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Obras poéticas de Campoamor


Juan Valera






- I -

  -185-  

Voy a hablar a nuestros lectores de uno de los más delicados y graciosos poetas, que España ha tenido en estos últimos tiempos; y como no soy amigo de inquirir vidas ajenas, no me pondré aquí a contar menudamente la suya. Solo diré que vive aún, que se llama Campoamor, y que anda por esas calles de Madrid tan bueno y tan contento, que da gloria verle. Su melancolía (de la de sus versos hablo, pues en su conversación es alegre como unas sonajas), tiene más de la languidez dulcísima que sucede al placer en una naturaleza sana y pagana, que de verdadera y legítima   -186-   melancolía. Su misticismo no es sino el propio deleite pasado por alquitara, para extraer de él la más sublime quinta esencia. Su moral es tan blanda, que citando se pone serio y nos reconviene, no asusta ni a los niños de la escuela: y de todas sus sátiras no se puede sacar, por más que se expriman, ni siquiera un adarme de hiel, sino alguna sal y pimienta, con que se sazona y hace más deseable el fruto prohibido.

Campoamor tiene su sistema filosófico; y hasta lo ha reducido últimamente a cuerpo de doctrina, publicando un libro, del cual pienso ocuparme cuando Dios me dé favor y atrevimiento para penetrar y escudriñar aquellas profundidades. Entretanto baste saber que su filosofía es optimista, en consonancia con el carácter del autor, aunque él no quiera confesarlo, por seguir la moda del día, que nos inclina a llorar y a quejarnos de todo. Pero Campoamor es cándido y natural, hasta cuando quiere mostrarse mas taimado y artificioso, y deja siempre ver a las claras que está satisfecho de sí mismo y de todo cuanto le rodea, que todo lo halla dispuesto y ordenado para el bien, y que las cosas no pueden estar mejor de lo que están, pues hasta sus defectos son perfecciones, si se atiende al enlace y trabazón con que van encaminadas y convienen a la universal armonía.

Esta conclusión, a que viene a parar, a mi ver, la filosofía de nuestro poeta, ya expuesta en prosa metódicamente, ya con raptos líricos en verso, no será nueva ni original, si se quiere; pero no se ha de negar que es originalísimo el encadenamiento de raciocinios,   -187-   que no nos incumbe examinar ahora, por donde viene Campoamor a dar en ella como en su centro; porque su centro es el optimismo. Dichoso él, que está dotado de una imaginación risueña, de un alma excelente y de un temperamento suave. En fin, si no fuera porque se ha abusado de la expresión buena pasta, diciendo que la tienen los tontos, diría yo de Campoamor que la tiene bonísima, creyendo hacer de su persona el más cumplido elogio, y suponiendo, o más bien dando por cierto y averiguado, que en él se hallan y concurren todas aquellas raras cualidades que tanto deseaba Juvenal, y que le pedía a los dioses, recapitulándolas en estas breves palabras: Mens sana in corpore sano.

Como esta salud superabundante, y muy singularmente en la mocedad, no cuadra bien con ciertos preceptos, las poesías de Campoamor, donde se encomian, o si no se encomian se pintan con dulces palabras las transgresiones de esos preceptos mismos, debieron ofender y ofendieron a los hipócritas que las acusaron de inmorales. Yo que no soy santo, sino débil y pecador, si los hay, no me atreveré nunca a acusarlas como ellos: y aunque no pretenderé tampoco, como algunos críticos visionarios, que nuestro poeta es una especie de Catón cristiano, y que no describe el vicio sino para ponerlo remedio, ni descubre la herida sino para catarla, todavía diré en su abono que los vicios que pinta son tan pequeñuelos, y tan poco hondos sus pensamientos pecaminosos, excusados en parte por la ternura en que vienen envueltos, que no pueden empeorar   -188-   el estado de la sociedad ni corromper las costumbres. A lo más que contribuirán estas poesías es a dar cierto barniz de elegancia y delicadeza a las malas costumbres que ya existen, de ser inconstantes los que bien se quieren, de no saber resistir a los halagos, y de exclamar en ciertos ocasionen:


«Es imposible, Victoria,
que haya un tormento,
que me haga olvidar la gloria
       de este momento.
No, quien dicha tan cumplida
       a ver llegó,
Ni en la eternidad la olvida:
¡ay! ¡no! ¡ay! ¡no!»



Campoamor es un poeta del amor y la hermosura, muy favorito y popular entre las damas; y no pasa de una simplicidad ingeniosa el atribuirle la misión de moralizar el mundo como si fuera algún capuchino. Se parecen los críticos que tal dicen, al reverendo padre maestro fray José de Valdivielso que, al aprobar las novelas harto libres de Doña María de Zayas, comienza así: En este honesto y entretenido libro no hallo cosa que se oponga a la moral cristiana. Yo que no soy ni como el padre Valdivielso ni como esos críticos que entienden acaso la moral cristiana de muy diferente manera, digo terminantemente que en el libro de Campoamor hallo cosas que en cierto modo se oponen a esta moral; pero creyendo yo, como creo, que la moral cristiana es más firme y duradera, y ejerce y debe   -189-   ejercer en las almas mucho más influjo que cuantas poesías se han escrito, absuelvo las de Campoamor y las pongo sobre mi cabeza, no porque moralizan, y mucho menos porque desmoralizan, sino porque son bonitas en su género. Verdad es que estas poesías pintan con colores demasiado vivos la mundana hermosura; pero la pintan tan hermosamente que a los que la aman les prestan cierto sentimiento poético; y a los que son ascetas y mortifican sus carnes no les hacen ni les pueden hacer daño alguno. Tomar por catecismo las poesías de Campoamor o quemarlas por corruptoras, valdría tanto como poner en los altares a la Venus Calípiga cual si fuese una devota imagen, o hacerla pedazos imaginando que el que la hizo tenía el diablo en el cuerpo y quería endiablarnos a todos con la vista y consideración de aquellos encantos.

Esta diversidad de opiniones, reprobando unos un libro por infernal, y ensalzándole otros por divino, proviene de una mismísima opinión, nacida a su vez del exagerado amor propio, en el día más que nunca subido de punto de los hombres de letras; los cuales suponen que cuanto ellos escriben, no sólo ha de divertir o interesar a la gente, sino que ha de ejercer en la sociedad una grande influencia, ya saludable ya funesta, y otras inocentadas por este orden. Porque, si verdaderamente hay libros que han influido de este modo, se puede asegurar que son contados; y si bien se examina, así estos, como los más, no son sino el eco de las ideas y preocupaciones de la época en que sus autores vivieron. Lo cual es más cierto e indudable si   -190-   se refiere a los libros de entretenimiento, que no suelen entretener ni llenar por lo tanto su objeto cuando son muy morales. La humanidad está corrompida y se entretiene con la pintura poética de su propia corrupción. Algo más libres que las poesías de Campoamor, en las cuales al cabo no se falta jamás a la decencia, son las de Ariosto y los cuentos de Boccacio, y están, si no consentidos, tolerados en todas las naciones cultas y religiosas.

Claro se ve que yo coloco las poesías entre los libros de entretenimiento, y que no afirmo de estos tiempos lo que Horacio de los primitivos. Dictae per carmina sortes, et vitae mostrata via est. No negaré por eso que en verso y prosa, y tanto en discursos y tratados científicos como en coplas y novelas, se pueden propalar máximas subversivas de la moral y de las leyes; pero no es éste el caso de las poesías de Campoamor, ni tampoco faltan al decoro debido, ni salen de los límites de la creación artística para convertirse en arengas revolucionarias. Bien sabemos que hay libros que por inmorales, peligrosos o indecorosos, se deben condenar. Y para que no se diga que incurrimos en contradicción explanaremos nuestro pensamiento con el mismo símil de la Venus Calípiga de que ya nos hemos servido: porque si esta Venus, en vez de estarse quieta y tranquila sobre su pedestal de mármol, bajase de él por arte de encantamento, y, ya de carne y hueso, se fuese correteando las calles de la ciudad con el mismo traje y ademán que tiene en el Museo, en vez de ser admirarla de los   -191-   doctos y discretos, sería escándalo de todos y vendría a parar en una casa de corrección.

Apuntadas estas razones, quedarán convencidos los que me lean, al menos así lo espero, de que las poesías de Campoamor, ya que no son un compendio del Lárraga, tienen a lo más una inmoralidad ligera e inofensiva, como la Venus, que se queda sosegada en su Museo; si bien el poeta confiesa ingenuamente que lo que es él anduvo vagando por toda España, para inspirarse sin duda,


«Haciendo el Don Juan Tenorio
Con doncellas de labor.»



Pasemos ahora a considerar las inspiraciones de esta Musa andariega y enamorada.




- II -

Del Petrarca ha dicho otro eminente poeta que


«Amore nudo in Grecia, nudo in Roma,
D'un velo candidissimo adornando,
Rendea nel grembo a Venere celeste:»



Y aunque yo soy grande admirador del Petrarca, y más aún del Dante, que, poniendo mayor espiritualismo en sus amores, llega a hacernos dudar de la existencia corpórea de Beatriz, y nos la trasforma en figura simbólica de la ciencia divina, todavía entiendo que los poetas platónicos, sucesores de aquellos dos grandes ingenios, han vuelto enclenque el amor sano y robusto de los antiguos, a fuerza de arroparle y envolverle   -192-   en velos y cendales más o menos cándidos.

Por otra parte, el amor platónico suele ser un lazo que se tiende a las personas incautas para hacerlas caer en otro género de amores. Léase, si no, lo que declama Byron sobre este punto, cuando ve que Doña Julia cae en brazos de Don Juan, a pesar de todos sus propósitos. El amor platónico, esa adoración de la mujer, habrá nacido, si se quiere, del cristianismo (ya que Platón poco o nada tiene que hacer con este amor platónico, aunque le damos su nombre por ajustarnos al uso corriente): mas habrá nacido del cristianismo como nacieron de él las herejías. ¿Qué es más el amor platónico que una herejía? Sin duda que el cristianismo pone en el alma ese amor sublime e infinito; pero dedicarle a un ser finito es una profanación y una ceguera lastimosa. Razonablemente, aun que se enfaden las mujeres, no debemos amarlas sino como se ama al prójimo, y casi nunca las amamos de otra manera: y desengáñense y entiendan que cuando ven en nuestros amores mayor vehemencia, proviene ésta de causas mucho menos metafísicas; y crean que la vanidad ofendida y excitada por la coquetería y los obstáculos, y la terquedad y el capricho, hacen más constantes y rendidos amadores que todas las flechas de oro que dispara el hijo de la Venus Urania; el cual vive con los inmortales, rara vez viene al mundo, y contados son los corazones que halla dignos de sentir sus heridas.

Campoamor, a quien yo no le niego que haya sentido esas heridas, y hasta creo que en los ayes del al[...]   -193-   se muestre inspirado por ellas, fingiéndose un cielo que adorar, y elevando a él sus suspiros: está por lo general contento de las cosas de este mundo, viéndolas al través de mil ensueños que aun se las tornan más hermosas; y en sus versos da amor, a pesar de todos los discreteos y sutilezas con que los adorna, se descubre siempre al materialista. Cuando se encuentra poseído de un amor más santo, tiene el buen instinto de dedicárselo a Dios, pidiéndole perdón de sus culpas. Mas por lo común, ni le aqueja ese deseo de lo ideal y de lo ultramundano, ni su carácter alegre permite que los remordimientos vengan a perturbarle a menudo. Ved aquí los versos más sinceros que acaso haya escrito Campoamor en toda su vida. En ellos describe admirablemente la dichosa condición de su alma.


«Hay almas como la mía,
que no tienen pesadumbres,
y pronto, cuando las tienen,
su grave peso sacuden.
Almas felices en todo,
que solo sus gustos cumplen,
siguiendo tantos placeres
cuantos pesares rehuyen.
Almas en fin, que no hay pena
que felizmente no endulcen,
próximo mal que no espanten,
lejano bien que no busquen.
Que siempre a los serafines
ven en los aires azules;
junto a las verdades, sueños;
-194-
entre las tinieblas, luces;
Flores sin fin en los llanos,
puentes y luz en las cumbres,
en los estanques sirenas,
y sílfides en las nubes.
Dichosas almas que tienen
el delirar por costumbre,
y siempre hermosas visiones
con tierno afán las circuyen.
Que penetrando en el cielo
roban osadas su lumbre,
y luego pintan el mundo
con un color que seduce.»



Este mundo seductor que el poeta nos pinta es el encantado paraíso de los deleites, el cuadro en cuyo centro coloca a la mujer, y donde todo concurre a dar más realce a su hermosura; flores, árboles, aromas, céfiros; luz y armonías de la creación entera. Campoamor es un furibundo pagano, y se podría poner muy en duda su salvación, si, como ya he dicho, no se arrepintiese de vez en cuando de sus extravíos y pidiese a Dios perdón de ellos humildemente. Mas por desgracia y por una singular anomalía, cuando hace por ganar la gloria del cielo con estos actos de contrición, es cuando menos gloria poética adquiere; y cuando más poeta se nos figura, es cuando está menos místico y contrito. Quédense, pues, sus poesías místicas y tristes para que Dios se las pague y se las descuente de sus pecados, y hablemos nosotros de las profanas y alegres.



  -195-  
- III -

La primera parte de las poesías de Campoamor se titula Ternezas y flores: ternezas y flores de la primavera de su vida, frescas, lozanas y escritas con toda la efusión de un alma enamorada. Aquí apenas hay arrepentimientos ni misticismos; todo es amor y alegría. La misma forma, aunque no se puede decir que Campoamor haya hecho estudios muy profundos de la lengua, es perfecta por instinto. La riqueza y espontaneidad de su imaginación hallan sin esfuerzo alguno la manera más adecuada y elegante de expresar los sentimientos y pensamientos, y de engalanarlos con imágenes floridas. Romances hay en esta primera parte como los mejores romances amorosos que jamás se escribieron; y quintillas tan bellas, armoniosas y dulces, como las célebres de Gil Polo. He aquí como principia la composición titulada El Amor de la Sierra.



   «A tiempo que sube ufana,
matizando el horizonte
de púrpura la mañana,
cantando de un fresco monte
baja una linda serrana.

    Con voz que a la alondra afrenta,
al campo alegrando viene,
y aunque triste se lamenta,
mucho en oírla contenta
por lo que de dulce tiene.
-196-

    No hay céfiro, ave ni fuente
que con su voz no avasalle;
por eso a su son doliente
responden tan dulcemente
los ruiseñores del valle.

    En su purísimo acento
hallan los tristes dulzura,
los tibios grato ardimiento,
los afligidos contento,
y los amantes ternura.

    Deja el rebaño olvidado,
y es, a mi entender, locura
pensar que cuide el ganado
la que tan solo se cura
de un amoroso cuidado.»



Para citar todas las bellezas que contiene esta primera parte sería menester hacer de este artículo un libro. Me limito, pues, a aconsejar al lector que compre este tomo de poesías, lindamente impreso por el Sr. Rivadeneira, y que lea y relea la primera parte y las Doloras; que si esta lectura no le divirtiere, ya puede estar seguro de que no tiene buen gusto ni afición a los versos.

Pero antes de llegar a las Doloras no me parece justo que el curioso lector salte por cima de los Ayes del alma; entre los cuales se encuentra tal cual ay, que no desdice del autor de las Ternezas y flores. El ingenio al fin, aunque se empeñe en producir cosas contrarias a su índole y condición, siempre muestra lo   -197-   que vale; y singularmente cuando vale mucho, como el de nuestro poeta. Entre sus Ayes hay dos prolongadísimos. Es el uno un fragmento, o mejor diré una colección de fragmentos de un poema sobre el tremendo asunto de Juicio final (Dios nos le dé a todos): y el otro una leyenda titulada El alma en pena, que no es tan triste como el nombre lo indica; que habla de amores y de otras aventuras más de este mundo que del otro, y que se lee con interés y está escrita con facilidad y con gracia.

Todavía antes de llegar a las Doloras debemos dar otro salto. Aun están de por medio las Fábulas, y las hay de toda laya; políticas, filosóficas, religiosas, morales, etc. Campoamor ha tenido, ya sus disgustillos y desabrimientos (¿quién no los tiene en esta vida?) y en sus correrías por esos mundos ha recogido larga cosecha de desengaños y documentos, que ofrece en estas fábulas a la juventud inexperta. Escritas con bastante ingenio y en estilo natural y sencillo han alcanzado menos fama de la que merecen; acaso porque el género no está de moda en el día. Citaremos con todo una de estas fábulas para satisfacer en parte la curiosidad de los que no las conozcan.




El alcornoque y la enredadera


   «Nació una enredadera
al pie de un alcornoque descarnado,
vistiole de manera,
que fue en la primavera,
siendo un bodoque ruin, blasón del prado.  5
-198-

   Como propios primores
lucía el corcho vil ajenas galas,
siendo con tantas flores
envidia de pastores
y blanco del amor de las zagalas.  10

    ¡Oh! qué árbol tan florido,
decían; ¡qué gentil, qué primoroso!
elogio merecido,
pues gracias al vestido
por Dios que el alcornoque estaba hermoso.  15

    Mas llegaron sin cuento
del otoño las ráfagas sonoras,
y soplando violento
dejó alcornoque el viento,
al que el ídolo fue de las pastoras.  20

    ¡Cuántas de esta manera,
Elvira, adoran a un galán bodoque,
y hasta que el aura fiera
lleva la enredadera,
no advierten que han amado a un alcornoque!»  25






- IV -

Después de haber dado rápidamente noticia de los Ayes del alma y de las Fábulas pasemos a ocuparnos de las Doloras.

Lo primero que se ocurre al oír esta palabra, es preguntar su significación y si es la Dolera algún género de poesía no conocido hasta lo presente y que por su novedad y extrañeza ha menester un nuevo nombre para clasificarse y distinguirse.

  -199-  

A la primera pregunta sobre la significación de la Dolora poco nos atrevemos a contestar. El capricho sólo movió acaso al autor a dar a sus versos este nombre, como pudiera haberles dado otro cualquiera. Quizás la señora de los pensamientos del poeta, en aquella ocasión, se llamase Dolores: y en honor suyo se decidiese él a llamar Doloras a toda esta serie de composiciones. Quizás, por último, por sentirse herido de precoces desengaños, y con cierto dolor en el alma, llamase Doloras a los versos inspirados por este dolor; dando a entender que era un dolor endeble y suave, como si fuese un dolor hembra; una dolora, y no un dolor verdadero y masculino.

En cuanto a la novedad de la composición, que ha de justificar la novedad del título que se le ha dado, diremos que hay en efecto alguna novedad. El poeta quiere que entre en cada una de estas composiciones algo de esa filosofía mundana, que la experiencia le ha enseñado; y pone en ellas consejos y observaciones importantes al rumbo que debemos seguir en este mar alborotado de la vida. La forma dulcemente magistral, satírica y maliciosa; el estilo ni muy familiar, ni muy elevado; la moraleja misma de cada una de estas Doloras, que siempre viene a versar sobre la ciencia práctica del mundo; el ir casi todas dirigidas a alguna muchacha, que es el auditorio de que gusta Campoamor, y al que trata de adiestrar en sus filosofías; el tono ligero de las Doloras, que por mas que se desespere en ellas el poeta, y diga horrores de la humanidad, ni nos hace mella, ni nos pone compungidos,   -200-   porque siempre vemos al través de la máscara trágica, que la cubre, la fisonomía jovial y cariñosa del poeta, y porque se conoce que habla por hablar, y que no nos condena, sino que nos compadece, creyendo más en la debilidad que en la maldad humana, y perdonándola por consiguiente; todo concurre a justificar hasta cierto punto la pretensión de Campoamor de hacer pasar sus Doloras por un género nuevo. Falta saber si este género es bueno o malo. Pero algo ha de dejar el crítico por decidir, para que el público lo decida. Solo diré que temo mucho que nadie, sino el Sr. Campoamor, haga nunca Doloras, y que si alguno las hiciere, y procurare imitarle, las hará pésimas. Las de Campoamor son, sin embargo, excelentes, y algunas se pueden poner al lado de lo más selecto que hay en Ternezas y Flores: pues si carecen de la frescura de éstas (ya que a veces mientras más bellas y lozanas son las flores, más desabridos suelen ser sus frutos) todavía tienen un no sé qué de misterioso y picante, que les presta la intención que lleva el autor, y el aire cómicamente sentencioso, que toma al escribirlas. No citamos ninguna de estas Doloras, por estar convencidos de que el lector, despertada su curiosidad por lo que hemos dicho, va a comprarlas y a leerlas.





(Revista peninsular)






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