medio de devolver sus bienes a esa niña!... ¡No hay pruebas!... ¡No hay más pruebas que mi palabra!... ¡Buen negocio es mi palabra!... Se reirán de mí..., dirán: «¡Ese viejo está loco!», como decía antes ese bribón...

LUCAS. -¡Pues es verdad!... ¡No tiene sana la cabeza! ¡Pobre viejo!

Escena XVII

Dichos, D. EDUARDO, en el jardín.

RAIMUNDO. -¡Y ese D. Roque!..., salirse de su casa..., sacar el dinero... y no sacar los papeles..., siquiera los más interesantes..., las escrituras... Allí en la iglesia pudo también esconderlas, como hizo el cura. ¡Válgame Dios!... -¡Ah, señor D. Eduardo!

EDUARDO. -Me dijo usted que quería hablarme, y vengo antes de marchar...

RAIMUNDO. -¡Marchar! ¿Y por qué se marcha usted?

EDUARDO. -(Sorprendido.) ¿Porqué?

RAIMUNDO. -Usted está enamorado de doña Matilde... (Extrañeza de EDUARDO.) Sí, señor, yo lo sé. Hoy mismo ha pedido usted su mano.

EDUARDO. -Es cierto; pero ignoraba cuando la pedí que ella amaba al hijo de don Ambrosio.

RAIMUNDO. -Al hijo de D.... ¿Quién le ha dicho a usted semejante cosa?

EDUARDO. -El mismo D. Ambrosio.

RAIMUNDO. -¡Me lo había figurado! ¡Ese hombre miente más que la Gaceta!

EDUARDO. -¡Pues qué!... Matilde...

RAIMUNDO. -Mentira: no le quiere, y se ha negado a darle la mano.

EDUARDO. -¿Y a mí?

RAIMUNDO. -¿A usted?... ¡A usted... se la daría con alma y vida!...

EDUARDO. -¿Ella se lo ha dicho a usted?

RAIMUNDO. -No hace media hora.

EDUARDO. -¡Oh! En ese caso no me marcho.

RAIMUNDO. -¡Bien hecho, sí, quédese usted, quédese usted!... Usted es joven..., tiene buenas piernas..., y me ayudará...

EDUARDO. -¿A qué?

RAIMUNDO. -¡A confundir a ese D. Ambrosio!... ¡A volver a Matilde los bienes que le pertenecen..., y que le han robado!

EDUARDO. -¡Es posible!

RAIMUNDO. -¡Y si no, no hay boda!

EDUARDO. -¡Cómo!

RAIMUNDO. -¡Pues es claro! ¡Su tío de usted se opondrá..., porque lo que él quiere para usted es una novia con dote!... ¡Pero lo tendrá usted!... ¡Tendrá usted dote!... ¡Y cosa grande!...

EDUARDO. -¡Qué me importa el dinero! ¡Lo que yo anhelo, no son los bienes, sino el cariño, el amor de Matilde!...

RAIMUNDO. -Bien; pero el amor..., en llegando el mediodía, también quiere sentarse a la mesa... ¡Y saber que todo esto es suyo!... ¡Y que lo está disfrutando ese pillastrón!...

(Óyense dentro gritos de «¡Viva el señor alcalde!» LUCAS, que al empezarse esta escena se ha puesto a pasear por el jardín, y ha estado mirando hacia la calle, viene al proscenio.)

LUCAS. -¿Oyen ustedes?...

EDUARDO. -¿Qué gritos son esos?...

LUCAS. -¡La gente que viene de la iglesia con el señor alcalde!... ¡Esto es señal de que algo han encontrado!... ¡Voy a ver!... (Se va corriendo. Siguen las voces de «¡Viva el señor alcalde!», que se van aproximando.)

EDUARDO. -Gritan ¡viva el señor alcalde!...

RAIMUNDO. -¡Eso es! ¡Ahora le traerán en triunfo! -Pues esos que ahora gritan son los hijos de los que fueron a quemar los papeles... ¡Salvajes!

Escena XVIII

Dichos, D. AMBROSIO, LUCAS, DOÑA BALTASARA, MATILDE, vecinos de ambos sexos.

(Los vecinos traen en volandas al alcalde, vitoreándolo. Otros traen unos libros de parroquia, en pergamino antiguo, y varios legajos de papeles atados con balduque y con lapas de pergamino, todo lo cual colocan en las mesas. Detrás vienen los regidores del ayuntamiento con un escribano, rodeando a unos mozos que traen un cofre.)

VECINOS. -¡Ya han parecido..., ya han parecido!...

OTROS. -¡Viva el señor alcalde!...

LUCAS. -¡Todo se ha encontrado..., todo!... ¡Viva el señor alcalde!

VECINOS. -¡Viva!...

AMBROSIO. -¡Aquí ese cofre!... (Lo ponen en el suelo.) Vamos pronto. Alguacil: a abrir el cofre. ¡Despáchate!

LUCAS. -(Abriéndolo.) Ya está... ¡Cuántos papeles!...

LOS VECINOS. -¡Viva!...

AMBROSIO. -(En tono de alocución.) ¡Hijos! Después de tantos años de vanas diligencias, mi celo por vuestro bien ha obtenido de la Divina Providencia que ilumine mis sentidos y bendiga mis esfuerzos para lograr lo que mis dignos antecesores han intentado infructuosamente. ¡Dichoso yo, que he conseguido hacer este insigne beneficio a mis administrados! ¡Desde hoy se considera feliz... vuestro alcalde... Ambrosio Carrizo!

(Durante la alocución,. LUCAS, de rodillas delante del cofre, va sacando legajos que corren de mano en mano. D. RAIMUNDO, que está junto a la mesa de despacho, se pone los anteojos, y empieza a registrar los que llegan allí. D. AMBROSIO, terminada su arenga, toma un legajo, y se va al velador a examinarlo. Los vecinos le rodean felicitándole. A su lado están DOÑA BALTASARA, a quien también felicitan, y MATILDE. Otros andan por el jardín. D. RAIMUNDO está aislado, sin cesar de registrar.)

RAIMUNDO. -¡No es esto!... ¡Tampoco es esto!... Año de 1700... ¡Esto es! (Registrando el libro.)

LUCAS. -¡Este es el último legajo!

AMBROSIO. -¡Venga!... ¡Calla!... ¡Escrituras!... ¡Qué veo!...

BALTASARA. -¿Qué has hallado?

AMBROSIO. -¡Nuestro apellido!... (Desatándolo.)

BALTASAR. - ¿Nuestro apellido?...

RAIMUNDO. -¡Aquí está! (Lee.) Año de 1746..., bauticé a un niño..., y le puse... «Raimundo Hermenegildo...» ¡Eh, eh!... ¡Este era yo!

AMBROSIO. -¡Cómo es que se encuentran aquí papeles de la escribanía!... ¡Mira, hermana, mira!.. ¡El título que nos faltaba!...

BALTASARA. -¡Es posible!

RAIMUNDO. -(Atendiendo.) ¡Cómo es eso!... ¿De la escribanía?... (Tomando varios legajos, y yendo a examinarlos.)

AMBROSIO. -(Con gozo.) ¡Íbamos a perder un pleito por falta de este documento!... ¡Aquí está!...

RAIMUNDO. -(Leyendo.) «Escritura de traspaso...»

AMBROSIO. -¡Ganamos tres mil ducados de renta! (Se aumentan las felicitaciones.)

RAIMUNDO. -¡Eso es! ¡Todos los pícaros tienen fortuna!... (Sigue examinando, y de repente hace un gesto de sorpresa.) ¡Hola!... Aquí veo mi letra... ¡Sí, mi letra es!... ¡Vaya, que no hacía yo mala letra entonces! (Con una exclamación.) ¡Santo Dios!... ¡Esta es!... ¡Aquí está!...

AMBROSIO. -He ganado el pleito. Aquí tengo las pruebas.

RAIMUNDO. -¡Y yo las mías! ¡Era imposible que el bueno de D. Roque no salvase sus papeles!... ¡Ea, ea!... ¡Viva el señor alcalde!...

AMBROSIO. -¡Gracias, abuelito, gracias!... ¡Ah, este es el día más dichoso de mi vida!

RAIMUNDO. -Y para que nada falte a su felicidad de usted... (Tomando de la mano a D. EDUARDO.), para que todos sean hoy dichosos..., le pido a usted para mi protegido la mano de la marquesita de Alfalá.

AMBROSIO. -¡Quite usted!

EDUARDO. -¿Qué dice usted?

MATILDE. -Caballero..., esa broma...

RAIMUNDO. -No hay aquí broma.

AMBROSIO. -(A los demás.) ¡No hagan ustedes caso!... Es un pobre viejo que tiene la cabeza...

RAIMUNDO. -Mejor que la de usted. ¿Conque, consiente usted, sí o no?

EDUARDO. -¡Vamos, amigo!...

MATILDE. -¡Deje usted!...

RAIMUNDO. -Niños, no os dé cuidado. (Con regocijo, guardándose en el pecho un cuaderno.) Tengo aquí el consentimiento de D. Ambrosio, firmado de su mano... ¡Eh, eh, eh!

AMBROSIO. -¿Mi consentimiento?

RAIMUNDO. -¡Y es usted demasiado hombre de bien... (Presentándole la contra-escritura.) para negar su firma!

AMBROSIO. -¡Cielos!... ¡La contra-escritura!

RAIMUNDO. -¡Ahí estaba..., usted mismo la ha traído..., muchas gracias!

AMBROSIO. -(Aparte.) ¡Me he perdido!

RAIMUNDO. -(Aparte a D. AMBROSIO.) ¡Si usted no me desmiente..., evitaré el escándalo! -Conque, ¿es cosa arreglada?

AMBROSIO. -(Turbado.) ¡Señor mío!...

BALTASARA. -¡Hermano!... ¿Consentirás?...

RAIMUNDO. -¡Toma, y aún hará más! Como D. Ambrosio es hombre generoso..., y no gusta de hacer las cosas a medias... (A MATILDE.) Le da a usted en dote, señorita, todos los bienes que le había comprado a su padre de usted.

BALTASARA. -¡Este hombre está rematado!

AMBROSIO. -Pero señor...

RAIMUNDO. -¿No es eso lo que dice usted aquí? ¿Quiere usted que lo lea?

AMBROSIO. -¡No, no!... (Aterrado.) ¡Eso es!

EDUARDO. -¡Sr. D. Ambrosio!...

MATILDE. -¡Tanta generosidad!... (Se dan la mano.)

LUCAS. -¡Qué alcalde tenemos!... ¡Viva el señor alcalde! (Todos le vitorean.)

RAIMUNDO. -¿Ve usted, ve usted cómo la probidad tiene su recompensa?

AMBROSIO. -¡Sí..., es verdad!... (Aparte.) ¡Maldita sea tu estampa!...

RAIMUNDO. -¡Ea! Ahora entro yo: venga para mí el arrozal.

MATILDE. -¿Qué falta le hace a usted?...

EDUARDO. -¡Vivirá usted con nosotros!...

MATILDE. -¡Será usted nuestro segundo padre!

RAIMUNDO. -¡Acepto, hijos míos! Lucas, el arrozal es para tu tío.

LUCAS. -¡Muchas gracias!... Viva el abuelo. (Aparte.) Ahora me alegro de haberlo preso.

RAIMUNDO. -(Loco de gozo.) ¡Tararira!... ¡Cuando hago una buena acción siento una cosa aquí dentro, que se me figura que voy a vivir otros cien años!... ¡Dios me los conceda..., si han de servir para hacer triunfar la verdad y la justicia!

La sociedad de los trece

Pieza cómica en un acto, arreglada al español

Personas



EL MARQUÉS DE ROSENTAL.
EL CONDE HÉCTOR.
JENARO.
MATEO.
UN ESBIRRO.
ISELA.
CALESEROS.
ESBIRROS.

(La escena es en la posada de JENARO, en las cercanías de Nápoles.)

El teatro representa la sala baja de una posada. Cuartos numerados a un lado y otro. En el fondo el vestíbulo que da vistas al campo. Mesas, sillas, etc.

Escena primera

CALESEROS y paisanos napolitanos bebiendo y charlando alrededor de una mesa. Junto a otra distante, MATEO con aspecto triste. JENARO en pie sirviéndolos.

CALESERO 1º. -¡Por mí, más que sean trescientos!

CALESERO 2º. -¡Ya! Tú no tienes mujer, ni hermana, ni hija...

CALESERO 1º. -Tengo mi madre...

CALESERO 2º. -Con cien años a la cola..., seguro estás de que te la vayan a robar.

CALESERO 1º. -Pues señor, dígase lo que se quiera, a mí nadie me quita de la cabeza que la que no quiere dejarse robar...

CALESERO 2º. -Estás fresco. Pregúntale, pregúntale a Mateo, (Bajando la voz.) aquel que está allí tan triste... ¡Pobrecillo!... ¡Miradle..., miradle!... (Todos le miran con compasión.)

JENARO. -Le he sacado el vino hace media hora..., y el pobrecillo, de tristeza, todavía no lo ha catado.

CALESERO 1º. -Que te diga él si existe la sociedad de los trece.

CALESERO 2º. -¡Calla!... ¿También a ese lo han robado?... ¡Qué mal gusto tienen los trece!

CALESERO 2º. - ¡No, tonto! Le han robado su novia.

CALESERO 1º. -¡Ah!... (Siguen hablando en voz baja.)

Escena II

Dichos, EL MARQUÉS.

MARQUÉS. -¡Hola!... ¡Patrón!... ¡Muchacho!

JENARO. -¡Oh! Bien venido, señor marqués.

MARQUÉS. -¿Tú me conoces?

JENARO. -¿Quién no conoce en Nápoles y sus cercanías al señor marqués de Rosental, general de la guardia del rey y dueño de ese castillo que se divisa allá abajo a una milla de Nápoles?

MARQUÉS. -¿No es esta la posada donde paran comúnmente las calesas que vienen de Nápoles?

JENARO. -Sí, señor: aquí paran todas.

MARQUÉS. -Bien: Pues para esta noche necesito que dispongas una cena magnífica. Oye: trece cubiertos.

JENARO. -Al momento voy a dar las órdenes...

MARQUÉS. -Escucha. Necesito además un cuarto.

JENARO. -Voy a prepararlo.

MARQUÉS. -Oye. Un cuarto que tenga vistas al camino real. (Aparte.) Así estaré de atalaya y la veré venir: aquí la pillo sin remedio, y gano la cena.

LOS CALESEROS. -(Que han ido animándose con el relato de su compañero, dando golpes en la mesa indignados.) ¡Qué infamia!... ¡Qué picardía!...

JENARO. -(Llegándose a ellos.) ¡Eh, señores, silencio!

MARQUÉS. -¿Qué es eso?

JENARO. -Nada, señor marqués: son caleseros napolitanos... Estaban hablando de esa sociedad de los trece...

MARQUÉS. -¡Hola! ¿De los trece?... ¿Y qué, qué cuentan?

JENARO. -¡Oh!... ¡Cosas espantosas!... ¿No sabéis?...

MARQUÉS. -¿Quién, yo?... No, no sé nada. (Acercándose a ellos.) Contad, contad, muchachos.

JENARO. -Pues parece ser que en Nápoles se han reunido trece señoritos de lo más rico y más empingorotado de la corte, y han formado una especie de sociedad secreta...

MARQUÉS. -¡Hombre!... ¿Estás en tu juicio?...

JENARO. -¿Para qué diréis?... Para camelar muchachas y tener francachelas. Ponen dos de ellos, verbi-gracia, los puntos a una joven, y el que queda vencido paga una comilona para los demás.

MARQUÉS. -(Riendo.) ¿Es posible?

TODOS. -¡Sí, señor!

JENARO. -Y lo peor del cuento es que los maldecidos siempre se dirigen a las muchachas del pueblo..., de manera que los que tenemos novia estamos que no nos llega la camisa al cuerpo..., porque a lo mejor..., ¡pif!..., desaparece..., arman un enredo y la roban.

MARQUÉS. -(Riendo.) ¡Vamos, vamos!... ¡No será tanto!...

CALESERO 2º. -Sí, señor, señor marqués. Y si no..., mirad..., ¿veis allí al pobre Mateo?... Pues él os dirá... (Llamándole.) ¡Mateo..., Mateo!...

JENARO. -(Yendo a traerlo.) ¡Ven a contarle al señor marqués de Rosental!...

MATEO. -(Haciendo pucheros.) ¡Ji, ji, ji!...

MARQUÉS. -¿Qué ha sido eso, hombre?

JENARO. -Este pobre tenía una novia..., ya se iban a casar..., y la otra mañana va a verla y se encuentra...

MARQUÉS. -¿A quién?

MATEO. -¡Ji, ji!... ¡A nadie!

MARQUÉS. -¡Cómo!

JENARO. -¡Se la habían robado!

MARQUÉS. -¿Quién, quién?...

MATEO. -¡Ji, ji!...

JENARO. -¡Uno de los trece!

MATEO. -¡Ji, ji!... ¡Es verdad!...

MARQUÉS. -¿Era una muchacha rubia? ¿Una modista?

MATEO. -¡Ji, ji!... ¡Sí, señor!

MARQUÉS. -(Aparte, riendo.) Ya caigo... Me costó una comida...

JENARO. -¿Cómo, sabéis?...

MARQUÉS. -¡Oh!... ¡Quién ignora en Nápoles ese lance!...

MATEO. -¡Ji, ji!...

JENARO. -Está inconsolable.

MARQUÉS. -(Dándole un bolsillo.) ¡Vamos, toma, y qué diablo!... ¡Pecho al agua!

MATEO. -(Entre llanto y risa.) ¡Ji, ji, ji!...

MARQUÉS. -¡Ahí tienes cien ducados!...

TODOS. -¡Cien ducados!...

MATEO. -(Contándolos.) ¡Ji, ji, ji!... Muchas gracias...

MARQUÉS. -(Echando unos ducados en la mesa.) Y ahí tenéis vosotros para beber a la salud de la sociedad de los trece.

MATEO Y LOS CALESEROS. -(Levantándose.) ¡Gracias..., gracias..., señor marqués!... (Vanse por el foro con muestras de júbilo.)

Escena III

EL MARQUÉS, JENARO.

MARQUÉS. -(Aparte.) ¡Y que hablen todavía mal de nosotros!... ¡Cuánto no le debe ese muchacho a la sociedad de los trece! Tener un capital de cien ducados..., y quedarse sin mujer. «¡Mirad con quién y sin quién!», como dice un poeta.

JENARO. -(Volviendo del foro.) Mi padre sentirá mucho, señor marqués, no haber estado para recibiros..., ha ido a la ciudad por provisiones... ¿Pero cómo es que el señor marqués viene a honrar nuestra posada?...

MARQUÉS. -¿No sabes que el rey va a casarse, y que de esta noche a mañana se espera en Nápoles a la princesa que ha de ser nuestra reina?

JENARO. -Ya lo sé.

MARQUÉS. -Pues bien: a mí me han dado el mando de la guardia de honor que ha de acompañarla hasta palacio, y está apostada más adelante. Entretanto, aquí quiero descansar.

JENARO. -¡Ya!

MARQUÉS. -Esto es, si no te opones...

JENARO. -¡Ay, señor marqués, al contrario! justamente tenía yo que pediros un favor...

MARQUÉS. -¿Tú?... Dímelo pues..., entretanto que me haces disponer una taza de café que quiero ir a tomar a la azotea. (Aparte. Mientras JENARO va a dar el recado.) Desde allí se domina el camino real, y puedo examinar todas las calesas que vengan de Nápoles..., de modo, que en cuanto llegue la chica empiezo mi plan de campaña. (A JENARO.) Vamos, di.

JENARO. -Pues señor, es el caso que Luis, vuestro cochero, me ha dicho que sois amigo del coronel de los lanceros...

MARQUÉS. -¿El conde Héctor?... Es verdad..., y has de saber que es uno de los miembros de la sociedad de los trece, de que hablábamos antes.

JENARO. -¡Ave María Purísima!... ¿También entre esos calaveras hay coroneles de lanceros?

MARQUÉS. -¡Hay de todo! Allí en siendo buen mozo y emprendedor no se exige más. Ahora va a haber una plaza vacante..., un desertor..., un mal hermano que ha dado en casarse. ¿Querrías tú reemplazarle y recibirte en los trece?

JENARO. -¡No, señor, no señor!...; pero en los lanceros sí. El otro día fui a alistarme; pero según parece, hasta para entrar de soldado en ese cuerpo se necesita protección...

MARQUÉS. -¿Y para qué diablo quieres tú ser soldado?

JENARO. -¡Porque estoy desesperado..., sí, señor! porque mi padre no me deja casar.

MARQUÉS. -¿Y porqué?

JENARO. -Porque como es rico, se ha hecho avaro..., y quiere que la novia tenga dote...

MARQUÉS. -¿Y tu novia no lo tiene?

JENARO. -No, señor. Y es lo único que le falta..., porque lo demás... Es una muchacha sola, huérfana..., que nunca ha conocido padres..., ni sabe quiénes son...; ¡pero es más linda que un sol!

MARQUÉS. -¡Hola!... (Aparte.) ¡Bueno es saberlo! -¿Y quién es?

JENARO. -Es una costurera.

MARQUÉS. -(Aparte.) ¡Bueno! Precisamente el género que explotamos. -¿Y dónde vive?

JENARO. -En la calle de Toledo, número 6...

MARQUÉS. -(Sorprendido) ¡Cómo!... ¿Y su nombre?

JENARO. -Tan bonito como ella: se llama Isela.

MARQUÉS. -(Aparte.) ¡Oh! ¡La misma!... ¡La que estoy esperando!

JENARO. -¿La conocéis vos?

MARQUÉS. -¡No por cierto! Pero te aviso que he oído decir que el conde Héctor, de quien tú me hablabas antes, andaba tras ella...

JENARO. -¿Mi coronel?

MARQUÉS. -Sí..., y también que tiene hecha una apuesta con uno de sus amigos..., uno de la sociedad, que se la quiere disputar..., un guapo mozo... (Aparte.) Ese soy yo.

JENARO. -¡Oh!... Pues en cuanto a eso, los dos pierden el tiempo... No los temo... porque muchacha más lista y más virtuosa...

MARQUÉS. -(Aparte.) Eso lo veremos.

JENARO. -¡Y qué talento!... ¡Vaya un talento!...

MARQUÉS. -¿De veras?

JENARO. -¡Y una penetración!... Como que los domingos y fiestas de guardar, los pasa todos leyendo novelas... Así se ha instruido..., y tiene unos arranques... El otro día, sin ir más lejos, cuando fui a decirla que mi padre se oponía a nuestro casamiento, la dio un síncope que la duró dos horas... ¿Qué tal? ¿Es eso cariño? Y así que volvió en sí me echó a la calle, y me dijo que no la volviera a ver. Conque, estoy resuelto: si no queréis que entre en los lanceros, ponedme en otro regimiento...

MARQUÉS. -(Con malicia.) Sí, en otro..., no tengas cuidado..., yo te pondré en otro... más numeroso... y más pacífico... Ahora mismo, mientras tomo café, voy a pensar en tu colocación...

JENARO. -Muchas gracias por el favor que me vais a hacer...

MARQUÉS. -(Yéndose riendo.) ¡No hay de qué!... No sabes tú el gusto que yo tendré en conseguirlo...

Escena IV

JENARO.

JENARO. -¡Ah, ah! ¡Yo le diré a mi padre cuantas son cinco! ¿No quiere novias para mí sino con mil ducados de dote? Pues bien: seré soldado: dormiré a la intemperie, comeré pan de munición... Esto puede que le ablande; y aunque mi Isela no tiene los mil ducados de dote, puede que consienta, por no verme de soldado. (Prestando el oído.) Otra calesa llega: ¿quién será?... Vamos a ver... Aquí viene el calesero.

Escena V

JENARO, EL CONDE, disfrazado de calesero.

JENARO. -(Aparte.) ¡Qué veo!... ¡San Jenaro bendito!... El conde Héctor..., ¡mi futuro coronel, disfrazado de calesero!... ¿Qué significa esto?

CONDE. -(Restallando el látigo.) ¡Hola!..., ¡eh!..., muchacho..., camarada... vamos aquí.

JENARO. -¿Qué mandáis?

CONDE. -Un cuarto...

JENARO. -Corriente. (Aparte.) ¡Es de la sociedad de los trece!... ¡Vamos, con ese disfraz habrá engañado a alguna pobre muchacha y se la trae en su calesa! ¡Esto es! (Mirando por el foro.) ¡Ay, Dios mío!... ¡Es Isela!, ¡mi novia!, ¡qué horror!... ¡Ya me llegó mi vez!

CONDE. -Oye: una buena comida... para dos.

JENARO. -¡Para dos! (Aparte.) ¡Ya están de inteligencia!...

CONDE. -Sí; el buen calesero no deja nunca solos a sus viajeros. Buena malvasía... y lo que pida la señora... sin reparar en el precio.

JENARO. -(Aparte.) ¡Eso es! Y con el vinillo.

CONDE. -Ya viene aquí. ¡Vamos pronto, voto al!...

JENARO. -Ya van, ya van... (Aparte.) ¡No los perderé de vista!

Escena VI

EL CONDE, ISELA.

ISELA. -¡Jesús, qué aspecto tan tosco de posada!... ¡Se parece a la que describe la novela de la caverna encantada!

CONDE. -¿Y quién tiene la culpa, patroncita?... Yo os dije que era mejor seguir hasta... pues. Pero vos os empeñasteis en parar a comer aquí.

ISELA. -¡Calesero!... Cuando os ajusté y me metí en vuestra calesa, que es un verdadero potro, ¿no convinimos en que se había de parar donde yo quisiera? (Aparte, mirando alrededor.) ¡Y no veo por aquí a Jenaro!... Pues no hay duda: esta es la posada de su padre. -Tengo aquí unas cuentas pendientes..., y sabed, calesero, que aunque yo sea costurera, no por eso tengo menos derechos por mi sexo a la consideración de los hombres que por ser caleseros no deben despojarse de aquella cortesanía y delicadeza que Dios manda.

CONDE. -(Aparte.) ¡Sóplate esa arenga! ¡Es tan tonta como linda!

JENARO. -(Entreabriendo la puerta.) Desde aquí los escucharé mejor.

ISELA. -Así pues, querido mío...

JENARO. -(Aparte.) ¡Su querido!

ISELA. -Ya sabéis lo pactado entre los dos.

JENARO. -(Aparte.) ¡Qué habrán pactado!

ISELA. -Si os he dado la preferencia sobre los demás, es porque me habéis prometido ser complaciente conmigo y obedecerme en todo...

JENARO. -(Aparte.) Ya están arreglados... Le pone sus condiciones.

ISELA. -Vos no podéis quejaros de mí... Os he dado lo que me habéis pedido...

JENARO. -(Cerrando la puerta de golpe.) ¡Ah, infame!

ISELA. -(Asustada.) ¡Ay, Dios mío!

CONDE. -¡Qué es eso!

ISELA. -Nada..., nada... (Aparte.) ¡Se me ha figurado su voz!

CONDE. -¿Qué tenéis?

ISELA. -Una palpitación..., los nervios...

CONDE. -¿Padecéis accidentes?...

ISELA. -¡Oh, sí!... ¡Soy tan impresionable!... (Aparte.) ¿Si sería él?

CONDE. -Pues entonces mejor será que entréis a descansar un poco en el cuarto.

ISELA. -Mejor será.

CONDE. -¡Vamos... apoyaos en mi brazo... firme!..., ¡Pobre patroncita..., que se nos pone mala!

Escena VII

JENARO. Luego, EL MARQUÉS.

JENARO. -(Saliendo del gabinete.) ¡Y se van juntos!... ¡Y al mismo cuarto!... ¡Ciertos son los toros!

MARQUÉS. -(Aparte.) Se me figuró que no venía mujer ninguna en esa calesa; pero bueno será informarme...

JENARO. -¡Ay, señor marqués de mi alma!

MARQUÉS. -¿Qué hay?

JENARO. -¡Mi novia..., la que os dije antes..., está aquí!

MARQUÉS. -¿Aquí? (Aparte.) ¡Era su calesa!... ¡Qué felicidad!... Ya le he ganado la apuesta al conde.

JENARO. -Ahora sí que necesito vuestra protección... Ese amigo vuestro..., ese coronel...

MARQUÉS. -¿Que te reciba en los lanceros?... Bien, veremos.

JENARO. -No, señor; no quiero nada con él: es un seductor que me ha robado mi novia.

MARQUÉS. -¡Cómo!

JENARO. -Sí, señor, lo he conocido, aunque está disfrazado de calesero.

MARQUÉS. -¿De calesero? ¡Qué intriga infernal!... (Aparte.) ¡Ay, si yo hubiera caído en ello!...

JENARO. -Y la ha robado.

MARQUÉS. -¿Por fuerza?

JENARO. -¡Ojalá!... Eso me consolaría. ¡Pero lo peor es que están de acuerdo!

MARQUÉS. -¡Tan pronto!... ¿Pues cómo?... ¿Y aquella virtud, aquella severidad con que te puso en la calle?...

JENARO. -¡Quién sabe!... Puede que la agotara toda conmigo.

MARQUÉS. -¡Oh! ¡Es una infamia..., una picardía!... ¿Y dónde están?

JENARO. -¡Allí... en aquel cuarto..., ¡y juntos!..., ¡y solos!...

MARQUÉS. -¡Solos!... ¡Qué escándalo!... Es preciso separarlos al momento y a toda costa.

JENARO. -¡Qué buen corazón!

MARQUÉS. -Si yo consiguiera quitarme de encima..., digo, quitarte de encima al conde..., alejarlo de Isela diez minutos no más...

JENARO. -¿Para qué?

MARQUÉS. -Para advertirla del peligro que la amenaza..., para volverla al sendero de la virtud...

JENARO. -¡En diez minutos!... ¿Y cuando el otro volviese ya estaría en salvo?

MARQUÉS. -Sí, en salvo... (Aparte.) conmigo.

JENARO. -¡Esto es lo que se llama un señor benéfico y honrado!... Pues bien; si yo puedo ayudar...

MARQUÉS. -Calla, que aquí viene. Vete, y piensa algún ardid para apartarlo de aquí...

JENARO. -Voy, voy... ¡o pierdo el nombre que tengo u os proporciono que habléis con mi novia!

MARQUÉS. -¡Eso, eso!

Escena VIII

EL CONDE, EL MARQUÉS.

CONDE. -(A la puerta.) Bien, patroncita, bien..., voy a buscarlo. ¿Qué diablos querrá hablar con el hijo del posadero? Alguna cuenta...

MARQUÉS. -¡Qué es lo que veo!... ¡Héctor!...

CONDE. -¡Eduardo!... (Aparte.) Maldita sea su estampa... -¡Amigo mío!...

MARQUÉS. -¿Qué hacéis aquí, querido?

CONDE. - ¿Y vos, carísimo?... ¿No mandáis la guardia de honor de la reina que esperamos?

MARQUÉS. -¡Hola! ¿Cómo lo sabéis?

CONDE. -(Inclinándose.) Porque debéis a mi amistad tan honrosa distinción. El ministro de la guerra vacilaba, y yo os indiqué a S. E....

MARQUÉS. -¡Ya!... Para tenerme lejos de Nápoles dos días y acaso más.

CONDE. -Y qué es esto comparado con el honor que os resulta... y la gran cruz que luego es de rigor... Pero os aconsejo que no os estéis aquí..., id a reuniros a la guardia: mirad que la reina va a llegar de un momento a otro.

MARQUÉS. -Mil gracias por el consejo...; pero no os dé cuidado..., no caeré en falta..., me avisarán.

CONDE. -¿Cómo?

MARQUÉS. -Tengo varios cornetas apostados de trecho en trecho, y al oír tocar monto a caballo. Si vos estuvierais de uniforme, os rogaría que partieseis conmigo el honor de acompañar a S. M.; pero con ese traje de calesero...

CONDE. -Estoy ahora adiestrándome en guiar caballos desde el pescante... Es la moda...

MARQUÉS. -¡Vamos, vamos!...

CONDE. -Sí: moda inglesa...

MARQUÉS. -¡Vamos, vamos!... Lo sé todo, amigo mío: está en aquel cuarto.

CONDE. -Pues ya que lo sabéis, os daré cuenta de mi triunfo. Tuve una idea admirable, diabólica..., una idea digna de vos. Ayer al salir de nuestra sesión de los trece me iba yo a casa cavilando en nuestra apuesta sobre esa muchacha que me queréis disputar..., cuando al atravesar la plaza me veo a la linda costurera rodeada de caleseros y entrando con ellos en ajuste. Me acerco, y oigo que al fin deja cerrado el trato con uno de ellos para que la llevase hoy... a una quinta..., no sé a cuántas millas de Nápoles.

MARQUÉS. -Todo eso lo sabía yo.

CONDE. -Donde iba a coser una temporada... y con la condición de detenerse a comer aquí...

MARQUÉS. -Lo sabía; por eso estaba yo aquí esperándola.

CONDE. -Mejor lo he hecho yo.

MARQUÉS. -¿Habéis marchado con ella?

CONDE. -Justo: así que ella se va, me llego al calesero, y sin regatear lo alquilo todo, traje, nombre, calesa, caballos, y hasta la viajera, se entiende; y hoy a la hora convenida me presento a ella con todo descaro.

MARQUÉS. -¿Y cómo os tomó por el otro?

CONDE. -Nada de eso. Le dije que mi compañero había caído malo, y me enviaba en su lugar: esto con aquel desenfado, aquel aplomo, aquella desvergüenza que nos prescribe el artículo 3.º de nuestro reglamento...

MARQUÉS. -¡Y que vos poseéis en tan alto grado!

CONDE. -¡Oh..., y vos! Además, al despedirse de sus amigas oí que les dijo: chicas, he ganado: este calesero es mejor mozo que el otro.

MARQUÉS. -¿Eso dijo?

CONDE. -Y este buen agüero, puedo afirmaros que no se ha desmentido en lo que va de viaje.

MARQUÉS. -¡Cómo!... ¿Os habéis declarado?

CONDE. -Ni por pienso... Eso era destruir las ventajas que me ofrecía mi posición. Las viajeras nunca recelan del calesero; se sientan a su lado..., conversan con él..., se recuestan en su hombro..., cada vaivén es un abrazo..., ¡y como, gracias a la escasez del erario, los caminos son tan malos!..., luego al apearse..., el estribo es alto..., y ya se ve, tengo que bajarla en brazos... Al subir..., siempre se descubre el pie, y... ¡oh!, ¡y lo tiene precioso, precioso!...

MARQUÉS. -(Cargado.) Pues bien: ese es un lazo pérfido..., y yo no puedo dejarla expuesta por más tiempo a semejante peligro: yo la salvaré.

CONDE. -¿Cómo?

MARQUÉS. -Diciéndole quién sois..., indicándole las redes que se le tienden.

CONDE. -Bien, hacedlo; y yo por mi parte le advertiré también de vuestras intenciones.

MARQUÉS. -La descubriré vuestros proyectos.

CONDE. -Y yo los vuestros.

MARQUÉS. -Perderéis vuestra apuesta.

CONDE. -Y vos no la ganaréis.

MARQUÉS. -Es verdad..., sólo lograremos anularnos mutuamente..., y yo que tengo convidados a nuestros compañeros a una cena para esta noche... y también a vos..., tendréis en vuestra casa la esquela...

CONDE. -¿Sí?

MARQUÉS. -Creyéndome seguro del triunfo, he mandado disponer aquí trece cubiertos..., que vos debíais pagar.

CONDE. -No hay nada perdido, los pagaréis vos.

MARQUÉS. -Yo no.

CONDE. -¡Lo veremos!

MARQUÉS. -¡Lo veremos!

CONDE. -¡Corriente!

MARQUÉS. -¡Pues corriente!... Primero consiento en que la perdamos los dos.

CONDE. -¡Ea! No hay que enfadarnos: tratemos esta calaverada con toda la legalidad posible, y hagamos de buena fe y con arreglo al espíritu y letra de nuestro reglamento un convenio mutuo.

MARQUÉS. -¿Cuál?

CONDE. -Ninguno de los dos podrá desmentir ni descubrir directa ni indirectamente las estratagemas, embrollos y mentiras que el otro invente; quedando únicamente a su arbitrio el vencerle con otra estratagema, embrollo o mentira superior.

MARQUÉS. -Convenidos: una compañía de seguros mutuos...

CONDE. -Para engañar a pública subasta. Empecemos, pues, porque vos no le diréis quién soy.

MARQUÉS. -¡Palabra de honor!

CONDE. -Bien. Por ahora la ventaja es mía.

MARQUÉS. -Hasta que yo os la quite.

CONDE. -Dificilillo es... Yo no me he de separar ni un minuto de la muchacha...

Escena IX

Dichos, JENARO, UN ESBIRRO.

JENARO. -(Al CONDE.) ¡Pronto, pronto..., despachaos, amigo! Os mandan comparecer...

CONDE. -¿Dónde?

JENARO. -A la policía... Ahí tenéis un esbirro que os viene a buscar.

CONDE. -¿Qué tengo yo que ver con la policía?

JENARO. -¡Ya!... Pero ella tiene que ver con vos: os han denunciado como sospechoso..., como calesero de contrabando... (Aparte al MARQUÉS.) He sido yo.

MARQUÉS. -(Aparte a JENARO.) ¡Magnífico!

CONDE. -¿Qué pueden decir de mí? ¿Mi calesa no es sólida y bien acondicionada?

JENARO. -¡La calesa! ¿Pensáis que eso basta para ser calesero? No, señor; la calesa es lo de menos: lo primero que hay que tener es la patente, por cuanto vos...

CONDE. -(Aparte.) ¡Qué diablo de olvido!...

MARQUÉS. -(Con gravedad burlona.) ¡Oh, amigo!... ¡La patente!... Si no tenéis patente...

JENARO. -Ya los esbirros os han embargado las mulas y las han llevado a la policía.

CONDE. -¡Mis mulas a la policía!

MARQUÉS. -No os dé cuidado por ellas... Allí no extrañarán la compañía.

ESBIRRO. -Si no os despacháis, tengo orden de prenderos.

CONDE. -¡Prenderme!... ¿Y los viajeros se han de quedar aquí? Esa señora...

MARQUÉS. -Descuidad: yo la llevaré en mi birlocho...

CONDE. -¡Gracias!... ¡No, señor, no!... Voy en un brinco a la policía. (Aparte.) ¡Y dejo aquí al enemigo dueño del campo!... ¿Qué haré? ¡Ah, qué feliz idea! Yo le haré montar a caballo ahora mismo y alejarse una legua de aquí. (Al esbirro.) Vamos, vamos a la policía. (Vase de prisa.)

Escena X

JENARO, EL MARQUÉS, EL ESBIRRO.

JENARO. -(Loco de gozo.) ¡No os dije yo que le alejaría de aquí!... ¡Oh, cuando yo me propongo una cosa!...

MARQUÉS. -Sí, pero eso no basta. (Al esbirro que iba a marchar.) ¡Eh!, dos palabras: ese calesero es sospechoso: decídselo así al jefe de policía; que se lo aviso yo, el marqués de Rosental, comandante de la guardia de honor que está esperando a la reina; su presencia en este punto, que es el camino que trae S. M., me infunde recelos, y así pedidle en mi nombre que lo deje arrestado hasta que yo pase a verme con él.

ESBIRRO. -Está bien, señor general: quedará arrestado.

MARQUÉS. -Que se le vigile bien, no se escape.

ESBIRRO. -No se escapará; irá a un encierro, y si es inocente...

MARQUÉS. -Eso tiempo hay luego de averiguarlo.

ESBIRRO. -Es verdad. (Saluda y se va.)

Escena XI

EL MARQUÉS, JENARO. Luego, ISELA.

MARQUÉS. -¿Qué tal?

JENARO. -¡Sois mi salvador!

MARQUÉS. -Ahora a ver a Isela...

JENARO. -Eso es..., entrad en su cuarto..., decidle la verdad... Más os ha de creer a vos que a mí.

ISELA. -(Saliendo del cuarto.) Y este calesero que no me envía a Jenaro... ¡Ah... Aquí está!

JENARO. -(Aparte al MARQUÉS.) ¡Miradla... miradla!... ¡Yo estoy temblando como la hoja en el árbol!

MARQUÉS. -(Aparte a JENARO.) Tú no debes hablarla...

ISELA. -(Aparte.) ¡Qué es esto! ¡Me ha visto y no viene a hablarme!

MARQUÉS. -(Aparte a JENARO.) Vete, vete... Tú debes manifestarte resentido..., y si la hablas lo echas a perder...

JENARO. -(Aparte al MARQUÉS.) ¡Confío en vos!... Contádselo todo..., habladla de mi amor...

ISELA. -(Llamándole con empacho.) ¡Ce!... ¡Ce!...

JENARO. -(Queriendo ir hacia ella.) ¡Creo que me llama!...

MARQUÉS. -(Deteniéndole.) No tal, no tal...

JENARO. -Sí, señor...

MARQUÉS. -¡Hombre, no!

ISELA. -(Con tono sentimental.) ¡Y no responde a mi voz... el ingrato!... (Con despecho y en tono de llamar a un mozo.) ¡Eh..., mozo... mozo!...

JENARO. -(Yendo hacia ella.) ¡Señora!

ISELA. -Venid aquí, (Muchas voces dentro.) ¡Hola!... ¡eh!... ¡Jenaro..., Jenaro!

MARQUÉS. -(Aparte a JENARO.) Que te llaman ahí fuera los parroquianos.

JENARO. -No, señor...

MARQUÉS. -Sí, ¿no lo oyes?

JENARO. -No lo oigo.

MARQUÉS. -Sí, anda: déjame a mí con ella, que te la pondré como un guante.

ISELA. -(Impaciente.) Mozo..., ¿no oyes que llamo?

JENARO. -(Acercándose.) Es que...

ISELA. -¡Será preciso echaros memorial!...

MARQUÉS. -(Poniéndose entre los dos.) Es que lo están llamando ahí fuera los parroquianos...

ISELA. -Pues que esperen.

JENARO. -(Queriendo fingir resentimiento.) No, señora..., me voy; pero aquí queda este caballero; y él os dirá lo que hace al caso: podéis oírle como a un oráculo. Adiós. (Yéndose.)

MARQUÉS. -(Aparte.) ¡Gracias a Dios!... ¡Me deja solo! Yo triunfo. (Óyese a lo lejos sonar una corneta.) ¡Dios!... ¡Este es el aviso!... ¡La reina llega!... ¡Tengo que marchar, y la dejo aquí con el novio!... ¡Malhaya mi suerte!...

Escena XII

Dichos, EL ESBIRRO, seguido de otros.

ESBIRRO. -Perdonad: el jefe de policía os pide que paséis allá a declarar acerca del preso...

MARQUÉS. -¡Imposible! Esa corneta me avisa que la reina se acerca, y tengo que ir volando a recibirla... Pero escuchad: aquí tenéis a Jenaro, que sabe aún más que yo acerca de ese negocio: lleváosle de grado o por fuerza, y hacedle que declare o encerradlo.

ESBIRRO. -(Rodeando con los demás a JENARO.) Vamos, Sr. Jenaro.

JENARO. -¡Yo!...

ESBIRRO. -Vamos pronto. (Se le llevan a la fuerza.)

JENARO. -Pero si yo...

ESBIRRO. -Vamos..., vamos...

MARQUÉS. -¡Niña hermosa! Esperadme aquí..., porque os advierto... (Vuelve a sonar la corneta.) No puedo ahora... ¡Maldita!... (Vase corriendo.)

ISELA. -(Asombrada.) ¡Qué laberinto es este!

Escena XIII

ISELA.

ISELA. -¡Jenaro ingrato! Indigno de poseer este corazón tierno y sensible. ¡Vaya!... Después que me detengo aquí por verte..., perdiendo medio jornal de salario..., ¡evitas mi presencia!... Y por fin, cuando hace el destino propicio que te eche la vista encima... ¡huyes de mí, ingrato!... ¡Y te vas con los esbirros!... Pues yo también iré: sí, me iré a derramar lágrimas... sobre la costura; pero sostendré mi dignidad, ¡no volveré a verte! (Se sienta llorando.)

Escena XIV

ISELA, EL CONDE, saliendo por el foro.

CONDE. -He trabajado como un negro para persuadir a ese maldito jefe de la policía que me soltase. Me he visto obligado a descubrirme y hacer constar mi nombre y mis títulos... Pero el bueno del marqués no se ha salido con la suya; porque así que vi en el armero del cuerpo de guardia una corneta, se me ocurrió la feliz idea de darle el aviso, y ya irá por esos caminos echando centellas; con todo, no sea el diablo que viendo el engaño se vuelva aquí a escape..., no es más que una legua... Sí, sí, despachémonos a marchar con la muchacha. -Patroncita, ¿nos vamos? A los viajeros no se les da más que media hora, y ya hace dos muy largas que estamos por acá. Conque... ¿marchamos?

ISELA. -Cuando gustéis.

CONDE. -Voy a enganchar.

Escena XV

ISELA, EL MARQUÉS.

MARQUÉS. -(En el foro.) ¡Ella es!... Aún no se ha marchado. ¡Ah, condesito mío!... ¡Ya me la pagaréis! La reina no llega hasta mañana y tengo toda la noche por mía.

ISELA. -¡No hay remedio..., marchémonos!

MARQUÉS. -(Aparte.) ¡Qué oigo!... Manos a la obra. (Mirando afuera y dando voces.) ¡Bestias!... ¡Animales!... La culpa la tengo yo...

ISELA. -El militar de antes. -¿A quién reñís, caballero?

MARQUÉS. -A los mozos de esta posada..., a Jenaro.

ISELA. -¿A Jenaro?

MARQUÉS. -Pues. ¡No responde a nada!

ISELA. -Es verdad.

MARQUÉS. -¡Es un menguado!

ISELA. -Algo hay de eso.

MARQUÉS. -Todos los días está yendo a Nápoles... y no sabe darme señas de una persona que vive en la calle de Toledo...

ISELA. -¿Calle de Toledo?... Allí vivo yo... y conozco casi todo el barrio... Puede que yo os diera noticias..., si no tenéis reparo en decirme...

MARQUÉS. -No, no es ningún misterio: habéis de saber que yo habito, en compañía de mi tía, un castillo que se divisa desde aquí.

ISELA. -¿Aquel famoso castillo?

MARQUÉS. -Pues. Esperamos de un momento a otro una prima hermana mía que va a casarse, y somos sus padrinos... Hay que disponérselo todo: vestidos, adornos, ropa blanca; allí están ya las telas. Mi tía ha oído elogiar mucho a una costu..., a una joven artista en costura..., y se ha empeñado en que ella y no otra lo ha de hacer todo. Como no hay más remedio que darla gusto..., he tomado mi birlocho y voy a buscarla para que se venga a pasar tres meses al castillo, ganando lo que quiera..., mil ducados..., y más, si más me pide.

ISELA. -(Aparte.) ¡Mil ducados!... justito lo que yo necesitaba para el dote. ¡Hay mujeres con una suerte!... -¿Y el nombre, caballero, el nombre de esa artista?

MARQUÉS. -Un nombre muy bonito; se llama Is..., Is..., Is...

ISELA. -¿Isela tal vez?... ¿Junto a la fuente, número 6, cuarto entresuelo, persianas verdes?

MARQUÉS. -Justamente.

ISELA. -¡Jesús, qué casualidad!

MARQUÉS. -¿La conocéis? Entonces me haréis el gusto de decirme si efectivamente merece los elogios que se la prodigan.

ISELA. -Mi modestia no me lo permite, caballero..., porque..., porque... soy yo.

MARQUÉS. -¿Vos, señorita? ¡Vaya, vaya!

ISELA. -¡Cómo vaya, vaya!

MARQUÉS. -Señorita, mi tía es una persona de principios demasiado rígidos para que yo la vaya a llevar... así... la primera aventurera...

ISELA. -Aquí no hay aventurera que valga..., os digo que soy yo misma.

MARQUÉS. -¡Ya!... Vos lo decís..., lo decís..., pero es preciso pruebas; porque habéis de saber que lo que más nos ha decidido a preferir a esa Isela es el saber que goza una reputación...

ISELA. -¿Intacta?... ¡Pues sí, señor, esa soy yo; todo Nápoles me conoce, aunque me esté mal el decirlo, por la solidez de mis principios... y de mis puntadas.

MARQUÉS. -Veamos, Yo traigo señas individuales de la joven, y no puedo engañarme. En primer lugar, muy bonito cuerpo.

ISELA. -(Bajando los ojos.) A la vista está.

MARQUÉS. -Sí..., hasta ahora va bien. Una mano muy torneada y muy blanca.

ISELA. -(Alargándola.) Yo no sé...

MARQUÉS. -(Tomándola la mano.) Está conforme. Unos ojos expresivos.

ISELA. -(Echándole una mirada.) Vos lo diréis.

MARQUÉS. -Exacto..., exactísimo... Tiene además... (Va a darla un abrazo.)

ISELA. -¡Vaya..., si el registro ha de ser tan minucioso no acabaremos hoy!

MARQUÉS. -Es verdad; basta, basta. Me fío en vos... y cuento con que no abusaréis de mi credulidad...

ISELA. -Soy incapaz de ello.

MARQUÉS. -El caso es que os necesitamos hoy mismo, y... ya se ve..., vos con esa fama tendréis mucha obra entre manos y...

ISELA. -La verdad es que, gracias a Dios, no me falta que hacer... Ahora mismo iba a una quinta a coser por temporada...; pero si es tal vuestro compromiso...

MARQUÉS. -¡Oh, artista amable!... ¿Nos dais la preferencia?

ISELA. -Estoy a vuestras órdenes.

MARQUÉS. -(Aparte.) ¡Victoria! ¡Me la llevo a mi castillo!... ¡Que venga ahora el conde! -Pues vamos, vamos al instante.

ISELA. -Aguardad, despediré al calesero; le pagaré.

MARQUÉS. -No, no hay necesidad..., yo le buscaré, le pagaré por vos..., aquí tengo... (Saca un bolsillo, toma de él unas monedas y el resto se lo da a ella.) Guardaos esos cien ducados a cuenta...

ISELA. -(Aparte.) ¡Cien ducados!

MARQUÉS. -Y vamos, vamos..., el birlocho está enganchado...

Escena XVI

Dichos, EL CONDE.

CONDE. -(Restallando el látigo.) Patroncita, ¿qué es eso?, ¿adónde os largáis ahora? Vengo a deciros que las mulas están enganchadas.

ISELA. -Es que ya no os necesito.

CONDE. -¡Cómo que no me necesitáis! ¿Qué significa esto?

ISELA. -Esto significa que me voy con el señor.

CONDE. -(Aparte.) ¡Cómo diablos se habrá gobernado!... -¿Con el señor?... ¡Pues ya!

ISELA. -¡Cómo pues ya!

CONDE. -Lo dicho..., con un entremetido que me viene a camelar mis parroquianos.

ISELA. -¡Camelar!... ¡Ay, qué término tan de cuadra! El señor no es ningún entremetido..., es persona muy conocida..., es dueño de un castillo adonde voy yo con él.

MARQUÉS. -Y voluntariamente..., sin violencia: que lo diga ella misma.

ISELA. -Por supuesto. Y en su birlocho..., ¿lo oís?; en un birlocho donde no echaré los bofes como en vuestra calesa.

CONDE. -¡Bueno será el birlocho! En fin, es muy mal hecho venir a quitarle a un pobre sus parroquianos... y hacerle perder su viaje.

ISELA. -Eso no; os voy a pagar el viaje por entero.

MARQUÉS. -No, no; eso me toca a mí. ¿Cuánto se os debe?

CONDE. -(Aparte.) ¡Andad al infierno! -Señorita, eso no puede quedar así. Vos habéis ajustado el viaje..., y lo ajustado, ajustado; es preciso que hagáis el viaje.

ISELA. -¡Se ha visto cabeza más dura! ¿Pues no se os paga por entero?

CONDE. -(Con calor y en su tono natural.) Y el placer de estar a vuestro lado, de contemplaros, de admiraros..., ¿quién me lo paga?

ISELA. -(Sorprendida.) ¡Qué!... ¡Cómo!... ¡Qué lenguaje!...

CONDE. -(Aparte.) ¡Ay, que se me ha ido la mula! -Digo, patroncita, que nosotros miramos más la honra y el aquel... que no las monedas..., ¿estamos?... ¡Voto va bríos!

ISELA. -¡Ahora echa votos!... ¡Esa no cuela!... Aquí hay misterio... ¡Se ha turbado!... Vos no sois calesero... ¡Este hombre no es calesero!...

MARQUÉS. -(Aparte al conde.) Ya veis que yo no os he descubierto.

CONDE. -¡Cómo que no soy calesero!... Pues entonces ¿qué soy?

ISELA. -Eso es lo que yo quiero saber. Porque ya mi reputación está comprometida delante de este caballero..., que sospechará...

MARQUÉS. -¡Yo, señora!...

ISELA. -¡Responded..., responded, calesero equívoco! ¿Qué disfraz es ese?... ¿Sois acaso algún amante encubierto?

CONDE. -¡Un amante... yo!

ISELA. -¡Toma!, como de esos que he leído yo en las novelas.

MARQUÉS. -¡Yo no digo nada!

ISELA. -(Aparte.) ¡Se turba!... ¡Es un amante!... ¡Un amante que ha intentado un rapto! -Decid, decid, ¿quién sois?... ¿Cuáles son vuestros proyectos? ¿Tratabais de seducirme?

MARQUÉS. -(Con hipocresía.) ¡Oh! ¡No me atrevo a creerlo! -(Aparte al CONDE.) Si salís de esta, digo que...

CONDE. -(Con tono sentimental.) ¡Ah, señora!... ¡Qué error es el vuestro!... ¡Ah, si me conocierais..., cuánto os pesaría de haber alimentado esas injustas sospechas!...

ISELA. -Esas no son más que frases..., y yo quiero una respuesta categórica.

CONDE. -Pues bien: ya no es tiempo de fingir... Así que nos quedemos solos..., sin testigos...

ISELA. -¡Solos!... ¡Qué descaro!

MARQUÉS. -¡Inaudito!

ISELA. -¡Yo sola con él!... Es decir..., lo que se llama una entrevista...

MARQUÉS. -Justamente.

CONDE. -¡Señora, mi honor lo exige!

ISELA. -¡Eso es!... ¿Y el mío?

MARQUÉS. -Pues: el honor de esta señora...

CONDE. -No corre ningún riesgo. ¡Pero yo necesito justificarme a sus ojos..., necesito desvanecer injustas prevenciones..., y para declararla la verdad entera y desnuda..., para obtener su aprecio y su confianza, sólo la pido diez minutos de audiencia!

MARQUÉS. -(Aparte.) ¡Qué demonio de mentira habrá inventado!

ISELA. -¡Diez minutos!

CONDE. -Ni uno más.

ISELA. -¿Vais a hablarme de amor?

CONDE. -¡No, señora!

ISELA. -¡Yo apuesto a que sí!

CONDE. -¡Yo os juro que no!

ISELA. -¡Lo veremos! Bien entendido que si se os escapa una sola frase amorosa, llamo al instante al señor, cuya formalidad y sanas intenciones tengo muy conocidas.

MARQUÉS. -¡Oh, seguramente! Pero recordad que mi tía nos está esperando..., no podemos desperdiciar un día...

ISELA. -¡Diez minutos no más!

MARQUÉS. -Pero vais a exponer vuestro recato.

ISELA. -¡Oh, en diez minutos!... Veréis cómo lo confundo... Su turbación me dice que miente... Es un galán oculto..., me va a hacer una declaración... ¡Seguro!

MARQUÉS. -Razón más para huir de él.

ISELA. -¡Qué! ¡No hay miedo! Y vos estaréis ahí..., cerca de nosotros...

MARQUÉS. -¿Pero y si se propasa?...

ISELA. -Gritaré... ¡Oh! No sabéis quién soy yo... ¡Gritaré de lo lindo!

MARQUÉS. -(Aparte.) ¡Vamos!... Con tal que grite... (Sacando el reloj.) Conque diez minutos, ¿eh?... (Aparte.) No es mucho tiempo... -Pues Señor, convenido: me voy.

Escena XVII

EL CONDE, ISELA.

ISELA. -(Aparte, mientras EL CONDE va al foro.) Veremos los rodeos y las disculpas que emplea para atraerme... ¡Pero a buena parte viene!

CONDE. -(Viniendo hacia ella con exaltación.) ¡Al fin estamos solos!... ¡Ven..., ven a mis brazos!...

ISELA. -(Retrocediendo asustada.) ¡Qué es esto!... ¡Se ha vuelto loco!...

CONDE. -¡Ven..., ven a abrazarme!

ISELA. -¡Quieto..., quieto..., o doy voces!

CONDE. -¡Cómo!... ¿No te dice nada el corazón?...

ISELA. -¡Nada..., ni esto!...

CONDE. -¡Cielos! Qué..., ¿será una quimera la voz de la sangre?... ¡Esta joven no reconoce a su hermano!...

ISELA. -(Sorprendida.) ¿Vos... mi hermano?

CONDE. -¡Chist!... ¡Silencio!...

ISELA. -¡Mi hermano!... ¡Será posible!...

CONDE. -(Con calor y prisa.) ¡He aquí el secreto que no quería revelarte todavía, y que ahora deposito en el arcano de tu pecho! Proscrito y fugitivo de la corte por intrigas palaciegas y rivalidades de familia, he vivido desde mis tiernos años pobre y obscuro lejos de Nápoles. Muertos nuestros padres en el destierro, fuiste tú enviada a la corte al cuidado de una mujer mercenaria...

ISELA. -¿La tía Colasa?...

CONDE. -Justo. La tía Colasa. Con encargo de que te educase...

ISELA. -¿Para costurera?...

CONDE. -Eso es. Pero el horizonte se ha despejado..., la familia rival de la mía ha caído en desgracias... El rey, desengañado, pregunta ya por nosotros..., quiere volvernos el honor..., los títulos..., los inmensos bienes que perdimos..., ¡todo!... Pero el tesoro mayor para mí es una hermana adorada..., y esta hermana eres tú.

ISELA. -¡Yo!

CONDE. -¡Sí; tú!

ISELA. -¡Yo!

CONDE. -¡Hermana mía!...

ISELA. -¡Yo estoy en Babia!

CONDE. -Llego a Nápoles con este disfraz..., averiguo que todo es cierto... y me valgo de la estratagema que has visto para llevarte al castillo de nuestra familia y salir de allí juntos todos para la corte...

ISELA. -¡Por eso era vuestra prisa!

CONDE. -Y al venir a mi lado por el camino, ¿nada te revelaba este amor fraternal inspirado por la naturaleza?

ISELA. -¡Es verdad!... Os arrimabais tanto, que veníais pegadito a mí...

CONDE. -¡El amor fraternal!

ISELA. -Y al subir o bajar de la calesa, veníais a ayudarme, y yo sentía que me abrazabais...

CONDE. -¡Pues!... ¡El amor fraternal!

ISELA. -¡Dios mío!... ¡Conque sois mi hermano!... Pero yo que nunca he conocido padres..., decidme... ¿qué apellido es el de nuestra familia?

CONDE. -¿Quieres saberlo?

ISELA. -¡Sí, sí..., decídmelo!

CONDE. -¿No has oído nunca hablar..., no has leído en algún libro el nombre y las hazañas del famoso Héctor Fieramosca?

ISELA. -¿Fieramosca..., Fieramosca?... Sí, sí..., en una novela...

CONDE. -Pues ese es el nuestro, hermana: nuestra casa cuenta duques, príncipes, marqueses. Y yo soy ahora el conde Héctor de Fieramosca, descendiente y jefe de esa familia.

ISELA. -(Admirada.) ¡Un conde!

CONDE. -¡Sí!... Y aquí a tus ojos me despojo de este vil disfraz... y me presento tal como soy. (Quítase el capote y queda en su traje.)

ISELA. -(Loca de gozo.) ¡Un conde!... ¡Y yo condesa!... ¡Dios mío..., Dios mío!... ¿Qué es lo que me pasa?

CONDE. -¡Y nos tutearemos los dos!...

ISELA. -¡Tutearnos!...

CONDE. -¡Entre hermanos!...

ISELA. -Corriente..., si tú lo quieres...

CONDE. -¡Oh, colmo de felicidad!...

ISELA. -¿Conque soy condesa?

CONDE. -¡Sí!... Y en prueba de ello, recibe este anillo de brillantes que mi madre te legó a su muerte.

ISELA. -¡Ay! ¡Qué gordos!...

CONDE. -Vale mil ducados lo menos.

ISELA. -¡Yo estoy loca!... ¡Yo condesa..., yo con este anillo! ¡Ya estoy rabiando por contárselo a todo el mundo!...

CONDE. -¡Al contrario, hermana!... ¡Es necesario guardar sobre esto el más profundo secreto!

ISELA. -¿Por qué?

CONDE. -Porque nuestros rivales trabajan aún ocultamente en la corte..., y es preciso que se ignore nuestra llegada hasta que estemos en la misma presencia del rey.

ISELA. -¿Y yo también he de ir a palacio?... ¡Qué gusto! Iré con vestido de cola, ¿no es verdad?

CONDE. -Sí, de cola.

ISELA. -Yo me le haré para mí... ¡ya que he hecho tantos para otras!

CONDE. -Pero hasta entonces, júrame, hermana, guardar silencio...

ISELA. -No diré esta boca es mía.

CONDE. -¡Y dame un abrazo!...

ISELA. -¡Sí, sí!... (Se abrazan estrechamente.)

Escena XVIII

Dichos, EL MARQUÉS, JENARO, por distintos sitios.

MARQUÉS. -¡Qué veo!

JENARO. -¡Santo Dios!

CONDE. -(Sacando el reloj.) Diez minutos justos. Estoy en regla.

MARQUÉS. -¡Cómo, señora!...

ISELA. -Qué queréis..., yo...

CONDE. -(A ISELA.) ¡Silencio!

MARQUÉS. -¿Os ha dicho quién es?

ISELA. -Sí señor.

MARQUÉS. -Que es el conde Héctor...

ISELA. -(Con dignidad.) ¡De Fieramosca!

CONDE. -(Con calma.) Todo lo sabe ya.

MARQUÉS. -(Aparte.) ¡No poder yo saber lo que la ha dicho!

CONDE. -(A ISELA.) Voy a mandar que nos preparen un coche..., partiremos juntos..., y ahora mismo, ¿no es cierto?

ISELA. -Como tú dispongas.

MARQUÉS. -¡Y lo tutea!

JENARO. -(Tapándose los oídos.) ¡Quisiera estar sordo!...

CONDE. -(Llevándola de la mano a su cuarto.) Entretanto espérame en tu habitación..., aquí vendré a buscarte. (Llegando a la puerta.) ¡Ah, vuelve a mis brazos!

ISELA. -(Abrazándole.) ¡Con todo mi corazón!

MARQUÉS. -¡Y se abrazan!...

JENARO. -(Tapándose los ojos.) ¡Quisiera estar ciego!

ISELA. -(Mirando con cariño a JENARO.) ¡Y el pobre Jenaro!... (Éntrase en su cuarto.)

CONDE. -(Aparte al MARQUÉS, yéndose.) Carísimo marqués, si salís de esta, sois un héroe... Y os dejo el campo libre..., ya lo veis. ¡Ah!, ¡ah!, ¡ah! (Vase.)

MARQUÉS. -(Aparte.) ¡Pues señor..., estoy derrotado! No hay remedio..., me largo antes que lleguen los compañeros y me silben... Voy a mi cuarto por la capa..., y corro a unirme a la guardia. Por vida de... (Vase.)

Escena XIX

JENARO. Luego, ISELA.

JENARO. -¡Yo estoy soñando!... ¡Yo tengo pesadilla! ¡Lo he visto con mis ojos..., con mis propios ojos..., y aún no lo creo!...

ISELA. -(Aparte, entreabriendo la puerta.) ¡Él es!... ¡Está solo!... ¡Voy a consolarle..., a darle el último adiós!... ¡El ser condesa no quita...; al contrario..., mientras más señora... más sensible! (Acercándose.) ¡Jenaro!

JENARO. -¡Ella es!... -¡Dejadme!... ¡Os aborrezco!...

ISELA. -¡Ingrato!... ¡Yo que salgo de Nápoles pensando en ti..., yo que hago parar aquí la calesa sólo por verte!...

JENARO. -(Gozoso.) ¡De veras..., Isela mía!... Y yo pensaba... ¡Ah! ¡Soy un culpable..., soy un ingrato!... (Cambiando de tono y con rabia.) ¡Soy un borrico..., que ya me olvido de lo que acabo de ver!...

ISELA. -Lo que acabas de ver, Jenaro..., son metamorfosis...

JENARO. -¡Sí!... ¡Buenas metamorfosis!... Con un calavera que se toma libertades..., que sólo yo hasta ahora...

ISELA. -¡Chist!... No cuentes eso..., que ya soy condesa...

JENARO. -¿Tú?

ISELA. -¡Adiós!... ¡Ya se me escapó! Pero no importa... tú eres un muchacho callado, Jenaro... ¡No se lo cuentes a nadie!

JENARO. -¡Déjame en paz!... ¡Sí, condesa!... Te has tragado el anzuelo..., ya va casándose contigo el conde Héctor...

ISELA. -Por supuesto que no: ni aunque quisiera...

JENARO. -No serás más que su querida.

ISELA. -(Con dignidad.) ¿Qué es eso, Jenaro?... ¿Sabéis a quién habláis?... ¡Si no fuera porque es un secreto..., con una sola palabra os haría caer a mis pies!

JENARO. -¿Con una palabra?... ¡Pues ya!... ¡Ni con ciento!...

ISELA. -¡Incrédulo!... ¡Pues bien: yo no quiero perder contigo mi estimación! ¡Confúndete... y sabe...!

JENARO. -¿Qué?

Escena XX

Dichos, EL MARQUÉS.

MARQUÉS. -(Aparte, saliendo con la capa sin ser visto.) Vámonos de aquí.

ISELA. -¡Sabe, pues, que soy su hermana!

JENARO. -¿Su hermana?

MARQUÉS. -¡Su hermana!...

ISELA. -(Viendo al MARQUÉS.) ¡Adiós!... ¡Ya lo ha oído el otro: lo va a saber todo el mundo!

MARQUÉS. -(Aparte.) ¡Su hermana! ¡Quién diablos había de adivinar!... -¡Cómo, señora! Vos sois hermana del conde Héctor...

Escena XXI

Dichos, EL CONDE.

CONDE. -De Fieramosca. Sí, señor... Yo quería ocultarlo..., pero una vez que sabéis mi título..., permitid que os presente a mi hermana..., a la condesa mi hermana.

MARQUÉS. -(Saludándola profundamente.) ¡Señora condesa!...

ISELA. -(Con una reverencia.) ¡Caballero!...

JENARO. -¿Pero es esto posible?...

MARQUÉS. -¡Sí, amigo Jenaro, sí!... ¡Es la pura verdad! ¡Cómo, mi querido Héctor! ¿Esta señorita es aquella niña misteriosa... criada con tanto misterio... y cuya ausencia hemos llorado juntos tantas veces?...

CONDE. -Sí, mi querido Eduardo..., la misma... (Aparte al MARQUÉS.) ¡Así me gusta!... ¡Guerra legal!

MARQUÉS. -¡Ah, cuánto es mi gozo al verla en los brazos de su venerable hermano!... ¡Tanto más, cuanto que ese hallazgo es para mí más precioso aún que para vos!

CONDE. -¡Cómo!... ¡Qué!...

ISELA. -¿Qué queréis decir?

MARQUÉS. -Escuchadme..., escuchadme..., y os lo explicaré sucinta y verídicamente.

CONDE. -(Aparte.) ¡Habrá hallado este demonio una mentira más gorda que la mía!

MARQUÉS. -Ya os acordáis, carísimo conde, que nuestras dos familias de Fieramosca y de Rosental se hallaban unidas por los lazos de la amistad y de la política. Para estrecharlos más, resolvieron, cuando el nacimiento de esta señorita, poner en práctica el notorio privilegio concedido a las altas familias.

CONDE. -(Aparte.) ¿Adónde irá a parar?

MARQUÉS. -Se obtuvo la dispensa de Roma..., la autorización del rey..., y una noche ambas familias se reunieron en la gran capilla de vuestro palacio... Allí con magnífica pompa me llevaron a mí... Esta señorita no tenía más que veinte días..., estaba en su cuna... ¡Aún me parece que lo estoy viendo todo!... Pusieron su tierna mano entre la mía, y la bendición del prelado nos unió para siempre. ¡Ah, yo no tenía más que ocho años entonces..., y no podía apreciar el tesoro que se me entregaba! En fin, ya podéis acordaros..., teníais la misma edad que yo..., el matrimonio quedó hecho con todas las formalidades necesarias..., de modo que esta señora es mi esposa.

CONDE. -(Aparte.) ¡Su esposa!

ISELA. -¡Yo casada!

JENARO. -(Aparte.) ¡Sólo esto me faltaba!

MARQUÉS. -Pongo por testigo al conde... ¡a vuestro propio hermano!... Que hable... que declare la verdad... Estoy seguro de que no me desmentirá... (Mirando al conde.) ¿Eh?... ¿Supongo que no me desmentiréis?...

CONDE. -(Aparte.) ¡Maldito convenio! -¡Ciertamente, yo no puedo desmentirlo!...

MARQUÉS. -Ya lo oís... Él lo corrobora...

CONDE. -Pues bien..., para poderlo hacer constar..., es preciso que digáis dónde está el contrato de matrimonio que prueba que mi hermana es vuestra esposa.

MARQUÉS. -¿Dónde está?... A la vuelta de la fe de bautismo que prueba que mi esposa es vuestra hermana.

CONDE. -¡Eso es verdad!

MARQUÉS. -Ahora bien, marquesa de Rosental, seguid a vuestro esposo.

JENARO. -(Aparte.) ¡Dios mío!...

ISELA. -¡Yo marquesa!... ¡Yo marquesa!...

CONDE. -Dos palabras, marqués, dos palabras solamente.

MARQUÉS. -¿Qué queréis?

CONDE. -Vuestros derechos de esposo son tan sagrados como los míos de hermano.

MARQUÉS. -¡Esa es mucha verdad!

CONDE. -Y ya podéis conocer que la alta categoría de mi hermana, las leyes de la etiqueta... y sobre todo su pudor..., su pudor, que es la prenda que más sobresale en ella...

MARQUÉS. -Bien, ¿qué?

CONDE. -Todo esto exige que yo no os la entregue, sino en presencia de la familia reunida...

MARQUÉS. -Pero...

CONDE. -(Trayéndosela de la mano a su lado.) Así, pues, dentro de seis u ocho días os haré la entrega...

MARQUÉS. -(Aparte.) ¡Seis u ocho días!... A buen tiempo. -¡No, señor! ¡No consiento en eso!... (Trayéndosela de la mano.) ¡A mí me corresponde mandar!

CONDE. -(Ídem.) ¡Yo soy el jefe de la familia!

MARQUÉS. -(Ídem.) ¡Una esposa pertenece exclusivamente a su esposo!

CONDE. -(Ídem.) ¡Un hermano mayor tiene entero poder sobre su hermana!

MARQUÉS. -(Ídem.) ¡En nombre de la moral!...

CONDE. -(Ídem.) ¡En nombre del decoro!...

MARQUÉS. -(Con calor.) ¡Yo defenderé mis derechos!

CONDE. -(Ídem.)¡Yo defenderé los míos!...

MARQUÉS. -¡Ella ha de venir conmigo!...

CONDE. -¡No ha de venir sino conmigo!

MARQUÉS Y CONDE. -(Coléricos.) ¡Conmigo..., conmigo!...

ISELA. -(Poniéndose aterrada entre los dos.) ¡Dios eterno!... ¡Dos hermanos políticos!... ¡Ah! ¡Deteneos..., deteneos!...

MARQUÉS. -¡Pues bien..., que ella decida!...

CONDE. -¡Que decida!

ISELA. -(Mirando alternativamente a uno y a otro.) ¡Hermano!... ¡Esposo!... (Aparte.) ¡Qué compromiso! -¡Bien!... Yo seguiré...

MARQUÉS Y CONDE. -¿A cuál?

ISELA. -¡A mi esposo!

CONDE. -¡Cómo!

MARQUÉS. -(Tomándola del brazo. Aparte.) ¡Yo he ganado! -Vamos, vamos...

CONDE. -¡No lo permito!... ¡Señorita, obedeced a vuestro hermano!

ISELA. -¡No!... ¡Primero es mi esposo!... ¡Adiós!...

MARQUÉS. -Es verdad..., primero es el esposo..., vámonos... (Llevándosela.)

CONDE. -(Aparte.) ¡Y he de llevar yo la grita!... ¡No, voto al diablo!... La llevará él también. -Una vez que os empeñáis en seguirle..., quiero echarlo todo a rodar... Sabed...

MARQUÉS. -¡Conde!...

CONDE. -¡No hay conde que valga!... Sabed que todo es un farsa de ese señor..., que no es vuestro marido ni sueña en ello..., que es un individuo de la sociedad de los trece.

ISELA. -(Huyendo de él y echándose en brazos del CONDE.) ¡De los trece!... ¡Qué horror! ¡Ampárame, hermano mío!

MARQUÉS. -¡Qué es eso de hermano!... Puesto que se ha roto el convenio..., sabed también...

CONDE. -(Llevándosela.) ¡Vámonos, hermana!...

MARQUÉS. -Sabed que tampoco el señor es vuestro hermano como no sea por Adán..., y que es digno compañero mío en la sociedad de los trece.

ISELA. -(Huyendo de él.) ¡También él! ¡Pobre de mí!... ¡Dónde me refugiaré!...

JENARO. -(Abriéndola los brazos.) ¡Aquí..., aquí!...

ISELA. -(Echándose en sus brazos.) ¡Ah, mi Jenaro!...

CONDE. -¡Calla!... ¿Esas teníamos?

MARQUÉS. -¡Sí!... Este es el vencedor. Has triunfado de dos enemigos temibles, y tan heroica acción merece recompensa. Cuenta con los mil ducados de dote.

CONDE. -Cuenta con otros mil. Y la cena...

MARQUÉS. -No hay escape..., la pagaremos a medias.

CONDE.
Vuestro ingenio lo merece:

venid, venid a cenar.


MARQUÉS.
Y os aplaudirá a rabiar

la sociedad de los trece.


JENARO.
Por mí..., si a ti te parece...


ISELA.
¿Y qué hemos de hacer allí?

No: los aplausos a mí

no me gustan, en verdad,

sino de una sociedad.


CONDE Y MARQUÉS.
¿Cuál?


ISELA.

(Al público.)

La que se junta aquí.


Quiero ser cómico

Apropósito dramático

Personas



D. ROSENDO.
D. FLORENCIO.
D. EDUARDO.
D. DIMAS.
CONCHA.
RITA.

La escena es en Madrid en casa de D. ROSENDO.

Una sala. Muebles antiguos. Retratos de familia. Un árbol genealógico. A la derecha un canapé. A la izquierda una mesa.

Escena primera

CONCHA y RITA.

RITA. -Vamos, señorita, a mí no me venga usted con disimulos; desde ayer es usted otra: qué, ¿a mí se me escapan las cosas? ¡Aquella alegría, aquel reír, aquel charlar!..., y ahora siempre distraída, callada, taciturna; le preguntan a usted cualquiera cosa, no responde usted sino con monosílabos. ¿Qué le aflige a usted, señorita? Vamos, hable usted. ¡Ya sabe usted que las penas se alivian confiándolas..., vamos!

CONCHA. -¡Ay!

RITA. -Vaya, siga usted: un suspiro promete siempre una confianza.

CONCHA. -¡Ay, Rita!

RITA. -Adelante...

CONCHA. -Si tú supieras...

RITA. -Justamente es eso de lo que trato, de saber. ¡Por Dios! Cuénteme usted...

CONCHA. -¡Rita!... ¡Papá quiere casarme!...

RITA. -¡De veras! ¿Y eso la entristece a usted? Puede que sea usted la única en el mundo. ¿Y quién es el feliz mortal que le destinan a usted por esposo?

CONCHA. -¿No lo adivinas?

RITA. -No, señora.

CONCHA. -¡Mi primo!

RITA. -¡Su primo de usted, D. Florencio! Pues la doy a usted la enhorabuena. ¡Tendrá usted un excelente marido!

CONCHA. -¡Sí!...

RITA. -Buen muchacho, jovencito, que podrá usted educarlo a su modo, bonita figura..., aún tiene que crecer algo...

CONCHA. -¡Calla por Dios!...

RITA. -Qué, ¿no es verdad lo que digo?

CONCHA. -Sí, pero está medio loco; no piensa más que en comedias; ha tomado esa manía, y... ya ves tú qué traza aquella de marido, ni qué caso hará él de su mujer: siempre leyendo, estudiando versos. Vamos, ¡es una idea diabólica, Rita!...

RITA. -Eso es cierto. ¡Le ha cogido el diablo por ahí!... Y ¡cuidado si lo ha tomado con alma!... Desde que anda en eso de representar comedias, ni come ni duerme ni habla a derechas. ¡También su padre de usted no ha querido darle carrera..., nada! Verdad es que también el amo..., ¡ese es otro! Puede que si lo hubiera puesto a estudiar medicina, o leyes, o en fin, esas cosas a que se dedican los muchachos para tener una profesión, un modo de vivir, puede que entonces D. Florencio se hubiera olvidado de su manía de hacer comedias; pero el amo con sus ideas rancias, y su nobleza, y su árbol genealógico, todo le parece que va a empañar el lustre de esos pelucones... ¡Vaya! ¡Un médico en su familia! ¡Un abogado! ¡Qué vergüenza! Eso se queda para los plebeyos; así es que D. Florencio, viéndose con talento y sin ocupación, se ha entregado con sus cinco sentidos adonde su afición le llamaba.

CONCHA. -Ya le han contado a papá que hace comedias caseras..., y no le ha sabido bien.

RITA. -¡Ya lo creo!... ¡Como que eso al fin es hacer algo, y un noble no debe hacer nada!

CONCHA. -Le han dicho que se le encuentran todos los días por las calles con los bolsillos llenos de comedias y tragedias, hablando solo, sin ver a nadie, declamando siempre, y por el Retiro, por el Canal, a vueltas con Otelo y con Edipo...

RITA. -¡Y lo mismo en casa! Se encierra en su cuarto, y da unos gritos...

CONCHA. -Todos le tienen por loco.

RITA. -¡Y con razón! Me lo encuentro por esos pasillos; ni repara en mí, manoteando, poniendo unos ojos que parece que se le van a saltar. Se le pregunta si quiere el chocolate, y responde siempre:

«El chocolate no es más

que un despertador del hambre,

y un lavatorio de tripas...»4


¡Y todo esto distraído! Porque luego se lo entro y no deja una gota. Ayer le pregunté qué le parecía mi peineta de lazo, y agarrándome este brazo, que aún tengo el cardenal, me contestó hecho una furia:

«¡Si Edelmira me hiciera el menosprecio

de entregar la diadema a mi contrario...

infeliz..., infeliz!...»


CONCHA. -¡Pues ya ves! ¿Crees tú que una mujer puede ser feliz con él?

RITA. -¡Por supuesto! Como que la dejará en paz, sola, libre para hacer lo que la dé la gana.

CONCHA. -¡Ay, Rita! ¡Si supieras!... (Tocando un papel que lleva en el delantal.)

RITA. -¿Qué papel es ese?

CONCHA. -¡Nada, Rita!

RITA. -Por fortuna yo soy plebeya (Sacándola el papel.) y sé leer. «Gaceta extraordinaria... Ejército de Navarra...» ¡Ya, ya estoy al cabo!... ¡D. Eduardito..., el oficial amigo de D. Florencio!... ¡Cáspita, señorita..., qué constancia!...

CONCHA. -¡Sí, Rita, te lo confieso! Aunque conozco la manía de mi primo, yo le hago justicia: tiene talento, excelente carácter, buen fondo, y le quiero como a un hermano; pero ¡ah, qué diferencia!... ¡Eduardo! Eduardo posee mi corazón: siempre le he amado, y desde que he leído este papel..., ¡ay, Rita, mi alma no sosiega un instante!

RITA. -¿Pues qué dice este papel encantado?

CONCHA. -¡Lee, lee, Rita!

RITA. -Veamos, (Leyendo.) por aquí anda... «Tan completa victoria se debió al teniente de caballería D. Eduardo Guevara, que con solos ocho hombres cargó sobre el grueso de la facción, al grito de ¡viva la reina!, poniéndola en vergonzosa fuga, haciendo gran número de muertos y prisioneros y quedando herido de alguna gravedad...»

CONCHA. -¡Qué valiente!

RITA. -«Y S. M. se ha servido concederle el empleo de capitán efectivo y la cruz de San Fernando laureada, que se le pondrá al frente de banderas.»

CONCHA. -¡Si vieras cómo palpitó mi corazón al leer eso! ¡Cuántas lágrimas de entusiasmo he derramado sobre ese papel!

RITA. -Pero la herida...

CONCHA. -Sé que ha curado perfectamente, y que viene a Madrid a restablecerse.

RITA. -Pues ¡ea, señorita, esta es la ocasión! Si él la ama a usted, nunca mejor que ahora... ¡Y con una cruz!... ¡Ya sabe usted lo que eso vale para el amo!

CONCHA. -Soy tan desgraciada, Rita, que no me atrevo a esperar. ¡Y papá está tan encaprichado en que me he de casar con mi primo!... ¡Chist!...

Escena II

Dichas, D. ROSENDO y D. DIMAS.

DIMAS. -Sí, ya lo entiendo, no necesita usted incomodarse.

ROSENDO. -(Descolgando el árbol genealógico.) Quiero que se convenza usted; que no le quede la menor duda... Mire usted por la línea de varones: D. Aquilino Verdegay, mi tercer abuelo; éste fue alguacil mayor del Santo Oficio más de seis años. Cuarto abuelo, D. Alejandro Verdegay..., y aquí lo tiene usted. Quintoabuelo, D. Judas Verdegay, caballero del hábito de Alcántara. Ya ve usted, en esto se funda mi solicitud para que le den el hábito a mi sobrino.

DIMAS. -Es cosa corriente, y eso releva de pruebas.

ROSENDO. -¡Por supuesto! Debe estar despachado al momento.

DIMAS. -Si en mí solo consistiera, Sr. D. Rosendo, estaría concedido hoy mismo; yo he dado todos los documentos en orden, bien claritos; pero esa gente tan pesada, en no untando el carro...

ROSENDO. -Dos mil reales que le di a usted anteayer...

DIMAS. -¡Ya! ¿Pero sabe usted el papel sellado que ha habido que poner? ¿Lo que se ha escrito en dos días?

ROSENDO. -Bien; con tal que yo logre la cruz de Alcántara para mi sobrino, nada me importa gastar: ahora le daré a usted...

RITA. -(Aparte a CONCHA.) ¿Oye usted, señorita? Quiere darla a usted un marido cruzado...

CONCHA. -(Aparte a RITA.) ¡Calla!

ROSENDO. -¡Hola! ¿Estabas ahí? De cosas tuyas estaba tratando: voy a cruzar de Alcántara a Florencio antes de la boda. Aquí D. Dimas está haciendo las diligencias; y hoy mismo espero conseguirlo, ¿no es verdad?

DIMAS. -Es corriente: todo se quedará en casa, señora doña Conchita, hasta los apellidos; sus hijos de usted serán Verdegay y Verdegay.

ROSENDO. -¡Y la cruz de Alcántara, que es verde! ¡Hombre! ¿Si traerá su origen nuestro apellido Verdegay del verde de esa orden?

DIMAS. -Pudiera ser muy bien: yo registraré la heráldica.

RITA. -(Aparte a CONCHA.) ¡Ay, señorita, no se case usted!... ¡Se va a comer un burro la descendencia!

CONCHA. -(Aparte a RITA.) ¡Ay, Rita! ¿Ves qué empeñado está?

ROSENDO. -El gay es lo que no alcanzo qué origen...

RITA. -(Aparte a CONCHA.) Pues ánimo, señorita; ¡háblele usted claro!

DIMAS. -El gay... ¡Oh, el gay! Si usted leyera la heráldica, vería usted...

CONCHA. -(Aparte a RITA.) ¡No tengo valor! Si tú no me ayudas...

ROSENDO. -¡Oiga!... ¿Dice algo?

DIMAS. -¡Allí se explica..., pues!... El gay está puesto después del verde, para que diga Verdegay, que es su apellido de usted, ¡apellido nobilísimo..., antiquísimo!... Conque si me da usted esos cuartos, iré a activar...

ROSENDO. -Sí, sí; venga usted.

RITA. -(Aparte a CONCHA.) Yo le daré a usted pie. -¡Señor, señor!...

ROSENDO. -¿Qué hay?

RITA. -¿No ha leído usted la Gaceta extraordinaria?

ROSENDO. -No; pero ya me figuro lo que dirá.

RITA. -Habla de D. Eduardo Guevara, el amigo del señorito...

ROSENDO. -¡Hola! ¿Y qué ha hecho ese perillán?

RITA. -¡Una porción de hazañas! La reina le ha hecho capitán, y le ha dado la cruz de San Fernando laureada.

ROSENDO. -¡Ya!... ¡La cruz de San Fernando!... ¡Creación de hace veinte años! ¡En sabiendo dar sablazos, cualquier plebeyo la puede tener! ¡La cruz de Alcántara muestra nobleza de sangre!

CONCHA. -¡Más lo muestra la de San Fernando, papá! Pues ésa muestra que se ha derramado en el campo de batalla.

ROSENDO. -¡Qué entiende esa bachillera de cruces! Venga usted por esos cuartos... ¡Las ideas modernas!

Escena III

CONCHA y RITA.

CONCHA. -¿Lo ves, Rita? ¿Ves como no hay remedio? ¿Cómo no debo alimentar esperanzas, sino conformarme con la voluntad de mi padre, casarme con mi primo y ser infeliz?

RITA. -¡Muy decidido le veo! ¡Y yo que fundaba en la cruz de San Fernando todo mi plan!... ¡No sabía yo que hay cruces de cruces! Pero la peor cruz de todas es cargar con un marido que no se quiere; conque no nos acobardemos, y a tocar otro resorte. Si D. Eduardo hubiera llegado, podríamos, de acuerdo con él... ¡Pero así solas, aisladas, es un diantre!

CONCHA. -¡Y aunque llegue! ¿Sabes tú si será el mismo? ¿Si esos nuevos honores, que tanto llenan a los hombres, no le habrán hecho enfriar un amor que acaso dominaba su corazón a falta de otras sensaciones, y que puede haber cedido el puesto a la ambición, a la gloria militar? ¡Ah!

RITA. -Pues bien: de todos modos, saldríamos de la duda, y esto siempre vale más que sufrir como está usted sufriendo. Si la amaba a usted como antes, se la pediría al amo. ¿Negativa?... Depósito: ya es capitán: tenía usted viudedad.

FLORENCIO. -(Dentro, declamando.)«Insigne amigo del valiente Otelo.»

CONCHA. -¡Calla, por Dios! Ahí viene Florencio...

RITA. -Declamando: ¡buenas estamos para comedias! ¡Vámonos adentro, señorita!

CONCHA. -¡Cielos, aguarda!

Escena IV

Dichas, D. FLORENCIO y D. EDUARDO.

FLORENCIO. -

(Desde la puerta.)

«¡Ven, tú solo eres digno de contarnos

las brillantes hazañas y victorias

con que Otelo a Venecia ha libertado!»


CONCHA. -¡Él es!

RITA. -¡El Sr. D. Eduardo!

FLORENCIO. -¡El mismo que viste y calza!...

EDUARDO. -¡Hermosa Conchita! No creí tener el placer de volver a ver a usted.

CONCHA. -¡Ha dado usted un gran susto a sus amigos!... ¿Y está usted enteramente bueno?

EDUARDO. -¡No fue nada!... Una contusión...

FLORENCIO. -¡Cómo! ¡Pues qué!... ¿Has sido herido?

EDUARDO. -¡Hombre!... ¡Pues si he venido hasta la puerta de tu casa contándote la acción con pelos y señales!

FLORENCIO. -¿Qué acción?

EDUARDO. -¡Pues estamos frescos! ¿Conque no me oías?

FLORENCIO. -Sí..., te oía, pero no pude enterarme bien: traía la cabeza ocupada con...

CONCHA. -Con algún papel de comedia...

FLORENCIO. -Precisamente.

EDUARDO. -¿Conque la manía va cada vez peor?

CONCHA. -¡Incurable!

FLORENCIO. -

Figúrate que salí esta mañana, y a propósito no quise echarme en los bolsillos más que estas comedias: aquí ves; el Otelo, el Edipo, el Ricohombre, El sí de las niñas..., ésta la hacemos esta noche en nuestro teatro: yo hago el D. Carlos: ¡si vieras qué uniforme tengo tan bien hecho!, ¡con sus dos galones!, ¡su cruz de Alcántara! (Representando.) «¡Paquita!..., ¡vida mía!, ¡cómo va, hermosa!, ¡cómo va!» ¡Oh! Sale perfectamente. Pues señor, al caso: sálgome por la Puerta de Alcalá, y apenas me veo en el campo, desenvaino el Edipo y me pongo a declamar en alta voz, al aire libre, el acto cuarto..., ya te acordarás...

«¡Así, hijos míos!... ¡Coronad de flores

el ara antigua de los lares patrios,

como postrer ofrenda y sacrificio

del triste Edipo pronto a abandonarlos!»


EDUARDO. -¡Sí! Ya sabemos los versos.

FLORENCIO. -

¡Estaba hoy inspirado! ¡La plaza de toros se me figuraba el circo de Tebas! ¡La Puerta de Alcalá, el panteón de Layo! Iba yo declamando, sin hacer caso de los honrados valetudinarios que salen a pasearse por allí a aquellas horas, y que sin duda me tomaban por loco: ya estaba en lo más patético del acto, en aquello de...

«Sonó la voz del dios, y a mis oídos

llegaron con horror estos acentos:

¿quieres saber tu suerte?»

cuando una voz descomunal que gritó: «¡Florencio!...» me sacó del éxtasis trágico: desapareció de mi vista Tebas y el panteón y el palacio; pero en cambio me vi delante de mis ojos a mi querido Eduardo, que cansado de darme voces, se había apeado de la diligencia, y hacía cinco minutos que le tenía enfrente de mí, riéndose de mi dramática enajenación. Me arrojo en sus brazos, estrecho sobre mi corazón a mi mejor amigo, guardo el Edipo en el bolsillo, me dice que antes de todo quiere venir a hacerte una visita, echamos a andar del brazo, él empieza a hacerme la narración de lo que le ha pasado en Navarra...; pero los muros de Tebas vuelven a alzarse en mi imaginación, y por desgracia nada le he oído, pues hasta que llegamos aquí vine continuando entre dientes el acto cuarto de Edipo.


CONCHA. -¡Hombre! ¡Qué desatención!

FLORENCIO. -¡Tienes razón, prima! ¡Pero mi buen Eduardo me perdonará! ¡Qué quieres, amigo mío! ¡No lo puedo remediar! ¡Me voy a pájaros al momento, sin querer!

EDUARDO. -¡Qué tontería! ¡Conmigo puedes hacer lo que quieras! ¡Y digo, como si esto fuera nuevo para mí! Hace años que estoy acostumbrado a verte con esa manía. Pero a ver si por un rato puedes dejar la declamación, y atender. Tú habrás extrañado que desde la misma diligencia haya querido venir aquí... Voy a abrir mi corazón, y quiero que tú me oigas, porque cuento contigo...

RITA. -(Aparte a CONCHA.) ¡Señorita!

CONCHA. -(Aparte a RITA.) ¡Rita!

EDUARDO. -Es decir, en el caso de que ciertas cosas no hayan variado en mi ausencia (Mirando a CONCHA.)

RITA. -Todo está como usted lo dejó, Sr. D. Eduardo.

EDUARDO. -¿De veras, Rita? ¿Me lo aseguras tú?

CONCHA. -(Aparte a RITA.) ¡Qué está Florencio delante!

RITA. -¡Sí, señor! (Con intención.) ¡Aquel amor... del señorito a la declamación, lejos de entibiarse, se ha aumentado! ¡Se ha hecho una pasión!

CONCHA. -(Aparte a RITA.) ¡Rita!

RITA. -¿No lo está usted viendo? ¡Es un frenesí, un delirio!

EDUARDO. -(¡Cielos! ¿Qué querrá darme a entender?)

FLORENCIO. -¡No lo niego! ¡Es la pasión de mi vida!

CONCHA. -¿Y en Navarra, se ha guardado fidelidad?

EDUARDO. -(Con intención.) ¡Ah, Conchita! ¡Todos han permanecido fieles... a su juramento! ¡Ninguno ha apartado de su memoria la imagen... de su reina adorada!...

FLORENCIO. -

¡Ah, valientes!

«Juremos por ella

vencer o morir!»

(Desde este momento se distrae, y empieza a declamar para sí, sin oír nada de cuanto se habla.)


RITA. -(Aparte a CONCHA.) Aplíquese usted, señorita.

EDUARDO. -En fin, no sé por qué hemos de gastar misterios, Conchita, cuando me lisonjeo de que estamos acordes en nuestros mutuos sentimientos, y cuando Rita y Florencio, lejos de ser obstáculos a esta aclaración...

CONCHA. -¡Eduardo!

EDUARDO. -Sí, Concha mía, estoy decidido, y cuento con la cooperación de estos dos amables aliados, si fuese necesario, para lograr el fin de nuestro amor.

CONCHA. -¿Qué dice usted?

RITA. -(Aparte a CONCHA.) ¡No hay miedo, señorita; mírelo usted! ¡Nada oye: se ha vuelto a marchar a Tebas!

EDUARDO. -¿No es cierto, Florencio?

FLORENCIO. -(Distraído.) ¡Sí, sí, positivamente! Sigue, sigue: te estoy atendiendo.(Sigue declamando.)

CONCHA. -(Azorada.) ¡No hay para qué... en este momento! Ya hablaremos de eso...

EDUARDO. -¡No, ahora mismo! ¡Harto tiempo he sufrido, Conchita, sin poder aspirar a esa mano, que es lo único que ambiciono en el mundo! ¡Ansiaba una ocasión en que poder morir, o colocarme en un rango que me autorizara a pedir su mano de usted sin que pareciera temeridad, y esta dulce esperanza alentaba mi corazón y esforzaba mi brazo cuando me vi cercado de las lanzas de los facciosos: su imagen de usted estaba delante de mis ojos: por usted peleaba: por usted conseguí aquella victoria; y al ver correr la sangre de mi herida... ¡Dios eterno!, exclamé lleno de placer, ¡ya he ganado la mano de mi adorada Concha!

CONCHA. -¡Pero Eduardo! ¡Por Dios!

RITA. -¡Nada! ¡No tema usted! Sigue en Tebas, sin novedad.

EDUARDO. -¡Apenas convaleciente, corro a Madrid, y... ya lo ve usted, desde la misma diligencia vengo aquí a esperar que sus labios de usted decidan mi suerte!

CONCHA. -¡Eduardo! ¿Qué quiere usted que yo le diga? ¿Puedo acaso disponer de mí?

EDUARDO. -¡Pero su corazón de usted!...

CONCHA. -¿No le ha dicho a usted Rita ya que todo estaba como usted lo dejó?...

RITA. -De que doy fe.

EDUARDO. -¡Eso me basta para ser el más feliz de la tierra!

CONCHA. -¡Ojalá bastara, Eduardo!

EDUARDO. -¡Cómo!

RITA. -¡Hay un cuerpo extraño por medio!

EDUARDO. -¿Quién?...

RITA. -(Señalando a FLORENCIO.) ¡Chist! ¡Edipo!

EDUARDO. -¡Es posible!

CONCHA. -No, Eduardo; Florencio no piensa en mí, ni siquiera sospecha. ¡Es papá el que se empeña; me lo ha dicho terminantemente! Ya conoce usted sus ideas, sus preocupaciones...

RITA. -Se ha empeñado en que sus nietos sean Verdegay y más Verdegay.

CONCHA. -¡Rita!

RITA. -¡Eso es una monotonía! ¡Cuánto más bonito sería... Guevara y Verdegay! ¿He dicho algo?

CONCHA. -¡Rita!

EDUARDO. -¡Nada me acobarda! Puesto que no hago traición a la amistad, pues Florencio nada sabe, yo, yo mismo hablaré a su papá de usted, no omitiré medio alguno: le pintaré nuestro amor, me echaré a sus pies si es necesario, los bañaré con mis lágrimas...

CONCHA. -¡Querido Eduardo!

EDUARDO. -¡Sí, Concha mía! (Echándose a sus pies.) ¡Esa mirada me da derecho a todo! Yo le suplicaré, yo le diré: ¡Señor, piedad!

FLORENCIO. -(En la actitud que marca el quinto acto de Edipo.)«¡Maldito seas!...»

CONCHA Y RITA. -(Dando un grito.) ¡Ah!

EDUARDO. -(Levantándose rápidamente.) ¿Qué es eso?

FLORENCIO. -¡Nada, nada: sigue, sigue adelante: no hagas aso: estaba en el acto quinto de Edipo: aquel Maldito seas!...

RITA. -(¡Maldito seas! ¡El susto que me has dado!)

FLORENCIO. -Pero no importa: tú no hablabas ahora conmigo, ¿no es verdad?

EDUARDO. -(Riendo.) ¡No, seguramente!

FLORENCIO. -Ya lo conocí..., por eso me había puesto a declamar...

RITA. -(¡Sí, declama, declama, mientras te están soplando la novia en tus hocicos!)

FLORENCIO. -Pero algo he oído...

RITA. -¿De qué?

FLORENCIO. -Del combate con los facciosos. ¿No era eso lo que estaba contando?

RITA. -¡Cabalito!

CONCHA. -Sí, eso, eso. Eduardo, adiós: me ha causado mucho placer lo que usted me ha referido..., el combate con los facciosos..., y deseo que en todo lo que usted emprenda salga con tanta felicidad como hasta aquí.

FLORENCIO. -¡Por supuesto que saldrá! ¡Valen poco sus enemigos!

RITA. -Señorito, creo que no valen mucho. (Aparte a EDUARDO.) No se descuide usted en hablar al viejo.

Escena V

D. FLORENCIO y D. EDUARDO.

EDUARIDO. -(Sí, ahora mismo: estoy decidido; pues qué, ¿en el día no puedo ya con dos charreteras pedir la mano de una señorita?)

FLORENCIO. -¿Qué es eso? ¿Estás estudiando también algún papel?

EDUARDO. -¡No, hombre!

FLORENCIO. -¿O te has enfadado porque no atendía?

EDUARDO. -Al contrario. ¿Pero de veras, nada has oído?

FLORENCIO. -¡La verdad, estaba tan distraído con el Edipo, que ni esto!

EDUARDO. -¿Conque eso ya es estar loco?

FLORENCIO. -¡Hombre, no! Tú, que te has criado conmigo, que has pasado tu juventud a mi lado, que has visto nacer en mí esta pasión y crecer de día en día, ¿puedes preguntármelo? ¿No te acuerdas del colegio de San Mateo? Me pusisteis el Trágico, porque siempre estaba declamando y disponiendo comedias. ¡Aquel D. Juan Alegría, nuestro inspector, buenos plantones me hacía pasar! ¡Ya se ve! ¡Yo siempre llevaba comedias a la sala de estudio, y el maldito siempre me las pillaba!

EDUARDO. -Sí: bien me acuerdo de todo aquello; pero en tantos años ¿no has perdido la afición?

FLORENCIO. -¿Perderla? ¡Cada vez más fuerte! ¡Es mi delicia; mi único placer: es una pasión ciega que me domina! ¡En fin, Eduardo, de tal modo se ha apoderado de mí, que mi alma no sueña otra ambición que la gloria escénica! Desde que se estableció la clase de Declamación en el Conservatorio de Cristina, he asistido constantemente a ella sin que lo sepa mi tío. ¡Allí he recibido las lecciones de mi maestro, que es cómico también, y no por eso ha dejado de ser caballero, pues la delicadeza de sus modales, su fina educación, su irreprensible conducta le han conservado siempre el aprecio público!5 Esto ha desvanecido en mí la única repugnancia que me quedaba hacia el teatro, el temor que algunos me inspiraban de verme aislado de la culta sociedad. ¡Ya no dudo, Eduardo! Quiero despreciar las preocupaciones, quiero atropellar toda consideración, quiero arrostrar todo obstáculo, ¡quiero ser cómico!

EDUARDO. -¡Florencio!

FLORENCIO. -Ya está hecha mi solicitud, y hoy mismo espero el permiso.

EDUARDO. -Florencio, ¿qué has hecho? ¿Sabes el disgusto que vas a dar a tu tío? ¿No conoces sus ideas?

FLORENCIO. -Mira. (Mostrando el árbol genealógico que quedó en la mesa.) ¡Mi tercer abuelo fue alguacil mayor del Santo Oficio: la posteridad de España regenerada señalará aquí con más honor a un cómico de mérito que a un tostador de sus semejantes!

EDUARDO. -Ya. ¡Tú te contentas con la vida póstuma, con la inmortalidad! Pero Florencio, ¿y si no la consigues?

FLORENCIO. -

Si no la consigo, me bastará la satisfacción de haber intentado conquistarla. ¿Te acuerdas del Mardoqueo?

...............«¡Sólo es delito

el podrirse en el ocio, el corromperse

entre seda y placer, y no elevarse

sobre la turba perezosa y torpe

de los demás mortales!»6


EDUARDO. -¡Pero tu tío te abandonará de seguro!

FLORENCIO. -¿Y qué? ¡Viviré de mi talento, y tendré esa gloria más! ¿No vive el médico de sus visitas, el abogado de sus pleitos? Desengáñate, Eduardo, bien sé que aún queda un resto de preocupación en el vulgo ignorante. Pero las personas ilustradas piensan ya de otro modo que se pensaba en tiempo de mi tercer abuelo el alguacil mayor, y honran la carrera escénica como el más bello adorno de una nación culta. ¡Sí, Eduardo, y la hora de la ilustración ha sonado ya para España con la hora de la libertad! ¡Siempre van juntas!

EDUARDO. -No lo niego; pero también en otras carreras podías con tu talento adquirir laureles.

FLORENCIO. -

¿Y son menos dignos los del teatro?

«¡El mundo comedia es;

y los que ciñen laureles

hacen primeros papeles...

y a veces el entremés!»


EDUARDO. -(¡Esto es hecho! Nada debe detenerme.) Florencio, voy a ver a tu tío, a saludarlo un momento.

FLORENCIO. -Anda con Dios; pero cuidado con que le digas...

EDUARDO. -¡Ni una palabra! Luego iré a buscarte a tu cuarto.

Escena VI

D. FLORENCIO.

FLORENCIO. -¡El buen Eduardo! ¡Siempre nos hemos querido tanto! ¡Y también condena mi determinación! ¡Un joven, un joven ilustrado! ¡Cuánto se arraigan las preocupaciones! ¡Se transmiten de generación en generación! ¡Se maman con la leche! ¡Si yo, yo mismo hay momentos en que casi vacilo; pero si he de decir la verdad, no es esa bárbara preocupación la que me hace a veces titubear, no! De algún tiempo a esta parte he sentido nacer en mi corazón cierto deseo, cierta necesidad de agradar a un objeto..., ¡es cosa rara! Viviendo a su lado tantos años, siempre la había mirado con indiferencia, y ahora..., yo no sé, acaso la edad, el trato... ¡Ah, Concha! ¡Ah, prima mía! ¡Tú eres el único objeto capaz de rivalizar en mi alma con el amor de la gloria teatral! Yo nunca se lo he manifestado, nunca le he dicho una palabra. ¡Ya se ve! ¡Con los ensayos y el estudio de mis papeles, tampoco he tenido tiempo, y casi me alegro! Porque si no me hubiera correspondido, mi alma es impetuosa, ardiente: ama y aborrece con extremo: una alma hecha de encargo para cómico; ¡y acaso una fatal pasión me hubiera hecho infeliz! ¡Ahora mismo, cuando me imagino verme aplaudido, celebrado, siempre su imagen se mezcla a mis triunfos, siempre se me ocurre que ella me oirá, y me aplaudirá también, y se envanecerá tal vez con mis glorias! Y quién sabe si entonces podré aspirar mejor que ahora... El corazón de la mujer es tan susceptible de entusiasmo, tan sensible a la gloria... ¡Si yo llego a adquirir un nombre!... ¡Talma! ¡Garrik! ¡Máiquez! ¡Qué mujer no desearía que su nombre, unido al de uno de estos genios, retumbase en la posteridad mejor que en un rincón de la Guía de forasteros! ¡Ah! ¡Este nuevo rayo de esperanza hace palpitar de gozo mi corazón! ¡El amor! ¡La gloria! Entonces, ¿quién más feliz que yo? ¡Fuera dudas: me avergüenzo de haberlas alimentado un momento! ¡Estoy decidido! ¡Quiero ser cómico! Haré mi salida..., ¿con qué? ¡Esta figurilla de lechuguino es un diantre para la tragedia! Sólo a fuerza de mérito se puede hacer prescindir... ¡El célebre Lckain era contrahecho, ridículo, y hacía temblar a los espectadores! ¡Qué arte! ¡Qué arte tan difícil! Empezaré por el género cómico, por ejemplo, el D. Martín de la Marcela: probemos.

«¡Malditos sean

sus sinónimos eternos!

Hay hombres de los infiernos

que cuando hablan aporrean.

No acabara en quince días

a no hacerle yo acostar;

y vuelta a su palomar;

y torna a sus profecías;

y retorna al nacimiento...

¡Digo! ¡Pues tenía traza

de dejarme meter baza!

¡Oh, qué hablador tan sangriento!

Aquello era por demás.

Hija, ¡qué nube! ¡Qué nube!

Intención mil veces tuve

de enviarle a Satanás.

No lo puedo resistir:

me desesperan, me endiablan

esos que hablan, y hablan, y hablan

sin respirar ni escupir.

Sirve en mi cuerpo un alférez

que es hablador furibundo,

y se llama D. Facundo

Valentín Pérez y Pérez.

No hay poder hablar con él.

¡Sí, sí, facilito es eso!

En soltando la sin hueso

a ninguno da cuartel.

Un día se puso a hablar

conmigo: yo le quería

interrumpir. ¡Bobería!

Sintió que iba a estornudar.

En tan crítico momento,

¿qué hace? La boca me tapa,

el estornudo se escapa,

y prosigue con su cuento.

¡Digo! Esto es ser hablador.

Pues con tanta algarabía,

por cartujo pasaría

al lado de ese señor.

Es mucha, mucha crueldad.

¡Válgame Dios, qué carcoma!

No lo tome usted a broma:

eso es una enfermedad.

Vamos; aún me dan sudores.

¡Qué suplicio! ¡Qué agonía!

¡Jesús! ¡Mala pulmonía

en todos los habladores!»


(Pensativo.) ¡Qué sé yo! No me satisface. ¡Si yo llegara a crear uno de aquellos grandes caracteres históricos! ¡Uno de aquellos personajes colosales... D. Pedro el Cruel, en el sublime drama de nuestro inmortal Moreto! ¡La escena con el Rico-hombre, la de las cabezadas! ¡Si tuviera aquí alguno que me hiciese la figura! ¡Si viniera Eduardo! Aunque fuese el aguador; nada más que para la ilusión. (Mirando adentro.) ¡Oh! ¡Magnífico! ¡Magnífico! (Éntrase corriendo por la puerta izquierda, y sale con un molde alto de pelucas, donde está puesta la de D. ROSENDO.) Ya tengo al Rico-hombre: la peluca de mi tío. (Coloca el molde y se dirige a los retratos.) ¡Progenie ilustre, nobles Verdegays, cerrad los ojos por no ver esta profanación! (Declama dirigiéndose a la peluca.)

«En fin, ¿vos sois en la villa

quien al mismo rey no da

dentro de su casa silla?

¿El Ricohombre de Alcalá

es más que el rey en Castilla?

¿Vos, quien, como llegué a vello,

partís mi cetro entre dos,

pues nunca mi firma o sello

se obedece sin que vos

deis licencia para ello?

¿Vos, quien vive tan en sí

que su gusto es ley, y al vellas,

no hay honor seguro aquí

ni en casadas ni en doncellas;

esto lo aprendéis de mí?

¡Vos, en fin, quien en mi ausencia,

ajando la autoridad

que ejerzo, con insolencia

pensáis que en vuestra presencia

temblará la majestad!

Pues entended que el valor

sobra en el brazo del rey,

pues sin ira ni rigor

corta para dar temor

con la espada de la ley.

Y si vuestra demasía

piensa que hará oposición

a su impulso, mal se fía,

que al herir de la razón

no resiste la osadía.

Para el rey nadie es valiente;

ni a su espada la malicia

logra defensa que intente:

que el golpe de la justicia

no se ve hasta que se siente.

Esto sabed, ya que no

os lo ha enseñado la ley

que vuestro error despreció;

y que después de ser rey,

soy el rey D. Pedro yo.

¡Y si a la alteza pudiera

quitar el violento efecto,

cuyo respeto os altera,

y mi persona en vos hiciera

lo mismo que mi respeto!

Pero ya que desnudar

no me puedo el ser de rey,

por llegároslo a mostrar,

y que os he de castigar

con la espada de la ley.

¡Yo os dejaré tan mi amigo,

que no darme cuchilladas

queráis, y si lo consigo,

a cuenta de aquel castigo

tomad estas cabezadas!»


(Le da las cabezadas, y la arroja al suelo a tiempo que sale RITA.)

Escena VII

D. FLORENCIO y RITA.

RITA. -(Asustada.) ¡San Francisco!... ¡Por poco me rompe una pierna! Señorito, ¿qué es eso?

FLORENCIO. -

(Declamando.)

«El rico-hombre de Alcalá

a los pies del rey D. Pedro.»


RITA. -¡Jesús! ¡La peluca del amo! ¡Está usted endiablado! (La levanta.)

FLORENCIO. -Si hubieras venido antes, me hubieras hecho de rico-hombre.

RITA. -¡Gracias! (La mete dentro.)

FLORENCIO. -Aguarda, aguarda: ya que estás aquí...

RITA. -Y el Sr. D. Eduardo ¿se ha marchado ya?

FLORENCIO. -No; ha entrado a ver al tío.

RITA. -(¡Mucho dura la sesión! ¡Y la señorita está tan impaciente! ¡Mucho me temo que saque lo que el negro del sermón!)

FLORENCIO. -Quiero ensayarme en el género trágico: ésta puede hacerme la figura. -Mira, Rita, ya que has venido, vas a hacerme un favor.

RITA. -¿Cuál?

FLORENCIO. -(Registrándose los bolsillos.) Toma, no: esta no, esta tampoco: esta otra... no, no... esta: no, tampoco.

RITA. -¿En qué quedamos?

FLORENCIO. -«Otelo...» ¡Esta, ésta! Toma.

RITA. -¿Y para qué?

FLORENCIO. -¡Tómala, mujer!

RITA. -¿Y qué he de hacer con esto?

FLORENCIO. -Darme el pie.

RITA. -¡El pie!... Qué, ¿se va usted a meter ahora a zapatero?

FLORENCIO. -Calla, tonta; que me des el último verso, para que yo siga.

RITA. -¡Ay, Dios mío! Yo no entiendo...

FLORENCIO. -¿No sabes leer?

RITA. -De corrido.

FLORENCIO. -Pues bien: ¿no conoces el Otelo?

RITA. -¿Alguna comedia?

FLORENCIO. -Tragedia, mujer, de Shakespeare.

RITA. -¡Ah, qué nombres!

FLORENCIO. -Un moro que entra en la alcoba de su querida cuando está durmiendo y la mata por celos, y luego se mata él.

RITA. -¡Oh! Debe ser muy bonito en comedia.

FLORENCIO. -Vas a hacerme de Edelmira.

RITA. -¿Es la que está durmiendo?

FLORENCIO. -Sí.

RITA. -¡Entonces no equivocaré el papel!

FLORENCIO. -(Le busca la escena.) Esta es la escena: vas leyendo, y cuando habla Edelmira, lo lees. A propósito, aquí está el sofá: échate aquí.

RITA. -¡Vaya en gracia! (No viene esto mal: así veré a D. Eduardo cuando salga.)

FLORENCIO. -¡Vamos! (La coloca en el sofá.) Ten cuidado con los versos, y cierra los ojos.

RITA. -Entonces, ¿cómo he de leer?

FLORENCIO. -

Tienes razón. ¡Oh! ¡Aquí hay un chal de mi prima! ¡Perfectamente! (Se lo pone de alquicel.) ¡Y el palillo de la calceta! Ya soy Otelo. ¡Cuidado no te distraigas! (Éntrase dentro, y hace la salida de la escena IV del acto quinto de Otelo.)

.......«Sí: lo prometo.

Sí: mi furor acaso me arrastrara

a un exceso; yo quiero refrenarme.

¡No! ¡Tú no morirás!...»


RITA. -¡Dios le oiga a usted!

FLORENCIO. -

¡Calla!

.......«¡Cuánto realzan

su hermosura estas lúgubres antorchas!

-Para resucitar la mortal llama

de esta luz, al instante nuevo fuego

podría yo encontrar; mas si apagara

esa llama que anima su existencia,

¿me sería imposible el avivarla?»

(Pausa.)

Da un suspiro ahora.


RITA. -(Suspirando débilmente.) ¡Ah!

FLORENCIO. -Más fuerte, que lo he de oír yo.

RITA. -(Dando un suspiro muy esforzado.) ¡Ay!

FLORENCIO. -

(Declamando.)

«¡Con qué pureza respirar la siento!

¡Qué poderoso hechizo es el que arrastra

mi persona a la suya con tal fuerza!

A pesar de tu culpa, mira, ingrata,

la sangre que circula por mis venas

aun gustoso por ti la derramara.»


RITA. -¿Qué es eso, me va usted a matar ya?

FLORENCIO. -¡Calla, diablo!

RITA. -Es que usted se entusiasma tanto, que no sea...

FLORENCIO. -

¡Todavía no!

«¿Y por qué he de oprimir con su delito

a la infame perjura que me engaña?

¡Mi mal es cierto; mis oprobios veo!

Los olvido... ¡Muramos sin tardanzal»

(Pausa.)

¡Vamos, lee!


RITA. -¡Ah! Ahora me toca a mí... (Leyendo sin sentido.)

«O Dios, quién es, quién sois. ¿Sois vos, Otelo?»

FLORENCIO. -Jesús, ¡qué horror! Con sentido, y te levantas: así..., con ciertos ademanes, como quien se despierta de dormir: vamos.

RITA. -(Se levanta esperezándose y dice bostezando.)«¡Oh Dios! ¿Quién es? ¿Quién sois? ¿Sois vos, Otelo?»

FLORENCIO. -(Declamando.)«¡Yo soy, no os inquieteis!»

RITA. -(Leyendo.)«¿Pero qué cansa?...»

FLORENCIO. - (Impaciente.) ¡Qué causa, mujer!

RITA. -

¡Parece una ene!

«¿Pero qué causa,

perdonad mi sorpresa, os ha obligado

a venir a estas horas a mi estancia?»


FLORENCIO. -Calla, calla por Dios; que eres capaz de quitar la ilusión al león del Retiro. (Quitándole la tragedia.)

RITA. -¡Pues yo no soy cómica!

FLORENCIO. -Has dicho eso, lo mismo que dirías: «Señorita, ¿quiere usted que le ponga los papillotes?»

RITA. -¡Pues, así, con naturalidad!

FLORENCIO. -

¡Calla, calla! No hables tú nada: estate ahí quieta.

............«No: ¡te engañas!

De Loredano a Pésaro mi amigo

la diadema llegó... pero arrancada

del cuerpo miserable de ese joven

que tendido en el suelo se quedaba,

revolcado en su sangre torpe, impura...

¡Por mil heridas vomitando el alma!

-¡Ha muerto, ha muerto! -¡Y tú su muerte lloras!

-¡Cielos, qué oigo! -¡Lástima te causan

su juventud, sus gracias lisonjeras!

-¡Era inocente, sí! -¡Mira esta arma! -


RITA. -(Quejándose.) ¡Ay, ay, ay!

FLORENCIO.-
«¡Sí; pero yo defiendo la inocencia

aunque tu injusto acero me amenaza!

-¡La inocencia!...»

(Sacudiéndola fuertemente.)


RITA. -¡Ay, ay, que me hace usted mal!

FLORENCIO. -

¡Calla, tonta!

«¡Lo juro, sí, lo juro

por el ser protector que nos ampara.»


RITA. -¡Caramba, suelte usted, suelte usted!

FLORENCIO. -«Lo juro por mi amor, y por ti mismo.»

RITA. -¡Ay, ay, que me lastima usted el brazo!

FLORENCIO. -«¡Tu sangriento puñal no me acobarda!»

RITA. -¡Ay, ay, ay!

FLORENCIO. -«¡No!... ¡Pues muere!...»(La hiere con el palillo, arrojándola sobre el sofá. RITA, asustada, cae dando chillidos.)

RITA. -¡Ay, ay, ay!

FLORENCIO.-
«¡Está bien hecho

lo que acabo de hacer con esta ingrata!»


EscenaVIII

Dichos y D. DIMAS.

DIMAS. -(Creyendo que ríen.) ¡Señores, señores, paz!

FLORENCIO. -(Declamando.)«¿Quién viene?»

DIMAS. -¡Sr. D. Florencio, crea usted que la muchacha no ha tenido parte en nada; y no tema usted! El Sr. D. Rosendo, delante de mí, le ha dicho al otro que usted, y nadie más, ha de ser su esposo.

RITA. -(¡Ay, Dios mío, bien lo temía yo!)

FLORENCIO. -(Declamando, sin atender.)«¿Qué me habéis dicho?»

DIMAS. -Que no tiene usted que regañar a la muchacha, porque ella no se ha metido en nada. (Dirigiéndose a RITA aparte.) ¡Anda, escápate!

FLORENCIO. -(Interponiéndose.)«¡Ahora duerme! ¡Dejadla que repose!...»

DIMAS. -¡Cómo! ¿Quién duerme?

FLORENCIO. -

«¡Su hechizo, su virtud y su amor!...»

DIMAS. -¡Sí, señor! Usted solo será quien lo goce. (Casi a un tiempo los tres, en todo el diálogo siguiente.)

FLORENCIO.-
«¡Ya Dios se apiada!...

(Dirigiéndose a RITA, y agarrándola las manos.)

y me la volverá... muerta!»


RITA. -¡Ay, ay!

DIMAS. -(Deteniéndolo.) ¡Sr. D. Florencio! ¡Por Dios, que no tiene la culpa!

FLORENCIO. - «¡Ya murió! ¡Yo he abierto su sepulcro!»

DIMAS. -Crea usted que no se ha metido en nada.

FLORENCIO. -(Queriendo abrazarla)«¡Víctima tierna y dulce, prenda amada!»

RITA. -¡Qué me rompe usted el vestido!

FLORENCIO. -«¡Oh, qué dolor! ¡Qué furia! ¡Para siempre!»

DIMAS. -¡Vamos, señorito, déjela usted!

FLORENCIO. - «¡Para siempre!... ¡Sí!... ¡Yo!... ¡Arrancadme el alma!..»

DIMAS. -Basta que yo interceda.

FLORENCIO. - «¡Mi esposa! ¡Amigos, sí; compadecedme!»

DIMAS. -¡Sí, señor! ¡Será esposa de usted, cuando yo lo afirmo!

FLORENCIO. -(Arrojándose sobre RITA.)«¡Te volveré a estrechar!»

RITA. -(Luchando.) ¡Ay, ay! ¡Suélteme usted!

DIMAS. -(Separándolo.) ¡Sr. D. Florencio, sosiéguese usted, vamos!

FLORENCIO. -«¡Muero!»(Se da con el palillo; se agarra a D. DIMAS, y vienen los dos al suelo.)

DIMAS. -¡Ay, ay! ¡Misericordia, Sr. D. Florencio!

RITA. -(Riendo a carcajadas.) ¡Ja, ja, ja! ¡Señorito! ¡Ja, ja, ja!

FLORENCIO. -(Levantándose rápidamente.) ¡Gracias! ¡Conque te hago reír con una escena trágica, animal!

DIMAS. -¿Pero qué es esto, señor? Ayúdeme usted, ya que me ha derribado.

FLORENCIO. -(Dándole la mano.) ¡Oh, D. Dimas! ¡Bien venido!

DIMAS. -¡Calle!

FLORENCIO. -¿Sale usted por escotillón?

RITA. -(Voy a contarle a la señorita la mala noticia.)

Escena IX

D. FLORENCIO y D. DIMAS.

DIMAS. -¡Pero, señor, qué arrebato tan sin motivo! ¿No le estoy a usted diciendo que su tío no se la concede ni a escopetazos?

FLORENCIO. -¿El qué?

DIMAS. -¿Cómo el qué? La mano de doña Conchita.

FLORENCIO. -¡La mano de mi prima!... ¡Cómo, cómo! ¿A quién? Explíquese usted.

DIMAS. -¡A D. Eduardo!

FLORENCIO. -¡A Eduardo! ¡Señor, yo estoy lelo! ¿Qué enredo es este?

DIMAS. -Tranquilícese usted. Por más que D. Eduardo se empeñe y le ruegue y le llore...

FLORENCIO. -¿Eduardo se la pide a mi tío?

DIMAS. -En este momento.

FLORENCIO. -¡Cielos!

DIMAS. -Pero por más que diga que doña Conchita le ama, que se lo ha jurado, que será infeliz sin él...

FLORENCIO. -¡Eso ha dicho! (¡Ah, ya caigo! ¡Y yo nada he conocido! ¡Y en tanto tiempo! Ya se ve, distraído siempre.) ¿Conque dice que Concha le ama?

DIMAS. -Pues, ¡lo que dicen todos!, y que no dará su mano a otro; pero eso es charla.

FLORENCIO. -(Ya, ya. ¡Su prisa en venir aquí! ¡Y mientras yo estaba en el acto quinto de Edipo..., qué chasco!)

DIMAS. -Repito que no tenga usted miedo. El Sr. D. Rosendo está firme en su plan, y lo ha desahuciado, diciéndole terminantemente que la destina para esposa de usted.

FLORENCIO. -¡Esposa mía!

DIMAS. -Por supuesto; y hoy mismo se ha de firmar el contrato.

FLORENCIO. -¡Yo estoy aturdido! ¡Yo no sé lo que me pasa! ¿Habla usted de veras?

DIMAS. -Como que delante del mismo D. Eduardo me ha dicho que vaya ahora mismo a extenderlo, y lo traiga.

FLORENCIO. -¡Es posible!

DIMAS. -Y hoy recibirá usted también el nombramiento de caballero del hábito de Alcántara, que ha solicitado el Sr. D. Rosendo para usted.

FLORENCIO. -¡El hábito de Alcántara! ¡Yo estoy en Babia! (¡Y justamente lo saco esta noche en El sí de las niñas!)

DIMAS. -Conque sea enhorabuena, que voy corriendo a extender el contrato matrimonial.

FLORENCIO. -(Caviloso.) Aguarde usted. (¡He aquí una situación verdaderamente trágica! Florencio, ¿qué harás? La gloria por un lado, el amor por otro; ¡pero qué amor ni qué calabaza, si ella quiere a Eduardo!...) D. Dimas, vaya usted volando a extender el contrato, y deje usted mi nombre en blanco.

DIMAS. -¿Pues qué?...

FLORENCIO. -¡Haga usted lo que le digo! Es un capricho.

DIMAS. -Bien, lo haré como usted mande.

FLORENCIO. -¡Y vuelva usted con él al instante!

DIMAS. -Al momento.

Escena X

D. FLORENCIO.

FLORENCIO. -¡Ni sé si estoy triste, si estoy alegre! ¡Buen chasco me han dado! Pero estoy resuelto, muy resuelto. ¡La cruz de Alcántara! ¡Válgame Dios, qué ceguedad! Mi tío le daría su hija a un bozal de Angola como tuviera la cruz de Alcántara. Pues ella me ha de servir hoy para lo que imagino; ¡que sirva de algo! Sí; voy corriendo a ver si el sastre me ha concluido el uniforme para esta noche y servirá por la mañana en otra comedia. Aquí viene mi prima: ¡qué hermosa! ¡Ah! No, pues al menos he de vengarme; los he de atormentar.

Escena XI

D. FLORENCIO, CONCHA y RITA.

CONCHA. -(Aparte a RITA.) ¡Aún está aquí Florencio! ¡No habrá salido Eduardo!

RITA. -Se conoce que no.

FLORENCIO. -¡Prima mía, me alegro mucho de verte; no sé si sabrás a estas horas el plan que tu padre se ha propuesto con respecto a nosotros; yo hace un momento que lo sé y mi corazón no cabe en el pecho de alegría! Sí, Concha; a pesar de mis distracciones, siempre ha habido un objeto en el mundo que ha fijado mi atención y producido en mi alma sensaciones que ahora te puedo revelar. ¡Concha, yo te amo, yo te he amado siempre! Tu padre me autoriza a romper el silencio que hasta aquí he guardado, pues quiere unirnos hoy mismo. ¡No creo que tu corazón esté prevenido en favor de otro, pues en este caso ya me lo hubieras confiado a mí..., a tu mejor amigo! ¡Me retiro, pues, con la fundada esperanza de ser hoy dueño del tesoro que más ambiciono en la tierra! Desde hoy renuncio a esa afición que te disgusta, renuncio a todo para dedicar únicamente mi vida a hacer tu felicidad. (Saludándola y marchando. Aparte.) ¡Vaya un par de banderillas!

Escena XII

CONCHA y RITA.

CONCHA. -(Después de una pausa.) ¡Rita!...

RITA. -¡Señorita!...

CONCHA. -¿Qué es esto?

RITA. -¡El demonio que lo enreda!

CONCHA. -¿Le has oído? ¡Yo he quedado muerta!

RITA. -¡Qué chasco! ¡Vaya una conquista fuera de tiempo! Cuando más lo creíamos en Tebas...

CONCHA. -¡Cuando ni remotamente he sospechado jamás que pensase en mí!

RITA. -¡Salir ahora con esa pasión improvisada!

CONCHA. -¡Ay, Rita! ¡Qué desgraciada soy!

RITA. -¡Vamos! ¡También usted se ahoga en un vaso de agua! Veremos qué dice D. Eduardo, y en último caso..., ¡qué diantre! En queriendo dos amantes...

CONCHA. -Mi única esperanza era la indiferencia de Florencio, porque ¿cómo quieres que desobedezca a mi padre?

RITA. -¡Ea! ¡Ya sale D. Eduardo! Ahora veremos...

Escena XIII

Dichas y D. EDUARDO.

CONCHA. -¡Eduardo!... (Viéndolo triste.) ¡Ah! ¡No hay duda!

EDUARDO. -¡Sí, Concha, me ha negado su mano de usted, me ha dicho mil impertinencias, me ha sacado mil historias de su familia, de sus abuelos, y que quiere casarla a usted con su primo, porque la rama transversal, y la horizontal, y qué sé yo cuántas vaciedades!...

RITA. -¡Es de familia tener una manía!

EDUARDO. -Pero ánimo, Concha mía; el lance no es desesperado. Él cuenta sin la huéspeda, según veo. Florencio no sueña en usted, ni piensa en casarse, y en sabiendo que estoy yo por medio, él mismo hará...

CONCHA. -¡Ay, Eduardo, soy muy infeliz! (Llora.)

RITA. -¡Usted sí que no cuenta con la huéspeda!

EDUARDO. -¿Cómo?

RITA. -Acaba de hacer a la señorita una declaración en regla.

EDUARDO. -¿Florencio?

RITA. -Él mismo. Ha dicho que renuncia ya a sus comedias; que siempre ha amado a su prima; en fin, que se casa con ella, y se da con un canto en los pechos.

EDUARDO. -¡Pérfido!

CONCHA. -¡No, Eduardo! Él no sabe nuestro amor, nosotros nunca se lo hemos dicho, y sus distracciones no le han dejado observarlo.

RITA. -Qué, ¿se necesitaba estar todo lo distraído que él estaba?

EDUARDO. -No importa: yo le hablaré. Él no puede estar enamorado de usted. Eso que ha dicho habrá sido... alguna declaración de comedia que se le ocurriría. Pues qué, ¿se puede amarla a usted, Concha, y ocultarlo así? ¡No es posible! ¡Yo le hablaré: tranquilícese usted, vida mía!

CONCHA. -Pues qué, ¿se puede renunciar a la felicidad y tranquilizarse?

EDUARDO. -¡Ah, hermosa! ¡Esas palabras me vuelven loco de placer! ¡Sí, no lo dude usted, se logrará nuestro amor!

FLORENCIO. -

(Dentro, declamando.)

«¡Ah del obscuro reino del espanto!...

¡Estancia del dolor, mansión del llanto!...»7


RITA. -¡Allí viene!

CONCHA. -¡Vámonos! Por Dios, Eduardo, ¡qué va usted a hacer!

EDUARDO. -¡No tema usted: yo sé respetar todo cuanto pertenece a la que adoro!

CONCHA. -¡Adiós! ¡Yo voy muerta, Rita!

RITA. -¡Calle usted: no llegará la sangre al río!

Escena XIV

D. EDUARDO y D. FLORENCIO, con un lío.

FLORENCIO. -«Ya estamos en Madrid y en nuestro barrio.» ¡Hola, Eduardo! Hombre, ¡qué larga sesión con el tío! ¿Le has estado contando tu acción con los facciosos..., como a mi prima hace un rato?

EDUARDO. -No.

FLORENCIO. -¿O te ha hablado él de nuestro tercer abuelo el alguacil mayor del Santo Oficio? ¡Ya tiene misa para un rato cuando la toma con el abolorio!

EDUARDO. -Florencio, me alegro de verte.

FLORENCIO. -¡Y yo también a ti! ¿Lo has pasado bien desde la vista? ¡Ah! ¡Aquí traigo mi uniforme para esta noche: mira, mira! (Lo desenvuelve.)

EDUARDO. -Bien; pero dejemos eso ahora: quisiera que hablásemos...

FLORENCIO. -¡Hasta que se nos caiga la campanilla! ¡Precisamente es mi fuerte! Pero ves qué uniforme, con su cruz de Alcántara, sus dos galones... ¡Esta noche soy jefe tuyo! ¡Pero no tardarás en llevarlo..., a otra acción con los facciosos..., como la que le contabas a mi prima!

EDUARDO. -Vamos, Florencio, ¿quieres oírme? ¡Con formalidad!

FLORENCIO. -¡Cuando quieras! Pero mira, pruébatelo, pruébatelo.

EDUARDO. -¡Hombre, deja!...

FLORENCIO. -(Queriendo quitarle la levita.) Pruébatelo; quiero vértelo puesto, quiero ver qué tal está.

EDUARDO. -¡Después!... ¡Óyeme ahora!

FLORENCIO. -¡Pruébatelo ahora, y te oiré después! ¡Hombre, dame ese gusto!

EDUARDO. -¡Pero también es majadería! Si urge lo que quiero decirte.

FLORENCIO. -Pues ahora me lo dirás: vamos... (Quitándole la levita.)

EDUARDO. -¡Cuidado que es pesadez! (Se la quita.) ¡Vaya! Pero en seguida me has de prestar atención, o reñimos.

FLORENCIO. -¡Sí, al instante! Póntelo, póntelo. (Le pone el uniforme.) ¡Magnífico, magnífico! ¡Te está pintado!

ROSENDO. -(Dentro.) ¡Florencio!

EDUARDO. -¡Tu tío!

ROSENDO. -(Dentro.) ¡Florencio!

EDUARDO. -¡Ayúdame a quitármelo!

FLORENCIO. -¡Ya no hay tiempo: ya está aquí!

EDUARDO. -¿Dónde me meto?

FLORENCIO. -¡Ya nos ha visto!

Escena XV

Dichos y D. ROSENDO.

ROSENDO. -¡Florencio, responde!

FLORENCIO. -Ya iba: estaba oyendo a Eduardo, que ha subido a decirme un recado.

ROSENDO. -¡Calle! ¿Qué uniforme es ese?

EDUARDO. -Este uniforme...

FLORENCIO. -El suyo: ¿cuál ha de ser? (Aparte a EDUARDO.) ¡Por Dios, di que es tuyo, no descubras que hago comedias, y me pierdo!

EDUARDO. -(¡Se necesita en este momento toda mi generosidad!...)

ROSENDO. -¿Pues cómo tan pronto? Hace poco rato que le he visto...

FLORENCIO. -Es que ha venido a parar a la fonda del cuarto bajo, y ya se ha vestido.

EDUARDO. -(¡Cómo las urde!)

ROSENDO. -Y esa es la cruz...

FLORENCIO. -La cruz de Alcántara.

ROSENDO. -¡La cruz de Alcántara! ¡Es posible! (Acercándose.)

EDUARDO. -(¡En buen berengenal me ha metido este loco!)

FLORENCIO. -¡Sí, señor! ¿No la ve usted?

ROSENDO. -¡Sí, ella es! ¡Amigo, esto ya es otra cosa!

FLORENCIO. -(A EDUARDO.) Bien, Eduardo; ahora hablaremos de eso, si quieres esperarme en mi cuarto un momento.

EDUARDO. -Con mucho gusto. (Aparte a FLORENCIO.) ¡No tardes! De lo que tengo que hablarte pende mi felicidad. (Saluda y se va.)

Escena XVI

D. ROSENDO y D. FLORENCIO.

ROSENDO. -(¡La cruz de Alcántara! ¡Pues no me ha parecido mal este mozo! Y se conoce que está enamoradillo de la chica!) Oye, Florencio, tu cuarto no tiene comunicación por dentro con el de mi hija, ¿no es verdad?

FLORENCIO. -¡No, señor, no hay más entrada que esta!

ROSENDO. -¡Ya! Pero dime, ¿no era la cruz de San Fernando la que le habían dado?

FLORENCIO. -Sí, señor, también; pero ésta es aparte, la tenía solicitada antes de irse.

ROSENDO. -¿Le habrán relevado de pruebas de nobleza?

FLORENCIO. -¡Qué, no señor; las has hecho todas!

ROSENDO. -¿Pues cómo diablos?...

FLORENCIO. -¡Pues si es más noble que el mismo Cid! ¡Ahora sabe usted eso! No hay más que ver el apellido.

ROSENDO. -¡Qué! Se llama Guevara... Guevara a secas, ¡y eso no vale nada!

FLORENCIO. -¡Se equivoca usted! ¡Si tiene delante un Ladrón mayor que José María! Él no se lo firma nunca, en obsequio de la brevedad.

ROSENDO. -¿Es Ladrón de Guevara?

FLORENCIO. -¡Y ladrón de corazones, según tengo entendido! Sé que mi prima le ama; que él trata de pedírsela a usted por esposa: de eso quería hablarme, de que yo le presentase a usted; y sin duda para manifestarle, sin necesidad de enseñarle pergaminos ni papelotes, la nobilísima estirpe de que procede, se ha ido a poner su cruz de Alcántara. Ya sabe usted que en llevando la cruz de Alcántara, no hay nada que preguntar.

ROSENDO. -Eso por supuesto. Pero, Florencio, para eso te llamaba: has de saber que ya me ha hablado; que ya me la ha pedido.

FLORENCIO. -¡Hola! ¿Conque será cosa hecha?

ROSENDO. -No: yo tengo otro plan..., y como venía sin la cruz..., en fin, se la he negado.

FLORENCIO. -¡Qué ha hecho usted, tío! ¡Sabe usted el favor que goza en el día! ¡Sabe usted que ese mancebo se verá mañana de general, y quién sabe! ¡Con una gran cruz, con excelencia, y puede que algún título!

ROSENDO. -¡Un título! ¡Ya se ve! ¡No me había dicho nada! No me ha hablado más que de su amor, y vuelta con su amor.

FLORENCIO. -Como que para casarse, eso es antes que títulos y cruces.

ROSENDO. -No importa: yo he resuelto ya otra cosa. Florencio, quiero casarla contigo.

FLORENCIO. -¡Conmigo, señor! ¿Y he de consentir yo que mi amigo sea infeliz por mi causa? ¡Imposible!

ROSENDO. -¡Déjate ahora de filosofías modernas! Ya lo tengo todo dispuesto: D. Dimas traerá ahora el contrato para que lo firmemos, y en cuanto a cruz de Alcántara, mi familia no es menos que la de ese señorito. Sabe que la he solicitado para ti, y que hoy también espero la gracia.

FLORENCIO. -¿Hoy también? ¡Dos cruces en un día!

ROSENDO. -Aquí viene D. Dimas, que puede que la traiga.

FLORENCIO. -(¡Esto no va mal! ¡Se tragó la cruz!)

Escena XVII

Dichos y D. DIMAS, con el contrato y un oficio.

ROSENDO. -¿Trae usted el contrato?

DIMAS. -Aquí está.

ROSENDO. -Venga. Florencio, tu padre te dejó al morir encargado a mi cuidado. Yo te he educado como correspondía a tu nacimiento, a la nobleza de tu sangre: no he querido que estudies, porque desde luego formé el proyecto de unirte a mi hija, y que gozases de mis bienes. Ha llegado el día de realizarlo: aquí está el contrato: fírmalo.

FLORENCIO. -Señor: yo conozco lo que usted me ama, veo lo que quiere usted hacer por mí, y mi gratitud será eterna; pero es fuerza ya revelarlo, ¡hay un obstáculo que me impide gozar esos beneficios!

ROSENDO. -¿Qué obstáculo puede haber? ¿No soy yo su padre? ¿No es mi voluntad?

FLORENCIO. -Hay un obstáculo, señor, que no sé cómo decírselo a usted.

ROSENDO. -¡Ea! ¡Basta de tonterías! Firma.

DIMAS. -Al entrar me dieron este pliego para el Sr. D. Florencio.

ROSENDO. -¡A ver! ¡Oh, qué placer! ¡Está en la gracia del hábito de Alcántara! ¡Ves, Florencio, ves! (Abriéndolo.) ¡Mis antiparras! ¡Lea usted, D. Dimas, lea usted!

FLORENCIO. -(¡Nobles artes, gloria escénica, todo te lo sacrifico!)

DIMAS. -(Lee.) «S. M. la reina gobernadora se ha servido acceder a la solicitud de D. Florencio Verdegay...»

ROSENDO. -(Gozoso.) ¡Concedido, concedido!

DIMAS. -«Verdegay, alumno del Real Conservatorio de María Cristina...»

ROSENDO. -¡Qué es eso!

FLORENCIO. -(¡Dios mío! Si será...)

ROSENDO. -¿Qué está usted leyendo, hombre?

DIMAS. -¡Así dice, señor! «Alumno del Real Conservatorio de María Cristina, permitiéndole ajustarse de actor dramático en los teatros de esta corte...»

FLORENCIO. -(¡Oh dicha! ¡Ya soy cómico!)

ROSENDO. -¡D. Dimas, D. Dimas! ¡Usted ha almorzado fuerte hoy!

DIMAS. -¡Chocolate, a las seis de la mañana! Continúo: «debiendo hacer su primera salida el 10 del corriente, cumpleaños de nuestra Reina y señora doña Isabel II. De Real orden, etc.»

FLORENCIO. -(Entusiasmado.) ¡Ah, ya soy cómico! «Orgullo, preocupación, tiranos de la tierra, ¡pronto os despreciaré!»

ROSENDO. -¡Florencio, qué horror, Florencio!

DIMAS. -¡Yo estoy lelo, vaya una cruz de Alcántara!

FLORENCIO. -Sí, amado tío: ¡ya no es tiempo de disimular! Yo lo he solicitado, yo lo ansiaba...

ROSENDO. -¡Tú, miserable!

FLORENCIO. -¡Yo mismo! He aquí el obstáculo de que antes hablaba. Una inclinación invencible, una ciega pasión me arrastra al teatro.

ROSENDO. -¡Infame, mal caballero! ¿Por qué me has engañado?

FLORENCIO. -La bárbara preocupación me obligaba a hacerlo.

ROSENDO. -¡Preocupación! ¡Tú lo llamas preocupación! ¡Dios mío, qué vergüenza! ¡Una familia deshonrada! Florencio, hijo mío, ¿qué te he hecho yo? ¿No he sido para ti un padre? ¿Por qué quieres abandonar a tu familia, por el triste honor de que te aplaudan en un teatro? ¡No, Florencio, no! Renuncia a ese horroroso designio: ¡no pagues mis beneficios con tanta ingratitud!

FLORENCIO. -¿Qué dice usted? ¡Yo ingrato, no! Pero diga usted, tío, usted me tiene por noble, por honrado: y qué, ¿por ser cómico dejaré de serlo? Si abrigara una alma mezquina y vulgar, admitiría sus ofertas de usted, sacrificaría a mi vil egoísmo la amistad de Eduardo y pasaría mi vida en el fango de la ociosidad. ¡No, estoy resuelto! ¡Abandóneme usted, no importa, yo sabré hacerme mi suerte! ¡Me lo presagia el noble ardor que siento en mi alma! ¡Yo ilustraré mi nombre en la carrera de gloria que voy a emprender, y a fuerza de talento y de triunfos, le obligaré a usted un día a que me perdone y a que me aplauda!

ROSENDO. -¡Calla, calla, blasfemo! Y aun suponiendo que llegara ese caso, ¿has pensado en las humillaciones que tendrás que sufrir? ¿Has pensado en los caprichos del público, en sus injusticias muchas veces, en los partidos que se formarán contra ti, y sobre todo, en los periódicos, y sobre todo, en Fígaro?

FLORENCIO. -Si su crítica es fundada, me aprovecharé de ella, y les daré las gracias; y si es necia, si es insolente, ¿qué daño pueden hacer al verdadero talento los ladridos de un periodista ignorante? ¿Podrán cerrar el alma del espectador a las sensaciones que yo sepa inspirarle? ¿Detendrán las lágrimas en sus ojos? ¿Cerrarán sus labios a la risa que yo les arranque? ¡El público, dice usted, podrá ser alguna vez caprichoso, pero un público entero nunca es injusto! ¡Tenga yo verdadero talento, y él me aplaudirá!

ROSENDO. -¿Conque estás resuelto a desobedecerme, a deshonrar tu nombre?

FLORENCIO. -¡A honrarlo, sacándolo de una vergonzosa obscuridad!

ROSENDO. -¡Bien, ingrato, bien! ¡Sigue el camino de la perdición! ¡Sal al teatro! Yo te abandono, te desprecio, y mi hija será esposa de Eduardo.

FLORENCIO. -Esa es la gracia que por última vez quería pedirle a usted. Ya estoy contento: emprendo mi carrera haciendo dos personas felices. ¡Ah, el corazón me anuncia que yo también lo seré!

ROSENDO. -¡Florencio, aún es tiempo! Mira: (Llégase a la mesa y firma el contrato.) ahí tienes el contrato de tu boda firmado por mí; lo dejo en tus manos. Reflexiona la suerte que te entrego. En mi despacho espero tu resolución.

Escena XVIII

D. FLORENCIO.

FLORENCIO. -¡Mi resolución ya está tomada! ¡El contrato firmado! ¡El nombre en blanco! ¿En qué me detengo? ¡Eduardo, recibe la felicidad de manos de tu amigo! (Escribe en el contrato.) «Con D. Eduardo Guevara.» ¿Y mi contrato de boda? (Tomando la real orden.) ¡Aquí está! Yo también me caso; ¡mi esposa será la gloria! (Llamando.) ¡Eduardo, Eduardo, Concha!

Escena XIX

D. FLORENCIO, D. EDUARDO, CONCHA y RITA.

EDUARDO. -¿Qué hay?

CONCHA. -¡Dios mío!

RITA. -¡Qué voces!

FLORENCIO. -Venid; rodeadme todos: oíd una noticia que colma mi felicidad y la vuestra.

EDUARDO, CONCHA y RITA. -¿Cuál?

FLORENCIO. -Concha, dame tu mano...

CONCHA. - (¡Dios Eterno!)

EDUARDO. -¡Florencio!

RITA. -¡Adiós mi dinero!

FLORENCIO. -Mi tío acaba de firmar el contrato de tu boda...

CONCHA y EDUARDO. -¡Ah!...

FLORENCIO. -¡Con Eduardo! (Entregándole la mano de su primo.)

EDUARDO. -¡Qué oigo!

CONCHA. -¡Dios mío!

EDUARDO. -Florencio, ¿qué es esto?

CONCHA. -¿Te burlas?

FLORENCIO. -(Dándoles el contrato.) Leed.

EDUARDO. -(Leyendo.) «Con D. Eduardo Guevara.» ¡Y está de tu letra!

FLORENCIO. -¡Sí!

CONCHA. -¡Ah, querido primo! (Abrazándolo.) Permite, Eduardo...

FLORENCIO. -¡Soy moro de paz!

EDUARDO. -¡Amigo generoso! (Abrazándolo.)

FLORENCIO. -

(Declamando.)

«¡El alma salir quiere de su centro

de gozo y de placer! ¡Apenas basto

con todos mis sentidos y potencias

a contenerlo en mí, ni a declararlo!

¡En este instante, yo morir debiera!»


RITA. -¡Señorito, esta es la mejor comedia que ha representado usted en su vida!

FLORENCIO. -Mi tío espera en el despacho. Entrad a verlo: decidle que esta es mi resolución con respecto a vosotros, y con respecto a mí... ¡el teatro!

CONCHA Y EDUARDO. -¿Qué dices?

FLORENCIO. -¡Sí, soy cómico!

CONCHA Y EDUARDO. -¡Florencio!

FLORENCIO. -¡Nada me digáis, nada oigo! El día 10, cumpleaños de nuestra adorada reina, hago mi salida. Eduardo, ¿serás siempre mi amigo?

EDUARDO. -Florencio, (Dándole la mano.) hazte aplaudir mientras yo mato facciosos, y los dos serviremos a la patria.

Escena XX

D. FLORENCIO.

FLORENCIO. -

¡Sueño lisonjero de mi juventud; adorada ilusión de tantos años, al fin te vas a realizar! ¡Ya soy cómico! ¡Mi empleo es dar alma y vida a los pensamientos sublimes, a las máximas filosóficas, a los patrióticos sentimientos del poeta; resucitar a los ojos del pueblo los héroes, para ser imitados; los tiranos, para ser aborrecidos, y hacer palpitar el corazón de los españoles a los ecos de patria y libertad! ¡Y esto es vil, y esto es deshonra!

«¡Si no logra mi desvelo, patria, objeto de mi amor, dar mayor lustre y honor a las artes en tu suelo, perdona a mi noble anhelo, en honor del fausto día, la temeraria osadía conque en tus aras presento mi escaso y pobre talento... y admítelo, patria mía!»

Advertencia a los directores de escena

Esta comedia se escribió para representarse en un día determinado: las alusiones que hay en ella a dicho día pueden desaparecer fácilmente, observando las siguientes variantes.

Escena XVII

***

DIMAS. -¡Chocolate, a las seis de la mañana! Continúo: «Pudiendo desde luego hacer su primera salida cuando lo tenga por conveniente. De Real orden..., etcétera.»

***

Escena XIX

***

FLORENCIO. -¡Nada me digáis, nada oigo! Ya soy cómico. Eduardo, ¿serás siempre mi amigo?

***

Escena XX

***

»perdona a mi noble anhelo »la temeraria osadía »con que alumno de Talía »ante tus aras presento.

***

El gastrónomo sin dinero o Un día en vista alegre

Comedia en un acto, arreglada al español

Personas



D. CLEOFÁS, gastrónomo.
D. JUDAS,padre de DOÑA LUISA.
DOÑA LUISA, esposa de DON MANUEL.
D. MANUEL.
D. PASCUAL DE LA RIBERA.
D. GASPAR, su amigo.
EL FONDISTA.
ZAPATA, criado de D. PASCUAL.
OBREROS DE LA FÁBRICA.
UN ALGUACIL.
MOZOS DE LA FONDA.
CONVIDADOS.

(La acción empieza a las dos de la tarde)

El teatro figura el jardín de Vista Alegre: en el fondo la fachada interior del edificio con su emparrado y sus mesas: el portal, practicable, deja ver una casa acabada de construir en la acera opuesta.

Escena primera

EL FONDISTA, MOZOS: hombres y mujeres de Madrid esparcidos por el jardín y ocupados en diferentes cosas: unos tirando al blanco; otros paseándose; otros probando las fuerzas en la máquina; otros entrando y saliendo del belvedere; otros apeándose de algún coche o calesín, entran en la fonda, etc., etc.

FONDISTA. -¡Vamos listo! (A un mozo.) ¿Se ha puesto ya la mesa en el salón?

MOZO. -Ya está todo preparado. ¡Vaya, que hoy no nos dejan parar! ¿No han venido todavía los de la boda?

FONDISTA. -Los convidados andan por ahí entreteniéndose en tirar al blanco y dar golpes a la máquina. D. Judas salió con los novios a dar un paseo por el pueblo, y enseñarles por la vigésima vez la casa que ha hecho construir ahí enfrente, para venir a pasar en ella la temporada de verano. Desde que determinó casar a su hija con un ingeniero de caminos y canales, le ha entrado el gusto por la arquitectura, y no sabe hablar de otra cosa que del orden jónico y de la fachada de su casa. Ya no tardarán en volver, y es preciso que todo esté pronto y servirles con exactitud; que un vecino rico y gastador puede dar mucha ganancia a la posesión. Habrá larga propina, y... ¡conque vamos, vamos, no dormirse! ¡Pues señor, gran día! ¡Cuánta gente ha cargado hoy! ¡Qué multitud de coches esta mañana! Parecía un infierno el portal. Y luego los novios y el padre... ¡Oh! Esos merecen toda mi atención... ¡Calle! Aquí vienen ya. ¡Oh, señores míos!

Escena II

Dichos, D. JUDAS, DOÑA LUISA, D. MANUEL.

FONDISTA. -¿Qué tal, señorita, se ha paseado mucho?

LUISA. -No lo hemos hecho mal: hemos recorrido todo el pueblo, y por último se empeñó papá en entrar otra vez en casa...

JUDAS. -Y el dichoso paseo me ha abierto un apetito, que...

FONDISTA. -¿Quiere usted que se saque la comida?

MANUEL. -No; todavía es muy temprano.

JUDAS. -Ustedes dirán lo que quieran; pero yo siento así..., un poco de..., pues..., de debilidad.

FONDISTA. -¿Debilidad? Pues eso se remedia con una copita de Jerez, o Peralta, o...

JUDAS. -Y unos bizcochitos... ¿No es eso?

FONDISTA. -Cabalmente. ¡Mozo!... ¡Juan!...

MOZO. -Mande usted.

FONDISTA. -Una copa de Jerez y bizcochos al Sr. D. Judas. ¿Ustedes quieren algo?

LUISA. -Que la lleven arriba y subiremos a descansar...

JUDAS. -Subid vosotros, si queréis, que yo me quedo por aquí. ¡Vamos con la copita!

MOZO. -Voy corriendo. (Vase.)

FONDISTA. -Volando. Ustedes, señores, míos, pueden mandar cuanto gusten: entre vecinos no debe haber cumplimientos. ¡Oh! Ha sido una idea peregrina, señor Judas, la de hacer construir esa casa ahí enfrente: aquí se vendrán ustedes a pasar las temporadas de verano...

JUDAS. -Por supuesto. ¡Vaya si ha sido buena idea! Vea usted, vea usted. (Se llega al portal, y mira a su casa.) ¡Qué fachada! ¡Qué gusto en la arquitectura! ¡Qué sencillez! ¡Qué elegancia..., mi amigo! Todo griego..., como dirigida por este bribonzuelo. Sin embargo, he querido que tengamos aquí la comida, y no en mi casa, porque siempre estaremos mejor servidos, y aquello no se ha acabado de arreglar...

FONDISTA. -Ha hecho usted perfectamente.

JUDAS. -¿Será abundante y escogida?

FONDISTA. -Una comida como no se la presenta a usted el mejor cocinero de Madrid.

MOZO. -Aquí está la copa.

MANUEL. -Vaya, vamos arriba.

JUDAS. -Vea usted, vea usted, vecino, qué vivo es mi yerno: es un guapo mozo; ha querido casarse con esa picarilla, y como es hombre de razón y de carrera, excelente ingeniero y gran poeta, y como ella se empeñó..., ha sido preciso, pues, porque si les hubiera dicho que no..., hubiera sucedido lo mismo que si hubiera dicho que sí..., y como a mí no me gusta andar en jaranas..., y si no, lo que pasó con aquella chica..., y de todo tuvo la culpa la tía Tartamuda...

LUISA. -Vaya, papá, vamos, que están esperando.

MANUEL. -¿Ya se le ha pasado a usted la debilidad?

JUDAS. -No tal; vamos, vamos... ¡Hombre, ya se me olvidaba!... ¿Sabe usted quién ha llegado a Madrid hace pocos días? D. Pascual de la Ribera...

FONDISTA. -¡Qué me dice usted! ¡D. Pascual de la Ribera, el amo de la fábrica..., de esa fábrica que hay aquí que da de comer a tantos!

MANUEL. -¿Ese hombre millonario tan ponderado?

JUDAS. -El mismo. Dicen que es excelente sujeto.

MANUEL. -Sí; pero el hombre más original y extravagante del mundo.

FONDISTA. -Es verdad, muy extravagante. Con su fábrica da de comer a casi todo el pueblo; los pobres mozos rabian por conocer a su bienhechor, pues aún no ha venido ni siquiera una vez al pueblo, de manera que aquí nadie le conoce. ¡Oh! La primera vez que se presente será cosa que...

JUDAS. -En cuanto venga iré yo a hacerle mi visita; porque entre propietarios...

LUISA. -Pero papá, hace dos horas que está aquí el Jerez, y usted...

MANUEL. -Vaya, ¿viene usted arriba con nosotros?

JUDAS. -No; subid vosotros... Vecino, vamos a dar un vistazo a la comida..., al instante subiré..., vamos con la copita. (Toma la copa y se va con EL FONDISTA hacia la cocina. D. MANUEL y DOÑA LUISA saludan a algunos de los que están por allí y se supone que son convidados: se reúnen y suben al salón.)

Escena III

D. CLEOFÁS, que entra por el fondo.

CLEOFÁS. -No me han engañado... ¡Es una boda..., una boda! ¡Y no estoy yo convidado! Si he de dar crédito a cierta sutileza en el órgano nasal que la experiencia me ha dado..., aquí arde la antorcha de himeneo... ¡Oh lance apurado! En este siglo económico es imposible engordar, imposible; y en ese maldito Madrid hay tan poca filantropía, que me veo obligado a morirme de hambre... ¡Morirme de hambre! Cansado de rondar la calle de la Reina y los salones del químico D'Argensón; cansado de contemplar en ayunas la pastelería de Ceferino..., me dicen que en Vista Alegre hay convite de boda... Al instante abandono la ingrata corte y salgo a buscar fortuna extramuros. Pero la hora crítica se va acercando. ¡Ea, señor D. Cleofás, discurramos, raciocinemos! (Tocándose el estómago.) Vacío. (Tocándose el bolsillo.) Vacío..., y aquí se hallará de todo, menos comer de balde... ¡Hola!... Alguien viene... ¡Si será de la boda!

Escena IV

D. CLEOFÁS, D. JUDAS, sin verlo.

JUDAS. -¡Eh, ya van a llevar la comida..., cosa exquisita!... Algo han tardado; pero el pavo ha tenido la culpa.

CLEOFÁS. -¡Un pavo!... Esto empieza ya a ser interesante...

JUDAS. -¡Pero y mi casa! (Mirando a su casa.) ¡Qué perspectiva!... Cada vez estoy más contento. ¡Qué efecto hace desde aquí! ¡Maravilloso! Arquitectura jónica...

CLEOFÁS. -¡Hola! ¡Este es el dueño de la casa nueva! ¡Oh!...

JUDAS. -Vaya; no me canso de mirarla... ¡Calla!... (Repara en D. CLEOFÁS.) ¡Qué hará este hombre! (D. CLEOFÁS saca un cuaderno y un lápiz y escribe.)

CLEOFÁS. -Veinticuatro toesas..., pues, veinticuatro toesas..., se corta por aquí... (Poniéndose en frente de la casa de D. JUDAS.) y esta es la línea.

JUDAS. -¡Caballero, (Quitándose el sombrero.) caballero; con el permiso de usted!... (D. CLEOFÁS le hace señal con la mano y sigue escribiendo.) Caballero..., si tuviera usted la bondad de decirme a quién tengo el honor de hablar...

CLEOFÁS. -Amigo, perdone usted; no había reparado. Soy el director de la comisión nombrada para construir la nueva carretera.

JUDAS. -Ya. ¿Pero qué tiene que ver mi casa con la nueva carretera?

CLEOFÁS. -¡Ay, amigo! Ya veo que no entiende usted una jota de achaques de caminos. Se trata de dar una nueva dirección a este camino formando un ángulo obtuso desde el punto en que se halla, y construyendo una carretera que vaya a parar a la Mancha; de manera que, según hemos acordado, la dirección que lleva es esta...

JUDAS. -¡Cómo!... ¡Por allí!...

CLEOFÁS. -No hay duda: aquella casa tiene que ir abajo. Mañana mismo se comunicará la orden al propietario.

JUDAS. -¡Mañana! ¡Ay, Dios mío! ¿Y tendrá usted valor para arruinar así a un hombre de bien?

CLEOFÁS. -¿Qué oigo? Amigo mío, ¿esa casa le pertenece a usted?

JUDAS. -Sí, señor; acabo de hacerla construir con todas las reglas del gusto arquitectónico... ¡Vea usted!...

CLEOFÁS. -¡Dios mío, qué desgracia!... Amigo, crea usted que lo siento... lo siento..., lo siento en el alma; pero..., ¡cómo ha de ser!... Se necesitan precisamente veinticuatro toesas, y... lo más que puedo hacer por usted es que no se eche abajo más que media casa de la izquierda.

JUDAS. -¡Media casa! ¡Y de la izquierda! ¡Jesús! justamente la despensa, la cocina, y...

CLEOFÁS. -¡Qué dice usted! Seguramente son los sitios más interesantes de la casa.

JUDAS. -¡Y en qué día!... ¡Cuando venimos a celebrar la boda de mi hija, encontrarme con esto!

CLEOFÁS. -(¡El padre de la novia! ¡Bueno!) Conque su hija de usted...

JUDAS. -Sí, señor; le había regalado esa casa para que se viniese a pasar a ella las temporadas de canícula...

CLEOFÁS. -Ciertamente que su hija de usted se quedará estupefacta cuando vea que le abren una carretera en su posesión... ¡Desgracia!... Siento haber hablado a tan mala ocasión..., tal vez al momento de sentarse a la mesa...

JUDAS. -Sin duda. Pero diga usted, señor director, ¿no habrá algún medio?...

CLEOFÁS. -Es cosa muy delicada... Sin embargo..., si en lo que falta de día..., ya se ve..., como la línea..., tal vez..., me inspira usted un interés...

MOZO. -(Dentro.) Sr. D. Judas, a comer.

JUDAS. -Ya me llaman..., voy allá... (Va y vuelve.)

CLEOFÁS. -(¡Se va a comer!)

JUDAS. -(Si le pudiera hacer que comiera con nosotros, acaso allí conseguiríamos algo.) Señor director, si usted quisiese hacerme un favor...

CLEOFÁS. -(¡Ya le veo venir.) Cuanto esté de mi parte...

JUDAS. -Que nos acompañe usted a comer...

CLEOFÁS. -(Ya cayó.) Señor, sería mucho atrevimiento, sin tener el honor de conocer...

JUDAS. -¡Bah!, ¡bah!, ¡bah! Eso en la mesa, allí se hacen las verdaderas amistades, y allí... lo arreglaremos todo...

CLEOFÁS. -Tiene usted razón: allí con el vaso en la mano...

JUDAS. -No hay más que hablar. Vamos; verá usted a mi yerno. ¡Pero calle, si usted le conoce!...

CLEOFÁS. -¡Cómo!...

JUDAS. -¡Qué sorpresa tan agradable!... Mi yerno Manuel..., aquel joven ingeniero a quien usted examinó...

CLEOFÁS. -Pero...

JUDAS. -¡Qué! Si con su plan de usted ya había perdido la cabeza. Pues; D. Manuel de Mendoza, de quien dio usted unos informes tan brillantes...

CLEOFÁS. -¡Ah!, sí, sí, ya; Manolito... (¡Qué maldita casualidad!)

JUDAS. -Aquí viene.

Escena V

D. CLEOFÁS, D. JUDAS, D. MANUEL.

MANUEL. -Que estamos esperando a usted...

JUDAS. -Ven... acá... ¿No me dijiste que el señor ingeniero que te examinó, y a quien debes tu destino, es el mismo que está encargado de la construcción de la nueva carretera?... Pues nos hace el honor de acompañarnos a la mesa... Aquí le tienes.

MANUEL. -¡Cómo! El señor de... No es él; usted se equivoca.

CLEOFÁS. -Malo.

JUDAS. -Sí, señor, y por más señas me acaba de instruir del nuevo plan que hace pasar la carretera por medio de mi casa.

MANUEL. -¿Qué carretera?... Señor, por Dios, si la nueva carretera pasa media legua de aquí...

JUDAS. -¡Cómo es eso!... Pues entonces...

MANUEL. -Ya veo que están ustedes mal informados...

JUDAS. -¡Vaya, vaya! Pues qué, ¿así no más se derriban las casas?

CLEOFÁS. -Hablemos claros: yo tenía que hablar al Sr. D. Manuel de un negocio importante, deseaba encontrar una manera nueva e ingeniosa de presentarme a usted, y he creído que ésta era bastante original...

JUDAS. -Sí, señor; bastante original.

MANUEL. -Puede usted hablar cuanto guste.

CLEOFÁS. -Desearía que estuviésemos solos; es negocio de un momento.

JUDAS. -Este hombre es loco. Vaya; deja al señor con sus veinticuatro toesas, y no tardes, que se enfría la comida.

Escena VI

D. CLEOFÁS, D. MANUEL.

CLEOFÁS. -(¡La comida! No perdamos tiempo.) Grandes eran los deseos que tenía de conocer a usted, Sr. D. Manuel, y de merecer su amistad; pero yo quería que nuestra entrevista no se efectuase por los vulgares medios del presentamiento: los amantes de las letras debemos formar una república aparte, y desdeñar la etiqueta profana: por eso me he valido de este medio, y a él debo la dicha de conocer hoy a un hombre tan célebre.

MANUEL. -¡Célebre!...

CLEOFÁS. -Sí, señor, célebre. Un hombre que se casa y da un convite tiene muchos títulos a la celebridad.

MANUEL. -Suplico a usted...

CLEOFÁS. -(Abrazándole.) Cinco años hace que no soy feliz; pero al estrechar en mis brazos a un ingeniero sabio, a un poeta eminente, y sobre todo, a un hombre que convida a comer, siento que va a sonreírme la felicidad.

MANUEL. -Yo agradezco infinito...

CLEOFÁS. -¡Ay! Si no hubiera sido por aquella tendera colorada, gorda y viuda, no gemiría yo en el celibato. -En fin, inspirado por tan sublime objeto, traigo aquí una composición epitalámica, que debe recitarse al fin de la comida, después de haber hecho resonar por los ángulos de la mesa el grito de «¡bomba..., bomba!...»

MANUEL. -¡Señor, tanta bondad! (¡Qué hombre tan original!)

CLEOFÁS. -Yo había determinado llegarme allá sin cumplimientos, y declarar a usted mi amistad al tiempo de sentarse a la mesa: ese es el momento de conocer a los amigos, los verdaderos amigos.

MANUEL. -(Este hombre es verdaderamente original.) No puedo menos de confesar a usted que me sorprende mucho...

CLEOFÁS. -Pues nada debe sorprenderle a usted. Prescindiendo del rayo de simpatía que tan vivamente me ha herido, soy tan aficionado a bodas, que en sabiendo donde hay alguna me dejo arrastrar a ella por un impulso secreto, y... estos son los verdaderos sentimientos del hombre filantrópico y amante de la propagación. ¡Un día de boda! ¡Oh! Es el espectáculo que más me encanta. Así es que no pude resistir al entusiasmo que me ahogaba, y compuse... lo siguiente. (Saca una cartera con muchos papeles.) En el bautismo de... No; todavía no ha llegado ese caso.

MANUEL. -Eso es lo que se llama una musa prevenida.

CLEOFÁS. -

Aquí está: oiga usted.

(Lee.)

«Prestadme el oído atentos,

que el numen sacro me inspira,

y entregar quiero a los vientos

mis dulcísimos acentos,

al son de la blanda lira.»


MANUEL. -(¡Calle! ¡Mis versos!) ¿Conque son de usted esos versos?

CLEOFÁS. -

Míos; ¿pues no ve usted, que los traigo en el bolsillo? Adelante.

(Lee.)

«No para cantar de amor

la aguda flecha terrible,

que con bárbaro rigor

clavó el vendado traidor

en mi corazón sensible.

»Cuando oculto en los ojuelos

de Rosana encantadora,

para matarme de celos...


MANUEL. -

(Continúa.)

hizo envidia de los cielos

a la pérfida traidora.

»Ni a cantar del nuevo Marte

el firme valiente pecho,

que con la espada y el arte

llevó el francés estandarte

desde el Newa hasta el estrecho.

»Tristes cantos de victoria,

huid de la mente mía;

que será mayor mi gloria

si eternizo en la memoria

el contento de este día.»

(Riendo.) ¡Ah, ah, ah!... Muchas gracias, amigo mío, muchas gracias... ¡Ah, ah, ah! (Se va riendo y haciendo cortesías.)


Escena VII

D. CLEOFÁS.

CLEOFÁS. -Estupefacto me ha dejado este hombre. ¿Qué quiere decir esto?... ¡Qué ha de ser! Aquel bribonzuelo a quien encargo los versos, me da los suyos y los ajenos. ¡Ah infame!... ¡Buena la hemos hecho! ¡Ah suerte enemiga! ¡Van a ponerse a comer..., a comer! ¡Y yo hambriento!... (Pasan MOZOS con fuentes de comida.) ¡Oh espectáculo!... ¡Y he de contentarme con el olor!... ¡Ingenio mío..., hambre mía..., inspiradme!... ¿Qué buscará este hombre?

Escena VIII

D. CLEOFÁS, ZAPATA. Después, EL FONDISTA.

ZAPATA. -¡Mayordomo!... ¡eh, mayordomo!

FONDISTA. -¿Qué se ofrece?

ZAPATA. -Tenga usted preparada una buena comida para tres: mi amo y dos amigos suyos.

CLEOFÁS. -(¡Todavía gentes que comen!)

FONDISTA. -¿De qué precio?

ZAPATA. -De veinte reales, y que sea buena.

FONDISTA. -Bien: ¿pero usted me responde de que vendrá su amo?

ZAPATA. -Como que me ha dicho que pague antes. Cóbrese usted.

FONDISTA. -Corriente. Voy a ello.

ZAPATA. -Usted sírvale bien, y... no le pesará. Si usted supiera quién es..., pero tengo orden de no decirlo... Hombre de buen humor..., que derrama el dinero... No, no quedará usted descontento. Hace pocos días que llegamos a Madrid de ver unas posesiones que tiene ahí cerca...

FONDISTA. -¡Hombre!, me ha puesto usted en curiosidad..., Vaya, con franqueza, ya puede usted decir, que es como si cayera en un pozo... Vaya, ¿quién es su amo de usted?

ZAPATA. -Pues señor, contando con la prudencia, discreción y sigilo de que creo se halla usted adornado...; pero cuidado con venderme, porque...

FONDISTA. -No tenga usted miedo: adelante; vamos.

ZAPATA. -Pues señor, contando siempre con dicho sigilo, y fiado en la palabra...

FONDISTA. -Ya he dicho que sí, vamos, hombre.

ZAPATA. -Pues señor, en ese caso, sepa usted que yo soy Zapata, y mi amo, el señor D. Pascual de la Ribera.

FONDISTA. -¡El Sr. D. Pascual de la Ribera!... ¡Jesús!... ¡El dueño de la fábrica!...

ZAPATA. -¡Hombre, silencio, que me pierde usted!

FONDISTA. -¡Sr. Zapata! ¿Conque tendré en mi casa a su amo de usted? ¡Jesús, qué dicha! ¿Y a qué hora vendrá?

ZAPATA. -No sé de cierto; pero me parece que hasta dentro de una hora... Pero cuidado, con hablar una palabra: no quiere que se sepa en la fábrica, porque es enemigo de cumplimientos, y se ha empeñado en que no lo han de conocer... ¡Conque cuidado!

FONDISTA. -Descuide usted: voy a dar mis disposiciones. A la orden, Sr. Zapata.

ZAPATA. -Vaya usted con Dios. (EL FONDISTA se entra en la fonda. ZAPATA se va después de haber registrado con atención el jardín y las salas de comer.)

Escena IX

D. CLEOFÁS.

CLEOFÁS. -Pues señor, ya está visto: hoy come todo el mundo, menos yo... ¿Pero qué digo? La ocasión es favorable..., la fortuna me convida... y sería el primer convite que he rehusado. ¡Oh tú, genio protector de los que no han comido, yo imploro tu socorro: arma de intrepidez mi frente, y haz que circule por todo mi ser la actividad de mi estómago! Audacia, prontitud; he aquí los medios. Comer; he aquí el objeto: objeto tan sublime lo disculpa y autoriza todo: pues señor..., comamos. D. Pascual de la Ribera no vendrá hasta dentro de una hora...; pero también dijo, si no me engaño, que podría venir antes. Ya se ve..., por una parte la prudencia..., por otra (Tentándose el estómago.) consideraciones no menos poderosas... Vamos, todo me obliga a apresurar la ejecución. ¡Hola!... Mozo, mozo... D. Pascual de la Ribera, Zapata, dueño de la fábrica, gastador... ¡Oh Dios mío! ¡Qué memoria hay cuando se está en ayunas!

Escena X

D. CLEOFÁS, EL FONDISTA.

FONDISTA. -¿Qué se ofrece?

CLEOFÁS. -¡Cómo, querido! Pues qué, ¿no le han avisado a usted? Vamos, ya veo que ese bribón de Zapata lo habrá hecho todo al revés.

FONDISTA. -¡Calle! ¿Es usted el Sr. D.Pascual de la Ribera? Perdone usted que no le haya conocido... Ya se ve, como no le he visto nunca..., y como el Sr. Zapata me dijo que hasta dentro de una hora no vendría usted...

CLEOFÁS. -¡Zapata!... Hombre, Zapata es un alcornoque. Pero le advierto a usted, querido, que estoy de prisa, y que cuento con su discreción.

FONDISTA. -¡Oh! En cuanto a eso, no tenga usted cuidado, que no desplegaré mis labios.

CLEOFÁS. -¿Supongo que le habrá pagado a usted?

FONDISTA. -Sí, señor.

CLEOFÁS. -¿Y que le habrá dicho a usted que la comida ha ser buena y escogida?

FONDISTA. -Lo mejor de casa.

CLEOFÁS. -Todo bien aderezado: mire usted que tengo un paladar delicadísimo... (Ahora comería guijarros.) Siempre he gustado de tener buena mesa... y siempre de prisa; me gusta la comida muy caliente... Conque vamos, pronto, prontito.

FONDISTA. -Voy; pero ¿y los dos amigos que debían venir con usted?

CLEOFÁS. -(¡Por vida de los amigos, que ya no me acordaba!) Ya no pueden tardar. (¡Otro inconveniente tenemos!)

FONDISTA. -Mientras llegan voy a disponer la mesa en una de esas salas.

CLEOFÁS. -¡Salas!... ¡Qué salas ni qué niño muerto! Estoy cansado de salas. Aquí, aquí, al aire libre se tiene más apetito... (Y es más fácil la retirada, en caso de sorpresa.)

FONDISTA. -¡Pero señor, aquí!...

CLEOFÁS. -Aquí he dicho, sí, señor.

FONDISTA. -Pues voy, con el permiso de usted. (Y los pobres muchachos de la fábrica ¿se han de quedar sin conocer a su protector?... Yo les voy a avisar para que vengan a verle...; pero después de lo que me ha encargado... ¿Y qué importa?... Quiero darles ese gusto, y también será para él una sorpresa muy agradable... Voy, voy.)

Escena XI

D. CLEOFÁS.

CLEOFÁS. -¡Y yo que no me acordaba ya de esos dos benditos amigos!... Siempre se olvida algo. Pues señor, necesito dos..., ¿y dónde los podré encontrar? Toma, los primeros que vea; amigos para comer, siempre se encuentran. Luego dirán que no es caprichosa la fortuna: yo venía a procurar que me convidasen, y salimos con que tengo que convidar. Pues señor, ruede la bola: convidemos hoy, y mañana Dios abrirá camino. (Pasa uno por delante de la puerta) ¡Hola! Allí va uno... No; no va decente, y ese no me conviene; no porque sea orgulloso, nada de eso; pero el decoro... Vaya, voy a recorrer estos alrededores, y los dos primeros fraques o levitas que se me presenten vienen por los cabezones a comer conmigo.

Escena XII

D. PASCUAL, D. GASPAR.

GASPAR. -¿Pero no me dirás qué idea te ha dado hoy de venir a comer a Vista Alegre? ¿Te decides al fin a visitar la fábrica?

PASCUAL. -No pienso en eso. No quiero que los mozos me conozcan sino por mi nombre.

GASPAR. -Pero esa es una rareza de las mayores. ¿Qué tendría de malo que conocieran al que les da de comer y mantiene con su fábrica casi todo el pueblo?

PASCUAL. -¿Y a mí para qué necesitan conocerme?

GASPAR. -Así no extraño que todos te llamen original y te tengan por un hombre extravagante.

PASCUAL. -¿Y qué me importa lo que digan de mí?

GASPAR. -Sí, pero muchas veces es preciso...

PASCUAL. -Yo no transijo nunca con las opiniones de los vanos. Yo quiero hacer bien, sin dar la cara.

GASPAR. -Ya, pero... En fin, haz lo que quieras. ¡Hombre, cuánto siento que el marqués no haya venido con nosotros!

PASCUAL. -Tiene que acompañar a cierta dama a los toros, y su galantería no le ha permitido faltar. Pero comeremos los dos; y hagámoslo pronto, que sentiría mucho perder mi apuesta.

GASPAR. -¿Qué apuesta es esa? Nada me has dicho.

PASCUAL. -Que mi primo el alcalde de corte se empeñó anoche en que habíamos de ir hoy mi mujer y yo a comer con él por ser sus días y tener gentes convidadas. Yo, que soy poco amigo de convites, le dije que no quería ir; él lo tomó por empeño, y me aseguró que no me dejaría comer en otra parte que en su casa, que averiguaría dónde iba y enviaría un alguacil con orden de que me llevase preso. De aquí se armó una disputa, que concluyó por apostar un refresco. Ya ves que hasta ahora la victoria es mía. ¡Cómo se ha de figurar que me ha dado la gana de venir a Vista Alegre! Imposible.

GASPAR. -¿Por eso enviaste a Zapata con tanta prisa a reconocer el campo y preparar los víveres?

PASCUAL. -Por eso. Conque entremos a ver...

Escena XIII

D. GASPAR, D. PASCUAL, D. CLEOFÁS.

CLEOFÁS. -¡No encuentro nada convidable! Yo rabio. Pero... (Los ve.) ¡Calle! Esto es hecho; que hayan comido o no, ya no se me escaparán. (Los saluda.)

GASPAR. -¿Qué querrá este hombre?

PASCUAL. -¡Toma! Esa facha y esos saludos en una fonda ya se sabe lo que indican: hambre.

GASPAR. -Me parece que aciertas.

PASCUAL. -Pues ya que la comida está encargada para tres, y el marqués no viene, soy de opinión que demos acogida a este pobre diablo, que estará muerto de hambre.

CLEOFÁS. -(Con muchas reverencias.) Caballeros, aunque no tengo el honor de conocer a ustedes, me tomo la libertad... Ya se ve, mi proposición sin duda alguna parecera indiscreta, porque a la verdad, las circunstancias son extraordinarias y nuevas para ustedes. y sobre todo para mí...

PASCUAL. -(¡Qué tal! ¿Ves lo que te dije?)

CLEOFÁS. -Hay personas que, sin saber por qué, petan al primer vistazo... y yo aseguro a ustedes que desde el momento que los vi me simpatizaron de tal modo, que...

PASCUAL. -Ya entiendo, usted viene a pedirnos que...

CLEOFÁS. -Que me hagan ustedes el honor de comer conmigo.

GASPAR. -¡Qué dice usted!

PASCUAL. -(Cierto que me ha sorprendido.)

CLEOFÁS. -Ya conozco que este rasgo les parecerá a ustedes original; pero amigos, es de carácter. Yo amo sobre manera la sociedad, la buena sociedad; ¡oh! y es seguro que hoy, si no hubiera sido por ustedes, me hubiera quedado sin comer.

PASCUAL. -Agradecemos infinito, amigo mío, el honor que usted nos dispensa, pero nos es absolutamente imposible...

GASPAR. -Tenemos nuestra comida dispuesta.

CLEOFÁS. -(¡Haya testarudos!... ¡Ay si estuviera yo en su lugar!)

Escena XIV

D. GASPAR, D. PASCUAL, D. CLEOFÁS, EL FONDISTA.

FONDISTA. -(Vaya, estos serán los amigos.) Sr. D. Pascual de la Ribera, todo está pronto; cuando usted guste...

CLEOFÁS. -Bien, bien, querido, espere usted un poco.

PASCUAL. -¡Cómo! ¿Es usted D. Pascual de la Ribera?

CLEOFÁS. -Sí, señor; pero...

PASCUAL. -D. Pascual de la Ribera, ¿el dueño de esa fábrica?

CLEOFÁS. -Sí, señor, el mismo; pero le suplico a usted que no me nombre... Soy enemigo de cumplimientos; y si llegaran a saber los de la fábrica que estoy aquí, vendrían a manifestarme su gratitud en una ocasión que... a laverdad no me sería nada lisonjero.

PASCUAL. -(¡Hay cosa más singular!)

GASPAR. -(¡Ah! ¡Esto es demasiado!)

PASCUAL. -(¡Calla! ¿No ves que es un loco? Es preciso divertirnos a su costa.)

CLEOFÁS. -Conque, señores, ¿puedo esperar el honor de?... Vamos sin cumplimientos..., una comida regular...

FONDISTA. -¡Cómo regular! Lo mejor que hay en casa. Vaya, pues poco me encargaría el Sr. Zapata...

PASCUAL. -(¡Calle! Es nuestra comida la que nos ofrece...)

CLEOFÁS. -Vaya, señores, por el amor de Dios, que me asesinan los cumplimientos. En la mesa es donde se hacen mejor las amistades. Conque fuera ceremonias. ¿Se dignan ustedes?...

PASCUAL. -Sí, señor; admitimos con el mayor gusto.

CLEOFÁS. -Eso es: viva la franqueza. ¡Patrón, vamos, listo, la comida!

FONDISTA. -Se está poniendo la mesa. (Ponen la mesa en el jardín.) (Ya no tardarán los mozos de la fábrica; ¡qué sorpresa para él!) Sr. D. Pascual, tengo preparada una cosa para usted que le va a sorprender muy agradablemente.

CLEOFÁS. -Bueno, bueno. Nada hay que me sorprenda tan agradablemente como el aspecto de la comida: hágame usted marchar así mucho tiempo de sorpresa en sorpresa, y no quiero más.

PASCUAL. -Sr. D. Pascual, he admitido su convite de usted; pero ha de ser con la condición de que mañana martes me hará usted el favor de comer en mi casa.

CLEOFÁS. -¡Oh, amigo! Es muy justo: no faltaré.

PASCUAL. -(Aparte a GASPAR.) Anda tú, convídale también.

GASPAR. -Amigo mío, yo no quiero ser menos: espero que pasado mañana miércoles tendrá usted la bondad de acompañarme...

CLEOFÁS. -También es muy justo: no faltaré. Vamos, señores, a la mesa. (D. PASCUAL y D. GASPAR se sientan y hacen plato.) Pues señor, esto no se presenta mal. No sólo he asegurado la pitanza de hoy, sino también la de mañana y la de pasado mañana. ¡Ay fortuna, no te vuelvas suegra!

Escena XV

Dichos, LOS MOZOS DE LA FÁBRICA.

(Los MOZOS en esta escena deben hablar casi a un tiempo, siempre rodeándole y siguiéndole sin dejarle escapar.)

FONDISTA. -Ese es (Aparte a los MOZOS, señalándoles a D. CLEOFÁS.)

MOZOS. -¡Señor, Sr. D. Pascual! (Rodeando a D. CLEOFÁS, que iba a sentarse.)

UNOS. -¡Qué dicha para nosotros!...

OTROS. -¡Cuántos deseos teníamos!...

CLEOFÁS. -¿Qué es esto, señor, quiénes son ustedes?

MOZO 1º. -Señor, somos los empleados en la fábrica.

CLEOFÁS. -¡Ay Dios mío!

MOZO 1º. -Que hemos sabido que estaba usted en el pueblo, y venimos...

MOZO 2º. -¡Eran tantos los deseos que teníamos de conocer a usted!...

MOZO 1º. -Venimos de parte del director a que venga usted allá a comer...

PASCUAL. -(¡Qué tal! No me escapo de mala. Él recibirá los cumplimientos en lugar mío.) (Siguen comiendo.)

CLEOFÁS. -(Mirando a la mesa.) Sí; pero reparen ustedes que la comida... En fin, ahora no puede ser; díganle ustedes que después me pasaré por allá.

MOZO 1º. -Pero señor, ¿no quiere usted darnos ese gusto?

MOZO 2º. -Nos ha encargado tanto...

MOZO 1º. -Vaya, señor, véngase usted...

MOZO 2º. -Véngase usted con nosotros...

MOZOS. -¡Véngase usted, señor!...

CLEOFÁS. -¡Maldita sea la fábrica!... Por Dios, señores, que se enfría..., déjenme ustedes... (¡Qué aprisa comen aquellos condenados!)

PASCUAL. -(Me da risa ver lo apurado que está.)

MOZO 1º. -Verá usted la fábrica, y...

MOZO 2º. -Lo adelantado que está, y...

MOZO 1º. -Tan bien arregladito todo...

MOZO 2º. -Verá usted el corralón nuevo...

MOZOS. -Sí, señor: vaya, véngase usted...

CLEOFÁS. -Si he dicho que luego iré. ¡Haya moler! Luego iré... Déjenme ustedes ahora comer.

MOZO 2º. -Pero señor, si nos encargó que no le dejásemos a usted comer aquí...

MOZO 1º. -Y que no volviéramos sin llevarle a usted...

MOZO 2º. -Que tenía que hablarle a usted sobre los pesebres del corralón grande...

MOZO 1º. -Y que si quería usted que recibiese al hijo del tío Cascarilla...

MOZO 2º. -Y que tenía que leerle a usted unas cuentas...

CLEOFÁS. -¡Por vida de mi abuela! ¿Cómo he de decir que luego iré, y me leerá aunque sea un tomo en folio? ¡Pero por San Juan bendito!...

MOZO 1º. -Pero yo no sé qué le hemos de decir cuando vea...

MOZO 2º. -Ya se ve: cuando vea que vamos solos...

CLEOFÁS. -¡Cáspita! ¿No he dicho que le digáis que iré, iré, iré..., que me espere allá?

MOZO 1º. -¿Conque nos vamos?...

CLEOFÁS. -Sí, señor, váyanse ustedes, que yo en acabando de comer...

MOZO 2º. -Pues señor, no deje usted de pasarse por allá...

MOZO 1º. -Es verdad; no deje usted de ir...

MOZO 2º. -Tendremos tanto gusto...

MOZO 1º. -Ya se ve: como nunca le hemos visto a usted...

MOZOS. -No deje usted de ir...

CLEOFÁS. -Iré, iré... Vayan ustedes con Dios.

MOZO 2º. -Sí, señor... Conque...

MOZO 1º. -Conque...

CLEOFÁS. -Agur, agur; hasta luego.

MOZO 2º. -Para servir a usted, señor amo...

MOZO 1º. -Para servir a usted; hasta luego...

MOZOS. -Quede usted con Dios, señor amo...

CLEOFÁS. -Adiós, adiós.

MOZOS. -¡Viva el Sr. D. Pascual!... ¡Viva el señor amo!...

OTROS. -¡Viva!...

Escena XVI

Dichos, D. JUDAS, apresurado.

JUDAS. -¡Qué es esto, señor! ¿Qué alboroto es este?

FONDISTA. -¡Qué! ¿No lo sabe usted? El Sr. D. Pascual de la Ribera..., aquél...

JUDAS. -¡Hombre! ¿Cuál es?

FONDISTA. -¡Toma! Ese, ese...

JUDAS. -¡Qué me dice usted! ¡Ese! ¡Jesús! ¡Y yo que le tomé por un loco, y le dije...! ¡Jesús, qué ignorancia la mía!...

CLEOFÁS. -(Procurando echar a los MOZOS.) ¡Pero por San Pascual Bailón! ¿No se hacen ustedes cargo de que sin comer?... (Mirando a la mesa.)(¡Ay! ¡Qué adelantados van los malditos!) No tengan ustedes cuidado, que después iré...; pero ahora se está enfriando, y... (¡Cómo devoran!) Vayan ustedes con Dios...

MOZOS. -¡Viva el señor amo!...

CLEOFÁS. -Vayan ustedes con Dios.

MOZOS. -¡Viva, viva!...

Escena XVII

Dichos, menos LOS MOZOS.

CLEOFÁS. -¡Otra tenemos! (D. CLEOFÁS, libre ya de los MOZOS, se dirige a la mesa; pero D. JUDAS le detiene en el camino, abrazándole con muchos extremos.) ¡Hombre de dos mil santos!

JUDAS. -¡Sr. D. Pascual, mi amigo!...

CLEOFÁS. -¡Por el amor de Dios!...

JUDAS. -Permítame usted que le diga...

CLEOFÁS. -No tengo tiempo.

JUDAS. -¡Oh! Eso no: no me separaré de usted hasta que me permita reparar la falta grosera que cometí.

CLEOFÁS. -Si está usted perdonado.

JUDAS. -No, señor; eso no basta...

Escena XVIII

Dichos, D. MANUEL, apresurado.

MANUEL. -Pero padre, ¿qué hace usted aquí?

JUDAS. -No basta... (Sin oírle.) No hay remedio; es preciso que suba usted a comer con nosotros un poco de jaletina...

CLEOFÁS. -Jaletina sin haber comido.

JUDAS. -No sabe usted los deseos que tenía de conocerle... Vamos, suba usted... suba usted...

CLEOFÁS. -Ahora es imposible. He convidado a esos dos amigos, y... tenemos prisa, conque... (¡Dios mío! ¡A dos carrillos!)

JUDAS. -Pues a lo menos, mañana ha de comer usted conmigo.

CLEOFÁS. -Mañana... Estoy convidado.

JUDAS. -Pues pasado mañana.

CLEOFÁS. -Estoy convidado.

JUDAS. -Hombre, pues el jueves.

CLEOFÁS. -El jueves..., bien; no faltaré. Pero por ahora consideraciones de mayor entidad...

JUDAS. -¡Cuánto me alegro!... (Al fin D. CLEOFÁS procura desasirse de D. JUDAS, y va a la mesa; pero D. MANUEL, que ha estado informándose del FONDISTA, corre a su encuentro y lo abraza.)

MANUEL. -¡Sr. D. Pascual, mi dueño!

CLEOFÁS. -¡Piedad, señor, piedad!

MANUEL. -Puedo esperar...

CLEOFÁS. -Sí, señor. (Queriendo ir a la mesa.)

MANUEL. -Que me perdone usted...

CLEOFÁS. -Sí, señor. (Ídem.)

MANUEL. -Aquella grosería.

CLEOFÁS. -Sí, señor. (Ídem.)

MANUEL. -Como no tenía el gusto de conocer a usted...

CLEOFÁS. -(¡Ay! ¡Qué trabajo es ser rico!) ¿Quiere usted dejarme comer en paz?

MANUEL. -Es necesario que me prometa usted comer conmigo mañana.

CLEOFÁS. -Mañana no puede ser: estoy convidado.

MANUEL. -Pues pasado mañana.

CLEOFÁS. -Estoy convidado.

MANUEL. -El jueves.

CLEOFÁS. -Estoy convidado.

MANUEL. -El viernes...

CLEOFÁS. -El viernes..., no faltaré.

MANUEL. -Sin falta.

CLEOFÁS. -Sin falta. Pero hoy es lunes... y yo también como los lunes; conque si usted quiere dejarme...

MANUEL. -¡Sr. D. Pascual! (Va a abrazarlo, pero D. CLEOFÁS se escapa por debajo.)

Escena XIX

Dichos, VARIOS CONVIDADOS, DOÑA LUISA.

CONVIDADO 1º. -Sr. D. Pascual, (Al tiempo de ir D. CLEOFÁS a la mesa le rodean los convidados de la boda.) celebro mucho...

CLEOFÁS. -¡Misericordia!... ¡Misericordia!...

MANUEL. -(A LUISA.) Ahí tienes a D. Pascual de la Ribera, el amo de esa fábrica, hombre millonario. Yo no le conocía, y le tomé esta mañana por un loco; pero ya he reparado mi falta convidándole a comer el viernes. Es un excelente sujeto, (A los convidados.) Este es el Sr. D. Pascual...

JUDAS. -(A ídem.) Aquí tienen ustedes el hombre que tanto deseábamos conocer, y que me hace el honor de comer conmigo el jueves; es muy digno del aprecio general por sus virtudes; y yo espero que me cuente en el número de sus verdaderos amigos, porque lo soy suyo de corazón, (Le abraza.) de corazón.

CLEOFÁS. -Yo suplico a ustedes que me dejen comer, porque los cumplimientos en ayunas sientan muy mal; y después me entregaré a ustedes para que me descuarticen si les da la gana. Tengan ustedes compasión, que estoy con el chocolate, y... con dos mil de a caballo... ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!... (Al fin se escapa, llega a la mesa y se sienta.) ¡Hola! Parece que no han perdido ustedes el tiempo. Felizmente yo estoy acostumbrado a comer de prisa; a ver, a ver... (Se hace plato.)

Escena XX

Dichos, UN ALGUACIL.

ALGUACIL. -¿Quién es aquí el Sr. D. Pascual de la Ribera? (Al fondista.)

FONDISTA. -Aquél, aquél que está allí...

CLEOFÁS. -(A un mozo que quiere llevarle el plato.) ¡Eh, eh, mozo, mozo, espera, hombre!... ¡Cáspita, qué vivo eres de genio! (Al llegar el tenedor a la boca, el alguacil le detiene el brazo, y con la otra mano le quita el plato y se lo da al mozo.)

ALGUACIL. -Sr. D. Pascual...

CLEOFÁS. -¿Qué se ofrece?... ¡Qué es esto!...

ALGUACIL. -Tenga usted la bondad de venir conmigo.

CLEOFÁS. -En comiendo iré donde usted quiera.

ALGUACIL. -No, señor. La orden que tengo es de llevarme a usted a Madrid en el momento, en calidad de preso, a disposición de su señoría, sin permitirle absolutamente que coma.

PASCUAL. -(Esto es cosa de mi primo. ¡Qué tal! ¡Mira si se ha descuidado!)

GASPAR. -(Este hombre te ha servido hoy de mucho.)

CLEOFÁS. -¡Sin permitirme que coma! Hombre, no he visto nunca esa ley en la Novísima Recopilación.

ALGUACIL. -Esa es la orden que traigo.

CLEOFÁS. -(Se levanta.) Pues señor, todo el infierno se ha soltado hoy para dejarme sin comer... Hasta la curia.

PASCUAL. -(¿Y qué partido tomará ahora este buen hombre?)

CLEOFÁS. -Pero señor alguacil, déjeme usted comer siquiera un calabacín, y usted puede echar un trago...

ALGUACIL. -Señor, no me es posible. Ya ve usted que me comprometo...

JUDAS. -Estoy aturdido. (A los convidados.) ¿Qué será esto?... Un hombre como don Pascual... preso... Debe ser cosa muy gorda.

MANUEL. -Alguna calumnia, sin duda...

JUDAS. -O alguna quiebra fraudulenta...

CLEOFÁS. -Pero señor alguacil, sepamos qué quiere usted conmigo.

ALGUACIL. -Señor, me ha mandado su señoría terminantemente que en el momento conduzca preso a Madrid al Sr. D. Pascual de la Ribera.

CLEOFÁS. -¿Y es tan grande mi delito que me condenan a muerte de hambre? ¿Ni siquiera merezco que me ahorquen después de comer?

ALGUACIL. -Yo no sé nada. Conque... cuando usted guste...

CLEOFÁS. -(Pues señor, ¿qué haré en este lance? ¿Descubrir que no soy D. Pascual y pasar por embustero, o ir a la cárcel? De todos modos, este Cancerbero no me deja comer... No, no; más vale soltar la mascarilla que ir a poder de don Fermín.) ¿Conque no hay remedio? ¿Usted se halla decidido a no dejarme comer?

ALGUACIL. -No puedo menos: esa es la orden, y...

CLEOFÁS. -¿Ni siquiera una chuletita?

ALGUACIL. -Nada: no me es posible.

CLEOFÁS. -Pues señor, una vez que no hay remedio, escuche usted una palabrita aparte. (Habla aparte con el alguacil.) Voy a declararle a usted un secreto. Sepa usted que yo no soy D. Pascual de la Ribera, ni lo he soñado.

ALGUACIL. -¿Cómo es eso?

CLEOFÁS. -Escuche usted, hombre de Dios. Esa comida que ve usted la encargó un criado de D. Pascual, de orden de su amo, el cual ya no puede tardar. Yo oí el recado... ¡Yo, poéticamente hambriento!, y me dejé llevar de la tentación de fingirme D. Pascual y pedir la comida. Déjeme usted engullir un poco, por San Juan Ante-portam-latinam, y yo le aseguro a usted que antes de diez minutos tiene usted aquí a ese D. Pascual...

ALGUACIL. -No ve usted que está bien conocido que ese es un ardid de que se vale usted..., un subterfugio...

CLEOFÁS. -Pero hombre de Satanás, ¿tengo yo cara de ser rico, ni de llamarme don Pascual? Míreme usted con reflexión.

ALGUACIL. -No logra usted sorprenderme. Patrón...

CLEOFÁS. -¡Hombre, que me pierde usted!

ALGUACIL. -Patrón. Diga usted...

CLEOFÁS. -¡Por las once mil vírgenes!...

ALGUACIL. -El señor, ¿quién es?

FONDISTA. -El Sr. D. Pascual de la Ribera.

ALGUACIL. -(A D. CLEOFÁS.) ¿Lo ve usted? Señores, ¿este caballero no es el Sr. don Pascual de la Ribera?

PASCUAL. -(Levantándose.) No señor. (Quitan la mesa.)

CLEOFÁS. -(Al alguacil.) ¿Lo ve usted?

PASCUAL. -D. Pascual de la Ribera soy yo.

TODOS. -¡Cómo!

CLEOFÁS. -(Esto faltaba para coronar la fiesta...)

PASCUAL. -Yo; sí, señores. Doy por recibidos los obsequios que ustedes me han prodigado en mi representante, y me ofrezco a su disposición.

GASPAR. -Sí; pero vámonos pronto, no lo huelan los de la fábrica y vuelvan de nuevo.

PASCUAL. -Vamos, señor alguacil: ya puede usted contarle a mi primo que por muy listo que ha andado, he ganado yo la apuesta, y he comido delante de usted. (A D. CLEOFÁS.) Amigo mío, usted me ha libertado de la tempestad, y yo le doy las gracias.

GASPAR. -(A D. CLEOFÁS.) Sr. D. Pascual de la Ribera, a la disposición de usted. ¡Ah! ¡ah! ¡ah!

TODOS. -Adiós, Sr. D. Pascual de la Ribera. ¡Ah! ¡ah! ¡ah!... (Vanse.)

FONDISTA. -(Ofreciéndole un papel con palillos.) ¿Quiere usted un palillo, Sr. D. Pascual?

CLEOFÁS. -Señor estofado, no abuse usted del hambre pública. Vaya usted enhoramala.

Escena XXI

D. CLEOFÁS.

CLEOFÁS. -¡Adiós, Vista Alegre... para los que han comido: triste y funesta para mí! ¡Caiga sobre ti mi gástrica maldición! ¡Yo quedarme sin comer!... Si encontrase alguno que me convidara a cenar... (Al público, dirigiéndose a la derecha.) ¿No hay nadie por aquí que guste de cenar acompañado?... Nada. (A la izquierda.) ¿Ni por aquí tampoco?... No hay remisión. (Al medio.) Por aquí me parece que hay más filantropía... Me engañé. ¿Conque será posible que hoy ayune tan bárbaramente, a pesar de los repetidos esfuerzos de mi genio gastronómico? ¿Será posible que cuantos me rodean se hallen tan poco dispuestos a satisfacer las reclamaciones de mi desierto estómago? Será posible que... (Mirando de repente a la tertulia.) ¡Hola! ¿Es a mí? ¿A cenar? Allá voy. Señores, con el permiso de ustedes.

Una boda improvisada

Comedia en un acto, arreglada al español

Personas



D. PROTASIO.
D. ANDRÉS.
D. LUIS.
ADELA.
TERESA.

(La escena es en un pueblo a seis u ocho leguas de Madrid)

El teatro representa una sala de la casa de D. PROTASIO: muebles antiguos.

Escena primera

ADELA, D. ANDRÉS, TERESA.

TERESA. -¡Nadie parece!

ADELA. -¡Cosa más rara!... ¿No hay gentes en esta casa?... Bajamos del coche y nadie sale a recibirnos..., nos metemos aquí como Pedro por su casa y llegamos hasta la sala sin encontrar alma viviente...

ANDRÉS. -¡Esta soledad me da muy mala espina!... Mi tío me escribió que estaba enfermo de peligro..., y quizá todos estarán ocupados en asistirle..., o acaso nos hallaremos con alguna desgracia... Esperad aquí; voy a subir a su cuarto y vuelvo a deciros lo que pasa.

Escena II

ADELA, TERESA.

ADELA. -Tu marido cree que su tío está agonizando, y yo apuesto a que está tan bueno y sano como nosotros. Me acuerdo que siendo niña venía a casa todos los días, y siempre con la tema de que estaba muy malo; se me figuraba el enfermo de aprensión. Lo mismo es ahora: pasa la vida haciendo testamento y tomando medicinas...; en fin, es tal su manía, que da cuarto en su casa al médico, al escribano y al cura, por tenerlos a la mano.

TERESA. -¡Jesús, qué sociedad tan lúgubre debe ser la del tío!

ADELA. -Y mira qué muebles... ¿De qué siglo será esto?...

TERESA. -¡Por Dios, Adela!, contén un poco tu genio y no vayas a hacer burla...; ya sabes lo que nos ha dicho mi marido acerca del tío D. Protasio: es un señor muy escrupuloso, que siempre está predicando la decencia, las buenas costumbres y la fidelidad conyugal.

ADELA. -Sí, ya sé que está montado a la antigua; pero no vayas tú a hacerle el dilo con esa cara de duelo...

TERESA. -¡Y qué quieres! Yo no tengo tu genio, y me veo metida en un laberinto, que... D. Protasio no sabe que su sobrino se ha casado de secreto conmigo... y continuamente le está apurando para que celebre contigo su matrimonio..., sólo con esa condición le deja por heredero.

ADELA. -Ya le haremos mudar de idea. Él quiere hacer por ese medio que yo disfrute de sus bienes..., le agradezco mucho la buena intención; pero no es cosa de hacerme rica por fuerza.

TERESA. -¡Mi querida Adela! ¡Jamás olvidaré tan generoso sacrificio!

ADELA. -Anda, Teresa, que el sacrificio no es tan grande como tú te figuras. Puedo asegurarte que aun cuando Andrés no hubiera tenido el corazón preso en tus redes..., el mío estaba ya...

TERESA. -¡Qué me dices!... ¿Tenías amores?...

ADELA. -¡Y tanto!... No te lo he dicho hasta ahora. Dos años ha que conocí en casa mi tía Mariana un joven, tan vivo, tan alegre...; ya sabes mi genio..., al instante simpatizamos. Nos veíamos diariamente..., charlábamos sin cesar..., por las noches nos divertíamos haciendo burla de todos los que iban a la tertulia...; en fin, pasábamos el rato inocentemente..., hasta que un día se atrevió a declararme su amor..., yo me puse hecha una furia..., le dije que era un atrevido, que no volviera a ponérseme delante..., en fin, lo que se dice siempre al principio...; él insistió, me juró que no podía vivir sin mí... y yo le iba ya creyendo..., ¡necia de mí!..., cuando de la noche a la mañana... ¿qué dirás que hizo?..., desapareció..., y hasta hoy...

Escena III

ADELA, D. ANDRÉS, TERESA.

TERESA. -¿Qué traes?

ADELA. -¿Qué sucede?

ANDRÉS. -¡Una desgracia!

TERESA. -¡Dios mío!

ANDRÉS. -¡Estamos perdidos!

ADELA. -¿Se ha muerto el tío?

ANDRÉS. -¡Qué! ¡Se ha ido a caza a las cuatro de la mañana!... Así me lo ha dicho el jardinero.

TERESA. -¡Acabaras!... ¿Y eso te entristece?

ADELA. -Andrés, usted anda con unos misterios... Me saca usted de Madrid para que acompañe a su mujer y me ofrece explicarme el motivo de este viaje así que lleguemos al pueblo. Pues ya hemos llegado y reclamo la palabra.

ANDRÉS. -¡Se va usted a enfadar conmigo, Adela!

ADELA. -¿Y por qué?... ¿No somos amigos?

ANDRÉS. -Va usted a desaprobar mi conducta..., pero ya no hay remedio; óigame usted y la pondré al corriente de mi plan. Ya sabe usted que yo no tengo bienes y que mi tío me amenaza con desheredarme si no me caso con usted.

ADELA. -Sí, ya lo sé todo: usted se había casado de secreto con Teresa y ya no es posible casarse con dos mujeres; vamos, ¿qué más hay?

ANDRÉS. -Va usted a saberlo. Hace tres días que mi tío me envió a Madrid un propio con una carta concebida en estos términos.

ADELA. -Veamos.

ANDRÉS. -(Lee una carta.) «Mi querido Andrés: veo que se acerca mi última hora y te escribo desde el lecho de la muerte. Quiero que tan luego como recibas ésta efectúes tu matrimonio con Adela y me la traigas antes que yo pase a mejor vida. Ya sabes que su padre me hizo señalados favores, y murió pobre, dejándome el encargo de cuidar de su hija y establecerla. Contéstame con el dador lo que resuelvas. Advirtiéndote que el escribano está a mi lado y que haré mi testamento según sea tu sumisión a mis mandatos. Adiós, Andrés: y ruégale por tu tío que te ama, Protasio. P. D. Si cuando llegues he muerto, no te dé pena, que yo dejaré dadas mis órdenes.»

ADELA. -¡Jesús, qué original! ¿Y qué es lo que usted le respondió?

ANDRÉS. -Le respondí... que ayer mismo me había casado con usted.

ADELA. -¿Conmigo?

TERESA. -¿Es posible?

ANDRÉS. -Y que hoy salíamos de Madrid para este pueblo.

ADELA. -¡Pues ha hecho usted un pan como unas flores!

ANDRÉS. -¡Ya lo veo!

TERESA. -¡Andrés!... ¡Qué locura!

ANDRÉS. -Yo creí de buena fe que mi tío estaba dando las boqueadas..., y pensaba presentarla a usted como mi mujer.

ADELA. -Pero debió usted, a lo menos, ponerme en el secreto antes de marchar.

ANDRÉS. -Tiene usted razón; pero..., la verdad..., temí que usted no consintiera...

ADELA. -¿Y qué papel destinaba usted en la farsa a su mujer?

ANDRÉS. -El de una amiga íntima de usted... que no se separaba nunca de su lado..., así se lo escribí al tío... ¡Válgate Dios!..., y ahora nos hallamos con que ni está enfermo, ni se muere, ni... ¡De caza, tan sano y tan gordo!... Yo me alegro mucho; eso es otra cosa..., pero es una desgracia terrible, terrible..., y ya no hay más recurso que meternos otra vez en el coche y a Madrid.

ADELA. -¡Buena salida!... ¡Tiene usted la cabeza más destornillada!..., y ahora doy gracias a Dios de no ser realmente su mujer.

ANDRÉS. -Pero vamos, ¿qué quiere usted que haga?

TERESA. -Echarnos a los pies del tío y confesárselo todo.

ADELA. -¡Otra que tal! Aunque os echéis a sus pies y le digáis con tono de tragedia: «Os hemos engañado, ¡perdón, tío D. Protasio, perdón!,» ¿qué sacaréis en limpio? Es un viejo tufillas, testarudo, que no se da a partido...; os manda a paseo, os deshereda..., y quedáis lucidos.

ANDRÉS. -Pero entonces, señor...

ADELA. -¡Déjeme usted acabar! Ni el uno ni la otra valéis un comino para lances de esta especie. Yo tengo más calma y más travesura... Conque si me dais plenos poderes, yo me encargo de la comedia.

ANDRÉS. -Por mí, corriente.

TERESA. -¡Amiga mía!...

ADELA. -Por el pronto, lo dicho, soy su esposa de usted..., esposa interina; el tío es un campesino de mal genio, bien; empezaré por disgustarle.

TERESA. -¡Eso no será fácil, Adela!

ADELA. -¡Facilísimo! Me haré la aturdida, la coqueta, la loca... ¡Veréis, veréis con qué naturalidad! Tú, Teresita, has de representar el papel opuesto: siempre al lado del tío..., mimándolo mucho..., y cuando veamos que ya no me puede aguantar..., se aventura la confesión.

ANDRÉS. -¡Es usted un ángel!

ADELA. -¡Cuidado, esposo mío!... Trate usted a su esposa con mucho cariño... Teresa, no tengas celos. Con mucha afabilidad, con mucho amor..., no tanto, que vayan a conocer que no somos marido y mujer.

TERESA. -Yo le haré creer que me gusta mucho el campo.

ADELA. -¡Yo diré que es horroroso..., que el jardín es feísimo... y la casa y la huerta y todo! Veréis, veréis...

ANDRÉS. -¡Dios nos saque con bien!... (Óyense ladridos dentro.) ¡Ay! ¿No oís?... ¡Ya está ahí mi tío!... ¡Entraos adentro: yo le recibiré solo..., y le prepararé...

ADELA. -¡Cuidado con echarlo a perder! (Vanse las dos.)

Escena IV

D. ANDRÉS, D. PROTASIO.

PROTASIO. -¿Dónde están?... ¿Dónde están esos muchachos?...

ANDRÉS. -(Corriendo a sus brazos.) ¡Querido tío!...

PROTASIO. -¡Andresillo!... ¿Y dónde, dónde está tu mujer?

ANDRÉS. -Ha ido a arreglarse un poco... No hacemos más que apearnos..., y venía con tanto polvo...

PROTASIO. -¡Calla, calla!...¡Ceremonias conmigo!... Ya veo que no me conocéis. Aquí no estamos en Madrid..., y cuidado que a mí no me gustan pinturas: yo quiero que aquí se viva a la buena de Dios..., con franqueza, con franqueza.

ANDRÉS. -Teresita..., aquella amiga de quien hablé a usted en mi carta..., también ha venido.

PROTASIO. -¡Mejor! ¡Mejor!... Tus amigos lo son míos y pueden venir a mi casa. Además que yo conozco a la familia de esa joven..., su padre era muy buen sujeto. ¡Ah! También yo os presentaré un amigo..., el dueño de esa quinta que habréis visto orilla del camino real... ¡Un joven de veintiocho años..., pero un fenómeno!... ¡Filósofo consumado!... Me le encontré que iba también de caza..., y me ha tenido con la boca abierta... ¡Qué bien habla! ¡Qué sentencias contra los hombres..., y sobre todo contra las mujeres!... ¡Se explica como un libro! Y así, matando conejos y moralizando nos hemos andado más de seis leguas.

ANDRÉS. -Según eso, tío, ya se siente usted...

PROTASIO. -¡Ay, malo, malo, muy malo... Esta máquina se va acabando..., así, poco a poco... Ahora mismo me siento tan débil..., tan cansado...

ANDRÉS. -Después de andar seis leguas..., no tiene nada de particular.

PROTASIO. -No; no es por las seis leguas..., eso no me cansa... Esto es efecto de mi mala salud.

ANDRÉS. -¡Ya!... No tendréis apetito...

PROTASIO. -¡No, lo que es apetito... no me falta!: como bien..., bebo regularmente..., duermo bastante..., pero estoy muy malo, ¡muy malo! Sin embargo, debo dar gracias a mi última enfermedad..., pues a no ser por ella, aún no te habrías casado.

ANDRÉS. -Tío..., yo...

PROTASIO. -¡Calavera!... ¡Te gustaba la vida de soltero!...

ANDRÉS. -No, señor..., si no la hago mucho tiempo ha.

PROTASIO. -¡Embustero!... Tú has sido siempre amigo de trasnoches y de bromas; pero de aquí vas a salir como nuevo: el amigo que te he dicho se encargará de convertirte. Si le oyeras disertar sobre el desprecio de las grandezas humanas..., sobre la futilidad de las..., y la instabilidad del... A propósito, aquí viene: él te dirá..., porque a mí se me olvidan esos términos...

Escena V

D. LUIS, D. PROTASIO, D. ANDRÉS.

LUIS. -Se me ha escapado el maldito conejo..., después de andar una legua...

PROTASIO. -¡Hola, camarada!... Aquí le presento a usted a mi sobrino...

ANDRÉS. -¡Qué veo!... ¡Estoy soñando!... ¡Luis!...

LUIS. -¡Calla!... ¡Andrés!...

PROTASIO. -¡Hola!... ¿Se conocen ustedes?...

LUIS. -¡Mucho! Hemos sido amigotes en Madrid...

PROTASIO. -¡Me alegro!... ¡Vaya un encuentro!...

ANDRÉS. -Pero tío, ¿es este quizá el filósofo de quien me hablaba usted?

PROTASIO. -El mismo.

ANDRÉS. -¡Éste! ¡Pues si era el mayor calavera de Madrid!

LUIS. -¡Qué tal! ¡Ya ve usted, Sr. D. Protasio, si tengo razón para clamar contra la injusticia de los hombres! Aquí tiene usted uno de mis mayores amigos, tratándome de calavera... por media docena de travesuras que estoy espiando de una manera ejemplar.

ANDRÉS. -¿Estás loco?... Tú, el más bullicioso, el más coquetón...

PROTASIO. -¡Vamos, vamos!... ¡Señor sobrino, respete usted la virtud!

ANDRÉS. -¿Habrás cambiado enteramente en dos años que no te veo?

LUIS. -¡Ay, amigo mío!... ¡En esos dos años he vivido un siglo! He sufrido tanto..., tanto... Y luego las penas del alma... ¡Ay, las penas del alma me han muerto!

PROTASIO. -¡Qué desgracia de joven!

LUIS. -Y a propósito de penas del alma, ¿eres todavía celoso?

PROTASIO. -¡Calle usted, si está casado!

LUIS. -¡Te has casado!... ¡Ay, amigo mío!... ¡Te compadezco..., y sobre todo a tu mujer!...

PROTASIO. -¡Cómo, cómo! Pues qué, ¿el matrimonio?...

LUIS. -¡El matrimonio!... ¡Oh! ¡El matrimonio es una gran cosa! Nosotros, los moralistas lo consideramos como la base fundamental de... Y crea usted que si yo no estoy casado, no es culpa mía. Figúrese usted, Sr. D. Protasio, que después de haberme engañado todas las mujeres de este mundo, tengo al fin la dicha de encontrar una que me ama..., o por lo menos que lo aparenta; pero vea usted qué fatalidad: ¡esta mujer tenía un padre!...

PROTASIO. -¡Hombre!

LUIS. -Este padre la había prometido a otro, y contra viento y marea de la muchacha me pone en la calle. Yo no desisto: la pido una cita, salto una tapia, llego al emparrado del jardín, la encuentro, y allí bajo la bóveda del cielo, en medio de la noche, nos juramos amor eterno. Al día siguiente recibo orden del inspector para ir a mi regimiento; marcho a campaña..., y desde allá la escribo cien cartas..., nada: ¡sin responderme! Concluida la guerra vuelvo a Madrid, pregunto, y me dicen que su padre ha muerto, y que la visita un joven con quien va a casarse... Entonces, maldiciendo de las mujeres, me retiro a este desierto, donde por fortuna encuentro al venerable anciano en cuya compañía me dedico a practicar la moral sublime, encanto de la existencia y don precioso de la filosofía.

PROTASIO. -¡Estimando, Sr. D. Luis!... Usted me confunde..., y me...

ANDRÉS. -(Aparte.) ¡Vamos, se ha vuelto loco! -Y qué, ¿no has averiguado después nada acerca de tu querida? Debías informarte más...

LUIS. -¿Para qué? ¿Para convencerme de su infidelidad? No: así, a lo menos, la duda me sirve de consuelo. Además, confieso a ustedes que soy fatalista, y creo que mi estrella es ser engañado por todas las mujeres.

PROTASIO. -Cierto que la juventud del día...

LUIS. -¡Oh! ¡No me hable usted! ¡Qué juventud!... ¡Qué costumbres!

PROTASIO. -Sí, yo soy de la opinión de usted, en cuanto a los hombres; pero tocante a las mujeres..., no tanto; algunas se encuentran que..., vamos...

LUIS. -Sí, aquí entre las lugareñas: es verdad..., hay candor... y frescura...

PROTASIO. -¡Eso, eso!... El candor y la frescura... Pero, ¡cómo tarda mi sobrina, y estoy deseando abrazarla! Espero que ella le ha de reconciliar a usted con el bello sexo... ¡Eh! Yo los dejo a ustedes y vuelvo pronto. (Aparte, yéndose.) ¡Qué joven tan apreciable!... ¡Qué talento!... ¡Es un prodigio, un prodigio!

Escena VI

D. LUIS, D. ANDRÉS.

ANDRÉS. -Ahora, si puedes, mírame sin reírte.

LUIS. -No: no me chanceo.

ANDRÉS. -¡Vamos, te ha dado por ahí la locura!

LUIS. -Hablo seriamente: he dado al mundo un adiós eterno..., y me he encerrado en una ermita.

ANDRÉS. -¡En una ermita!

LUIS. -Quiero que la veas. Es modesta, pero agradable: tiene huerta, jardín, estanque..., allí vivo en la soledad..., no recibo gentes sino tres veces a la semana..., hay piano..., se toca..., hay mesa de billar..., tenemos partidas de caza... Nada superfluo, nada de lujo..., lo estrictamente necesario.

ANDRÉS. -¡Calla! Pues de ese modo yo también sería ermitaño. Admiro, en verdad, el esfuerzo que has hecho para renunciar a las pompas de este pícaro mundo. ¿Tendrás buena librería?

LUIS. -No, amigo mío: no tengo libros: me he deshecho de los que había en la quinta: eran novelas, obras inútiles, inmorales...

ANDRÉS. -¿Las has vendido?...

LUIS. -Las he cambiado por unos barriles de Jerez.

ANDRÉS. -¡Soberbio cambio!

LUIS. - ¡Qué quieres!... Yo tengo mis ideas: el buen vino no hace daño, y los malos libros sí.

ANDRÉS. -Pero tú, que no podías vivir sin estar enamorado...

LUIS. -¡No me hables de eso!... Detesto a las mujeres... ¡No hay fidelidad en la tierra!...

Escena VII

Dichos, TERESA.

LUIS. -(Viéndola salir.) ¡Hombre!... ¡Mira qué linda muchacha!... ¿Es tu mujer?

ANDRÉS. -¿Mi mujer?... No..., es una amiga suya.

LUIS. -¡Qué buena moza!... Preséntame..., preséntame.

ANDRÉS. -Se..., señorita...

LUIS. -¿Es soltera?... Mejor.

ANDRÉS. -Tengo el honor de presentar a usted al Sr. D. Luis del Valle..., un filósofo que hace gala de aborrecer a las mujeres.

LUIS. -¡Hombre, no!... ¡Estás loco!... No lo crea usted, señorita... ¡Yo aborrecer a las mujeres!... Nunca he proferido semblante blasfemia.

TERESA. -No debe suponerse, al ver a este caballero, que tenga por qué quejarse del bello sexo.

LUIS. -(A ANDRÉS.) ¡Cáspita!... ¡Qué talento tiene!

ANDRÉS. -(Aparte a TERESA.) No te fíes de él..., es un loco..., un charlatán.

LUIS. -Quién puede, al ver una joven tan interesante...

ANDRÉS. -(Aparte.) ¡Con qué fuego habla! (A TERESA.) Si descubre nuestro secreto, somos perdidos.

LUIS. -¿Qué la dice a usted, señorita?... ¡Apuesto a que me está calumniando!

TERESA. -Caballero...

ANDRÉS. -(A TERESA.) ¡Cuidado!

LUIS. -(A ANDRÉS.) ¡Qué figura tan majestuosa!... ¡Qué aire tan simpático!...

ANDRÉS. -Sí..., no es maleja... (Aparte.) ¡Gracias a Dios que viene mi tío!

Escena VIII

D. LUIS, D. PROTASIO, ADELA, D. ANDRÉS, TERESA.

PROTASIO. -Ven acá, sobrina..., ven a confundir a un temerario que se atreve a calumniar al bello sexo.

ADELA. -Hace muy mal, tío, y yo le probaré...

PROTASIO. -Mírale..., ahí le tienes.

LUIS. -(Aparte.) ¡Adela!

ADELA. -(Aparte.) ¡Cielos!

LUIS. -(A ANDRÉS.) ¡Cómo!... Andrés..., esa señora..., ¿es tu mujer?

ANDRÉS. -Sí.

PROTASIO. -Sí, señor..., su mujer.

ADELA. -(Aparte.) ¡Estoy turbada!

LUIS. -(Aparte.) ¡Y la pérfida se atreve a presentarse a mis ojos!

ADELA. -(Aparte.) ¡Dios mío!... ¡Me juzga infiel!

TERESA. -(Aparte a ANDRÉS.) ¡Adela se ha turbado!... ¡Se le va a olvidar el papel, y somos perdidos!

PROTASIO. -Vamos, señor filósofo, ¿qué dice usted de mi sobrina?

LUIS. -(Disimulando el enojo.) ¡Qué he de decir!..., que es encantadora... (Aparte.) ¡Infame!...

PROTASIO. -¿Sabes, sobrina, por qué es toda esa manía con las mujeres?; porque fue a enamorarse de una coquetilla..., y tiene sospechas...

LUIS. -¿Sospechas? ¡Diga usted pruebas irrecusables!

ADELA. -Quizá esté usted engañado..., muchas veces las apariencias...

LUIS. -(Aparte.) ¡Hay descaro semejante!

PROTASIO. -¿Ha tenido usted noticias frescas?...

LUIS. -¡Sí, señor..., muy frescas!

PROTASIO. -¿De que es infiel?... ¡Pues, cómo ha de ser!... No hay que desconsolarse por eso. Se la deja y se ama a otra. Así hacía yo cuando muchacho.

ADELA. -¡Tío!... ¡Qué consejo le da usted!...

LUIS. -¡Excelente, señora!..., y lo seguiré al pie de la letra.

PROTASIO. -¡Eso es! Conque, sobrina, cuidado, que dentro de un año quiero tener un sobrinito...

ADELA. -¡Tío!...

PROTASIO. -¡Te pones colorada!... ¡Ah, simplecilla!... (A ANDRÉS.) ¡Bribón! ¡Qué feliz eres!

LUIS. -(Aparte.) ¡Buen papel estoy haciendo!

PROTASIO. -¡Cómo me gusta ver casarse a los muchachos! ¡Ah! Ya os he dispuesto habitación sola y retirada..., allá..., con vistas al jardín..., independiente de toda la casa.

TERESA. -(A ANDRÉS.) ¡Andrés!... ¡Oyes!...

ADELA. -Tío, yo no quiero separarme de mi amiga.

PROTASIO. -¿Cómo, qué?... ¡Buenos estamos! ¡No hay que hablarme de eso! Esta señorita tiene aquí su habitación. Tiempo tienes de estar con ella todo el día.

ADELA. -Pero tío...

PROTASIO. -Los buenos esposos deben habitar juntos..., ¿no es así, Sr. D. Luis?

LUIS. -Sí..., sí, señor.

PROTASIO. -¡Qué ojos le echa usted a mi sobrina! Como si la aborreciera de muerte.

ADELA. -El señor no tiene ningún motivo.

LUIS. -¡No, señora, no..., ninguno! Al contrario, la debo dar a usted muchas gracias...

PROTASIO. -¡Pues!... ¡Ya se ablanda!... Al fin acabarán por ser amigos. -¡Ah! Quiero que veáis mi huerta, mi jardín... Ven, sobrina, de camino te enseñaré tu habitación...; verás qué bien te la he adornado. ¿Viene usted, Sr. D. Luis?

LUIS. -Sí, señor, al instante voy.

ADELA. -(Aparte.) ¡Si yo pudiera desengañarle!

PROTASIO. -Teresita, allí tiene usted su cuarto: si quiere usted descansar..., con franqueza. (A D. LUIS.) ¿Conque, viene usted?

LUIS. -Al instante.

PROTASIO. -Vamos, sobrina, vamos..., le gusta la soledad..., dejémosle con su tema.

Escena IX

D. LUIS, D. ANDRÉS.

ANDRÉS. -Luis, ¿qué tienes?... Parece que estás consternado.

LUIS. -(Estrechándole la mano.) ¡Adiós, Andrés, adiós!

ANDRÉS. -¡Qué es eso!... Mira que estamos solos; nadie nos oye..., ¡deja ese tono patético!

LUIS. -Adiós, te digo.

ANDRÉS. -Pues qué, ¿te vas?

LUIS. -Ahora mismo.

ANDRÉS. -¿Y a qué viene esa marcha repentina?

LUIS. -No puedo declararte el motivo. Bástete saber que hay sacrificios que deben hacerse a la amistad.

ANDRÉS. -¡Vamos, habla!... Quiero absolutamente que me declares...

LUIS. -(Con tono solemne.) ¿Tú lo exiges... amigo mío?... ¡Pues bien! Te lo diré.

ANDRÉS. -¡Me haces temblar!

LUIS. -Sabe, pues, que la pérfida a quien he amado tanto..., la pérfida que me ha engañado..., la pérfida...

ANDRÉS. -¡Vamos!... ¿Quién es la pérfida?...

LUIS. -Tu mujer.

ANDRÉS. -¡Mi mujer! (Aparte.) ¡Cáspita! ¡No es malo el chasco!

LUIS. -¡Sí, tu mujer! Ya ves si hay motivo para que un hombre se vuelva misántropo. Tu tranquilidad lo reclama; y yo parto. ¡Adiós, Andrés..., adiós para siempre!

ANDRÉS. -¡Pero qué, no es más que eso!..., pues quédate, hombre, quédate... que a mí eso no me da cuidado.

LUIS. -¡Cómo!..., tú que siempre has sido celoso...

ANDRÉS. -¡Sí, celoso de mis queridas...; pero de mi mujer... no!

LUIS. -¿Te burlas?

ANDRÉS. -¡No, hombre! Te digo que te quedes. ¿Crees que soy un marido ridículo?... ¡Quédate, Luis, quédate por Dios!

LUIS. -(Con despecho.) Sí, me quedaré..., me quedaré..., pero será para probarle que me es del todo indiferente. Si me marcho, creerá tal vez que es despique, que es desesperación...; no señor..., yo la convenceré... (A ANDRÉS.) Me quedo, Andrés, me quedo... y voy a seguir el consejo de tu tío. ¡Ay, qué feliz idea!... ¡Andrés, ya no la amo...; la hermosa Teresa me la ha hecho olvidar!

ANDRÉS. -¿Qué?, ¿qué?...

LUIS. -¡Estoy enamorado de ella!

ANDRÉS. -¡De Teresa!

LUIS. -¡Enamorado hasta los hígados!..., la adoro... la idolatro...

ANDRÉS. -¿Pero tan pronto?...

LUIS. -¡Qué quieres!... Un rayo de simpatía... ¡Un flechazo! ¡Ah!, cuento contigo para que la prepares...

ANDRÉS. -¿Yo?...

LUIS. -¡Tú parece que la tratas con franqueza: háblala de mis bienes, de mi cuna, de mi genio..., pondérame mucho!...; dila que soy tierno, consecuente, fiel.

ANDRÉS. -¡Poco a poco!... ¡Yo no la digo eso..., yo no miento nunca! Además, tú eres mi amigo, Luis, y no puedo consentir que hagas semejante matrimonio.

LUIS. -¿Y por qué?

ANDRÉS. -Porque... En primer lugar, Teresa es pobre.

LUIS. -¡Mejor!... Yo soy rico... y la haré feliz. ¿Hay mayor dicha que hacer feliz a la que se ama?

ANDRÉS. -Y luego... Teresa no es lo que se llama bonita...

LUIS. -¡Ay, Andrés, no digas eso!... Es por otro estilo que tu mujer..., pero no vale menos. Una tez de rosa..., y unos ojos..., ¡qué ojos!

ANDRÉS. -No digo que sea fea..., pero su genio...

LUIS. -¿Qué?

ANDRÉS. -Es algo coqueta...

LUIS. -¿Y qué mujer no lo es un poquillo?...

ANDRÉS. -Muy caprichosa...

LUIS. -¿Caprichosa?... Andrés, estoy decidido. ¡Me muero por las mujeres caprichosas!..., tienen una mezcla de viveza, de indolencia, de coquetería, de juicio..., y esta variedad diaria hace que se crea uno casado con veinte mujeres a un tiempo. ¿Caprichosa me has dicho?... ¡Andrés..., ese es un tesoro!

ANDRÉS. -Pero tú decías antes que no te gustaban más que las lugareñas... y Teresa se ha criado en Madrid.

LUIS. -¡Oh!, no hay regla sin excepción. Y además... tiene un aire tan candoroso y sencillo... que parece criada en el campo.

ANDRÉS. -(Aparte.) ¡Ah, verdugo! -Pues señor, a pesar de todo, digo que no te conviene, y no puedo permitir...

LUIS. -Despacio, Sr. D. Andrés... Usted me ha quitado ya una querida..., y lo que es esta... ¡Pero es cosa rara que no tengas celos de tu mujer, y hables de la otra con tanto fuego!

ANDRÉS. -(Aparte.) ¡Tiene razón!... No sé por qué me apuro conociendo a mi mujer. -En fin, Luis, haz lo que quieras; pero me parece que vas a perder el tiempo. Teresa es tan fría, tan indiferente...; no va a gustar de ti...; no le agradan más que los hombres de mucho juicio. Verás..., verás...

Escena X

DON LUIS.

LUIS. -¿Qué no va a gustar de mí?..., ¡lo veremos! Y el señorito este que me lo quiere estorbar... Pues, por lo mismo, he de formar más empeño. Ya me estoy gozando en pensar la rabia de Adela, cuando vea que tomo mi partido con la mayor frescura. ¡Ah, ella lo ha querido..., la culpa es suya..., nada tengo que echarme en cara!... ¡Animo, pues..., y hagamos sentir a esa infiel lo que ella me hace sentir a mí! ¡Calla, aquí viene la hermosa Teresita!...; vamos, la adoro, es cosa decidida..., y voy a hacerla mi declaración.

Escena XI

D. LUIS, TERESA.

TERESA. -Perdone usted..., creí que estaba Andrés...

LUIS. -Acaba de marcharse...; pero no se vaya usted..., yo se lo suplico...

TERESA. -Temo...

LUIS. -¿Teme usted hablar conmigo?

TERESA. -Como usted prefiere la soledad...

LUIS. -Sí, es cierto..., me gusta la soledad...; pero me ofrece más encantos cuando usted la embellece.

TERESA. -¡Cómo es esto!... ¿Se vuelve usted galante?

LUIS. -¿Lo extraña usted?

TERESA. -¿No ha jurado usted odio eterno a mi sexo?

LUIS. -Tenga usted mejor opinión de mí. Yo aborrezco a las mujeres frívolas, infieles...; pero aprecio, idolatro la virtud modesta, el candor ingenuo..., y al conocer a usted...

TERESA. -¡Vaya!... que aunque tratase usted de galantearme...

LUIS. -Lástima es que ese exterior amable oculte una alma fría, indiferente...

TERESA. -¿Quién le ha dicho a usted eso?...

LUIS. -¡Oh! Yo lo sé.

TERESA. -Pues le digo a usted que le han informado mal.

LUIS. -¡Cómo!... ¡Será cierto!... ¿Es usted susceptible de una pasión tierna?

TERESA. -Sí, señor.

LUIS. -¿De un amor constante?...

TERESA. -¿Por qué no?

LUIS. -¿Su corazón de usted no es insensible?...

TERESA. -Aquí podría darle a usted pruebas...

LUIS. -Esa turbación..., ese suspiro... ¡Ah! Ya no disimulo más. Teresa encantadora, perdone usted mi temeridad...; pero yo la adoro... soy joven..., soy rico..., puedo disponer de mi mano... y todo lo ofrezco a esos pies. Me han dicho que usted gusta de los hombres de juicio..., yo soy el juicio personificado... ¿Acepta usted?... ¡Ah! Su negativa me costaría la vida..., sí, Teresita, la vida.

TERESA. -¿Pero está usted en sí?... ¿Sabe usted?...

LUIS. -¿Consiente usted?... ¡Ah! ¡Soy el más feliz de los hombres!...

TERESA. -(Aparte.) ¡Qué compromiso!...

LUIS. -¡Ah! Repítalo usted...

TERESA. -¿El qué?... ¡Si yo no he dicho nada!...

LUIS. -¡Repita usted mi felicidad!...

TERESA. -Pero advierta usted...

LUIS. -¿Me jura usted ser siempre la misma?

TERESA. -(Con ironía.) ¡Sí, señor, la misma!

LUIS. -¡Oh! ¡Felicidad..., felicidad sin límites!...

Escena XII

D. LUIS, D. ANDRÉS, TERESA.

ANDRÉS. -(Aparte.) ¡Cáspita! ¡Los dos juntos!...

LUIS. -¡Andrés!... ¡Ven acá!... ¡Es negocio hecho!

ANDRÉS. -¡Cómo negocio hecho!

LUIS. -¡Sí, amigo mío, sí!... La amo..., me ama..., nos amamos...

ANDRÉS. -¡Te ama! ¿Cómo lo sabes?

LUIS. -¡Me lo han dicho sus ojos... su conmoción...; estoy loco de júbilo! (Aparte.) ¡Ah, pérfida Adela!... ¡Voy a buscarla..., para que me vea tranquilo y contento! (A TERESA.) ¡Adiós, Teresita!... Sus palabras de usted me han llenado de gozo el corazón!... (A ANDRÉS.) Anda, yo me voy... acaba tú de conquistármela...; está muy bien dispuesta, y no te costará gran trabajo. ¡Me voy, Teresita, me voy a pensar en usted!

Escena XIII

D. ANDRÉS, TERESA.

ANDRÉS. -¡Muy bien, señora!

TERESA. -¿Qué hay?

ANDRÉS. -¡Nada!... ¡Que ha sabido usted darle pie con mucho arte!

TERESA. -¿Puedes creer?...

ANDRÉS. -¡Es tan agradable a las mujeres oírse galantear!

TERESA. -Pero, hombre, ¿qué querías que respondiera? ¡Si tampoco él me ha dejado meter baza!

ANDRÉS. -La mujer que quiere hacerse respetar, lo consigue. Pero, ya se ve... Luisito es un joven amable, seductor...

TERESA. -¡Andrés!... ¿Qué estás diciendo?

ANDRÉS. -¡Perdóname, Teresita, perdóname!... ¡Soy injusto contigo!... Pero estoy en una situación..., no me llega la camisa al cuerpo... ¡y como te quiero tanto!... ¡Vamos, perdóname esta ligereza!

TERESA. -¡Tus celos me hacen desgraciada!

ANDRÉS. -¡Sí, soy un majadero..., me mataría!... ¡Pero perdóname, yo te lo suplico!

TERESA. -¡Siempre atormentándome!...

ANDRÉS. -¿Quieres que me desespere?... ¡Vamos, Teresita, vamos!... ¡Abrázame, y se acabó..., abrázame!... (La abraza.)

Escena XIV

D. ANDRÉS, D. PROTASIO, TERESA.

PROTASIO. -¡Qué veo!... ¡Qué veo!... ¡Estoy soñando!...

ANDRÉS. -¡Cielos! ¡Mi tío!

TERESA. -¡Somos perdidos!

PROTASIO. -(Poniéndose entre los dos.) ¡Muy bien, señor sobrino!... ¡Continúe usted!.. ¡Pícaro! ¡Al segundo día de casado!... ¿No te da vergüenza?...

ANDRÉS. -Tío... no crea usted...

PROTASIO. -¡Calle usted! ¿Qué disculpa puede usted dar?... ¡Sin respeto a las buenas costumbres..., a la decencia..., a la moral!

ANDRÉS. -Le juro a usted...

PROTASIO. -¡Silencio! ¡Y usted, señorita!... ¿Así corresponde usted a la amistad mi sobrina?... ¡Desunir un matrimonio!... ¡Ese es un proceder muy indigno!

TERESA. -(Aparte.) ¡A lo que me expongo, Dios mío!

ANDRÉS. -Tío, deje usted que le explique...

PROTASIO. -No quiero explicaciones. (Aparte.) Esta muchacha no puede quedarse aquí... Buscaré un pretexto..., diré... ¡Esto es! Señorita, agradezco a usted la bondad que ha tenido de venir acompañando a mi sobrina; pero su familia de usted debe desear tenerla a su lado..., yo sé que es usted muy querida... conque... ¿eh? (Aparte.) ¡No responde! -Pues es natural que no se hallen sin usted...; conque, voy a dar mis disposiciones para que ahora mismo se vuelva usted a Madrid.

TERESA. -¡Cielos!

ANDRÉS. -Yo no puedo permitir...

PROTASIO. -¡Eh!... ¿Qué es eso?... ¡No faltaba más! Quieres que te...

ANDRÉS. -(Aparte.) ¡Es mucha situación la mía!... ¡Voto a!...

PROTASIO. -Usted, señorita, no tenga cuidado...; irá en el coche con una persona de toda confianza...

TERESA. -(Aparte a ANDRÉS.) ¡Dios mío!... ¿Qué hacemos?...

ANDRÉS. -¡Nada: yo me voy contigo!

PROTASIO. -(Oyéndolo.) ¡Hola! «Yo me voy contigo...» ¿Qué lenguaje es ese..., infame?

ANDRÉS. -(Aparte.) ¡Estoy en un potro!

PROTASIO. -¡Aún levanta el gallo!... ¡Pícaro!... Con una mujer como un sol... y ya... ¡Qué horror!... ¡Qué escándalo! Venga usted, señorita..., vamos a disponer la marcha. ¡Hola! ¡hola!... «Yo me voy contigo...» ¡Tunante!...

Escena XV

D. ANDRÉS.

ANDRÉS. -¿Y qué hago yo ahora?... ¡Me va a separar de mi mujer!... ¡Ese Luis tiene la culpa..., el infierno lo ha traído aquí!... ¡Yo pierdo la cabeza!...

Escena XVI

ADELA, D. ANDRÉS.

ADELA. -¡Ay, Andrés!... ¡No sabe usted lo que me pasa!... ¡Estoy afligida!...

ANDRÉS. -¡Y yo desesperado!

ADELA. -¡No sabe usted a lo que me he expuesto por mi condescendencia! ¿No ha notado usted la conmoción de ese joven?...

ANDRÉS. -¡Sí!... ¡Estamos perdidos!...

ADELA. -¡Cómo! ¿Se ha descubierto el secreto?

ANDRÉS. -No; ¡pero figúrese usted que ese maldito de Luis se ha empeñado en casarse con mi mujer!

ADELA. -¿Es posible?

ANDRÉS. -Está enamorado, perdido..., hace mil locuras...

ADELA. -¡Ah, traidor!... ¡Pérfido!...

ANDRÉS. -Pero oiga usted...

ADELA. -¡Es una infamia!... ¡Una villanía!...

ANDRÉS. -¡Vamos!... ¡Todos aquí se han vuelto locos!... Pero advierta usted...

ADELA. -¡Confieso que las apariencias me condenaban...; pero no tendría mucho amor, cuando ha podido resolverse tan pronto!

ANDRÉS. -¡Estamos frescos!... ¿Pero y mi mujer?... ¡Dios mío!... ¡Si la habrá despachado ya!... ¡Voy tras ella!...

Escena XVII

ADELA.

ADELA. -¡Tonta de mí!... Yo creía que su turbación era señal de que aún me amaba... ¡Pero no!... Él no deseaba más que un pretexto, y ya lo ha hallado. ¡Después de tantos juramentos!... ¡Ingrato!... ¡Villano!...

Escena XVIII

D. LUIS, ADELA.

ADELA. -(Aparte.) Aquí viene..., no quiero desengañarle...; veamos antes si trata de justificarse.

LUIS. -(Aparte.) ¡Ea, firmeza! ¡Sangre fría! Yo no la amo ya... ¡Y qué linda es! ¡Cómo en un cuerpo tan hermoso puede caber un corazón tan falso!

ADELA. -¡Hola!... ¿Es usted, caballero?

LUIS. -Sí, señora.

ADELA. -¿Se aleja usted ya del nuevo objeto de su amor?

LUIS. -No, señora, nada de eso: creí encontrarlo aquí.

ADELA. -¡Ya! ¡Parece que la ama usted mucho!

LUIS. -¡Con delirio, señora!

ADELA. -¡Qué pasión tan repentina!

LUIS. -¡Pero qué verdadera!

ADELA. -¿Y me han dicho que se casa usted?

LUIS. -Han dicho la verdad; sí, señora, me caso.

ADELA. -¿Muy pronto?

LUIS. -No tanto como yo deseo.

ADELA. -¿Y esa boda se hace?...

LUIS. -Por amor, señora, por amor.

ADELA. -Deseo que le proporcione a usted toda la felicidad que se merece.

LUIS. -Muchas gracias. Y una vez que me desea usted tanto bien, permítame usted que me atreva a pedirle un favor.

ADELA. -¿Un favor?... Hable usted.

LUIS. -Usted conoce a la mujer que yo amo.

ADELA. -Es mi mejor amiga.

LUIS. -En eso me fundo para pedir a usted que la hable por mí...; dígale usted que mi único anhelo es hacerla dichosa.

ADELA. -Así lo haré.

LUIS. -¡Dígale usted sobre todo..., y nadie mejor que usted puede decirlo, que mi corazón sabe amar con firmeza; que si algún día me engaña..., destruirá la felicidad de mi vida..., y la destruirá para siempre!

ADELA. -Muy bien: la diré todo eso..., y también la diré lo fiel que es usted, el esfuerzo que le cuesta romper los primeros lazos, y el trabajo con que forma usted otros nuevos.

LUIS. -Pero se me figura que dice usted eso con ironía.

ADELA. -¡Qué disparate! No, señor. ¿Y no quiere usted que le diga más?

LUIS. -No, señora: usted podrá añadir lo que le sugiera la buena opinión que debe usted tener de mí.

ADELA. -Pues bien: sí, señor; añadiré que es usted el hombre más mudable, más inconstante, más injusto..., que no teme usted destrozar un corazón después de seducirlo, y que se burla usted de promesas y juramentos.

LUIS. -Ese es un cargo que no esperaba oír de su boca de usted. ¿Quién, sino usted, ha violado esos juramentos?

ADELA. -¿Yo?

LUIS. -¡Usted, claro está!

ADELA. -No lo veo yo tan claro.

LUIS. -¡Cómo! Cuando llego y la hallo a usted casada, ¿se atreve usted a decirme que no es infiel?

ADELA. -Sí, señor, me atrevo.

LUIS. -¡Señora..., eso es querer decir!... En fin, usted es mujer de Andrés.

ADELA. -¿Y si no lo fuera?

LUIS. -¡Si no lo fuera usted!... ¡Cielos, qué sospecha! ¡Pero no..., usted quiere burlarse..., abusar del imperio que aún conserva en mi débil corazón!

ADELA. -(Con agitación.) ¡Ah!... ¡No puedo más! La mujer de Andrés es Teresa..., yo no estoy casada..., y sólo por contribuir a la dicha de ambos, he consentido en pasar aquí por la sobrina de D. Protasio.

LUIS. -¡Cómo!... ¿Es posible?...

ADELA. -Yo me había propuesto hacer el papel de una aturdida por disgustar al tío; pero su presencia de usted ha desconcertado mi plan.

LUIS. -(Echándose a sus pies.) ¡Oh, Adela!... ¡Mujer encantadora..., ángel del cielo..., mírame a tus pies!... Perdóname un instante de error... ¡La desesperación de perderte me tenía loco!

ADELA. -¡Ah, Luis!... ¡Qué peso ha quitado usted de mi corazón!

Escena XIX

D. LUIS, D. PROTASIO, ADELA.

PROTASIO. -¡Anda, anda!... ¡Me alegro! ¡Otro contrabando!

LUIS. -¡D. Protasio!...

ADELA. -¡Cielos!

PROTASIO. -¡El marido por un lado y la mujer por otro!

LUIS. -(Aparte.) Vuelvo a hacer mi papel.

PROTASIO. -Dígame usted, señor filósofo, ¿la estaba usted enseñando alguna tesis, o algún curso de moral?... Y la señora sobrina parece que se va formando en su escuela. ¡Qué es esto, señor!... ¡En una casa honrada!... ¡A la vista del retrato de una señora que no se deslizó una sola vez en sesenta y cinco años!

ADELA. -¡Vamos, tío!... ¡Que se alborota usted por nada!...

PROTASIO. -¡Cómo por nada..., y he visto al señor a tus pies!...

ADELA. -¿Y qué?... ¿Qué tiene de particular que un hombre esté a los pies de una mujer bonita? ¿No lo ha visto usted eso nunca, querido tío?

PROTASIO. -¡Jesús!... ¡Jesús!... ¡Qué lenguaje!... Señora, usted está casada..., y si yo se lo cuento a su marido...

ADELA. -¿A Andresito? Vaya usted, vaya usted a contárselo, que no le dirá nada nuevo. Libertad completa es nuestra divisa: él no me molesta, yo no le incomodo, y así estamos siempre de acuerdo.

PROTASIO. -¡Qué horror!... ¡La ingenuidad del vicio!... ¡Qué principios!... ¡Qué depravación!

LUIS. -¡Estoy indignado!

PROTASIO. -¡Calla!... ¿Usted ahora?... ¡Buena boda hemos hecho!... ¡Buena pareja!...

ADELA. -No se altere usted, tío, que le va a dar un mal.

PROTASIO. -¿Se ríe usted de mí, señorita?...

LUIS. -¡Qué atrocidad!

ADELA. -Vamos, Sr. D. Luis, serénese usted... Adiós, tío... Usted no conoce los usos del gran mundo..., yo me obligo a domesticarle... y espero que en breve seremos amigos. Luisito, que le espero a usted..., no tarde usted en venir.

Escena XX

D. LUIS, D. PROTASIO.

PROTASIO. -¡Uf!... ¡Yo me ahogo!... ¡A mí me va a dar algo!

LUIS. -¡Yo estoy estupefacto!...

PROTASIO. -¡A los dos días de casados!... ¡Qué será cuando lleven un año!

LUIS. -¡Es mucha conducta!...

PROTASIO. -¡Y usted que aborrecía a las mujeres!...

LUIS. -¡Y qué quiere usted!... ¡He sido seducido!... ¡El hombre más grande tiene un momento de debilidad!... Pero ya estoy arrepentido, y le juro a usted que no siento hacia su sobrina el menor afecto que pueda reprobar el honor.

PROTASIO. -¡A otro perro!... ¡Ya no me fío!... ¿No se avergüenza usted?... Una mujer casada...

LUIS. -Para probarle a usted que no pienso ya en la mujer de Andrés, hoy mismo me caso con su amiga.

PROTASIO. -¿Con su amiga?

LUIS. -Sí, señor, con la que la acompaña.

PROTASIO. -¿Se casa usted?

LUIS. -Hoy mismo.

PROTASIO. -¡Otra que tal! ¡Hombre... hombre... mire usted lo que va a hacer!... ¿Conoce usted bien a esa joven?

LUIS. -¡Mucho!

PROTASIO. -Es que..., yo puedo decirle a usted algo de ella.

LUIS. -¡Nada, nada!... Lo he reflexionado bien.

PROTASIO. -Es que yo no puedo permitir que sea usted engañado por esa joven.

LUIS. -¡No tenga usted cuidado por eso!

PROTASIO. -Es que..., le diré a usted que la he encontrado aquí mismo...

LUIS. -¡Es un error!

PROTASIO. -La he visto con mis propios ojos...

LUIS. -¡Es una ilusión!

PROTASIO. -¡Dale!... Es que quiero que sepa usted...

LUIS. -Lo sé todo.

PROTASIO. -¡Huy! ¡Qué testarudo!... Es que le pondrá a usted los...

LUIS. -No importa..., yo cargo con todo.

PROTASIO. -Adelante... Sobre gustos no hay disputas. Cásese usted, cásese usted con la amiga de mi sobrina..., o de mi sobrino. (Aparte.) ¡Mejor! Así se arregla todo sin ruido. -En casa tengo el escribano..., vaya usted a buscarlo..., cásese usted..., pero con la condición de que ahora mismo se marcha usted de casa con su mujer.

LUIS. -¿Que nos marchemos?

PROTASIO. -Lo siento; pero, amigo, la paz de la familia..., la moral..., el honor..., exigen que se marchen ustedes. No digo más..., ya puede usted entenderme.

LUIS. -Corriente; nos marcharemos.

PROTASIO. -Ya he mandado enganchar las mulas al coche... Conque váyase usted con ella, váyase usted con ella.

LUIS. -¡Ah, Sr. D. Protasio!..., ¡cuántos favores!...

PROTASIO. -Bien está, bien..., váyase usted.

LUIS. -Es usted un señor admirable... ¡Antes de marchar, déjeme usted que le abrace..., que le estreche..., que le estruje... con toda mi alma... y mi corazón!...

PROTASIO. -¡Eh!... ¡Que me ahoga usted!... ¡Basta!... ¡Llévele el diablo con sus abrazos y sus cumplimientos!

Escena XXI

D. PROTASIO.

PROTASIO. -En medio de la cólera que tengo..., me hace reír este majadero... ¡Él cree que ha encontrado un tesoro de virtud!... ¡Es particular!... Los que peor hablan de las mujeres son los que caen más pronto. Yo le he dicho lo que debía...; pero él se empeña... ¡Con su pan se lo coma! Aquí viene el bribón de mi sobrino.

Escena XXII

D. PROTASIO, D. ANDRÉS.

ANDRÉS. -¡Tío, tío!... ¿Qué ha hecho usted de Teresa?... ¿Dónde está?

PROTASIO. -¡Libertino!... ¡Aún te atreves a hablarme de ella!... Pero ya he puesto yo remedio: no la volverás a ver.

ANDRÉS. -¡Dios mío! ¿Se ha marchado ya?

PROTASIO. -(Ap.) Quiero quitarle toda esperanza. -Ya está andando camino de Madrid.

ANDRÉS. -¡Cielos!... ¿Qué ha hecho usted?...

PROTASIO. -Tranquilízate; va bien acompañada: el D. Luisito va con ella.

ANDRÉS. -¡Cómo! ¿Luis va con mi mujer?... ¡Tío, tío..., usted me ha robado mi mujer!

PROTASIO. -¡Tu mujer!... ¿Qué farándula es esa?

ANDRÉS. -¡Sí, señor, mi mujer!... Y Luis está enamorado de ella.

PROTASIO. -¿Cómo lo sabes?

ANDRÉS. -Él mismo me lo ha dicho. Sepa usted...

Escena XXIII

D. LUIS, ADELA, TERESA, D. PROTASIO, D. ANDRÉS.

LUIS. -Sr. D. Protasio, antes de marchar, quiero tener el gusto de presentarle a usted a mi esposa.

ANDRÉS. -¡Qué oigo!

LUIS. -Adela, da las gracias al señor por las bondades que ha usado contigo.

PROTASIO. -¡Su esposa!... ¿Qué diablos quiere decir esto?

LUIS. -Sí, señor, mi esposa. ¿No me ha dicho usted que llamase al escribano para firmar el contrato?

ANDRÉS. -¡Cómo, tío!... Usted los ha casado... ¡Ah, usted me vuelve la vida!...

PROTASIO. -¡Y ahora éste me da las gracias porque he casado a su mujer con otro!... ¡Todos se han vuelto locos!..., ¿o qué significa esto?...

LUIS. -Yo se lo diré a usted. Que Adela se prestó a pasar por su sobrina; pero que no lo es.

PROTASIO. -¿Cómo que no?

ADELA. -Como que no.

LUIS. -Su verdadera sobrina es Teresita.

PROTASIO. -¡Calla!...

TERESA. -(Aparte.) ¡Yo tiemblo!

LUIS. -¿Podía usted creer otra cosa de mis principios?..., ¿de mi moral?... ¡Yo seducir a la mujer de mi amigo!..., ¡yo!..., ¡un filósofo!... ¡No, señor! ¡No!

PROTASIO. -Conque es decir que Andresito...

LUIS. -¡Es culpable, sí!..., culpable de una superchería..., de un subterfugio. Pero, Sr. D. Protasio, la juventud tiene deslices..., la humanidad debilidades..., la inexperiencia errores. ¡Qué sería de los hombres si la indulgencia, perdonando las injurias!...

PROTASIO. -¡Eh! Déjese usted ahora de filosofías...

LUIS. -El resultado es que no ha habido insulto a las buenas costumbres...

ADELA. -Ni a la decencia...

ANDRÉS. -Ni a la fidelidad conyugal.

PROTASIO. -

Es verdad, a nadie, a nadie..., más que a mí, que me habéis engañado como a un chino.

Pero en fin, ya que es preciso

vuestra falta perdonar,

tratemos de redactar

las papeletas de aviso.


ADELA
En estilo muy conciso

lo haré yo sin dilación.

(Al público.)

Damos parte a la reunión

de esta boda improvisada,

esperando una palmada

en señal de aprobación.


Amor de madre

Drama en dos actos, arreglado al español

Personas



LORD MELVIL.
ARTURO.
JOBSON.
LUCAS.
EL MINISTRO.
MARÍA.
BETI.
PESCADORES, CARPINTEROS, MARINEROS, ALDEANAS, CRIADOS, ETC.

(La escena es en Inglaterra: el primer acto en las costas de Portsmouth; el segundo en el castillo de Melvil.)

Acto primero

La orilla del mar. En el foro una barca acabada de construir. A la derecha una cabaña de pescador, a cuya puerta cuelga una rama de pino en señal de taberna.

Escena primera

JOBSON y CARPINTEROS. Luego, BETI.

JOBSON. -(Viniendo con los carpinteros al proscenio.) ¡Ea! Ya, gracias a Dios, está concluida. ¡Me habéis hecho la barca más hermosa que habrá en toda la costa..., voy a ser la envidia de todos los pescadores de Portsmouth! (Llegándose a la cabaña.) ¡Eh! Mujer..., Beti..., saca unos potes de cerveza para que celebremos el último martillazo.

BETI. -(Dentro.) Voy, voy.

JOBSON. -Despacha. Echaremos un trago al pie de la barca, y así haremos tiempo hasta la hora de bautizarla. (Sale BETI con la cerveza.) La ceremonia será así que llegue el padrino... ¡Vaya! ¿A que no adivináis quién va a ser padrino del bautismo de mi barca?

BETI. -Yo lo sé. El padrino va a ser nada menos que lord Melvil, par de Inglaterra, contraalmirante de la armada de S. M. B., y duque, y conde..., ¡y qué sé yo!... ¡Con más tierras y más millones!...

JOBSON. -¡Yo lo creo!

BETI. -Ya veis si es honor para unos pobres pescadores como nosotros, que uno de los primeros señores de Inglaterra se digne venir aquí a ser padrino de nuestra barca y ponerle nombre.

JOBSON. -Pocos lo conseguirán; pero a mí me distingue y me protege, yo he servido en su buque..., y era su ayuda de cámara a bordo..., él me tomó cariño, y... veréis, veréis así que llegue cómo manda daros cerveza y ron y aguardiente de Francia... ¡Ea! Un trago..., un trago... (Bebiendo todos.) ¡Y viva lord Melvil!

TODOS. -¡Viva! (Los carpinteros se dirigen hacia la barca y se ponen a beber.)

JOBSON. -¡Loco estoy de contento!... ¡Sabes, Beti, que la venida de lord Melvil nos va a dar un prestigio!... ¡Un señor tan orgulloso, tan rico, venir en persona!...

BETI. -Con nosotros siempre ha sido así. Él fue quien nos casó, y nos compró esta cabaña y la barca y las redes..., en fin, hizo nuestra suerte... ¡Todo se lo debemos!

JOBSON. -Por eso yo estuve para ahogarme por él hace seis años cuando me tiré al agua por salvar a sir Arturo, que tenía entonces doce años y enredando se cayó al mar.

BETI. -¡Es cosa particular el cariño que tiene lord Melvil a ese jovencito!

JOBSON. -(Afectando indiferencia.) ¡Eso es natural!... Un huérfano que recogió milord en su último viaje. (Aparte.) ¡Si tendrá Beti alguna sospecha!

BETI. -¡Un huérfano, un huérfano!... No se tiene a un huérfano ese cariño tan entrañable, tan vivo... ¿Quieres que te diga lo que pienso?... Pues a mí no hay quien me quite de la cabeza que ese chico le toca algo más de cerca.

JOBSON. -¡Bah, bah!... Lo mismo se parece a milord que a mí.

BETI. -Puede que se parezca a su madre.

JOBSON. -¡A su madre, a su madre!... ¿Y dónde está su madre?

BETI. -¡Toma!...

JOBSON. -Algo se hubiera sonado...

BETI. -¡Quién sabe!... ¿No anduvo milord viajando muchos años, cuando joven, por Italia, por Alemania, por Francia?... Entonces no se llamaba más que sir Guillermo Burnet.

JOBSON. -Es verdad; aún no había perdido a su tío, de quien luego heredó los títulos y bienes. Pero eso ¿qué prueba?

BETI. -Eso prueba que pudo encontrar por esos mundos alguna jovencita que le amase..., ¡y como la virtud es tan frágil!...

JOBSON. -¡Calla, calla, mala lengua! (Los carpinteros se dirigen a recibir a los que llegan.) ¿Qué es eso?... ¡Ah! Ah! vienen ya los pescadores que fueron al castillo de Melvil a buscar a sir Arturo.

BETI. -Y él viene también..., míralo..., allí..., entre Tomás el Largo y Juan Boston... ¡Qué aire tan picarillo tiene!

JOBSON. -¡Va a ser el más intrépido de toda la marina inglesa!

Escena II

Dichos y ARTURO, rodeado de pescadores.

PESCADORES. -¡Viva sir Arturo!... ¡Viva!...

BETI. -¡Y vivan los buenos marinos!

ARTURO. -¡Y vivan las muchachas lindas! (La abraza.)

BETI. -(Dejándose abrazar.) ¡Qué picarillo!... No hay duda; ha nacido en Francia.

JOBSON. -Me parece, sir Arturo, que podríais suprimir...

ARTURO. -¡Oh! ¡Buenos días, Jobson!... ¡Valiente marinero!... (Señalando la barca.) ¿Es aquel el chiquillo que vamos a sacar de pila?

BETI. -Sí, señor; pero no puede haber bautismo sin que venga el padrino.

ARTURO. -No tardará. Milord me ha mandado venir delante y deciros que le obliga a detenerse la precisión de aguardar unos pliegos que espera de un momento a otro; y que, según presumo, deben interesarle mucho.

JOBSON. -Apostaría a que es algún beneficio que trata de hacer.

ARTURO. -¡Bien, Jobson, bien!... Me alegro de que le hagas justicia..., no eres tú de los que le acusan de vano, de orgulloso... ¡Me gusta que hables así de milord..., y en premio..., daré otro abrazo a tu mujer!

JOBSON. -No, señor..., no...; si yo me doy por premiado...

BETI. -(Que ha ido al foro.) Ya viene milord..., ya viene milord...

ARTURO. -¡Muchachos!... ¡Al aire los sombreros y Hurra al almirante!

TODOS. -¡Hurra!... ¡Hurra!...

Escena III

Dichos y LORD MELVIL.

LORD. -Gracias..., gracias..., esos honores no me corresponden aquí..., no estamos a bordo.

ARTURO. -Parece, milord, que venís más contento que os dejé; los pliegos que esperabais...

LORD. -Los he recibido, Arturo, y quiero que tú los leas en alta voz. (Dándole un pliego.)

ARTURO. -¡Yo, milord!

LORD. -Tú; porque este sobre viene dirigido a ti...

ARTURO. -(Abriéndolo.) ¡Qué veo! ¡El sello de la cancillería!... ¡Mi nombre!... ¡Un despacho oficial de marina!...

TODOS. -¡Oficial!

ARTURO. -¡Ah, milord!... ¡Otro nuevo beneficio!...

LORD. -¡Este es el premio de tus adelantos y tu buena conducta en la escuela de marina, Arturo!

ARTURO. -¡Ah, señor! ¡No era bastante haber recogido en tierra extranjera a este pobre huérfano... (Con dolor.) abandonado por su madre!

LORD Y JOBSON. -(Aparte, mirándose repentinamente.) ¡Ah!

BETI. -(Aparte a JOBSON.) ¡Mira cómo milord se ha turbado!

JOBSON. -Calla.

ARTURO. -Vos habéis querido que os deba más que la vida, inspirando en mi corazón sentimientos de honradez y deseos de imitar un día vuestro ejemplo.

LORD. -(Abrazándolo.) ¡Mi querido Arturo!

BETI. -(Aparte a JOBSON.) ¡Mira cómo le abraza!

JOBSON. -¡Calla, habladora!

ARTURO. -¡Sí, milord! Una voz secreta me dice que yo he de llegar a parecerme a vos... ¡Ah! ¡Cuándo llegará ese momento!

BETI. -(Aparte.) ¡Y que haya tenido una madre capaz de abandonarlo!

LORD. -¡Arturo!... ¡Tú has de ser mi alegría y mi orgullo!

ARTURO. -¡Ah, milord! ¿Me permitís que convide a todos estos a remojar mi charretera?

LORD. -Sí, Arturo, y haz que lo solemnicen con profusión.

ARTURO. -(A los pescadores y demás.) ¡Ea, camaradas, seguidme a la bodega del amigo Jobson! Vamos a dejársela vacía, entretanto que llega el sacerdote a celebrar la ceremonia. Ven a despacharnos, Beti.

JOBSON. -(Aparte a BETI.) ¡No vayas!

BETI. -(Aparte a JOBSON.) ¡Eh, celoso..., me da la gana!

TODOS. -¡Viva sir Arturo!

ARTURO. -¡Viva el almirante!

TODOS. -¡Viva! (Éntranse en la cabaña.)

Escena IV

LORD MELVIL y JOBSON.

LORD. -(Viendo ir a ARTURO.) ¡Qué alma tiene tan elevada, tan generosa!

JOBSON. -(Aparte, mirando ir a BETI.) ¡Cómo corre la muy loca!

LORD. -¡Qué índole tan buena!

JOBSON. -¡Se muere por hacerme rabiar!

LORD. -¡Ah, Arturo mío! ¡Tú eres mi amor y mi orgullo! (Bajando al proscenio.) También mi ingratitud con la que le ha dado el ser me impone la obligación de amarle más, de amarle por ella y por mí. ¡Ah! ¡Sí!... ¡Sólo a fuerza de amor y de ternura podré expiar las culpas de mi mocedad..., haberle privado de los besos de su madre..., de una madre desconocida para él... y tan cruelmente tratada por mí!... ¡Pobre María!

JOBSON. -(Que ha ido poco a poco acercándose.) ¡Dios me perdone la parte que tengo en ello!

LORD. -¿Volvemos otra vez, Jobson? ¿No te he pagado bastante los servicios que me has hecho y el secreto que me has guardado?

JOBSON. -No es esto quejarme, milord. Bien me acuerdo que hace quince años no era yo más que vuestro marinero, vuestro criado... Vos me habéis establecido... me habéis casado con mi buena Beti..., todo os lo debo..., esa casa, esas redes, esa barca..., todo. ¡Me habéis hecho feliz, muy feliz!... Pero si queréis que os confiese lo que siento... De algún tiempo a esta parte..., desde que soy padre, tengo unos remordimientos... Cuando veo a mi Ricardo jugando alrededor mío, siempre se me figura que alguien va a venir a robármelo..., como yo tuve la crueldad de robar al pobrecillo Arturo. ¡Pobre madre!... ¡Sabe Dios si se habrá muerto de pesadumbre!

LORD. -(Conmovido.) Jobson..., bien sabes tú las causas que me obligaron a volver a Inglaterra y a dejarla.

JOBSON. -Sí, milord..., a abandonarla sin que le quedase más apoyo que el de su primo, un pobre estanquero que nada le podía dar.

LORD. -¡Y qué! ¿No le he enviado yo diversas veces sumas considerables?

JOBSON. -Es cierto: tres viajes hice yo a París con ese objeto antes de mi matrimonio, pero inútilmente. Las dos primeras veces ni aun escucharme quiso, y la tercera me echó con indignación de su cuarto..., de aquel cuartito pequeño donde pasaba día y noche cosiendo, vestida de luto, al lado de la cuna vacía de su hijo y con vuestro retrato delante.

LORD. -¡Basta, basta, Jobson! Esa desgracia es irreparable.

JOBSON. -Pues yo, en vuestro caso, pronto la tendría reparada; bien sé yo lo que haría.

LORD. -¿Qué harías?

JOBSON. -Escribir a esa desventurada unos renglones en que la dijera: «Si al cabo de tantos años no te has muerto aún de dolor, vente inmediatamente a mi lado»; y así que estuviese aquí, llamar a Arturo y decirle: «¡Hijo mío, ahí tienes a tu madre!...»

LORD. -¡Jobson!

JOBSON. -Y al día siguiente presentarla a todos diciendo: «Esta mujer se llama lady Melvil...»

LORD. -¡Jamás!

JOBSON. -¡Y acallar así el grito de vuestra conciencia... y la mía; sí, de la mía!... ¡Porque yo le robé su hijo, su único consuelo en el mundo..., yo!... ¡Y tuve entrañas para decirle a sir Arturo que su madre lo había abandonado en cueros a las puertas de una iglesia!... (Con exclamación de amargura.) ¡Ah, milord! ¡Tenemos los dos muchas culpas de que acusarnos!

LORD. -(Después de una pausa en que ha procurado serenarse.) Jobson, escúchame por última vez. Soy par de Inglaterra, contraalmirante de la armada de S. M. B., y jamás el descendiente de los duques de Melvil manchará con una alianza indigna el blasón de su casa.

JOBSON. -Es decir, que lord Melvil no se acuerda ya de sir Guillermo Burnet. (Síntomas lejanos de tempestad.)

LORD. -(Con autoridad.) ¡Basta!

JOBSON. -(Con respeto.) Bien, mi almirante.

Escena V

Dichos, ARTURO, BETI y PESCADORES.

ARTURO. -¡Milord, qué fortuna!... ¿No oís?... Amenaza una tempestad... Truenos, relámpagos... ¡Ah! ¡Quién estuviera ahora en la mar!

LORD. -Sí; se ha levantado viento, pero no será nada.

ARTURO. -Pues yo, con permiso de mi almirante, sostengo que antes de un cuarto de hora tenemos vendaval.

LORD. -(Sonriendo.) ¿Y en qué lo conoce el señor oficial?

ARTURO. -¿En qué? Mirad... ¿Veis allá..., allá en el horizonte aquella nubecita?

LORD. -¡Pues es verdad!

ARTURO. -¡Oh! No diréis que no me aprovecho de vuestras lecciones. ¿Os acordáis de esa goleta que observamos antes que venía navegando cuatro cuartas contra viento y no podía doblar la punta de Portsmouth? Pues yo apuesto a que si estuviera a su bordo, lo haría mejor que el capitán que la manda.

LORD. -¿Por qué?

ARTURO. -Porque se me figura que el tal no conoce muy bien esta costa..., y si se mueve borrasca, temo que estrelle la goleta en la roca negra.

LORD. -Por esta vez creo que no se cumplirá tu predicción.

ARTURO. -¡Ojalá, mi almirante!

JOBSON. -Milord, aquí viene ya el ministro y toda la comitiva para el bautismo de la barca.

Escena VI

Dichos y EL MINISTRO. Acompañamiento de hombres y mujeres, que traen la bandera inglesa: música militar.

LORD. -¡Salud a nuestro digno ministro!

MINISTRO. -¡Salud al noble duque de Melvil! Según os servisteis disponer, milord, vengo a cumplir con la ceremonia religiosa de bendecir la nueva barca que ha construido Jobson. Todos mis feligreses, noticiosos de que vos os dignabais honrar al pobre pescador sirviendo de padrino en este bautismo, han querido acompañarme para disfrutar de la presencia del bienhechor de esta comarca.

LORD. -Su cariño y respeto hacia mi persona me empeñan cada día más. Pero el cielo se cubre..., podemos dar principio a la ceremonia cuanto antes.

MINISTRO. -Milord, ¿qué nombre queréis dar a la barca?

LORD. -(Mirando a ARTURO.) El joven Arturo. (ARTURO ha tomado la bandera inglesa y ha subido a la barca. La tempestad se acerca cada vez más; los truenos y relámpagos menudean; el mar se va agitando con rapidez. Todos los concurrentes se dirigen a la barca y se quitan el sombrero.)

MINISTRO. -(Extendiendo los brazos.) ¡Barca nueva: en el nombre de Dios, que suscita y enfrena las tempestades del mar, yo te bendigo! (Rompe la banda de música militar.)

ARTURO. -(Tremolando la bandera.) ¡Dios guarde a la reina! ¡Dios proteja a la Inglaterra!

TODOS. -(Agitando los sombreros y banderolas.) ¡Viva!...

ARTURO. -(Mirando hacia el mar.) ¡Silencio!... ¡Silencio!... (La música cesa.) ¡Milord!... ¡Qué os dije yo!... Mirad..., la goleta no gobierna..., el temporal la trae hacia la costa..., ya la tenemos aquí..., va a estrellarse en la roca negra... (Suena un cañonazo de socorro. LORD MELVIL, EL MINISTRO y algunos otros suben a la barca.)

LORD. -¡El cañonazo de socorro!... (Mirando.) ¡Qué veo!... ¡Ha perdido un palo!... ¡Sin remedio se va a pique!... (Suena otro cañonazo muy cerca.)

ARTURO. -¡Ha izado bandera..., es un buque francés mercante!... ¡Qué dolor! ¡El viento lo empuja a la roca! (Suena otro cañonazo; óyese el ruido de estrellarse en la roca y el grito de «¡Socorro!» de la tripulación, mezclado de truenos y relámpagos, y el ruido del viento y las olas.)

TODOS. -¡Se estrelló!

MINISTRO. -¡Dios perdone sus culpas!

ARTURO. -(Clavando la bandera en la barca.) ¡Compañeros, a la mar!... ¡Todos a las barcas!... ¡Salvemos a esos desgraciados, o perezcamos nosotros!

LORD. -(Abrazándole.) ¡Oh, noble Arturo!...

ARTURO. -(Bajando.) ¡Compañeros, nada debemos temer... Saldremos con nuestra empresa..., porque el almirante nos va a dirigir!... ¿No es verdad, milord?

LORD. -(Con voz de mando.) ¡A la mar!

TODOS. -¡A la mar! (Precipítanse fuera de la escena.)

Escena VII

EL MINISTRO, BETI y LAS MUJERES. EL MINISTRO permanece en la barca. BETI y las mujeres arrojan cuerdas al mar. Durante esta escena se oyen con breves intervalos dentro los gritos de «¡Socorro..., socorro!...» de los náufragos, y los de «¡Animo!... ¡Brazo!... ¡A la roca!...» que profieren los que van en su auxilio.

MINISTRO. -Echad algunos cables para que puedan asirse a ellos los infelices que hayan caído al agua... (Voces dentro.)

BETI. -¡Id a la cabaña... traed más cables!... ¡Dios mío..., que consternación!... (Voces.)

MINISTRO. -Ya han saltado en las barcas..., ya van remando... Sir Arturo va en la primera..., miradlo en pie animando a los demás... (Voces.)

BETI. -Milord va en la segunda... y mi marido también... ¡Ay! ¡Dios los saque con bien! (Voces.)

MINISTRO. -¡Valor, hijos míos, valor!... Ya están junto a la goleta..., ya los recogen... ¡Bendito sea el Señor! (Voces.)

BETI. -Y la goleta se sumerge... ¡Ay! (Retirándose.) ¡Yo no puedo mirar eso!... ¡Qué horror!... Me estremezco toda. (Voces dentro que dicen «¡A tierra!... ¡A tierra!») ¡Dios mío! ¿Qué sucede?... ¡Señor!... ¿Y mi marido?

MINISTRO. -¡Demos gracias a Dios, hijas mías!... ¡Todo ha salido con bien..., ya los traen, ya están en la playa!... (Voces más cerca: «¡A tierra con todos!») Beti, hijas mías..., (Bajando de la barca.) vamos a recibir a los náufragos, a prodigarles todo género de socorros... Esta es la ocasión de ejercitar una de las primeras obligaciones que nos prescribe la santa religión que profesamos..., hallen hospitalidad en vuestras cabañas, partid con ellos el pan del pobre...

ARTURO. -(Dentro.) ¡Se han salvado!... ¡Se han salvado!...

Escena VIII

Dichos y ARTURO, trayendo en sus brazos una mujer desmayada; detrás de él, JOBSON y marineros con algunos náufragos; luego LORD MELVIL.

ARTURO. -¡Yo la he salvado!... (La coloca en un banco; las mujeres la rodean.) Vive, vive... no está más que desmayada. Beti, a vos os la confío... (A LORD MELVIL que sale.) ¡Ah, milord, venid, yo he salvado a esta infeliz..., es una francesa..., compatriota mía!

LORD. -(Abrazándole.) ¡Bien, Arturo, bien!

ARTURO. -Ahora vamos a los otros... Si perece uno solo, no hemos hecho nada. ¡Compañeros, a las barcas!

TODOS. -¡A las barcas! (Vánse precipitados.)

LORD. -Jobson, haz que tu mujer se lleve adentro a esa infeliz, y cuide de hacerla recobrar los sentidos; vosotras llevaos a vuestras cabañas los demás náufragos.

JOBSON. -¿Has oído? Adentro con todos. (Acércase a ella.) ¡Santo Dios!

BETI. -¡Qué es eso! No tengas cuidado..., ya está volviendo en sí... Amigas, ayudadme..., haremos que huela vinagre..., no es más que el susto. (Ayudada de las demás, la lleva dentro y también a los otros náufragos. Siguen dentro las voces, aunque más lejanas. La tempestad va disminuyendo.)

JOBSON. -(Aparte.) ¡Estoy soñando... o es ella!

Escena IX

LORD MELVIL y JOBSON.

LORD. -¡Qué es eso, Jobson!... ¿No sigues a tus compañeros?

JOBSON. -No, milord.

LORD. -¿Qué tienes? ¡Estás azorado!

JOBSON. -Más lo estaríais vos, mi almirante, si hubierais visto lo que yo acabo de ver.

LORD. -¿Qué has visto?

JOBSON. -Esa mujer desmayada...

LORD. -¿Qué?

JOBSON. -A pesar de tantos años de ausencia, la he conocido: es ella...

LORD. -¿Quién?

JOBSON. -La mujer que vos abandonasteis..., la madre de sir Arturo...

LORD. -¡Silencio, desgraciado!... ¡Oh! ¡Es imposible que sea..., tú me engañas, tú te has equivocado!

LUCAS. -(Dentro con voz afligida.) ¡Socorro, socorro!... ¡Que me ahogo!

JOBSON. -Algún náufrago de la goleta.

LUCAS. -(Dentro.) ¡Socorro! ¡Socorro!

JOBSON. -(Mirando al mar.) Viene sobre unas pipas colocadas en tablones... (Aparece por el mar LUCAS montado en una pipa, que está puesta sobre maderos cruzados.)

Escena X

Dichos y LUCAS.

JOBSON. -Milord, voy a ayudarle a salir a tierra. (Acércase a la orilla, y le echa una cuerda.)

LUCAS. -No os metáis en el agua..., no os mojéis..., yo la ataré aquí..., tirad, tirad no más. (Ata la cuerda a los maderos; JOBSON tira de ella, lo trae a la orilla y lo hace saltar en tierra.)

LORD. -(Aparte.) ¡No estoy en mí! ¡Será posible!... ¡María aquí!... Si llega a descubrir quién es Arturo... ¡Ah!

JOBSON. -¡Buen hombre, estaréis hecho una sopa!... (Trayéndolo a la escena.)

LUCAS. -(Que no ha soltado de la mano una jaula con su cotorra.) No tal.Echaron al mar esos maderos cruzados con una pipa encima, y yo me monté en la pipa..., y así he venido navegando hecho un dios Baco..., de manera que no me he mojado más que las medias. Yo os doy gracias por haberme salvado..., a mí y a mi cotorra. ¿Pero y mi prima?... ¿Dónde está mi prima?... ¡Ay!¡Si yo hubiera podido traérmela en la jaula..., que bien merecía estar en una jaula! ¿Pero no sabéis de mi prima? ¡Qué será de mi prima!...

LORD. -(Con viveza.) ¿Cómo se llama vuestra prima?

LUCAS. -Lo que es yo me llamo Lucas Duflot, estanquero en París.

LORD. -(Aparte.) Él es.

LUCAS. -Y ella..., ella no quiere que la llamen sino lisa y llanamente María.

LORD. -(Aparte a JOBSON.) ¡María!... ¡Ella es, no hay duda!

LUCAS. -Pero si el demonio no anduviera suelto, podría tener otro nombre.

JOBSON. -(Aparte a LORD MELVIL.) ¡No os lo dije, milord!

LORD. -(Aparte a JOBSON.) Evitar su presencia es imposible...

JOBSON. -(Aparte a LORD MELVIL.) ¡Imposible! Al fin llegaría a averiguar que sir Guillermo Burnet y lord Melvil son uno mismo.

LORD. -(Aparte a JOBSON.) Sí, sí..., es mejor que yo la vea, que yo la hable antes que empiece a hacer preguntas a tu mujer y a las demás.

LUCAS. -¡Extranjeros! ¿Nada me respondéis?... ¡Os habláis en secreto!... ¿Qué es eso? ¿No habéis podido pescar a mi pobre prima?... ¡Decídmelo, decídmelo... y me vuelvo al instante a la pipa!

LORD. -No, tranquilizaos... Vuestra prima se ha salvado..., pronto la veréis, y se os darán todos los socorros que vuestra situación reclama. Entretanto, tened la bondad, Sr. Duflot, de esperar aquí; este marinero os hará compañía. (Aparte a JOBSON.) Quédate con él.

LUCAS. -(Aparte.) ¡Qué bien criado es este marino! (LORD MELVIL le saluda y se entra en la cabaña; LUCAS contesta con profundas y repetidas cortesías.)

Escena XI

JOBSON y LUCAS.

LUCAS. -¡Pero qué bien criado es!... ¿Cómo se llama?

JOBSON. -Lord Melvil.

LUCAS. -Lord Melvil..., no le conozco. Verdad es que yo no conozco a nadie en Inglaterra. (Sacudiéndose el agua de las piernas; movimiento que hace de cuando en cuando durante la escena.)

JOBSON. -(Aparte.) Tratemos de averiguar a qué venían a Inglaterra. -Y este viajecillo, Sr. Lucas, atravesando el canal de la Mancha y viniendo por esta costa, ¿habrá sido sin duda para introducir su poquito de tabaco?... Algún contrabandillo, ¿eh?

LUCAS. -¡Qué disparate!... Es decir, algo de contrabando tiene el asunto...; pero no es contrabando de tabaco. Yo no quisiera descubrírselo a alma viviente...; pero ello, si se ha de averiguar la cosa, no hay más remedio que contarlo.

JOBSON. -¡Oh! ¡Sí!... Y no podíais haberos dirigido a mejor persona que a mí.

LUCAS. -Pues señor, empezaré por deciros que estos ingleses son unos tunantes...

JOBSON. -¿Eh?

LUCAS. -No, excepto vos... y ese señor tan bien criado que acaba de marcharse. Pues señor, prosigo. Tenía yo una prima más linda que una rosa..., yo la quería como un tonto, ya estaba formando mis planes de decírselo, cuando he aquí que de la noche a la mañana me encuentro con que se había enamoricado de un caballerete inglés... ¡Tunante!

JOBSON. -(Aparte.) Esta es nuestra historia.

LUCAS. -Verdad es que se llamaba sir Guillermo y yo Lucas... Muy almibarado, muy derretido, muy... sí señor... En fin, siguieron con fuerza los amores, y al cabo..., ya se ve..., cosas que... Pues señor, parió mi prima un chiquillo..., hermosote, ¡eso sí! Pero amigo, ¿queréis creer que al año de esto, poco más o menos, el pícaro del inglés desapareció..., y hasta hoy? Mi prima cayó mala, y por poco las lía... ¡Llorando siempre, de día y de noche!... Yo, ¿qué había de hacer?... Me dediqué a cuidar al chiquillo..., yo le fajaba, yo le mecía, yo le daba papilla...

JOBSON. -(Aparte.) ¡Pobre hombre!

LUCAS. -Cuando ya tenía dos años, me lo traía yo al estanco para que enredase y dejara trabajar a su madre. Pues señor, un día..., miento, que fue una noche..., aún no había yo encendido el velón, y el chiquillo andaba diableando por encima del mostrador, cuando cátate que entra un hombre embozado en su capa.

JOBSON. -(Aparte.) Ese era yo.

LUCAS. -«A ver, una onza de tabaco colorado.» Yo le peso su onza... ¡Bribón! ¡Y se la pesé bien... al muy tunante! Él empieza a olerlo, y dice: «Este tabaco es malo..., huela, huela.» Voy a olerlo, ¿y qué hace?... ¡Plaf!... Me sopla la onza de tabaco en los ojos..., a media onza por ojo... ¡Huy! Todavía me escuecen cuando me acuerdo. Me quedé sin sentido..., empecé a chillar, y cuando me curaron y pude abrir los ojos..., ¡adiós chiquillo! ¡Lo perdí, me lo quitó, me lo robó aquel tunante, aquel asesino, aquel ladrón! Convengamos, convengamos en que fue ladrón... ¿No es cierto?... La verdad, ¿no fue un ladrón?

JOBSON. -¡Un ladronazo!

LUCAS. -(Dándole la mano.) Me alegro. Pues señor, prosigo. La pobre madre estuvo dos meses si se muere, si no se muere; pero ya lo dije: no hay que llorar, iremos juntos a buscar al chico, que no puede estar sino en Inglaterra... Por desgracia, ni ella ni yo teníamos un cuarto, de manera que no había medio de hacer el viaje. Entonces calculé que concretándonos a comer patatas y beber agua, podríamos, al cabo de algunos años, ahorrar un poco de dinero para la expedición... Así lo hice, y en diez y seis años he logrado juntar una suma, que estoy resuelto a emplear en que recorramos toda la Inglaterra hasta encontrar al ladrón.

JOBSON. -¿Pero qué esperanza es la vuestra? Vos no le visteis la cara, no podéis conocerlo, aunque se os pusiera delante... así... como estoy yo.

LUCAS. -¡Ay, ay!... ¡Lo que veo!...

JOBSON. -(Aparte.) ¡Calla, qué será esto!

LUCAS. -Esperad, esperad... sacaré la muestra. (Saca del bolsillo un papel en que trae envuelto un botón.) Cuando me metió el tabaco en los ojos, mi primer movimiento fue echarle la zarpa, y aunque se me escapó, me quedé con un botón entre las uñas, que es absolutamente igual a los que vos lleváis. Esta ya es una señal.

JOBSON. -¡Cierto! Ya por lo menos sabéis que es un marino. Sólo que en la Gran Bretaña seremos unos cuarenta y tantos mil... No tenéis más sino escoger.

LUCAS. -Es verdad; no había caído en eso. Pero cachaza..., aún tengo otra seña más individual.

JOBSON. -¿Cuál?

LUCAS. -Ya os lo diré... y vos me ayudaréis en mis pesquisas.

JOBSON. -Por supuesto.

LUCAS. -Voy a la playa a ver si han salvado mi equipaje y vuelvo a ver a mi prima. ¿Conque me ayudaréis?

JOBSON. -Sin duda alguna. (Vase LUCAS.)

Escena XII

JOBSON. Luego, LORD MELVIL, BETI y MARÍA.

JOBSON. -¡Este hombre no me va a dejar vivir! Consultaré al almirante y haré lo que él me diga. Pero ¡qué veo!... Milord en persona trae aquí del brazo a esa desventurada... ¡Si le habrá tocado Dios al corazón! (Sale MARÍA apoyada en el brazo de LORD MELVIL y sostenida por BETI.)

BETI. -Tomaréis un poco el aire y eso os hará provecho.

MARÍA. -(Aún no vuelta en sí.) ¿Dónde estoy?

LORD. -Serenaos..., la tempestad ha cesado y estáis en salvo. (Hace señas a JOBSON y a BETI de que se alejen.)

MARÍA. -Es verdad. (Procurando volver en sí.)

LORD. -(Aparte.) Aún no me ha conocido. (BETI y JOBSON entran en la cabaña.)

Escena XIII

LORD MELVIL y MARÍA.

MARÍA. -¡Ah! ¡Qué sueño tan horrible!... (Déjase caer en un banco.) Pero, no, no ha sido sueño...; yo me embarqué y me alejé de Francia..., sí; luego se levantó una tempestad, oí gritos de desesperación, yo me acongojé, perdí el sentido... Luego oí una voz dulce y pura que me llegó al corazón... «Yo os salvaré», decía, y así fue; ya estoy en salvo.

LORD. -(Aparte.) Parece que se va recobrando.

MARÍA. -(Viéndole.) ¡Ah! ¡Sois vos, señor, a quien debo la vida!... Gracias os da esta pobre madre... (Mirándole fijamente.) ¡Pero qué veo!... ¡Es ilusión! ¡Me engañan mis ojos!... (Cayendo de rodillas.) ¡Hablad, señor..., hablad, yo os lo suplico!

LORD. -Alzad, señora, alzad.

MARÍA. -Esa voz... ¡Ah! ¡Él es, Dios mío!... ¡Guillermo!

LORD. -(Conmovido.) ¡María!

MARÍA. -Guillermo... (Mirando alrededor.) ¿Y mi hijo? ¿Qué habéis hecho de mi hijo?

LORD. -Serenaos, María.

MARÍA. -¡Ah!... ¡Respondedme..., respondedme, en nombre del cielo!

LORD. -Vive... y está aquí.

MARÍA. -¡Mi Arturo! (Dando voces.) ¡Arturo! ¡Hijo mío!...

LORD. -¡Ah! ¡Callad, por Dios, callad!... Ahora vendrá, os lo prometo; pero antes me escucharéis... ¡Ah! Sí; me escucharéis, María, porque este momento puede decidir de vuestra suerte y de la mía..., y sobre todo de la suerte de vuestro hijo.

MARÍA. -(Sorprendida.) ¿Qué decís?

LORD. -¡Qué he decir!... ¡Que ha sido fatal vuestro pensamiento de venir a Inglaterra!

MARÍA. -¡Eso os atrevéis a decir, Dios mío! ¡Vos no sabéis sin duda todo lo que yo he padecido! El dolor había trastornado mis sentidos; ¡yo estaba loca, milord..., sí, loca! Yo llamaba a gritos a mi Arturo..., yo creía verlo en todas partes, de noche, de día... ¡Ah! ¡Qué infeliz he sido! Y ahora que lo encuentro, ahora que está cerca de mí, decís que ha sido fatal la llegada de la pobre María... ¡Ah! ¡Milord, vos no conocéis el corazón de una madre, ni habéis amado jamás a vuestro hijo!

LORD. -¡Que no le he amado jamás!... ¡Pues qué, sino ese amor, es lo que me ha hecho ser más culpable con vos!

MARÍA. -¡Ah! No se hable más de vuestras ofensas; hace ya mucho tiempo que os las he perdonado.

LORD. -Pues yo, para adquirir algún derecho a ese perdón de la madre, he querido redoblar mi amor hacia el hijo. ¡Ah! María, preguntadle, preguntadle con qué esmero le he cuidado en su infancia, con qué cariño le he educado, con qué gozo le veía crecer...

MARÍA. -¡Ah! ¡Yo no lo veía!

LORD. -¡Con cuánta delicia le miraba durmiendo a mi lado! ¡Cómo latía mi corazón al contemplar sus hermosas facciones!...

MARÍA. -Es muy hermoso, ¿no es verdad?

LORD. -Y siendo ya mozo, ¿quién sino yo le ha inculcado esos sentimientos nobles, todas esas virtudes que le adornan? ¡Ah! ¡María, él es mi orgullo, mi esperanza..., su vida es mi vida, separarme de él es imposible, sería matarme! ¡Ya veis, María, ya veis si le amo tanto como vos!

MARÍA. -¡Pues bien, sí..., los dos le amaremos, Guillermo!... ¡Llevadme, llevadme a verlo...; quiero abrazarle, quiero estrecharlo contra mi corazón!...

LORD. -¡Esperad!...

MARÍA. -¡Yo quiero verlo!

LORD. -¡Por Dios, María, esperad, esperad!... No le digáis que es hijo vuestro.

MARÍA. -¡Que no le diga que es mi hijo!... ¿Y por qué?

LORD. -¿Por qué, decís? ¿Pues no veis que su frente va a cubrirse de vergüenza y que la madre tendrá que ruborizarse en presencia del hijo?

MARÍA. -(Con desesperación.) ¡Ah! ¡Dios mío!... ¡Es verdad!... ¿Pero qué me importa a mí ese mundo que me arroja de su seno?... ¿Quiere que le sacrifique yo mi vida entera? ¡No: harto desgraciada he sido! ¡Yo quiero ver a mi hijo, yo quiero verlo!

LORD. -¡Ah! ¡Por el bien de Arturo, por el bien de los tres, María, esperad!

MARÍA. -Guillermo, hace diez y seis años que estoy esperando.

LORD. -Sólo os pido un día, un solo día de silencio, María..., y vuestro sacrificio será más llevadero, porque vendréis conmigo al castillo.

MARÍA. -¿Con él?

LORD. -Con él; pasaréis el día a su lado, le veréis a cada instante, dormiréis junto a él, y mañana...

MARÍA. -Mañana, lo más tarde...

LORD. -Sí; mañana, os lo juro por mi honor, la suerte de los tres quedará fijada.

MARÍA. -Bien, milord; esperaré. (Suena ruido lejano, que se va acercando.)

LORD. -¿Oís? Viene gente...

ARTURO. -(Dentro.) A la cabaña.

MARÍA. -Esa voz...

LORD. -Es la suya.

MARÍA. -¡Ah! ¡Le voy a ver!

LORD. -Conteneos..., me lo habéis ofrecido.

Escena XIV

Dichos, JOBSON, BETI, ARTURO y LUCAS, cargado de maleta, sombrerera, jaula, etc. Pescadores y náufragos.

ARTURO. -¡Milord, Dios nos ha protegido; todos los náufragos se han salvado!

MARÍA. -(Aparte, ansiosa de ir a abrazarlo.) ¡Ah!

LORD. -(Aparte, conteniéndola.) ¡María!

LUCAS. -Todos, prima mía..., incluso yo y la cotorra y el sombrero...

ARTURO. -Señora, me felicito de haber tenido la dicha de salvaros.

MARÍA. -¿Vos?... ¿Fuisteis vos?

ARTURO. -Yo, yo solo.

MARÍA. -(Echándose en sus brazos enajenada.) ¡Ah! ¡Fuisteis vos!...

LORD. -(Temeroso.) ¡Señora!...

MARÍA. -(Separándose de ARTURO.) Perdonad, sir Arturo, este movimiento involuntario..., pero he sido madre, he perdido a mi hijo, y vuestra presencia me lo ha recordado.

ARTURO. -¿Vos habéis perdido un hijo?... Pues yo he perdido a mi madre, señora, y también vos me recordáis mi desgracia.

LORD. -(Cortando la conversación.) Basta, Arturo... Estos pobres náufragos necesitan descansar; la cabaña de Jobson es muy pequeña para todos, y espero que acepten la hospitalidad que les ofrezco en mi castillo.

LUCAS. -Aceptamos, aceptamos todos. (Aparte.) Lo dicho: es muy bien criado este señor.

LORD. -Pues vamos al castillo. (Todos echan a andar. MARÍA va a dar el brazo a ARTURO, que se lo ofrece; pero LORD MELVIL, fingiendo no reparar en ello, se interpone y se lo presenta.) Señora...

Acto segundo

Magnífico salón en el castillo de MELVIL.

Escena primera

LUCAS. Sale limpiándose los dientes con un palillo.

LUCAS. -¡Bien he almorzado!... ¡Bien, bien!... Me he comido lo menos tres raciones de biftek. ¡No hay como estos pícaros ingleses para asar la carne! ¡Lástima que pusieran alrededor aquella fila de patatas!... ¡Huy! ¡A un hombre que se está atracando de ellas hace diez y seis años!... Pues señor, todos los compañeros de naufragio se han marchado ya, unos en el vapor, otros por el camino de hierro... Mi prima y yo somos los únicos que se han quedado; ¿qué será esto? ¿Si habrá en ello misterio? ¿Si querrán estorbar que sigamos nuestra pesquisa? Ese Jobson, que ha venido con nosotros al castillo, es un hombre que se me ha atravesado aquí... y no hay quien me quite de la cabeza que yo he visto aquella cara antes de ahora... ¡Si sacaremos en limpio que él es el dueño del botón!... Y mi prima, que se le ha antojado ahora irse a pasear... ¡Ahí viene, oiga! ¡Y del brazo con aquel mocito que la salvó!... ¡Y se ríe! Jesús!... ¿A que se ha olvidado ya del chiquillo? ¡Vamos, está visto, yo solo tengo un verdadero corazón de madre!

Escena II

MARÍA, ARTURO y LUCAS.

ARTURO. -(Al salir.) ¿Conque qué os parece el parque de Melvil?

MARÍA. -Lo que de él he visto, me da muy alta idea de esta posesión. Debe ser muy rico milord.

ARTURO. -Es dueño de todo un condado... ¡Oh! ¡De los lores más ricos de Inglaterra!

MARÍA. -No le he visto en toda la mañana.

ARTURO. -No tardará en llegar; hoy está de gran ceremonia; ha ido a revisar la escuadra que debe darse a la vela.

LUCAS. -Prima... (Aparte.) ¡No ha reparado en mí! -Prima, ¿cómo va de salud?

MARÍA. -¡Ah! ¿Eres tú, mi querido Lucas?

LUCAS. -¿Has descubierto algo desde esta mañana?

MARÍA. -No; desde esta mañana, nada.

LUCAS. -(Con misterio.) Pues yo le ando a los alcances.

MARÍA. -¿Tú?

LUCAS. -Yo.

ARTURO. -(A MARÍA.) ¿Quién es este caballero?

LUCAS. -Lucas Duflot, estanquero en París, calle de los Monos, número 104, servidor vuestro.

MARÍA. -Primo mío, y mi mejor amigo, sir Arturo.

LUCAS. -¡Arturo!... ¡Cómo! ¿Este caballerito se llama Arturo?

ARTURO. -Sí; ¿qué hay en eso de extraño?

LUCAS. -(Aparte a MARÍA.) ¡Si fuera el chiquillo este joven!...

MARÍA. -(Sonriendo.) Sería cosa rara, ¿no es verdad?

LUCAS. -¡Qué! No puede ser él. ¡Me acuerdo yo del chiquillo como si lo estuviera viendo!... Un pelito tan rubio..., unos carrillotes tan colorados... Verdad es que con diez y seis años encima, ya debe haber cambiado de figura... A ver; probemos, probemos si se acuerda cuando yo le llamaba. (Se pone enfrente de ARTURO y le llama con las dos manos, haciéndole mimos como a un niño de dos años. ARTURO se echa a reír.) ¡Ay, ay, ay!... No era así cómo se reía.

ARTURO. -¿Por qué me hacéis esos gestos?

LUCAS. -Por nada. Era una idea equivocada... -Pero no importa: yo no desmayo. -Prima, consiento en que me aranes si pasa la mañana sin que yo atrape al ladrón. (Vase corriendo.)

Escena III

ARTURO y MARÍA.

ARTURO. -¡Al ladrón!... ¿Se ha vuelto loco vuestro primo?

MARÍA. -No, este es un secreto que acaso algún día llegaréis a saber.

ARTURO. -Hasta ahora, lo que os puedo decir es que jamás, aun yendo del brazo de la más hermosa lady, he sentido el dulce placer que me ha causado nuestro paseo de hoy.

MARÍA. -(Sonriendo.) Ese cumplimiento lisonjea demasiado mi amor propio. Sir Arturo, yo quiero que me tratéis como trataríais a vuestra madre.

ARTURO. -O a mi hermana.

MARÍA. -A una hermana mayor.

ARTURO. -Bien: de esos dos títulos, escoged aquel que inspire más afecto, mas cariño.

MARÍA. -¡Mi elección estaba ya hecha!

ARTURO. -Y sobre todo, prometedme quedaros mucho tiempo, muchísimo tiempo en este castillo.

MARÍA. -Todo el tiempo que pueda.

ARTURO. -¡Oh, qué alegría!... En cuanto a milord, no tengáis cuidado, no se opondrá: es noble, generoso; tiene algunas preocupaciones aristocráticas; pero su corazón es de ángel..., conque es cosa decidida; no nos separaremos nunca. (Suenan dentro tres campanadas.) ¡La campana! Ya ha llegado milord.

MARÍA. -(Aparte.) ¡Tan pronto!... ¡Ah, cuánto estaba gozando!

ARTURO. -¿Qué tenéis?... ¡Parece que os habéis inmutado! (Ábrense las dos hojas de la puerta del foro: aparecen seis lacayos de toda gala, que se colocan en dos hileras.)

MARÍA. -No..., la extrañeza..., no sé..., estoy tan poco acostumbrada a estas etiquetas de la alta nobleza...; pero no es nada; ya estoy serena. (Aparece LORD MELVIL vestido de gran uniforme de almirante, con banda y collar, y seguido de otros lacayos también de gran gala, que se quedan ocupando en fila la puerta: todos se inclinan al pasar su amo con el más profundo respeto.) ¡El es!... ¡Yo tiemblo!...

Escena IV

Dichos y LORD MELVIL.

LORD. -(Al entrar.) ¡Los dos juntos!... ¿Si se le habrá revelado?... (Saluda a MARÍA, la cual le contesta: en seguida hace una seña y todos los lacayos se retiran, cerrando la puerta.)

ARTURO. -¿Queréis creer, milord, que esta señora se ha turbado al veros llegar? Sin duda ignora que el castillo de Melvil es un asilo donde se encuentra la más generosa hospitalidad. Así es que yo la he hecho los honores en vuestro nombre, la he salido garante de nuestro afecto..., y en fin, la he ofrecido que se quedará con nosotros. Milord, mi palabra está empeñada..., y vos no podéis ya desairar a un oficial de marina.

LORD. -Me gusta, Arturo, esa generosidad de corazón... pero ya olvidáis un negocio de la mayor importancia.

ARTURO. -¿Cuál?

LORD. -Os han traído el uniforme y no os lo vais a poner.

ARTURO. -¡Ay! ¡Es verdad!... ¡Soy un aturdido! ¡Voy a estrenar mi charretera!... ¡Ah, qué feliz soy!... Al verme entre los dos, ya casi se me figura que no soy huérfano... Hasta luego..., hasta luego... (Vase por el foro.)

Escena V

LORD MELVIL y MARÍA.

MARÍA. -Ya veis que he guardado el secreto, milord.

LORD. -Mucho os lo agradezco... Así, pues, ¿él ignora aún que os debe el ser?

MARÍA. -Lo ignora..., pero este misterio cesa hoy, ¿no es cierto?

LORD. -(Con calma.) En cuanto concluya de hablaros, María, quedaréis libre de vuestra promesa.

MARÍA. -¿Y podré entonces?...

LORD. -Obrar según os parezca. Sobre este punto consultaréis vuestro cariño y el interés de vuestro hijo.

MARÍA. -(Admirada.) ¡El interés de mi hijo!

LORD. -Escuchadme, pues, con atención: esta mañana os ofrecí manifestaros la resolución que pensaba tomar; voy a hacerlo, y cualquiera que sea, os lo prevengo, es irrevocable.

MARÍA. -(Turbada.) Hablad, milord.

LORD. -Antes de todo, permitidme que trate de disminuir a vuestros ojos la odiosidad de mi pasada conducta.

MARÍA. -(Apartando los ojos.) ¡Ah!...

LORD. -¡No me condenéis sin oírme: pongo a Dios por testigo de que en todo lo que voy a deciros no hay nada que no sea verdad! (Tomándola afectuosamente la mano.) ¿Vos habéis creído..., y aún lo creéis, que sir Guillermo al amaros no tuvo otra intención que la de seducir a una joven para abandonarla en seguida a la miseria y la deshonra?

MARÍA. -¡Lo creí, milord, y lo creo todavía!

LORD. -Pues os lo juro; ese infame pensamiento no deshonró mi primer amor; entonces, María, mi mayor felicidad hubiera sido legitimar nuestra unión. Por mi honor, os aseguro que pensaba daros mi nombre.

MARÍA. -¡Vos!

LORD. -Yo... Acordaos del viaje que hice a Inglaterra en la época del nacimiento de Arturo. Aquel viaje debía decidir nuestra suerte. Yo venía a echarme a los pies de lord Melvil, mi tío y mi tutor, y a pedirle su consentimiento; pero un suceso inesperado hizo que todo cambiase de aspecto. Mi tío y su hijo único acababan de morir casi repentinamente, y yo me hallé heredero de la casa de los duques de Melvil.

MARÍA. -¡Ya entiendo: la alta nobleza entonces os rodeó; la corte os abrió sus puertas... y la ambición se apoderó de ese corazón, y ahogó en él los más dulces sentimientos de la naturaleza!

LORD. -¡Como cabeza de una de las primeras familias del reino, me vi elevado por mi soberano a un puesto eminente..., su voluntad me impuso otras obligaciones..., ya no estuvo en mi mano elegir una vida obscura y feliz!

MARÍA. -¿Y ahora, lord Melvil?

LORD. -Ese título que me recordáis debe bastar a probaros que el amor de sir Guillermo tiene que ceder ante la razón, cruel acaso, pero imperiosa, del par de Inglaterra, y que la voz del corazón es forzoso que calle ante las preocupaciones del mundo y la desigualdad de las clases.

MARÍA. -¡Ah, no acabéis!... ¡Guardaos ese título que tanto teméis deshonrar..., yo no os pido más que mi hijo!

LORD. -(Después de una pausa.) También yo os lo venía a pedir.

MARÍA. -¡A pedirme mi hijo!... (Aterrada.) ¡Ah!... ¡Tiemblo comprender esas palabras!

LORD. -No sé, María; no sé de qué frases valerme para anunciaros lo que tengo resuelto. ¿Es posible que sea mi destino haceros siempre padecer?

MARÍA. -¿Qué será esto? ¡Dios mío!

LORD. -¡Un dolor más cruel que todos los que habéis sufrido..., lágrimas más amargas que cuantas habéis derramado..., un sacrificio, en fin, que acaso no habrá hecho hasta ahora ninguna madre del mundo!

MARÍA. -¡Un sacrificio!

LORD. -(Desdoblando lentamente un papel.) Ved aquí un documento firmado de mi mano; por él adopto a Arturo y le aseguro mi nombre, mis títulos y mis bienes. (La mira.) Pronunciad una sola palabra, y todo esto es suyo.

MARÍA. -¡Una palabra!... ¿Cuál?

LORD. -Ese secreto que hoy habéis guardado..., juradme que lo guardaréis toda la vida.

MARÍA. -Explicaos, no os entiendo bien... ¿Que guarde secreto para con todo el mundo? Sí, sí; lo guardaré... ¡Lo encerraré en el fondo de mi corazón; pero con mi hijo, no!... ¿Es esto lo que queréis decir?... ¡Con mi hijo, no!

LORD. -Con vuestro hijo sobre todo.

MARÍA. -¡Cómo!... ¡Que renuncie a mis derechos!...

LORD. -Para siempre.

MARÍA. -¡Que no pueda nunca decirle: «Yo soy tu madre!»

LORD. -Más aún, que os separéis de él..., que partáis.

MARÍA. -(Con entereza.) ¡Nunca, milord; jamás!

LORD. -Entonces, señora, partiré yo.

MARÍA. -¡Vos!

LORD. -Sí; porque no quiero que mi hijo, al estrecharos en sus brazos a vos deshonrada por mí, os pregunte: «¿Quién es mi padre?» y vos se lo digáis; y él, que tanto me ama y me respeta, me maldiga entonces... ¡No; yo no quiero que Arturo me maldiga!

MARÍA. -¡Que os maldiga!

LORD. -Sí, porque a la voz con que su alma me pediría reparación, yo no respondería sino con el silencio, y sería de mármol a sus súplicas y a sus lágrimas. Ya veis si me maldeciría.

MARÍA. -¡Ah..., y yo también!

LORD. -Pues bien: huiré lejos de aquí; pondré un mundo entero entre vos y yo; iré dondequiera que vos no estéis. (Déjase caer en un sillón, y apoya la frente en las manos.)

MARÍA. -¡Y qué será de él si vos lo abandonáis! ¡Yo, pobre de mí, qué puedo ofrecerle en cambio de la brillante suerte que vos le destináis!... ¡La miseria!... ¡La miseria a Arturo..., a mi hijo!... ¡Ah! ¡Esta idea me horroriza! ¡Perder él su porvenir..., verse solo en el mundo, sin más apoyo que el de una infeliz mujer, que nada tiene, nada!... ¡Ah, milord..., vos no podéis sentir eso que habéis dicho!... ¡Vos no sois capaz de colocar a una pobre madre entre su cariño y la ruina de su hijo!... ¡No me respondéis!... ¡Apartáis la vista de mí!... ¡Ah! Tenéis entrañas de tigre... (Esforzándose a contener las lágrimas.) Bien: seréis satisfecho..., no descorreré el velo que oculta el secreto de su nacimiento..., callaré..., me siento con valor para ello... ¡Pero dejadme al menos que viva a su lado!... ¡Yo me esconderé para llorar!... ¡Yo le llamaré hijo mío cuando él no lo oiga!... ¡Seré criada vuestra, criada suya, criada de todos; no le abrazaré nunca!... ¡Pero, por Dios, que yo le vea..., que yo le vea..., no me separéis de mi hijo!

LORD. -(La mira enternecido y se levanta lentamente.) Esa prueba sería superior a vuestras fuerzas.

MARÍA. -No, no; yo os lo juro.

LORD. -¡Ah!... Si vos le vierais delante como yo le veo algunas veces, repitiendo con lágrimas «soy un pobre huérfano...» no podríais conteneros, y le responderíais con un grito del corazón. «Tú eres mi hijo».

MARÍA. -¡Es verdad, Dios mío!... ¿Qué ruido es ese?

LORD. -¡Sin duda es Arturo que vuelve!

MARÍA. -¡Ah! ¡Dejad que me vaya, milord; dejad que me vaya!

LORD. -(Deteniéndola.) ¡María, una palabra sola!

MARÍA. - (Con desesperación.) ¡Dejad que me vaya, Dios mío! (Despréndese de los brazos de LORD MELVIL y se precipita en su cuarto.)

Escena VI

LORD MELVIL.

LORD. -(Mirándola irse.) Lo leo en sus ojos..., el sacrificio será completo... ¡Ah! Yo la recompensaré tanta virtud y tanto esfuerzo... Y ahora no podrá rehusar mis dones, porque será la mano de Arturo la que se los ofrezca... ¡Pobre María! Yo creí que después de diez y seis años podría volver a verla sin conmoción..., y a pesar mío, los recuerdos de mi juventud se agolpan a mi corazón... ¡Ah! ¡Lo conozco; nunca se puede ver con indiferencia a la mujer que nos inspiró el primer amor! (Permanece pensativo.)

Escena VII

LORD MELVIL y LUCAS.

LUCAS. -¡No puedo dar con el ladrón! ¡Hola! Aquí está milord.

LORD. -(Aparte sin verle.) ¡Y si me ha engañado!... Si María vacilase y llegara a hablar con Arturo, todo se perdía. ¡Alejarlo de aquí u obligarla a ella a dejar el castillo sería demasiado cruel! (Óyese ruido dentro.) ¿Qué ruido es ese?... (Viendo a LUCAS.) ¿Sabéis vos qué es eso?

LUCAS. -No, milord; yo venía buscando al Sr. Jobson; si pudierais decirme...

LORD. -(Yendo a la puerta.) ¡Arturo con marineros!... ¿Qué significa esto?

LUCAS. -(Aparte.) ¡Marineros!... ¡Si estará entre ellos mi ladrón!

Escena VIII

Dichos, ARTURO y MARINEROS.

ARTURO. -¡Milord!... ¡Dadme la enhorabuena!... Aquí traigo una orden del almirantazgo... (Agitando un papel.)

LORD. -¡Orden del almirantazgo a vos!

ARTURO. -A mí. Me mandan ir hoy mismo a bordo del Real-Jorge... ¡Un navío de ochenta cañones!... Mirad, mirad... (Le da el pliego.)

LORD. -(Aparte.) Se aleja de aquí... ¡Todo se ha salvado!

LUCAS. -(Aparte, habiendo pasado revista a todos los marineros.) Ninguno de estos es. ¡Y todos tienen los mismos botones!... Esto es capaz de volver loco...

LORD. -(Que ha leído.) En efecto, la orden es terminante; os mandan transportar a Portsmouth los marineros del Real-Jorge que estaban con licencia en los pueblos de esta costa.

ARTURO. -(Señalándolos.) Aquí están todos, alegres y dispuestos a embarcarse como su oficial; ¿no es cierto, camaradas? (Va dándoles la mano; LUCAS también se la da.) ¿Queréis vos también embarcaros con nosotros, buen amigo?

LUCAS. -Muchas gracias; yo me mareo. ¿Habéis visto por ahí al Sr. Jobson?...

ARTURO. -(Sin oírle.) ¡Ea, compañeros, a levar ancla, y viento en popa; voy a ponerme mi uniforme, y vamos a bordo! ¡Ah, qué cabeza la mía!... ¡Soy un ingrato! Esa señora francesa que tanto me quiere... ¡Y me iba sin despedirme de ella!

LORD. -Se ha ido a su cuarto. Está algo indispuesta,

ARTURO. -¡Pobrecilla!

LUCAS. -¡Cómo es eso!... ¿Mi prima está indispuesta?

ARTURO. -¿Y creéis que no podrá recibirme?

LORD. -Yo me encargo de disculparos...

LUCAS. -Y yo.

LORD. -Muchachos, seguid a vuestro oficial.

ARTURO. -(Aparte.) Yo haré una escapatoria para darla un abrazo.

LORD. -Arturo, que os esperamos.

ARTURO. -Estoy a vuestra orden, mi almirante. (Vanse LORD MELVIL, ARTURO y los marineros.)

LUCAS. -(Pensativo.) Con tal que Jobson no se vaya con ellos... Y tengo ya que prescindir de mi botón; si parece que todos aquí se han dado de ojo para llevarlos iguales... Pero me queda otro cuerpo del delito..., esta caja de tabaco... (La saca y toma un polvo.) Este inmenso receptáculo que el ladrón se dejó olvidado sobre mi mostrador en la refriega. Y es suya, no tiene duda: yo he sonsacado a su mujer, que habla más que mi cotorra, y ella me ha contado que Jobson estuvo en París, precisamente en la época... ¡Y cómo me lo ha negado el pícaro! Yo le confundiré, y veremos qué ha hecho del chiquillo. Será oficial de zapatero... o grumete de navío... o pinche... Pero yo le educaré..., le enseñaré a distinguir las diferentes clases de tabaco... (Se sienta pensativo.) En fin...

JOBSON. -(Aparte, saliendo.) Por fin, sir Arturo se va a marchar, y ya no se volverá a tratar del negocio... ¡Me alegro!... ¡Estaba yo en ascuas!... Lo único que siento ahora es haber contado la historia a mi mujer... (Viendo a LUCAS.) ¡Calle, que está aquí el primo! (Dándole en el hombro.) ¡Hola, compadre Lucas!

LUCAS. -(Levantándose asustado.) ¡Eh!... ¿Qué es eso?... ¿Virginia... o rapé... o?... (Aparte.) ¡Ay, qué bárbaro! Pensé que estaba en mi estanco.

JOBSON. -¿Estabais dormido?

LUCAS. -Me alegro que vengáis, Sr. Jobson.

JOBSON. -¿Por qué?

LUCAS. -Charlaremos un rato; tengo una cosa que preguntaros.

JOBSON. -Ya; tocante a milord... a este castillo... a...

LUCAS. -No; tocante a París.

JOBSON. -¿A París? Yo nunca he estado allá.

LUCAS. -Mentís como un sacamuelas.

JOBSON. -¡Cómo es eso, gabacho!

LUCAS. -Vuestra mujer me ha dicho que sí.

JOBSON. -(Aparte.) ¡Ah! ¡Maldita charlatana! -Pues yo os digo que no; eso lo habéis soñado allá en vuestro estanco de la calle de los Monos...

LUCAS. -¡De la calle de los Monos!... ¿Y quién os ha dicho que yo vivía en la calle de los Monos?

JOBSON. -(Turbado.) ¿Quién?... Vos mismo.

LUCAS. -¡Yo!... Mentira, mentira..., yo no os lo he dicho.

JOBSON. -¿Y qué que lo sepa?

LUCAS. -¿Y por qué os habéis puesto colorado?

JOBSON. -¡Yo!... Porque hace aquí bastante calor...

LUCAS. -(Sacando con énfasis la caja.) Pues tomad un polvo y se os descargará la cabeza.

JOBSON. -(Al tomarlo, repara en la caja.) ¡Qué veo!

LUCAS. -(Aparte.) Se ha turbado al verla..., este es el ladrón. (JOBSON estornuda.) Dominus tecum. Este es buen tabaco..., de la calle de los Monos..., ya lo conoceréis..., y creo que también la caja.

JOBSON. -¡Yo!... No por cierto.

LUCAS. -Pues es extraño..., porque allí se quedó olvidada en el mostrador del estanco de la calle de los Monos..., justamente por la época en que vos estuvisteis en París..., y justamente el día que me robaron el niño Arturo.

JOBSON. -Creo que me llaman..., es la voz del almirante...

LUCAS. -Es la voz de tu conciencia, ¡bribón, embustero!...

JOBSON. -¡Vos estáis loco!...

LUCAS. -¡Ladrón de chiquillos!...

JOBSON. -¡Ea, agur!... (Aparte.) ¡Qué demonio de hombre!

LUCAS. -No te marchas de aquí..., no señor..., sin decirme dónde está el chiquillo...

JOBSON. -(Arremangándose.) ¡Dejadme salir..., o esto acaba mal!

LUCAS. -¡Oh! No tengo miedo. (Presentándole la caja abierta.) ¡Estoy armado!

JOBSON. -Paso..., o si no... (En ademán de boxear.)

LUCAS. -¡Acércate..., acércate..., y verás cómo te ciego!...

JOBSON. -¡Paso, digo!

Escena X

Dichos y MARÍA.

MARÍA. -¿Qué es esto?... ¿Qué ocurre, Lucas?

LUCAS. -¡Qué ha de ser!... ¡Que he encontrado al ladrón..., ese es!... Déjame que lo ciegue...

MARÍA. -(Después de mirarlo, deteniendo a LUCAS.) Salid..., os perdono (JOBSON saluda y se va.)

Escena XI

LUCAS y MARÍA.

LUCAS. -¡Cómo!... ¿Le dejas ir sin que declare dónde está el chiquillo?

MARÍA. -Es inútil; ya lo sé.

LUCAS. -¿Lo sabes?... ¿Sabes dónde está?... Pues dime...

MARÍA. -Todo te lo diré..., pero en Francia.

LUCAS. -¡En Francia!

MARÍA. -Sí; allá nos volvemos.

LUCAS. -¿Con él?

MARÍA. -Sin él.

LUCAS. -(Asombrado.) ¿Sin el niño?... ¡Y eso dice su madre!... ¡Su mamá!...

MARÍA. -Él ignora que yo soy su madre..., y es preciso que lo ignore siempre.

LUCAS. -¡Entonces, hazme el favor de decirme para qué me he estado yo comiendo patatas diez y seis años!... ¡Para qué me he embarcado!... ¡Para qué he estado expuesto a servir de almuerzo a un tiburón!

MARÍA. -Primo, si me quieres, no me preguntes más.

LUCAS. -Pero es cosa inaudita...

MARÍA. -¿Preferirías verme morir de dolor después de haber hecho la desgracia de Arturo?

LUCAS. -¡Ah! Si la cosa es tan seria..., ya no digo nada. Callo y voy a disponerlo todo para nuestra marcha. ¡Cosa más rara!...

Escena XII

MARÍA.

MARÍA. -Sí; marcharé, llevaré conmigo el secreto. Arturo no se verá infeliz, abandonado..., no recibirá por herencia mi obscuridad, mi miseria y mi nombre deshonrado... ¡No; yo quiero que sea rico..., poderoso! ¡Que ocupe un puesto brillante en ese mundo que arroja de sí a su madre! Milord acaba de enviarme a decir que Arturo, de orden del almirantazgo, había partido a bordo... ¡Ah! Casi me alegro...; no viéndole tendré más valor para resolverme al terrible sacrificio. (Llorando.) ¡Sin embargo..., marcharse sin verme..., sin darme el último adiós!... ¡Ah! ¡Qué amargura! (Cae abismada en un sillón. Ábrese con misterio una puerta pequeña; asoma por ella ARTURO; cerciórase de que no hay nadie y sale.)

Escena XIII

MARÍA y ARTURO, de uniforme.

ARTURO. -(A la puerta.) Está sola.

MARÍA. -(Sin verle, levantándose.) No importa..., os lo he ofrecido, mi Dios, y cumpliré mi juramento.

ARTURO. -(Aparte.) ¡Qué triste está!... Parece que ha llorado..., ya no me atrevo a acercarme a ella.

MARÍA. -(Con firmeza.) Esto es hecho. (Se enjuga los ojos; vuélvese, ve a ARTURO y da un grito.) ¡Ah!...

ARTURO. -¡Perdonad..., os he asustado!

MARÍA. -No..., nada de eso; pero yo creía...

ARTURO. -¿Que me había marchado ya? No debisteis, sin embargo, creer que me marchase así.

MARÍA. -Es verdad; no debí creerlo.

ARTURO. -Milord y Jobson no saben que estoy aquí; he venido a escondidas... ¡Tenían un afán por que me fuese al instante!... Cuando les manifestaba deseos de despedirme de vos, me decían que no podíais recibir a nadie...; pero yo estaba seguro de que me recibiríais..., y así, lo que he hecho es deslizarme sin que me sientan y venir por esa puertecilla a daros el último adiós y a enseñaros mi uniforme.

MARÍA. -(Aparte.) ¡Valor mío, no me abandones!

ARTURO. -Y además quería pediros una gracia.

MARÍA. -Hablad, hablad.

ARTURO. -Es que no sé cómo deciros... (Aparte.) Aunque es pobre, tiene delicadeza..., busquemos un medio indirecto...

MARÍA. -¿Teméis que os la niegue? Hablad, ya os escucho.

ARTURO. -Yo voy a ausentarme, quizá por mucho tiempo..., y lo deseo; porque estoy ya impaciente por bautizar con agua del mar mi charretera; pero, sin embargo, siento en el alma separarme de vos, a quien conozco apenas y no podré olvidar jamás. «La ausencia, me decía yo hace poco, es menos cruel cuando queda un recuerdo, una prenda de la persona ausente; pues bien, si ella consiente, yo le dejaré una para que la guarde siempre y le haga recordar alguna vez al huérfano Arturo».

MARÍA. -¡Ah! ¡Dádmela, dádmela!... ¡Esa prenda será mi tesoro..., yo la guardaré siempre en mi corazón!

ARTURO. -¡Ah! ¡Qué buena sois!... Tomad. (Le da una caja de tafilete.)

MARÍA. -(Abriéndola.) ¡Qué veo!... ¡Ah! ¡Qué parecido! (La besa a escondidas de ARTURO.)

ARTURO. -¿No es verdad que tiene todo este aire calaverilla?...

MARÍA. -Pero sir Arturo, este retrato está guarnecido de diamantes.

ARTURO. -No, no..., son unas piedras de poco valor... Lord Melvil quiere casarme con la hija del duque de Richemont..., y para ella estaba destinado.

MARÍA. -(Aparte.) ¡Una alianza tan brillante!... ¡Ah! ¡Muera el secreto en mi corazón!

ARTURO. -¿Conque lo aceptáis?

MARÍA. -Sí; guardo el retrato, pero os devolveré el cerco.

ARTURO. -No, no; guardadle también, porque no es regalo, es cambio.

MARÍA. -¡Cómo!

ARTURO. -Sí. ¿No me daréis por él alguna memoria vuestra?

MARÍA. -Yo no tengo nada..., nada...

ARTURO. -¿Y ese medallón que lleváis al cuello?

MARÍA. -¡Ah! ¿Este medallón?... No puedo separarme de él; contiene un rizo que una madre cortó a su hijo cuando dormía en la cuna.

ARTURO. -Dichoso él, que podrá decir: «¡Madre mía!» nombre que yo estoy privado de pronunciar, pero cuya dulzura comprende mi corazón.

MARÍA. -¿Y nunca os han hablado de la vuestra, Arturo?

ARTURO. -¿La mía?... (Con dolor.) ¡Estoy condenado a maldecirla!

MARÍA. -(Aterrada.) ¡Qué decís!

ARTURO. -¡Ah! ¡Si supierais!... Ella me abandonó.

MARÍA. -¿Os abandonó?

ARTURO. -Sí, señora. Apenas tenía yo un año, cuando me encontraron, una noche de invierno, muerto de frío y de hambre en las gradas de una iglesia..., y a no ser por la caridad de un hombre generoso...

MARÍA. -¡Ah, qué horror!... ¡Es una mentira infame..., nunca vuestra madre os abandonó!

ARTURO. -(Admirado.) Cuando habláis así, señora, ¿estaréis cierta de lo contrario?

MARÍA. -Para obligaros a despreciarla, a aborrecerla, la han calumniado... ¡Pero yo la defenderé, sí! Escuchad, Arturo, escuchad.

ARTURO. -Sí, sí; ya escucho.

MARÍA. -Diez y ocho años hace que una joven de condición humilde, pero honrada, quedó sola, sin recursos ni apoyo alguno, por la muerte de su padre, valiente oficial, que expiró en el campo de batalla, y tuvo que ganar el pan con el trabajo de sus manos. Un joven de elevada cuna la vio casualmente y concibió por ella una violenta pasión; ella, la infeliz, sin experiencia, le amó también, ¡y este amor la perdió!

ARTURO. -¿Alguna promesa de casamiento?... ¿Algún rapto?...

MARÍA. -La sedujo vilmente... y la abandonó a la desesperación.

ARTURO. -¡Ah!

MARÍA. -Ella deseaba la muerte, pero el cielo le impuso otros deberes; era ya madre: nacisteis vos, Arturo.

ARTURO. -Seguid, seguid.

MARÍA. -Un año entero pudo criar a su hijo...; pero la miseria, el hambre...

ARTURO. -¡Cómo!...

MARÍA. -Sí, Arturo; la miseria, el hambre la forzaron a entregar su hijo al pecho de una extraña.

ARTURO. -¿Y nada supo, nada recibió de su seductor?...

MARÍA. -¡Oh! Sí; pero, ¿sabéis lo que la ofreció?

ARTURO. -¿Dinero quizá?

MARÍA. -Sí, dinero; pero con la condición de que le entregase su hijo...

ARTURO. -(Con prontitud.) ¿Y ella lo rehusó?

MARÍA. -¿Qué madre vende a su hijo por dinero?

ARTURO. -¡Y se han atrevido a calumniarla, a envilecerla!...

MARÍA. -Escuchad, escuchad. No paró en esto, sino que viendo que nada conseguían de ella por el interés, apelaron a la violencia... ¡Le robaron su hijo!

ARTURO. -¡Le robaron!

MARÍA. -¡Sí, su hijo, su único consuelo..., y en diez y seis años no le ha vuelto a ver!

ARTURO. -¡Ah, madre mía!... Y a pesar de tantas desgracias, vive, ¿no es verdad?

MARÍA. -Sí; vive para padecer..., pero no padecerá mucho tiempo.

ARTURO. -¡Ah! ¡Llevadme a verla!... ¡Quiero arrodillarme junto a su lecho de dolor!... ¡Quizá los besos de su hijo reanimen su moribunda vida!... ¡No me respondéis!... ¡Vuestros ojos se llenan de lágrimas!... ¿Quién sois vos que así lloráis hablándome de mi madre?

MARÍA. -(Aparte.) ¡Y mi juramento..., mi juramento!...

ARTURO. -¡Aún guardáis silencio!... ¡Queréis evitar mis miradas!... ¡Vos sois mi madre!...

MARÍA. -(Deteniéndole.) ¡Yo!... No, no..., os lo juro..., ese título sagrado no me pertenece. Si yo fuera tu madre, pobre niño, ¿no se hubieran abierto ya mis labios para decírtelo? ¿No te hubiera estrechado ya contra mi corazón?...

ARTURO. -(Con tristeza.) ¡Ah, sí, sí..., me había ofuscado!

MARÍA. -Soy una amiga suya..., casi una hermana..., y por ella he venido a Inglaterra.

ARTURO. -¿A qué? ¿Decidme a qué?

MARÍA. -El autor de sus desgracias..., que os ama mucho y cuida de vuestra suerte, ha exigido de ella que renuncie solemnemente a todos sus derechos.

ARTURO. -¿Y vos venís encargada de rehusar en su nombre tan infame propuesta?... ¡Bien, señora!

MARÍA. -Esta vez no se trata ya de la felicidad de la madre; se trata de la suerte del hijo, y ella ha consentido: yo vengo a responder de su silencio.

ARTURO. -¡A responder de su silencio!... ¿A responder a quién?...

MARÍA. -¡Ah! Serenaos, Arturo..., me hacéis temblar.

ARTURO. -¡Quién tiene derecho de imponer a mi madre semejante juramento! El que una vez la engañó tan villanamente, ¿no es cierto? ¡Vos no queréis decirme su nombre! Pues bien, yo os lo diré. (Llama a una campanilla.)

MARÍA. -¡Arturo!

ARTURO. -(A un lacayo que se presenta.) Decid a lord Melvil que sir Arturo le pide un momento de audiencia. (Vase el lacayo.)

MARÍA. -¡Dios mío!... ¿Cuál es vuestro proyecto?

ARTURO. -Dejadme solo, señora; dentro de breves instantes quedará decidida la suerte de mi madre.

MARÍA. -(Aparte.) ¡Ah! ¡Prevengámoslo; nada quiero a precio de su ruina!

ARTURO. -(Dándole la mano.) Ya viene. Permitidme que os conduzca a vuestra habitación. (La acompaña hasta la puerta.)

Escena XIV

ARTURO. Luego, LORD MELVIL.

ARTURO. -¡Lord Melvil..., ya sé cuáles son los lazos que me unen a vos; ya sé los derechos que tenéis a mi sumisión y a mi agradecimiento!... ¡Pero también sé lo que debe esperar de su hijo una madre que vos habéis hecho tan infeliz!

LORD. -(Saliendo.) ¿Qué me querrá? (Se acerca; ambos se miran un momento en silencio.) ¿Vos queríais hablarme?

ARTURO. -Sí, milord.

LORD. -(Aparte.) ¡Qué conmovido está! -No es aquí, Arturo, donde yo creía encontraros.

ARTURO. -Lo sé.

LORD. -Vuestros compañeros de viaje os están ya esperando.

ARTURO. -Yo no parto ya.

LORD. -¡No partís ya!

ARTURO. -No, milord.

LORD. -¿Habéis olvidado que no os pertenecéis?

ARTURO. -No lo he olvidado, milord.

LORD. -¿Habéis olvidado las obligaciones que os impone esa charretera?

ARTURO. -Obligaciones más sagradas me mandan quedarme aquí.

LORD. -¿Qué dices?

ARTURO. -(Exaltándose por grados.) ¡Qué he de decir! ¡Que estoy sufriendo horriblemente..., que tengo el corazón despedazado..., combatido de mil diversos sentimientos..., el respeto, el temor.., el grito de la naturaleza!... ¡Ah! ¡No puedo más!... Mejor es romper el silencio. (Echándose a sus pies.) ¡Padre mío..., yo vengo a pediros la honra de mi madre!

LORD. -(Aparte.) ¡Todo lo sabe! ¡Infeliz!... ¿Quién te ha revelado?...

ARTURO. -Esa mujer que yo salvé.

LORD. -¿Tú la has visto?

ARTURO. -Sí; pero de nada tenéis que reconvenirla, padre mío; no ha sido ella quien me ha revelado este fatal secreto; yo he sido quien se lo he arrancado.

LORD. -¿Os ha dicho también el precio que he impuesto a su silencio? ¿El juramento que he hecho? ¿La resolución que he tomado?

ARTURO. -Sí; me lo ha dicho..., pero yo no la he creído.

LORD. -Pues habéis hecho mal, Arturo, porque María está ya persuadida de que jamás olvidaré yo lo que debo a mi clase y a mi cuna.

ARTURO. -¡Mejor fuera que no lo hubierais olvidado, milord, cuando deshonrasteis a mi madre!

LORD. -¡Arturo!... ¿Sabéis a quién estáis hablando?...

ARTURO. -¿A quién estoy hablando?... Sí, lo sé; estoy hablando a lord Melvil, descendiente de una de las familias más nobles de Inglaterra; a lord Melvil, rico y opulento par del reino; a lord Melvil, que orgulloso con los timbres de su cuna, se cree dispensado de cumplir toda obligación.

LORD. -(Aparte.) ¡Que esto oiga yo de sus labios!

ARTURO. -¡Oh! ¡Ya sé yo que para un gran señor es cosa de juego legar por herencia a la mujer que le ha amado la vergüenza y la deshonra!

LORD. -¡Arturo!

ARTURO. -Robarle su hijo, su único tesoro; y cuando solicita como gracia que la permitan darle un abrazo, responderle: «Entrégame tu hijo, o le abandono también; guárdate de mirarlo; guárdate de decirle una palabra cariñosa, una palabra que pueda descubrirle el secreto, porque entonces lo arrojaré también, como a ti, a la miseria y al desprecio.»

LORD. -Callad, Arturo... ¡Yo os lo mando!

ARTURO. -¡No quiero callar, milord! ¡Arturo levanta aquí la frente que vos habéis querido humillar; le obligáis a elegir entre su madre y vos..., entre vos, grande y opulento, y su madre, pobre y despreciada... pues bien, su elección está hecha! ¡Arturo trabajará para mantenerla; desde hoy olvida todos vuestros beneficios, y desprecia todos vuestros dones; os debe esta charretera que pensaba ilustrar algún día..., pues él se la arranca de sus hombros, milord, y la pisa con sus pies, para no quedaros a deber nada!

LORD. -¡Ah!... ¡Esto es demasiado! ¡Salid, salid de aquí al instante! (Cae en un sillón.)

ARTURO. -(Yéndose.) ¡No hay remedio! ¡Ah! ¡Y yo le amaba tanto!

LORD. -(Mirándole.) ¡Llora!

ARTURO. -¡Nos echa de casa a mí y a mi madre! (Volviendo.) ¡Pero no..., no es posible!... ¡Milord..., tened piedad de mi madre!

LORD. -¡Arturo!

ARTURO. -¡Vos que sois tan bueno, que nunca habéis visto derramar lágrimas sin enjugarlas! ¡Ah, padre mío!... ¡Conozco que me he excedido..., mis palabras han herido vuestro corazón: perdonadme! (LORD MELVIL se enternece; ARTURO abraza su cuello.) ¡Os amaremos tanto los dos!... ¡Seremos vuestro consuelo y vuestra alegría!... ¡Esa noble carrera a que vos con tanto placer me habíais destinado, yo la recorreré con gloria a vuestra vista, guiado por vuestros consejos, inflamado por vuestro ejemplo! (LORD MELVIL apenas puede contener su emoción.) ¡Os enternecéis!... ¡Me ocultáis vuestras lágrimas!... ¡Ah, madre mía!... ¡Al fin os va a abrir los brazos!... (Le estrecha de nuevo contra su pecho; LORD MELVIL da muestras de la lucha violenta que reina en su corazón, pero al fin rechaza a ARTURO con ademán firme.)

LORD. -(Con entereza.) ¡Jamás!

ARTURO. -(Después de una pausa.) ¡Basta de súplicas! Adiós, milord (Va a salir a tiempo que se abre una puerta y aparece MARÍA.)

LORD. -(Aparte.) ¡Ella es!

Escena XV

Dichos y MARÍA.

MARÍA. -(Aparte a LORD.) No temáis, está hecho el sacrificio.

ARTURO. -Venid, señora; abandonemos ahora mismo el castillo de Melvil, y vamos a buscar a mi madre.

LORD. -(Aparte.) ¡A buscar a su madre!... ¡Qué es lo que dice!

ARTURO. - Marchemos.

MARÍA. -¡Queréis ir a8 ver a vuestra madre! ¡Ah, sir Arturo, ya es tarde!

ARTURO. -¡Es tarde!

MARÍA. -¡Sí, ha muerto!

ARTURO Y LORD. -¡Ha muerto!

ARTURO. -¡Ah!... ¡Eso no es verdad!... Vos me engañáis..., lo decís para obligarme a permanecer aquí.

MARÍA. -Leed esta carta que os escribió a la hora de la muerte. (Le da una carta cerrada.) En esta otra me participan la fatal noticia; acabo de recibirlas.

ARTURO. -¡Ah!... ¡Mi vista se anubla..., yo no puedo leer!

MARÍA. -Dámela: yo leeré. (Lee.) «¡Hijo mío: se acabó el mundo para mí; ya no nos veremos sino en el cielo! (Un momento de silencio.) En el cielo, donde Dios cuenta las lágrimas de los desgraciados; en el cielo, que es la patria de los pobres huérfanos y de las madres desvalidas. Antes de separarme de ti para siempre en este mundo, quiero imponerte mi última voluntad. Un hombre fue cruel, muy cruel conmigo; pero este hombre es tu padre; yo le perdono. Sé que te ha criado con amor; que funda en ti su esperanza y su felicidad; ámale, Arturo, como yo le he amado, y tu madre, desde el cielo rogará a Dios por ti.»

ARTURO. -(Arrodillándose.) ¡Dios mío, recibe el juramento que hago de obedecerla! (La agitación de LORD MELVIL ha ido aumentándose por grados durante la lectura. Al oír la exclamación de ARTURO, ya no puede contenerse, y levantándole del suelo, le arroja en los brazos de MARÍA.)

LORD. -¡Ah!... ¡No puedo más!... Lady Melvil, abraza a tu hijo.

ARTURO. -¡Madre mía!

MARÍA. -¡Ah! (Viendo a LORD MELVIL que la mira con las manos juntas, como pidiéndola perdón, se echa en sus brazos, quedando enlazados los tres.) ¡Guillermo! ¡Bendito seas!

La familia improvisada

Juguete cómico en un acto, arreglado al español

Personas



D. HILARIÓN.
D. LUIS.
D. MARIANO.
D. RESTITUTO.
D. BERNABÉ.
D. PABLO.
LA TÍA JEROMA.
DOÑA TECLA.
PAQUITA.
COLASA.
ACOMPAÑAMIENTO.

(La escena es en un pueblo a pocas leguas de Madrid)

El teatro representa una sala baja. Puerta grande en el foro, que da a un jardín. Puertas laterales. Una ventana; y delante de ella una mesa.

Escena primera

D. HILARIÓN, DOÑA TECLA, PAQUITA, COLASA. Parientes y amigos de la familia.

(Todos están rodeando a PAQUITA y dándole la enhorabuena: las mujeres la besan.)

HILARIÓN. -Gracias, gracias: vivan ustedes mil años.

TODOS. -¡Que sea para bien!

TECLA. -¡Hija de mis entrañas!... ¡Vamos, no me la sofoquen ustedes!

HILARIÓN. -Es verdad: denle ustedes ahora la enhorabuena al novio... ¡Calla! ¿Dónde está mi yerno futuro?

COLASA. -Señor, si se marchó esta mañana... Apenas era de día.

TECLA. -¡Se marchó!

HILARIÓN. -¿Solo?

COLASA. -No, señor; con la escopeta.

HILARIÓN. -¿Con la escopeta? Apuesto algo bueno a que se ha ido a caza.

TECLA. -¡Irse a caza el mismo día en que se va a tomar el dicho!

PAQUITA. -Pero mamá, él no tiene la culpa. Papá se empeñó en ocultarle que había yo llegado ayer de Madrid, porque dice que le quería sorprender: conque no tiene nada de extraño...

TECLA. -¡Qué sabes tú, bachillera! ¡Hilarión, esto es un desaire!

HILARIÓN. -¡Calla, tontona! Ya no tardará. ¡Ay, señores, saben ustedes que tenemos un convidado que nos va a divertir mucho! (Riendo.) ¡Ja, ja, ja!...

TECLA. -¿Qué convidado es ese? Pues tú no me has dicho...

HILARIÓN. -(Riendo.) ¡Ja, ¡a, ja!... ¡Si supieran ustedes!... ¡Ja, ja, ja!...

TECLA. -Vamos, habla, y no te rías tanto.

HILARIÓN. -¡Vamos a tener un día célebre! Es un actor del teatro de Madrid: ¡el gracioso de la compañía! (Suelta la risa.)

TODOS. -(Menos DOÑA TECLA.) ¡El gracioso!... ¡Ja, ja, ja!...

TECLA. -¿Qué estás diciendo? ¿Y de dónde conoces tú...?

HILARIÓN. -¡Es un jovenzuelo muy guapo!... ¡Y qué cara tan pilla tiene! ¡ja, ja, ja!...

TECLA. -¡Dale con la risa!

HILARIÓN. -Yo me muero por cosas de comedia; y desde muchacho he sido así. Como que lo primero que hice cuando nos establecimos en este pueblo fue armar mi teatro en esa que servía de cuadra, para que todos los años por Navidad y por Carnestolendas echáramos comedias.

TECLA. -Y en llegando la época, parece que te vuelves loco. Toda la casa me la revuelves.

HILARIÓN. -Y tengo ya reunido un vestuario completo: una pieza hay arriba con armarios llenos de trajes. ¡Verán ustedes hoy qué rato tenemos! Al gracioso le hacemos que se vista y nos eche relaciones... ¡Ja, ja, ja!... ¡Nos vamos a tender de risa! ¡Ea, agarrarse del brazo!... (Da el brazo a su mujer.) y vamos a hacer tiempo paseando por la huerta: vamos, vamos. (Los hombres dan el brazo a las mujeres, y se van por el foro.)

Escena II

PAQUITA, COLASA.

COLASA. -¡Vaya, señorita..., a fe de Colasa que me ha dejado usted hecha una pieza!

PAQUITA. -¿Por qué?

COLASA. -Ayer tarde, cuando llegó usted de Madrid, se me vino con tantos pucheros y tantas lástimas, diciéndome que no se casaba aunque la hicieran cuartos, porque tenía usted otro novio allá en Madrid, que le quería a usted mucho, y qué sé yo cuántas cosas, y ahora de repente se ha vuelto usted tan alegre y tan risueña, que...

PAQUITA. -Yo te lo explicaré, Colasa. Cuando llegué, no había visto todavía el novio que me destinaban mis padres; pero esta mañana, cuando marchó a caza, me le enseñaste tú desde la ventana de mi cuarto.

COLASA. -¿Y le dio a usted flechazo? ¡Vaya, señorita, pues no es usted poco pronta en tomar ley a los novios! ¡Y el otro pobre..., si te vi, no me acuerdo! Eso no es regular... Cuando se despide a un novio se le dan ocho días..., así hago yo. A un pobre criado se le dan ocho días.

PAQUITA. -(Mirando por la ventana.) ¿Quién viene por allí..., por bajo del emparrado?...

COLASA. -¡Es D. Luis..., el novio!..., y viene con otro. Ahora le debe usted regañar.

PAQUITA. -No: no quiero que me vea.

COLASA. -¡Calla!...

PAQUITA. -Yo me entiendo, Colasa, yo me entiendo. (Se va por la izquierda.)

Escena III

COLASA. Luego, D. LUIS y D. MARIANO.

COLASA. -Ella dice que se entiende; pero lo que es yo..., malos lobos me coman si alcanzo... (Mirando.) ¿Quién será ese que viene con D. Luis?... Es cara nueva en el pueblo.

LUIS. -Entra, hombre..., no seas corto de genio: son aquí gentes muy campechanas.

MARIANO. -(Saliendo.) Es que ya sabes que a mí no me gusta meterme...

LUIS. -Pero, hombre, ¿no dices que te ha convidado el amo de casa?

COLASA. -(Aparte, con alegría.) ¡Ay! ¡Pues este es el gracioso que ha convidado el amo! (Llegándose a él y soltando la risa.) ¡Ja, ja, ja!...

MARIANO. -¿Qué es esto?

COLASA. -¡Ja, ja!... ¡Ay, qué gracioso!...

MARIANO. -¿Qué es eso de gracioso?...

LUIS. -¡Esta muchacha es tonta!

COLASA. -Sí, tonta... (Riendo.) ¡Ja, ja, ja!... ¡Este señor es el gracioso de las comedias!

MARIANO. -¡Pues ya ha corrido la noticia!...

COLASA. -Voy a avisar a los amos. ¡Ja, ja, ja!... ¿Cómo es su gracia de usted?

LUIS. -Di que está aquí D. Mariano...

COLASA. -¡Ja, ja!... ¡D. Mariano el gracioso!... (Se va.)

MARIANO. -¡Pues estoy fresco!

Escena IV

D. MARIANO, D. LUIS.

LUIS. -Mi suegro te ha anunciado, y te esperan ya todos. ¿Pero cómo es que andas por estos pueblos? ¿Qué encuentro es este? ¿No estás ajustado en Madrid?

MARIANO. -Sí; pero en la lista de este mes tengo ocho días libres, y he pedido permiso para venirme a cazar con unos amigos: paramos en casa del cura, donde entró de visita este Sr. D. Hilarión, y así que supo quién era yo, me convidó a la boda de su hija. Yo no pensaba venir; y si no te hubiera encontrado... ¡Vaya, vaya! ¿Conque tú eres el novio, chico?

LUIS. -¡Sí, Mariano, yo soy el novio!

MARIANO. -¡Hombre! ¡Con qué tono lo dices!

LUIS. -Figúrate que el D. Hilarión, que es hombre extravagante, ha llegado a enamorarse de mí...

MARIANO. -Sí, ya veo que es extravagante.

LUIS. -Me ha cobrado un afecto tal, que se ha empeñado en que he de ser su yerno. Yo no conozco a la niña, porque vive en Madrid hace tiempo con unas tías que la quieren mucho; pero como es rica, y me han dicho que no es fea, dije para mí: ¡qué diablo! Ya es tiempo de sentar la cabeza: casémonos. Voy a Madrid a decírselo a mi padre..., ¿y qué dirás que me ha pasado, chico? ¡Que en este intermedio me he enamorado allá de una muchacha preciosa!

MARIANO. -¡Anda!

LUIS. -¡Pero como un loco! ¡Si vieras qué guapa!... No he entrado en su casa; pero la seguía a todas partes..., y ella, vamos, me correspondía.

MARIANO. -¿Y a qué demonio has vuelto aquí?

LUIS. -¡Hombre!... Por no pasar por un pillo... Di mi palabra..., los padres han dado parte...; ¡pero te confieso que conforme se va acercando la hora me van dando unos sudores!...

MARIANO. -Haz que tu padre se oponga.

LUIS. -¡Qué! Si mi padre, en cuanto se lo dije, tomó informes, y escribió que estaba contentísimo... y viene hoy a la boda con toda mi familia.

MARIANO. -¡Hola! Vendrá tu padre con su formalidad..., ¡pobre D. Restituto! Y tu tío D. Bernabé, tan serio y tan grave... Y D. Pablo tan pulcro y tan mirado..., y a que no falta la tía Jeroma, que como te ha criado, se le figura que eres siempre como cuando mamabas, y te echa unos sermones...

LUIS. -¡Chico..., tú que eres el demonio para inventar chascos..., a ver, aguza el ingenio, y mira si me sacas de este compromiso! ¡Caramba!... Te regalaba la espada de cazoleta que tanto te gusta... y aquella peluquita de mi padre que te cayó en gracia...

MARIANO. -Bien, hombre, bien: calla, que alguno viene: luego hablaremos.

Escena V

Dichos, D. HILARIÓN.

HILARIÓN. -(Contento.) ¿Será verdad?... Ha llegado ya nuestro... (Mirándole y soltando la risa.) ¡Ja, ja, ja!...

MARIANO. -(Saludando.) Sr. D. Hilarión, beso a usted... (Aparte.) ¡Vaya una risa!

HILARIÓN. -(Con júbilo.) Siga usted..., siga usted... Beso a usted... (Riendo.) ¿El qué..., el qué?... ¡Ja, ja, ja!... ¡Qué gracioso!

MARIANO. -(Aparte.) ¡Ya me va cargando!

HILARIÓN. -Amigo, usted viene aquí a su casa: yo no soy más que un aficionado... pero cuando muchacho..., si me hubiera usted visto hacer papeles...

MARIANO. -Sentiría mucho haberle visto a usted...

HILARIÓN. -¡Cómo!

MARIANO. -¡No, no!... Lo digo solamente porque celebro haber venido al mundo algo después.

HILARIÓN. -(Riendo.) ¡Ja, ja!... ¡Qué gracioso!... ¡Cómo me llama viejo!... Pues compadre, si me hubiera usted visto trabajar en El Villano del Danubio... me parece que...

MARIANO. -¿Y qué hacía usted, el Villano... o el Danubio?

HILARIÓN. -¡Ja, ja, ja!... ¡Tunante!...

MARIANO. -(Aparte.) ¡Este viejo es tonto!

(Voces dentro.)¿Dónde está?... ¿Dónde está?...

LUIS. -¿Qué es eso?

HILARIÓN. -¡Mis convidados, que están rabiando por verlo! ¡Acá!... ¡Acá!...

Escena VI

Dichos, DOÑA TECLA, COLASA. Parientes y amigos.

COLASA. -¡Aquél es!

TODOS. -(Llegando y soltando la risa al verlo.) ¡Ja, ja, ja!... ¡Qué gracioso es!...

LUIS. -(Aparte a MARIANO.) ¡No te quejarás del recibimiento!

HILARIÓN. -¡No se lo dije a ustedes! D. Mariano, le presento a usted a mi esposa... Esta, no ha habido quien la haga entrar por vereda..., no sabe decir un verso. Tuvimos en casa comedias, cuando nos casamos..., que fue justamente cuando entraron los franceses...

MARIANO. -¿Con Felipe V?

HILARIÓN. -No, hombre, el año de ocho. Y ésta no quiso hacer un papelito en que no tenía más que decir: (Declamando.) «Yo soy vuestra, que tengo el color, tomad.» Lo que es aquél... (Señalando a uno.) mire usted, aquél..., el Orestes, después de Isidoro, no hay quien se lo menee. Pues este otro... para los galanes jóvenes..., ¡ya, ya!

MARIANO. -(Aparte a D. LUIS.) ¡Chico, tu suegro es loco!

HILARIÓN. -Conque, vamos, D. Marianito..., anímese usted...

MARIANO. -¿Eh?

HILARIÓN. -Aquí tengo yo trajes de cuanto se puede pensar..., cuatro armarios llenos.

MARIANO. -¿Y qué?

HILARIÓN. -Es preciso que nos divierta usted un rato.

MARIANO. -¿Cómo?

HILARIÓN. -Mira, Colasa. (La habla al oído.)

COLASA. -(Yéndose dando saltos y palmadas.) ¡Bueno!... ¡Bueno!...

HILARIÓN. -¡Yo les he dicho a estos señores que antes de comer haría usted algo..., cualquiera cosa!..., ¡para pasar el rato! ¡ja, ja, ja!... ¡Vamos a reventar de risa!... (A COLASA, que saca una ropilla, unas botas de montar, un espadín de acero y un casco de cartón dorado.) Trae, trae... Mire usted... ya lo tenía preparado... Se sube usted aquí en la mesa...

MARIANO. -(Con dignidad.) ¡Sr. D. Hilarión!..., ¿me ha tomado usted a mí por algún titiritero?

TECLA. -¡Calla!... ¿Ahora salimos con esa?... Pues no nos dijiste que el señor era...

MARIANO. -Soy actor, sí, señora, y me glorío de ello. Pero si consagro mis desvelos a tan difícil arte, si procuro remedar los vicios y ridiculeces de los hombres, es en la escena nacional, ante un público ilustrado, que alguna vez ha querido alentar mi escaso mérito con aplausos de bondad; pero soy artista; quiero dar dignidad a mi profesión, y no hago de payaso en ninguna parte. Beso a usted la mano. (Se va por el foro.)

Escena VII

Dichos, menos D. MARIANO.

TECLA. -¡Jesús, qué estirado y qué arisco es el tal joven! Él podrá ser gracioso, pero a mí maldita la gracia que...

LUIS. -Pues la tiene.

HILARIÓN. -La guardará para mejor ocasión.

LUIS. -Discúlpenle ustedes: entre amigos es otra cosa; pero aquí estaba cortado..., no tiene, el honor de conocer... (Aparte.) ¡Y el pícaro me abandona!

HILARIÓN. -Lo Siento, señores; pero no hay cuidado, ya que él no nos ha querido decir nada, yo, porque ustedes no queden chasqueados, les echaré una relación de Lo cierto...

TECLA. -¡Eh! Lo cierto es que ya es tarde, y debemos ir a dar una vuelta antes de comer.

HILARIÓN. -¡Deja, mujer, que tiempo hay! ¡Tú, en hablándose de comedias... Eres lo más prosaico!...

TODOS. -¡Que la diga, que la diga!...

HILARIÓN. -(Poniendo el casco sobre la mesa.) Voy allá.

«¡Mucho deslumbras, corona!», etc. (Todos aplauden.)

TECLA. -¡Basta, basta! ¡Ea, señores, a dar un paseo para hacer ganas de comer! (Despide a todos.)

Escena VIII

D. LUIS, D. HILARIÓN, DOÑA TECLA.

HILARIÓN. -Es mucha aversión la que tiene esta esposa mía...

TECLA. -¡Eh, calla!... ¡Empeñado siempre en echar relaciones, y no se le puede oír!

HILARIÓN. -Pues mira cómo siempre me aplauden.

TECLA. -¡Eh!... ¿Qué han de hacer, si los convidas a comer? Di que les costara el dinero...

LUIS. -Lo mismo sería, señora. Los aplausos que hasta ahora ha recibido el señor, han sido justos y merecidos.

HILARIÓN. -Esposa, ¡eres un vándalo!

TECLA. -¡Déjame en paz!

HILARIÓN. -¡Ah! Luisito, su familia de usted ya no tardará: ya que se han perdido este rato, de sobremesa, les echaré yo otra relación de El mayor monstruo los celos.

TECLA. -Lo que me parece es que ante todas cosas presentemos a Luisito a su novia, que todavía no la ha visto.

LUIS. -(Aparte.) ¡Pues señor, esto va de veras! ¡Y el maldito Mariano me deja en este atolladero!

HILARIÓN. -Me parece bien. Justo es que la conozca...

LUIS. -Pero tal vez esa señorita estará en su cuarto vistiéndose, y no quisiera incomodarla, ni...

TECLA. -¡Vaya!... Esta mañana se fue usted a cazar...; ahora, que se estará vistiendo... ¡No parece sino que tiene usted pocos deseos de verla!

LUIS. -¡Señora!... ¿Puede usted figurarse?... Vamos, cuando usted guste. (Aparte.) ¡El diablo me lleve si sé qué la voy a decir!

TECLA. -Deme usted el brazo. Hilarión, ven detrás.

Escena IX

Dichos, COLASA.

COLASA. -¡Señor!... ¡Señora!...

TECLA. -¿Qué hay? ¿Qué ocurre?

COLASA. -Ahí ha llegado un señor viejecito, que viene de Madrid, y dice que se llama... ¿Cómo ha dicho?... Don, D. Sisebuto..., no. Don, D. Canuto..., no. Don..., don...

HILARIÓN. -¿Acabas?

COLASA. -¡Aguarde usted!... D. Ris..., D. Ris...

LUIS. -¿Restituto, tal vez?

COLASA. -¡Eso es! D. Restituto...

HILARIÓN. -¡Oh!... ¡Su padre de usted!

LUIS. -(Aparte.) ¿Mi padre?... ¡No hay remedio!

Escena X

Dichos, D. RESTITUTO.

(Es un viejecito muy atildado y muy pulcro, pero escuálido y extenuado, de los desórdenes de su vida pasada. Su voz es débil y quebrada: tiene la boca tierna y se la enjuga a cada paso con un pañuelo que lleva siempre en la mano.)

RESTITUTO. -Señores...

LUIS. -(Aparte.) ¡Es Mariano!... ¿Qué proyecto será el suyo?

RESTITUTO. -Celebro mucho tener esta coyuntura..., de ofrecerme a ustedes... ¡Luis! ¿Qué es eso? ¿No dices nada al autor de tus días?

LUIS. -¡Querido padre!...

RESTITUTO. -Sr. D. Hilarión, aquí me tiene usted, dispuesto a gozar como el primero...

HILARIÓN. -Sr. D. Restituto, aquí haremos lo posible por obsequiar al padre de nuestro Luisito como es debido, y...

RESTITUTO. -¡Ay, amigo! ¡Tiene usted una casa de campo deliciosa! ¡Qué recuerdo despierta en mi corazón! ¡Así pasaba yo temporadas celestiales en una casa de campo como esta, en compañía de Lolita!

TECLA. -¿De Lolita?

RESTITUTO. -Sí: una muchacha que yo conquisté..., y cuyo corazón fue mío... diez y ocho meses.

TECLA. -¿Una muchacha?

RESTITUTO. -¡Yo he sido muy alegre!

HILARIÓN. -¡Hola!

RESTITUTO. -Por ella estuve separado de mi mujer...

TECLA. -¿Separado?

RESTITUTO. -Sí, mi cara esposa no gustaba de tener competidoras..., ¡y rompimos! Lolita vivía entonces con un comerciante..., a quien desplumó en poco tiempo: y así que lo dejó por puertas..., se prendó de mí. Era una muchacha que llamaba la atención en Madrid. Mire usted, ella me regaló este camafeo.

TECLA. -¡Vaya, que la historieta es de mi alma!

HILARIÓN. -Vamos, lo de la muchacha pase...

TECLA. -¿Cómo pase?

HILARIÓN. -¡Es decir..., pero abandonar a su mujer!...

RESTITUTO. -¡Ay, amigo! Usted es demasiado obeso para haber sentido pasiones volcánicas. Eso va en encarnaduras. Mi hijo Luis tiene el mismo temperamento que yo. Ya sabes, niño, lo que te he aconsejado: el matrimonio es una preocupación social.

LUIS. -¡Pero padre!

RESTITUTO. -Así lo consideran las almas ardientes y elevadas. Yo lo contraje por razones de conveniencia..., razones financieras; pero como tu madre llegó a cansarme soberanamente..., la di suelta.

HILARIÓN. -¿La dio usted suelta?

RESTITUTO. -¡Justo! ¡Conque, ya sabes, Luisito!...

TECLA. -¡Pues me gusta!... ¡Esos consejos da usted a su hijo!

RESTITUTO. -¿Y qué? En la Europa culta no se profesan otras prácticas.

HILARIÓN. -¡Qué prácticas! ¡Ave María!

RESTITUTO. -Pues después de Lolita, tuve relaciones con una valenciana...

TECLA. -¡Otra!

RESTITUTO. -Ella me regaló este topacio..., no la granadina, sino la valenciana. ¡Ah, que no he hablado de la granadina..., esa fue otra..., hermosísima era! A las dos las conocí en casa de Lolita; y otra chica mallorquina iba también, con quien luego hice un viaje por Francia.

HILARIÓN. -¡Pues ya son cuatro!

RESTITUTO. -¿No he nombrado más que cuatro? ¡Oh, era yo entonces el primer petimetre de la corte! Todas las jóvenes me perseguían: tenía yo seis mil duros de renta..., bonita renta, ¿eh? La mallorquina se me comió el capital en dos años. Así que estuve desplumado, me dijo un día..., con aquel dejito tan gracioso: (Con acento mallorquín.) «¡Caridu Rastitutu, hasta aquí llagó!» Yo entendí la indirecta y me retiré. Pero en honor de la verdad debo decir que al despedirnos se le saltaban las lágrimas, y me dijo: «quiaru ca llavas una mamoria de tu chacha...» Yo la había regalado más de veinte mil duros en diamantes...

HILARIÓN. -¿Y se los volvió a usted?

RESTITUTO. -No: me puso en el dedo esta sortija con pelo suyo..., ¡que yo la aprecio más que si fuera de brillantes! Si la señora doña Tecla me da su permiso, se la regalaré a mi nuera.

TECLA. -(Escandalizada.) ¡Caballero!... ¡Poco a poco!... Mi hija no se pone regalos que traen esa procedencia: yo la he criado con recogimiento y con sanos principios de virtud.

RESTITUTO. -(Riendo.) ¡Je, je, je!... ¡Calle usted!...

HILARIÓN. -¿Conque sacamos en limpio que usted está arruinado?

RESTITUTO. -No: arruinado no. Queda en pie todavía el dote de mi mujer (que esté en gloria), al cual no me dejó ella meterle el diente; pero mi Luisito lo recibirá ahora en cuanto se case, y yo pienso establecerme en su compañía y ayudarle a comérselo...

TECLA. -¡Jesús!... ¡Jesús!... ¡Qué horror de padre!

RESTITUTO. -Estoy solamente con el chocolate. Sírvase usted disponer que me den de almorzar.

TECLA. -(A HILARIÓN.) ¡No es corto de genio!

RESTITUTO. -Cuidado, que yo despacho con el almuerzo un par de botellitas.

HILARIÓN. -¿Nada más?

TECLA. -¡Qué libertino! ¡Dónde nos vamos a meter, señor!

LUIS. -(Aparte a MARIANO.) Están asustados.

MARIANO. -(Aparte a LUIS.) Pues esto no es nada todavía.

HILARIÓN. -A ver, Luisito, acompañe usted a su papá al comedor.

RESTITUTO. -¡Gracias! ¡Gracias!...

Escena XI

D. HILARIÓN, DOÑA TECLA.

HILARIÓN. -¡Tecla!

TECLA. -¡Hilarión!

HILARIÓN. -¿Qué me dices? ¡Es divertido el viejo!

TECLA. -¿Cómo divertido? ¡Gran pícaro! ¿A eso llamas divertido? ¡Es un monstruo!

HILARIÓN. -¡No, mujer!

TECLA. -Te digo que pasa los límites... En todo hay límites..., y este hombre pasa los límites. Si él ha sido libertino, ¿qué necesidad tiene de venírnoslo a contar con pelos y señales..., y sobre todo, a quién se le ocurre dar a su hijo semejantes consejos?

HILARIÓN. -¡Sí: él es francote!... ¡Y sabes que habrá pasado buena vida!...

TECLA. -¿Qué es eso de buena vida?... ¡Hilarión, no seas bestia, que hablas sin saber lo que dices!

HILARIÓN. -No tal. Bien sé lo que digo: la vida no habrá sido buena... para su mujer; ¡pero para él!...

TECLA. -¡Qué moral! ¡Y lo peor del caso es que, según dice, ha criado a su hijo en la misma escuela!

HILARIÓN. -¡Es verdad! Y quiere venir a comernos un lado... Pero callemos, que aquí viene Paquita con Colasa.

TECLA. -¡Estoy tocada de los nervios!... ¡Qué hombre!

Escena XII

Dichos, PAQUITA, COLASA.

PAQUITA. -¿Qué tiene usted, mamá?... ¿Está usted enfadada?

TECLA. -Nada, hija. Estábamos hablando de tu boda..., y mira, si te parece que aguardemos algunos días más... Este Luisito parece buen muchacho; pero no sería malo experimentarlo un poco..., que tú le trataras...

HILARIÓN. -Todavía estamos a tiempo. Hemos tratado de ver qué especie de familia es la suya... El padre ha llegado ya..., le hemos examinado, y...

PAQUITA. -¿Y bien?

HILARIÓN. -¡Es..., es un viejecillo... así!... Trae un topacio..., trae un camafeo...

PAQUITA. -No entiendo...

TECLA. -Ni hay necesidad de que lo entiendas. ¡Calla, Hilarión! Vamos, Paquita, vente conmigo... Tengo que darte consejos. Ven, Hilarión. Quédate tú, Colasa, y avisa si viene alguien.

Escena XIII

COLASA.

COLASA. -La señorita anda en misterios conmigo... Yo no sé si está contenta o está triste. ¡Triste estará, por fuerza! Tener en Madrid un novio tan guapo, y dejarlo por venir aquí a casarse con otro que ni siquiera ha visto en su vida... ¡Pero calla!... ¿Quién es aquel que anda por el jardín arrancando las flores?... ¡Ay, qué destrozo!... (GRITAndo.) ¡Eh, señor..., no arranque usted!... ¡Señor..., no arranque usted!... Pues no deja una... ¡Ay, en viéndolo la señora!...

Escena XIV

COLASA, D. BERNABÉ.

(Hombre de cuarenta años: robusto, colorado, de voz estentórea y doctoral, muy manoteador: vestido de negro: enorme corbata blanca, y cuello de camisa que le tapa las orejas: anteojos verdes.)

BERNABÉ. -(Cargado de flores.) Cedan por hoy las flores retóricas a las que produce la próvida naturaleza, y embalsamemos con éstas el camino de la vida material.

COLASA. -¿Qué busca usted, señor?

BERNABÉ. -Busco un par de ojos seductores, y ya los he hallado. (Deja las flores en la mesa.)

COLASA. -¡Vaya! ¿Y viene usted a Alcalá nada más que a buscar ojos?

BERNABÉ. -¿Esta es Alcalá? (Quitándose el sombrero.) ¡Salud a la ciudad de Alcalá de Henares, patria ilustre de Miguel de Cervantes Saavedra, autor del Quijote, del Persiles, de la Galatea, de Rinconete, y otras obras apreciables!

COLASA. -(Aparte.) ¿En qué lengua habla?

BERNABÉ. -Salud a la ciudad de Alcalá de Henares, antigua residencia de la universidad donde recibí olim, en otro tiempo, la borla de doctor in utroque jure, en ambos derechos.

COLASA. -¡Parece que está predicando!

BERNABÉ. -Oye: ¿cómo te llamas?

COLASA. -Colasa, para servir a usted.

BERNABÉ. -Colasa, acaba de deslizarse por mis sentidos una idea retozona.

COLASA. -¿Cuál?

BERNABÉ. -(Abriendo los brazos.) La de darte un ósculo de paz en el rostro.

COLASA. -¡Aparte usted..., vaya!... ¡A que le cruzo la cara!

BERNABÉ. -Déjate de repulgos, belleza silvestre, y permite pía... (Queriendo abrazarla.)

COLASA. -(Huyendo.) ¡Qué se esté usted quedo!... (Llamando.) ¡Señora ama..., señora ama!... ¡Atrevido!... ¡Toma! (Le da un bofetón y escapa.)

Escena XV

D. BERNABÉ, D. HILARIÓN.

HILARIÓN. -¿Quién da voces? ¿Qué sucede?

BERNABÉ. -(Saludando con frescura.) Sr. D. Hilarión, tengo la honra de ofrecerme a la disposición de usted. D. Bernabé Romboide y Claramonte, doctor en ambos derechos, jurisperito acreditado con estudio abierto... y que por vía de episodio trataba de dar un abrazo a la doméstica que acaba de desaparecer.

HILARIÓN. -¡Pues me gusta!...

BERNABÉ. -¿Y usted será el Sr. D. Hilarión Barbadillo?

HILARIÓN. -¡Servidor de usted!

BERNABÉ. -Muy señor mío. (Saludándole.) Bernabé Romboide y Claramonte, doctor en ambos derechos, jurisperito...

HILARIÓN. -¡Ya lo he oído! ¿Y podré saber qué se le ofrece a usted por esta su casa?

BERNABÉ. -Yo soy tío del joven Luisito, su futuro yerno de usted, y cuñado del Sr. D. Restituto, padre del susodicho Luisito.

HILARIÓN. -Celebro mucho... (Aparte.) Pues éste, por otro estilo... -Pues ya tenemos en casa a su señor cuñado de usted.

BERNABÉ. -¿Restituto ha llegado?

HILARIÓN. -Hace un momento. ¡Parece hombre extravagante!...

BERNABÉ. -Algo más que eso. Es cifra y compendio de las siete plagas de Egipto.

HILARIÓN. -¿De veras?

BERNABÉ. -Y el hijo ha heredado..., ya que no dinero, todos los defectos de su padre.

HILARIÓN. -¡Qué me dice usted!...

BERNABÉ. -Por allí veo venir un individuo del bello sexo: ¿es la conjunta persona?

HILARIÓN. -La misma.

BERNABÉ. -(Saludando.) Muy señora mía.

Escena XVI

Dichos, DOÑA TECLA.

HILARIÓN. -El señor es tío de Luisito.

BERNABÉ. -Bernabé Romboide y Claramonte, doctor en ambos derechos, jurisperito acreditado con estudio abierto.

TECLA. -Muy señor mío. (Aparte.) Vamos, éste siquiera tiene otros modos.

BERNABÉ. -Antes hubiera tenido el honor de personarme en esta casa habitación, a no ser por una causa criminal que me detuvo en Madrid.

HILARIÓN. -¿Criminal?

BERNABÉ. -Criminal. Tres eran los acusados, y una la parte demandante: he aquí el hecho: Hacia fines de octubre del año de gracia de 1841, pasaban tres individuos en amistoso coloquio y dados del brazo por el paseo de las afueras, vulgo ronda. Era uno de los mencionados un caballero maestrante, el otro un lego exclaustrado y el tercero un fabricante de chocolate.

HILARIÓN. -¡Qué mezcolanza!

BERNABÉ. -¿Por qué? Todos los hombres son iguales, salvas las diferencias que pueda haber entre ellos. Pudiera probarle a usted el aserto con la autoridad de Quintiliano y Jorge Manrique. ¿Conoció usted a esos caballeros?

HILARIÓN. -No, señor.

BERNABÉ. -Uno de ellos vivió muchos años en el piso segundo de mi misma casa... ¡Digo vivió... si es vivir el vivir en una atmósfera infestada!, porque en el cuarto bajo habitaba una señora de extraordinaria longevidad..., quiero decir, de años... (tendría la edad de la señora que está presente), y...

TECLA. -¡Qué sabe usted!...

BERNABÉ. -Siendo el flaco de la susodicha señora criar animales domésticos en su propio dormitorio, en cuya virtud tenía consigo cinco perros y tres gatos, total ocho cuadrúpedos, los cuales ocho habían dado en la flor de elegir la puerta de mi cuarto para... Y yo que entraba todas las noches tarde y sin luz, acontecía que subiendo la escalera... (Hace que resbala y cae.) ¡Patapuf! De aquí nació la idea de exterminar aquel enjambre de animales usando del speculum album, vulgo arsénico. Yo, Sr. D. Hilarión, que no soy capaz de matar una pulga, me lancé al parricidio, bien que la ley me salva, porque fue en defensa propia.

HILARIÓN. -(A su mujer.) Nos habla de treinta cosas a un tiempo. -Pero usted había empezado a contarnos...

BERNABÉ. -Es verdad: había perdido el hilo. Los tres amigos, a saber, el maestrante, el lego y el fabricante de chocolate, vieron venir frente a frente a una lavandera llamada la tía Mónica, según consta del proceso, mujer de irreprensible conducta: pero que a la sazón venía un tanto tomada del vino. Exceso punible en el bello sexo. Y eso que Cándida, mi consorte, tía del presunto yerno de ustedes, suele dar quandoque bonus, alguna vez, en ese inconveniente social.

TECLA. -(A su marido.) ¿Oyes eso?... ¡Su mujer se emborracha!... ¿Qué familia es esta, señor?

BERNABÉ. -Ya se lo afeo yo de cuando en cuando. Volvamos a la parte demandante. Es una mujer gorda, septuagenaria, verbigracia...

TECLA. -¿Qué va usted a decir?

BERNABÉ. -Iba a poner un símil.

TECLA. -(Aparte.) ¡Ya se me va acabando la paciencia!

BERNABÉ. -¡Pues señor, era hombre de talento!

HILARIÓN. -¿Quién?

BERNABÉ. -Jorge Manrique.

HILARIÓN. -Sí, sería... Pero con permiso de usted, hace un cuarto de hora que me estoy devanando los sesos por seguir el hilo de la historia, y me vuelvo loco. ¿Usted me habla de ese Sr. Jorge Manrique?...

BERNABÉ. -Hablo de Jorge Manrique.

HILARIÓN. -Bien, corriente: hablemos de Jorge Manrique.

BERNABÉ. -Pues señor, los tres amigos, a saber: el maestrante, el lego y el...

HILARIÓN. -¡Otra!

BERNABÉ. -¡Fueron absueltos por unanimidad!

HILARIÓN. -Pero ¿qué es lo que habían hecho?

BERNABÉ. -Pues ¿no se lo he contado a usted?

HILARIÓN. -No, señor: no ha dicho usted una palabra.

BERNABÉ. -Ha sido una omisión; pero... (Sacando un enorme proceso.) Le leeré a usted la causa...

HILARIÓN Y TECLA. -¡No, no!

BERNABÉ. -Tiene quinientas cincuenta y ocho fojas...

HILARIÓN. -¡No, por Dios!... Si ya me acuerdo que lo contó usted.

BERNABÉ. -Pues bien: fueron absueltos; ¡y era de ver cómo los tres se deshacían en ademanes de contento! ¡Era de ver cómo daban gracias a la Providencia! ¡Era de ver cómo el maestrante abrazaba al lego, el lego al chocolatero, el chocolatero al lego, el lego al maestrante, el maestrante al chocolatero y el chocolatero al maestrante!

HILARIÓN. -¡Hermoso cuadro!

TECLA. -¡Hilarión..., Hilarión!... ¡Llévate a ese hombre!... ¡Mira que me voy a afectar de los nervios!

HILARIÓN. -Sr. D. Bernabé, dice mi mujer que si gusta usted de tomar algo...

BERNABÉ. -Bien, cualquier cosa: una pechuga de..., cualquier cosa: una magra de..., cualquier cosa...

HILARIÓN. -Venga usted al comedor, que allí está el Sr. D. Restituto...

BERNABÉ. -No permito que usted se mueva de aquí. Voy a sorprenderle. Señores, Bernabé Romboide y Claramonte, doctor en ambos derechos, jurisperito acreditado con estudio abierto. (Saluda profundamente y se va.)

Escena XVII

D. HILARIÓN, DOÑA TECLA.

TECLA. -¿Has visto..., has visto en el mundo hombre más hablador ni más majadero?

HILARIÓN. -Pues mira, ¡a mí se me figura que no había de estar mal en papeles de barba!

TECLA. -¡Calla, Hilarión, calla, y no me hagas saltar! ¿Me ves echando chispas, y vienes a hablarme de comedias? ¡Pues digo que la familia del tal Luisito es cosa soberana! Y aquí se van metiendo como en una posada, y pidiendo cada uno de almorzar a medida que llega.

HILARIÓN. -Hasta ahora...

TECLA. -Hasta ahora no van más que dos, y quién sabe los que vendrán. ¡Esto va a ser una Babilonia!

Escena XVIII

Dichos, COLASA.

COLASA. -Señora..., señora; ahí ha llegado una mujer mayor que dice quiere verla a usted.

TECLA. -¿Una mujer mayor?

COLASA. -Sí, señora; pero muy mayor, muy mayor..., ¡vaya!..., más mayor que usted.

TECLA. -¡Bestia!... ¡Dale con las comparaciones!

COLASA. -Pues digo bien; yo qué le he de hacer si es más mayor. Usted es mayor..., pero ella es más, a lo que parece.

HILARIÓN. -¿Y qué quiere? ¿Quién es?

TECLA. -Hilarión, ¿apostemos a que es otra de la familia?

HILARIÓN. -Mujer, si Luisito no tiene madre.

TECLA. -¿Cómo viene vestida?

COLASA. -Viene..., así..., con un vestido... y un pañolón... Yo no he reparado.

HILARIÓN. -¿Pero viene decente?

COLASA. -Sí, señor; ella... tapada viene...

HILARIÓN. -¿Y la has visto llegar? ¿Viene en carruaje?

COLASA. -Yo no la he visto hasta que ha estado en el jardín, y decía, dice: «¡Ay, qué calesín!»

TECLA. -¿Calesín?... ¡De Madrid viene!... ¡Es de la familia!

COLASA. -Mírela usted, mírela usted allá abajo, tomando un polvo de la caja del tío Lucas el jardinero...

HILARIÓN. -Anda, dila que entre. (A DOÑA TECLA.) Tecla, ¿la decimos que entre?

TECLA. -¡Y qué se ha de hacer!

HILARIÓN. -Vamos, ¿qué haces ahí parada? ¿No te he dicho que la digas que entre?

COLASA. -¿Se lo digo, señora?

TECLA. -Sí.

HILARIÓN. -Pues qué, ¿yo no mando aquí?

COLASA. -¡Buena señora..., venga usted por acá..., por acá...

Escena XIX

Dichos, LA TÍA JEROMA, muy vieja y encorvada, hablando deprisa y en tono balbuciente.

JEROMA. -Dios guarde a ustedes; soy yo, que vengo aquí a la boda de mi Luisito, ¡hijo de mi corazón!, que le he criado a mis pechos. Y por acá no hay novedad, vaya, me alegro. El señor y la señora tan gordos y tan buenos. ¡Bendito sea Dios que nos da salud! Pues yo he tomado un calesín, que me ha traído en un abrir y cerrar de ojos, ¡y bien molida que vengo!, ¡ay!... (Sentándose.) Pues a mi Luisico le dije, digo: mira Luisico, mira que el casarte trae muchas obligaciones. Cuatro veces he hecho yo esa maniobra y los cuatro se me han muerto uno tras otro. Sr. D. Hilarión, ¿me da usted un polvo?

TECLA. -(Aparte.) Dios me tenga de su mano.

HILARIÓN. -Tome usted, señora.

JEROMA. -(Tomando.) ¡Viva usted mil años! Esto me descarga la cabeza: no tomaba yo polvo de muchacha; pero en el tercer matrimonio di en padecer de la cabeza..., porque como mi marido era herrero...

TECLA. -(Aparte.) ¡Es de la misma pinta!

JEROMA. -Y me casé con él porque había tenido que ver con un amigo suyo que tenía una tienda de géneros contramarinos, y que se condujo conmigo que ni un negro de Guinea se hubiera portado peor.

TECLA. -(Aparte.) ¡Qué familia tan escandalosa!

JEROMA. -Yo soy así; me dejo llevar de mis inclinaciones. Aquello fue una debilidad, como han tenido..., como la habrá tenido quizás esa señora...

TECLA. -¡Señora, modérese usted en sus expresiones!

JEROMA. -Señora, nadie puede decir de esta agua no beberé...

TECLA. -¡Yo no he bebido de ninguna agua!

JEROMA. -Y todos somos hijos de Adán y de Eva...

TECLA. -Y a mí no me saque usted por comparación...

JEROMA. -Y la que más y la que menos...

HILARIÓN. -¡Niñas..., niñas..., no hay que enfadarse!

JEROMA. -Y yo les pudiera citar a ustedes señoras muy encopetadas..., que no porque una sea pobre y viva en la Morería... ¿Me da usted un polvo?

HILARIÓN. -¡Otro polvito!

JEROMA. -¡Ya se me ha vuelto a cargar la cabeza!

TECLA. -(Aparte.) ¿Pero de dónde ha salido esta gente?

JEROMA. -Y ustedes tienen buena traza. Me alegro que mi Luisico haya apechugado con este par de suegros, que tienen fachota de ser bonachones. ¡Y cuidado cómo me le tratan ustedes! ¡Hijo de mis entrañas! Yo no soy más que una pobre vieja, pero como él tuviera que sentir... (Dando una puñada en la barriga de DON HILARIÓN.) por culpa de usted... (Dando en el hombro a DOÑA TECLA.) o por culpa de usted...

HILARIÓN. -¡Eh..., poco a poco!

TECLA. -¡Ay!... ¡Ay, qué mujer!

JEROMA. -Es que quiero que sepan ustedes quién es la tía Jeroma, porque como mi Luisico va a vivir en compañía de ustedes, y yo no dejaré la ida por la venida...

TECLA. -(Aparte.) ¡Dios nos favorezca!... ¡Esta mujer encima todo el día!

JEROMA. -¡Pues por eso! Y todavía no hace cuatro años que di un navajazo en la calle de la Paloma... (Saca una enorme navaja.)

HILARIÓN. -(Retirándose.) ¡Eh! ¡Alto ahí! ¡Guarde usted ese instrumento!

TECLA. -¡Esto no es mujer!... ¡Esto es un salteador!... ¡Misericordia!

HILARIÓN. -Váyase usted al jardín, que allí está Luisico.

JEROMA. -Voy allá. Tiempo tengo de verle; aquí me vengo a pasar unos quince días, mientras dura el pan de la boda.

TECLA. -¡Quince días!

JEROMA. -Conque..., que no haya novedad. ¿Por dónde se va al jardín?

HILARIÓN. -Por ahí, por ahí.

JEROMA. -Que se queden ustedes con Dios. (Se va y vuelve.) ¡Ay! Deme usted un polvito.

TECLA. -(A D. HILARIÓN.) Dale la caja y que se marche.

HILARIÓN. -(Dándole la caja.) ¡Tome usted..., tome usted!...

Escena XX

D. HILARIÓN, DOÑA TECLA.

TECLA. -¡Santos y santas del cielo! ¡Tengo atronados los oídos! ¡Qué granizo de palabras!... ¡Yo voy a tener una enfermedad! ¡Y qué palabras!... ¡Qué horrores!

HILARIÓN. -Es preciso confesar que es algo locuaz. ¡Sí, lo que es locuaz..., es locuaz! ¿Sabes que esta, para característica, no sería?...

TECLA. -¡Otra te pego! ¡Dale con las comedias! ¡Es un vestiglo! ¡Es una furia del infierno!

HILARIÓN. -¡La edad!... No sería maleja a los quince...

TECLA. -¡Calla, libertino! A los quince sería un sargentón.

HILARIÓN. -Efectivamente, su voz tiene un no sé qué de masculino...

TECLA. -Por fuerza me ha hecho aquí un cardenal. ¡Qué manos tiene!

HILARIÓN. -¿Y por qué no le volviste?...

TECLA. -¿Y por qué no le volviste tú?

HILARIÓN. -¿Yo, mujer? ¿No sabes aquello de manos blancas no ofenden?

TECLA. -¡Buena blancura te dé Dios! ¡Las tiene como un tizón!

Escena XXI

Dichos, COLASA.

COLASA. -¡Señora!...

TECLA. -¡Santo Dios!... Colasa, ¿quién ha arrancado mis flores?

COLASA. -Ese señor que vino antes..., el de las gafas..., ha hecho un destrozo en el jardín, que ya, ya.

TECLA. -¡Dios me dé consuelo! ¡Pero señor, esto es una cuadrilla de bandidos!

COLASA. -¡Y a mí empeñado en abrazarme!

HILARIÓN. -¡Oh, caros parientes!

TECLA. -¡Sí, bien caros!

HILARIÓN. -¡Todavía no se ha hecho la boda y ya nos tratan como a suegros!

COLASA. -Señora, venía a decir a usted que está ahí un hombre que quiere verla.

TECLA. -¿Quién es?

COLASA. -Uno de patillas.

HILARIÓN. -¡Las señas son mortales!

COLASA. -Él tiene trazas de campesino.

HILARIÓN. -¿Campesino?

TECLA. -¡Ay, Dios mío! ¡Si será otro de la familia!... Hilarión, yo no aguanto más: yo me voy.

HILARIÓN. -¡Aguarda, mujer: no seas tan súpita! (A COLASA.) ¿Te ha dicho quién es?

COLASA. -Dice que se llama D. Pablo.

HILARIÓN. -¿D. Pablo?... ¡Pues estamos adelantados! D. Pablo el médico, ¡no puede ser!

TECLA. -¡Si se murió el año pasado!

HILARIÓN. -Pues por eso digo que no puede ser.

TECLA. -¡Qué sangre tan pesada tienes! (A COLASA.) Dile que entre.

COLASA. -Señor, que entre usted.

Escena XXII

Dichos, D. PABLO.

(Es un chalán: trae patillas grandes, pañuelo a la cabeza, levita de lienzo claro y la pipa en la boca.)

PABLO. -Deo gracias. Saludo a ustedes..., y la compañía. ¿Es aquí donde diz' que vive D. Hilarión con doña Tecla?

HILARIÓN. -Servidores de usted entrambos a dos.

TECLA. -(Aparte.) ¡Uf..., esto me faltaba..., qué peste de tabaco!

PABLO. -Ustedes habrán de perdonar: aquí me soplo por señas de un sobrino pulítico mío que se llama Luisico.

HILARIÓN. -¡Hola! ¿Es usted pariente?

PABLO. -No, señor: soy tío pulítico, porque mi mujer es hermana carnal de la mujer de su padre, que esté en gloria.

HILARIÓN. -¿Que esté en gloria quién? ¿La mujer o el padre?

PABLO. -La que se murió: la madre, que era hermana carnal de mi esposa, que esté en gloria.

HILARIÓN. -(Aparte.) ¡Y si tú estuvieras también en gloria..., qué gloria sería!

PABLO. -¡Pues como digo, yo soy tratante en ganado caballar!... (Poniendo la mano en el hombro de D. HILARIÓN.)

HILARIÓN. -(Poniéndosela también.) ¡Hola!, ¿en ganado caballar?

PABLO. -Sí, señor. Fui a ver el caballo de mi cuñado, que se le quieren comprar para la plaza de toros, y me dijo...

HILARIÓN. -¿El caballo?

PABLO. -¡Ca!... Mi cuñado..., mi cuñado... Restituto. Dice: «hombre, Pablo...» a mí me llaman Pablo para servir a ustedes: pues dice, «hombre, Pablo, puedes pegar un trote y dirte en ca los suegros a la boda de Luisico; dice, ¡nada!, allá te cuelas con satisfación, como Pedro por su casa; dice, son un par de tíos; dice, mu mansos: al suegro ya le conocerás; dice, es un viejo tordo...»

HILARIÓN. -¡Cómo tordo!

PABLO. -Dice, y la suegra es una vejezuela...

TECLA. -¡Qué insolencia!... ¡Esto ya no se puede sufrir!

PABLO. -Conque ensillé el castaño, y jala, jala, jala..., aquí me vengo. Y al tanto me ofrezgo: si van ustedes por Madrid, allí tengo mi casa: hay buenas cuadras...

HILARIÓN. -¡Hombre!...

PABLO. -Para las caballerías que ustedes lleven. (Pasando junto a DOÑA TECLA y echándola el humo.) Usted puede ir en una mula.

TECLA. -(Tosiendo y casi ahogándose.) ¡Ja, ja!... ¡Ay qué tabaco fuma este hombre!... (Aparte a HILARIÓN.) ¡Hilarión, yo estoy mareada!..., ¡yo me voy a caer!

PABLO. -¿Qué tiene la suegra?

HILARIÓN. -Nada..., es que...

PABLO. -Parece que se atraganta. Unos golpecitos, y verá usted... (Le da golpes en la espalda.)

TECLA. -¡Ay..., ay..., quite usted!... ¡Misericordia!...

HILARIÓN. -Quite usted..., si no es nada..., los nervios...

PABLO. -¡Ah, pues también sé yo para los nervios un remedio! Mire usted: la agarra usted..., la desnuda..., y con un buen cepillo de cerda..., por todo el espinazo abajo..., firme, firme, firme... hasta que salte sangre...

TECLA. -(Aparte.) ¡Bárbaro!

PABLO. -Yo tengo experiencia...

HILARIÓN. -(Aparte.) ¡Qué bestial remedio!

PABLO. -Y a mi mujer, que esté en gloria, la frotaba yo así cuando estaba mala de los nervios.

HILARIÓN. -(Aparte.) Pues no hay que preguntar de qué mal murió.

TECLA. -¡Ay! (Aparte) ¡Hilarión, yo me marcho!...

HILARIÓN. -(Aparte.) Mujer, disimula, no conozca...

TECLA. -(Aparte.) ¡Yo no puedo más!...

PABLO. -Apuesto algo bueno a que la suegra se ha enfadado conmigo.

HILARIÓN. -No tal.

PABLO. -¿A que sí?... Y ha sido por lo del remedio. ¡Vaya, pelillos a la mar!... Venga un abrazo. (Quiere abrazarla.)

TECLA. -¡Qué es esto!... ¡Aparte usted!...

PABLO. -Vamos, seamos amigos.

HILARIÓN. -No, si ella no se ha enfadado...

TECLA. -¡Quítese usted, que apesta a tabaco!...

PABLO. -¡Que hemos de hacer las paces!

TECLA. -(Huyendo.) ¡Bien, por hechas..., por hechas!

HILARIÓN. -(Agarrándolo.) Haga usted el favor de entrar por ahí dentro... En el comedor está su cuñado, y tomará usted un trago.

PABLO. -Andando. (Éntrase dentro cantando a grito herido.)

Escena XXIII

D. HILARIÓN, DOÑA TECLA.

TECLA. -¡Dios te confunda a ti, y a tu cuñado, y a toda la parentela! ¡Hilarión, abre esa ventana, por Dios! ¡Que entre el aire!... ¡Yo voy a tener una enfermedad! ¿Has visto en tu vida gente más soez ni más escandalosa?... ¡Jesús, si no se sabe cuál es peor!

HILARIÓN. -¿Sabes que éste, para hacer el D. Esteban de A Madrid me vuelvo?...

TECLA. -(Dándole un pellizco.) ¡Dale!...

HILARIÓN. -¡Ay!

TECLA. -¡Todavía has de hacer que me divorcie de ti!... ¡Hilarión, hablemos en plata: yo no cargo con esa familia...

HILARIÓN. -Pero mujer...

TECLA. -¡Nada, nada! A decirle corriendo a Luis que no cuente con la niña.

HILARIÓN. -Pero el pobre muchacho no tiene la culpa de que sus parientes sean...

TECLA. -Ni yo tampoco la tengo.

HILARIÓN. -Calla, que aquí viene.

Escena XXIV

Dichos, D. LUIS.

LUIS. -Conque, señora, ¿ya ha visto usted a mi familia?

TECLA. -Sí, señor: la colección completa.

LUIS. -¿Y qué le ha parecido a usted?

TECLA. -A mí...

LUIS. -Son buenas gentes.

HILARIÓN. -No son malejas...

LUIS. -Los modales no son muy escogidos; pero...

TECLA. -(Con empacho.) Luisito, hemos reflexionado que..., ya se ve..., Paquita es todavía muy niña, y...

HILARIÓN. -Sí tal: muy niña, y...

LUIS. -Entiendo: no digan ustedes más. (Aparte.) ¡Ha surtido efecto! ¡Qué fortuna! Pues señores, veo que hay repugnancia..., quizá fundada, y me retiro.

Escena XXV

Dichos, COLASA, con una carta.

COLASA. -Señor, esta carta han traído de Madrid.

LUIS. -(Aparte.) ¡No me llega la camisa al cuerpo!

HILARIÓN. -¡Calla!... ¡Es del padre de Luisito!

LUIS. -¡De mi padre!

HILARIÓN. -(Lee.) «Sr. D. Hilarión: un asunto urgente nos impide ir hoy, según le había indicado; pero mañana tendremos el gusto de abrazar a nuestra Paquita, a quien desde ahora miro como hija. Queda de usted afectísimo, etc.»

TECLA. -¿Qué significa esto?

HILARIÓN. -¿Qué engaño es este?

LUIS. -Sr. D. Hilarión, pido a usted que me perdone; esta ha sido una estratagema de que he sido cómplice...

TECLA. -¡Esto más!

HILARIÓN. -¿Conque usted se ha burlado de mí? ¿Pues quiénes son éstos? (Llegándose a la puerta del gabinete.) Señores, salgan ustedes aquí y veamos...

Escena XXVI

Dichos, D. MARIANO.

MARIANO. -Aquí estoy de vuelta.

HILARIÓN. -¡Usted por acá!... Pues ¿y los parientes?... ¡Aquí no hay nadie!

MARIANO. -Lo sabrá usted todo. Cuando llegué, vi que me tomaban ustedes por un payaso que los iba a divertir grotescamente. Esto, la verdad, me ofendió; pero me hallé también conque mi amigo Luis, sólo por el compromiso contraído con ustedes, iba a dar la mano, haciendo un duro sacrificio. Él me lo confesó, pidiéndome que le ayudase a salir del atolladero, sin faltar a su palabra. Ustedes querían que yo les hiciera una farsa; pues bien, les he improvisado una familia endemoniada.

TECLA. -¡Cómo, Luisito! ¿Usted se casaba a disgusto?

LUIS. -Señora, su hija de usted valdrá mucho sin duda; pero yo no soy dueño de mi corazón. ¡Vi en Madrid una joven que me encantó y a quien he jurado amor eterno!...

Escena XVII

Dichos, PAQUITA.

PAQUITA. -Pues no olvide usted el juramento.

LUIS. -¡Cielos! ¡Ella es! (Echándose a sus pies.)

HILARIÓN. -¡Esta es otra!... ¿Conque le conocías?... ¿Conque usted la conocía?... Conque se conocían ustedes... ¡Vaya, vaya! Y usted era... (A D. MARIANO.)

MARIANO. -(Fingiendo la voz de D. RESTITUTO.) ¡El amante de Lolita!... Ella me dio este camafeo. (La voz de D. BERNABÉ.) Bernabé Romboide y Claramonte, doctor en ambos derechos, jurisperito acreditado, con estudio abierto.

TECLA. -(Riendo.) ¡Es posible!...

HILARIÓN. -¡Y también el chalán!...

MARIANO. -(Voz de D. PABLO.) a mí me llaman Pablo, para servir a ustedes.

HILARIÓN. -¿Y la vieja?

MARIANO. -(Volviendo la caja, con la voz de la vieja.) D. Hilarión, tome usted un polvo. (En su voz natural.) He concluido mi papel: he contribuido a la felicidad de Luis. Y pido a ustedes su permiso para marchar.

HILARIÓN. -No, señor; hoy come usted con nosotros. Y la primera noche que salga usted al teatro en Madrid, le ofrezco ir con mi familia a aplaudirle.

MARIANO. -¡Ay!... (Mirando al público con temor.) ¡Dios quiera que esté por aquí la familia de D. Hilarión!

El testamento

Drama en un acto, traducido del francés

Personas



ENRIQUE LARRÓS.
ROBERTO,su hermano.
GERVASIO,notario.
ISIDORO DURAND.
ESTELA,hija de Gervasio.
PARIENTES Y AMIGOS DE GERVASIO.

(La escena es en un pueblo cerca de Honfleur)

El teatro figura los términos de un pueblo cercano al mar. A la izquierda del actor la casa de GERVASIO: delante de ella un banco de césped y una mesa. A derecha la casa de ENRIQUE. En el fondo se ve el mar.

Escena primera

GERVASIO, ISIDORO.

ISIDORO. -Vamos, Sr. Gervasio, sin rodeos, ¿casa usted a la señorita Estela, su hija? ¿Sí o no? Ya tiene veinticuatro años cumplidos, y me parece que es tiempo...

GERVASIO. -Y tanto como que hoy mismo firmamos el contrato.

ISIDORO. -Bravísimo. ¿Y usted mismo será quien lo extienda, como notario del pueblo? Pues, cuidado. Reflexionarlo bien: no vaya usted a cometer alguna torpeza; porque las torpezas de un notario traen mucha reata... y después de extendidas se acabó.

GERVASIO. -Si se hubieran de extender las tuyas...

ISIDORO. -Se gastaría mucho papel sellado, ¿no es verdad? Pero dígame usted. ¿Y cuál es el mozo del pueblo que elige usted por yerno?

GERVASIO. -¿Y a ti qué te importa?

ISIDORO. -Me importa, porque es plaza a que quiero yo hacer oposición.

GERVASIO. -¡Tú!

ISIDORO. -¿Y por qué no? En las cercanías de un puerto de mar, como es el pueblo en que habitamos, los maridos es un género escaso; los mozos se van de grumetes o de marineros. Yo no: siempre arrendador, como mi padre, yo tengo bienes, soy buen mozo..., ¿eh? Me parece que no es un mal partido. ¿Qué tal? Repare usted...

GERVASIO. -Sí, tú eres un buen muchacho, lo sé. El Sr. Durand, tu padre, era un hombre de bien; y si viviese, tal vez se pensaría...; pero ya tengo otro elegido.

ISIDORO. -¿Y quién es?

GERVASIO. -Bien puedo decírtelo, porque dentro de una hora lo sabrá todo el pueblo.

ISIDORO. -Muchas gracias, Sr. Gervasio, por tan insigne confianza. Conque, vamos, ¿quién es el dichoso?

GERVASIO. -El mejor mozo del pueblo, Enrique Larrós.

ISIDORO. -¡Calle! ¡Jesús! ¡Un manco! ¡Jesús! ¡Ave María! ¡Ha ido a escoger un manco para darle la mano de su hija! Y yo que tengo mis dos manos sanas y expeditas... A la vista está.

GERVASIO. -¡Qué dices! ¡Enrique Larrós manco!

ISIDORO. -Manco, sí, señor. Hace ocho días que no puede servirse del brazo izquierdo, por eso lo lleva siempre metido en el seno. Y nadie sabe por qué incidente, porque en la guerra no ha sido, que siempre ha ido, como yo, por procurador..., por sustituto. Y además, linda familia la suya.

GERVASIO. -¡Cómo! ¿Te atreverás a decir mal de su padre? ¡Mi antiguo amigo, el Sr. Larrós, el hombre más honrado del país!

ISIDORO. -El Sr. Larrós, es verdad. Era tan serio, tan gruñón: no hubo vez que me encontrase que no me saludase con un coscorrón; hombre, según todos decían, de virtudes patriarcales. ¿Pero y su hijo mayor, aquel que todos llamaban el calavera? ¿Qué tal? Quimerista eterno, siempre en la taberna, persiguiendo a todas las muchachas, apaleando a los novios..., como que no podía uno enamorarse: por eso le pusieron Roberto el diablo, y después que desapareció ya sabéis las malas voces que corrieron acerca de él.

GERVASIO. -Ya lo sé: pero Enrique no tiene la culpa de las faltas de su hermano; al contrario, las ha reparado en cuanto ha podido; y el cielo le ha dado la recompensa, haciéndole prosperar en el comercio y ser uno de los mejores fabricantes del país.

ISIDORO. -Sí, con unos pobres telares de cotón...

GERVASIO. -Con ellos ha ganado más de cincuenta mil francos.

ISIDORO. -Ahí está el busilis, en los cincuenta mil francos; por eso lo prefiere usted.

GERVASIO. -¿Qué dices? Necio.

ISIDORO. -Vaya usted con Dios... El interés... ¡Preferir un manco que tiene cincuenta mil francos a mí que tengo treinta mil y estoy completo! Y si no tengo más que treinta mil no es mía la culpa, sino de mi padre. Si no hubiera habido collones en mi familia...

GERVASIO. -¿Cómo collones?

ISIDORO. -¿Pues no se acuerda usted de aquel susto que le dieron a mi padre hace ocho años cuando venía de vender la hacienda? Un susto que nos costó muy caro. Pues señor, al anochecer, entrando en el bosque, vio un hombre embozado, se asustó, y sin más averiguación le tiró la cartera, y... pies para qué os quiero, apretó a correr. Una cartera colorada, donde traía veinte mil francos, y de la cual no volvimos a tener noticias. Vea usted qué diversión. Yo la hubiera heredado, y a la hora de ésta sería tan rico como ese Sr. Enrique, que a decir verdad no sé...

GERVASIO. -Vaya. Volvemos al tema.

ISIDORO. -Ahí le tiene usted, yo me voy; pero piénselo usted bien, Sr. Gervasio: va usted a sacrificar a su hija.

GERVASIO. -Bien está.

ISIDORO. -Sr. Gervasio, va usted a sacrificar a la chica

GERVASIO. -Mejor, vete. (Vase ISIDORO por la derecha.)

Escena II

GERVASIO, ENRIQUE.

GERVASIO. -Y bien, mi querido Enrique, ¿cómo te va?

ENRIQUE. -Bien, Sr. Gervasio.

GERVASIO. -¿Qué tienes? Estás triste. Y en un día de boda...

ENRIQUE. -No sin causa. Vea usted, Sr. Gervasio; yo me he visto en mil desgracias, he tenido penas muy grandes. En mi vida nada ha alterado mi tranquilidad; siempre he sabido triunfar de la mala suerte, porque el tiempo y una conciencia limpia suelen suplir a la filosofía, y acaban por consolarnos; pero en el día temo no poder hacerme superior.

GERVASIO. -¿Pues qué te ha sucedido? ¡Ah, ya estoy! ¿Alguna habilidad de Roberto, tu hermano mayor? ¿Habrá hecho ese calavera alguna de las suyas?

ENRIQUE. -No, señor; hace ocho años que nada sabemos de él, y temo que mi pobre hermano ya no exista. No, señor, es de Estela, su hija de usted, de quien quería hablar. Desde que la conozco la amo, y he hecho cuanto he podido por agradarla.

GERVASIO. -Y creo que lo has conseguido. Ella te tiene por el mozo más honrado del país: te distingue, te estima...

ENRIQUE. -Sí, pero no me ama. Harto tiempo he querido hacerme tan dulce ilusión; pero ya estoy desengañado. Cuando uno siente en sí mismo tanta ternura, tanto amor, cuán fácilmente lo echa de menos en el objeto amado. Yo sería feliz dándole la mano. Pero ella...

GERVASIO. -¿Qué quieres decir?

ENRIQUE. -Su felicidad antes de todo, Sr. Gervasio. Usted no es rico: yo he ganado en el comercio, y lo soy: tengo cincuenta mil francos, la mitad ganada por mi trabajo y la otra mitad como caída del cielo; pues bien, quiero desprenderme de ésta.

GERVASIO. -Oyes, oyes, ¿qué dices? ¿Caída del cielo?

ENRIQUE. -Sí, señor: esa es una historia que ya la sabrá usted.

GERVASIO. -¿Cómo es eso? Pues si hoy has de ser mi yerno, me parece que nunca más a tiempo...

ENRIQUE. -Pues oiga usted. Por la época en que establecí mi fábrica, todas las desgracias me asaltaron juntas. Caí soldado, y me era preciso marchar o poner un sustituto: mi padre me había ofrecido seis mil francos para establecerme, y con ellos contaba para pagar a mis obreros y atender a los primeros gastos. Envié a mi hermano Roberto a la quinta a cobrar esa suma, y ya sabe usted...

GERVASIO. -Sí, sí: no fue mala imprudencia confiar tanto dinero a un calavera, a un jugador.

ENRIQUE. -Si usted le hubiera conocido como yo, Sr. Gervasio, no le trataría con tanta severidad. ¡Pobre hermano mío! Me parece que le estoy viendo entrar en mi cuarto, pálido, desencajado. «Enrique, me dijo, he jugado, lo he perdido todo, soy un miserable, voy a deshonrar a mi familia: para salvaros sólo me queda un medio.» Y al decir estas palabras apoyó contra la sien una pistola, yo me arrojo a él, quiero arrancársela, resiste, en esta lucha sale el tiro, me hiere en el brazo, y me arroja en tierra sin sentido. El desgraciado creyó sin duda que me había muerto, porque desde entonces no le he vuelto a ver.

GERVASIO. -Tanto mejor para vosotros y para todo el país.

ENRIQUE. -Juzgue usted de mi situación. Herido por mi hermano, arruinado también por él, porque al día siguiente debía hacer los pagos, no sabía qué partido tomar, cuando me entregan en un paquete cerrado y dirigido a mí veinte billetes de a mil francos, con estas solas palabras: «Para el Sr. Enrique Larrós.»

GERVASIO. -¡Es posible!

ENRIQUE. -Como usted lo oye. Yo creí que sería cosa de mi padre, y que lo habría vendido todo por socorrerme; pero él me aseguró formalmente que no, y ya sabe usted que la palabra de mi padre... Voy al pueblo: me presento al alcalde: juzgue usted de mi sorpresa cuando le oigo decir que ya han pagado por mí un sustituto, y que hace quince días que marchó al ejército. En aquel momento me acordé de mi hermano. Él sólo era capaz de semejante acción.

GERVASIO. -Es el mejor partido que podía haber tomado.

ENRIQUE. -Me aproveché, pues, del dinero que me había enviado mi misterioso protector. Y el objeto de mis esfuerzos, el norte de todos mis trabajos era obtener la mano de su hija de usted. Yo procuraba enriquecerme para ella, no para mí. Pero si es cierto que no puede ser dichosa conmigo, si no me ama, si ama a otro, estoy decidido a alejarme de este país; pero antes partiré con ella mis riquezas.

GERVASIO. -¿Qué estás diciendo?

ENRIQUE. -Le pertenecen tanto como a mí, pues por ella las he adquirido. Será feliz, y yo seré la causa: esto me basta. Aquí tiene usted, Sr. Gervasio, lo que quería decirle.

GERVASIO. -¿Y piensas que yo consentiré?... Pero qué, amigo mío. Si estás en un error. Mi hija no ama a nadie sino a ti, estoy seguro; y si lo dudas... Mira, ahí viene: pregúntaselo tú mismo.

ENRIQUE. -No, Sr. Gervasio; mejor es que sea usted. Yo me voy a casa, tengo que escribir al pueblo, porque ayer me amenazaban con cierta quiebra. Lo dejo a usted con Estela; por Dios, que se explique francamente. Y sobre todo, acuérdese usted de que quiero debérselo todo a ella y nada a la autoridad de su padre.

Escena III

GERVASIO, ESTELA.

GERVASIO. -Si este muchacho no fuera mi yerno, me moriría de pena. Ven, hija mía, acércate y respóndeme francamente. ¿Qué es lo que tú piensas de Enrique?

ESTELA. -¿Por qué me hace usted esa pregunta?

GERVASIO. -Yo tengo mis razones. Vamos, hija, habla: deseo saber cómo piensas de él.

ESTELA. -¿Cómo he de pensar sino muy bien? Es tan bueno, tan generoso; nos ha dado tantas pruebas de amistad...

GERVASIO. -Conque, según eso, tú le amas.

ESTELA. -Aquí todos lo quieren, y yo..., yo le conozco desde niña; porque, como vine a este pueblo mucho antes que usted a casa de mi tía, me crié con Enrique y con su hermano.

GERVASIO. -Sí; su hermano..., no hablemos de él: no es ese seguramente el que honra la familia.

ESTELA. -Es verdad que no; pero si no tiene las cualidades de Enrique, ¿de quién es la culpa? Ninguno de ustedes conocía su condición. Si se le hubiera tratado con bondad, si no se le hubiera juzgado incapaz de tener virtudes, él las hubiera tenido. Pero en lugar de esto todos se complacían en despreciarlo, en irritarlo: sin cesar le estaban diciendo: «Anda, tú no serás nunca más que un calavera.» Pues bien: él no quiso desmentir a ustedes, y lo fue por despecho.

GERVASIO. -Sí, y por inclinación.

ESTELA. -Ese es el error. Su hermano y yo supimos apreciar su índole, y yo estoy segura de que no ha hecho una mala acción que no haya procedido de una buena causa.

GERVASIO. -Linda flor. Pues mejor quiero yo malas causas que produzcan buenas acciones.

ESTELA. -Pero padre, usted apenas le conoce; porque cuando vino a establecerse aquí, ya él se había marchado; ¿por qué lo trata usted con tanta injusticia?

GERVASIO. -¡Con injusticia! Pues bien, a ti misma me atengo. ¿Cuál vale más de los dos hermanos?

ESTELA. -Enrique.

GERVASIO. -Si tuvieras que casarte con uno de los dos, ¿a cual elegirías?

ESTELA. -Yo creo que una mujer sería más feliz con Enrique.

GERVASIO. -Por supuesto, eso es hablar en razón. Pues has de saber que esta mañana ese pobre muchacho quería marcharse del país y dejarte sus bienes, porque creía que tú no le amabas.

ESTELA. -¡Que no le amo! ¡Y ha podido pensarlo! ¡Pobre Enrique! ¡Cuando no vive ni respira sino por mí, había yo de hacerle desgraciado! ¡Ah!, me horrorizaría a mí misma si fuese capaz de tanta ingratitud.

GERVASIO. -Bien. Muy bien, hija mía. Lo mismo que tú estás diciendo le había yo respondido ya. Conque, ¿puedo decirle que le amas?

ESTELA. -Sí, señor.

GERVASIO. - ¿Y que consientes en casarte con él al instante?

ESTELA. -¿Qué dice usted?

GERVASIO. -Que hoy mismo hemos de firmar el contrato. Qué, ¿dudas? ¿Rehusarás acaso?

ESTELA. -No, no señor. Pero dígale usted a Enrique que quiero antes hablar un momento con él.

GERVASIO. -¿Y qué cosa?

ESTELA. -Perdone usted. A él sólo puedo decírselo. Y después, si él lo exige, firmaré sin vacilar.

Escena IV

Los precedentes, ISIDORO.

ISIDORO. -¿Qué hacen ustedes aquí con esa pachorra, cuando todo el mundo está en la playa viendo la hermosa fragata que acaba de fondear en el puerto?

GERVASIO. -¿Qué nos importa la fragata?

ISIDORO. -Vaya una respuesta.

GERVASIO. -¿Te interesa a ti?

ISIDORO. -¿A mí? Maldito. Pero cuando veo a los demás correr y mirar, yo también corro y miro: así es como se hacen los gentíos; si no, no los habría.

GERVASIO. -Adiós, hasta luego. Oyes, te convido a la boda.

ISIDORO. -Conque, según veo, ¿no le ha dado usted mi recado a la señorita Estela?

ESTELA. -¿Qué recado?

ISIDORO. -Que soy uno de los pretendientes.

ESTELA. -¿De veras?

ISIDORO. -¿Lo ve usted? ¿Lo ve usted cómo no lo sabía? ¡Y quiere que se decida! Señorita Estela, siga usted su inclinación; no se deje sacrificar, que aquí estoy yo.

GERVASIO. -Mi hija será libre en su elección; es cuanto puedo prometerte (A ESTELA.) Vamos a disponerlo todo a casa de Enrique.

Escena V

ISIDORO.

ISIDORO. -Eso es: «mi hija será libre en su elección», ¡y se la lleva al olor de los cincuenta mil francos! La sacrifica, no hay que darle vueltas, porque a igual precio yo sería el preferido. Por vida... del miedo de mi padre. ¡Calle! ¿Quién viene aquí? ¿Qué hombre es ese? No parece del país.

Escena VI

ISIDORO, ROBERTO.

ISIDORO. -(¡Cómo lo mira todo! No parece sino que nunca ha visto casas.)

ROBERTO. -Camarada, ¿eres tú del pueblo?

ISIDORO. -(¡Calle, y me tutea!) Sí señor, soy hijo nativo. Pero me parece que el señor no es del país.

ROBERTO. -Yo, no. Yo no tengo país. Soy marino, y paso siempre mi vida en el buque.

ISIDORO. -¡Ah, es un marino! Sí, sí. En la política se le conoce.

ROBERTO. -¿El Sr. Gervasio, un antiguo notario de Honfleur, no vino hace cinco años a establecerse en este pueblo?

ISIDORO. -Sí señor.

ROBERTO. -¿Y Estela, su hija, vive todavía?

ISIDORO. -Sí señor, y es siempre la muchacha más linda del país. Vaya. Pues veo que conoce usted mucha gente del pueblo.

ROBERTO. -Sí. En otro tiempo oí hablar de ella y de su padre.

ISIDORO. -Vea usted, esa es su casa. ¡Oh, ya está muy variada, sobre todo desde que plantaron delante de ella ese jardincillo! Y se han hecho mil mejoras en el lugar. El alcalde ha hecho componer el camino real, y ya no se vuelca allí, a no ser en el invierno. (Viendo a ROBERTO fijo en la casa de ENRIQUE.) ¡Calle, no me oye! ¡Pues me gusta! Señor marino, esa gran casa de enfrente, que usted mira tanto, es del Sr. Enrique Larrós, que la hizo reparar y componer después de la muerte de su padre.

ROBERTO. -¡Qué oigo! ¡Ha muerto!

ISIDORO. -Sí señor, en esa casa. (ROBERTO se quita el sombrero con respeto y se enjuga los ojos.) Murió de las pesadumbres que le dio su hijo mayor, Roberto el diablo, como le llamaban aquí.

ROBERTO. -¿Tú le conociste?

ISIDORO. -Sí señor, es decir, yo tenía entonces diez años, y ahora voy a cumplir diez y ocho; pero me parece que le estoy viendo. ¡Qué cara! ¡Qué ojos! Flaquito, más flaquito que yo. ¡Y si usted supiera lo que contaban de él! No mientras vivía, porque entonces nadie se hubiera atrevido; pero después que murió.

ROBERTO. -Ha muerto, ¿eh?

ISIDORO. -Sí señor; lo mataron en una quimera que armó en una taberna; y fue mejor para él, porque su padre lo había desheredado.

ROBERTO. -¡Desheredado! ¿Estás seguro?

ISIDORO. -El Sr. Gervasio, que tiene el testamento, me lo ha dicho mil veces. Todos los bienes del padre han pasado a Enrique, el hijo menor.

ROBERTO. -Tanto mejor. Él los merecía. ¡Qué sea rico, que sea feliz es todo lo que deseo! (Con ternura.)

ISIDORO. -¿Es amigo de usted?

ROBERTO. -(Conteniéndose.) Mío..., no, no...; pero dime: una vez que tú conoces a todos los del pueblo, ¿qué es de Pedro Durand, un arrendador?

ISIDORO. -¡Pedro Durand! ¿También le conocía usted? ¡Calle!, pues si...

ROBERTO. -¿Por qué te asombras?

ISIDORO. -Pues si yo soy su hijo Isidoro Durand.

ROBERTO. -(Dándole en el hombro.) Te doy la enhorabuena. Eres hijo de un hombre muy de bien, muy guapo.

ISIDORO. -Hombre de bien, sí señor; pero en cuanto a guapo..., eso es otra cosa. Es decir, él no tuvo más que un encuentro en su vida; pero... se portó. Le dieron un susto que le costó buen dinero. Para mí ha sido el mal, que eso menos he tomado en la herencia.

ROBERTO. -Pues qué, ¿también ha muerto?

ISIDORO. -Esta Pascua hará dos años.

ROBERTO. -¡Qué desgraciado soy!

ISIDORO. -No tanto como yo, porque, en fin, si yo hubiera recogido la herencia de mi padre... toda, como ella era, ahora me casaría con la que amo. Pero no me quieren porque no tengo más que treinta mil francos.

ROBERTO. -¿De veras? ¿Y cuánto te falta?

ISIDORO. -Toma. Si quieren que el novio tenga por lo menos cincuenta mil francos. Conque me faltan veinte mil.

ROBERTO. -(Sacando y dándole una cartera.) Toma; ahí los tienes.

ISIDORO. -¡Cómo, señor! ¡Sin conocerme..., me presta usted una suma tan!...

ROBERTO. -No te la presto; es tuya.

ISIDORO. -(¡Cosa más rara! ¡Hace un favor y parece que riñe!) (Abre la cartera.) ¿Conque quiere usted que me quede con todos estos billetes?

ROBERTO. -Sí, tómalos; pero vuélveme la cartera.

ISIDORO. -¡Ah! ¿La tiene usted en estima?

ROBERTO. -Sí.

ISIDORO. -¡Pues hombre, una cartera vieja, colorada, toda desquebrajada y desteñida!... Parece que le ha caído agua.

ROBERTO. -(Enjugándose los ojos.) ¡Sí, mucha! Vaya, ya puedes ir a casarte con la que amas.

ISIDORO. -Es decir, haré lo posible, porque aún me falta despedir un rival. Pero como el Sr. Gervasio es apegadillo al dinero, y su hija me estima...

ROBERTO. -¡Cómo! ¿Es Estela la que va a casarse? ¡A casarse con otro!...

ISIDORO. -Sí, señor.

ROBERTO. -Sea quien fuere, esa boda no se hará. Tranquilízate, amigo. Yo, yo mismo me encargo de romperla.

ISIDORO. -¡Será posible! ¡Dios mío, qué me pasa! ¡Hombre extraordinario! ¡Me da dinero, despide a mi rival, me casa, y todo esto sin conocerme!

ROBERTO. -¿Quién viene allí?

ISIDORO. -Es el señor Gervasio.

ROBERTO. -Bien, déjame con él; ve a esperarme cerca de aquí, a la entrada del pueblo.

ISIDORO. -Allí estaré clavado. (A GERVASIO.) Sr. Gervasio, aquí hay un forastero que pregunta por usted. Arréglese con él, que paga bien.

Escena VII

GERVASIO, ROBERTO.

GERVASIO. -¿El señor viene sin duda a tratar de la hacienda de Villanueva?

ROBERTO. -¿Qué hacienda?

GERVASIO. -Una quinta que se vende en estas cercanías, que reditúa unos cinco a seis mil francos.

ROBERTO. -¿Se vende? Bien; ya hablaremos de eso, porque por el pronto creo que tiene usted otras atenciones. ¿Dicen que casa usted a su hija?

GERVASIO. -Ya veo que ha hablado usted con Isidoro.

ROBERTO. -¿Conque es verdad?

GERVASIO. -Sí, señor.

ROBERTO. -Lo siento; pero esa boda no puede verificarse.

GERVASIO. -¿Pues quién se opone?

ROBERTO. -Quien tiene derecho para ello; y usted verá cómo su mismo yerno renuncia a sus pretensiones cuando sepa...

GERVASIO. -Sepa usted, caballero, que Enrique Larrós es un hombre de bien, que no teme a nadie, que no debe nada a nadie.

ROBERTO. -(¡Cielos!) ¡Es Enrique!

GERVASIO. -Pues, sí señor, y ese es el que se casa con mi hija. El partido más ventajoso del país. ¿Pero parece que esta noticia le entristece a usted?

ROBERTO. -¡A mí! No; yo venía en busca suya: Enrique es mi deudor.

GERVASIO. -¿Qué dice usted?

ROBERTO. -¿No tiene usted en su poder los papeles de la familia?

GERVASIO. -Sí, señor; y aquí mismo he de tener algunos, porque me los eché en el bolsillo para extender el contrato. Pero no he visto ni en los títulos, ni en el testamento del Sr. Larrós, padre, que se trate de deudas con nadie.

ROBERTO. -(Conmovido.)(Lo veo; me olvidaron; ninguno de ellos se acordó de mí; pero pronto haré valer mis derechos.) Tengo que pedir a usted una gracia: ¿no podría por un instante ver el testamento del Sr. Larrós?

GERVASIO. -(Revisando unos papeles.) Justamente tengo aquí una copia, y por mi empleo no la puedo rehusar: la minuta está en mi despacho; puede usted pasar a verla cuando guste. Pero..., permítame usted que se lo diga: si tiene usted créditos contra Enrique por títulos que ignoro, no concibo cómo un hombre rico y generoso, como usted parece, pueda querer destruir la felicidad del hombre más honrado que existe.

ROBERTO. -Bien, amigo; ya sé yo lo que debo hacer. Al instante voy a su casa de usted a firmar este documento. (GERVASIO entra en su casa.)

Escena VIII

ROBERTO.

ROBERTO. -¡Conque esta suerte cruel me ha de perseguir por todas partes! Aun aquí mismo viene a despertar mi indignación, y me obliga a hacer su desgracia! ¿Y por qué los he de perdonar? Todos me han vendido. (Mostrando el testamento.) ¡Se enriquecen con mis despojos! ¡Se gozan en mi muerte! Ni uno solo levanta la voz para defenderme! Este corazón había nacido para la amistad. ¡Han querido que sea malo, que sea ingrato! Pues bien, lo seré; me vengaré (Va a abrir el testamento.) ¿Quién viene?

Escena IX

ROBERTO, ISIDORO.

ISIDORO. -Aquí estoy yo, señor marino.

ROBERTO. -¿Qué traes?

ISIDORO. -Vengo sin licencia de usted, pero es a darle las gracias. Bien lo decía yo. ¡Qué, si cuando usted promete una cosa no tarda mucho en cumplirse! Usted me dijo que despediría a mi rival; pues ya está hecho: está arruinado, o le falta poco.

ROBERTO. -¿Qué dices? ¡Enrique!...

ISIDORO. -¡Calle, ya sabe su nombre! Pues bien: sí, señor: Enrique tenía relaciones de comercio con un negociante del pueblo, el cual le ha hecho perder más de la mitad de sus bienes en una especulación que llaman..., una quiebra.

ROBERTO. -¡Será posible!

ISIDORO. -No tenga usted duda. Un muchacho del pueblo, amigo mío, me lo acaba de contar. Todavía no es público; pero ya lo sé yo, y no tardará en saberse.

ROBERTO. -Yo te lo prohíbo.

ISIDORO. -¡Cómo! Al contrario, es preciso decírselo a todo el mundo; su caudal se disminuye, el mío se aumenta, y yo me la llevo.

ROBERTO. -No importa: te mando que calles.

ISIDORO. -Está bien, señor marino.

ROBERTO. -Y que no le des a Enrique esa noticia hasta que yo te lo permita.

ISIDORO. -Está bien, señor marino; pero ¿y si entretanto se casa con la señorita Estela?

ROBERTO. -Eso no te importa.

ISIDORO. -Como usted guste, señor marino. Con todo, yo creí que me importaba, es decir, por lo que toca...

ROBERTO. -Obedece y vete.

ISIDORO. -Ya me voy.

ROBERTO. -Oye.

ISIDORO. -¿Mande usted?

ROBERTO. -Para que no lo vayas a charlar por el pueblo, ve a esperarme al puerto.

ISIDORO. -Está bien, señor marino. (No se puede hacer bien de un modo más malo.) (Vase por el foro.)

Escena X

ROBERTO.

ROBERTO. -¡Es posible que mi sola presencia lleve consigo la ruina y la desgracia! Apenas he formado proyectos de venganza, cuando el mismo cielo parece que se encarga de ejecutarlos. ¡Pobre Enrique! ¡Yo le compadezco! ¡A Enrique, que me roba lo que más amo! Vaya, leamos el testamento: su lectura acabará de encender mi cólera. (Recorriéndolo.) Sí, todos sus bienes, todo cuanto posee se lo deja a mi hermano. (Leyendo.) «En cuanto a mi otro hijo, si es que tengo todavía otro hijo, durante su juventud fundaba yo en él mis mayores esperanzas. Si la desgracia, a falta de arrepentimiento, lo vuelve algún día al seno de su familia; si se digna informarse de la última voluntad de su padre, sabrá que el dolor emponzoñó los últimos días de mi vida, porque nada de su culpable conducta, nada ignoraba.» (Interrumpiéndose.) ¡Oh Dios, todo lo sabía! (Continúa.) «Por la buena fama de mi nombre, hasta ahora sin tacha, por la sociedad, cuyas leyes todas ha violado, debo castigarle según sus faltas, y mi maldición será su única herencia.» (Interrumpiéndose.) ¡A la hora de la muerte me maldijo mi padre! ¡Ah! ¡Esto basta para explicar todas mis desgracias! La maldición de mi padre me perseguía. Acabemos. (Lee.) «Gervasio, amigo mío, a usted confío este testamento, que permanecerá en su poder como un monumento de las faltas de mi hijo y de su castigo. Pero si algún día el remordimiento se apodera de su corazón; si algún día, que no es posible, llega a reparar sus yerros, entonces le mando a usted que lo rompa. Sí, Roberto mío, sí; mi desgraciado hijo, todavía mis brazos están abiertos para ti. Ven, amigo mío; yo no quiero más juez que tu conciencia misma. Ven a romper esta sentencia, que firmo con lágrimas; nueva tan consoladora subirá hasta mí, y el perdón de tu padre bajará del cielo sobre tu cabeza.» No puedo más. Los sollozos me ahogan. ¿Quién viene? Es Estela. Es mi hermano. ¡Ah! Ocultémonos a su vista. (Se oculta en el bosquecillo que hay junto a la casa de GERVASIO.)

Escena XI

ROBERTO, oculto. ESTELA, ENRIQUE.

ENRIQUE. -Todos los parientes están ya reunidos en casa para firmar el contrato; pero usted quiere hablarme...

ESTELA. -Sí, mejor estamos aquí.

ROBERTO. -(¡Ella es! Esa voz que no oigo hace tanto tiempo...)

ENRIQUE. -Pues Estela, ¿qué tiene usted que decirme? ¡Qué tristeza! ¿Me habrá engañado el Sr. Gervasio cuando acaba de decirme que consentía usted en esta boda?

ESTELA. -No; él ha dicho la verdad. Yo conozco todas las virtudes que lo adornan a usted, y me envanecería de ser su esposa; pero óigame usted, y juzgue después. Roberto, su hermano de usted, partió de aquí hace ocho años, y entonces... Oiga usted un secreto, que ni aun mi padre sabe; entonces yo le amaba.

ENRIQUE. -¡Cielos!

ESTELA. -No desconozco sus faltas y sus extravíos, nada; pero si usted supiera el motivo que lo alejó de aquí, le conservaría también ese corazón generoso la amistad que le conserva el mío.

ENRIQUE. -¡Qué dice usted!

ESTELA. -La mañana después del día en que su fatal imprudencia estuvo para costarle a usted la vida...

ENRIQUE. -¡Cómo! ¿Usted sabe?...

ESTELA. -Sí. Él me lo decía todo: yo era su confidenta, su única amiga. Aquella mañana le veo entrar en mi cuarto... «Separémonos, me dice: la fatalidad me persigue, yo no puedo reparar mis crímenes sino cometiendo otros nuevos.» Roberto, le dije yo, ¿adónde te vas? «A sentar plaza por mi hermano, a morir; pero a morir como honrado, aunque ni eso merezco.» Me hizo que le prometiera no revelar a nadie este sacrificio; pero revelándoselo a usted, Enrique, no creo vender el secreto. A su partida le di, como prenda de amistad, aquella cruz de oro que me dejó mi madre. «Estela, me dijo, soy indigno de ti, lo sé; tú no puedes ya ser mía; pero júrame al menos que no te unirás a otro hasta que recibas pruebas de que yo no existo.» Yo se lo juré y partió. Desde entonces no le hemos vuelto a ver.

ENRIQUE. -¡Ah, demasiado cierto es!

ESTELA. -Yo ignoro si él ha terminado sus días; pero pronuncie usted mismo: ¿estoy ya dispensada de mi juramento?

ENRIQUE. -No, Estela, no lo está usted. Yo también tengo esperanzas de que mi hermano viva todavía.

ESTELA. -No esperaba yo menos de usted.

ENRIQUE. -Estela, ya sabe usted cuánto la amo. Diez años hace que mi única dicha es verla a usted y amarla; pero si yo hubiera sabido los derechos que tenía mi hermano, yo mismo hubiera huido de usted, aunque me hubiera muerto de dolor.

ESTELA. -(Con ternura.) ¡Enrique!...

ENRIQUE. -Pero si algún día vuelve, yo le diré: «Hermano, durante tu ausencia yo te he guardado tu querida y la mitad de la herencia de mi padre; ahí las tienes, tuyas son.»

ROBERTO. -(¡Ah, hermano mío! Venzámosle en generosidad.) (Entra sin ser visto en casa de GERVASIO.)

ESTELA. -Pero Enrique, qué error. No, amigo mío, no. Yo le estimo a usted; yo le amo: sólo le suplico, no que deshaga esta boda, sino que la difiera, porque ya ve usted, no quiero faltar a la promesa que le hice a un desgraciado que todo el mundo abandona. Si él volviera, si estuviera aquí, él mismo conociera cuánto más acreedor es usted a mi cariño, y estoy segura que me diría: «Estela, te devuelvo tus juramentos; cásate con mi hermano.» Y lo juro, Enrique; yo obedecería al instante sin temor ni repugnancia.

ENRIQUE. -¿Me dice usted la verdad?

ESTELA. -Después de la confianza que le he hecho, ¿duda usted aún de mi sinceridad?

ENRIQUE. -No; la creo a usted: voy a casa a acompañar a los amigos, y cuando venga su padre de usted le diré que soy yo quien quiere diferir la boda: así no tendrá nada que decirle a usted. Adiós. (Entra en su casa.)

Escena XII

ESTELA, GERVASIO.

ESTELA. -¡Ah, padre! Enrique lo buscaba a usted.

GERVASIO. -Calla, no hay que perder tiempo, es preciso firmar al instante tu contrato.

ESTELA. -Al contrario. ¡Enrique es tan bueno! Ha accedido a mis súplicas, y quiere diferir la boda.

GERVASIO. -Imposible. Ya no podemos diferirla.

ESTELA. -¿Por qué?

GERVASIO. -Enrique está arruinado. Una quiebra imprevista le priva de una gran parte de sus bienes.

ESTELA. -¿Quién se lo ha dicho a usted?

GERVASIO. -Acabo en este instante de saberlo, y aún temo otras desgracias. He vendido ahora mismo en mi despacho la hacienda de Villanueva a un forastero que me ha pagado sobre la marcha, sin quererme decir a nombre de quién la compra. Pero por algunas palabras que se le han escapado, he conocido que tiene contra Enrique créditos considerables. Esto no lo sabe nadie todavía; pero cuando Enrique lo sepa, yo conozco su honradez, no querrá que unas tu suerte a la de un hombre sin bienes, y deshará la boda; pero nosotros, que somos ahora más ricos que él, no debemos permitirlo.

ESTELA. -Sí, padre, tiene usted razón; y usted verá si soy digna hija suya.

GERVASIO. -(Conmovido.) Ven, hija mía. Ven a abrazarme.

ESTELA. -¿Y cómo le hemos de decir a Enrique?...

GERVASIO. -Tranquilízate; yo me encargo de componerlo todo: dentro de un instante estará extendido el contrato, y tú lo firmarás. ¿Me lo prometes?

ESTELA. -Sí, padre mío.

GERVASIO. -Bien. ¡Ea, valor, y esperar la suerte! El que cumple con sus deberes, nada debe temer ni por el porvenir ni por la felicidad. (Entra en casa de ENRIQUE.)

Escena XIII

ESTELA.

ESTELA. -Sí, bien dice mi padre; el deber me manda casarme con Enrique. Pero y la promesa que he hecho a Roberto, ¿es acaso menos sagrada? ¡Ah! Lo conozco, este será el tormento de mi vida. A cada instante me parecerá verlo volver y echarme en cara mi debilidad... y con razón, porque nadie, nadie sino él mismo puede dispensarme de mis juramentos. Pero ¿quién es ese forastero que viene hacia aquí?

Escena XIV

ESTELA, ROBERTO.

ROBERTO. -(Vamos, valor: ocho años de combates, de fatigas, de penas, me habrán desfigurado bastante aun a sus mismos ojos.)

ESTELA. -(¡Cómo me mira! Y no sé lo que siento; pero me parece que esas facciones no me son desconocidas.)

ROBERTO. -¿No es usted la hija del Sr. Gervasio?

ESTELA. -(¡Esta voz! ¡Oh cielos! ¡Mi conmoción se aumenta!) (A ROBERTO.) Qué, ¿no me conoce usted?

ROBERTO. -(Con frialdad.) ¡Yo! No, señora. La veo a usted hoy por la primera vez; pero ¿qué tiene usted?

ESTELA. -Perdone usted, caballero. Sí, me he equivocado. (No, ya estaría a mis pies, ya hubiera llevado a su corazón la mano de su amiga; pero...) (ROBERTO hace un movimiento.) ¡Ah! No es posible. Roberto, tú eres.

ROBERTO. -(Conteniéndose.) ¿Roberto dice usted? ¡Ah, sí: ya conozco la causa de esa sorpresa! Era mi compañero de armas. Servíamos en el mismo buque, y no es usted ya la única que me ha equivocado con él; pero en el día no es ya fácil que a bordo nos equivoquen.

ESTELA. -¿Qué dice usted?

ROBERTO. -Era tan desgraciado, que la vida no tenía ya encantos para él.

ESTELA. -¡Cómo! ¿Siempre desgraciado?

ROBERTO. -(Mirándola con ternura y dolor.) No, ya no lo es, señorita; y esta carta que me dio para usted le acabará de explicar...

ESTELA. -¡Dios mío! ¡Su letra! (La abre y lee.) «Cuando llegue a sus manos de usted esta carta, todo se habrá acabado para mí. Estela, yo le devuelvo a usted su juramento y esta cruz..., prenda de su amistad.» (Viendo la cruz que se sale de entre la carta.) ¡Ah!... (Da un grito y cae desmayada.)

ROBERTO. -(Sosteniéndola y sentándola en el banco.) ¡Miserable de mí! ¡Cómo no lo he previsto! ¿Qué haré? ¡Destruir con una sola palabra toda mi obra! ¡Abandonarla en este momento! ¡Estela, Estela, vuelve en ti, Roberto es quien te llama!

ESTELA. -(Empezando a volver.) ¡Ha muerto!

ROBERTO. -No, vive todavía para merecer tu estimación, para sacrificarte su dicha. (ESTELA hace un movimiento.) ¡Cielos! Se abren sus ojos. ¡Adiós, Estela! ¡Adiós, hermano mío, adiós para siempre! (Vase precipitado por el foro.)

Escena XV

ESTELA.

ESTELA. -¡Qué es esto! ¿Dónde estoy? Me engaña mi imaginación, o hace un momento que aquí mismo... Sí, él era; era Roberto; estaba a mis pies. (Viendo la carta que está en el suelo y levantándola.) ¡Ah! No, todo ha sido un sueño. Esta es la verdad. ¿Quién viene? Es Enrique y mi padre.

Escena XVI

ENRIQUE, ESTELA, GERVASIO y parientes.

GERVASIO. -Hija mía, aquí tienes el que va a ser tu esposo: este es el contrato: sólo falta tu firma.

ESTELA. -(¡Cielos! ¡Y en qué momento!)

GERVASIO. -¡Cómo! ¿Dudas? ¿Has olvidado tus promesas?

ESTELA. -¿Quién? ¡yo! No, padre; pero la conmoción...

ENRIQUE. -Pero ¿cómo ha cambiado usted tan pronto de resolución? Hace poco que quería usted diferirlo, y...

ESTELA. -Enrique, después le diré a usted, y sabrá los motivos...

GERVASIO. -Vamos. (A ENRIQUE.) ¿También tú dudas ahora?

ENRIQUE. -¡Yo! ¿Pues no he firmado ya el primero?

GERVASIO. -Vamos, hija mía, firma. (ESTELA toma la pluma.)

Escena última

Dichos, ISIDORO.

ISIDORO. -Gracias a Dios que llegué. ¡Lo que he corrido! Desde el puerto aquí en diez minutos.

GERVASIO. -Isidoro, a tiempo vienes; servirás de testigo en el contrato.

ISIDORO. -¡El contrato! ¡Qué dice usted! Pues qué, ¿se casa su hija?

GERVASIO. -En este momento.

ISIDORO. -¡Qué va usted a hacer! Sepa usted que yo tengo ya cincuenta mil francos, y que su yerno no tiene nada.

ENRIQUE. -¿Qué estás diciendo?

GERVASIO. -¡Quieres callar!

ISIDORO. -Ya estoy callando hace más de una hora, y quiero hablar, quiero hablar, porque ese señor forastero, que es mi protector y a quien no conozco, pero que me conoce perfectamente, me ha dicho: «Toma, majadero, lleva este pliego al Sr. Enrique Larrós, y ya te doy licencia para que le cuentes la quiebra que acaba de arruinarlo.»

TODOS. -¡Arruinado!

GERVASIO. -¡Calla! ¡Hija mía!

ESTELA. -(Que ha firmado, presenta el contrato a su padre.) Ya está.

GERVASIO. -(Tomándolo.) Bien, hija, bien. (A ENRIQUE.) Sí, amigo mío; nosotros lo sabíamos ya.

ENRIQUE. -¡Dios mío! Ahora conozco por qué Estela mudó de resolución y por qué usted lo ha apresurado; pero yo no lo puedo permitir, (Abriendo el pliego que le dio ISIDORO.) y cualesquiera que sean las desgracias que este papel me anuncie... (Leyendo.) ¡Qué veo! ¡Estoy soñando! ¡La hacienda de Villanueva con todas sus dependencias comprada a nombre mío y de Estela! Vea usted el contrato.

GERVASIO. -¡Calle! ¡Era para usted!

ESTELA. -¡De dónde nos viene eso!...

ISIDORO. -¡Jesús! Ya son dos veces más ricos que antes. Vamos, ese señor ha perdido la cabeza.

TODOS. -¿Quién?

ISIDORO. -El forastero de esta mañana.

ENRIQUE. -Ese que nadie conocía. Descubramos este misterio. (A ISIDORO.) Habla, ¿dónde está?

ISIDORO. -Cuando yo llegué al puerto, donde él me había mandado que lo esperase, vi una hermosa fragata, la que entró esta mañana: allí nos estaban esperando unos oficiales que habían venido en un bote, y uno de ellos le dijo al forastero: «¿Partimos ya, mi capitán?» «Al momento», respondió él. Yo no le quitaba ojo. Estaba pálido, temblando, y le caían unas lágrimas... Luego se quitó el sombrero como para saludar las costas de Francia.

ENRIQUE Y ESTELA. -¡Gran Dios!

ISIDORO. -Y en seguida me dijo: «Mañana, cuando Estela sea ya esposa, cuando sea feliz, lleva este billete al Sr. Gervasio.» (Le saca.)

TODOS. -¡A ver!...

GERVASIO. -Dame pronto. (Lo toma.) «Al Sr. Gervasio, notario.»

ENRIQUE. -(Mirando el sobre.) ¡Gran Dios! ¡Es su letra!

GERVASIO. -(Abre y lee.) «Ya puede usted romper el testamento de mi padre.»

ENRIQUE. -¡Él es! Mi hermano.

TODOS. -¡Roberto!

ENRIQUE. -Corramos. (Suena un cañonazo a lo lejos.)

ESTELA. -El tiro de leva. (Cae en brazos de ENRIQUE.)

El héroe por fuerza

Drama cómico en tres actos, arreglado al español

Personas



DANIEL ROBINSÓN.
JORGE ROBINSÓN.
TOBI.
SIR GUILLERMO.
LORD MULGRAVE.
LOVEL.
PETERS.
SARA.
ACOMPAÑAMIENTO.

(La escena es en Inglaterra, en 1745: el primer acto en Preston, el segundo en el campamento del ejército real, y el tercero en Londres)

Acto primero

El teatro representa el patio de una fábrica de cerveza. A la izquierda la entrada de la fábrica; a la derecha la habitación con una escalera que conduce a la puerta: el fondo cerrado por una tapia, en cuyo centro hay una gran puerta por donde entran los carros. Varios instrumentos de fabricación, costales, carros, etcétera. Hay una campana a la izquierda: un banco a la derecha.

Escena primera

PETERS. Luego, los mozos de la fábrica.

PETERS. -(Sale por la derecha y toca la campana.) ¡Ea! Ya es hora de empezar el trabajo. (Van saliendo los mozos por el foro.) ¡Vamos, vamos, muchachos! Que ya habéis tenido tiempo de descansar. No diga el amo que somos perezosos. Al trabajo con bríos, que ya llegará el domingo y bailaremos. Nosotros debemos tener a honra el pertenecer nuestra fama vuela por toda Inglaterra, donde no se conoce mejor cerveza que la que elaboran estas manos que están presentes. ¡Pues y el amo! ¿Qué hay que pedirle? ¡Quién no sirve de rodillas a un hombre tan honrado, tan generoso! ¿Eh?

TODOS. -¡Es verdad, es verdad!

PETERS. -¡Conque ánimo! ¡A trabajar, muchachos!

TODOS. -Vamos allá, vamos allá. (Cuando todos van a dirigirse al trabajo, baja DANIEL por la derecha con un taleguillo de dinero.)

Escena II

Dichos y DANIEL.

DANIEL. -(Muy gozoso.) ¡Alto ahí, muchachos! ¡Hoy no se trabaja!

TODOS. -¡Cómo!

DANIEL. -Que no se trabaja digo. Hoy es día de asueto.

PETERS. -Pero señor...

DANIEL. -Venid acá. No solamente no quiero que trabajéis, sino que..., ¿veis ese taleguillo de dinero? Pues lo voy a repartir entre vosotros.

TODOS. -(Rodeándolo.) ¡Bueno, bueno!

PETERS. -¡Pero, Sr. Daniel..., si hoy no es sábado, que es el día de pagarnos el jornal!

DANIEL. -Yo hago sábado cuando me da la gana: no seas tonto y calla. (Abriendo el taleguillo.) ¡Ea, tomad, tomad!...

TODOS. -(Mirándose entre sí.) ¿Qué será esto?

DANIEL. -Estáis en Babia, ¿eh? ¡Mejor! Quiero que hoy todos los que me rodeen estén contentos, porque..., porque, habéis de saber... (Dando dinero a uno.) Toma, toma, tú. Esto quiere decir... (Dando a otro.) Toma, tú, que te despachurraste un dedo el otro día. ¿No adivináis qué es esto? Pues... (Dando a otro.) A ver, tú, que tienes a tu madre con reuma, llévale eso. Si yo os dijese... (Dando a otro.) Anda, para que vistas a tu chico. (Dando a los demás.) ¡Toma, tú, gruñón! Y vosotros..., ¡ea! todos sois buenos trabajadores; a vosotros debo la prosperidad de mi fábrica, y quiero que celebréis el día de hoy. (Dando a PETERS.) Toma, tú, el fondo del talego, anda; llévate el original.

PETERS. -¡Muchas gracias, Sr. Daniel! Pero yo no alcanzo..., ¿pues qué día es hoy?

DANIEL. -¿Hoy? ¿A que ninguno lo acierta? Hoy es el día..., luego, luego os lo diré. Marchad a poneros la ropa de los domingos, y volved por acá con las muchachas.

PETERS. -¿Y entonces sabremos?...

DANIEL. -Sí, sí, marchad. (Todos menos PETERS se van por el foro.)

PETERS. -Ya lo habéis oído; el amo manda que hoy estemos todos contentos, yo no sé por qué; pero no importa. (Volviendo a la escena.) ¡Oh! ¡Y yo estoy contento, contento como una pascua!

Escena III

DANIEL y PETERS.

DANIEL. -¡Eso, eso, Peters! Quiero que se salte, que se brinque. Os convido a comer a todos, y si queréis saquearme la fábrica, ¡mejor!

PETERS. -¿Conque también comida?...

DANIEL. -¡Ya tengo encargada una que será digna de ofrecerse a nuestro rey Jorge II!

PETERS. -¡Vaya! Pues entonces alguna cosa muy gorda ha ocurrido! ¿Habéis heredado?

DANIEL. -No.

PETERS. -¿O habéis contratado proveer de cerveza al ejército que ha venido ahí a hacer frente al príncipe Eduardo?

DANIEL. -¡Dale, dale! ¿Qué te importa a ti lo que es? Come y bebe, y no preguntes.

PETERS. -Está bien, mi amo. Comeré bien y beberé mejor. Sólo que..., ya se ve..., por lo regular, siempre le gusta a uno saber por qué se divierte.

DANIEL. -¡Qué pesado! Pues es porque... Eres un hablador y lo vas a decir antes de tiempo. Anda, ve a la taberna de Ploston, ahí a la esquina, y dile que quiero la comida para las tres en punto..., y haz poner las mesas ahí en la sala baja.

PETERS. -¿Y seremos muchos?

DANIEL. -(Contando.) Los mozos..., las muchachas..., esto es, cuarenta personas.

PETERS. -Entonces... (Cavilando.) Se pondrán..., aguardad..., se pondrán... ¿cuarenta cubiertos?

DANIEL. -No: pon cuarenta y uno. No te olvides; cuarenta y uno. Sí, porque vendrá mi hermano, mi querido Jorge: esta mañana le escribí; y hace dos años que no le veo, ¡como el pobre es militar! Y un oficial no puede separarse de sus filas, y más en tiempo de guerra. Ahora que ha venido con el ejército a pocas millas de Preston, quizá pueda hacer una escapatoria y venir a comer conmigo. ¡Si hoy consigo darle un abrazo, es día completo!

PETERS. -Lo queréis mucho, ¿eh?

DANIEL. -¿Que si le quiero? ¡Vaya! ¡Somos mellizos!

PETERS. -Sí: ya me habéis hablado de él, y me acuerdo que me habéis dicho que se parece tanto a vos, que todos os confunden.

DANIEL. -Vaya, no charles más: anda a hacer lo que te he dicho, que es tarde.

PETERS. -Voy, voy. ¡Ah! ¡Y veréis yo qué vestido me pongo! Aquel que me hice...

DANIEL. -¡Bien, hombre, anda!

PETERS. -¡Voy, voy! ¡Cómo nos vamos a divertir! (Vase saltando por el foro.)

Escena IV

DANIEL.

DANIEL. -¡Qué charlatán! ¡Y qué curiosidad les ha entrado a los muchachos! Rabiando están ellos por saber... ¡Pues no digo nada de Sara! Cómo se quedó parada, confusa..., mirándome con aquellos ojazos tan hermosos..., cuando la dije: «Sara, hoy no se hace labor: hoy hay fiesta en la fábrica: anda a ponerte el mejor vestido..., cuélgate todos tus dijes..., si te falta algo ve a comprarlo a la mejor tienda de la ciudad, y cueste lo que cueste, Daniel paga.» La pobrecilla estaba tan sorprendida, que no se atrevió siquiera a preguntarme... (Aparece SARA en lo alto de la escalera.) Allí viene... ¡Qué guapa! ¡Dios la bendiga!

Escena V

DANIEL y SARA.

SARA. -(Desde arriba.) ¡Ah, Sr. Daniel! ¿Estoy así a vuestro gusto?

DANIEL. -¡Como un sol! Baja, baja, que quiero verte de cerca. (Baja SARA.) ¡Preciosa, relumbrante como una platería!

SARA. -¡Como me mandasteis que me pusiera el fondo del cofre!

DANIEL. -Sí, sí. ¿Pero quién te ha dado ese corpiño y todo eso?... Yo no te lo he visto nunca.

SARA. -¡Vaya, que quién me lo ha dado! ¿Ahora os hacéis de nuevas? Pues qué, ¿pensáis que no os veo yo todos los domingos cuando venís de puntillas, para que yo no os sienta, y me dejáis en el costurero tres o cuatro monedas de oro, y al momento echáis a correr como si me hubierais robado?

DANIEL. -¡Basta, basta, no hablemos de eso!

SARA. -Sí, señor, que quiero hablar; porque ese es un derroche, que es preciso que tenga fin. Yo estoy ya avergonzada de recibir tantos beneficios sin haber hecho nada para merecerlos. Por vos tengo yo más vestidos y más joyas que una princesa; por vos tengo yo aquí una habitación alhajada como un palacio, y un taleguillo de dinero que no sé en qué gastarlo. Eso no es regular, Sr. Daniel, y ya es tiempo...

DANIEL. -¡Quieres callarte!

SARA. -Es que...

DANIEL. -¡Dale! ¡Digo que calles y que no se hable de eso!

SARA. -Pero...

DANIEL. -¡No sabes lo que te dices! ¿Ves todo eso que hago por ti? Pues todo eso no es nada ni vale nada... ¡y soy un ingrato!

SARA. -¡Calle!

DANIEL. -¡Sí, señor, un ingrato! Porque si yo pagase como es debido los beneficios que me hizo tu difunto padre...

SARA. -Mi padre no hacía más que cumplir su obligación, Sr. Daniel. Un obrero debe emplear sus brazos y su vida en servicio del amo que le paga.

DANIEL. -¡Ya! Un obrero como los demás. Pero tu padre era algo más que eso: era un amigo, un verdadero amigo. Si yo me veo a los treinta años rico, dueño de esta fábrica, ¿a quién lo debo? A él, a su actividad, a su industria, y sobre todo a sus consejos. Sí, señor; porque yo era un cuitado: aquí se establecieron otras fábricas de cerveza en competencia con la mía, y yo me acobardé, y ya me iba a arruinar... Pero él me animó, se puso al frente de todo, y se dio tal maña, que a poco tiempo echó por tierra las otras fábricas, y la mía quedó triunfante. ¿Qué tal? ¡Y no me había yo de encargar de la suerte de su hija que quedaba huérfana a los diez y seis años, sola en el mundo, sin más bienes que sus virtudes y su inocencia y ese palmito tan..., vamos, vamos... cuando yo digo que soy un ingrato!...

SARA. -Es que vos exageráis las cosas tanto...

DANIEL. -¡Ea, no hablemos más de esto, porque me empezaré a entristecer, y hoy no es día de tristeza! Ven acá, Sara. Dime: ¿no has adivinado qué objeto tienen esos preparativos de fiesta?

SARA. -No.

DANIEL. -Pues voy a decírtelo. ¿Sabes que por Pascua cumplí treinta años?

SARA. -Ya lo sé.

DANIEL. -Bien; pero lo que tú no sabes es que empiezo ya a fastidiarme de estar soltero. Cuando llega la noche y despido a los obreros, ¡me quedo en una soledad! Empiezo por pasearme por mi cuarto: a lo largo, a lo ancho, y al cabo me aburro. Por fin me he preguntado yo a mí mismo: Daniel, ¿qué tienes? Y me he respondido: lo que tengo es mucho deseo de verme rodeado de media docena de chiquillos que corran, que griten, que me tiren de la casaca, que me pellizquen las pantorrillas, en fin, que me diviertan.

SARA. -¡Ah! ¿Habéis pensado en casaros?

DANIEL. -Chiquillos, no es difícil hallarlos; pero lo que sí es difícil hallar una mujer bonita, amable y juiciosa.

SARA. -¿Sí, eh? (Bajando los ojos.)

DANIEL. -Y no hay más remedio que cerrar los ojos y apechugar. Si sale mal, ¡cómo ha de ser! ¡Paciencia! Pero se me figura que he encontrado lo que necesito.

SARA. -¿Sí? (Contenta.)

DANIEL. -Sí: un poco lejos de aquí...

SARA. -¡Ah! (Con pena.)

DANIEL. -La que he elegido dicen que es buena, que es amable...

SARA. -(Con despecho.) Lo celebraré. Pero si os fiáis de informes...

DANIEL. -¡Oh! Me la abona un corresponsal, y hoy debe llegar.

SARA. -(Afligida.) ¿Hoy?

DANIEL. -Sí; en los carros que vienen de Norwich: es hija de mi proveedor de cebada. Mira: aquí tengo la carta del papá. (Lee.) «Mi amigo y parroquiano: en respuesta a su favorecida del 16 del corriente, tengo el honor de participarle que hoy día de la fecha y por conducto de los carros del convoy, le remito mi hija y cincuenta costales de cebada de primera calidad; espero que todo llegará sin deterioro ni avería. Acúseme el recibo, y quedo, hasta nueva remesa, su afectísimo, etc.» Ya ves que la novia llega hoy: he querido recibirla con ostentación... Conque, Sara, tú cuidarás de que nada falte.

SARA. -(Llorosa.) Sí, Sr. Daniel.

DANIEL. -¡Ea!, me voy; tengo que dar disposiciones. Dime, ¿no te da gusto el saber que me caso?

SARA. -(Sollozando.) ¡Sí, Sr. Daniel!

DANIEL. -¡Me alegro! Adiós, Sara. ¡Eres una muchacha angelical! Pronto estaré de vuelta; adiós, Sara. (Vase por el foro.)

Escena VI

SARA.

SARA. -¡Gracias a Dios que estoy sola..., reventando estaba por llorar! ¡Dios mío! ¡Yo que me levanté esta mañana tan alegre, qué lejos estaba de pensar...! ¡Quién me lo hubiera dicho! ¡Y que le ponga yo buena cara a esa mujer! ¡Imposible, eso sí que aunque me valiera un tesoro! ¡Ah, primero me marcharé..., primero me iré de la fábrica por toda mi vida! ¡Sí, me voy, me voy!... (Después de reflexionar.) ¿Y cómo me he de ir? ¿Qué pretexto doy? Si me pregunta el motivo, le he de ir a responder: «me voy, Sr. Daniel, porque yo que no tengo nada, yo que soy una pobre huérfana, había tenido la flaqueza de soñar que algún día había de llamaros...» ¡Ah, qué vergüenza! ¡Y sin embargo, yo no me puedo quedar aquí!... Tampoco es toda la culpa mía. Él con su trato cariñoso..., con algunas indirectas que me ha dicho, me ha hecho formar esta ilusión. ¡Y ya se ve..., como no se le puede tratar sin amarle! ¡Es tan generoso, tan honrado! (Llorando.) ¡Válgame Dios..., qué engaño tan cruel! ¡Vamos, yo he nacido para ser desgraciada! ¡Pobre de mí!

Escena VII

SARA y PETERS, en traje de fiesta.

PETERS. -(A la puerta del foro.) En la sala baja he dicho; allí se han de poner las mesas. (Bajando al proscenio.) ¡Qué torpes son esos mozos!

SARA. -(Limpiándose los ojos.) Peters, el Sr. Daniel ha mandado que todos estén hoy contentos: conque os lo advierto...

PETERS. -¡Calla..., pues lo que es vos, no dejáis de cumplir el encargo! ¡O soy yo ciego, o vos estáis llorando, señorita Sara!

SARA. -¡Yo, no!

PETERS. -¿Qué tenéis? Decídmelo. ¿Os ha faltado alguno al respeto? ¡Pobrecita!... Decídmelo y veréis... (Haciendo ademán de boxear.)

SARA. -No, Peters, no: yo os doy gracias. Dejemos eso, y tratemos solo del recibimiento que debemos hacer a la novia del Sr. Daniel.

PETERS. -¡A su novia! ¿Cómo? ¿Pues qué..., el amo trata de casarse..., y no es con vos?

SARA. -¿Qué estáis diciendo, Peters? ¡Conmigo! Pues yo acaso podía aspirar...

PETERS. -El amo hace un disparate, señorita Sara, y yo mismo se lo diré en sus barbas.

SARA. -¡Guárdate bien de eso! Se incomodaría...

PETERS. -¡Pero es posible..., tener nosotros ama y no ser vos! ¡Vaya..., cuántas veces en nuestras conversaciones hemos dicho: cómo es que no se le ocurre al amo casarse..., y en caso de hacer feliz a una mujer, a quién mejor que a la señorita Sara!

SARA. -¡Ya!... Pero él no me ama, Peters.

PETERS. -Ya vienen los muchachos.

Escena VIII

Dichos. Los mozos y los muchachos vestidos de fiesta, que salen por el foro. Luego, DANIEL.

SARA. -(Aparte.) ¡Todos de fiesta! No quiero que las muchachas me vean triste y descubran...

PETERS. -¡Bien, muchachos, bien! Así me gusta, y habéis de saber que tenemos gran comida..., y que bailaréis..., y beberéis... Allí viene el amo... ¡Viva el Sr. Daniel Robinsón!

TODOS. -¡Viva! ¡Viva!...

DANIEL. -(Saliendo.) ¡Nada de amo! Yo no soy vuestro amo..., soy vuestro compañero..., vuestro amigo..., y como tal quiero que participéis de mi alegría... Porque ya es hora de descubriros el secreto: habéis de saber, amigos míos, que hoy me caso.

TODOS. -¡Se casa!...

SARA. -(Aparte.) ¡Yo no voy a poder disimular!

PETERS. -Pero, nuestro amo, ¿y la novia?... Decidnos, ¿cuál es la novia?...

TODOS. -Sí..., ¿cuál es la novia?...

DANIEL. -La novia, ¿eh?... ¿Sois tan topos que no lo habéis adivinado? ¿Si cualquiera de vosotros tratara de casarse, a quién escogería?... ¿A ver, tú, Peters, a quién escogerías?

PETERS. -¿Yo?... Pues claro está..., yo, sin agraviar a nadie..., cerca está la que escogería...

SARA. -(Aparte.) ¡Dios mío! ¡Me va a avergonzar!

DANIEL. -¿A quién, vamos?

PETERS. -¡Toma! A la señorita Sara.

TODOS. -¡Sí, sí..., a Sara, a Sara!...

DANIEL. -(Abriéndole los brazos con amor.) ¡Pues esa es mi novia!

SARA. -¡Dios mío!

TODOS. -¡Viva!... ¡Viva!...

SARA. -¡Yo! Sr. Daniel, ¿queréis burlaros de mí? ¡Esta pobre huérfana!...

DANIEL. -Tú, sí, tú eres la que yo elijo para verme feliz... ¿Me desprecias?

SARA. -(Echándose en sus brazos.) ¡Yo!... ¡Pero estoy soñando!... ¿Y esa novia de quien me hablasteis?...

DANIEL. -Fue una estratagema para sonsacarte..., para conocer si me querías... ¿Qué tal? ¿Ves qué bien te engañé? ¡Soy yo muy pillo!

SARA. -¡Ah, qué feliz soy!

DANIEL. -(Dándole la mano.) ¡Ea, amigos, aquí os presento a mi esposa: festejadla con un bailecillo de los vuestros! Peters, que saquen cerveza. (Siéntase en el banco. Unos mozos entran por potes de cerveza. PETERS dispone las parejas. Ejecútase el baile. Concluido el baile, todos aclaman a los novios.)

DANIEL. -(Levantándose.) ¡Ea, mientras llega el momento de ir a la parroquia, podeis marchar a divertiros a la huerta o donde queráis; pero no faltéis a la hora!

TODOS. -¡Vivan los novios!... (Vanse por diversos puntos.)

Escena IX

SARA y DANIEL.

SARA. -¿Conque es de veras? ¿Voy a ser vuestra esposa? Decídmelo otra vez, porque todavía se me figura que estoy soñando.

DANIEL. -Sí, Sara, sí, vas a ser mi esposa.

SARA. -¡Dios mío!

DANIEL. -¡Dentro de una hora iremos a la parroquia juntitos..., así..., como dos palomos!... Y luego verás...

SARA. -¡Ah! Pues yo os prometo que no os arrepentiréis nunca de lo que hacéis por esta pobre huérfana...

DANIEL. -Así lo creo.

SARA. -¡Os haré muy feliz!

DANIEL. -En tu mano está.

SARA. -Y os amaré siempre.

DANIEL. -¡Se entiende! Y a mí solito. Esta dicha sería completa para mí si pudiera traerme a mi lado a mi hermano Jorge..., si en lugar de ser capitán quisiera venirse aquí a vivir en paz con nosotros..., a disfrutar de nuestra hacienda..., a divertirse con sus sobrinitos... y sus sobrinitas..., porque eso sí, media docena de sobrinos le hemos de dar... ¡seguro!

SARA. -Mucho bueno me habéis contado de él... ¡y tengo unos deseos de conocerle! Escribidle que se retire del ejército..., que deje la milicia y se venga a vivir siempre con nosotros.

DANIEL. -¡Buena idea! (Reflexionando.) Sólo que... ahora me ocurre... ¡Diablura sería!

SARA. -¿Qué?

DANIEL. -Pero puede que ya con treinta años...

SARA. -¿Qué caviláis?...

DANIEL. -Nada; es una idea que se me ha ocurrido...

SARA. -Yo soy vuestra mujer, y debéis confiármela.

DANIEL. -Me estaba acordando de ciertas aventuras..., ciertos lances pesados..., y ahora que me caso, estoy por decir que me alegraría de que no viniese por acá.

SARA. -¿Y por qué?

DANIEL. -¡Por qué! Porque ¡si vieras tú qué catástrofes me han sucedido por la maldita casualidad de parecernos tanto uno a otro, que todo el mundo nos confundía!...

SARA. -¡Ah! ¿Y es ese el motivo?

DANIEL. -¡Yo he nacido víctima de mi físico! Cuando niño era yo muy quieto, muy bonachón..., bastante medrosillo... verdad es que ahora me sucede lo mismo: no lo puedo remediar. ¡Eso está en la masa de la sangre: en habiendo un peligro... me dan unas tentaciones de echar a correr!... Mi hermano era todo lo contrario: alborotador... diabólico, quimerista..., tenía desesperada a toda la vecindad... cogía el perro de uno y le cortaba la cola..., pillaba el gato de otro y le cortaba una oreja... Los vecinos venían a quejarse a mi madre... y el maldito Jorge decía que había sido yo, y ellos apoyaban y juraban que me habían visto... El resultado era una azotaina.

SARA. -¡Pobre Daniel! (Riendo.)

DANIEL. -¡Cuando yo era mozo..., ya se ve, las diabluras eran de otra especie!... Yo, que siempre fui un borrico, cometía muchas veces la necedad de confiarle mis trapicheos..., y ¿qué hacía el pícaro? Me armaba cualquier zancadilla para hacerme faltar a la cita, y aprovechándose de la maldita semejanza, iba en mi lugar... y... ¡Pues bien!

SARA. -(Riendo.) ¡Ah, ah, ah! ¡Qué chasco!

DANIEL. -¡Muchas gracias!

SARA. -¿Y eso qué tiene que ver para que no deseéis que venga?

DANIEL. -¡Hola!... ¿Qué tiene que ver? ¡Friolera! Que mi hermano Jorge sigue siendo el mismo, valiente, honrado, eso sí...; pero emprendedor, calavera..., y con esa semejanza tan maravillosa que hay entre los dos, como hermanos mellizos..., si él viene con nosotros puede que la costumbre de divertirse a mi costa...

SARA. -¡Eh!... ¡Callad, callad!... ¿Sois capaz de pensar semejante cosa?...

DANIEL. -¡Es que no nos distinguirías!

SARA. -¿Creéis que mi corazón puede equivocarse?

DANIEL. -¡Tu corazón!... Tu corazón tomaría el rábano por las hojas... Si no tienes idea de lo parecidos que somos... ¡Vamos, la misma estatura, la misma cara, la misma voz..., si es una cosa que asusta!

SARA. -¿De veras?... ¡Pues ya empiezo a estar en cuidado!

DANIEL. -¡Cuando digo que la cosa es seria!

SARA. -¿Pero no hemos de tenerle nunca aquí?

DANIEL. -¡Si en la guerra se quedara tuerto..., o trajera, así... otra señal visible para distinguirlo!...

SARA. -¡Vaya! ¡Pobrecillo!

DANIEL. -¡Pues si no un demonio! A ver si tú encuentras algún medio.

SARA. -Yo, ninguno.

DANIEL. -¡Calla, calla! Ya he dado en ello. Si él viene a vivir con nosotros, adopto este medio: siempre que sea yo el que vaya a acercarme a ti, diré: «juego limpio» y así me distinguirás y no viviré expuesto a una trocatinta.

SARA. -Corriente.

DANIEL. -Pero cuidado, que si me acerco yo, y no digo nada, no soy yo, sino el otro yo: y entonces, ¡por el amor de Dios!...

SARA. -¡Callad! ¡No seáis tonto!

DANIEL. -Con todo, bueno sería que lo ensayásemos, para que te acostumbres... Mira: figúrate que tú te estás paseando por la huerta: va a anochecer... y yo vengo por allá..., veamos. (Retírase hacia el foro.)

SARA. -(Aparte.) Voy a hacerle rabiar.

DANIEL. -(Aparte.) ¡Dios la conserve la memoria! (Va acercándose a SARA poco a poco: ella está quieta. Al fin llega y la da un abrazo sin que ella se mueva.) ¡Caramba!... ¡Pues me gusta!

SARA. -¿Por qué os enfadáis?

DANIEL. -Conque no digo aquello, ¿y te dejas abrazar?

SARA. -(Con malicia.) ¡Ah! ¡Se me había olvidado!

DANIEL. -¡Cáspita!... ¡Pues es un olvido que me puede salir a la cara!

SARA. -Empecemos otra vez. Ahora no me olvidaré.

DANIEL. -¡Veamos! (Vuelve a alejarse: acércase otra vez a ella, y cuando está a su lado dice:) «Juego limpio.» (Va a abrazarla, ella le da un empujón y echa a correr.)

SARA. -¡Quieto!

DANIEL. -(Furioso.) ¡Por vida de los demonios!

SARA. -¿Por qué os enfadáis ahora?

DANIEL. -¿Pues no he dicho aquello?

SARA. -(Burlándose.) ¡Ah! ¡Si se me había olvidado!

DANIEL. -¡Pues estamos bien! No hay remedio: tú me harás que renuncie al cariño fraternal. Perdóname, hermano mío; pero estas cosas son muy serias.

SARA. -¡Tonto! ¡Pues no conocéis que lo he hecho por haceros rabiar!

DANIEL. -¿De veras?

SARA. -¡No tengáis cuidado, que a los ojos de vuestra querida Sara, no os equivocaréis con nadie de este mundo!

DANIEL. -¡Ay, me has hecho pasar un susto!...

SARA. -¡Para curaros de ese miedo! ¡Vaya que se os ocurren unas extravagancias!...

DANIEL. -¡Ea, pues pensemos en la fiesta! Ya se va acercando la hora de ir a la parroquia: vamos a buscar a los muchachos: luego la comida, y a la noche baile, ¿te parece?

SARA. -Muy bien.

DANIEL. -Pues ¡ea! (Dan dos o tres golpes fuertes a la puerta del foro.) ¡Calla! ¿Quién llamará así?

SARA. -¿Se habrá pasado la hora?

DANIEL. -¡Puede!

SARA. -(Abriendo.) Adelante.

DANIEL. -¡Calla! ¡Es el sargento Tobi, el amigo de mi hermano!

Escena X

DANIEL, SARA y TOBI.

TOBI. -(Agitado.) Dios os guarde, Sr. Daniel: decidme, vuestro hermano..., ¿el capitán está aquí?

DANIEL. -No, señor.

TOBI. -¿Cómo? ¿No está aquí?

DANIEL. -No, señor; pero eso no importa, amigo Tobi: sabed que hoy me caso, y tendré mucho gusto en que el mayor amigo de mi hermano nos acompañe a la comida y al baile.

SARA. -Y la novia os convida, señor sargento.

TOBI. -¡Voto al diablo! ¡Buenos estamos ahora para novias y bailes!

SARA. -¿Qué tenéis?

DANIEL. -¡Jesús! ¡Me habéis asustado! ¿Qué es eso?

TOBI. -¡Qué es eso!... Esto es que si mañana a las doce del día no se ha presentado vuestro hermano en el campamento...

DANIEL. -¿Que le harán?

TOBI. -¡Friolera; sentenciarlo como desertor, y si un día le atrapan..., pataplún! (Hace ademán de fusilarlo.)

DANIEL. -¡Santa Bárbara! ¿Qué estáis diciendo?

SARA. -¿Pero se ausentaría del campamento con licencia?

TOBI. -Sí; pero la licencia se ha cumplido hace ya tres días: el regimiento está a doce millas de aquí, haciendo frente a una división del príncipe Eduardo, el hijo del pretendiente: de un momento a otro nos enredamos con el enemigo, y mi capitán no estará al frente de su compañía, ¡voto va el demonio!

DANIEL. -¡Ay Dios mío, una batalla, ya no me llega la camisa al cuerpo!

TOBI. -Yo creí que no podría estar sino aquí, y venía a avisarle.

SARA. -Pues aquí no ha venido.

DANIEL. -Pero puede que no corra tanto peligro, porque los jefes...

TOBI. -Los jefes han usado ya demasiada indulgencia con él. Si esto no hubiera recaído en el capitán Jorge Robinsón, que es querido de todos, tres días ha que le hubieran sentenciado.

DANIEL. -(Llorando.) ¡Pobre hermano mío, lo van a fusilar!

TOBI. -¡Eh! Eso es lo de menos.

DANIEL. -¡Cómo!...

TOBI. -Una docena de balas no son nada para el capitán: ¡lo peor del caso es que será degradado, deshonrado!...

DANIEL. -¡Deshonrado!

TOBI. -¡Pero si tú mueres, mi capitán, no tengas cuidado! Tu amigo el sargento Tobi no tardará mucho en acompañarte: en la primera refriega me arrojo a los escoceses, hasta que una bala me eche por el mismo camino.

DANIEL. -(Tomándole una mano.) ¡Gracias, Sr. Tobi, gracias os doy en nombre de mi hermano!

TOBI. -¡Qué gracias ni qué niño muerto! ¡Esta es una cosa natural, voto a los demonios! ¡Mi capitán, vaya! ¿Sabéis que le debo la vida más veces que pelos tengo en la cabeza? ¿Sabéis que una vez se metió por medio y recibió en el brazo una cuchillada que venía sobre mi coronilla? ¿Sabéis que desde entonces su vida es mi vida..., su honor es mi honor? ¡Voto a los once cielos!

DANIEL. -¡Ave María Purísima! Pero decid, ¿qué es lo que podemos hacer? Veamos.

SARA. -Sí, sí; hagamos algo.

TOBI. -¿Y qué hemos de hacer? Nada. Yo volverme al campamento, y vosotros... casaros.

DANIEL. -¡Casarnos, en una situación como esta!

SARA. -¡Buenos estamos para fiestas!

TOBI. -Y ya se hace tarde: no puedo detenerme; adiós, Sr. Daniel.

DANIEL. -Pero aguardad, aguardad un poco; pensemos algo, y puede que... ¡Ah! Ahora me acuerdo que hace dos años estaba mi hermano enamorado de una joven de Carlisle, hermana de un marino, de un capitán de navío, si no me equivoco.

TOBI. -¿Y a qué viene eso?

DANIEL. -¿Cómo que a qué viene? Apostaría a que se está allí con la muchacha, sin acordarse de que hay guerras en el mundo; de aquí a Carlisle no hay más que veinte millas; vamos allá.

SARA. -Sí, sí; vamos, Sr. Daniel; yo no me separo de vos.

TOBI. -Vamos; nada se pierde más que el viaje.

DANIEL. -Seguro que allí encontramos a ese calavera. En mi carricoche llegamos en un verbo. (Yendo a la puerta.) ¡Peters, engancha la yegua al carricoche! (A SARA.) Tú me acompañas, ¿no es verdad? Pronto estaremos de vuelta y celebraremos la boda. ¡Vamos, Peters, despacha! ¡Ah! Ya me olvidaba de tomar la capa y dinero.

SARA. -Y yo mi manteleta. (Sube por la derecha.)

DANIEL. -(A TOBI.) Al instante salgo. (La sigue.)

TOBI. -Despachaos, que yo tengo prisa.

Escena XI

TOBI, los mozos y las muchachas. Luego, DANIEL y SARA. Luego, PETERS.

TODOS. -¡Vivan los novios!

TOBI. -¿Qué es esto? ¡Eh! ¿A qué vienen esas voces? ¡Buenos estamos ahora para novios! (Yendo hacia la derecha.) ¡Eh, despachad pronto; que si no, me marcho; yo no puedo esperar más!

DANIEL. -(Saliendo.) Voy, voy.

SARA. -(Saliendo.) Allá vamos.

TODOS. -¡Se van, se van!

DANIEL. -Amigos, tenemos que marchar ahora mismo; pero pronto estaremos de vuelta; la boda se suspende; pero no tengáis cuidado, la celebraremos con más fiesta.

PETERS. -(Saliendo.) Ya está el carricoche.

DANIEL. -Peters, por hoy quedas al cuidado de la fábrica: cuenta con lo que haces.

PETERS. -¿Pues dónde os vais?

DANIEL. -A un negocio urgente.

TOBI. -¡Vamos, vamos! Yo voy a montar a caballo.

DANIEL. -¡Adiós, amigos!

SARA. -¡Adiós! (Ábrese la puerta del foro y se ve el carricoche: DANIEL y SARA suben en él: el carruaje echa a andar. Los mozos los saludan agitando los sombreros. Cae el telón.)

Acto segundo

El teatro representa una cantina, abierta en el foro con vista al campamento. Puertas laterales, mesas, bancos, sillas, etc.

Escena primera

Varios soldados formando grupos alrededor de la mesa, bebiendo. Luego, TOBI.

TODOS. -¡Vaya otro brindis!

SOLDADO 1º. -¡Compañeros: hoy tal vez entraremos en acción con esos endiablados escoceses: brindo por el triunfo de las armas inglesas, y la completa derrota del pretendiente!

TODOS. -¡Y yo! (Beben.)

SOLDADO 1º. -(Sentándose.) ¡Nuestra desgracia será que llegue la hora de la acción, y nos hallemos sin nuestro capitán!

SOLDADO 2º. -Yo no puedo menos de creer que le ha sucedido algún percance; porque cuando se marchó nos dijo: «Muchachos, yo voy cerca de aquí: si antes de concluírseme la licencia hay asomos de gresca, aquí me veréis a vuestra cabeza.» Y cuando él abandona su compañía...

SOLDADO 1º. -¡Y en un día de balas, que es su fuerte!

SOLDADO 2º. -¡No hay remedio: algo le ha pasado! Si yo supiera que los pícaros escoceses le habían sorprendido y hecho prisionero...

SOLDADO 1º. -¡Voto al diablo! ¡La compañía sola era capaz de arrojarse a rescatarlo! ¿No es verdad?

TODOS. -¡Sí! ¡Sí!

SOLDADO 2º. -¡Como que si hoy en la acción no le tenemos al frente, no vamos a hacer nada de provecho!

SOLDADO 1º. -¡Hola! ¡Ya está Tobi de vuelta! (Sale TOBI de mal humor: todos le rodean.)

SOLDADO 2º. -¿Qué hay, Sr. Tobi?

SOLDADO 1º. -¿Nos traéis el capitán?

TOBI. -¡Al demonio es a quien traigo conmigo! ¡No se le halla por ninguna parte: he corrido la Ceca y la Meca, y nada! ¡En fin, si a las doce no está aquí, no hay remedio, le sentencian como desertor!

TODOS. -¡Voto va! (Óyese tocar llamada.)

TOBI. -¡Qué tal! ¡Ya se va a reunir el consejo!

SOLDADO 1º. -Vamos a ver qué resuelve.

TODOS. -Vamos, vamos.

Escena II

TOBI.

TOBI. -Sí, corred, corred... (Mirándolos ir.) ¡Qué lástima! ¡La mejor compañía del ejército! ¡La que siempre ha decidido la acción, porque iba a la cabeza el capitán Robinsón con su caballo blanco, y yo a su lado! ¡Hoy no habrá nada de eso! ¡Falta la cabeza, y nada, no hay que pensarlo; hoy no hacemos punta! ¡Por fin, el que quede tendido en el campo con un par de balazos, puede dar gracias a Dios, por no volver al campamento y oír a pie firme y con el arma al hombro leer la sentencia del capitán! ¡Voto va el mismísimo infierno! ¿Dónde estará ese hombre? Su hermano me hizo concebir alguna esperanza, ya casi creí que íbamos a hallarle en Carlisle; ¡pero nada! ¡Ni muerto ni vivo! ¡Yo no sé!... ¡Yo no sé! ¡Pues señor, al avío!

DANIEL. -(Dentro.) ¡Poco a poco, Sara! ¡Baja despacito! ¡Despacito! ¡Cuidado! ¡Ah, ah! Eso es.

TOBI. -Ya está ahí el cervecero: ¡buen refuerzo! Empeñado el majadero en venir al campamento a hablar al general, y muy confiado en que va a sacar algo en limpio. ¡Pobre hombre! Y es preciso echarle de aquí, porque si oye la sentencia, él que es tan apocado se muere de pesadumbre.

Escena III

TOBI y DANIEL, dando el brazo a SARA.

DANIEL. -(A SARA.) Te digo que aquí debe estar. ¡Mírale, mírale! Buenos días, amigo Tobi: hemos tardado un poquillo; pero la yegua ha tenido la culpa.

TOBI. -¡Lo mismo da hora más o menos!

DANIEL. -¿Sí? ¡Mejor que mejor! Pero yo creí que urgía y he venido desesperado. ¡Yo no sé qué tenía la maldita yegua! Por más que la arreaba con el látigo y la decía: «¡Corre, Generosa, corre, que van a fusilar a mi hermano Jorge; corre, que tú también eres de la casa!...» ¡Nada! Tomó un trotecito cochinero, y no había quien la sacara de él.

SARA. -¡Por fin, ya hemos llegado! Conque, Sr. Tobi, haced que veamos al general.

DANIEL. -¡Y al instante!

TOBI. -Es inútil: ahora no podéis hablarle: está ocupado, está en junta de jefes, ha mandado formar las tropas...

DANIEL. -En eso consistirá el no haber hallado nosotros hasta aquí ni un solo soldado a quien preguntar por vos: como que yo le decía a Sara: «Nos vamos a perder y a estar andando todo el día, cosa que no me gustaba mucho; porque andar así por medio de un campamento..., ¡se puede escapar un tiro! En fin, aquí esperaremos a que se acabe esa junta, y en seguida iremos los tres a ver al general. ¿No os parece, Sr. Tobi?

TOBI. -(Enfadado.) ¡Con cincuenta legiones de demonios! ¿No me estáis conociendo en la cara que no queda ninguna esperanza?

DANIEL Y SARA. -¿Cómo?

TOBI. -Yo lo he andado ya todo: en cuanto vine hablé al ayudante de servicio para que le anunciara al general que ibais a verle.

DANIEL. -¿Y qué?

TOBI. -¡Y qué! Que ha dado orden para que no os permitan entrar en su tienda; y no tenéis medio de verle.

DANIEL. -(Lloroso.) ¡Dios me favorezca! ¡Yo que creía conseguir algunos días de plazo!

TOBI. -¡El general es duro como una piedra! ¡Y ahora más que nunca, porque en estos días se han pasado al enemigo unos cuantos oficiales, y acusan a vuestro hermano de haber hecho lo mismo! ¡Voto a los once cielos! ¡Si los que lo dicen fueran iguales míos o inferiores, yo les metería dentro las palabras con la punta de la espada; pero como son jefes, silencio y mano al sombrero!

SARA. -¿Conque nuestro viaje es enteramente inútil?

TOBI. -¡Enteramente!

DANIEL. -(Animándose.) ¡Qué demonio! No, señor. ¡Yo no desespero todavía! ¡Esto no ha de quedar así: yo le he de ver, yo le he de hablar a pesar de la orden, aunque me lo estorben, aunque me echen a culatazos, aunque me calen bayoneta! Yo no soy hombre de bríos, es verdad; confieso que al ver cerca de mí un arma de fuego ya estoy en ascuas, y me da un sudor que... ¡Pero no importa! ¡Tratándose de salvar a mi hermano, yo haré de tripas corazón, sí, señor! ¡Maldito sea mi miedo! ¡Yo iré, atropellaré centinelas, y haré prodigios, y cómo ha de ser! ¡Si me matan habré cumplido mi deber!

SARA. -¡Ah, Daniel, dejadme que os abrace! ¡Cuánto gozo me da oíros hablar así!

DANIEL. -¡Aquí me quedo; y en acabándose la junta, ya veréis!

TOBI. -¡Nada se pierde! Puede que por chiripa... Sí, sí, hacedlo.

DANIEL. -¡Toma si lo haré! Pero entretanto no sería malo encontrar un cuarto donde mi pobre Sara descansase. En esta cantina debe haber...

TOBI. -(Señalando la derecha.) Ahí tenéis: esas son dos piezas que servían de alojamiento al capitán.

DANIEL. -(Conmovido.) ¡Cómo! ¿Ahí era donde habitaba mi pobre hermano? (Abriendo la puerta.) ¡Sí, es verdad; allí tiene la maleta y la cama, el uniforme colgado y la espada que yo le regalé! ¡Pobre Jorge! ¡Quién sabe si se la volverá a poner!

SARA. -¡Vaya! ¡No hay que desconfiar; puede que antes de las doce esté de vuelta!

DANIEL. -¡Dios te oiga! ¡Ea, ven! Sr. Tobi, vos me esperaréis aquí, no tardaré en volver para que vayamos a eso.

TOBI. -Por aquí estoy: descansad, que yo os avisaré cuando sea ocasión.

DANIEL. -Vamos, Sara. (Éntranse por la derecha.)

Escena IV

TOBI. Luego, SIR GUILLERMO.

TOBI. -La pobre chica tiene esperanzas; pero yo... ¡Qué! ¡Si no falta más que una hora..., una hora escasa! ¡No hay que contar con él! ¡Voto va el demonio! ¡Si esto s e pudiera arreglar a sablazos o a tiros!... ¡Cómo ha de ser! Veamos si hay coyuntura para que ese pobre hombre hable al general. ¡Ea, Tobi, media vuelta; marchen! (Va a salir y se encuentra con SIR GUILLERMO.)

GUILLERMO. -(Deteniéndole.) Alto ahí un momento.

TOBI. -(Queriendo seguir.) No puedo.

GUILLERMO. -Óyeme te digo, es negocio importante.

TOBI. -Perdonad: estoy de prisa..., cosas del servicio...

GUILLERMO. -No te detendré: no es más que una pregunta. (Sacando un retrato y enseñándosele.) ¿Conoces tú el original de este retrato?

TOBI. -¡Mi capitán!

GUILLERMO. -¿Tu capitán has dicho? ¿Y cómo se llama?

TOBI. -¡Toma! Jorge Robinsón.

GUILLERMO. -Jorge Robinsón... (Aparte.) ¡Por fin le he encontrado!

TOBI. -¡Dios mío! ¿Tenéis noticias suyas? ¿Dónde está? ¿Qué hace? ¿Vendrá pronto?

GUILLERMO. -¡Cómo! Pues qué, ¿no está en el campamento?

TOBI. -¡Toma, toma; ya se ve que no está!

GUILLERMO. -¡Y yo creía que estaba aquí! ¿Pues no pertenece a esta división?

TOBI. -Sí que pertenece.

GUILLERMO. -Pues entonces, ¿cómo?...

TOBI. -¡Dale, dale! Como que ha desaparecido, y no se sabe dónde anda, y si dentro de una hora no se presenta, le sentenciarán por desertor y le fusilarán.

GUILLERMO. -¡Fusilado! (Aparte.) ¡Ah, no es esa la muerte que yo le deseaba! ¿Conque no está en el campamento? ¡Voto al infierno!

TOBI. -¡Veo que lo sentís, como todos!

GUILLERMO. -¡Sí, sí, mucho! ¡No sé qué daría por encontrar al capitán Robinsón! (Aparte.) ¡Y mi pobre hermana quedará deshonrada, y no seré yo quien la dé venganza de ese pícaro seductor! Pero aún puede que se presente: no quiero alejarme de aquí. Adiós. (Se va por el foro examinando con el retrato en la mano a los oficiales que vienen.)

Escena V

TOBI, oficiales, soldados, entre ellos LOVEL. Luego, DANIEL.

TOBI. -Aquí viene el ayudante Lovel... ¡Qué habrá ocurrido!

LOVEL. -(Hablando con otros oficiales.) No veo remedio: sin embargo, el general ha mandado suspender el consejo hasta que den las doce: entonces, si no ha parecido se dará el fallo.

DANIEL. -(Saliendo.) Cuando éstos han venido por acá, ya se habrá acabado la junta; a ver si veo a Tobi para ir a la tienda del general.

LOVEL. -(Reparando en DANIEL.) ¡Qué veo! ¡Él es!... ¡El capitán Robinsón!

TODOS. -¡El capitán!... (Todos le rodean.)

DANIEL. -¿Eh?

LOVEL. -(Abrazándole.) ¡Capitán!... ¿Pero qué ha sido esto? ¡Qué imprudencia la vuestra!... ¡Si tardáis una hora, os sentencian!

DANIEL. -Pero si...

LOVEL. -¿Y qué disfraz es ese?...

DANIEL. -¿Disfraz?... (Aparte.) ¡Ah, ya caigo! ¡La maldita semejanza! ¡No sea que me vayan a fusilar! -Señores, yo...

TOBI. -(Aparte, poniéndose en medio.) ¡Silencio, así salváis a vuestro hermano! (Abrazándole.) ¡Mi capitán, mi querido capitán! (Aparte.) ¡No los desengañéis, por Dios! ¡Ganemos tiempo!

DANIEL. -(Aparte.) Tiene razón: ¡con tal que dure el engaño!...

LOVEL. -Antes que se pase más tiempo, voy a dar parte al general de vuestra llegada. ¡Señores, ya hemos recobrado al valiente capitán, démonos todos la enhorabuena!

TODOS. -¡Sí, todos, todos!

DANIEL. -(Saludando con empacho.) ¡Señores..., señores! Mi corazón... y mi...

LOVEL. -¡Un abrazo, un abrazo!... (Le abraza otra vez y se va precipitado.)

TOBI. -Entrad, capitán, entrad a quitaros ese traje; ahí tenéis vuestro uniforme.

DANIEL. -¡El uniforme! Sí, sí..., efectivamente me pondré el uniforme... (Aparte.) ¡Buena facha estaré yo!

TOBI. -No os detengáis. (Aparte.) Haced lo que os digo: y ¡cuidado, por Dios! ¡Acordaos de vuestro pobre hermano! Yo estaré a la mira.

DANIEL. -(Saludando.) Señores, voy a ponerme el uniforme. (Éntrase conducido por TOBI.)

TOBI. -¡Ea, muchachos, alegría..., ya tenemos a nuestro capitán..., andad, andad a contárselo a los compañeros! (Los soldados se van gozosos por el foro.)

Escena VI

TOBI y SARA.

SARA. -(A la puerta.) Bien, Sr. Daniel, no os enfadéis, haced lo que os parezca; pero digo y repito que eso no puede tener buen resultado.

TOBI. -Chit... ¡Silencio con mil santos! ¡Que nunca habéis de poder callar! Si llegan a oíros...

SARA. -Bien; pero el consejo que le habéis dado es un desatino. Yo seré la primera que me sacrifique por salvar al hermano de Daniel, pero creo que debía buscarse otro medio.

TOBI. -Más bajo, ¡voto al diablo! Pues yo os digo que esa estratagema es soberbia. Por este medio ganamos tiempo, que es lo esencial: llega el capitán, se planta su uniforme. Daniel se vuelve a Preston a su cerveza, y todo sale bien.

SARA. -Ese plan sería muy bueno si se tratase de otro hombre; pero con Daniel, ¡imposible! Con un hombre tan tímido, tan dulce de carácter, tan bonachón..., que habla así... a la buena de Dios... ¡Y vestirlo de oficial... ¡Buena estampa tendrá! ¿Y quién le hace tomar el aire marcial, el tono brusco, el aspecto atrevido que tendrá su hermano? Vamos, vamos..., digo que vais a salir mal.

TOBI. -¿Queréis hacerme condenar? Lo más urgente es impedir que el consejo se reúna y pronuncie la sentencia. Por lo demás, ya veremos; yo tomaré a Daniel por mi cuenta, y le daré algunas lecciones para que procure tomar el aire y el tono del capitán.

SARA. -¡Quiera Dios que saquéis fruto!

TOBI. -Ya creo que viene. Ayudadme vos: a ver cómo entre los dos le desasnamos un poco.

Escena VII

Dichos y DANIEL de uniforme, ridículamente ataviado.

DANIEL. -¡Ea! Ya estoy listo.

TOBI. -¡Demonio! ¿Cómo os habéis puesto esos arreos?

SARA. -¿Qué os decía yo? ¡Mirad, mirad qué facha esa!

DANIEL. -¡Calle!... Pues qué, ¿será cosa de que ahora no me parezca yo a mi hermano?

TOBI. -Sí; pero ese modo de llevar las cosas no es suyo. ¡Aire, aire!... Parecéis un recluta.

DANIEL. -Bien: decidme cómo. Ya estoy puesto en el burro... ¡Adelante!

TOBI. -Esa casaca así... (Se la arregla.)

DANIEL. -¡Eh..., que me ahogo!

TOBI. -Esa espada más atrás. (Se la coloca.)

DANIEL. -No, no, mejor estaba aquí: se me va a meter entre las piernas, y... (Dando un traspiés.) ¿Lo veis?

TOBI. -Y el sombrero... (Colocándoselo de golpe, torcido a un lado.) así.

DANIEL. -¡Eh, eh, Sr. Tobi, que no veo más que con un ojo!

TOBI. -Y basta.

DANIEL. -Pues... no voy a ver más que la mitad de las cosas.

SARA. -¡No, tonto! Al contrario; con un ojo veréis más.

DANIEL. -¿Cómo que veré más?

SARA. -Sí: porque veréis a los demás dos ojos, y ellos no os verán a vos más que uno.

TOBI. -¡Verdad es!

DANIEL. -¡Mira qué gracia!

TOBI. -¡Ea! Ese cuerpo derecho, los ademanes sueltos, el paso firme.

DANIEL. -(Echando a andar.) ¿Así?

TOBI. -Hombre, no.

DANIEL. -Pues hacedlo vos, a ver si viéndolo...

TOBI. -Miradme bien.

DANIEL. -¡No pierdo ripio!

TOBI. -(Marcha tocando el tambor.) Ran, tan, tan, pataplán, plan, plan...

DANIEL. -(Le imita sin poder tomar el paso.) Ran, pataplán, tan, plan...

SARA. -No; si no lleváis el paso. Mirad, mirad..., así... (marcha ella con aire marcial.) Ran, tan, tan... pataplán, plan, plan...

TOBI. -¡Bravo, niña!

DANIEL. -(Mirándola admirado.) ¡Demonio! ¿Y cómo sabes eso?

SARA. -¡Si es cosa muy fácil! En teniendo oído...

DANIEL. -(Llevándose las manos a las orejas.) ¿Oído?

TOBI. -¡Ah! Y para que os tomen por vuestro hermano, es preciso que echéis votos que tiemble el mundo, como hace él a cada paso.

DANIEL. -¿Votos? Si yo en mi vida me enfado..., ni sé...

TOBI. -Pues es preciso. Por ejemplo, así: (Con aire matón.) ¡Voto va bríos! ¡Maldito sea el demonio! ¡Reniego del infierno!

DANIEL. -(Con tono dulce y aire tímido.) ¡Voto va bríos! ¡Maldito sea el demonio! ¡Reniego del infierno!

SARA. -(Impaciente.) ¡Eso no vale nada! ¡Parecéis una doncellita! ¡Con más alma! (En tono de matón, con mucho brío.) ¡Voto a cien legiones de demonios! ¡Maldito sea el infierno!

TOBI. -(Aplaudiendo.) ¡Soberbio!..., ¡soberbio!

DANIEL. -(Asombrado.) ¡Diablo! ¡Qué talento tiene!

TOBI. -Ahora es preciso que fuméis la pipa y echéis buenos tragos.

DANIEL. -¡Si me mareo..., y no pruebo el vino!...

TOBI. -¡Aprensión! (Dándole la pipa encendida.) Vamos a ver.

DANIEL. -¡Ay, Dios mío! (Fuma y tose.) ¿Lo veis? ¡No puedo!

SARA. -¡Eh..., no tenéis maña! (Le quita la pipa, fuma y escupe por el colmillo.) Así se fuma.

DANIEL. -¡Ay, qué demonio de muchacha!

TOBI. -¡Es una alhaja! Mejor mandaría ella la compañía que vos.

DANIEL. -Mejor que yo, cualquiera. En fin, veremos qué tal lo hago; lo que me habéis enseñado hasta ahora, pase; pero os advierto que cosas de tiros...

SARA. -¿Y qué más tiene?

DANIEL. -¡Ay, que ya vienen!... ¡El oficial de antes!...

TOBI. -Es el ayudante del general... Cuidado; no olvidéis la lección. ¡Derecho!...

DANIEL. -Ya veréis. (Trata de tomar actitud marcial.)

Escena VIII

Dichos y LOVEL.

LOVEL. -Capitán Robinsón, el general me manda deciros que el consejo de guerra que debía pronunciar vuestra sentencia acaba de ser disuelto.

DANIEL. -(Aparte a SARA.) ¡Qué gusto!... ¡Se ha salvado mi hermano!

SARA. -(Aparte.) ¡Gracias a Dios!

LOVEL. -Siento en el alma, capitán, que mi comisión no se limite a sólo esto.

DANIEL. -(Aparte.) ¡Ay..., qué más habrá!

TOBI. -(Aparte.) ¡Estoy temblando!

LOVEL. -Pero me veo obligado a deciros que el general ha resuelto castigaros por haber prolongado vuestra ausencia del campamento.

SARA. -¡Ay, Dios..., qué le irán a hacer!

LOVEL. -Y os manda quedar arrestado en vuestra tienda.

TOBI. -(Aparte.) ¡Oh!... ¡Qué afrenta para mi pobre capitán!

DANIEL. -¡Oh, si no es más que eso!... Decidle al general que me alegro mucho...

TOBI. -(Aparte a DANIEL.) ¡Majadero! ¡Al contrario, mostrad sentimiento!

DANIEL. -(Aparte.) ¡Ya! Pues, como iba diciendo, decid al general que me alegro mucho... de verlo bueno..., pero que esta es una afrenta... que... ¡Voto a cien legiones de demonios!... ¡Maldito sea el infierno!...

LOVEL. -Ya veo, capitán, lo que esto os aflige. Para un valiente como vos, no hay mayor castigo que dejarle arrestado un día de batalla.

DANIEL. -¡Ah!... ¿Hoy ha de haber batalla? (Muy contento.) Pues entonces...

TOBI. -(Aparte a DANIEL.) ¡Eh, torpe!

DANIEL. -(Mudando de tono.) ¿Conque hoy habrá batalla? ¡Voto va bríos! ¡Reniego del infierno! ¡Y no iré yo a la cabeza de mi compañía..., no oiré silbar la pólvora... ni oleré las balas! ¡No me veré entre la metralla... rodeado de muertos! ¡Ah! ¡Sangre, sangre!... ¡Y a mí que me gusta tanto la matanza!...

LOVEL. -¡Capitán..., me estáis enterneciendo! Pero dadme palabra de honor de que no saldréis de esta cantina sin expreso permiso del general. Aún me queda que cumplir otra orden más dura. Capitán Robinsón, dadme vuestra espada.

DANIEL. -¿La espada no más? (Hace por quitársela.)

TOBI. -(Aparte ayudándole.) ¡Tonto!

DANIEL. -(Mudando de tono.) ¡También la espada..., crueles!

TOBI. -(Aparte.) ¡Deshonrado mi capitán! ¡Voto va!...

DANIEL. -Decidle al general lo que me ha costado el desprenderme de ella. En cuanto a la palabra de no ir a la batalla..., os la doy con muchísimo...

TOBI. -(Aparte.) ¡Eh!

DANIEL. -¡Con muchísimo dolor..., pero id seguro de que la cumpliré religiosamente!

LOVEL. -Bien, capitán. (Saludando.)

DANIEL. -(Acompañándole.) ¡Decidle que me dejáis aquí hecho una Magdalena!

LOVEL. -Yo le haré presente lo mucho que padecéis. Y si puedo lograr que os levanten el arresto...

DANIEL. -¡No..., no, amigo, eso no! ¡El castigo es grande ciertamente...; pero yo lo merezco..., lo merezco y no quisiera que el general por nada de este mundo cambiase su resolución! ¡Es dura; pero, amigo mío, hacía mucha falta un escarmiento! ¡Conque nada..., nada!

LOVEL. -Basta, capitán. (Vase.)

Escena IX

DANIEL, TOBI y SARA.

DANIEL. -¡Bendito sea Dios..., se ha salvado mi hermano!

SARA. -(Acercándose gozosa.) ¡Y os dejan arrestado en un día de acción; esto es miel sobre hojuelas!

DANIEL. -Cuando da en soplar la fortuna...

TOBI. -(Pesaroso.) ¿Y a eso llamáis fortuna? ¿Sabéis que para un militar es preferible cien veces la muerte a verse arrestado un día de acción?

DANIEL. -¡Ta, ta, ta, ta!

TOBI. -Vosotros no podéis comprender esto... ¡Pero juro a Dios que no ha de quedar así! ¡Mi capitán deshonrado! No lo permitiré... Voy a arreglar este negocio.

DANIEL. -¿Qué negocio?

TOBI. -Luego lo veréis. (Vase corriendo.)

DANIEL. -¡Eh, Sr. Tobi! ¿Qué es esto, Sara? ¿Adivinas tú lo que va a hacer?

SARA. -Yo no.

DANIEL. -¿Qué diablos será? ¡Ese Tobi tiene una cabeza! Éntrate dentro, que yo voy a seguirlo.

SARA. -¡No hagáis ninguna imprudencia!

DANIEL. -No tengas cuidado. (Éntrase SARA. DANIEL cierra la puerta, y al dirigirse al foro se encuentra con SIR GUILLERMO.)

Escena X

DANIEL y SIR GUILLERMO.

GUILLERMO. -(Aparte.) ¡El es! Dos palabras, capitán. Yo soy sir Guillermo Jenquins...

DANIEL. -¡Muy señor mío!

GUILLERMO. -Capitán de navío... y hermano de miss Ana Jenquins.

DANIEL. -¡Por muchos años! (Aparte.) ¿Qué embajada es esta?

GUILLERMO. -Conque ya podréis entender lo que quiero.

DANIEL. -Pues no, señor, no os entiendo.

GUILLERMO. -¡Cómo! ¿Negáis que habéis seducido a mi hermana?

DANIEL. -¿Yo?... Hombre, esas son palabras mayores.

GUILLERMO. -(Enseñándole unas cartas.) Aunque no están firmadas, ¿negaréis que estas cartas son vuestras?

DANIEL. -(Aparte.) ¡La letra de mi hermano!

GUILLERMO. - Veo que estáis confundido..., porque estas cartas no me permiten dudar de la deshonra de mi pobre hermana. La casualidad las ha hecho caer en mis manos, como también vuestro retrato. Yo he interrogado a mi hermana; pero ni súplicas, ni amenazas, han podido arrancar de sus labios el nombre del infame seductor. Irritado por el silencio, he jurado tomar venganza del vil que ha deshonrado mi nombre, y he venido aquí, con el retrato en la mano, examinando cuantos rostros veía. Ya me alejaba desconsolado, cuando al fin os encuentro. ¡Loado sea Dios!

DANIEL. -(Aparte.) El bribón de Jorge... ¡en qué compromiso me pone!

GUILLERMO. -Capitán Robinsón, ya adivináis el objeto de mi venida; tomad la espada y vamos.

DANIEL. -(Afectando calma.) Entendámonos, capitán, ¡qué diablo! A ver si nos entendemos.

GUILLERMO. - Lo repito: es preciso que uno de los dos deje de existir... o que deis la mano a mi hermana.

DANIEL. -Hacedme el gusto de tomar asiento. (Aparte, sentándose.) Ganemos tiempo, hasta que venga mi hermano y lo arregle. En cuanto a dar la mano a vuestra hermana, capitán... no digo que no; y es muy guapa, muy bien criada, muy modosita, eso sí, y en clase somos iguales: de capitán a capitán no va nada. No hay más sino que su genio. (Levantándose.) En fin, la semana que viene hablaremos. ¡Servidor!

GUILLERMO. - (Furioso.) ¡Eh! ¿Creéis que soy hombre que se contenta con una simple palabra, cuando se trata del honor de mi familia?

DANIEL. -Pero si ya...

GUILLERMO. -Pues bien; aquí traigo este documento extendido en forma: firmadlo.

DANIEL. -(Mirándolo.) ¡Calla! ¿Un contrato de matrimonio?

GUILLERMO. -Justamente.

DANIEL. -(Aparte.) ¡Y he de casarme también por él!

GUILLERMO. -¿Dudáis?

DANIEL. -No; pero esto de casarse es negocio muy serio, necesita meditarse.

GUILLERMO. -Entiendo... ¿Os negáis? ¡Salgamos!

DANIEL. -(Aparte con alegría.) ¡Ay, que no me acordaba del arresto! Pues bien; ¡salgamos!

GUILLERMO. - ¡Gracias a Dios!

DANIEL. -¡Y os prevengo que el combate no ha de ser broma!

GUILLERMO. -¡Cómo broma!

DANIEL. -¡Yo no doy cuartel!

GUILLERMO. -¡Convenido!

DANIEL. -¡Hasta que uno de los dos quede muerto!

GUILLERMO. -¡Acepto!

DANIEL. -¡Salgamos, pues! (Deteniéndose de repente.) ¡Voto va bríos, no puedo salir!

GUILLERMO. -¿Quién os lo impide?

DANIEL. -Estoy arrestado. ¡Ah! Ya lo veis, ¡no tengo espada! Desgraciado; ¡no tengo espada!

Escena XI

Dichos, TOBI apresurado y con la espada de DANIEL en la mano.

TOBI. -¡Victoria, victoria, mi capitán; el general os levanta el arresto y os vuelve la espada!

GUILLERMO. -(Con gozo.) ¡Bien!

DANIEL. -(Aparte.) ¡Muerto soy! ¡Ah! ¡Asesino!

GUILLERMO. -(A DANIEL.) Ya no hay obstáculo que se oponga...

DANIEL. -Estáis muy engañado: yo soy un oficial de honor, yo sé mi obligación, y no saldré de aquí sin permiso firmado del general. Pues qué, porque un sargento de mala muerte venga... ¡Eh, yo no recibo órdenes de mis inferiores!

GUILLERMO. -¿Una orden firmada? Yo os la traeré. (Vase precipitado.)

Escena XII

DANIEL, TOBI y SARA que sale por la derecha.

DANIEL. -¡Desgraciado! ¿Qué habéis hecho?

TOBI. -¿Eh?

SARA. -(Llorosa.) ¿Qué habéis hecho?

TOBI. -¿Pues qué?

DANIEL. -Nada; que mi dichoso hermano, según he columbrado, ha tenido por conveniente seducir a la hermana de ese demonio de marino que se acaba de marchar.

SARA. -Y ese hombre quiere batirse con mi pobre Daniel tomándole por Jorge. Todo lo he oído, y he pasado un miedo...

DANIEL. -Sí; hemos pasado un miedo...

TOBI. -¿Y supongo que no le habréis dicho quién sois?

DANIEL. -Con mi arresto estaba perfectamente atrincherado. Me hacía el valentón, el perdonavidas, ¡y habéis venido a asesinarme! ¿Quién os ha pedido que me hagáis este favor tan extemporáneo? ¡Si a mí me iba muy bien arrestado!

TOBI. -¿Conque os quejáis en vez de darme las gracias, en vez de abrazarme por haber salvado a vuestro hermano de este deshonor? ¿Por haber logrado del general que le vuelva la espada y el mando de su compañía, que está nombrada para marchar hoy la primera a tomar el reducto del enemigo?

DANIEL. -(Horrorizado.) ¿El reducto? ¡Misericordia!

SARA. -¡Eso sí que no! ¡Eso no lo permitiré!

TOBI. -¡Silencio, señora!

SARA. -¡Sr. Daniel, os prohíbo tener valor!

DANIEL. -Eso no te dé cuidado. Pues no faltaba más, ¡qué diablo, si yo no soy soldado! Yo soy cervecero, lo que se llama cervecero, el que hace cerveza. Yo quiero mucho a mi hermano; ¡pero esto ya pasa de castaño obscuro! Ya he hecho bastante por él.

TOBI. -Os engañáis: la noble empresa que os habéis impuesto es preciso que la llevéis a cabo. ¿Qué motivo podríais alegar para negaros a tomar el mando honroso de la compañía? Que no sois el capitán Robinsón: esto es lo que podéis descubrir. Pues bien; si esta declaración sale de vuestra boca, sabed que el consejo se volverá a reunir inmediatamente y sentenciará a vuestro hermano; y vos..., vos seréis severamente castigado por haber tomado su nombre y su puesto.

DANIEL. -¡Donde me he metido yo, Dios mío!

TOBI. -Ya os habéis embarcado, y no hay más remedio que correr la borrasca. Y en fin, si vos no tenéis en nada el honor del capitán, yo sí, ¡voto a bríos! ¡Porque él es mi amigo, mi hermano!

DANIEL. -Ya, y para probarle vuestro cariño, ¿queréis que yo me deje matar? ¡Muchas gracias!

TOBI. -¡Qué matar! ¿Pues acaso mueren todos los que entran en acción? ¿No he salido yo siempre sano y salvo?

DANIEL. -Vos estáis acostumbrado; pero yo estoy seguro que saco lo menos un balazo en las nalgas.

SARA. -(Llorosa.) Sr. Daniel, si vais a batiros, no os vuelvo a ver en mi vida.

DANIEL. -¡Ese es mi miedo! Yo en medio de una batalla..., si yo no entiendo eso; me pinchan, seguramente.

TOBI. -Yo estaré a vuestro lado, no me separaré de vos, os animaré, os cubriré con mi cuerpo.

DANIEL. -Sí; pero si a vos os atraviesan, algo me alcanzará a mí. ¡Vamos, imposible, imposible; yo me escapo!

SARA. -Eso es, eso es.

TOBI. -Bien, marchaos; ¡pero pensad que sois vos, vos quien firma la sentencia de muerte de vuestro hermano!

DANIEL. -¡Ay Dios mío! ¿Qué haré? ¿Conque no hay medio de ser valiente sin correr peligro? (Óyese a cierta distancia el fuego de las guerrillas.)

TOBI. -¿Oís? Ya han empezado las guerrillas.

DANIEL. -¡Ay Santa María Magdalena!

SARA. -¡Ay Dios mío!

TOBI. -(Cogiéndole del brazo.) ¡Ea, valor! (Suena el tambor.) Mirad, ya viene la compañía formada. ¡Qué gloria será para vuestro hermano que vos toméis el reducto enemigo! (Aparece la compañía marchando, y forma en batalla.) ¡Mirad, mirad, con esa compañía es negocio de diez minutos!

UN SARGENTO. -(Acercándose a la entrada de la cantina.) La compañía espera a su capitán.

TOBI. -Ya va. Decid que a pesar de hallarse gravemente indispuesto, va a ponerse a su cabeza: que le traigan el caballo. (Retírase el SARGENTO.)

DANIEL. -¡Pero si no me puedo tener..., si no puedo dar un paso! (Continúa el fuego.)

SARA. -¡Dios mío..., se va a caer!

TOBI. -No hay cuidado. Ahí tenéis el caballo de vuestro hermano, que es una alhaja..., está acostumbrado al fuego. Montad en él, y dejadlo solo; él os llevará al enemigo.

DANIEL. -¡Al enemigo!

TOBI. -Vamos.

SARA. -¡Esposo mío! Por Dios, Sr. Tobi...

TOBI. -¡Ea..., vamos..., no hay remedio!

EL SARGENTO. -(Vuelve a aparecer.) Aquí está el caballo.

TOBI. -Vamos. (Al SARGENTO.) Ayudadme a llevarlo.

DANIEL. -¡Ay, ay! (El SARGENTO viene a ayudarlo.)

TOBI. -(Al SARGENTO.) ¡Qué valor tiene! ¡Se está muriendo de dolores, y no permite quedarse!

DANIEL. -¡Ay, ay!

SARA. -¡Por Dios, por Dios..., se muere antes de llegar! (Se lo llevan entre TOBI y el SARGENTO.)

TOBI. -¡Vamos..., ánimo!

DANIEL. -¡Ay, ay!... (Queriendo abrazar a SARA.) ¡Adiós, Sara..., hasta el valle de Josafat!

SARA. -¡Dios mío! (Quiere seguirlo, pero cae sin fuerzas en una silla. La compañía le vitorea.)

SOLDADOS. -¡Viva el capitán! (El fuego crece: DANIEL desaparece llevado por TOBI y el SARGENTO. La compañía marcha.)

Escena XIII

SARA.

SARA. -¡Mi Daniel, mi esposo!... ¡Se lo llevan!... ¡Y yo no tengo fuerzas para seguirlo! ¡Pobrecillo! ¡Él metido en una batalla!... ¡Aunque no le toque ninguna bala, es igual..., no lo vuelvo a ver..., se muere del susto! (Suena una descarga.) ¡Santa Bárbara bendita! (Tapándose los oídos.) ¡Ya habrá muerto..., seguro..., esto es un horror..., ese Tobi es un asesino! ¡Qué le he hecho yo, pobre de mí, para que quiera dejarme viuda..., sola en el mundo! (Llorando.)

Escena XIV

SARA y SIR GUILLERMO, apresurado.

GUILLERMO. -¡Capitán..., capitán Robinsón, aquí está la orden! ¡No le veo!

SARA. -¿Quién es..., qué buscáis..., traéis noticias..., le han muerto?

GUILLERMO. -¿Muerto? ¿A quién?

SARA. -A mi esposo, al capitán Robinsón.

GUILLERMO. - ¡Qué decís! ¡Maldición! ¿El capitán Robinsón es vuestro esposo?

SARA. -Para el caso, como si ya lo fuera; íbamos a casarnos ayer...

GUILLERMO. -¡Ah, infame; ya penetro el objeto de sus dilaciones..., quería engañarme! ¿Dónde está? ¿Dónde está?... que quiero beber su sangre.

SARA. -¡Dios mío..., también vos! ¡Todo el mundo quiere matar a mi pobre esposo!

GUILLERMO. - (Furioso.) ¿Dónde está?

SARA. -¡Puede que en el otro mundo a estas horas!... ¿No oís los tiros..., las descargas?... ¡Ha ido el pobre con los soldados a tomar un reducto..., debe ser cosa horrorosa un reducto! ¡Allí se va a quedar..., allí le matan sin remedio!

GUILLERMO. -¡Sí, allí morirá! ¡Todos los infames tienen fortuna! Morirá con honor, con gloria, como mueren los héroes, y yo me quedaré sin satisfacer mi venganza..., ¡y no morirá a mis manos, atravesado con mi espada ese vil seductor!

SARA. -¿Y por qué le deseáis la muerte?

GUILLERMO. -¿Por qué? ¡Mirad esas cartas..., vos también ibais a ser sin duda víctima de su iniquidad..., guardaos de darle la mano, si la suerte le protege y le deja con vida! ¡Ese monstruo ha seducido a una joven..., ha deshonrado a una familia!

SARA. -(Aparte.) ¡Ah, es el marino! ¡Dios mío! ¡Aunque vuelva vivo tendremos otro peligro! (Gritos lejanos de «¡Victoria, victoria!»)

GUILLERMO. -¡Suenan voces!

SARA. -¿Qué será? ¡Dios mío! (Gritos más cercanos.)

GUILLERMO. -¡Hacia aquí vienen soldados!

SARA. -¡Si será él..., si se habrá salvado!

Escena XV

Dichos, OFICIALES y SOLDADOS trayendo en triunfo a DANIEL, TOBI a su lado. Luego, LOVEL.

SOLDADOS. -¡Victoria! ¡Viva el capitán! ¡Viva el héroe!

SARA. -¡Él es! ¡Él es!

GUILLERMO. -¡Él es!

DANIEL. -(Aparte.) ¿Tobi, vengo vivo?

TOBI. -(Aparte.) ¡Ánimo, ya no hay peligro!

SARA. -(Abrazándolo.) Esposo mío, ¿cómo te has compuesto?

DANIEL. -Yo no sé..., yo no he visto nada..., el caballo me ha llevado... y me ha traído.

LOVEL. -(Saliendo.) ¡Soldados..., este es el héroe que nos ha dado la victoria: el pretendiente ha sido derrotado! De orden del general, el capitán Robinsón queda nombrado mayor.

SOLDADOS. -¡Viva!

DANIEL. -(Aparte.) Pues si a mí me nombran mayor, al caballo deben nombrarle coronel.

LOVEL. -Capitán: el general manda que inmediatamente, y sin descansar, marchéis a Londres a llevar a S. M. la noticia de esta victoria y a presentarle las banderas.

DANIEL. -(Aparte.) ¡Esto es cosa de nunca acabar!

GUILLERMO. -(Aparte.) ¡Se va..., yo le seguiré al cabo del mundo!

TOBI. -(Aparte.) Marchad... Yo alcanzaré permiso para acompañaros, y llevaré a Sara.

LOVEL. -Capitán, no os detengáis.

DANIEL. -¡No..., no me detengo..., vamos! (Aparte a SARA.) ¡Vente conmigo, Sara!

SARA. -(Aparte.) Ya os seguimos (DANIEL marcha: los soldados le acompañan vitoreándolo.)

TODOS. -¡Viva el mayor! ¡Viva el héroe!

Acto tercero

El teatro representa una galería del palacio de Windsor: tres grandes puertas que hay en el fondo dan a la sala del trono: a la derecha, en el segundo término, está la entrada principal; y en primer término una puerta pequeña. A la izquierda la entrada a la cámara del rey. En el mismo lado, en el proscenio, hay una mesa con instrumentos matemáticos, una carta geográfica, etc.

Escena primera

DAMAS y CORTESANOS, formando varios grupos; TOBI y SARA, retirados a un lado.

CORTESANO 1º. -¿Conque fue victoria completa?

CORTESANO 2º. -No le ha quedado un solo soldado al príncipe Eduardo. El rey está lleno de gozo, y para que todos participen de él, ha dispuesto que haya hoy fiesta en palacio, y que se abran al público los jardines. Conque vamos a ver si recibe ya S. M.

CORTESANO 1º. -No: aguardemos a ver al héroe del día, al capitán Jorge Robinsón, que ha traído la noticia de la victoria, y ha de venir a presentar al rey las banderas cogidas al enemigo.

CORTESANO 2º. -Es verdad; entraremos con él..., seremos los primeros en darle la enhorabuena...

CORTESANO 1º. -Sí, que mientras esté en la corte ha de tener gran favor. Él solo con su compañía decidió la acción.

CORTESANO 2º. -Dicen que hizo maravillas. (Óyense gritos del pueblo que se van acercando.)

VOCES DENTRO. -¡Viva el mayor Robinsón! ¡Viva el héroe de Inglaterra!

CORTESANO 2º. -¿Oís esos vivas? ¡Él será!

CORTESANO 1º. -¡Sí, no hay duda..., vamos a recibirlo!

TODOS. -¡Vamos, vamos! (Dirigiéndose a la entrada de la derecha.)

Escena II

Dichos y DANIEL, por la derecha, trayendo las banderas y seguido de oficiales.

DANIEL. -(A la puerta, respondiendo al pueblo.) Gracias, gracias, amado pueblo.

CORTESANO 1º. -(Dándole la mano.) ¡Permitidnos que admiremos al valiente de los valientes!

CORTESANO 2º. -(Dándole la mano.) ¡Al héroe de nuestros ejércitos!

TODOS. -(Saludándole.) ¡Sí..., sí!

DANIEL. -¡Señores míos..., señores! (Aparte.) ¡Cuántos honores le estoy usurpando a mi caballo! (viendo a TOBI y a SARA.) ¡Ay, amigo..., yo me voy a aturdir, no acierto con las palabras..., y cuando me vea en presencia del rey..., allí será ella! ¡Veréis cómo hago alguna borricada!

SARA. -¡Cuidado, por Dios!

TOBI. -Tened serenidad: no olvidéis la lección..., hablad poco.

DANIEL. -Pero y si en ese poco se me escapa alguna...

UN UJIER. -(Descorriendo las cortinas de la izquierda.) S. M. recibe.

CORTESANOS lº y 2º. -¡Vamos, mayor!

TOBI. -(Aparte a DANIEL.) ¡Andad! (DANIEL, rodeado de los cortesanos y oficiales, entra a la cámara.)

Escena III

SARA y TOBI. TOBI se acerca a la puerta de la cámara y observa.

SARA. -Decid, Sr. Tobi, ¿y nosotros nos quedamos aquí?

TOBI. -(Mirando hacia dentro.) ¿Por qué no?

SARA. -¿Y si nos echan?

TOBI. -¿Quién?

SARA. -Los porteros, como no somos cortesanos...

TOBI. -¡Qué, en diciendo que venimos con el mayor Robinsón, lejos de echarnos, nos adularán!

SARA. -¿De veras?

TOBI. -¡Toma! Vuestro novio es hoy el niño mimado de la corte. Además, hoy es día de fiesta real por la victoria que hemos conseguido, y los jardines y el palacio están abiertos al público. En fin, yo vengo agregado a la comitiva del mayor, y...

SARA. -¡Es verdad!

TOBI. -Y luego, nuestro rey Jorge II es buen señor..., ¡muy amigo del pueblo!

SARA. -Con todo, yo no sé por qué me hallo aquí violenta...

TOBI. -¡Vaya! ¿Ahora tenéis miedo? Pues en el campamento bien sabíais votar, y fumar, y...

SARA. -¡Ya, pero eso era para animarle! Lo que más me desazona es que durante nuestro viaje nos ha venido siguiendo cierto carruaje...

TOBI. -Traería el mismo camino.

SARA. -Y se paraba cuando nosotros nos parábamos.

TOBI. -Alguna vez se había de parar.

SARA. -Es que estoy casi segura de que venía en él aquel sir Guillermo..., aquel marino...

TOBI. -¡Bah, bah!

SARA. -Sí, señor. Casi puedo jurar que es él, y que viene siguiendo a mi pobre Daniel para matarle.

TOBI. -¡Eh, tonterías!...

SARA. -¿Cómo tonterías?...

TOBI. -Callad! ¡Estoy temblando no haga Daniel alguna torpeza! Se me figura que oigo un murmullo en la cámara..., que hay movimiento... ¡Si habrá olvidado ese hombre la lección que le di esta mañana en la posada!

SARA. -¿Qué decís?... ¡Ya no me llega la camisa al cuerpo!

TOBI. -(Mirando por entre las cortinas.) ¡Pues... algo ha ocurrido! Los murmullos crecen..., se hablan unos a otros... ¿Qué será?

SARA. -¡Ay, si le habrán descubierto, Sr. Tobi!... ¡Esta va a ser nuestra última hora!

TOBI. -¡Alguien sale..., lo dicho..., él es!

SARA. -¿Le traen preso?

TOBI. -No, pero viene pálido..., asustado... A ver qué nos cuenta.

SARA. -¡Ay, yo estoy temblando!

TOBI. -¡Eh! No tembléis hasta que haya motivo.

Escena IV

Dichos y DANIEL, pálido y turbado.

TOBI. -¿Qué hay?

DANIEL. -¡Hijos míos, estamos perdidos!

SARA. -¡Ay Dios!

TOBI. -¡Explicaos!

DANIEL. -Pues señor..., me introdujeron ahí..., en un salón..., donde me encontré de manos a boca con el mismo rey, rodeado de toda su corte. Me dijeron que hincara una rodilla, y me vino bien, porque ya me estaban flaqueando las piernas.

SARA. -¡Pobre Daniel!

TOBI. -¡Dejadle hablar!

DANIEL. -Pues señor..., entonces yo... me estaba así, sin saber por dónde empezar..., hasta que ya el rey me alargó la mano para que la besara... Esto de la mano me dio pie..., y entonces me acordé de la lección y le dije enseñándole las banderas: «Señor..., aquí traigo esto..., son unas banderas...», y amigo, estando en esto de las banderas, entra muy de prisa un... qué sé yo..., un general o cosa así, y le da al rey un papel. El rey lo lee y se pone hecho una furia..., me mira de pies a cabeza y me dice: «No salgas de palacio, ¿entiendes?» Bien, señor, le respondo yo, muerto ya de miedo, y sin decir una palabra se larga.

TOBI. -¿Y vos?

DANIEL. -Yo me quedé allí hecho una pieza, y en vez de levantarme tuve que hincar la otra rodilla, porque ya me caía de miedo.

TOBI. -¡Voto va!

SARA. -No hay más, el rey os ha descubierto... ¡Pobre Daniel!

TOBI. -¿Quién habrá sido el infame? ¡Si yo lo supiera..., voto a bríos!

DANIEL. -¡Si esto no podía acabar en bien! ¡Nos hemos sacrificado inútilmente..., mi pobre hermano se ha perdido y yo también!

TOBI. -¿Y qué hacemos ahora?

SARA. -¡A ver si podemos escaparnos!

DANIEL. -¡Chit..., oigo pasos..., ya vienen a buscarme!...

TOBI. -¡Ea, calma, dignidad! ¡Pensad en el uniforme que lleváis!

DANIEL. -Sí, sí..., yo procuraré pensar en el uniforme.

Escena V

Dichos y LORD MULGRAVE, que sale por la izquierda.

MULGRAVE. -(A la puerta.) Id al instante, y ejecutad las órdenes de S. M.

DANIEL. -(Aparte a TOBI.) Es el mismo que le dio al rey el papel.

TOBI. -(Aparte a DANIEL.) Ese es lord Mulgrave, ministro de la Guerra. ¡Ánimo!

MULGRAVE. -(Dirigiéndose a DANIEL.) ¡Ah! ¿Estáis aquí, mayor? Voy a comunicaros la voluntad del rey. (Viendo a TOBI y a SARA.) ¿Qué gente es esa?

TOBI. -(Saludando militarmente.) El sargento Tobi, mi general.

DANIEL. -Sí, el sargento Tobi, mi general.

MULGRAVE. -¡Ah! ¡De la compañía de Robinsón! ¡Ya!... Tengo noticias de vos.

TOBI. -No lo dudo, mi general.

DANIEL. -Dice que no lo duda.

MULGRAVE. -¿Y esa joven?

DANIEL. -Esa joven... es una joven... cuñada mía..., mujer de mi hermano..., de un hermano que tengo. ¡Guapo mozo!... No ha querido separarse de mi lado.

MULGRAVE. -¡Ya!... En los peligros es donde se prueba el cariño.

DANIEL. -(Aparte.) ¡Dicho y hecho!

MULGRAVE. -Sargento, entrad a arreglar esa habitación, que es la destinada al mayor Robinsón: por esa puerta. (Señalando la de la derecha.) Ahí encontraréis criados.

DANIEL. -¿Mi habitación?

MULGRAVE. -Sí; queremos teneros a la mano.

DANIEL. -(Aparte.) ¡Ay, a la mano!

MULGRAVE. -Ahora dejadnos.

SARA. -(Queriendo abrazar a DANIEL.) ¡Adiós..., adiós!...

DANIEL. -¡Disculpadla, general!

MULGRAVE. -Esa conmoción es natural. Señora, podéis disponer de esa habitación por algunas horas.

DANIEL. -(Aparte a SARA.) Por algunas horas, ¿oyes? Parece que la cosa no será larga.

MULGRAVE. -(Aparte a DANIEL.) La separación le parecerá luego menos penosa.

DANIEL. -(Aparte a SARA.) ¡La separación! ¿Oyes?

TOBI. -(Aparte a DANIEL.) ¡Eh..., valor! ¡Voto a bríos!... ¡Y venga lo que viniere! (A SARA.) Vámonos.

SARA. -(Aparte.) ¡Qué le irán a hacer, Dios mío!

DANIEL. -¡Adiós, hija mía..., adiós!... (La abraza a hurtadillas de LORD MULGRAVE, y TOBI los separa y se la lleva por la derecha.)

Escena VI

DANIEL y LORD MULGRAVE.

MULGRAVE. -Ya estamos solos: escuchadme.

DANIEL. -(Afectando calma.) Vamos a ver.

MULGRAVE. -La comunicación que entregué al rey en presencia vuestra, ha excitado hasta el más alto punto su cólera y su indignación.

DANIEL. -(Suplicante.) Ya me hago cargo..., pero señor...

MULGRAVE. -En ella se nos avisa que nuestros asuntos van muy mal en Irlanda.

DANIEL. -(Sorprendido.) ¿Eh?... ¿Qué?... (Aparte con alegría.) Y yo que temía..., ya respiro. (Con gravedad.) ¿Conque... van mal en Irlanda... nuestros asuntos? ¡Qué demonio!

MULGRAVE. -¡Muy mal! (Con misterio.) Los descontentos engruesan de día en día...

DANIEL. -¿Engruesan, eh? ¡Qué pícaros!... Tal vida se darán ellos.

MULGRAVE. -¡Y ha llegado su osadía hasta el punto de tomar posiciones militares!

DANIEL. -¡Miren qué cosa! (Aparte.) ¡Pues señor, bien!... ¡Nada se ha descubierto!

MULGRAVE. -Nuestra bondad han creído que era flaqueza, que era miedo... Han tenido la audacia de quemar el manifiesto real..., y en fin, ¿queréis que os lo diga? ¡Violando todas las leyes de la guerra, se han apoderado del coronel Turner, y le han fusilado!

DANIEL. -¡Cáspita! ¿Han fusilado al coronel Turner? ¡Pobre Turner! ¡Tan buen hombre! (Aparte.) ¡En mi vida le he visto!

MULGRAVE. -(Con fuerza.) ¡Se acabó la tolerancia con esos infames! ¿Quieren guerra?... ¡Pues la tendrán!

DANIEL. -(Procurando animarse.) ¡Muy bien hecho!

MULGRAVE. -¡Y guerra a muerte..., la sangre pide sangre!

DANIEL. -¡Vaya si pide!

MULGRAVE. -(Paseándose colérico.) ¡Hola, señores irlandeses, asesináis cobardemente a un hombre que os llevaba la paz y el perdón! Pues bien; no volveremos a enviaros emisarios que os propongan dar oídos a la razón y someteros voluntariamente: os enviaremos un rayo de la guerra..., un alma dura..., un hombre de hierro..., una espada..., y esa espada... (Parándose delante de DANIEL.) ¡Aquí está! (Dándole en el hombro.)

DANIEL. -(Cayendo sentado en una silla.) ¡Ay!

MULGRAVE. -(Sin reparar en él.) ¡Nada de piedad, mayor Robinsón! El valor sobrenatural que habéis mostrado en la última acción es prenda segura del éxito de esta empresa. Nada de transacción con los rebeldes... ¿Entendéis, mayor?

DANIEL. -(En la silla aterrado.) ¡No, señor, nada!

MULGRAVE. -¡La espada..., y sólo la espada!

DANIEL. -Está bien. (Aparte.) ¡Aquí no se gana para sustos!

MULGRAVE. -Partiréis dentro de tres horas.

DANIEL. -¿Yo?... ¿Dentro de tres horas?... ¡Pero, señor..., sin prepararme..., sin dejar arreglados los asuntos!...

MULGRAVE. -Ya entiendo... ¿Quisierais combinar conmigo una especie de plan de campaña?... Es muy justo. ¡Reconozco en eso al buen militar! Mirad..., aquí tenéis la carta de Irlanda...; marquemos los puntos... Venid acá.

DANIEL. -(Acercándose, aparte.) ¡Esto es casi peor que tomar el reducto!

MULGRAVE. -Mirad. Los rebeldes se han apoderado de estos desfiladeros..., nuestras tropas están aquí... ¿Qué os parece que debéis hacer?

DANIEL. -(Después de mirar un rato la carta con varios gestos.) ¡Ya lo sé!

MULGRAVE. -¡A ver, a ver!

DANIEL. -(Después de mirar otro rato.) ¿Qué haríais vos?

MULGRAVE. -¿Yo?... (Con importancia.) Yo apoyaría el ala izquierda en esta montaña.

DANIEL. -¡Eso es lo que yo había pensado!

MULGRAVE. -Y si el enemigo flanquea la montaña, ¿cómo salváis este cuerpo de tropas?

DANIEL. -¿Este cuerpo? ¡Oh!... ¡Este cuerpo!... ¡Ya podéis figuraros, mi general, que yo trataré ante todas las cosas de salvar este cuerpo!

MULGRAVE. -¡Como que es el centro!

DANIEL. -¡Pues..., el centro de todo! Vaya, ¿a que lo tenéis ya pensado?

MULGRAVE. -Yo..., atravesaría el río y me echaría sobre este bosque.

DANIEL. -Pues yo, general..., salvo vuestro parecer..., atravesaría el río...; y me echaría sobre este bosque.

MULGRAVE. -¡Pues eso es precisamente lo que yo he dicho!

DANIEL. -Entonces somos del mismo parecer. Yo creí que me habíais dicho que rodease...

MULGRAVE. -¿La cordillera?... ¡Hombre, no!

DANIEL. -¡Es verdad, no! Atravesaré el bosque y me echaré en el río...

MULGRAVE. -¿Eh?

DANIEL. -Digo..., atravesaré el río y me echaré en el bosque.

MULGRAVE. -(Retirándose de la mesa.) ¡Eso es! ¡Me habéis entendido, mayor! Es preciso que acabéis la campaña en ocho días. Antes que los rebeldes sepan nuestros planes y se fortifiquen, debéis caer sobre ellos. La empresa es arriesgada: vais a jugar vuestra vida; pero los hombres como vos, mayor, tienen la vida en poco.

DANIEL. -¡En nada! ¡Sólo que este viaje tan precipitado me hace muy mala obra! ¡Y después de una campaña!... Yo pensaba retirarme..., traía entre manos un casamiento...

MULGRAVE. -¿Estáis en vos, mayor? ¡Y el rey, y la patria..., que ponen su suerte en vuestras manos!... ¡En circunstancias como estas, mayor, sería una traición!

DANIEL. -¡Ave María!

MULGRAVE. -¡Vos sois el hombre que necesitamos!... ¡Sois el hombre de la época! El rey cuenta con vos para pacificar la Irlanda. ¡No lo olvidéis, mayor..., el rey cuenta con vos! (Vase por la izquierda.)

Escena VII

DANIEL.

DANIEL. -¡Pacificar la Irlanda!... ¡Y han fusilado a un coronel!... ¡Pues qué harán conmigo, que no soy más que mayor! ¿Y qué hago? ¿Decir que no quiero?... ¿Escaparme?... ¡Entonces todo lo paga mi hermano!... ¡Ay, qué calamidad de hermano!

Escena VIII

DANIEL y SIR GUILLERMO.

GUILLERMO. -(Que sale por la derecha.) Al fin os encuentro, señor mayor.

DANIEL. -(Aparte.) ¡Ay..., ahora este otro!... ¡Era lo que me faltaba!

GUILLERMO. -Os he seguido desde el campamento con ánimo de provocaros de nuevo, pero ya vengo con diversa intención. He cedido a las lágrimas de mi hermana, y ya no exijo de vos más que una cosa: aquí tenéis vuestro retrato y vuestras cartas, volvedme las suyas.

DANIEL. -¿Las suyas?... ¿Sus cartas..., eh? ¿Me pedís sus cartas, no es esto?

GUILLERMO. -Sin que quede una en vuestro poder..., ¿estáis?

DANIEL. -Estoy, Pero es el caso..., que, ya se ve..., yo no las tengo encima...

GUILLERMO. -¡Ni un minuto espero, señor mayor; dadme ahora mismo esas cartas!

DANIEL. -Bien; pero para daros las cartas, necesito ir por ellas, y no me dan tiempo; tengo que ir a pacificar la Irlanda ahora mismo: no he podido obtener ni un día de plazo para arreglar mis cosas para casarme.

GUILLERMO. -¿Casaros?

DANIEL. -(Aparte.) ¡Adiós, ya se me escapó!

GUILLERMO. -(Furioso.) ¿Casaros? ¡Ese es el colmo de la infamia! Casaros..., ¡y no con mi hermana!

DANIEL. -¡No se puede hablar en paz con este hombre! ¿Y quién os dice que no sea con vuestra hermana?

GUILLERMO. -(Sorprendido y gozoso.) ¡Cómo, qué oigo! ¿Es posible?

DANIEL. -Ya se ve que es posible.

GUILLERMO. -¡Cielos! ¡Habéis escuchado al fin el grito del honor! ¡Ah, sí! ¡Sois un hombre de bien, un militar honrado! Volvéis la vida a mi pobre hermana, la estimación a mi familia.

DANIEL. -(Aparte.) ¡Pobre Sara, este es otro lío!

GUILLERMO. -¿Y os niegan todo plazo?

DANIEL. -Sí, señor; por más que les he dicho que iré otro día a pacificar la Irlanda, ¡nada, no lo consienten!

GUILLERMO. -Pues bien: ese plazo yo lo obtendré.

DANIEL. -(Aparte.) ¡Esta es otra!

GUILLERMO. -Yo he vertido la sangre por la patria. Le mostraré al rey mis cicatrices y le pediré por único premio que os conceda ese plazo.

DANIEL. -¡Sí, pedídselo, mi querido cuñado!

GUILLERMO. -(Abrazándolo.) ¡Ah! ¡Esa palabra me hace feliz! ¡Qué gozo será el de mi hermana! Aquí la he traído, está en Windsor. ¡Adiós, mayor! Voy a ver al rey, y os ofrezco que no partiréis hoy. (Vase por la izquierda.)

Escena IX

DANIEL, y luego SARA.

DANIEL. -¡Dios mío, cómo saldré de este laberinto! ¡La cosa no tiene lado bueno! ¡Ese hombre conseguirá que me quede hoy aquí! Por esta parte me libro del fusilamiento; pero si me quedo tengo que casarme con la señora Ana Jenquins. ¡Y mi pobre Sara! ¡Ay, hermano, hermano, dónde demonios andas!

SARA. -(Saliendo de la derecha.) Daniel, ¿qué te quería aquel hombre?

DANIEL. -Nada; el rey no sabe nada.

SARA. -¡Gracias a Dios!

DANIEL. -Pero hay otra cosa peor, si cabe. Querían enviarme a pelear a Irlanda.

SARA. -¡Dios mío!

DANIEL. -Pero ya no voy; me quedo.

SARA. -¿Sí?

DANIEL. -Sí; pero has de saber que aquel bárbaro de marino se ha soplado aquí.

SARA. -¡No lo dije!

DANIEL. -A él debo el favor de no ir a Irlanda.

SARA. -¿De veras?

DANIEL. -Pero en cambio he tenido que ofrecerle que me casaré con su hermana.

SARA. -(Asustada.) ¿Casaros con su hermana? ¡Dios mío! ¿Que decís? ¿Pues y yo?

DANIEL. -No te aflijas, ya veremos. Lo principal era no ir a Irlanda; por lo demás..., ¡qué diablos! Una boda no se hace así tan de repente, inventaré algo para ganar tiempo; entretanto llega mi hermano.

SARA. -(Llorando.) ¡O no llega! Que yo ya he perdido las esperanzas, y os tendréis que casar con esa mujer, y vivir aquí, y dejar la fábrica; y yo pediré limosna, y me moriré.

DANIEL. -¡Vamos, Sara, vamos, por Dios! ¡Que estoy que se me puede ahogar con un cabello; no llores, por Dios!

SARA. -¡Pobre de mí!

DANIEL. -¡Chit, que viene gente!

Escena X

Dichos, LORD MULGRAVE por la izquierda.

MULGRAVE. -(A la puerta.) En la sala del trono, que todo esté dispuesto; ¡andad pronto! (Dirigiéndose a DANIEL.) Están cumplidos vuestros deseos: el rey aprueba vuestro casamiento con miss Ana Jenquins.

SARA. -(Aparte.) ¡Dios!

MULGRAVE. -Recibiréis ahora mismo la bendición nupcial en la capilla de palacio...

DANIEL. -(Aterrado.) ¡Ahora mismo!

MULGRAVE. -El rey se digna ser vuestro padrino..., y mañana marcharéis a Irlanda.

DANIEL. -¡Mañana!

MULGRAVE. -(Dándole un pliego.) Ahí tenéis el regalo de boda que os hace S. M. Para reemplazar al coronel Turner debíamos enviar otro coronel... Ahí tenéis el despacho.

DANIEL. -(Aparte.) ¡Para que me fusilen!

MULGRAVE. -Preparaos para firmar el contrato. (Vase por la izquierda.)

Escena XI

DANIEL y SARA.

DANIEL. -¡No hay escape..., me casan y me fusilan!

SARA. -(A punto de desmayarse.) ¡Se casa! ¡Dios mío! ¡Desgraciada de mí..., yo me muero!

DANIEL. -¡Sara! ¡Se va a desmayar! ¡Sara..., no te mueras! ¡Se acabó..., yo voy a descubrirlo todo!... ¡Espérame aquí..., todo..., aunque me degüellen!

Escena XII

Dichos y TOBI.

TOBI. -(Sale precipitado por la derecha.) ¡Ea..., pronto aquí dentro, que traigo una gran noticia!...

DANIEL. -(Sosteniendo a SARA.) ¡Sr. Tobi..., nos hemos perdido!

TOBI. -¡Nos hemos salvado!

DANIEL. -¡Cómo!...

TOBI. -¡Que no os vean aquí..., vamos adentro!

DANIEL. -Pero la pobre Sara...

TOBI. -(Sosteniéndola.) Yo la cuidaré... Andad pronto... ¡Voto a bríos! Entrad en el cuarto y veréis... (Empujándole.) ¡Pronto! (Lo mete por la derecha.) ¡Pobre muchacha! ¡Sara..., volved en vos! Cuando ella sepa...

Escena XIII

SARA desmayada y sostenida por TOBI, SIR GUILLERMO, LORD MULGRAVE, ACOMPAÑAMIENTO. Luego, JORGE ROBINSÓN. Ábrense las puertas del foro, se ve la sala del trono, y al rey de Inglaterra Jorge II con su corte; LORD MULGRAVE está a su lado; delante del rey, SIR GUILLERMO JENQUINS, que trae de la mano a su hermana, y ambos doblan la rodilla: el rey los levanta, y les señala la mesa dispuesta para firmar los contratos. Todos miran hacia la mesa como esperando a alguno. SIR GUILLERMO, impaciente, sale de la sala y viene al proscenio.

TOBI. -(Mientras pasa lo anterior.) ¡Sara! Ya han abierto las puertas... ¡Qué demonio de desmayo! ¡Nos van a ver aquí! ¡Señora!... Ya creo que vuelve en sí.

GUILLERMO. -(Bajando.) ¿Qué hace Jorge Robinsón que no viene? ¡Que está esperando S. M.! ¡Si tratará de volver a las andadas!... ¡Señor mayor!

JORGE. -(Saliendo por la derecha.) Aquí estoy, sir Guillermo, dispuesto a seguiros al altar.

GUILLERMO. -¡Ah, venid pronto..., el rey os está esperando! (Lo conduce a la sala: JORGE dobla la rodilla ante el rey: éste lo levanta y le entrega la mano de MISS ANA: ambos se dirigen a la mesa a firmar el contrato, guiados por LORD MULGRAVE. Durante esta ceremonia, SARA va volviendo en sí.)

TOBI. -¡Ahí está mi capitán... lleno de honores... con el favor del rey!

SARA. -¡Dios mío!

TOBI. -¡Vamos..., arriba..., ánimo!

SARA. -¿Dónde está? (Mirando alrededor.) ¿Dónde está mi Daniel? (Viéndole en la sala firmar el contrato, al lado de MISS ANA.) ¡Cielos..., allí está!... ¡El es! (Queriendo ir desesperada hacia el foro.) ¡Ah, falso, yo lo impediré!

TOBI. -(Deteniéndola.) ¡Estáis loca!

SARA. -¡Dejadme! ¡Daniel!

TOBI. -Vamos..., juicio..., que no es él.

SARA. -¡Sí, sí..., él es..., que me deja..., que se casa con otra!

TOBI. -¡Dale..., cuando os digo que no es él!... ¡Venid, venid por aquí, y veréis!... ¡Mirad!

Escena XIV

Dichos y DANIEL en el traje del acto primero, sale apresurado por la derecha.

DANIEL. -(Queriendo abrazarla.) ¡Sara!

SARA. -(Desviándose.) ¡Calla..., este es el otro!

DANIEL. -No..., soy yo... «¡Juego limpio!»

SARA. -¡Ah, él es! (Échase en sus brazos.)

DANIEL. -Ya llegó mi hermano Jorge..., le enteré de todo, y... (Mirando al foro.) ¡Mírale..., mírale firmando el contrato!

SARA. -¡Ah, qué alegría!

TOBI. -¡El pobre capitán había caído en una emboscada enemiga, y estaba prisionero... ¡Cómo había de venir!... Ya está aquí, y mandará el regimiento.

DANIEL. -Y yo me vuelvo a mi cerveza... y a mi Sara. (Abrazándola.)

TOBI. -¡Sí, sí... marchaos pronto!

DANIEL. -

(Al público.)

Ya que sin hacerlo bien

me han dado por carambola

tanto aplauso y parabién,

público, ruede la bola,

y apláudeme tú también.


Otra casa con dos puertas

Comedia en tres actos, arreglada al teatro español

Personas



D. FEDERICO.
D. LUIS.
D. CASIMIRO.
D. LORENZO.
DOÑA CLARA.
DOÑA ENRIQUETA.
DOÑA ISABEL.
DOÑA INÉS.
ANTONIA.

(La escena es en Madrid: el primer acto en casa de D. FEDERICO: el segundo y el tercero en la de DOÑA INÉS.)

Acto primero

El teatro representa un cuarto de pobre aspecto: en el fondo la puerta de la escalera, y a su derecha una alcoba con cortinas. En el costado derecho una ventana, y delante de ella un caballete con un cuadro; y en primer término una mesa, sobre la cual hay una caja de pistolas, escribanía, papel, fósforos, etc. En el costado izquierdo un brasero, un biombo, que ocupa gran espacio y oculta un velador; y en primer término una puerta secreta en la pared y medio cubierta con un cuadro. Otros varios cuadros acá y allá y diversos objetos de pintor.

Escena primera

CLARA, ENRIQUETA, ISABEL.

(Al levantarse el telón, ISABEL está escuchando por la cerradura de la puerta del foro; ENRIQUETA, cerrando el biombo, y CLARA junto al caballete, en el cual ha colgado una capa. Sobre la mesa hay un ramo de flores.)

LAS TRES. -(Con misterio.) ¡Chit!

ENRIQUETA. -(A media voz.) ¿Es él?

ISABEL. -¡Sí! (Corren hacia la izquierda dirigiéndose al biombo: ISABEL, que se ha detenido un poco, saca del seno un ramo de flores, lo besa furtivamente, y lo deja en la mesa: CLARA la llama por señas; y las tres desaparecen detrás del biombo, que queda cerrado. Inmediatamente se abre la puerta del foro, y salen por ella FEDERICO, ANTONIA y luego LUIS.)

Escena II

FEDERICO, ANTONIA. Luego, LUIS.

FEDERICO. -Gracias, Antonia. (Aparte incomodado.) ¡Fatuo!... ¡No quererme saludar! Váyase usted, Antonia, y de aquí a un cuarto de hora tráigame usted la cena.

ANTONIA. -¡Calla!..., ¿a las cinco de la tarde ya quiere usted cenar?

FEDERICO. -¡Uf!..., ¡qué frío está el cuarto!... Sí: en cuanto anochezca, me acuesto. ¡Ah, diga usted!, ¿no ha venido nadie a buscarme?

ANTONIA. -Nadie.

FEDERICO. -¿Quién se ha de atrever a subir seis tramos?

LUIS. -(Saliendo.) ¡Sic itur ad astra!..., ¡noventa y tres escalones!...

ANTONIA. -¡Adiós! ¡Visitas!... (Se va por el foro.)

FEDERICO. -¡Luis..., tú por acá!

LUIS. -¡Adiós, pintor insigne!... ¡Rafael moderno!... ¿Este es tu estudio?

FEDERICO. -Sí, mi estudio..., y mi sala y mi alcoba y. mi comedor... (Señalando al biombo.) y allí mi cuarto de vestir, cuando tengo visitas.

LUIS. -¡Pues tienes una casa completa..., y todo bajo una misma llave..., siempre es comodidad!... (Tiritando.) ¡Uf, y el brasero con ceniza no más! No se puede ser genio en este siglo..., porque tú eres un genio y yo otro. ¡Oh! ¡Estamos destinados a honrar los pinceles y el foro!... ¡Tú serás un Velázquez, y yo un Cicerón..., es cosa evidente! Así se lo he dicho hace un momento al tonto de Casimiro, que acabo de encontrarle ahí a la esquina...

FEDERICO. -También yo le he encontrado, y el fatuo ha vuelto la cabeza por no saludarme.

LUIS. -¡Se da un tono!... Me ha dicho que se casa con una linda muchacha..., y ni siquiera por cumplimiento me ha convidado a la boda.

FEDERICO. -¡Qué, ni a mí tampoco me convidará... ¿Quién es un pintor?

LUIS. -¡Trasto!... Portarse así con unos condiscípulos..., pero deja: él me la pagará, se va a casar.

FEDERICO. -¡Qué! Verás qué dichoso es..., ¡y yo!...

LUIS. -¡Tú!... Tú lo que tienes hoy es un esplín... ¿Has recibido noticias de tu pleito?

FEDERICO. -No. En la última carta que me escribió el agente me decía que iba a verse en la Audiencia de Sevilla... Yo no puedo apremiar al tal agente..., porque como lo hace de balde...

LUIS. -Si lo pierdes...; pero como lo ganes, ¡ya verás!... ¡Y lo ganas, de fijo! ¡Es un pleito admirable!... ¡Un hijo que defiende el honor de su padre!... ¡Caramba! ¡Si lo hubiera defendido yo! ¡Oh!

FEDERICO. -¡Lo hubieras perdido!

LUIS. -¡Puede ser! Conque, vamos al caso; te ofrecí venir a ver tu cuadro, y te cumplo la palabra: ¿dónde está?

FEDERICO. -¡Hombre! Lo he mandado ya a la exposición.

LUIS. -¿A la exposición?... ¡Me alegro! ¡Va a dar golpe el cuadro!

FEDERICO. -¡Qué! ¡No lo creas!... ¡Si yo tengo desgracia!... ¡Nada me sale bien! Y aunque gustara, ¿qué adelantaría? ¿Quién aquí compra cuadros? ¿Quién protege a los artistas? ¿Qué estímulo tienen? ¿Qué protectores?... ¡Nada..., ni un amigo!

LUIS. -¡Ingrato! ¿Y yo?

FEDERICO. -(Dándole la mano.) ¡Es verdad! ¡Perdóname, soy injusto!... Y es que ya estoy harto de la vida inquieta y angustiada que hago en Madrid. Estoy harto de esperar, sin ver en el horizonte ni siquiera un rayo de esperanza..., ¡y hay momentos en que se me ocurre tirar los pinceles y pegarme un tiro!

LUIS. -¡Eh! ¡Silencio! ¿Qué es eso?... ¡Estamos frescos! ¿Así se desanima uno a los veintidós años? ¡Vaya! ¿Porque no eres todavía conocido y apreciado en lo que vales?... ¿Porque no tienes nada, como me sucede a mí?... Es decir, yo tengo deudas..., siempre es tener algo. ¿Y me desespero yo por no tener clientes..., y haber compuesto, para hacer tiempo, una comedia en variedad de metros, que me han silbado, y unos folletines, que nadie lee? ¡No, señor! ¿De qué nos sirve la filosofía que hemos estudiado juntos? Y vosotros los pintores tenéis una ventaja... ¿Os va mal en vuestro país?..., pues a otro; la pintura es lenguaje universal..., ¡a París, a Londres!

FEDERICO. -¡Sí! Y hasta darse allá a conocer, ¿con qué se come? ¡Ay Luis, no sabes tú lo que es haberse criado con medios, y verse luego solo, en una buhardilla, sin más porvenir que la indigencia y la desesperación!

LUIS. -¿Y quién te ha dicho que no lo sé?... ¡Vaya si lo sé!... ¿Pero sabes lo que hago? Me tiendo en la cama, enciendo un cigarro, y me pongo a soñar y a formar castillos en el aire. Lo mismo es cerrar los ojos, me veo en una gran casa llena de espejos, con el coche a la puerta, con caballos, con mujer, con bodega... Y así que me despierto, salto y me pongo de un brinco en la calle... y me voy a cenar con un amigo, como hoy... Conque ¿cenaremos juntos?

FEDERICO. -¡Ah! Venías a... (Aparte.) ¡A buena parte!

LUIS. -¡Qué! ¿No tienes costumbre de cenar?

FEDERICO. -La verdad, hombre...

Escena III

Dichos, ANTONIA.

ANTONIA. -D. Federico, aquí está la cena.

LUIS. -¡A estas horas! Vamos, he llegado tiempo.

FEDERICO. -Sí...; pero... como no es muy abundante...

LUIS. -¡Ta, ta!... Donde come uno comen... (Viendo la jícara de chocolate que trae ANTONIA.) ¿Qué es eso?

ANTONIA. -¿Qué ha de ser? ¡La cena de D. Federico!... El chocolate como todos los días.

FEDERICO. -Bien, Antonia; ponga usted la jícara ahí en el brasero para que no se enfríe.

ANTONIA. -¿En el brasero?... Puede que arropándola con la ceniza conserve el calorcillo.

LUIS. -¿Conque..., es decir..., que esa es tu cena ordinaria?... ¿El chocolatillo mondo y lirondo?

FEDERICO. -Sí, amigo, por la noche es lo único que me sienta bien. Y además, que aunque quisiera... ¿Entiendes?

LUIS. -Mucho que lo entiendo. Pero hombre..., ¿en este barrio no fían?

FEDERICO. -¡Fiado! ¡Dios me libre!

LUIS. -¡Pues! He aquí una de las muchas preocupaciones... ¿De qué viven los Estados sino del crédito? En fin, ¡que te haga buen provecho! No es cosa de partir una jícara de chocolate. (En este tiempo ANTONIA ha puesto la jícara y demás cosas en la mesa, y ha retirado el biombo, detrás del cual se deja ver un velador con servilleta, cubierto, viandas, botella, etc.)

ANTONIA. -¡Calla!

LUIS. -¡Calla!

FEDERICO. -¡Calla!

LUIS. -¡Oiga! jamón, empanada, fruta, vino de Jerez... Bien te decía yo..., que donde come uno, comen...

FEDERICO. -¡Yo! Si yo no...

ANTONIA. -Esto lo habrá traído D. Federico.

FEDERICO. -(Que se ha dirigido a la mesa de la derecha y ve las flores.) ¡Cielos!...

LUIS. -¿Eh?... ¿Caído del cielo?

FEDERICO. -¡Antonia! ¡Antonia!...

ANTONIA. -Mande usted.

FEDERICO. -¿Ha entrado aquí alguien mientras yo he estado fuera?

ANTONIA. -¿Aquí? D. Federico, si se llevó usted la llave...

FEDERICO. -Pues alguien ha entrado..., y si no, ¿por dónde se ha metido esa cena? ¡Veamos!... A menos que haya sido usted...

ANTONIA. -¡Dale! Volvemos a lo de ayer..., que se empeñaba en que yo le había puesto dinero en el bolsillo. Yo soy incapaz de...

FEDERICO. -(Que entretanto ha abierto enteramente el biombo.) Pero bien, ¿y estas flores?

LUIS. -Nada de flores; yo prefiero los frutos.

ANTONIA. -¡Es que tiene usted estos días la cabeza yo no sé cómo! Me dice usted esta mañana que vea al casero y le pida unos días de plazo...

FEDERICO. -¡Si quería que saliese mañana del cuarto..., por dos meses que le debo!

LUIS. -¡Yo le debo al mío seis, y firme!

ANTONIA. -Pues señor, voy, y me sale con que ya le había usted enviado el dinero ayer, y había dado el recibo.

FEDERICO. -¡Oh! Eso sí que es falso... A no ser por brujería...

ANTONIA. -Y ya que está usted en fondos..., si quisiera usted acordarse que mi salario..., hace dos meses...

FEDERICO. -¡Antonia! ¡Antonia! ¡Déjeme usted en paz!

ANTONIA. -Bien, señor..., me voy.

FEDERICO. -(Yendo a ella y deteniéndola.) Palabra. ¿Está usted segura de no haber dado a nadie la llave?

ANTONIA. -¡Otra!... Si digo que la lleva usted en el bolsillo.

FEDERICO. -¡Es verdad! Y diga usted..., los vecinos...

ANTONIA. -¡Señor! Si en este piso no hay ninguno... Piso tercero y último..., no hay más cuarto que éste y esa buhardilla del lado donde vivo yo.

LUIS. -¡Oh, esa es sagrada!

ANTONIA. -(Con un gesto.) ¡Hum, sagrada! ¡Qué gracia!

FEDERICO. -¡Déjenos usted, Antonia!

ANTONIA. -Luego volveré a quitar la mesa.

FEDERICO. -Bien. ¡Déjeme usted!

Escena IV

FEDERICO, LUIS.

LUIS. -(Sentándose a almorzar.) ¡Tú te has vuelto loco!

FEDERICO. -¡Poco me falta! ¡Yo estoy soñando!

LUIS. -Yo no, que estoy muy despierto y con un apetito... Hoy he comido con mi tío, que come a las dos. ¡Si me lo daba el corazón!

FEDERICO. -¿Vas a comer de eso? ¡Cuidado, Luis! ¡Sabe Dios lo que habrá en esos platos!

LUIS. -¡Yo me arriesgo! (Comiendo.)

FEDERICO. -Pero señor, ¿quién será el que cuida de mí?...

LUIS. -(Con la boca llena.) Algún aficionado a las artes...

FEDERICO. -Es que si tú supieras...

LUIS. -(Ofreciéndole silla.) Es alguna aventura..., bien..., cuéntamela..., aquí..., entre trago y trago... (Oliendo el pastel.) ¡Esto trasciende! Conque cuenta, cuenta.

FEDERICO. -(Sin sentarse.) ¡Aquí hay un misterio que no puedo adivinar! Figúrate que... hace unos quince días..., sí, quince..., salí a la calle desesperado..., después de tirar los pinceles y arrinconar un país que me parecía detestable... Vuelvo al cabo de una hora, y encuentro aquí..., en esa mesa..., lo mismo que ahora..., un ramo de flores y un papel en que estaba escrita esta palabra, esta sola: Valor.

LUIS. -¡Cosa rara! (Bebiendo.) A tu salud.

FEDERICO. -Pues aquello me dio efectivamente valor, y acabé el país. Hay más: al otro día, yendo a salir, recojo un bolsillo que había dejado ahí vacío.

LUIS. -¡Ya! Como un cuerpo sin alma.

FEDERICO. -Y me lo encontré con alma... ¡Mira!

LUIS. -¡Doblillas de oro!

FEDERICO. -(Sentándose junto a la mesa.) No he tocado a ellas..., ¡ya te lo puedes figurar! Eso es como una especie de limosna, que yo no debo aceptar. ¡Dinero!

LUIS. -¡Apruebo, apruebo! Me lo prestarás, y yo te lo pagaré..., de lo que me valga el primer pleito..., o la primera comedia..., o el primer folletín... Pero hombre, ¿y no sabes de dónde te ha llegado esta suma?

FEDERICO. -¡Qué he de saber! Ni la suma..., ni el papel..., ni la cena..., ni las flores.

LUIS. -¡Qué diablura! Y mira tú..., una cosa para cada sentido..., sobre todo la destinada al paladar. Pues señor, esto no puede venir sino de una mujer.

FEDERICO. -(Levantándose.) ¿De una mujer?

LUIS. -¡Hola!... ¿Qué es eso?... ¿Qué te da?

FEDERICO. -¿Crees que sea de una mujer?... ¡Ay, amigo mío!

LUIS. -¿Y por qué no? Tú eres un guapo muchacho..., ¡y vaya, que no será la primera! Tú, así, a lo cazurro, sabes... (Bebe.) A la salud de la chica, sea quien fuere.

FEDERICO. -¿Pero de veras crees que estos regalos?...

LUIS. -Creo. Y debe ser señora de alto copete..., ¡cáspita! (Levantándose.) ¡Doblillas de oro, y una cena opípara!...

FEDERICO. -¡Es posible! ¡Habrá en el mundo una mujer que piense en mí! ¡En un pobre huérfano, abandonado de todos, privado de los bienes que su padre le dejó, sin apoyo, sin esperanza! ¡Una mujer! ¡Ah! ¡Esa idea hace palpitar mi corazón!... ¡Sí, Luis, sí! ¡Yo amo!... ¡No sé a quién...; pero necesito amar..., y amo!

LUIS. -¡Bien hecho! ¡A todas las mujeres, a todas! Así entrará esa en el número, a menos que sea otra dama duende.

FEDERICO. -Por fuerza lo es, para penetrar aquí y llenarme de beneficios.

LUIS. -(Escurriendo la botella.) Así te llenara de botellas...

FEDERICO. -¿Pero por dónde entra?

LUIS. -(Apartando el velador y las sillas.) ¡Toma!... Un duende entra por cualquier parte. Pero, a ver, repasa la memoria. ¿No recuerdas?...

FEDERICO. -(Sentado junto a la mesa.) Sí..., recuerdo que cuando murió mi padre en Sevilla, yo caí enfermo de la pesadumbre..., estaba en cama con un calenturón que me tuvo dos días sin conocimiento, y cuando volví en mí, supe que una mujer había venido varias veces..., una mujer hermosa, según me dijeron..., y había pasado muchos ratos sentada a mi cabecera. Pregunté cómo se llamaba; pero nadie la conocía..., decían que debía ser forastera. La esperé..., pero no volvió más.

LUIS. -¡Sería alguna hermana de la Caridad..., alguna vieja..., y en Sevilla!... ¡Esa no es: a ver otra!

FEDERICO. -Luego, cuando me restablecí, viéndome sin recursos, me vine a Madrid, y empecé a pintar, y me acuerdo que en el balcón de enfrente se ponía una joven, y allí pasaba las mañanas cosiendo y cantando detrás de la cortina: ¡pero qué voz! ¡Qué acento! ¡Se me figura estarla oyendo todavía!... Nunca llegué a verla, porque solamente de cuando en cuando sacaba la mano para apartar la cortina y echar una mirada a mi balcón... Pero cuando yo acudía con los ojos... ¡zas!, como un rayo corría la cortina. Aquella voz me tenía encantado. ¡Me producía unas sensaciones tan dulces! Ya una mañana me levanté decidido a verla, subí a su cuarto..., llamé...

LUIS. -¿Y qué?

FEDERICO. -¡Nada! El cuarto estaba desalquilado. Quise informarme en la vecindad..., y nada averigüé.

LUIS. -Pues tampoco es esa. ¡Una costurera!... Las costureras no dan empanadas, se las comen. Vamos con otra. ¿Te acuerdas de alguna más?

FEDERICO. -No. Otra vez me acuerdo que estando una noche en las máscaras, se agarró a mí una de dominó negro, y me estuvo hablando de mi situación, consolándome, aconsejándome que tuviera valor, que no perdiera la esperanza. ¡Pero a poco se llegó a ella otra, y desaparecieron sin que pudiese volverla a encontrar!

LUIS. -¿Conque sacamos tres?

FEDERICO. -¡Tres y ninguna! Porque yo acá en mi imaginación he hecho tal mezcolanza de las tres, que las miro como una. ¡Una mujer imaginaria, a quien amo, a quien adoro!

LUIS. -Pues señor, sea una o sean tres, no es posible que entren aquí por el balcón... ni por el ojo de la llave.

FEDERICO. -Pues no sé: yo te puedo jurar que aquí no viene nadie.

LUIS. -¡Hombre! ¿Si será algún aficionado a la pintura?... Algún protector extravagante... que te quiere estimular.

FEDERICO. -¡Quién sabe! Lo que es mujer...

Escena V

FEDERICO, ANTONIA, LUIS. Luego, D. LORENZO.

ANTONIA. -¡D. Federico, D. Federico!

FEDERICO. -¿Qué hay?

ANTONIA. -Aquí preguntan por usted.

LUIS. -¿Es mujer... bonita?

ANTONIA. -¡D. Federico no recibe mujeres! Es un caballero alto, feo. Ahí viene.

LORENZO. -(A la puerta.) ¡Vamos! ¿Se puede ver a ese Sr. D. Federico?

FEDERICO. -(Saliendo a su encuentro.) Yo soy, caballero, ¿A quién tengo el honor de hablar?

LORENZO. -Mi nombre no hace al caso.

LUIS. -Vendrá a ofrecerse para modelo.

LORENZO. -(Yendo a sentarse junto a la mesa.) ¿Mande usted?

FEDERICO. -(Aparte a LUIS.) ¡Luis!

LUIS. -(A media voz, riendo.) ¡Ya se ve! Para un cuadro de Hércules...

LORENZO. -(Sentándose.) Conque, Sr. D. Federico.

LUIS. -(A FEDERICO.) Ruega al señor que tome asiento.

LORENZO. -¡Gracias! ¡Vive usted en los cielos, hombre! ¡Es cosa de no acabar nunca de subir!

ANTONIA. -(Aparte a LUIS.) ¿Verdad que es feo?

LUIS. -¡Caramba! (ANTONIA se va.)

LORENZO. -(A FEDERICO, que le mira.) Usted no me conoce... No es extraño, porque no me ha visto usted nunca. Pero yo tengo largas noticias de usted.

FEDERICO. -¿Por quién, caballero?

LORENZO. -¡Hola, por quién! ¡Se va usted a poner tan hueco! Por una dama muy guapa, que ha visto cuadros de usted y le protege.

LUIS. -¿Una dama muy guapa? (Aparte a FEDERICO.) ¡Ella es, Federico! ¡Tu dama duende!

FEDERICO. -¡Deja, hombre! ¡Qué disparate!

LUIS. -Y éste es su ayuda de cámara.

FEDERICO. -(A D. LORENZO.) ¡Una dama!... No alcanzo...

LORENZO. -Ni hay para qué. Me ha dicho que es usted joven..., eso es verdad: que es usted pobre..., mucho me lo temo.

FEDERICO. -Caballero...

LORENZO. -Me ha dicho también que es usted mozo de habilidad..., que va usted a enviar a la exposición un cuadro que le parece muy bueno.

FEDERICO. -¡Ah! Le parece a esa señora... (Aparte.) ¡Luego lo ha visto!

LUIS. -Y esa dama vive ahí cerca, ¿eh? Calle de... número...

FEDERICO. -Sí..., vivirá...

LORENZO. -En Guadalajara..., y siempre padeciendo, con jaquecas, con nervios..., ¡qué sé yo!

FEDERICO. -(Aparte a LUIS.) En Guadalajara...

LUIS. -(A FEDERICO, yéndose al foro.) ¡Nada! Esa no es.

LORENZO. -Yo tengo aquí en Madrid una casa magnífica..., y vea usted, no hace nada que la mandé pintar..., si entonces le hubiera conocido a usted... ¡A mí me gusta mucho la pintura! Le hubiera encargado a usted que me pintase allí algo..., unos angelitos en el techo. Pero ya se hizo.

LUIS. -(Aparte a FEDERICO, bajando a su derecha.) ¡Este es algún bolsista!

LORENZO. -Ahora lo que deseo tener allí es mi retrato... ¿Quiere usted hacérmelo?

LUIS. -¿En el techo?

FEDERICO. -Lo siento mucho, caballero..., pero yo no pinto retratos.

LORENZO. -¡Calla! ¿Pues qué diablos pinta usted?

FEDERICO. -Países.

LORENZO. -¡Ah! ¡Países! ¡Ya, ya sé!... Son esos cuadritos chiquitos, con árboles y figuras así..., muy pequeñitas, y vacas...

LUIS. -Y asnos.

LORENZO. -¡Ya estoy! Me los enseñará usted, y le compraré algo. ¡Sepa usted que le estimo mucho, mucho! ¿Usted tiene un pleito en Sevilla?

FEDERICO. -(Pasando en medio.) Sí, señor... ¿Cómo sabe usted?...

LORENZO. -Un pleito, que perderá usted.

LUIS. -Que ganará.

LORENZO. -Que perderá. Yo conozco a la parte contraria...

LUIS. -¡Un usurero!

LORENZO. -¡Mocito! (Levantándose.)

FEDERICO. -¡Luis! ¡Por Dios! Yo, la verdad, no entiendo nada de pleitear. Se han echado encima del poco caudal que me dejó mi padre, acusándole de haberlo sustraído a la caja de D. Lucas del Pozo, en cuya casa de comercio servía de cajero...

LUIS. -¡Eh! El D. Lucas se lo habría comido..., sería un viejo disipado.

LORENZO. -¡Eso falta probarlo! D. Lucas ha dejado un hermano.

LUIS. -¡Tan buena alhaja como él!

LORENZO. -(Colérico.) ¡Caballerito!...

FEDERICO. -¡Luis! Su hermano defiende lo que sin duda cree justo. Yo no tengo apego al dinero: que se lo lleven enhorabuena. Pero se trata de la honra de mi padre, ¡y esa la defenderé mientras tenga un soplo de vida!

LORENZO. -(Conmovido.) ¡Bien, mocito, bien! ¡Eso es muy loable! (Aparte.) ¡Tiene razón aquélla! Vamos a ver, puede que haya medio de arreglar el negocio. D. Lorenzo, que es amigo mío, transigirá.

FEDERICO. -¡Transigir! ¡No, señor, nunca!

LUIS. -(Aparte a FEDERICO.) Es un agente de negocios.

LORENZO. -Él cederá en algunos puntos.

FEDERICO. -¡Nada, nada!

LUIS. -Todo, o nada... Aquí no transigimos.

LORENZO. -Pues me parece que semejante proposición, hecha por un hombre como... D. Lorenzo del Pozo..., hombre de mucho respeto..., que es candidato en su provincia para diputado...

LUIS. -Le doy la enhorabuena..., y a los electores también.

LORENZO. -(Aparte.) ¡Me carga el mocito este con sus chafalditas!

FEDERICO. -Señor, yo no transijo.

LORENZO. -Se quedará usted sin un cuarto.

FEDERICO. -Corriente.

LUIS. -Ya estamos acostumbrados...

LORENZO. -¡Bien! Pero tenga usted presente que es usted quien lo ha querido. Adiós.

FEDERICO. -¡Cómo ha de ser!... Beso a usted la mano.

LORENZO. -Esto no quita que... me pinte usted un cuadrito..., un cuadrito de esos..., un país... donde haya...

LUIS. -Un asno... (D. LORENZO le echa una mirada de cólera y se va furioso.)

Escena VI

FEDERICO, LUIS. Luego, ANTONIA.

FEDERICO. -A la verdad, no acabo de entender.

LUIS. -Este es un emisario de tu parte contraria...

FEDERICO. -Puede...; pero esa dama que, según dice, se interesa por mí...

LUIS. -¡Adiós! Ya te echas a cavilar...

ANTONIA. -D. Federico..., los mozos que han llevado el cuadro a la Academia...

FEDERICO. -¿Qué?

ANTONIA. -Están ahí con él..., dicen que han tenido que traérselo otra vez...

FEDERICO. -¿Qué dice usted?... Voy a ver.

LUIS. -Y yo voy a hacer una visita aquí cerca..., vuelvo al momento.

FEDERICO. -Antonia, si viene alguien...

ANTONIA. -No hay cuidado..., yo estoy en mi cuarto. (A LUIS.) ¡Eh! Que se deja usted la capa.

LUIS. -¿Qué capa?... Eso no es mío. Federico, tu capa.

FEDERICO. -¿Capa?... ¡Si yo no tengo capa!

LUIS. -¡Hombre! ¿Pues y esa?

FEDERICO. -¡Calla!...

LUIS. -¡Otra como el almuerzo!

FEDERICO. -(Echando la capa en una silla.) ¡Yo no admito esto!... Es una limosna que me humilla.

LUIS. -¡Con el frío que hace!... A ver, a ver... (Se la pone.)

ANTONIA. -¡Pero es cosa de brujería!...

LUIS. -¡Ah! (A ANTONIA.) Guarde usted ese jamón y esa empanada... para que mañana almorcemos..., ¡anciana!

ANTONIA. -¡Vaya!... ¡Anciana! ¡Me llamo Antonia!

LUIS. -Bien, anciana Antonia. (Se va con FEDERICO.)

ANTONIA. -¡Descarado! Estos jóvenes del día... Me voy a mi buhardilla... y quitaré la llave. (Se va y cierra por fuera con llave. De allí a un momento se abre la puerta secreta de la izquierda, y salen por ella las tres jóvenes.)

Escena VII

ISABEL, ENRIQUETA, CLARA.

(ISABEL sale delante y va a escuchar a la puerta del foro.)

ISABEL. -No hay nadie.

ENRIQUETA. -(Quedándose junto a la mesa.) ¡Se marchó!

CLARA. -(Quedándose a la puerta.) ¡Vaya, que tenéis unos empeños!... ¿A qué volvemos ahora?

ENRIQUETA. -(A CLARA.) ¡Cuidado no nos sigan! (CLARA sale y cierra la puerta secreta.)

ISABEL. -(Que ha llegado a mirar en la mesa de la derecha.) Aquí están las flores..., no ha llegado a ellas.

CLARA. -(Pasando en medio.) Pero las ha visto. ¡Pobrecillo! Esto le distraerá de sus penas.

ENRIQUETA. -(Mirando en la mesa de la cena.) ¡Oh, lo que es la cena no ha sido desairada!... ¡Y qué temprano ha cenado!

ISABEL. -¡Ya!... ¡Como que el pobre no verá mucho de eso!

CLARA. -Tampoco quiso tocar el dinero que le puse en el bolsillo...; pero el casero recibió el importe de los dos meses... ¡Quererle echar por dos meses!

ENRIQUETA. -¡Bribón!... Entonces sí que hubiera sido imposible seguir protegiéndole... si se va de este cuarto.

ISABEL. -(Dando un grito.) ¡Ay! (Deja caer de golpe la tapa de una caja.)

CLARA. -(Asustada.) ¡Ay!

ENRIQUETA. -(Corriendo a la puerta secreta.) ¿Viene gente?

ISABEL. -¡No, no!... ¡Es que he visto... ahí en esa caja... unas pistolas!

ENRIQUETA. -¡Qué susto he llevado!

CLARA. -¡No me quedó gota de sangre!...

ISABEL. -Como el pobre está tan triste..., padece tanto..., se ve huérfano, sin amigos..., sin recursos..., en un momento de desesperación... ¡quién sabe lo que puede hacer!... ¡Y a mí me da un miedo ver pistolas!...

CLARA. -¡Qué disparate!... No está en ese caso.

ENRIQUETA. -(Pasando al centro.) ¡Eso podía hacer el ingrato!... No: yo creo que el corazón debe decirle que hay alguien en el mundo que piensa en él.

ISABEL. -¡Sí que debe decírselo! (Acercándose a la mesa y escribiendo.) ¡Ah!

ENRIQUETA. -¡Y si él supiera a cuánto nos exponemos por consolarlo, particularmente yo!... Tal vez hago mal; ¡pero me interesó tanto lo que Isabel me contó... y lo que luego me has dicho tú..., y es tan desgraciado!...

ISABEL. -¡Siempre trabajando y sin fruto! (Pone un papel en la caja de las pistolas.)

CLARA. -Y luego el dichoso pleito...

ENRIQUETA. -Pero en ese pleito, tú...

CLARA. -Ya..., ya veremos..., déjame a mí.

ENRIQUETA. -Entre tanto es una suerte que se haya venido a vivir aquí..., así podemos socorrerlo, sin necesidad de descubrirnos ni aun con él mismo.

CLARA. -¡Oh! ¡Eso por supuesto!... Tiene pocos años..., y no sabría callarlo.

ISABEL. -Pues yo creo que sí... ¡Es tan reservado..., tan melancólico!... ¡Siempre está solo!

ENRIQUETA. -Nuestra memoria le hará compañía.

ISABEL. -¡Buena compañía!..., si no nos conoce. Si nos conociera..., a lo menos, a alguna de las tres...

CLARA. -Puede que perdiéramos en ello.

ISABEL. -¡Quién sabe! Quizá el agradecimiento...

ENRIQUETA. -Ya nos verá... mañana. Lo que oímos antes por esa puerta..., cuando se quejaba con su amigo..., ya lo he contado..., y surtirá efecto.

CLARA. -(Pasando al centro.) ¡Cuidado..., cuidado con una imprudencia! Por el pronto contentémonos con socorrerlo: más adelante veremos... Lo que es la pintura creo que no lo ha de enriquecer.

ISABEL. -¡Pues a mí me parecen muy bonitos sus países!

CLARA. -Sí... Pero de todos modos, mejor es que tenga dinero..., y si no..., algún destino...

ENRIQUETA. -¡Es verdad..., un destino!... Y eso ya sabéis que... yo puede que consiguiera...

ISABEL. -Pues a mí..., ¡qué sé yo! Los empleos..., mejor le quisiera pintor... y que ganara su pleito.

CLARA. -El pleito..., ya he dicho que veremos, algún paso he dado ya...

ISABEL. -Y así que se halle acomodado..., establecido..., ¿qué haremos?

CLARA. -Entonces.

ENRIQUETA. -Entonces... casarlo.

CLARA. -¡Casarlo!... ¡Ya! Tú...

ISABEL. -¿Por qué no?

CLARA. -¡Hola! ¿Por qué no?

ISABEL. -(Bajando los ojos.) ¡Vaya! Quién sabe si él quiere a alguna...

ENRIQUETA. -Ya veremos... Si él quiere a alguna..., le casaremos con ella. (Óyese el ruido de la llave en la puerta del foro.)

LAS TRES. -(Corriendo asustadas a la puerta secreta.) ¡Ay! ¡Que vienen!

ENRIQUETA. -(Forcejeando.) ¡Está cerrada!

CLARA. -¡Yo la cerré... sin acordarme!

ISABEL. -¡Dios mío! (CLARA e ISABEL echan a correr y se esconden en la alcoba: ENRIQUETA se mete detrás del biombo.)

Escena VIII

LUIS, CASIMIRO, ANTONIA, LAS TRES escondidas.

LUIS. -Gracias, Antonia. ¿Conque no ha vuelto Federico?

ANTONIA. -No, señor. Lo que es ahora no tengo la menor duda. A la puerta de mi cuarto me he estado cosiendo..., y con la llave en el bolsillo... (Mirando alrededor.) Me parece que esta vez no dirá...

LUIS. -Le esperaremos. Entra, Casimiro. Me alegro de haberte hallado a la puerta..., así te haré compañía.

CASIMIRO. -Yo también me alegro, porque tengo precisión de verle..., necesito hablarle..., quiero pedirle explicación sobre cierto chisme...

LUIS. -¡Bah, bah! (Durante esta escena, ANTONIA quita la cena y arregla los muebles.)

CASIMIRO. -(Pasando a la derecha.) ¿Este es su cuarto?... ¡Pues no es gran cosa el cuarto!

LUIS. -¡Un poco alto!... Los artistas..., los genios siempre andan allá, por los cielos. Tú no eres de esos..., tú eres rico... y te vas a casar.

CASIMIRO. -¡Mucho que sí! ¡Con una chica preciosa! Enriqueta... ¡Qué bonito nombre! Vive aquí cerca..., a la vuelta..., calle de Alcalá... Es sobrina del ministro de..., y su tío la ha ofrecido un regalo de boda... Yo creo que el regalo será colocarme...

LUIS. -¿Y a qué quieres empleo?... Tú eres rico...

CASIMIRO. -Siempre un empleo... para ser algo en el mundo...

LUIS. -¡Ya!... Y ver su nombre impreso... en la Guía.

CASIMIRO. -¡Pues! (Yendo hacia la alcoba.) ¿Esa es su alcoba?... ¡Eh, eh! ¡Qué cortinillas!... ¿Y no hay más pieza que esta?

LUIS. -(Dando con la mano en el biombo.) Sí...; con este biombo se hace aquí otra. Antonia, un poco de fuego en la copilla.

ANTONIA. -Ahí tiene usted fósforos.

LUIS. -(Acercándose a la mesa de la derecha.) ¡Hola! ¡Fósforos!... Pues está provisto de todo. (Enciende un fósforo y con él la vela.) Encenderemos, que ya anochece. Antonia, ¿dónde tiene Federico los cigarros?

ANTONIA. -¿Cigarros?... Aquí no hay cigarros..., D. Federico no fuma.

LUIS. -¡Es verdad!... ¡Mejor doncellita!...

ANTONIA. -(Yéndose.) ¡Gastando la vela! (Se va por el foro.)

LUIS. -¡Calla, calla!... (Registrándose los bolsillos.) Aquí tengo yo cigarros. Toma, Casimiro.

CASIMIRO. -Venga, venga... Pero, mira, no digas que fumo... Si mi novia llega a saberlo, ¡no me armaría mala!... Le ha dado ese capricho, y me lo ha prohibido terminantemente. ¡Qué he de hacer!...

LUIS. -Sí... mientras eres novio..., pero así que te cases, ya me dirás si fumas.

Escena IX

CASIMIRO, LUIS, FEDERICO.

FEDERICO. -(Colérico.) ¡Infamia igual!... (Dejando con ira el sombrero.) ¡Es cosa de tirarse un tiro!

LUIS. -¡Federico! ¿Qué es eso?

FEDERICO. -¡Qué ha de ser!... Mi cuadro..., en que yo fundaba tantas esperanzas...

LUIS. -¿El que enviaste a la exposición?

FEDERICO. -Sí.

LUIS. -¿Lo han puesto a mala luz?... ¿En el entresuelo aquel?... ¿O en el pasillo?...

FEDERICO. -¡Qué! No han querido recibirlo..., dicen que hay ya muchos países..., que no hay sitio..., que he acudido tarde...

LUIS. -¿Pretextos?

FEDERICO. -¡Se entiende! ¡Hola, Casimiro!... ¿Tú por acá?

LUIS. -Viene a visitarte.

CASIMIRO. -(Con petulancia.) Vengo, querido, a pedirte una explicación...

FEDERICO. -¿Sí?... ¡Me alegro! ¡A mejor tiempo!... Estoy desesperado..., cansado de vivir..., y si me matas, me haces un favor... ¡Vamos ahora mismo!

LUIS. -¿Qué es eso?... ¡Desafío!... No sabéis que hay una pragmática del señor rey D. Carlos III...

CASIMIRO. -(Mudando de tono.) ¡No!... ¡Qué desafío!... ¡No trataba yo de eso!... Era una explicación... amistosa...

LUIS. -¡Ya! (Aparte.) ¡Estos valentones, en hablándoles gordo!... (CLARA y ENRIQUETA se asoman varias veces, haciendo tentativas para escaparse; pero se ven precisadas a volverse a esconder.)

FEDERICO. -A ver: ¿de qué se trata?

CASIMIRO. -Te diré. Esta tarde, venía yo por aquí..., por esta calle del Caballero de Gracia..., a dar la vuelta a la de Alcalá, donde vive mi novia... y, ya ves... iba distraído... como cuando uno va a... Pues señor, te encontré ahí..., a la esquina..., pero cuando uno va así..., distraído... y la víspera de casarse... con mil enredos en la cabeza...

LUIS. -¿Ya tienes enredos en la cabeza?... ¿Antes de?...

CASIMIRO. -Ello es que..., parece que no te saludé...

FEDERICO. -¡No se me da nada!...

CASIMIRO. -Lo creo, pero... algo se te dará..., cuando te has quejado de ello a cierta persona... de una manera un poco... acre.

FEDERICO. -Luis ha hecho mal en contarte...

LUIS. -¡Eh, eh, poco a poco!... Que yo no he abierto la boca.

CASIMIRO. -No ha sido él. Y además añadiste..., siempre de una manera un poco... acre, que apostabas a que yo no te convidaba a mi boda.

FEDERICO. -Sí..., es verdad, lo dije aquí..., pero... (A LUIS.) Luis, has hecho mal...

LUIS. -¡Dale, dale! ¡Que no le he dicho..., y aquí estábamos solos!... (Pasando junto a CASIMIRO.) ¿Quién te lo ha contado?

CASIMIRO. -Una dama.

FEDERICO. -¡Una dama!... ¡Vamos, imposible! (Alterado.) A menos que... ¡Cielos!

LUIS. -Que estuviera aquí escondida, oyéndonos...

CASIMIRO. -¿Quién?... ¿La mamá de mi novia?

FEDERICO. -(Turbado.) ¿Eh?... ¿Quién?

CASIMIRO. -(Riendo.) ¡Ah, ah, con cincuenta años!... ¡Bueno fuera que anduviese!... Pues llego allá, y empieza a reñirme... y a decirme que tengo mal carácter... y que soy un vanidoso... y en fin, echándome en cara de una manera un poco...

LUIS. -¡Acre!

CASIMIRO. -¡Eso es!... Que te hacía desprecios..., siendo un antiguo condiscípulo tuyo..., porque eres pobre... y pintor... y... Conque... (Pasando junto a FEDERICO.) yo le sostuve que no era cierto..., y para probárselo..., vengo, querido Federico, a suplicarte que asistas mañana a mi boda: me harás un gran obsequio...

FEDERICO. -Hombre, no sé... (Aparte.) ¡Me da en qué pensar!

LUIS. -(Pasa al lado derecho de CASIMIRO, y tómale la mano.) Gracias, Casimiro... Iremos.

CASIMIRO. -(Aparte.) ¡Calla! ¡Como si le hubiera convidado! (A FEDERICO.) Te espero a comer... Cuento contigo, ¿eh?...

LUIS. -Te digo que iremos a comer: descuida.

CASIMIRO. -(Aparte.) Pues señor, le he convidado.

FEDERICO. -Yo no sé si iré..., me fastidian las reuniones... y tengo mal humor... Cuando he entrado aquí...

LUIS. -¿Venías a matarte?

FEDERICO. -¡Dios me perdone! Pero tengo momentos en que casi, casi...

CASIMIRO. -¡Estás loco!... ¿No tienes amigos?

LUIS. -Yo, como tal, empiezo por confiscarle las pistolas.

FEDERICO. -(Deteniéndolo.) No, no... ¡Déjalas! ¿Puedes figurarte?...

LUIS. -(Abre la caja y ve el papel.) ¡Hola! Y no soy yo solo quien se lo figura... Mira, mira..., aquí te aconsejan...

CASIMIRO. -(Pasando en medio.) ¿El qué?

FEDERICO. -(Tomando el papel y leyéndolo.) «Vive para quien te ama.» (En este momento, ENRIQUETA viéndolos ocupados, sale de puntillas a abrir la puerta del foro y se escapa.)

LUIS. -Dice bien.

CASIMIRO. -Dice bien. (FEDERICO besa el papel. LUIS hace un movimiento y se encuentra cara a cara con ENRIQUETA en el instante que se escapa.)

LUIS. -(Dando un grito.) ¡Ay!

FEDERICO. -(Mirándolo.) ¿Qué? (Llégase a LUIS: CASIMIRO se vuelve también hacia él y se halla de manos a boca con CLARA, que salía de puntillas de la alcoba, y se escapa también, dejando cerrada la puerta.)

CASIMIRO. -(Dando un grito.) ¡Ay!

FEDERICO. -(Volviéndose hacia él.) ¿Qué es eso?

LUIS. -(Saludando con aire burlón.) ¡Que sea enhorabuena!

CASIMIRO. -(Ídem.) ¡Muy enhorabuena!

FEDERICO. -¿Qué?... ¿Qué significa eso?

LUIS. -¡Sí!... ¡Hazte el tonto!

CASIMIRO. -¡Truhán!

LUIS. -¡La misteriosa protectora!... No la conocías, ¿eh?

FEDERICO. -¡Explícate!

CASIMIRO. -¿No conoces a la del vestido blanco?

LUIS. -A la del vestido azul.

CASIMIRO. -No, no: blanco.

LUIS. -¡Azul!

FEDERICO. -¡Por Dios, señores!... Blanco..., azul... o lo que sea, ¿de quién habláis?

LUIS. -¡Toma! ¡De la que acabo de ver!... ¡No se me despinta ya..., la tengo aquí!

FEDERICO. -¿Pero a quién?

CASIMIRO. -A la dama oculta. Tampoco a mí se me despinta..., en cuanto la vea...

FEDERICO. -¡Una dama!

LUIS. -Sí, señor, una dama..., que estaba aquí escondida... ¡Hazte de nuevas!

FEDERICO. -¿Y vosotros la habéis visto?

LUIS Y CASIMIRO. -¡Sí, señor!

FEDERICO. -¿Pero dónde..., dónde?

LUIS. -¡Aquí!... Pues si se acaba de escapar... (ISABEL, que ha hecho varias tentativas para escaparse, se ve precisada a volverse a la alcoba.)

FEDERICO. -(Queriendo marcharse.) ¡Ah! ¡Esto es mucho apurar!... Voy a ver (A ANTONIA, que sale con luz.) ¡Ah! Antonia, ¿quién ha salido ahora de aquí?... ¿Ahora?

ANTONIA. -¡Qué sé yo!... Y es verdad que he oído bajar la escalera a escape..., yo estaba encendiendo luz..., creí por la prisa y los brincos que sería el Sr. D. Luis y el Sr. D....

FEDERICO. -¡Se ha marchado!... ¡Era una mujer!

ANTONIA. -¡Mujer! ¡A ese paso!...

FEDERICO. -¿Pero vosotros estáis seguros de que?...

CASIMIRO. -¡Vamos, vamos, camarada!... Conque no sabes quién es, ¿eh?... ¡Qué gracia! ¡Tiene aquí una muchacha, y no sabe quién es!... ¡Ah, ah, ah!

ANTONIA. -¡Una muchacha!

LUIS. -(Riendo.) ¡Ah, ah! A menos que sea una dama duende..., cosa muy común... en las comedias de Calderón... ¡Ah, ah, ah! ¡Adiós!

CASIMIRO. -¡Hasta mañana!... El de la dama duende. ¡No diré una palabra en casa de mi novia, porque mi suegra te protege..., y si supiera..., ella que es más rígida!... Conque ve temprano..., a las dos es la cosa.

LUIS. -Bien: a las dos iremos. ¡Ah, ah, ah!... (Se van riendo.)

Escena X

FEDERICO, ANTONIA, ISABEL, oculta.

FEDERICO. -(Que se ha quedado inmóvil.) ¡Una mujer! (Leyendo el papel.) «Vive para quien te ama.»

ANTONIA. -(Aparte.) ¡Vea usted! ¡Un mozo tan juicioso!... ¡Quién lo había de decir! -D. Federico, ¿quiere usted algo?... Me voy a acostar.

FEDERICO. -Vaya usted con Dios.

ANTONIA. -(Tomando la luz.) Santas y buenas noches... (Viendo en la mesa un papel que dejó CLARA.) ¡Calla! ¡Pues no decía usted!... ¡Aquí está el recibo del casero!

FEDERICO. -¡Cómo! ¡El recibo!... Pero ¿cuándo?... ¡Váyase usted a dormir; quiero estar solo!

ANTONIA. -(Aparte.) ¡Ay, qué mudado está!... ¡Vamos, lo han pervertido! -Ya me voy. (Se va: FEDERICO cierra con llave y cerrojo.)

Escena XI

FEDERICO, ISABEL, oculta.

FEDERICO. -¡Esto es cosa de volverse loco! ¡Siento un sudor frío..., yo, tengo calentura..., no me puedo tener en pie! (Cae en una silla junto al biombo: ISABEL saca la cabeza por las cortinas de la alcoba.) ¡Es esto un sueño!... (Se toca.) ¡Será que estoy dormido!... No. Pues esa mujer..., estos misterios... (Se levanta: ISABEL se esconde.) ¡Pero por dónde entra, señor! (Recorriendo el cuarto.) ¡Qué, es imposible!... No hay más puerta que esa... ¡La ventana!... ¡Qué, a una altura semejante..., piso tercero! Lo que es por la alcoba... (Entra en la alcoba descorriendo la cortina: ISABEL se sale por el lado opuesto, cogiéndole la vuelta, y se esconde detrás del caballete.) ¡Nada!... ¡Aquí no hay salida! ¡Pero señor... señor!... ¿Quién será? ¡Ocultarse así para colmarme de beneficios!... ¡Beneficios que no aceptaré, mientras, no sepa quién es! ¡Ah, lo que yo quisiera sería verla..., verla... y que me amase!... ¡Sí, sí! ¡Porque yo conozco que la amo..., la amo sin conocerla! ¡Y ella también debe amarme!... (Yendo a la alcoba.) ¡Ah, qué estado tan violento! ¡Yo no puedo descansar ni dormir!... (Echándose en la cama.) ¡Dios mío, pon término a esta ansiedad!... ¡Haz que se realice este sueño..., esta ilusión de mi fantasía... o, por compasión, que deje yo de existir!... ¡Sí, Dios mío..., Dios mío! (Cierra los ojos. ISABEL presta el oído, muerta de zozobra, y cuando lo cree dormido, trata de salir y dirigirse a la puerta; pero tropieza con el caballete y lo derriba.)

FEDERICO. -(Alzando la cabeza.) ¡Quién anda ahí!... (ISABEL, asustada, apaga la luz que hay en la mesa de la derecha, delante del caballete. FEDERICO se levanta.) ¡Oigo pasos..., sí! ¡Han apagado la luz! El vestido blanco... (ISABEL va a pasar por detrás de él, pero FEDERICO la agarra de la mano.) ¡Ah, ya no te escapas!

ISABEL. -(Se suelta, dando un grito.) ¡Ay!

FEDERICO. -Pero, ¿quién eres?... ¡Habla! (ISABEL quiere alejarse hacia la puerta del foro: él la detiene.) ¡Oh, ahora no te vas!

ISABEL. -(Con voz apagada.) ¡Por Dios..., por Dios!... ¡Yo se lo suplico..., tenga usted compasión!

FEDERICO. -¡Compasión!... ¿Y la has tenido tú conmigo, mujer o fantasma... o lo que seas?... Porque tú eres sin duda la que me está colmando de beneficios..., ¿no es cierto?

ISABEL. -(Temblando.) Sí.

FEDERICO. -Tú eres la que entró en mi cuarto cuando yo estuve enfermo, y se sentó a la cabecera de mi cama... Di, ¿es cierto?

ISABEL. -Sí.

FEDERICO. -¿Tú eres también la que pasaba el día frente a mi balcón, haciendo más llevadero mi trabajo con el acento de esa voz celestial?

ISABEL. -Sí, sí.

FEDERICO. -¿Tú eras?... ¡Ah, bien me lo decía el corazón!... Pero, entonces, ¿por qué te escondes de mí? ¿Por qué huyes..., si es que me amas?... Di..., ¿no me amas? (ISABEL no se atreve a responder.) ¡Ah, responde..., di que me amas! (Se acerca a ISABEL: ella corre a otro lado.)

ISABEL. -¡Pues bien, sí!... ¡Pero no se acerque usted!

FEDERICO. -¡Ah! ¡Conque me amas!... ¡Dios mío! ¡Esa palabra vale mi vida entera! (Dirígese a ella.)

ISABEL. -(Cayendo de rodillas.) ¡Ah! ¡Míreme usted de rodillas!... ¡Sea usted generoso..., no sea usted ingrato!

FEDERICO. -¡Ingrato! (Alejándose de ella.) ¡No, jamás!

ISABEL. -¡Déjeme usted marchar!

FEDERICO. -¡Marchar! ¡Desaparecer otra vez!... ¡Ah! ¡No!... No será sin que yo te conozca... ¡Quiero verte..., sí!... Aunque te empeñes..., no hay remedio! (Va a la mesa, busca a tientas los fósforos, enciende uno y con él la vela. Entretanto, CLARA y ENRIQUETA abren la puerta secreta, e ISABEL, que miraba con inquietud hacia aquella parte, lo ve, se levanta y desaparece con ellas, en el instante de volverse FEDERICO con la luz: todo esto debe ser vivísimo.)

FEDERICO. -(Espantado y trémulo, al verse solo.) ¡Dios mío..., Dios mío! (Cae el telón.)

Acto segundo

El teatro representa una sala en casa de DOÑA INÉS. Puerta al foro que da salida por la derecha a la calle, y por la izquierda a lo interior. Puerta a la izquierda que conduce al cuarto de DOÑA INÉS. A la derecha, en primer término, una puertecilla secreta, y delante de ella una mesa con papel y recado de escribir.

Escena primera

CASIMIRO. Luego, DOÑA INÉS.

CASIMIRO. -(Cruzando la escena con precaución y yendo a llamar a la puerta de la izquierda.) ¿Se puede entrar? Soy yo..., Casimiro..., tu novio. ¡Se estará acicalando!... Si me dejara entrar..., charlaríamos un rato antes que viniesen los convidados. (Llamando.) ¡Soy yo, soy yo!... ¡Ya viene..., ya abre! (Ábrese la puerta: aparece DOÑA INÉS.) ¡Ay, que es la suegra!

INÉS. -¡Hola! ¡Es usted!... ¿Y qué prisa es esta?

CASIMIRO. -¡Nada!... Sino que... como es mi mujer...

INÉS. -Todavía no lo es: hasta que den las dos...

CASIMIRO. -¡Aún falta un buen rato!

INÉS. -Pues paciencia. Ya darán, y se casarán ustedes.

CASIMIRO. -¡Huy!¡Qué gusto!... Y luego...

INÉS. -(Con severidad.) ¿Eh?

CASIMIRO. -¡Nada, nada!

INÉS. -¡Casimiro..., cuidado! ¡Es usted un poco ligero de lengua!

CASIMIRO. -¡No, señora..., bromista!

INÉS. -En fin, ahora no puede usted entrar: Enriqueta se está vistiendo.

CASIMIRO. -¿Y eso qué?

INÉS. -¿Eh?

CASIMIRO. -Nada: bien está. Y gracias a Dios que ha llegado esa amiga que mi novia esperaba de Guadalajara: se empeñó en que no habíamos de casarnos hasta que viniera!...

INÉS. -¿Y qué tiene de extraño?... Se han criado juntas... Ella se ha casado con un propietario muy rico..., hombre de edad..., y se había ido a pasar una temporada a Guadalajara..., porque el clima de Madrid no la sienta bien. Su marido no pudo acompañarla, porque tiene aquí negocios... También vendrá hoy a la boda... ¡Es un millonario!

CASIMIRO. -¡Millonario! ¡Me alegraré de conocerlo! ¡Ah! Diga usted..., ¿y el ministro?... ¿El tío de mi novia? Ayer fueron ustedes a verlo... ¿Qué dijo?

INÉS. -¡Nos recibió con mucha afabilidad!... ¡Está ahora tan mudado, tan alegre... desde que se han cerrado las Cortes! A mi Enriqueta la hizo mil agasajos..., y por último la dijo: «Tengo que hacerte el regalo de boda...»

CASIMIRO. -¡Es claro!

INÉS. -«Pídeme algo, y te lo concederé.»

CASIMIRO. -¿Y qué le pidió Enriqueta?

INÉS. -Nada.

CASIMIRO. -¿Cómo nada?

INÉS. -No supo qué pedir.

CASIMIRO. -¡Qué diablo!... Se pide cualquier cosa gorda..., no se deja escapar la ocasión. ¡El ministro le haría la oferta, pensando en mí..., en el novio, vaya! Cuando en esos casos dice un ministro: «pide lo que quieras», es decir: pide algo para tu marido..., ¡algo!... jefe de sección..., jefe político..., intendente..., en fin...

INÉS. -¿Pero usted que es rico, para qué quiere?...

CASIMIRO. -¡Dale! ¡La canción de todos!... Para ser empleado.

INÉS. -Bien: no hay nada perdido. El ministro se brindó a ser testigo..., y como no puede asistir a firmar, se le llevará el contrato a su casa..., y Enriqueta le pondrá dos letras...

CASIMIRO. -¡Eso, eso!

INÉS. -¿Y ha encargado usted a sus amigos que sean exactos a la hora?

CASIMIRO. -¡Por supuesto!

INÉS. -Bien. ¡Ah, cuidado, Casimiro, con las bromitas y los equivoquillos! Ya sabe usted que tenemos en nuestra compañía a Isabelita, esa pobre huérfana que también se crió con mi Enriqueta. La infeliz se halló de repente sin padre ni madre, se puso a coser para mantenerse, y al fin, nos la trajimos a casa: ¡qué se había de hacer!

CASIMIRO. -¡Oh, pronto le saldrá proporción: es muy guapa chica! ¡Pero calla, ahí vienen ya convidados!

Escena II

DOÑA INÉS, CASIMIRO, LUIS, FEDERICO.

LUIS. -(A FEDERICO.) ¡Anda, hombre, no te quedes corto! ¡Mira, mira allí a nuestro Casimiro! (Dando la mano a CASIMIRO.) ¡Ya ves que somos exactos!

CASIMIRO. -(Aparte.) ¡Pues señor, no hay duda, le he convidado!

LUIS. -(Saludando a DOÑA INÉS.) Señora..., a los pies de usted.

CASIMIRO. -(A D. LUIS.) Mi madre política. (A DOÑA INÉS.) D. Luis Remolino, íntimo amigo mío, y abogado. (A D. LUIS.) ¿No eres abogado?

LUIS. -Creo que sí.

CASIMIRO. -(Presentando a FEDERICO.) Y mi amigo D. Federico Estrella.

INÉS. -¡Ah, ya! ¡Muy señor mío!

CASIMIRO. -¡Vaya! ¿Dirá usted ahora que soy mal amigo? ¿Que soy vano? Ya ve usted cómo he convidado a mi querido Federico. (Dándole la mano.) Y le agradezco mucho que haya venido, para probarle a usted...

INÉS. -¡Me alegro!... El señor es un artista de mucho mérito. ¡Tengo largas noticias!...

FEDERICO. -¿Por quién, señora? (Conteniéndose.) ¡Ay, perdone usted esta curiosidad! Pero me ha causado sorpresa el saber que usted se había dignado interesarse por mí sin conocerme. Usted le dijo a Casimiro que yo me había quejado.

INÉS. -Sí, es verdad, lo supe por una casualidad. Y celebro que él lo haya desmentido.

CASIMIRO. -(Dando la mano a FEDERICO.) ¡Pues no faltaba más!... Somos condiscípulos. ¡Hombre! ¡Cómo tiemblas!

FEDERICO. -¡No, no tal!

LUIS. -Si temblará. ¡Pobre Federico! ¡Si supieras cómo me le encontré esta mañana! Fui a almorzar con él..., me convidó...

CASIMIRO. -(Aparte.) Como yo, probablemente.

LUIS. -¡Y estaba pálido..., ojeroso..., delirando..., casi con calentura!

CASIMIRO. -¡Tú!

INÉS. -¿Está usted malo?

FEDERICO. -¡No, señora; no es nada!

LUIS. -Creo que ha sido efecto de..., no sé qué..., de un sueño, de una aparición. De su casa a9 aquí ha venido como en éxtasis. Cada mujer que veía se le figuraba que era...

FEDERICO. -¡Luis!

CASIMIRO. -¿Quién?

LUIS. -Cierta joven aérea y misteriosa que le va a visitar.

CASIMIRO. -¿La de ayer?

FEDERICO. -¡Por Dios! Déjense ustedes de...

CASIMIRO. -¡Ja, ja, ja! (En confianza a DOÑA INÉS.) ¡Guapa muchacha! Yo la vi ayer, y...

INÉS. -¡Casimiro!

CASIMIRO. -¡Es verdad, perdone usted! (A LUIS.) ¡Chit, que se ruboriza mi suegra!

Escena III

Dichos, ISABEL. Luego, ENRIQUETA.

ISABEL. -(Apresurada.) ¡Señora, ya viene Enriqueta! ¡Verá usted qué elegante y qué hermosa está!

FEDERICO. -(Oyendo con sorpresa aquella voz.) ¡Cielos!

CASIMIRO. -(A ISABEL.) ¿Sí, de veras?

ISABEL. -(Volviéndose hacia CASIMIRO.) ¡Toma, hermosísima!, y luego... (Viendo a LUIS y FEDERICO.) ¡Ah!

LUIS. -(A CASIMIRO.) ¡Linda chica!

FEDERICO. -(Aparte, conmovido.) ¡Esa voz!...

CASIMIRO. -(Pasando entre LUIS y FEDERICO.) ¡Una huerfanita..., se ha criado con mi novia..., aquí la han recogido..., no es maleja..., pero no tiene un cuarto!

INÉS. -(Yendo al encuentro de ENRIQUETA.) ¡Ven, hija mía, ven! Casimiro estaba ya impaciente.

CASIMIRO. -¡Y cómo pudiera no estarlo, queridísima Enriqueta! ¡Ay, cuántos envidiosos voy a tener hoy! Por el pronto estos dos que me tomo la libertad de presentarte. (ISABEL y ENRIQUETA se hacen señas.) D. Luis Remolino, abogado..., según él mismo cree.

LUIS. -(Pasando junto a ENRIQUETA.) Señorita..., Casimiro dice muy bien: la felicidad que va a lograr debe hacerle muchos..., (La mira y se sorprende.) hacerle muchos..., muchos...

ENRIQUETA. -¡Gracias, es usted muy amable!

LUIS. -(Aparte.) ¡Ay, Dios mío!

CASIMIRO. -(Acercándose a LUIS.) ¿Qué ibas a decir?

LUIS. -Nada..., nada. (Aparte.) ¡Ella es! ¡Pero cómo es esto! ¿Pues Casimiro no la vio también?

CASIMIRO. -(Presentando a FEDERICO.) ¡D. Federico Estrella..., joven pintor de mucho mérito!

ENRIQUETA. -(Mirándole.) ¡Ah! Celebro mucho... Creo que ya he visto a este caballero.

FEDERICO. -¡Ay, es verdad, sí, señora! Creo recordar..., en un baile de máscaras en el teatro..., se quitó usted la careta un momento.

ENRIQUETA. -¡Eso es! Bien decía yo. (Se va al lado de su madre.)

LUIS. -(Aparte a FEDERICO.) ¡Bravo, bien! ¡Haces tu papel a las mil maravillas! Pero no se me ha despintado..., es la de ayer, la del vestido azul.

FEDERICO. -(Indicando a ISABEL.) ¡Cómo! ¿Esa joven?

LUIS. -(Con burla.) ¡No, no!... ¡La otra..., la novia!

FEDERICO. -¡Eh! ¡Déjame en paz!

CASIMIRO. -(Viniendo entre los dos) ¿Verdad que es muy guapa mi novia? ¡Vaya!... ¡No me decís nada!

LUIS. -(Apretándole la mano.) ¡Sí, sí! Una chica que... ¡Oh, te doy la enhorabuena! (Aparte.) Vamos, lo he dicho siempre..., hay hombres que han nacido para...

INÉS. -Si estos caballeros gustan de pasar adentro a tomar algo, mientras llega la hora...

FEDERICO. -¡Con mucho gusto! Precisamente he visto allá un piano..., y si..., (Aparte, mirando a ISABEL.) y si yo la hiciera cantar, me cercioraría... -¿Esta señorita cantará sin duda?

ISABEL. -(Cortada.) ¡No!

FEDERICO. -¡Oh, yo estoy seguro de que tiene una preciosa voz!

ISABEL. -(Más cortada.) ¡No!

LUIS. -(Aparte.) ¡Qué trucha es!

INÉS. -¡Eso es modestia! Sí, señor, tiene muy bonita voz.

LUIS. -(Aparte.) ¡Qué trucha! A la otra no la mira siquiera... ¡Lo que sabe!

Escena IV

Dichos, CLARA.

CLARA. -(Dentro.) ¡Enriqueta!... ¡Isabel!... ¡Yo las encontraré!

ENRIQUETA. -¡Es Clara!

ISABEL. -¡Sí, ella es!

INÉS. -(En alta voz.) ¡Acá estamos, Clara!

CASIMIRO. -(A ENRIQUETA.) Enriqueta, ¿me presentarás a ella?, tus amigas lo son mías.

LUIS. -(Aparte.) ¡Pobre hombre! (A FEDERICO.) ¿Y tienes entrañas?... ¡Sin aguardar siquiera a que se case!

CLARA. -(Saliendo por el foro.) ¡Adiós, Enriqueta!... ¡Adiós, Isabel! (Besándolas.) ¿He venido tarde? (A DOÑA INÉS.) Señora...

ENRIQUETA. -(Aparte a CLARA.) ¡Ten cuidado, que están aquí! (ISABEL va a hablarla, pero nota que FEDERICO no le quita los ojos, y se detiene.)

CASIMIRO. -(Acercándose a CLARA por un lado.) Señora..., celebro...

CLARA. -(Volviendo la cara al opuesto, donde están LUIS y FEDERICO.) ¡Señores!... (Indicando a FEDERICO.) ¿El señor es el novio?

FEDERICO. -No, señora... ¡No tengo esa dicha!

LUIS. -(Aparte, riendo.) ¡Hum, qué tunante!

CASIMIRO. -(Que ha dado la vuelta: aparte a ENRIQUETA.) ¡Preséntame!

ENRIQUETA. -Clara, te presento a Casimiro, mi futuro, que desea hacerse amigo tuyo.

CLARA. -¡Ah! Caballero..., tendré mucho gusto, y puede usted contar...

CASIMIRO. -¡Señora!, yo soy quien debe celebrar..., celebrar... (Mirándola, aparte.) ¡Ay, Dios mío!

INÉS. -¿Qué es eso?

CASIMIRO. -¡Nada, nada! Sino que..., he creído..., se me figuraba que había tenido ya el honor de ver a esta señora (Mirando a FEDERICO.) en alguna parte.

CLARA. -¿A mí?, lo dificulto. Lo que es yo... Y la cara del señor no es para olvidada. (Las tres se van a hablar con DOÑA INÉS, que se ha sentado en un sillón.)

FEDERICO. -(Aparte a CASIMIRO.) ¿Por qué me mirabas?

CASIMIRO. -¡La de ayer! ¡La que salió de tu cuarto! ¡La del vestido blanco! ¡Chit!, ¡nada, no sé nada!

FEDERICO. -¡Dale, pues este es otro!

CASIMIRO. -(Aparte a LUIS riendo.) ¡Ah, ah, ah! ¡Luis! ¡Luis! ¡Qué tal el niño! ¡Con una mujer casada!... ¡Ah, ah! ¿Ya la habrás tú conocido?

LUIS. -(Absorto.) ¡Eh! ¿Quién, yo? (Aparte.) ¡Cómo es esto..., y se ríe! ¿Pues no es su novia?

FEDERICO. -¡Se han vuelto locos los dos! (Mirando a ISABEL.) ¡Oh, y lo que es eso yo también, o no me falta mucho!

INÉS. -¿Clarita, y tú marido?, nos ofreciste traerlo.

CLARA. -Anda ocupado con las elecciones..., se le ha puesto en la cabeza salir diputado por su provincia, y no come, ni duerme. Además, está esperando noticias de un pleito que tiene en Sevilla, un pleito que su hermano al morir le dejó ya entablado, (Mirando a FEDERICO.) y que lo perderá..., (Aparte.) así lo espero.

CASIMIRO. -(Aparte a FEDERICO.) Ese marido debe perder muy a menudo. ¡Ah, ah, ah! (Aparte a LUIS.) ¡Qué guapa chica tiene el gran bribón! ¿Eh?

LUIS. -(Riendo.) ¡Ya se ve que sí! (Aparte.) ¡Y él lo celebra! ¡Pues señor, estoy desorientado!

FEDERICO. -(Aparte.) ¡El pleito! ¡Si será!... ¡Yo no sé lo que me pasa!

ENRIQUETA. -(A CLARA.) ¡Cuánto te agradezco que hayas venido! No me hallo sin ti.

ISABEL. -¡Ni yo!

CLARA. -(Aparte a ENRIQUETA y a ISABEL.) Tenemos que hablar..., a ver cómo los echamos de aquí.

CASIMIRO. -(Aparte a FEDERICO.) Lo que te pido es que mi novia no huela nada de tus relaciones con la otra..., con su amiga.

FEDERICO. -¡Calla!

ISABEL. -Casimiro, se me olvidaba decir a usted que D. Miguel, nuestro casero, (Ve que FEDERICO la mira, y va poco a poco bajando la voz.) dijo que le espera a usted..., hoy..., a estas horas.

CASIMIRO. -¿El casero? ¡Qué, a estas horas!

INÉS. -Sí, sí..., vaya usted, Casimiro, todavía hay tiempo de sobra. Tú, hija mía, no olvides escribir a tu tío el ministro.

CASIMIRO. -¡Es verdad! Pídele algo para mí, algo bueno. ¿No harás esto en favor del que te obedece siempre como un esclavo?

ENRIQUETA. -(Tomándole de la mano y trayéndole al proscenio.) Venga usted acá, señor esclavo: ¿no me ofreciste que no volverías a fumar?

CASIMIRO. -¿Y yo he fumado?

ENRIQUETA. -¡Ayer!

CASIMIRO. -(Aparte, confundido.) ¡Cáspita! (Mirando a LUIS.) ¿Habrá sido aquel... (Oliéndose.) o será que huelo a tabaco? ¡Qué! Desde ayer..., y además este es otro frac.

INÉS. -Federico, ¿quiere usted acompañarme a la otra sala?

FEDERICO. -(Dándole el brazo.) Señora..., con mucho gusto.

ENRIQUETA. -(A LUIS, que le ofrece el brazo.) Gracias; tengo que ir a escribir.

CLARA. -(A CASIMIRO, que también se le ofrece.) Gracias; tengo que hablar con Isabelita.

INÉS. -Haremos compañía a los que ya han llegado.

LUIS. -(Aparte.) El muy pillo se ha hecho convidar por el mismo novio..., ¡y parecía un leguito!

FEDERICO. -(Aparte.) ¿Cuál será de las tres?

CASIMIRO. -(Aparte a LUIS.) Luis, ¿qué me dices del pobre marido? ¡Ah, ah, ah!

LUIS. -(Aparte a CASIMIRO.) ¡Ah, ah, ah! ¡Pobre hombre! (Para sí.) Pues señor, uno de nosotros dos está haciendo el tonto. (Vanse precedidos de DOÑA INÉS y FEDERICO, el cual no cesa de volver los ojos a mirar a las tres jóvenes.)

Escena V

ISABEL, ENRIQUETA, CLARA.

Las tres observan a hurtadillas la ida de los anteriores, y así que se ven solas se reúnen azoradas.

CLARA. -¡Ay, gracias a Dios!

ENRIQUETA. -¡Ya respiro!

ISABEL. -¡No vuelvo a ponerme delante de él..., sus miradas me asustan!

CLARA. -¡Pues Casimiro me ha conocido!

ENRIQUETA. -¡Y a mí ese otro joven! Como que me vio anoche.

ISABEL. -¡Yo ni me atrevo a hablar! Me va a conocer por la voz; y eso que anoche me quedé allí tan sobrecogida que apenas podía respirar, ¡y hablaba tan bajo!

CLARA. -No tiene más que sospechas, y lo mismo los otros. Escapamos tan de prisa, que no pudieron vernos bien.

ENRIQUETA. -¡Y qué fortuna fue! ¡El pobre Casimiro, mi novio, que me quiere tanto..., y yo también le quiero, porque al fin es buen sujeto..., un poco simple..., pero eso dicen que no importa! ¡Mira tú si llegara a saber dónde estuve anoche!

CLARA. -¡Y mi marido! ¡El hombre más celoso de toda España!

ENRIQUETA. -¡Adiós, boda!

CLARA. -¡Tendríamos en casa al infierno!... ¡Y es cosa divertida! (A ENRIQUETA.) ¡Ya sabrás lo que es eso!

ISABEL. -¡Pues y yo, pobre de mí! ¡Encontrarme allí sola con él! ¡Ay, creí que había llegado mi última hora!

ENRIQUETA. -Pues ¿qué te dijo?

ISABEL. -¡Oh, tantas cosas! Me preguntó si era yo la que continuamente le estaba protegiendo... Y yo le dije... que sí. Me preguntó si era yo la que pasaba los días frente a su balcón, cantando para distraerlo..., y yo le dije... que sí. ¡Mira, el pobre, cómo no lo ha olvidado, cómo se acuerda de mí!

ENRIQUETA. -¿Y qué más te dijo?

ISABEL. -Si era yo la que allá, cuando él estaba enfermo, iba a cuidarlo y a sentarme a la cabecera de su cama.

CLARA. -¡Pobrecillo! ¡Su padre era cajero de mi cuñado, se murió casi de repente, y él recibió tal pesadumbre, que estuvo también para morirse! Todas las mañanas, mientras le duró el delirio, iba yo a verlo a la casuca donde lo recogieron. ¡Cómo se acuerda el infeliz!

ISABEL. -Pues me preguntó si era yo, y yo le dije... que sí.

CLARA. -¡Vaya!

ISABEL. -¡Si estaba tan turbada!... Luego me preguntó si le amaba.

CLARA. -Y le respondiste...

ISABEL. -Que sí.

ENRIQUETA. -¡Isabel!

ISABEL. -¡Qué! Si estaba yo tan..., cualquier cosa que me hubiera dicho, le hubiera respondido que sí.

CLARA. -¡Muchacha!...

ISABEL. -En fin, si él se empeña en conocerme, yo le voy a decir que no estaba sola.

ENRIQUETA. -La invención ha sido de Clara.

CLARA. -La invención sí; pero el descubrimiento y la ejecución es cosa tuya.

(ENRIQUETA e ISABEL hablan a un tiempo.)

ENRIQUETA. -Es que yo diré que no quería..., y que vosotras... me obligasteis a ello..., y... yo...

ISABEL. -Es que yo diré que vosotras..., vosotras... me llevasteis por fuerza a su cuarto... y... yo...

CLARA. -Es que no diréis eso, ni nada, ni tú, ni tú, ni yo. ¿Qué necesidad hay de confesarlo? No señor: tengámonos firmes; démonos aquí palabra de que, por más que hagan, por más que digan, negaremos a pie juntillas.

ENRIQUETA. -Yo la doy.

ISABEL. -Y yo todo lo que queráis.

CLARA. -Luego lo iría diciendo...

ENRIQUETA. -A todos sus amigos.

ISABEL. -¡Es verdad!

CLARA. -¿Y a quién se le hacía creer que en esto no había malicia? Que todo se había reducido a contaros yo la desgracia de ese pobre muchacho, que se veía en la miseria por el pleito que le sigue mi marido..., venir luego Isabel a vivir aquí, y sacar que es el mismo que ella miraba desde su balcón, dar la casualidad de que se mudase a ese cuartito, descubrir el secreto de la puerta y formar el proyecto de protegerlo y sacarlo adelante, sin que él supiera quién lo hacía, sólo por el gusto de entretenernos, haciendo una buena obra.

ENRIQUETA. -¡Nada más!

ISABEL. -¡Es cierto! (Suspirando.) ¡Nada más!

CLARA. -¡A ver! ¿A quién se le hacía creer que no había en esto otro misterio? Dirían que..., ¡sabe Dios!... ¡Nada, nada! Descubrirnos, es perdernos sin provecho para él ni para ti, Isabelita... Ten un poco de paciencia..., veamos ese pleito...

Escena VI

Dichas, FEDERICO.

FEDERICO. -(En el foro.) ¡Las tres juntas!

ENRIQUETA. -(Sin verlo.) Lo que es preciso ya, es renunciar a volver a meternos...

ISABEL. -(En voz baja.) ¡Que está ahí!

CLARA. -(Ídem.) ¡Chit!

FEDERICO. -(Aparte.) ¡Como sea alguna de las tres, yo lo he de averiguar!

ENRIQUETA. -(Yendo a sentarse con ademán tranquilo junto a la mesa de la derecha.) Conque decís que al tío debo pedirle para mi marido...

CLARA. -(Siguiéndola.) ¡Él no es ambicioso que digamos!... Quiere un empleo alto.

ISABEL. -(Yendo junto a ellas.) Ayer se contentaba con poca cosa, hoy ya quiere ser jefe político. (Aparte.) Viene hacia aquí. -Y si pasa un día más, puede que quiera... (Fingiendo sorpresa al ver a FEDERICO que se ha acercado.) ¡Ah!

CLARA. -(Ídem.) ¡Ah!

ENRIQUETA. -(Ídem.) ¡Ah!

ISABEL. -¡Me ha dado usted un susto!

FEDERICO. -Perdonen ustedes: quizá vengo a estorbar...; pero pasaba por la puerta..., y oí un metal de voz...

ISABEL. -(Aparte.) ¡No lo dije!

CLARA. -¿Un metal de voz? ¿Cuál?

FEDERICO. -No me atrevo a..., temo aventurar... ¡Me está sucediendo una aventura tan rara!

ENRIQUETA. -¿Sí?

CLARA. -Cuéntenos usted.

ISABEL. -¿Está usted malo? Siéntese usted.

FEDERICO. -¡Mil gracias! Esa señorita estaba escribiendo...

ENRIQUETA. -No es cosa urgente. Cuéntenos usted...

CLARA. -¿Es quizá sobre el cuadro? Un cuadro que ha enviado usted a la exposición.

FEDERICO. -¡No me lo han admitido, señora! Pero eso es lo que menos me importa.

CLARA. -¿Pues qué clase de aventura?...

FEDERICO. -¡Oh, es una novela!

ISABEL. -¡A mí me gustan mucho las novelas!

ENRIQUETA. -Alguna invención.

FEDERICO. -No, señora, es cosa cierta, a lo menos lo que yo he visto. Son ustedes tan amables, que quiero contárselo, y quisiera contárselo a todo el mundo.

CLARA. -(Aparte.) ¡Qué tal! -¡Veamos, pues!

FEDERICO. -Señora, es el caso, que en medio de mi triste situación me he encontrado con que tengo, no sé cómo, ni dónde, una protectora, una hermana, no sé si más que hermana, que se desvela por mí, que me socorre en secreto. (A ENRIQUETA, que se vuelve para reír.) ¿Se ríe usted?

ENRIQUETA. -¡Yo! ¡No! ¡Si la cosa es interesante!

ISABEL. -Sí que lo es.

CLARA. -¡Un ente imaginario!

FEDERICO. -¡Imaginario!... No, señora, que existe.

CLARA. -¡Algún duende!

FEDERICO. -No, señora: yo no creo en duendes. ¡Es una mujer! ¡Quién sino una mujer es capaz de tanta generosidad y tan tierno afecto!

CLARA. -¡Vamos!

ISABEL. -(Aparte.) ¡Qué dulzura tiene!

CLARA. -Siga usted. Y esa mujer...

FEDERICO. -¡Mujer o duende, como usted dice, qué sé yo! Lo cierto es que me consuela, que me socorre, me infunde valor, me colma de beneficios. Ayer mismo se introdujo en mi cuarto, yo no sé por dónde, pero allí estaban Luis y Casimiro, que la vieron escapar, lo que se llama verla. Solamente que el uno dice que tenía vestido blanco, y el otro que azul. (ENRIQUETA suelta la risa: FEDERICO se acerca a ella.) ¡Señora! (ISABEL suelta también la risa.) ¡Señora!

CLARA. -(Pasando junto a ISABEL, y haciéndola callar.) ¡Chit! -Se les figuraría, o habrán querido embromarle a usted.

FEDERICO. -¡No, señora! Porque ha de saber usted que después, habiéndome quedado solo, me encontré con ella.

CLARA. -¡Eh, poco a poco! Si dice usted que se escapó, ¿cómo es que luego?...

ENRIQUETA. -¡Es verdad!

ISABEL. -¡Ya ve usted!

FEDERICO. -¡Pues eso es lo que me confunde! ¡Eso es lo que no puedo entender! Ella se había marchado, y sin embargo...

CLARA. -¿Y era bonita?

FEDERICO. -¡Si no pude verla! ¡Era de noche, ella había apagado la luz, no veía más que el bulto; pero me habló, la oí!... ¡Su voz me está sonando en los oídos!... ¡Y lo que no sé cómo me atreva a decir, es que aquella voz es la misma de Isabelita, absolutamente la misma!

ISABEL. -¡Jesús, qué ocurrencia!

ENRIQUETA. -¡Lo que yo decía, una novela!

CLARA. -Vean ustedes cómo una mujer se ve comprometida...

FEDERICO. -¡Es que hay más!

LAS TRES. -¡Más!...

FEDERICO. -No..., es decir... ¡Figúrense ustedes que..., vamos, se van ustedes a reír de mí!

CLARA. -Diga usted.

FEDERICO. -Casimiro y Luis se empeñan en que está aquí la que vieron salir de mi cuarto, y sólo en una cosa no están acordes: en que el uno dice que es... (Señalando a ENRIQUETA.) la que me habló en las máscaras...

ENRIQUETA. -¡Qué dice usted!

FEDERICO. -Y el otro, que es...

CLARA. -(Interrumpiéndole.) ¿Isabelita?

FEDERICO. -No, señora... ¡Usted!

CLARA. -¡Yo! ¡Se han vuelto locos!

FEDERICO. -¡Ya se ve! Eso es lo que yo les he dicho, y lo que me digo a mí mismo. Pero sin embargo, confieso que semejante idea, por descabellada que sea, tiene para mí un encanto. Deseo y temo al mismo tiempo aclarar este misterio... ¡Ah, si fuese cierto! Si yo me viese amado de... ¡Perdonen ustedes!... Pero qué otro interés puede guiar a... ¡Pónganse ustedes en mi lugar!

CLARA. -(Acercándose a él.) Pues yo, en su lugar de usted, respetaría ese misterio que ella quiere conservar..., aunque no fuese más que por gratitud. Si una mujer..., (porque será una mujer...) hiciera la imprudencia de comprometerse por favorecerme, por consolarme, yo..., digo, en su lugar de usted, no trataría de escudriñar quién era la que así se ocultaba, y guardaría en lo más hondo de mi pecho un secreto que usted va contando a todo el mundo, a nosotras mismas, por ejemplo, personas que ve usted hoy por primera vez. Desengáñese usted, el mejor modo de hacerse digno de esos favores, es ser reservado. (Riendo.) ¿Qué tal el sermoncito?

FEDERICO. -(Confuso.) ¡Señora, no lo olvidaré!

ISABEL. -Y ese D. Luis..., que parece algo charlatán.

ENRIQUETA. -¡Y Casimiro!

FEDERICO. -¡No, a Casimiro no le he contado nada!

ENRIQUETA. -¡Ha hecho usted bien!, no por mí..., yo no le he visto a usted nunca.

ISABEL. -¡Ni yo!

ENRIQUETA. -Lo que es nosotras, guardaremos el secreto..., créalo usted.

CLARA. -¡Cuánto mejor un hombre!

FEDERICO. -¡Ah, señoras!, he hecho mal en suponer... ¡Pido a ustedes perdón!, yo alimentaba una esperanza quimérica. ¿Cómo era posible? Ninguna de ustedes me ha visto en su vida, ni... Vamos, soy un loco, un insensato. ¡Adiós, señoras! (Se dirige al foro.)

ISABEL. -(Aparte.) ¡Se va!

CLARA. -(Aparte.) ¡Mejor!

ENRIQUETA. -(Aparte.) ¡Mejor! (FEDERICO vuelve la cabeza desde la puerta para mirarlas de nuevo, y al marcharse ya, se encuentra con D. LORENZO, que sale hablando.)

Escena VII

Dichos, D. LORENZO.

LORENZO. -(Saliendo.) ¡Oh! Llego a tiempo de...

CLARA. -(Aparte.) ¡Ay! ¡Mi marido!

FEDERICO. -(Deteniéndose sorprendido.) ¿Caballero?

LORENZO. -¡Calla! ¿Usted por aquí, D. Federico?

ISABEL. -(Aparte.) ¡Ay, Dios!

ENRIQUETA. -Es un amigo de Casimiro, de mi novio.

LORENZO. -¡Vaya, vaya! No me esperaba yo tener este encuentro.

FEDERICO. -¡Ni yo, ciertamente! Y aquella dama, de quien usted me habló ayer..., mi protectora..., está quizá por aquí...

LORENZO. -¡Toma!, yo le dije a usted que estaba en Guadalajara, es verdad, pero va y vuelve continuamente; y mientras yo estaba en su casa de usted..., llegaba ella...

FEDERICO. -¿Conque está aquí?

LORENZO. -Sí, señor; mírela usted, mi mujer.

ENRIQUETA. -(Separándose.) ¡Bueno va!

ISABEL. -(Ídem.) ¡Ay, Dios!

CLARA. -¡Cómo!... ¿Este caballerito es el del pleito?... No sabía...

FEDERICO. -¡Señora!...

LORENZO. -¡Este es!, y él te puede decir cuánto le insté a nombre de D. Lorenzo del Pozo, para lograr una transacción; pero se negó.

FEDERICO. -¡Y me niego todavía! Tengo esperanzas... Pero no por eso agradezco menos a esta señora el interés que se tomó por una persona... (Con intención.) a quien nunca había visto. (Saluda y se va.)

Escena VIII

ENRIQUETA, CLARA, D. LORENZO, ISABEL.

LORENZO. -¡Pobre muchacho! Y me alegro de que no haya averiguado quién soy. Pero aún habla de esperanzas... ¿Conque no sabe que ha perdido el pleito?

CLARA Y ENRIQUETA. -¿Cómo?

ISABEL. -¡Lo ha perdido!

LORENZO. -¡Perdido! Acabo de recibir la noticia. Es decir, el honor de su padre ha quedado ileso; pero los 10.000 duros... se ha sentenciado que vuelvan a la caja de mi hermano.

ENRIQUETA. -¡Es decir, a su poder de usted!

ISABEL. -¡Y se queda en la miseria!

ENRIQUETA. -¡Sin tener qué comer!

LORENZO. -¡Vaya un interés que se toman ustedes por el muchacho!

ENRIQUETA. -Porque es desgraciado, porque no tiene a quién volver los ojos. (Como poseída de una idea.) ¡Pero calla, es verdad! (Corre a la mesa y se pone a escribir.) El ministro me dijo que le pidiera...

ISABEL. -Y usted que es tan rico, Sr. D. Lorenzo, le gana ese pleito injusto; ¡sí, señor, injusto! ¡Yo no sé a qué se reduce el pleito; pero es injusto!

ENRIQUETA. -(Escribiendo.) Injustísimo.

LORENZO. -¡Estas muchachas se han vuelto locas! (Se va a sentar a la izquierda.)

CLARA. -(Aparte a las dos.) Marchaos y dejadme a mí. (ISABEL y ENRIQUETA se van poco a poco.)

Escena IX

CLARA, D. LORENZO.

CLARA. -(Aparte.) ¡Ea, valor!

LORENZO. -¡Pleito injusto! ¡No es mala ocurrencia!

CLARA. -(Acercándose a él y echándole un brazo al cuello.) ¡Reflexiona, Lorencito! Es un pobrecillo pintor que se ve despojado de su escaso patrimonio... ¿Y por quién? ¡Por ti, que eres tan caritativo..., tan generoso! Y le vas a dejar en la calle, sin recursos, sin porvenir. (Poniéndole la mano en el corazón.) Vamos, ¿no te dice nada éste?

LORENZO. -Nada. Además, Clarita, ya hice lo que me dijiste: fui a verlo, subí sus ciento y tantos escalones, que llegué sin aliento. ¡Eso ya es algo! ¡Y nada, no quiso escuchar nada!

CLARA. -¡Ya! Porque entonces mediaba el honor de su padre; pero ahora que ese punto se ha salvado y sólo se trata del dinero...

LORENZO. -Él se hará rico. Hoy día los literatos y los artistas ganan ya mucho dinero.

CLARA. -Mucho no; más que antes..., y eso es según. Antiguamente la nobleza los protegía. Hoy que se ha formado esa aristocracia de la riqueza, a que tú perteneces, no vendría mal que tomase lo bueno de la antigua. Con el dinero os hacéis condes y marqueses: queréis formar una nueva nobleza...; pues bien, empezad por ennoblecerla.

LORENZO. -¡Esas son palabras! ¿Qué beneficios me traerá?

CLARA. -¡Muchos!

LORENZO. -¿Cuáles? ¿Me servirá para que hablen bien de mí los periódicos? ¿Me servirá para que me nombren diputado?

CLARA. -¡Ya se ve que sí!

LORENZO. -¡Qué disparate! Dime, ¿no estás tú haciendo continuamente obras de caridad? ¿No me haces estar sacando sin cesar dinero para éste, para aquél, ya para la inclusa, ya para las cárceles?... ¡Qué sé yo! Tú me dices que eso me sirve... ¡Para con Dios, puede ser; pero para con los periódicos!... ¡Ni un renglón ha puesto ninguno de ellos! ¡Eso es capaz de entibiar la caridad!

CLARA. -(Aparte.) ¡No hay medio!

LORENZO. -¿Te aflige lo que te digo?

CLARA. -Sí; me aflige por ti..., que eres mejor de lo que quieres aparentar. Vaya, ¿conque tienes miedo a los periódicos?

LORENZO. -Es decir, miedo no. ¡Si siquiera callaran! ¡Pero ahora la han tomado conmigo! Ya sabes que deseo ser diputado, se van a hacer las elecciones... Pues desde que soy candidato por Andalucía, los periódicos de Sevilla me hacen una guerra sangrienta.

CLARA. -¡Eso es! ¡Y para ponerlos de tu parte sigues allí mismo un pleito con un joven pintor sevillano, muy querido en el país, y le arruinas! ¡Buen modo de conciliarte el afecto de los electores!

LORENZO. -¿Y yo qué culpa tengo?

CLARA. -¡Y un pleito injusto!

LORENZO. -¡Eso es cosa de la audiencia!

CLARA. -(Como ocurriéndosele una idea) ¡Ah, escucha! ¿El pleito ya lo has ganado? Pues ahora puedes dar un golpe magnífico.

LORENZO. -¿Qué golpe?

CLARA. -¡Tienes una buena ocasión de obligar a tus amigos a que te elogien, a que te pongan en las nubes, a que digan que eres el hombre más generoso y más digno de la confianza de tus conciudadanos!

LORENZO. -¿Cómo?

CLARA. -¿No decías ayer que darías..., qué sé yo, cuanto poseías, por ser diputado?

LORENZO. -Sí... lo dije... así... en un momento de...

CLARA. -Pues bien; conque restituyas los diez mil duros a ese pobre muchacho... ¡es cosa hecha!

LORENZO. -¡Eh, poco a poco, Clarita! ¡Eso de restituir!...

CLARA. -¡No, restituirlos no..., porque son legalmente tuyos..., pero otra cosa más noble que restituirlos: darlos! ¡Y todo por amor a las artes..., por pura generosidad! ¡Mira: le escribes a Federico una carta... bien puesta! La haremos entre los dos..., y luego... se hace de modo que aparezca en un periódico de Madrid... Los de Sevilla la copian al momento..., y...

LORENZO. -Bien... Pero...

CLARA. -¿Qué mejor respuesta puedes dar a los que dicen y escriben que eres un ente inútil al Estado..., que no haces más que embolsarte tus millones... y no emplearlos jamás en beneficio del país?...

LORENZO. -¡Sí..., eso mismo decían en un artículo esos canallas!

CLARA. -¡Pues ya ves..., y con dos renglones los aniquilas..., los hundes en el polvo!..., ¡Y luego te presentas en Sevilla con la cabeza erguida..., y en vez de la cencerrada, que te están preparando ya, te recibirán con los brazos abiertos..., te llamarán el protector de las artes..., te darán una serenata!

LORENZO. -(Sin poder disimular el gozo.) ¡Calla, loca!

CLARA. -¡Y te harán diputado..., y vendrás a las Cortes con un prestigio!... ¡Y luego..., quién sabe..., serás ministro!

LORENZO. -¡Ministro!... Ministro de Hacienda, ¿eh?

CLARA. -Sí.

LORENZO. -¡Soberbio! ¡Pero aflojar diez mil duros!

CLARA. -¡No dirán entonces que no eres liberal!

LORENZO. -¡Ya!

CLARA. -¡Ah, y ahora que me acuerdo!... Aquí está un amigo suyo..., un D. Luis...

LORENZO. -¡Sí, uno muy burlón!...

CLARA. -Es abogado... y periodista.

LORENZO. -¡Calla! ¿Periodista?

CLARA. -¡Y de los más tremendos!

LORENZO. -¡No importa..., no importa!

Escena X

Dichos, DOÑA INÉS.

INÉS. -¡Ah! A usted le buscaba, Sr. D. Lorenzo.

LORENZO. -Señora...

INÉS. -¡Jesús! ¡Ese joven pintor me ha dado un susto!

LORENZO. -¿Cómo?

INÉS. -¡Yo creo que es loco!... Mira a todos con unos ojos... Allí se puso Isabelita al piano a cantar una cavatina..., cuando de repente el bueno del muchacho da un grito tremendo... ¡Válgame Dios, yo llevé un susto!... Dijo que era un vahído...

LORENZO. -(Aparte a CLARA.) ¡Habrá recibido la noticia del pleito!

INÉS. -¡Todos acudieron a él..., y al fin saltó con que se marchaba..., y se marchaba!... ¡Vaya con Dios! Yo le buscaba a usted para que fuera a repasar el contrato matrimonial..., usted que entiende de esos negocios...

LORENZO. -Con mucho gusto, señora.

CLARA. -En el gabinete..., ¿no es verdad? Yo le acompañaré.

INÉS. -Pues vamos en un instante. (Se va por la izquierda.)

Escena XI

CLARA, D. LORENZO.

CLARA. -Vamos, Lorencito, vamos..., y pondremos esa carta entre los dos.

LORENZO. -No, Clara, no... ¡Cáspita!, yo no aflojo...

CLARA. -¿No aflojas?

LORENZO. -No.

CLARA. -¿Conque no? (Impaciente.) Pues no serás diputado.

LORENZO. -¡Eso lo veremos!

CLARA. -¡Ni ministro! ¡Y yo tengo ambición..., yo quiero ser ministra..., yo quiero tener excelencia!

LORENZO. -¡Y la tendrás!... La provincia está de mi parte.

CLARA. -¡Sí, de tu parte! ¡No ha de quedar sartén ni almirez en toda ella, que no te aturda los oídos en cuanto asomes por allá!

LORENZO. -(Colérico.) ¡Calla, calla..., profeta de todos los demonios!

CLARA. -Y después de la cencerrada, no pienses en volverme a ver. Yo no vivo con un hombre a quien todos señalarán con el dedo, diciendo: «¡Ahí va... el del cencerro!»

LORENZO. -¿Eh? ¿Qué es eso del cencerro?... ¡Cuidado!

CLARA. -¡Hasta los chicos te han de silbar por la calle!

LORENZO. -¡Basta, basta! (Yéndose.)

CLARA. -¡Y mañana has de ver qué artículo sale!..., escrito por ese D. Luis, que está aquí...

LORENZO. -¡Otro artículo! ¡Pero señor..., esto es una conjuración contra mi bolsillo! (Yéndose.) ¡Pues no..., no me sacan un cuarto!

CLARA. -(Dejándose caer en una silla.) ¡Ay, Jesús!... ¡Ay, Jesús! ¡Bastara que fuese gusto mío... para que me cumpliera este antojo!

LORENZO. -(Volviendo hacia ella con asombro y gozo.) ¡Antojo!... ¿Clarita, es antojo?

CLARA. -Sí.

LORENZO. -(Levantándola y llevándosela.) Pues vamos, vamos..., y... ¡cómo ha de ser!..., hablaremos... (Aparte.) ¡Ay, Dios mío..., un antojo de diez mil duros! -Agárrate bien... ¡Despacito!

CLARA. -(Sonriendo aparte.) ¡Ya es mío!

Acto tercero

La misma decoración del segundo.

Escena primera

FEDERICO, CASIMIRO. Luego, DOÑA INÉS.

(CASIMIRO aparece por el foro trayendo a la fuerza a FEDERICO.)

CASIMIRO. -¡Que no te dejo ir..., hola!

FEDERICO. -(Queriendo soltarse.) ¡Casimiro, por Dios!...

CASIMIRO. -(Sin soltarlo.) ¡Que no te suelto!... ¡Eh, mamá, mamá!...

INÉS. -(Saliendo por la izquierda.) ¿Qué voces son esas?

CASIMIRO. -¡Aquí traigo un desertor!... Venía yo de ver al casero..., ¡buena pieza es su casero de usted!..., ¡y me encuentro con que el señorito se nos escapaba!

INÉS. -Sí..., poco hace que se sintió indispuesto. No sabemos si alguna pesadumbre...

FEDERICO. -¡Yo, señora!...

CASIMIRO. -¡Pesadumbre!... Qué, ¿te da pesadumbre la muchacha aquella?

FEDERICO. -¡Casimiro!

INÉS. -¡Casimiro!

CASIMIRO. -¡Es verdad..., la reserva!... (A DOÑA INÉS.) ¡Está enamorado! ¡Pero hoy no es día de mal humor!... ¡Ah, a propósito!... Tengo una historia divertidísima..., para contarla de sobremesa. (Dando golpes por las paredes.) ¿Si será por aquí?

INÉS. -¿Qué hace usted?

CASIMIRO. -Federico, golpea por ahí, a ver si suena a hueco. ¿Sabe usted, mamá, que en esta casa no está usted segura..., por aquello de... casa con dos puertas mala es de guardar?

INÉS. -¿Qué dice usted?

CASIMIRO. -Que hay por aquí puertas secretas...

FEDERICO. -(Llegándose a CASIMIRO.) ¡Puertas secretas!

CASIMIRO. -¡Sí, de veras!..., me lo acaba de descubrir el casero. ¡Allí habías de ver una facha!... ¡Qué panza tiene!

FEDERICO. -(Alterado.) ¡Puerta secreta!...

INÉS. -A ver..., explíquese usted.

CASIMIRO. -Yo lo reservaba para luego..., en la mesa... Pero habrá damas, y la cosa es un poquillo...

FEDERICO. -¡Vamos, cuenta, cuenta!

CASIMIRO. -Pues señor, fui allá a decirle que como la familia se aumentaba..., y se aumentará más, si Dios quiere..., ¿eh, mamá?

INÉS. -¡Vamos!

CASIMIRO. -Se veía usted obligada a mudarse de casa. El hombre se puso tan desconsolado...; pero yo le dije que no había remedio..., que necesitábamos lo menos una pieza más. Entonces se da una gran palmada y dice: «¡Calla, calla!... ¡Ya está arreglado! Mire usted..., esto se lo digo en confianza..., hay en la casa una comunicación secreta con otro cuarto.»

FEDERICO. -¡Cielos!

INÉS. -¡Algún cuento!

CASIMIRO. -No, señora; no es cuento, es una puerta.

FEDERICO. -¡Una puerta! (Aparte.) ¡Dios mío!

INÉS. -¿Qué puerta ha de haber..., y a qué venía esa puerta?

CASIMIRO. -Diré a usted. (Mirando.) A bien que ahora no hay aquí niñas. El tal casero..., en su tiempo ha sido joven, según él dice. ¡Nadie lo creería al verlo! Entonces vivía en esta casa...; y en otra contigua, pero cuya puerta da a otra calle, vivía en un cuarto del piso tercero una muchacha a quien dice él que había inspirado una pasión violenta... (Riendo.) ¡Ah, ah, ah! ¡Si la muchacha le hubiera visto ahora..., con aquella panza!... ¡Ah, ah!

FEDERICO. -¡Sigue, sigue!

CASIMIRO. -Como la otra calle parece que está en cuesta, resulta que su piso tercero, con honores de buhardilla, está al mismo nivel de este, que es segundo. Pues señor, el enamorado casero ¿qué hizo?..., abrió una puerta secreta, no sé en cuál de estas piezas..., muy disimulada con las molduras, por la cual se comunicaban los amantes, como si vivieran en la misma casa..., y... (A FEDERICO riendo.) ¡Ah, ah, ah! ¿Ya entiendes?... ¡Ah, ah!

FEDERICO. -(Riendo a la fuerza.) ¡Sí!... ¡Ah, ah, ah!

INÉS. -¡Casimiro!

CASIMIRO. -¡Nada, mamá..., no digo nada!

FEDERICO. -Pero esa puerta...

INÉS. -¿Dónde está esa puerta?

CASIMIRO. -¡No se asuste usted!... La puerta... la condenarían...

INÉS. -¡Eso es otra cosa!

FEDERICO. -(Aparte.) No..., no lo está.

CASIMIRO. -Como toda la manzana es del mismo casero, dice que podrá... Yo he andado ya golpeando por todas las paredes, y... ¡es mucha ocurrencia!..., luego se la contaré a...

INÉS. -¡A nadie! (Aparte a CASIMIRO con severidad.) ¿No reflexiona usted, calavera, que mi hija..., la que va a ser su mujer..., ha vivido aquí muchos años?

CASIMIRO. -(Mudando de tono.) ¡Qué dice usted, mamá!... ¡Pues es cierto!... ¡Cáspita!

INÉS. -Vamos adentro..., ¡y cuidado con chistar!

CASIMIRO. -(Dándola el brazo.) Vamos. ¿Vienes, Federico? ¡Oh! ¡Lo que es la puerta... estará tabicada!

INÉS. -¡Por supuesto! (Se van.)

Escena II

FEDERICO. Luego, LUIS.

FEDERICO. -(Agitado.) ¡Sí..., eso es!... Aquí la calle de Alcalá..., a espaldas la del Caballero de Gracia... ¡No hay duda..., no hay duda! ¿Y esa puerta secreta... (Mirando por todas partes.) dónde estará?... ¿Y quién de ellas será mi ángel protector?... ¿Clara, que me ha recomendado a su marido?.. ¿Enriqueta... o Isabel?... ¡Ah, si fuera Isabel!... ¡Cómo le temblaba la voz cuando se puso a cantar!... ¡Y era la misma voz..., la misma que oí en otro tiempo desde mi balcón! ¡Oh, (Señalando al corazón.) la tengo aquí..., aquí!... ¡Y su rostro..., su rostro es como yo me lo figuraba en mis sueños!

LUIS. -(Apresurado.) ¡Federico!... ¡Pobre Federico!... ¡Te andaba buscando por toda la casa!

FEDERICO. -(Fuera de sí.) ¡Ah, querido Luis..., si supieras!... (Aparte.) ¡No, no!... ¡Quiero ser reservado!

LUIS. -Ya lo sé todo.

FEDERICO. -¡Cielos! Pues no lo digas.

LUIS. -¿El qué?... ¿Que has perdido tu pleito?

FEDERICO. -¿Mi pleito?

LUIS. -¡El honor de tu padre queda en salvo; pero las pesetas... volaron!

FEDERICO. -¡Eh! ¡Déjame de dinero! ¡Qué me importa cuando soy feliz!

LUIS. -¿Qué, qué?

FEDERICO. -¡Sí, feliz!... Porque has de saber... (Aparte retirándose.) ¡No, no..., no digo nada, aunque me ahogue!... ¡Yo me lo guardaré aquí..., con mi gozo..., con mi esperanza!... (Sollozando.) ¡Ay Dios mío..., ay Dios mío! (Se deja caer en una silla.)

LUIS. -¡Hombre!... ¡Pues no está llorando!... Y dice que es feliz, y que... ¡Ya sé que eres feliz... a expensas del pobre Casimiro!... ¡y la dichosa Enriqueta!...

FEDERICO. -(Levantándose.) ¡Ah! ¡No pronuncies ese nombre..., ni el de la otra..., ni el de la otra!... ¿Entiendes? ¡Te lo prohíbo!

LUIS. -¿Y cuál es la otra?

FEDERICO. -(Aparte.) ¿Pero cómo haré para obligarlas a que se descubran conmigo..., a que me confiesen el secreto de la puerta?

LUIS. -¿Qué puerta?... ¡Hombre, habla!... ¡Tú te has vuelto loco!

FEDERICO. -¡Sí, ya lo sé!

Escena III

Dichos, ENRIQUETA, ISABEL.

ENRIQUETA. -(A ISABEL en el foro.) Te digo que no se ha marchado.

ISABEL. -¡Es verdad..., allí le veo! (Se quedan en el foro.)

FEDERICO. -(Aparte.) ¡Ellas son!

LUIS. -¡Las niñas!

FEDERICO. -(Deteniéndole.) ¡Chit! Quieto..., no mires..., haz que no las ves. (Aparte.) ¡Yo las haré descubrirse!

LUIS. -¿A que me vuelve a mí loco también?

ENRIQUETA. -(A ISABEL.) Vámonos adentro.

FEDERICO. -(Fingiendo desesperación.) ¡Qué me dices, amigo mío!... ¡Es posible!... ¿He perdido el pleito?... ¿Me han devuelto mi cuadro de la exposición? ¡Qué golpes..., qué golpes!... ¡Ya no hay recurso..., ya no me queda esperanza..., ya no tengo porvenir!... ¡Voy a matarme!

ENRIQUETA E ISABEL. -(Bajando asustadas.) ¡Ay Dios mío!

FEDERICO. -(Aparte, mirándolas.) ¡Se han asustado!

LUIS. -¿Qué es lo que dices?

FEDERICO. -(Con más exaltación.) ¡Sí!... ¡A matarme! ¡Este recurso, a lo menos, nadie me lo quitará! Para eso no se necesita más que una voluntad decidida..., y una pistola.

ISABEL Y ENRIQUETA. -(Dando un grito.) ¡Ay, Jesús!

LUIS. -(Aparte.) ¡Calla, hombre..., que las asustas!

FEDERICO. -(Aparte.) ¡Ya lo sé!... ¡Quieto!... Haz siempre que no las ves.

LUIS. -¡Está rematado!

FEDERICO. -(Con desesperación.) ¡Adiós! ¡Voy a poner fin a mis desgracias!... (Dándole la mano.) ¡Amigo mío, acuérdate de mí..., y derrama una lágrima en mi sepulcro!... ¡Adiós! (Aparte.) ¡Vente tras de mí!

LUIS. -¿Eh?

FEDERICO. -(Trágicamente.) ¡Adiós!

ISABEL. -(Bajando.) ¡Federico!

ENRIQUETA. -¡No salga usted!

FEDERICO. -(Aparte.) ¡Bueno va! Señoritas, perdonen ustedes..., no había reparado... Le decía a mi amigo Luis... que me iba a marchar..., a marchar a mi casa..., a cierto negocio..., cierto negocio... Y dentro de un instante..., de un instante... ¡Adiós! (Se va apresurado por el foro.)

ISABEL. -¡Federico!

ENRIQUETA. -¡Se va!

LUIS. -¡Yo estoy en Babia!

ISABEL. -(A LUIS.) ¡Ah! ¡Vaya usted!... ¡Sígale usted!... ¡No le abandone!

ENRIQUETA. -¡Corra usted, por Dios!... ¡Sálvele usted!... ¡Yo voy a avisar a Clara!...

LUIS. -Pero permita usted... (Aparte.) Él me ha dicho que le siga.

ENRIQUETA. -¡Vaya!... Dígale que espere..., que aún no lo ha perdido todo!... Vaya usted, y vuelva...

ISABEL. -¡Se va a matar!

LUIS. -No tal.

ENRIQUETA E ISABEL. -¡Sí..., se va a matar!

ENRIQUETA. -(Llevándose a LUIS.) ¡Vaya usted!

Escena IV

ISABEL. Luego, FEDERICO.

ISABEL. -¡Ya no llegará a tiempo!... ¡Es seguro!... ¡Se mata!... Aquellas pistolas... ¡Dios mío, pobre de mí! (Se sienta.)

FEDERICO. -(En el foro, viendo ir a ENRIQUETA.) ¿Dónde irá Enriqueta?

ISABEL. -¡Si yo se las hubiera quitado! ¡Malditas pistolas! (Levantándose.) ¿Y quién me estorba ahora?

FEDERICO. -(Aparte.) ¡Isabel está aquí! (Entra y se esconde en la puerta de la izquierda.)

ISABEL. -¡Pero... y si me ven!... ¡No importa..., voy a aventurarme por salvarle la vida! (Mira alrededor, y va a cerrar la puerta del foro.) ¡Tiene que dar la vuelta a otra calle..., yo llegaré antes que él! (Va a la derecha, y aparta a un lado la mesa.) ¡Si acertaré yo sola! (FEDERICO sale y la observa: ella toca a un resorte, y la puerta se abre rápidamente.)

FEDERICO. -(Llegándose.) ¡Gran Dios!

ISABEL. -(Volviéndose asustada.) ¡Ay!

FEDERICO. -(Loco de gozo.) ¡Ella era!... ¡Ella era!

ISABEL. -(Queriendo ocultar con su cuerpo la puerta.) ¡Federico..., váyase usted..., váyase usted!

FEDERICO. -¡Isabel!... ¡Ah, perdón!

ISABEL. -¡Váyase usted!... ¡Yo me iba a perder!

FEDERICO. -¡Sí... por salvarme!

ISABEL. -¡No, señor!

FEDERICO. -¡Sí, sí! Todo ha sido ficción, para obligarla a usted a que se descubriese.

ISABEL. -(Cayéndose.) ¡Ay!

FEDERICO. -(Sosteniéndola.) ¡Isabel, serénese usted!

ISABEL. -(Queriendo apartarse.) ¡Déjeme usted, Federico!

FEDERICO. -¡Ah, es usted la que ayer noche..., confiéselo usted!

ISABEL. -¡No entré yo sola!

FEDERICO. -¿Sus amigas de usted también?...

ISABEL. -¡Sí, señor..., ya no podemos ocultarlo! ¡Las tres pensábamos en usted!

FEDERICO. -¿Clara?

ISABEL. -Fue la que visitó a usted cuando estuvo enfermo...

FEDERICO. -Y Enriqueta...

ISABEL. -La que lo embromó a usted en las máscaras...

FEDERICO. -(Con fuego.) ¡Y usted!...

ISABEL. -¡Yo!... La que cantaba desde mi balcón, mientras usted pintaba... ¡Luego que vine a esta casa yo no me olvidaba de usted!... Descubrimos casualmente esa puerta secreta, y nos propusimos las tres...

FEDERICO. -¡Ah, bien me lo decía el corazón! ¡Sí!... Y este amor..., este amor que siento...

ISABEL. -(Con tristeza.) ¿Por las tres?

Escena V

Dichos, CLARA, ENRIQUETA, por la izquierda. Luego, LUIS.

CLARA. -(A ENRIQUETA.) Sí... has hecho bien de escribir al ministro...

FEDERICO. -¡Vengan ustedes!... ¡Ya lo sé todo!

ISABEL. -No ha sido culpa mía.

CLARA Y ENRIQUETA. -¡Cielos!

FEDERICO. -¡No teman ustedes..., nadie lo sabrá! ¡Ah, soy feliz..., feliz!

ENRIQUETA. -¡Por Dios... que viene mi madre!

CLARA. -¡Y mi marido!

LUIS. -(Dentro.) ¡Federico!... ¡Federico!

ISABEL. -(Asustada, corriendo al lado opuesto.) ¡Ay, qué voces!...

LUIS. -(Dentro.) Federico, ¿dónde diablos estás?... (Sale por la puerta secreta, dando vueltas, como un hombre mareado.) ¡Ay, ay, ay!

FEDERICO. -(Empujándolo al lado opuesto.) ¡Anda, torpe!

CLARA. -¡Ya están aquí! (FEDERICO se deja caer con su cuerpo contra la puerta, y la cierra de golpe, al mismo tiempo que aparecen por la otra DOÑA INÉS y D. LORENZO. LUIS da vueltas, sin saber dónde se halla: ISABEL se deja caer en una silla.)

LUIS. -¿Dónde diablos estoy?... ¿Es esto comedia de magia?

CLARA. -(Aparte, a LUIS.) Calle usted..., y haga exactamente todo lo que yo le diga.

Escena VI

LUIS, CLARA, D. LORENZO, DOÑA INÉS, FEDERICO, ENRIQUETA, ISABEL.

INÉS. -(A D. LORENZO.) Vamos, no se acalore usted.

LORENZO. -¡Yo no me acaloro!... ¡Pero le parece a usted!... Atacarme con un artículo tan virulento ese señor...

CLARA. -(Aparte, indicándole a LUIS.) ¡Este es..., este es el autor!

LORENZO. -(Aparte.) El periodista, ¿eh? No me importa... ¡Yo no cedo a las amenazas!... -Sr. D. Federico, ¿usted no sabía quién era yo?... Pues yo soy su parte contraria.

FEDERICO. -¿D. Lorenzo del Pozo?

LORENZO. -El mismo: yo he defendido mi derecho, y he ganado el pleito. Ya sé lo que se trata de decir de mí..., lo que se trata de escribir... contra mi persona... (Mirando de lado a LUIS.) Ya sé que el artículo está escrito, y se va a publicar mañana... (Recalcando.) ¡Digo que lo sé!

LUIS. -(Reparando que D. LORENZO le mira.) ¡Calla!

CLARA. -(Aparte a LUIS, pasando por detrás de él y yendo a la mesa a tomar un pliego de papel.) ¡Dese usted por entendido!

LUIS. -(Aparte.) ¿Otra?... Bien; ¡siga la cosa!

LORENZO. -(Siempre en tono enfático.) ¡Pero nada de este mundo me hace a mí desistir de una acción que prueba mi civismo y mis sentimientos humanitarios y filantrópicos! Tengo a mucha gloria que se me ofrezca esta ocasión de manifestar mi aprecio a un joven artista..., renunciando en favor suyo los diez mil duros..., ¡los diez mil duros!... que me pertenecen por sentencia del poder judicial.

FEDERICO. -(Pasando a su lado.) ¡Qué oigo!... Sr. D. Lorenzo... (Aparte.) ¡Ah, Clara!

INÉS. -¡Oh, qué rasgo!

ISABEL. -¡Qué generosidad!

CLARA. -(Mirando a LUIS, con intención.) ¡Eso se llama un hombre!

LUIS. -¡Todo un hombre!

CLARA. -(Aparte a LUIS dándole a escondidas el papel.) Tome usted este papel.

LUIS. -(Aparte.) ¡Estoy haciendo el bobo!

LORENZO. -¡Yo soy así!... (Mirando de rabo de ojo a LUIS.) ¡El ente inútil!... ¡El que se embolsa mis millones... y no protege la industria!... ¡Que escriban..., que escriban artículos!

CLARA. -(Aparte a LUIS.) Rompa usted ese papel.

LORENZO. -¡Que los envíen a los periódicos de Sevilla..., que me quiten votos..., nada temo! (LUIS rompe el papel, haciendo gestos de hombre que obra maquinalmente.)

CLARA. -(Aparte a D. LORENZO, indicándole los pedazos.) ¡Míralo..., ya lo ha roto!

LORENZO. -Esto no lo digo aquí... con intención de que el beneficio que acabo de hacer... se publique..., se imprima... ¡No, señor!

CLARA. -(Mirando a LUIS.) ¡Debe imprimirse!

LUIS. -(Mirando embobado a CLARA.) ¡Se imprimirá! (Aparte.) ¡Pues señor, sigue la charada!

Escena VII

Dichos, CASIMIRO.

CASIMIRO. -Enriqueta, aquí te han traído una carta.

ENRIQUETA. -¿A mí?

CASIMIRO. -Sí..., y es del ministro..., la trae un portero...

INÉS. -¡De tu tío! (Tomándola.)

ENRIQUETA. -¡Ay, lea usted!

CASIMIRO. -(Mientras DOÑA INÉS lo abre.) ¡Del ministro, sí!... El regalo..., el regalo de boda... Yo me contento con poco...

INÉS. -¡Calle usted! (Lee.) «Querida Enriqueta: no he olvidado la oferta que te hice...»

CASIMIRO. -¡Cómo se ha de olvidar un ministro!...

ENRIQUETA. -¡Calle usted!

INÉS. -(Leyendo.) «Y celebraré que sea del agrado de tu marido...»

CASIMIRO. -¡Qué fino! Jefe político lo menos...

ISABEL. -¡Calle usted, hombre!

INÉS. -(Leyendo.) «Puedes ya decirle que su amigo D. Federico recibirá mañana el nombramiento para un destino de veinte mil reales de sueldo en el Museo Nacional...»

CASIMIRO. -¿Eh, qué?...

FEDERICO. -¡Cielos! ¡Es posible, Casimiro! ¿Tú has pedido para mí?

CASIMIRO. -¡Yo no he pedido nada! (A DOÑA INÉS.) ¿Qué más dice?

INÉS. -No dice más.

ENRIQUETA. -¡Tú no necesitas!... ¡El ministro habrá sabido tu amistad con Federico..., y eso es!

CASIMIRO. -¡Eso es!

FEDERICO. -(Aparte.) ¡Ah, Enriqueta!

LORENZO. -¡Eso se llama un amigo!...

CASIMIRO. -¡Gracias!

CLARA. -¡Un amigo de las artes!

CASIMIRO. -(Yéndose al foro.) ¡Gracias! (DOÑA INÉS le sigue: D. LORENZO y LUIS se alejan también conversando. FEDERICO y las tres jóvenes quedan en el proscenio.)

FEDERICO. - (Dirigiéndose a CLARA.) ¡Ah, Clara..., a usted la debo mi patrimonio!... (A ENRIQUETA.) ¡Y a usted, Enriqueta, mi colocación, mi carrera!... (Acercándose tímidamente a ISABEL.) ¿Y a usted, Isabel?

ISABEL. -(Con rubor.) ¿A mí?... ¡Nada! ¡Yo no puedo nada..., soy una pobre huérfana!

FEDERICO. -Quizá pueda usted darme... un tesoro mayor.

ISABEL. -¡Yo!... Como no sea... la mano de amiga...

CLARA. -(Empujándola hacia FEDERICO.) ¡Eh! ¿Y por qué no de esposa?

FEDERICO. -(Cayendo a sus pies.) ¡Ah, Isabel!...

ISABEL. -(A CLARA y ENRIQUETA.) ¡Siempre he de hacer yo vuestro gusto!

CLARA Y ENRIQUETA. -¡Y el tuyo!

(INÉS, LORENZO, LUIS y CASIMIRO, a un tiempo bajando.)

INÉS. -¡Qué es eso!

LORENZO. -¡Qué es eso!

LUIS. -¡Qué es eso!

CASIMIRO. -¡Qué es eso!

CLARA. -¡Nada..., otra boda!

INÉS. -¡Isabelita!... ¡Vaya, me alegro!... ¡Buena elección!

LUIS. -(Aparte.) ¡Es mucha historia! Mira, Federico, yo me voy a mudar a tu buhardilla.

FEDERICO. -Corriente.

ISABEL. -(Aparte a FEDERICO.) ¿Haremos tapiar la puerta?

FEDERICO. -Sí, hija mía, sí.

La mujer de un artista

Comedia en dos actos

Personas



CLERMONT, pintor.
MATILDE,su mujer.
EL VIZCONDE DE RETHEL.
AGUSTÍN.
VICTORINA.

(París. - 1838)

Acto primero

El estudio del pintor. Cuadros, caballetes, etc.

Escena primera

EL VIZCONDE, VICTORINA.

VIZCONDE. -¡Cómo! ¿Aún no ha salido Clermont a su estudio?

VICTORINA. -No, señor; el ama no quiere que baje tan temprano: casi todos los días se levanta al amanecer, y se está pintando sin alzar cabeza hasta que anochece; y la señora se enfada, y el médico también, porque dice que está destruyendo su salud y muy expuesto a perder la vista.

VIZCONDE. -¡Cáspita! ¡Cuidado con eso! La vista es de primera necesidad para un pintor..., y para un marido, y marido de tan linda muchacha.

VICTORINA. -Por lo que hace a la señora, ninguna necesidad hay de que nadie la cele: ella sabe guardarse..., y esto es lo que digo a vos, que aunque sois algo calavera, conozco que tenéis buen fondo, y... en fin, lo que yo os digo es que todos los que la andan alrededor... pierden su tiempo.

VIZCONDE. -¿De veras?

VICTORINA. -¡Oh! Respondo de ella como de mí misma.

VIZCONDE. -¿Y puedes tú responder de ti misma? Te parece a ti, Victorina, que si uno quisiera tomarse el trabajo...

VICTORINA. -Hagamos la prueba... Porque sois un señor vizconde con jockey y tílburi y lente, ¿pensáis que podríais conquistarme?

VIZCONDE. -¿Por qué no? Pues no te ha conquistado Agustín, el aprendiz de tu amo...

VICTORINA. -¡Dale!

VIZCONDE. -¿Que anda a pie, y es tan torpe y tan zopenco? Digo, me parece que hay alguna diferencia.

VICTORINA. -No sois mal mozo.

VIZCONDE. -Vamos, desengáñate, que si yo me empeñara... No lo digo precisamente por ti..., ni por tu ama, mujer de un artista distinguido...

VICTORINA. -¡Mi ama! ¡Ya estáis fresco! Mi ama quiere mucho a su marido, que es joven, que es amable, que es rico, como lo son ahora todos los artistas. Él con su talento gana mucho dinero.

VIZCONDE. -Y gasta más de lo que gana. ¡Oh! Lo sé de buena tinta; y si tú, Victorina, quisieras hacerme un favor que voy a pedirte, te ofrecería proteger tus amores con Agustín, y darte... (La abraza.)

VICTORINA. -¿Qué? ¡Un abrazo! ¡Quitad!

VIZCONDE. -Ha sido una distracción: estaba pensando en otra mujer.

Escena II

Dichos, AGUSTÍN.

AGUSTÍN. -(Deteniéndose.) ¡Qué veo! ¡Me suben unos vapores a la cabeza!...

VIZCONDE. -¡Oh! ¡Aquí está el amigo Agustín! ¿Cómo va, futuro Rafael? ¿Se adelanta?

AGUSTÍN. -Me parece que sí, señor vizconde. (Aparte.) ¡Que me suceda a mí esto!

VICTORINA. -¡Ya venís con lienzos y colores! ¡Contenta se va a poner la señora! Ya sabéis que no quiere que el amo trabaje, que se lo tiene prohibido, porque dice el médico que va a perder la vista, y quiere llevárselo al campo por un par de meses.

VIZCONDE. -¿De veras?

AGUSTÍN. -Todo eso lo sé yo tan bien como vos. ¿Y qué tenemos? Yo soy aprendiz de pintor, y no puedo faltar a mi consigna. Me dice el maestro: «Agustín, anda a la droguería»: y voy a la droguería. «Agustín, compra un lienzo de cuarenta y dos pulgadas», y compro un lienzo de cuarenta y dos pulgadas. ¡No hay remedio! (A VICTORINA, que se ríe.) ¿Os reís? ¡Me gusta! (Aparte.) ¡Reírse después de lo que acaba de hacer! -Y según veo, el señor conde es inteligente.

VIZCONDE. -¡Yo! No entiendo jota de pintura. En el colegio no pasé de narices y orejas.

AGUSTÍN. -Entonces ¿a qué diablos venís aquí todos los días?

VIZCONDE. -(Riendo) ¡Yo!...

AGUSTÍN. -Sí, señor, vos.

VIZCONDE. -A verte a ti.

AGUSTÍN. -¡Pues es capricho!

VIZCONDE. -(Sentado y contemplándolo.) Tienes unas narices y unas orejas que merecen contemplarse bien; y como ya te he dicho que es de lo único que entiendo...

AGUSTÍN. -Ya sé yo de lo que vos entendéis, señor vizconde. ¡Vaya! Un señor con tanto dinero, con tanto boato..., yo me entiendo.

VIZCONDE. -¿Y qué?

AGUSTÍN. -Si digo que yo me entiendo. ¡Un señor que está abonado a la ópera, adonde van las damas de alto copete, a quienes puede hacer señitas y echar el lente, venirse aquí a quitarle a un pobre su trapillo!...

VIZCONDE. -¿Qué le ha dado?

VICTORINA. -¡Se ha vuelto loco!

VIZCONDE. -¡Se insurrecciona!

AGUSTÍN. -¡Sí, señor! ¡Me insurrecciono! ¡Me exalto! ¡Me levanto en masa! ¡A mí nadie me la pega en mis barbas..., en mis narices!... Ya que entendéis de narices. (Agarrando el tiento.)

VICTORINA. -¡Ha perdido el juicio!

VIZCONDE. -¡Insolente! No sé cómo aguanto... (Levanta el bastón. Aparece CLERMONT en traje de pintor, con su gorro griego, y se coloca entre los dos, sirviéndose de su paleta como de un escudo.)

Escena III

Dichos, CLERMONT.

CLERMONT. -¡El cuadro de las sabinas! Exactamente. ¡Gloria a David!

VIZCONDE. -¡Oh! Buenos días, querido Clermont.

CLERMONT. -¡Salud al más amable de los vizcondes! (Dirigiéndose a AGUSTÍN.) ¡Cómo es eso! ¡Tú enristras la lanza contra un caballero francés, y conviertes mi estudio en un palenque! ¡Zopenco! Si al menos te pusieras en actitud..., ese brazo adelante, esa pierna atrás... ¡Eh! Anda a moler color.

AGUSTÍN. -(Yéndose al fondo.) Si pudiera yo moler...

CLERMONT. -¿Y a qué debo, querido vizconde, el honor de esta visita tan de mañana?

VIZCONDE. -Ya sabéis que yo protejo las artes.

CLERMONT. -A fuer de gran señor.

VIZCONDE. -Y sin entender una palabra.

CLERMONT. -(Riendo.) Pues eso quise decir.

VIZCONDE. -Verdad es; pero los artistas... ¡oh! los artistas son mis amigos, mis camaradas, y siempre que puedo serles útil...

VICTORINA. -(Sentada en el fondo haciendo labor.) ¡Haya truhán!

VIZCONDE. -Ante todas cosas, quiero encargaros un cuadro.

CLERMONT. -¡Bravo!

VIZCONDE. -Pero con una condición. Dicen que necesitáis respirar el aire del campo, y quiero que os vengáis a mi quinta..., seis leguas de aquí..., una posesión deliciosa.

CLERMONT. -¿Y mi mujer?

VIZCONDE. -Viene con nosotros.

CLERMONT. -No hay más que hablar. Acepto.

VICTORINA. -(Levantándose.) Pero, señor...

VIZCONDE. -Y tú también, Victorina: no te apures, vendrás con tu señora.

AGUSTÍN. -¡Se puede sufrir esto!

CLERMONT. -(Volviéndose.) ¡Hombre! ¡Qué buena actitud! Estate así un poco.

AGUSTÍN. -Pero, señor.

CLERMONT. -¡No te muevas! ¡Ese brazo levantado; con mucha gracia! Aguarda..., me servirás para mi Francisca de Rimini.

AGUSTÍN. -¿Yo haré de Francisca?

CLERMONT. -No, majadero. Tu estarás aquí... ¿No ves ese caballo blanco?

AGUSTÍN. -(Con enfado.) Yo no quiero hacer de caballo.

CLERMONT. -¡No, hombre! Harás del esclavo que lo tiene de la brida, mientras Paolo se despide de su amada. (Le pone los dos brazos en alto.) ¡Es una cabeza de estudio, y tu cara muy a propósito! ¡Estúpida, salvaje, perfecta! No te muevas.

VIZCONDE. -(Que mira un retrato.) ¡Qué bien está! ¡Pero calla! ¡Yo conozco esta cara!

CLERMONT. - ¿Sí?

VIZCONDE. -Sin duda. Aunque la he visto pocas veces..., en casa de mi abuela la baronesa..., hace ya muchos años... Era un señor muy vano y engreído con su nobleza..., el barón de Saint-Dizier.

CLERMONT. -El mismo es.

VIZCONDE. -¿Y cómo se halla aquí?

CLERMONT. -Como retrato de familia: es mi padre político.

VIZCONDE. -¡Vuestro padre político! ¡El barón de Saint-Dizier! ¡De la más antigua nobleza de Francia! Y vos...

CLERMONT. -(Pintando.) Hijo de un aldeano, de un labrador, y que desde muchachuelo me divertía en dibujar con carbón caballos y borricos en las paredes del pueblo.

AGUSTÍN. -(Dejando la postura.) ¡Vaya!

CLERMONT. -¡Estate quieto! Llegué a París a pie; me acomodé en un sexto piso... ¡Famoso cuarto! ¡Cuarto de artista..., próximo a los cielos! Cinco años después ya estaba andando camino de Roma, con el primer premio de pintura... ¡Ah, qué tiempos aquellos! ¡Sin un cuarto en el bolsillo, pero con la imaginación llena de gloria... y el corazón de amor!

VIZCONDE. -¡Enamorado ya!

CLERMONT. -Y a no ser así, ¿hubiera obtenido el primer premio? El barón de Saint-Dizier me mandó llamar para que diese lección a su hija..., ¡hermosa criatura!, apenas tenía quince años..., y a fuerza de verla todos los días...

VIZCONDE. -¿Os declarasteis a ella?

CLERMONT. -¡Jamás! Nunca le dije una palabra; pero... gané el premio. Fui a Roma, trabajé, volví con aquel cuadro..., ya os acordáis..., le visteis en la exposición...

VIZCONDE. -¡Magnífico! Todo París le admiró.

CLERMONT. -Me lo compró el rey, y además otros muchos cuadros... En fin, me hallé en poco tiempo con cincuenta mil francos de ganancia, y con encargo de pintar cuadros que debían valerme otro tanto: con fama, con amigos... Pues señor, voyme a casa del barón de Saint-Dizier, y sin andarme en rodeos le pido su hija.

VIZCONDE. -¿Y qué?

CLERMONT. -(Pintando.) Me mandó echar a la calle.

VIZCONDE. -¡Es posible!

CLERMONT. -(A AGUSTÍN, que se cansa de la postura.) Hombre, ¿quieres estarte quieto? No sé qué tiene este maldito lienzo; se obscurece todo de una manera... Apenas distingo los colores.

VIZCONDE. -Conque adelante.

CLERMONT. -Pues, como iba diciendo, aquello me llegó tan al alma, que estuve dudando si pegarme un tiro o trabajar más: el último partido era el más duro, pero el menos cobarde, y lo adopté: me fui a Rusia. A mi vuelta, las cosas habían mudado de aspecto: el barón de Saint-Dizier, desgraciado en sus especulaciones, había muerto arruinado y lleno de deudas. ¡Ah, bien hice en no matarme! Yo traía de Rusia muchos miles de rublos..., muchos, muchos. Conque pagué todas las deudas del barón, y en seguida me presenté a su hija, y sin decirle una palabra de lo que acababa de hacer por el honor de su padre, le confesé que la amaba, le conté todo lo que había sufrido; y ella..., a pesar de su ilustre cuna, de su elevado rango, consintió en dar su mano a este pobre artista. ¡Oh! ¡Para vosotros los nobles es esto un gran sacrificio! Yo he comprendido todo su valor; y para que sea tan feliz como merece, aquí me tenéis desde por la mañana hasta por la noche sin soltar los pinceles.

VICTORINA. -¡Pues!... Matándoos, perdiendo la vista por instantes.

CLERMONT. -¡Ah! ¡Soy tan feliz, amigo vizconde! ¡Mi mujer!... ¡Mi mujer y mi hijo!... Cuando me siento cansado pienso en ellos, y late con más fuerza mi corazón, mi mano se reanima, y el pincel corre por sí solo... (A AGUSTÍN, que se ha acercado a escuchar.) ¿Qué haces aquí, majadero? ¡A tu caballo, a tu caballo, que se escapa! ¡Vamos! ¡Brida en mano!

AGUSTÍN. -(Volviendo a su actitud.) ¡No hay miedo! ¡Ya lo tengo agarrado!

CLERMONT. -¡Bien!... ¡Así! ¡Ahora estoy inspirado! Sólo con hablar de mi Matilde...

VIZCONDE. -¿Sabéis que el cuadro está adelantado? (VICTORINA entra en la habitación de MATILDE.)

CLERMONT. -Como que pienso acabarlo antes que concluya el mes.

VIZCONDE. -Mucha prisa tenéis que daros, porque hoy estamos a 25.

CLERMONT. -(Con sorpresa.) ¡A 25! ¿De veras?

VIZCONDE. -Sin duda alguna.

CLERMONT. -(Con desaliento, dejando de pintar.) ¡Dios mío!

VIZCONDE. -¿Qué tenéis?

CLERMONT. -Nada, nada... ¡A 25! Agustín, dame la ropa: voy a salir.

AGUSTÍN. -¡Ahora dejáis el trabajo..., cuando estábamos inspirados!

CLERMONT. -Ya no lo estoy. (Aparte.) ¡A 25! ¿Cómo es posible que estemos hoy a 25? Trabajando de día y de noche, sin levantar cabeza..., se me pasan los días sin sentirlo, y... ¡Ah! Despacha, mi ropa: tengo prisa.

VIZCONDE. -Os llevaré en mi cabriolé.

CLERMONT. -Mil gracias...

VIZCONDE. -Tengo que ir a almorzar con mi tía la duquesa de Orvigni..., en la calle de Tournón. ¿Es ese vuestro camino?

CLERMONT. -Mi camino... (Aparte.) ¡Ah! ¿Dónde he de ir? Yo no sé quien es la persona a quien se ha endosado la letra.

MATILDE. -(Dentro.) Lleva esa ropa al estudio de tu amo.

CLERMONT. -Oigo la voz de Matilde..., aquí viene. (A AGUSTÍN, que sale con la ropa.) Vuelve a llevarte la ropa: ya no salgo: voy a seguir pintando. Vos, querido vizconde, no os detengáis por mí.

VIZCONDE. -¡Cómo!

CLERMONT. -La duquesa os aguarda; pero si os fuere posible, después del almuerzo llegaos por acá un instante..., os diré cierta cosa..., un favor que tengo que pediros.

VIZCONDE. -Ahora mismo.

CLERMONT. -No, no..., no quiero que mi mujer lo sepa.

VIZCONDE. -Pues bien: volveré. (Aparte.) ¡Bravísimo! ¡Voy a ser confidente del marido!

VICTORINA. -(Saliendo con un vaso de flores.) La señora viene.

CLERMONT. -(Aparte al VIZCONDE.) Es un secreto...

VIZCONDE. -Nada deseo tanto como poder probaros mi amistad. Volveré pronto. Adiós.

CLERMONT. -Adiós. (Vase EL VIZCONDE.)

Escena IV

Dichos, MATILDE.

CLERMONT. -(Yendo a su encuentro.) Buenos días, Matilde mía. ¡Cuánto te agradezco que vengas a inspirar con tu presencia al artista!

MATILDE. -Al contrario, vengo a impedir que continúe, porque hace ya mucho rato que trabaja.

CLERMONT. -¿Yo? Si no he pintado nada: no he hecho más que hablar... de ti.

MATILDE. -(Sonriendo.) ¿Con quién?

CLERMONT. -Con el vizconde de Rethél.

MATILDE. -(Mudando de tono.) ¡Qué! ¿Es el que acaba de salir?

AGUSTÍN. -Aquí pasa todo el día.

CLERMONT. -¡Es tan apasionado a las artes!

AGUSTÍN. -Y a otras cosas. (Mirando a VICTORINA.)

MATILDE. -¡Cómo!

AGUSTÍN. -No hace nada de tiempo que le pillé aquí..., haciendo la corte a la señora Victorina. ¡Sí, señor! Quiero decírselo a la señora.

MATILDE. -¡Cómo! ¡Victorina!...

VICTORINA. -Señora, yo os contaré lo que ha sido.

MATILDE. -Bien, Agustín, di que sirvan el almuerzo.

AGUSTÍN. -Voy, señora. (A VICTORINA.) ¡Eh! Es una picardía engañar así a un hombre como yo, que iba con buenos fines, por otro que sólo trata de... Voy, señora, voy. (Vase.)

Escena V

CLERMONT, MATILDE. Después, VICTORINA.

CLERMONT. -Este se ha vuelto loco. El vizconde ha venido a convidarnos a ir a su quinta por unos días.

MATILDE. -¿Y has aceptado?

CLERMONT. -Por supuesto: además me ha encargado un cuadro, que me pagará bien.

MATILDE. -¿Y qué falta nos hace?... ¿No lo pasamos bien?... Hasta con lujo..., demasiado tal vez.

CLERMONT. -Nada de eso: un artista en este siglo debe vivir con lujo: así se hace notar el progreso de las artes y las luces. Tenemos gran casa, gran mesa, coche... Yo gano más que quiero; justo es que trate de proporcionarme placeres..., y mi mayor placer es verte hermosa.

MATILDE. -¡Qué locuras! ¿A qué venía aquel aderezo que me compraste el otro día?

CLERMONT. -Era indispensable. Tenías que ir a aquel concierto, donde debías cantar... ¡Ay, qué voz! ¡Qué expresión! ¡Qué maestría!¡Aplaudían todos con tanto entusiasmo!... Menos yo, que estaba allí en un rincón sin saber lo que me pasaba.

MATILDE. -¡Sí, sí, aplausos de sociedad!

CLERMONT. -¡Ah! No lo creas. Yo oía decir a todos, empezando por el vizconde de Rethél: «¡Qué voz! No hemos oído ninguna que se le parezca. ¡Qué lástima que no cante en el teatro!» ¡Si ellos supieran tu genio! ¡Si vieran el mal rato que pasas por tener que cantar solamente una pieza delante de algunas personas! Y por eso tal vez no has querido volver, a pesar de haberte convidado tantas veces.

MATILDE. -Son fiestas muy caras para nosotros.

CLERMONT. -¡Qué disparate! ¡Caras! No hay nada caro para ti. ¿No están aquí mis pínceles? ¿Qué te hace falta? ¿Qué deseas? ¿Un traje? ¿Un palco abonado en la ópera? Habla y lo tendrás al instante. Con pintar un cuadro o hacer un par de retratos, ya estamos listos. Y hay quien tiene a menos al artista que gana su fortuna y su independencia con el pincel o la pluma... y saludaría con respeto al que se hubiera enriquecido estafando al Estado o robando en la Bolsa.

MATILDE. -No; pero merece reprensión el que abusa inútilmente de su salud y de sus fuerzas. Y lo que exijo es que rehúses el convite del vizconde de Rethél...; que, dócil a los consejos del médico, cuides de tu vista, que se va debilitando por días; en fin, que dejes de trabajar.

CLERMONT. -Sí..., muy pronto; pero todavía no.

MATILDE. -¿No tenemos ya nuestra suerte asegurada? Así me lo has dicho, al menos, mil veces.

CLERMONT. -Ciertamente. (Llaman. Aparte.) ¡Oh Dios! Si será... (A MATILDE.) Nada tenemos ya que temer; estamos a cubierto de cualquier revés. (A VICTORINA, que sale.) Si me buscan, que pasen a la sala.

VICTORINA. -No, señor..., es la modista.

CLERMONT. -¡Ah! Es cierto..., traerá la cuenta; pero ahora... tengo que trabajar.

MATILDE. -Dile que vuelva mañana.

CLERMONT. -Sí, mejor será; no tengo ahora gana de...

MATILDE. -Di al mismo tiempo que no reciban a nadie.

CLERMONT. - Tienes razón; a nadie..., excepto al vizconde.

MATILDE. -¡Cómo! ¿Va a volver?

CLERMONT. -Sí..., me lo ha prometido.

VICTORINA. -Como el amo le dijo que tenía que pedirle un favor...

MATILDE. -¡Un favor!

CLERMONT. -(Impaciente.) Que está esperando la modista: vamos, ¿es cosa de tenerla ahí, por estar charlando?

VICTORINA. -Voy, señor, voy... (Aparte.) ¡Nunca le he visto tan enfadado! (Vase.)

Escena VI

CLERMONT, MATILDE.

CLERMONT. -Estas criadas son lo más charlatán..., en todo se meten; y ésta...

MATILDE. -Es mi ahijada.

CLERMONT. -Sí, pero...

MATILDE. -Muy buena muchacha..., de toda mi confianza.

CLERMONT. -Enhorabuena; pero al fin..., es criada.

MATILDE. -(Riendo.) Es decir..., habladora.

CLERMONT. -Es decir..., criada.

MATILDE. -Pues bien: ya que ella, cediendo a su naturaleza mujeril, ha dicho... lo que ha dicho, el mal está hecho; pero yo quiero aprovecharme de su indiscreción para preguntarte, querido mío, ¿qué favor es ese que le ibas a pedir al vizconde?

CLERMONT. -Nada... Se trata de un cuadro original, un Pablo Veronese, que tiene él y que yo quería ver.

MATILDE. -¡Oh, no! Para eso no hubieras hecho misterio conmigo.

CLERMONT. - Pues bien: es cierto... Eran detalles artísticos..., cosas que tú no debes saber.

MATILDE. -No insistiré más; pero yo también quiero pedirte un favor.

CLERMONT. -¿Y cuál?

MATILDE. -Que no le vuelvas a pedir favores al vizconde; que no los admitas de él, y sobre todo que no vayamos a su casa de campo.

CLERMONT. -¿Y por qué?

MATILDE. -(Sonriendo.) ¡Oh! Son detalles domésticos..., cosas que tú no debes saber.

CLERMONT. -(Poniéndose a pintar.) ¡Hola, tomas la revancha! ¿Darás acaso fundamento a eso que ha dicho el majadero de Agustín?

MATILDE. -No es solo Agustín...

CLERMONT. -¡El vizconde hacer cocos a la pobre Victorina! Un señorito del gran tono, que anda siempre enredado con duquesas y condesas..., yo lo sé..., él mismo me lo ha contado.

MATILDE. -¿De veras?

CLERMONT. -Me lo cuenta todo. ¡Oh, los grandes y los artistas son siempre amigotes! ¡Me ha contado cosas!... (Riendo.) ¡Dos maridos que lo quieren con extremo! Sin sospechar...

MATILDE. -(Riendo.) ¡Dos!

CLERMONT. -Dos.

MATILDE. -Te equivocas.

CLERMONT. -No tal.

MATILDE. -Lo menos son tres.

CLERMONT. -Él me ha dicho dos.

MATILDE. -Pues yo te digo que conozco el tercero..., ¡cosa particular!, que está pintando en este momento.

CLERMONT. -(Dejando caer el pincel.) ¡Cómo! ¿Sería?...

MATILDE. -Sí, amigo mío, sí..., ya que me obligas a decirlo; y Dios sabe que mi intención era que lo ignorases siempre.

CLERMONT. -¿Se atreverá a hacerte la corte?

MATILDE. -Un mes ha que no hace otra cosa: ahí tienes por qué me he negado a volver a esas sociedades, a esos conciertos de que hablábamos antes.

CLERMONT. -¿A pesar de los aplausos?

MATILDE. -Esos aplausos son harto peligrosos. Y tú empeñado en que no faltara, particularmente a los ensayos todas las mañanas.

CLERMONT. -¡Es verdad! Cuántas veces te he instado, te he molido... «Mujer, que ya es tarde: mujer, que te están esperando.» ¡Ah! Los maridos... serán siempre maridos.

MATILDE. -(Alargándole la mano.) ¡No... cuando son amados!

CLERMONT. -¡Y yo!... ¡Aquí en mis barbas, y sin ver nada!...

MATILDE. -Bien te decía yo que ibas perdiendo la vista. ¿Y ahora me creerás?

CLERMONT. -Sí, Matilde mía; te creeré siempre.

Escena VII

Dichos, VICTORINA.

VICTORINA. -El señor vizconde sube la escalera.

CLERMONT. -¡Hola! ¡Esto es demasiado!

MATILDE. -Cuidado que se te escape una palabra que pueda comprometerme con él: tú debes ignorar esto.

CLERMONT. -No tengas miedo: los maridos, cuando no están en antecedentes, suelen ser pesados; pero cuando saben lo que pasa... tienen la mejor pasta del mundo. Con ellos no se corre peligro.

Escena VIII

Dichos, EL VIZCONDE.

VIZCONDE. -Ya veis, querido Clermont, cómo he despachado por vos el almuerzo de mi tía; y aun hubiera venido más pronto, a saber que había de hallar aquí a vuestra linda esposa.

CLERMONT. -(Aparte.) ¡Pues..., esto es lo que le decía todos los días; y yo!...

MATILDE. -No tiene nada de extraño hallarme en el estudio de mi marido.

VIZCONDE. -No, ciertamente. Y desde que he sabido esta mañana que la esposa del famoso artista es la hija del barón de Saint-Dizier, se ha aumentado, si es posible, el respeto y el cariño que os profeso.

CLERMONT. -(Aparte.) ¡Aprieta! (Tarareando y dibujando en un lienzo.) Tra la... la... la...

VIZCONDE. -Y vos, señora, no dejéis de hermosear con vuestras gracias, con vuestra divina voz las reuniones de París. (CLERMONT tararea.) ¡Qué buen humor tiene hoy el amigo Clermont!

CLERMONT. -¿Sí, eh?

VIZCONDE. -Señal de que se siente mejor. ¡Que será cuando haya pasado unos días en el campo!... ¿Ya os habrá dicho que os venís conmigo?

MATILDE. -Yo temo abusar de vuestras bondades.

VIZCONDE. -¡Abusar! Para mí es la mayor felicidad emplearme en obsequio vuestro: disponed de mí, de cuanto yo valgo, si alguna vez puedo seros útil.

CLERMONT. -¡Poco a poco, poco a poco, amigo vizconde! Vos no habéis venido aquí a hacer el favor a mi mujer, sino a mí.

VIZCONDE. -(Sonriendo.) Es cierto.

CLERMONT. -¿Vos sin duda habéis creído que, no constituyendo el marido y la mujer más que una sola persona, era igual?

VIZCONDE. -Con corta diferencia; (A media voz.) y como yo creía que el favor de que me habéis hablado era un secreto entre los dos...

CLERMONT. -Tal me propuse; pero luego he reflexionado que no teniendo mi mujer secretos para mí, no debía yo tampoco tenerlos para ella. ¿No os parece?, así debe ser en todo buen matrimonio; y el favor que os quería pedir era un consejo.

VIZCONDE. -¿Un consejo? Hablad: es lo que se da en el mundo con más facilidad.

CLERMONT. -Vos sois apasionado a las artes (Mirando a MATILDE.) y a todo lo que les pertenece, y quiero consultaros acerca de un cuadro que debo empezar hoy: un cuadro de familia..., una escena doméstica.

VIZCONDE. -¡Oh! Son los que más me gustan; y francamente, algo entiendo de eso.

CLERMONT. -Tanto mejor. Pues señor, yo escojo para mi cuadro el momento en que un pobre diablo de marido, muy sandio y muy bonachón, como la mayor parte de ellos, descubre que un buen amigo que lo visita..., es muy amigo suyo..., demasiado amigo... ¿Ya me entendéis?

VIZCONDE. -¡Perfectamente! ¿Y cómo lo ha descubierto?

CLERMONT. -¡Eso no importa, hombre! En un cuadro no se explica el cómo: se presenta la escena y las principales figuras. Por ejemplo, aquí el marido..., así..., una fisonomía de evangelista..., parada..., atónita..., y un poco estúpida..., porque todos lo son en semejante caso. La mujer..., allí..., aire de nobleza y dignidad..., fisonomía llena de expresión..., está un poco turbada..., sus facciones respiran candor e inocencia..., y un si es o no es de inquietud. Pero lo que vos no veis es la figura del galán: (Sorpresa del VIZCONDE.) esa sí que es admirable: la tengo aquí..., la estoy viendo..., un poco desconcertado..., inquieto..., sin saber qué postura guardar: veo en su cara tintas blancas, tintas rojas: pondré un poco de sombra..., y nada de amarillo, no vaya a parecer un conspirador..., ¡buena cabeza! (Mirando a VICTORINA, que ríe por lo bajo.) Y detrás, en segundo término, una criadita que se sonríe malignamente, fingiendo que limpia una silla. Esto como episodio: como detalle..., ¿entendéis?, será gracioso.

VIZCONDE. -(Acercándose.) Sí..., muy gracioso.

VICTORINA. -(Acercándose.) ¡Señor!

MATILDE. -(Levantándose.) ¡Querido!... (Estos tres movimientos se harán a un tiempo.)

CLERMONT. -(Con viveza.) ¡Quietos, quietos; no os mováis! Casualmente estáis colocados del modo más exacto para mi objeto. ¡Bien! ¡Ya tengo mi cuadro! Permaneced en esa postura, y no hago más que copiarlo del natural.

VIZCONDE. -¡Perfectamente: amigo Clermont, lo comprendo muy bien: el efecto será admirable!

CLERMONT. -Poco a poco. El cuadro no está acabado..., y sobre eso justamente quería pediros vuestro parecer.

VIZCONDE. -¿Sobre el modo de acabarlo?

CLERMONT. -Precisamente.

VIZCONDE. -Puede ser de varias maneras: por ejemplo, el amigo, viéndose poner en ridículo, puede incomodarse y pedir una satisfacción.

CLERMONT. -(Dejando la paleta.) ¡Sin demora!

MATILDE. -(Poniéndose delante.) ¡Caballero!

VIZCONDE. -Pero eso sería mezquino, de mal tono. Mejor me parece suponer al amigo un joven de buenos sentimientos; amigo, sí, de galantear a las damas, pero dispuesto, cuando no ha podido obtener favores de una, a consolarse con otra.

MATILDE. -(Aparte.) ¡Bien!

VIZCONDE. -Y que lejos de guardar rencor a las que le han desdeñado, sabe respetar en ellas la virtud, el nacimiento, la hermosura... Hay más..., yo quisiera que el tal se vengara del marido por medios generosos.

CLERMONT. -(Con viveza.) ¿Cómo?

VIZCONDE. -No sé precisamente..., a ver; éste puede ser que os venga al caso. Supongamos que el marido aparenta ser rico, y sin embargo está algo apurado..., que gasta más de lo que gana.

CLERMONT. -(Queriendo hacerle callar.) Señor vizconde...

VIZCONDE. -Que ha firmado algunas letras que están en circulación..., una principalmente de seis mil francos, la cual debe pagar el día 25.

MATILDE. -¡Es posible!

CLERMONT. -(A MATILDE.) ¡No lo creas..., no es cierto!

VIZCONDE. -Aquí está. (Sacando la letra.)

CLERMONT, MATILDE Y VICTORINA (Asombrados.) ¡Cielos!

VIZCONDE. -(Contemplando su actitud.) ¡Quietos!... ¡No os mováis!... He aquí un cuadro que en su género vale tanto como el otro. ¿Eh, qué os parece? El asunto es magnífico..., mirad las figuras. ¡Oh, si yo supiera pintar, haría un hermoso cuadro..., sin más que copiarlo del natural!

CLERMONT. -Señor vizconde, esa letra...

VIZCONDE. -Me ha sido endosada.

CLERMONT. -(Con viveza.) Pues yo no quiero deber nada a nadie: la pagaré..., la pagaré mañana..., hoy mismo...

VIZCONDE. -Cuando gustéis. (Rompiéndola.) Ya nadie os la podrá presentar. (Saluda a MATILDE y se va.)

MATILDE. -(A VICTORINA.) Anda, cierra la puerta; que nadie entre.

CLERMONT. -(Aparte, cayendo sobre un sillón.) ¡Ah, se ha vengado cruelmente!

Escena IX

CLERMONT, MATILDE.

MATILDE. -(Acercándose a CLERMONT.) ¡Ah! ¡Me has engañado!

CLERMONT. -¡Matilde!... ¡Vida mía!... ¡Perdóname!

MATILDE. -¡A mí sola es a quien no puedo perdonármelo!

CLERMONT. -No creas que ha sido por desorden, ni por mala conducta: yo no gasto nada..., yo no necesito nada, yo estoy acostumbrado a las privaciones, a la miseria: una cama, una silla, el caballete..., un artista no necesita más muebles.

MATILDE. -Y entonces, ¿de qué son esas deudas, ese gasto loco?

CLERMONT. -¡Ah, yo tenía mis razones!...

MATILDE. -¿Cuáles? Habla... ¡Vamos, confiésamelo todo!

CLERMONT. -¡Matilde! ¡Querida mía! ¡Tú me hiciste tan feliz dándome tu mano!... Y yo no quise que mi felicidad te costara jamás el menor disgusto: tú te habías criado en el lujo, en la opulencia; yo no quería que mudases de posición y he hecho los mayores esfuerzos para que no hallaras una notable diferencia entre la casa de tu marido y el palacio de tu padre.

MATILDE. -¡Cómo! ¿Por eso te levantabas antes de amanecer y trabajabas a veces hasta la noche?

CLERMONT. -Porque tuvieras esa linda carretela, esa elegante habitación.

MATILDE. -¡Por eso!

CLERMONT. -Sí: yo te veía lucir y excitar la envidia de muchas, y me llenaba de orgullo, y decía entre mí: «Creyeron que casándose conmigo se iba a obscurecer... Pues no.» Y mis sueños llegaban hasta ambicionar hacerte baronesa o condesa. ¡Sí, Matilde; hoy el talento lo alcanza todo!... Y que al contemplar tu fausto, dijeran: «¿Es aquella la mujer de algún grande? No: es la mujer de un artista.»

MATILDE. -¡Y por esto destruías tu fortuna y tu salud!

CLERMONT. -¿Qué quieres? Otros se arruinan por sus queridas; yo..., mi querida es mi esposa: ¡es mi vida, es mi amor!

MATILDE. -¡Tu amor! ¿Y tan triste idea formabas del mío? ¿Crees que al unirme a ti no supe que asociaba mi suerte a la de un artista? Buena o mala, yo la reclamo tal como es, tal como debe ser: mi deber y mi felicidad consisten en participar de ella. ¡Ea, pues! Desde hoy reforma completa: basta de lujo y de despilfarro, orden, economía: yo me encargo de ello. Mi marido y mi hijo ocuparán toda mi atención: amarlos y hacerlos felices será mi única ocupación y mi orgullo: y mis placeres. Sí, señor, porque yo soy mujer de un artista y no mujer de un grande.

CLERMONT. -(Queriendo reprimir sus lágrimas.) ¡Matilde! ¡Esposa mía! ¡Yo he hecho mal!...

MATILDE. -¡Muy mal! Pero por fortuna todo tiene remedio. ¿Cuánto debemos?

CLERMONT. -Entre todo..., veinte mil francos.

MATILDE. -Mucho es.

CLERMONT. -No es nada..., yo los gano en dos meses.

MATILDE. -No lo permito: en un año o año y medio...

CLERMONT. -No, Matilde.

MATILDE. -Digo que sí: yo mando ahora.

CLERMONT. -Bien, como quieras: en un año...

MATILDE. -Entretanto venderemos la carretela, los caballos, y mi aderezo de brillantes.

CLERMONT. -No..., todo lo demás, menos eso.

MATILDE. -Eso lo primero, porque es preciso pagar mañana mismo al vizconde, que se ha portado noblemente con nosotros.

CLERMONT. -¡Es verdad!

MATILDE. -La letra no existe: le debemos bajo nuestra palabra, y por lo mismo es preciso pagar al instante.

CLERMONT. -Tienes razón. (Suspirando.) ¡Adiós carretela!

MATILDE. -(Festiva.) ¡Andaremos a pie! Tú me darás el brazo...

CLERMONT. -¡Sí, sí!... Y todos se pararán a mirarte y exclamarán: «¡qué linda es!» Sí, sí..., en carretela nadie te veía.

MATILDE. -¡Nadie! ¡Los caballos iban tan de prisa!

CLERMONT. -¡Y qué hermosos caballos! En fin, tenemos fiacres y ómnibus...

MATILDE. -Despediremos los lacayos.

CLERMONT. -Bien, así tendremos menos testigos.

MATILDE. -Y cuando nos sentemos a la mesa no habrá quien nos observe.

CLERMONT. -Y nos impida mirarnos

MATILDE. -Tendremos completa libertad.

CLERMONT. -¡Es mucho mejor! Y luego, a medida que vayamos pagando nuestras deudas, iremos gastando.

MATILDE. -Iremos ahorrando.

CLERMONT. -Para nosotros.

MATILDE. -Para nuestro hijo.

CLERMONT. -¡Es verdad!

MATILDE. -Yo, para que no turbara por las noches tu sueño, he renunciado al placer de criarlo; le he alejado de nosotros.

CLERMONT. -¡Cómo! ¿Era por mí? Y tú me decías que convenía a tu salud, que el médico lo mandaba...

MATILDE. - Pero hoy vuelve a casa; le estoy esperando.

CLERMONT. -¡Ah! ¡Qué placer me causa! ¡Cómo voy a trabajar!

MATILDE. -Al contrario: en celebridad de su venida descansas hoy: saldremos juntos, a pie, para irnos acostumbrando, y te hará provecho.

CLERMONT. -¡Contigo!... ¡Sí, sí, mucho!

MATILDE. -Tomaremos un cuarto más ventilado que este.

CLERMONT. -Más grande.

MATILDE. -No..., más alto, y con pocas habitaciones: así no podremos menos de estar juntos todo el día.

CLERMONT. -¡Ah! ¡Qué placer, qué felicidad! ¡Para qué quería yo riquezas, teniendo una mujer así! ¡Ah! ¡Este día es el más dichoso de mi vida!

MATILDE. -¡Sí, sí..., abrázame! Voy a ver si me traen mi hijo. En cuanto llegue te avisaré.

CLERMONT. -¡Oh! ¡Cuánta ansia tengo por verlo! ¡Si casi no lo conozco: hace tanto tiempo que se separó de nosotros... y era tan hermoso! ¡Qué gozo me va a causar el verlo! ¡Ah! ¡No volverá a separarse de mí!

MATILDE. -¡Vístete pronto; y cuidado con trabajar hoy! ¿Me lo prometes?

CLERMONT. -¡Sí, sí! ¡Adiós, Matilde mía! ¡Adiós, vida mía!

Escena X

CLERMONT solo, vistiéndose.

CLERMONT. -¡Y habría hombre en el mundo que no se dejara matar por una mujer así! ¡Tiene un modo de arreglar las cosas que... vamos! ¡Sobre que hace de manera que sea yo el hombre más feliz de la tierra, hoy que me veo arruinado! ¡Verdad es que estar a su lado todo el día, salir con ella al brazo..., esto vale más que todas las riquezas imaginables! (A medio vestir, mirando su cuadro.) Y empeñada en que no trabaje. ¡Quizá tiene razón: yo necesito descanso, es verdad! Pero con los brazos cruzados no se pagan las deudas: ¡veinte mil francos! ¡Dinero es!, y se me figura que algo queda en el tintero..., sí; la cuenta de la modista, y el aderezo: ¡pues no es nada! ¡Falta el rabo por desollar! (Va a mirar por la cerradura, y vuelve de puntillas.) No está aquí: bueno: un par de toquecitos al cuadro. (Mirándolo.) ¡Mi Francisca de Rímini! ¡Caramba si está bien! Cuando se coloque en la primer sala me dará honra... y provecho: podré comprarle a mi Matilde una casa de campo, pequeñita, modesta..., y con una tartana se va y se viene cómodamente. Allí tendremos cuadra para el caballo, y puede ser que quede sitio para tener un par de vacas..., etc. (Trabajando.) ¡Bien, magnífico! ¡Este toque ha sido feliz! ¡Y mi hijo, mi hermoso Ricardo! ¡Pobrecillo! ¡Oh! ¡A ese lo he de criar como un príncipe! ¡Ah! ¡Cuando pienso que hoy, que ahora mismo lo voy a ver!... (Deteniéndose.) ¡Es cosa singular, se me desvanece la vista de una manera!... Ya pasa, no es nada. Y quisiera acabar de dar esta tinta antes que me faltase la luz: ¡está hoy el día tan obscuro! (Llama.) ¡Agustín, Agustín! ¡Nunca ha de estar aquí este majadero!

Escena XI

CLERMONT, VICTORINA.

VICTORINA. -¿Habéis llamado, señor?

CLERMONT. -¿Quién? ¡Ah! ¿Eres tú, Victorina?

VICTORINA. -Yo, que os venía a dar un pliego que acaban de traer: mirad qué sello tan grande tiene.

CLERMONT. -(Acercándoselo mucho a los ojos.) ¡Calle! ¡El sello real! ¡Es de palacio! Ayer, descorre bien las cortinas: no entra hoy luz por esa ventana. (Leyendo con trabajo.) «Su majestad..., su majestad... de... desea...» ¡Se ha hecho moda escribir de una manera que ni el demonio!... ¡Maldito si puedo leer una palabra! (A VICTORINA.) A ver si tú aciertas...

VICTORINA. -(Tomando la carta.) Está muy claro: si parece letra de molde. (Leyendo.) ¡Dios mío!

CLERMONT. -(Que ha ido a su cuadro.) ¿Qué es eso?

VICTORINA. -¡Es de parte del rey: viene firmado por el ministro!

CLERMONT. -Lee pronto.

VICTORINA. -Os encarga un cuadro para la Magdalena, y otro para la galería de Versalles.

CLERMONT. -(Lleno de gozo.) ¡Dos cuadros! (Llamando.) ¡Matilde! (A VICTORINA.) No, no; calla, calla; quiero sorprenderla. ¡Un cuadro para Versalles, otro para la Magdalena!

VICTORINA. -(Leyendo.) Y os da veinte mil francos por cada uno.

CLERMONT. -(Dando un grito.) ¡Oh!, ¡qué me dices!, ¡cuarenta mil francos!

VICTORINA. -Sí, señor.

CLERMONT. -¡Pagaré todas mis deudas!... Ya no venderemos la carretela: mi Matilde no andará a pie. ¡Ah, fortuna!... Y estos cuadros los haré en un año. ¡Sí, trabajando bien no necesito más que un año! (Con entusiasmo.) ¡Ah, qué arte!, ¡qué riqueza es el pincel!, ¡riqueza que nadie nos puede arrebatar!, ¡riqueza que da gloria e independencia! ¡Con el pincel en la mano, desafío al mundo, a la suerte, a la adversidad..., al cielo mismo! (Volviéndose a VICTORINA.) ¿Victorina, has descorrido las cortinas?

VICTORINA. -Sí, señor.

CLERMONT. -¿Sí?, pues abre la ventana, porque no veo.

Escena XII

Dichos, AGUSTÍN.

AGUSTÍN. -(Saliendo.) ¿Me llamabais, señor?

CLERMONT. -¡Me gusta, media hora hace que te estoy llamando, pícaro!

VICTORINA. -(Esforzándose a abrir la ventana.) Llegáis a tiempo, Agustín: a ver si abrís esta ventana, que yo no puedo.

AGUSTÍN. -¡Qué idea!, ¿y para qué?

CLERMONT. -(Pintando.) ¡Para que haya luz, tonto!

AGUSTÍN. -(Abriendo la ventana.) Para que haya más luz... Corriente.

CLERMONT. -(Dejando de pintar.) ¡Maldita tinta! ¡Vaya!, seguramente es muy tarde; va a anochecer sin duda; dejémoslo por hoy.

VICTORINA. -¡Anochecer, señor!...

AGUSTÍN. -¿Qué estáis diciendo? ¡Pues si hace un sol que quita la vista!

CLERMONT. -(Tirando el pincel y adelantándose al medio de la escena.) ¡Qué es esto!, ¡qué es lo que me pasa!, ¡todo se desvanece, todo se obscurece a mi vista!, no veo más que sombras: apenas distingo... Agustín, Victorina, ¿dónde estáis?

VICTORINA. -¡Aquí, a vuestro lado!

AGUSTÍN. -Aquí, señor: os estoy tocando las manos.

CLERMONT. -¡Matilde!, ¡esposa mía! Llamadla. ¡Qué noche!, ¡qué obscuridad! No, vosotros me engañáis. Si Matilde estuviera aquí yo la vería: no me cabe duda. ¡Sólo a ella quiero creer!

VICTORINA. -¡Señora!..., ¡ah!, ¡aquí viene!

CLERMONT. -(Queriendo dirigirse hacia MATILDE.) ¡Matilde! ¡Matilde!

Escena XIII

Dichos. MATILDE, con su hijo de la mano.

MATILDE. -(Apresurada.) ¡Mira, Clermont, mira, ya ha llegado: aquí le tienes! ¡Mira qué hermoso!

CLERMONT. -¡Mi hijo!

MATILDE. -¡Sí..., mírale!

CLERMONT. -¡Mirarlo! ¡Mi hijo! ¿Matilde, dónde estás?

MATILDE. -(Sorprendida.) ¡Qué pregunta!, aquí, a tu lado.

CLERMONT. -¡Aquí! (Le toma la mano, clava los ojos en ella, y da un grito.) ¡Ah, Dios mío! ¡Soy perdido! ¡Se acabó! (Abrazándolos con delirio.) ¡Matilde!, ¡hijo mío!, ¡ya no os veo!, ¡estoy ciego! (Cae en sus brazos: ella da un grito y sostiene a CLERMONT. Cae el telón.)

Acto segundo

Sala elegante: puerta en el fondo: a la izquierda dos puertas: a la derecha una puerta y un balcón: una papelera a la derecha: una mesa a la izquierda, y a su lado el sillón de CLERMONT.

Escena primera

CLERMONT en su sillón. VICTORINA leyendo un periódico. MATILDE a la derecha, cabizbaja y reflexiva.

CLERMONT. -Vamos, Victorina, lee tú, porque Matilde debe estar cansada.

MATILDE. -(Volviendo en sí.) ¿Yo? ¡No, querido, no lo estoy!

CLERMONT. -Sí, sí; y es natural. En un año que llevo de hacer el Belisario, o el Edipo, no solamente has sido mi Antígona, sino también mi lectora cotidiana, lo cual es un poco pesado; ¡y digo, con las novelas del día! Horcas, puñales, tósigos, brujas; y dale y vuelta... ¡Oh! ¡Eres un modelo de amor conyugal!

MATILDE. -¿De veras?

CLERMONT. -¡No me sorprende! Siempre dije yo que eras tú capaz de todo por mí.

VICTORINA. -¡En verdad, señor, que no entiendo cómo podéis estar siempre tan alegre!

CLERMONT. -¿Y por qué he de estar triste? ¿Porque he perdido la vista? ¡El llorar no me la había de volver, al contrario! Ya he tomado mi partido, y estoy... como están todos los ciegos: alegres como una Pascua. ¡Y es cosa clara! No ven la realidad y su imaginación se lo embellece todo; su vida es una continua ilusión; todo lo que les rodea es siempre nuevo, fresco y brillante; las mujeres que ellos aman tienen siempre veinte años; para ellos los árboles nunca se despojan de su verdor; en fin, es una dichosa ficción, un sueño continuo del que no se despierta jamás. ¡Yo, por mi parte, confieso que le encuentro tantas ventajas! (Tomando la mano de MATILDE.) ¡Y luego hay aquí quien cuida tan cariñosamente al pobre ciego!... ¡Con tanta bondad..., con tanto amor!, que no sé si ganaría recobrando la vista.

VICTORINA. -¿De veras?

CLERMONT. -Haz la prueba.

VICTORINA. -Muchas gracias. Prefiero tener mis ojos corrientes.

CLERMONT. -Por coquetería. Porque son bonitos.

VICTORINA. -No; porque son buenos.

CLERMONT. -¡Hola! Pues si son buenos, léeme ese periódico, vamos. Matilde, ¿dónde estás?

MATILDE. -Aquí..., a tu lado.

CLERMONT. -¡Ah, sí!... Temía que te hubieses marchado.

VICTORINA. -(Leyendo.) «Política interior. Cámara de los diputados...»

CLERMONT. -Pasa, pasa adelante. La política... no es nada divertida.

VICTORINA. -(Leyendo.) «Noticias extranjeras.» ¡Ah! Aquí hay una cosa que os debe interesar. «El doctor Grimseller, de Berlín, acaba de poner el sello a su reputación con la maravillosa cura que ha hecho al príncipe Alberto de Schwartzemberg, que se hallaba ciego hacía veinte años...»

CLERMONT. -(Interrumpiéndola.) ¡Aguarda! ¿No es ese el mismo de quien tanto nos hablaron, un célebre facultativo?...

MATILDE. -Sí, querido.

CLERMONT. -Ya, ya me acuerdo; yo hice que le escribieran pocos meses ha...

VICTORINA. -¿Y qué respondió?

CLERMONT. -Que por la relación que se le hacía estaba seguro de curarme.

VICTORINA. -Pues entonces, señor, vámonos al instante a Berlín.

CLERMONT. -Es que en la carta había una posdata, en la cual pedía por la cura la friolera de veinte mil francos: nunca lleva menos.

VICTORINA. -¡Ay, Dios mío!

CLERMONT. -Lo cual, unido a los gastos del viaje, hace una suma bastante respetable.

MATILDE. -Que acaso podríamos reunir...

CLERMONT. -Sí..., si yo pudiera agarrar mi paleta y mis pinceles. Pero ahora, hagamos cuenta, Matilde mía, que hemos vuelto ya de Berlín, y que no hemos podido ver al rey de Prusia.

VICTORINA. -¡Qué lástima!

CLERMONT. -A menos que el doctor Grimseller quisiera hacerlo de fiado, enviándole yo luego un hermoso cuadro de Homero.

VICTORINA. -Y puede ser que consienta.

MATILDE. -(Que hasta ahora ha permanecido con el codo apoyado en la mesa, y casi sin atender, mira de repente al reloj.) ¡Dios mío, qué tarde es! ¡Victorina, di a Agustín que vaya a buscarme un coche!

VICTORINA. -Voy, señora: los hay aquí cerca..., en el boulevard. (Vase.)

Escena II

CLERMONT, MATILDE.

CLERMONT. -¡En el boulevard! ¡Ah, sí; el boulevard de los Italianos, que es donde vivimos hace algún tiempo!

MATILDE. -Sí, querido.

CLERMONT. -¿Nos costará muy caro?

MATILDE. -No tal: tenemos un cuarto mediano..., decente.

CLERMONT. -Y como está inmediato al paseo, nos conviene por causa del niño.

MATILDE. -Eso es.

CLERMONT. -¿Y vas a salir con él?

MATILDE. -Por supuesto.

CLERMONT. -Vuelve pronto, ¿sí? ¡Algunas veces vienes a casa tan tarde!, y cuando no estás a mi lado, es mayor la obscuridad que me rodea.

MATILDE. -Haré lo posible...

CLERMONT. -(Con tono festivo.) No me des que sentir: ya ves la confianza que tengo en ti..., una confianza ciega: no sería justo que me engañases, (Movimiento de MATILDE.) ni tendría mérito... Aguarda un poquito... (Alargando la mano.) ¿Dónde estás?

MATILDE. -Aquí...

CLERMONT. -(Tomándole la mano.) ¡Tienes la mano fría, mi vida! No me atrevo a hablarte de asuntos de la casa, porque temo entristecerte! ¿Cómo nos hallamos?...

MATILDE. -He vendido todo lo inútil, y he pagado las principales deudas.

CLERMONT. -Al vizconde lo primero...

MATILDE. -Bien lo sabes, puesto que tú mismo quisiste entregárselo en su mano.

CLERMONT. -Es verdad; y has de saber..., hasta ahora no te lo había dicho..., que al tiempo de darle las gracias le solté una indirecta..., así..., muy cortés y rebozada, para que no volviera a poner los pies en esta casa. (Movimiento de MATILDE.) No te enfades por eso. Ya ves, mi temor es natural. Si cuando tenía mi vista clara no veía lo que pasaba, ¡qué tal ahora!

MATILDE. -¿Y por qué sospechas?

CLERMONT. -¡No, Matilde mía! Nada, nada sospecho; pero como tú me has alabado tanto su proceder con respecto a nosotros...

MATILDE. -Es cierto.

CLERMONT. -Decías que se había portado tan noblemente...

MATILDE. -Es cierto.

CLERMONT. -Y continuamente me lo has estado elogiando...

MATILDE. -Alguna vez.

CLERMONT. -A cada paso: y yo, que como buen ciego, soy observador y caviloso, decía para mí: «Los dos pertenecen a la misma clase, los dos son de una cuna elevada..., esto engendra siempre simpatías...» (Movimiento de MATILDE.) ¡Ah, perdóname! No sé lo que me digo..., soy un majadero; pero en fin, me alegraría que no le vieras más..., me lo has ofrecido.

MATILDE. -(Titubeando.) Sí.

CLERMONT. -Ya estoy tranquilo.

Escena III

Dichos, EL VIZCONDE, que aparece en el fondo.

MATILDE. -(Viéndole.) ¡Cielos! (Aparte.) ¡Venir aquí! ¡Qué imprudencia! (Le hace señas de que se vaya: EL VIZCONDE le alarga un papel; ella lo toma y le manda de nuevo que se marche: EL VIZCONDE desaparece por el foro.)

MATILDE. -(Adelantándose y mirando al papel.) ¡Esta noche a las ocho! (Dobla el papel y lo rasga.)

Escena IV

Dichos, AGUSTÍN a la puerta del foro.

AGUSTÍN. -Señora, el coche está a la puerta.

CLERMONT. -¡Adiós, Matilde mía, adiós: que te pasees mucho; (Riendo.) de buena gana iría contigo; pero entonces tendrías que cuidar de dos niños, y esa es demasiada pejiguera! ¡Adiós, adiós! (Dirígese MATILDE al fondo a ponerse el chal y el sombrero: CLERMONT cesa poco a poco de reír, y su fisonomía toma un aspecto triste y sombrío. Con tristeza.) Ya se fue. ¡Solo! ¡Siempre solo!

MATILDE. -(Llégase a él para despedirse de nuevo.) ¿Qué es eso? ¿Qué tienes?

CLERMONT. -(Volviendo a poner el rostro risueño.) Nada, nada. ¡Estabas aquí todavía! Nada: me estaba riendo... ¿No has visto que me estaba riendo? No te inquietes: ahora vamos a reír mucho Agustín y yo: ¡adiós, adiós!

Escena V

CLERMONT, AGUSTÍN.

AGUSTÍN. -¡Sí, a reír! ¡Dichoso vos que estáis siempre alegre! Yo estoy siempre rabiando.

CLERMONT. -¿Y por qué?

AGUSTÍN. -Por muchas razones.

CLERMONT. -¿Cuáles son?

AGUSTÍN. -¡Son... muchas!

CLERMONT. -Dime una.

AGUSTÍN. -En primer lugar, he perdido mi carrera: yo era vuestro discípulo, y ahora no cojo más pincel que el cepillo de las botas. Yo, que tenía mis esperanzas de llegar a ser pintor de muestras, y poner mi tienda, y que vinieran allí a que les pintara la botella de cerveza, y el queso de bola, y el barrilito de anchoas..., porque vos me habéis dicho que tenía disposición; y en lugar de eso...

CLERMONT. -Aburrirte aquí todo el día al lado de un amo ciego.

AGUSTÍN. -El día es lo de menos: si tuviera uno siquiera la noche... Hoy verbigracia... tengo yo un amigo que es músico de la ópera italiana y me ha regalado un billete.

CLERMONT. -¡Hola! ¡Tú tienes relaciones con los músicos!

AGUSTÍN. -Sí, señor: es el timbalero de la orquesta, y dicen que redobla con mucho primor; y como yo no he ido nunca a la ópera...

CLERMONT. -¿Y qué has de hacer allí?

AGUSTÍN. -¡Qué sé yo! Ver.

CLERMONT. -Allí no se ve nada: todo es para las orejas.

AGUSTÍN. -¡Oh! Pues eso no me falta: ya sabéis que las tengo famosas.

CLERMONT. -Te vas a fastidiar.

AGUSTÍN. -Puede ser...; pero me fastidiaré gratis, y eso siempre es un gusto.

CLERMONT. -Pues lo siento; pero hoy no puede ser: irás otro día.

AGUSTÍN. -¡Qué! Si hoy es el último..., 31 de marzo... Se cierra el teatro.

CLERMONT. -Ten paciencia, porque esta noche creo que mi mujer tiene que salir con Victorina.

AGUSTÍN. -¡Eso es! Nosotros aquí siempre solos, mientras la señorita Victorina y su ama...

CLERMONT. -Hacen bien: yo soy el primero que deseo que se distraiga, porque tengo una idea que me persigue siempre y me hace ser el más desgraciado de los hombres.

AGUSTÍN. -¡Cómo! Pues siempre os estáis riendo...

CLERMONT. -¡Por eso mismo! Delante de Matilde finjo una alegría que no hay aquí. (Señalando su corazón.) ¡Aquí no hay más que desesperación! ¡Muerto para lo presente! ¡Muerto para el porvenir! ¡Y mi arte! ¡Aquel arte que era mi orgullo, perdido, perdido para siempre! ¡A los treinta y cuatro años!... ¡Cuando siento todavía en mi pecho el fuego de la inspiración, que abrasa, que devora! (Dándose en la frente.) ¡Cuando tengo aquí cien cuadros que nunca verán la luz! ¡Y así iré envejeciendo!... ¡Ah! ¡El artista debería morir cuando muere para la gloria! ¡Pero no es este el más cruel de mis tormentos: yo no me atrevo a preguntar a nadie, y estoy seguro de que Matilde se hallará en mil apuros, quizá en la miseria muy pronto!

AGUSTÍN. -No sé..., pero lo que es hasta ahora vamos muy bien.

CLERMONT. -(Con vehemencia.) ¿No me engañas, Agustín? ¿No te han encargado que me engañes? Dime, la casa en que vivimos...

AGUSTÍN. -¡Es una casa soberbia! Señor, en el mejor barrio de París, con unos muebles que ya, ya.

CLERMONT. -Cómo, ¿no los ha vendido?

AGUSTÍN. -(Haciéndole tocar una silla.) No, señor: mirad, la misma sillería... ¡Verdad es que yo le doy unos frotes!...

CLERMONT. -¡Ya!... Se habrá deshecho de mis cuadros, de mis bocetos, de mi Francisca de Rímini, que aún no estaba acabada...

AGUSTÍN. -Puede ser.

CLERMONT. -¡Se habrá vendido bien! (Dando un suspiro.) ¡Un pintor ciego... es como si hubiese muerto! Así habrá pagado las deudas. Pero para vivir como vivimos, para que a mí no me falte nada, mi pobre Matilde se privará de todo.

AGUSTÍN. -¡La señora!... Nunca la he visto más guapa, ni más lujosa. ¡La semana pasada, sin ir más lejos, le trajeron dos vestidos de baile más magníficos!...

CLERMONT. -¡Vestidos de baile!

AGUSTÍN. -Tendría que ir a alguno, y por eso sería... Pero, señor, lo que me tiene frito..., ya que se ha tocado el punto, quiero contaros todas mis penas..., lo que me tiene frito es que la señorita Victorina, que había renunciado, lo mismo que yo, a su salario, estrena cada lunes y cada martes... un gorro, un delantal..., ayer mismo una cruz de oro...

CLERMONT. -¿Y qué te importa eso?

AGUSTÍN. -¿Qué me importa? ¡Si pudierais verme la cara de Nerón que tengo! Me importa, sí, señor, porque todas esas cosas se las regala un amante que tiene.

CLERMONT. -¡Un amante!...

AGUSTÍN. -Sí, señor, un amante..., un cortejo..., un gran señor..., el vizconde de Rethél.

CLERMONT. -¡El vizconde!...

AGUSTÍN. -¡Hace un año que lo estoy maliciando, y vos os burlabais de mí! Pero ahora ya no tengo duda.

CLERMONT. -¿Pero cómo puede ser eso? Hace ya muchos meses que el vizconde no pone los pies en esta casa...

AGUSTÍN. -¡Que si quieres! Acabo yo de encontrarlo...

CLERMONT. -¿Dónde?

AGUSTÍN. -Aquí mismo: hace un ratito estaba en la antesala cuando yo entré.

CLERMONT. -Te equivocas: ¡eso no es posible!

AGUSTÍN. -¡Por vida del!... ¡Señor, me haréis condenar! ¿Queréis saber más que yo, que tengo mis dos ojos buenos y sanos, y que no hago más que observar y escudriñar todo el día? ¡Y si yo os dijera otras cosas!... ¡Pero más vale callarlas, para que nadie las sepa, y ojalá no las supiera yo!

CLERMONT. -¡Vamos, habla..., di!

AGUSTÍN. -Pues señor, hará cosa de un mes, una noche..., serían las doce..., vos estabais durmiendo como un lirón..., oigo en el cuarto de la señora la voz de Victorina; póngome a mirar por la cerradura, y veo al vizconde en conversación con Victorina.

CLERMONT. -(Con viveza.) ¿Y mi mujer?

AGUSTÍN. -¡No estaba allí! ¡Pues esa es la más negra! Si hubiera estado, no teníamos caso; pero aún no había vuelto a casa.

CLERMONT. -¡Después de las doce!

AGUSTÍN. -A poco sentí abrir la puerta; me escondí, y el vizconde se marchó..., pues, por miedo de que la señora lo encontrara.

CLERMONT. -(Aparte.) ¡O acaso para irá buscarla! -¿Y tú estás seguro de que quiere a Victorina? ¿De que vino por verla?

AGUSTÍN. -¡Vaya! Pues si se está arruinando por ella; sí, señor, lo dicho, se está arruinando por esa criatura. Ayer, ayer mismo ella estaba aquí, en esta pieza, y yo allí, detrás de la puerta, que ella había cerrado. Pues señor, yo estaba así mirando...

CLERMONT. -(Impaciente.) Por la cerradura, vamos...

AGUSTÍN. -Sí, señor; y no sé cómo no me dio un síncope, viendo a la señorita Victorina que tenía en la mano una caja con un aderezo de diamantes, ¡y lo miraba con unos ojos..., que parecía que se lo iba a comer! Del estremecimiento que me dio por poco desquicio la puerta; y entonces oí un ruido como de cerrar esa papelera, y la taimada escapó como un gamo.

CLERMONT. -(Colérico.) ¡Basta, basta!

AGUSTÍN. -¡Ya veis!... ¿Cómo he de competir yo con uno que la regala diamantes, yo que no tengo más galas que mis prendas personales? (Viendo que CLERMONT se ha levantado y atraviesa el teatro a tientas.) ¿Qué es eso, señor? ¿Dónde vais?

CLERMONT. -Aquí..., a esta papelera; tengo que escribir...

AGUSTÍN. -¡Escribir vos! ¡Estáis loco, señor!

CLERMONT. -(Impaciente.) No..., son unas cartas..., unos papeles que quiero buscar. ¡Ea, vete, déjame; quiero estar solo! (AGUSTÍN se va por la derecha. CLERMONT abre la papelera y saca la caja.) ¡Ah! (La abre, toca los diamantes, y dice aparte.) ¡Era verdad!

Escena VI

CLERMONT, MATILDE, que sale apresurada por la puerta del foro, ve el aderezo en manos de CLERMONT y hace un movimiento de temor que reprime inmediatamente.

MATILDE. -¿Qué haces aquí, querido?

CLERMONT. -(Aparentando serenidad.) ¡Yo..., nada! He abierto maquinalmente esta papelera, y me he encontrado aquí... casualmente con un aderezo... que no sabía que tuvieses.

MATILDE. -(Con sonrisa fingida.) Es verdad; no es mío.

CLERMONT. -¡Ah!

MATILDE. -(Con empacho.) Es un depósito que me han confiado y que pertenece...

CLERMONT. -¿A quién?

MATILDE. -A una antigua amiga mía..., la única que trato de cuantas conocí de soltera, la condesa de Givry.

CLERMONT. -En efecto, me la has nombrado algunas veces; ¿no tenía un pleito?...

MATILDE. -(Con viveza.) Efectivamente. La pobre Adela se casó con un jugador que le ha arruinado casi todos sus bienes; y por salvar esos diamantes, único resto de su dote, me los ha confiado: he aquí todo el misterio; y como este secreto no era mío, no te lo he revelado.

CLERMONT. -(Aparte.) ¡Ah, no sepa nunca que he sospechado de ella!

MATILDE. -¿Qué tienes, di?

CLERMONT. -(Tomándole la mano.) Tenía necesidad de verte... Sí, de verte; porque yo te veo cuando tengo tu mano entre las mías; cuando no, Matilde, todo es noche para mí; y durante la noche ya sabes que hay ensueños..., ¡y qué malos ensueños a veces! Pero estando tú a mi lado, creo que amanece y me despierto; y hoy necesito estar despierto; conque no te apartes de mí.

MATILDE. -(Con empacho.) Y esta noche que tenía yo un compromiso, una reunión donde me esperan, donde he dado palabra de ir...

CLERMONT. -¿En casa del dueño de nuestra antigua habitación?

MATILDE. -(Con viveza.) Justamente. ¡Se ha portado tan bien con nosotros!

CLERMONT. -Todos los martes vas; bien puedes faltar un día y dedicármelo a mí.

MATILDE. -(Aparte.) ¡Oh, Dios mío!

CLERMONT. -¡Yo te lo pido! ¡Yo te lo suplico! ¡Dame ese gusto!

MATILDE. -(Aparte mirando al reloj.) ¡Cómo haré! ¡Van a dar las ocho!

CLERMONT. -¡Si supieras cuánto te lo agradecería! ¡No salgas! ¡Quédate aquí esta noche conmigo y con nuestro hijo!

MATILDE. -¡Ah, si pudiera!

CLERMONT. -Sí que puedes... Mira, tengo tantas cosas que preguntarte y que decirte... Yo haré de modo que no te aburras mucho: te hablaré de mi viaje a Rusia, cuando era soltero, y de los tres años que pasé allí por ti; (Con intención.) ¡tres años... es algo más que una noche!

MATILDE. -(Conmovida.) ¡Ah sí, tienes razón! ¡Me quedo, me quedo a tu lado!

CLERMONT. -¡Enhorabuena!, y te lo agradeceré mucho, porque veo que haces un sacrificio.

MATILDE. -(Dirigiéndose a la derecha.) ¡No, nada de eso! Voy a mi cuarto; escribiré una carta...

CLERMONT. -¡Bien!

MATILDE. -Escribiré que no me es posible... porque..., ¡no sé por qué decir!

CLERMONT. -¡Di que yo te lo he exigido, o más bien que estás indispuesta, no piensen que te tiranizo!

MATILDE. -(Aparte, reflexionando.) ¡Y con quién envío la carta! ¡Victorina no ha venido todavía!..., ¡y a la hora que es!..., ¡ya me esperan..., me están esperando! (Mirando al reloj.) ¡Ah, las ocho! ¡No puedo faltar!..., ¡yo no me pertenezco! (Finge entrar en su cuarto, cuya puerta cierra con cuidado; dirígese de puntillas hacia la puerta del foro y desaparece.)

Escena VII

(Empieza a obscurecer.)

CLERMONT solo. Luego, AGUSTÍN.

CLERMONT. -Ha entrado en su cuarto. ¡Qué noche tan deliciosa vamos a pasar... aquí juntitos! ¡Gracias a Dios que se me logra un placer que tanto deseaba! Estoy loco de contento. (Tirando de la campanilla.) ¡Agustín! ¡Agustín!

AGUSTÍN. -Aquí estoy, señor.

CLERMONT. -¡Ven acá, y dame la mano: vamos, alégrate, que eres un borrico!

AGUSTÍN. -¡Cómo es eso, señor!

CLERMONT. -Eres un celoso majadero: hacías mal en sospechar de Victorina.

AGUSTÍN. -Conque lo que yo he visto con mis propios ojos...

CLERMONT. -Los ojos nos engañan, y la mitad de las veces vale más no tenerlos.

AGUSTÍN. -¡Eso es vanidad!

CLERMONT. -En fin, si todas tus sospechas son como la del aderezo, puedes estar tranquilo.

AGUSTÍN. -¿De veras?

CLERMONT. -¡El aderezo no es suyo, yo lo sé!

AGUSTÍN. -¿Me lo aseguráis vos?

CLERMONT. -¡Sí, hombre, sí! ¡Un aderezo de brillantes a esa muchacha!, sólo un majadero como tú cree semejante cosa. (Va obscureciendo más.)

AGUSTÍN. -¡Qué queréis, cuando a uno se le mete una de esas ideas en la cabeza, da vueltas, y vueltas, y vueltas!... Vos no sabéis lo que es estar celoso.

CLERMONT. -(Aparte.) ¡Ojalá! -Vaya, para que acabes de alegrarte, vete esta noche a la ópera, y saca el jugo al billete que te han regalado.

AGUSTÍN. -(Gozoso.) ¿De veras, señor?

CLERMONT. -¡Sí: mi mujer no sale, se queda a hacerme compañía, y estando ella, no necesito a nadie!

AGUSTÍN. -¡Qué contento estoy!, voy a acicalarme: me pondré la casaca nueva... Si necesitáis algo, Victorina acaba de llegar; la he visto, y no sé de dónde viene. ¿Vos no la habíais enviado?...

CLERMONT. -Yo no. (Obscurece más.)

AGUSTÍN. -Entonces habrá sido la señora. ¿Si quisierais, mientras yo estoy en el teatro, no perderla de vista?...

CLERMONT. -¡Yo!..., ¡tonto!

AGUSTÍN. -(Dándose en la frente.) ¡Es verdad! ¡Soy un pollino! Voy, voy. ¿No hace falta nada? Sí, luces, que ya es de noche.

CLERMONT. -¿Y qué me importa?

AGUSTÍN. -Las traeré antes de irme..., al instante. (Vase por la puerta del foro, cerrándola.)

Escena VIII

(Noche.)

CLERMONT solo.

CLERMONT. -¡Está loco! ¡Traerme luces!, ¿a qué?, ¡para mí siempre es de noche! Pero al pobre le duran aún los celos: es enfermedad que no se cura tan pronto; y lo peor que tiene es el ser contagiosa: ¡se pega que es una maravilla!, ¡a mí casi me coge! ¡Oh! ¡Yo sospechar de mi Matilde!, ¡de la virtud misma! ¡Yo desconfiado y celoso!, ¡una de las muchas miserias que engendra mi triste situación! Me parece que siento pasos... ¡Será Matilde que viene ya! ¡No, no son esas sus pisadas: las conozco yo tan bien!

VIZCONDE. -(En la puerta del foro, que está cerrada.) ¡Victorina, Victorina!

CLERMONT. -Es la voz del vizconde: ¡aquí, a estas horas! ¡Si tendrá razón Agustín! ¡Si querrá seducir a esa pobre muchacha! (Levántase y ocúltase a tientas en el gabinete de la izquierda, que está cerca de su sillón.)

VIZCONDE. -(Llamando a la puerta del foro.) ¡Victorina! (Abre la puerta y sale.) No me responde: y a nadie he encontrado hasta aquí: está esto tan obscuro, que no sé si acertaré con la puerta. (Adelántase y va a llamar a la habitación de MATILDE.)

Escena IX

VICTORINA, EL VIZCONDE.

(CLERMONT entreabre la puerta.)

VICTORINA. -¿Quién llama aquí?

VIZCONDE. -¡Chit!... ¡Calla!

VICTORINA. -(En voz baja.) ¿Sois vos, señor vizconde?

VIZCONDE. -(Ídem.) Toma esta carta para tu señora: entrégasela al instante.

VICTORINA. -¿No la veréis vos esta noche?

VIZCONDE. -No me es posible: tengo que hacer mil diligencias para preparar el viaje.

VICTORINA. -Mucho va a sentir no veros.

VIZCONDE. -Esta carta la tranquilizará; y si despacho pronto los preparativos de viaje, iré un instante a verla, para que sepa que todo está dispuesto.

VICTORINA. -¡Haced lo posible!

VIZCONDE. -Pues bien: dile que me espere allí.

VICTORINA. -Ya sabéis el cuarto: número 2, el mismo de ayer.

VIZCONDE. -Ya sé.

VICTORINA. -No tardéis, marchaos. ¡Ah! ¿Y la carta? (Guiándolo hacia el foro.)

VIZCONDE. -Toma. ¡Cuidado!

Escena X

Dichos, AGUSTÍN, vestido, sale por el foro con un candelabro de dos velas.

AGUSTÍN. -(Viendo al VIZCONDE y a VICTORINA, que lo lleva de la mano.) ¡San Agustín me valga!

VIZCONDE. -(Sacudiéndolo de un brazo.) ¡Silencio! ¡Cuenta con mi protección si callas; pero pobre de ti si hablas! (Vase precipitadamente.)

Escena XI

AGUSTÍN, VICTORINA. Luego, CLERMONT.

AGUSTÍN. -¡Si hablo!... (Arrancando de pronto la carta que VICTORINA atónita tiene en la mano.) ¡Pues quiero hablar! ¡Quiero gritar!

VICTORINA. -¡Sr. Agustín, Sr. Agustín, volvedme esa carta, y callad..., callad por Dios!

AGUSTÍN. -¡También ella quiere que calle! Falsa, ingrata. (VICTORINA le pone la mano en la boca.) ¡No me da la gana! ¡Quiero gritar! ¡Quiero publicar que me están engañando! (CLERMONT abre la puerta, sale y se adelanta hacia el medio del teatro, pálido y trémulo.)

VICTORINA. -(Da un grito al verlo.) ¡Ah! ¡El amo! (Aparte.) Voy corriendo a avisar a la señora. (Vase precipitada.)

Escena XII

CLERMONT, AGUSTÍN.

CLERMONT. -(Queriendo disimular.) ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué es eso?

AGUSTÍN. -¿Qué ha ocurrido? ¡Señor! ¿Qué ha ocurrido? ¡Y vos me decíais que no tenía nada que temer! ¡Borrico de mí! ¡Ir a hacer caso de vos! ¡Cuando yo vuelva a fiarme en ningún ciego!...

CLERMONT. -¡El ciego ve ya más claro que tú!

AGUSTÍN. -¡Sí! Acabo de sorprender aquí al vizconde con Victorina.

CLERMONT. -¡No es verdad!

AGUSTÍN. -¡Cómo que no! Y le estaba dando una carta.

CLERMONT. -¡No es verdad!

AGUSTÍN. -(Colérico.) ¡Por vida de...! Si la tengo aquí..., miradla..., tomadla: ¿la tocáis?

CLERMONT. -(Haciendo un movimiento convulsivo al tocar la carta.) ¡No es verdad! Esta carta no es para Victorina: lee, lee el sobre.

AGUSTÍN. -(Trémulo.) ¡No sé si podré! ¡Señor, tengo tan nublada la vista!

CLERMONT. -(Impaciente.) Vamos, ¿lees? (Tiene la carta sujeta con las dos manos mientras AGUSTÍN procura leer.)

AGUSTÍN. -(Leyendo.) «A madama..., madama Clermont.»

CLERMONT. -(Colérico.) ¡Mientes..., mientes! (Reprimiéndose y con tono blando.) No, Agustín..., pero te equivocas, ¿no es verdad? Míralo..., míralo bien.

AGUSTÍN. -Bien lo veo. ¡Vaya! ¡Con todas sus letras! «Ma... da... ma... Cler... mont.»

CLERMONT. -(Aparte.) ¡No hay duda!

AGUSTÍN. -¡Ay, qué consuelo, Señor! ¿Pero cómo es esto? ¿Vos sabíais?...

CLERMONT. -(Esforzándose a ocultar su conmoción.) Sí; es una carta que mi mujer y yo esperábamos... con impaciencia.

AGUSTÍN. -¡Vaya, pues a los dos nos ha venido bien! (Aparte.) ¡Y yo que he maltratado a la pobrecilla! ¿Cómo haré ahora para desenfadarla?

CLERMONT. -(Arrugando la carta.) ¡Ah, las tinieblas que me rodean no me han parecido nunca tan horribles como ahora! ¡Tengo la prueba..., aquí entre mis manos..., la estoy tocando..., me abrasa..., la tengo aquí... y no puedo cerciorarme..., no puedo saber hasta dónde llega su traición! ¡Estar seguro, y dudar aún! ¡Dudar... sin atreverme..., sin poderme convencer! ¡Ah, estos son demasiados miramientos: rompamos ya por todo! (Después de titubear un instante.) ¡Agustín!

AGUSTÍN. -Señor...

CLERMONT. -Ven acá.

AGUSTÍN. -¡Ah, señor, qué contento estoy!

CLERMONT. -Esta carta... contiene una noticia..., una noticia importante.

AGUSTÍN. -¿Para vos y para la señora?

CLERMONT. -¡Justamente! Y esa noticia..., estoy impaciente por saberla.

AGUSTÍN. -Es muy natural: cuando uno espera una buena noticia, siempre tiene prisa.

CLERMONT. -Sí..., no tengo bastante calma para esperar a que venga mi mujer, y la curiosidad..., ya te haces cargo... (Esforzándose a reír.) ¡Un pobre ciego no es extraño que tenga esa debilidad: ya ves!...

AGUSTÍN. -¡Por supuesto! ¿Y queréis que yo os la lea?

CLERMONT. -Sí, amigo mío; hazme ese favor.

AGUSTÍN. -Con mucho gusto, señor. Antes habrá que abrirla... está cerrada con lacre. (Ábrela.)

CLERMONT. -(Repentinamente.) ¡Ah, envilecerla, deshonrarla a los ojos de sus mismos criados!

AGUSTÍN. -(Leyendo.) «Todo está pronto para el viaje: el coche estará a la hora convenida.»

CLERMONT. -(Quitándole la carta.) No, no, es inútil..., no quiera que te tomes ese trabajo: mi mujer está ahí en su cuarto..., dile que venga... al instante... al instante, ¿entiendes?

AGUSTÍN. -Pero si la señora no está ahí...

CLERMONT. -(Asombrado.) ¿Qué dices? ¿No está en su cuarto?

AGUSTÍN. -No, señor..., ni está en casa... ¡Si yo desde mi ventana la he visto salir hará cosa de media hora!

CLERMONT. -¡Salir!

AGUSTÍN. -Y lo extrañé mucho, porque como me habíais dicho que se quedaba... a acompañaros esta noche...

CLERMONT. -(Disimulando.) Sí, me lo había ofrecido; pero cierto compromiso..., una visita... que tenía que hacer...

AGUSTÍN. -¡Ah! ¿Sabéis dónde ha ido?

CLERMONT. -Sí, sí, no hay cuidado... Volverá pronto..., puedes irte..., vete..., déjame.

AGUSTÍN. -No, señor, yo no puedo dejaros solo.

CLERMONT. -No lo estaré más que un momento..., pocos minutos..., mi mujer vendrá al instante..., conque vete, vete a ver la ópera.

AGUSTÍN. -¡Qué buen amo!

CLERMONT. -Sí, amigo mío, sí..., me harás un favor..., quiero estar solo.

AGUSTÍN. -Como gustéis; y ya es tarde..., estará empezada: fortuna que el teatro está a dos pasos de casa. Conque hasta luego, señor.

Escena XIII

CLERMONT, solo.

CLERMONT. -¡Se fue!... Ya estoy solo, solo en esta casa, como en el mundo entero: abandonado de todos, como una carga inútil: objeto de desprecio, y en breve acaso de burla. ¡Ah! No..., no..., no me ultrajarán impunemente: yo me vengaré... (Deteniéndose.) ¿Y cómo? ¿Qué venganza puedo yo tomar? Me insultará, me deshonrará, me robará mi único tesoro, lo único que me quedaba en mi desgracia..., el amor de mi esposa; y si le pido satisfacción de su injuria y de mi afrenta... (Retorciéndose las manos.) ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Tendrá lástima de mí! ¡No querrá batirse: este pobre ciego no tiene derecho ni aun para hacerse matar! (Con más agitación y amargura.) ¡Y de qué te quejas tú, miserable! ¡Un hombre obscuro, un pobre artista, sin más bienes que su talento, si es que alguno tenía, atreverse en su orgullo a aspirar a la mano de una joven hermosa y noble! (Con sonrisa desdeñosa.) ¡Noble..., sí, de elevada cuna! ¡Y porque sacrificaste por ella tu juventud, tus fuerzas, tu salud, ahora, pobre y enfermo, esperabas agradarla y que te amase! ¡Loco de mí! ¡Yo la amaba tanto! ¡Ah! ¡La amo todavía! ¿Y este amor de qué sirve? ¡De hacer su desgracia y la mía: mi existencia es para ella una carga pesada, insoportable! ¡Y después de tantos sacrificios, uno solo me queda que hacerle, el de mi vida, que le volverá su libertad! Sí; basta de quejas, basta de amenazas: ella me echa del mundo, y yo me voy. ¡Nadie la acusará, ni yo mismo! Todos creerán que lo he hecho por desesperación de verme en este estado, y dirán: «¡Pobre hombre! Ha hecho bien.» (Levantándose.) Y tendrán razón: sí, estoy decidido: vamos..., ¿pero cómo lo hago? Yo no tengo armas, y no puedo procurármelas por mí propio; no puedo hacer nada sin que me ayuden, ni ¡aun morir! ¡Ah! Esa ventana..., hacia allí está: sí, sí, dicen que es muy alta..., tercer piso. (Dirígese a tientas siguiendo la pared, y llega a la ventana.) ¡Ah! Aquí está. Gracias a Dios..., ¡esta vez siquiera no necesitaré de nadie! (Trata de abrir la ventana.)

Escena XIV

CLERMONT, AGUSTÍN.

AGUSTÍN. -(Gritando dentro.) ¡Señor, señor!

CLERMONT. -¿Quién viene?

AGUSTÍN. -(Sale precipitado.) Yo, señor. ¡Ah, si supierais!...

CLERMONT. -¿De dónde vienes?

AGUSTÍN. -Del teatro. (Viene sin sombrero, con la corbata medio arrancada, rasgado el vestido, desgreñado, etc.) Me han echado a empellones.

CLERMONT. -¿A ti?

AGUSTÍN. -A mí, en cuerpo y alma; y cuando sepáis por qué, os quedaréis patitieso como yo: no lo querréis creer, ¡si yo apenas lo creo todavía!

CLERMONT. -(Impaciente.) ¡Eh! Acaba o vete.

AGUSTÍN. -Pues señor, habéis de saber que echaban una ópera llamada Il Barbiere di Siviglia..., así dice el cartel, ¡y había un gentío!... ¡Ya, ya!

CLERMONT. -¿Acabarás?

AGUSTÍN. -¡Pues señor, a lo mejor sale por allá arriba una dama vestida de maja, a la española, y lo mismo fue asomar empieza un palmoteo y unos gritos!... Yo levanto la cabeza para mirarla... ¡Válgame Dios, lo que vi!...

CLERMONT. -¿Qué viste?

AGUSTÍN. -Yo empecé a gritar: «¡Señora! ¡Aquí estoy yo! ¡Señora!...» Y me subí en el banco para que me viera.

CLERMONT. -¿Quién?

AGUSTÍN. -¡Ella misma! Pero amigo, enfádase aquella gente y empieza a gritar: «¡Silencio! ¡Fuera!» Y yo... «¡Señora!» Y ellos... «¡Fuera ese ganso! ¡Fuera ese bárbaro!» Y viendo que yo seguía gritando, abalánzanse sobre mí, y ¡cras!, uno me arranca el faldón: ¡pum!, otro me sacude un puñetazo: ¡crich!, otro me atiza un puntapié... «¡A la calle! ¡Fuera, fuera!» Y... ¡patapuf! En menos que canta un gallo me encuentro en mitad de la calle hecho un eccehomo, y sin haber podido hablar a la señora.

CLERMONT. -¿Pero qué señora? Acaba, ¿qué señora?

AGUSTÍN. -Pues qué, ¿no os lo he dicho? ¡Dios mío? Era... ¡Ah, miradla! ¡Ahí viene! ¡Ella es!

Escena XV

Dichos, MATILDE, EL VIZCONDE detrás.

(MATILDE sale con el traje de Rosina de El barbero de Sevilla, y encima su capa.)

CLERMONT. -¡Ella es!

MATILDE. -Sí, amigo mío... yo, aquí me tienes.

CLERMONT. -¡Matilde! (La acerca a sí, empieza a examinarla con las manos, y al reconocer el peinado y traje de Rosina en El barbero, cae a sus pies sollozando.) ¡Ah, esposa mía!

MATILDE. -(Levantándole.) ¡Sí, mujer de un artista! ¿Lo crees ahora?

CLERMONT. -¡Ah! ¿Qué has hecho? ¿Qué sacrificio has hecho? ¡Esto es demasiado! Nunca hubiera yo consentido...

MATILDE. -Lo sabía..., por eso te lo he ocultado; y para llevar a cabo mi empresa, me valí de una persona que me ha servido generosamente de guía y protector, de un joven honrado.

VIZCONDE. -(Tomando la mano de CLERMONT.) Que había cometido una falta con vos, y ha querido repararla.

MATILDE. -(Tomando la carta que CLERMONT la presenta.) Y esta carta del vizconde lo manifiesta: él ha dispuesto nuestro viaje para mañana: mañana marchamos a Berlín, donde recobrarás la vista.

CLERMONT. -(Al VIZCONDE.) ¡Ah, venga esa mano! Pero la suma que pide el doctor...

MATILDE. -Podemos pagarla: la artista ha reunido ya un capital como el que tú reuniste otro tiempo para salvarme; ha llegado mi vez.

CLERMONT. -¡Ah, en tus brazos!... ¡En tus brazos!... (Arrójase en ellos.)

Escena XVI

Dichos, VICTORINA, apresurada.

VICTORINA. -Señora, venid pronto: el entreacto se va haciendo largo y el público se impacienta por ver a Rosina.

MATILDE. -Vamos.

CLERMONT. -¿Adónde?

MATILDE. -A cantar el segundo acto de El barbero..., esta noche es la última, y desde mañana quedo libre por seis meses; vamos, vamos pronto. (Arropándose con su capa.)

CLERMONT. -¡Qué hermosa debe estar con ese traje! ¡Que no pueda yo verla!

MATILDE. -Pronto, querido mío, pronto me verás. ¡Dentro de cinco días estaremos en Berlín! Adiós. (Vase seguida de AGUSTÍN.)

VIZCONDE. -¡Y yo me quedo en París!

CLERMONT. -(Al VIZCONDE y a VICTORINA.) Amigos míos, venid; guiadme..., llevadme...

VIZCONDE Y VICTORINA. -¿Adónde?

CLERMONT. -(Con entusiasmo.) ¡A oírla cantar!

(Cae el telón.)

Fin del tomo II